PRÓLOGO
Este es un libro sobre Sigmund Freud y el psicoanálisis. Hay muchos libros
de esos, y el lector puede justamente exigir saber por qué a él o a ella se le pide que
pague su buen dinero para comprar uno nuevo, y gaste un tiempo precioso leyéndolo. La
respuesta es muy simple. La mayoría de los libros sobre este tema han sido escritos por
psicoanalistas, o, por lo menos, por seguidores del movimiento freudiano; son, por lo
tanto, acríticos, hacen caso omiso de teorías alternativas, y han sido escritos más
como armas para una guerra de propaganda que como evaluaciones objetivas del
psicoanálisis. Hay, por supuesto, excepciones a esta regla, y algunas de las más
notables de ellas se mencionan en la bibliografía al final de este libro. Nuevos libros
importantes corno los de Sulloway, Ellenberger, Thorntorn, Rillaer, Roazen, Frornkin,
Timpanaro, Gruenbaum, Kline y otros, son densos y altamente técnicos; son de un gran
valor para el profesional estudioso, pero no pueden ser recomendados a los lectores no
profesionales que traten de saber qué ha descubierto la investigación moderna sobre la
verdad o la falsedad de las doctrinas freudianas. Pero en beneficio de los lectores que
deseen comprobar por sí mismos, me he referido en el texto a los principales autores
históricos que se han ocupado cuidadosamente de la evidencia y han hecho cumplido detalle
de lo que efectivamente sucedió, con referencia especial a acontecimientos fácticos,
así como a publicaciones y a otras pruebas disponibles.
Este libro, pues, se basa inevitablemente en los conocimientos de las personas antes mencionadas, y en los muchos otros cuyos trabajos han sido consultados. No obstante, constituye algo especial al reunir material que cubre una amplia gama de asuntos dentro del campo general del psicoanálisis: la interpretación de los sueños, la psicopatología de la vida diaria, los efectos de la psicoterapia psicoanalítica, la psico-historia y la antropología freudianas, el estudio experimental de los conceptos freudianos, y muchos más. He tratado de hacerlo de una manera no técnica, para hacer el libro accesible a los lectores que tengan sólo un conocimiento somero del psicoanálisis freudiano y no posean unos fundamentos profesionales de psicología o antropología.
Hubiera sido
más fácil escribir un libro cinco veces mayor y lleno de argot técnico, pero he
comprobado que era una experiencia saludable tratar de reducir esta riqueza de material a
los confines de un libro corto y no técnico. El esfuerzo requerido para llevarlo a cabo
ha liberado a mi mente de muchos prejuicios, y estoy agradecido a los muchos expertos
cuyas obras he consultado, por haberme ayudado a aclarar enigmas y paradojas que me
habían creado numerosas dificultades antaño.
He dado muchas
conferencias sobre los diversos temas contemplados en este libro, y todos han sido
invariablemente presentadas como «polémicas». Paralelamente, no dudo de que los
críticos llamarán a este libro «polémico», pero es un tipo de evaluación con el que
no puedo estar de acuerdo. He tratado de trabajar con hechos constatados, y añadir tan
pocos comentarios e interpretaciones como me ha sido posible. Las conclusiones pueden ser
«polémicas» por no concordar con aserciones previas que fueron hechas sin el beneficio
de la investigación más reciente, pero ello no las convierte en litigiosas. Simplemente
significa que nuestro conocimiento ha progresado, que nuestra comprensión ha avanzado, y
que recientemente han sido descubiertos hechos que arrojan una luz nueva sobre Freud y el
psicoanálisis.
Una buena parte
de esta nueva evidencia es altamente crítica a propósito de afirmaciones hechas por
Freud y sus seguidores, y, tal como sugiere el título de este libro, el resultado
inevitable ha sido una decadencia de la influencia de la teoría freudiana, y de la estima
en que se tenía al psicoanálisis. Que tal decadencia se ha producido puede ser
difícilmente puesto en duda por quienquiera que esté familiarizado con el presente clima
de opinión entre los psiquiatras (doctores cualificados y especializados en el estudio
médico de los desordenes mentales) y los psicólogos (graduados en el estudio científico
de la conducta humana), así como entre los filósofos, antropólogos e historiadores, en
los Estados Unidos y en el Reino Unido. Esta desilusión no ha avanzado tanto, hasta el
momento, en Sudamérica, Francia y unos pocos países más, que continúan firmemente
apegados a conceptos y teorías pasados de moda. No obstante, incluso ahí están empezado
a aparecer las dudas, y gradualmente irán siguiendo a Norteamérica e Inglaterra.
Al ocuparme de
la obra de Freud, lo he hecho exclusivamente desde el punto de vista científico. A
muchos, esto les podrá parecer demasiado estricto. Tal vez afirmen que la contribución
de Freud ha sido más a la hermenéutica -la interpretación y significado de los sucesos
mentales- que el estudio científico de la conducta humana. Otros insistirán en la
importancia social y literaria de la obra de Freud, o le considerarán un profeta e
innovador, un hombre que cambió nuestras costumbres sexuales y sociales y que, como
Moisés, nos condujo a un nuevo mundo.
Puede decirse
que Freud encaje, tal vez, en todos estos diferentes papeles, pero yo no estoy cualificado
para ocuparme de ello. Para juzgar la importancia de los profetas, los innovadores, o las
figuras literarias, se requiere un profundo conocimiento de la Historia, la Sociología o
la Literatura y la Crítica Literaria. Yo no puedo pretender poseerlo, y por consiguiente
no voy a tratar de tales aspectos de las aportaciones de Freud.
Tengo, no
obstante, algo que decir sobre la objeción de que Freud debería ser considerado no como
un científico de la especie ordinaria sino más bien como el originador y figura
principal del movimiento hermenéutico. Tal argumento hubiera sido rechazado de plano por
el mismo Freud, quien dijo lo siguiente:
Desde el punto de vista de la ciencia debemos
necesariamente hacer uso de nuestros poderes críticos en ese sentido, y no tener reparos
en rechazar y negar. Es inadmisible declarar que la ciencia es un campo de la actividad
intelectual humana, y que la religión y la filosofía son otros campos por lo menos tan
valiosos, y que la ciencia no tiene que interferir en las otras dos, y que todas tienen
igual derecho a reclamar ser consideradas como verdaderas, y que cada uno es libre de
escoger de dónde extraerá sus convicciones y en qué situará sus creencias. Tal actitud
es considerada particularmente respetable, tolerante, liberal y exenta de estrechos
prejuicios. Desafortunadamente, esto no es defendible: conlleva todas las cualidades
perniciosas de una WeItanschauung anticientífica,
y en la práctica viene a ser la misma cosa. El hecho desnudo es que la verdad no puede
ser tolerante y no puede admitir compromisos o limitaciones; que la investigación
científica considera como propio todo el campo de la actividad humana, y debe adoptar una
actitud crítica y sin compromisos hacia cualquier otro poder que trata de usurpar una
parte de sus dominios.
No puedo por
menos que estar de acuerdo con estos sentimientos. Muestran, igual que otros muchos
párrafos escritos por Freud, que él se proponía ser un científico en el sentido
tradicional; sus seguidores que ahora desean de la importancia de la ciencia y reivindican
para él un lugar situado entre la filosofía y la religión, le hacen un flaco favor.
Freud, como Marx, a menudo se lamentó de la falta de comprensión mostrada por sus
seguidores y, otra vez como Marx, que aseguraba que él «no era marxista», afirmó que
él «no era freudiano». Freud habría considerado estas tentativas de negarle la
consideración de científico y derivarle hacia el cul-de-sac
hermenéutico, como una traición. Yo he preferido juzgar a Freud por sus propios
criterios confesados, y ocuparme de su trabajo como una contribución a la ciencia.
Al hacerlo
así, quiero dejar un punto bien claro. Al ocuparme en juzgar a Freud como un científico,
y al psicoanálisis como una contribución a la ciencia, ni siento ningún deseo de
denigrar al arte, la religión ni ninguna otra de las formas de la experiencia humana.
Siempre he considerado el arte como algo de la máxima importancia, y no puedo imaginar
una vida sin poesía, música, teatro o pintura. Paralelamente, reconozco que para muchos
la religión es de suma importancia, y mucho más relevante para sus vidas que la ciencia
o el arte. Pero reconocer esto no es decir que la ciencia es lo mismo que el arte y la
religión; las tres tienen sus funciones en la vida, y nada se gana fingiendo que no hay
diferencias entre ellas.
La verdad que
el poeta escribe no es la verdad que el científico reconoce, y la identificación
poética de la verdad con la belleza está, en esencia, desprovista de significado. Puede
haber muchas conexiones entre esta verdad poética y la hermenéutica, pero para el
científico la verdad es la aserción de generalizaciones demostrables de validez
universal, sujetas a pruebas y experimentos. Esto queda muy lejos de la verdad poética, o
la verdad de la música, la pintura y el teatro. De la primera es de la que se ocupaba
Freud, y es por tales criterios por los que él debe ser juzgado.
Permítaseme
ilustrar la diferencia entre la verdad poética y la verdad científica. Cuando Keats
escribe sobre el Ruiseñor, Tennyson sobre el Aguila, Poe sobre el Cuervo, no están
intentando duplicar el trabajo del zoólogo. En cada caso el poeta se ocupa de «la
emoción recordada en tranquilidad»; es decir, de una reacción personal, emocional, ante
ciertas experiencias. Introspectivamente, sin duda, esas experiencias son reflejadas
verdaderamente, pero esta es una verdad individual, no universal; una verdad poética, no
científica.
Esta distinción es aplicable a una creencia, compartida por muchos, de que
los escritores saben más acerca de la naturaleza humana que los psicólogos, y que
Shakespeare, Goethe o Proust eran mejores psicólogos de Wundt, Watson o Skinner. De nuevo
tropezamos aquí con la división entre verdad individual y verdad universal. Cuando
Elizabeth Barrett Browning nos dice que «la tristeza sin esperanza es desapasionada»,
¿es ello conciliable con la experiencia del psiquiatra sobre pacientes depresivos?.
Cuando Shakespeare dice que la bebida «provoca y desmotiva» la lascivia -provoca el
deseo pero impide su realización-, ¿es esto, de hecho, cierto?. El psicólogo haría
preguntas embarazosas, por ejemplo: ¿esto es así en función de la cantidad de alcohol
consumida, o del tipo de alcohol, o su concentración, o acaso es debido a la mezcla de
las bebidas?», etcétera. O llevaría a cabo experimentos para demostrar que una bebida
placebo (no alcohólica), consumida en condiciones en que el sujeto cree que ha bebido
alcohol, tiene prácticamente el mismo efecto que el alcohol en sí mismo,
alternativamente, podría demostrar que los efectos del alcohol dependen mucho de las
circunstancias sociales: ¿fue consumido en una tertulia, o por un bebedor solitario?.
Podría demostrar que los extrovertidos y los introvertidos reaccionan de manera
completamente diferente ante la bebida. Las palabras de Shakespeare contienen una verdad,
pero sólo una verdad parcial.
¿En qué
sentido podemos decir que Otelo es el protagonista universal de la persona celosa,
Falstaff del timador, o Romeo del amante?. Todos ellos son individuos que contienen su
verdad individual, pero es una verdad que no generaliza. Una vez leído esté libro,
preguntaros a vosotros mismos a quién iríais a pedir consejo si tuvierais que tratar con
un niño difícil, o con un enurético, o con un lavador de manos obsesivo-compulsivo...
¿a Shakesperare, Goethe, Proust, o al conductista que prácticamente garantizaría la
curación en unos pocos meses?. Hacer la pregunta equivale a responderla. Esta clase de
problemas prácticos no son asuntos del poeta, de la misma manera que la descripción
poética de las emociones o el bosquejo de un carácter individual notable no son asuntos
del psicólogo. Los creyentes en la hermenéutica tratan, en vano, de colmar esta brecha,
pero la brecha existe.
Para el
científico, dos visiones de la verdad son particularmente importantes. La primera de
ellas es el criticismo informado y constructivo. Nada es más valioso para el científico
practicante que ver sus teorías y puntos de vista debatidos y criticados por sus pares.
Si las críticas son infundadas, sabe que sus teorías sobrevivirán. Si están bien
fundamentadas, entonces sabe que deberá cambiar sus teorías, o incluso abandonarlas. La
crítica es la sangre vital de la ciencia, pero el psicoanalista, y en particular el mismo
Freud, se han opuesto siempre a cualquier forma de crítica. La reacción más corriente
ha consistido en acusar al crítico de « resistencias » psicodinámicas, procedentes de
complejos de Edipo no resueltos y de otras causas similares; pero esto no es una buena
réplica. Sean cuales fueren los motivos del crítico, los puntos que él suscita deben
ser juzgados en términos de su relevancia fáctica y de su consistencia lógica. El uso
del argumentum ad hominem como réplica a la
crítica es el último recurso de los que no pueden responder con hechos a las críticas,
y no es tomado en serio en los debates científicos.
Recíprocamente,
la misma arma ha sido usada para criticar al mismo Freud. Así, algunos críticos han
sugerido que el psicoanálisis es una especie de teoría esencialmente judía y que al elaborarlo Freud lo extrajo de su
origen y educación judíos. No puedo juzgar si este argumento es verdadero o no, pero es
esencialmente irrelevante. Las teorías de Freud deben ser comprobadas mediante la
observación y el experimento, y su verdad o falsedad determinada objetivamente; su
trasfondo judío no influencia esta comprobación en absoluto. Históricamente y
biográficamente el trasfondo de Freud puede tener su interés, pero desde el punto de
vista de la verdad, no lo tiene. El caso puede ser diferente en lo que se refiere a la
enfermedad neurótica del mismo Freud, y su trasfondo en sus relaciones con su padre y su
madre. Es cierto que él basó su teoría del conflicto de Edipo en sus propias
experiencias infantiles, y esto es importante y relevante para enjuiciar su teoría. Como
voy a demostrar, la contribución de Freud está ligada a su personalidad de una manera
especial, y esta relación requiere ser discutida, aun cuando en última instancia la
verdad de sus teorías no dependa de sus orígenes.
El mismo
argumento se aplica a recientes publicaciones que sugieren que Freud alteró
conscientemente sus teorías, no porque fueran falsas, sino porque podían provocar
hostilidad. Este es el meollo del libro de J. M. Masson, titulado «Freud: El ataque a la
Verdad». Masson tuvo acceso a los archivos de Freud y basándose en la correspondencia de
éste con Fliess arguyó que Freud, conscientemente, suprimió lo que le constaba era
cierto sobre las agresiones sexuales a los niños, falseando deliberadamente sus propios
documentos clínicos y los testimonios de sus pacientes, inventando, en cambio, las
nociones de las "fantasías sexuales traumáticas y los impulsos edípicos.
Según Masson, Freud inició así su «inclinación al abandono del mundo real que... se
encuentra en la raíz de la actual esterilidad del psicoanálisis y de la psiquiatría en
todo el mundo».
Masson puede
tener razón, pero ciertamente el argumento no es lo bastante fuerte para demostrar este
punto, y en cualquier caso los motivos de Freud no tienen realmente nada que ver con la
verdad o falsedad de sus teorías. La teoría original de la « seducción » no es más
verdadera que la última teoría de la «fantasía». Ambas deben ser juzgadas en
términos de hechos conocidos, estudios empíricos y experimentos, no en términos
hipotéticos por parte de Freud.
La segunda gran
arma en el argumentarium del hombre de ciencia
es la presentación de hipótesis alternativas. Es en verdad muy raro que la ciencia se
enfrente a una situación en la que haya una explicación obvia a un fenómeno dado;
generalmente hay varias explicaciones posibles, y el experimentador debe designar pruebas
empíricas para decidir entre ellas. Los experimentos cruciales pueden ser raros en la
historia de la ciencia, pero la permanente tentativa de decidir entre teorías
alternativas es un elemento esencial en el progreso científico. Aquí, también, los
psicoanalistas y particularmente el mismo Freud, han sido siempre hostiles y negativos en
su actitud. En vez de agradecer las hipótesis alternativas, tales como las asociadas con
Pavlov y las doctrinas de los reflejos condicionados, simplemente han rehusado reconocer
la existencia de tales hipótesis, sin discutirlas nunca seriamente ni presentar pruebas
que permitieran decidir qué teoría pudiera explicar mejor los hechos. A pesar de la
limitada extensión de este libro he tratado de indicar, cuando lo he considerado
relevante, la existencia de teorías alternativas a la freudiana, aduciendo pruebas que
puedan sugerir qué teoría sería más adecuada en relación a los hechos establecidos.
No obstante, la continua hostilidad de los freudianos a toda clase de crítica, por bien
documentada que estuviere, y a la formación y existencia de teorías alternativas, por
bien fundadas que fueren, no habla demasiado bien del espíritu científico de Freud y sus
seguidores. Para cualquier juicio sobre el psicoanálisis como disciplina científica,
estos puntos deben constituir una fuerte prueba contra su aceptación.
Hay un argumento contra el status científico del psicoanálisis, aducido a
menudo por filósofos de la ciencia como Karl Popper, que creo se equivoca y no debería
ser tomado en serio. Popper proponía distinguir entre ciencia y pseudo-ciencia en
términos de su criterio de «falseabilidad»; en otras palabras, la ciencia es definida
en términos de su capacidad para formular hipótesis comprobables que pueden ser
falsificadas por los experimentos o la observación. Popper cita como ejemplos de
pseudociencias el psicoanálisis, el marxismo y la astrología, y argumenta que ninguna de
ellas ha podido presentar hipótesis comprobables. Hay, ciertamente, muchas dificultades
en presentar buenas pruebas de las teorías en cuestión, pero no son mayores que las que
se podrían usar para encontrar experimentos que demostraran la exactitud de la teoría de
la relatividad de Einstein. Nadie que esté familiarizado con el psicoanálisis, el
marxismo o la astrología puede poner en duda de que los tres hacen aserciones y
predicciones que pueden ser experimentalmente comprobadas, y yo demostraré, en
posteriores capítulos que, por lo que se refiere al psicoanálisis, por lo menos, la
objeción de Popper no sirve. También demostraré que cuando las teorías freudianas son
sometidas a tests experimentales o de observación, los resultados no las corroboran; no
pasan el examen. Claramente, pues, esas teorías son falseables, y si tal fuera, en
verdad, el criterio adecuado para discernir entre una ciencia y una pseudociencia,
entonces el psicoanálisis, indudablemente, debiera ser considerado una ciencia. Modernos
filósofos de la ciencia, como Adolf Gruenbaum, han aludido a la irrelevancia del criterio
de Popper con respecto al psicoanálisis, y han sugerido que las insuficiencias lógicas
de la teoría de Freud y su incapacidad para generar el respaldo de los hechos, son
razones mucho más convincentes para considerar el psicoanálisis como una pseudo-ciencia
más que como una ciencia.
Las críticas
hechas a Freud se extienden, por supuesto, y en términos aún más severos, a sus muchos
discípulos, como Jung y Adler, que se separaron de él y se «instalaron» por su cuenta.
La mayoría de ellos, de hecho, abandonó la pretensión freudiana del rigor científico y
el determinismo y se acogió, como Jung, a un franco misticismo. En este libro,
empero, me he concentrado principalmente en Freud y sus enseñanzas.
Una advertencia
debe formularse a este respecto. Se ha dicho, a veces, que las teorías freudianas no
requieren pruebas científicas de la clase ordinaria, porque encuentran su corroboración
«en el sofá». Como Gruenbaum ha demostrado, este argumento es inaceptable, para los que
lo propugnan permanece insoluble el problema de decidir entre muy diferentes teorías,
todas las cuales pretenden ser corroboradas de ese modo. ¿Cómo, sin experimentos
adecuadamente controlados, podríamos escoger entre las diversas teorías «dinámicas»
que se nos ofrecen?. ¿Debemos, acaso, fiarnos de una especie de subasta holandesa, o de
una elección tipo «bufete» de lo que a nosotros nos guste?. Esto constituiría el
abandono completo de toda la ciencia, y la simple existencia de tantas teorías diferentes
hace aún más importante hallar métodos de comprobación de la verdad de las mismas de
acuerdo con criterios propiamente científicos.
¿Cuál es,
esencialmente el contenido de la contribución de Freud?. Para decirlo en pocas palabras,
se admite en general que el psicoanálisis presenta tres aspectos. En primer lugar, es una
teoría general de la psicología. Pretende
ocuparse de cuestiones de motivación, personalidad, desarrollo infantil, memoria y otros
aspectos importantes de la conducta humana. Se sostiene a menudo (y no sin buenas razones
para ello) que el psicoanálisis se ocupa de asuntos que son importantes e interesantes,
pero de una manera no científica, mientras que la psicología académica trata de manera
científica materias que la mayoría de la gente considera esotéricas y desprovistas de
interés. Esto no es completamente cierto; la psicología académica también estudia la
personalidad, las motivaciones, la memoria y otros temas similares, pero indudablemente lo
hace de una manera menos «interesante» que Freud.
En segundo
lugar, el psicoanálisis es un método de
terapéutica y tratamiento. En verdad, así es como se originó, cuando Freud
colaboró con un amigo, Josef Bretier, para curar a una paciente supuestamente histérica,
Anna O. Como veremos después, Anna O no era, de hecho, un paciente psiquiátrico; sufría
una grave enfermedad física, y la supuesta «cura» no fue tal cura en absoluto. No
obstante, es como sistema de terapéutica y tratamiento como el psicoanálisis se ha dado
tan ampliamente a conocer, y como este sistema depende muchísimo de la teoría general de
la psicología abrazada por los seguidores de Freud, el éxito o el fracaso de este
método de tratamiento es extremadamente importante, tanto desde un punto de vista
teórico como práctico.
En tercer
lugar, el psicoanálisis debe ser considerado como un método de encuesta e investigación. El mismo
Freud, en un principio entusiasta sobre las posibilidades de sus métodos de tratamiento,
se fue volviendo más y más escéptico, y finalmente consideró que él sería recordado
más como el iniciador de un método de investigación de los procesos mentales que como
un gran terapeuta, Este método de investigación es el de la libre asociación, en el que
se empieza por una palabra, o un concepto, o una escena, que puede proceder de un sueño,
o de un determinado lapsus de la lengua o la pluma, o de cualquier otra fuente. El
paciente o sujeto empieza, así, con una cadena de asociaciones que, según Freud,
conducen invariablemente a áreas de interés e incumbencia, y frecuentemente a un
material inconsciente vital para la comprensión de la motivación del sujeto, y crucial
para la inauguración de un método de terapia apropiado. En realidad, como veremos el
método fue iniciado por Sir Francis Galton, que reconoció sus poderes mucho antes que
Freud; ciertamente, el método tiene algo de positivo pero es tremendamente débil el
punto de vista científico, por razones que serán expuestas después.
La psicología
presentada por Freud ha sido a menudo comparada a un sistema hidráulico, conduciendo
energía de una a otra parte de la psique, como la hidráulica distribuye el agua. Esta
analogía más bien victoriana es seguida sin desmayo por Freud, aunque ciertamente no
esté de acuerdo con lo que sabemos acerca del modo de operar de la mente humana. Freud
creía que cuando una idea es susceptible de provocar la excitación del sistema nervioso
más allá de lo tolerable, esa energía es redistribuida de manera que los elementos
amenazantes no pueden entrar en la conciencia, y permanecen en lo inconsciente. Esta
energía puede ser sexual o auto-preservativa (en la primera versión), o pueden adoptar,
ya una forma amable, ya una forma agresiva o destructiva (en la segunda versión). El
inconsciente en cuestión es una construcción mental altamente especulativa de Freud, no
en el sentido de que esta teoría lo originó -al contrario, procesos inconscientes han
sido reconocidos por filósofos y psicólogos desde hace más de dos mil años
(mencionaremos muchos de tales precursores después)- sino a causa de la peculiar versión
del inconsciente que propone Freud. Él le atribuye poderes y tendencias que
posteriormente la investigación ha sido incapaz de detectar, y por supuesto su propia
teoría ha cambiado mucho en el transcurso de los años, de una manera tan compleja que
sería difícil llegar a un acuerdo sobre la naturaleza precisa del inconsciente de Freud.
Todo el sistema
psíquico trata de preservar su equilibrio ante esta distribución de energía, y ante las
amenazas generadas desde dentro y desde fuera, defendiéndose de diversas maneras. Tales
defensas han llegado a ser ampliamente conocidas, y sus nombres son casi autoexplicativos.
Son «sublimación», «proyección», «regresión», «racionalización», etc. Freud
creía que esas defensas eran utilizadas no sólo por los neuróticos o psicóticos ante
acontecimientos traumatizantes que el ego era incapaz de soportar, sino también por
personas normales cuando se enfrentaban con dificultades emocionales. Para ello, una
estructura interna se desarrolla mientras el niño crece, constituida por el id (la fuente
biológica de energía), el ego (la parte del
sistema que lo relaciona con la realidad) y el super-ego
(la parte que comprende la consciencia y el autocontrol).
La psicología
freudiana también propone ciertas etapas que el niño atraviesa en su desarrollo hacia la
madurez; de ello hablaremos con detalle más adelante. Ellas son todas «sexuales» por
naturaleza (el vocablo es puesto entre comillas porque Freud a menudo lo usa con un
significado que es mucho más amplio de lo que es costumbre en el lenguaje ordinario) y se
relacionan sucesivamente con la boca, el ano y los genitales. Si tal desarrollo no se
efectúa de una manera adecuada, entonces el adulto exhibirá una conducta neurótica o
psicótica; esto es particularmente probable que suceda cuando las defensas que se
utilizaron en la temprana juventud para contener peligrosos elementos psíquicos se
rompen.
Un rasgo
particular del desarrollo del joven muchacho es que se enamora de su madre, y desea dormir
con ella; el padre es contemplado como un enemigo; un enemigo poderoso que puede frustrar
e incluso castrar al niño. Este es el famoso complejo de Edipo, sobre el cual tendremos
mucho que decir más adelante. Según Freud, la futura salud mental del niño depende de
la manera con que afronta esta situación.
La terapia
freudiana se dedica a hacer salir a la superficie material reprimido e inconsciente para
convertirlo en consciente. El terapeuta, usando el método de la libre asociación,
desarrolla una relación especial con el paciente, conocida como transferencia, que, en
esencia, implica un apego del paciente hacia el analista, que será empleado para efectuar
la curación; en cierto modo se parece a los lazos entre el niño y el padre. Que esto
conduzca realmente a una curación es, por supuesto, una cuestión crucial de la que
deberemos ocuparnos más adelante; ahora existe prácticamente la unánime creencia entre
los expertos de que el psicoanálisis no produce, de hecho, tales curaciones.
Tales son los
elementos básicos del psicoanálisis, super-simplificados, pero que, no obstante,
delinean el campo de acción que este libro trata de abarcar. La mayoría de lectores ya
estarán familiarizados con muchos aspectos de la teoría, así como con diversos detalles
relevantes que se irán dando en varios capítulos de este libro. No voy a referirme,
excepto en casos muy ocasionales, a los numerosos discípulos que se rebelaron contra
Freud y crearon sus propias teorías. Uno de los más prominentes, naturalmente, fue Jung,
pero la lista de otras figuras, ligeramente menos conocidas, como Melanie Klein, Wilhelm
Stekel, Alfred Adler y muchos otros, es demasiado-larga para ser citada aquí. Su
existencia (¡se ha calculado que en Nueva York, en este momento, hay, aproximadamente,
cien diferentes escuelas de psicoanálisis, todas enzarzadas en una guerra encarnizada!)
subraya la principal debilidad del credo freudiano; ser enteramente subjetivo en su
método de prueba, no poder aconsejar ninguna manera de decidir entre teorías
alternativas. En todo caso, este libro se ocupa de la teoría freudiana, no de sus
discípulos rebeldes, y se concentrará en la propia contribución de Freud.
CAPITULO PRIMERO
FREUD, EL HOMBRE
La duda no es un estado agradable,
sino, ciertamente, absurdo.
Voltaire
Este libro
trata del psicoanálisis, la teoría psicológica creada por Sigmund Freud hace casi un
siglo. El creyó que ponía los cimientos para una ciencia de la psicología, y también
pretendió haber creado un método para el tratamiento de pacientes mentalmente enfermos
que era el único que podía proporcionarles una curación permanente. Este libro
considera el status actual de las teorías de
Freud, en general, y evalúa sus pretensiones referentes al rango científico de tales
teorías, y el valor de sus métodos terapeúticos, en particular. Para ello, debemos
empezar con un capítulo sobre Freud, el hombre: esa extraña, contradictoria y un tanto
misteriosa personalidad tras la teoría y la práctica del psicoanálisis.
Por muchos
motivos esto sorprenderá a los hombres de ciencia, considerándolo un extraño principio
para un libro de esta clase. Al discutir la mecánica de los quanta no empezamos, normalmente, con una
descripción de la personalidad de Planck; ni tampoco, por lo general, nos ocupamos de las
vidas de Newton y Einstein al hablar de la teoría de la relatividad. Pero en el caso de
Freud es imposible lograr una visión exacta de la obra de su vida sin ocuparnos del
hombre en sí mismo. Después de todo, una gran parte de su teoría se deriva de sus
propios análisis de su personalidad neurótica; su examen de la interpretación de los
sueños se basa, a menudo, en análisis de sus propios sueños, y sus ideas sobre el
tratamiento se derivan extensamente de sus intentos de psicoanalizarse a sí mismo y curar
sus propias neurosis. El mismo Freud, según se ha dicho, es el único hombre que ha sido
capaz de imprimir sus propias neurosis en el mundo, y remodelar a la Humanidad según su
propia imagen. Esto es ciertamente una hazaña; que ello merezca ser considerado algo científico es otra cuestión, de la que nos
ocuparemos en los capítulos sucesivos.
Ciertamente,
para muchos científicos el psicoanálisis es más una obra de arte que una obra de
ciencia. En el arte, la visión del artista es de una importancia total; es subjetivo y,
al revés de la ciencia, no es acumulativo. Nuestra ciencia es netamente superior a la de
Newton, pero nuestro teatro es enormemente inferior al de Shakespeare e incluso al de los
antiguos griegos. Nuestra poesía puede difícilmente compararse con la de Milton,
Wordsworth o Shelley, pero en cambio nuestras matemáticas son bastamente superiores a las
de Gauss o de cualquiera de los viejos gigantes.
Así como el
poeta y el dramaturgo plasmaban sus pensamientos buceando en sus propias vías, también
Freud arrancó percepciones de sus propias experiencias, sus trastornos emocionales y sus
reacciones neuróticas. El psicoanálisis como una forma de arte puede ser aceptable; el
psicoanálisis como una ciencia ha evocado siempre las protestas de los científicos y los
filósofos de la ciencia.
El mismo Freud,
por supuesto, conocía bien este hecho, y proclamaba que él no era un científico, sino
un conquistador (1). El conflicto estaba
profundamente arraigado en su mente, y a menudo expresó opiniones contradictorias sobre
el nivel científico del psicoanálisis y de su obra en general. De esas dudas nos
ocuparemos más adelante; aquí nos limitaremos a observar que en muchos aspectos
importantes, e incluso fundamentales, el psicoanálisis se desvía de los principios de la
ciencia ortodoxa. «Tanto peor para la ciencia ortodoxa », han exclamado muchos. «¿
Qué hay de tan sagrado en la ciencia para rechazar los maravillosos descubrimientos del
sabio y del profeta?». Tal actitud, en efecto, es adoptada a menudo por los mismos
psicoanalistas, deseosos de interpretar el término «ciencia» para poder incluir en él
al psicoanálisis. El mismo Freud no hubiera estado de acuerdo en ello. El quería que el
psicoanálisis fuera aceptado como una ciencia en el sentido ortodoxo, y hubiera
considerado tales esfuerzos como reinterpretaciones no autorizadas de sus puntos de vista.
Tal manera de contemplar la obra de su vida es incompatible con sus propias ideas. Para
él, el psicoanálisis era una ciencia, o no era nada. Volveremos a esta cuestión en el
último capítulo; limitémonos a consignar aquí que en este libro investigaremos la
pretensión del psicoanálisis de ser una ciencia, empleando el término en su sentido
ortodoxo, es decir, como Naturwissenschaft, y
no como Geisteswissenschaft.
Freud nació el
6 de mayo de 1856, en la pequeña ciudad de Freiberg, en Austria, a unas ciento cincuenta
millas al nordeste de Viena, en territorio actualmente cedido a Checoslovaquia. Su madre
era la tercera esposa de un comerciante en paños, y él era el primer hijo de su madre,
pero su padre había tenido dos hijos mayores en su primer matrimonio. Su madre era veinte
años más joven que su marido, y tuvo siete hijos más, ninguno de los cuales pudo
compararse a Sigmund que fue siempre su «indiscutible mimado». Esta preferencia materna
hizo creer a Freud que su posterior confianza en sí mismo ante la hostilidad de los
demás se debió al hecho de ser el favorito de su madre. La familia era judía, aunque no
ortodoxa.
Cuando Freud
tenía cuatro años de edad, el negocio de su padre empezó a ir mal, y la familia
finalmente se estableció en Viena, donde Freud asistió al colegio Sperl Gymnasium; allí
fue un buen alumno siendo el primero de la clase durante siete años. Destacó
particularmente en idiomas, aprendiendo latín y griego y siendo capaz de leer con
facilidad en inglés y francés; más tarde estudiaría español e italiano. Sus mayores
aficiones eran la literatura y la filosofía, pero finalmente decidió estudiar medicina,
y a los diecisiete anos ingresó en la Universidad de Viena. Se graduó después de ocho
años de estudios, habiéndose ocupado también, superficialmente, de química y
zoología, y finalmente se estableció para ocuparse de investigación en el laboratorio
fisiológico de Ernst Brbecke donde estudió durante seis años, publicando diversos
folletos de naturaleza técnica. Obligado a trabajar para vivir, se licenció por fin y,
en 1882, ingresó en el Hospital General de Viena donde, en calidad de ayudante médico,
prosiguió sus investigaciones y publicó alguna cosa sobre la anatomía del cerebro. De
hecho, su interés por la neurología continuó hasta la edad de cuarenta y un años,
publicando monografías sobre la afasia y la apatía cerebral en los niños.
A la edad de
veintinueve años fue nombrado Privatdozent (profesor)
en Neuropatología; también se le concedió una beca viajera que le permitió estudiar
durante cinco meses con Charcot en París. Charcot era famoso por sus estudios sobre la
hipnosis, y fue debido a su relación con él como Freud se interesó más por las
materias psicológicas que por las fisiológicas. A su regreso de París contrajo
matrimonio y se inició en la práctica privada de la medicina, buscando obtener fama como
científico mediante el estudio de la conducta neurótica de sus pacientes, y tratando de
elaborar una teoría que tuviera en cuenta los desórdenes neuróticos, y que le
permitiera así efectuar las curaciones que habían sido buscadas en vano por muchos de
sus predecesores. Era extremadamente ambicioso; cuando aún era un estudiante escribió a
su prometida acerca de sus «futuros biógrafos«. Una temprana tentativa de ganar la fama
le llevó a investigar los usos potenciales de la cocaína; estaba particularmente
interesado en su capacidad para reducir el dolor y proporcionar una alegría duradera.
Descubrió que la droga le ayudaba a superar épocas periódicas de depresión y apatía
que frecuentemente interferían su trabajo y parecían abrumarle. No se apercibió de las
propiedades adictivas de la droga e, indiscriminadamente, aconsejó su uso a familiares y
amigos y también, en un folleto que escribió sobre sus propiedades, a todo el mundo. La
cocaína debía desempeñar un papel vital en su desarrollo, como veremos más adelante.
Siguiendo a
Charcot, Freud utilizó la hipnosis en sus pacientes privados, pero no quedó satisfecho
con ella. En cambio, se fue interesando en un nuevo método de tratamiento que había sido
inventado por su amigo Josef Breuer, que había desarrollado la «terapéutica parlante»,
una nueva técnica para el tratamiento de la histeria, uno de los mayores desórdenes
neuróticos de la época. En esa enfermedad, las parálisis y otros percances físicos
aparecen sin ninguna base orgánica aparente; este desorden parece estar muy ligado a la
cultura, pues ha desaparecido casi por completo en los tiempos modernos (cuando uno de mis
estudiantes de filosofía quiso investigar la capacidad de los histéricos de formar
reflejos condicionados, no pudo, durante, un período de años, encontrar más que un
número muy limitado de pacientes que mostraran siquiera signos rudimentarios de ese
desorden clásico). Breuer tenía una paciente llamada Bertha Pappenheim, una joven de
buena familia y con talento, cuyo caso fue luego homologado bajo el pseudónimo de «Anna
O. ». Freud la relajó bajo los efectos de la hipnosis y la animó a que hablara sobre
cualquier cosa que se le ocurriera, la aparente fuente de todas las «terapias parlantes
». Después de mucho tiempo la muchacha tuvo una fuerte reacción emocional al relatar un
doloroso incidente que ella había aparentemente reprimido en su subconsciente; a
consecuencia de esta catarsis (2), sus síntomas desaparecieron. (Como después veremos,
este relato, publicado conjuntamente por Freud y Breuer en «Estudios sobre la Histeria»,
estaba profundamente equivocado. La muchacha sufría una grave enfermedad física, y no,
en absoluto, una neurosis, y no fue en modo alguno «curada» por el método de la
catarsis que se le administró. Los hechos, como en muchos otros casos publicados por
Freud, eran muy diferentes de lo que él dijo).
En cualquier
caso, la mujer de Breuer se sintió celosa de la atracción que sobrevino entre Breuer y
Bertha, de manera que Breuer interrumpió el tratamiento, llevando a su mujer a Venecia
para una segunda luna de miel. Freud, no obstante, continuó trabajando con este método,
sustituyendo la hipnosis con la técnica de la libre asociación, es decir, tomando como
punto de partida acontecimientos de los sueños de sus pacientes, y estimulándoles a que
dijeran lo primero que acudiera a sus mentes al pensar en cosas particulares de los
sueños. Este método de la libre asociación había sido elaborado por Sir Francis
Galton, el célebre polígrafo inglés y uno de los fundadores de la Escuela de
Psicología de Londres. Galton, como Jung cuarenta años más tarde, redactó una lista de
cien palabras e hizo que sus clientes, después de oír cada una de ellas, dijeran la
primera palabra que les viniera a la mente, anotando el tiempo empleado en sus reacciones.
Quedó muy impresionado por el significado de esas asociaciones. Tal como él dijo:
Exponen los fundamentos de los pensamientos de un
hombre con curiosa precisión, y exhiben su anatomía mental con más viveza y verdad de
lo que él se atrevería, probablemente, a decir en público... tal vez la impresión más
fuerte que me causaron estos experimentos se refiere a la multiplicidad del trabajo hecho
por la mente en un estado de semi inconsciencia y la razón válida que dan para creer en
la existencia de estratos aún más profundos de operaciones mentales, profundamente
sumergidas bajo el nivel de la conciencia, que deben ser responsables de tales fenómenos
que no podrían, de otro modo, ser explicados.
He aquí otra
cita de Galton, referente a sus experimentos con asociaciones de palabras:
...(los resultados) me dieron una visión interesante
e inesperada del número de operaciones de la mente y de las oscuras profundidades en que
se desarrollaron, de todo lo cual a penas me había dado cuenta antes. La impresión
general que me han causado es la que muchos de nosotros habremos sentido cuando nuestra
casa se halla en reparaciones, y por primera vez nos damos cuenta del complejo sistema de
cloacas, y tubos de agua y gas, calderas, hilos de timbre y demás, y que de todo ello
depende nuestra comodidad, pero que generalmente no podemos ver, y cuya existencia,
mientras todo funciona bien, nunca nos ha preocupado.
C. T. Blacker,
que fue Secretario General de la Sociedad Eugenésica y escribió un libro sobre Galton,
comentó: «Creo que es un hecho notable que Galton, un hombre tímido, que tenía serias
inhibiciones acerca de las materias sexuales, pudiera llegar a una conclusión de este
tipo mediante la aplicación a sí mismo de un sistema de investigación que él mismo
había inventado. Su realización atestigua su candor y su fuerza de voluntad. Pues él
superó en sí mismo las resistencias cuya
anulación es precisamente tarea del analista». En palabras del propio Galton, la tarea
que él se impuso a sí mismo era «una labor sumamente repugnante y laboriosa, y sólo
mediante un vigoroso autocontrol pude llegar a los resultados que yo mismo había
programado». Los trabajos posteriores de Jung y Freud ciertamente amplificaron las
conclusiones de Galton, pero, en realidad, no se distanciaron de ellas en ningún punto
relevante.
Galton publicó
sus observaciones en «Cerebro», y como Sigmund Freud se suscribió a esa revista, es
casi seguro que debía estar familiarizado con los trabajos de Galton. No obstante, él
nunca se refirió a la obra de Galton ni tampoco reconoció que éste tuviera prioridad en
la sugerencia de la existencia de los procesos mentales inconscientes. Esto era típico de
Freud, que era muy circunspecto en reconocer las contribuciones hechas por sus
predecesores, por muy directamente que se relacionaran con su propio trabajo. Más
adelante encontraremos muchos otros ejemplos a este respecto.
Acosado por
muchos síntomas neuróticos, Freud llevó a cabo un prolongado auto-análisis; esto,
junto con sus experiencias con los pacientes, le condujo a prestar atención a los
acontecimientos de la infancia, y a poner un énfasis particular en la importancia de los
primeros desarrollos sexuales en la formación de las neurosis y en el desarrollo de la
personalidad. Freud analizó sus propios sueños y comprobó los detalles fundamentales
con su madre; creyó haber encontrado residuos de emociones reprimidos de su primera
infancia, tanto de sentimientos destructivos y hostiles hacia su padre como de intenso
afecto hacia su madre. Así nació el complejo de Edipo.
En 1900
publicó su primera obra importante sobre el psicoanálisis, «La Interpretación de los
Sueños». Continuó publicando, atrajo una banda de seguidores devotos que luego se
convirtieron en la Sociedad Psicoanalítica de Viena, y alcanzó el rango de profesor.
Presidió a sus seguidores de una manera muy dictatorial, excluyendo a todos los que no
estaban de acuerdo en todo con él hasta el más mínimo detalle. El más famoso de los
«exiliados» fue probablemente C. G. Jung. El mismo Freud era vagamente consciente de
esta tendencia suya cuando, en 1911, escribió lo siguiente en una de sus cartas:
«Siempre ha sido uno de mis principios el ser tolerante y no ejercer la autoridad, pero
en la práctica esto no siempre resulta tan fácil. Es como los coches y los peatones.
Cuando empecé a conducir en coche me irrité tanto por la falta de cuidado de los
peatones como antes, cuando era peatón, me indignaba por la imprudencia de los
conductores ». Desde entonces el psicoanálisis ha continuado siendo un culto, hostil a
todos los forasteros, rehusando totalmente cualquier tipo de críticas, por bien fundadas
que estuvieren e insistiendo en ritos iniciáticos que requerían varios años de
análisis previo llevado a cabo por miembros del círculo.
No tendría
mucho sentido relatar aquí otros acontecimientos de la vida de Freud. Los que se refieren
a puntos discutidos en posteriores capítulos serán descritos en los lugares apropiados.
Hay muchas biografías a disposición del público pero por desgracia la mayoría, si no
la totalidad, están escritas por hagiógrafos; adoradores del héroe que no pueden ver
nada malo en su líder, y para los cuales cualquier forma de crítica es un sacrilegio.
Incluso los hechos objetivos son a menudo mal interpretados y mal presentados, y poco
crédito puede concederse a esos escritos.
Algo parecido
¡ay!, puede decirse acerca de los escritos del mismo Freud. No era lo que podría
llamarse un testimonio veraz; ya hemos observado que le costaba mucho reconocer la
prioridad en los demás, por muy obvia que tal prioridad resultara para el historiador.
Estaba dispuesto a crear una mitología centrada en sí mismo y en sus logros; se
contemplaba a sí mismo como el viejo héroe, batallando contra un entorno hostil, y
emergiendo finalmente como vencedor a pesar de la persecución padecida. Ayudado por sus
seguidores consiguió impresionar al mundo con su descripción totalmente falsa de sí
mismo y de sus batallas, pero cualquiera que esté familiarizado con las circunstancias
históricas observará la diferencia entre la versión de los hechos dada por Freud y los
hechos en sí mismos. Al leer e interpretar los escritos de Freud y de sus seguidores,
será útil seguir ciertas reglas. Mencionaremos tales reglas acto seguido, y también
daremos ejemplos para ilustrar la necesidad de las mismas.
La primera
regla, y es una muy importante para quien desee comprender lo que hay de verdad en el
psicoanálisis y en Freud, es la siguiente: No
creáis nada de lo que leáis sobre Freud o el psicoanálisis, especialmente cuando ha
sido escrito por Freud o por otros psicoanalistas, sin cotejarlo con la evidencia
pertinente. En otras palabras, lo que se asegura es a menudo incorrecto, e incluso
puede ser lo contrario de lo que realmente ocurrió. Consideremos por un momento lo que
Sulloway ha llamado «el mito del héroe en el movimiento psicoanalítico ». Observa que
«pocas figuras científicas, si es que hay alguna, están tan veladas por la leyenda como
Freud ». Tal como él afirma, el relato tradicional de las proezas de Freud ha adquirido
sus proporciones mitológicas a expensas del contexto histórico. De hecho, considera tal
divorcio entre lo que realmente sucedió como un requisito previo para los buenos mitos,
que invariablemente tratan de negar a la historia. Virtualmente, todas las principales
leyendas y los falsos conceptos de la erudición freudiana han surgido de la tendencia a
crear el «mito del héroe».
Los lectores
pueden preguntarse por qué deberían creer a Sulloway (o incluso a quien esto escribe)
más que a Freud. En última instancia la respuesta debe ser, por supuesto, que el lector
debe remitirse a los datos originales. Afortunadamente esto es mucho más fácil cuando
historiadores del movimiento freudiano, como Sulloway, aportaron los documentos
pertinentes. Si algo dicho en estas páginas parece improbable, el lector tiene la opción
de remitirse a las fuentes originales sobre las que yo he basado mi demostración. Ahora
nos estamos ocupando del mito del héroe, y la documentación requerida se da en su
totalidad en el libro de Sulloway.
Hay dos facetas
que caracterizan el mito del héroe en la historia psicoanalítica. La primera es el
énfasis sobre el aislamiento intelectual de Freud durante sus años cruciales de
descubrimientos, y la exageración de la hostil recepción que se dio a sus teorías por
parte de un público no preparado para tales revelaciones. La segunda es el énfasis sobre
la «absoluta originalidad» de Freud como hombre de ciencia, abonando en su cuenta
descubrimientos hechos realmente por sus predecesores, contemporáneos y seguidores. Como
dice Sulloway:
Tales mitos sobre Freud, el héroe psicoanalítico,
están lejos de ser únicamente un subproducto casual de su altamente carismática
personalidad o de acontecimientos de su vida. Tampoco son tales mitos azarosas
distorsiones de hechos biográficos. Más bien, toda la historia de la vida de Freud
tiende a ser un modelo arquetípico compartido por casi todos los mitos del héroe, y su
biografía ha sido a menudo remodelada para hacerla encajar en tal modelo arquetípico
cuando sugestivos detalles biográficos lo han permitido.
¿Cuáles son
las características principales del tradicional mito del héroe?. Esto corrientemente
implica un peligroso viaje que tiene tres motivos comunes: aislamiento, iniciación y
retorno. La llamada inicial a la aventura es a menudo precipitada por una circunstancia
«fortuita»; en el caso de Freud, el notable caso de Anna O. Puede producirse un rechazo
temporal a la llamada -Freud no volvió a ocuparse de ese sujeto durante seis años; en
tal caso, su posterior iniciación podría ser iniciada por una figura protectora- por
ejemplo Charcot, que fue la causa de que Freud retornara al sujeto. Luego, el héroe
afronta una sucesión de pruebas difíciles; puede ser desviado por mujeres que actúan
como tentadoras, de manera que él cometa equivocaciones (tal equivocación pudo ser la
teoría freudiana de la seducción; por ejemplo, la noción de que los niños que
desarrollan neurosis habían sido siempre sexualmente seducidos, una teoría que le
impidió por algún tiempo descubrir la sexualidad infantil y el complejo de Edipo). En
esa etapa, un ayudante secreto acude en socorro del héroe (en el caso de Freud su amigo
Fliess, que le ayudó en el curso de su valiente auto-análisis).
La etapa
siguiente del viaje del héroe es la más peligrosa, cuando afronta oscuras resistencias
internas, y revivifica poderes olvidados tiempo ha. Sulloway compara la historia del
heroico auto-análisis de Freud con los episodios igualmente heroicos de Eneas
descendiendo al Averno para enterarse de su destino, o del liderazgo de Moisés sobre los
hebreos durante el éxodo de Egipto. Un bien conocido psicoanalista, Kurt Eissler, ilustra
la manera en que se ha hecho este auto-análisis para que encaje con el modelo heroico:
El heroísmo -uno se inclina a describirlo así- que
era necesario para llevar a cabo tal empresa no ha sido aún suficientemente apreciado.
Pero quienquiera que haya experimentado un análisis personal sabrá cuán fuerte es el
impulso de huir de la percepción clara hacia lo inconsciente y lo reprimido... El
auto-análisis de Freud ocupará un día un lugar preeminente en la historia de las ideas,
como el hecho de que ocurrió y continuará siendo, posiblemente para siempre, un problema
que es confuso para el psicólogo.
Después del
aislamiento y de la iniciación, tenemos el retorno; el héroe arquetípico, después de
haber pasado su iniciación, emerge como una persona que posee el poder de dispensar
grandes beneficios a sus contemporáneos. No obstante, el camino del héroe no es fácil;
debe afrontar la oposición a su nueva visión por gentes que no pueden comprender su
mensaje. Finalmente, tras una larga lucha, el héroe es aceptado como un guru y recibe su adecuada recompensa y fama.
Sulloway ha
analizado con detalle la acogida que la contribución original de Freud recibió en los
periódicos científicos y la crítica en general. Ernest Jones, biógrafo oficial de
Freud, nos dice que los descubrimientos más creativos de aquél fueron «simplemente
ignorados», que, dieciocho meses después de su publicación «La Interpretación de los
Sueños » no había sido mencionada por ninguna revista científica, y que sólo cinco
críticas de esta obra clásica aparecieron más tarde, tres de ellas completamente
desfavorables. Concluye que «raramente un libro tan importante ha producido un eco tan
escaso». Jones añade que mientras «La Interpretación de los Sueños» fue calificada
de fantástica y ridícula, los «Tres ensayos sobre la Teoría de la Sexualidad», en los
cuales Freud cuestiona la inocencia sexual de la infancia, fueron considerados
sorprendentemente malvados. «Freud era un hombre con una mente maligna y obscena... ese
ataque a la prístina inocencia de la infancia era intolerable».
El mismo Freud,
en su «Autobiografía», trató de dar una impresión parecida. «Durante más de diez
años posteriores a mi separación de Breuer no tuve seguidores. Estuve completamente
aislado. En Viena las gentes se apartaban de mí; en el extranjero nadie me hacía caso.
Mi «Interpretación de los Sueños», publicada en 1900, fue apenas mencionada en las
revistas técnicas ». Y nos confiesa: « Yo era uno de esos hombres que turban el sueño
del mundo No podía pretender gozar de objetividad y tolerancia».
Todo esto está
en la línea del bello mito de la iniciación del héroe al comienzo de su viaje, pero una
mirada a los verdaderos hechos históricos mostrará que la recepción inicial de las
teorías de Freud fue muy diferente de esta apreciación original. La «Interpretación de
los Sueños» fue inicialmente analizada en, por lo menos, once revistas periódicas y
publicaciones sobre estos temas, incluyendo siete en el campo de la filosofía y
teología, psicología, neuropsiquiatría, investigación psíquica y antropología
criminal. Esas críticas fueron presentaciones individualizadas, no sólo noticias de
rutina y, todas juntas representaban más de siete mil quinientas palabras. Aparecieron
aproximadamente un año después de su publicación, lo que es probablemente más rápido
de lo ordinario. Acerca del ensayo « Sobre los Sueños », se han hallado diecinueve
críticas, todas ellas aparecidas en periódicos médicos y psiquiátricos, con un total
de unas nueve mil quinientas palabras y a un intervalo-promedio de tiempo de ocho meses.
Tal como Bry y Rifkin, que llevaron, a cabo la investigación sobre las que se basan estos
hallazgos, hicieron notar:
«Resulta que los libros de Freud sobre los sueños fueron amplia y
rápidamente comentados en revistas conocidas, que incluían a las más importantes en sus
respectivos campos. Además, los editores de las biografías internacionales anuales en
psicología y filosofía seleccionaron los libros de Freud sobre los sueños para su
inclusión... más o menos a finales de 1901; el aporte de Freud fue propuesto a la
atención de círculos generalmente informados sobre Medicina, Psiquiatría y Psicología
a escala internacional... Algunas de las críticas son profundamente competentes, varias
son escritas por autores de investigación capital sobre el tema, y todas son respetuosas.
El criticismo negativo sólo aparece después de una recesión sumaria del contenido
principal de los libros».
Así pues, los
dos libros de Freud sobre los sueños fueron objeto, por lo menos, de treinta comentarios
separados totalizando unas diecisiete mil palabras; nótese el contraste entre los hechos
y lo que se ha dicho sobre este período por Freud, Jones y los biógrafos de Freud en
general. Tampoco sería cierto decir que todos estos comentarios fueron enteramente
hostiles a la nueva teoría de Freud sobre los sueños. El primero en aparecer describió
su libro diciendo que «haría época», y el psiquiatra Paul Naecke, que gozaba de
reputación internacional en la materia y había comentado muchos libros en el mundo
médico de habla alemana dijo que «La Interpretación de los Sueños» era «lo más
profundo que el sueño de la psicología ha producido hasta ahora... en su totalidad la
obra está forjada cono un todo unificado y está pensada en profundidad con verdadero
genio».
Es interesante
la reseña escrita por el psicólogo William Stern, que Jones ha descrito, junto con
varios otros, como «casi tan devastadora como lo habría sido el silencio total». He
aquí lo que dijo realmente Stern:
Lo que me parece más válido de todo el empeño (del
autor) en no confinarse en el tema de la explicación de los sueños, en la esfera de la
imaginación, el papel de las asociaciones, la actividad de la fantasía y las relaciones
somáticas, sino en aludir a los múltiples hilos, tan poco conocidos, que llevan al mundo
más nuclear de los afectos y que tal vez harán comprensible la formación y selección
del material de la imaginación. En otros aspectos, también, el libro contiene muchos
detalles de valor altamente estimulante, finas observaciones y puntos de vista teóricos;
pero por encima de todo (contiene) material extraordinariamente rico de sueños muy
exactamente relatados, que deberán ser bienvenidos para quien desee trabajar en este
campo.
¿Devastador?.
¿Y qué decir de los «Tres ensayos sobre la Teoría de la Sexualidad»?. También ella
fue bien recibida por el mundo científico, y provocó por lo menos diez reseñas las
cuales, no sin críticas, ciertamente, aprobaron la contribución de Freud. Consideremos
lo que dije Paul Naecke:
El crítico no conoce ninguna otra obra que trate
importantes problemas sexuales de una manera tan breve, ingeniosa y brillante. Para el
lector, e incluso para el experto, se abren horizontes enteramente nuevos, y maestros y
padres reciben nuevas doctrinas para comprender la sexualidad de los niños...
admitámoslo, el autor ciertamente generaliza demasiado sus tesis... de la misma manera
que cada uno ama especialmente a sus propios hijos, también ama el autor sus teorías. Si
no podemos seguirle en este y en otros muchos casos, ello substrae muy poco del valor del
conjunto... el lector sólo puede formar una idea correcta de la enorme riqueza del
contenido. POCAS PUBLICACIONES VALEN TANTO SU DINERO COMO ESTA. (Enfatizado por
Naecke).
Y otro bien
conocido sexólogo concluyó que ninguna otra obra publicada en 1905 había igualado la
profundidad de Freud en el problema de la sexualidad humana.
Sulloway hace
observar que es de un significado histórico particularmente importante que «ningún
comentarista criticó a Freud por su teoría sobre la vida sexual infantil, aun cuando
algunos, a este respecto, disintieran de algunas afirmaciones específicas sobre las zonas
erogenéticas bucales y anales». De hecho, como dijo Ellenberger: «Nada está más lejos
de la realidad que la creencia corriente de que Freud fue el primero en proponer nuevas
teorías sexuales en una época en que todo lo sexual era tabú. En Viena, donde
Sacher-Masoch, Krafft-Ebing y Weiningen eran ampliamente leídos, las ideas de Freud
acerca del sexo difícilmente podían ser consideradas chocantes por nadie».
Hay más
evidencia que demuestra que lo que Freud y sus biógrafos dijeron acerca del desarrollo
del psicoanálisis y el destino personal del héroe contradecía los hechos tal como
ocurrieron, pero los lectores interesados en esto deben referirse a Sulloway, Ellenberger
y otros autores mencionados en mi lista de referencias. Lo que se ha dicho debería ser
suficiente para demostrar que las afirmaciones hechas por Freud y sus seguidores no pueden
ser tomadas como hechos cabales. La intención obvia es el desarrollo de una mitología
que presente a Freud como el héroe tradicional, y no se permite que ningún hecho
obstaculice a este mito. Y esa mitología no se ha ocupado solamente de esos primeros
tiempos, sino que se ha extendido en muchas otras direcciones. Esto nos lleva a la segunda
regla que debe seguir el lector interesado en un relato veraz del psicoanálisis. No creer
nada dicho por Freud y sus discípulos sobre el éxito del tratamiento psicoanalítico. Como
ejemplo, tomemos el caso de Anna O. quien, según el mito, fue completamente curada de su
histeria por Breuer, y cuya historia es presentada como un caso clásico de histeria.
Anna era una
muchacha de veintiún años cuando Breuer fue requerido para que la atendiera. Había
contraído una enfermedad mientras cuidaba a su padre enfermo, y en opinión de Breuer el
trauma emocional conectado con su enfermedad y eventual fallecimiento fue la causa que
precipitó sus síntomas. Breuer la trató con la nueva «terapia parlante», que sería
adoptada más tarde por Freud. Él y Freud aseguraron que los síntomas que afligían a
Anna habían sido «permanentemente eliminados» por el tratamiento catártico, pero las
notas del caso se hallaron recientemente en el Sanatorio Bellevue, en la ciudad suiza de
Kreuzlingen. Las notas en cuestión contenían la prueba definitiva de que los síntomas
que Breuer aseguraba haber eliminado continuaban presentes mucho tiempo después de que
Breuer hubiera cesado de ocuparse de ella. Los síntomas habían comenzado con una «tos
histérica», pero pronto empezaron a producirse contracciones musculares, parálisis,
desmayos, anestesias, peculiaridades de la visión y muy extrañas alteraciones del habla.
Nada de esto fue curado por Breuer, sino que continuó mucho tiempo después de que él
hubiera dejado de tratarla.
Además, Anna
no padecía histeria en absoluto, sino que estaba aquejada de una seria enfermedad
física, llamada «meningitis tuberculosa». Thornton relata enteramente la historia:
La enfermedad sufrida por el padre de Bertha (el
verdadero nombre de Anna era Bertha Pappenheim) era un absceso sub-pleurítico, una
complicación común de la tuberculosis pulmonar, entonces muy extendida en Viena.
Ayudando en los cuidados al enfermo y pasando muchas horas a la cabecera de su cama,
Bertha estaba expuesta a la infección. Además, ya en 1881 su padre había sufrido una
operación, probablemente incisión del absceso e inserción de una sonda; esta
intervención le fue practicada a domicilio por un cirujano vienés. El cambio de ropas y
la evacuación de las secreciones purulentas ciertamente originaría la diseminación de
los organismos infecciosos. La muerte del padre a pesar de todos los cuidados indicaría
la existencia de una virulenta corriente del organismo invasor.
El detallado
relato de Thornton debería ser consultado y tenido en cuenta, así como el hecho de que
el tratamiento de Breuer fue totalmente ineficaz, sin relación alguna con la enfermedad
propiamente dicha, y basado en un diagnóstico erróneo. Así, todas las pretensiones de
Freud y sus discípulos sobre el caso parten de una concepción falsa, y además Thornton
deja claro que Freud conocía, al menos, alguno de estos hechos. Lo mismo puede decirse de
sus seguidores; de hecho fue Jung quien, antes que nadie, observó que el supuesto éxito
del tratamiento no había sido un éxito en absoluto. Esta historia debería volvernos muy
cautelosos antes de aceptar los pretendidos éxitos curativos de Freud y sus discípulos.
Encontraremos más adelante otros ejemplos de esta tendencia a apuntarse éxitos donde
realmente no existieron; el caso del Hombre Lobo es un ejemplo obvio que será tratado con
algún detalle en un posterior capítulo. Otra vez nos topamos con el mito del héroe,
superando obstáculos imposibles y alcanzando el éxito; desgraciadamente, muchos de los
éxitos en los casos de Freud eran imaginarios. Los lectores interesados en los hechos
deberían acudir a las cuidadosas reconstrucciones históricas de escritores como
Sulloway, Thornton, Ellenberger y otros que desenterraron los detalles de estos casos; los
hechos son completamente diferentes de las historias contadas por Freud.
Una tercera
regla general que debiera ser seguida por quien estudiara la contribución de Freud es
esta: No aceptar
pretensiones de originalidad, sino examinar la obra de los predecesores de Freud. Ya
hemos hecho observar, en relación con el descubrimiento por Galton del método de la
libre asociación, que a Freud no le gustaba que sus «descubrimientos» ya hubieran sido
descubiertos antes por otros. De manera parecida, utilizó sin referencias los importantes
trabajos del psiquiatra francés Pierre Janet sobre la ansiedad; esta especie de
anticipación, también, ha sido ampliamente documentada por Ellenberger. Pero tal vez el
ejemplo más claro y obvio lo constituye la doctrina del inconsciente. Los apólogos de
Freud lo presentan como si éste hubiera sido el primero en penetrar en los negros abismos
del inconsciente, el héroe solitario enfrentándose a graves peligros en su búsqueda de
la verdad. Desgraciadamente, nada está más lejos de los hechos. Como ha demostrado Whyte
en su libro «El Inconsciente antes de Freud», éste tuvo centenares de predecesores que
postularon la existencia de una mente inconsciente, y escribieron sobre ello con
abundancia de detalles. De hecho, hubiera sido muy difícil encontrar algún psicólogo
que no hubiera postulado alguna forma de inconsciente en su tratamiento de la mente. Todos
ellos discrepaban en la naturaleza precisa de la mente inconsciente de la que hablaban,
pero Freud, en su versión, se acercó mucho a la de E. von Hartmann, cuya «Filosofía
del Inconsciente», publicada en 1868, trataba de la presentación de un relato de
procesos mentales inconscientes. Como aclara Whythe:
Hacia 1870 el
inconsciente no era un tópico reservado a los profesionales; ya estaba de moda que
hablaran de ello los que querían exhibir su cultura. El escritor alemán von Spielhagen,
en una novela escrita hacia 1890 describió el
ambiente de un salón berlinés en los años 1870, cuando dos temas dominaban la conversación: Wagner y
von Hartmann, la música y la Filosofía del inconsciente, Tristán y el instinto.
La «Filosofía
del Inconsciente» es un voluminoso libro, de mil cien páginas en su traducción al
inglés; da una excelente visión de los predecesores de von Hartmann, incluyendo una
discusión sobre las ideas contenidas en los Vedas hindúes, y los escritores Leibniz,
Hume, Kant, Fichte, Hamann, Herder, Schelling, Schubert, Richter, Hegel, Schopenhauer,
Herbart, Fechner, Carus, Wundt y muchos otros. Como dice Whyte, «hacia 1870 Europa estaba
madura para abandonar la visión cartesiana del conocimiento, pero no preparada para
aceptar que la psicología tomara su relevo». Whyte afirma que Freud no había leído a
von Hartmann, pero esto es improbable, y en cualquier caso se sabe que había en su
biblioteca un libro que explicaba con todo detalle las ideas expresadas por von Hartmann.
Unas cuantas
citas de psiquiatras ortodoxos de Inglaterra podrán dar una idea de hasta qué punto la
importancia de lo inconsciente había sido aceptada mucho antes de que Freud apareciera en
escena. He aquí una cita de Laycock, publicada en 1860: « No hay un hecho general tan
bien corroborado por la experiencia de la Humanidad ni tan universalmente aceptado como
guía en los asuntos de la vida, como la vida y la acción del inconsciente». Y Maudsley
expresó la idea de la escuela inglesa de Psiquiatría en su «Fisiología y Patología de
la mente», publicada en 1867, con las siguientes palabras: «La parte más importante de
la acción mental, el proceso mental del que depende el pensamiento, es la actividad
mental inconsciente ». Podrían encontrarse muchos más ejemplos en los escritos de W. B.
Carpenter, J. C. Brodie y D. H. Tuke.
Una última
cita bastará. Procede de Wilhelm Wundt, el padre de la psicología experimental, y
notable introinspeccionista, alguien difícil de imaginar como interesado en el
inconsciente. He aquí lo que dijo: «Nuestra mente está tan afortunadamente equipada que
nos proporciona las bases más importantes para nuestros pensamientos sin poseer el menor
conocimiento sobre su forma de elaboración. Sólo los resultados llegan a ser
conscientes. Esta mente inconsciente es para nosotros como un ser desconocido que crea y
produce para nosotros, y finalmente nos deja sus frutos maduros».
Es evidente que
no puede discutirse el hecho de que muchos filósofos, psicólogos e incluso fisiólogos
profesionales postularon una mente inconsciente mucho antes que Freud, y la noción de que
él inventó «el inconsciente» es simplemente absurda. En relación con estas teorías
del inconsciente, el famoso psicólogo alemán H. Ebbinghaus, que fue el único en
introducir el estudio experimental de la memoria en este campo, se quejó: «Lo que es
nuevo en estas teorías no es verdad, y lo que es verdad no es nuevo ». Este es el
epitafio perfecto, no sólo de las teorías de Freud sobre el inconsciente, sino de toda
su obra, y tendremos ocasión de volver sobre ello muchas veces. La actividad inconsciente
ciertamente existe, pero el inconsciente freudiano popularizado como un drama de moralidad
medieval por figuras mitológicas tales como el ego, el id y el super-ego, el censor, Eros
y Zánatos, e imbuidos por una variedad de complejos, entre ellos los de Edipo y de
Electra, es demasiado absurdo para marcar el status
científico.
Ocupémonos
ahora de nuestra cuarta sugerencia a los lectores de Freud. Es esta: Ser cautelosos en aceptar la supuesta evidencia sobre
la pertinencia de las teorías freudianas; la evidencia demuestra, a menudo, exactamente
lo contrario. Más adelante encontraremos más pruebas de apoyo de esta tesis, pero
queremos adelantar un ejemplo para ilustrar lo que queremos decir. Este ejemplo está
tomado de la teoría freudiana de los sueños, según la cual los sueños son siempre
expresión de unos deseos; deseos relativos a represiones infantiles. Como mostraremos en
el capítulo dedicado a la interpretación de los sueños, Freud da en su libro muchos
ejemplos de la manera en que interpretaba los sueños, pero, sorprendentemente, ninguno de
ellos tiene nada que ver con represiones infantiles. Esto es ampliamente reconocido por
los mismos psicoanalistas. He aquí lo que dijo sobre el particular uno de los más
ardientes seguidores de Freud, Richard M. Jones, en «La Nueva Psicología del Sueño»:
«He llevado a cabo un análisis profundo de «La Interpretación de los Sueños» y puedo
afirmar que no hay en ellos ni un solo ejemplo de cumplimiento del deseo que tenga nada
que ver con el criterio de referencia de un deseo infantil reprimido. Cada ejemplo propone
un deseo, pero cada deseo es, ya una reflexión totalmente consciente, ya un deseo
reprimido de origen post-infantil». Volveremos a este punto más adelante.
Tomemos un
ejemplo de un bien conocido psicoanalista americano, para ilustrar las dificultades que
entraña la correcta interpretación de los sueños según la teoría freudiana. He aquí
el sueño: Una joven soñó que un hombre estaba intentando montar un caballo marrón muy
vivaracho. Hizo tres tentativas sin éxito; a la cuarta logró sentarse en la silla de
montar y empezó a cabalgar. En el simbolismo general de Freud, montar a caballo
representa a menudo el coito. Pero el analista basó su interpretación en la asociación
del sujeto. El caballo simbolizaba al soñador, cuya lengua materna era la inglesa; y en
su infancia le habían dado un apodo, la palabra francesa cheval, y su
padre le había dicho que significaba «caballo». El analista observó que su cliente
era morena, menuda y vivaracha, como el caballo del sueño. El hombre que intentaba montar
el caballo era uno de los más íntimos amigos de la soñadora. Ella admitió que al
flirtear con él había llegado tan lejos, que en tres ocasiones él había intentado
aprovecharse de la situación, pero que siempre sus sentimientos morales se habían
impuesto en el último instante, y se había salvado. Las inhibiciones no son tan fuertes
en los sueños como en la vida; en su sueño ocurrió una cuarta tentativa que terminó
con la realización del deseo. En este caso, la interpretación de las asociaciones
respalda la interpretación simbólica del sueño.
Un
psicoanalista francés, Roland Dalbiez, que escribió un libro muy bien conceptuado, «El
Método Psicoanalítico y la Doctrina de Freud», afirma que:
En toda la literatura del psicoanálisis que he podido
examinar, no conozco un caso más altamente ilustrativo... Si se rechaza la teoría
psicoanalítica, se hace necesario afirmar que no hay causalidad de ninguna clase entre la
vida en sueño y la vida despierta, sino tan sólo coincidencias fortuitas. Entre el apodo
de cheval dado a la soñadora en su juventud y
las tres tentativas sin éxito llevadas a cabo por su amigo para seducirla, por una parte,
y las tres tentativas falladas hechas por ese hombre para montar al caballo en el sueño,
por la otra, no hay ningún lazo de dependencia: esto es precisamente lo que los que
rehúsan aceptar la interpretación psicoanalítica están obligados a mantener.
Muchos lectores
de interpretaciones de sueños como este se han llegado a convencer de que están de
acuerdo con las teorías freudianas, pero ciertamente esto no es así. En la teoría
freudiana los deseos en cuestión son inconscientes,
pero difícilmente puede pretenderse que una mujer que está a punto de ser seducida
tres veces es inconsciente acerca de sus deseos de consumar el coito con el hombre en
cuestión. Además, el deseo implicado no es un deseo infantil, sino uno real y bien
presente. En otras palabras, la interpretación del sueño no debe nada a la teoría
freudiana de la interpretación de los sueños, sino que más bien la contradice. El deseo
implicado en el sueño es perfectamente consciente y presente, y esto va totalmente en
contra de la hipótesis de Freud. Así nos encontramos ante la rara pero a menudo repetida
situación de que los hechos que se nos proponen como prueba de la exactitud de las
teorías freudianas sirven, de hecho, para invalidarlas.
Tampoco es
cierto decir que los críticos del psicoanálisis se verían forzados a negar todo lazo de
dependencia entre el sueño y la realidad. El simbolismo, tal como demostraremos en el
capítulo sobre los sueños, ha sido empleado durante miles de años, y a menudo usado en
la interpretación de los sueños. La interpretación del sueño basada en el sentido
común y su simbolismo parece ser mucho más correcta que la freudiana, que presupone
inexistentes deseos infantiles inconscientes. Más adelante nos ocuparemos de este
problema con mayor detalle; aquí el ejemplo ha sido citado meramente para ilustrar una
estratagema frecuentemente utilizada por Freud y sus seguidores para intoxicar al lector y
hacerle creer que un caso particular corrobora los puntos de vista de Freud, cuando en
realidad los desmiente. La interpretación de un sueño es aceptada porque tiene sentido
basándose en el sentido común y así se impide al lector que piense profundamente sobre
la verdadera relevancia del sueño con respecto a la teoría freudiana, que es mucho más
compleja y retorcida que lo que una interpretación rectilínea podría sugerir.
Ahora llegamos
al último consejo propuesto a los lectores que deseen evaluar la teoría psicoanalítica
y la personalidad de su creador. Helo aquí: Al estudiar
la historia de una vida, no olvidarse de lo que es obvio. Ilustraremos la importancia
de este consejo con referencia a la historia de la vida de Freud, y trataremos de explicar
la gran paradoja que nos presenta. Esta paradoja es el súbito e inesperado cambio que
ocurrió en Freud a principios de la década de los años 1890. A finales de los años
ochenta, Freud era un lector de la Universidad, un asesor honorario del Instituto para las
Enfermedades Infantiles, y director de su Departamento de Neurología. Había ya publicado
bastante sobre temas referentes a neurología y era un notable neuroanatomista cuya
capacidad técnica había sido reconocida. Estaba felizmente casado y tenía una familia
-que constantemente aumentaba- que mantener, y se dedicaba lucrativamente a la práctica
privada de la Medicina, especializado en enfermedades del sistema nervioso. Era un miembro
noconformista de la burguesía, un conservador y un ortodoxo. Todo esto cambió
bruscamente a principios de los años noventa.
Este cambio se
aprecia muy claramente en su filosofía general; donde previamente había sido
extremadamente convencional y victoriano en sus actitudes ante el problema sexual, ahora
abogaba por el total abandono de toda moral sexual convencional. Su estilo de escribir
cambió, tal como se aprecia en sus publicaciones. Hasta el cambio, sus contribuciones
científicas habían sido lúcidas, concisas y conformes con el estado del conocimiento
tal como existía en aquella época, pero entonces su estilo se volvió
extraordinariamente especulativo y teórico, forzado e ingenioso.
Ernest Jones,
el biógrafo oficial de Freud, también nos dice que durante este período
(aproximadamente entre 1892 y 1900) Freud experimentó un marcado cambio de personalidad y
sufrió de una «muy considerable psiconeurosis, caracterizada por cambios de humor desde
una profunda euforia hasta una tremenda depresión y estados crepusculares de
consciencia». Durante el mismo período desarrolló inexplicados síntomas de
irregularidad cardíaca y aceleración de los movimientos del corazón. Padeció un
extraño mal llamado «neurosis de reflejo nasal», y concibió un violento odio hacia su
viejo amigo y colega Breuer, mientras al mismo tiempo experimentaba una intensa
admiración y devoción hacia otro amigo, Wilhelm Fliess. Y el cambio mayor que ocurrió
fue que, cuanto más el impulso sexual se convertía en la piedra angular de su teoría
general, menos lo practicaba, de manera que al final del siglo había terminado
virtualmente de mantener relaciones sexuales con su mujer.
Otros síntomas
de cambio de personalidad, que aparecieron hacia esa época fueron la convicción
mesiánica de una misión, la aceptación del mito del héroe (ya mencionado), y la
general tendencia dictatorial a gobernar a sus seguidores y expulsarles si expresaban la
menor o más ligera duda acerca de la verdad absoluta de sus teorías. Esto, también,
difiere totalmente de la conducta del primitivo Freud, que no mostraba ninguno de esos
raros e inaceptables rasgos de carácter.
Thornton,
basándose en la correspondencia de Freud con Fliess, ha formulado una hipótesis muy
clara que explicaría todos esos súbitos cambios en términos de una adicción que Freud
desarrolló por la cocaína. Freud había trabajado con la cocaína, la había usado para
combatir sus frecuentes jaquecas, y había recomendado entusiásticamente su uso a todos
los que quisieran controlar sus estados mentales. Fliess había elaborado una teoría más
bien absurda acerca de la cocaína que, según él, era capaz de aliviar drásticamente
los dolores de cabeza y otros males mediante la aplicación nasal. Lo que sucede en
realidad es que la aplicación de la droga a las membranas mucosas, tales como las del
interior de la nariz, resulta una absorción extremadamente rápida, de manera que la
droga se incorpora muy pronto a la corriente sanguínea y llega al cerebro con rapidez y
prácticamente sin alteración. No cabe duda sobre el hecho de que Freud fue inducido por
Fliess a usar cocaína con objeto de curar sus cefaleas y mejorar su «neurosis de reflejo
nasal». He aquí lo que dice Ernest Jones sobre ello: Luego, como si hubiera alguna relación en su trato
con un rinólogo, Freud sufrió mucho de una infección nasal durante esos años. De
hecho, ambos la padecieron (es decir, Freud y Fliess) y un interés poco común fue tomado
por ambas partes acerca del estado de las respectivas narices, órganos que, después de
todo, habían llamado en primer lugar la atención de Fliess en los procesos sexuales.
Fliess operó dos veces a Freud, probablemente por cauterización de los huesos espirales;
la segunda vez fue en el verano de 1895. La cocaína, en la que Fliess tenía una gran fe,
fue constantemente recetada.
Desafortunadamente,
como es natural, este uso de la cocaína fijó un círculo vicioso causando una verdadera
patología nasal y empeorando lo que se suponía debía curar, como indica Thornton, «tal
patología es concomitante con el uso crónico regular de la cocaína. Necrosis de las
membranas, aparición de costras, ulceración y frecuentes hemorragias con las infecciones
resultantes, son las invariables secuelas de su uso... La infección de los tejidos
ulcerados produce serias infecciones sinoidales, que Freud padeció en la segunda parte de
la década». Esta, pues, era la razón del «interés poco común» por las respectivas
narices que tanto divertía a Jones en su relato sobre Freud y Fliess. «Ambos hombres
habían empezado a sufrir los efectos de la cocaína en el cerebro. De aquí procede la
calidad progresivamente extraña de las teorías de los dos conforme transcurría el
tiempo».
Hay evidencia
directa de esta teoría en los escritos del mismo Freud. Así en « La Interpretación de
los Sueños » menciona su preocupación por su propio estado de salud cuando escribe
sobre sus pacientes. He aquí lo que escribe: «Hacía un uso frecuente de la cocaína en
esa época para aliviar ciertas dolorosas molestias nasales, y había oído unos días
antes que una de mis pacientes que había seguido mi ejemplo había contraído una
extendida necrosis de la membrana mucosa nasal». Thornton comenta: «El uso de la
cocaína por Freud no tenía por objeto únicamente el alivio de un ataque ocasional de
migraña. Quedó cogido en la trampa de un círculo vicioso de tomar cocaína para reducir
dolores nasales que habían sido realmente causados por la misma droga, los cuales
aumentaban con mayor intensidad aun cuando sus efectos desaparecían. El resultado fue el
uso casi continuo de la cocaína».
¿Puede esto
considerarse como un caso probado?. La evidencia es sumamente circunstancial, pero
cualquier lector del detallado y cuidadoso análisis de Thornton encontrará esa evidencia
realmente fuerte. Nuevas pruebas adicionales y concluyentes pueden hallarse en la
correspondencia de Freud con Fliess, pero la familia de Freud negó a Thornton y a otros
investigadores académicos la posibilidad de examinar ese material. Lo que está fuera de
toda duda es que los extraños cambios que experimentó Freud corresponden muy
precisamente a la clase de cambios, tanto físicos como psicológicos, que se han
observado muchas veces en pacientes que sufren adicción de cocaína. Es posible, pues,
que estemos equivocados (como Freud y Breuer lo estaban en el caso de Anna O.) al atribuir
síntomas de conducta a causas psicológicas y a neurosis; en ambos casos ha debido haber
una causa física. Los médicos ortodoxos a menudo omiten las enfermedades psicológicas y
las atribuyen a causas físicas, los psicoanalistas incurren en errores similares en la
dirección opuesta. Sólo una investigación detallada libre de nociones preconcebidas
puede decirnos en cada caso concreto las verdaderas causas del mal.
Hemos dicho ya
lo suficiente sobre Freud el hombre, y sobre los peligros de tomar demasiado en serio
cualquier cosa que él y sus discípulos hayan dicho. El lector puede ahora sentirse
preocupado y desorientado en determinadas cuestiones. ¿Cómo es posible que Freud pudiera
ilustrar sus teorías sobre los sueños y el inconsciente en « La Interpretación de los
Sueños », usando exclusivamente como ejemplos sueños que se apartaban completamente de
su teoría?. ¿Cómo puede ser que muchos de los críticos que él consideraba
abiertamente hostiles dejaran de ver lo obvio?. ¿Cómo es que psicoanalistas que ahora
han observado ese defecto todavía proclaman que « La Interpretación de los Sueños »
es una obra genial?. Hay muchas de estas preguntas que surgen del material aquí
analizado; la principal respuesta deberá ser, seguramente, que la teoría de Freud no es
científica en el sentido ordinario de la expresión, y que ha sido añadida como un
elemento de propaganda, completamente aparte de los hechos del caso, más que en términos
de prueba de una teoría científica.
Este esfuerzo
propagandístico ha adoptado una forma extraordinaria. Las críticas, por fundadas que
fueran, nunca fueron contestadas en términos científicos; los autores de las mismas
fueron acusados de ser hostiles al psicoanálisis; hostilidad producida por deseos
infantiles y sentimientos neuróticos reprimidos. Tal clase de argumentum ad hominem es contrario a la Ciencia y
no puede ser tomado en serio. Sean cuales fueren los motivos de un crítico, el hombre de
ciencia debe contestar a las partes racionales de la crítica. Esto no lo han hecho nunca
los psicoanalistas; tampoco han considerado hipótesis alternativas a la freudiana, tal
como documentaremos en sucesivos capítulos. Tales no son características de la Ciencia,
sino de la Religión y la Política. El héroe mitológico de Freud se aparta
completamente del papel del hombre de ciencia serio y adopta el del profeta religioso o
del líder político. Sólo, pues, en tales términos podemos comprender los hechos
analizados en este capítulo. Una comprensión de Freud, el hombre, es necesaria antes de
que podamos comprender el psicoanálisis como movimiento. En todo arte, hay una estrecha
relación entre el artista y la obra que produjo. No así en la Ciencia. El cálculo
diferencial hubiera sido inventado incluso sin Newton, y de hecho Leibniz lo inventó al
mismo tiempo, y de manera totalmente independiente. La Ciencia es objetiva y ampliamente
independiente de la personalidad; el Arte y el psicoanálisis son subjetivos, e
íntimamente relacionados con la personalidad del artista. Como veremos detalladamente
más adelante, el movimiento psicoanalítico no es científico en el sentido ordinario de
la palabra, y todas las rarezas mencionadas en este capítulo surgen de este simple hecho.