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Heribert tiene razón

Elena Atxaga

 

Han pasado inadvertidos algunos, pero otros han sido escandalosamente voceados por todo el pandemónium de políticos, cerebros bienpensantes, periodistas subvencionados y clérigos del corazón. Nos referimos a las voces que, de una u otra manera, se han alzado contra el fenómeno migratorio que amenaza nuestra existencia. Porque eso es lo que hace: amenazarnos. El día 6 de febrero Ramón Pi publicaba en ABC un artículo titulado "Inmigrantes". En este artículo se habla de que el peligro de "racismo" no viene de la "población blanca" sino de los inmigrantes que "suelen ser fuertemente racistas, sectarios y excluyentes". Para Pi, si ya ha habido problemas para integrar a los gitanos "que son españoles de pura cepa con siglos de arraigo", sigue diciendo el periodista, "excuso decir lo que puede ocurrir ahora con otras minorías, mucho más ajenas al modo no ya español, sino europeo, de concebir el mundo y la vida". Ramón Pi no es un marginal de extrema derecha, sino un periodista reconocido y prestigioso. El día 26, Fernando Díaz-Plaja, al que tampoco se podrá calificar de nazi paranoide, menciona la palabra mágica: invasión. Porque para este destacado intelectual los inmigrantes son "invasores, pacíficos, pero invasores". Doña Marta Ferrusola, esposa del President de la Generalitat de Cataluña ha expresado su preocupación porque dentro de diez años las iglesias puedan ser sustituidas por mezquitas. Imaginamos que la señora Ferrusola habrá temblado al ver la campaña de los islamistas talibanes en Afganistán dinamitando las estatuas budistas milenarias. En el PSOE andaluz, un diputado socialista permaneció varios días en el anonimato contemplando cómo la prensa linchaba a un diputado de la oposición por haber dicho que "los moros" deberían de estar en Marruecos. Nadie se escandalizó por la falta de gallardía que supone que otro padezca las propias culpas, sino porque la frase era "xenófoba". Y es que nuestros líderes están dispuestos a perdonar la falta de valor pero nunca la "xenofobia".

Pero la gota que ha colmado el vaso han sido las declaraciones, encima por escrito, del dirigente histórico de la Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) Heribert Barrera. Para Barrera, la existencia de Cataluña peligra por la invasión de inmigrantes y, pecado supremo, ha exculpado a Jörg Haider, el polémico líder del Partido Liberal Austríaco, diciendo que "no es racista".

Una vez más el aparato de propaganda oficiosa del neoliberalismo se ha puesto en marcha: cientos de periodistas, políticos a sueldo, organizaciones no gubernamentales pero que costeamos todos los españoles, clérigos renegados que confunden la caridad con la ñoñería e izquierdistas de toda laya que buscan salvar su fracasada utopía provocando el colapso multirracial, todos ellos han rivalizado por ver quién idea el sofisma más sugerente, el desatino más sentimental o la argumentación más equívoca. El fin de este pandemónium de lunáticos es el mismo: culpar al pueblo español por no dejarse invadir. La editorial de ABC del día 1, siempre en la retaguardia de la progresía, argumenta de manera delirante que la inmigración ni destruye ni importa; lo que importa es la tragedia de los inmigrantes y nada más fuera de ahí, como si cada cosa no tuviera su justa importancia. Por eso, desde su atalaya de defensor de la ortodoxia semisoviética, el editorialista anatematiza las opiniones "erróneas" e invita a la vuelta al rebaño, a asentir a los planes homogeneizantes de un capitalismo que no conoce freno. Y nosotros nos preguntamos ¿qué es lo que acerca a un intelectual consolidado, a un periodista liberal, a una primera dama regional, a un izquierdista de los de toda la vida y a un oscuro diputado andaluz? Una cosa muy sencilla: el instinto de supervivencia de la comunidad a la que pertenecen. Para escándalo de los políticos apesebrados en las cloacas de la globalización, de la izquierda utópica, de la extrema derecha embrutecida en su propio pasado, unos cuantos españoles -aunque le pese al independentista Barrera- coinciden catalogar como amenaza la llegada de millones de individuos de culturas halógenas.

No es raro. La historia reciente describe múltiples casos de oposición a la invasión por culturas extrañas: desde los nativos de las islas Fidji en los años 80 hasta el patrón de todos los "xenófobos" del mundo, Su Santidad el Dalai Lama, que desde hace cinco décadas viene denunciando la invasión demográfica del Tíbet por colonos chinos. La destrucción de los pueblos que en occidente logra el mercado, el Partido Comunista Chino lo logra mediante la coacción del Estado. Los síntomas de estos días son prueba palpable de que el pueblo español, en lucha contra la propaganda y de los gurus oficiales, aún tiene ganas de vivir. El rechazo a la inmigración lo viven todos los días millones de españoles de a pié a los que la política oficial pretende ignorar. Las fronteras del conflicto político del siglo XXI se redefinen rápidamente hasta polarizarse en torno a dos posiciones claves que, contra lo que nos quieren hacer creer, no son los "demócratas" y los "xenófobos". La inmigración sólo es el veneno mortal con el que el capitalismo pretende dar la puntilla a todos los pueblos de la tierra. Por un lado el mundialismo, la globalización, la destrucción de comunidades enteras para someterlas después al poder del mercado, la ideología que subvierte la economía y la trasforma en herramienta de poder, la ideología del hombre que da razón de sí mismo, la ausencia de raíces, de hogar, de historia, por un lado. Por el otro todo lo que implica arraigo, familia, comunidad, historia, tradiciones, contacto con los que nos precedieron y, en una palabra, todo lo que vive y quiere ser-en-el-mundo como garantía de libertad. La utopía dieciochesca ha culminado su ciclo y quiere ahora negar la vida misma de los pueblos, sin la cual ningún ser humano puede vivir en la acepción más literal de la palabra. Por eso, la oposición anti-inmigración, pese al alud impositivo de la propaganda, surge de gente tan dispar: porque nace de un fondo vital que tiende afirmar la existencia del pueblo al que se pertenece.

Hasta ahora la resistencia a la inmigración y a la colonización de nuestro pueblo ha sido el grito silencioso de millones. Desde este momento hay que estar dispuesto a dar la razón a quién la tiene en este supremo conflicto renovado de principios de siglo XXI, aunque provenga de un frente ya caduco. Nuevos frentes para nuevos tiempos; percatarse de esto es la esencia de la lucha política. Lo demás es tontería.

5-03-2001