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Neoliberalismo en el PSOE

Elena Atxaga

 

Hay quién cree que el neoliberalismo es la aplicación de los principios del capitalismo salvaje, pero resulta que el neoliberalismo es mucho más. Significa además que, frente al bien común, priman los intereses particulares. Este posicionamiento político, verdadera aberración, sobreviene cuando no se tiene claro quién es ese "bien común". Para el PSOE, el bien común es algo que va más allá del pueblo español, tanto es así que está dispuesto a sacrificar los propios intereses de éste. Mediante el recurso a los artículos de la Ley de Extranjería que no garantizan derechos a los inmigrantes ilegales, el PSOE pide abiertamente que se reconozcan derechos a quienes violan la ley española.

Nosotros no dudamos que la situación de los inmigrantes sea más o menos trágica. Sin embargo también creemos que si es o no trágica no le importa demasiado al PSOE en la medida en que cualquiera que llegue a España -el refugiado y el vividor- tiene de por sí unos derechos frente a la ley que el pueblo español se ha dado a sí mismo a través de sus representantes. Y es que en la cultura de la izquierda jamás ha pesado la causa de los pueblos; lo que sí ha pesado es el internacionalismo que ahora toma cuerpo en la globalización. Antaño, el progresismo de toda laya movía las diferentes guerrillas de "liberación nacional" en el inmenso tablero de ajedrez planetario. Pero jamás sintió lo que significaba pertenecer a un pueblo, tan solo era puro gramscismo para dominar situaciones aquí y allá.

Hoy el PSOE se muestra sistemáticamente en contra todo lo que es identitariamente español y apuesta con todas sus armas políticas a favor de anegar el país con una incipiente minoría alógena, dotada como por ensalmo de los mismos derechos que nuestros padres. Esa minoría es hoy un dos por ciento de la población y, sin duda, en un futuro cercano, el PSOE demandará que sea el cuatro y cuando sea el cuatro aún no será suficiente y tendrá que ser, "en nombre de la humanidad", el seis y luego el doce y luego el veinte y al final los que seremos minoría seremos nosotros pero, ¿a quién le importa?, ¿es que no somos todos iguales?, ¿es que no es todo una cuestión de "educación" que se puede cambiar mediante un programa adecuado de ingeniería social? El opio del pueblo es hoy un montón de ideas vagas y confusas que pueden justificar lo mismo la bondad humana que la tiranía del mercado: "tolerancia", "solidaridad", "xenofobia", "derechos", etc. En este magma de imprecisiones algunos -los terroristas de las ideas, que también los hay- acechan a su presa obedeciendo al instinto de su propio nihilismo vital y el PSOE es precisamente eso: la encarnación política del nihilismo. Cuando Zapatero dijo que las nuevas generaciones de españoles estaban en deuda con los inmigrantes no estaba sino desplegando de manera atávica un cachibache ideológico que ha mamado en las ubres del "socialismo progresista". Porque objetivamente un chaval español le debe tanto a un berebere del Rif como "El Semanal Digital" al "Chase Manhattan Bank", es decir, nada. Pero afirmando ese complejo de culpa colectivo, ese odio contra sí mismo, con el aplomo de un dogma, Zapatero cumple con la esencia de lo que él mismo representa: un cuerpo parasitario que se ensaña con el huésped en el que vive.

Las ideas tienen sus propias leyes y su propia lógica. El recurso contra la Ley de Extranjería del PSOE no es sino un síntoma de algo mucho más profundo. Es el intento "progresista" por derribar todos las barreras tras las que pueda pertrecharse la identidad de los pueblos. Pero no solo de este, sino de cualquiera.