CAPITULO OCTAVO
DESCANSE EN PAZ: UNA EVALUACIÓN
La verdad sale más fácilmente
de un error que de la confusión
Francis Bacon
Tratemos
de fijar la Posición de Freud en el mundo de la ciencia. Freud era muy ambiguo en sus
juicios sobre sí mismo. Por una parte, él se situaba junto a Copérnico y a Darwin;
corno éstos habían humillado a la Humanidad demostrando la insignificancia de la
Tierra en el esquema celestial, y la relación entre el hombre y otros animales también
él pretendía haber mostrado el supremo poder del inconsciente en el gobierno de
nuestras actividades diarias. Por otra parte, su percepción le llevó a afirmar que él
no era un hombre de ciencia, sino más bien un conquistador...
aunque tampoco especificó qué era lo que él había conquistado.
Esta
contradicción aparece en gran parte de lo que escribió; por una parte, el deseo de ser
un hombre de ciencia en el común sentido aceptado para las ciencias naturales, y por
otra, el darse cuenta de que lo que él hacía era de una clase esencialmente diferente.
Este conflicto, no es exclusivo de Freud, ni está confinado en el psicoanálisis; es
esencialmente la diferencia entre la psicología como Naturwissenschaft (ciencia natural) y psicología
como Geisteswissenschalts (hermenéutica).
La
Hermenéutica es la disciplina que se ocupa de la interpretación y el significado.
Compara el análisis de acciones y experiencias con el estudio interpretativo de un texto.
El arte de la Hermenéutica consiste en extraer el significado de un texto particular
conociendo las implicaciones de los símbolos usados, así como su significación en
relación con cada uno y el contexto en que aparecen. Para el profesional, acciones y
experiencias son consideradas como significados codificados, no como hechos objetivos;
toman su significado de los símbolos que llevan consigo. Tal acceso, que acentúa el significado es el que se opone exactamente al
acceso de la ciencia natural que acentúa el estudio de la conducta; de ahí la eterna
lucha en psicología entre los conductistas y un amplio campo de oponentes, que incluye a
los psicoanalistas, muchos psicólogos cognitivos, introspeccionistas, psicólogos
ideográficos, etc. Las discusiones filosóficas entre estos dos grupos son verdaderamente
importantes en la lucha por el alma de la psicología, y muchos autores han experimentado
auténticas angustias sobre la elección adecuada, o han tratado, incluso, de tener lo
mejor de ambos mundos adoptando a ambos bandos indiscriminadamente. Freud fue uno de los
que se preocuparon por la ciencia natural de la investigación conductista, pero cuya
contribución principal se halla claramente en el campo hermenéutico. Howard H. Kendler,
en su libro «Psicología: Una Ciencia en Conflicto» da un excelente sumario de los
argumentos de ambos bandos, y las posibilidades de reconciliarlos; pero esto es una
consecuencia probablemente demasiado compleja y tal vez recóndita para ser tratada en
este libro.
Richard
Stevens, en su libro «Freud y el Psicoanálisis», asevera firmemente que Freud sólo
puede ser comprendido en términos de la Hermenéutica:
¿Qué hay en la vida mental que hace que el sujeta
sea tan difícil de tratar?. Me gustaría proponer que los problemas surgen porque su
esencia es el significado... Al referirme a las
acciones de la vida mental como significado, me refiero al hecho de que la conducta de
nuestras vidas y relaciones está ordenada por conceptos. La manera en que
conceptualizamos y sentimos sobre nosotros mismos, sobre otra gente o sobre una situación
será fundamental para nuestra manera de conducirnos. En la vida diaria, damos esto por
supuesto.
Esto,
naturalmente, es cierto, pero no significa que queramos necesariamente abandonar la
interpretación de una ciencia natural de la conducta, y adoptar otra más basada en el
sentido común. Las tribus primitivas interpretan muchos hechos objetivos en términos de
significados e intenciones: si una persona cae enferma, ello se debe a la intención de un
enemigo, o de un hechicero, o de alguna clase de magia. Está claro que esta no es la
manera de desarrollar una sólida ciencia de la medicina.
Stevens
continúa debatiendo la naturaleza y el potencial de la psicoterapia:
Estamos probando y modificando continuamente nuestras
interpretaciones, ya cambiando explícitamente opiniones
con otros, ya observando implícitamente sus ejemplos
sobre las maneras de interpretar los hechos. Una manera de ver una sesión de psicoterapia
es como una negociación de este tipo. Puede no involucrar una persuasión directa, pero
el paciente será probablemente animado a revisar la manera en que se construye a sí
mismo y sus relaciones. Así, la psicoterapia es totalmente distinta de la medicina
física. Su esencia es una manipulación del significado, no del funcionamiento del
cuerpo...
Cuando se considera como un método hermenéutico, la
debilidad del psicoanálisis como ciencia experimental se convierte en su verdadera
fuerza. Consideremos la idea de la sobre-determinación. Al debatirse la condensación que ocurre en los
sueños, se observó que muy diferentes ramales de significados pueden subyacer en una
sola imagen o acontecimiento recordado. La interpretación psicoanalítica se propone
descifrarlos. Además, los conceptos que nos proporciona la teoría nos ayudan a visualizar los significados desde
diferentes perspectivas y niveles... Aunque esto imposibilite someter toda interpretación
a un test preciso, ofrece un gran potencial
para unificar los retratos detallados de los diferentes significados que pueden estar
implicados.
Lo que
se sugiere aquí es algo a menudo pretendido por el psicoanálisis, concretamente que nos
proporciona numerosas « percepciones » que el conductismo y otras ciencias naturales son
incapaces de tener. Esto nos plantea inevitablemente una dificultad. ¿Qué pasa si esas
sedicentes «percepciones» no son nada más que vanas interpretaciones de sueños,
errores, lapsus, etc., y son de hecho erróneas conduciéndonos en una dirección
equivocada?. ¿Cómo podemos decir si Freud tenía razón o no la tenía?. Las
alternativas a Freud pueden no ser, después de todo, el conductismo, sino las teorías de
otros psicólogos hermenéuticos: ¿cómo debemos escoger entre Freud y Jung, Freud y
Adler, Freud y Stekel, y demás?. No hay ninguna duda de que Freud y los otros
psicoanalistas mencionados interpretarían un determinado sueño de muy diferentes
maneras; ¿cómo debemos saber cuál de esas interpretaciones es «correcta»?. Así,
incluso si aceptamos el acceso hermenéutico, continuamos necesitando criterios para
decidir sobre la veracidad o la falsedad de unas interpretaciones dadas, y Freud no nos
suministra ninguno de los criterios necesarios para cumplir con esta función.
P.
Rieff, en su libro «Freud: La Mente del Moralista», tiene un interesante párrafo sobre
el modo en que los psicoanalistas utilizan el término «ciencia» en un sentido que es
muy diferente al que le dan los científicos. Reconoce que el psicoanálisis no se ajusta
a los rigurosos patrones de la teoría científica, pero expresa su preocupación:
Que esta etiqueta de anti-científico sea usada para
condenar a Freud, o, peor aún, para alabarle condescendientemente por esas raras
cualidades suyas que no fomentamos entre nosotros mismos: su amplia variedad y sutileza,
su insuperada brillantez como exégeta del lenguaje universal del dolor y el sufrimiento,
su deseo de formular juicios y extraer pruebas tanto de su propia vida como de los datos
clínicos. Sus motivos científicos concuerden con las implicaciones éticas de su
pensamiento, cuyas frases hechas descienden de las conversaciones de las clases educadas
hasta la conciencia popular de la época. Sería una impertinencia, a la cual ninguna noción aceptada de la distinción entre la ciencia y
la ética debería llevarnos... juzgar auténtica una de las facetas de Freud y descartar
la otra. Para los humanistas en la ciencia, y para los científicos de lo humano, Freud
debería ser el modelo por una preocupación por lo que es distintamente humano y al mismo
tiempo verdaderamente científico.
Stevens
compendia el debate diciendo:
Si vuestro criterio crítico para la ciencia es la
generación de proporciones que son falsificables, entonces está claro que el
psicoanálisis no es una ciencia. Pero si vosotros entendéis por «ciencia» la
formulación sistemática de conceptos e hipótesis basadas en cuidadosas y detalladas
observaciones, entonces yo creo que la respuesta debe ser que lo es. Es discutible,
también, si hay algún otro acceso susceptible de ofrecer mejor potencial para la
predicción de las acciones de la gente que esquemas de la vida real. Pues Freud, aun a
contrapelo, lleva a cabo la incómoda aunque importante tarea de confrontar la cara de
Jano de los seres humanos tal como son, tanto como seres existenciales como seres
biológicos.
Esto
nos hace volver al problema de Freud, el hombre, el creador de su teoría, y su
aplicación de sus propios problemas y sufrimientos neuróticos a la manera en que todos
los hombres se conducen. No hay ninguna razón para suponer que las «percepciones» de
Freud dentro de sus propios sufrimientos tengan nada que ver, en manera alguna, con la
conducta de los otros seres humanos, como tampoco hay ninguna razón para asumir que sus
«percepciones» sean, de hecho, adecuadas. Se precisaría evidencia para demostrar esto,
y evidencia es precisamente lo que falta. Ciertamente, como hemos visto, se ha demostrado
que Freud se equivocaba en tantos contextos diferentes, que no es difícil comprender por
qué deberíamos, sin ninguna prueba, creer en todas esas sedicentes «percepciones»
Muchas de tales percepciones han sido, en cualquier caso tomadas prestadas de otros, yendo
desde Platón hasta Schopenhauer, y desde Kierkegaard hasta Nietzsche y conceder crédito
por ellas a Freud es tan falso como asumir que son ciertas. Se requiere una aproximación
histórica para asignar prioridades, y también una consideración desde el punto de vista
de la ciencia natural para descubrir su validez en términos de veracidad. Esto se da por
descontado por los apólogos de Freud, pero esto es precisamente lo que hay que demostrar.
En el debate entre el conductismo y el psicoanálisis, el conductismo ha tenido siempre
una mala prensa por dos razones.
En
primer lugar, no es Freud sino Páulov quien debe ser considerado, junto a Copérnico y
Darwin, como el gran destronador de la Humanidad, haciéndola bajar de su pedestal; fue
él quien mostró que muchos de nuestros actos no son del Homo sapiens,
sino que son resultados de condicionamientos primitivos mediados por el sistema
límbico y otras partes subcorticales del cerebro. Así halló la hostilidad que
erróneamente asumió Freud, como ya hemos visto, que era obra suya. Explicar condiciones
neuróticas en términos de condicionamiento pauloviano les parece a muchas personas
degradante, mecánico y deshumanizado; prefieren, con mucho, las interpretaciones,
aparentemente más humanas, de significados sutiles, que sazonan toda la obra de Freud.
En
segundo lugar, cualquiera puede comprender creer que comprende, ¡algo muy diferente!) los
escritos teorías de Freud. Después de leer algunos de sus libros muchas personas se
creen completamente capaces de interpretar sueños, de juzgar actos de los demás, y de
explicarlos en términos de conceptos psicoanalíticos. En cambio para comprender a
Páulov, y mantenerse al día sobre el trabajo experimental en gran escala que se ha hecho
sobre su teoría, se requieren varios años de estudio, la lectura de innumerables libros
y artículos, y una constante puesta al día del conocimiento así adquirido, una serie de
requisitos que, en la naturaleza de las cosas, la mayoría de la gente es incapaz de
llevar a cabo. Pocos psiquiatras -suponiendo que haya alguno- están algo más que
remotamente familiarizados con los rasgos esenciales con la teoría del condicionamiento
y, del aprendizaje; los maestros, asistentes sociales, agentes probatorios de presos en
libertad condicional, y otros que deben tratar con seres humanos pueden, generalmente,
repetir unos cuantos términos freudianos, e imaginar que son capaces de «
psicoanalizar» a sus protegidos, pero normalmente no saben nada del condicionamiento
pauloviano, la teoría del aprendizaje, o la riqueza de los datos fácticos a la
disposición de los conductistas.
Sé por
experiencia que las discusiones abstractas son, por lo general, completamente
insuficientes para convencer a los dudosos. Observemos unos cuantos ejemplos simples para
ilustrar la diferencia entre el acceso freudiano y el conductista. El primer ejemplo que
he escogido es la conducta de los «golpeadores de cabezas», es decir, niños que sin
razón aparente golpean con sus cabezas contra paredes, mesas, sillas, etc., y que en tal
proceso pueden llegar a quedarse ciegos (por desprendimiento de retina) e incluso matarse.
¿Cómo proponen los psicoanalistas tratar ese serio desorden?. Ellos afirman que el niño
actúa de esta manera para atraer la atención, y para conseguir que su madre les muestre
afecto. Lo que se recomienda, en tal caso, es que cuando el niño empieza a golpearse la
cabeza, la madre debe cogerle en brazos, besarle y acariciarle y, mostrarle mucho afecto.
Todo esto es muy humano, y la interpretación puede ser correcta o no, pero por desgracia
tiene efectos contrarios a los buscados. La anormal conducta del niño es reforzada porque
es recompensado por ella, y por consiguiente aumenta la cadencia de sus cabezazos, con
objeto de obtener más y más atención de su madre.
El
conductista, por otra parte, no se preocupa de los significados; aplica simplemente una
regla universal, concretamente la del condicionamiento, a la situación. Dice a la madre
que cuando el niño empiece a darse de cabezazos, le levante del suelo, le deposite en una
habitación vacía y cierre la puerta. Después de diez minutos, ella debe abrir la puerta
y llevar al niño donde estaba antes, sin mostrar ninguna emoción ni reñirle, y tan
tranquilamente como sea posible. La ley del efecto penetra pronto en la mente del niño, y
los efectos negativos de golpearse la cabeza, una vez se da cuenta de ellos, asegurarán
que abandone esa conducta anormal. El tratamiento de los psicoanalistas puede parecer más
humano, pero, de hecho, lo que logra es lo contrario de lo que se pretende, mientras que
el método de los conductistas puede parecer completamente mecanicista pero, de hecho,
obtiene resultados. Si usted tuviera un hijo de cinco años, y estuviera en peligro de
quedarse ciego e incluso de matarse al golpearse la cabeza, ¿qué tratamiento preferiría
usted?. Formular la pregunta es conocer la respuesta.
Abordemos
un problema algo más complejo, el de la enuresis (hacerse las necesidades en la cama). Se
sabe que muchos niños se ensucian en su cama durante la noche, incluso a una edad en que
la gran mayoría ha dejado de hacerlo. ¿Por qué esto es así, y qué podemos hacer para
impedirlo?. Veamos, primero, qué dice el psicoanálisis. Los psicoanalistas consideran la
enuresis con mucha desconfianza; como uno de ellos ha dicho «la enuresis es considerada
en psicoanálisis como un síntoma de un desorden subyacente». Según tal punto de vista,
el facultativo concede una fundamental importancia causal a los modelos profundos de las
relaciones entre el niño y sus padres, las cuales son «moldeadas desde el nacimiento
debido al inter-juego complejo de fuerzas inconscientes de ambas partes». Algunas de las
teorías específicas adoptadas por los analistas toman la forma de especulaciones
altamente especulativas basadas en simbolismo psicoanalítico. Para un analista, por
ejemplo, la enuresis «representaba un enfriamiento del pene, el fuego (calor) del cual
era condenado por el super-ego». Para otro, la enuresis era un intento de escapar de una
situación masoquista y expulsar al exterior las tendencias destructivas: la orina es
considerada como un fluido corrosivo y el pene como un arma peligrosa. Aún otro terapeuta
sugirió que generalmente la enuresis expresaba una exigencia de amor, y sería como una
forma de «llorar a través de la vejiga».
Hay
muchas interpretaciones diferentes, pero pueden ser convenientemente agrupadas bajo tres
títulos diferentes. Algunos psicoanalistas creen que la enuresis es una forma sustitutiva
de la gratificación directa de ansiedades y temores profundamente arraigados, y un tercer
grupo la interpreta como una forma disfrazada de hostilidad hacia los padres o sustitutos
de los padres que la víctima no se atreve a expresar abiertamente. Todas estas teorías
insisten en la primacía de algún «complejo» psicológico, y la naturaleza secundaria
del «síntoma»; lo importante es lo primero, no lo segundo. Por consiguiente, se planea
un largo tratamiento, implicando un examen exhaustivo del inconsciente del paciente
mediante la interpretación de los sueños, la asociación de palabras, y otros métodos
complejos, y tomando en consideración muchos aspectos de la personalidad del niño que no
tienen, aparentemente, nada que ver con el simple acto de ensuciarse en la cama. Pero no
hay en absoluto evidencia alguna de que este método funcione mejor que ningún
tratamiento (la mayor parte de los niños enuréticos mejoran, en cualquier caso, después
de unos cuantos meses, o años), o que un tratamiento placebo. Así, también en este caso
tropezamos con la imposibilidad para el psicoanálisis de proporcionar evidencia alguna
que respalde sus numerosas suposiciones.
¿Qué
proponen los conductistas como causa, y como tratamiento?. Ellos consideran la enuresis,
en la mayoría de casos, simplemente como una incapacidad de adquirir un hábito, y creen
que esa «deficiencia de hábito» se debe a alguna clase de educación defectuosa. La
educación corriente para la continencia enseña al niño a responder al estímulo de la
vejiga despertándose. Así el niño aprende a sustituir el ir al retrete (o utilizar el
orinal) en vez de ensuciarse en la cama; cuando fracasa este aprendizaje, el resultado es
la enuresis. Profundas investigaciones han demostrado que, aunque a veces hay algo que no
funciona físicamente bien en el sistema urinario, en nueve casos de cada diez, el
ensuciarse en la cama es una condición de hábito. Si esta proposición es correcta,
entonces el método de tratamiento sería muy simple; consistiría en inculcar el hábito
mediante un sencillo proceso de condicionamiento pauloviano. Utilizamos una manta
interpolada entre dos placas metálicas porosas; esas placas están conectadas en serie
con una batería y un timbre. La manta seca actúa como un aislante; en cuanto el niño
empieza a orinarse y la manta se humedece la orina salina actúa como un electrolito y se
establece una conexión entre ambas placas metálicas. Esto cierra el circuito y el timbre
suena y despierta al niño, originándole un reflejo que inhibe el acto de orinar. Este
método es ahora muy ampliamente usado en el tratamiento y educación de los niños en
todo en mundo; es completamente seguro, funciona bien y rápidamente, y ha sido bien
aceptado tanto por los padres como por los niños. Además, pueden sacarse muchas
deducciones de la teoría general de aprendizaje sobre la manera específica en que
funciona, y los experimentos han demostrado que esas deducciones están, de hecho
comprobadas por el experimento. El método del timbre y la manta ha reeemplazado en la
actualidad a la terapéutica freudiana de modo casi universal, porque es mucho más
sencillo, y funciona mucho mejor y más rápidamente. ¿Por qué, pues, debiéramos
aferrarnos a métodos de interpretación que no tiene respaldo empírico y no curan, en
vez de seguir un método que tiene un buen respaldo experimental y cura más rápida y
más frecuentemente?.
Los
freudianos, como era inevitable, solían argumentar que este tipo de tratamiento
«sintomático» no hace nada por reducir la ansiedad que es fundamental para la
condición de la enuresis y que es tal ansiedad la que debería ser tratada. Los hechos,
no obstante, parecen ser, exactamente, contrarios. Es la enuresis la que produce la
ansiedad ya que el niño se encuentra en la poco envidiable situación de ser objeto de
las burlas de sus compañeros y ser reñido, y a veces pegado, por sus padres. Una vez que
el método del timbre y la manta elimina la enuresis, la ansiedad casi siempre desaparece,
y el niño recobra su ecuanimidad.
Podrían
citarse muchos otros ejemplos, tales como el lavado de manos obsesivo-compulsivo descrito
en un capítulo precedente. Tal vez no nos guste el
hecho de que descendemos, a través de la evolución, de ancestros parecidos a los
animales, y tal vez no nos guste el hecho de que, igual que ellos, nos vemos constreñidos
en nuestra conducta por mecanismos corporales que nos parecen primitivos y despreciables.
Pero gustos y aversiones no crean hechos; es tarea del hombre de ciencia ocuparse de los
hechos, más que de los gustos y aversiones de los seres humanos. La manera adecuada de
juzgar las teorías, ya sean conductistas o hermenéuticas, consiste en fijarse en las
consecuencias, y éstas, por lo general, apuntan a la idoneidad de las teorías
conductistas y a la inadecuación y los errores de la hermenéutica, particularmente en su
tipo freudiano.
Lo que
es erróneo en la hermenéutica en general, y en el psicoanálisis en particular, es que
sustituye a una pseudociencia por una ciencia genuina. Como afirmó Cioffi:
Es característico de una pseudo-ciencia que las
hipótesis que la componen están en una relación asimétrica con las esperanzas que
generan, permitiendo que esas hipótesis las guíen y sean corroboradas cuando resultan,
pero no, en cambio, desacreditadas cuando fallan. Una manera de llevar esto a cabo
consiste en arreglarse para que esas hipótesis sean tomadas en un sentido estrecho y
determinado antes de producirse el hecho, pero luego, en un sentido más amplio e
indeterminado después de haberse producido. Así, tales hipótesis viven una doble vida:
una sometida y restringida en la proximidad de observaciones contradictorias, y otra menos
inhibida y más exuberante cuando están alejadas de éstas. Este rasgo no parecerá
evidente ante una simple inspección. Si deseamos determinar si el papel desempeñado por
estas aserciones es genuinamente empírico es necesario descubrir qué están dispuestos a
llamar evidencia contraprobatoria sus proponentes, no lo que nosotros queremos llamar tal.
Incluso
desde un punto de vista hermenéutico, pues, Freud y el psicoanálisis deber ser
considerados un fracaso. No nos queda más que una interpretación imaginaria de
pseudo-acontecimientos, fracasos terapéuticos, teorías ilógicas e inconsistentes,
plagios disimulados de los predecesores, «percepciones» erróneas de valor no demostrado
y un grupo dictatorial e intolerante de seguidores que no insisten en la verdad, sino en
la propaganda. Este legado ha tenido consecuencias extremadamente malas para la
psiquiatría y la psicología, entre las que podemos singularizar las siguientes:
La
primera y probablemente más lamentable consecuencia ha sido el efecto sobre los
pacientes. Sus esperanzas de mejoría y curación han sido frustradas una y otra vez, y en
algunos casos todavía han visto como su caso empeoraba gracias a los psicoanalistas. Su
sacrificio en tiempo, dinero y mucha energía no ha servido para nada y la decepción que
ha resultado de ello ha representado, frecuentemente, un golpe severo para su amor propio
y su felicidad. Cuando hablamos del psicoanálisis, debiéramos tener siempre presente el
destino de los pacientes; las pretensiones científicas del psicoanálisis son una cosa,
pero sus efectos terapéuticos son otra, mucho más importante desde el punto de vista
humano. El psicoanálisis es una disciplina cuyo objetivo es curar a los pacientes; su
imposibilidad de conseguirlo y su desgana en admitir su fracaso nunca debieran ser
olvidadas.
La
segunda consecuencia de las enseñanzas de Freud ha sido el fracaso de la psicología y la
psiquiatría en desarrollarse hacia estudios adecuadamente científicos sobre la conducta
normal y la anormal. Es probablemente cierto decir que Freud ha hecho retrasar el estudio
de estas disciplinas en cincuenta años o más. Ha conseguido retardar la investigación
científica de los primeros tiempos, conduciéndola a lo largo de unos esquemas que han
demostrado ser ineficaces o incluso regresivos. Ha elevado la ausencia de pruebas,
devaluando. su necesidad, al nivel de una religión que han abrazado demasiados
psiquiatras y psicólogos clínicos en detrimento de su disciplina. Hay grandes
dificultades en el estudio científico de la conducta; Freud las ha multiplicado al actuar
como un pionero de los que no desean seguir el riguroso entrenamiento necesario para
convertirse en un practicante de la moderna psicología, necesaria para cualquier
investigador que quiera contribuir genuinamente al progreso de su ciencia. Esto, también,
es difícil de perdonar, y las futuras generaciones tendrán que compensar el daño hecho
por él y sus seguidores en este terreno.
La
tercera consecuencia que debe ser cargada en la cuenta de Freud es el daño que sus
teorías han causado a la sociedad. En su libro sobre «La Ética Freudiana», Richard La
Piere ha mostrado cómo las enseñanzas de Freud han minado los valores sobre los que se
basa la civilización Occidental, mientras que, aun admitiendo que una parte de ello se
haya debido a una mala interpretación de las enseñanzas freudianas, no es menos cierto
que su influencia, en conjunto, ha sido maligna. W. H. Auden, en su famoso poema «En
Memoria de Sigmund Freud», escribió:
«Si a
veces se equivocaba, y, a veces, era absurdo, para nosotros ya no es una persona, sino
sólo un clima de opinión ... ».
Esta es
una observación muy fina, digna del poeta, pero debe suscitarse la cuestión de si ese
clima de opinión, es decir, un clima de permisividad, promiscuidad sexual, decadencia de
valores pasados de moda, etc. es un clima en el que quisiéramos vivir. Incluso el egregio
Dr. Spock, autor del famoso libro sobre los bebés, se retractó de su entusiástica
defensa previa de las enseñanzas freudianas, y reconoció el daño que habían hecho; ya
es hora de que reconsideremos esta enseñanza no sólo en términos de su falta de validez
científica, sino también en términos de su nihilismo ético.
La gran
influencia de las nociones freudianas en nuestra vida en general puede, difícilmente, ser
puesta en duda, y será reconocida por la mayoría de la gente. Las costumbres sexuales,
la crianza de los niños, la subjetividad de las reglas éticas, y muchos otros dogmas
freudianos, se han filtrado, ciertamente, hacia el hombre de la calle, por lo general, no
a través de ninguna lectura de las obras de Freud, sino a través de la muy grande
influencia que él ha tenido en el establishment literario
y en los medios de comunicación de masas, periodistas, guionistas de televisión y
reporteros, productores cinematográficos y otros que actúan como intermediarios entre la
docencia académica, por una parte, y el público en general, por otra. La crítica
literaria ha sido fuertemente influida por las nociones freudianas y también lo han sido
la crítica histórica y la antropología, y todo esto, inevitablemente, ha impactado en
la sociedad en conjunto. La veracidad de las ideas freudianas es considerada indiscutible
en esos contextos, y no se suscita duda alguna sobre la misma. Así se ha desarrollado una
gran inercia que incluso los críticos más conspicuos notan que es muy difícil de
vencer; críticos literarios, historiadores, maestros, asistentes sociales y otros que se
ocupan, de una manera o de otra, de la conducta no pueden molestarse al leer argumentos
complejos y estudios experimentales, especialmente cuando éstos amenazan con minar su fe
en la psicología «dinámica».
Hay
otras razones por las cuales el psicoanálisis ha tenido tanto éxito en ganar el acceso a
y la aprobación del gran público intelectual (e incluso del no-intelectual) comparado
con la psicología experimental. En primer lugar, los psicólogos experimentales, como
otros hombres de ciencia, utilizan un argot, basado en paradigmas experimentales y en
tratamientos matemáticos y estadísticos que son ininteligibles para quien no posea una
formación especial. El argot freudiano, por otra parte, es muy inteligible para
cualquiera que sepa leer inglés (¡o alemán!). Términos como «represión» son
fácilmente comprensibles (o, por lo menos, parecen serlo); términos como «inhibición
condicionada», «ley de Hicks», o el «cerebro triuno», por otra parte, no son
claramente inteligibles sin una larga explicación.
Pero,
más allá de esto, el psicoanálisis se ocupa de asuntos importantes y «relevantes»,
como motivación y emoción, amor y odio, enfermedad mental y conflicto cultural, el
significado de la vida y las verdaderas razones de nuestra conducta cotidiana; proporciona
una especie de explicación (aunque errónea) para nuestras vidas, nuestros éxitos y
fracasos, nuestros triunfos y desastres, nuestras neurosis y nuestras curaciones. La
psicología experimental, en cambio, parece ocuparse de problemas esotéricos, sin
importancia y fundamentalmente irrelevantes, que sólo tienen interés para los mismos
psicólogos experimentales. Este cuadro está suficientemente cerca de la verdad para
convencer a muchas personas altamente inteligentes y a gente notable (¡incluyendo a
muchos psicólogos!) de que nuestra elección se plantea entre una disciplina humanamente
importante, aun cuando sus fundamentos no sean científicos, y una disciplina básicamente
irrelevante para nuestros intereses más profundos, aun cuando pueda ser rigurosa y
auténticamente científica en su metodología.
Muchos
experimentalistas no sólo aceptan este veredicto sino que lo toman a gloria. Igual que el
famoso matemático inglés G. H. Hardy, disfrutan con el trabajo experimental precisamente
porque no tiene implicaciones prácticas. Sus problemas son auto-generados, según ellos
creen y están muy lejos de «la esfera de nuestros sufrimientos». Este escapismo es
difícil de comprender y casi ciertamente es erróneo; incluso las matemáticas de Hardy
demostraron ser útiles e instrumentales en aplicaciones tan prácticas como la
construcción de la bomba atómica. De modo parecido, el trabajo aparentemente esotérico
sobre el condicionamiento en los perros ha demostrado ser fundamental en enseñarnos cómo
se originan las neurosis y cómo pueden ser tratadas. Páulov, ciertamente, no dudó nunca
sobre la aplicación práctica de sus leyes, y ¡cuánta razón tenía!. Pero la
impresión sobre la irrelevancia práctica de la psicología experimental aún perdura, y
desgraciadamente hay mucho de cierto en esa creencia; muchos experimentalistas se
concentran en pequeños problemas sin significación científica real, prefiriendo la
elegancia metodológica a la importancia científica. Pero aunque muy extendida, tal
actitud está lejos de ser universal, y hay ya bastante evidencia sobre la amplia
relevancia de los hallazgos experimentales con respecto a los problemas cotidianos, para
convencer al más encarnizado escéptico. Este libro se escribió, en parte, para insistir
precisamente en este punto; podemos combinar relevancia y rigor, importancia humana e
integridad del experimentalismo científico. No queda más que convencer al mundo de esta
importante verdad. La mayor parte de nuestros problemas son psicológicos por naturaleza,
desde la guerra hasta la lucha política, desde el desorden mental hasta la falta de
armonía marital, desde las huelgas hasta el racismo; ¡ya va siendo hora de recurrir a la
ayuda de la ciencia para tratar de resolver estos problemas!.
La
influencia de Marx ha sido bastante parecida a la de Freud, no sólo porque también él
basaba todo su caso en « interpretaciones », y prescindía de la evidencia directa, sino
también porque muy pocas de las personas que hoy pretenden compartir sus ideas ni
siquiera se preocuparon nunca de leer sus contribuciones originales, ni de examinar las
críticas, por poderosas que fueren, de tales ideas. Ciertamente los marxistas de hoy en
día a menudo sustentan puntos de vista exactamente opuestos a los de Marx y Lenin, como
por ejemplo en la cuestión de la herencia de que la «igualdad», como ideal esencial
para el socialismo, significaba igualdad social, no biológica, y enfatizaron su creencia
de que esta última era absolutamente imposible de alcanzar. En sus escritos resalta
claramente que sostenían la opinión de que la inteligencia y otras capacidades tenían
unos fundamentos claramente genéticos, pero algunos de sus seguidores, hogaño,
¡pretenden exactamente lo contrario!. Algo parecido puede decirse sobre Freud, sus
seguidores, también, han creado un «clima de opinión», que se desvía ostensiblemente
de lo que él mismo hubiera aprobado. No obstante, hay un linaje muy fácil de seguir, y
Freud no puede ser completamente absuelto de culpa.
Si el
psicoanálisis tiene tan poco valor, y tiene tan horribles consecuencias, ¿por qué ha
llegado a ser tan influyente?. Esta es una pregunta interesante e importante, y es de
esperar que futuros sociólogos y psicólogos tratarán de descubrir cómo fue posible que
un hombre pudiera infligir sus propios desórdenes neuróticos a varias generaciones y
persuadir al mundo de la importancia de sus teorías, las cuales no sólo adolecían de
falta de pruebas o de evidencia, sino que en muchos casos eran desmentidas por sus propios
ejemplos. Debiera decirse, empero, que el mensaje de Freud nunca fue universalmente
aceptado por hombres de ciencia y académicos. Fue aceptado, entusiásticamente, y
ampliamente popularizado, por dos grupos de gentes (aparte de los psicoanalistas
declarados, naturalmente).
El
primero de tales grupos consiste en personas tales como profesores, asistentes sociales y
agentes de libertad vigilada, que deben ocuparse de problemas humanos de una u otra
índole. Tales personas se enfrentan a tareas muy difíciles, y por consiguiente sienten
que necesitan cualquier ayuda que puedan conseguir en términos de teorías psicológicas.
El psicoanálisis parecía proporcionarles tal ayuda, y naturalmente lo acogieron con
entusiasmo. Como ya hemos hecho observar previamente, les dio la ilusión del poder, y una especie de pericia a la que podían aludir
como justificación de sus actividades. Es una desgracia que esto fuera una
pseudo-pericia, pero debido al prestigio que ofrecía, las personas de este grupo se
aferraron a ella, desde entonces, con feroz determinación. Es difícil evaluar el daño
que han hecho en nombre de Freud, y es lamentable que sus enseñanzas hayan excluido
virtualmente de su alcance otros aspectos más científicos que la psicología. En todo
caso, gente como esa constituye un poderoso sostén para el sistema freudiano.
El
segundo -y por cierto, muy diferente- grupo de partidarios de Freud está formado por
miembros del establishment literario. Para
ellos, Freud y sus enseñanzas constituían un más que bienvenido juego de acciones e
ideas que podía ser elaborado en producciones literarias, ya fueran poemas, obras
teatrales o novelas. Tomó el lugar ocupado antes por la mitología griega, o sea un
conjunto de creencias, personalidades y aventuras ampliamente conocido por la gente culta,
a la cual se podían referir, y podían, también, ser incorporados a obras literarias. En
vez de Zeus, Atenea, Aquiles y demás, ahora tenemos el censor, el super-ego, Zánatos y
otras figuras mitológicas. Para el escritor de segunda categoría, Freud significaba la
salvación: he aquí una rica mina que podía ser explotada sin fin, y en consecuencia el establishment literario se convirtió en un firme
abogado de las ideas psicoanalíticas.
¿Cuál
es la situación ahora?. El freudianismo tuvo su apogeo en los años 1940 y 1950, y tal
vez incluso duró hasta los años sesenta, pero entonces las críticas empezaron a
arreciar, y gradualmente el psicoanálisis fue perdiendo su atractivo. Esto es
verdaderamente cierto en las instituciones académicas; los departamentos modernos de
psiquiatría en los Estado Unidos, el Reino Unido y en todas partes, se concentran hogaño
en el aspecto biológico del desorden mental, particularmente en los métodos
farmacológicos de tratamiento, o si no, dirigen su atención hacia los métodos
conductistas, y los incorporan a sus enseñanzas y a su práctica. En la investigación
psicológica, también, el psicoanálisis ha ido cediendo terreno ante la terapia
conductista en los últimos veinte años. Inevitablemente, llevará mucho tiempo que los
psicoanalistas, que ocupan todos los lugares de poder y prestigio en la psiquiatría
americana, y también muchos, aunque no todos, en la psiquiatría británica, se hayan
retirado, y hombres más jóvenes, con ideas nuevas, ocupen su lugar. El famoso físico
Max Planck dijo una vez que incluso en la física, las nuevas teorías no quedan
establecidas porque los hombres han sido convencidos por la discusión racional y el
experimento, sino porque la vieja generación muere, y los hombres más jóvenes se forman
con la nueva tradición. Esto, sin duda, se aplicará también en la psicología y en la
psiquiatría.
Lo que
no puede ser puesto en duda, creo yo, es que el psicoanálisis se halla en plena cuesta
abajo, que ha perdido toda credibilidad académica, y que, como método de tratamiento,
cada vez es menos utilizado. Todas las ciencias deben pasar por una ordalía por
charlatanismo. La astronomía tuvo que separarse de la astrología; la química debió
salir del lodazal de la alquimia. Las ciencias del cerebro debieron desembarazarse de los
dogmas de la frenología (la creencia en que se podía leer el carácter de un hombre
observando la forma de su cabeza). La Psicología y la Psiquiatría, también, deberán
abandonar la pseudo-ciencia del psicoanálisis; sus adherentes deben volver la espalda a
Freud y a sus enseñanzas, y llevar a cabo la ardua tarea de transformar su disciplina en
una ciencia genuina Está claro que esto no es un trabajo fácil, pero es necesario, y no
es verosímil que unos ligeros retoques hayan de tener un valor duradero.
¿Qué
podemos, pues, para concluir, decir de Freud y su lugar en la historia?. El fue, sin duda,
un genio, no de la ciencia, sino de la propaganda, no de la prueba rigurosa, sino de la
persuasión, no del esquema de experimentos, sino del arte literario. Su lugar no se
halla, como él pretendía, junto a Copérnico y Darwin, sino junto a Hans Christian
Andersen y los Hermanos Grimm, autores de cuentos de hadas. Este puede ser un juicio
riguroso, pero pienso que el futuro lo respaldará. En esto estoy de acuerdo con Sir Peter
Medawar, ganador del Premio Nobel de Medicina, que dijo:
Hay
algo de verdad en el psicoanálisis, como lo hubo en el mesmerismo y en la frenología (es
decir, el concepto de la localización de funciones en el cerebro). Pero, considerado en
su conjunto, el psicoanálisis no resulta. Es un producto acabado, como lo fueron un
dinosaurio o un Zeppelin; no se puede, ni se podrá jamás erigir una teoría mejor sobre
sus ruinas, que permanecerán para siempre como uno de los paisajes más tristes y
extraños de la historia del pensamiento del siglo XX.
En un
símil más práctico, podríamos tal vez citar a Francis Bacon, a pesar de que viviera
muchos años antes que Freud:
Esa
señora tenía la cara y el aspecto de una doncella, pero sobre sus caderas se abalanzaban
aullantes podencos. Así, también, estas doctrinas presentan en primer lugar una faz
encantadora, pero el atolondrado galanteador que tratara de llegar a las partes
generativas en la esperanza de una descendencia, sólo se encontraría con chillonas
disputas y discusiones.
El
psicoanálisis es, en el mejor de los casos, una cristalización prematura de ortodoxias
espúreas; en el peor, una doctrina pseudo-científica que ha causado un daño indecible
tanto a la psicología como a la psiquiatría, y que ha sido igualmente dañina para las
esperanzas y aspiraciones de incontables pacientes que confiaron en sus cantos de sirena.
Ha llegado la hora de tratarlo como una curiosidad histórica, y de volver a la gran tarea
de construir una psicología verdaderamente científica.
NOTAS
(1). En
español, en el texto original (N. del T.).
(2). Catarsis
significa, etimológicamente, «purga» (N. del T.).
(3).
Placebo: Supuesto tratamiento o medicina, sin valor terapéutico alguno, que se
administra a veces a los enfermos, para producir efecto psicológico (N. del T.).
(4). Del
inglés Young, Attractive, Verbal, Intelligent and Successful (N. del T.).
(5).
ES, iniciales del inglés «Effect Size Score» (N. del T.).
(6). F
o M significan, aquí, « Female » o « Male », Hembra o Macho (N. del T.).
(7).
Agorafobia: temor morboso a atravesar espacios abiertos (N. del T.).
(8). En
el texto inglés, «mix the breed» significa mezclar la raza, o también casta, o
progenie. Pero «breed» quiere decir, también, parir, criar, tener hijos (N. del T.).
(9).
REM: iniciales de la frase inglesa «Rapid Eye Movement».
(10).
«To screw», en castellano «atornillar», es un término vulgar anglosajón para
significar gráficamente el acto de fornicar. (N. del T.).
(11).
En inglés, respectivamente: «signal», y
«single»; «confession» y «convention»; «suburbs» y «subways».
(12). En
inglés, sucesivamente: «Don't burn your
finger» y « ... your toes»; «I know his father-in-law» y « ... brother-in-law»; «a
small Japanese restaurant» y «...Chinese
restaurant» (N. del T.).
(13). En
inglés: «You have hissed the mystery lectures» en lugar de « You have missed the
mystery lectures » (N. del T.).
(14).
«shad book» - «bad shock», mala descarga, en inglés (N. del T.). (15). «Vany Molts»
- «Many Volts», muchos voltios, en inglés (N. del T.).
(16).
«Lood gegs» y «good legs», buenas piernas (N. del T.).
(17).
«Bine fody» y «fine body», cuerpo bonito. «Fire bobby», policía de fuego; «five
boggies», cinco ciénagas (N. del T.).
(18).
Los detalles se dan en los libros escritos por Eysenck y Wilson, así como por Kline
(veáse Bibliografía) (N. del T.).
EN AGRADECIMIENTO
Por su
permiso de reproducir extractos de material protegido por la propiedad literaria,
agradecido reconocimiento se hace a los siguientes autores:
W. H.
Auden: « Poemas Recopilados »: The Estate of W. H. Auden and Curtis Brown Ltd.
C. P.
Blacker: «Eugenesia: Galton y Después»: Duckworth & Co. Ltd.
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Boas: «Los métodos de la Etnología» en «Raza, Lengua y Cultura»; MacMillan and Co.
Ltd.
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Cioffi: «Freud y la idea de la Pseudo-Ciencia»: R. Borger y F. Cioffi. « Explicaciones
en las Ciencias Conductistas»: Cambridge University Press.
I. Bry
y A. H. Rifkin: «Freud y la Historia de las Ideas»: Fuentes Primitivas, «1906-1910 en
Jules Masserman (ed): «La Ciencia en el Psicoanálisis», vol. V;
Grune and Stratton, Inc.
S.
Freud: « Autobiografía », «La Interpretación de los Sueños», «La Psicopatología
de la Vida Cotidiana», «El Caso del Hombre Lobo», «El Caso del Pequeño Hans», «Tres
Ensayos sobre la Sexualidad», «Estudio sobre Leonardo da Vinci»: Sigmund Freud
Copyrights Ltd.
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Pequeño Hans", de Freud», «Revista de Enfermedades Nerviosas y Mentales». 1960: Williams and Wilkins Ltd.
BIBLIOGRAFÍA
En el
curso de una vida larga y activa debo haber leído varios centenares de libros sobre Freud
y la teoría psicoanalítica, así como miles de artículos. Como este libro ha sido
escrito para el lector en general, y no para el especialista, no he documentado cada
observación, crítica o comentario, pero puede ser útil citar los libros a los cuales
los lectores interesados pueden referirse como fuentes secundarias, para discusión más
amplia de las teorías implicadas y, en general, para obtener más detalles técnicos. Los
cito a continuación, según el capítulo para el cual pueden ser más relevantes, aun
cuando haya bastantes repeticiones.
Es
obvio que el lector debiera estar un poco familiarizado con la teoría freudiana y
preferentemente haber leído alguno de los libros principales publicados por Freud. Las
obras principales a que me refiero en este libro son: «Un Estudio Autobiográfico »
(Londres, Hogarth, 1946); « El Caso de la Historia de Schreber» (Londres, Hogarth,
1958); «Tres Ensayos sobre la Teoría de la Sexualidad» (Londres, Hogarth, 1949);
«Leonardo da Vinci» (Edición Standard de la Obras Psicológicas Completas, Vol. II);
«La Interpretación de los Sueños» (Londres, Allen & Unwin, 1914); «Totem y
Tabú» (Londres, Routledge, 1919); «El Análisis de una Fobia de un Niño de Cinco
Años» (Documentos Escogidos, Vol. III, Londres: Hogarth Press, 1950); en la edición de
Muriel Gardiner, «El Hombre Lobo: Con el caso del Hombre Lobo por Sigmund Freud» (Nueva
York, Basic Books, 1971).
Los
lectores no familiarizados con la obra freudiana encontrarán el mejor y más comprensible
compendio en un libro de R. Dalbiez, titulado «Método Psicoanalítico y Doctrina de
Freud» (Londres: Longmans, Green & Co. 1941). El autor es un partidario de Freud,
pero no «acrítico» y los ejemplos de casos históricos, interpretaciones de sueños,
etc., que da están particularmente bien seleccionados.
Para
una discusión elevada de la obra de Freud desde el punto de vista de la filosofía de la
ciencia «Los Fundamentos del Psicoanálisis», de Adolf Gruenbaum (Berkeley: University
of California Press, 1984) debiera ser consultado. Es el trabajo definitivo sobre el tema,
informado e informativo, impresionante por su rigor lógico y su precisión argumental, y
plenamente admirable por su completo dominio tanto de la literatura psicoanalítica como
de la filosófica.
Los
lectores que creen que sólo los que han sido psicoanalizados tienen derecho a criticar
pueden consultar con provecho un libro de J. V. Rillaer, un eminente psicoanalista belga
de gran reputación, que perdió sus ilusiones y escribió un libro extremadamente
iluminador, criticando acerbamente las teorías y prácticas de sus colegas, «Las
Ilusiones del Psicoanálisis» (Bruselas, Mardaga, 1980). Este libro es un clásico, pero
desgraciadamente sólo disponible en francés. Para una crítica más amplia por un
psiquiatra americano, está la obra de B. Zilbergeld «El Encogimiento de América: Mitos
del Cambio Psicológico» (Boston: Little, Brown & Co., 1983), que está basado en una
experiencia psiquiátrica a largo plazo y escrito sin tapujos.
Desde
el punto de vista de la medicina general hay un libro escrito por E. R. Pinckney y C.
Pinckney, «La Falacia de Freud y el Psicoanálisis» (Englewood Cliffs: Prentice Hall,
1965); propina un saludable contragolpe a los que creen que todas las enfermedades son
psicosomáticas. Otra crítica general del psicoanálisis, basada en una experiencia de
muchos años, es un libro de R. M. Jurjevich, « El Fraude del Freudianismo» (Filadelfia,
Dorrance, 1974), que debe ser leído inmediatamente después de un libro editado por S.
Rachman, «Ensayos Críticos sobre el Psicoanálisis» (Londres: Pergamon Press, 1963).
Una
perspectiva ligeramente diferente es ofrecida por dos libros escritos uno desde el punto
de vista francés y otro desde el alemán: P. Debray-Ritzen, «La Escolástica Freudiana»
(París: Fayard, 1972) y H. F. Kaplan: «¿Es Inútil el Psicoanálisis?» (Viena: Hans
Huber, 1982). Cubren un ámbito general muy amplio, y son relevantes en cuanto al Prólogo
de este libro, pero en algunas de sus partes, por supuesto, pueden aplicarse a diferentes
capítulos igualmente.
CAPITULO
1: FREUD, EL HOMBRE
Podemos
empezar citando algunas biografías que han llegado a ser muy conocidas. La más famosa es
la de Ernest Jones, «Vida y Obra de Sigmund Freud» (Londres: Hogarth Press, Vol I 1953,
Vol. II 1955, Vol. III 1957); esto es más una mitología que una historia, emitiendo,
como lo hace, todos los rasgos desfavorables para Freud y alternando el retrato del mismo
al suprimir datos y material que podrían ser perjudiciales a su imagen. Algo muy parecido
puede decirse de «Freud: Vivir y Morir» (Londres, Hogarth Press, 1972) de M. Schur. El
libro «Freud und sein Vater» (Freud y su padre, en alemán) publicado por H. L. Beck,
Munich, 1979 se ocupa de las relaciones de Freud con su familia.
A los
lectores más interesados por la verdad que por la mitología se les recomienda «Freud y
la Cocaína: La Falacia Freudiana», de E. N. Thornton, (Londres: Blond & Bridge,
1983); Thorntorn es de profesión un historiador de la medicina, y no le debe nada a la
obra de Freud... ¡y se nota!. También crítico pero extremadamente ceñido a los hechos
es el relato de F. J. Sulloway, «Freud, Biólogo de la Mente», (Londres, Burnett, 1979);
este es un libro excelente que desvela muchos de los mitos que se han acumulado alrededor
de Freud. Lo mismo puede decirse del libro de H. F. Ellenberger «El Descubrimiento del
Inconsciente: La Historia v Evolución de la Psiquiatría Dinámica», (Londres, Allen
Lane, 1970). Ellenberger ha hecho un trabajo ímprobo para demostrar la dependencia de
Freud de escritores anteriores, particularmente Pierre Janet, y su libro se ha convertido
en un clásico. En menor medida, puede decirse lo mismo del libro de L. L. Whyte «El
Inconsciente antes de Freud» (Londres: Tavistock Publications, 1962) que subraya los dos
mil años de historia de los predecesores de Freud y muestra con gran detalle cómo
establecieron la importancia del inconsciente y delimitaron sus contornos.
La
relación entre Freud y sus seguidores ha sido de gran interés para mucha gente y ha sido
usada para ilustrar la tesis de que gran parte de la teoría se basa en la historia de su
propia vida. Dos libros que pueden ser consultados ventajosamente a este respecto son
«Freud y sus Seguidores» (Londres: Allen Lane, 1976) de P. Roazen, y «Freud y Jung:
Conflictos de Interpretaciones » (Londres: Routledge & Kegan, Paul, 1982), de R. S.
Steel. Ambos dan una excelente descripción de la rebelión y los conflictos, la conducta
autoritaria de Freud, y la diáspora de la excomunión de tantos de sus seguidores.
CAPITULO II: EL PSICOANÁLISIS COMO MÉTODO DE TRATAMIENTO
Un
libro de gran interés es «El Hombre Lobo: Sesenta Años Después », de K. Obholzer
(Londres: Routledge & Kegal Paul, 1982), que relata el caso de uno de los más famosos
pacientes de Freud que, según éste, había sido curado, pero que continuó sujeto a las
mismas molestias y desórdenes durante los sesenta años que transcurrieron entre su
«curación» y su muerte. Un buen debate sobre los casos verdaderamente tratados por
Freud y sus falsas pretensiones de haber llevado a cabo curaciones lo da C. T.
Eschenroeder en «Hier Irrte Freud» (Viena: Urban & Schwarzenberg, 1984).
Dos
libros mencionados en el texto ilustran el hecho, denunciado por H. H. Strupp, S. W.
Hadley y B. Gomes-Schwartz en «Psicoterapia para Bien o para Mal: El Problema de los
Efectos Negativos» (Nueva York: Aronson, 1977), de que el psicoanálisis tiene, a menudo,
un efecto muy dañino en la salud mental del paciente: S. Sutherland, en «Caída: Una
Crisis Personal y un Dilema Médico» (Londres: Weidenfeld & Nicolson, 1976), y
Catherine York, en «Si las Esperanzas Fueran Vanas» (Londres, Hutchinson, 1966). Estos
libros deberían ser leídos por quien se interesara en lo que sucede realmente en un
análisis freudiano ¡visto desde el punto de vista del paciente!.
CAPITULO III: EL TRATAMIENTO PSICOANALÍTICO Y SUS ALTERNATIVAS
Dos
libros relevantes con la materia tratada en este capítulo deben ser leídos
consecutivamente. El primero es el de S. Rachman y G. T. Wilson, «Los Efectos de la
Terapia Psicológica» (Londres: Pergamon 1980); es un compendio notable de toda la
evidencia relativa a los efectos del psicoanálisis y la psicoterapia, escrito desde un
punto de vista crítico, y dando, con mucho detalle, los mejores relatos disponibles sobre
los hechos. El segundo es de M. L. Smith, G. V. Glass y T. I. Miller: «Los Beneficios de
la Psicoterapia» (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1980); también analiza los
textos literarios y asegura haber demostrado la eficacia de la psicoterapia, pero por las
razones que da en este libro sólo tiene éxito en conseguir demostrar exactamente lo
contrario. Los lectores interesados en saber más sobre métodos alternativos de
tratamiento, tales como la terapia conductista, pueden recurrir a una narración popular
de H. J. Eysenck, «Tú y la Neurosis» (Londres: Temple Smith, 1977).
CAPITULO IV: FREUD Y EL DESARROLLO
DEL NIÑO
La
referencia principal en este capítulo es para un libro de C. W. Valentine, «La
Psicología de la primera infancia» (Londres: Methuen, 1942). Hay también un capítulo
de F. Cioffi, « Freud y la Idea de la Pseudo-Ciencia » que aparece en un libro editado
por R. Borger y F. Cioffi, «Explicaciones y las Ciencias Conductistas» (Cambridge:
Cambridge University Press, 1970). En este libro se encuentra también mucho material que
puede ser usado en relación con los capítulos siguientes.
Para el
caso del «Pequeño Hans», me he referido a una revisión crítica, detallada y luminosa,
de J. Wolpe y S. Rachman. «Evidencia Psicoanalítica: una crítica basada en el caso
freudiano del Pequeño Hans», en «Revista de Enfermedades Mentales y Nerviosas», 1960.
Hay
abundante material a escoger para este capítulo. Excelentes introducciones a la
psicología del sueño pueden hallarse en los siguientes trabajos: H. B. Gibson, «Dormir,
Soñar y Salud Mental» (en prensa); D. B. Cohen: «Dormir, Soñar: Orígenes, Naturaleza
y Funciones », (Londres: Pergamon Press, 1979); A. M. Arkin, J. S. Antrobus y S. J.
Ellman, editores de « La Mente en Sueños » (Hillsdale, N. J.: Lawrence Erlbaum, 1978).
Otra buena información puede hallarse en el libro de D. Foulkes « Sueños de Niños:
Estudios Longitudinales» (Nueva York, John Wiley, 1982); empieza como un freudiano
convencido, pero sus propios estudios le desilusionan. Luego está el libro de M. Ullman y
N. Zimmerman, «Trabajando con los Sueños» (Londres: Gutchinson, 1979) y también el de
R. M. Jones «La Nueva Psicología del Sueño» (Londres: Penguin Books, 1970), un
psicoanalista que también se volvió un crítico de la teoría de Freud. El más
importante de todos, no obstante, es, probablemente, C. S. Hall, en su libro «El
Significado de los Sueños» (Nueva York: Harper, 1953), que elaboró una teoría rival de
la de Freud, mucho más sensible y fuertemente respaldada por un amplio cuerpo de
evidencia.
Menciono
en este libro la vieja tendencia a simbolizar las partes genitales del macho y la hembra
con referencias a objetos alargados y redondos; un estudio detallado de este tema lo da J.
N. Adams en «El Vocabulario Sexual Latino» (Londres: Duckworth, 1982), del cual he
tomado los diversos ejemplos citados en este capítulo.
Con
referencia a los llamados «lapsus freudianos» me he referido a dos libros. El primero es
el de S. Timpanaro, «El Lapsus Freudiano: Psicoanálisis y Crítica Textual» (Londres:
New Left Books, 1976); y el otro es editado por V. A. Fomkn, «Errores en Realización
Lingüística: Lapsus de la Lengua, Oído, Pluma y Mano» (Londres: Academic Press, 1980).
Ambos libros son excelentes y facilitan una interesante introducción a la teoría y al
estudio experimental de tales lapsus desde el punto de vista de la lingüística y la
psicología experimental.
CAPITULO VI: EL ESTUDIO EXPERIMENTAL DE LOS CONCEPTOS FREUDIANOS
Por lo
que se refiere a este capítulo, dos libros pueden ser ventajosamente consultados. Uno, es
el de P. Kline «Hecho y Fantasía en la Teoría Freudiana» (Londres: Methuen, 1972); es
una relación muy detallada de todo el trabajo hecho por psicólogos experimentales
interesados en la teoría freudiana y que trataron de comprobarla en los laboratorios. El
autor no es «acrítico», pero a menudo omite considerar hipótesis alternativas; podemos
aceptar su rechace de un sólido cuerpo de evidencia probatoria por no demostrar las
teorías de Freud, pero en cambio hay que considerar sospechosas sus evaluaciones más
positivas. Un libro que H. J. Eysenck y G. D. Wilson, « El Estudio Experimental de las
Teorías Freudianas» (Londres: Methuen, 1973) examina los principales experimentos que
según críticos competentes dan el mayor respaldo a las teorías freudianas y trata de
demostrar que, de hecho, no prueban tal cosa. Debe dejarse a los lectores decidir por sí
mismos entre Kline y Eysenck-Wilson.
CAPITULO VII: PSICO-CHARLA Y PSEUDO-HISTORIA
El
debate, en este capítulo, se ha basado ampliamente en la obra de D. E. Stannard
«Encogimiento de la Historia» (Oxford: Oxford University Press, 1980), un examen
detallado de las pretensiones de Freud y sus seguidores concerniente al estudio de la
historia desde el punto de vista psicoanalítico... y es una exposición muy condenatoria.
En
cuanto al aspecto antropológico del capítulo, los lectores pueden referirse a M. Harris,
«El Ascenso de la Teoría Antropológica», (Nueva York: Crowell, 1968) y E. R. Wallace
«Freud y la Antropología: Una Historia y Reevaluación» (Nueva York: International
Universities Press, 1983). También se cita a «Margaret Mead y Samoa», de D. Freeman
(Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1983), que demuestra muy claramente cuán
totalmente vacías de contenido pueden ser las teorías e interpretaciones
antropológicas.
CAPITULO VIII: DESCANSE EN PAZ:
UNA EVALUACION
Para
este capítulo podemos recomendar un libro de N. Morris, «Un hombre poseído: La Historia
del Caso de Sigmund Freud» (Los Ángeles: Regent House, 1974). Este libro también puede
ser relevante para el capítulo I, analizando la personalidad de Freud de una manera
relacionada con nuestra interpretación de su obra como extensión de su personalidad, y
para el capítulo II en cuanto se refiere a los detalles de lo que parece un análisis
desde el punto de vista de la víctima.
El
libro de R. La Piere, «La Ética Freudiana» (Nueva York: Duell, Sloan & Perce, 196
1) se ocupa de las enseñanzas de Freud desde el punto de vista ético e insiste en el
tremendo daño que ha hecho a la sociedad americana y, por extensión, a la europea.
«El
Standing del Psicoanálisis» (Oxford: Oxford University Press, 1981) de B. A. Farrel y «
Freud y el Psicoanálisis» (Milton Keynes: Open University Press, 1983) de R. Stevens
debaten el crédito del psicoanálisis y se ocupan de muchos de los temas suscitados en
este capítulo. Ambos han sido escritos por hombres que son contrarios al psicoanálisis,
pero lo aceptan en direcciones que, como he hecho notar, lo reducen, en última instancia
a un status no científico.
Hay,
muchos más libros y gran cantidad de artículos que podrían y deberían ser leídos por
quien deseara ser considerado competente para discutir los sujetos implicados. No
obstante, se encontrarán referencias detalladas en los libros antes mencionados, y no
serviría de mucho ir más allá de la lista que aquí se ofrece.
Pocos se habrían atrevido a un análisis tan
objetivo de Freud, como el realizado por Hans J. Eysenck. Y dicho análisis en pocos casos
habría tenido algún valor como no fuera en la pluma de un profesor de prestigio
internacional que actualmente posee Eysenck. Sus extensos y documentados trabajos en el
campo de la psicología, y sobre temas como la personalidad, la inteligencia y la
educación, han hecho de él uno de los investigadores científicos más cotizados en el
mundo editorial. Su visión de la obra de Freud acaba siendo definitiva.
«Lo
que hay de cierto en Freud no es nuevo, y lo que hay de nuevo en Freud no es cierto.
¿Qué
podemos decir de Freud y su lugar en la historia?
Fue,
sin duda, un genio; no de la ciencia, sino de la propaganda, no de la prueba rigurosa,
sino de la persuasión, no de los esquemas y experimentos sino del arte literario.
Su
lugar no está, como él pretendía con Copérnico y Darwin, sino con Hans Christian
Andersen y los hermanos Grimm, autores de cuentos...
Freud
llegó, en el caso de Dora, a interpretaciones sobre los complejos de la paciente, que, en
realidad, no eran más que manifestaciones de las manías (o complejos) del propio Freud
...
Después de ochenta años de haberse publicado las teorías freudianas originales, no hay
ninguna de ellas que pueda ser respaldada por una adecuada evidencia evidencia
experimental, ni por estudios clínicos, investigaciones estadísticas ni métodos de
observación.
El doctor Hans J. Eysenck, nacido en 1916, es profesor
de Psicología en la Universidad de Londres, y director del Departamento Psicológico en
el Instituto de Psiquiatría (Maudsley and Bethlem Royal Hospitals). Es uno de los más
conocidos psicólogos de la actualidad y también de los más polémicos. Su
documentación y, sobre todo, la originalidad de sus ideas, le ha ganado la honrosa
enemistad de quienes viven y se nutren de unas ideas llamadas «nuevas» desde hace un
siglo.
Además de numerosos artículos en revistas técnicas,
Eysenck ha escrito también varios libros, entre ellos Dimensión de la personalidad,
Descripción y medida de la personalidad, La psicología de la política, Usos y abusos de
la pornografía, La dinámica de la ansiedad y la histeria, Conozca su propio coeficiente
de inteligencia, y Hechos y ficciones de la Psicología. Como psicólogo se enfrenta a la
mitología de Freud y sus adláteres en Decadencia y caída del Imperio Freudiano. Son muy
interesantes también sus incursiones en el campo de la Etnología, habiendo causado un
gran impacto, su obra Raza, Inteligencia y Educación.