La influencia de América en Europa
Thomas Mollnar
Thomas
Molnar, húngaro de nacimiento y francés de formación, es profesor de Historia
de las Religiones y de Filosofía en las Universidades norteamericanas de Yale y Nueva
York. Formado en el espíritu de Tocqueville, su análisis es una lúcida
puesta en perspectiva de los lazos y abismos que unen y separan las culturas europea y
americana. Es autor entre otros libros de La autoridad y sus enemigos, La tentación
pagana, y El eclipse de lo sagrado (en colaboración con de Benoist).
Actualmente prepara junto a Julien Freund, un volumen titulado Europa,
¿ha abandonado la historia?
Es la primera vez que una civilización se
presenta como único modelo válido para toda la humanidad. Esa civilización es la
norteamericana: un sistema donde una tupida red de cuerpos sociales (multinacionales,
suprasindicatos, partidos, medios de comunicación) priva de contenido al Estado y lo
transforma en un omnipotente portero de noche, una instancia "asistencial". Este
modelo fascina hoy a media Europa. ¿Debemos adoptarlo? Para Thomas Molnar, el precio que
hay que pagar por este sistema es demasiado elevado: la desaparición de la cultura
europea, basada precisamente en el equilibrio necesario entre sociedad y Estado, entre lo
que es interno del hombre y lo que es externo a él.
En este debate, que desde luego no es nuevo, respecto
a la influencia americana sobre el planeta, no se trata de tomar a los Estados Unidos como
blanco de toda crítica, sino de analizar una ideología, la más poderosa, la
más penetrante del siglo, cuyo impacto iguala al que tuvo el marxismo. Su origen no está
en el suelo del Nuevo Mundo: es absolutamente europeo. Porque, en el fondo, es Europa, la
Europa del Renacimiento y de las Luces, quien ha producido estos dos sueños encaminados a
crear la utopía ya sea aboliendo la sociedad civil, en el caso
del marxismo, ya sea aboliendo el Estado, en el caso de la ideología ideal,
postcristiana. Ese sueño, en definitiva, al término del cual se instaura la abolición
de lo político. Una de las salidas de ese sueño es el Partido (Estado) soviético,
donde la sociedad civil (coexistencia de asociaciones, de transacciones y de grupos de
interés) sólo sobrevive en estado larvario o en la clandestinidad; la otra salida es la
sociedad americana, que reduce al Estado a su función de "portero de noche", y
que controla las tomas de posesión (en política exterior, sobre todo) hasta prohibirlas.
La Utopía
Esos dos sueños, Europa nunca ha podido ni
quizá querido realizarlos en su sueño. Se oponía la estructura estatal heredada
de Roma, así como la Iglesia, que encarnaba el principio jerárquico. Se oponía
igualmente la noción de pecado original, constriñendo la libertad humana a encontrar su
marco en el cuadro de las instituciones. (Recordemos que Jean-Paul Sartre,
cuando su primera estancia en los Estados Unidos, respondió a los periodistas que era
incapaz de entenderse con los norteamericanos porque éstos "no creen en el
pecado original". Este sentimiento es bastante más que una boutade).
En fin, la idea de abolir la política para
establecer la Edad de Oro atraviesa las estepas y el océano y se instala en
Moscú y en Nueva York. Europa sufre hoy el contragolpe de sus propios ideales no
realizados: la teocracia soviética y la democracia americana. Ésta,
repitámoslo, no es posible más que si el Estado es reducido al papel de una agencia de
la sociedad, de un grupo administrativo entre otros, en el pluralismo del ambiente. El
motor del progreso material y de la ideología colectiva ya no es el Estado, es la
sociedad misma, cuyo objetivo es la profundización bajo su forma específica, el American
way of life.
Se impone una distinción respecto a la ideología
teocrática soviética: el comunismo es incapaz de penetrar en la mentalidad de un pueblo,
cualquiera que sea, y su régimen no podrá alcanzar la legitimidad. El sistema americano,
por el contrario, responde perfectamente a las aspiraciones elementales de los hombres en
un cierto nivel, el de la satisfacción de las necesidades materiales y el de la pasión
igualitaria. El American way of life es, en último análisis, la
sistematización de esas necesidades y de esa pasión, su traducción en todas las
actividades de la sociedad y de sus subgrupos. Por "sistematización"
no entiendo aquí el control institucional, y menos aún la supervisión política.
Entiendo más bien la mecanización de las reacciones y de las relaciones humanas,
mecanización proclamada y obedecida con el fervor de una ortodoxia religiosa. Ortodoxia,
pero también ortopraxis, porque esas reacciones y relaciones no toleran la
excepción: se inculcan en la guardería, en el colegio, en la oficina, en el trabajo, en
las reuniones políticas y hasta en las conversaciones y relaciones entre hombre y mujer,
padres e hijos.
El resultado es un conjunto de fórmulas como el que
se encuentra en las diversas Utopías, sobre todo después del Renacimiento. Este
es el lado totalizante de la sociedad americana. En absoluto "colectivista" en
el sentido actual del término, pues muy pocas cosas están estatalizadas, nacionalizadas,
gestionadas según las reglas definidas por las "autoridades". Al contrario, el
sector privado es la norma. Pero precisamente el carácter totalizante de las actividades
y transacciones sociales es el resultado de una interiorización cuasi-pavloviana
de las actitudes. Hasta el punto de que no se sabe si por debajo del comportamiento
manifiesto existe aún una vida interior válida, una personalidad polícroma, un ser
original y auténtico. El espíritu original sólo es bien visto cuando está encuadrado
dentro de los conformismos sociales, lo que corresponde a la concepción puritana de la
existencia hecha fórmulas. Apartarse de esta norma conduce frecuentemente al ostracismo.
Salvar a la humanidad
La situación que acabo de esbozar no es totalitaria,
ni está impuesta oficialmente, ni está expresada en documento alguno. Es el producto de
un consenso, de un estado de espíritu permanente, de una red de valores y de
comportamientos. Tampoco existe en los Estados Unidos un sentimiento de superioridad
racial (sólo esporádicamente), ni un fascismo, ni una ideología reaccionaria. Estos
reproches de la intelligentsia de izquierdas europea carecen de fundamento. Nadie
es "bárbaro" a los ojos de los americanos, nadie es inferior, nadie es maldito
o incurable. Al contrario: la humanidad está atrasada sólo en la medida en que no ha
encontrado aún la única fórmula válida para la felicidad de todos, fórmula
americana hecha de democracia, de liberalismo, de capitalismo y de pluralismo. La
vocación de América no es la que Virgilio expresara a propósito
de Roma: "Tu regere...", sino la de salvar a la humanidad de los
oscurantismos, de las guerras, de las revoluciones, de la miseria de la condición humana.
En una palabra: la salvación por la buena fórmula cuyo principio y cuyo final están
inscritos en la Constitución y en las leyes americanas. El American way of life
es su traducción fiel, invariable para todos los pueblos. Tarde o temprano, y con ayuda
de la pedagogía americana, la humanidad entera la adoptará. Cuando el senador Fullbright,
en un reciente libro, distinguía entre el imperialismo tradicional, cruel y explotador
(que él resume como "la arrogancia del poder"), y la política
exterior americana, ni arrogante ni imperialista, definía el rostro de los Estados Unidos
vuelto hacia el exterior, la convicción compartida por todos sus conciudadanos.
En esta perspectiva, la influencia americana propone
una sociedad civil omnipresente en el interior de la coexistencia armoniosa de la
humanidad. El desfile del 4 de julio simboliza la americanización del meltin-pot,
espejo de los habitantes de todo el planeta, promesa inmanente de la Edad de Oro.
Mientras ésta llega, los misioneros del "sueño americano" (American dream)
predican la misma enseñanza a los vietnamitas, a los zulúes. Es el ideal del siglo XVIII
el que ha visto nacer a los EEUU, pero que se combina con el pluralismo del siglo
precedente y con la filosofía de Locke: la sociedad de los Elegidos
(de los Santos), cuyos descendientes, sin embargo, han desespiritualizado (desacralizado)
la palabra de Dios para traducirlo en los términos y prácticas de una religión laica.
El hombre ya salvado, ¿qué necesidad tiene de política y de Estado? La palabra de Dios,
palabra secularizada, garantiza la Ciudad de Dios en la tierra.
El modelo desfigurado
¿En qué sentido puede hablarse de una nefasta
influencia americana sobre los pueblos de Europa? A fin de cuentas, los EE.UU. no tienen
los medios para imponer su voluntad o su way of life. Sin embargo, me parece que
los europeos emplean, no siempre de forma consciente, el siguiente lenguaje: "América
es una extensión de nuestro continente, de nuestra visión del mundo. Tiene quizás los
excesos de un pueblo joven, rico y exhuberante, pero nosotros, viejos, maduros y
experimentados, sabremos limitar los estragos, adoptar objetivos más válidos, y sobre
todo, conciliar el confort material llamado "americano", con la vieja sabiduría
producto de nuestra historia". Esta perspectiva optimista desarma al continente,
como desarma a las otras regiones del mundo, sobre todo en Asia.
Y es que el problema de la influencia americana está
mal planteado. Los EE.UU. no son simplemente una "Europa desplazada";
son la encarnación de una ideología que Europa jamás ha asumido. El discurso que
mantiene Europa es el de un niño con la nariz pegada al cristal de una tentadora
juguetería. Sólo un puñado de observadores europeos ha apreciado la justa medida de las
cosas americanas: Tocqueville, Dickens, Macauley, Keyserling, Jung, Ortega...
El autor de estas líneas ha seguido personalmente a esos maestros, sobre todo a
Tocqueville, en su descripción del "modelo desfigurado". Desfigurado
en tanto que portador, en su ideología, del grano de arena destinado a producir "la
barbarie instalada por medio de las propias instituciones democráticas", como
escribió Macauley en 1852.
Estas instituciones fueron concebidas para combatir
la arbitrariedad (de Londres), propagar la libertad, remitirse al pueblo para toda clase
de decisiones. Se trata del principio protestante del poder que va desde abajo hacia
arriba, y que presupone la inspiración divina del pueblo. En otros términos, se trata de
una revolución en la condición humana. La democracia, cuyo estilo señala
Tocqueville, significa que todo es posible para el hombre, es capaz de redefinir la
naturaleza humana, haciendo reinar la moral por todas partes, a partir del momento en que
es liberado de las reglas de conducta impuestas. La consecuencia política es la
hegemonía de la sociedad civil sobre el Estado y sobre los individuos en tanto que tales.
Es una idea tan ajena a Europa como la hegemonía de un Partido ideológico o de una
teocracia. Hoy por hoy, la sociedad americana asegura su propio bienestar, gracias a la
expansión de las transacciones económicas y de las ideas que engendran. Sin embargo,
esas ideas reducen las instituciones (familia, escuela, Iglesia, Estado, tribunales) a
meros sirvientes de esas mismas transacciones, o lo que viene a ser lo mismo, de la
economía pura y simple. En una Europa escarmentada por un exceso de Estado, por una
superestructura demasiado pesada y recientemente, por una economía demasiado dirigista,
las realizaciones económicas norteamericanas son percibidas como un brillante sol. En
efecto, es difícil darse cuenta de que el precio del éxito económico de los Estados
Unidos es extremadamente elevado, y que hay que pagarlo con el debilitamiento del marco
estatal, del sentimiento nacional, de esa mirada más allá de lo cotidiano que se llama
cultura, espiritualidad, de esa superación del hombre y las instituciones que hace
cristalizar los valores trascendentales.
Restaurar el equilibrio
Por consiguiente, las naciones europeas se encuentran
en una situación ambigua de la que les es esencial salir a fin de recuperar su
personalidad, su historia, su destino. No se trata de caer en un antiamericanismo
encarnizado, aunque este sentimiento, bastante extendido, no expresa sino la angustia ante
el derrumbamiento de su civilización, de la estructura de un pensamiento. La falla que
encontramos en la reflexión europea actual es justamente la convicción de que se pueden
fusionar esa civilización y esa estructura con el American way of life, que, en
esta lógica, no sería más que un estilo de vida, asumible o desdeñable. Pero la verdad
es que ese way of life deriva de una ideología: quien adopta el primero, asume
forzosamente la segunda, que penetra toda su existencia. La resistencia contra ella no
consiste en un simple rechazo.
Y dicho todo esto, ¿cómo resistir a la influencia
americana? Se trata, como hemos constatado, de una sociedad superpoderosa, hegemónica,
pero al mismo tiempo de una sociedad (un imperio) amorfa. En cierto sentido, sus
realizaciones son efímeras, fundadas como están en un universalismo mal concebido,
altaneramente perseguido, que siembra por todas partes la duda y el resentimiento. La
resistencia debe partir de la restauración del equilibrio entre el Estado y la sociedad
civil. Esta idea tiene mala prensa, porque el Estado, en su desconcierto desde cincuenta
años atrás (indeciso entre la idelogía liberal y la ideología socialista), se
inmiscuye en la vida de los ciudadanos que, por una reacción comprensible, buscan abrigo
en la sociedad civil. Sin entender que ésta no es ya la escena de las transacciones
mercantiles clásicas, tan viejas como la humanidad, sino que significa la dominación de
los grupos de presión ideológicos, tan tiránicos como el Estado y sus feudalidades de
antaño. Bien podemos pues hablar de "neofeudalidades":
multinacionales, suprasindicatos, partidos políticos, prensa y televisión,
universidades, y algunas otras, cuyo poder e impacto, frecuentemente camuflado, no hace
falta demostrar.
A pesar de la
"modernidad", la vocación de Europa sigue siendo la mesura y el equilibrio. La
resistencia a la imposición de modelos extraeuropeos no es sólo un deber: es la
condición misma para no abandonar la historia.
[Extraido de la revista Punto y Coma nº 9, 1988, traducción de José Javier Esparza]