Free Web space and hosting from 20megsfree.com
Search the Web

 

La guerra como experiencia interior.
Análisis de una falsa polémica

[Laurent Schang]

 

«Para el soldado —escribe Philippe Masson en L'Homme en Guerre 1901-2001 (Editions du Rocher, 1997)—, para el verdadero combatiente, la guerra se identifica con extrañas asociaciones, una mezcla de fascinación y horror, humor y tristeza, ternura y crueldad. En el combate, el hombre puede manifestar cobardía o una locura sanguinaria. Se encuentra sujeto entre el instinto por la vida y el instinto mortal, pulsiones que pueden conducirle a la muerte más abyecta o al espíritu de sacrificio».

*           *            *

Hace algunos meses apareció la última edición francesa de La Guerre comme Expérience Intérieure [La guerra como experiencia interior], de Ernst Jünger, con prefacio del filósofo André Glucksmann, en la casa editora de Christian Bourgois, editorial que de unos años para acá se ha especializado en la traducción de la obra jüngeriana. Un texto verdaderamente importante, que viene a completar oportunamente los escritos bélicos ya aparecidos del escritor alemán, Orages d'Acier [Tempestades de acero], Boqueteau 125 [El bosquecillo 125], y Lieutenant Sturm [Teniente Surm], obras de juventud que los especialistas de su poliédrico legado consideran a la vez como los más vindicativos, pasos iniciales de sus ulteriores posiciones políticas y, al mismo tiempo, anunciadoras del Jünger metafísico, explorador del Ser, confidente de la intimidad cósmica.
Voluntario desde el primer día en el que se desencadenaron las hostilidades en 1914, herido catorce veces, titular de la Cruz de Hierro de Primera Clase, Caballero de la Orden de los Hohenzollern, y de la Orden «Pour le Mérite», distinción suprema y nada habitual, Ernst Jünger publica a partir de 1920, por cuenta suya y, como él se jactará en más de una ocasión, «sin intención literaria alguna», In Stahlgewittern [Tempestades de acero] que le lanzan súbitamente, frente a las memorias lacrimógenas de los Barbusse, Remarque, von Unruh o Dorgelès, como un náufrago inclasificable, un coleccionista tanto de revelaciones ontológicas como de heridas psíquicas y morales. André Gide y Georges Bataille creyeron al genio.

 

Una teoría del guerrero emancipado

Considerando no haber alcanzado completamente su objetivo, en 1922 publicó Der Kampf als inneres Erlebnis [La guerra como experiencia interior], que dedicó a su hermano Friedrich Georg, también destacado combatiente y escritor: «A mi querido hermano Fritz en recuerdo de nuestro reencuentro en el campo de batalla de Langemarck». Divide su manuscrito en trece pequeños capítulos, marcados por los recuerdos de su guerra, a los que titula sin rodeos: Sang [Sangre], Honneur [Honor], Bravoure [Bravura], Lansquenets [Lansquenetes], Feu [Fuego] o incluso Veillée d'armes [Velada de armas]. Ni una sola evasiva en la pluma de Jünger, ni un solo arrepentimiento: «Hay tiempo suficiente. Para toda una franja de la población y sobre todo de la juventud, la guerra surge como una necesidad interior, como una búsqueda de la autenticidad, de la verdad, de la conquista de uno mismo (...) una lucha contra las taras de la burguesía, el materialismo, la banalidad, la hipocresía, la tiranía». Estas líneas de W. Deist, extraídas de su ensayo «Le moral des troupes allemandes sur le front occidental à la fin de 1916» (en Guerre et Cultures, Armand Colin, 1994), nos descubren lo esencial del Jünger recién concluida la Gran Guerra.
La lectura del prefacio de André Glucksmann deja traslucir su escepticismo con respecto a la legitimidad de la novela. «El manifiesto, de nuevo reeditado, es un texto loco, pero en absoluto la obra de un loco. Una historia llena de ruido, de furor y de sangre, la nuestra». Aferrándose a los triviales clásicos del género, el filósofo relega el pensamiento de Jünger a una simple prefiguración del nacional-socialismo, construyendo una artificiosa comparación entre Der Kampf... y Mein Kampf. Y si anota acertadamente que el lansquenete de esta obra anuncia al Trabajador de 1932, no deja de restringir la obra de Jünger a la exaltación de la radicalidad, del nihilismo revolucionario (citando embarulladamente a Malraux, a Breton y a Lenin), a la unión del proletariado y de la raza sin distinguir la distancia jüngeriana de la sed de sangre y del odio que nutrirán al fascismo, al nacional-socialismo y al bolchevismo. Al pretender moralizar una obra esencialmente situada más allá de toda moral, Glucksmann acaba por desnaturalizar a Jünger y pasar de largo con respecto a su mensaje profundo.

 

El enemigo, espejo de la propia miseria

Allá donde Malraux percibe lo «fundamental», Jünger advierte «lo elemental». El adversario, el enemigo, no es el combatiente que se esconde en la trinchera de enfrente, sino el mismo Hombre, sin bandera, el Hombre solo frente a sus instintos, a lo irracional, despojado de todo intelecto, de todo referente religioso. Jünger levanta acta de esta cruel realidad y la hace suya, se conforma y retrata en sus páginas aquellos valores nuevos que emergen, terribles y salvíficos, en la línea de un espíritu muy próximo a Teilhard de Chardin cuando escribía: «La experiencia inolvidable del frente, a mi parecer, es la de una inmensa libertad». Homo metaphysicus, Jünger canta la tragedia del frente de batalla y pone poesía al imperio de la bestialidad donde siglos de civilización vacilante sucumben ante el peso de los asaltos en oleada y el fracaso de los bombardeos. «Y las estrellas que nos rodean se ennegrecen en su hoguera, las estatuas de los falsos dioses acaban en pedazos de arcilla, y de nuevo todas las formas prefiguradas se funden en mil hornos incandescentes, para ser refundidas en forma de valores nuevos». Y en este universo de planificado furor, el más débil debe «perecer», bajo el aplauso de un Jünger darwinista convencido que contempla cómo renace el hombre en su condición primigenia de guerrero errante. «Así será, y para siempre». En la lucha paroxística que libran los pueblos bajo el mandato hipnotizador de las leyes eternas, el joven teniente de los Stoßtruppen [grupos de asalto] advierte la aparición de una nueva humanidad, consciente de la medida de su propia fuerza, terrible: «una raza nueva, la energía encarnada, cargada al máximo de fuerza».
Jünger lega al lector algunas de las más bellas páginas sobre esos hombres que, como él, se saben en libertad condicional, y no dejan de sentirse vivos cada vez que amanece: «Todo esto imprimía al combatiente de las trincheras la marca de lo bestial, la incertidumbre, una fatalidad elemental, una circunstancia donde pesaba, como en los tiempos primitivos, una permanente amenaza (...) En cada embudo de no man’s land, un grupo de dicharacheros acababa siendo una brusca carnicería, una centelleante orgía de fuego y sangre (...) ¿Salud en todo ello? Contaba para todos aquellos que esperaban una larga vejez (...) Cada día que respiro es un don, divino, inmerecido, del que es necesario gozar de forma embriagadora, como si se tratase de un vino excelente». Así, sumergido en el torbellino de una guerra sin precedentes, total, de masas, en el que el enemigo no lo es tanto en la medida en que defiende una patria adversaria, sino como obstáculo a la realización propia —espejo de la propia miseria, de la propia grandeza— el joven Jünger, de facto, cuestiona la herencia de la Aufklärung [Ilustración], su sentido de la historia, su mito del progreso, para barruntar una posguerra que se batirá en torno al ideal un unos pocos, reitres nietzscheanos hijos de los hoplitas de Salamina, de las legiones de Roma y de las mesnadas medievales a los que se añade la ética de la moderna caballería, «el martillo que forja los grandes imperios, el escudo sin el que civilización alguna sobrevive».

 

Un sentido del Hombre más elevado que el que confiere la nación

Jünger conoce del horror a lo cotidiano, lo bordea sin descanso y lo asienta sin concesión alguna sobre el papel —«Se reconoce entre otro el olor a hombre en descomposición, pesado, dulzón, innoblemente tenaz como cola de pegar (...) al punto de que los más tragones pierden el apetito»—, pero, a diferencia de los destacamentos que conformarán las vanguardias fascistas de los años veinte y treinta, no enarbola ni odio ni nacionalismo exacerbado, y sueña, por el contrario, con puentes entre las naciones tendidos por hombres hechos con el mismo molde de cuatro años de fuego y sangre, y que responden a los mismas querencias viriles: «El país no es una consigna: se trata de una pequeña y modesta palabra, el puñado de tierra donde el alma arraiga. El Estado, la nación, son conceptos desdibujados, pero se sabe lo que quieren decir. El país es un sentimiento que las plantas son capaces de sentir». Lejos de toda xenofobia, vomitando la propaganda que atiza los odios fácticos, el «gladiador» Jünger, amante de Francia y para el que es tan malo el estallido de una granada como ser motejado de "boche", se proclama próximo a los pacifistas, «soldados de la idea» que él estima por su grandeza de espíritu, su coraje para sufrir más allá de los campos de batalla, y su concepto de Hombre más elevado de aquel otro que se nutre de la nación. Sueña, lejos de la calma, la nueva unión de los lansquenetes y de los pacifistas, de D’Annunzio y Roman Rolland. Efecto de las bombas o profetismo iluminado, La Guerre comme expérience intérieure toma aquí una dimensión y una resonancia infinitamente superiores a las de los otros testimonios de posguerra, que prefigura en forma de filigrana el Jünger del siguiente conflicto mundial, el de La Paix [La Paz].

 

Lo que hace buena la existencia

«La guerra me ha cambiado profundamente, como lo ha hecho, estoy convencido, con toda mi generación»; más aún, «su espíritu está entre nosotros, siervos de su mecánica, y de la que jamás podremos desembarazarnos». Toda la obra de Jünger está impregnada de la selección arbitraria del fuego que cortó en vivo a los pueblos europeos y dejó secuelas irreparables en la generación de las trincheras. No puede comprenderse Le Travailleur [El Trabajador], Héliopolis [Heliópolis], Le Traité du Rebelle [Tratado del Rebelde] sin penetrar en la formidable (en el sentido original del término) limpieza cultural, intelectual y filosófica que fue la «guerra del 14»: tajo radical con respecto a las esperanzas con las que el siglo XX había nacido.
Aquello que otorga fuerza a Jünger, su peculiaridad extraña en medio del caos consiste en no resignarse y persistir en pensar sobre el hombre libre, por encima de la fatalidad —«que en esta guerra sólo experimenta la negación, el sufrimiento y no la afirmación, el movimiento superior, el aura vivida como esclavitud. Él la habrá vivido desde fuera y no desde el interior». Mientras que André Glucksmann se pierde en un humanismo beato y diluye su pensamiento en un moralismo fuera de lugar, Jünger nos enseña lo que hace buena la existencia, su cualidad de ilusoria.
«Parece evidente —escribe el académico Michel Déon—, que Jünger no estuvo nunca fascinado por la guerra, sino todo lo contrario, por la paz (...) Bajo el nombre de Jünger, no observo otra divisa que ésta: "Sin odio y sin reproche" (...) Se tratará en vano de encontrar una apología de la guerra, la sombra de una fanfarronada, el más pequeño lugar común sobre la respuesta de unos pueblos expuestos al fuego y —más aún— la búsqueda de responsabilidades en los tres conflictos más nombrados que, desde 1870 a 1945, han enfrentado a Francia con Alemania».

[Reseña del libro de Ernst Jünger, La Guerre comme expérience intérieure, prefacio de André Glucksmann, Christian Bourgois éditeur, 1997]