¿Quién protestó en Gotemburgo?
Eduardo Arroyo
A estas alturas debería de estar muy
claro quién protestó en Gotemburgo pero nadie se atreve a decirlo con claridad. Para la
mayoría de los medios, los "activistas" de Gotemburgo son "violentos"
o "extremistas" y rara vez se hace hincapié en la filiación ideológica de los
mismos, contribuyendo así a exculpar a ciertos sectores políticos. Anarquistas,
"squatters" holandeses, "kaoten" alemanes, "autónomos",
"alternativos" y otras especies, comparten todos un bagaje común de izquierdas.
Es más: representan la quintaesencia izquierdista con toda la carga de nihilismo y de
afán destructivo de las estructuras sociales, envuelto todo ello en la creencia
mesiánica de que siempre existe el derecho de ejercer la violencia contra todo y contra
todos los que se oponen a sus planes.
No deja de resultar exasperante, aunque totalmente explicable por otro lado, cómo la
violencia izquierdista, la única que de manera seria y organizada ha revestido
importancia desde las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, es siempre minimizada y
encubierta por los colectivos de izquierda de toda laya, incluidos los mismísimos grupos
parlamentarios. La derecha, por su parte, contribuye a esta especie de "crimen
perfecto" obviando el debate y silenciando la complicidad existente entre unos y
otros, normalmente por motivos de cobardía.
Sin embargo, ¿supone esta constatación una patente de corso para la mundialización? Ni
mucho menos. En política existen pocas cosas peores que el pensamiento reaccionario. Que
unos no tengan razón no significa que la tengan sus contrarios. La mundialización
representan en realidad un momento crítico del mundo moderno, en el que se intenta
disolver la identidad del Occidente dentro de un proyecto teóricamente asumible por la
humanidad entera. La mundialización es ante todo, y frente a lo que dicen los cretinos
terroristas de Gotemburgo, un fenómeno cultural e ideológico del que ellos solo critican
su faceta económica porque ignoran las demás y porque participan plenamente de todos sus
otros aspectos. Los activistas-izquierdistas-terroristas de Gotemburgo son un síntoma
más del problema de la globalización.
Que la economía sea una parte de la cultura y que toda práctica económica esté
sustentada por una concepción del hombre y de su relación con el mundo, es algo
insostenible para todo marxista que se precie. Por eso, la protesta violenta enarbolando
banderas de Lenin o de Mao queda descalificada, en primer lugar, por ser violenta, y en
segundo lugar, y lo que es más importante, por realizarse en nombre de la otra versión
del proyecto mundializador: la marxista, izquierdista o progresista. La mundialización
que utiliza el trampolín del mercado ha vencido por razones de eficacia a la realizada
utilizando la coerción del Estado. Ambos proyectos difieren solo en la manera de
gestionar el proceso, por lo que se hace cada vez más necesaria una tercera opción, una
crítica al proceso de mundialización desde supuestos nuevos y desde perspectivas nunca
tratadas en los medios de comunicación al uso.
Entender que la economía es un ámbito más de la cultura es un buen comienzo. De aquí
puede avanzarse hasta la diversidad de pueblos, culturas e identidades como valores a
defender y respetar, cosa muy distinta -conviene no confundirlo- del relativismo cultural.
Por último, comprender que no puede existir, salvo que se fuercen las cosas de manera
antinatural, un único proyecto para todos. A partir de ahí podemos aportar otras
soluciones que las habituales, pero para ello es necesario apuntar una crítica nueva a la
mundialización que genere otras propuestas. No olvidemos que tanto desde la izquierda
como desde la derecha, el proyecto mundialista es esencialmente el mismo y no puede
esgrimirse el uno contra el otro. De lo contrario el problema es insoluble.