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Natalidad: más valdrá tarde que nunca

Diego Luis Baño

 

Los resultados del estudio realizado por el Instituto de Política Familiar no vienen sino a confirmar algo que desde hace ya bastante tiempo parece evidente: el alarmante descenso de natalidad y consiguiente envejecimiento que sufre la población española en los últimos 30 años.

No cabe duda de que ha sido éste uno de los puntos negros de los distintos gobiernos democráticos y una de las asignaturas pendientes de una clase política que, unas veces por incompetencia y otras por simple olvido han ido dejando que creciera el problema hasta llegar a la lamentable situación actual. Las conclusiones que se desprenden del informe son más que desesperanzadoras y parecen lanzar un grito de protesta a los cuatro vientos que provoque la reacción de los gobernantes: "España tiene una población envejecida, con los hogares vacíos y con las familias rotas" .

Estos resultados son más que preocupantes si tenemos en cuenta que España es uno de los países de la Unión Europea donde el índice de natalidad está más bajo, siendo la cifra de 1,26 hijos por mujer muy inferior a la de 2,1 hijos por mujer, considerada como la cifra media que asegura el reemplazo generacional. A esto hay que sumarle el hecho de que en nuestro país las mujeres tienen los hijos a la escalofriante edad de 31 años, lo cual condiciona un descenso del número de hijos por mujer ya que la edad recomendable para tener hijos está situada aproximadamente entre los 18 y los 35 años.

Como principales responsables de este bajo índice el informe señala a la despreocupación mostrada por parte de las Administraciones en políticas de ayuda familiar y fomento de la natalidad, el desmesurado crecimiento del número de abortos en los últimos 15 años (¡de 9 abortos en 1985 a 69.857 en 2001!), y el considerable aumento también del número de divorcios y separaciones. Parece evidente que la institución familiar está atravesando una profunda crisis, no solamente en España sino en la mayoría de países de la Europa occidental, y esto debe preocuparnos a todos debido al importantísimo papel que desarrolla la Familia en nuestra cultura y a la importantísima labor de asegurar nuestro futuro como pueblo. La Familia ha sido siempre, no lo olvidemos, uno de los pilares básicos de nuestra sociedad desempeñando su doble vertiente de comunidad creadora y fecunda, y de escuela educadora.

La Familia debe recuperar su verdadero sentido trascendental de comunidad fundada en el compromiso mutuo, sin fisuras, perdurable en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, a lo largo de la vida. La Familia debe se fecunda y creadora en el amor mismo de los esposos; significativamente fecunda en el fruto de su amor que son los hijos. Es importante para el normal desarrollo de la sociedad española que la Familia vuelva a ser la institución donde todos aprendan a amar, a sacrificarse por los demás, escuela de valores, hábitos y actitudes fundamentales. Educadora de los valores humanos, sociales y religiosos. No podemos y no debemos permitir por lo tanto que algo tan importante para el bienestar general de los españoles y para el buen funcionamiento de una sociedad sana y equilibrada se desmorone de esa manera. Y tampoco podemos permitir que se nos impongan soluciones y alternativas contrarias a nuestra evolución histórica como pueblo dotado de una identidad cultural, religiosa y biológica que nos define en el mundo.

Ahora más que lanzar criticas destructivas y entrar en debates electoralistas que la sociedad ya está cansada de escuchar, lo que deben hacer los políticos -tanto miembros del Gobierno como de la oposición- es salvar diferencias electoralistas y partidistas y unir sus fuerzas para enderezar el rumbo de un problema que aun tiene solución. Están en juego muchas cosas que afectan al bien común de todos los españoles y por lo tanto tienen el deber como representantes de los mismos de velar por la mejora de su bienestar. Quizás haya temas que actualmente centran el debate político que no tengan tanta trascendencia como el que aquí se plantea. Los ciudadanos españoles debemos romper la monótona dinámica de unos debates impuestos que no reflejan las verdaderas preocupaciones e inquietudes de la mayoría de la sociedad, y que sólo sirven para beneficiar a los intereses de unos cuantos.