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El liberalismo y las identidades

Eduardo Arroyo

 

Cuando las ideas liberales irrumpieron en el horizonte europeo –y sólo en el europeo– eran, por el contexto de entonces, ideas de "izquierdas" y venían a subvertir con la poderosa arma de la utopía un mundo orgánicamente construido. Hoy día los liberales no pueden ser considerados de "izquierdas" por la sencilla razón de que otras ideas de la misma estirpe que la liberal, han asentado sus reales en el panorama ideológico de los últimos doscientos años y han desplazado a éstos a posiciones más a la "derecha", para abanderar ellas mismas lo que se conoce como "izquierdas".

Pero entre los tiempos iniciales del liberalismo y los actuales, han cambiado mucho las cosas. La expansión de facto de las ideas revolucionarias no tuvo nada que ver con los psicópatas de la Convención. Fueron las tropas de Napoleón Bonaparte quienes, valiéndose del Estado-Nación francés, impusieron por la fuerza de las armas a muchos pueblos del continente la exigencia ilustrada de que toda nación debería alcanzar su propio Estado. ¿Contradicción? En absoluto. Un simple desfase entre praxis e ideología. La revolución naciente tan sólo alcanzaba dentro de su radio de acción a la antigua monarquía; de ahí que su dinámica homogeneizadora solo pudiera ejercerse en los estrechos dominios del rey francés. Las nuevas ideas necesitaban un esfuerzo literalmente imperialista para materializar su política. Por el contrario, en lo ideológico, los revolucionarios formulaban una ambiciosa Declaración de los Derechos del Hombre que aún hoy inspira a nuestros políticos y juristas. Nótese el contraste impuesto por las necesidades reales: poco margen de maniobra en la acción política, pero amplitud de miras en lo doctrinal. Años después, los soviets no procedieron de diferente manera en la naciente URSS.

Pero en el presente las nuevas tecnologías han reducido el mundo de tamaño y las ideas circulan de manera casi instantánea. En consecuencia las aspiraciones de nuestros liberales son otras; ahora es el planeta lo que cae bajo sus expectativas. La acción política acorta distancias con el discurso doctrinal y por eso no hay "viejo" o "nuevo" liberalismo porque éste sólo puede entenderse como proceso histórico. Lo esencial en él no es una forma determinada de acción política sino su antropología: la concepción del hombre según la cual nada existe por encima de sus derechos y criterios. Es el individualismo lo radicalmente revolucionario, entonces y ahora, que subyace a la ideología liberal. El Estado Nación, surgido de la ideología ilustrada, no fue en realidad más que una herramienta al servicio de una acción política de mayor alcance y por eso en nuestro tiempo parece superado. Aún hoy resulta imposible, en consecuencia, fundamentar ninguna identidad grupal sobre premisas liberales porque el individualismo es radicalmente opuesto a toda noción de identidad colectiva. Una vez liberado el individuo de sus ataduras, no existen frenos de ningún tipo a su dinámica, de manera que cualquier "identidad" puede contemplarse como imposición arbitraria.

En el caso español, ante el embate nacionalista catalán y vasco, que por razones obvias nos cae más cerca, la ideología individualista imperante intenta fundamentar España sobre arenas movedizas. Para Fernando García de Cortázar "una nación de ciudadanos no necesita mitos. Sólo una Constitución" (La Razón, 19.11.2003) y cabe deducir que lo grave es la ruptura del pacto constitucional. Pedro Schwartz cita a su admirado Karl Popper cuando dice: "La idea de que existen unidades naturales como las naciones, o los grupos lingüísticos y raciales, es enteramente ficticia. El intento de ver el estado como una unidad ´natural´ conduce al principio del estado nacional y a las ficciones románticas del nacionalismo, el racialismo y el tribalismo". Y añade: "Popper condenaba así la idea de que las naciones, los estados, las clases sociales eran algo más que modelos interpretativos de fenómenos sociales que debían analizarse en términos de individuos, sus deseos y sus acciones. La creencia en la realidad metafísica de la nación, lo sagrado de la lengua nacional, lo permanente de la identidad racial, debía poder desentrañarse, para así echar las bases de una sociedad crítica y abierta" (Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica, 14.8.2002). Juan Ramón Rallo Julián, en su revisión del libro de Aleix Vidal-Quadras Amarás a tu tribu publicada por www.liberalismo.org, espeta: "El único sujeto válido y trascendente es el ser humano". Los tres autores no hacen otra cosa que expresar la creencia liberal de que no existe más realidad que el "individuo", un individuo que adquiere formulación política en el "patriotismo constitucional" de Jürgen Habermas y del Partido Popular.

Naturalmente, una vez elevado el "individuo" al criterio supremo, la lucha contra las identidades colectivas deja de regirse por la disyuntiva "verdadero-falso" para caer bajo la disyuntiva "racional-irracional". Así Schwartz, en el artículo mencionado, sentencia: "Si comprendemos el fenómeno nacional, podremos salvar de la superstición orgánica nuestras democracias individualistas, tolerantes y plurinacionales". Lo identitario es pues, desde la comprensión liberal, supersticioso, irracional y oscuro. Rallo Julián, explicando a Vidal-Quadras, dice: "Por una parte, encontramos la nación entendida como la autorrealización de la esencia cultural de la tribu, magnificada hasta niveles cuasi divinos y dotada con la trascendencia que, por derechos preexistenciales, merece. El pueblo adquiere naturaleza antropomórfica y monoteísta. Es el único individuo de facto; su visión del mundo (coincidente con el ideario del partido nacionalista gobernante) debe ser la visión de todas sus partes. En definitiva, no se entiende al pueblo como la comunión de todos sus ciudadanos, sino como la encarnación física de éstos. Por supuesto, bajo este prisma es el pueblo el que tiene derechos y no el individuo, quien, si tiene suerte queda en un régimen blando de heteronomía ante los designios del todo único homogéneo, y si no la tiene, se le reduce y se le elimina como sujeto independiente".

En los panegíricos neo-ilustrados, casi siempre caricaturas, lo identitario es siempre brutal, visceral, caprichoso y frecuentemente conectado con lo divino, esa auténtica bestia negra del "individualismo" burgués. La versión demoliberal de esta nueva dicotomía "racional-irracional", mucho más pedestre que la liberal a secas, es lo "legal-ilegal". De manera que, en palabras de José María Lasalle referidas a los crímenes etarras, no hay razón para la violencia porque: "¿Acaso se niega a los vascos que no se sienten españoles el derecho a defender libremente la independencia de su tierra a través de la fuerza pacífica de los votos y no de las armas ni de la tolerancia hacia éstas?" (El Diario Montañés, 9.6.2002). Este tipo de reduccionismos expulsa definitivamente a la verdad de las relaciones humanas, de modo que incluso una superchería histórica como el nacionalismo vasco puede contender en pie de igualdad –dentro de los márgenes de la legalidad establecida– con ideas veraces. Como se deduce fácilmente, tanto la presunta racionalidad ilustrada como la legalidad demoliberal pueden servir de ariete indistintamente frente al separatismo vasco-catalán y frente a la afirmación de la nación española.

Excede con mucho de las pretensiones de este artículo pero, si se desea realmente superar la crisis del momento, será necesario fundamentar España sobre un asiento más sólido y no sobre abstracciones: España como realidad preexistente a la que la Constitución sirve pero que no determina, una nación como conjunto de personas depositarias de una herencia común y de un esfuerzo colectivo de las generaciones pasadas, cuya desaparición, a manos del separatismo o a manos de la apisonadora de la globalización, supondría un gravísimo empobrecimiento para toda la humanidad. La savia de todo esto no puede ser otra cosa que el amor a la Verdad y a lo que nos legaron los españoles de otros tiempos.