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Los funcionarios y el modelo (cualquiera sea)

Alberto Buela

 

Fue Hegel (1770-1831), el gran teórico del Estado quien se ha ocupado, desde la filosofía, más detenidamente de la figura del 'funcionario'. Para él, éste no se relaciona con el Estado en forma contractual sino que deposita en esta relación el interés central de su existencia (parágrafo 294 de Principios de la filosofía del derecho).

Como puede apreciarse la diferencia con lo que sucede hoy con los funcionarios de nuestro país, que puede extenderse en casi todos los Estados modernos, es abismal, por no decir contradictoria.

Hoy rige, desde hace aproximadamente una década la idea del "funcionario contratado", aquel que en el mejor de los casos conoce su trabajo -es un técnico especialista de lo mínimo- que cumple a raja tabla un contrato que no lo involucra existencialmente con el destino de sus decisiones, si es que toma alguna. Porque por lo general, esa falta de compromiso se expresa en un dejarse llevar por la burocracia interna del ministerio, secretaría o dirección del Estado para que todo siga igual.

Existen aún hoy algunos, muy pocos, funcionarios de carrera, que orgullosos de sus cargos y funciones las hacen valer, pero estos carecen de poder político para imponer decisiones en vistas a cambiar la marcha suicida del Estado postmoderno. El problema no son ellos, sino los 'funcionarios contratados'.

Así su primera tarea consiste en despegar, en desvincularse del partido político o personaje influyente que lo llevo a al función. Luego sumarse simpáticamente al staff burocrático permanente del organismo que debería conducir. Realizada esta 'metanoia' (conversión) incorporar a sus familiares más próximos a la función pública, de ser posible en forma permanente.

Acabada esta primera etapa viene luego el pase a la neutralidad ético-política que ante los reiterados pedidos de acción y eficacia en la gestión que recibe de la realidad misma, de sus antiguos camaradas o compañeros repite hasta el hartazgo: "Veré que puedo hacer.... Nos hablamos.... No se puede hacer nada...Es difícil". Se transforma así en un 'opinador rentado', dejando de concurrir regularmente a su oficina, abandona entonces definitivamente la ejecutividad, razón última de su designación.

Librado el ministerio, secretaría o dirección a la fuerza de las cosas, que es lo mismo que decir, dejando las decisiones, si las hubiere, en manos del 'staff burocrático', comienza a preparar su salida y posterior reinserción político-social. Y así, dada su experiencia como funcionario del Estado, hace valer su curriculum para mejores puestos.

Esta es brevemente la historia del funcionario nacional vinchuca, "hijos cuentas, macanas y manteca, hasta que la vejez que lo acurruca lo introduce en la parca que lo seca" dijera el cura Castellani.

¿Y se nos pide a los filósofos ideas? Si nosotros estamos llenos de ideas. En realidad, como dijera mi madre, nosotros somos 'ideosos'. El problema no son las ideas que la hay y demasiadas. El problema no son los filósofos que también hay, aunque no muchos y menos buenos. El problema son estos 'pequeños hombres ruines' que son los funcionarios del Estado (nacional o provinciales) para el caso son lo mismo, que han hecho de la política una fuente de empleo para ellos y los suyos.

Hoy, que casi han desaparecido los hombres públicos (políticos, empresarios, sindicalistas, dirigentes sociales o religiosos) que prefieran, ante todo, la soberanía de la Patria y su destino, estos funcionarios son los personeros ideales de los mecanismos de dominación foránea.

¿Qué hombre público -argentino, alemán o español- tiene hoy día no sólo el poder sino también la voluntad de ejercerlo en beneficio de su Nación? Prácticamente ninguno. Hay algunos que quieren pero no pueden, y en general, de los pocos que pueden, ninguno quiere.

El proceso totalitario de globalización ha quebrado la voluntad de existir con rasgos propios, y sólo ha dejado para los 'tontos de capirote' el folklore nacionalista regional de vestirse de gaucho, ponerse un sombrero tirolés o tocar la gaita, haciéndoles creer que eso es lo sustantivo de una cultura propia, cuando sólo es un barniz.