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EL GRAN PERDON

Alain de Benoist

 

Mirabeau decía que el olvido es siempre mejor que el perdón. La moral oficial hoy proclama lo contrario: estamos en plena ola de pedidos de perdón. El pretexto, en Francia, es la condición de los hebreos durante la ocupación alemana. Después de las declaraciones de la Iglesia que implora "el perdón de Dios y ruega al pueblo judío escuchar esta palabra de arrepentimiento", han sido los policías quienes vinieron, en uniforme, a comunicar su "eterno pesar". Poco antes del Kippur, el Comité Internacional de la Cruz Roja se excusó por las "agachadas" del pasado. El presidente del Colegio de Médicos se sumó. Se espera el turno de los próximos arrepentidos. El ejemplo también nos llega desde lo alto: el historiador Luigi Accatoli ha censado no menos de noventa y cuatro declaraciones pontificias donde Juan Pablo II reconoce los errores de la Iglesia de la cual es Pastor. En veintidós de esas declaraciones se encuentra la expresión "pido perdón".

Este complacerse admitiendo la propia culpa, este desgarramiento en mea culpa, batido preferentemente sobre el pecho de los demás, nos deja aturdidos. En la tradición católica no se confiesa por los pecados de los otros, y la confesión se hace en el secreto de un confesionario. No sucede así en las sectas puritanas y fundamentalistas protestantes, cuya influencia en los Estados Unidos es tan grande. Desde los "alcohólicos anónimos" hasta los "promise keepers", es usual tomar públicamente la palabra para acusarse delante de los demás de los propios pecados, reales o presuntos. Los propios políticos - incluso al máximo nivel - no vacilan en darse a confesiones públicas similares.

Pero en el caso que aludimos se entiende que hay algo más. En primer lugar, en esta época de caridad massmediática y espectacular, de exhibicionismo a 360 grados y de llamas de dolor colectivo, se trata de un nuevo modo de encadenar la vida política a la moral. No más ética individual, que creaba obligaciones en el plano interior de cada uno, sino hipermoralismo público, extendido en la medida en que la moral individual se deshace y se subsume perfectamente en la confesión pública. Esta no es más que la teatralización del bien, el repudio de los malos pensamientos y la puesta en escena de las buenas causas, que reconcilia la conciencia limpia y el culto del interés, el marketing y la generosidad. Esta moral crea un clima nuevo, un clima de purificación ética, donde el bien y el mal suplantan de a poco lo verdadero y lo falso, mientras el deber de la memoria sustituye la memoria del deber y retorna la excomunión ritual.

Hasta ahora, la sociedad se construía sobre el recuerdo de las grandes gestas cumplidas. Hoy se confiesan las culpas pasadas, como si se quisiera hacer emerger una sociedad cuyos miembros conservan de sus padres sólo una imagen negativa. Como si fuera necesario de-construir y desvalorizar el pasado para sugerir el nacimiento inminente de un mundo más justo.

Obviamente, sería fácil mostrar un inventario de todos aquellos que no se excusan. "No necesitamos olvidar que han habido muchos holocaustos en el mundo" - ha recordado recientemente Juan Pablo II - antes de constatar que "son siempre los mismos en excusarse". De su lado, Alain Finkelkraut señala: "Los crímenes del comunismo no han sido hasta ahora juzgados". En cuanto a los intelectuales, tan prestos para denunciar los pecados de juventud de los demás, mientras - desde hace medio siglo- han ofrecido un enorme sostén a todos los totalitarismos de izquierda, su silencio resulta ensordecedor. Pero quizás todavía es más interesante aún constatar que si bien muchos son los perdones requeridos, ninguno ha sido acordado.

"Los pedidos de perdón se reciben, pero no damos respuesta. Nosotros simplemente somos testigos de esta actitud", ha declarado tiempo atrás al semanario francés Le Nouvel Observateur, el Gran Rabino René Samuel Sirat. Esta asimetría golpea. De un lado se bate el pecho y se mete la soga al cuello. Del otro, se "toma nota", se registra la "importancia histórica" del evento, pero en el fondo no se esconde que este arrepentimiento debe ser un inicio. En otros términos: el alumno tienen buenas cualidades, pero podría ser mejor. "El hecho que los líderes políticos y los obispos reconozcan los errores no basta -dice Sirat-, es necesario que la entera sociedad civil lo haga". Añade Jean Delumeau: "son todavía necesarias ulteriores confesiones". Mientras, para el historiador Arno Mayer, "el arrepentimiento de los obispos habría sido más convincente si hubieran hecho penitencia invitando a todos los franceses a ayunar junto con ellos". Se entiende, a través de estas palabras, que una vez puesto el dedo en el engranaje, no se terminará más con el imperativo de la Techouva, palabra que a la vez significa "arrepentimiento" y "retorno a la Torah".

Hostigado por Jean Pierre Elkabbach en una entrevista televisiva en la cual aceptó esclarecer su pasado, François Miterrand al fin se desbordó "¿Pero qué cosa quiere de más? ¿Que me convierta?" Sirat recuerda a propósito que en la Biblia está dicho que "el pueblo hebreo es el pueblo sacerdotal de la humanidad". Para recibir finalmente la absolución, la humanidad deberá, por lo tanto, aceptar una tutela sacerdotal. "La Iglesia debe efectuar un acto de Techouva", ha declarado el Cardenal Carlo María Martini, Arzobispo de Milán. Estamos bien lejos de la política.