Entrevista con José Javier Esparza
Carmelo López-Arias Montenegro
Entrevista con José Javier Esparza, autor polifacético, que ha publicado
extraordinarios ensayos sobre filosofía contemporánea, análisis social y metapolítico
que huye de lo trillado.
José Javier Esparza es un autor polifacético, que ha
publicado extraordinarios ensayos sobre filosofía contemporánea, análisis social y
metapolítico, y siempre con una visión de la cultura que huye de caminos trillados para
buscar el porqué más profundo de las cosas: así sus Ejercicios de vértigo. Ensayos
sobre la posmodernidad y el fin del milenio, o el Curso general de disidencia. Apuntes
para una visión del mundo alternativa. Es al mismo tiempo uno de los críticos de
televisión más leídos de España, merced a una rúbrica que aúna la ironía con el
respeto a los profesionales, y una permanente disección crítica de lo que las
televisiones nos introducen en casa. Recientemente ha sintetizado todo su pensamiento
sobre el tema en una obra, Informe sobre la televisión. El invento del Maligno (Criterio
Libros, 2001), que ha tenido una magnífica acogida entre sus viejos y nuevos lectores.
Su informe sobre la televisión lleva un subtítulo llamativo. ¿Por qué "el
invento del Maligno"?
JJE: Primero, porque es una percepción muy extendida: la televisión se nos aparece muchas veces como un invento diabólico. Respecto a la fórmula "invento del Maligno", se la debo a Sánchez Dragó, que, como cuento en el libro, fue quien bautizó así a la tele, aunque no creo que en esto fuera completamente original. Y por esas mismas razones, El invento del Maligno ha sido el nombre de la columna que desde hace once años escribo, todos los días, a través de la Agencia Colpisa para más de veinticinco periódicos. Por cierto que algunos periódicos han suprimido ese encabezamiento.
¿Por qué?
JJE: Seguramente por
miedo... ¡al Maligno!
¿Cuáles son los males que produce la televisión?
JJE: Incapacidad para
recibir todos los mensajes que nos envía (y, por tanto, frustración), pérdida del
sentido de la realidad (especialmente en los niños), homogeneización cultural,
banalización de cualquier cosa... Lea usted el libro: hay una enumeración completa.
A ese respecto, ¿qué ha mejorado y qué ha empeorado la aparición de las
televisiones privadas?
JJE: Ha mejorado, única y
exclusivamente, la cantidad de productos en circulación. Ha empeorado casi todo lo
demás. Es verdad, no obstante, que el aumento de productos en circulación ha elevado la
calidad de algunos géneros concretos, como las series españolas. Pero no ha sido la
norma general.
Lleva usted muchos años ejerciendo crítica de televisión. ¿Cuáles han sido
sus sorpresas más agradables?
JJE: Sin duda, la respuesta de los lectores: su cariño, su capacidad polémica, su adhesión crítica...
Por las desagradables no pregunto, pero ¿cómo las supera?
JJE: Me las cargo a la
espalda. Observe usted mi progresiva escoliosis.
¿Y cómo puede superarlas un niño, que es el consumidor más habitual y más
inerme de este "invento del Maligno"?
JJE: No puede, y ahí está el problema. Es imprescindible que el niño, cuyo sentido crítico apenas está desarrollado, tenga junto a él a un adulto, no tanto para que vigile qué es lo que ve como para que controle cómo lo ve. Ver televisión también exige un cierto aprendizaje.
¿Aprendizaje del tiempo de ocio?
JJE: Hubo un tiempo en el
que se pensó que la televisión podía ser un aceptable instrumento de ocio. Pero el ocio
que la televisión nos propone es hoy, en demasiados casos, el ocio forzado de quien se ve
arrojado en medio del desierto. Un desierto que, como en la figura de Nietzsche, no para
de crecer.
¿A qué se refiere al hablar de "desierto"?
JJE: Continentes cada
vez más inhóspitos: concursos basados sobre la libre aceptación de la tortura por parte
del concursante; programas que tratan de reflejarnos descarriadamente no la vida real,
sino los aspectos más siniestros de la realidad; espectáculos basados sobre la
exhibición voluntaria de la intimidad a cambio de fuertes sumas de dinero o incluso de
manera gratuita, sin más contraprestación que la efímera gloria de unos minutos de
pantalla... Ésos son los contenidos que han ido gozando de mayor atención por parte de
la tele a medida que, simultáneamente, se empobrecía el umbral de exigencia intelectual,
ética y estética de la programación.
El último capítulo resulta muy pesimista.
JJE: Hoy la televisión es
acusada de fomentar la alucinación colectiva, de inspirar irracionales actos de
violencia, de romper la comunicación familiar, de manipular la realidad, de corromper a
la infancia, de embrutecer al pueblo... Con menos cargos, Platón pidió en su República
la expulsión de los poetas.
No parece haber soluciones, salvo elevar el grado de concienciación de los mismos
profesionales. ¿Aventura usted que eso suceda?
JJE: Creo que,
inevitablemente, pasará. Ya está pasando. Otra cosa es que ese grado de concienciación
llegue a ser más o menos mayoritario. Y eso ya lo dudo.