La Postmodernidad
Alberto Buela
El término posmodernidad nace en
el domino del arte y es introducido en el campo filosófico hace una década por Jean
Lyotard con su trabajo La condición moderna (1983). La noción se ha difundido
ampliamente pero en general su uso indiscriminado conduce a confusión, ya que en realidad
pueden distinguirse tres actitudes posmodernas.
La primera, la de aquellos que van a la zaga de la escuela neomarxista de Frankfurt; los
Habermas, los Adorno, los Eco etc, que critican a la modernidad en aquello que le faltó
llevar a cabo como proyecto moderno de los filósofos del Iluminismo. En una palabra, su
crítica a la modernidad radica en que no acabó su proyecto. Y así pueden afirmar:
«fieles a los ideales de la Ilustración para trabajar por Las Luces de hoy» (J.
Derribar: L'autre cap); «Es necesario retomar el proyecto del Iluninismo» (A.
Finkielkarut: La défaite de la pensée).
La segunda, es la de aquellos representantes del pensamiento débil, los Lyotard,
Scarpetta, Vattimo, Lipovetsky etc., que defienden un posmodernismo inscrito en la
modernidad. Es decir que son los autores que en su crítica a la modernidad proponen una
desesperanzada resignación. Pero sin abandonar su confianza en la razón entendida al
modo moderno. Así podra afirmar Lipovetsky; «No tiremos al niño con el agua del baño:
las perversiones de la razón prometeica no condenan su esencia. Si la razón moral amarra
el cabo, sólo la razón instruida puede acercarnos a puerto» (G. Lipovetski: El
crepúsculo del deber, Ed. Anagrama, Barcelona, 1994, p. 19).
Su mérito estiba en que la aguda descripción de una realidad alienante que entorna al
hombre de hoy, como lo es el poder caso omnímodo de los medios de comunicación con su
capacidad de «dar sentido» a las cosas y noticias que valoradas y analizadas en sí
mismas carecen de sentido». La obsesión por lo nuevo, que lo hace convertible con lo
verdadero, el dominio de la publicidad, que al poner el ser a la venta confunde la
existencia con mercadería. La manipulación de la naturaleza por la técnica, considerada
falsamente como un instrumento con neutralidad ética.
Estas dos actitudes se caracterizan más bien como una crítica a la modernidad, que como
una propuesta positiga a la superación de la misma.
En nuestra Artgentina actual donde la imitación tintinea por todas partes los que
«trabajan de filósofos» -grondona, Sebrelli, E. Díaz, López Gil, O. Terán, Marí
etc.- se columpian alegremente entre estas dos corrientes sin entender nada (Cfr. los
suplementos culturales de «Clarín» y «La Nación»).
Finalmente, la tercera actitud es la de aquellos pensadores como R. Steuckers, G.
Fernández de la Mora, M. Tarchi, P. Ricoeur, G. Locchi y otros que, someten a crítica la
modernidad con un rechazo de la misma. No sucede en este caso como en el denominado
«pensiero debole», que es un hijo desencantado de la modernidad, sino que aquí la
oposición es frontal y además ofrece propuestas de superación.
Si bien este posmodernismo, que podríamos llamar fuerte, presenta algunas variantes
nietzcheanas y neo-paganas como en el caso de O. Mathieu, G. Faye, J. Esparza o A. de
Benoist, básicamente, se caracteriza por una búsqueda y defensa insobornable de la
identidad de los hombres y de los pueblos. Una crítica enjundiosa al mundialismo y al
proyecto político del atlantismo.
Ahora bien, en nuestra opinión, la crítica a la modernidad tiene que ser dirigida a los
relatos o discursos que con pretensión de universalidad elaborá aquella. De estos
grandes relatos de la modernidad haremos referencia a seis: La idea de progreso
indefinido, el poder omnímodo de la razón, la democracia com forma de vida, la
subjetivación del cristianismo, el afán de lucro, y la manipulación de la naturaleza
por la técnica.
El siglo XVII se caracteriza por el intenso y rápido progreso de las ciencias de la
naturaleza, en donde Bacon y Galileo destacan com particularmente fecundos como métodos
de investigación: la experimentación y el cálculo matemático. Este progreso inmenso en
un dominio del saber llevó al hombre moderno a postular para todo el campo del saber y
del obrar humano como principio incontrastable del progreso indefinido.
Ya con el Renacimiento, siglo XV, Dios deja de ser el centro de reflexión para pasar a
ocupar su lugar el hombre en cuanto sujeto. Es decir, el hombre pasa a ser considerado
como creador de un mundo propio cuyo espíritu y dignidad se revelan en las obras maestras
de la antigüedad clásica.
Y, ¿cual es el instrumento que permite a ese hombre el acceso a ese ideal del progreso
indefinido? Una facultad que le pertenece por derecho propio: la razón. Y
específicamente, la razón calculdora exaltada por la ciencia matemática como órgano
idóneo para el descubrimiento de las leyes que regulan la experiencia y constituyen la
estructura racional del mundo. La atribución de un poder omnímodo a la razón por parte
del hombre moderno, fue a partir de ese momento un hecho normal, natural y evidente.
La democracia como forma de vida es uno de los últimos relatos de la modernidad. Comienza
a constituirse en paradigma universal a partir del último cuarto del siglo XVIII, y es la
Revolución Francesa su gran impulsora. Y es la versión liberal de la sociedad política
la que da origen a la democracia moderna. no percatándose que la democracia es una forma
de gobierno, como lo son la monarquía o la aristocracia, y que por ende, reducir al
hombre sólo a la forma de vida democrática, es encorsetarlo y privarlo de las múltiples
y variadas formas de vida que el hombre se da, y se puede dar a sí mismo para existir
plenamente.
La subjetivización del Cristianismo nace con el libre examen de las escrituras impulsado
por la Reforma protestante del siglo XVI encabezada por Lutero y Calvino, y se consolida
con el primado de conciencia del filósofo Descartes para quien el descubrimiento de la
verdad es obra personal de la razón que actua y vive en cada individuo. El «pienso,
luego existo» es la única verdad incuestionable a que arriba la razón cartesiana. Esta
subjetivización del cristianismo produjo como resultado una cristiandad partida en sectas
como la que hoy vivimos en América. Para beneficio exclusivo de los
bussiness-predicadores y endeudamiento de los fieles que les siguen.
El otro gran movimiento gestado en el siglo XVII, junto al progreso de las ciencias de la
naturaleza, es la formación de los Estados nacionales sobre la ruina del Estado feudal y
la aparición de una nueva clase: la burguesía. Movida, no ya por los ideales
cristiano-caballerescos de la Edad Media, sino por el espíritu de lucro. (cfr. W.
Sombart: Lujo y capitalismo).
El último de los grandes discursos de la modernidad es la manipulación de la naturaleza
(hombre-incluido) por la técnica. Este relato quiere significar que la instrumentación
práctica del poder omnímodo que se lo otorgó a la razón, puede hacer con la naturaleza
y con el hombre lo que quiera. Sosteniendo que la pauta moral está justificada por su
propio progreso.
Estos grandes relatos de la modernidad quebraron. No tanto por la crítica que se le
hiciera desde una óptica premoderna, sino por las consecuencias contradictorias a que los
mismos arribaron.
Así, al progreso indefinido de las ciencias físico-naturales lo detuvo la quiebra de la
física clásica por parte de los Einstein, los Plank y los Heisenberg. Así como la falta
de un acorde progreso moral, por no hablar mejor de retroceso, del hombre contemporáneo.
Al poder omnímodo de la razón lo quebró no sólo el descubrimiento del inconsciente
(Freud) sino la función desenmascadora de lo irracional (Nietzsche) y la captación
emocional de los valores (Scheler).
A la democracia como forma de vida, la frustró no sólo el fracaso de los gobiernos
socialdemócratas sino además la afirmación de otras posibilidades de organización
política, fuera del marco del capitalismo liberal (de Marx a Kadaffi). Y en nuestros
días la lucha de los pueblos (de croatas a kurdos) siguiendo sus ideales nacionalistas
para seguir existiendo en la historia.
A la subjetivización del cristianismo, la opción preferencial por los pobres de la
Iglesia católica que supera el ámbito individual para insertarse raigalmente en el
dominio social. El mensaje, en última instancia iluminista de la teología de la
liberación de los años setenta-ochenta, está siendo reemplazado hoy por la teología
del marginal en hispanoamérica. Desde el campo filosófico la consolidación definitiva
de la fenomenología y su lema ir a las cosas mismas terminó con el psicologismo
subjetivista.
El espíritu de lucro no parece quebrado aún. Pero la disconformidad con él, por parte
de los pueblos dependientes, es algo manifiesto; a pesar de la machacona publicidad del
modelo de globalización neo-liberal. De tanto vivir con «la ñata contra el vidrio -en
este caso el de la televisión- y no poder adquirir ninguno de los productos que como
panaceas nos ofrece el primer mundo por carecer de medios, hace que la opción de vida sea
más y más la marginal o informal.
Por último, la manipulación de la naturaleza y del hombre por la técnica, ha concluido
en la alienación y dependencia del hombre en sus propios productos. El hombre no sólo
como esclavo sino al sentirse producto de la técnica, comienza a reaccionar de la única
manera posible: con serenidad para/con las cosas. Se da cuenta como observó agudamente
Heidegger que «podemos usar los objetos técnicos, servirnos de ellos en forma apropiada,
pero manteniéndonos a la vez tan libres de ellos que en todo momento podamos
desembarazarnos de ellos» (cfr. M. Heidegger:f Serenidad).
Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva época, la quiebra de los paradigmas abarca
todos los dominios. Comenzando por la tan mentada quiebra del equilibrio ecológico. La
confusión de las funciones es total (Ej: el político es empresario, el deportista
pensador, el santo asistente social, los estultos son filósofos, etc).
No existe una visión totalizadora del hombre, el mundo y sus problemas, sino retazos,
visiones parciales y coyunturales. El hombre está forzado a preguntarse nuevamente por
él, a tratar de encontrarse a sí mismo, y ello no es fácil, pero no le queda ninguna
otra salida genuina.
Está obligado a instaurar un nuevo arraigo en el mundo, que se funde en la preferencia de
su propia ecúmene cultural y en su pertenencia a un suelo. De lo contrario se
transformará en un homúnculo.