CAPITULO SEXTO
EL ESTUDIO EXPERIMENTAL DE LOS
CONCEPTOS FREUDIANOS
Siéntate ante el hecho como un
niño pequeño, prepárate a abandonar toda noción preconcebida, sigue humildemente hacia
los abismos a que te conduzca la naturaleza, o no aprenderás nada.
T. H. Huxley
Hemos
visto en precedentes capítulos que Freud efectivamente rehusó usar dos de los
principales, bien establecidos y científicos métodos para respaldar sus temas teóricos.
Se opuso al uso de pruebas clínicas, con grupos experimentales y de control, para evaluar
la efectividad de la terapia sobre la que había basado sus pretensiones sobre el valor
científico de sus teorías. Igualmente, rehusó reconocer la relevancia de la
observación detallada y fáctica del niño para demostrar sus teorías psicosexuales del
desarrollo. ¿Cuál fue su actitud ante el tercer método principal que utilizan los
científicos para respaldar sus teorías, concretamente el acceso experimental?. Aquí el
experimentador varía una condición que se piensa que es relevante para el fenómeno en
cuestión y observa el efecto sobre el mismo fenómeno; es decir, manipula la variable
independiente y estudia su influencia sobre la variable dependiente.
La
actitud de Freud ante esto, probablemente el más decisivo y convincente método
científico, es revelada en su famosa postal a Rosenzweig, fechada en 1934, que es una
réplica al informe que Rosenzweig le mandó sobre sus intentos de estudiar
experimentalmente la represión. Freud dijo: «No puedo atribuir mucho valor a esas
confirmaciones porque la validez de las observaciones fiables sobre las cuales reposan
esas aserciones las hace independientes de la verificación experimental. Añadió
magnánimamente: « No obstante, no puede hacer ningún daño». Nada podría demostrar
más claramente el carácter no-científico de Freud; en su opinión, no hacían falta
experimentos para confirmar sus hipótesis, ni tampoco podían influenciarlas. Ninguna
otra disciplina solicitando atención se ha distanciado más clara y decisivamente de la
comprobación experimental de sus teorías; incluso la astrología y la frenología hacen
propuestas que son empíricamente comprobables, y han sido comprobadas, aunque sin éxito.
Está
claro que hay dificultades en llevar a cabo experimentos cuando se trata de sujetos
humanos, y cuando las teorías tratan de fenómenos más bien intangibles. Las
consideraciones éticas juegan un papel importante; no podemos causar emociones demasiado
fuertes en nuestros sujetos de laboratorio, porque ciertamente no sería permisible. En
conjunto, las teorías freudianas se ocupan sobre todo de emociones, y éstas son
difíciles de producir artificialmente. Los juegos de laboratorio hacen sentirse
incómodos a la mayoría de sujetos, y ello interfiere a menudo en lo que el
experimentador espera que serían las reacciones normales ante estímulos experimentales.
Los experimentos con seres humanos no son imposibles, pero son difíciles, y requieren una
buena dosis de ingenuidad y persistencia. Mucho se ha hecho en este sentido, a pesar del
desdén de Freud, y una admirable relación de tales estudios se encuentra en el libro de
Paul Kline, «Hecho y Fantasía en la teoría freudiana». H. J. Eysenk y G. D. Wilson, en
su libro «El Estudio Experimental de las Teorías Freudianas» se concentraron en los
experimentos que se supone respaldan mejor las teorías de Freud, haciendo notar las
falacias metodológicas y estadísticas involucradas, y el rechazo de las teorías
alternativas para explicar los resultados, un fallo que es característico de una buena
parte de tal literatura. En este capítulo sólo podemos echar una ojeada a algunas de las
más interesantes y memorables investigaciones que se han hecho, principalmente para
indicar la manera en que los psicólogos han tratado de soslayar las dificultades
inherentes al acceso experimental.
Algunos
de los procedimientos utilizados por psicólogos y psicoanalistas son ciertamente muy
curiosos, y de hecho no deberían ser considerados como experimentales en un sentido
significativo. Consideremos, por ejemplo, los «experimentos » hechos por G. S. Blum,
usando los llamados «dibujos de Blacky». Esos dibujos son un juego de doce caricaturas
representando una familia de perros, en situaciones que son particularmente relevantes
para la teoría psicoanalítica. La familia consta de cuatro perros: los padres, Blacky
(que puede ser macho o hembra, dependiendo del sexo del sujeto que se somete al test), y
Tippy, un hermano de Blacky. A los sujetos se les pide que expresen una pequeña historia
sobre lo que ellos piensan que sucede en cada dibujo, y cómo se siente cada uno de los
protagonistas. Entonces el experimentador anota ese relato espontáneo para la presencia o
ausencia de perturbaciones en el área afectada. Además el sujeto debe responder a
diversas preguntas sobre las caricaturas, y también debe clasificar los dibujos entre los
que le gustan y los que no le gustan, y de entre ambos grupos, escoger el que más le
gusta y el que menos. Ambas elecciones se supone que son síntomas de perturbaciones en
las áreas relevantes. Como ejemplo de esta clase de interpretación, una de las
caricaturas representa a un Blacky macho contemplando a sus padres mientras hacen el amor;
esto se supone que es indicativo de una intensidad edípica. Blacky lamiendo sus genitales
se supone que es indicativo de culpabilidad masturbadora; Blacky viendo como los padres
acarician a Tippy muestra una incipiente rivalidad entre hermanos, etcétera. Otra
caricatura muestra a Blacky mirando a Tippy, cuya
cola está a punto de ser cortada; se supone que esto indica ansiedad de castración en
los machos o deseo de pene en las hembras (!).
Kline
ha observado un elevado número de estudios llevados a cabo con estos dibujos, y concluye
que «se descubrió que la mayoría de estudios no se relacionaban en absoluto con la
teoría. Sólo dos de ellos parecen ser verdaderamente relevantes... uno de ellos
respaldaba la teoría (el carácter anal), el otro, no (el carácter oral)». En esos dos
estudios, la hipótesis analizada fue la noción de Freud de que los niños pasan a
través de una variedad de etapas (anal, oral, genital) y pueden quedar fijados en una de
tales etapas, desarrollando un temperamento apropiado. Se supone que el carácter anal
está constituido por los rasgos de la parsimonia, el orden y la tenacidad, y procede de
un erotismo anal reprimido. El carácter oral, por otra parte, se caracteriza por la
impaciencia, la hostilidad, la verborrea y la generosidad. Parece que las personas que
tienen el llamado carácter anal adoptan la reacción apropiada ante los relevantes
dibujos Blacky, pero los que tienen el llamado carácter oral no consiguen mostrar la
reacción correcta ante los dibujos correspondientes al carácter oral. En el mejor de los
casos, pues, llegaríamos a una solución que es completamente indecisa, pero ¿no hay
explicaciones alternativas del aparentemente positivo resultado? . Como ha sido observado,
mas bien groseramente, los dibujos «anales» de Blacky son un tosco índice de estudios
de perros defecando, y uno hubiera esperado que la reacción del tipo de persona más bien
introvertida (cuya conducta se parece más a la del llamado tipo anal) se diferenciara de
la del tipo extrovertido. Así, hay una clarísima explicación alternativa, que no es
tomada en consideración por los que llevan a cabo estos tests.
En
cualquier caso, la suma de resultados positivos no es lo bastante amplia para justificar
una gran confianza en el valor de la técnica, o en la supuesta verificación de las
hipótesis freudianas. Otras técnicas llamadas «proyectivas», es decir, estudios en los
que dibujos o manchas de tinta son mostrados al sujeto y éste debe inventar historias a
propósito de ellos, «proyectando» así sus ideas sobre los dibujos, han sido usadas
también para estudiar los complejos de Edipo y de castración. Kline los ha estudiado y
los encuentra totalmente inconvincentes, con la posible excepción de un estudio en el
cual se comparaban a niños israelíes de un kibbutz
con otros que no habían estado en un kibbutz, usando
los dibujos Blacky. Las hipótesis eran que cuando se comparaba a los niños criados en un
kibbutz con otros criados en una familia, los
niños de un kibbutz exhibirán menos
intensidad edípica, mientras que los niños de una familia mostrarían mayor
identificación con el padre. Estas hipótesis fueron respaldadas, en muestras muy
pequeñas, pero, ¿respaldan realmente los resultados la teoría freudiana?. En el kibbutz los niños son criados por una nurse, viven comunalmente, y ven a sus padres
sólo un rato en el curso del día (generalmente por las noches). Tal régimen parecería
originar las diferencias observadas, pues cuanto menos se ve a los padres, más pequeño
es el apego emocional hacia ellos. Esto no parece tener mucho que ver con el complejo de
Edipo; hay una interpretación perfectamente natural basándose en el sentido común.
Así, el trabajo con los dibujos Blacky, tal vez el ejemplo más ampliamente citado de
estudios empíricos respaldando las teorías freudianas, resulta tener muy poco valor
verídico por lo que se refiere a estas teorías. Las deducciones extraídas son de dudoso
valor, se descubre que las interpretaciones no son de fiar, y se sabe que las respuestas
varían de una ocasión a otra. Y lo que es peor de todo es que los resultados que se
presentan como positivos pueden ser, por lo general, más fácilmente interpretados en
términos de sentido común que no recurren a hipótesis freudianas en absoluto. Kline
dedica muchas páginas a un debate sobre los diversos hallazgos de autores que utilizaron
los dibujos Blacky, y llega, en conjunto, a una conclusión similarmente pesimista.
La
teoría psicosexual de Freud, que es de una importancia capital en su obra, implica tres
proposiciones empíricas básicas. La primera es que existen ciertos síndromes de
personalidad adulta, y que pueden ser medidos y demostrados, y la segunda que esos
síndromes se relacionan con procedimientos de la crianza del niño. La tercera
implicación, concretamente la de que el erotismo progenital puede observarse en los
niños, ya ha sido debatida y no vamos a tratar de ella aquí. Freud postula esencialmente
tres fases que conducen a una cuarta y última fase. Como él dice: «La vida sexual no
empieza sólo en la pubertad, sino que se inicia con manifestaciones claras poco después
del nacimiento... la vida sexual comprende las funciones de obtener placer de zonas del
cuerpo... una función que más tarde es puesta al servicio de la de la reproducción».
Este impulso sexual se manifiesta a través de la boca durante el primer año de la vida
del niño; es la llamada fase oral. Le sigue la
fase anal, cuando hacia el tercer año de la
vida la zona erotogénica del ano se convierte en la central. En tercer lugar, hacia los
cuatro años de edad, llega la fase fálica. La
fase final de la organización sexual es la fase
genital, que se establece después de la pubertad, cuando todas las fases previas
están organizadas y subordinadas a la finalidad sexual adulta en la función
reproductiva.
Freud
mantiene que esta sexualidad infantil es crítica en el desarrollo de la personalidad del
individuo, y su represión produce ciertos rasgos de personalidad adulta, tales como la
triada de la parsimonia, el orden y la obstinación, que se supone se derivan de la
represión del erotismo anal. Como dice Freud: «Los rasgos permanentes del carácter son,
o bien perpetuaciones incambiables del impulso original, sublimaciones de las mismas, o
bien formaciones de reacción contra ellos». Así, él considera el besar como la
perpetuación del erotismo oral, el sentido del orden como una formación de reacción
contra el erotismo anal, y la parsimonia como una sublimación del erotismo anal. Las
diferencias en la crianza del niño, tales como la duración y naturaleza del proceso de
nutrición y destete, son responsables del efecto final que se observa como rasgos de
personalidad en el adulto. ¿Cuál es la evidencia?. Puede decirse que existe alguna
evidencia observativa de que los rasgos que Freud creía que iban juntos para formar esas
diversas constelaciones, de hecho van juntos. Esta es una condición necesaria pero no
suficiente para aceptar esquemas. Como ejemplo, tomemos el pesimismo oral como opuesto al
optimismo oral. Esto fue investigado por Frieda Goldman-Eisler que seleccionó diecinueve
rasgos que han sido mencionados por escritores psicoanalíticos como portadores de
connotaciones orales; concretamente, optimismo, pesimismo, exocatexis (es decir,
relaciones emocionales ante cosas y acontecimientos externos), endocatexis (reacciones
similares ante eventos internos), crianza, pasividad, sociabilidad, apartamiento,
agresión, culpabilidad, dependencia, ambición, impulsión, deliberación, cambio,
conservadurismo e inasequibilidad. Estos rasgos fueron evaluados en ciento quince sujetos
adultos, y sus inter-relaciones establecidas. Lo que surgió fue una dimensión clara,
yendo desde el polo optimista oral (apartamiento, endocatexis, pesimismo, dependencia,
pasividad). Aparentemente, pues, la hipótesis freudiana había sido demostrada.
No
obstante una inspección más detallada de los resultados y de los elementos utilizados
para la evaluación deja muy claro que la dimensión etiquetada por Goldman-Eisler
«optimismo oral contra pesimismo oral» es, de hecho, muy parecida, e incluso idéntica,
a una bien conocida dimensión de la personalidad, llamada extraversión-introversión.
Exocatexis e indocatexis son simplemente traducciones griegas de los términos
«extraversión» e «introversión»; es bien conocido que los extrovertidos buscan el
cambio, mientras los introvertidos son pasivos y solitarios, etcétera. Ciertamente estas
observaciones se remontan a Hipócrates y a los antiguos griegos, de modo que no puede
sorprender que Freud notara las mismas relaciones de rasgos que han sido observadas por
filósofos y psicólogos durante cientos de años. Por consiguiente debe decirse que esta
relación es completamente freudiana.
Lo que
importa es la hipótesis causal de Freud, que relaciona esas constelaciones de rasgos con
los acontecimientos de los primeros tiempos de la vida del niño. A priori este es un
postulado inverosímil, porque, en primer lugar, hay ahora clara evidencia de que los
rasgos de personalidad de este tipo se basan muy fuertemente en fundamentos genéticos; en
otras palabras, son mucho más heredados que adquiridos. Esto inmediatamente reduce de una
manera considerable la importancia de la manipulación del medio ambiente.
Con
todo, posiblemente aún más importante es la distinción hecha por los modernos
geneticistas conductistas que hablan de determinantes ambientales dentro de la familia y
entre la familia. Cuando hablamos de determinantes ambientales entre la familia, nos
referimos a cosas tales como diferentes status socioeconómicos,
diferentes facilidades educacionales, diferentes cualidades intelectuales del hogar,
diferentes valores paternales y maternales, hábitos y prácticas de crianza, etc.; en
otras palabras, nos ocupamos de los rasgos ambientales que distinguen a una familia de
otra.
Los
factores determinantes dentro de la familia se relacionarían con factores que
diferencialmente afectan a niños dentro de una misma familia. Un ejemplo podría ser que
un niño tuviera un maestro particularmente bueno mientras su hermano o hermana tuviera
mucha menos suerte. O un niño puede contraer una seria enfermedad, mientras los otros
niños de la familia escapan a ella. Ahora, ha quedado claramente demostrado en varios
estudios a gran escala en los Estado Unidos, el Reino Unido y Escandinavia, que los
determinantes ambientales de la personalidad que restan cuando los determinantes
genéticos aparecen, son factores de «dentro de la familia»; en otras palabras, no hay
pruebas del tipo de determinante ambiental que Freud propone. Por tales motivos no
esperaríamos encontrar ninguna evidencia positiva para la determinación de los grupos de
personalidad observados en la primitiva historia de la nutrición, destete, enseñanzas de
aseo, etc., del niño.
En
conjunto la evidencia no logra proporcionar ninguna prueba válida en este punto. Se
hallan ocasionalmente muy pequeñas relaciones (no siempre en el sentido esperado), pero
cuando se dan, usualmente hay una explicación alternativa mucho más respaldada que la
freudiana. Así Frieda Goldman-Eisler obtuvo ligeras correlaciones entre destete temprano
y pesimismo oral, y lo interpretó en términos freudianos. Pero considerando la
frecuentemente demostrada importancia de factores genéticos, ¿no es igualmente
verosímil que madres introvertidas, pasivas y solitarias tengan niños introvertidos,
pasivos y solitarios, y que tales madres desteten a sus hijos más pronto que las madres
optimistas y extrovertidas?. Una vez más, por lo tanto, tenemos un caso en el cual una
explicación ambiental de la correlación entre padres e hijos es la preferible cuando no
hay evidencia que nos permita descontar la alternativa genética.
Debiera
también tenerse en cuenta que hay muchos rasgos en el estudio de Goldman-Eisler que van
directamente en contra de la predicción freudiana. Así, como hace observar, «los datos
no confirman la afirmación psicoanalítica de que toda frustración, impaciencia y
agresión oral son inseparables o incluso
relacionadas». En su análisis estadístico, ella consideró necesario postular dos
factores para explicar todas las inter-relaciones entre los rasgos, más que el factor que
la teoría freudiana postularía. Kline, en la primera edición de su libro, analizando
los resultados relativos a los síndromes de la personalidad psicosexual, se vio obligado
a admitir la siguiente conclusión: «De entre el considerable número de estudios que
tratan de relacionar los procesos de crianza del niño con el desarrollo de la
personalidad, sólo dos estudios respaldan levemente la teoría freudiana». Aquí se
refiere al estudio de Goldman-Eisler del que acabamos de hablar, y a uno suyo, en el que
utilizó los dibujos Blacky. Kline es considerablemente más sofisticado que la mayoría
de autores en este campo, y en particular se esfuerza en demostrar que la teoría
psicoanalítica en dicho campo es más compleja de lo que muchos investigadores habían
supuesto. Observa que «además del variable ambiental existe el variable constitucional (el sello anal)... sólo cuando se
aplica un severo entrenamiento a un niño del sello anal, se desarrollará el carácter
anal». En otras palabras, se da cuenta de que los factores genéticos juegan un papel
importante, e interactúan con variantes ambientales, tales como acostumbrar al niño el
uso del orinal, para producir (¡si, de hecho, lo producen!) el carácter anal. Lo que
Kline descubrió fue que resultados altos en su escala de obsesionalidad y otros
cuestionarios similares tenían una significativa correlación con el grado de
perturbación mostrado por estudiantes confrontados con la caricatura de un perrito negro
defecando entre las perreras de sus padres (relativo a su respuesta a otra variedad de
caricaturas Blacky), La correlación con obsesionalidad fue positiva para respuestas al
crítico dibujo Blacky, tanto si eran clasificadas como «expulsivas anales» (venganza o
agresión expresada contra los padres) o «retentivas anales» (mención de ocultación a
los padres de la necesidad de limpieza).
Es
difícil ver cómo esas correlaciones le permiten afirmar que «el estudio respalda las
hipótesis freudianas relativas a la etiología de rasgos y síntomas obsesionales».
Sobre el papel admite que toda vez que la teoría psicoanalítica específicamente
hipotetiza que el carácter anal resulta de la fijación en la fase retentiva», debiera
haber una correlación negativa con el resultado expulsivo»; el hecho de que la
correlación es posible no parece preocuparle demasiado, aun cuando normalmente, en la
Ciencia, uno creería que obtener resultados que eran exactamente los opuestos a lo que
uno había predicho, no debiera permitirle a uno afirmar que los resultados respaldaban la
hipótesis.
Kline
también afirmó que sus resultados deben respaldar las teorías de Freud porque «no hay
razón lógica para enlazar respuestas a un dibujo de un perro defecando con los rasgos
obsesionales». Pero observando sus cuestionarios nos damos cuenta de que contienen
elementos relativos a la preocupación por la limpieza, por ejemplo: «Cuando usted come,
¿se pregunta cómo estarán las cocinas?», y «¿considera usted anti-higiénico tener
perros en casa?». ¿Es realmente irracional esperar respuestas a estas preguntas que se
relacionan con el dibujo de un perro defecando?. La preocupación por la higiene, la
limpieza, el orden y el autocontrol (aptitudes a estas cualidades son inevitablemente
evocadas por este particular dibujo Blacky) son claramente vitales en el síndrome de
personalidad obsesional tal como es definido en el cuestionario de Kline, y a causa de su
contenido no es necesaria ninguna aplicación freudiana para juzgar sus resultados.
En
última instancia, aunque no la menos importante, Kline asume completamente que el dibujo
de Blacky defecando es una medida de «erotismo anal», pero mientras podemos estar de
acuerdo en que el dibujo, de alguna manera, se relaciona con la parte «anal» de la
frase, es difícil encontrar justificación alguna para asumir que es, también,
«erótico». En inglés, esta palabra se refiere al amor (en esencial de tipo sexual); lo
que significa exactamente para Freud no queda muy claro en los escritos de Kline, y éste
no parece sentirse obligado a especificar de qué manera el dibujo de Blacky debiera ser
considerado como una «medida objetiva de erotismo anal». Así, ni el estudio de
Goldman-Eisler ni el de Kline nos dan razón alguna para sospechar que hay un significado
etiológico en los factores que Freud supone críticamente que determinan la personalidad.
Hay
otras fuentes de evidencia que aparentemente respaldan la opinión de que los primeros
hechos ambientales en la historia de un niño determinan el desarrollo posterior de su
carácter, siguiendo la línea de las hipótesis freudianas. Algunas de las más
prominentes serán estudiadas más tarde cuando nos ocupemos de la influencia de Freud
sobre la antropología, y la evidencia hallada en culturas diferentes de la nuestra.
Veremos que, allí, la evidencia es igualmente tenue, y deja de respaldar por completo la
visión psicoanalítica.
Consideremos
ahora lo que son más propiamente llamados estudios experimentales, dirigidos al problema
de la represión. Según Freud, «la esencia de la represión se basa simplemente en la
función de rechazar y guardar algo fuera de la conciencia». La represión es una especie
de mecanismo de defensa, para proteger al individuo contra experiencias emocionales
desagradables. Hay varios estudios ilustrando el acceso experimental de este concepto. En
uno de ellos se usaron dos historias del tema de un sueño; uno era una secuencia de un
sueño edípico, la otra, similar, pero no edípico. A los sujetos se les leía una
historia o la otra, y luego se les pedía que volvieran a contarlas. En el caso del tema
edípico el recuerdo fue significativamente peor, tal como se predecía sobre la base de
la teoría de Freud.
En otro
estudio, se sometió a los sujetos a un test de asociación de palabras, usando cien
palabras, y se les pedía que dijeran una palabra en respuesta a la palabra de estímulo
propuesta por el experimentador; durante este test se tomaron varias medidas fisiológicas
y de tiempo de reacción. El experimentador, entonces, mostró a cada sujeto diez palabras
con perturbaciones de asociación, tales como largo tiempo de reacción, índices
fisiológicos de emoción, etc. y diez sin ellas. Entonces cada sujeto debía de aprender
a decir una palabra particular en respuesta a un dibujo. Tras esto, diferentes grupos de
sujetos eran vueltos a llamar después de diversos intervalos de tiempo (quince minutos,
dos días, cuatro días, siete días) y se les pedía que recordaran tantas palabras
aprendidas como les fuera posible en cinco minutos; entonces debían volver a aprender los
emparejamientos.
Se
hicieron dos descubrimientos. Las palabras emotivas requirieron muchos más ensayos que
las neutras para ser recordadas, y no hubo diferencia en la retención de palabras
perturbadoras o neutras. Se pensó que la primera de estas conclusiones confirmaba la
teoría freudiana, pero la segunda, en cambio, no la respaldaba. No obstante, hubo una
mucha mayor variedad de asociaciones para las palabras perturbadoras, y como este factor
del número de asociaciones a palabras neutras y perturbadoras no fue controlado, los
resultados supuestamente positivos de ese estudio no pueden ser usados como corroboración
del concepto freudiano de la represión.
Hay
otros estudios que demuestran, dejando mejores técnicas experimentales, que el olvido de
asociaciones está relacionado con la emotividad de los estímulos, y Kline concluye que
«esto es, pues, un claro ejemplo de represión freudiana». Desgraciadamente, hay
hipótesis alternativas que explican estos hechos. Se ha demostrado experimentalmente que
el aprender pasa por dos etapas. La primera de ellas, la memoria a corto plazo, consiste
en circuitos repercusivos en la corteza, que pueden retener información sólo por un
breve espacio de tiempo. Para llegar a ser realmente disponible más tarde, la
información debe ser transferida a la memoria a largo plazo, que consiste en unos
arraigos químicos en las células. Este proceso de transparencia es llamado
consideración, y es facilitado por la excitación cortical, es decir, por el grado en que
el cerebro es vigorizado. Hay evidencia que demuestra que este proceso de consolidación
precisa de tiempo, y que mientras el material está siendo consolidado, no está
disponible para su recuperación, es decir, que la persona no puede recordarlo. Esta es la
teoría llamada «disminución de la acción», y causa considerables dificultades en la
interpretación de los descubrimientos tales como los arriba mencionados. Se sabe que las
palabras que producen emociones aumentan la excitación cortical, y por eso producen la
disminución de acción «durante el período de consolidación». Esta es una teoría
alternativa a la freudiana que no tomaron en consideración los autores que realizaron los
experimentos que acabamos de describir; tiene un respaldo experimental mucho más firme
que las teorías de Freud, y a menos de ser demostrada como falsa experimentalmente,
debemos concluir que los experimentos sobre la represión no nos dan ninguna clase de
respuesta definitiva a esa cuestión. Se necesitaría un esquema mucho más cauteloso del
experimento para descartar una interpretación basada en los términos de la disminución
de la acción.
Ciertamente,
lo que resulta una y otra vez del examen de la literatura empírica y experimental es que
los autores, prácticamente siempre omiten, en sus estudios y resultados, tener en cuenta
el punto de vista de la teoría psicológica, para ver si también podían haber sido
predichos, igual o mejor, en términos bien conocidos de los psicólogos académicos, más
que en términos freudianos. Hemos ya observado esta actitud en el caso del pequeño Hans,
donde, a pesar de que los hechos de la situación pueden ser muy fácilmente explicados en
términos de la teoría del condicionamiento, los psicoanalistas nunca han tratado de
hacerlo, ni de preparar tests empíricos que pudieran diferenciar entre estos dos tipos de
teoría. Elaborar experimentos para decidir entre tales teorías es considerado como una
ocupación excepcionalmente útil y valiosa para el hombre de ciencia, y aunque es muy
difícil llegar a conclusiones muy claras y a experimentos cruciales, interpretar
resultados en términos de una sola teoría, descartando completamente posibles
alternativas no se encuentra ciertamente en la mejor tradición de la investigación
científica.
Consideremos
ahora algunos estudios (18) reputados como especialmente bien concebidos y decisivos en
sus conclusiones, con referencia particular a posibles explicaciones alternativas. El
primer estudio a tener en cuenta es uno que se ocupa de los que se chupan el dedo. Se hizo
un estudio sobre la relación entre experiencias de primera nutrición en la infancia
y el chupado de dedos en los niños, probando varias hipótesis freudianas relacionando
el chupado con la oralidad. La primera cosa que se observa es que dos de las hipótesis
centrales dejaban de obtener confirmación. La cantidad de alimentación por el pecho que
se le había dado a un niño no predecía ni la duración ni la severidad del chupado de
dedos en época posterior de la infancia, ni tampoco había relación significativa entre
la edad en que se producía el destete y la duración o intensidad del chupado de dedos.
Estos hallazgos son decisivamente antifreudianos. Dos descubrimientos que podían ser
interpretados en términos freudianos eran los siguientes: los niños que habían sido
destetados tarde mostraban una reacción más severa ante el destete que niños destetados
pronto, y niños que tenían un tiempo de alimentación -en promedio- corto, por biberón
o por pecho, mostraban mayor severidad y persistencia en el chupado de dedos. ¿Pueden
estos hallazgos ser realmente usados para respaldar las teorías freudianas?.
Nótese,
antes que nada, que los niños no fueron asignados por azar: a un grupo de niños
tempranamente destetados, se opuso otro grupo destetados tarde. Por consiguiente, no
podemos descartar la posibilidad de lazos genéticos entre la conducta de los padres y la
conducta de sus hijos. Una nutrición insuficiente o excesiva por parte de la madre puede
reflejar una característica de su personalidad que se manifiesta en el niño con un
interés y prolongado chupado de dedos (es decir, en una general emotividad y
neuroticidad). Otra posibilidad es que la conducta de los niños haya influenciado la
manera en que serían tratados por sus padres. Por ejemplo, se ha descubierto que los
niños que tardaron en ser destetados y mostraron una reacción más severa contra el
destete pudo ser debido a que se les permitió mamar del pecho o del biberón más tiempo
de lo debido porque, en caso contrario habrían reaccionado fuertemente contra el destete.
Pero también podemos cuestionar por qué un corto período de nutrición implica
necesariamente una «gratificación inadecuada», como supone el autor. ¿Debemos creer
que la madre que nutre poco, realmente le quitó el biberón al bebé antes que éste
hubiera terminado?. Lo más verosímil es que se lo quitara al captar signos del niño
indicando que ya tenía bastante (por ejemplo, vomitando). La mayoría de las madres saben
que los niños varían enormemente, tanto en los momentos en que extraen leche del pecho o
del biberón, como en la cantidad que requieren antes de llegar a la saciedad. Parece
probable, pues, que el tiempo de nutrición haya sido determinado tanto por el niño como
por la madre.
Por lo
que se refiere a la relación entre la cortedad del tiempo de nutrición y la cantidad de
chupado de dedos en la infancia posterior, que es realmente el único hallazgo positivo
con algún sentido en la teoría freudiana del erotismo oral, debemos recurrir de nuevo a
la conexión genética entre la conducta de la madre y la del niño, o deberemos una vez
más sugerir que los tiempos de nutrición cortos han sido determinados por el niño, más
que por la madre. Si debiéramos de postular «un impulso de chupar« generalizado, que
variara de un niño a otro independientemente de la cantidad de alimentos requerida para
la satisfacción del apetito, entonces el niño que chupa con mucha ansia del pecho o del
biberón (mostrando así un tiempo de nutrición corto porque el punto de saciedad se
alcanza más pronto) también debería tender a ser el niño que muestra un más severo y
persistente chupado de dedos. Esta sería una teoría genética alternativa que encaja con
los hallazgos reales.
Hay
otra explicación posible. Todos los datos en cuestión se obtuvieron de informes
retrospectivos facilitados por las madres, y aún cuando se concedió un plazo de seis
meses entre los hechos anotados y el día en que fueron recogidos por el interrogador,
debemos, no obstante creer en la existencia de alguna distorsión debida a los efectos de
la motivación en la memoria. Si debemos asumir un factor de « deseabilidad social » que
induce a muchas madres a querer impresionar al doctor más que otras, entonces la madre
que informa que su hijo se chupa poco el dedo será también, probablemente, la madre que
informa que ella pasó mucho tiempo nutriendo pacientemente a su hijo. Así, tendremos una
plétora de hipótesis alternativas, ninguna de las cuales será tomada en consideración
por el autor del informe, pero todas las cuales serán probablemente más verosímiles que
la teoría freudiana que él sí tomó en consideración.
Una de
las áreas en la cual el psicoanálisis ha sido particularmente importante es la de los
desórdenes psicosomáticos: es decir, ciertas enfermedades que se supone son
desencadenadas por eventos mentales, relacionados con la sexualidad infantil, el complejo
de Edipo y otros, etc... El asma es una de tales enfermedades, y gran parte del moderno
énfasis sobre la génesis psicológica del asma ha tenido que ver con la idea de que el
significativo proceso psicodinámico en el paciente asmático es el miedo inconsciente a
la pérdida de la madre, y que el ataque de asma es un llanto reprimido. Otro acceso
etiológico al asma ha sido la consideración del papel jugado por los olores, y un par de
investigadores trataron de demostrar la hipótesis de que los ataques asmáticos
representan «un medio de defenderse fisiológicamente contra la activación mediante
olores de conflictos no solventados en la infancia». Los autores utilizaron dos accesos:
primero, recogieron información sobre los tipos de olores que provocaban ataques en los
asmáticos, y pudieron clasificar un 74% de ellos como «derivativos anales»; segundo,
anotaron asociaciones libres de asmáticos y controles sanitarios a una variedad de
olores, y descubrieron que los asmáticos mostraban más «bloqueos de asociaciones» que
los controles. Todo esto se supone respaldar una teoría psicodinámica que postula alguna
forma de etiología anal del asma. Es difícil ver cómo los hechos confirman esto. Los
olores denunciados por los asmáticos como implicados en sus ataques se clasificaron en
tres grupos: los relacionados con alimentos (tocino,
cebolla y ajo), los relacionados con el romance (perfume,
primavera, flores) y los que tienen que ver con limpieza-suciedad
(incluyendo olores sucios y desagradables, desinfectantes, azufre, humo, pintura,
caballos, etc.). Habiendo ofrecido esta clasificación, los autores súbitamente dan un
«salto» lógico que asegura el respaldo a la
teoría psicoanalítica: estos tres grupos de olores son llamados «oral», «genital» y
«anal», respectivamente, y como el 74% de todos ellos entran en la última categoría se
supone que toda la teoría freudiana sobre el significado de los experimentos con orinales
en la infancia, etc., queda así demostrada. Parece no habérseles ocurrido a los autores
que su categoría «anal» era considerablemente más amplia que las otras dos categorías
juntas, en términos de los olores abarcados, o que el 74% de los olores incluidos en esa
categoría tienen asociaciones sucias y son mucho más desagradables que los olores de perfumes y de
alimentos a la gran mayoría de gentes no-asmáticas. Sólo dos de entre cuarenta y cinco
en esta categoría eran anales en el sentido literal (es decir, el olor a heces); la
relación del ano con olores de humo, barniz, pintura, alcanfor, etc., parece más bien
tenue.
Todo lo
que parece haberse demostrado, de hecho, es que los olores que evocan ataques asmáticos
tienden a ser los que la mayoría de la gente consideraría desagradables. En una base
evolutiva hubiéramos podido esperar que estos olores produjeran una reacción de
aversión biológica, y como los síntomas del asma involucran un encogimiento de los
pasos del aire no es irracional interpretarlos como la representación de una tentativa de
evitar absorber olores que son particularmente ofensivos para el individuo. Es difícil
ver qué relación tienen estos «hallazgos» con el ano o con «conflictos no resueltos
en la infancia»; parecen encajar con la teoría fisiológica de la hipersensibilidad de
los asmáticos muy bien, pero no tienen nada que ver con la teoría freudiana.
Según
la teoría freudiana, el mayor número de «asociaciones bloqueadas» debiera haber
ocurrido con los olores anales, pero en la realidad la diferencia entre el grupo asmático
y el grupo de control se encontró en las tres categorías de olores. E incluso si estamos
dispuestos a aceptar el bloqueo de asociaciones como una medida válida de emotividad, no
es evidente por sí mismo que los olores, hasta el punto en que se hallan implicados en el
desencadenamiento de los ataques asmáticos, tiendan a ser más amenazadores para los
asmáticos que para los controladores, y susciten en aquellos una emoción mayor. Después
de todo, los síntomas de asma son muy desagradables; ¿por qué debiéramos sorprendernos
de que los pacientes den muestras de emotividad cuando son sometidos a estímulos que
verosímilmente van a precipitar el ataque?.
En otro
estudio se probó la hipótesis de que los deseos pasivos orales desempeñan un papel
importante en causar úlceras pépticas. La diferenciación, aquí, está en las
características de los alimentos que aportan una oportunidad diferencial del pasivo oral
(chupar), como opuestos a los de una gratificación agresiva oral (morder). Según la
teoría, debemos esperar que las personas orales pasivas prefieran el primero de cada uno
de los siguientes alimentos característicos, y las personas orales regresivas, el
segundo: blando y duro, líquido y sólido, dulce y amargo, soso y salado, húmedo y seco,
suave y sazonado, espeso y fino, pesado y ligero. Según la teoría psicoanalítica, la
frustración de intensos anhelos de gratificación pasiva oral juega un significativo
papel etiológico en la formación de las úlceras pépticas. Los autores del estudio
compararon a treinta y ocho pacientes de úlceras pépticas con sesenta y dos pacientes que no padecían úlceras
gastro-intestinales sobre un cuestionario de preferencias, y descubrieron que el primer
grupo obtenía un resultado «pasivo oral» más alto, es decir, que escogían blando,
líquido, dulce, soso, húmedo, suave, espeso y pesado, con preferencia a los alimentos
del segundo grupo. ¿Respaldan estos resultados la hipótesis psicoanalítica?. La
posibilidad más obvia parece ser que los pacientes de úlcera, prefieren los alimentos
«pasivos» porque son más fáciles de digerir e irritan menos el estómago que los
alimentos «agresivos». Tal consideración no parece desempeñar papel alguno en el grupo
de control, donde los diagnósticos incluidos sugieren que los desórdenes sufridos por
muchos de los sujetos podían ser clasificados como agudos o traumáticos, comparados con
úlceras que son característicamente crónicas y constitucionales. Desórdenes tales como
hernia, cáncer y lesiones en accidentes de coche no parecen entrañar una modificación
en las preferencias alimentarías de sus pacientes, mientras que las úlceras tienden a
desarrollarse lentamente a lo largo de prolongados períodos de tiempo antes de ser
precisa la cirugía... el tiempo suficiente, tal vez, para que se produzcan cambios de
adaptación en la selección de alimentos, que pueden ocurrir, ya espontáneamente, ya por
consejo médico.
Lo que
este estudio ha demostrado realmente es una relación entre úlceras y preferencias en
alimentos. Esto nos dice muy poco sobre la tendencia de causa y efecto. Tal vez las
diferencias de alimentos están directamente implicadas en la etiología de las úlceras,
y nuestra constitución bioquímica está parcialmente influenciada por los productos
químicos que ingiere nuestro cuerpo en la forma de alimentos. Hay muchas otras hipótesis
alternativas, tales como que tanto las úlceras como las preferencias alimentarías
reflejan una cierta «tercera variable», tal vez inestabilidad emocional, o ansiedad. El
estudio deja la puerta claramente abierta a las interpretaciones alternativas.
Como
último ejemplo de estudio empírico de procesos de enfermedades psicosomáticas de una
clase psicodinámica, consideremos lo siguiente. En 1905 Freud había descrito el caso de Dora, y en él relacionó la
apendicitis con las fantasías natales. A la edad de diecisiete años la paciente sufrió
un súbito ataque de apendicitis: fue analizada por Freud un año después. Descubrió que
la citada enfermedad ocurrió nueve meses después de un episodio en el cual ella recibió
propuestas «impropias» de un hombre casado. Ella se había ocupado de los hijos de este
hombre (por encargo de su verdadera mujer) y tenía secretas esperanzas de que se casaría
con ella. La conclusión de Freud fue que «el supuesto ataque de apendicitis había
permitido a la paciente... actualizar la fantasía del nacimiento de un bebé». Otros
psicoanalistas, tales como Stoddart y Groddeck, generalizaron esta idea, y varios
investigadores más la adoptaron. Yizhar Eylon llevó a cabo una detallada investigación
para comprobar la hipótesis de que «algunos acontecimientos que se inician con agudos
dolores en la fosa ilíaca derecha, lo que conlleva el diagnóstico de apendicitis aguda y
apendectomía». Comparó a un grupo de pacientes de apendicitis con un grupo
proporcionado de otros casos quirúrgicos, y halló un número significativamente mayor de
«acontecimientos de nacimientos» en las historias recientes del grupo experimental. Esos
« acontecimientos de nacimientos» incluían nacimientos verdaderos, el embarazo de
parientes próximos y bodas a las que habían asistido la misma paciente. ¿Puede ser esto
considerado como una evidencia en favor de la hipótesis freudiana?. La respuesta es no.
En la
hipótesis freudiana se halla implícita la expectativa de que «la proporción de
apéndices normales será más alta en apendectomías que sigan a acontecimientos natales
que en apendectomías que no sigan a acontecimientos natales », es decir, que el examen
patológico post-operativo de los apéndices después de su extracción revelaría una
relación entre acontecimientos natales y pseudo-apendicitis
más que una verdadera apendicitis. Los resultados de Eylon no corroboran esta
hipótesis.
Otra
hipótesis probada por Eylon que podría ser considerada como claramente crítica a la
teoría freudiana es que la asociación entre acontecimientos natales y apendicitis
debiera ser particularmente fuerte en hembras jóvenes
toda vez que ellas son presumiblemente más susceptibles a fantasías natales que las
hembras de más edad. En este caso, los resultados fueron completamente opuestos a la
predicción. Todo lo que queda, pues, es un resultado positivo más bien periférico,
concretamente una asociación general entre apendectomías y acontecimientos natales.
Incluso aquí, vale la pena notar que con los criterios que Eylon fijó inicialmente para
definir acontecimientos natales, no se detectó ninguna relación significativa con la
apendectomía. Sólo restringiendo a las «cinco personas psicológicamente más
próximas» al paciente, y disponiendo del tiempo límite, de un mes a seis meses antes o
después de la operación, fue posible obtener una diferencia significativa en el sentido
deseado por las hipótesis. Tal manipulación de datos no complace mucho a los hombres de
ciencia, porque concede una latitud indebida a relaciones accidentales que no tienen
significado estadístico, y son incontestables. Estas razones -y otras más- hacen
imposible aceptar los resultados de Eylon como demostrativos, en ningún sentido, de la
hipótesis psicodinámica.
Quedará
claro, para cualquier psicólogo experimentado, y también para cualquier hombre de
ciencia, que la tenue cadena de deducciones utilizada en la mayoría de estos estudios,
los sistemas de medidas, curiosos y poco dignos de fiar utilizados (tales como los dibujos
Blacky), y la omisión de ocuparse de hipótesis alternativas, descalificaría a la mayor
parte de estos estudios desde el principio, por su falta de valor probatorio en este
terreno. Sería difícil, por ejemplo, encontrar un solo estudio que prestara la más
mínima atención a la influencia de los factores genéticos, a pesar de su reconocida
importancia en el campo de la personalidad, de la anormalidad mental y de la neurosis. Una
despreocupación tan completa por las propiedades científicas, tanto en la preparación
de los experimentos como en la interpretación de los resultados, no evoca ciertamente un
refuerzo serio para hallar la verdad. En casi cada caso en que una relación positiva ha
sido reivindicada por el investigador, una hipótesis genética puede explicar
verosímilmente los hechos observados, como puede serlo un hecho psicodinámico, y en
vista del hecho de que sabemos mucho más sobre la genética del desarrollo de la
personalidad que sobre cualquier otra cosa, tal negligencia de un factor causal tan obvio
es inexplicable e inexcusable.
Los
factores claramente genéticos no son los únicos que se olvidan al explicar el resultado
de los experimentos detallados en el libro de Kline, o en el de Eysenk y Wilson. Se sabe
mucho, por ejemplo, sobre la relación entre memoria y aprendizaje, por una parte, y
emoción y excitación cortical, por otra. Estos hechos han sido establecidos con
seguridad en miles de estudios de laboratorio, y suministran una explicación suficiente
de la mayoría de los hallazgos interpretados por sus autores como corroboradores de las
ideas freudianas. No obstante, es raro que ninguno de tales autores aluda a esos hechos y
teorías bien establecidos en la psicología experimental como explicaciones alternativas;
ellos interpretan sus resultados en términos freudianos, olvidándose por completo de
principios alternativos mucho mejor establecidos... Esta, una vez más debemos decirlo, no
es la manera en que la ciencia debería ser practicada, y no facilita ciertamente la tarea
el tomar en serio los esfuerzos de los experimentadores que estudian los conceptos
freudianos.
Los
críticos pueden quejarse de que hablamos de estos estudios como si fueran «
experimentales », cuando de hecho la mayoría de las investigaciones sobre las teorías
freudianas mencionadas son, como máximo, empíricas, con muy pocas manipulaciones de la
variable independiente. Técnicamente, tal objeción sería probablemente correcta en la
mayoría de los casos, pero esto es, por supuesto, pura semántica. Los astrónomos hablan
de un «experimento» cuando observan la curvatura de los rayos de luz de una distante
estrella por el campo gravitacional del sol durante un eclipse; obviamente el astrónomo
ha manipulado la luna colocándola en frente del sol. Desde el punto de vista de una
explicación popular, estos estudios se parecen al verdadero experimento más íntimamente
que las muy simples notas observativas hechas por Freud y sus seguidores durante sus
sesiones con pacientes en el diván. Tal vez «empírico» sería un término mejor que
«experimental», pero por razones de conveniencia he utilizado este último término.
Mi
interpretación de la evidencia presentada, por ejemplo, en el libro de Kline es que no
hay respaldo para ninguna de las hipótesis específicamente freudianas. Esto parecería
contradecir la conclusión del propio Kline, según el cual, «cualquier rechace en
bloque» de la teoría freudiana, en conjunto «se opone, simplemente, a la evidencia».
Hay dos observaciones que deben hacerse aquí. La primera de ellas es que Kline omite
buscar explicaciones alternativas de los hallazgos que analiza; este punto ya se ha
mencionado antes, y no vamos a volver sobre él. El segundo punto, empero, puede requerir
un debate más detallado. Se trata simplemente de que, como hemos dicho ya, lo que es
verdadero en Freud no es nuevo, y lo que es nuevo no es verdadero. Hay ciertamente mucho
de cierto en lo que Freud tiene que decir, pero no es nuevo y, por ende, no es
esencialmente freudiano. Como hemos visto en el último capítulo, es, naturalmente,
cierto, que los sueños se relacionan con las preocupaciones del soñador cuando está
despierto, y que se expresan en formas simbólicas; pero no sería correcto decir que esto
son nociones freudianas... han sido ampliamente conocidas desde hace dos mil años. Ya
hemos visto que la noción del «inconsciente» ha sido sostenida por filósofos y
psicólogos desde hace muchos siglos, y abonar en el crédito de Freud el descubrimiento
del inconsciente es absurdo. Debemos ir con mucho cuidado, cuando etiquetemos un concepto
o noción particular como «freudiano», en considerar los desarrollos históricos y
fijarnos en qué ideas similares han sido expresadas por otros antes que Freud; a este se
le debiera dar crédito sólo por lo que es verdaderamente nuevo.
Como
ejemplo de la mezcla de nuevo y verdadero en Freud, consideremos sus conceptos del «id»,
del «ego» y del «super-ego», las tres partes en que, según él, se divide el aparato
mental. Freud dice: «A la más vieja de estas provincias o agencias mentales le damos el
nombre de id. Contiene todo lo que ha sido heredado, lo que se halla presente en el
nacimiento, lo que está fijado en la constitución, es decir, por encima de todo, los
instintos ». El id obedece a lo que Freud llama el principio del placer, y sus procesos
mentales no están sujetos a ninguna ley lógica, y son inconscientes.
«El
ego se desarrolló a partir de la capa cortical del id, el cual, estando adaptado para la
recepción y exclusión de estímulos, está en contacto directo con el mundo exterior».
Su función es calcular las consecuencias de cualquier conducta propuesta, y decidir qué
actos que conducen a la satisfacción del id deben ser llevados a cabo o aplazados, o bien
si las exigencias del principio del placer deberían ser suprimidas totalmente. El ego es
el representante del principio de la realidad, y algunas de sus actividades son
conscientes, algunas pre-conscientes y otras inconscientes.
El
super-ego, considerado por Freud como el heredero del complejo de Edipo, internaliza las
enseñanzas y castigos de los padres, y continúa llevando a cabo sus funciones. «Observa
al ego, le da órdenes, le corrige, le amenaza con castigos exactamente como los padres,
cuyo lugar él ha tomado». La noción del super-ego es muy parecida a la de la conciencia
del pensamiento cristiano. Como lo expresa Freud: «El largo período de la infancia...
deja tras él un precipitado, que forma dentro del ego una agencia especial, en la cual la
influencia paternal se prolonga. Ha recibido el nombre de super-ego».
Está
claro que el ego tiene un papel difícil, pues debe satisfacer las exigencias instintivas
del id, y los dictados morales del super-ego. Esta teoría general ha sido muy bien
recibida y sigue, en parte, la línea del sentido común, y del pensamiento psicológico
desde los días de Platón. Pero, de hecho, una distinción similar es hecha por Platón
en su famosa fábula de los dos caballos que tiraban de un carro, con el carretero
tratando de controlarlos. El conductor es el ego; el caballo malo, tozudo e impulsivo es
el id, y el caballo bueno es el super-ego. Tanto Platón como Freud utilizan claramente el
mecanismo de una fábula para ilustrar un rasgo perfectamente bien conocido y sensible de
la conducta humana. Somos animales biosociales, con la biología dictándonos ciertas
necesidades instintivas para el comer, el beber, el sexo y algunas más, pero nuestras
acciones están, también, controladas por exigencias sociales incorporadas en reglas y
leyes, y transmitidas por padres, maestros y otros. La persona individual es impulsada y
guiada por esos dos juegos de impulsos directivos, y debe mediar entre ambos. Todo esto es
verdad, y siendo verdad puede parecer dar credibilidad a la teoría freudiana. Pero
obsérvese que nada en ella es nuevo; las acciones específicamente freudianas, tales como
que el super-ego es el heredero del complejo de Edipo, son, no sólo inverosímiles, sino
completamente indemostradas. Es mucho más verosímil que el condicionamiento pauloviano
intervenga en las exigencias del mundo externo (padres, maestros, compañeros,
magistrados, sacerdotes), mediante recompensas y castigos, es decir, mediante la
formación de respuestas condicionadas. Una vez más, no se encuentra, nunca, ninguna mención en la literatura psicoanalítica de
tales teorías alternativas, pero, como he tratado de mostrar en mi libro sobre «Crimen y
Personalidad», éstas han sido desarrolladas en estudios de laboratorio y han hallado
mucho respaldo.
Freud
poseía un envidiable don para el lenguaje, y los términos que él usaba, tales como
principio del placer y principio de la realidad, hacen que su versión de una vieja
historia parezca nueva y sea atractiva para los no iniciados. Pero cuando observamos la
novedad de sus pensamientos y enseñanzas es cuando empezamos a tener dudas; la visión
general es probablemente verdadera, pero lo que es específicamente freudiano en ella es
casi con toda seguridad falso. En esto, se parece mucho a toda la obra freudiana.
Mucho
trabajo empírico hecho en relación con las hipótesis freudianas no ha sido examinado en
este capítulo, tal como la formación de los sueños y su interpretación,
psicofisiológica de la vida cotidiana, etc. Una parte de ello ya se trata en capítulos
aparte, donde llego a las mismas conclusiones a las que llego aquí. Tal vez debiera
terminar este capítulo con una cita de T. H. Huxley, quien deploró « la gran tragedia
de la Ciencia: la muerte de una bella teoría a manos de un hecho feo». Que la teoría de
Freud sea bella puede ponerse en duda; él ciertamente trató de protegerla de ser muerta
por hechos feos fraseándola de tal manera que los experimentos críticos fueran muy
difíciles de ser llevados a cabo. No obstante, más de ochenta años después de la
publicación original de las teorías freudianas, todavía no hay ninguna señal de que
puedan ser respaldadas por evidencia experimental adecuada, o por estudios clínicos,
investigaciones estadísticas o métodos de observación. Ello no demuestra que sean
falsas -es tan difícil demostrar que una teoría es falsa como demostrar que es
verdadera- pero por lo menos debiera hacernos dudar sobre su valor probativo y su
significación como teoría científica. Como dijo en una ocasión otro gran hombre de
ciencia, Michael Faraday: «Razonan teóricamente sin demostración experimental, y el
resultado son errores». Estas palabras deberían estar bien grabadas en la tumba del
psicoanálisis como doctrina científica.