Teoría y práctica del deterioro ambiental
Eduardo Arroyo
Los gases de efecto
invernadero son gases que normalmente se reciclarían dentro del ciclo de carbono pero
que, al producirse en exceso, se acumulan en la atmósfera y no dejan escapar la
radiación de onda corta altamente energética. La consecuencia más grave para el medio
ambiente es que dicha acumulación provoca una elevación de la temperatura media de la
tierra, de modo que los ciclos climáticos pueden verse alterados en todo el planeta.
Este es uno de los numerosos efectos que la liberación masiva de contaminantes puede
producir. Pero lo que más llama la atención a la opinión pública mundial es que, a
pesar de ser conocido el funcionamiento de los llamados "gases invernadero" no
se logra atenuar sus efectos porque una decisión política lo impide. Una vez más, ha
costado sangre, sudor y lágrimas que los líderes mundiales se pongan de acuerdo en no
destruir más el medio ambiente.
En todo esto existen algunos elementos que resultan escamoteados por los medios de
comunicación. En realidad la decisión que impide continuar degradando el medio ambiente
no es meramente política, es una decisión ideológica que el mundo occidental resolvió
cuando se le planteó la disyuntiva: o el medio ambiente es un recinto del que somos parte
inseparable o se trata de un conjunto de recursos a nuestra disposición para ser
explotados.
El dilema se resolvió apostando por el desarrollo económico a todo trance. Se suponía
que la felicidad de la humanidad dependía de la riqueza material y que el aumento de
ésta no debería ser coartado por ninguna autoridad, ni siquiera por la del Estado. Bajo
el modelo socio-político actual, la salud económica se produce con el desarrollo
económico constante. El parámetro encargado de cuantificar este proceso es el
crecimiento económico. Por desgracia, este planteamiento, se entienda lo que se entienda
por "crecimiento económico", implica siempre una producción creciente, de
manera que con él se incurre en la gravísima contradicción de que, mientras que los
ecosistemas de la tierra están perfectamente integrados y autorregulados entre sí dentro
del enorme sistema que supone la vida sobre el planeta, el subsistema económico, sin
embargo, aspira a crecer sin ningún límite. Los intentos por controlar, que no impedir,
el daño ecológico son en realidad ensayos de regular dicho subsistema económico.
Hay que advertir que esta concepción de una economía al alza es independiente de
cualquier idea de justicia social. En otras palabras: pueden coexistir la justicia social
y el deterioro progresivo del planeta por un crecimiento sostenido e incontrolado.
Pero tanto si hay justicia como si no, hoy día, los criterios de producción determinan
el orden social y se erigen en armas de control de las comunidades humanas. En los inicios
del siglo XXI, nuestra sociedad es fuertemente dependiente de las estructuras de
producción.
Esta conclusión arroja a su vez dos consecuencias: por un lado se pone de manifiesto la
esencia fuertemente nihilista del sistema socioeconómico actual, ya que de continuar por
el presente camino, se verán puestos en peligro los propios agentes que el sistema de
producción necesita para funcionar. Por otro lado, todas las medidas adoptadas por los
gobiernos, incluidas la creación de Ministerios de Medio Ambiente, no son más que
parches a una situación que continuará agravándose. Como puede suponerse, la solución
al problema no depende de decisiones administrativas tomadas en un consejo de ministros,
sino en adoptar una nueva filosofía de la que la sociedad en su conjunto, si desea
sobrevivir, debe impregnarse desde los cimientos. El fin de la economía no es asegurar el
crecimiento económico continuo ni aumentar indefinidamente la producción, sino
garantizar una vida digna a los ciudadanos que no ha de ser necesariamente opulenta. La
idea de una economía que no estimule por sistema la producción puede repugnar a muchos
economistas, ya que el consumo es el motor de toda economía. Pero lo que resulta evidente
es que un sistema de producción sin control, en perpetuo crecimiento, se asemeja bastante
a un cáncer que empieza por drenar todos los recursos para él y acaba matando al
organismo del que vive.
La fórmula del "consumo controlado" describe bastante bien el problema del que
estamos tratando y abre la puerta a una nueva filosofía vital por que la idea de que el
hombre pueda ser feliz prescindiendo de la opulencia material implica necesariamente
pertrecharse de una visión del mundo alejada del materialismo en que vivimos. Como puede
verse, al final de todos los problemas siempre hay una decisión ideológica y vital; es
decir, la voluntad de someter la vida entera, la existencia, a una u otra visión de la
vida y el mundo. Por eso no existe, como muchos creen, una división entre teoría y
práctica, sino que detrás de cualquier problema práctico siempre hay una mala teoría.
Por eso hemos de decidir antes que nada por qué camino queremos seguir. De momento
ninguno de nuestros políticos ha planteado el problema medioambiental en sus verdaderas
dimensiones.