Los desconciertos del individuo-sujeto
Dany-Robert Dufour*
Pierre Bourdieu proponía concebir el neoliberalismo como un programa de "destrucción de estructuras colectivas" y de promoción de un orden nuevo fundado en el culto del "individuo solo, pero libre" (1). Pero habría que llevar más lejos la reflexión: ¿se puede pensar que el neoliberalismo en su obra de destrucción puede dejar intacto al individuo-sujeto?
En nuestra época, la de las democracias liberales,
todo descansa, a fin de cuentas, en el sujeto, en la autonomía económica, jurídica,
política y simbólica del sujeto. Pero al lado de las expresiones más pretenciosas de
ser uno mismo, se encuentra la mayor dificultad de ser uno mismo. Las formas de la
destitución subjetiva que invaden nuestras sociedades se revelan a través de múltiples
síntomas: la aparición de fallas psíquicas, la eclosión de un malestar en la cultura,
la multiplicación de actos de violencia y la emergencia de formas de explotación a gran
escala. Todos esos elementos son vectores de nuevas formas de alienación y de
desigualdad.
Esos fenómenos están fundamentalmente ligados a la
transformación de la condición del sujeto que se verifica ante nuestros ojos en nuestras
"democracias de mercado". "Ser sujeto", es decir "ser uno
mismo" y "ser con los otros", se presenta bajo formas sensiblemente
diferentes de las que fueron para las generaciones precedentes.
La emergencia de este nuevo sujeto corresponde a una
fractura en la modernidad que ya han señalado varios filósofos, cada uno a su manera. La
entrada en esta época "posmoderna" -Jean- François Lyotard (2) fue uno de los
primeros en apuntar el fenómeno-se caracteriza por el agotamiento y la desaparición de
los grandes relatos de legitimación, especialmente el relato religioso y el relato
político. Se asiste incluso a la disolución de las fuerzas sobre las que se apoyaba la
modernidad clásica, así como a la desaparición de las vanguardias. Otros elementos, que
no dejan de tener relación con lo que conocemos bajo el nombre de neoliberalismo,
ilustran la mutación actual en la modernidad: lo posmoderno es a la cultura lo que el
neoliberalismo es a la economía.
Esa mutación, que está provocando un nuevo malestar
en la civilización, corresponde a lo que podría llamarse una afirmación del mecanismo
de individuación puesto en marcha desde hace mucho tiempo en nuestras sociedades (3).
Afirmación que junto a algunos aspectos positivos vinculados con el progreso de la
autonomización del individuo, no deja de provocar sufrimientos inéditos. Porque aunque
la autonomía del sujeto se proclama bajo el ideal de proyecto emancipador, nada indica
que todos estén en condiciones de satisfacerla, especialmente entre las nuevas
generaciones expuestas frontalmente a esa exigencia. La famosa "pérdida de
referentes entre los jóvenes" no tiene pues nada de sorprendente: están
experimentando una nueva condición subjetiva cuyas claves nadie posee, tampoco los
responsables de su educación.
Y resulta ilusorio creer que algunas lecciones de
moral a la antigua puedan bastar para atajar los daños.
Esto ya no funciona porque la moral hay que
impartirla "en nombre de". Pero, precisamente, ya no se sabe en nombre de quién
o de qué hablarles. La ausencia de un enunciante colectivo creíble está caracterizando
la situación del sujeto posmoderno, conminado a hacerse a sí mismo sin contar con los
recursos para ello, y sin ningún antecedente histórico o generacional con legitimidad
para remitirse a él.
Pero ¿qué es exactamente un sujeto autónomo?
¿Tiene esa noción un sentido en la medida en que el "sujeto", cosa que
tendemos a olvidar, es en latín el subjectus, que designa el estado de quien está sujeto
a? Pero ¿sujeto a qué? Esa cuestión ha interesado siempre mucho a la filosofía: el ser
humano es una sustancia que no tiene su existencia por sí mismo, sino por otro al que las
sucesivas ontologías han dado nombres diferentes: la Naturaleza, las Ideas, Dios o... el
ser. El ser, cualquiera que sea, no ha dejado de encarnarse en la historia humana. Y es
esa construcción histórico-política, esa ontología, la que el tránsito a la
posmodernidad conmociona y de la que constituye una nueva etapa.
Para designar esa realización del ser en la
historia, tomamos prestado de Lacan el nombre del Otro de manera que se pueda distinguir
bien de su aspecto puramente especulativo y se puedan incluir las dimensiones simbólicas
y clínicas. ¿Qué figuras del Otro ha construido el ser humano para someterse a él,
antes que ponerse en condiciones de liberarse de cualquier Otro? Si el "sujeto"
es el subjectus, el que está sujeto a, entonces la historia aparece como una serie de
sometimientos a grandes figuras colocadas en el centro de configuraciones simbólicas cuya
lista puede establecerse con relativa facilidad: la Physis (4) en el mundo griego; Dios en
los monoteísmos; el Rey en la monarquía; el Pueblo en la República; la Raza en el
nazismo; la Nación con el advenimiento de las soberanías; el Proletariado en el
comunismo... Es decir, relatos diferentes, que cada vez es necesario edificar con gran
acompañamiento de construcciones, de realizaciones, o de puestas en escena muy exigentes.
Todos estos conjuntos no son equivalentes: según sea
la figura del Otro escogida, todas las coacciones, las relaciones sociales y el ser con
los otros cambian. Pero lo que permanece constante es la relación de sumisión, y por
supuesto los esfuerzos concomitantes para escapar de ella. En general, textos, gramáticas
y todo un campo de saberes se establecieron para someter al sujeto, es decir para
producirlo como tal, para regir sus maneras de trabajar, de hablar, de creer, de pensar,
de habitar, de comer, de cantar, de morir, etcétera, eminentemente diferentes aquí y
allá. Y lo que llamamos "educación" nunca fue otra cosa que lo
institucionalmente establecido con vistas al tipo de sometimiento que se quiere inducir
para producir sujetos.
En el centro de los discursos del sujeto se encuentra
entonces una figura, uno o varios seres discursivos, en los que cree como si fuesen
reales, dioses, diablos, demonios, seres que, frente al caos, aseguran al sujeto una
permanencia, un origen, un fin, un orden. El Otro permite la función simbólica en la
medida que da un punto de apoyo al sujeto para que sus discursos reposen en un fundamento
(5).
Ser uno mismo y ser junto con Sin ese Otro, el ser
uno mismo apenas es, ya no sabe por decirlo así a qué santo encomendarse, y el ser con
los otros está igualmente en peligro porque sólo una referencia común a un mismo Otro
permite a los diferentes individuos pertenecer a la misma comunidad. El Otro es la
instancia por la que se establece, para el sujeto, una anterioridad fundadora a partir de
la cual se ha hecho posible el orden temporal. Es también un "allí", una
exterioridad gracias a la cual puede fundarse un "aquí", una interioridad. Para
que yo esté aquí, es necesario en suma que el Otro esté allí.
El psicoanálisis, especialmente el lacaniano, ha
aportado mucho sobre esta cuestión clave del acceso a la simbolización. En cambio se
mantuvo indiferente a la cuestión del índice de variación del Otro en la historia. En
la época posmoderna, se pone en evidencia que la distancia de lo que me funda como sujeto
no cesa de acortarse. Entre la Physis y el Pueblo se podían determinar algunas etapas
claves de entrada del Otro en el universo humano: la distancia inmediata y sin embargo
infranqueable del momento de la Physis o de los dioses del politeísmo, siempre dispuestos
a manifestarse inmediatamente en el mundo. En cambio, está la distancia infinita de la
transcendencia en el monoteísmo. Se mantiene todavía la distancia mediana del trono
entre Cielo y Tierra en la monarquía (de derecho divino). Finalmente, está la distancia
"intramundana" entre el individuo y la colectividad en la República...
La modernidad puede pues caracterizarse como un
espacio colectivo donde el sujeto se define por diferentes avatares del Otro. Se es
moderno cuando el mundo cesa de estar cerrado y se hace abierto, es decir
"infinito", incluido en sus referencias simbólicas. La modernidad es pues un
espacio donde se encuentran sujetos como tales, sometidos a los dioses, a Dios, al Rey, a
la República, al Pueblo, al Proletariado... Todas las definiciones cohabitan en la
modernidad a la que nada le gusta tanto como mudar de la una a la otra, lo que explica ese
costado en movimiento, de crisis, crítico de la modernidad.
La modernidad es un espacio donde como el referente
último no deja de cambiar, todo el espacio simbólico se vuelve movedizo. Hay un Otro en
la modernidad, e incluso muchos Otros, o al menos muchas figuras del Otro. Precisamente
por eso la condición del sujeto puede definirse a través de dos elementos: la neurosis,
llamada así a partir de Sigmund Freud, por el lado del inconsciente, y la crítica por el
lado de los procesos secundarios. La neurosis, en la medida que no es otra cosa que
aquello por lo cual cada uno paga su deuda simbólica respecto al Otro (el Padre, para
Freud) que se ha hecho cargo de la cuestión del origen. Y la crítica, en la medida en
que el sujeto de la modernidad sólo puede ser un sujeto que juega con varias referencias
que compiten, y que incluso entran en conflicto. Este último aspecto es evidentemente
decisivo en cuanto a la educación: en tanto que institución que interpela y produce
sujetos modernos, sólo puede existir como espacio definido por el pensamiento crítico.
El sujeto moderno sería pues, globalmente, un sujeto
neurótico y crítico.
Esa doble definición acaba de desmoronarse. ¿Por
qué? Porque ninguna de las figuras del Otro vale ya en la posmodernidad. Parece que todos
los anteriores Otros, todos los de la modernidad, son ciertamente posibles y están
disponibles, pero ya ninguno de ellos tiene el prestigio necesario para imponerse. Todos
se han visto afectados por los mismos síntomas de decadencia. Y no ha faltado la
constatación de la decadencia de la figura del Padre en la modernidad occidental.
Si los períodos precedentes definían espacios
señalados por la distancia entre el sujeto y lo que lo funda, entonces la posmodernidad
puede definirse por la abolición de la distancia entre el sujeto y el Otro. La
posmodernidad, democrática, corresponde efectivamente a la época en la que se trata de
definir al sujeto por su autonomía, especialmente jurídica, y en la que se da al sujeto
parlante una definición autorreferencial. Es decir que la autonomía jurídica, como la
libertad mercantil, eventualmente total, son absolutamente congruentes con la definición
autorreferencial del sujeto.
Por ello, el análisis del devenir decadente del Otro
en el período posmoderno debe incluir los tiempos neoliberales que vivimos, definidos por
la "libertad" económica máxima acordada a los individuos. Lo que se llama el
"mercado" no vale en absoluto como nuevo "Otro", en la medida que
está lejos de tomar a su cargo la cuestión del origen, de la autofundación. Allí es
donde se identifica el límite fundamental de la economía de mercado en su pretensión de
hacerse cargo del conjunto del vínculo personal y el vínculo social.
Acción e iniciativa atascadas En el momento en que
se conmina a un sujeto a ser sí mismo, es cuando se encuentra la mayor dificultad, o
incluso la imposibilidad, de serlo. Eso explica que en las sociedades posmodernas
confluyan cada vez con más frecuencia técnicas de acción sobre uno mismo, verdaderas
prótesis identitarias que vienen a aplicarse en el lugar donde opera la destitución del
sujeto. Por ejemplo, esos programas televisivos que ponen en escena a gente corriente
("Es mi opción"), el uso de psicotropos que estimulan el humor y multiplican la
capacidad individual, entre los que el dopaje sólo es un aspecto (5).
Con la posmodernidad, la distancia respecto al Otro
se ha convertido en distancia de sí mismo a sí mismo. El sujeto posmoderno no es sólo
disociado, es "esquizo". Todo sujeto puede enfrentarse así con su
autofundación, puede ciertamente llegar a tener éxito pero no sin encontrarse
constantemente enfrentado a fracasos, más o menos graves. Esa distancia interna del
sujeto respecto de sí mismo resulta inherente al sujeto posmoderno y modifica
sensiblemente el diagnóstico de Freud sobre el sujeto moderno, llevado a la neurosis. El
sujeto posmoderno parece encaminarse hacia una condición subjetiva definida por un estado
límite entre neurosis y psicosis, cada vez más entrampado entre la melancolía latente,
la imposibilidad de hablar en primera persona, la ilusión de omnipotencia y la huida
hacia delante en falsos sí mismo, en personalidades prestadas, es decir múltiples,
ofertadas profusamente por el mercado.
Por ejemplo, lo que se llama "depresión",
esa enfermedad del alma, afecta hoy de manera permanente a importantes franjas de la
población (se dice que la sufre, de forma rotativa, un 15% a un 20% de la misma). Lo que
antes se llamaba la "pasión triste" se ha transformado en un atascamiento de la
acción y la iniciativa ante el cual la gente tiene que recurrir cada vez más a
tratamientos médicos y especialmente a antidepresivos, cuyo emblema es el Prozac. En
Estados Unidos, la administración masiva de Ritaline a chicos inquietos atestigua la
medicación cada vez más generalizada de los trastornos de la conducta. En la
posmodernidad ya no es la culpabilidad neurótica la que define al sujeto, sino algo así
como el sentimiento de omnipotencia cuando se logra algo y de impotencia absoluta cuando
no.
La vergüenza (ante uno mismo) ha reemplazado, en
suma, a la culpabilidad (respecto de los otros)... Sin referencias en las que se pueda
fundar una anterioridad y una exterioridad simbólicas, el sujeto no consigue desplegarse
en una espacialidad y una temporalidad suficientemente amplias. Queda atrapado en un
presente donde se juega todo. La relación con los otros se vuelve problemática en la
medida en que su supervivencia personal se encuentra siempre en cuestión. Si todo se
juega en el momento, entonces los proyectos, la anticipación, el retorno a uno mismo se
convierten en operaciones muy problemáticas. De manera que todo el universo crítico se
encuentra afectado.
¿Qué hacer si ya no hay Otro? Construirse a solas
utilizando los muchos recursos de nuestras sociedades en este sentido. Sin duda, pero no
es seguro que la autonomía constituya una exigencia que todos los sujetos pueden
satisfacer. Los que la logran suelen ser los que han estado "alienados" antes y
han tenido que luchar para liberarse. En ese sentido, el estado aparente de libertad
promovido por el neoliberalismo es una engañifa. La libertad como tal no existe: sólo
existen liberaciones. Es por eso que quienes no han estado nunca alienados no son libres,
contra lo que podría hacer creer la fórmula de Pierre Bourdieu a propósito del
"culto del individuo solo pero libre". Los nuevos individuos están más
abandonados que libres. Lo que, por otra parte, les convierte en presas fáciles de todo
cuanto parezca poder cubrir sus necesidades inmediatas, y en blancos cómodos para un
aparato tan poderoso como el mercado (7).
Varias tendencias se plantean remediar la carencia
del Otro. La primera sería lo que se llama la pandilla. Cuando el Otro falta y no se
puede hacer frente solo a la autonomía o a la autofundación requeridas, se puede
intentar siempre hacerlo entre varios. Basta con expresar a una persona colectiva que
abarque varios cuerpos distintos. La pandilla está marcada por el transitivismo: puesto
que pertenece a una misma persona colectiva, si uno de ellos cae, a los otros puede
hacerles daño. La pandilla posee un nombre colectivo que cada cual ostenta. Posee su
firma, sus siglas, su graffiti propio, su logo, que señala y delimita su territorio.
Variante de la pandilla: la patota.
La patota es una pandilla que ha triunfado imponiendo
sus métodos expeditivos (extorsión, acciones violentas, ajustes de cuentas...).
La segunda tendencia expresa la elección de un
sucedáneo que pueda suplir la carencia del Otro: sería la secta. Cuando el Otro falta,
se puede erigir por fuerza una especie de Otro que garantice absolutamente al sujeto
contra cualquier riesgo de ausencia.
La tercera tendencia expresa igualmente un
sucedáneo. Ya no se reinscribe al Otro en el orden del deseo, sino en el de la necesidad.
Es lo que pasa con la toxicomanía. En este caso al menos, se sabe así donde está y lo
que es del Otro ausente, que no es otra cosa que un producto químico lo más adictivo
posible, que uno se podrá procurar a condición de que se convierta en su esclavo.
La cuarta tendencia va de alguna manera más lejos,
puesto que equivale a una tentativa de convertirse en el Otro. El sujeto se autoadjudica
signos de omnipotencia y se autoatribuye derecho de vida y de muerte sobre sus semejantes
dotándose de poderes supuestamente mágicos. Se deesatan entonces sin freno los actos de
violencia más crudos, como el de Littleton (8).
Esas tendencias no se expresan exclusivamente bajo
distintas formas de delincuencia, al menos hay una muy difundida en todo el cuerpo social:
la tendencia a utilizar las tecnociencias con el fin de franquear los límites en los que
están contenidas las bases materiales de la vida. Se recurre a las tecnociencias con
vistas a reforzar el sentimiento de omnipotencia del sujeto. Se hace necesario salir de
nuestro emplazamiento restringido en el tiempo (un "ahora") y en el espacio (un
"aquí").
Es de destacar que esta cultura de la información se
acompaña de un nuevo analfabetismo que agobia la transmisión generacional: pensemos en
la decadencia de la lectura en las generaciones jóvenes, en el fracaso de la enseñanza
que produce cada vez más diplomados casi analfabetos.
Se trata también de intentar salir del orden de
sucesión de las generaciones (ahora hay abuelas que dan a luz, y padres muertos,
precavidamente colocados en frascos, que dan vida).
Se trata también de salir del confinamiento de todo
sujeto en uno de los dos géneros (ser hombre o mujer), que remite a una tentación humana
tan antigua como legítima, pero que se jugaba en el registro simbólico imaginario,
mientras que ahora se despliega en el real.
Se trata también de intentar franquear las
diferencias genéticas o de compartimentación de las especies vivas. En este registro,
pensemos en las profesiones de fe sobre una supuesta identidad animal, o en los intentos
genéticas de mezclas de especies (por ejemplo, la humanización de los cerdos con vistas
al injerto de órganos). Por todas partes, las tecnociencias refuerzan las tendencias del
sujeto posmoderno a franquear los límites org*nicos, mediante la creación de lo que se
denomina lo hiperreal...
El neoliberalismo nos obliga a una reflexión muy
amplia. No nos impone solamente la crítica de un sistema económico inicuo, o la
comprensión de mecanismos de destrucción de instancias colectivas y de "ser con los
otros", sino también una reflexión renovada sobre el individuo, el "ser uno
mismo". La condición subjetiva surgida de la modernidad está amenazada. ¿Podemos
dejar volatilizarse en una o dos generaciones el espacio crítico, tan arduamente
construido en el curso de los siglos precedentes?
Notas al pie:
1 Pierre Bourdieu, "L'essence du
néolibéralisme", Le Monde diplomatique, París, marzo de 1998.
2 Jean-François Lyotard, La condición posmoderna,
Altaya, 1999, Barcelona.
3 Véase sobre este punto los trabajos de Marcel
Gauchet.
4 Uno de los conceptos fundamentales de la filosofía
griega, cuya etimología viene de "nacer", "crecer".
5 Dany-Robert Dufour, Les Mystéres de la trinité,
Gallimard, París, 1990.
6 Véase sobre estas cuestiones Alain Ehremberg, La
fatigue d'être soi, Odile Jacob, París, 1998.
7 Frank Mazoyer, "Consumidores: la irresistible
perversión de la necesidad", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, enero de
2001.
8 El 20-4-1999, en Littleton, Estados Unidos, dos
muchachos de 18 y 17 años, fascinados por las máquinas informáticas y algunas sectas
violentas, mataron a trece de sus compañeros de clase antes de suicidarse.
*Filósofo,
profesor en la Universidad París-VIII, autor, entre otras obras, de "Folie et
Démocratie", Gallimard, París, 1998.