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Mundialización y envejecimiento
Eduardo Arroyo

El fenómeno del envejecimiento está tomando un notable protagonismo en nuestras sociedades Occidentales. Esta semana, en Madrid, la Cumbre Mundial sobre el Envejecimiento va a adquirir un papel estelar en los periódicos de todo el mundo. Se trata de una reunión auspiciada por la ONU y en consecuencia cabe pensar que las conclusiones estarán sesgadas por este organismo. De entrada, llama la atención que los medios de nuestro país han presentado el envejecimiento como una conquista. Esto no es más que una verdad a medias que equivale, según el mismo razonamiento, a una mentira también a medias. El envejecimiento de nuestras sociedades no representa una conquista más que a nivel individual; en toda otra circunstancia es el presagio de una catástrofe.

La decrepitud social es especialmente preocupante en occidente, donde ahora mismo constituye un signo evidente de que no puede asegurarse el relevo generacional. El criterio de la ONU para resolver este problema está encerrado dentro del concepto de "migraciones compensatorias", que significa que los déficits de población pueden cubrirse siempre con población inmigrante. Como resultado de este sofisma, disfrazado con ropajes humanitarios, la ONU ha manifestado en varios foros mundiales que la UE necesita varias decenas de millones de inmigrantes para sostener su crecimiento económico. Aunque en muchas otras ocasiones nos hemos ocupado de este problema, diremos que esta creencia supone una subversión real del orden de las cosas, ya que consideran que la supervivencia de los pueblos está en función del crecimiento de parámetros económicos. Es evidente que una población decrépita puede ser sustituida por una cantidad de población equivalente totalmente extraña y de edad menos avanzada, pero el resultado es, en primer lugar, la aniquilación del pueblo envejecido. La falsa disyuntiva planteada por la ONU entre desaparición física del pueblo e inmigración masiva se resuelve con políticas natalistas de choque capaces de reactivar la natalidad autóctona.

Como era de esperar, la ONU posee una concepción de la dinámica demográfica que está en función de criterios totalmente adaptados a la omnipotencia absoluta del mercado en crecimiento continuo y sin barreras, tal y como interesa a los budas de la mundialización. Es imposible comprender de otra manera la idea, reiteradamente sostenida por la ONU, de sustituir la población envejecida de Europa con población inmigrante alógena.

Pero lo importante es señalar que el criterio del gobierno del Partido Popular difiere del de la ONU, al menos aparentemente. Sin prescindir de la desconfianza con que uno debe tratar siempre las declaraciones de los políticos, el presidente Aznar ha considerado el progresivo envejecimiento de la sociedad española como "un desastre", tal y como anunció en el discurso pronunciado ante el último congreso de su partido. Según esta convicción, el gobierno del PP se ha embarcado en un plan de apoyo a la familia que de momento no está dando los resultados deseados si bien supone un avance en relación con la desastrosa etapa socialista.

Desde la presidencia europea, y dado el relevante papel que España juega en Europa, sería de desear que nuestro país apoyara el criterio natalista frente al economicista en los foros mundiales, no sin desatender los planes de ayuda a los países de origen de los inmigrantes, según criterios verdaderamente humanitarios y no en interés de la multinacional de turno. La Cumbre Mundial sobre el Envejecimiento celebrada en Madrid es una buena ocasión para devolver las aguas a su cauce: el envejecimiento de los individuos es positivo, el envejecimiento de la sociedad es una patología que debe ser combatida a todo trance, aunque les pese a aquellos que quieren incrementar sus beneficios con la sangre del vecino.