Los efectos de la
mundialización
Eduardo Arroyo
Dicen las estadísticas que el
13.9% de la población tiene pánico a volar y que el 14% muestra un miedo no confesado.
La razón de este miedo está en los riesgos del vuelo en sí y en un conjunto de
problemas de carácter ficticio que cada uno se imagina. Por eso, todos los expertos
coinciden en que la llamada "aerofobia" tiene un carácter irracional. Pero
¿sucede igual con la globalización? ¿Cuántas personas la temen? Es imposible saberlo
porque todos los medios de comunicación hablan sobre la globalización dando por supuesto
que comporta solo problemas menores y que es una necesidad que nadie, en su sano juicio,
puede ni debe eludir.
Sin embargo muchos nos tememos que hay una mayoría silenciosa a la que nadie pregunta.
Nuestros dirigentes alaban la globalización porque en ella han prosperado
económicamente. El éxito de la globalización es, en buena parte, su éxito. Pero, al
revés que con la "aerofobia", los problemas que suscita la globalización son
muy reales. Algunos países, como en el caso danés, han mostrado claras reticencias a
algunos de los síntomas de la globalización. Los políticos se han evitado problemas
obviando cualquier tipo de consulta popular y apelando al viejo truco de suprimir el
debate de la campaña electoral para, una vez ganadas las elecciones, volver a sacarlo a
la arena política.
Pero al margen de unos y de otros ¿cuáles son los problemas fundamentales que arrastra
la globalización?
Comunismo planetario
El primero de ellos es la dificultad que puede suscitar la exportación, a escala
planetaria, de un modelo social e ideológico único. Los partidarios de la
globalización, a falta de un análisis profundo, se cubren las espaldas mediante una
propaganda artera, que presenta a todo lo que se les opone como rastros de una era
bárbara y oscura. Dejando al margen que en Occidente, la cuna misma de la globalización,
el modelo social e ideológico sufre una crisis cada vez más aguda, resulta bastante
ingenuo creer que el resto del mundo siempre ha estado y está sumido en tinieblas, hasta
que a nuestra nomenklatura se le ha ocurrido acudir en su auxilio. Así, es de prever que
el choque cultural, ideológico y político entre las estructuras tradicionales
establecidas y el modelo globalizador sea traumático.
En esta línea, las tendencias progresistas son incapaces de afrontar la crítica radical
de la globalización y únicamente, lamentan que ésta no sea igualmente de
"beneficiosa" para todos. La polémica entre la izquierda y los neoliberales
recuerda vagamente a aquello de la revolución mundial frente al "socialismo en un
solo país". Pero la cuestión no es esa. El verdadero problema nace del hecho de que
los hombres no son iguales en cuanto a aspiraciones, planteamientos de vida, tradiciones,
etc. Este es uno de los obstáculos más insalvables que promete ser seriamente cruento en
la medida en que las culturas autóctonas se resistan al avasallamiento alóctono.
Problemas sin resolver
El segundo problema es que incluso en aquellas regiones del globo en que el modelo
globalizador está teóricamente instaurado, el modelo político vigente se encuentra en
una crisis severa que afecta fundamentalmente a lo demográfico, a lo económico, a lo
político y a lo espiritual. Así, los paladines de la globalización, buscando una
movilidad de personas pareja a la movilidad de capitales, imponen unas políticas
demográficas auténticamente suicidas y toleran una inmigración a medio plazo salvaje.
El individualismo y la visión de la vida en términos de eficacia mercantil y de éxito
profesional ha conseguido cercenar la renovación generacional a golpe de campañas
antinatalistas. Económicamente, cada vez la distribución de la riqueza es menos
equitativa, abriendo un abismo creciente entre clases acomodades y clases humildes. Desde
el punto de vista de lo político, el poder es menos participativo en el día a día y
relega a las personas a la categoría de meros votantes que cada cuatro años eligen entre
opciones que dictan oscuras élites del dinero.
La crisis de los valores
Por último, la crisis espiritual que vivimos amenaza con destruir a la sociedad
entera. Cada vez son más frecuentes los casos de violencia incontrolada. La droga se
extiende entre capas de la población anteriormente extrañas al fenómeno. El
materialismo de los medios de comunicación y el orden social que determina el poder
primando exclusivamente la pura funcionalidad económica, deja a los ciudadanos huérfanos
de certezas, al tiempo que los poderes públicos, del signo político que sean, fomentan
medidas -como el aborto o la eutanasia- cuya característica principal es carecer
totalmente de dimensión trascendente alguna, para centrarse en el beneficio a corto
plazo.
Pero el problema más profundo que suscita la globalización, y que sin duda penetra a los
anteriores infundiéndoles un aire si cabe más siniestro, consiste en la tremenda
perversión de la política que conlleva. En efecto, el análisis del modelo de la
globalización deja muy claro que se trata, más que de una opción política, de una
estrategia de dominio en manos de un poder oscuro alejado de los procedimientos de
elección democráticos. Así, la desvertebración de la sociedad mediante la
neutralización de su orden moral, la organización de la economía a favor del capital
especulativo, el sometimiento de las personas al mercado y el desarraigo de los pueblos,
convertidos en meras sumas de individuos, solo puede favorecer a quién pretende dominar a
las sociedades destruyéndolas.
El oscuro rostro de la globalización
Este oscuro rostro de la globalización no queda oculto a nadie que estudie la
cuestión con rigor. Los problemas que plantea son terribles porque suponen una batalla
abierta contra la realidad. El mundo siempre será plural y nunca se podrá encajar entre
muros ideológicos a los pueblos del planeta, ni tampoco se podrá prescindir de la
dimensión del espíritu o del hecho de que el poder económico es para los pueblos y no
al revés. Por eso el desenlace puede ser auténticamente funesto, de manera que, con todo
ello, se abre ante los hombres de estos comienzos del siglo XXI una incertidumbre abismal.
Como en el caso de la "aerofobia", el miedo viene dado por la incertidumbre ante
lo que va a pasar, con la diferencia de que, si en un simple vuelo de avión las
estadísticas demuestran que el riesgo es mínimo, la globalización tiene verdaderamente
la certeza en su contra, y lo raro será preguntarse quién no siente temor ante el
horizonte. Está claro que con semejante panorama solo los insensatos o aquellos que son
parte del problema pueden estar tranquilos.