CAPITULO TERCERO
EL TRATAMIENTO PSICOANALÍTICO
Y SUS ALTERNATIVAS
Si un hombre empieza con certitudes,
terminará con dudas; pero si se contenta con
empezar
con dudas, terminará con certitudes.
Francis
Bacon
Hasta
1950, las pretensiones de los psicoanalistas de ser capaces de tratar con éxito a los
pacientes neuróticos y ser, además, los únicos que podían efectuar curaciones
permanentes, fueron ampliamente aceptadas por psiquiatras y psicólogos. Habían algunas
voces críticas referentes a la teoría psicoanalítica en general, pero aún eran éstas
bastante moderadas y podría decirse que el psicoanálisis se hallaba en la corriente
principal del pensamiento psicológico, que concernía en general a la neurosis y a la
psicología social. Esta posición cambió cuando un número de críticos empezaron a
ocuparse de la evidencia referente a la eficacia del psicoanálisis y la psicoterapia, y
no pudieron encontrar ningún dato que refrendara las pretensiones psicoanalíticas. Entre
los que defendían la tesis de que los psicoanalistas no habían conseguido demostrar su
caso estaban hombres como P. G. Denker, C. Landis, A. Salter, J. Wilder y J. Zubin; tal
vez el más preminente era Donald Hebb, que luego llegaría a ser presidente de la
Asociación Americana de Psicología. El crecimiento de este movimiento está bien narrado
por Alan Kazdin, en su libro «Historia de la Modificación de Conducta».
Kazdin
resume un artículo que yo publiqué en 1952 como « la más influyente evaluación
crítica sobre la psicoterapia» y puede ser útil revisar los argumentos empleados en ese
artículo.
Para
empezar, me ocupé de la muy importante cuestión de qué sucede con los neuróticos que
no reciben ninguna clase de tratamiento psiquiátrico. La respuesta, -cosa bastante
sorprendente- es que, según parece, la neurosis es un desorden que se termina por sí
solo; en otras palabras, ¡los neuróticos tienden a mejorar sin tratamiento alguno!.
Después de un período de dos años, algo así como las dos terceras partes han mejorado
tanto que se consideran a sí mismos curados, o, por lo menos, muy mejorados. Esta es una
cifra que es muy importante recordar, porque establece una base para cualquier
comparación; un tratamiento digno de ese nombre debe superar tal cifra para poder ser
considerado exitoso. Esta tasa de mejoría se ha encontrado incluso en casos de seguros,
por ejemplo cuando personas que recibían dinero y dejarían de percibirlo cuando
consideraran que se habían recuperado... en otras palabras, ¡para ellos era un
considerable incentivo retener sus síntomas neuróticos!. Este proceso de recuperación
sin terapia ha sido llamada «remisión espontánea», y se parece en su forma a los que
sufren de un resfriado común; después de tres o cuatro días el resfriado desaparecerá,
hagan lo que hagan, o incluso aunque no hagan nada en absoluto. Atribuir la curación al
hecho de que se han tomado tabletas de vitamina C, o aspirinas, o whisky, es un caso obvio
de post hoc ergo propter hoc; no importa lo que
se haya hecho en el primero o en el segundo día, el resfriado cesará de molestar poco
después, pero no necesariamente a causa de cualquier tratamiento que se haya seguido.
Claramente habría desaparecido, en cualquier caso, y algo muy parecido sucede con las
neurosis; en un gran número de casos la neurosis remite espontáneamente al cabo de dos
años. Tendremos que examinar cuidadosamente lo que sucede durante estos dos años con
objeto de descubrir si la neurosis desaparece por sí misma, o si su desaparición es
debida a algo que sucede a la persona en el curso del período anterior a la remisión
espontánea. Espontánea, en este contexto, simplemente significa «sin el beneficio de la
ayuda psiquiátrica»; no significa ningún evento milagroso sin causa alguna.
Cuando
comparé los éxitos reivindicados por psicoanalistas y psicoterapeutas con esta tasa de
éxitos, la respuesta resultó ser que no existía ninguna diferencia real; en otras
palabras, los enfermos que se sometieron al psicoanálisis o a la psicoterapia de tipo
psicoanalítico, no mejoraron más rápidamente que los que, sufriendo serias neurosis, no
recibieron tratamiento alguno. De un examen de diez mil casos concluí que no había
evidencia alguna de la eficacia del psicoanálisis. Es importante tener en cuenta el
encuadre preciso de esta conclusión. No dije que el psicoanálisis o la psicoterapia
habían demostrado ser inútiles; esto hubiera sido ir mucho más allá de la evidencia.
Yo simplemente afirmé que los psicoanalistas y los psicoterapeutas no habían demostrado su caso, concretamente que sus métodos de
tratamiento eran mejores que ningún tratamiento en absoluto. Es difícil ver cómo esta
conclusión podría ser contrarrestada, porque las cifras eran muy claras, No obstante, un
verdadero alud de refutaciones apareció en los periódicos psicológicos y psiquiátricos
en los años que siguieron a mi artículo.
Los críticos observaron, con razón, que la calidad de la evidencia no era realmente muy buena. Se disponía de poca información sobre los diagnósticos precisos de los pacientes implicados; las condiciones de vida de los enfermos tratados y de los no tratados eran muy diferentes; los criterios usados por los diversos redactores podían no haber sido idénticos; y había diferencias de edad, status social y otros factores entre los grupos. En mi artículo, yo había, en efecto, hecho notar la pobreza de la evidencia, y fue a causa de esas diversas debilidades por lo que no saqué la conclusión de que los estudios citados por mí demostraban que el psicoanálisis carecía de valor; esto hubiera sido interpretar con exceso la débil evidencia disponible. Pero cuanto más sujeta a crítica parecía ser la evidencia, más sólida parecía mi conclusión: es decir, que la evidencia no pudo demostrar el valor del psicoanálisis. Lógicamente, se necesita una evidencia fuerte para probar el valor de un determinado tratamiento; si la única evidencia disponible está sujeta a severa crítica, entonces está claro que no puede demostrar el valor del tratamiento.
La
mayoría, si no todos, los críticos me reprocharon haber sacado de tan débil evidencia
que el psicoanálisis había quedado invalidado como un método exitoso de tratamiento, Me
quedé bastante sorprendido ante tales críticas, porque había tenido mucho cuidado de no
afirmar tal cosa; escribí una respuesta haciendo observar que yo había sido citado fuera
de contexto, pero incluso hoy en día los críticos continúan saliendo con esa errónea
interpretación de lo que yo realmente dije. Esto no es, tal vez, sorprendente; para mucha
gente el psicoanálisis es un medio de vida, y cualquier criticismo despierta fuertes
emociones que imposibilita que puedan ver la lógica de un simple argumento, o leer
cuidadosamente una crítica de sus amadas creencias.
Los
años que siguieron han visto un gran aumento en los estudios de los efectos de la
psicoterapia, muchos de ellos ampliamente superiores a los que me habían servido para mi
estudio original. En 1965 publiqué otro estudio, del que saqué ocho conclusiones que
reproduzco a continuación:
1.-
Cuando grupos de control de neuróticos no tratados son comparados con grupos
experimentales de pacientes tratados con medios de la psicoterapia, ambos grupos se curan
aproximadamente igual.
2.-
Cuando soldados que han sufrido una crisis neurótica y no han recibido psicoterapia son
comparados con soldados que han recibido psicoterapia; las posibilidades de ambos grupos
para volver al servicio activo son aproximadamente iguales.
3.-
Cuando soldados neuróticos son separados del servicio, sus posibilidades de recobramiento
no están afectadas por el hecho de recibir o no recibir psicoterapia.
4.-
Los neuróticos civiles que son tratados con psicoterapia se recuperan o experimentan
mejoría hasta un nivel aproximadamente igual al de los neuróticos que no reciben
psicoterapia.
5.-
Los niños que sufren desórdenes emocionales y son tratados con psicoterapia se recuperan
o experimentan mejorías hasta niveles aproximadamente iguales a los de niños similares
que no reciben psicoterapia.
6.-
Los pacientes neuróticos tratados con procedimientos psicoterapeúticos basados en
teoría ilustrada mejoran significativamente más de prisa que los pacientes tratados con
psicoterapia psicoanalítica o ecléctica, o no tratados con psicoterapia en absoluto.
7.-
Los pacientes tratados con psicoterapia psicoanalítica no mejoran más de prisa que los
pacientes tratados con psicoterapia ecléctica y pueden mejorar menos rápidamente cuando
se tiene en cuenta la amplia proporción de pacientes que abandonan el tratamiento.
8.-
Con la única excepción de los métodos psicoterapéuticos basados en la teoría
ilustrada, los resultados publicados sobre las investigaciones con neuróticos civiles y
militares, con adultos y con niños, sugieren que los efectos terapéuticos de la
psicoterapia son pequeños o no-existentes, y de ninguna manera demostrable aportan algo a
los efectos no-específicos del tratamiento médico rutinario, o a otros eventos que
ocurren en la experiencia diaria del paciente.
Dos
puntos pueden destacarse en relación con estas conclusiones. El primero es que son
bastante sorprendentes. Los pacientes que se someten al psicoanálisis son casi siempre
del tipo clasificado como yavis (4) (jóvenes atractivas, con facilidad de palabra,
inteligentes y con éxito), y los tales tienden a tener una prognosis favorable con
independencia del tratamiento. Los criterios de selección adoptados por los
psicoanalistas son causa de la exclusión de clientes extremadamente perturbados
(incluyendo desviados sexuales y alcohólicos), de clientes que no requieren «terapia
parlante», y de clientes a los cuales el asesor no consideraría normalmente adecuados
para la psicoterapia. Excluyendo así a los enfermos neuróticos más difíciles y
recalcitrantes y concentrándose en los que parecen más susceptibles de poder mejorar en
cualquier caso, los psicoanalistas parecen haber trucado los dados en su favor; la
imposibilidad de obtener mejores resultados que con la ausencia de tratamiento o con las
formas eclécticas de psicoterapia, donde prácticamente no se excluye a ningún enfermo,
parece sugerir, si acaso, que el psicoanálisis hace menos bien que la psicoterapia
ecléctica o que la ausencia de tratamiento.
Otro
punto que debe tenerse presente es el gran número de pacientes tratados
psicoanalíticamente que abandonan el tratamiento antes de acabarlo. Esto ha sido causa de
algunas discusiones acerca de las estadísticas de curaciones tras el tratamiento
psicoanalítico. ¿Deben contarse, el 50% o más de pacientes que abandonan el tratamiento
sin haber experimentado mejoría, como fracasos, o deben omitirse?. Mi propia opinión
ha sido siempre que deberían ser contados como fracasos. Un paciente va a ver al doctor
para ser tratado y curado; si se va sin ninguna mejoría notable, entonces está claro que
el tratamiento ha sido un fracaso. Este argumento queda fortalecido por la lógica
peculiar usada a menudo por los psicoanalistas. Según sus creencias, hay tres grandes
grupos de pacientes. El primer grupo es el de los pacientes que son tratados con éxito y
son curados. El segundo grupo es el de los pacientes que todavía están en tratamiento,
un tratamiento que puede hacer varios años que dura, y de hecho puede durar otros tantos
años más. Ahora, los psicoanalistas arguyen que el tratamiento siempre tiene éxito, de
manera que el segundo grupo no puede ser considerado como un fracaso, simplemente deben
continuar recibiendo tratamiento todo el tiempo que haga falta -otros diez, o veinte, o
treinta años- o hasta que mueren. Si abandonan el tratamiento y se unen al tercer grupo
entonces los psicoanalistas afirman que los pacientes se hubieran curado si hubieran
continuado, y por consiguiente no deben ser considerados como casos fracasados. Pero con
esa clase de argumento ningún pariente sería nunca un caso fracasado; o bien es dado de
alta como curado (y sabemos por el caso del Hombre Lobo lo que esto significa), o
continúa en tratamiento. Por definición, no puede haber fracasos y por consiguiente es
imposible refutar la hipótesis psicoanalítica de que el tratamiento siempre tiene
éxito. El argumento usado por los psicoanalistas se parece a una proposición de Galeno,
un médico griego que vivió en el siglo II, que escribió lo que sigue en pro de una
determinada medicina: «Todos los que beben este remedio se curarán en breve plazo,
excepto aquellos a los cuales no les ayude esta medicina, pues todos estos morirán y no
encontrarán remedio en ninguna otra medicina. Por lo tanto, es obvio que sólo falla en
los casos incurables». Esto puede ser una pobre caricatura del argumento aducido por los
psicoanalistas, pero contiene la esencia de lo que es sugerido por muchos de ellos en
réplica a las críticas basadas en los casos fracasados publicados.
Hay
otra razón que puede inducir a que preguntemos por qué el psicoanalista obtiene tan
pobres resultados, y qué puede ayudar a explicarlo. Como ya hemos dicho, los
psicoanalistas tienden a seleccionar sus pacientes de manera que sólo los menos
seriamente enfermos sean aceptados para el tratamiento. Parecería, incluso, que muchos de
los que acuden al psicoanalista no están, de hecho, neuroticamente enfermos en absoluto.
Para la mayoría de ellos el psicoanálisis constituye lo que un crítico llamó una vez
la «prostitución de la amistad». En otras palabras, incapaces, a causa de defectos de
personalidad y carácter, de ganar y guardar amigos en los que poder confiar, pagan al
psicoanalista para que cumpla esta función, de la misma manera que los hombres compran
sexo a las prostitutas porque son incapaces o no desean pagar el precio necesario de
afecto, amor y ternura que hacer falta para consolidar una relación sexual sobre una base
no comercial. Otros pacientes, particularmente en América, tienden a visitar a los
psicoanalistas porque es (o solía ser... ¡el hábito está desapareciendo!) lo «que se
lleva»; poder hablar de «mi psicoanalista» es ser alguien, y el paciente puede cenar
contando a su auditorio las «percepciones» obtenidas en su análisis. Esas gentes, no
estando enfermas, naturalmente no pueden ser curadas; la costumbre de confiarse en el
psicoanalista (como la costumbre de confiar en curas, astrólogos o magos) se
autoperpetúa, y mientras el dinero dure puede ser muy divertido. Pero todo esto no tiene
nada que ver con serios desarreglos mentales de la clase que estamos considerando. El
psicoanalista como prostituto o como hombre que nos entretiene y divierte tal vez no se
ajuste al auto-importante concepto del «curandero» desarrollado por Freud y sus
sucesores, pero puede aplicársele a menudo.
Después
del segundo sumario que publiqué en 1965, el número de artículos publicados sobre el
fenómeno de la efectividad de la psicoterapia aumentó dramáticamente, y una inmensa
cantidad de material ha sido críticamente examinada por S. Rachman y T. Wilson en un
reciente libro titulado «Los efectos de la Terapéutica Psicológica». Citaré aquí
solamente las conclusiones a que ellos llegan, después de un cuidadoso análisis de la
evidencia disponible:
El hecho de ocurrir remisiones espontáneas de
desórdenes neuróticos proporcionó los cimientos para la escéptica evaluación de
Eysenck del caso de la psicoterapia. Su análisis de los datos, admitidos como
insuficientes en ese tiempo, condujeron a Eysenck a aceptar como la más adecuada
proporción la cifra de dos tercios de desórdenes neuróticos que remiten espontánemente
tras dos años de su aparición.
Nuestra revisión de la evidencia que se ha acumulado
durante los últimos veinticinco años no nos coloca en una posición para revisar la
estimación original de Eysenck, pero sí estamos en disposición de afinar su
estimación para cada grupo de desórdenes neuróticos; la temprana admisión de un
promedio de remisiones espontáneas entre diferentes tipos de desorden es cada vez más
difícil de defender. Dada la amplia ocurrencia de remisiones espontáneas -y es difícil
ver cómo podrían ser negadas por más tiempo- las reivindicaciones hechas en pro del
valor específico de formas particulares de psicoterapia empiezan a parecer exageradas. Es
sorprendente comprobar cuán débil es la evidencia, aportada para corroborar las
inmensas pretensiones sustentadas o implicadas por tales terapeutas analíticos. Las
largas descripciones de espectaculares mejorías obtenidas en casos particulares cuyos
análisis aparecen como interminables. Más importante, con todo, es la ausencia de
cualquier forma de evaluación controlada de los efectos del psicoanálisis. No conocemos
ningún estudio metodológico de esta clase que haya tomado adecuadamente en cuenta los
cambios espontáneos o, aún más, de la contribución de las influencias terapeúticas
no específicas, tales como efectos placebo, esperanza, etcétera. En vista de la
ambición, alcance e influencia del psicoanálisis, debemos sentirnos inclinados a
recomendar a nuestros científicos colegas una actitud de continua paciencia, debido al
muy insuficiente progreso que se ha hecho tanto en el reconocimiento de la necesidad de
una estricta evaluación científica como en el establecimiento de criterios sobre
resultados siquiera medianamente satisfactorios. Sospechamos, empero, que los grupos de
consumidores demostrarán ser mucho menos pacientes cuando finalmente lleven a cabo un
examen de la evidencia en la que se basan las afirmaciones sobre la efectividad
psicoanalítica.
Parece
ser que el cambio principal ha sido una mayor atención a los promedios de remisión
espontánea para los diferentes tipos de neuróticos, y es indiscutible que tales
diferencias existen. Por ejemplo, parece que los desórdenes obsesionales tienen un
promedio de remisión espontánea mucho más bajo que las condiciones de ansiedad,
mientras los síntomas histéricos ocupan un lugar intermedio. Rechman y Wilson observan:
«Los futuros investigadores harán bien en analizar los promedios de remisión
espontánea de las diversas neurosis, desde dentro, en vez de a través, de los grupos de
diagnósticos. Si procedemos de este modo será posible obtener estimaciones. más
adecuadas de las posibilidades de ocurrencia de remisiones espontáneas dentro de un
particular grupo de desorden, y, ciertamente, de un grupo particular de enfermos».
Antes
de ocuparnos de los métodos alternativos de terapia, y en particular de las terapias
basadas en la teoría ilustrada ya mencionada en el sumario de resultados obtenidos en
estudios sobre la efectividad de la terapia, será necesario considerar las opiniones de
otros psicólogos que han revisado la evidencia y han llegado a conclusiones diferentes de
las de Rachman y Wilson. Así, por ejemplo, A. E. Bergin propuso (en A. E. Bergin y S. L.
Garfield, eds., «Manual de Psicoterapia y Cambio de Conducta», 1971) que un promedio de
remisión espontánea del 30% es una aproximación más cercana a la verdad que mi
estimación del 66%. No obstante, como Rachman y Wilson observan en una larga crítica, la
obra de Bergin contiene rasgos muy curiosos que lo convierten en completamente
inaceptable. En primer lugar, Bergin promedia resultados de varios estudios nuevos, pero
olvida incluir los estudios más antiguos en los que se basaba mi propia estimación.
Rachman y Wilson hacen observar que «los nuevos datos... deberán haber sido considerados
junto a, o al menos, a la luz de, la información preexistente». Otra observación
consiste en que Bergin obvió un número de estudios que eran más útiles y pertinentes a
la cuestión de la tasa de recobramiento espontáneo que los que, de hecho, incluyó. Y
para colmo, algunos de los estudios que Bergin usa para apoyar su estimación del 30% no
tienen nada que ver en absoluto con la remisión espontánea de los desordenes
neuróticos. Este punto puede ser ilustrado examinando uno o dos de los estudios que usa.
Así Bergin da una tasa de remisión espontánea del 0% para un estudio de D. Cappon, pero
un examen más severo proporciona un buen número de sorpresas. El primero es el título
del estudio: «Resultados de Psicoterapia». Cappon, de hecho, informa sobre un total de
doscientos un enfermos privados consecutivos que se sometieron a la terapia; dice que
algunos enfermos mejoraron y otros empeoraron, pero no da ninguna cifra para calcular la
tasa de remisión espontánea. La cifra de Bergin del 0% de tasa de remisión espontánea
parece extraída de la descripción introductoria de Cappon sobre sus pacientes, en la que
dice que «ellos tenían sus problemas, presentes o principales, de disfunción, desde
quince años antes del tratamiento, como promedio». Está claro que Cappon se ocupaba de
unos pacientes que nunca habían mostrado una remisión espontánea, y ciertamente si dos
tercios de tales pacientes hubieran mostrado esa remisión, un tercio no lo hizo;
cualquier serie de cifras o datos numéricos debe basarse en un muestreo al azar, no en
uno que fue seleccionado como habiendo mantenido síntomas neuróticos por un buen número
de años. Hay otras objeciones. Casi todos los pacientes de Cappon padecían otros
desarreglos, aparte de los neuróticos; no hay evidencia de que no habían sido tratados
antes de acudir a Cappon; no podemos asumir que los diagnósticos del comienzo del
tratamiento correspondían con su condición en los años precedentes al tratamiento; y
así de lo demás. Este estudio es claramente irrelevante, como relación a la cuestión
de la frecuencia de la remisión espontánea.
Otro
documento citado por Bergin y mencionado como dando una tasa de remisión espontánea del
0% es uno de J. O'Connor, y una vez más el título parece más bien extraño: «Los
efectos de la Psicoterapia en el curso de la colitis ulcerosa». La colitis ulcerosa es
ciertamente diferente de la neurosis, y a partir de ahí la relevancia del estudio con la
remisión en las neurosis es discutible. Su hicieron diagnósticos a los pacientes, pero
de los cincuenta y siete enfermos con colitis que recibieron psicoterapia, y de los
cincuenta y siete enfermos que no recibieron tal tratamiento, sólo tres en cada grupo
eran psiconeuróticos. Así, en el mejor de los casos, las cifras involucradas, incluso si
todo el estudio tuviera algo que ver con el problema de la remisión espontánea sería
tres contra tres, pero de hecho no puede obtenerse una tasa de porcentaje de esos informes
ya que todos los resultados están dados como formas de grupo; de ahí que los resultados
para los tres neuróticos en el grupo sometido a tratamiento y los tres neuróticos en el
que no hubo tratamiento no pueden ser identificados.
Muchos
otros estudios, completamente estrafalarios en su relación con el problema de la
remisión espontánea en la neurosis, son comentados por Bergin, mientras que otros tantos
estudios, mucho más relevantes, con mejor metodología y en números más elevados, son
omitidos. Se puede concluir con toda seguridad que la repetidamente citada cifra del 30%
que Bergin da no se basa en una evidencia adecuada, y no debería ser tomada en
consideración. Todo lector que no esté convencido de que el sumario de Bergin es
enteramente falaz y, de hecho, irresponsable debería leer detalladamente las críticas
hechas por Rachman y Wilson.
Otra
revisión de la evidencia que ha atraído mucha atención fue publicada por L. Luborsky
(B. Singer y L. Luborsky, « Estudios Comparativos en Psicoterapia: ¿es verdad que todos
han ganado y todos deben tener premios?», en «Archivos de Psiquiatría General», 1975,
32, 955-1008), que afirmó haber encontrado bases para la opinión de que «todos han
ganando y todos deben tener premios»... el veredicto de Dodo en «Alicia en el País de
las Maravillas». Como él dice, «la mayor parte de los estudios comparativos de las
diferentes formas de psicoterapia encuentran insignificantes diferencias en las
proporciones de enfermos que mejoraron al final de su tratamiento». Por desgracia, la
metodología y ejecución del examen de Luborsky, igual que la cita, viene de «Alicia en
el País de las Maravillas»; él llegó a esa conclusión incluyendo o excluyendo
arbitrariamente estudios de una manera altamente subjetiva. Aquí también, una crítica
detallada es hecha por Rachman y Wilson en su ya mencionado libro, y no sería adecuado
volver sobre ello en estas páginas. Realmente Luborsky, al final de su libro parece
contradecir lo que antes había dicho, concluyendo casi lo mismo que yo sobre la eficacia
de la terapia. El cita, al final de su crítica, a un hipotético «escéptico sobre la
eficacia de toda forma de psicoterapia», que dice: «Ya veis, no podéis demostrar que
una clase de psicoterapia es mejor que otra, o, a veces, incluso mejor que una muy
reducida o sin grupos de psicoterapia. Esto concuerda con la falta de evidencia de que la
psicoterapia haga algún bien». Su réplica es que «las diferencias no significativas
entre tratamientos no se relacionan con la cuestión de sus beneficios... un alto
porcentaje de pacientes parecen beneficiarse de cualquiera de las psicoterapias o de los procedimientos de control. ¡Esta es una
extrañamente ambigua conclusión de uno de los principales abogados de la psicoterapia!.
Debemos,
también citar otro estudio titulado «Los Beneficios de la Psicoterapia», por Mary Lee
Smith, Gene V. Glass y Thomas I. Miller. Es un libro fascinante, que llega a conclusiones
extremadamente positivas por lo que se refiere a los efectos de la psicoterapia. He aquí
lo que dicen los autores al final de su libro: La
Psicoterapia es benéfica, consistentemente , y, de diversas maneras. Sus beneficios
están a la par con otras intervenciones caras y ambiciosas, tales como la enseñanza y la
Medicina. Los beneficios de la psicoterapia no son permanentes, pero algo queda. Y luego continúan:
La evidencia comprueba ampliamente la eficacia de la
psicoterapia. Los periodistas pueden continuar arrojando lodo sobre la psicoterapia
profesional, pero cualquiera que respete y comprenda cómo se lleva a cabo la
investigación empírica y lo que significa debe reconocer que la psicoterapia ha
demostrado con creces su efectividad. Ciertamente, su eficacia ha quedado demostrada con
casi monótona regularidad. Las racionalizaciones post hoc de los críticos académicos de la literatura surgida
de la psicoterapia (que alegan que los estudios, todos ellos, no han sido adecuadamente
controlados o comprobados) han sido casi exhaustivos. No pueden proporcionar nuevas
excusas sin sentirse embarazados, o sin despertar sospechas sobre sus motivaciones.
Sus
voces ya van in crescendo, y continúan:
La psicoterapia beneficia a personas de todas las
edades, tan fiablemente como la escuela les educa, o la medicina les cura, o los negocios
les procuran beneficios. A veces busca el mismo objetivo que la educación y la Medicina;
cuando es así, la psicoterapia funciona notablemente bien; tan bien, de hecho, que
empieza a amenazar las barreras artificiales que la tradición ha erigido entre las
instituciones de mejoría y de curación. Sugerimos, nada menos, que los psicoterapeutas
tienen una legítima, aunque no exclusiva, pretensión, sustanciada por una investigación
controlada, a cierto papel en la sociedad, cuya responsabilidad consiste en restaurar la
salud de los enfermos, los alienados y los desafectados.
Continúan
un buen rato con toda esta explosión de esperanza, para persuadir al no iniciado de la
bondad de su causa, pero un examen detallado de su labor parece conducir a la conclusión
opuesta.
Smith
y sus colegas critican los anteriores sumarios de la evidencia, con sus conflictivas
conclusiones, por no haber hecho un repaso exhaustivo de toda la literatura sobre el
particular; consideran desaconsejable concentrarse en informes sobre buenas
investigaciones y prescindir de las malas, porque tal juicio es, hasta cierto punto,
subjetivo. De ese modo, recogen todos los informes sobre investigaciones disponibles sobre
el resultado de la psicoterapia, a condición de que tal informe incluya un grupo de
control así como un grupo experimental. Entonces comparan los resultados de estos dos
grupos en una manera cuantitativa y calculan un resultado de efecto de tamaño (ES) (5)
que es de cero cuando no hay diferencia entre los dos grupos. Si el resultado es positivo,
entonces el grupo experimental lo ha hecho mejor, y si es negativo, el grupo experimental
se ha deteriorado al compararse con el grupo de control. Llaman a esto «metaanálisis» e
indican que los datos podrían también ser falsos de varias maneras, por ejemplo, por el
tipo de terapia, la longitud del tratamiento, la duración del entrenamiento del
terapeuta, etc. Finalmente, presentan sus hallazgos en una tabla en la que se recogen los
promedios de efecto de tamaño para dieciocho tipos diferentes de tratamiento, así como
el número de estudios en que se basó cada una de esas dieciocho estadísticas.
Podría
decirse mucho acerca de este método; no es muy corriente en una revisión de evidencia
científica tratar estudios buenos y malos por igual, dándoles igual valor. La mayoría
de científicos considerarían esto como anatema, y exluirían los estudios que hubieran
sido reconocidos como pobremente controlados, mal llevados a cabo y mal analizados. No
obstante, no tomemos en cuenta las muchas críticas que pueden hacerse de este método, y
concentrémonos en los hallazgos reales. La terapia psicodinámica acaba con un ES de
0-69; esto, argumentan los autores, es un efecto muy fuerte, y apoya por completo su
opinión de que, comparada con la ausencia de tratamiento, la terapia psicodinámica es
extremadamente útil. Citan muchos otros tratamientos que son igualmente efectivos o más;
así, por ejemplo, la desensibilización sistemática, un caso de terapia conductista del
que hablaremos, tiene un ES de 1-05, es decir, casi un 50% más alto que la terapia
psicodinámica.
La
última inscripción en la tabla, número 18, es denominada «tratamiento placebo». Como
anteriormente he explicado, el «tratamiento placebo» es un pseudotratamiento que no
tiene razón ni significado, y no tiene por objeto beneficiar al paciente; simplemente es
instituido para hacerle creer que está siendo tratado, cuando en realidad no está
recibiendo ninguna clase de tratamiento efectivo. Un tratamiento placebo es un control
para efectos no-específicos, tal como un paciente que visita a un terapeuta, creyendo que
se está haciendo algo por él, y posiblemente hablando al psiquiatra o al psicólogo. Por
consiguiente, debe haber un control y es interesante ver que su ES es 0-56, es decir, muy
cercano al de la terapia psicodinámica. En otras palabras, cuando se utiliza un grupo de
control adecuado, o sea uno que recibe un tratamiento placebo, entonces no se ve ninguna
efectividad en absoluto en la terapia psicodinámica. Hay evidencia para la
desensibilización sistemática y en el informe Smith y sus colegas descubren que las
terapias conductistas son significativamente superiores a las terapias parlantes en
general, pero no insistiremos en este punto porque hay otras razones para descalificar las
conclusiones de este examen.
Es
particularmente interesante que Smith y sus colegas hayan considerado el placebo como un
verdadero tratamiento, en vista de la definición que ellos adoptan de la psicoterapia.
Esta definición, anticipada por J. Meltzoff y M. Kornreich, se formula así:
La psicoterapia significa la aplicación informada y
planificada de técnicas derivadas de principios psicológicos establecidos, por personas
cualificadas por su entrenamiento y experiencia para comprender esos principios y aplicar
esas técnicas con la intención de asistir individuos para modificar características
personales tales como sentimientos, valores, actitudes y conductas que son juzgadas por el
terapeuta como inadaptadas o defectuosas.
Dígase
lo que se quiera sobre el tratamiento placebo, no es ciertamente una técnica derivada de
principios psicológicos establecidos, y no se aplica con la intención de asistir a
individuos para que modifiquen sus características personales. Es, también, interesante
observar que otros han llevado a cabo análisis de todos los estudios conocidos usando
grupos de psicoterapia y grupos de tratamiento placebo, y no han hallado diferencia en los
resultados. De aquí se deduce que cuando se utilizan controles apropiados, la evidencia
sigue apoyando mi conclusión original, y no está en modo alguno de acuerdo con la
conclusión a que erróneamente llegan Smith y sus colegas con sus propios datos.
Es
curioso que el libro de Smith, Glass y Miller sea frecuentemente citado por los
psicoterapeutas como conclusiva evidencia de que sus métodos realmente funcionan, y haya
sido a menudo favorablemente comentado en revistas ortodoxas de psicología, sin ninguna
mención de su heterodoxa visión del tratamiento placebo. La razón es que la profesión
de la psicoterapia emplea más psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras que cualquier
otra disciplina psicológica, y por consiguiente hay un inherente interés profesional en
demostrar el valor de sus actividades. Quienquiera que lea este tipo de literatura debe
tener esto bien presente; de no hacerlo es difícil hallar un sentido en todas las
contradictorias proposiciones que propugnan.
Hay
otros interesantes hallazgos en el libro que contradicen llanamente las conclusiones
extraídas por los autores. Volviendo a la definición, observamos que la psicoterapia
debiera aplicarse «por personas cualificadas por el entrenamiento y la experiencia», y
por consiguiente cabría esperar que cuanto más prolongada fuera el entrenamiento del
terapeuta, mejores serían los resultados. Cuando este análisis fue hecho por Smith y sus
colegas, no hallaron ninguna evidencia que corroborara esta conclusión: el entrenamiento
más superficial resultó tan útil y efectivo para tratar desórdenes neuróticos como el
más amplio y prolongado tipo de entrenamiento psicoanalítico. Si esto es realmente así,
entonces obviamente la psicoterapia no es una habilidad que se puede aprender, sino algo
que se adquiere después de una breve introducción en su campo; esto es, aparentemente,
tal útil y de tanto éxito terapéutico como el más largo y extenso entrenamiento
posible. Pocos psicoterapeutas estarían de acuerdo con esta conclusión ni aceptarían
sus corolarios relativos a la formación de futuros psicoterapeutas. No obstante, sobre
tal absurda base Smith y sus colegas fundamentan sus optimistas conclusiones sobre la
efectividad de la psicoterapia.
Uno
imaginaría también que la duración de la psicoterapia desempeñaría un papel en su
efectividad, y que un tratamiento muy corto sería más afortunado que uno muy largo. Tal
no es la conclusión a que llegan Smith y sus colegas, para los cuales el factor tiempo no
es significativo; el más corto tipo de terapia, tal vez de una hora o dos de duración,
era exactamente tan exitoso como el más largo, que duraba varios años. Esto, otra vez,
difícilmente sería aceptado por psicoanalistas y otros psicoterapeutas, que ciertamente
creer que parte de su teoría exige larga investigación y tratamiento. Así, una vez
más, las muy optimistas conclusiones de Smith y sus colegas se oponen a creencias
firmemente arraigadas en los mismos psicoterapeutas. Tampoco debiera pensarse que los
casos más difíciles reciben el tratamiento más largo, lo que explicaría la comparativa
falta de éxito de la terapia a largo plazo. Como ya hemos hecho observar, el
psicoanálisis es la forma de tratamiento particularmente favorable a la aplicación a
largo plazo, y no obstante ¡los psicoanalistas seleccionan a sus pacientes entre las
personas menos seriamente enfermas y con más probabilidades de curarse rápidamente!.
Hay
muchas otras cosas curiosas acerca de «Los Beneficios de la Psicoterapia», pero tal vez
ya se ha dicho bastante para convencer al lector de que las conclusiones sobre la
efectividad de la psicoterapia obtenidas por Smith, Glass y Miller no son corroboradas por
sus propios datos, incluso a pesar de que la psicoterapia y el psicoanálisis funcionan.
Incluso hoy, treinta años después del artículo en el que hice observar la falta de
pruebas sobre su efectividad terapéutica, y tras quinientas investigaciones extensivas,
la conclusión debe continuar siendo que no hay evidencia sustancial de que el
psicoanálisis o la psicoterapia tengan ningún efecto positivo en el curso de los
desórdenes neuróticos, más allá y por encima de lo que pretendan tratamientos placebo
sin significado alguno. Con tratamiento y sin él, nos desprendemos de nuestros
resfriados, y con tratamiento o sin él, tendemos a desprendernos de nuestras neurosis,
aunque con menos rapidez y con menos seguridad. Incluso si, después de un período de dos
años, dos terceras partes de los enfermos han curado o han mejorado mucho, sin
tratamiento, ello aún deja a una tercera parte sin mejorar, y de ahí la necesidad de
terapias más efectivas y rápidas; si pudiéramos tratar con éxito a los que, de otro
modo, no mejoraron o se recobraron del todo por remisión espontánea, y reducir el
período de dos años de sufrimientos que obtuvieran una remisión espontánea, esto
sería de un considerable valor social. ¿Existen, pues, teorías alternativas a la
freudiana, y dan pie a tipos de terapia que pueda demostrar ser objetivamente más
objetiva que el psicoanálisis y la psicoterapia freudianas?.
La
respuesta a esta pregunta es, ciertamente, que sí. En mi libro «Tú y la Neurosis» ya
me ocupé de la prometedora terapia conductista y aquí trazaré un rápido bosquejo de la
teoría y la evidencia sobre su efectividad. Hay muchas diferencias de detalle dentro del
campo de los terapeutas conductistas, y aunque sería interesante ocuparse de ello, este
no es el lugar apropiado; este libro se ocupa de Freud, no de Páulov, que debe ser
considerado el padre de la terapia conductista. Fue Páulov, quien introdujo el concepto
de condicionamiento y extinción, y fue J. B. Watson, el padre del conductismo americano,
quien demostró que esos conceptos podían ser introducidos con éxito al ocuparse de los
orígenes y el tratamiento de los desórdenes neuróticos.
Tal
vez debiéramos decir unas cuantas palabras acerca de los principios del condicionamiento.
La mayoría está familiarizada con el experimento definidor de Páulov, en el cual
estableció en primer lugar que no todos los perros salivarían al oír un timbre en el
laboratorio, pero sí salivarían cuando vieran comida. Lo que Páulov consiguió
demostrar fue que si el timbre (el llamado estímulo condicionado, o CS) sonaba un poco
antes de que el alimento fuera mostrado o dado a los perros (el estímulo incondicionado,
o US), entonces, tras varias repeticiones de tales CS y US, los perros sólo salivarían
ante el CS. En otras palabras, el experimentador tocaría el timbre y los perros
salivarían. Esto es, en esencia, el fenómeno del condicionamiento, y la gran
contribución de Páulov fue no sólo haber descubierto y demostrado tal cosa en el
laboratorio, sino también haber expresado las leyes según las cuales procede el
condicionamiento. Estas cosas son demasiado complicadas para tratarlas aquí, pero debemos
referirnos por lo menos a una ley, concretamente la de la extinción.
Una
vez hemos establecido una respuesta condicionada, tiende a persistir. Si deseamos
desembarazarnos de ella, debemos adoptar un método particular, llamado de la extinción.
Este consiste en presentar el CS muchas veces sin refuerzo, es decir, sin mostrar la
comida. Gradualmente, la salivación producida por el CS disminuirá, y finalmente se
terminará del todo. Así las dos propiedades fundamentales del estímulo condicionado son
la adquisición y la extinción, y sabemos mucho acerca de las leyes según las cuales la
adquisición y la extinción actúan. ¿Por qué es tan importante el condicionamiento
para el estudioso de la conducta neurótica?.
Antes
de contestar a esta pregunta, consideremos brevemente la naturaleza del hombre. Está
universalmente admitido que el hombre es un animal bisocial. Está determinado en su
conducta en parte por impulsos biológicos inherentes a su modo de ser y derivados de
causas genéticas; estos determinantes biológicos inherentes a su modo de ser y derivados
de causas genéticas; estos determinantes biológicos de su conducta están firmemente
englobados en su morfología, y han sido modelados al cabo de millones de años de
progreso evolutivo. Igualmente, es condicionado en su conducta, en parte, por factores
sociales: conocimientos, la formación de actitudes y modo de obrar a través de su
relación con otros seres humanos, y demás. Algunos psicólogos prefieren acentuar el
factor biológico, otros el social, como determinantes de la conducta, pero es importante
recordar que el hombre es un animal biosocial y que ambos grupos de factores son
vitalmente importantes si debemos ocuparnos de la conducta del hombre.
Todo
comportamiento, por supuesto, está ampliamente mediatizado por el cerebro, y el cerebro
presenta una indiscutible evidencia de la historia evolutiva del hombre. Como se ha
observado a menudo, el hombre tiene un trino, o un cerebro de tres en uno. El más viejo
de los tres, el llamado cerebro de reptil, reposa en el tronco del cerebro, que forma un
puente entre la misma corteza y los numerosos nervios que entran y salen del cerebro.
Encima está la psicocorteza, el llamado cerebro viejo, que consiste principalmente en el
sistema límbico y concierne a la expresión de las emociones. Rodeándolo y arqueándose
hacia arriba está la neocorteza, el llamado nuevo cerebro; este es el que distingue al
hombre de la mayoría de los demás animales por su amplio desarrollo, y es el responsable
del pensamiento, del habla, de la solución de problemas y de todos los procesos
cognitivos que diferencian el hombre de las bestias. Ahora bien, las neurosis son
esencialmente desarreglos de la paleocorteza o sistema límbico; es característica de
tales desarreglos que difícilmente pueden ser influenciados por procesos originados en la
neocorteza. Una mujer que tiene fobia a los gatos sabe perfectamente bien en su neocorteza
que sus actos son absurdos, porque no hay peligro alguno en un gato; no obstante, el
sentimiento está ahí, y no puede hacer nada contra ello. La neocorteza y la paleocorteza
no están completamente incomunicadas, pero hay relativamente poca interacción entre
ellas.
Ahora
bien, el lenguaje de la psicocorteza es un condicionamiento pauloviano. Mucho antes de que
el hombre desarrollara su neocorteza, sus predecesores debieron aprender a evitar lugares
peligrosos donde existían posibilidades de ser atacados, o congregarse en otros lugares
donde se encontrara comida y agua, y demás. Los animales adquieren este conocimiento a
través de un proceso de condicionamiento pauloviano, y en el hombre, también, se ha
descubierto que las emociones pueden adquirirse de la misma manera. Tóquese un timbre y
luego dese a un sujeto humano una descarga eléctrica, y después de unas cuantas
repeticiones se observarán en él las mismas reacciones fisiológicas ante el timbre como
las que mostró originalmente ante la descarga. Las ansiedades y otros temores, en
particular, son fácilmente adquiridos por el hombre, y a partir de ahí, Páulov, y luego
Watson formularon la teoría de que los desórdenes
neuróticos son esencialmente respuestas emocionales condicionadas.
Un
bien conocido experimento, llevado a cabo por Watson ilustra este punto. Condicionó a un
niño de once meses llamado Albert, al que le gustaba jugar con ratoncillos blancos, hasta
desarrollar en él una fobia contra los ratoncillos, haciendo un ruido detrás de la
cabeza del pequeño Albert para asustarle cada vez que el niño trataba de tocar a los
ratoncillos. Después de unas pocas repeticiones Albert mostró un considerable temor ante
los ratoncillos, que generalizó a otros animales peludos, incluso a caretas de Papá
Noél, abrigos de pieles, etc. Este temor persistió durante un largo período de tiempo,
y Watson dedujo que había condicionado una fobia neurótica en el niño. También pensó
que esta clase de temores, y otros tipos de ansiedad, podían ser eliminados mediante
procesos de extinción pauloviano. Mary Cover Jones, una de sus discípulas, demostró que
eso era cierto al tratar a un buen número de niños que sufrían miedos y fobias
neuróticas. Todo esto sucedía a principios de los años 1920, y son tales teorías y
estudios las que forman la base de la moderna teoría conductista.
Hay
varias maneras en las cuales la terapia conductista puede ser usada, siendo las tres
principales la desensibilización, la inundación y el modelado. Explicaré brevemente
qué significan estos términos, empezando por la desensibilización. Como ejemplo,
tomemos una mujer que ha adquirido fobia hacia los gatos debido a algún acontecimiento
traumático en su vida pasada. El terapeuta conductista considera esto como una respuesta
condicionada, y busca un método para extinguirla. En la desensibilización, al paciente
se le enseñarían, antes que nada, métodos de relajación, por ejemplo, la distensión
gradual en los diversos músculos del cuerpo. La tensión es una de las características
de los estados elevados de temor y ansiedad, y este ejercicio de relajación pone las
bases del proceso de extinción.
Así
se construye una jerarquía de temores, en consulta con el paciente, empezando por el
aspecto que produce menos miedo del objeto o situación que lo provoca, hasta que el
produce más. Así, en el caso de la señora que tenía fobia a los gatos, un estímulo
productor de un pequeño temor puede ser un dibujo de un gatito que se le muestra desde
una buena distancia; un estímulo productor de mucho temor puede ser un gato grande y
furioso sentado en su regazo. Al paciente se le dice primero que se relaje por completo, y
cuando se consigue un grado de relajación, se le pide que se imagine uno de los
estímulos productores de poco temor, o bien se le enseña, desde lejos, la fotografía o
el dibujo del gatito. La ansiedad así producida no es lo bastante fuerte para vencer a la
relajación, y de este modo se consigue una pequeña cantidad de extinción.
Gradualmente,
el terapeuta trabaja a través de la jerarquía, subiendo cada vez más, y cuando ha
alcanzado el punto más alto y ha extinguido por completo las reacciones de temor, el
paciente está efectivamente curado; él y ella ya no experimentarán temor ante objetos o
situaciones que previamente evocaron esa emoción. El método ha demostrado funcionar
extremadamente bien, y es aplicable no sólo a simples fobias (que son relativamente
raras) sino también a estados de ansiedad mucho más complejos, depresión y otros
síntomas neuróticos. Aquí ha sido descrito solamente en su más simple y elemental
esquema; hay, naturalmente, muchas complejidades en el método que no han sido tratadas.
La desensibilización es, probablemente, el método más ampliamente aceptado en la
terapia conductista, y sin duda uno de los más exitosos.
El
siguiente método, la inundación, es llamado así porque implica inundar al paciente con
la emoción relacionada con ansiedades, temores o fobias particulares. En un sentido es el
anverso de lo que para la desensibilización es el reverso, porque empieza en la cumbre
más bien que en el fondo de la jerarquía de temores. Este método, también, produce
extinción, y como comentaré un amplio ejemplo sobre su aplicación, no voy a decir nada
más sobre ello por ahora.
El
tercero de los métodos de terapia conductista más corrientemente usados es el modelado.
Aquí al paciente se le muestra cómo el terapeuta, o cualquier otro modelo, afronta la
situación o los objetos que causan temor al paciente. Así, si un niño tiene una fobia a
los perros, se le mostrará un amigo o un pariente acercándose a un perro de aspecto
peligroso, acariciándole y haciéndose amigo de él. Esto produce, gradualmente, la
extinción, y después de un rato el niño es capaz de acercarse él mismo al perro, o de
superar su fobia de este modo.
Consideremos
ahora un ejemplo relativamente extendido de la aplicación de la terapia conductista, y
una comparación entre ésta y el psicoanálisis. Entre la amplia literatura disponible
deberemos escoger un desarreglo particular, pero no deberá suponerse que por el hecho de
haber sido elegido como ejemplo, tal desarreglo es el único que puede ser tratado con
terapia conductista. Todos los diversos desarreglos calificados como «neuróticos»
pueden ser, y han sido, tratados con éxito por los métodos de la terapia conductista.
Las razones por las cuales el lavado de manos obsesivo-compulsivo ha sido seleccionado
como ejemplo son las que siguen. En primer lugar, este particular desarreglo tiene una
solución muy clara y mesurable, concretamente la cantidad de tiempo que pasa una persona
lavándose, evitando la contaminación y actuando, de otras maneras, de forma irracional
como resultado de los rituales de lavado que haya debido elaborar. Que la supresión de
tales rituales deje tras sí algún otro síntoma, mental o físico, más complejo, lo
tendremos que decidir ahora.
La
segunda razón de haber escogido este desarreglo concreto es que ha sido excepcionalmente
resistente a la remisión espontánea e igualmente resistente a todos los esfuerzos de
tratarlo por medio del psicoanálisis, la psicoterapia, los electrochocs, la leucotomía y
muchos otros métodos que se han probado. A todos los efectos prácticos puede decirse que
nada resulta, de manera que empezamos con una línea básica de éxito decero. El doctor
D. Malan, uno de los más conocidos psicoanalistas británicos, que es muy frecuentemente
comentado admitió en un libro reciente («LaPsicoterapia individual y la Ciencia de la
Psicodinámica», 1979) que nunca había visto un caso de lavado de manos
obsesivo-compulsivo tratado con éxito por medio del psicoanálisis, y que creía que la
terapia conductista era el método bvio de tratamiento que debía usarse.
A
primera vista un obsesivo lavado de manos y otros rituales de limpieza pueden parecer una
forma de desorden particularmente poco seria, pero en realidad tienen un efecto
destructivo en la capacidad de una persona para enfrentarse a la vida, conservar un empleo
o mantener una familia. Un hombre que sufra este desarreglo es incapaz de salir a
trabajar, porque pasa demasiado tiempo en sus rituales de limpieza, y tiene las mayores
dificultades en llevar cualquier tipo de vida familiar, por la misma razón. A
consecuencia de sus rituales y su forzoso aislamiento de la sociedad, el enfermo a menudo
padece ansiedad, se deprime e incluso desarrolla tendencias suicidas. El desarreglo es,
pues, verdaderamente serio, y además se ha demostrado hasta la fecha como completamente
resistente al tratamiento, tanto psicoterapeútico como físico.
Esta
es otra razón por la cual este desorden ha sido escogido como un ejemplo de la
aplicación de la terapia conductista y de sus principios. Esta razón se relaciona con
una objeción hecha a menudo a la terapia conductista, concretamente de que se basa en
principios condicionantes derivados principalmente de la experimentación con animales, y
que las neurosis humanas son demasiado complejas para seguir un modelo tan simple. Una
razón para escoger la neurosis obsesiva-compulsiva como ejemplo, es que existe un buen
modelo animal del cual se ha tomado el tratamiento; esto demostrará que la objeción no
es realista. No podemos decidir a priori qué nivel de complejidad debe alcanzar un
tratamiento para tener éxito; sólo el estudio empírico nos lo puede decir. Si el
tratamiento es clara e inequívocamente coronado por el éxito, entonces no cabe duda de
que las objeciones teóricas deben perder su fuerza.
El
paradigma experimental del cual se deriva el tratamiento es el siguiente. Un perro es
colocado en una habitación (o una caja grande) dividida en dos por en medio por una
valla; cada mitad del cuarto tiene un suelo hecho de barras de metal que pueden ser
electrificadas para dar un shock a las patas
del perro. Además, el cuarto contiene una lámpara que da luz y se apaga
alternativamente; este es el estímulo condicionado; el shock eléctrico es el estímulo incondicionado.
El experimento procede cuando el estímulo condicionado se ilumina; diez segundos más
tarde al perro se le da un shock eléctrico, y
él rápidamente salta la valla hacia el lado seguro del cuarto. La luz se apaga y
después de un rato se enciende de nuevo; diez segundos más tarde, la parte previamente
segura del cuarto es electrificada, y el perro salta otra vez la valla, hasta la otra
parte del cuarto. Pronto aprende a saltar en el momento en que se produce el shock, y poco después salta cuando viene el estímulo
condicionado, y antes de que se de el shock eléctrico.
El perro está, ahora, condicionado, y el experimentador quita la conexión eléctrica de
manera que el perro ya no vuelve a sufrir más shocks.
No obstante, continuará saltando con el estímulo condicionado una docena de veces,
cien veces, incluso mil veces; en otras palabras, ha adquirido un hábito
obsesivo-compulsivo que es persistente y que no desaparecerá por sí solo. La semejanza
con el lavado de manos obsesivo-compulsivo del paciente es obvia. El paciente se lava las
manos con objeto de calmar la ansiedad relativa a la contaminación; el perro salta para
calmar la ansiedad relativa a la posibilidad de recibir un electroshock. En realidad la contaminación no
afectará al paciente, y el perro no recibirá un electroshock;
de ahí que ambos hábitos sean irreales e inadaptados. No obstante, son muy fuertes y
difíciles de erradicar. Ya hemos visto esto con los pacientes humanos; para los perros,
también, es difícil de desarraigar este hábito neurótico que se les ha creado. Por
ejemplo, un experimento que se ha probado consiste en volver a conectar la electricidad, y
electrificar, no la parte del cuarto en la cual se halla el perro, sino la parte a la cual
salta para buscar su seguridad. Esto, no obstante, no resulta; simplemente aumenta el
nivel de ansiedad del perro y le hace saltar más pronto y con más energía.
¿Cómo
podemos, pues, curar al perro?. La respuesta es: mediante lo que los terapeutas
conductistas llaman «inundación con prevención de réplica». He aquí lo que se hace.
La valla de en medio del cuarto es levantada tan alto que el perro no pueda saltar por
encima de ella. Entonces se aplica el estímulo condicionado, y produce un considerable
grado de ansiedad en el perro. Ladra, corre alrededor de su parte del cuarto, trata de
escalar las paredes, orina y defeca, dando señales de extremado temor. Esta es la parte
de « inundación » del experimento; el perro está inundado por la emoción provocada
por la aparición del estímulo condicionado. En circunstancias normales saltaría por
encima de la valla, o huiría, o evitaría, de cualquier otra manera, el estímulo
condicionado, pero esto es, ahora, imposible, debido al método de prevención de
réplica, es decir, elevando tanto la valla que el perro no puede saltarla.
Esta
primera demostración de extremado pánico pronto da paso a una conducta menos temerosa;
gradualmente el perro se va calmando y después de una media hora, aproximadamente, parece
relajarse; en otras palabras, se ha desensibilizado ante la situación, y se ha producido
una cierta extinción. Si se repite el experimento un cierto número de veces, el perro
estará curado. Podrá bajarse otra vez la valla, y aunque se ponga de nuevo en marcha el
estímulo condicionado, ya no se molestará en saltar.
¿Cómo
podemos adaptar este método al enfermo humano de lavado de manos obsesivo-compulsivo?. La
respuesta es muy simple. El terapeuta le explica exactamente al paciente lo que va a
hacer, y las razones para utilizar este particular método de tratamiento. El enfermo,
entonces, da su consentimiento para someterse a tal tratamiento: se le da el derecho a
escoger otra forma de tratamiento de su preferencia. Entonces es introducido en el cuarto
de tratamiento, que no contiene más que una mesa y dos sillas, una para el terapeuta, y
otra para el enfermo. Sobre la mesa hay una urna llena de polvo, arena y basura. El
terapeuta sumerge sus manos en esa basura y saca parte de ella fuera de la urna, y luego
le dice al paciente que haga exactamente lo mismo. El enfermo obedece, pero inmediatamente
su ansiedad se excita, y quiere irse y lavarse las manos. El terapeuta le dice que no haga
esto, y que se quede sentado, con sus manos llenas de basura. Esto produce la misma clase
de «inundación» con emoción, tal como le sucede al perro en el cuarto experimental,
pero, igualmente, el miedo va desapareciendo gradualmente, y después de una hora o dos el
enfermo se sienta en su silla, con expresión todavía infeliz, pero, sin embargo, con su
miedo y su ansiedad notablemente reducidos. Cuando no parece mostrar, ya, ninguna emoción
en absoluto, el experimento se da por terminado, y entonces se le permite irse y que se
lave las manos. Este procedimiento se repite un número de veces durante un período de
dos o tres meses, a una cadencia de dos repeticiones por semana, y, según la teoría, el
enfermo debiera estar curado al final. ¿Es esto verdad?.
S.
Rachman y R. Hodgson, en su libro «Obsesiones y Compulsiones», dan una relación
detallada de sus experimentos con este método de tratamiento, y la respuesta es que entre
el 85 y el 90 por ciento de los pacientes mejoran mucho, o se curan por completo. Además,
el seguimiento demuestra que no muestran síntoma alguno de recaída y que no hay
evidencia alguna de sustitución de síntomas. Por otra parte, su vida laboral y familiar
continúan mejorando una vez terminado el tratamiento, y el nivel general de ansiedad y
depresión se reduce. Según los relatos de los enfermos y de sus familias, el tratamiento
es eminentemente exitoso. Esto no es lo que Freud hubiera predicho, y en cuanto contradice
sus pretenciosas suposiciones sobre las consecuencias del «tratamiento puramente
sintomático», el experimento debe ser considerado como una prueba concluyente contra las
teorías psicoanalíticas.
Obviamente,
un simple examen no basta para establecer la superioridad de la terapia conductista. Los
lectores encontrarán una amplia reseña de toda la literatura sobre el tema en un libro
de A. E. Kazdin y G. T. Wilson « Evaluación de la Terapia Conductista: Fuentes,
Evidencia y Estrategia de Investigación». Ahora la evidencia es netamente convincente en
el sentido de que los métodos de la terapia conductista no sólo tienen más éxito que
cualquier otro tipo de psicoterapia, sino que también funcionan con mucha más rapidez;
nunca se trata de años, sino de meses, e incluso semanas, para que aparezca el éxito. La
inexistencia de recaídas y de sustituciones de síntomas en la terapia conductista, a
pesar de las drásticas predicciones hechas por Freud y los psicoanalistas, es uno de los
argumentos más probatorios contra la teoría psicoanalítica. ¡Cuán extraño que los
que son incapaces de curar ni siquiera los síntomas, acusen a los terapeutas conductistas
de sólo curar síntomas!.
La
teoría del condicionamiento y la extinción de las neurosis nos permite explicar muchos
hechos que, de otro modo, serían muy misteriosos. Es, aparentemente, cierto que la
mayoría de tipos de psicoterapia (de los cuales hay, ahora, centenares) son
razonablemente exitosos, es decir, que los pacientes mejoran. Esto sucede a parte de la
particular teoría abogada por el fundador del tipo de terapia en cuestión y ocurre
igualmente en casos de remisión espontánea. Tal vez lo que necesita explicación más
que nada es la ocurrencia de la remisión espontánea; una vez podemos explicar eso,
podremos explicar el éxito de los diferentes medios de terapia bajo esquemas similares.
¿Puede hacerse esto con el esquema de la teoría de la extinción?.
Consideremos
lo que sucede realmente en los casos de la remisión espontánea. El paciente lleva sus
problemas a un sacerdote, a un maestro, un doctor, o amigos o parientes; en cualquier
caso, lo que hace es una imitación relativamente pálida del proceso de
desensibilización ya descrito. La persona con la que habla será, por lo general,
compasiva, amistosa y deseosa de ayudar; esto hace descender el nivel general de ansiedad,
El paciente se encontrará, así, en un estado de relajación, y tenderá a discutir sus
problemas empezando por los que le provocan menos ansiedad, y luego, poco a poco,
siguiendo con los más serios. Naturalmente, el proceso no puede tener tanto éxito como
la terapia conductista, porque no se lleva a cabo sistemáticamente, pero cuanto más se
parezca a la desensibilización, más útil será. Según este esquema, al parecer, puede
explicarse el relativo éxito de la «remisión espontánea», que en tal caso puede verse
que no es «espontánea» en absoluto, sino que más bien se debe a un proceso muy
parecido al de la terapia conductista.
Exactamente
la misma clase de cosa sucede cuando el paciente visita a un psicoterapeuta, de cualquier
escuela; también aquí tenernos un oyente compasivo y amistoso, deseoso de ayudar y
congeniar, y también al paciente contando su historia, quejándose de sus dificultades y,
en general, exponiendo sus ansiedades. Aquí, también, el proceso debiera tener menos
éxito que la desensibilización por no haber sido adecuadamente programado, pero por lo
menos debiera tener tanto éxito como los procedimientos de remisión espontánea. Si
recordamos que Smith, Glass y Miller mostraron que la duración del entrenamiento del
terapeuta no marca
ninguna
diferencia, podemos muy bien extrapolar este hallazgo para incluir entre los terapeutas a
los sacerdotes, maestros, doctores, amigos y parientes del enfermo, que no tuvieron una
formación sistemática, pero cuya mera presencia y deseos de escuchar debieran provocar
el proceso de de sensibilización. La formación o entrenamiento que los psicoterapeutas
de las diversas tendencias tuvieron estará acorde con la teoría particular que ellos
siguen, y esto, como hemos visto, no tiene nada que ver con el éxito del tratamiento.
Así,
podríamos decir que la teoría de la extinción explica todos los fenómenos
acontecidos, lo que no es el caso con ninguna otra teoría alternativa.
Una
pregunta que se plantea a menudo es cómo es posible que tantos enfermos y tantos
terapeutas estén convencidos del valor del psicoanálisis como técnica curativa, cuando
objetivamente hay tan pocas pruebas en su favor. La respuesta probablemente reside en el
bien conocido experimento, llevado a cabo en primer lugar por B. F. Skinner, sobre los
orígenes de la superstición. Puso a un grupo de pichones en una jaula grande, y luego
los dejo allí toda la noche. A intervalos irregulares un mecanismo automático arrojaba
dentro algunos granos de maíz. Por la mañana Skinner observó que algunos pichones se
conducían de una manera muy anormal. Uno se paseaba por la jaula con la cabeza hacia
arriba, otro daba vueltas en círculo con una ala en el suelo, y un tercero estaba
levantando constantemente su cola. ¿Qué había sucedido?. La respuesta, en términos de
condicionamiento, es esta: los pichones se movían de diversas manera cuando el grano les
era súbitamente echado dentro de la jaula; inmediatamente se lo tragaban. Según la
teoría del condicionamiento, el grano actuaba como un refuerzo de lo que el pichón
estaba haciendo en aquel momento. En este caso, un pichón tenía la cabeza levantada, en
aquel preciso instante, otro tenía una ala apoyada en el suelo, y un tercero estaba
levantando la cola. Los pichones probablemente repitieron estos modos de conducirse una y
otra vez, y la siguiente vez que los granos de maíz les fueron arrojados en la jaula,
tales hábitos particulares fueron nuevamente reforzados. Cuando, al repetir los
movimientos, los pichones se dieron cuenta de que se les volvía a echar maíz, se
quedaron convencidos de que esto sucedía a causa de sus movimientos. Así, una
superstición particular se desarrolló en esos pichones, y Skinner argumenta que la
creencia de enfermos y terapeutas sobre la eficacia de la psicoterapia descansa en una
base similar. Como los enfermos mejoran en cualquier caso, como queda demostrado por la
prevalencia de la remisión espontánea, atribuyen esta mejora al tratamiento, y lo mismo
hace el terapeuta, aun cuando realmente no haya ninguna relación entre los dos. Cuando
tal estado de satisfacción es alcanzado, el paciente es dado de alta como «curado»; el
hecho de que a menudo empeore más adelante ya no concierne al terapeuta, y no hace variar
sus convicciones. Tales creencias supersticiosas son muy difíciles de desarraigar; su
persistencia sin fundamento y su impenetrabilidad al razonamiento o a la experiencia
indican su origen irracional. Una de las paradojas de la psicología es que el
psicoanálisis, que pretendió introducir ideas científicas y racionales en el irracional
y emocional campo del desorden mental, esté sujeto a esta superstición condicionada. Que
ellos hayan sido capaces de convencer a la gente normal de la verdad de sus teorías y la
eficacia de sus métodos de tratamiento es uno de los milagros de la época.