La diversidad es riqueza
(La globalización destruye identidades arraigadas y crea otras)
Alain de Benoist
La globalización
unifica el mundo pero no a cualquiera. Ella unifica mediante la distribución de todo lo
que se vende y compra y también mediante el intercambio de bienes o del desarrollo del
mercado financiero. Procede así a partir de aquella tendencia presente en el capitalismo
liberal que no conoce más frontera que la del dinero y que no reconoce otra ley que el
crecimiento continuo del máximo beneficio.
En vista de la nivelación que la globalización produce a nivel mundial, es tentador
esgrimir las identidades culturales, populares y colectivas como argumentos para dominar
este gigantesco movimiento de desenrraizamiento de culturas en favor de un único
movimiento dominante. Es esta una postura totalmente lícita, condicionada a que se ponga
en claro tanto la verdadera naturaleza de la globalización como la definición misma de
identidad.
En primer lugar, debe comprenderse que la globalización, como la mayor parte de la
irrupciones históricas, no es un fenómeno unidimensional. Es un verdadero desarrollo
dialéctico. En la medida en que se enfrenta a poderes más grandes, provoca reacciones
inversas que van en dirección contraria. Cuanto más se hace realidad la globalización,
tanto más produce ella a su contrario. Se puede afirmar categóricamente que destruye por
igual las identidades colectivas y las vuelve a construir. El problema es que ya no son
las mismas identidades. La globalización destruye las identidades con raíces, los
diferentes modos de vida, las estructuras orgánicas y las construye de nuevo pero solo en
una forma puramente reactiva, interdependiente y forzada. La progresiva unificación del
mundo va acompañada de una nueva demolición social, un nuevo desencadenamiento del
fundamentalismo político y religioso. Ambos fenómenos no se contradicen en modo alguno.
Son dos caras de la misma moneda.
La identidad es lo que nos diferencia de otros y al mismo tiempo lo que nos hace
idénticos a algunos. Además, la identidad no viene dada siempre, todas las veces y a
todos. No describe lo esencial sino un lento proceso de desarrollo del yo que siempre
supone una relación con los otros. Identidad no es lo que nunca cambia sino lo que en el
interior de esos cambios permanece inmutable.
Otra cuestión importante es que las identidades tradicionales de Occidente son
esencialmente identidades "diferenciadoras". En otras palabras: todos nosotros
hemos nacidos como franceses, italiano, alemanes, flamencos, etc., y en este sentido ya
nos precede una parte de nuestra identidad. No obstante, en la medida en que el modo de
vida de un país se asemeja al de otro, pierde la conciencia de sí mismo su natural
evidencia. Nos gustaría tomar conciencia de las raíces pero estas no quedan determinadas
más que cuando nos dejamos determinar por ellas. En otras palabras: las identidades de
hoy no son seguramente una quimera pero sí son algo que nosotros elegimos sin estar a
priori obligados por ellas. Las sociedades tradicionales eran sociedades dependientes,
ante todo determinadas por su pasado, por su tradición. Las sociedades modernas se
construyen de manera autónoma y es, ante todo, el futuro el conduce al progreso. En las
sociedades posmodernas que han alcanzado ya una autonomía individual no hay otra
limitación que el momento presente. Las tradiciones existen por eso, porque nosotros de
vez en cuando queremos que existan. Las tradiciones dependen en verdad de nosotros como
nosotros de ellas. Esto mismo sirve también para las identidades: solo tienen sentido
cuando nosotros nos reconocemos en ellas o las reconocemos a ellas. Esto, que una vez fue
algo ligado a la esencia de manera natural, hoy se ha perdido.
La globalización es en primer lugar algo que no es ni bueno ni malo: simplemente es. Ella
es el espacio de nuestra actualidad histórica y la idea nacida de la utopía de que
podemos dejar desaparecer el marco. Además la pregunta más importante es menos cómo
luchar contra la globalización y más como hacer que el resultado de esta globalización
no sea el desenrraizamiento de las culturas y el debilitamiento de la diversidad.
El principio de la diferencia es por definición un principio general. A la unificación
del mundo se le contrapone una deformación etnocentrista, a saber, un autismo político o
geopolítico de acuerdo con el lema "vivimos en nuestro bunker y no queremos saber
nada del resto del mundo". De hecho se trata de dar a la globalización un nuevo
contenido. Se trata de preocuparse por que no desemboque en un mundo planeado y
normalizado de manera centralizada, sino por que éste surja a partir del principio de que
la diversidad del mundo es su verdadera riqueza, y esto nos impone el deber de no dejar a
nuestros hijos menos riqueza, menos diversidad étnica de la que nosotros hemos heredado.