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El fin de un mundo

Elena Atxaga

 

A lo largo de esta última semana, la División de Poblaciones de las Naciones Unidas han presentado su informe sobre la población mundial, con las estimaciones sobre el número de habitantes del mundo a cincuenta años vista. El panorama no es especialmente halagüeño. La baja tasa de natalidad se mantiene constante en todo Occidente y sitúa a España en el primer puesto de los países más envejecidos del mundo en el 2050. Nuestro país reducirá su población en un 21%. Europa es el único continente que pierde población y, en los Estados Unidos, las minorías alcanzan a la población de origen europeo.

El informe aporta un dato tremendamente relevante: la India produjo en la primera semana de 2000 el mismo incremento de población que toda la Unión Europea en el año 2000. Las catástrofes naturales que asolan el planeta -en relación parcial pero directa con el incontenible crecimiento industrial- y la ineptitud y corrupción de los gobiernos del Tercer Mundo, hacen presagiar que las poblaciones de esos países se sentirán cada vez más descontentas y con necesidades vitales cada vez más acuciantes, por lo que no es de extrañar que las migraciones en masa hacia los "países desarrollados" sigan en aumento.

Una visión absolutamente pervertida de la economía lleva a pensar que el crecimiento económico ha de continuar incrementándose a pesar de todo y que, por lo tanto, la masa de población productiva decreciente ha de ser apuntalada si es preciso con gentes de otras latitudes. Con semejante concepción, el pueblo pasa a un segundo plano para ceder su lugar al sostenimiento del sistema económico.

Es lógico pues que los capitalistas apuesten por la movilidad laboral a ultranza y que, en zonas de depresión económica, la ausencia de recursos genere población sobrante que pueda ser trasplantada con el fin de potenciar el incipiente auge económico de otros lugares.

Occidente, algo muy superior al mero hecho geográfico, toca a su fin en la medida en que ya ni siquiera tiene la voluntad de perpetuarse mediante su progenie. Una nueva patología social, única en la historia, conduce a toda una sociedad a la autodestrucción y el epicentro de dicha enfermedad se halla en la vieja Europa. Nuestro continente será diluido en el mar multiétnico generado por los dueños del mercado. ¿Alguno de nosotros cree que todo seguirá igual que hasta ahora, que podrá reconocerse en la sociedad del futuro? Con el mundo que nos preparan los Reyes del Dinero desaparecerá todo nuestro modo de vida, las raíces, las relaciones sociales, la historia y la comunidad tal y como la conocemos. Nada volverá a ser lo mismo. Será sustituido por una forma de vivir que podrá ser todo menos nuestra.

Para muchos esto es "catastrofismo" pero nada más lejos de la verdad: Occidente se odia a sí mismo y esa actitud masoquista adquiere la forma de un humanitarismo ciego que idolatra todo menos aquello que él mismo es. Pero la Naturaleza repele el vacío y si nosotros no queremos vivir, otros menos "cultos", con menos tecnología y con menos derechos y seguridades, pero con mucha mayor carga vital nos sustituirán, justo a tiempo de percatarnos de que la Naturaleza es hermosa pero tremendamente cruel.

Si, como dijo el poeta, donde abunda el peligro crece lo que salva, es posible que en el tremendo caos de los años que se avecinan ocurra un milagro imprevisto. Solo esa puede ser la esperanza del hombre occidental, incluso del pobre diablo que escribe los editoriales de ABC. En estos comienzos del siglo XXI, los signos de los tiempos anuncian la tormenta final de la que solo un dios puede salvarnos.