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No a la inmigración legal



Elena Atxaga

 

Sí, hemos dicho "legal", no "ilegal"; ha leído bien el lector. Porque el problema no es si la inmigración es legal o ilegal sino saber si esta es positiva o negativa. Para responder a esta pregunta hay que hacer unas reflexiones previas.

A lo largo del último año hemos asistido a una serie de "regularizaciones" que han permitido vivir y trabajar legalmente en España a miles de extranjeros; unos ya estaban aquí -la mayoría- otros han llegado recientemente y a pesar de todo han solicitado la "regularización". Los medios de comunicación, periodistas, políticos, etc., distinguen claramente con su terminología cotidiana, a la hora de hacer declaraciones públicas, entre inmigrantes "legales" e "ilegales". Muchas veces se refieren a la inmigración a combatir como "inmigración ilegal", dando por sentado que la "inmigración legal" no resulta nociva. ¿Es esto verdad? Cabe decir en primer lugar que el Estado español no ha sido soberano a la hora de optar por legalizar a los "sin papeles" ni mucho menos.

El problema de la inmigración venía siendo acuciante mucho antes de que comenzaran las "regularizaciones". Ante esta situación nuestros gobernantes, libremente elegidos y por tanto representantes del pueblo español, no han optado entre dos opciones con la libertad absoluta de decidirse por cualquiera de ellas. Más bien se ha decidido a aceptar lo que un gigantesco aparato propagandístico había impuesto de antemano: la inmigración es inevitable y beneficiosa. Por eso lo único que se ha hecho es legalizar una situación de facto, siendo así que la llamada "regularización", más que resolver un problema, es una argucia legal para no tener que encarar una situación fuera de control.

Es pues evidente que el problema de la bondad o maldad de la inmigración no queda ni mucho menos resuelto legalizando el status de los inmigrantes en España. Los inmigrantes siguen ahí y su número crece de día en día.

En sus fríos términos, la cuestión consiste en saber si la llegada de cientos de miles de personas de culturas y etnias diferentes puede o no comportar problemas para la sociedad que los recibe. Debe quedar muy claro que se trata en su mayor parte de culturas muy distantes de la española. No constituyen una excepción los hispanoamericanos de Ecuador y otros países de Centroamérica. Cualquiera que haya visitado esos países comprobará que su modo de vida es totalmente diferente y que solo la lengua, cuando lo hace, nos acerca. Es necesario percatarse de que la llegada de inmigrantes a España significa trasplantar comunidades enteras a nuestro suelo, cuyo vínculo con nuestro país es tan solo laboral y de estricta supervivencia. Por si fuera poco, la grave decisión de aceptar a esos miles de personas, decisión que posee el potencial de fragmentar nuestro país en un mosaico multiétnico que jamás fuimos, ha sido impuesta al pueblo español. Todos nuestros dirigentes, políticos o mediáticos, han presentado la inmigración como una necesidad económica, aunque esto solo puede ser así bajo un orden ético aberrante y una concepción de la economía subvertida. La misión del Estado es garantizar la supervivencia del pueblo pero no una supervivencia puramente material. Por eso el Estado debe velar por la integridad moral de los dirigentes sociales, por que la justicia alcance a todos, por la educación de la juventud en un entorno sano, etc. Como se ve, la misión del Estado trasciende el orden meramente material, de manera que un Estado no existe para garantizar el crecimiento económico sino para sostener la vida del pueblo que le da razón de ser. Nosotros no dudamos que el aumento masivo de la mano de obra, y su consiguiente abaratamiento, permita un crecimiento económico mayor. Pero resulta criminal sacrificar la existencia del pueblo al crecimiento del PIB. En este sentido solo puede entenderse como fruto de una mente alterada o de algo peor la política del Ministerio de Trabajo de proporcionar cupos para cubrir la oferta de empleo. Si los españoles no quieren hacer ciertos trabajos es porque las condiciones laborales de nuestro país se han deteriorado gravísimamente en favor de una explotación salvaje, de una precariedad de por vida y de unos salarios de hambre. Corresponde a nuestro Gobierno resolver este problema favoreciendo un crecimiento económico realizado en aras de nuestra comunidad popular y no provocar la descomposición de una nación cuyo pecado de lesa mundialización consiste en ser étnica, histórica y culturalmente cohesionada y encima aspirar a vivir en paz de su trabajo.

Nuestro país no puede hacerse cargo de las víctimas de todos los gobiernos corruptos de la tierra, que viven en la opulencia mientras sus súbditos comen sus migajas. Los responsables de todos los desheredados del mundo son, en primer lugar, los gobiernos que provocan la miseria de miles de personas y que, cuando el problema que ellos han generado recae sobre otros, se lavan cínicamente las manos. Otra cosa sería una compasión mal entendida aunque, como ya dijeran el mismo Buda y los místicos cristianos, la compasión, sin el acompañamiento de la sabiduría, acarrea la desgracia.

Por todo esto la inmigración, como fenómeno de "ingeniería social" montado por el capitalismo, es destructiva. Como muchos crímenes, tiene numerosos cómplices. En este caso están desperdigados por toda la cúpula dirigente de la nación española. Es deber de nuestro pueblo resistir, antes que al fenómeno de la inmigración en si, a aquellos que minan la cohesión popular y destruyen los fundamentos de nuestra comunidad labrados durante siglos, con el solo propósito de favorecer los inconfesables planes de los reyes del dinero.