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¿Es generalizable el modelo occidental de sociedad?

Jesús Laínz

 

Según avanza el actual proceso bélico y sus colaterales efectos políticos, diplomáticos y sociales en todo el mundo, se evidencia la doble naturaleza del conflicto que agita el Medio Oriente. Por un lado, nos encontramos ante una reacción terrorista producida por la desesperación de buena parte de la población fundamentalista de numerosos países musulmanes ante la problemática situación que en Oriente Medio ha creado desde hace cincuenta años la incondicional alianza USA-Israel. Por otro, subyace el choque entre dos concepciones del mundo, la occidental -laica, democrática, economicista, materialista, universalizadora- y la musulmana -confesional, integrista, autoritaria, encerrada en sí misma, premoderna-.

No dejan de escucharse cada día las influyentes voces que, sobre todo en Estados Unidos e Israel, reclaman la ampliación del conflicto, actualmente centrado en Afganistán, contra todos aquellos países cuyos gobiernos se encuentren más radicalmente enfrentados con el mundo occidental, haciendo coincidir, de modo bastante matizable, dichas concepciones ideológicas islámicas con el fenómeno del terrorismo. La principal sombra se cierne sobre el Iraq de Saddam Hussein, al que el gobierno americano tiene en el punto de mira como sospechoso de la campaña de envíos con esporas de carbunco -con acusaciones por completo inconsistentes, como han denunciado ya varios inspectores de armas de la ONU-.

Si las voces que priman son las de los políticos belicistas en vez de las de los técnicos neutrales, podríamos resumir anticipadamente la historia de las próximas décadas como el enfrentamiento entre el modelo occidental de desarrollo y todos aquellos otros modelos que se resistan a secundarlo.

Habiéndose declarado al modelo occidental como el más deseable y el único aplicable, por su propio bien, a la Humanidad en su conjunto, quizá este conflicto actual sea tan solo el primer combate entre dicha concepción globalizadora y los focos de resistencia a la misma.

Si a esto le sumamos los paralelos procesos de mestizaje cultural y biológico iniciado precisamente en y para Occidente desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, y la paulatina creación de superestructuras transnacionales que van haciendo desaparecer la razón de ser de los viejos estados nacionales, sacaremos como conclusión que la historia nos conduce inequívocamente hacia la fusión de las Civilizaciones, quizá bajo el consciente o inconsciente deseo de que con su desaparición desaparezcan también los conflictos entre ellas.

El resultado evidente de la fusión de las Civilizaciones será la creación de una nueva Civilización única que tomará el testigo de las desaparecidas por fusión. Lo que no se cuestiona, debido a los dogmas ideológicos y a la Inquisición de lo Políticamente Correcto, es si esta muerte de las Civilizaciones será un paso adelante de la Humanidad o si, por el contrario, representará un desastre humano de dimensiones planetarias. Pues es indudable que significará el fin de la posibilidad de que dichas Civilizaciones sigan existiendo como hasta el momento han existido y sigan creando todo lo bueno y lo menos bueno que han creado.

"La Humanidad sale más gananciosa consintiendo a cada cual vivir a su manera que obligándole a vivir a la manera de los demás", escribió Stuart Mill. Aunque los unmundistas siempre presuman de un absoluto respeto por la realidad multicultural de nuestro mundo, lo que en realidad demuestran es el más absoluto desprecio por ella, al pretender hacer pasar a todos por el aro de un único modelo que se ha establecido como aquél hacia el que toda nación en la Tierra debe tender: el modelo demo-liberal capitalista occidental. Además de que, según va pasando el tiempo, va quedando más claro que dicho modelo no es inmune a graves problemas (paro, droga, desigualdades sociales, crisis cíclicas, Estado orwelliano, media Humanidad muriéndose de hambre, ecocidio...), no es del todo comprensible que se quiera imponer dicho modelo a otros pueblos totalmente ajenos a él en su creación y desenvolvimiento, y por consiguiente en sus fundamentos sociales, ideológicos y religiosos.

Los defensores de las tesis unmundistas son conscientes de que las diferencias étnicas, culturales y religiosas son de tal entidad que hacen imposible la concreción de su utopía. De ahí la voluntad de pasar una apisonadora por encima de esas diferencias para allanar el camino hacia su objetivo. El modelo que se quiere universalizar es el demo-liberal capitalista occidental, lo cual no deja de ser una imposición del mundo rico occidental sobre el resto del mundo, llamado subdesarrollado por no haber adoptado aún con plenitud dicho modelo. Y para implantar dicho modelo económico-político en los pueblos que hoy siguen más o menos ajenos a él, se impone la formulación de un edificio moral que sirva de base ideológica para dicho modelo político. Y aquí nace la que llamaremos "teoría de los Derechos Humanos", una especie de tibio humanismo biempensante con voluntad de sustitución de las viejas construcciones religiosas, molestas para esta tarea unificadora. En la búsqueda de un común denominador que pudiese amalgamar las diferencias ideológicas que caracterizan a las diversas Civilizaciones de nuestro mundo, se ha echado mano de dicha teoría de los Derechos Humanos con la vana esperanza de conseguir con ella un consenso de obligado cumplimiento, fuera del cual se quedarían las visiones del mundo destinadas a desaparecer.

Nótese que es a los Derechos Humanos a lo que se apela para criticar la distancia ideológica que separa al mundo islámico de Occidente. Así pues, el ideario musulmán vulnera los Derechos Humanos puesto que, por ejemplo, no ha instaurado el principio de un hombre/un voto; o porque establece la desigualdad de la mujer en circunstancias muchas veces escandalosas; o porque no acepta el principio de libertad religiosa. Muchas voces en Occidente insisten en la necesidad de aprovechar la actual coyuntura bélica para empezar a derribar aquellos regímenes políticos que, al no respetar los Derechos Humanos tal como han sido pensados y construidos por la tradición jurídico-política occidental, podrían ser importantes factores de desestabilización del mundo del futuro y peligros para la paz mundial.

¿Oculta la inmediatez de la acción aliada contra el terrorismo un problema de fondo más importante y complejo?

¿Será el ataque contra Al Qaeda y sus aliados talibanes el primer acto de una larga contienda entre un Occidente globalizador y un Islam refractario a la globalización?

Hace unos parrafos atrás hablábamos de la "teoría de los Derechos Humanos" como común denominador que, para ojos occidentales, podría servir para corregir las viejas diferencias ideológicas entre Civilizaciones, en aras de la consecución de un mundo futuro más racional, próspero y seguro. Calificábamos también a dicha teoría como un corpus de obligado cumplimiento, estando destinadas a desparecer las visiones del mundo que lo rechazasen.

La conocida escritora y feminista Shere Hite nos brinda un valioso ejemplo de esta doctrina universalizadora en nombre de una supuesta superioridad moral del mundo democrático occidental al que ella pertenece. En un artículo en el que denunciaba hace ya varios años (1996) la intolerante ideología de los talibanes, aprovechaba para pontificar sobre la necesidad de que las viejas ideologías desaparezcan para dar paso a un "nuevo consenso moral y ético a nivel internacional" que respete los principios de Shere Hite.

De este modo, escribe:"La batalla religiosa y política que se está librando en muchos lugares del mundo no habla de las minorías étnicas, sino de una profunda división entre dos maneras de ver la vida. Una se basa en el sistema del antiguo patriarcado en el que los hombres son guerreros y cruzados que necesitan conquistar a los demás, y la otra es la que defiende los derechos humanos individuales y que permite y lucha por la existencia de una diversidad de creencias y opiniones. Pero no hay duda de que la tolerancia debe ir acompañada de un nuevo consenso moral y ético a nivel internacional. Sólo entonces los hombres podrán canalizar sus energías en empresas realmente positivas".

Aprovecha la autora astutamente la estulticia y la barbarie que siempre acompañan a los fundamentalismos religiosos de todo tipo para barrer su legitimidad de un plumazo y pretender universalizar un mismo concepto del hombre y la sociedad por encima de toda frontera étnica, ideológica o religiosa. Esto supone un fuerte prejuicio sobre la superioridad moral de un sistema frente a los demás, lo cual no es en absoluto indiscutible.

Efectivamente, el fundamentalismo islámico implica una serie de principios y actitudes que pueden ser calificados, al menos desde una óptica occidental, como bárbaros. Pero también implica una larga serie de principios que, o bien muy difícilmente podrían ser calificados de negativos, o bien podrían ser aceptados perfectamente por la mentalidad occidental como incluso superiores a los suyos. Por otro lado, del mismo modo que a los ojos de un occidental ciertos principios o actitudes del mundo musulmán (o de otras civilizaciones) son inaceptables, a los ojos de un musulmán son igualmente inaceptables y criminales otros principios aceptados con normalidad en Occidente. Por ejemplo, el aborto, hoy generalizado en el Occidente cristiano y cuya moralidad y bondad están lejos de poder ser consideradas objetivamente, no sólo por los musulmanes, sino también por cristianos o ateos.

¿Qué concepción del mundo es la superior: la que impide a las mujeres ir a la universidad y las obliga a ir completamente tapadas por la calle pero considera el aborto un crimen inaceptable, o la que declara la total igualdad entre los sexos pero acepta el aborto? ¿La que somete a la mujer a la autoridad del marido o la que declara pomposamente la igualdad y dignidad de la mujer pero la somete a esas ridículas y degradantes ferias de muestras de carne femenina llamados concursos de belleza? ¿La que proclama la libertad de expresión absoluta, incluso para la pornografía más enferma, o la que, no disfrutando de tal amplitud en su libertad de expresión, considera la pornografía una abominación atentatoria contra la dignidad de la mujer? ¿Qué concepción del mundo está autorizada para presentarse como la susceptible de ser consensuada a nivel internacional como principio de validez universal?

Por otro lado, la teoría de los derechos humanos como base de legitimación de un nuevo orden moral universal no está exenta de inexactitudes y problemas a la hora de intentar fijar su contenido. ¿No será la concepción de los Derechos Humanos de un norteafricano musulmán muy distinta, y no sólo debido a concepciones religiosas, de la de un ciudadano de San Francisco, un cazador centroafricano, un campesino ucraniano, un indio peruano, un comerciante de Hong-Kong o un ganadero australiano? Quizá fuese esto posible si existiese el Hombre, Un Hombre. Pero no existe uno, sino mil. La famosa frase de Joseph de Maistre "He visto polacos, rusos, italianos; pero al Hombre, declaro no haberlo visto jamás" tiene hoy más sentido que nunca.

Hasta las reliquias de la barbarie más estulta y de la más negra superstición -como la ablación del clítoris en ciertas áreas africanas u otras muchas actitudes inhumanas que salpican todas y cada una de las religiones de nuestro mundo-, atrocidades que, en principio, parecen susceptibles de condena por parte de no importa qué concepción religiosa o ideológica; hasta estas atrocidades son sin embargo dificilísimas de extirpar y siempre nos encontraremos con quienes las encuentran aceptables, justificables y defendibles.

No creemos que el Occidente cristiano o cualquier otra civilización esté moralmente legitimada para censurar ningún tipo de barbaridad de origen religioso o supersticioso, cuando el propio Occidente cristiano estuvo y está saturado de ellas. Por otro lado, nos sorprendería comprobar el número de mujeres musulmanas -en principio las más interesadas en acabar con estas prácticas- que las encuentran justificables y positivas. No es tan sencillo acabar, argumentos racionales en la mano, con actitudes e ideas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos y que han venido siendo repetidas, de generación en generación, durante siglos. Y si esto es así en lo que se refiere al ejemplo extremo que hemos mencionado, ¿cómo no será en el caso de costumbres mucho menos agresivas, mucho más arraigadas y generalizadas, como la poligamia o ciertas costumbres alimentarias derivadas de concepciones religiosas? En cuanto a costumbres alimentarias ¿quién podrá convencer a musulmanes e hindúes que se dejen de matar por las vacas que unos querrían comer y que otros consideran una divinidad? En cuanto a la poligamia, lo que en el Oriente musulmán está permitido y bien visto, en el Occidente cristiano es un delito. ¿Quién tiene razón? ¿Quién está en posesión de la verdad -suponiendo que exista para este tema una verdad-? ¿Quién y en virtud de qué principio moral superior estará legitimado para imponer su verdad a los demás?

Las cosmovisiones de cada civilización -de orígenes culturales, económicos y religiosos-, están enraizadas en lo más profundo de las poblaciones de nuestro mundo. Es conveniente recordar que el Occidente laico, escéptico y librepensador es una diminuta isla en este mundo superpoblado (y no todo Occidente es laico, escéptico y librepensador, sino sólo una pequeña parte de su población urbana). Al resto del planeta la linda teoría de los Derechos Humanos le da risa, cuando no le parece blasfema. Y creer que esto puede dejar de ser así es no haber comprendido nada del Hombre.