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CAPITULO CUARTO

 

FREUD Y EL DESARROLLO DEL NIÑO

 

Razonan teóricamente, sin demostración experimental, y el resultado son errores.

Michael Faraday

 

Habiéndonos ocupado de la efectividad de la terapia freudiana, debemos ahora volver a sus teorías relativas al origen de los síntomas neuróticos. Según Freud, «sólo los impulsos de deseos sexuales desde la infancia pueden proporcionar la fuerza motivadora de la formación de síntomas psiconeuróticos». Según ello, es preciso ocuparse en este capítulo de la teoría de Freud sobre el desarrollo del niño; esto nos dará también una oportunidad de ocuparnos del grado hasta el cual las teorías freudianas pueden poseer un carácter genuinamente empírico, y también de examinar la opinión de Karl Popper, que asegura que el psicoanálisis es una pseudo-ciencia porque no hace predicciones falsificables. También tendremos oportunidad de ocuparnos del caso del «pequeño Hans», que es generalmente considerado como el primer psicoanálisis de niños, Y es homologado como uno de los grandes éxitos de Freud. Trataremos de comprobar hasta qué punto esto es verdad, y si las teorías alternativas no podrían explicar mejor los hechos de los síntomas neuróticos del pequeño Hans.

Es interesante empezar teniendo en cuenta el dicho de Popper referente a la falta de falsificabilidad de las doctrinas freudianas. A primera vista parecería que Popper debe estar equivocado. Hay deducciones que pueden, ciertamente, extraerse de la teoría de Freud, y las tales pueden ser empíricamente falsificadas. Uno de esos ejemplos es su predicción de que el tratamiento «orientado al síntoma» debiera ser siempre seguido por un retorno del síntoma o por una sustitución de síntoma. Tal como hemos visto, esto no es así, y por lo tanto constituye una refutación de un aspecto fundamental de la teoría freudiana. Pero ocuparse solamente de la falsificabilidad es comprender mal a Popper. Popper también caracteriza como pseudo-científicas «algunas teorías genuinamente comprobables que cuando se demuestra que son falsas todavía son sostenidas por sus admiradores ». Lo que es característico de la obra freudiana es algo a la vez más original, más peligroso y más difícil de refutar que una simple infalsificabilidad. Frank Cioffi, en su ensayo sobre « Freud y la Idea de la Pseudo-Ciencia », ha subrayado muy bien este punto. Menciona que hay un montón de peculiaridades de la teoría y la práctica psicoanalítica que son aparentemente gratuitas y sin relación entre sí; que sugiere que las tales pueden ser comprendidas como manifestaciones de un impulso simple, concretamente la necesidad de evitar la refutación. Nombra un cierto número de tales peculiaridades referentes a la aparente diversidad de las maneras por las cuales lo correcto de las pretensiones psicoanalíticas es reivindicado -observaciones sobre la conducta de los niños, investigaciones sobre los rasgos distintivos de la historia sexual, o infantil de los neuróticos, en espera del resultado de las medidas profilácticas basadas en las conclusiones etiológicas de Freud- y hace notar que todas ellas convergen en una sola que, en última instancia, demuestra ser ilusoria, concretamente la interpretación. Este proceso de interpretación ha sido formulado por el mismo Freud de diversas maneras, tales como «traslación de procesos inconscientes a procesos conscientes», «llenar el vacío de la percepción consciente», «construir una serie de eventos conscientes complementarios a los eventos mentales inconscientes», e «inferir las fantasías inconscientes de los síntomas y entonces (permitir) al enfermo ser consciente de ellos».

Como observa Cioffi, «es característico de una pseudo-ciencia que las hipótesis que la componen permanecen en relación asimétrica con las esperanzas que generan, permitiendo que sirvan de guías y luego ser reivindicadas cuando hay éxito pero no desacreditadas cuando hay fracaso». En otras palabras, una pseudo-ciencia quiere tener su pastel y comérselo también; cuando las observaciones y experimentos son favorables, son aceptados como pruebas, pero, cuando son desfavorables y parecen desmentir la hipótesis en cuestión, entonces son rechazadas como irrelevantes. Cioffi utiliza la teoría de Freud sobre el desarrollo de la infancia para ilustrar el fuerte deseo de Freud de evitar la refutación. El terreno ha sido bien escogido, y, como veremos, hay mucho en apoyo de la opinión de Cioffi.

Es interesante observar que, según Popper, otro famoso pseudocientífico, Karl Marx, se basó también, extensamente, en la interpretación, más que en la comprobación directa a través de hechos observables. En su caso la hipótesis era que el proletariado estaba en la vanguardia del proceso histórico, pero sus deseos y planes debían ser «correctamente» interpretados para ser aceptables desde el punto de vista marxista, y ¿quién estaba mejor preparado para hacer esas interpretaciones que la vanguardia marxista, constituida en el Partido Comunista?. El hecho de que dichas interpretaciones guardaran muy poca relación con los deseos y las opiniones expresadas por el proletariado no parece haber preocupado en absoluto a Marx o a sus sucesores, del mismo modo que Freud tampoco se preocupó nunca por el hecho de que sus interpretaciones fueran a menudo consideradas inaceptables por sus pacientes e improbables por sus críticos. No hay un criterio último ante el cual puedan confrontarse los valores reales de la interpretación si uno se fía más de esta que de hechos observables.

La teoría de Freud sobre el desarrollo de la infancia, es bien conocida, pero sus detalles deben ser expuestos someramente. El niño tiene un deseo innato de tener relación sexual con su madre, pero se siente amenazado en la ejecución de estos deseos por el padre, que parece tener derechos de prioridad sobre la madre. El niño desarrolla ansiedades de castración al darse cuenta de que su hermana no posee un pene, el maravilloso juguete que tanto significa para él, y su miedo agravado le hace rendirse y «reprimir» todos esos deseos inconvenientes, que viven, como el famoso Complejo de Edipo, en el subconsciente, promocionando toda suerte de terribles síntomas neuróticos en la vida posterior. Este Complejo de Edipo asume el papel central en las especulaciones freudianas, y luego veremos si hay, o no, alguna evidencia empírica y observativa que lo corrobora. Hay otros matices en el relato freudiano pero probablemente ya se ha dicho lo suficiente para dar al lector una idea de la clase de teoría que Freud desarrollaba.

Estos relatos son bien sobrecogedores y ciertamente asustaron a los primeros lectores de Freud. Son importantes a causa de su valor explicativo por lo que concierne a los orígenes de las neurosis y la evidencia que proporcionan sobre la validez de los métodos psicoanalíticos. Freud obviamente creyó que estas reconstrucciones eran características de la infancia en general, y podrían ser confirmadas por la observación contemporánea de los niños, Como él mismo dijo: «Puedo aludir con satisfacción al hecho de que la observación directa ha confirmado plenamente las conclusiones extraídas por el psicoanálisis, aportando así una buena evidencia para la credibilidad de este método de investigación». Mantuvo en muchas ocasiones que sus tesis referentes a la vida sexual del niño podían ser demostradas por la observación sistemática de la conducta de los niños.

Así, en el caso de la historia del pequeño Hans, del cual volveremos a ocuparnos, se refiere a la observación de los niños como «una prueba más directa y menos complicada de estas teorías fundamentales ». También se refiere a la posibilidad de «observar al niño de cerca, en primer lugar, en pleno frescor de la vida, los impulsos sexuales y las tendencias innatas que excavamos tan laboriosamente en el adulto entre sus propios escombros». En otro lugar sostiene que «se puede observar fácilmente» que las niñas pequeñitas consideran su clítoris como un pene inferior, y sobre la fase edípica escribe: «En ese período de la vida esos impulsos aún continúan inhibidos como deseos sexuales correctos. Esto puede confirmarse tan fácilmente que sólo con los mayores esfuerzos es posible soslayarlo».

La más concisa confesión de que la observación profunda de los niños corrientes puede corroborar las teorías psicoanalíticas se encuentra en esta declaración de Freud:

Al principio mis formulaciones referentes ala sexualidad infantil se basaban casi exclusivamente en los resultados de los análisis en los adultos... Fue, pues, un gran triunfo cuando fue posible, unos años más tarde, confirmar casi todas mis inferencias mediante la observación directa y el análisis de los niños, un triunfo que perdió una parte de su magnitud cuando fuimos dándonos cuenta gradualmente de que la naturaleza del descubrimiento era tal que más bien deberíamos sentirnos avergonzados de haber tardado tanto en darnos cuenta. Cuanto más llevábamos a cabo estas investigaciones sobre los niños, más evidentes aparecían los hechos y lo más sorprendente eran los esfuerzos que se habían hecho para no darse cuenta.

En otras palabras, la observación profunda basta para verificar las teorías freudianas, y uno debe preocuparse en mirar a otro lugar para no darse cuenta de estos hechos.

¿Qué sucede realmente cuando un observador psicológico bien preparado, sobre todo cuando está buscando pruebas que corroboren las teorías freudianas, estudia la conducta y «todos los aspectos del desarrollo mental en la infancia hasta la edad de cuatro o cinco años», de sus propios cinco hijos?. El Profesor C. W. Valentine, un bien conocido psicólogo y educador británico, publicó sus observaciones en su libro «La Psicología de la Primera Infancia», en 1942. Además de los informes sobre sus propios hijos, recoge una serie de observaciones que antiguos estudiantes y colegas hicieron sobre sus propios hijos, referentes a problemas especiales. Discute todas estas aportaciones en relación con otras anotaciones diarias publicadas sobre los tres, o cuatro primeros años de vida, por observadores dignos de fe; tal como indica, más de una docena de esos valiosos informes estaban a su disposición. No puede decirse que Valentine empezara como un crítico del psicoanálisis y hostil a Freud. Al contrario, tal como aquí revela, Valentine era al principio simpatizante con las especulaciones de Freud:

Debo decir que me sentí fuertemente atraído por el primero de sus (de Freud) escritos editados en inglés. Me chocó el prejuicio desatado contra él meramente porque escribía con tal franqueza sobre materia de sexo; y finalmente publiqué un librito para divulgar sus principales ideas y relacionarlas con la psicología general. Espero, pues, poder ser absuelto de prejuicio contra sus opiniones.

Veamos ahora lo que tiene que decir Valentine sobre la relevancia de sus observaciones sobre las teorías freudianas. Primero se ocupa de las ideas de Freud sobre las relaciones entre niños de la misma familia, en particular sobre la hipotética rivalidad entre ellos. «Las siguientes observaciones de mí mismo y de otros se oponen decididamente a las ideas expresadas por Freud en lo que se refiere a la actitud de niños muy pequeños hacia hermanos y hermanas más jóvenes». Freud había escrito: «Es incuestionable que el niño pequeño odia a sus rivales... por supuesto, esto a menudo es suplantado por sentimientos más tiernos, o tal vez debiéramos decir que es anulado por ello, pero el sentimiento de hostilidad parece ser el primero... podemos observarlo más fácilmente en niños de dos años y medio a cuatro años de edad cuando llega un nuevo bebé». Valentine hace observar que sus propias experiencias muestran «al contrario de esos niños, la aparición, en primer lugar, de una ternura innata hacia el hermano pequeño, mucho antes de que aparezca algo parecido a los celos; y todos los datos recogidos son típicos de las reacciones de todos nuestros niños hacia nuestros hermanitos y hermanitas. De hecho, muy pocas veces he notado mayor delicia que en los mayores al enterarse de que iban a tener otro hermanito o hermanita... Otras pruebas... emanadas de otros informes dignos de crédito sugieren que la mayoría de niños ni tienen celos en absoluto, aunque tal vez, al cabo de algún tiempo, pueden aparecer algunos síntomas, muy leves».

Más decisivo por lo que se refiere a las tesis centrales de la especulación freudiana son las observaciones de Valentine sobre el «supuesto complejo de Edipo». Tal como él dice:

Freud había dicho que después de los dos años de edad, los niños empezaban a sentirse apasionadamente devotos hacia sus madres y a sentir celos de su padre, e incluso a odiarle, revelando así un «complejo de Edipo». Las niñas, por otra parte, desarrollaban una nueva devoción hacia el padre y consideraban a la madre como una rival... No he podido encontrar ningún rastro de tal complejo de Edipo al observar a mis propios hijos. De hecho, se observa que la mayor parte de las pruebas es completamente contraria, especialmente si tenemos en cuenta el hecho de que la mayor parte de las niñas prefieren a su madre más, que los niños después delos dos años de edad, cuando, según Freud, los niños debieran empezar a volverse contra su padre y las niñas a sentirse atraídas por el mismo. Las relaciones de los hijos con los padres son, exactamente, como cabía esperar en términos generales. En primer lugar, un fuerte apego en los niños y las niñas hacia la madre... la nodriza y consoladora. Más tarde, una atracción, después del segundo año, hacia el padre, que entonces entra en escena, el cual, aún cuando pueda ser severo a veces, puede proporcionar excitantes ventajas. Pero esta atracción hacia el padre, después de la edad de dos o tres años, aparece mucho más claramente en los niños que en las niñas. La explicación radica en que incluso a tan tierna edad los gustos e intereses de las niñas coinciden más con los de la madre que con los del padre.

Al hablar de los supuestos impulsos sexuales de los niños, Valentine dice:

El hecho de que un cierto número de neuróticos (o de personas que, atraídas por las ideas de Freud o interesadas en sus propias anormalidades, se someten al psicoanálisis) evocan impulsos sexuales de su primera infancia no es prueba, en absoluto, de que se pueda generalizar; aparte del hecho, descubierto más tarde por Freud, de que en la mayoría de casos la «memoria es ilusión» y la idea es, realmente, una «fantasía regresiva»... La evidencia que se deduce de una observación directa, entre niños normales, de impulsos sexuales dirigidos hacia los padres es completamente insostenible.

Valentine cita muchas otras observaciones directas hechas por bien conocidos psicólogos, y describe los resulta­dos de un cuestionario que él sometió a dieciséis psicólogos y hombres de ciencia:

Pormenorizando los resultados de este cuestionario hallamos que, desde todos los puntos de vista -las preferencias hacia F o M (6) en diferentes edades, por niños o niñas, las razones por cambios en preferencias, la influencia de la disciplina, las oportunidades de celos- todos ellos dan una amplia explicación razonable de los hechos y no dan pábulo al supuesto complejo de Edipo.

Valentine, finalmente concluye así:

Por lo que se refiere a la influencia del sexo durante la adolescencia y períodos sucesivos, la experiencia es suficientemente convincente; que las ideas sobre la sexualidad infantil sean, en  realidad (a) sugeridas por el mismo psicoanálisis, como el mismo Freud sospechó en ocasiones, o (b) entera o parcialmente interpretaciones del mismo paciente y/o exage­raciones de sensaciones o impulsos relativamente leves, o (c)en gran parte ciertas pero sólo en unos cuantos casos anor­males, no es éste el lugar para discutirlo. Pero el hecho de que los relatos de los pacientes, que Freud aceptó en un principio como hechos, resultaron luego ser meras fantasías, es muy significativo.

Su comentario final general « se refiere a la sugerencia, hecha por el psicoanálisis, de que los que no creen en el complejo de Edipo y en la importancia suprema del sexo en la infancia, rehúsan deliberadamente aceptar la verdad», y cita a Freud y a Glover a este respecto. Valentine prosigue:

La réplica que quiero hacer ahora a esa acusación de prejuicio y renuncia a aceptar una verdad desagradable es que el médico psicólogo que cree en la influencia del incons­ciente debería ser muy circunspecto al usar tal argumento contra otros. Debiera contestarse, en verdad, que una vez aceptada la realidad del complejo de Edipo, Freud y sus discípulos debían mantenerlo, a pesar de las pruebas en contra, a causa de un deseo inconsciente de mantener su pro­pio prestigio. Incluso podría sugerirse que los psicoanalistas médicos que consiguen pacientes que van a pagar cien o dos­cientas sesiones es muy natural que se aferren a su propia creencia y a la creencia de los demás en la verdad de sus ideas y en el valor de sus medidas terapéuticas. No estoy di­ciendo que esta sea la causa de sus creencias. No creo que lo sea, por lo menos generalmente ni principalmente. Sólo quiero decir que los creyentes en el complejo de Edipo que acusan a los críticos de ciegos prejuicios y de motivos incons­cientes o desprovistos de valor dan un ejemplo de gentes que viven en muy frágiles torres de cristal y que proveen a sus oponentes de muy sólidas piedras. Incluso le han dado un nombre técnico: «proyección». Como dijo el mismo Freud: «La continuación polémica de un análisis no lleva, obviamente, a ninguna parte». Es una lástima que Freud y sus seguidores no hayan aceptado esta sabia observación.

El libro de Valentine fue publicado originalmente en 1942; desde entonces han aparecido muchos más ensayos que apoyan fuertemente sus conclusiones. Mis propias observaciones, menos sistemáticas que la suya pero, no obstante, agudizadas por un deseo de descubrir por mí mismo cuán cierta era la aseveración de Freud de que sus hipótesis podían ser comprobadas mediante una observación profunda de los niños muy jóvenes, no han podido hallar prueba alguna ni del complejo de Edipo ni de tempranos deseos sexuales en mis cinco hijos. Creo que podemos concluir que Freud se equivocaba cuando decía que estos hechos «pueden ser confirmados tan fácilmente que sólo con los mayores esfuerzos es posible soslayarlos». Es difícil encontrar pruebas que corroboren esta opinión, incluso en personas que, como Valentine, estaban, desde un principio favorablemente dispuestas hacia las teorías freudianas. ¿Cómo reacciona Freud ante tal refutación de sus más caras creencias?. Como dice Cioffi: «A veces, cuando Freud se halla en presencia de críticas incomodas, olvida el carácter tan fácilmente confirmable de sus reconstrucciones de la vida infantil e insiste en el status esotérico, sólo accesible a los iniciados Así, dice Freud: «Nadie más que los doctores que practican el psicoanálisis pueden tener acceso a este temor al conocimiento, ni posibilidad de formarse un juicio que no está influenciado por sus propios rechaces y prejuicios. Si la Humanidad hubiera sido capaz de aprender mediante la directa observación de los niños estos tres ensayos («Tres ensayos sobre la Sexualidad») no hubieran sido escritos. Pero, como replica muy razonablemente Cioffi: « Esta retirada a lo esotéricamente observable ante el hecho de las pruebas incriminatorias es un rasgo general de los apologetas del Psicoanálisis». Ciertamente, la aparente aprobación de Freud de la investigación directa, basándose en hechos, de las conductas que él postula es, a menudo, curiosamente ambigua. Si las reconstrucciones clínicas de las experiencias de la primera infancia son genuinas, y si los niños habían sido amenazados de castración, seducidos, o visto a sus padres copulando, la exactitud de esos recuerdos podría ser ciertamente comprobada directamente mediante investigaciones adecuadas. Freud no está de acuerdo. «Puede ser tentador tomar el camino fácil de llenar los vacíos de la memoria de un enfermo investigando con los miembros mayores de la familia; pero debo desaconsejar esta técnica. Nunca gusta dar este tipo de información. Al mismo tiempo, la confianza en él análisis se resquebraja y una especie de tribunal de apelación es instalado por encima de él. Lo que puede recordarse saldrá a la luz, en cualquier caso, en el curso de subsiguientes análisis». En otras palabras, la interpretación de dudosos significados de los sueños y las conductas de la vida diaria es preferida como prueba a los informes emanados de la observación directa de testigos reales, porque estos constituirían un «tribunal de apelación» que Freud desea evitar. No debe haber fuente de pruebas externas con las cuales sus interpretaciones puedan ser comprobadas.

Aún más curiosa es otra aseveración hecha por Freud en la que sugiere que el análisis de los sueños es equivalente a recordar: «Me parece a mí absolutamente equivalente a recordar si la memoria es reemplazada... por sueños, el análisis de los cuales invariablemente vuelve a conducir a la misma escena, y que reproducen cada porción de su contenido en una infatigable variedad de nuevas formas... soñar es otra forma de recordar». Esta es una afirmación verdaderamente sorprendente. La fantasiosa y completamente subjetiva interpretación del complejo simbolismo de un sueño es seguramente muy diferente de un recuerdo firme por parte de un paciente; lo que estamos buscando es alguna manera de comprobar la veracidad de la interpretación. Freud asume que la interpretación del sueño es correcta, pero esto, precisamente, es el punto que debe ser demostrado. Volveremos a esta cuestión, nuevamente, en el capítulo de la interpretación de los sueños.

Freud hace otra intrigante afirmación en su intento de convencernos de la autenticidad de sus reconstrucciones sobre la sexualidad infantil. Asevera que la veracidad de sus teorías es demostrada por el hecho de que conducen a curas coronadas por el éxito, contradiciendo así, inmediata mente, a muchos de sus seguidores que ahora desean negar el argumento de que si la curación no se produce, es muy probable que la teoría sea falsa. Lo que dice Freud es lo siguiente: « Empezando por el mecanismo de la curación, ahora ha llegado a ser posible diseñar ideas completamente definidas sobre el origen de la enfermedad». Y en otro lugar escribe que «sólo las experiencias de la infancia explican la susceptibilidad a traumas posteriores» ya que «sólo descubriendo estas huellas de la memoria casi invariablemente olvidadas y haciéndolas conscientes, alcanzaremos el poder de desprendernos de los síntomas ». Pero, como hemos visto en los precedentes capítulos, no hay ninguna prueba de que el psicoanálisis, de hecho, nos dé «el poder de desprendernos de los síntomas»; de manera que si tomamos el argumento de Freud en serio, concretamente el hecho de que una curación garantiza lo correcto de sus teorías y reconstrucciones, entonces, ciertamente, nosotros debemos ahora argüir que el hecho de que una curación no se produzca invalida su teoría y sus reconstrucciones.

Como han observado muchos críticos, la teoría de Freud sobre el desorden neurótico infantil es curiosamente ambivalente, expresando dos puntos de vista contradictorios. Por una parte parece comprometerse con una precisa historia sexual infantil para los neuróticos, que la hace vulnerable a la refutación, mientras por otra insiste en la universalidad de los rasgos patógenos involucrados. Así, dice que «en la raíz de la formación de cada síntoma deben encontrarse experiencias traumáticas de una vida sexual temprana». Esto parece ser bastante claro: declara que hay una relación causal entre las experiencias traumáticas de la primera edad y el posterior desarrollo de síntomas neuróticos. Pero Freud también dice que «la investigación de la vida mental de las personas normales... llevó al inesperado descubrimiento de que su historia infantil por lo que se refiere a materias sexuales ni era necesariamente diferente, en lo esencial, de la del neurótico». Seguramente, si esto es así el hecho de que ocurrieran traumas en la infancia de los neuróticos no puede darnos pie para creer en su relevancia causal, ¿no es cierto?. Debe haber algo en la reacción del niño ante esos « traumas » que distingue a los niños neuróticos de los normales, y Freud ciertamente afirma que «lo importante... era cómo reaccionó ante esas experiencias; si respondió ante ellas con represión o no». ¿Es, pues, la represión lo que diferencia a los niños neuróticos de los no neuróticos?. La respuesta, otra vez, debe ser que no, pues no sólo «no hay ser humano que escape de tales experiencias traumáticas », sino también «ninguna escapa de la represión que originan». Y, en otro lugar, Freud dice: «Todo individuo ha pasado por esta fase pero la ha reprimido enérgicamente y conseguido olvidarla». De hecho, Freud nunca llega a una declaración definida sobre lo que distingue exactamente la primera infancia del neurótico de la del adulto normal.

Cioffi expresa muy bien este sujeto cuando dice:

La explicación de estas equivocaciones, evasiones e inconsistencias es que Freud se encuentra simultáneamente ante la presión de dos necesidades: parecer decir y no obstante retenerse de decir qué acontecimientos infantiles ocasionan la predisposición a la neurosis. Parecer decir, porque su descubrimiento del papel patógeno de la sexualidad en la vida infantil de los neuróticos es la base ostensible para su convicción de que las neurosis son manifestaciones del renacimiento de luchas sexuales infantiles y a partir de ahí, de la validez del método por el cual esta etiología fue inferida; retenerse de decir, porque si sus pretensiones etiológicas fueran demasiado explícitas y, por consiguiente, incurriera en el riesgo de la refutación, ella no sólo desacreditaría su explicación de las neurosis sino, más desastrosamente, el método por el cual se llegó a ella. Sólo formulando estas pretensiones profilácticas y patógenas pueden justificarse sus preocupaciones y procedimientos, pero sólo retirándolas pueden ser salvaguardadas».

Se verá que mientras Freud se basa enteramente en interpretaciones de sueños, errores de dicción y acción, y otros datos nebulosos, éstos no aportan una evidencia irrefutable; su validez depende de la suposición de que la teoría en que se basan ha sido demostrada más allá de la duda. Pero está claro que tal prueba independiente no va a llegar, y a tal efecto podemos citar al bien conocido psicoanalista moderno, Judd Marmor:

Dependiendo del punto de vista del analista, los pacientes de cada escuela parecen aportar precisamente la clase de datos fenomenológicos que confirman las teoría; e interpretaciones de su analista. Así, cada teoría tiende a ser autodemostrativa. Los freudianos deducen material sobre el complejo de Edipo y la ansiedad por la castración, los seguidores de Jung sobre los arquetipos, los de Rank sobre la ansiedad por la separación, los de Adler sobre los esfuerzos masculinos y los sentimientos de inferioridad, los de Horney sobre imágenes idealizadas, los de Sullivan sobre relaciones interpersonales molestas, etc. El hecho es que una transacción tan compleja como la del proceso terapéutico psicoanalítico, el impacto del paciente y del psicoterapeuta entre sí, y particularmente del segundo sobre el primero, es de una profundidad poco común. Aquello por lo que el analista muestra interés, la clase de preguntas que hace, la clase de datos que prefiere tener en cuenta o ignorar, y las interpretaciones que hace, ejercen un impacto sutil pero significativo sobre el enfermo para que éste dé preferencia a sacar a colación ciertos datos con preferencia a otros».

Cuando los mismos psicoanalistas de primer rango admiten tan fundamentales defectos en la interpretación, ¿debe el crítico sustanciar el punto de que otros tipos de evidencia son necesarios si debemos creer en las teorías especulativas de Freud, y concluir que sería mucho mejor basarse en pruebas directamente observables, tales como las aportadas por Valentine y muchos otros, en vez de rechazarlas en favor de perennes incertitudes de manipulación interpretativa?. Para citar de nuevo a Cioffi:

El examen de las interpretaciones de Freud demostrará que él procede típicamente por empezar con cualquier cosa que concuerde con sus prejuicios teóricos que son la base de los síntomas, y luego, trabajando con ellos y las explicaciones, construye unos lazos persuasivos pero espúreos entre ellos. Esto es lo que le permite encontrar alusiones a los suspiros coitales del padre en los ataques de disnea, relación en una tussis nervosa, desfloración en una cefalea, orgasmos en una pérdida histérica de conciencia, dolores de parto en una apendicitis, deseos de preñez en vómitos histéricos, temores de preñez en la anorexia, un parto en una tendencia suicida, temores de castración en la práctica de reventarse granos, la teoría anal del nacimiento en un estreñimiento histérico, alumbramiento en un caballo de carga cayéndose, salidas nocturnas en orinarse en la cama, maternidad sin casamiento en una cojera, culpabilidad en la práctica de seducir muchachas púberes en la obligación de esterilizar billetes de banco antes de utilizarlos, etc.».

Una ciencia no puede basarse en interpretaciones subjetivas, y la idea freudiana del desarrollo de la infancia, con sus supuesta base para el desarrollo de síntomas neuróticos, es completamente inaceptable y puede ser desmentida por sólidos hechos. Esta conclusión es reforzada por un examen del caso del pequeño Hans, la piedra angular de la teoría freudiana, y el análisis que dio pábulo al psicoanálisis de la infancia.

Antes de volver al pequeño Hans y su enfermedad neurótica, puede ser interesante contrastar los relatos de Freud relativos a dos niños de cuatro años, el pequeño Hans, que tenía casi cinco años de edad, y el pequeño Herbert, unos meses más joven. Herbert es descrito como un especímen de niño inteligentemente criado, «un chico espléndido... cuyos inteligentes padres se abstuvieron de suprimir por la fuerza un aspecto del desarrollo del niño». Según parece, el pequeño Herbert muestra «el más vivo interés en esa parte de su cuerpo que él llama su hacedor de pipí » porque « como nunca le asustaron u oprimieron con un sentido de culpabilidad, expresa con ingenuidad total lo que él piensa». Así, según Freud, el pequeño Herbert, educado por padres psicoanalíticamente orientados, se convertirá probablemente en una de las personalidades no-neuróticas de nuestro tiempo.

Contrástese esto con el desgraciado Hans que, según Freud, era « un parangón de todos los vicios ». Antes de llegar a los cuatro años, su madre le había amenazado con la castración, y el nacimiento posterior de una hermanita le enfrentó al gran enigma de de dónde procedían los bebés, ya que «su padre le había contado la mentira de la cigüeña», lo que le hacía imposible «enterarse de esas cosas». Así, en parte a causa de «la perplejidad en que le sumieron sus teorías sexuales infantiles», sucumbió a una fobia animal un poco antes de su quinto aniversario. Estaba claro, según la teoría de Freud, que el pequeño Hans estaba predestinado por la educación que había recibido, a ser presa de desórdenes neuróticos en el curso de su vida.

Pero, ¡esperen!; Jones, en su famosa biografía de Freud, nos dice que Hans y Herbert son el mismo niño; el relato de Herbert habiendo sido escrito antes y el de Hans después de que el niño hubiera contraído su fobia animal (pero no antes de los acontecimientos que Freud iba luego a considerar patogénicos). De hecho, Freud incluso sugirió (como una idea a posteriori) que Hans/Herbert sufrió más intensamente en el desarrollo de su fobia a causa de su «inteligente» educación. «Como fue criado sin ser intimidado y con tanta consideración como poca coacción dentro de lo posible, su ansiedad osó manifestarse más agresivamente. En él no había lugar para motivos tales como una mala conciencia o miedo al castigo que en otros niños sin duda contribuyen a disminuir la ansiedad». Esta ambigüedad en la argumentación de Freud imposibilita totalmente la comprobación de sus hipótesis.

Volviendo al caso del pequeño Hans, tenemos la suerte de disponer de un examen crítico y de una interpretación alternativa por los profesores J. Wolpe y S. Rachman; he seguido su brillante debate con cierto detalle porque ilustra elegantemente los elementos ilógicos en la teoría de Freud, y la importancia y racionalidad de las hipótesis alternativas que proponen. Brevemente, pues: el pequeño Hans era el hijo de un padre psicoanalíticamente inclinado que estaba en estrecho contacto con Freud. A principios de enero de 1908 el padre escribió a Freud que Hans, que entonces tenía cinco años, había desarrollado «un desarreglo nervioso». Los síntomas que describía eran de temor a salir de casa, depresión al atardecer, y miedo a que un caballo le mordiera en la calle. El padre de Hans sugirió que «el terreno fue preparado por sobre-excitación sexual causada por la ternura de su madre» y el miedo al caballo «parece, en cierta manera, estar relacionado con haberse sentido amenazado por un gran pene». El primer síntoma apareció el 7 de enero cuando Hans era acompañado al parque, como de costumbre, por su niñera. Empezó a llorar y dijo que quería «acariciarse» con su madre. En casa, al preguntarle por qué no había querido llegar hasta el parque «se puso a llorar pero no quiso decirlo». El siguiente día, después de protestas y lloros, salió con su madre. Al volver a casa, Hans dijo después de muchas vacilaciones, tenía miedo de que un caballo me mordiera. Igual que el día anterior, Hans tuvo miedo al atardecer y pidió ser «acariciado». También dijo: «Ya sé que tendré que volver a salir de paseo mañana» y «el caballo entrará en la habitación». El mismo día su madre le preguntó si se tocaba el pene con la mano. El respondió que sí, y el día siguiente su madre le dijo que se abstuviera de hacerlo.

Al llegar a este punto los lectores pueden sorprenderse al comprobar que el subsiguiente análisis de Freud no se basó en nada que él mismo hubiera descubierto, sino en algo que le dijo el padre del pequeño Hans, que estaba en contacto con Freud a través de informes escritos regulares. El padre tuvo varias conversaciones con Freud a propósito de la fobia del pequeño Hans, pero en el curso del análisis ¡Freud sólo vio al muchachito una vez!. Esta es una curiosa manera de llevar a cabo un tratamiento y de poner las bases para el análisis del niño, aun cuando pocos analistas hayan encontrado extraño ese procedimiento.

En este punto Freud dio una interpretación de la conducta de Hans y se puso de acuerdo con el padre del niño para que le dijera que su miedo a los caballos era absurdo, y que la verdad era que tenía mucho afecto a su madre y quería que ella se lo llevara a la cama. La razón de su miedo a los caballos se debía a que «él se había interesado tanto por sus penes». Freud también sugirió que se le explicaran ciertas materias sexuales a Hans y se le dijera que las hembras «no tenían penes».

Después de esto, hubo algunos altibajos pero, en conjunto, la fobia empeoró, y aún se deterioró más la salud del niño una vez se le extrajeron las amígdalas.

Cuando se recuperó de su enfermedad física, Hans tuvo muchas conversaciones con su padre a propósito de la fobia. El padre sugirió que debía haber una relación entre la fobia y las habituales masturbaciones del pequeño Hans, enfatizando el punto de que las muchachas y las mujeres no tenían pene y tratando, en general, de adoctrinar al pequeño Hans con teorías psicosexuales sobre el origen de su neurosis. Nos llevaría demasiado profundizar en todos los detalles, pero, el 30 de marzo, el niño fue llevado a la consulta de Freud quien halló que Hans continuaba sufriendo de una fobia contra los caballos, a pesar de toda la instrucción sexual que se le había dado. Hans explicó que se hallaba especialmente preocupado «por lo que los caballos llevan en frente de sus ojos y por el color negro alrededor de su boca». Freud interpretó esto último como significando un bigote. «Le pregunté si quería decir un bigote»; luego le dijo a Hans que estaba «atemorizado por su padre» precisamente porque éste «sentía mucho afecto por su madre». Le hizo observar a Hans que su miedo a su padre no tenía fundamento.

Un poco más tarde, Hans dijo a su padre que le daban mucho miedo los caballos con «una cosa en su boca», que temía que los caballos se fueran a caer, y que lo que le daba más miedo eran los autobuses de tiro caballar. Respondiendo a una pregunta de su padre, Hans contó entonces un incidente que había presenciado. Los detalles fueron, luego, confirmados por su madre. Según el padre, la ansiedad se desarrolló inmediatamente después de que el pequeño Hans fuera testigo de un accidente de un autobús de tiro caballar, en el cual uno de los caballos se cayó. Aparentemente, las «cosas negras alrededor de sus bocas » se referían a los bozales que llevaban los caballos.

Durante todo este tiempo el padre estuvo tratando de imbuir ideas psicoanalíticas en el niñito, haciendo sugerencias que Hans generalmente rechazaba, aunque a veces se mostraba de acuerdo ante la presión del padre.

El pequeño Hans eventualmente sanó, tal como era de esperar, del relativamente ligero grado de fobia que padeció. No hay prueba alguna de que las interpretaciones psicoanalíticas que se le dieron le ayudaran en nada, y no hay relación entre las épocas en que mejoró y las épocas en que pareció obtener la «percepción» de su condición.

¿Qué podemos decir de este caso (que debiera ser leído íntegramente, junto con la crítica de Wolpe y Rachman, por todo el que se interese en la manera en que Freud llevaba sus investigaciones)?.

En primer lugar, el material ha sido claramente seleccionado; se presta la máxima atención a temas que pueden ser relacionados con la teoría psicoanalítica, mientras hay una tendencia a ignorar otros hechos. El mismo Freud hizo notar que el padre y la madre se encontraban, ambos, «entre mis más íntimos seguidores», y resulta claro que Hans fue constantemente animado, directa e indirectamente, a decir cosas que se relacionaran con la doctrina psicoanalítica.

En segundo lugar, está claro que el relato, del padre es altamente sospechoso, porque sus interpretaciones de lo que dice el niño no están claramente justificadas por los hechos de la situación, o las palabras usadas por el pequeño Hans. Hay muchas distorsiones en el informe del padre, y debe ser leído con suma cautela.

Además, el testimonio del mismo Hans es dudoso. Dijo numerosas mentiras en las últimas semanas de su fobia, y dio muchos informes inconsistentes y ocasionalmente contradictorios. Lo más importante de todo, además, es que muchas de las impresiones y sentimientos atribuidos a Hans, pertenecen en realidad a su padre, que pone palabras en su boca. El mismo Freud admite esto, pero trata de disculparlo. Y dice:

Es cierto que durante el análisis a Hans debieron decírsele muchas cosas que no podía decir él mismo, que debieron sugerírsele pensamientos que hasta entonces no había dado señales de poseer, y que su atención debió ser dirigida en el sentido en que su padre esperaba obtener algún resultado. Esta disminuye el valor probatorio de los análisis, pero el procedimiento es el mismo en cada caso, porque el psicoanálisis no es una investigación científica imparcial, sino una medida terapéutica.

Así Freud parece estar de acuerdo con sus muchos críticos que dicen que «el psicoanálisis no es una investigación científica imparcial» y esta idea lo penetra hasta tal grado que posiblemente su valor probatorio quede reducido a cero.

La interpretación de Freud de la fobia de Hans es que los conflictos edípicos del niño forman la base de la enfermedad. Dice:

Había tendencias en Hans que ya habían sido reprimidas, y para las cuales, hasta lo que podemos decir, nunca habían podido encontrar expresión inhibitoria: sentimientos de hostilidad y de celos contra su padre, e impulsos sádicos (premoniciones, en este caso, de copulación) hacia su madre. Tales supresiones primitivas tal vez llegaron a crear la predisposición para su subsiguiente enfermedad. Estas propensiones agresivas de Hans no encontraron salida, y tan pronto como llegó un tiempo de privación e intensificada excitación sexual, trataron de salir al exterior con redoblada fuerza. Fue entonces cuando la batalla que llamamos su «fobia» estalló.

Esta es la familiar teoría de Edipo, según la cual Hans deseaba reemplazar a su padre, al que no podía dejar de odiar como a un rival, y luego completar el acto sexual tomando posesión de su madre. Como confirmación, Freud se refiere a «otro acto sistemático acaecido como por accidente», que implicaba «la confesión de que él hubiera deseado ver muerto a su padre»... «Justo en el instante en que su padre estaba hablando de su muerte, Hans dejó caer al suelo un caballo de juguete con el que estaba jugando... de hecho lo hizo adrede ». Freud pretende que «Hans era realmente un pequeño Edipo que quería ver a su padre fuera de su camino, suprimirle, de manera que él pudiera quedarse sólo con su guapa madre y dormir con ella». La predisposición a la enfermedad aportada por el conflicto de Edipo es la que se supone que puso la base para «la transformación de su deseo libidinoso en ansiedad».

¿Cuál es el eslabón entre todo esto y los caballos?. En su única entrevista con Hans, Freud le dijo al niño que éste tenía miedo a su padre porque sentía celos y hostilidad contra él. Dice Freud: «Al decirle esto interpreté parcialmente su temor de que los caballos se cayeran; el caballo debe ser su padre... al que él tenía buenas razones internas para temer». Freud dijo que el miedo de Hans a los bozales delos caballos y a sus anteojos, se fundamentaba en los bigotes y las gafas, había sido «directamente transpuesto de su padre a los caballos». Los caballos «representaban a su padre». Freud interpretó el elemento agorafóbico (7) de la fobia de Hans así:

Su fobia le imponía muchas restricciones en libertad de movimientos, y tal era su propósito... después de todo, la fobia de Hans por los caballos era un obstáculo para que él saliera a la calle, y podía servir como un medio de permitirle permanecer en casa con su amada madre. De esta manera, pues, su afecto por su madre logró triunfalmente su objetivo.

En su crítica del caso, Wolpe y Raclírnan afirman categóricamente:

Nuestra convicción es que la visión de Freud en este caso no está corroborada por los datos, tanto en particular como en conjunto. Los puntos principales que él considera como demostrados son estos:

(1). Hans sentía un deseo sexual hacia su madre.

(2). Él odiaba y temía a su padre y deseaba matarle.

(3). Su excitación sexual y su deseo hacia su madre se transformaron en ansiedad.

(4). Su miedo a los caballos era un símbolo de su miedo a su padre.

(5). El propósito de la enfermedad era permanecer cerca de su madre.

(6). Y, finalmente, su fobia desapareció porque resolvió su complejo de Edipo.

Examinemos cada uno de estos puntos.

(1). Que Hans derivaba satisfacción de su madre y le complacía su compañía no vamos siquiera a intentar negarlo. Pero en ninguna parte se observa prueba alguna de su deseo de copular con ella. Las «premoniciones instintivas» son consideradas como un hecho evidente, aún cuando no se da ninguna prueba de su existencia.

(2) No habiendo nunca expresado miedo ni odio hacia su padre, Freud le dijo a Hans que experimentaba tales emociones. En ocasiones posteriores Hans negó la existencia de tales sentimientos cuando su padre le interrogó sobre ello. Eventualmente respondió «sí» a una aseveración de este tipo hecha por su padre. Esta simple afirmación obtenida después de una presión considerable por parte de su padre y de Freud es aceptada como algo definitivo y todas las negativas de Hans son ignoradas. El «acto sintomático» de derribar el caballo de juguete es tomado como una prueba suplementaria de la hostilidad de Hans hacia su padre. Hay tres suposiciones en la base de este «acto interpretado»: primero, que el caballo representa al padre de Hans; segundo, que el derribo del caballo no es accidental, y tercero que este acto indica el deseo de la supresión de lo que el caballo simboliza, sea lo que fuere.

Hans negó repetidamente la relación entre el caballo y su padre. Aseguró que le daban miedo los caballos. El misterioso color negro alrededor de la boca de los caballos y las cosas en sus ojos se descubrió luego, por el padre, que eran los bozales y anteojeras de los caballos. Este descubrimiento mina la sugerencia, hecha por Freud, de que se trataba de bigotes y gafas transpuestos. No hay ni una sola prueba de que los caballos representaran al padre de Hans. La suposición de que el derribo del caballo de juguete tenía un significado y que fue impulsado por un motivo inconsciente es, como la mayoría de ejemplos similares, un punto discutible.

Como no hay riada que apoye las dos primeras suposiciones hechas por Freud al interpretar este «acto sintomático», la tercera suposición (que ese acto indicaba el deseo de la muerte de su padre) es insostenible; y debe ser reiterado que no hay evidencia independiente de que el niño temiera u odiara a su padre.

(3). La tercera aseveración de Freud es que la excitación sexual de Hans y el deseo por su madre se transformaron en ansiedad. Esta aseveración se basa en el aserto de que «las consideraciones teóricas requieren que lo que hoy es el objeto de una fobia ha debido ser en el pasado una fuente de un alto grado de placer». Ciertamente tal transformación no se deduce de los actos presentados. Como se ha dicho anteriormente, no hay evidencia de que Hans deseara sexualmente a su madre. Tampoco hay evidencia de cambio alguno en su actitud hacia ella antes de la aparición de la fobia. Aun cuando es posible que, hasta cierto punto, los caballos previamente fueran una fuente de placer, en general la opinión de que los objetos fóbicos hayan sido fuente de placeres con anterioridad es ampliamente contradictoria por la evidencia experimental.

(4). La aseveración de que la equino-fobia de Hans simbolizaba un temor a su padre ya ha sido criticada. La supuesta relación entre el padre y el caballo es indemostrable y parece haber surgido a causa de la extraña incapacidad del padre para darse cuenta de que por «el color negro alrededor de la boca» Hans se refería a los bozales de los caballos.

(5). La cuarta aseveración es que el propósito de la fobia de Hans era permitirle estar cerca de su madre. Aparte de la muy discutible opinión de que los desarreglos neuróticos ocurren con un propósito, esta interpretación es errónea debido al hecho de que Hans experimentaba ansiedad incluso cuando salía a pasear con su madre.

(6). Finalmente, se nos dice que la fobia desapareció a resultas de la solución de los conflictos edípicos de Hans. Como hemos intentado demostrar, no hay evidencia adecuada de que Hans tenía un complejo de Edipo. Además, la pretensión de que este supuesto complejo se solucionó se basaba en una simple conversación entre Hans y su padre. Esta conversación es un ejemplo flagrante de lo que el mismo Freud refiere como que a Hans se le debían de decir muchas cosas que él no sabía expresar, que debieron sugerírsele pensamientos que hasta entonces no había dado señales de poseer, y que su atención debió ser dirigida en el sentido en que su padre esperaba obtener algún resultado.

No hay, tampoco, prueba satisfactoria de que las «percepciones» que constantemente eran presentadas a la atención del niño tuvieran valor terapéutico alguno. La referencia a los hechos del caso muestra sólo ocasionales coincidencias entre interpretaciones y cambios en las reacciones fóbicas del niño... De hecho, Freud basa sus conclusiones enteramente en deducciones de su teoría. La posterior mejoría de Hans parece haber sido suave y gradual y no afectada por las interpretaciones. En general, Freud infiere relaciones de una manera científicamente inadmisible: si los esclarecimientos o interpretaciones dadas a Hans preceden a mejorías de conducta, entonces son automáticamente aceptadas como válidas. Si no son seguidas por mejorías se nos dice que el paciente no las ha aceptado, pero no que son inválidas. Discutiendo sobre el fracaso de estos primeros esclarecimientos, Freud dice que en cualquier caso el éxito terapéutico no es el objetivo primario del análisis (desviando así el fin y contradiciendo su anterior afirmación de que el psicoanálisis es una medida terapéutica, no una investigación científica). Freud no deja de pretender que una mejoría es debida a una interpretación incluso cuando ésta sea errónea, por ejemplo, la interpretación del bigote.

¿Cómo, pues, debería interpretar el psicólogo moderno los orígenes de la fobia de Hans?. En el último capítulo mencionamos los experimentos de Watson con el pequeño Albert, mostrando cómo los temores fóbicos podían ser producidos en los niños pequeños mediante un simple proceso de condicionamiento y podían durar mucho tiempo. Puede pues suponerse que el incidente a que se refiere Freud como la simple causa excitatoria de la fobia fue, de hecho, la causa de todo el problema, es decir, el momento en que ocurrió el accidente callejero y el caballo cayó. Hans dice, textualmente: «No. Sólo la tuve (la fobia) entonces. Cuando el caballo y el autobús cayeron, realmente, ¡me asusté mucho!. Entonces fue cuando pasó esto». El padre dice: «Todo esto fue confirmado por mi esposa, así como el hecho de que la ansiedad apareció inmediatamente después. «Además, el padre pudo informar sobre otros dos incidentes desagradables que Hans tuvo con caballos, antes de la aparición de la fobia. Es probable que tales incidentes hubieran sensibilizado a Hans con respecto a los caballos o, en otras palabras, que ya hubiera sido parcialmente condicionado al temor a los caballos.

Wolpe y Rachman hacen las siguientes observaciones:

Así como el pequeño Albert, en la demostración clásica de Watson, reaccionó con ansiedad, no sólo al estímulo condicionado original, una rata blanca, sino también a otros estímulos similares, tales como objetos de piel, lana y demás, también Hans reaccionó ansiosamente ante los caballos, autobuses de tracción caballar, carromatos y rasgos de caballos tales como sus anteojeras y sus bozales. De hecho, mostró temor ante una amplia gama de estímulos generalizados. El accidente que provocó la fobia involucraba a dos caballos tirando de un autobús y Hans dijo que le daban más miedo los carromatos, carros o autobuses grandes que los pequeños. Como cabría esperar, cuanto menos próximo se halla un estímulo fóbico del incidente original, menos perturbador lo encontraba Hans. Más aún: el último aspecto de la fobia en desaparecer fue el miedo de Hans a los carromatos y autobuses grandes. Existe una amplia evidencia experimental en el sentido de que cuando las respuestas a estímulos generalizados llegan a la extinción, las respuestas a otros estímulos disminuyen tanto menos cuanto más se parecen a los estímulos condicionados originales.

La curación de la fobia de Hans puede ser explicada con principios condicionales de diversas maneras posibles, pero el verdadero mecanismo que operó no puede ser identificado, ya que el padre del niño no se preocupó sobre qué clase de información podía ser de interés para nosotros. Es bien sabido que, especialmente en los niños, muchas fobias decaen y desaparecen después de unas cuantas semanas o meses. La razón parece ser que en el curso ordinario de la vida estímulos fóbicos generalizados pueden evocar respuestas suficientemente débiles para ser inhibidas por otras respuestas emocionales simultáneamente aparecidas en el individuo. Tal vez este proceso fue una verdadera fuente de curación de Hans. Las interpretaciones pudieron haber sido irrelevantes a incluso pudieran haber retrasado la curación añadiendo nuevos stress y nuevos temores a los ya existentes. Pero ya que Hans no parece haberse sentido muy preocupado por la interpretación, parece más probable que la terapia realmente le ayudó, porque los estímulos fóbicos eran una y otra vez presentados al niño en una variedad de contextos emocionales que posiblemente inhibieron la ansiedad y por consiguiente disminuyeron su fuerza de hábito. La gradualidad de la curación de Hans está acorde con una explicación de este tipo.

Debe ser más bien temerario intentar reinterpretar una fobia de un niño que fue tratado hace setenta y cinco años. No obstante, los hechos encajan de manera notablemente nítida, y por lo menos, aquí nos dan una teoría alternativa que, a mucha gente, le parecerá más plausible que la original ideada por Freud. De cualquier modo, lo que claramente se precisa es un método de prueba que decida entre esas interpretaciones alternativas, no tanto con referencia al pequeño Hans, sino a casos que puedan surgir ahora y que puedan ser tratados con métodos con la clase de teoría de Freud, o con la de Wolpe. Ya nos hemos ocupado de este tema en el último capítulo, y por lo tanto sólo mencionaremos las conclusiones a que llegaron Wolpe y Rachman, sobre la base de su examen del caso del pequeño Hans, a propósito de la validez que este caso aporta a las teorías freudianas:

La conclusión principal que se deduce de nuestro examen del caso del pequeño Hans es que no aporta nada que se parezca a una demostración directa de los teoremas psicoanalíticos. Hemos rastrillado el relato de Freud en busca de evidencia que resultara aceptable ante el tribunal de la ciencia, y no hemos encontrado ninguna... Freud creía que había obtenido en el pequeño Hans una confirmación directa de sus teorías, pues habla, hacia el final, de los complejos infantiles que fueron revelados tras la fobia de Hans». Parece claro que, aunque él quería ser científico... Freud era sorprendentemente ingenuo a propósito de los requisitos de la evidencia científica. Los complejos infantiles no fueron revelados (demostrados) tras la fobia de Hans: fueron, simplemente, hipotetizados.

Es admirable que incontables psicoanalistas hayan rendido homenaje al caso del pequeño Hans, sin sentirse ofendidos por sus evidentes imperfecciones. No vamos a intentar explicar esto aquí, excepto para llamar la atención sobre una probable influencia mayor: una creencia tácita entre los analistas de que Freud poseía una especie de percepción infalible que le absolvía de la obligación de obedecer a las reglas aplicables a los hombres ordinarios. Por ejemplo, Glover, hablando de otros analistas que se arrogan a sí mismos el derecho que Freud reclamó de someter su obra a «un toque de revisión», dice: «Sin duda, cuando alguien del calibre de Freud aparece entre nosotros se le concederá libremente... este privilegio». Y, en otro lugar: «Conceder tal privilegio a cualquiera es violar el espíritu de la ciencia».

Hemos discutido con algún detalle la teoría del desarrollo del niño propugnada por Freud, la evidencia relacionada con ella, y el caso del pequeño Hans que él utilizó para presentar las ideas del psicoanálisis infantil al mundo. El resultado de este examen es pobre. Reproduce una ausencia completa de actitud científica en Freud, una ingenua fe en la interpretación de una naturaleza altamente especulativa, un desinterés y una falta de respeto por los hechos observables, una incapacidad para tener un cuenta teorías alternativas, y una creencia mesiánica en su propia infalibilidad, junto con un desprecio hacia sus críticas. Esta no es una mezcla adecuada para generar un conocimiento científico y, por cierto, incluso hoy, setenta y cinco años después del caso del pequeño Hans, analizado por Freud, no estamos más cerca de encontrar una evidencia aceptable en pro de las especulaciones de Freud sobre los complejos de Edipo, los temores de castración y la primitiva sexualidad infantil. Estos términos han penetrado la conciencia pública, y son ampliamente utilizados para sazonar escritos y conversaciones de literatos y otras personas sin base científica, pero entre los psicólogos que exigen una cierta clase de evidencia en soporte de las aseveraciones fácticas queda ya muy poca fe en la validez de estos conceptos freudianos. Las razones de esta incredulidad han quedado aclaradas en el curso de este capítulo, de manera que nos limitaremos a hacer constar cuán notable es que esas especulaciones indemostradas hayan podido llegar a ser tan ampliamente aceptadas por psiquiatras y psicoanalistas, que Freud consiguiera persuadir a gentes muy inteligentes de la solidez de sus argumentos, y que sus métodos llegaran a ser tan corrientemente usados y aplicados en el tratamiento de las neurosis y de otras enfermedades. Será tarea de los historiadores de la ciencia explicar cómo llegó a suceder todo esto. Yo, por mi parte, no tengo ninguna sugerencia que hacer sobre este hecho verdaderamente maravilloso. Me parece que tiene más de una conversión religiosa que de una persuasión científica, que está basado en la fe y en la credulidad más que en hechos y experimentos, y fundamentarse más en la sugestión y en la propaganda que en la prueba y la comprobación. ¿Es que hay, de hecho, alguna evidencia experimental en favor de la idea freudiana?. De este problema vamos ahora a ocuparnos en los dos próximos capítulos.

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