La
globalización de las catástrofes
Juan A. Aguilar
Por primera vez en
la historia, la Humanidad en su conjunto está amenazada por una convergencia de
catástrofes: el deterioro del tejido social con el tráfico de drogas y el crimen
organizado a escala internacional como telón de fondo, el temor permanente al crack
económico por las fluctuaciones en los mercados financieros mundiales, el polvorín de
los países pobres del Sur y su enfrentamiento con el rico Norte, el aumento constante de
la violencia y el fanatismo, el deterioro progresivo del medio ambiente, el caos sanitario
que convierte las enfermedades en pandemias a escala planetaria (SIDA, los nuevos virus,
la enfermedad de las "vacas locas"), la fragilidad de los sistemas
cibernéticos, etc., son algunos ejemplos de la irracionalidad con la que convivimos a
diario.
Como afirma G. Faye en su libro "El Arqueofuturismo", "estas catástrofes
anunciadas son el fruto directo de la creencia en los milagros de la modernidad: pensemos
en el mito del posible alto nivel económico para todos y a escala planetaria, y en la
generalización de las economías de fuertes consumos energéticos. El paradigma del
igualitarismo materialista dominante -una sociedad de consumo "democrático"
para diez mil millones de hombres en el siglo XXI sin saqueo generalizado del medio
ambiente- es una pura utopía". Más que utopía, pura creencia onírica.
Pero esta es la lógica de un sistema que camina hacia la Globalización como culminación
de la ideología moderna, que nos ha hecho creer que es "necesaria" la creación
de una economía y de una sociedad globales que haga depender la vida cotidiana de fuerzas
globales. Los poderes económicos buscan la globalización de la producción, del
conocimiento y de las finanzas para maximizar sus beneficios. Y para ello es necesario,
por un lado, la retirada del Estado nacional como poder de regulación y por otro, la
globalización del poder político en la forma de una estructura de autoridad plural
asociada con las Naciones Unidas. La Globalización ha 'resuelto', de algún modo, las
crisis de acumulación capitalista, ha dejado atrás 'las relaciones sociales entre la
gente' y, por ende, disuelto la resistencia al sistema. Para los globalizadores, la
libertad de mercado neoliberal es incapaz de generar aceptación y recomiendan la
'democratización' en un nivel transnacional como un remedio para asegurar un capitalismo
de mercado a escala global. Es decir, se busca salvaguardar la libertad del mercado a
través de reformas institucionales y así garantizar el liberalismo económico. Por
tanto, todo lo que podemos hacer es recuperarnos de la pérdida de los valores
democrático-liberales transnacionalizando el gobierno, es decir: construyendo el Gobierno
Mundial. Se sugiere que sólo de esta manera se asegurarán los derechos de los ciudadanos
del mundo.
En pocas palabras, la teoría de la Globalización conduce a un proyecto político que
celebra esponsales con el espectro del capitalismo. Sin embargo, mientras los mundialistas
se despiden de la clase obrera, la burguesía permanece fiel a sus principios. La idea de
que las relaciones sociales burguesas se construyen a partir de relaciones entre
propietarios nunca ha sido olvidada por la burguesía. Se amarran fanáticamente en hacer
que 'su' riqueza se expanda, y nunca han dejado de pensar que el trabajo humano no sea
otra cosa que un simple coste empresarial, lo que significa el tratamiento de la humanidad
como un recurso que es sacrificado sobre las pirámides de la acumulación. ¿Cómo
extrañarnos que a lo largo de la última década haya habido un aumento en el tráfico de
mujeres y de niños, esto es, de prostitución y esclavitud? Simplemente, han surgido
nuevos mercados especializados en órganos humanos, reduciendo a los propietarios de la
fuerza de trabajo no sólo a ser un recurso explotable, sino también un recurso a ser
operado y vendido.
Este sufrimiento humano no es de ninguna manera reconocido por los teóricos de la
Globalización. La ortodoxia de la Globalización fracasa en ver la miseria de nuestro
tiempo, y al contrario, proyecta la reorganización capitalista global como un desarrollo
inevitable. La Globalización del capital está mal equipada para comprender las vastas
implicaciones de los sucesos actuales y es incapaz de captar que su dinámica lleva a la
convergencia de catástrofes a escala mundial. La Globalización nos instala en la crisis
permanente.
Sobre todas estas cuestiones los mundialistas guardan silencio. Para ellos el Hombre es
solamente un ciudadano provisto de derechos abstractos, una mercadería que obtiene un
salario destinado al consumo para mantener en funcionamiento la maquinaria de la
acumulación capitalista. Da igual si la máquina nos conduce al abismo.
Como profetizó el etólogo Robert Ardrey en 1973: "El mundo moderno es semejante a
un tren cargado de municiones que arremete en la niebla, en una noche sin luna y con todas
las luces apagadas". ¿Las catástrofes se han hecho globales? Responder a esta
pregunta es correr el riesgo de confundir los efectos con la causa. Más bien, todo induce
a pensar que la Globalización es la catástrofe.