CAPITULO SÉPTIMO
PSICO-CHARLA Y PSEUDO-HISTORIA
Hace falta una gran cantidad de
historia,
para producir un poco de literatura.
Henry James
Freud
aplicó las llamadas «percepciones» de su teoría a muchos problemas que precedentemente
no se había pensado que estuvieran ubicados en la provincia de la psiquiatría, tales
como la explicación del ingenio y el humor, las causas de la guerra, la antropología y,
en particular, la investigación de las figuras y acontecimientos históricos en términos
de factores motivacionales. El campo es demasiado vasto para que discutamos nosotros
todos estos diferentes tipos de aplicación del psicoanálisis; de manera que nos
concentraremos en lo que ha llegado a ser conocido como psico-historia; es decir la
noción de que podemos obtener una percepción de las vidas de las figuras históricas
mediante el uso de los métodos y principios del psicoanalista, y aplicando los métodos
psicoanalíticos a la antropología. El campo de la psico-historia ha sido bien debatido
por David E. Stannard, en su libro «Escogiendo a la Historia: Sobre Freud y el Fracaso de
la Psico-Historia», un regalo para todos los que se interesen por este tema; y el del
psicoanálisis y la antropología ha sido bien examinado por Edwin R. Wallace, en su libro
«Freud y la Antropología: una Historia y Re-Evaluación». Aquí sólo podemos dar una
breve reseña de tan amplios temas.
¿Cuál
es la diferencia entre historia y antropología?. Como comentó Claude Lévi-Strauss en
1958, la diferencia principal entre ambas radica «en su elección de perspectivas
complementarias: la Historia organiza sus datos en relación con la expresión consciente
de la vida social, mientras que la antropología procede mediante el examen de sus
fundamentos inconscientes ». El mismo año, William L. Langer, el Presidente de la
Asociación Histórica Americana, siguió a Freud para tratar de anular esta distinción,
e invitó a los miembros de su organización a analizar y examinar los fundamentos
inconscientes de la vida social del pasado. Muchos historiadores han seguido este canto de
sirena, llegando algunos a pedir incluso que el psicoanálisis individual formara parte de
la formación profesional del historiador académico. Ahora hay dos periódicos
especializados en psico-historia, y el movimiento está ganando cada vez más adeptos. La
verdadera cuestión que debe ser elucidada es si hay, o no, alguna sustancia en este nuevo
movimiento. Stannard, irónicamente, hace preceder su relato por una cita del «Henry IV»
de Shakespeare, cuando Glendower dice: «Puedo llamar a los espíritus de las vastas
profundidades», y Hotspur replica: «¿Y qué?. Yo también puedo, y cualquier hombre
puede, pero, ¿van a venir cuando tú los llames?». Esta es, en verdad, la cuestión.
Hay dos
caminos que se abren al investigador en este campo. Puede ver muchos ejemplos
rápidamente, o examinar uno con considerable detalle. Sólo por razones de espacio, he
elegido estudiar con detalle el libro de Freud sobre Leonardo da Vinci, que fue publicado
en 1910 y es considerado como el primer ejemplo verdadero de análisis psicohistórico.
Stannard comenta:
Dentro de sus limitados alcances este trabajo contiene
algunos de los más brillantes ejemplos de por qué la psicohistoria puede llegar a ser
tan estimulante: percepción, conocimiento, sensibilidad, y, sobre todo, imaginación. También contiene algunas de
las más claras ilustraciones de las trampas en esta clase de trabajos: está
deslumbrantemente separado de los más elementales cánones de la evidencia de la logica
y, sobre todo, del control de la imaginación.
Freud
empieza su relato afirmando que Leonardo poseía ciertos rasgos que pueden dar la clave de
su grandeza. El primero de ellos es lo que Freud llama una «femenina delicadeza de
sentimientos»; dedujo tal noción del vegetarianismo de Leonardo y de su costumbre de
comprar pájaros enjaulados en el mercado, para dejarlos libres. También era,
aparentemente capaz de una conducta cruel e insensible, como se demuestra por sus estudios
y bosquejos de caras de criminales condenados en los momentos de ejecución, y en haber
inventado «las más crueles armas ofensivas» para la guerra. Freud comentó también la
aparente inactividad de Leonardo, su indiferencia ante la competencia y la controversia,
su hábito de dejar el trabajo sin terminar, y de trabajar muy despacio. Pero lo que
suscita mayormente el interés de Freud, como ya era de imaginar, es la aparente
combinación, en Leonardo, de «rigidez», de una «cruel repudiación de la sexualidad»
y de una «vida sexual limitada», junto a «una insaciable e incesable sed de
conocimientos».
Freud
considera esta combinación de rasgos como adecuada -en línea- a la teoría del
desarrollo psicosexual, y lo atribuye al proceso de sublimación. «Cuando el período de
investigaciones sexuales infantiles ha sido rematado por una ola de represión sexual
enérgica, el instinto de investigación tiene tres posibles vicisitudes distintas
abiertas ante él, según sus primeras conexiones con intereses sexuales». La primera es
una inhibición de curiosidad, y la segunda un retorno de la curiosidad en forma de
«crianza impulsiva», pero es la tercera la que Freud sugiere como evidente en la vida de
Leonardo: «En virtud de una disposición especial...
el
instinto puede operar libremente al servicio del interés intelectual... (mientras) evita
todo interés en los temas sexuales », al sublimar la sexualidad reprimida hacia impulsos
de investigación.
Aquí,
al parecer, Freud llega a una barrera impenetrable. Como él ha hecho observar a menudo,
para investigar el desarrollo en la infancia del instinto sexual necesitamos usar los
sueños del paciente y otros materiales, los cuales podremos asociar libremente y así
podremos «regresar» a esas primeras etapas del desarrollo. Pero eso era difícil en el
caso de Leonardo; no podía -¡evidentemente!- asociar libremente ni tampoco se disponía
de mucha información sobre su infancia. Todo lo que sabemos es que nació en 1452, hijo
ilegítimo de Piero da Vinci, notario de profesión, y de «una cierta Caterina,
probablemente una campesina». ¿Cómo se las arregla Freud para hacer esteras sin ninguna
paja?.
Lo hace
con un truco típicamente freudiano. En los escritos de Leonardo sobre el vuelo de los
pájaros, por los que tuvo un interés científico, aparece un párrafo curioso:
Parece que siempre estuviera destinado a ocuparme
intensamente de los buitres, pues tengo como uno de mis más viejos recuerdos, que
mientras estaba en mi cuna un buitre se posó encima de mí, y abrió mi boca con su cola,
con la que golpeó varias veces mis labios.
Este es
el párrafo que Freud utilizó, «con las técnicas del psicoanálisis», para «llenar el
vacío en la vida de la historia de Leonardo mediante el análisis de las fantasías de su
infancia». De tal modo, interpreta la cola del buitre como una «expresión sustitutiva»
de un pene, y toda la escena como un ejemplo de felación, es decir, una experiencia
homosexual «pasiva». También sugiere que la fantasía puede tener otro aspecto, en ese
caso que el deseo de chupar un pene «puede ser rastreado hasta un origen del tipo más
inteligente... simplemente una reminiscencia de mamar -o ser amamantado- en el pecho de su
madre».
Freud
analiza entonces las razones para escoger a un buitre en tal contexto. Observa, entre
otras cosas, que en los viejos jeroglíficos egipcios «la madre es representada por un
dibujo del buitre» (fonéticamente, las palabras para «madre» y «buitre» sonaban
igual; muy parecidas al alemán Mutter, madre),
y además que Mut era el nombre de una divinidad femenina egipcia parecida a un buitre.
Freud continua mencionando varias otras fuentes posibles, incluyendo una vieja creencia
según la cual los buitres machos no existían; sólo había hembras, y eran preñadas por
el viento... una creencia usada por ciertos eclesiásticos para explicar la preñez de la
Vírgen. Freud termina por afirmar que la importancia de la fantasía del buitre para
Leonardo se basa en su reconocimiento de que «él también había sido un niño-buitre,
había tenido madre, pero no padre... (y) de tal manera podía identificarse a sí mismo
con el Niño Jesús, el consolador y salvador, aunque no sólo de esa mujer». Esta
noción también indica la falta de información sobre la infancia de Leonardo ya que «la
sustitución de su madre por el buitre indicaba que el niño se daba cuenta de la ausencia
de su padre y se encontraba sólo con su madre». La fantasía del buitre puede servir
como sustituto de los datos históricos que faltan ya que parece decirnos que Leonardo
pasó «los primeros años críticos de su vida no al lado de su padre y madrastra, sino
con su pobre, abandonada y real madre, de manera que tuvo tiempo de notar la ausencia de
su padre».
Estas
nociones salvajes son aceptadas como un hecho por Freud, que creía que pasar «los
primeros años de su vida sólo con su madre» tuvo «una influencia decisiva» en la
formación de la vida interior de Leonardo. Según Freud, Leonardo no sólo echó de menos
a su padre, sino que se ocupó del problema con especial intensidad, y estaba
atormentado... por el gran problema de de dónde venían los niños, y qué tenía que ver
el padre con su origen». Esto explica, como «un inevitable efecto del estado de cosas»
por qué Leonardo se convirtió en un investigador
a tan tierna edad».
Freud
continúa para tratar de explicar, en términos de su teoría del desarrollo sexual
infantil, la supuesta homosexualidad de Leonardo. Empieza por la observación clínica de
que en los primeros años de su vida los homosexuales experimentan «un apego erótico muy
intenso hacia una persona del sexo femenino, por regla general, su madre», el cual es
«evocado o promocionado por una excesiva ternura por parte de la misma madre, y aún más
reforzado por la pequeña parte desempeñada por el padre durante su infancia... La
presencia de un padre fuerte (que) asegurara que el hijo tomara la decisión correcta en
su elección del objeto, concretamente alguien del sexo opuesto» puede impedir el
desarrollo de apegos sexuales, pero si, como Freud creía, Leonardo fue criado por su
madre en ausencia de su padre, entonces las tendencias homosexuales parece se deberían
producir.
¿Hay
alguna prueba de la homosexualidad de Leonardo?. Hay muy poca cosa, ciertamente. A la edad
de veinticuatro años Leonardo fue anónimamente acusado de homosexualidad, junto con
otros tres jóvenes, pero la acusación fue investigada y los cargos demostrados como
falsos: ¡he aquí una evidencia difícilmente considerada aceptable para un aspecto tan
importante en la reconstrucción de Freud!. Este continúa, afirmando que Leonardo a
menudo escogía jóvenes guapos como discípulos suyos, y que mostraba hacia ellos bondad
y consideración. En el diario de Leonardo hay anotaciones de pequeños gastos en dinero
para sus discípulos... según Freud, «el hecho de que dejara tales documentos en prueba
(de bondad) debía tener una explicación».
También
se encuentra en los papeles de Leonardo una mención del dinero pagado por el funeral de
una mujer identificada sólo como Caterina; Freud, en la ausencia de evidencia alguna
sobre este punto, sugirió que esa Caterina era la madre de Leonardo. Stannard compendia
los más bien retorcidos razonamientos de Freud, amalgamando todos estos hechos y
conjeturas de la siguiente manera:
Cuando cotejamos, una al lado de otra, las anotaciones
relativas a los gastos para sus alumnos con esta nota sobre gastos de funeral, nos revela
una dramática y hasta ahora desconocida historia: aunque constreñidos e inhibidos de la
expresión consciente, los sentimientos
reprimidos de Leonardo, de atracción erótica hacia su madre y, sus discípulos, adoptan
el carácter de una «neurosis obsesiva», hecha evidente por su «compulsión a anotar,
con laboriosos detalles, las sumas que gastó en ellos». La vida escondida del artista
aparece ahora claramente, como esta riqueza de evidencia acumulada nos permite contemplar
a la mente inconsciente de Leonardo traicionando lo que su mente consciente nunca podría
admitir: «Fue a través de esta relación erótica con mi madre como me convertí en un
homosexual».
Finalmente,
Freud trata de indicar la relevancia de su análisis con una explicación del genio
artístico de Leonardo. Según Freud, «la clave de todos sus éxitos y desgracias está
escondida en la fantasía infantil del buitre». Esta fantasía «procede de la memoria de
haber sido besado y amamantado por su madre... esto debe ser traducido así: mi madre
depositó innumerables besos apasionados en mi boca». Armado de esta noción, Freud trata
de interpretar una de las obvias características de las últimas pinturas de Leonardo,
«la notable sonrisa, a la vez fascinadora y misteriosa, que él conjuró en los labios de
sus personajes femeninos ». Esta « sonrisa de arrobamiento y éxtasis », retratada en
la «Mona Lisa» de Leonardo, según Freud, hizo despertar algo «que había permanecido
dormido por largo tiempo en su mente, probablemente una vieja memoria», la memoria, por
supuesto, de su madre y la sonrisa que había una vez hallado expresión en su boca.
«Había estado mucho tiempo bajo el dominio de la inhibición que le impedía desear
tales caricias de los labios de las mujeres», pero «no se hallaba bajo ninguna
inhibición para tratar de reproducir la sonrisa con su pincel, transmitiéndosela a todos
sus cuadros.
He
aquí un breve y algo truncado relato de la teoría de Freud, que incluso en una primera
lectura parecerá notablemente especulativa, con muy poco respaldo de hechos. Parecería
haber algunas coincidencias más bien sorprendentes pero, como aclara Stannard en su
análisis, éstas desaparecen tan pronto como se observa seriamente la evidencia.
Todo el
análisis se basa en el episodio del buitre, y la extraordinaria habilidad de Freud para
tejer largos y detallados cuentos alrededor de un simple elemento en ningún otro lugar se
encuentre mejor ilustrada que en su elaboración de esta fantasía. Leonardo, de hecho,
menciona a los buitres sólo una vez en sus escritos, bajo el encabezamiento de
«Glotonería», y esto es lo que dice: «El buitre es tan dado a la glotonería que
volaría mil millas para alimentarse con carroña, y este es el motivo por el cual sigue a
los ejércitos ». Tal como comenta Stannard: Creo que es justo decir que esta frase
no respalda la tesis de Freud de que Leonardo inconscientemente asociaba la imagen del
buitre con su amada madre, expresada así: »él había sido también un niño buitre», y
por extensión tendía a identificarse a sí mismo con el niño Cristo». Al contrario, la
frase de Leonardo sugiere que él tenía del buitre una imagen más bien diferente que la
de la Madre-Virgen de los Padres de la Iglesia; la imagen de la cual Freud afirmaba que
«es difícil dudar» que Leonardo conocía.
El
recuerdo de una memoria primitiva en la cual Freud basaba su intepretación ciertamente
existe: está escrito en el dorso de una página que contiene varias anotaciones sobre el
vuelo de los pájaros, pero no se refiere a un buitre si no a un milano, un pequeño
pájaro parecido a un halcón. El «buitre» resulta haber sido una simple traducción
errónea de «milano», y así toda la especulación de Freud se basa esencialmente en un
concepto equivocado. Toda la riqueza de alusiones a los buitres en los escritos egipcios,
y en las especulaciones teológicas de los Padres de la Iglesia, se vuelven inaplicables a
la fantasía de Leonardo. ¿Cuáles eran, de hecho, las ideas de Leonardo sobre el
milano?. Se mencionan bajo el encabezamiento «Envidia», y el texto dice: «Del milano se
lee que cuando ve que sus hijos en el nido están demasiado gordos se come el alimento que
está cerca de ellos y les deja sin comida ». ¡No será gran cosa para corroborar la
tesis de Freud!.
Los
seguidores de Freud se dieron cuenta de este error crucial, pero trataron de argumentar en
su defensa. James Strachey, que editó «La Edición Standard de las Obras Completas
Psicológicas de Sigmund Freud», lo llamó «un hecho incómodo» en que una carta a
Ernest Jones, pero en otro lugar descarta el error como «un documento de respaldo
corroborativo para el análisis psicológico de la fantasía», manteniendo que «el
cuerpo principal de los estudios de Freud no queda afectado por este error». Otros, tales
como Ernest Jones, han llamado a este error «esa parte no esencial de la argumentación
de Freud» y Kurt Eisler mantiene que el problema resultante no afecta «a la clase de
conclusión a que llegó Freud sino solamente... a la premisa particular sobre la que
descansaba la conclusión», «como la interpretación de Freud no se refiere
específicamente a la clase de pájaro, aquélla debe ser correcta». Stannard comenta que
«éstas son palabras que merecen una cuidadosa segunda lectura» y continúa:
Estos esfuerzos para ayudar son abnegados, pero
equivocados. Para decirlo simplemente: Freud construyó la mayor parte de su análisis a
modo de una pirámide invertida, cuya completa estructura se balanceaba sobre la piedra
maestra de un solo hecho discutible y su interpretación; una vez que se demuestra que
este hecho es falso, y es reiterado como soporte, todo el edificio comienza a derrumbarse.
Y ningún balbuceo retórico ni ninguna pantalla de humo pueden ocultar este proceso de
desintegración natural.
Stannard
procede entonces a desmantelar este «edificio». La iluminación de la fantasía del
buitre significa que ya no tenemos ninguna razón para creer que Leonardo se preocupaba
por la alegada ausencia de su padre durante su infancia, una idea generada únicamente por
ese simbolismo del buitre. Una vez más, Freud se había basado enteramente en su
análisis de la fantasía del buitre para volver a crear la historia de la infancia de
Leonardo; su eliminación significa que no tenemos ninguna razón en absoluto para creer
que Leonardo pasó todos esos años solo con su madre, y, de hecho, descubrimientos
recientes sugieren que Leonardo fue, de hecho, un miembro del hogar de su padre desde el
día de su nacimiento. Stennard debate el problema de la homosexualidad de Leonardo, y de
numerosos detalles para mostrar que la alegada «evidencia» aducida por Freud es
completamente irrelevante y sin valor. Y concluye:
Así, pues, tras descartar las nociones de Freud, que
son totalmente incorrectas, indemostrables, y/o irrelevantes, nos queda lo siguiente:
Leonardo no dejó ninguna prueba de actividad sexual de ninguna clase; guardó anotaciones
de pequeños gestos, algunos de los cuales se referían a sus alumnos; también era muy
curioso sobre las cosas. Esto es todo».
¿Qué
hay de la aplicación de los análisis de Freud a las creaciones artísticas de Leonardo?.
Es crucial para la hipótesis de Freud que la famosa sonrisa de «Mona Lisa» apareciera
primero en ese cuadro particular, y fuera observada sólo en este y en otros trabajos
posteriores. Esto se debe a que fue la mujer reproducida en la pintura, la que despertó
en Leonardo el «viejo recuerdo» de la sonrisa de su madre que había permanecido durante
largo tiempo «durmiendo en su mente», según Freud. Pero, como observa Stannard en un
fascinante debate sobre la evidencia histórica, hay una prueba fáctica que convierte el
caso de Freud en simplemente erróneo. Es el hecho de que existe un dibujo preliminar del
cuadro «Anna Metterza» que antecede a «Mona Lisa» en varios años. Y en ese dibujo las
caras de Anna y de la Virgen María poseen exactamente las mismas sonrisas que el cuadro
posterior, el mismo cuadro que Freud incorrectamente asumió que seguía la inspiración inducida por «Mona
Lisa». «En pocas palabras, la simple cronología basta para hacer ver que la tesis de
Freud es incorrecta».
El
libro de Freud sobre Leonardo da Vinci ejemplifica de una manera curiosa los cuatro
grandes conjuntos de problemas de la psico-historia. Como dice Stannard, son problemas de
hecho, problemas de lógica, problemas de teoría y problemas de cultura. Ilustra su
crítica de estos problemas con una referencia a un cierto número de escritos publicados
por los seguidores de Freud; algunos de ellos serán citados a continuación.
Problemas de hecho, naturalmente, constituyen un
conjunto claramente obvio, que se relaciona con lo que muchos consideran el trabajo
principal del historiador, es decir, descubrir exactamente lo que sucedió en el pasado.
Los psicoanalistas, en el asunto de la «psico-historia» tienen tendencia a inventar y,
por la interpretación, sugerir lo que debió haber sucedido, y luego continuar como si lo
que ellos han construido hubiera sucedido realmente.
La reconstrucción freudiana de la infancia de Leonardo es un ejemplo preclaro de esto; su
reconstrucción se basa, como hemos visto, en interpretaciones erróneas de hechos no
existentes, y sus sugerencias, tales como la ausencia de influencia paterna en Leonardo,
han sido descalificadas por la investigación moderna. Como ejemplo suplementario,
consideremos el trabajo de Erik Erikson, que es generalmente considerado como la luminaria
entre los psicohistoriadores. En su libro sobre «El Joven Lutero», Erikson escoge un
acontecimiento clave en la vida de un sujeto, de manera parecida a como Freud se
concentró en la supuesta Fantasía del «buitre». En la historia de Erikson, Lutero
estaba sentado en el coro del monasterio de Erfurt cuando oyó la lectura del evangelio
que se refería al exorcismo de un endemoniado sordomudo. Cayó al suelo «y rugió con la
voz de un toro: ¡No soy yo! ¡No soy yo!». Erikson interpreta esto como « la protesta
pueril de alguien que ha sido insultado o caracterizado con adjetivos desagradables, en
este caso, sordo, mudo, endemoniado».
Erikson
afirma luego que sería «interesante saber si en ese momento Martín rugió en latín o
en alemán. Tal como comenta secamente Stennard:
Sería, de hecho, más interesante saber si rugió
realmente. Es probable, considerando la calidad de la evidencia, que no rugió. La
evidencia para el «incidente del ataque en el coro» es un trocito de murmuración
filtrada a través de varios niveles de rumores y promocionada enteramente por enemigos
declarados de Lutero. Que Erikson airee el incidente y lo utilice como un acontecimiento
clave en el primer capítulo analítico de su libro es, como observa un teólogo, como
citar seriamente y debatir extensamente un informe sobre Freud cuya única fuente fuera un
relato de antisemitas nazis, publicado por uno de ellos al oír un testimonio de cuarta
mano.
La
descripción psicoanalítica que hace Erikson del desarrollo de la infancia de Lutero
requiere que el joven Martín tenga un padre ruin y tiránico, con objeto de que la
áspera imagen que el joven tenía del «padre de los cielos» pudiera ser considerada
como una proyección de su padre terrenal. Ahora bien: no se conoce prácticamente ningún
hecho de la infancia de Lutero, de manera que el esquema de Erikson debe ser fabricado
prácticamente a partir de la nada, haciendo interacciones abusivas de dos relatos que
pretenden que una vez le pegó su madre y otra su padre. El primero de tales relatos
indica, no obstante, que la madre tenía buenas intenciones, y el segundo que
posteriormente el padre hizo grandes esfuerzos para recuperar el afecto del muchacho.
Pero, ciertamente, incluso esas referencias son muy dudosas, toda vez que fueron recogidas
por sus alumnos cuando él tenía cincuenta años, aparecen en diferentes versiones, y
nunca fueron revisadas por el propio Lutero. Además, como observa Stannard:
Esta evidencia inconsistente y
anecdótica es muy poca cosa si se la compara con el abundante material indicativo de que
en el hogar del joven Lutero imperaba el amor y el respeto. Es esta clase de exageraciones
ante una evidencia patentemente contradictoria lo que ha llevado incluso a las más
abiertas y tolerantes autoridades en Lutero... a referirse a las «violentas
distorsiones» de Erikson, a su «cúmulo de exageraciones y especulaciones sin
fundamento». En ambos casos, sus críticos no eran en absoluto, enemigos de la idea de la
psico-historia, pero insistían, simplemente, en que «una pirámide de conjeturas» era
una base insuficiente para un esfuerzo de esa índole, porque como (uno de ellos) dijo,
basta, simplemente, con ceñirse a los hechos.
Este es
el problema con la contribución de Freud en todos los campos; los hechos nunca son
presentados como hechos, sino que están siempre imbricados con especulaciones,
interpretaciones, sugerencias y otras clases de materiales no-fácticos.
La
manera de proceder de Freud y sus seguidores es compendiada por Stannard como problemas de lógica. Como él hace ver, cometen
el elemental error que se conoce en lógica como post
hoc ergo propter hoc, es decir, la noción de que como B sigue a A, B debe haber sido
causado por A. (Se recordará que idéntico error lógico surgió también en nuestra
crítica sobre los esfuerzos curativos de Freud). Los escritos históricos, en general, no
se libran de esta falsa suposición, pero Freud lo ha elevado a un forma de arte mayor. Ya
no es necesario en los escritos psicoanalíticos que el Acontecimiento A haya existido en
absoluto; si se encuentra que B existe, puede presumirse con certeza que A ha debido
suceder, toda vez que el psicoanálisis afirma que B es una consecuencia de A. En otras
palabras, la teoría freudiana no considerada como un Absoluto, y una guía segura incluso
para argumentos retrospectivos yendo desde las consecuencias ante los antecedentes, donde
nada se sabe sobre estos antecedentes. Los escritos sobre Leonardo da Vinci y Martín
Lutero ilustran ambos este punto extensamente.
Este
problema de lógica conduce inexorablemente a problemas
de teoría. Como observa Stennard:
Este problema implica el método que usa el psicohistoriador para inventar los hechos
de la infancia de un sujeto antes de mostrar que estos hechos sean la causa de la conducta
adulta. Uno puede leer montones de escritos psicohistóricos sin nunca encontrar evidencia
de que el autor no hizo más que tomar la teoría psicoanalítica como un dato científico
innegable. Si la teoría psicoanalítica es tal clave, entonces por lo menos algunas de
las debilidades inherentes a los problemas de hechos y de lógica debieran disiparse. Pero
no es así.
Apenas
necesitamos documentar este punto; todo este libro es un intento de demostrar que la
teoría psicoanalítica es, en gran parte, si no en su totalidad, enteramente errónea, y
no puede, pues, ser usada como clave para comprender la acción. Así, la psico-historia
invierte el procedimiento corriente de la ciencia; interpreta los hechos en términos de
una teoría antes de demostrar la aplicabilidad o lo que hay de verdad en esa teoría, e
incluso descartando la aplastante evidencia de que tal verdad falta casi por completo. Se
nos dice que un acontecimiento ha debido suceder porque el psicoanálisis lo dice, pero
sin demostración de que efectivamente sucedió. Tal confianza en la teoría es
completamente inaceptable, no sólo en Naturivissenschaft,
sino incluso en Geisteswissenschaft.
El
último grupo de problemas afrontados por la psicohistoria lo constituyen los problemas de cultura. Freud generalmente razona, e
igual hacen sus seguidores, a partir de su propia percepción de los significados de las
acciones que, de hecho, pueden haber tenido significados muy diferentes en diferentes
épocas y en diferentes culturas. Ya he mencionado el hecho de que Freud considera el
hábito de Leonardo de comprar y liberar pájaros enjaulados como evidencia de su dulzura.
Parece ignorar el hecho de que tal era una práctica popular que se suponía traía buena
suerte. Leonardo, en efecto, tenía un carácter dulce y bondadoso, pero esta particular
conducta podría ser mucho más fácilmente explicada en otros términos por cualquiera
que estuviera suficientemente impuesto de la cultura popular de su tiempo.
Un
interesante ejemplo de esta tendencia es facilitado por Stannard, que lo recoge del libro
de Fawn Brodie, «Thomas Jefferson: Una historia íntima». Brodie está muy intrigada por
la relación de Jefferson con Sally Hemings, una joven esclava mulata, y propone ciertas
razones psicoanalíticas para tal relación. Como evidencia de la preocupación de
Jefferson por la «mujer prohibida», y la imortancia de ésta para sus «necesidades
internas», cita el hecho de que las descripciones del paisaje en el diario de sus viajes
a través de Holanda incluyen ocho referencias al color de la tierra como «mulato».
Brodie no parece saber que la palabra «mulato» era comúnmente usada por los americanos
del siglo XVIII para describir el color del suelo. Hogaño el término parece raro con
referencia al color, y tendemos a darle una interpretación completamente diferente de la
que se le hubiera dado hace doscientos años. Se supone que los historiadores conocen
tales hechos, pero los «psico-historiadores», ignorantes sobre el tiempo y la cultura de
que escriben, pueden interpretar equivocadamente los hechos que ellos desentierran.
Stannard
concluye su examen afirmando:
Las críticas tradicionales referentes a la
vulgaridad, el reduccionismo, la trivialización y otras, continúan siendo observaciones
válidas para la empresa psico-histórica. Pero la razón más importante y fundamental
para la repudiación de esta empresa es, ahora, muy clara: la psico-historia no funciona y
no puede funcionar. Ha llegado la hora de enfrentarse al hecho de que, detrás de todas
sus posturas retóricas, la visión psicoanalítica de la historia es, irremediablemente,
de una perversidad lógica, de debilidad científica y de ingenuidad cultural. En pocas
palabras, ha llegado la hora de abandonarla.
Los
lectores que no estén convencidos de la solidez de las conclusiones de Stennard están
invitados a estudiar su libro, que contiene todos los detalles que inevitablemente han
sido omitidos aquí.
Lo que
ha sido dicho sobre la «psico-historia» freudiana puede igualmente decirse, y en
términos aún más enérgicos, sobre la contribución de Freud a la antropología. La
teoría de Freud en este campo, que está bosquejada en «Totem y Tabú», es demasiado
conocida para precisar una amplia presentación. Según el retrato hecho por Freud, el
hombre empezó su carrera cultural bajo la forma de una organización social en la cual un
solo patriarca gobernaba a toda la tribu de una manera dictatorial, ejerciendo un dominio
sexual exclusivo sobre sus hermanas e hijas. Conforme el patriarca se fue haciendo más
débil y sus hijos más fuertes, esos jóvenes sexualmente excluidos, organizaron el
asesinato de su padre, le mataron, y se lo comieron. Sin embargo, los hermanos quedaron
entonces turbados por su culpabilidad, y reprimieron su deseo de tener relaciones sexuales
con sus madres, hermanas e hijas. Al mismo tiempo, trataron de expiar el asesinato y la
orgía canibalística creando el mito del Totem, el símbolo animal de su padre, que desde
entonces fue considerado tabú como alimento, excepto en ocasiones rituales. En este
sentido, el parricidio inicial, ayudado por huellas de memoria hereditaria en el «
inconsciente racial» dio origen al complejo de Edipo, tabú incestuoso del núcleo
familiar, a la exogemia de grupo, al totemismo y a muchos otros rasgos de la civilización
primitiva.
Freud
usó este anacrónico marco en un intento de abarcar el problema de la diversidad de
culturas. Igual que hizo con su teoría del desarrollo de la infancia con sus series de
etapas, estableció la ecuación de personalidad salvaje con personalidad infantil, siendo
cada individuo moderno como una recapitulación de la evolución de la cultura, por el
paso a través de varias etapas de progreso hacia la madurez. Ciertas culturas, como
algunos individuos, sufren un paro en su desarrollo en diversos puntos por falta de
«civilización» (madurez). Este es un cuadro sobrecogedor, pero completamente ayuno de
evidencia, de semejanza con hechos históricos, de lógica, o de metodología aceptable.
Boas, tal vez el más prominente antropólogo de su tiempo, dijo lo siguiente sobre las
especulaciones de Freud:
Así pues, mientras debemos agradecer la aplicación
de todo progreso en el método de la investigación psicológica, no podemos aceptar como
progreso en el método etnológico la enajenación de un nuevo método unilateral de
investigación psicológica del individuo a través de fenómenos sociales el origen de
los cuales puede demostrarse que está históricamente determinado y está sujeto a
influencias que no son en absoluto comparables con las que controlan la psicología del
individuo.
A esta
crítica siguió el importante trabajo empírico de Malinowski, que apareció para refutar
la universalidad del complejo de Edipo. Como demostró, los isleños de Trobriand vivían
en una cultura en la cual era el hermano de la madre, no el padre del niño, la figura de
la autoridad. Esto significaba que la disciplina represiva no se originaba en el hombre
que monopolizaba sexualmente a la madre del niño, privando así a la relación padre-hijo
de los rasgos ambivalentes de amor-odio que Freud había (según él) observado en sus
pacientes europeos.
Otro
clavo en el ataúd de las teorías de Freud en cuanto se relacionan con la antropología
debía ser el trabajo de Margaret Mead, que desarrolló sus estudios sobre el terreno en
Samoa. Boas le encargó la tarea de destruir la noción de una naturaleza humana,
estrechamente fijada, racial o panhumana hereditaria. Para seguir este mandato ella
acentuó en sus escritos que entre los samoanos la adolescencia no es una época de
tensión, que el niño no es necesariamente más imaginativo que los adultos, que las
mujeres no son necesariamente más pasivas que los hombres, etc. Desgraciadamente, su
trabajo era de tan baja calidad y tan contrario a los hechos, que Derck Freeman pudo
recientemente demostrar en su libro «Margaret Mead y Samoa» que en prácticamente cada
detalle su relato contradice el de todos los demás antropólogos que han estudiado la
cultura samoana.
Por
raro que parezca, muchos lectores han creído que el cuadro idealista que Mead pinta de
Samoa como un paraíso tropical en el cual chicos y chicas crecen en una atmósfera sin
tensión, sin problemas sexuales y con idílicas relaciones amorosas llevadas a cabo sin
ningún pensamiento serio sobre las consecuencias, como una sociedad en la cual hay
cooperación pero no competencia, no hay delincuencia, y, por encima de todo, un bello
sentido de felicitad y satisfacción, es algo parecido a un ideal mundo freudiano en el
cual no hay inhibiciones y en el que los complejos neuróticos han dejado de existir.
Mucha gente, en verdad, ha tomado la Samoa de Margaret Mead como una especie de Utopía
sexual hacia la cual hay que tender, en la esperanza de establecer algo parecido en el
mundo occidental. La realidad, como quedó firmemente demostrado por Freeman, es lo
contrario: los samoanos poseen el más elevado promedio de violaciones de cualquier
cultura conocida, los hombres son hostiles y belicosos, guardan celosamente la virginidad
de sus mujeres y son ferozmente competitivos y agresivos. De todas las críticas sobre la
antropología de Freud, las que se basan en los «hallazgos» de Margaret Mead pueden ser,
con toda seguridad, descartados como irrelevantes.
En
general, las objeciones de Boas y sus colegas a las nociones freudianas están bien
fundadas: simplemente no hay base alguna para la evidencia que Freud coloca en el centro
de su antropología. Los freudianos, naturalmente, contraatacan y utilizan, como siempre,
no un argumento racional, sino un argumentum ad
hominem. Un ejemplo típico es lo que tuvo que decir Géza Rodhem sobre las críticas
formuladas por la escuela de Boas, que insistía en la importancia fundamental, para la
antropología, de la diversidad de los diferentes grupos humanos:
Pero el punto sobre el que deseamos insistir ahora es
que esta impresión de completa diversidad de varios grupos humanos es creada, en gran
parte, por el complejo de Edipo, es decir, el complejo de Edipo de los antropólogos, o
psiquiatras, o psicólogos. No sabe qué hacer con su propio complejo de Edipo... por
consiguiente scotomiza una clara evidencia para
el complejo de Edipo, aún cuando su formación debiera permitirle verlo... Esta
represión del complejo de Edipo es complementada por otra tendencia preconsciente, la del nacionalismo. La idea de que todas las naciones son completamente
diferentes la una de la otra y de que el objeto de la antropología es simplemente
descubrir cuán diferentes son, es una manifestación tenuemente velada de nacionalismo,
la contrafigura democrática de la doctrina racial nazi o de la doctrina de clases
comunista. Ahora, por supuesto, me doy perfectamente cuenta del hecho de que todos los que
abogan por el estudio de las diferencias son gentes bienintencionadas y que
conscientemente están en favor de la hermandad de la Humanidad. El slogan de la
«relatividad cultural» se supone que significa justamente esto. Pero yo soy un
psicoanalista. Yo sé que todas las actitudes humanas proceden de una formación de
compromiso de dos tendencias opuestas y conozco el significado de la formación de
reacción: «Tú eres completamente diferente, pero yo te perdono», a esto es a lo que se
llega. La antropología se halla en peligro de ser llevada a un callejón sin salida al
ser sometida por una de las más antiguas tendencias de la Humanidad, la del grupo
interior contra el grupo exterior.
En
otras palabras, cuando tú no estás de acuerdo conmigo, tú te equivocas porque lo que
tú dices es un producto de un complejo de Edipo reprimido, por consiguiente no tengo que
responder a tus objeciones fácticas. Esto, debe decirse, no es una buena actitud para la
promoción del acuerdo científico.
El
análisis psico-cultural hecho por los freudianos usa esencialmente los mismos métodos de
análisis que la «psico-historia», y está sujeto, esencialmente, a las mismas
críticas. Daré dos ejemplos de esta tendencia a interpretar supuestos hechos basados en
causas hipotéticas que en los hechos reales son irrelevantes o no existentes. El primero
de ellos es «El Caso del Esfínter Japonés». La noción freudiana de que la
personalidad adulta está estrechamente relacionada con las instituciones de educación de
los niños fue utilizada durante la guerra para establecer una relación entre las
costumbres del retrete y la supuesta personalidad compulsiva de los japoneses, tal como
aparecen en su carácter nacional y en sus instituciones culturales. Geoffrey Gorer, un
psicoanalista británico, propuso una hipótesis sobre las costumbres del retrete para
explicar el «contraste entre la gentileza de la vida japonesa en el Japón, que encantó
a casi todos sus visitantes, y la tremenda brutalidad y sadismo de los japoneses en la
guerra». La hipótesis de Gorer asociaba esta brutalidad con «costumbres de severa
limpieza en la infancia», que creaban una rabia reprimida en los niños japoneses porque
estaban obligados a controlar sus esfínteres antes de haber adquirido el adecuado
desarrollo muscular e intelectual. Una sugerencia parecida se hace en el libro de Ruth
Benedict «El Crisantemo y la Espada», que contiene una afirmación similar sobre lo
estricto de las costumbres del retrete en los japoneses, y el ejemplo es considerado como
una de las facetas de la preocupación de los japoneses por el orden y la limpieza (un
aspecto importante del carácter anal de Freud).
Por
atrayentes que estas especulaciones puedan parecer, fueron hechas sin la ventaja de la
investigación sobre el terreno, o sin un conocimiento íntimo de las costumbres de
retrete impuestas por las madres japonesas. Cuando tal investigación fue llevada a cabo
después de la guerra, pronto se apreció que se había cometido un serio error con
respecto a la naturaleza de las costumbres de retrete japonesas; los niños japoneses no
estaban sujetos a ninguna clase de severas amenazas o castigos a este respecto, sino que
eran tratados de manera muy parecida a los niños europeos o americanos. Además, la
rapidez con que los japoneses se adaptaron a su derrota, aceptaron la influencia
americana, cambiaron muchos de sus modelos básicos de conducta y tomaron la dirección
del movimiento en pro de la paz en Oriente, difícilmente puede confirmar el retrato de
tiempos de guerra que enfatizaba su frustración y su brutalidad.
Ahora
debemos ocuparnos del «Caso de los Pañales Rusos». Esta hipótesis fue formulada por
Gorer y Rickrnan en su estudio del carácter nacional ruso, decía, esencialmente, que el
carácter nacional ruso se podía comprender mejor en relación con la manera, prolongada
y severamente restrictiva en que los niños rusos eran (supuestamente) enfajados. Gorer
sostiene que el enfajado se asociaba con la clase de personalidad maníaco-depresiva
correspondiente a la alternativa coacción y libertad experimentadas por el niño ruso,
produciendo un cerrado sentimiento de rabia cuando estaba enfajado, contrastando con el
alivio ante la súbita libertad cuando se le quitaban los tensos pañales. Se supone que
esta rabia se dirige hacia un objeto difuso porque el niño es tratado de una manera muy
impersonal y le es difícil relacionar el tratamiento con un atormentador determinado.
Entonces la rabia da paso a la culpabilidad, pero de nuevo, en este caso, la emoción es
ampliamente distribuida y no puede ser relacionada con una persona en particular.
Edificando
sobre esta notable hipótesis, Gorer trató de demostrar que fenómenos tales como la
revolución bolchevique, los procesos de las purgas de Stalin, las confesiones de
culpabilidad en esos procesos, y muchos otros acontecimientos de la reciente historia
soviética están en cierto modo «relacionados» con la rabia generalizada y los
sentimientos de culpabilidad asociados con el enfajado. Una de sus divagaciones más
divertidas fue sugerir que la expresividad de los ojos de los rusos procedía del hecho de
que las restricciones en las otras partes del cuerpo de los niños rusos forzaban a los
bebés a depender de su vista para sus principales contactos con el mundo. Marvin Harris,
en su libro «El Nacimiento de la Teoría Antropológica» hizo un espléndido comentario
sobre estas teorías:
Desgraciadamente, Gorer no disponía de una evidencia
sólida referente a la extensión del enfajado de pañales. Ciertamente, los intelectuales
que confesaron su culpabilidad en los procesos de las purgas de Stalin llevaban
probablemente pañales. El ambiente de opresión y de miedo del período de Stalin puede
encontrarse asociado con dictaduras desde Ghana hasta Guatemala, y la supuesta
compatibilidad entre el carácter nacional ruso y el despotismo del período de Stalin es
refutada por el simple hecho de la revolución rusa. Atribuir la revuelta contra el
despotismo zarista a la rabia inducida por el enfajado de los pañales es perder de vista
por completo la reciente historia europea. La tiranía de Stalin se fundó sobre los
cadáveres de su enemigos. Sólo llenando los campos de concentración con millones de
no-conformistas y suprimiendo despiadadamente todos los vestigios de oposición política
consiguió Stalin imponer su voluntad a sus compatriotas. La noción de que las masas
rusas estaban, en cierto modo, psicológicamente colmadas por el terror del período de
Stalin no tiene absolutamente ninguna base en los hechos.
La
teoría de Gorer está formulada en términos que implican un nexo causal directo: el
enfajado de pañales produce el carácter ruso. Gorer, empero, produjo una contradicción
que es típica en gran parte del pensamiento psicoanalítico en el campo antropológico.
Dice:
El tema de este estudio es que la situación subrayada
en los precedentes párrafos es uno de los
mayores determinantes en el desarrollo del carácter de los rusos adultos. No es el tema de este estudio que la manera rusa de poner
los pañales a sus niños produce el carácter ruso, y no se desea implicar que el
carácter ruso sería cambiado o modificado si otra técnica de crianza de los niños
fuera adoptada.
Como
hace observar Marvin Harris: «Una lectura cuidadosa de esta negativa no demuestra su
inteligibilidad. Se dice que el enfajado es uno de los principales determinantes del carácter ruso en un
sentido, pero en el siguiente párrafo se dice que no es ninguna clase de determinante. Gorer sostiene que
la hipótesis del enfajado tiene un gran valor heurístico, y la compara con un «hilo que
conduce a través del laberinto de las aparentes contradicciones de la conducta adulta
rusa». No es fácil comprender la naturaleza epistemológica de ese «hilo»; si no hay
enlace causal, ¡entonces no hay hilo!. Cualquier hipótesis debe involucrar una
correlación de algún grado de cantidad o calidad, es decir, algún nexo causal.
Suprimamos esto, y no quedará nada.
Margaret
Mead tomó la defensa de Gorer y la interpretó como si él hubiera afirmado algo así:
«A partir de un análisis de la manera en que los rusos ponen los pañales a sus niños,
es posible construir un modelo de formación del carácter ruso, que nos permita
relacionar lo que sabemos sobre la naturaleza humana y lo que sabemos sobre la cultura
rusa, de manera que la conducta rusa se hace más comprensible». No nos explica cómo, si
no hay relación causal, la hipótesis hace más comprensible la conducta rusa. Mead
presenta así la hipótesis de Gorer: «Es la combinación de una versión raramente
restringente de una práctica corriente, la edad del niño que es de tal manera
restringido, y una insistencia de los adultos en la necesidad de proteger al niño contra
sí mismo -la duración y el tipo de enfajado- que se supone que tienen efectos distintivos en la formación del carácter
ruso». Como comenta Harris: «Con esta aseveración, toda la argumentación vuelve a su
forma inicial, y la falta de evidencia sobre los «efectos» supuestos nos llena, una vez
más, de sorpresa».
Esta
curiosa combinación de pretensiones de causalidad y negación de causalidad es típica en
la actitud general de Freud. Como ha hecho observar Cioffi: «Síntomas, errores, etc. no
son simplemente causados sino que «anuncian»,
«proclaman», «expresan», «realizan», «completan», «gratifican», «representan»,
«inician» o «aluden a este o aquél impulso reprimido, pensamiento, etc.». Y continúa
diciendo:
Los efectos acumulativos de esto, en contextos en los
que en otros casos sería natural exigir una elucidación conductista o una evidencia
inductiva, son que la exigencia es suspendida debido a nuestra convicción de que es
actividad intencional o expresiva que está siendo explicada; mientras que en contextos en
que normalmente esperamos un cándido y considerado rechace del agente suficiente para
falsear o descartar la atribución de expresión o intención, esta esperanza es disipada
por la charla de Freud sobre «procesos», «mecanismos» y «leyes del inconsciente».
Todo
esto, como aclara Cioffi, es debido a que Freud y sus seguidores se sienten obligados a
dar una explicación causal, pero también
tienen miedo de hacer cualquier afirmación
definitiva que pudiera ser refutada por una apelación a la inconsistencia de hechos. Esta
ambivalencia es documentada muchas veces en este libro, y aparece en toda la obra de Freud
y de sus seguidores. El capítulo de Cioffi debiera ser ampliamente consultado por ser el
que mejor explica esta tendencia general que hace que el psicoanálisis sea más una
pseudo-ciencia que una ciencia: Gorer, Mead y otros arriba citados no hacen más que
seguir el ejemplo dado por el mismo Freud.
Al
discutir la aplicación de las teorías de Freud a la historia y a la antropología, y en
particular su teoría de los orígenes de «Totem y Tabú», es imposible negligir la
influencia de la propia historia de Freud y de su personalidad en sus teorías. Yo he
hecho observar previamente la imposibilidad de comprender las teorías freudianas, excepto
como una presentación de sus propios sentimientos y complejos; esta opinión, de hecho,
encuentra respaldo en los escritos de bien conocidos psicoanalistas. Así, Robin Ostow
sostiene que «Totem y Tabú» debe ser «leído como una alegoría sobre Freud, sus
discípulos, y el movimiento psicoanalítico». He aquí lo que dice Ostow;
Las características personales del padre primitivo
representan muchos de los propios rasgos de Freud. Muchos de los puntos básicos del drama
primitivo son observables tanto en la evolución del movimiento psicoanalítico como en
los temores y fantasías de Freud sobre su futuro personal y el de sus teorías y
organización. Adler y Stekel eran dos de los hijos mayores que Freud exilió de la
horda... La fantasía de Freud sobre ser desmembrado e incorporado por esos creativos y
agresivos jóvenes parece contener un cierto temor y una cierta cantidad de placer
masoquista. El ve su última reemergencia, con un control personal sin precedentes sobre
un grupo de hijos espirituales, ahora cooperativos, afectuosos y arrepentidos, pero sin
individualizaciones... Freud se imaginaba a sí mismo como el totem de las posteriores
generaciones de psicoanalistas; se llamarían freudianos, le reverenciarían y
funcionarían en una organización ordenada.
E.
Wallace, que ha estudiado muy detalladamente la dependencia de las teorías freudianas en
la propia historia personal de Freud, añade unos cuantos puntos más. Insiste que entre
los factores causales para escribir «Totem y Tabú» estaban el conflicto del padre de
Freud y, también, sus problemas con Jung, que se rebelaba contra la preeminencia de
Freud. El mismo Freud admitió que su vida intrapsíquica se caracterizaba por la
ambivalencia hacia su padre, un conflicto que se acusó claramente en varios síntomas.
Wallace continúa así:
Podemos ver de varias maneras la
relación entre el propio padre de Freud y la hipótesis del parricidio. Por una parte,
por elevar su dinámica personal (el conflicto del padre) al nivel de un universal
filogenético. Freud pudo distanciarse de su rabia patricida (que había sido reactivada
por el rebelde Jung). Por otra parte, al calificarlo de hecho primitivo de la historia del
mundo, expresaba la importancia del mismo en su propia vida psíquica. La caracterización
del parricidio primitivo como una herencia irrevocable del conocimiento parcial de Freud
sobre su propia dinámica... la fatal inevitabilidad de que debía revalidar el conflicto
de su padre y sufrir la culpabilidad. Además esta hipótesis debe haber sido una manera
de retirar una atribución previa de culpabilidad a los padres (cuando revivía sus
fantasías histéricas), es decir, eran los hijos, no los padres, quienes habían cometido
el crimen. En todo caso, el elemento de formación de compromiso es bastante claro, pues
describiendo al padre primitivo como un brutal tirano, Freud podía, en un sentido,
justificar los sentimientos asesinos de los hijos.
Es
interesante ver a la psico-historia volverse contra su propio creador y los métodos del
psicoanálisis utilizados para disecar la obra del mismo Freud. El hecho de que esto haya
sido llevado a cabo por los mismos seguidores de Freud ilustra el punto de que la obra de
Freud y su historia y personalidad evolutivas son, en muchos aspectos, inseparables. El
sedicente análisis científico del hombre que Freud creía haber llevado a cabo es poco
más que un gigantesco ensayo autobiográfico; el milagro consiste en que tanta gente lo
haya tomado seriamente como una contribución a la ciencia. ¿Podemos depositar algo de fe
en la aplicación a su propio creador en lo que consideramos es un método equivocado?.
Debemos dejar que el lector se forme su propia impresión, preferiblemente después de
haber leído la muy extensa obra de Wallace, que se especializó en este tema y argumente
sobre el mismo de forma impresionante. Desde el punto de vista científico, todo ello debe
ser irrelevante. Fuere lo que fuere lo que hizo que Freud propugnara una teoría
particular, tal teoría debe ser juzgada basándose en la lógica, en la consistencia y en
el respaldo fáctico. Este respaldo no ha aparecido en los temas de la historia y la
antropología, ni tampoco en otros temas que hemos examinado, y tal es la causa sustancial
de los cargos contra Freud... y no que él fuera impulsado a formular sus teorías por su
propia historia evolutiva y los acontecimientos de su vida posterior.
Terminaré
este capítulo citando a Marvin Harris, que tiene que decir lo que sigue sobre la
relación entre psicoanálisis y antropología:
El encuentro de la antropología con el psicoanálisis
ha producido una rica cosecha de ingeniosas hipótesis funcionales en las cuales los
mecanismos psicológicos pueden ser considerados como intermediarios de la conexión entre
partes dispares de la cultura. El psicoanálisis, no obstante, tiene poco que ofrecer a la
antropología cultural mediante la metodología científica. A este respecto, el encuentro
de las dos disciplinas tendió a reforzar las tendencias inherentes hacia las
generalizaciones incontroladas, especulativas e histriónicas cada una de las cuales en su
propia esfera había cultivado como parte de su licencia profesional. El antropólogo
llevando a cabo un análisis psicocultural se parecía al psicoanalista cuya tentativa de
identificar la estructura básica personal de su paciente continúa siendo ampliamente
interpretativa e inmune a procedimientos normales de comprobación. En un sentido lo que
las grandes figuras del movimiento de las fases formativas de la cultura y la personalidad
nos pedían era que las creyéramos como nos creemos a un analista, no por la verdad
demostrada de cualquier tema particular, sino por la evidencia acumulada de coherencia en
un modelo credible. Aunque tal fe es esencial para la terapia psicoanalítica en la cual
importa muy poco que acontecimientos de la infancia de una especie particular tuvieran o
no tuvieran lugar, siempre y cuando el analista y el paciente estuvieran convencidos de
que realmente sucedieron, la separación del mito y de los acontecimientos concretos es el
objetivo más alto de las disciplinas que se ocupan de la historia humana.
Si esto
es verdad, ¿por qué tantos historiadores y antropólogos se precipitaron a interpretar
su material según los esquemas freudianos?, La respuesta, probablemente, radica en el
vicio deseo humano de obtener algo a cambio de nada Empezamos por no saber nada de nada
sobre la infancia de Leonardo da Vinci, o sobre los factores que incitaron a Lutero a
comportarse como lo hizo, Con el uso de interpretaciones freudianas de sueños, fantasías
o conductas conocidas de una u otra clase, se sugiere que podemos trascender las
limitaciones de nuestro material fáctico, y llegar a conclusiones que nos dejan
estupefactos en su generalidad. En biología hemos aprendido a construir todo un esqueleto
de algún difunto dinosaurio a partir de unos cuantos huesecillos y fragmentos de dientes:
el psicoanálisis acaricia la esperanza de que podamos hacer lo mismo en historia y en
antropología... dadnos sólo unos cuantos fragmentos aislados de sueños, conductas o Fehlleistungen, y a partir de esos pocos indicios podemos reconstruir
toda una cultura, un acontecimiento de la infancia de una persona, o las causas de un
carácter nacional.
Más
que eso: si no disponemos de hechos en absoluto, entonces podemos «hacerlos» nosotros
mismos, utilizando las sedicentes «leyes científicas» del psicoanálisis para deducir
lo que los hechos han debido ser. No necesitamos saber nada sobre los hábitos de los
japoneses en el retrete; si Freud nos dice que el riguroso sistema japonés del uso del
retrete produce la clase de carácter exhibido por los japoneses durante la guerra,
entonces podemos confiadamente afirmar que tal es la clase de disciplina que ellos han
debido tener. Es triste que luego nos digan que la disciplina del retrete de los japoneses
no era en nada, parecida a la que presuponían los freudianos, pero esto, al parecer, tuvo
muy poco efecto en sus ardores interpretativos. Como ya citamos anteriormente, T. H.
Huxley dijo que la gran tragedia de la ciencia era el asesinato de una bella teoría por
un hecho feo. Las teorías freudianas pueden no ser bellas, pero han demostrado ser
invulnerables ante cualquier cantidad de evidencia fáctica demostrando su absurdidez. Los
psicoanalistas, desgraciadamente, parecen incapaces de comprender la insistencia sobre la
evidencia fáctica que es tan característica en los hombres de ciencia; ellos prefieren
flotar sobre nubes de interpretaciones nebulosamente basadas en fantasías imaginarías.
¡No se construye una ciencia de esta manera!.