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El extraño caso de H.P. Lovecraft

Francisco Castañeda

¿Cuál fue el mérito de Lovecraft como escritor? La obra de Lovecraft pretende sublevarse contra una realidad que le es hostil: evoca sueños atávicos y poderes maléficos para huir de una sociedad burguesa y aburrida. Pero sus personajes monstruosos resultan, con frecuencia, más grotescos que convincentes, y no consigue desprenderse de su herencia racionalista y materialista.

La llamada literatura de terror, género narrativo cuya vertiente moderna tiene en Edgar Allan Poe a su indiscutible maestro, pareciera haber llegado a un callejón sin salida en esta segunda mitad del siglo XX pues, a pesar de sus numerosos cultivadores, apenas ofrece alguna obra digna de tomarse en cuenta. En la mayoría de los casos, la reiteración de ciertos temas y su precario cuando no insulso tratamiento revelan, a todas luces, una decadencia compartida por otras modalidades paralelas la policíaca y la ciencia-ficción (esta última convertida en apología tecnocrática para consumo de primates computerizados).

En medio de tan desolador panorama, la figura de Howard Philips Lovecraft (1980-1937) se antoja un símbolo ambivalente que evoca sueños milenarios de la humanidad y, a la vez, anuncia el desencadenamiento de poderes subterráneos. Autor de fecunda imaginación pero muy pobre en recursos formales, eligió la literatura fantástica como la única posibilidad a su alcance de rebelarse contra las imposiciones de una realidad hostil, la cual describe minuciosamente aunque ya transformada con los perfiles ominosos de una pesadilla. Quizás, sin percatarse de ello, el escritor se liberaba de los horrores cotidianos al proyectarlos hacia una dimensión onírica.

 

Lo fantástico como iniciación totémica

Si las primeras lecturas de sus relatos provocan un deslumbramiento sólo equiparable al que traería consigo la desvelación de los misterios sagrados, tal experiencia puede analizarse bajo la misma óptica aplicada por el antropólogo soviético Propp, quien ve en los cuentos fantásticos "el recuerdo de los ritos de iniciación totémicos". En forma más explícita, Mircea Eliade ha puntualizado las posibles relaciones entre la literatura de ficción y el ritual iniciático: "El cuento recoge y prolonga la 'iniciación' al nivel de lo imaginario. Si constituye una diversión o una evasión, es únicamente para la conciencia banalizada y, especialmente, para la conciencia del hombre moderno; en la psique profunda, los escenarios iniciáticos conservan su importancia y continúan transmitiendo su mensaje, operando mutaciones" (1).

Precisamente, el enorme éxito que obtuvieran las narraciones de Lovecraft hacia finales de la década de los sesenta se debió, en gran parte, a su cariz de mensaje clandestino, iniciático, portador de enseñanzas secretas. Su obra sugiere una especie de teología invertida, aproximación gradual al polo negro de lo sagrado; Dios está ausente de este universo corrompido y, por ende, el mal se apodera incluso del mismo narrador, cuya curiosidad responde a la llamada irresistible de lo maligno. Juego del autor en complicidad con dos o tres colegas (Donald Wandrei y August Derleth, principalmente), colaboradores como él de revistas especializadas en el género, aquello que empezó siendo una broma privada acabó por convertirse en afición de millones de lectores, poco exigentes por lo que a calidad literaria se refiere, pero ávidos de incorporarse al nuevo "culto".

 

Repercusión lovecraftiana

Dentro y fuera de los Estados Unidos, las fabulaciones lovecraftianas inspiraron no ya admiración sino verdadera devoción, alcanzando tiradas multimillonarias, equivalentes a las de un "best seller" con sus inevitables secuelas en el cine, los "comics" e, inclusive, la música. Así, mientras en California proliferaban los adictos a HPL casi tanto como al LSD (unos y otros arrastrados por la ola psicodélica), en París apareció nada menos que un Evangelio según Lovecraft y la Radio Nacional de España transmitía, con anuencia del Generalísimo, una composición musical titulada Necronomicón, homenaje al creador de los Mitos de Cthulhu y las Aventuras oníricas de Randolph Carter.

Como es bien sabido por los devotos de HPL, éste inventó un libro cuya lectura resultaría fatal para los osados curiosos que pretendieran descifrar sus terribles secretos y que, asimismo, le sirvió para darle un tono de verosimilitud a muchas de sus historias. Bajo el título de Necronomicón, dicho volumen fue escrito supuestamente por un árabe de nombre Abdul Alhazred, estudioso de las ciencias ocultas y fiel notario de alucinantes experiencias. Al respecto de autores ficticios, recuérdese que Cervantes atribuye al historiador árabe Cide Hamete Benengeli la relación de las andanzas del Quijote, no dejando para sí otro mérito que el de traductor. Más recientemente, Borges ha logrado confundir a no pocos eruditos mediante la rigurosa cita de obras y autores inexistentes, poniendo en graves aprietos a los bibliotecarios que, con frecuencia, descubren fichas bibliográficas de libros imaginarios, entre los cuales ninguno es tan solicitado, por supuesto, como el Necronomicón.

Alrededor de la leyenda que se originara en torno a H.P. Lovecraft, fallecido muy oportunamente a los 47 años de edad, los ya mencionados Wandrei y Derleth auspiciaron la fundación de la editorial Arkham House, que publicó las obras completas del difunto escritor. Mas como el público demandaba una producción superior a la que legase su "profeta", hubo necesidad de adjudicarle inéditos textos apócrifos y, más elegantemente, textos realizados "en colaboración" con el imprescindible August Derleth, quien logró hacer suyo -sin apenas diferencias perceptibles- el estilo "inimitable" del maestro.

Si Lovecraft hubiese presenciado el entusiasmo que despertaría su obra en todo el mundo, seguramente se habría sorprendido porque, siempre insatisfecho, en repetidas ocasiones juzgó de escaso valor cuanto escribiera, deplorando sus múltiples limitaciones así como la influencia demasiado notoria de sus autores predilectos.

 

Lovecraft hoy

Una vez disipada la euforia que suscitó años atrás y, con ella, también extinguido todo un movimiento generacional, hoy puede apreciarse la literatura lovecraftiana en su justa medida: estimable, como una especie de compendio en el cual tienen cabida las tendencias fundamentales del género; original, dada su concepción de una micromitología perfectamente estructurada; interesante, en suma, merced a una minuciosa ambientación que recrea sombríos escenarios con fuerza visceral. En palabras del propio escritor:

"La atmósfera es siempre el elemento más importante, por cuanto el criterio final de la autenticidad no reside en urdir la trama, sino en la creación de una impresión determinada" (2).

La contraparte de tales méritos inclina la balanza en menoscabo de un prestigio sustentado más por el influjo de la moda que en base a criterios estéticos. Apasionado y profundo conocedor del género, H.P. Lovecraft plasmó en sus cuentos esa antiquísima obsesión del hombre por cruzar el umbral del misterio, empero su formación materialista, herencia del mundo que detestaba pero del cual jamás consiguió desasirse, malogra la fascinación ante lo desconocido para dejar al descubierto un triste y bien conocido tinglado de feria provinciana. En las obras de Poe, Hawthorne, Stevenson o Stoker, al estremecimiento que produce el terror le sucede otro más intenso: el que nace de lo bello.

Excesivamente preocupado por la "escenografía", cayó en el fácil recurso del superlativo y sus monstruos resultan más grotescos que convincentes; empeñado en buscar nombres exóticos, de musicales resonancias, descuidó la trama que llega a ser de una monotonía fastidiosa; en su afán por expresar el horror absoluto, pobló sus relatos de espectros y no hay en ellos un sólo personaje vivo. Racionalista a su pesar, Lovecraft confirma aquella sentencia de Goya que aparece en uno de sus más célebres grabados: "El sueño de la razón engendra monstruos".

(1) Eliade, Mircea. Mito y Realidad. De. Guadarrama, Madrid 1978. Pág. 210.
(2) Lovecraft, H.P. El horror sobrenatural en la literatura. Barral Editores, Barcelona 1976. Pág. 163

 

[Tomado de la revista Punto y Coma, octubre-noviembre, 1987]