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Reflexiones sobre la historia y la actualidad de nuestra Europa

[Lucien Favre]

 

Tras la lectura de este artículo, no faltará quien pueda pensar que el título esté en desacuerdo con su contenido. Otros dirán que no se trata de "nuestra Europa", sino de la de los mercaderes, la Europa "MacDonald’s" y "ultracapitalista". De algún modo todos tendrían razón. Pero esta Europa "comunitaria" (comunitaria en el sentido de Comunidad Económica Europea), también es la nuestra. A partir de dicho proyecto concreto deberemos pensar la "asunción" de nuestra Europa. Constituída en origen por seis países, la Europa comunitaria ha pasado a estar constituída por quince miembros. Pronto se incorporarán otros cinco (Polonia, Hungría, República Checa, Eslovenia y Estonia), más tarde Chipre y otros países se unirán al gran barco de la Unión Europea (UE). De manera irreversible, dicho proyecto se consolida y se afirma. Así lo dije en 1995. No creo que ese anhelo, que es también la historia de una reconciliación, sea definitivo, pues para la mayor parte de los pueblos de Europa se trata de un proyecto, cuyo horizonte, todavía borroso, no es otro de el de la construcción de un gran espacio continental euroasiático. Ciertamente, nada nos permite afirmar que no tendrá éxito. Pero incluso podría llegar a desembocar en algo contrapuesto a todo aquello por lo que luchamos: una Europa de los pueblos, una Europa imperial y soberana. Una constante revelada por Michel Foucher, sin embargo, refuerza nuestros temores: "el viejo esquema de Mackinder (oposición entre democracias mercantiles y marítimas, y potencias continentales) ha sido reactivado por aplicación de la ‘metáfora atlantista’ a las orillas polacas del Báltico, a los manantiales de los Cárpatos y mañana a las orillas rumanas del Mar Negro. La libertad conquistada por los pueblos de Europa es llamada el ‘retorno a Europa’ pero surge bajo la consolidación y extensión de la tutela de los Estados Unidos sobre el continente". Más que nunca nuestro combate contra la "civilización McWord" se impone. "Europa —ha escrito el general Jordis von Lohausen— llega hasta donde ella se defiende, es obra de los europeos y no un don de la naturaleza". Nosotros debemos defenderla, pero tanto contra los demás sino contra nosotros mismos, tal es el reto.

 

LAS HUELLAS HISTÓRICAS

 

La construcción europea: un proyecto que nace a principios del siglo XX en el momento en el que se inicia el declive del continente

Si Europa es, antes de nada, un término geográfico que designa a la península del continente euroasiático que los geógrafos limitan arbitrariamente en los Urales (es en el siglo XVII cuando los geógrafos deciden convencionalmente fijar el límite entre Europa y Asia en los Urales, cadena montañosa relativamente poco elevada: 1.600/1.800 m.), aquélla se ha convertido a lo largo de los siglos, y muy particularmente a lo largo del siglo XX, en un término histórico y geopolítico que confieren a Europa un papel y una situación original. Yves Lacoste escribe: "Europa es una de las representaciones geopolíticas más ricas. Durante siglos dueña del mundo, Europa ha perdido esa posición siempre que una potencia extraeuropea ha interferido en sus asuntos internos. A principios del siglo XX podemos señalar el inicio de su declive. Justo en el momento (final de la Gran Guerra) que Europa se convierte explícitamente en objeto de debates geopolíticos". Desde ese momento comenzará un largo proceso que concluirá, tras la segunda guerra mundial, en un proyecto federal original y en "la entrada del viejo continente en una nueva fase histórica".

 

Las tentativas de forjar una Europa comunitaria entre las dos guerras mundiales

Conocemos bien los principales acontecimientos y precursores de aquella etapa: Briand y Stresemann, los sabotajes norteamericanos, la tentativa fallida del proyecto paneuropeo de Briand (mayo de 1930), el fracaso de la política de integración europea propuesta por el III Reich, el fracaso del tratado franco-italiano de marzo de 1939 que jamás llegó ser ratificado (y más tarde el proyecto de unión del "Benelux" en el "Fritalux", que nunca verá la luz). Así fue como el rencor de los pueblos, el odio cuidadosamente atizado, la humillación, la política destructiva de los Estados Unidos, impidieron el acercamiento. Una "segunda guerra civil europea" hundió nuevamente al continente europeo. Este fracaso permitió constatar cómo la Europa económica no podía progresar sin un impulso de carácter político.

 

De 1945 a la Conferencia de Mesina

Eclipsada durante la segunda guerra mundial, la idea de Comunidad Económica Europea —evocada por Walter Funk, ministro de Economía del III Reich— fue relanzada tras la conclusión de la segunda guerra mundial. A partir de 1945, en la zona occidental llamada "libre", se pudo trabajar en la realización de un proyecto de unión económica continental original. Cincuenta años después, empero, muestra sus insuficiencias. Si la economía es un criterio indispensable a toda manifestación de potencia, aquélla no puede nunca dejar de ser sin embargo un medio. Desde el principio, en efecto, un contratiempo deterioró el proyecto: fundado esencialmente sobre el principio de la integración económica que, se decía, era la antesala de la integración política, abandonó la posibilidad de un proyecto geopolítico al margen del marco atlantista. La lógica política "extraía sus razones de la voluntad de la democracia cristiana de Europa occidental... de crear un polo pacífico, uniendo la nueva República Federal Alemana al Occidente capitalista en el marco de un continente dividido por el telón de acero. Al asentarse sobre principios económicos (sabemos que la unidad política precisa de una conciencia y una voluntad políticas que jamás es posible conseguir únicamente por los vericuetos de la economía), hubo un rechazo de la política y la voluntad de instaurar un proyecto autónomo, lo que de hecho no dejaba de ser el ingrediente preciso para llegar a un proyecto ‘hemipléjico’".
Al concluir la guerra, en 1945, la evidencia del desastre, la voluntad de reconciliación, el miedo a la Unión Soviética, los estímulos en absoluto desinteresados de los Estados Unidos, forzaron una particular dinámica. La Organización Europea de Cooperación Económica, al cooperar con el plan Marshall (1947) formalizó dicha dinámica bajo parámetros absolutamente negativos: nos enfrentábamos a una integración europea con un barniz económico americano.
En 1949 el Consejo de Europa, simple fórmula política intergubernamental, vio la luz (inspirado por Jean Monnet, personaje muy próximo a los Estados Unidos, pues no en vano nunca ocultó sus deseos de ver un desarrollo de la comunidad en ósmosis con aquella potencia). En mayo de 1950, con el plan Schuman, la línea directriz será la integración progresiva por sectores, con lo que la unificación europea recibirá un gran impulso.
En abril de 1951 se constituyó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Sus objetivos serán los "de unir a los hombres y no a los Estados". En mayo de 1952 se propuso un singular proyecto, el de la Comunidad Europea de Defensa. Proyecto ciertamente ambicioso pero baldío (el antigermanismo y la americanofobia fueron esgrimidos por los soviéticos para forzar a comunistas y gaullistas a combatir el proyecto), será rechazado por Francia en 1954 frente a un presunto rearme alemán. Como "solución de compromiso", ese mismo año se creó la Unión Europea Occidental. Esta última, oculta en un cajón, no aparecerá en la escena internacional hasta los acontecimientos de 1989 y la firma de los tratados de Mastrique, en 1992.
En junio de 1955, en la conferencia de Mesina, se anunció nuevamente el relanzamiento de esquemas comunitarios, si bien con los vicios de antaño: la integración por sectores. La política, nuevamente, será la gran ausente.

 

Del tratado de Roma al tratado de Mastrique

En marzo de 1957 se dio un gran paso adelante con la firma del tratado de Roma por los gobiernos de Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo, los Países Bajos y la República Federal Alemana, que constituían así la Comunidad Económica Europea (CEE), mercado común generalizado, y el EURATOM, mercado ceñido a aspectos estrictamente nucleares.
Un año después, el general De Gaulle vuelve al poder. Convencido del liderazgo compartido de su país junto a Alemania, en 1960 propone supeditar la estructura comunitaria a lo que denominó "la Europa de los Estados" (plan Fouchet), dirigido por un consejo de jefes de Estado y de gobierno. Será rechazado por todos, excepto por Adenauer.
En junio de 1965, la crisis de la "caja vacía" ponía en evidencia la soberanía de los Estados (una reforma tratará de modificar las situación: a partir de ahora un Estado, bajo ciertos parámetros, podría ser forzado a "aplicar medidas no aprobadas por sí").
En 1972, Gran Bretaña entró a formar parte de la CEE, no sin haber intentado con anterioridad —1960— y por medio de la Asociación Europea de Libre Cambio, constituir un mercado común junto a Dinamarca e Irlanda. En 1979 (después de la instauración de un proceso de negociaciones a través del Consejo Europea que se remontaba a 1974), la Unión Europea se dota de una Asamblea y en 1981 Francia fuerza la aceptación de Grecia y, en 1986, de España y Portugal.
En febrero de ese último año, el Acta Única será considerada como el relanzamiento de la construcción europea. La armonización de las diversas legislaciones será decidida por una mayoría cualificada por un Consejo de Ministros, y en cierta forma supone el progresivo abandono de su soberanía por parte de los Estados.
Después de los acontecimientos de 1989 (fecha que otorgará al continente una perspectiva global), en febrero de 1992 se quemó otra etapa importante con el tratado de Mastrique, cuyo objetivo, aparte de la creación de una moneda común, es la de la construcción de una Europa política (instauración de una ciudadanía europea), diplomática y militar. Sin embargo, este tratado comporta lagunas y disfunciones, y no tardará en mostrar sus insuficiencias. En 1995 Austria, Finlandia y Suecia se adherirán a la Unión Europea.

 

Europa, a la espera

Mastrique constituía una esperanza. Su reforma en la conferencia de Amsterdam de junio de 1997 (resultado de la conferencia intergubernamental abierta en Turín en marzo del año anterior) se fijó un triple objetivo: consolidar las instituciones de la Unión, fijar el proyecto de política exterior y de seguridad común (PESC) e instaurar una espacio jurídico y policial comunitario.
La reforma institucional no ha tenido resultados (reducción del número de comisarios, reforzamiento del poder del parlamento), y en materia de escrutinios únicamente se ha adoptado un compromiso bajo los parámetros de la "cooperación reforzada" (utilización potencial de la mayoría cualificada en ciertas cuestiones; esto es, la capacidad de un grupo restringido de Estados de poder actuar sin posibilidad de ser bloqueados por el resto, pero siempre con las miras puestas en la seguridad de su solidaridad financiera y política).
En materia de seguridad y cooperación europeas, los quince han adoptado algunas disposiciones procedimentales (creación del "Commission Conseil", prolongación del mandato para el secretario general del Consejo). La política europea de seguridad y cooperación continúa siendo un rompecabezas. Sin embargo, pese a los problemas de funcionamiento, las instituciones caminan hacia la integración de otros países como Hungría, Polonia y la República Checa. Otros países a las puertas, como Chipre, Malta, Rumanía, Bulgaria y los Estados bálticos, hacen prever una Europa con veintisiete miembros. Desgraciadamente, la voluntad política apunta todavía a primar el ámbito de lo económico. ¿Nos dirigimos hacia una Europa "a la carta" de "geometría variable"? Si el establecimiento del euro —enero 1999— ha impuesto criterios de convergencia, ¿por qué hipotecar la integración política conforme a dichos criterios? Nunca hemos dejado de afirmarlo: la política, la cultura y la defensa son factores de cohesión, mientras que la economía divide.

 

Actualidad y problemas de futuro

Al final de este viaje de más de cuarenta años de construcción europea, y pese a que Europa se sigue afirmando como un proyecto geopolítico unitario (un análisis somero nos mostraría que ese proyecto fue incluso esgrimido como un instrumento, durante la "guerra fría", frente al bloque soviético, aunque la realidad lo mostrase como el simple desarrollo de la cooperación en un bloque concurrente), su desviación economicista es innegable. Tras haber cedido a las presiones de la "mercantilización" y a la utopía liberal, tras haber quebrado el equilibro y la armonía trifuncional (que prima lo político sobre lo militar y lo económico), "Europa se ha situado en disposición de vivir para comer en lugar de comer para vivir".
Michel Foucher ha escrito: "últimamente la letra pequeña de los tratados que llaman a la unidad política nos recuerda al horizonte, se aleja conforme nos acercamos a él, y mientras tanto las fuerzas que rechazan la unidad europea pueden campar a sus anchas en un marco esencialmente económico". Y continúa: "Europa no domina aún su imagen exterior en tanto que entidad organizada. Las cuestiones fundamentales no encuentran siempre respuestas". Vamos a traer a colación algunas de estas cuestiones (sin que con ello pretendamos, ni de lejos, agotarlas):

 

A.— La identidad europea

Construir Europa ya no es un proyecto inscrito en la lógica de los bloques. No debe ser asimilada al Occidente mercantil y liberal. Debe consistir en fundar un proyecto civilizador original, apoyado en el "reconocimiento y el conocimiento de la diversidad europea", una "Europa carnal, orgánica y con fundamentos étnico-culturales".

 

B.— Los límites territoriales, lo cual nos obliga a pensar en...

B.1.— El lugar de Rusia

Rusia se encuentra en un punto crucial en cuestiones como la identidad, las fronteras y, fundamentalmente, sus relaciones con Europa. Los rusos deben convencerse de que forman parte de Europa. Únicamente la "ausencia" de Europa puede convencer a Rusia de su papel como principal actor del Kontinentalblock. Cualquier ralentización de las sinergias euro-rusas es contrario al bloque euroasiático. Si Europa no es capaz de construirse, las potencias tradicionales (Alemania, Rusia) acabarán convirtiéndose en sus adalides.

B.2.— El lugar de Turquía

En diciembre de 1997 (cumbre del Consejo Europeo de Estrasburgo), la Unión Europea (pese a las posiciones favorables de Francia y Alemania) tomó partido por Grecia (cuestión chipriota) y congeló el diálogo con Turquía. Este último país forma parte de la unión aduanera después de 1996, etapa que se concibe como transitoria en el camino hacia la integración europea. Europa reprocha a las autoridades turcas el déficit de aquel país en lo concerniente a los derechos humanos, pero buena parte de la población turca están absolutamente convencida de que Europa se sirve de dicha anomalía como una estrategia que en realidad disimularía motivaciones culturales. La cuestión es, efectivamente, primordial. Pese a medio siglo de laicismo, el país está profundamente impregnado por la cultura otomana y musulmana (los resultados electorales del partido "Refah" están ahí para demostrarlo) y las reacciones del ejército no van a cambiar nada. Ello no impide que las diplomacia norteamericana (esencialmente pragmática), cuenta con Turquía para sostener el enclave musulmán en los Balcanes y, al mismo tiempo, desafiar a Rusia en su flanco caucásico. Hablemos sin equívocos: si Turquía ha de tener un destino, este debe ser oriental y no europeo. Sería mejor para Europa un poder islámico antioccidental que un laicismo liberal a los pies de los Estados Unidos.

C.— Las consecuencias de la guerra en Yugoslavia

La "guerra civil yugoslava" nos ha mostrado de una manera clara la inexistencia de Europa frente a este tipo de acontecimientos. Ha confirmado la victoria de los nacionalismos, la instalación de un enclave musulmán en Europa (Bosnia), y la influencia de los Estados Unidos en el "bajo vientre" europeo (humillación de los acuerdos de Dayton), de tal forma que la salida de los Estados Unidos de la región podría convertirse en una suerte de detonador: ¿sería posible la paz?, ¿es posible una verdadera política de solidaridad y cooperación europea?, ¿podrá Europa sustituir a las fuerzas de la SFOR y "romper la pusilanimidad que obliga a constreñirla"?, ¿cuándo se comprenderá que "jamás hay compromiso sin riesgo"? La tensión en Kosovo demuestra cómo la paz es precaria en una región donde no se ha resuelto nada.

D.— Las relaciones con los Estados Unidos y el problema de la OTAN

A la finalización de la cumbre atlantista de Madrid, en julio de 1997, se consideró a Hungría, Polonia y la República Checa como la primera ampliación de la organización (en beneficio del hinterland alemán, jugada de ajedrez nada inocente de los Estados Unidos). Otros países (fundamentalmente Rumanía y Eslovenia) fueron dejados a un lado por razones financieras o geopolíticas (proximidad a Rusia). Esta opción impuesta por los Estados Unidos no obedecía a lógica militar o estratégica alguna y fuerza a Rusia a adoptar posiciones defensivas. En mayo de 1997, en País, los dieciséis miembros de la OTAN firmaron con Boris Yeltsin un acta de refundación (en realidad un simple documento reafirmativo) que regulaba las futuras relaciones. El acta consagraba a la OTAN en su "papel de única y última institución de defensa colectiva en Europa" (situando extramuros a la OSCE, a la que los europeos pretendían en un principio reforzar) y que además alejaba a Rusia lejos del proceso de construcción de la gran Europa.
Recordemos que en diciembre de 1995, Francia había iniciado un proceso de acercamiento a la estructura militar de la OTAN y se había pronunciado por una cierta "europeización" de la Alianza. Esto se concretó en la estructura de la SACEUR y la cooperación en la planificación y vertebración de los Grupos de Fuerzas Interarmadas Multinacionales (GFIM), pero el proyecto embarrancó en aquellas cuestiones referentes al mando del flanco sur y el reparto de responsabilidades. Así, la petición de la transferencia del mando de la región sur (Nápoles) a un militar europeo, fue rechazada. La interrupción de la aproximación francesa se produjo en julio de 1997.
Recordemos, por otro lado, que en 1999, con motivo del cincuenta aniversario de la fundación de la OTAN, el "lobby" atlantista pondrá toda la carne en el asador. En resumen, después de 1948, Europa sigue supeditada en materia de defensa. Nada de extraño, pues, que la OTAN planee sobre cualesquiera asuntos europeos. Un general (en la reserva, desde luego) ha llamado a "salir de la inhibición en la cual nos ha introducido la OTAN y a rechazar la idea según la cual no podríamos hacer nada sin ella". Desgraciadamente, los generales en activo son menos temerarios.

 

CONCLUSIÓN

Más allá de procedimientos y dilaciones, esperanzas y decepciones, la Unión Europea conforma, pese a todo, una realidad, una concreción real con la que hay que contar, lo que la diferencia, sin duda, de otras grandes organizaciones transnacionales más informales.
La historia de este proyecto, de su ascensión, nos muestra que puede ser aprehendida como el embrión de un plan "continental europeo". Perjudicado por una clase política que no percibe el porvenir sino en función de las próximas elecciones, impotente para identificar y señalar al auténtico enemigo, y embarrancada en la lógica atlantista, sigue sin embargo en pie a finales de este siglo XX. No es descartable tampoco que en realidad se convierta en "una forma regionalizada de la globalización económica", un mercado, al fin y al cabo, como otro cualquiera. Pero incluso en este marco, los europeos todavía no están convencidos de que las guerras económicas no se libran sin combate. Las preferencias comunitarias, ha dicho Maurice Allais, no guían la política económica de la Unión Europea.
Sin embargo, cualquier geopolítico consecuente no dudará nunca sobre la necesidad de la unificación continental. Yves Lacoste considera incluso que Europa "se extiende del Atlántico al Pacífico, sobre 23 millones de kilómetros cuadrados, de los cuales 17 corresponden a Rusia. En efecto, los territorios que se extienden al este de los Urales, a Siberia, son esencialmente pueblos europeos...". Coincidente con nuestro proyecto continental, sigue escribiendo: "No hay justificación alguna para la exclusión de Rusia ni a la reducción de Europa a la mitad de su superficie", y que es necesario "volver la cuestión del revés e interrogarse por una nueva representación de Europa, de una más grande Europa, al tener en cuenta los grandes unidades geográficas y los grandes contrastes geohistóricos". "En una época en la que los islamistas proclaman la unidad del mundo musulmán... ¿Acaso es absurdo evocar la idea de una Gran Europa entendida, de una vez por todas, del Atlántico al Pacífico y con 750 millones de habitantes?". ¿Quién podrá apartarnos de ese camino? ¿Quién de entre nosotros es lo suficientemente "grande para mostrarnos el camino"? En Delfos, el oráculo nos espera. No le decepcionemos.

[Sinergias Europeas]