¿Sobrevivirá el planeta?
Elena Atxaga
Como era de prever, han fracasado
todas las Cumbres sobre el Cambio Climático. Y es que era lógico. Hay demasiados
intereses, demasiada perversión en las ideas como para entender lo que realmente está en
juego. Para el capitalismo voraz, la naturaleza no es sino "recursos naturales"
y, como todo recurso, ha de ser objeto necesario de explotación. Para el progresismo
verdi-roja, un medio ambiente "preservado" es el marco en que instalar sus
aspiraciones pequeño-burguesas y sus interminables sueños utópicos. Como mucho, caen en
la cuenta de lo que está haciendo este sistema del que participan y, sacudiendo la
cabeza, piensan en "lo que vamos dejar a nuestros hijos". Unos y otros conciben
la naturaleza como un pasivo que se deja en herencia.
Pero el discurso oficial falla bastante. A ningún gobierno se le ha ocurrido la idea
elemental de que si el medio ambiente son "recursos naturales" que explotar,
habría que llevar con ellos una contabilidad justa: Contabilizar la riqueza natural de la
nación en el haber y apuntarla en el debe cuando se destruye. Algo muy
simple pero que nadie hace. Lo que sí se contabiliza como "crecimiento
económico", naturalmente, son los pedidos a las empresas que se enriquecen cuando
hay que desarrollar tecnología o fabricar medios con los que paliar los desastres
ideológicos. Esto no es sino una nueva versión de la Ley del Embudo.
El fracaso de cualquier Cumbre Internacional del clima en sí da poco juego a la hora de
escribir un artículo, porque se resume rápido. En la época preindustrial, había en la
atmósfera una concentración de 265 ppm (partes por millón) de dióxido de carbono
(CO2), el gas que causa el llamado "efecto invernadero". En 1958 ya había 315
ppm y en 1989 365 ppm. Se calcula que en algún momento entre 2020 y 2070, la
concentración de CO2 en la atmósfera será casi el doble que la actual. De seguir así,
y dado que la cantidad de CO2 que puede ingresar en el ciclo biológico del carbono es
limitada, provocaremos un cambio climático con toda seguridad.
Pero los cambios climáticos siempre han existido; lo que sucedía en el pasado es que el
tiempo en el que se producían era lo suficientemente largo como para permitir la
adaptación del orden biológico. Por lo que a nosotros respecta, no tendremos tanta
suerte: el aumento de tan solo tres o cuatro grados centígrados en la temperatura media
del planeta de los próximos veinticinco años provocará una alteración general de
efecto devastador para los organismos vivos.
De los Estados Unidos sale aproximadamente un cuarto del total de los vertidos mundiales
de CO2 a la atmósfera. Y esta sociedad modélica, reticente a firmar cualquier acuerdo de
limitación de vertidos de gases invernadero, a la que todas las demás sociedades quieren
copiar nos guste o no, es incapaz de entender que tiene una responsabilidad ineludible con
el mundo. Pero, por otro lado, los riesgos de las instalaciones nucleares de los países
del este, herederas directas del tan otrora venerado "socialismo real",
representan asimismo un gravísimo peligro que se ha cobrado ya muchas víctimas. Por eso
no vamos a caer en la típica histeria antiamericana de la izquierda, que censura todo a
los Estados Unidos cuando sus modelos orientales cometían tropelías semejantes.
En esta guerra por ver quién destruye antes el planeta nadie ha demostrado ser mejor que
nadie y ninguno debería quedar exento de culpas por firmar un protocolo más o menos. Los
tantas veces idealizados países del Tercer Mundo poseen unos dirigentes que no son que
destruyan menos el medio ambiente, sino que tienen medios menos eficaces para destruirlo.
Y es que nuestro planeta se ha convertido en una pura comunidad de intereses. Cada uno
vela estrictamente por lo suyo y, encima, a corto plazo. Esto implica un cambio de
mentalidad en lo que a la relación con la naturaleza se refiere, mentalidad que no es
otra que la universo ideológico, economicista y materialista, del Homo occidentalis
actual. En la medida en que esta mentalidad se extienda, el medio ambiente irá a peor
pese a quién pese. A James Lovelock, su hipótesis de Gaia, según la cual la Tierra es
un enorme ser viviente del que somos parte, le costó años de trabajo y un proyecto
financiado por la NASA. Todo esto se lo podía haber ahorrado si hubiera consultado a
cualquier anciano piel roja de los que aún quedan en Norteamérica que, encima, se lo
hubiera explicado con una dimensión adicional de carácter espiritual.
La destrucción del medio ambiente contradice la hipótesis del progreso y frustra las
predicciones de todos aquellos que creen que estamos progresando en el buen camino o, por
lo menos, en el camino menos malo. Algo pasó en algún momento de nuestra historia que
hizo que las cosas se torcieran.
Por eso lo que ha sucedido, por ejemplo, en la Cumbre de La Haya no es el fracaso de una
simple reunión de diplomáticos. El repetido fracaso de toda reunión internacional sobre
la amenaza del cambio climático indica algo mucho más serio y más profundo de lo que la
mayoría supone. Por eso en el análisis de los motivos no hay que buscar razones
económicas, como creería algún cabeza hueca, sino ir a la idea fundamental que falta
dentro del mundo ideológico de los occidentales y que les hace concebir la naturaleza de
una manera bastante equivocada.