Tradición e Igualitarismo
Laureano Luna
Publicado en
revista Hespérides, nº 2, especial dedicado a la Tradición.
Esta Modernidad
tardía es la época de la no discriminación. Se trata de un tic obsesivo que
hace que se torture al lenguaje para someterlo al igualitarismo perfecto o que esté mal
vista la fabricación de pañales específicos para niñas y niños. Y la obsesión se
presenta con un aparato coactivo material y espiritual del que forma parte, amén de las
leyes de propaganda, el chantaje lingüístico, el sambenito: racista,
sexista, etc.
Desconsiderando
por un momento la necesidad del capitalismo multinacional de homogeneizar el modo humano
de vida en el planeta y la triste reducción de la izquierda política a propagadora del
discurso igualitarista que el capitalismo necesita, cabría preguntar: ¿No encierra la
decidida voluntad de erradicar toda discriminación un evidente valor moral? En otros
términos: ¿No es este igualitarismo esencialmente concordante con la espiritualidad
tradicional de las grandes religiones y de su contenido metafísico y ético?
Si dejásemos
votar a mano alzada a una concurrencia numerosa veríamos probablemente levantarse un mar
de manos aprobando: ahí estarían las manos de muchos religiosos cristianos, de muchos
izquierdistas, de muchos liberales y, seguramente, la mano de la gran masa de los
televidentes. Entonces, dando paso al coloquio, plantearíamos la siguiente dificultad: si
así es, ¿cómo es que las sociedades tradicionales inspiradas en tales corrientes
religiosas y metafísicas no han sido igualitaristas? Se nos respondería con facilidad:
por pura inconsecuencia con su esencia originaria, por debilidad ante los ricos y
poderosos. Si en este momento adujésemos una segunda dificultad, como, por ejemplo: ¿Por
qué entonces los grandes movimientos igualitaristas modernos son antirreligiosos? Se nos
respondería en general que precisamente por eso, porque la religión ha traicionado
históricamente su mensaje; además, porque la emancipación, la mayoría de edad del
hombre, no necesita ya de la tutela de un dios para realizar la igualdad. Con facilidad
pondríamos en movimiento el entusiasmo igualitarista de la gente. Pero sólo de manera
efímera; si de repente preguntásemos: A propósito, señores, ¿qué fue del
comunismo?, reemplazaríamos el entusiasmo por un brusco desconcierto.
Señores
diríamos haciendo sonar una campanilla-, tal vez sea el momento de plantearse esto
con algo más de seriedad.
I. El Orígen del Igualitarismo
La fuente
última del igualitarismo no puede estar más que en una cierta capacidad para
desconsiderar las determinaciones finitas del ser humano, que siempre son diferenciales.
El igualitarismo es por consiguiente un punto de vista, una perspectiva que permite
desatender la finitud diferencial humana, sea declarándola inexistente, sea declarándola
no significativa, lo que en realidad es una forma de declararla inexistente. Se trata en
definitiva de centrar la atención en el concepto abstracto de ser humano
desviándola de sus encarnaciones concretas: hombre, mujer, blanco, negro, amarillo,
español, italiano, etc. En el pensamiento metafísico occidental, no en la metafísica
tradicional, esto se categoriza mediante la hipóstasis del concepto abstracto de
hombre en una substancia humana indeterminada que es un núcleo frente
a sus accidentes o determinaciones particulares: varón, hembra, blanco, negro...
Esta substancia humana es percibida a nivel individual como sujeto o yo. Recuérdese que las palabras latinas substantia y subiectum son versiones del griego hypokeimenon. El yo es la substancia de la vida psíquica y a ella son atribuibles todos los predicados y accidentes: yo soy hombre, mujer, blanco, negro... en cualquier caso soy yo, siempre soy un yo, y ese yo permanece siempre idéntico a sí mismo, como perfecta autoconciencia o puro ser para sí, más allá de todas las determinaciones contingentes. El igualitarismo consiste, pues, en la substitución del ser humano real por un yo indeterminado.
El origen último de la indeterminación del yo, y el origen último de toda
indeterminación, radica en la figura lógica de la autodeterminación a través de la auto
referencia. Desde el comienzo de la filosofía occidental, las paradojas lógicas por
auto referencia han constituido un escollo insalvable a esa pretendida
completitud de la razón discursiva en la que Occidente ha radicado buena
parte de su esencia. Entre los griegos hizo estragos la paradoja del mentiroso:
Epiménides el cretense afirma que todos los cretenses mienten siempre. B.
Russell encontró una paradoja análoga en teoría de conjuntos: ¿Se pertenece a
sí mismo el conjunto de todos los conjuntos que no se pertenecen a sí mismos?.
Finalmente, Kurt Gödel demostró que todos los modelos formales como el que
pretendieron Russell y Whitehead para la aritmética en Principia Matemática- resultan
incompletos porque implican la existencia de verdades indemostrables en su interior:
precisamente, verdades auto referentes. De todo esto se deduce un principio: la
auto referencia, en razón discursiva, provoca indeterminación. Herbart había
demostrado tiempo ha que en la auto referencia implicada en la palabra yo había
una situación semejante. En general, podemos comprender con facilidad que nada puede
determinarse a sí mismo: si la determinación de x depende de la determinación de x nos
veremos envueltos en un regreso infinito al intentar determinar a x. Cuando la conciencia
se tiene a sí misma por objeto en la pura autoconciencia, carece en general de todo
objeto que pueda determinarla. Esta indeterminación ideal que se manifiesta en
contradicciones y regresos infinitos en el discurso real del pensamiento- es la que
aparece en la conciencia humana como la ilusión de un yo puro indeterminado, que en
realidad es absolutamente imposible dado que ningún ente real puede ser indeterminado.
Esta
indeterminación contenida en la figura lógica de la autodeterminación por auto
referencia es el hardware inconsciente que está detrás del igualitarismo, y con
ello de toda ideología social contemporánea. Es sin duda el resultado de una larga
travesía histórica que muestra hitos bien reconocibles. El dualismo de la metafísica
griega, con su división entre un mundo sensible y un mundo inteligible, es el primer
expediente que permite colocar al hombre más allá de toda determinación histórica,
social y biológica; el antinaturalismo judío; la concepción romana de la
persona como sujeto de derecho, precedente del actual sujeto abstracto de
deberes y derechos; el concepto de alma humana en el Medievo; el
antropocentrismo renacentista; la autoconciencia pura del cogito cartesiano;
la concepción del hombre como nóumeno en la razón práctica kantiana, hasta las
ideologías de la Ilustración, todos estos constituyen pasos notables en el paulatino
acercamiento al puro yoísmo contemporáneo.
Ahora bien,
¿no coincide todo esto con la tradición espiritual? ¿No concuerda con la enseñanza
cristiana? ¿No es cierto que una sociedad iniciática la masonería- participó
activamente en la Revolución de 1789?
Desde el bando
más o menos igualitarista hay muchos sectores dispuestos a contestar afirmativamente.
Desde el bando antiigualitarista en la tradición nietzscheana- es frecuente la
acusación a la esencia misma del cristianismo de no ser más que un precedente
espiritualista del igualitarismo moderno. Es una postura que mantuvo incluso Julius Evola.
II. Tradición e Igualitarismo
¿Qué decir
respecto de lo que suele llamarse Tradición con mayúscula y que
engloba en una ortodoxia, real o sólo pretendida, a autores contemporáneos como Ananda
Kentish Coomaraswamy, René Guénon, Titus Burkhardt, Frithjof Schuon, y a culturas y
religiones como el Hinduismo, el Vedanta, el Budismo Zen, etc? El Vedanta hindú, punto de
referencia más común de esta tradición, habla efectivamente del Sí Mismo
(Atma) que, constituyendo la verdadera identidad del hombre, está más allá
de toda determinación finita, y este tema es reconocido como el centro de la metafísica
upanishádica. En el Zen es recordada la expresión del maestro Lin Chi: El hombre
verdadero sin rango (1), como designación de la verdadera naturaleza búdica del
ser humano. Con frecuencia resuena la sentencia de San Pablo: ya no hay judíos ni
griegos, ni hombres ni mujeres...
No cabe duda de
que existe al menos una analogía entre la consideración espiritual del ser humano propia
de estas tradiciones y el igualitarismo moderno. A pesar de ello subsisten los hechos de
que:
1º) Muchas de
estas tradiciones han informado un orden social no igualitarista: desde las castas
hindúes hasta el mulier in ecclesia taceat.
2º) Estas
tradiciones se muestran en general hostiles al espíritu del mundo moderno y esto es
perfectamente manifiesto en los citados autores contemporáneos que quieren enmarcarse en
la Tradición.
¿Se explican
estos hechos como una pura inconsecuencia probablemente interesada- o es necesario
buscar en otra parte la explicación?
Nuestra
reflexión sobre el asunto nos llevó en primer lugar a intentar comprender cómo se
hacían compatibles, en el discurso de las doctrinas tradicionales, la confesión de esa
instancia humana trascendente por encima de toda determinación diferencial y la
ordenación social no igualitarista. Y la respuesta resultó bien sencilla. Momentos que
se enfrentan como contradictorios se hacen compatibles ocupando niveles distintos, esto
es, jerarquizándose. Las doctrinas tradicionales en general apuntan a una
concepción del hombre y del ser que reconoce en uno y otro una pluralidad de niveles. La
interpretación que Guénon hace del Vedanta, y que parece haber sido ampliamente aceptada
en estos medios, comienza por distinguir entre manifestación y no
manifestación dentro de las posibilidades del Absoluto; a su vez, dentro de la
manifestación se distingue entre manifestación informal que parece corresponder a
un mundo ideal o principial, semejante al Mundo III de Popper- y
manifestación formal. Esta última contiene la manifestación sutil el ámbito
mental o psíquico- y la manifestación grosera que es el nivel material que aparece a los
sentidos externos. En el microcosmos humano se distinguen en general los mismos niveles de
manifestación y lo no manifestado, pero aquí los niveles suelen presentarse agrupados en
tres instancias: la del espíritu, la del alma, la del cuerpo. En general, para nuestros
propósitos, podemos considerar dos grandes dimensiones: la que está más allá de toda
finitud o determinación en el hombre es el espíritu- y la que
está sometida a las condiciones finitas de espacio y tiempo, que en el ser humano son el alma
y el cuerpo. Y esto es lo más importante- esta diversidad de
niveles permite considerar la finitud humana en una cierta esfera y la infinitud en una
esfera superior. Naturalmente, la ordenación social cae bajo el ámbito de la finitud y
en consecuencia ha de atender a la determinación diferencial humana, de modo que no puede
ser igualitarista. Así, desde el punto de vista de la Tradición, el igualitarismo
moderno no es más que la consecuencia de haber clausurado el hiato entre dos niveles
distintos y haber transportado los modos de lo infinito sobre el nivel de lo finito.
Esta
transformación es reconocida en general así desde el campo igualitarista como desde el
campo antiigualitarista, tradicional o no. En general, el igualitarismo ha interpretado
esta modificación a través de la teoría de las superestructuras: la igualdad
espiritual era un sucedáneo de la igualdad material destinado a entretener la presión a
favor de ésta: el liberalismo habría hecho descender la igualdad desde lo espiritual
hasta lo político-jurídico, y posteriormente el comunismo la conduciría hasta el nivel
mismo de la materialidad económica. Esta sería más o menos la interpretación desde el
igualitarismo más radical, el comunista.
El
antiigualitarismo no tradicional, de raíz nietzscheana, reconoce que el igualitarismo
cristiano era menos nocivo porque al mantenerse más allá de la realidad natural y
mundana contradecía y deterioraba menos la naturaleza de ésta última; el igualitarismo
moderno aparece entonces como una secularización del igualitarismo cristiano.
Esta
hipóstasis cada vez más profunda de los modos de lo infinito sobre la esfera de la
finitud humana tiene el efecto inevitable de desplazar esta finitud expulsándola de su
territorio, del ámbito mismo que le corresponde. Aparece entonces como
racionalismo, como sustitución abusiva de lo real por lo ideal o lo racional,
y puede presentarse en cierto sentido como una espiritualización de la vida
humana que incluso llega a tachar de materialistas las etapas antecesoras en
la Historia. Así, el marxista heterodoxo Henri Lefebvre afirmó en su día
que sólo con el comunismo el espíritu vencería a la materia como motor de la historia
humana y ordenador de la sociedad.
¿Es, pues,
esta hipóstasis una verdadera espiritualización de la vida humana, un movimiento
semejante a la encarnación del Verbo, una vuelta histórica a la edad de oro
primitiva o algún tipo de redención efectiva? ¿Cómo debe juzgarse este proceso desde
las perspectivas de la sana razón y de la Tradición?
Según la
doctrina tradicional de la multiplicidad de los estados del ser y de la naturaleza
específica de cada uno de ellos, las cosas y los conceptos no pueden pasar de uno a otro
plano sin modificarse para adaptarse a las condiciones generales del nivel de llegada. En
consecuencia, el traslado de los modos de lo infinito desde el nivel trascendente al que
pertenecen naturalmente hasta el plano de la manifestación finita no puede consistir en
una simple traslación hacia abajo, sino que ha de ir acompañado de otras modificaciones.
En primer lugar supondrá, como ya hemos dicho, una expulsión de los contenidos naturales
del nivel invadido: de ahí la desconsideración de la finitud humana. En segundo
lugar se produce una desnaturalización de lo hipostasiado, que es obligado a adoptar las
formas de un nivel que no es el suyo: lo infinito, que no está sometido al
número, aparece en el plano de la sociedad humana pluralizado en una multitud de yoes
incondicionados que se constituyen incondicionados que se constituyen como otros tantos
infinitos, dando lugar así a la situación imposible de la existencia de muchos
infinitos, de un infinito múltiple. En tercer lugar, este proceso se presentará como una
inversión de la doctrina tradicional, como una imagen especular, en la medida en que
tomará lo que sólo es una proyección o un reflejo sobre otro plano por el ser real de
lo infinito. Esta inversión va necesariamente acompañada de una subversión que resulta
inevitable desde el momento en que se han atribuido los caracteres de lo Absoluto a una
parcela de la realidad manifestada, desde el momento en que se concede infinitud al yo
humano mismo. Por decirlo en una palabra: las dimensiones relacionales y cualitativas del
campo hacen que una traslación en su interior implique una modificación que
puede ser a veces esencial.
Debemos
detenernos un poco más en la naturaleza de esta inversión. Todas las tradiciones
espirituales afirman la existencia en el hombre de lo incondicionado: esa es su esencia.
Ese incondicionado está necesariamente más allá de cualquier determinación particular.
Pero ese incondicionado que la tradición hindú denomina Atman- no es
colocado en el campo de la pluralidad finita manifestada y por tanto no la desplaza; se
halla más allá de la multiplicidad y por tanto de la determinación: en la medida en que
no es múltiple, Atman es el fundamento de la doctrina de la Suprema
Identidad. Esta doctrina establece que desde la perspectiva adecuada la
pluralidad de los seres es rigurosamente ilusoria, y esta afirmación es el tronco del
Advaita Vedanta, el Vedanta de la no-dualidad. La tradición hindú distingue
con precisión entre Atma y Jivatma, que designa la personalidad
psicofísica del ser humano vivo. Esta distinción impide que esta dimensión
psicobiológica vea conculcados sus derechos como resultado de una invasión celestial.
Con el mismo rigor se discierne entre Atman y ahamkara, que suelen, en este
contexto, traducirse respectivamente por Sí Mismo y Yo. Ahamkara
es la ilusión de la autoconciencia real; Atman es la verdadera identidad infinita que
trasciende lo real.
Como
consecuencia de esta cuidadosa segregación de niveles, la Tradición no habla de
igualdad de hombres, sino de la suprema identidad de todos los
seres. En efecto, mientras que la igualdad sólo puede convenir a lo plural, la
coincidencia de aquello que se halla más allá de toda pluralidad no es igualdad, sino identidad.
La distinción de planos permite a la tradición metafísica aceptar la diferencia y su
juego en el ámbito de lo social que pertenece a la finitud- rechazando el concepto
de igualdad de lo múltiple como una imposibilidad que sólo ha podido nacer del
desconocimiento de las determinaciones cualitativas del espacio.
El
igualitarismo moderno se presenta así no sólo como un formidable error, sino, además,
como una inversión y una subversión emparentada con el luciferismo.
Es la rebelión del yo humano finito el ego- que se atribuye la
infinitud del Sí Mismo y, en virtud de esa usurpación, se declara libre de todo tipo de
vinculación y determinación. Esa desvinculación se expresa también en el NON
SERVIAM luciferino. Numerosos autores han señalado como esencia de la rebelión de
Satanás la anteposición del propio yo sobre el ser universal al que todo ente finito se
halla sometido por ley natural. He aquí, a propósito, unas palabras de San Agustín:
La causa
de la felicidad de los ángeles buenos es que ellos se adhieren a lo que verdaderamente
es; mientras que la causa de la miseria de los ángeles malos es que ellos se alejaron del
ser y se volvieron hacia sí mismos, que no son el ser. Su pecado fue, pues, el de
soberbia. (2)
El
igualitarismo moderno no es, por tanto, consanguíneo con los principios de la
espiritualidad religiosa y tradicional, sino que representa, más bien, la proyección
hacia abajo y con ello la inversión y la subversión de los principios espirituales.
Varios autores tradicionales se hacen cargo de este hecho. Partiendo de la idea de que la
sustitución de Sí Mismo por el yo comporta la sustitución de la identidad por la
igualdad y con ello, según hemos explicado, de la unidad por la pluralidad y de la
calidad por la cantidad. René Guénon, en su obra El Reino de la Cantidad y los
Signos de los Tiempos se aproxima a esta problemática. Este autor constata la
tendencia de la espiritualidad moderna a reemplazar la suprema unidad cualificada por la
uniformidad de los átomos ínfimos y carentes de cualidades. Recojamos algunos párrafos:
Llegamos
ahora a la siguiente conclusión: entre los individuos la cantidad habrá de predominar
sobre la cualidad tanto más cuanto más cerca se encuentren de no ser en cierto modo más
que simples individuos, más separados por ende los unos de los otros (...) Tal
separación se limita a hacer de los individuos otras tantas unidades, en el
sentido inferior de la palabra, y de su conjunto una pura multiplicidad cuantitativa; en
el caso límite estos individuos no serían ya más que algo comparable a esos supuestos
átomos de los físicos que carecen de toda determinación cualitativa. Así,
a pesar de que de hecho nunca pueda ser alcanzado tal límite, ésta es la orientación
que sigue el mundo actual. Nos bastará para mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta
del esfuerzo general que se produce por doquier para reducirlo todo cada vez más a la
uniformidad, ya se trate de los propios hombres o de las cosas entre las que viven; es
evidente además que este resultado no puede obtenerse más que suprimiendo toda
distinción cualitativa en la medida de lo posible; sin embargo, también merece un
comentario la extraña ilusión que hace a algunos tomar esta uniformización
por una unificación cuando en realidad supone exactamente lo contrario, buena
prueba de lo cual es el hecho de implicar aquélla una acentuación cada vez más evidente
de la separateidad. (3)
En el capítulo
siguiente introduce Guénon el simbolismo del triángulo para ilustrar esta relación:
En cualquier caso se podría representar geométricamente el ámbito de que se trate por medio de un triángulo cuyo vértice es el polo esencial, y cuya base podría ser el polo sustancial, es decir, volviendo a nuestro punto, la pura cantidad concretada en la multiplicidad de puntos pertenecientes a dicha base por oposición al punto único que sirve de vértice superior. (4)
La figura
muestra con claridad la relación de inversión y proyección de la unidad del Sí Mismo
en la multiplicidad de los yoes.
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Líneas
abajo menciona el autor el principio de Leibnitz de la identidad de los
indiscernibles según el cual no pueden existir dos seres idénticos porque
serían, de ser idénticos, el mismo; principio este que restablece la igualdad en la
unidad y más allá de la multiplicidad. De ahí que Guénon afirme ... que tal
uniformidad nunca es verdaderamente realizable. (5) A pesar de esto sostiene:
Este es el punto hacia el que tienden, desde un punto de vista puramente social, las
concepciones democráticas e igualitarias para las que todos los
individuos son equivalentes entre ellos... (6)
Un poco
más adelante, en la misma obra, compara el filósofo la anulación del individuo en la
Suprema Identidad con la anulación de la personalidad en la masa numérica:
Acabamos de decir que el individuo se pierde en la masa o que al menos
tiende cada vez más a que así ocurra; pues bien, esta confusión en el seno
de la multiplicidad cuantitativa corresponde una vez más, por inversión, a la
fusión en la unidad primigenia (7) Y poco después: Así, en
razón de la extrema oposición que existe entre una y otra, tal confusión de los entes
en la uniformidad aparece como una siniestra y satánica parodia de su fusión
en la unidad. (8)
El
proceso de progresiva descualificación e indistinción al que alude Guénon
repetidas veces, y que coincide con una cuantificación reducción a la pura
cantidad- y con un descenso hacia el polo substancial del ser, coincide con la concepción
substancialista del yo humano y con la indeterminación originada en la auto referencia,
que ya hemos dado como estructura profunda de la mentalidad moderna y que volveremos a
considerar más adelante.
Por su
parte, el autor italiano Julius Evola dedicó un capítulo de su libro El Misterio
del Grial al proceso de inversión de la mentalidad tradicional en la mentalidad
moderna a propósito de la naturaleza de la masonería. Según este autor, la
organización en cuestión es ejemplo de la inversión pura y simple de una herencia
iniciática tradicional en el racionalismo moderno. La esencia de esta inversión radica
en la atribución al hombre vulgar de la cualidad que sólo corresponde al iniciado. En
lenguaje metafísico, esta atribución viene a coincidir con la concesión al yo de la
dignidad infinita del Sí Mismo, por más que el autor no toque aquí directamente este
tema: Ya en la llamada secta de los iluminados de Baviera tenemos un ejemplo típico
de la inversión de tendencias, a la que hace poco hemos aludido. Ello resulta del mismo
cambio experimentado por el término Iluminismo, que, en su origen, estuvo
relacionado con la idea de una iluminación espiritual superracional, pero que,
sucesivamente, poco a poco, se hizo, por el contrario, sinónimo de racionalismo, de
teorías de la luz natural, de antitradición. A este respecto, se puede
hablar de un uso falseado y subversivo del derecho propio del iniciado, del
adepto. El iniciado, si es verdaderamente tal, puede colocarse más allá de las formas
históricas contingentes de una tradición particular (...); finalmente, puede reivindicar
para sí la dignidad de un ser libre, porque se ha desligado de los vínculos de la
naturaleza inferior, humana. Del mismo modo, los libres son también los semejantes,
y comunidad (sic) puede se concebida como una confraternidad. Pues bien, hasta
materializar, laicizar y democratizar estos aspectos del derecho iniciático y traducirlos
en términos individualísticos, por haber sufrido los principios-base de las ideologías
subversivas y revolucionarias modernas (sic). La luz de la mera razón humana sustituye a
la iluminación y da origen a las destrucciones del libre examen y de la
crítica profana (9)
Haciendo
una referencia a Los Protocolos de los Sabios de Sión, con cuya autenticidad, sin
embargo, no se compromete aquí, escribe: El presunto Imperio es sólo la suprema
concretización de la religión del hombre terrestrizado, que se ha convertido en última
razón de sí mismo y que tiene a Dios por enemigo (10) Esta conversión del hombre
terrestre en última razón de sí mismo es, evidentemente, una consecuencia de la
atribución al ser humano finito de las cualidades del Sí Mismo infinito, atribución de
la que se desprende, como luego veremos, el ateísmo militante.
Por su
parte, Coomaraswamy se aplica en distinguir el verdadero Yo (Atman, Sí Mismo) del yo de
la individualidad finita del que, haciendo una crítica al racionalismo de la concepción
vulgar, niega la verdadera existencia: Todas nuestras tradiciones metafísicas, sean
la cristiana u otras, mantienen que hay dos en nosotros, este hombre y el
Hombre en este hombre; y que esto es así es todavía una parte y parcela de nuestro
lenguaje hablado en el cual, por ejemplo, la expresión control de sí mismo
implica que hay uno que controla y otro sujeto a controlar, pues sabemos que nada
actúa sobre sí mismo. De estos dos sí mismos, el hombre interior y el
exterior, la personalidad psicofísica y la Persona verdadera, está
construido el compuesto humano de cuerpo, alma y espíritu. De estos dos, por una parte el
cuerpo y alma (o mente), y por otra el espíritu, uno es mutable y mortal, el otro
constante e inmortal; una deviene, el otro es, y la existencia del
que no es sino que deviene, es precisamente una personificación o
postulación, puesto que no podemos decir de algo que nunca permanece lo mismo
que es. Y por necesario que pueda ser decir yo y mío
para los propósitos prácticos de la vida cotidiana, nuestro Ego de hecho no es nada más
que un nombre para lo que realmente es sólo una secuencia de comportamientos
observados (11). Y más tarde: No podemos tratar la doctrina del Ego
extensamente; diremos solamente que, en cuanto al Maestro Eckhart y a los sufís se
refiere, Ego, la palabra Yo no es adecuada para nadie excepto para Dios en su
mismidad (12). En la atribución de un yo real a la finitud radica para este
autor el ser de lo satánico: Es su orgullo (mâna, abhimâna, oiema,
oiesis: opinión-de-sí-mismo, pago de sí mismo) la convicción satánica de
su propia independencia (asmimâna, ahamkâra, el cogito ergo sum...) (13).
Por su
parte, Frithjof Schuon, en su ensayo Castas y Razas nos recuerda que existe una
dimensión diferencial y una dimensión igualitaria de lo humano, legítimas ambas en la
medida en que responden a dos aspectos de la realidad: El sistema de las castas,
como todas las instituciones sagradas, descansa en la naturaleza de las cosas o, más
precisamente, en un aspecto de ésta, en una realidad, pues que (sic) no puede dejar de
manifestarse en ciertas condiciones; la misma observación vale para el aspecto opuesto,
el de la igualdad de los hombres ante Dios. En suma, para justificar el Sistema de castas,
basta plantear la cuestión siguiente: ¿Existen la diversidad de calificaciones y la
herencia? Si existen, el sistema de castas es posible y legítimo. Y lo mismo para la
ausencia de castas, donde ésta se impone tradicionalmente: ¿Son iguales los hombres, no
tan sólo desde el punto de vista de la animalidad, que no se discute, sino del de sus
fines últimos? Es seguro, pues todo hombre tiene un alma inmortal; así pues, en alguna
sociedad tradicional esta consideración puede prevalecer sobre la de la diversidad de
calificaciones (...) No cabe imaginar mayor divergencia que entre la jerarquización
hindú y el nivelamiento musulmán, y sin embargo, no hay en ello más que una diferencia
de énfasis... (14). Después de esta diferenciación de niveles, Schuon arremete
contra el igualitarismo moderno: La uniformización moderna, que hace que el mundo
se estreche cada vez más, parece poder atenuar las diferencias raciales, al menos en el
plano mental y sin hablar de las mezclas étnicas, y esto no tiene nada de sorprendente si
se piensa que esta civilización uniformizadora está en las antípodas de una síntesis
por arriba, es decir, que se funda únicamente en las necesidades terrenas del
hombre (15).
Aquí
tenemos de nuevo el tema del igualitarismo moderno en su uniformización de lo múltiple
como inversión de la unidad trascendente. Creemos que queda con esto suficientemente
expuesta la diferencia que existe entre este igualitarismo y la espiritualidad
tradicional.
III. Filosofía moderna e Igualitarismo
Hemos
esbozado lo que podría ser una crítica al igualitarismo desde el lenguaje de la
Tradición. Quisiéramos ahora introducirnos en el mismo tema con los métodos y la
perspectiva de la filosofía moderna.
Al
principio hacíamos radicar en la concepción substancial del yo humano la
indeterminación que hay que buscar necesariamente para explicar el origen del
igualitarismo: en efecto, sólo en la desconsideración de todas las determinaciones
diferenciales puede fundarse el igualitarismo. Probablemente como un reflejo del
fundamento Absoluto que es Atman y que se halla más allá de toda determinación finita,
la razón discursiva tiende a poner en la indeterminación el fundamento de todo ente
particular, y así se origina el concepto de substancia: la materia (materia
prima) es la substancia de los seres a los que accedemos por los sentidos exteriores
y el yo es la substancia de la vida interna. La indeterminación substancial es la imagen
invertida de la determinación universal de Atman. Parece estar en la naturaleza de la
función causal de la razón discursiva el no satisfacerse jamás con determinaciones
particulares, el que estas aparezcan como contingentes y carentes de razón suficiente en
sí mismas. La razón suficiente debe buscarse legítimamente en la determinación
universal. Ahora bien, la razón discursiva no contiene tal concepto, y como pretende
constituirse en sistema cerrado, se ve obligada a poner como fundamento la pura
indeterminación. Así nace el concepto de substancia como fundamento del ser. El origen
del error igualitarista se encuentra, por tanto, en la ilegítima pretensión de la razón
discursiva de ponerse como modelo cerrado. La importancia de este error aparecerá
aún más clara en lo que sigue: es el mismo conato de la razón discursiva de encontrar
en sí misma lo infinito el que la condena a producir una parodia de la infinitud en la
vacía indeterminación del yo puro. Así se genera un infinito abstracto, lo que Hegel
llamaba un universal abstracto o negativo que implica la
confusión de la perfecta cualificación divina con la infinitud extensiva y numérica que
nunca puede de hecho ser infinita sino sólo potencialmente, esto es, indefinida (16).
La
razón discursiva, así como el mundo manifestado al que conviene, están incapacitados
para la infinitud por la sencilla razón de que su ser, en cuanto manifestado, contiene
una finitud constitucional. Para adquirir infinitud, la razón discursiva tendría que ser
capaz de cerrarse a sí misma, esto es, de referirse a sí misma para fundamentarse. Ahora
bien, esto es precisamente lo que no puede hacer. Y la causa es la siguiente. Está en la
naturaleza de la razón discursiva el contener la dualidad referente/referido que puede
aparecer en las formas de forma/materia, predicado/sujeto lingüístico, sujeto/objeto,
etc., según la esfera epistemológica a la que estemos aludiendo. En virtud de esa
división interna que le presta su naturaleza finita-, la razón discursiva no puede
referirse a sí misma, porque precisa de una materia ajena y previa sobre la que ejercer
su función de referencia. La ausencia de esta materia o contenido, única situación en
la que sería posible la auto referencia, deja al discurso en un formalismo vacío, es
decir, cuando la razón discursiva intenta cazarse a sí misma sólo encuentra una
cáscara vacía, pura indeterminación. Intente el lector decidir si la siguiente
oración afirma verdad o mentir:
esta oración es falsa
Es la
famosa paradoja del mentiroso. Con todo, la indeterminación es igual de obvia en esta
auto referencia sin contradicción:
esta oración es verdadera
También
aquí es imposible decidir sobre la verdad o falsedad del enunciado. La auto referencia
está, pues, en el origen de las paradojas lógicas, la paradoja del conjunto de todos los
conjuntos que no se contienen a sí mismos que descubrió Russel y otras similares que
presentan la misma estructura auto referente que el Teorema de Gödel. Kurt Gödel
desarrolló una demostración de que el modelo en el que Russell y Whitehead intentaron
formalizar la aritmética resultaba incompleto: existía al menos un enunciado verdadero
que no podía demostrarse, y ese enunciado era, desde luego, auto referente (17). El
Teorema de Gödel puede considerarse la demostración de la incapacidad de la razón
discursiva para cerrar su modelo. En los sistemas ideales, la auto referencia provoca
indeterminación, pero, como ningún sistema real puede ser indeterminado, la auto
referencia ha de ser imposible en ellos. Eso quiere decir que en la función mental de
referencia no puede darse la verdadera auto referencia, o sea, que el yo es imposible.
Ningún sujeto puede referirse a sí mismo, pensarse o captarse a sí mismo porque no
captaría a la vez su captarse a sí mismo, y por tanto no se captaría verdaderamente
como es en el momento de la captación. Manfred Frank, en un libro reciente (19), ha hecho
una revisión de este problema sin solución- en la historia de la filosofía
contemporánea. Un gato no puede cogerse la cola y una conciencia no puede tener verdadera
autoconciencia: podemos decir que necesitaría poder revolverse a velocidad infinita, y en
ningún sistema real está permitida la velocidad infinita: en el sistema del universo
físico, por ejemplo, y según la Relatividad restringida, no puede superarse la velocidad
de la luz (20).
Por
tanto, el yo como figura real en la mente finita es imposible. ¿Cómo es que existe el yo
entonces? Creemos que sólo cabe una respuesta: nunca como figura real sino siempre
como estructura ideal. La naturaleza ideal del yo explicaría que la
Tradición hablase de un solo yo Suprema Identidad- y su confusión con un ser real
en la ideología moderna explicaría el postulado de la igualdad de una pluralidad
indefinida de yoes. Los seres ideales no admiten multiplicidad: el Teorema de Pitágoras
es uno y el mismo aunque esté escrito en mil pizarras. La confusión del yo con una
estructura real implica un error formalista, implica el creer que el referente
puede tenerse a sí mismo como referido. El yo, pura relación consigo mismo, pura forma,
al ser tenido por real desplaza el contenido real de la personalidad humana sus
determinaciones de sexo, raza, cultura, etc.- y la vacía sustituyéndola por una pura
forma. El relleno de la forma con pura forma es lo que provoca la indeterminación
siempre ideal- y permite el igualitarismo.
La
simple distinción de niveles, la articulación en instancias diferentes de lo real y lo
ideal, de lo material y lo formal, permitiría deshacer los equívocos del igualitarismo.
Cuando, con voluntad de equidad, decimos que todos los hombres son iguales o todos los
pueblos son iguales, no queremos decir que sean o deban ser materialmente iguales, sino,
en el fondo, que cada uno es igual de importante para sí mismo que cualquier otro, aunque
esa forma de la autoconciencia encierre en cada caso un contenido muy diferente: la forma
de la auto referencia se ejecuta en cada caso sobre una materia diferente; la presencia de
esa materia impide el error formalista y la indeterminación aunque, lógicamente, impide
a la vez que la auto referencia sea verdadera como real.
La auto
referencia parece el fenómeno distintivo de nuestra cultura: no sólo la encontramos en
el yoísmo, o en las paradojas lógicas, o en Gödel, Escher, Bach; está también en las
relaciones de incertidumbre de Heisenberg, en la especulación bursátil, en las
expectativas económicas autoconfirmadas, en el formalismo de la democracia liberal. Está
por doquier. Es la gran falacia de la espiritualidad moderna y a la vez el límite
definitivo de una cultura construida sobre la pretensión de la razón discursiva de
cerrarse sobre sí misma soltando todo contenido finito, en una parodia de la verdadera
infinitud. Es la figura madura del racionalismo moderno. Pero el intento de la razón
discursiva de cerrarse sobre sí misma en el bucle de auto referencia implica un dejar de
lado el contenido real finito al que esta razón tiene necesariamente que estar referida;
implica, en consecuencia, una desatención de la finitud real y su substitución por la
pura forma. Cuando este vaciado se ha realizado sobre el concepto del hombre, aparece el
yoísmo y, con él, el igualitarismo. Ahora bien, el sello del yo pretendido real
no sólo desconsidera el contenido real finito del hombre, sino que además impide
tenazmente la evolución hacia el verdadero Yo como se manifiesta en la Suprema Identidad.
Por esta razón se habla en todas las tradiciones espirituales de la necesidad de la
aniquilación del yo como etapa imprescindible para la realización espiritual.
Esperamos que esta introducción del problema en lo términos de la filosofía moderna
haya servido para demostrar la posibilidad de acercarse a la Tradición con estos medios:
jamás será posible acceder con el discurso al verdadero núcleo de la espiritualidad, en
la medida en que éste se halla más allá de todas las limitaciones de la razón finita,
pero si se tiene en cuenta que la razón discursiva, incapaz de cerrarse positivamente,
sí es, con todo, capaz de cerrarse negativamente, esto es, de comprender sus límites,
no hay nada extraño en que sea posible un tratamiento fecundo de este problema en los
términos de la Lógica y la filosofía modernas.
IV. Conclusión
El
modelo yoísta, sobre el que está construida toda la ideología moderna y con ella
nuestras instituciones sociales, es una enorme falacia racionalista. No es el resultado
perfeccionado, racionalizado o secularizado de la herencia de la tradición espiritual,
sino más bien su imagen invertida. Eso no significa, sin embargo, que no conserve un
ápice de la verdad espiritual originaria: la Tradición misma nos advierte que nada puede
subsistir si no contiene la presencia de la verdad en algún sentido y en alguna medida.
El igualitarismo moderno es la imagen invertida, pero es la imagen de la Suprema
Identidad. En el sentimiento igualitarista existe sin duda una reminiscencia del anhelo
espiritual original, por muy desviado que haya sido, por paradójicas y desastrosas que
resulten sus consecuencias.
La
ideología de la modernidad sólo podrá ser superada si se asume, respeta y mejora la
verdad que existe en ella, y la única manera de hacerlo es restituirla a su fuente
originaria. Si el modelo del yo puro, libre, igual y supremo ha proporcionado un paradigma
ideológico a la ordenación política y jurídica, universal y fácilmente inteligible,
elegante, formal y de apariencia racional, un perfeccionamiento no podrá venir de
cualquier formulación particular, contingente, voluntarista o arbitraria. Sólo un
paradigma igualmente universal, pero de racionalidad superior, se constituirá en
posibilidad de un verdadero paso adelante. En la constatación de que el racionalismo
moderno ha fracasado y de que su fracaso amenaza la racionalidad misma, debilitada ante la
oscilación hacia el irracionalismo, puede ser oportuno el proponer que se tome en
consideración la doctrina de la espiritualidad tradicional. Es muy posible que la única
alternativa a la igualdad universal sea la Suprema Identidad. El ideal de la infinitud del
yo real quizá no pueda ser substituido más que por el ideal de la evolución
espiritual hacia el Yo trascendente; en la medida en que esta evolución es siempre
personal y libre, este ideal se convierte en garantía de la libertad más profunda; el
ideal de universal equidad que pueda encerrar el igualitarismo es expresado en su forma
correcta por la Suprema Identidad; pero, además, estas formulaciones, al atenerse al
orden real de las cosas, se verán libres de efectos paradójicos: sabrán hacer un sitio
a los derechos de la finitud.
Por este
camino tal vez lleguemos algún día a las verdades del sentido común; a entender, por
ejemplo, que lo equitativo no es que todos en igualdad material- calcemos el mismo
número de zapato, sino en igualdad formal- que cada uno calce el suyo. Podremos
quizás entender en un sentido más correcto y más profundo la conocida prédica de San
Pablo:
Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque cuantos en Cristo
habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo. No hay ya judío ni griego, no hay
siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno en Cristo Jesús. (Gálatas
3, 26-28).
Notas:
(1)
Toshikiko Izutsu, Philosophie
des Zenbuddhismus. Rowohlt Taschenbuch V. Renbek bei Hamburg, 1986.
(2)
De Civitate Dei, XII, 6.
(3)
Ed. Ayuso. Madrid, 1976. pp. 55-56
(4)
Ibidem, pp. 57-58
(5)
Ibidem, p. 59.
(6)
Ibidem.
(7)
Ibidem, p. 74.
(8)
Ididem, p. 75.
(9)
Plaza y Janés, Espulgar de
Llobregat, 1977. pp. 289-290. (Nota difusor: hay traducción más reciente en José de
Olañeta Editor)
(10)
Ibidem, p. 301.
(11)
¿Quién es Satán y dónde está el
Infierno? en Búsqueda, nº 0. Ed. Sirio, Málaga, 1990.
(12)
Ibidem.
(13)
Ibidem.
(14)
José de Olañeta Editor. Barcelona 1982. p. 7.
(15)
Ibidem, p. 46.
(16)
Véase: Guénon, René: Les Principes du Calcul
Infinitésimal. Gallimard, 1946, pp. 13 y siguientes.
(17)
Hofstadter, Douglas. Gödel, Escher, Bach. Un
eterno y grácil bucle, Tusquets, Barcelona, 1987.
(18)
Nuestra argumentación es correcta aunque
aparentemente quepa buscar auto referencias que no provoquen indeterminación; no podemos
ampliar aquí la discusión.
(19)
Selbstbewusstseinstheorien von Fichte bis Sartre, Suhr-kamp,
Frankfurt am Main, 1991.
(20)
Dice Guénon que en el mundo manifestado es imposible
trazar una circunferencia : el punto en el que termina el trazo no es ya el mismo en
el que empezó. El Simbolismo de la Cruz. Ed. Obelisco, Capellades, 1987. p. 114.