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Entrevista con Jean Cluzel sobre el mundo audiovisual

[Xavier Cheneseau]

 

Jean Cluzel, miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas fue, de 1974 a 1978, redactor del complejo audiovisual del Senado francés. Autor de numerosas obras sobre el mundo de la prensa y los medios audiovisuales, hay que destacar sin embargo su Regards sur l’Audiovisuel (12 tomos). Xavier Cheneseau, colaborador de Sinergias Europeas, lo ha entrevistado.

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¿La expansión de la televisión en el mundo le parece un fenómeno tan importante para la circulación de las ideas y el desarrollo de la vida intelectual como en su día lo fue la invención de la imprenta?
—Sabemos hasta qué punto la revolución industrial del siglo XIX modificó las condiciones, tanto sociales como materiales, de nuestra existencia. Sin embargo, en este final de siglo, vivimos una revolución mucho más profunda, pues va más allá de los conceptos de progreso científico y técnico, y alcanza directamente a lo más humano que hay dentro de nosotros: el espíritu. Se trata, desde luego, de la televisión. En cincuenta años ha sido capaz de invadir el mundo entero, imponiendo a todos su propio ritmo, gustos, modas e ideas. Se habla con toda la razón del mundo de civilización catódica, aludiendo a la pieza principal de nuestros televisores. Esa pieza, el cátodo, tiene el poder mágico de unir imágenes y sonidos, y nos ha fascinado en mucha mayor medida que lo hizo la radio. Prácticamente la totalidad de hogares franceses poseen un receptor de televisión y el consumo medio de un telespectador francés sobrepasa las tres horas diarias. Es decir, ya no se vive como antes y, en concreto, los niños ya no crecen en el mismo contexto educativo y psicológico que los de las generaciones que los precedieron.
¿Cómo definiría vd. la televisión?
—No sería razonable cuestionar el valor que la televisión aporta o, más exactamente, podría aportarnos. Nos sitúa en lugares de privilegio a la hora de seguir los acontecimientos deportivos, eventos de todo tipo, conciertos, debates, entrevistas, experiencias de carácter científico. Nos ha llevado por laboratorios y museos, hemos presenciado operaciones quirúrgicas, hemos viajado a través de paisajes lejanos e incluso ha puesto un pie en la Luna y en Marte. Ha multiplicado la presencia de espectadores de películas y obras de teatro. Nos ha permitido vulgarizar la ciencia en todas sus manifestaciones. ¿Estamos en condiciones de criticar la considerable aportación cultural que nos ha aportado a todos y cada uno de nosotros, así como el inmenso placer de descubrir y aprender?
Queda por saber si una emisión de televisión es lo suficientemente veloz para permitirnos asimilar y retener el mensaje. De hecho, la televisión instruye a los que ya lo están. Cuanto menos, permite a cada uno ubicar los mensajes, con lo que sabe y lo que ignora, en los parámetros de una época concreta. Todo ello conlleva un lado agradable; esto es, nos distrae.
Pero, ¿pretende siempre cultivarnos? Todo lo que nos suministran los medios, ¿ofrecen una información veraz? Quizá pudo ser así en sus comienzos. Pero, poco a poco, ha ido degenerando. Para todos los que nos dedicamos a reflexionar sobre el medio, hoy no cabe más salida que la vigilancia.
Con referencia a los programas de moda, ¿en qué aspectos juzga vd. el poder de la televisión como bueno o malo?
—Al difundir imágenes, tanto ficticias como reales, del mundo y de la vida, la televisión nos muestra el espectáculo de la violencia que marca profundamente el mundo de hoy. Este es un primer problema.
Pero existe una segunda relación entre televisión y violencia, menos perceptible. En pocos años, la televisión ha adquirido un lugar esencial en nuestra vida cotidiana. Se ha convertido en el gran medio de distracción. Pero al mismo tiempo nos apercibimos de que ha adquirido otro papel, gracias al poder que ejerce sobre nuestros espíritus. Nos influye y no siempre en la dirección que desearíamos. Así sucede por ejemplo con la propaganda política, la publicidad, la subcultura al abrigo del prestigio de la imagen. Ayuda, así, al espectáculo de la violencia complaciente.
En general, ¿una información le parece más completa y auténtica si va acompaña de imágenes?
—Para el ciudadano de hoy, el problema es escapar al imperio de los medios con objeto de conservar la libertad de descubrir y juzgar la realidad de las cosas tras el telón. Todavía nos es necesario respetar lo que Jacques Rigaud, presidente de RTL, llama "ética de la información". Esta consiste, al fin y al cabo, en "descodificar el lenguaje codificado de los medios de comunicación a través del rigor, auténtica ley de oro". El filósofo Michel Serres hace un diagnóstico extremadamente lúcido: "Todo el mundo cree que el papel de un medio informativo consiste en ofrecer imágenes o reproducir hechos. Los medios no dan una versión de los acontecimientos, sino una realidad inventada. Cuando un individuo coge el paraguas por la mañana, no lo hace por el hecho de abrir la ventana y mirar al cielo, sino porque ha escuchado la radio. Pero el cielo de la radio no tiene nada que ver con el cielo de la naturaleza".
¿En que aspectos informativos la televisión es aceptable o, por el contrario, claramente negativa?
—La elección de una información, su tratamiento, su jerarquización no son acciones neutras. Atrincherarse tras la famosa distinción hechos-comentarios es insuficiente. Estas consideraciones sobre los buenos propósitos han hecho que Hubert Beuve-Méry que, después de haber fundado dirigió durante veinticinco años Le Monde, recomiende el espeto absoluto a la honestidad, actitud que consiste precisamente en la búsqueda de la verdad, y sin titubeos a la hora de reconocer los propios errores. Henri Pigeat, en un congreso de periodistas celebrado en 1991 en Montpellier afirmaba: "La deontología de la información se funda sobre un haz de principios morales, como el respeto a la verdad y a la buena fe. El manifiesto de los periodistas franceses es muy claro al respecto: ‘un periodista, digno de ese nombre, considera la calumnia, la alteración de documentos, la deformación de los hechos y la mentira como las faltas profesionales más graves’". Dicho de otra manera, la deontología es, en esencia, una cuestión de ética profesional.
En tiempo de los griegos, la política actuaba en la plaza pública, en el ágora. ¿Podríamos afirmar que la televisión es el ágora de nuestro tiempo?
—Los políticos se aprovechan obviamente de dicha influencia sin constatar muchas veces todo lo que de nocivo pueda haber. Quieren la televisión, generadora de imágenes, para ofrecer sus posiciones desde el punto de vista más favorable, dando una apariencia de verosimilitud pura, simple y atractiva. Pero la rechazan cuando las imágenes son fragmentarias o puedan ofrecer dudas. Basta que la imagen propuesta sea suficientemente presentable y coherente y que quepa en el marco predeterminado por la ideología dominante, de lo políticamente correcto, expresión norteamericana que podríamos traducir por ideológicamente puro. Así, el programa de un candidato se construye sobre una serie de clisés sometidos a autocensura. Los debates son organizados como un espectáculo, donde los actores conocen perfectamente las reglas del juego: se trata de ganar puntos antes que informar. La imagen se sobrepone al concepto, tal y como ocurre en la publicidad.

 

Comentario

La televisión es un reflejo de la sociedad, pero también ésta es modelada por aquélla, pues el consumo irreflexivo u pasivo de imágenes posee el riesgo de que lo hombres declinen de sus deberes para con sus semejantes y, de forma particular, con la educación de los jóvenes. Se trata de valorar la importancia del tiempo dedicado a la televisión y a la elección de programas.
Recordando la célebre frase de McLuhan, "el mensaje es el medio", el sociólogo Francis Balle precisa que "lo que importa no es el contenido del mensaje, sino la forma en que es transmitido; en un sentido más profundo, significa que el modo de comunicar una cultura influye sobre la propia cultura y la transforma. Dicho de otro modo: todo ello implica que los medios de difusión y comunicación, lejos de ser medios absolutamente neutros, determinan los modos de pensar, de actuar y de sentir de la sociedad".
Esta idea debería marcar el corazón de la educación. Se trata de pedir a la escuela la difusión de un espíritu crítico entre los niños frente a las imágenes emitidas por la televisión. En caso contrario, ese niño, convertido en adulto, estará incapacitado para formarse una opinión, impedido para distinguir entre la noticia y el rumor, o incluso de poder comparar honestamente las diferentes interpretaciones y opiniones.
El personal docente debiera integrar en la educación el uso responsable de la televisión. Se trata de un asunto que nos incumbe a todos y del que todos somos responsables.

[Sinergias Europeas]