Free Web space and hosting from 20megsfree.com
Search the Web

SOBRE UN CONCEPTO SUBVERSIVO:

  EL ARQUEOFUTURISMO COMO RESPUESTA

A LA CATÁSTROFE DE LA MODERNIDAD

Y ALTERNATIVA AL TRADICIONALISMO

A Giorgio Locchi y Olivier Carré. In memoriam.

  

I ) El método: el pensamiento radical

 Solamente es fecundo el pensamiento radical. Porque, solo, puede él crear conceptos audaces que rompan el orden ideológico hegemónico y permitan salir del círculo vicioso de un sistema de civilización que está fracasando. Para hablar como el matemático René Thom, autor de la Teoría de las Catástrofes, únicamente los “conceptos radicales” pueden hacer caer un sistema en el caos –la “catástrofe” o cambio brutal de estado- con el fin de dar a luz a otro orden.

El pensamiento radical no es “extremista”, ni utópico, sino anticipador del futuro, porque rompe con un presente carcomido.

¿Es revolucionario? Hoy, tiene que serlo, porque nuestra civilización está viviendo el fin de su ciclo y no un nuevo desarrollo, y porque ninguna escuela de pensamiento se atreve a ser revolucionaria tras la caída final de la tentativa comunista. Sin embargo, tenemos que proyectar otros conceptos civilizacionales, vectores de historicidad y de autenticidad.

¿Por qué un pensamiento radical? Porque va hasta la raíz de las cosas, es decir “hasta el núcleo”: cuestiona la cosmovisión sustancial de esta civilización, el igualitarismo, porque este último, utópico y obstinado, está conduciendo a la humanidad hasta la barbarie y el horror económico, a través de sus contradicciones internas.

Para actuar sobre la Historia, se tienen que crear tormentas ideológicas, frente –como lo vio muy bien Nietzsche- a los valores , fundamento y esqueleto de los sistemas. Hoy nadie lo hace: es la primera vez en la Historia que la esfera económica (TV, mass-media, videos, cine, industria del espectáculo y de la distracción) posee el monopolio de la reproducción de los valores. Conclusión: una ideología hegemónica, sin conceptos ni proyectos imaginativos de ruptura, pero fundada sobre dogmas y anatemas.

 Únicamente un pensamiento radical permitiría a unas minorías intelectuales crear un movimiento, sacudir el mamut, mover a la sociedad y al orden del mundo mediante electrochoques ( o “ideochoques”). Pero este pensamiento tiene sin falta que escapar al dogmatismo y cultivar, por el contrario, el reajuste permanente (“la revolución dentro de la revolución”, única intuición maoísta justa); tiene también que preservar su radicalidad de la tensión neurótica de las ideas fijas, de las fantasías oníricas, de las utopías hipnóticas, de las nostalgias extremistas o de las obsesiones delirantes, riesgos inherentes a toda perspectiva ideológica.

Para actuar sobre el mundo, un pensamiento radical tiene que articular un corpus ideológico coherente y pragmático, con distanciamiento y flexibilidad adaptativa. Un pensamiento radical es, en primer lugar, un cuestionario, pero nunca una doctrina. Lo que se propone tiene que ser declinado sobre el modo del “¿y si?” y no del “hay que”. No le gustan los compromisos, las sabidurías falsas “prudentes”, la dictadura de los “expertos” ignorantes ni el paradójico conservatismo (el statuquoismo) de los adoradores de la “modernidad” que la creen eterna.

Última característica de un pensamiento radical eficiente: aceptar la heterotelía, es decir, que las ideas no conducen necesariamente a los hechos deseados. Un pensamiento eficiente tiene que reconocer que solamente es aproximátivo.

Se zigzaguea, se adaptan las velas según los vientos, pero se sabe adónde se va, hasta qué puerto. El pensamiento radical integra el riesgo y el error, propios a todo lo que es humano. Su modestia, impregnada de dudas cartesianas, es el motor de su potencia de puesta-en-movimiento de los espíritus. Ningún dogma, pero mucha imaginación. La imaginación al poder, con una brizna de amoralismo, es decir de tensión creativa hasta una nueva moral.

 Hoy –en la linde de este Siglo XXI, que será un siglo de hierro y de fuego, cargado de amenazas verdaderamente mortales para la entidad europea y también para la humanidad, aunque nuestros contemporáneos estén lobotimizados por la soft-ideología y la sociedad del espectáculo- cuando, frente a nosotros, explota un vacío ideológico atronador, un pensamiento radical es por fin posible y puede triunfar,  con el fin de proyectar nuevas soluciones, impensables hace poco tiempo.

Las intuiciones de Nietzsche, de Evola, de Heidegger, de Carl Schmitt, de Guy Debord o de Alain Lefèbvre, las de la inversión de los valores, son posibles hoy, como la filosofía del martillo nietzscheana. Nuestro “estado de civilización” ya está listo. No era este el caso en un pasado reciente, cuando la pareja moderna Siglo XIX-Siglo XX incubaba su infección viral sin todavía sufrirla.

De otra parte, tenemos que rechazar enseguida el pretexto según el cual un pensamiento radical sería “perseguido” por el sistema. El sistema es tonto. Sus censuras son permeables y torpes. Únicamente reprime las provocaciones folkloristas y las torpezas ideológicas.

En el seno de la clase intelectual europea oficial y establecida, el pensamiento es un convencionalismo mediático y una bolsa de dogmas igualitarios machacados. Por temor a infringir las leyes de lo “políticamente correcto”, por déficit de imaginación conceptual, o por ignorancia de los problemas reales del mundo presente. 

Las sociedades europeas, hoy en crisis, están listas para ser traspasadas por unos pensamientos radicales determinados, armados con un proyecto de valores revolucionarios y de una contestación completa, pero pragmática y no utópica de la civilización mundial actual.

Un pensamiento radical e ideológicamente eficiente, en el mundo trágico que se está preparando, podría aliar las calidades del clasicismo cartesiano (principios de razón y de posibilidad afectiva, de examen permanente y de voluntarismo crítico) y del romanticismo (pensamiento fulgurante, emocional y estético, audacia de las perspectivas), a fin de unir en una coincidentia oppositorum (coincidencia de los opuestos) las calidades de la filosofía idealista del “” y de la filosofía critica del “no”, como hicieron Marx y Nietzsche con su método de la “hermeneútica de la sospecha” (inculpación de los conceptos dominantes) y de “inversión positiva de los valores”.

Un pensamiento tal que alíe audacia y pragmatismo, intuición prospectiva y realismo observador, creacionismo estético y voluntad de potencia histórica, tiene que ser “un pensamiento voluntarista concreto, creador de orden”.

  

II ) El cuadro conceptual: la noción de constructivismo vitalista

Mi maestro, el difunto Giorgio Locchi, había localizado en el igualitarismo como el centro nodal, el eje motor, tanto ético como práctico, de la modernidad fracasada. Inspirado por sus obras, hicimos una importante descripción crítica e histórica en el seno del GRECE. Proponíamos para el futuro, el concepto de antiigualitarismo, pero esta palabra todavía resultaba insuficiente. Nunca podemos definirnos como “anti” algo. Un concepto eficiente debe ser afirmativo y ser poseedor de sentido. ¿Cuál podría ser el principio activo de este antiigualitarismo virtual? ¿El antiigualitarismo, que cosa sería, concretamente? Pregunta sin respuesta en está época. Pero después de una respuesta clara, puede nacer una movilización.

 De igual modo, inspirado por las obras de Lefèbvre, Lyotard, Debord, Derrida y Foucault, como también por otros textos de arquitectos como Porzamparc, Nouvel o Paul Virilio, intenté mostrar la necesidad de una posmodernidad. Pero, una vez más, el prefijo latín “post” como lo, griego, de “anti”, no definía un contenido concreto. No es suficiente decir que el igualitarismo y la modernidad (una teoría y una practica) son nefastos. También es necesario imaginar, definir y proponer qué es lo adecuado. La crítica de un concepto solamente es eficiente si existe un nuevo concepto afirmativo, alternativo.

 ¿Sí, pero qué concepto(s)? Permitanme ustedes un breve recuerdo explicativo.

Junto al difunto y estimado pintor Olivier Carré, habíamos inventado, durante una emisión radiofónica subversiva (¡Anteguerra!) de ciencia-ficción estética y de humor negro, un Imperio Eurosiberiano imaginario (la “Federación”) –cuya la bandera era, por un guiño hacia mi pequeña provincia natal (que también es la de Mitterrand), pero también hacia Croacia, la bandera de cuadros rojos y blancos.

El constructivismo vitalista era la doctrina titánica de una de las firmas gigantes de este extraño Imperio (la firma “Typhoone”), que quería poner la Tierra en otra órbita con respecto al Sol... Pero, después, he pensado que este “gag” radiofónico y literario, desarrollado en un cómic, era quizás el fruto de un acto ideológico fallido, de un lapsus linguae ac scripti. El surrealismo y el situacionismo siempre habían enseñado que “los conceptos agitadores tienen siempre que nacer del principio del placer” (Raoul Vaneighem); y que, sobre la fulgurancia irrisoria, se construyen las fundaciones. También Alain de Benoist explicó que el estilo condiciona. André Breton dijo “Es en lo no serio en apariencia donde se tapa lo muy serio”.

Así, he reflexionado en este concepto intuitivo, y he descubierto cuatro cosas:

1-     Las palabras cuentan enormemente, como lo muestra Foucault (en su libro Les mots et les choses). Son fundamentos de los conceptos que provocan ellos mismos la impulsión semántica de las ideas, y estas últimas forman el motor de las acciones. Nombrar y describir ya es construir.

2-     No se tienen que tomar como emblemas las apelaciones semánticas o los símbolos estéticos de ideologías antiguas que han fracasado en la Historia, como lo han comprendido los comunistas italianos. Así, la etiqueta Revolución Conservadora parece demasiada neutra, demasiada antigua, demasiada historicista, enlazada a los años veinte. Tal fideísmo resulta desmovilizador e inadaptado a la nueva situación. En conformidad a la tradición agitada de la civilización europea, tenemos que propulsar nuevas palabras y nuevos eslóganes sobre el tablero de la Historia. El estilo queda en su esencia, pero cambia de forma. Un pensamiento activo es furioso y metamórfico.

3-      La palabra “constructivismo vitalista” define globalmente una cosmovisión y una intención concreta sinérgica que alía dos estructuras mentales. “Constructivismo” significa voluntad histórica y política de potencia, proyecto estético de construcción-de-civilización, espíritu faústico.

“Vitalista” significa realismo, mentalidad orgánica y no mecanista con respecto a la vida y autodisciplina en torno de una ética autónoma, humanidad (al inverso del “humanitarismo”), interés por los problemas bioantropológicos, por las realidades étnicas.

4-     El constructivismo vitalista es la apelación que propongo para definir positivamente lo que antes llamábamos definíamos como antiigualitarismo.

Por otra parte, este antiigualitarismo definía su proyecto con el concepto fluido y únicamente descriptivo de posmodernidad. Propongo llamar a la intención ideológica central del constructivismo vitalista arqueofuturismo. Lo desarrollaremos un poco más adelante.

  

III ) El diagnostico: la modernidad inicia la convergencia de las catástrofes

 Para definir el contenido de un eventual arqueofuturismo es necesario establecer la crítica fundamental a la modernidad. Nacida del angelicalismo laicizado, del mercantilismo anglosajón y de la filosofía individualista del Aufklärung, la modernidad ha establecido un proyecto planetario de individualismo económico, de alegoría del Progreso, de culto al desarrollo cuantitativo, de “derechos humanos” abstractos, etc. Pero se trata de una victoria pírrica, porque el proyecto de esta visión del mundo de apropriarse el Reino de la Tierra ya estaba en crisis, antes de derrumbarse, probablemente al inicio del siglo XXI. La roca de Tarpella se encuentra cerca del Capitolio.

Por primera vez en su historia, la humanidad está amenazada por una convergencia de catástrofes.

Una seria de “líneas dramatúrgicas” se acercan y convergen a la manera de afluentes, con una  concomitancia perfecta (entre el 2010 y 2020) hasta un punto de ruptura y de báscula en el caos. De este caos –que será muy doloroso y a escala mundial- puede nacer un nuevo orden, fundado sobre una visión del mundo, el arqueofuturismo,  considerada como visión del mundo para después de la catástrofe.

 Resumamos rápidamente la naturaleza de estas líneas de catástrofes:

 1 - La primera es la cancerización del tejido social europeo. La colonización de población del hemisferio Norte por los pueblos del Sur, cada vez más importante a pesar de las afirmaciones tranquilizadoras de los mass-media, está cargada de situaciones explotadoras, sobre todo en conjunción con el hundimiento de las Iglesias en Europa, hoy tierra de conquista para el Islam; el fracaso de la sociedad multirracial, cada vez más multirracista y neotribal; la metamórfosis progresiva etnoantropológica de Europa, verdadero cataclismo histórico; el retorno del pauperismo tanto al Oeste como al Este; la progresión lenta, pero constante, de la criminalidad y del consumo de estupefacientes; la pulverización continua de las estructuras familiares; la decadencia de los cuadros educativos y de la calidad de los programas escolares; la herrumbre en la transmisión de los saberes culturales y de las disciplinas sociales (barbarización y descompetencia); la desaparición de la cultura popular en provecho de la lobotomización de las masas pasivas por la galaxia electroaudiovisual (Guy Debord se suicidó porque vio cumplirse sus predicciones reflejadas en Société du Spectacle, escrito en 1967); decadencia continuada de los tejidos urbanos y comunitarios en provecho de zonas periurbanas imprecisas sin coherencia, ni legalidad, ni seguridad; la instalación, particularmente en Francia, de una situación endémica de motines urbanos –más graves que Mayo del 68- ; la desaparición de toda autoridad civil en los países de la antigua URSS, víctimas del fracaso económico.

Todos estos fenómenos se conjungan en un momento en donde los Estados-Nación pierden su autoridad soberana sin conseguir frenar el pauperismo, el paro, la criminalidad, la inmigración clandestina, la potencia creciente de las mafias y la corrupción de las clases políticas; y en un momento en que las elites creativas y productivas, presas del fiscalismo y de la vigilancia económica, sueñan en gran viaje americano. Una sociedad cada vez más egoísta y salvaje, en camino del primitivismo, paradójicamente tapada por el discurso de la “moral única”, angelical y pseudohumanitaria.

2 - Pero estos factores de ruptura social, en Europa, se verán agravados por la crisis economicodemográfica que inevitablemente va a acentuarse.

A partir del 2010, la población activa será insuficiente para financiar a los jubilados del “papy-boom”. Europa se hundirá por el peso de los ancianos; pero más aun: en los países envejecidos, la economía estará debilitada y “handicapada” por la financiación de los gastos de salud pública y de las pensiones de los ciudadanos improductivos;  además, el envejecimiento deseca el dinamismo tecnoeconómico. La ideología igualitaria de la (vieja) modernidad ha resultado un impedimento para solucionar esta situación catastrófica, debido, sobre todo, a dos de sus dogmas: el antinatalismo (etnomasoquismo), que censuró las tentativas de recuperación voluntarista de la natalidad, y el rechazo igualitarista de los fondos de pensiones. Por el momento, todavía no sentimos estos efectos que están por venir. El paro y la pobreza van a empeorar, mientras que una clase minoritaria, conectada con los mercados mundiales, la clase de los funcionarios y de los asalariados protegidos, va a prosperar. Estamos hablando de un  terror económico. El igualitarismo, por un efecto perverso, mostrando que en realidad es la inversión de la justicia -en el sentido que le diera Platón-, crea sociedades de opresión socioeconómica. El Estado-Providencia socialdemócrata, basado en el Mito del Progreso, también tiende a hundirá, en un estrépito más impresionante aun que el que sacudió al comunismo en 1989. Europa se está tercermundizando. La crisis está por delante, o más exactamente, asistimos a la ruptura de los cerrojos del edificio socioeconómico  civilizacional.

América, continente inmenso condenado a las migraciones pioneras y acostumbrado a una cultura brutal y a un sistema conflictual de ghettos étnicos y económicos, parece menos vulnerable que Europa. Puede encajar una ruptura de equilibro. Por lo menos en el plano de la estabilidad social, porque tampoco podrá escapar a un eventual maremoto general.

3 – Tercera línea dramatúrgica de catástrofe de la modernidad: el caos del Sur. Los países del Sur se han industrializado contra y frente a sus culturas tradicionales. A pesar de un crecimiento embustero y frágil, han creado un caos que no cesa de aumentar. Los recientes acontecimientos de Indonesia son un primer signo. El empresario francoinglés Jimmy Goldsmith, renegando con prudencia de su familia de pensamiento, lo había analizado perfectamente: nacimientos de metropolis-champiñón gigantescas (Lagos, Méjico, Río, Calcuta, Kuala-Lumpur...) que no son otra cosa que junglas infernales; coexistencia de un pauperismo cercano de la esclavitud con ricas e insolentes burguesías autoritarias y minoritarias apoyadas por unos ejércitos-policía destinados a la represión interior; destrucción masiva del medio ambiente; desarrollo de los fanatismos socioreligiosos... Los países del Sur son verdaderos polvorines. Los recientes genocidios  de África Central, el desarrollo en la India, Malasia, Indonesia, México... de conflictos civiles violentos (apoyados o no sobre el extremismo religioso y frecuentemente avivados por los Estados Unidos) solo constituyen el anticipo de un futuro que se nos presenta oscuro. La ideología igualitaria esconde esta realidad y se felicita ante un “progreso de la democracia” en los países del Sur. Discurso falso, porque no son sino simulacros de democracia. Además, la “democracia” del modelo helenoeuropeo, por un efecto perverso (la “heterotelia” de Jules Monnerot) y  por incompatibilidad mental, resulta trágica cuando se aplica con fuerza en los países del Sur. El trasplante del modelo socioeconómico occidental en los países del Sur se revela explotador.

4 – Cuarta línea de catástrofe, recientemente explicada por Jacques Attali: la amenaza de una crisis financiera mundial, que será mucho más grave que la de los años treinta y comportará una recesión generalizada. La caída de las bolsas y de las monedas esteasiáticas, como la recesión que afecta a esta región, son los anticipos. Esta crisis tendría dos causas:

a)      Demasiados países están endeudados con relación a las capacidades acreedoras mundiales; y no solamente los países pobres. El servicio de la deuda de las naciones europeas es preocupante.

b)      La economía mundial se apoya cada vez más sobre la especulación y la lógica de los flujos de inversión rentables (bolsas, sociedades fináncieras, fondos de pensiones internacionales...); la preponderancia del monetarismo especulativo sobre la producción va a producir un efecto de “pánico general” en caso de hundimiento de los cursos en un sector: los especuladores internacionales a la hora de retirar sus capitales. La economía mundial se encontraría así “deshidratada”, con inversiones en caída provocadas por el hundimiento del mercado de los capitales, que es donde las firmas industriales y los Estados piden sus préstamos. La consecuencia: una recesión global y brutal, funesta para una civilización fundada únicamente sobre el empleo económico.

5 -  Quinta línea de catástrofe: el desarrollo de los fanatismos integristas, principalmente el Islam, pero no únicamente, porque también existe en la India politeísta... El retorno de un Islam radical y revanchista es la consecuencia de los excesos del cosmopolitismo de la modernidad, que quiso imponer al mundo entero el modelo del individualismo ateo, el culto de la mercancía, la desespiritualización de los valores y la dictadura del espectáculo. Como reacción frente a esta agresión, el Islam se radicalizó y encontró de nuevo su fuerza de dominación y de conquista, en conformidad a su tradición. Su práctica global está creciendo en proporción aritmética, en un momento en el cual el cristianismo, que ha perdido toda su agresividad proselitista, está en decadencia –incluso en Iberoamérica y en el África negra- a consecuencia del suicidio que supuso el Concilio Vaticano II, el mayor patinazo teológico en la historia de las religiones. A pesar de las negaciones tranquilizadoras de los mass-media occidentales, el Islam radical está progresando en todas partes, a la manera de un incendio, amenazando a una serie de países nuevos: Marruecos, Tunez, Egipto, Turquía, Pakistán, Indonesia, etc. Consecuencias: guerras civiles por venir en los países bireligiosos, como la India; enfrentamientos en Europa –sobre todo en Francia y en Gran Bretaña-, donde el Islam podría ser en unos veinte años la primera religión en cuanto al número de practicantes-militantes, y multiplicación de las crisis internacionales implicando a los Estados islámicos, algunos de ellos poseedores de armas nucleares “sucias”. Tenemos que denunciar la estulticia de todos aquellos que creen en la posibilidad de un “Islam occidentalizado y respetuoso de la laicidad republicana”. Esto es un imposible, porque el Islam es consubstancialmente teocrático y rechaza por completo la idea de laicidad. El conflicto será inevitable. Fuera y dentro de Europa.

6 – Un enfrentamiento Norte-Sur, que está dibujando las raíces teologicoétnicas, reemplaza, con una probabilidad incrementada, el riesgo, por el momento congelado, de un conflicto Este-Oeste. Nadie conoce la forma que asumirá este enfrentamiento, pero será muy grave, porque está fundado sobre valores y sentimientos colectivos mucho más fuertes que la antigua polaridad polémica Estados Unidos-URSS, capitalismo-comunismo, de naturaleza artificial. Las raíces potenciales de esta amenaza son, en primer lugar, el resentimiento tenaz, reprimido y disimulado, de los países del Sur frente a sus antiguos colonizadores. La racialización de los discursos es impresionante. Hace poco tiempo, un Primer Ministro asiático trató al Gobierno francés de “racista” después de un litigio económico banal: un investigador italiano había sido preferido a una empresa de su país. Esta racialización de las relaciones humanas, consecuencia concreta (heterotélica) del cosmopolitismo “antirracista” de la modernidad, se puede evidentemente ver también en Occidente: el líder afroamericano Farrakhan, como los grupos de rap en los Estados Unidos y en Francia (NTM, Ministère Amer, Doc’Gyneco, Black Military...), llaman cada día a la “venganza contra los blancos” y a la desobediencia civil. El cosmopolitismo igualitario, paradójicamente, ha instalado el racismo globalizado, por el momento subyacente e implícito, aunque no por mucho tiempo.

En contacto unos con los otros en la “ciudad global” que es la Tierra, los pueblos se preparan para el enfrentamiento generalizado. Y es en Europa, víctima de una colonización de población, donde se va a situar el principal campo de batalla. Y aquellos que afirman que el mestizaje general es el futuro de la humanidad están muy equivocados: este último solamente hace estragos en Europa.

Los otros continentes, principalmente Asia y África, forman cada vez más bloques étnicos impermeables que exportan el excedente de sus poblaciones.

 Punto capital: el Islam llega a ser la bandera emblemática de esta rebelión contra el Norte, revancha freudiana contra el “imperialismo occidental”. En el inconsciente colectivo de los pueblos del Sur crece esta idea-fuerza: “las mezquitas se instalan en tierra cristiana”. Vieja revancha contra las cruzabas, retorno de lo arcaico, retorno de la historia, como un boomerang. Los intelectuales –musulmanes u occidentales.- que afirman que el fundamentalismo conquistador e intolerante no es la esencia del Islam se equivocan,  o mienten con descaro.

La esencia del Islam, como la del cristianismo medieval, es un totalitarismo teocrático imperial. En respuesta a los que se tranquilizan y presumen que los países musulmanes están desunidos, que sepan simplemente que estos países están menos desunidos entre ellos que aliados frente a un enemigo común, sobre todo en cuando se presenten los casos de emergencia.

Esta colonización del Norte por el Sur parece una especie de colonialismo flojo, sin franqueza, apoyado por llamamientos a la piedad, al asilo, a la igualdad. Es la “estrategia del zorro” (opuesta a la del león), notada por Maquiavelo. Pero, en verdad, el colonizador, que se justifica por la ideología occidental y “moderna” de su víctima, de la que finge adoptar sus valores, en ningún caso las divide. Él es antiigualitario, dominante, (pero asegura ser dominado y perseguido), revanchista y conquistador. Bella astucia de una mentalidad arcaica. Para oponérsele es necesario volver a nuestra propia mentalidad arcaica y deshacerse del handicap desmovilizador del humanismo “moderno”.

Otro fundamento del conflicto Norte-Sur: un litigio politicoeconómico global. Guerra en los mercados y los recursos naturales raros en vías de agotamiento (agua potable, recursos halieúticos, etc.), rechazo de cuotas de descontaminación por los países recientemente industrializados del Sur, exigencias de estos últimos de verter sus excedentes de población hasta el Norte. En la Historia, son los esquemas sencillos los que se imponen. Un Sur acomplejado, pobre, joven, demográficamente prolífico, ejerce una presión sobre une Norte moralmente desarmado y  envejecido.

Y ahora el Sur se están dotando de las armas nucleares, aunque el Norte pusilánime solamente hable de “desarme” y de “desnuclearización”.

7 – Séptima línea de catástrofe: el desarrollo de una contaminación incontrolada del planeta, que amenaza (puede vivir todavía cuatro mil millones de años y puede recuperarse toda la evolución a partir de cero), la supervivencia física de la humanidad. Este hundimiento del medio ambiente es el fruto del mito liberal igualitario (pero también soviético) del desarrollo industrial universal y de una economía energética para todos.

Fidel Castro, bien inspirado, declaró, en un discurso a la OMS, en Ginebra, el 14 de Mayo de 1997:

El clima está cambiando, los mares y la atmósfera se están recalentando, el aire y las aguas se están contaminando, los suelos se están erosionando, los desiertos se están extendiendo, las selvas están desapareciendo, el agua se está volviendo escasa. ¿Quién salvará nuestra especie? ¿Las leyes ciegas e incontrolables del mercado? ¿La mundialización neoliberal? ¿Una economía que está creciendo como un cáncer y que está devorando al hombre y destruyendo la naturaleza? No es esta la vía, o lo será  durante un momento muy breve de la Historia”.

Cuando Fidel Castro pronunció estas palabras proféticas, pensaba en la arrogancia irresponsable de los Estados Unidos, que se negaron a reducir en las (reuniones de Río, y de Tokio) sus emisiones de dióxido de carbono. ¿O quizás, este “marxista paradójico” pensaba también en la adhesión de todos los pueblos al modelo del provecho mercantil puro y a corto plazo, que empuja a contaminar, a destruir las selvas, a devastar las reservas halieúticas oceánicas, a saquear los recursos fósiles y vegetales sin ninguna planificación global? En esta ocasión, Fidel Castro habló mas como un poeta de la antigua sabiduría justicialista platónica que como un representante de un marxismo tan destructor como el liberalismo.

8 – Tenemos que añadir a este “telón de fondo” catastrófica, saturado de factores agravantes, una serie de aceleradores. En desorden: la fragilización de los sistemas tecnoeconómicos (el famoso “efecto  2000”); la proliferación nuclear del Oriente Asiático (China, India, Pakistán, Irak, Irán, Israel, Corea, Japón...), en países rivales capaces de reacciones nerviosas e imprevisibles; la debilitación de los Estados frente al poder de las mafias, que controlan y amplifican el comercio de las drogas (naturales y cada vez más quimicogenéticas), y que se apoyan sobre unos nuevos sectores económicos, desde el armamentístico hasta el inmobiliario y el agroalimentario; estas mafias internacionales, como así lo reconocía un reciente informe de la ONU, disponen de medios mayores a los de las instancias internacionales represivas. Sin olvidar el retorno de las enfermedades vírales y microbianas arcaicas: el mito de la inmunidad sanitaria está muerto. El SIDA fue la primera brecha. Estamos amenazados, especialmente a causa de la debilitación mutógena de los antibióticos y de la intensidad de los desplazamientos humanos, por el retorno de un desorden sanitario mundial. Recientemente, en Madagascar, catorce casos de peste pulmonar no pudieron ser tratados.

 La modernidad va hacia un muro y es probable que nos conduzca hacia el accidente planetario. ¿Este último es irreversible? Quizás no. Sólo quizás... La esencia de la Historia, su motor, es el carburante de la catástrofe. Pero, por la primera vez, la catástrofe será global en un mundo globalizado.

Robert Ardrey, brillante etólogo y dramaturgo norteamericano, profetizaba en 1973: “El mundo moderno es semejante a un tren cargado de municiones que  arremete en la niebla, en una noche sin luna, con todas las luces apagadas”.

*

 Estas catástrofes anunciadas son el fruto directo de la creencia en los milagros de la modernidad: pensemos en el mito del posible alto nivel económico para todos y a escala planetaria, y en la generalización de las economías por fuertes consumos energéticos. El paradigma del igualitarismo materialista dominante –una sociedad de consumo “democrático” para diez mil millones de hombres en el Siglo XXI sin saqueo generalizado del medio ambiente- es una pura utopía.

Esta creencia onírica choca contra unas imposibilidades físicas. La civilización que ha producido no puede durar mucho tiempo. Paradoja del materialismo igualitario: es idealista y materialmente irrealizable. Existen razones sociales (la desestrucción de las sociedades) y sobre todo ecológicas: el planeta, físicamente, no podrá soportar el desarrollo general de economías hiperenergéticas accesibles a todos los humanos. Los “progresos de la ciencia” no están ahí. No se debe rechazar la tecnociencia, sino recentrarla en una perspectiva inigualitaria. 

 El problema ya no consiste en saber si la civilización planetaria de la modernidad igualitaria se va a derrumbar, consiste en saber cuándo. Estamos ante una situación de emergencia (la Ernstfall de Carl Schmitt). La modernidad y el igualitarismo nunca han proyectado sus propios fines, nunca han reconocido sus errores, nunca han asimilado que las civilizaciones son mortales. Por vez primera nos encontramos ante una evidencia: un orden global de civilización está amenazando de hundimiento porque se funda sobre un paradójico y bastardo materialismo idealista. Se necesita una nueva visión del mundo para la civilización del después de la catástrofe.

  

IV – El contenido: el Arqueofuturismo

 Es probable que solamente después de la catástrofe que acabará con la modernidad, con su epopeya y con su ideología mundial, una visión del mundo alternativa se impondrá, pero será por necesidad. Nadie tendrá el coraje de aplicarla antes de la irrupción del caos.

Para nosotros, que vivimos en el Interregnum, según la formula de Giorgio Locchi, es vital preparar a partir de hoy la visión del mundo del después de la catástrofe. Podría estar centrada sobre el arqueofuturismo, un concepto que vamos a definir.

 

 1 – Esencia del arcaísmo

Se tiene que dar de nuevo a la palabra “arcaico” su sentido verdadero y no despectivo, según la significación del substantivo griego archè que significa a la vez “fundamento” y “principio”, es decir “impulo fundador”. También posee el sentido de “lo que es creador e inmutable”, y contiene la noción central de “orden”. Cuidado: “arcaico” no es “pasadista”, porque el pasado histórico ha producido la modernidad igualitaria que está fracasando, y porque toda regresión histórica sería absurda. Es la modernidad la ya que pertenece a un pasado cumplido. ¿El arcaísmo es un tradicionalismo? Sí y no. El tradicionalismo preconiza la transmisión de los valores y, justamente, se enfrenta a las doctrinas de “mesa corta”. Pero depende de lo que se debe transmitir. No se deben aceptar todas las tradiciones, por ejemplo las de las ideologías universalistas y igualitarias o de aquellas que se encuentran paralizadas, museografiadas, desmovilizadas. Tenemos que seleccionar entre las tradiciones (los valores transmitidos) que son positivas y rechazar las que son dañinas. Nuestra corriente de pensamiento siempre ha estado dividida y debilitada por una fractura artificial entre los “tradicionalistas” y los futuristas”. El arqueofuturismo puede reconciliar estas dos familias mediante la síntesis dialéctica.

Los problemas del mundo actual, que están amenazando de muerte a la modernidad, son ya de orden arcaico : el desafío religioso del Islam, las batallas geopolíticas y oceanopolíticas por los recursos escasos, agrícolas, petroleros, halieúticos ; el conflicto Norte-Sur y la inmigración de población hacia el hemisferio Norte ; la contaminación del planeta y el choque físico entre los deseos de la ideología del desarrollo y la realidad.

Todos estos problemas son cuestiones inmemoriales. Lejos de los debates políticos cuasiteológicos de los Siglos XIX y XX, que no fueron otra cosa sino discursos sobre el sexo de los ángeles.

 El retorno de las «cuestiones arcaicas » se está demostrando fundamental e incomprensible para los intelectuales «modernos», que se extienden sobre los derechos de los homosexuales para contraer matrimonio u otros temas insignificantes. La característica de la modernidad agonizante es su propensión a la insignificancia y a la conmemoración. La modernidad es pasadista, cuando el arcaísmo es futurista.

 Por otro parte, como lo sintió el filósofo Raymond Ruyer, detestado por la clase intelectual de la “orilla izquierda”[1], en sus dos libros-claves, “Les nuisances idéologiques” y “Les cent prochains siècles”, cuando el paréntesis de los Siglos XIX y XX esté cerrado y las alucinaciones del igualitarismo se vean hundidas en la catástrofe, la humanidad volverá a los valores arcaicos, es decir simplemente biológicas y humanos (antropológicos): separación sexual de los roles; transmisión de las tradiciones étnicas y populares; espiritualidad y organización sacerdotal; jerarquías sociales visibles y estructurantes; reconstrucciones de las comunidades orgánicas imbricadas, desde la esfera familiar hasta la comunidad popular; desindividualización del matrimonio y de las uniones que tiene que implicar a la comunidad tanto como a los novios; fin de la confusión entre erotismo y conyugalidad; prestigio  de la casta guerrera; desigualdad de los estatutos sociales, no implícita como hoy, algo injusto y frustrante, sino explícita e ideológicamente legitimada; proporcionalidad de los derechos frente a los deberes; definición del pueblo, y de todo grupo o cuerpo constituido, como comunidad diacrónica de destino y no como masa sincrónica de átomos individuales, etc.

 El problema, para nosotros, europeos, consiste en rechazar que –por pusilanimidad- el Islam nos imponga –lo que está sucediendo subrepticiamente - estos valores arcaicos. Tenemos que reimponernoslos a nosotros mismos, tenemos la memoria histórica de donde poder sacarlos.

Recientemente, un gran magnate de la prensa francesa, que no puedo nombrar aquí, conocido por sus simpatías liberales de izquierda, me dijo, desengañado: “A largo plazo, los valores de la economía de mercado se verán derrotados frente a los del Islam, porque están exclusivamente fundados sobre la rentabilidad económica individual, lo cual es inhumano y efímero”. Tenemos que evitar que el Islam nos imponga el inevitable retorno a la realidad.

Evidentemente, la ideología todavía hegemónica mira como diabólicos estos valores. Exactamente como un loco paranoico mira al psiquiatra que lo está curando como si fuese un demonio. En verdad, son valores de justicia. Conformes a la inmemorial naturaleza humana, estos valores arcaicos rechazan el error de la emancipación del individuo, crimen cometido por la filosofía del Aufklärung, que deja solo al individuo frente al Estado, monstruo frío, y frente a la barbarie social. Estos valores humanos son justos al sentido de los antiguos griegos, porque miran al hombre por lo que es, un zoon politicon (“animal social y orgánico insertado en una ciudad comunitaria”), y no por lo que no es, un átomo asexuado y aislado poseedor de unos pseudo-“derechos” universales.

Concretamente, estos valores antiindividualistas permiten la realización del sí mismo, la solidaridad activa, la paz social, cuando el individualismo pseudoemancipador solamente conduce a la ley de la jungla.

 2 – Esencia del futurismo

 Una constante de la mentalidad europea es su rechazo de lo inmutable y su carácter faústico, tentador (en los dos sentidos de la palabra, “que hace tentativas”, y “que hace sufrir tentaciones”), experimentador de nuevas formas de civilización. Nuestro fondo cultural, que también ha heredado América, es aventurero. Quiere transformar el mundo a través de la creación de imperios o por la tecnociencia, y siempre mediante grandes proyectos. Estos últimos son la representación anticipada de un futuro construido. El “futuro”, y no el ciclo histórico repetitivo, está en el corazón de la visión del mundo europea. Por hablar en términos de Heidegger, la Historia es una senda en el bosque  (Holzweg) que serpentea, o un río lleno de peligros y de descubrimientos nuevos. Por otra parte, en esta visión futurista, las invenciones de la tecnociencia, o los proyectos geopolíticos, pensados como desafíos, no están únicamente considerados utilitariamente, sino también estéticamente. La aviación, los cohetes espaciales, los submarinos, la industria nuclear han nacido de sueños racionalizados en los cuales el espíritu científico ha realizado el proyecto del espíritu estético.

El alma europea está marcada por su atracción hacia el futuro, signo de juventud. Es historial e imaginal (imagina siempre la historia futura según un proyecto dado).

Al mismo tiempo, en el arte, la civilización europea fue la única que ha conocido una perpetua renovación de las formas. Toda repetición cíclica de los modelos está prohibida. El espíritu de la obra es inmutable (polo arcaico), pero la forma tiene que renovarse sin cesar (polo futurista). El alma europea está situada debajo del signo de la creación y de la invención permanentes, es decir, la poïesis griega, aunque el eje direccional, los valores, deben de quedar conformes a la tradición.

La esencia del futurismo, es arquitecturar el futuro, pero no maldecir el pasado, pensar la civilización, como una obra en movimiento, según la concepción que tenía Wagner; proyectar lo político no solamente como una limitativa “discriminación del enemigo” a lo Carl Schmitt, sino también como la “discriminación del amigo” (¿quién es un miembro de la comunidad del pueblo?) y sobre todo como formación del pueblo en el futuro, con los problemas constantes de ambición, de independencia, de  creatividad y de potencia...

Pero este dinamismo, esta voluntad de potencia y de poder, esta proyección en el futuro, se encuentra con muchos obstáculos. En primer lugar, la modernidad los amenaza mediante una moral de la culpabilización de la fuerza y por su fatalismo histórico. Después, en el dominio social, un futurismo descarriado puede crear unas aberraciones utópicas, por el gusto sencillo del “cambio por el cambio”. En tercer lugar, la mentalidad futurista, sin control –sobre todo en el dominio de la tecnociencia- puede revelarse suicida, particularmente en materias de medio ambiente ecológico, es el hecho del riesgo de la deificación de la técnica,.

El futurismo tiene que ser atemperado por el arcaísmo, o mejor, se podría decir en una formula osada: el arcaísmo tiene que depurar al futurismo.

Por fin, la mentalidad futurista se encuentra con “fronteras”: limitación de la conquista espacial a causa de sus costes, banalización y pérdida de sentido de la tecnociencia, desencantamiento de todos sus valores propios positivos y “poïeticos” de movilización, despoetización y desestetización mercantilistas generalizadas, etc.

El futurismo solamente puede ser de nuevo eficiente si explora nuevas pistas. Y solamente el mundo neoarcaico que se está preparando puede reorientar la mentalidad futurista fuera de los callejones sin salida de la modernidad.

 3 – La síntesis arqueofuturista como alianza filosófica apolineodionisíaca

 El futurismo y el arcaísmo son cada uno imbricaciones de principios apolineos y dionisiacos, opuestos, pero siempre complementarios. El polo futurista es apolíneo por su proyecto soberano y racional de transformación del mundo y es dionisíaco por su movilización estética y romántica de la energía pura. El arcaísmo es dionisíaco porque es telúrico, enlazado a las fuerzas inmemoriales y a la fidelidad del archè, pero también apolíneo, pues se funda sobre la sabiduría y la permanencia del orden humano.

Se tienen que pensar conjuntos, según la lógica inclusiva del “y”, y ya no según la exclusiva del “o”, para las sociedades del futuro, la hiperciencia y el retorno a las soluciones tradicionales inmemoriales. En verdad, el futurismo es el más potente de los arcaísmos, por simple realismo: un proyecto futurista, para aplicarse,  tiene que encarnarse en el arcaísmo.

Así, nos encontramos ante esta paradoja: el arqueofuturismo rechaza toda idea de progreso. Porque todo lo que procede de la visión del mundo de un pueblo tiene que fundarse sobre unas bases inmemoriales (aunque las formas y las formulaciones varían), y porque desde hace 50.000 años el homo sapiens ha  cambiando muy poco, y también porque los modelos arcaicos y premodernos de organización social han dado prueba de su eficiencia. A la idea falsa de progreso hemos de oponer la de movimiento.

Es de notar una asombrosa compatibilidad entre los valores arcaicos y las revoluciones permitidas por la tecnociencia. ¿Por qué? Porque no es posible administrar, con la mentalidad igualitaria y humanitarista moderna, por ejemplo, las posibilidades explotadoras de la ingeniería genética o de las nuevas armas (ya listas y preparadas) electromagnéticas. La incompatibilidad entre la ideología igualitaria moderna y el futurismo es visible en la inverosimil limitación de la industria nuclear civil en Occidente por opiniones públicas manipuladas, o en los obstáculos pseudoéticos puestos en contra de las técnicas transgénicas, la creación de “manipulatos” humanos o la eugenesia positiva.

El futurismo será más radical, aun cuando será de nuevo arcaico; y el arcaísmo será más radical, aun cuando será futurista.

Evidentemente, el arqueofuturismo está fundado sobre la noción nietzscheana de Umwertung, de inversión radical de los valores modernos y sobre una concepción esférica de la Historia.

La modernidad igualitaria, apoyada sobre las creencias en el progreso y en el desarrollo sin fin, ha adoptado una visión lineal, ascendente, escatológica y soretiológica (redencionista) de la Historia. Estamos ante una laicización de la visión del tiempo de las religiones de salvación, dividida tanto entre los socialismos como entre el democratismo liberal. Las sociedades tradicionales (sobre todo extraeuropeas), han desarrollado una visión cíclica, repetitiva y fatalista de la Historia. Pero la visión nietzscheana, y después locchiana de la Historia, que Locchi llamaba esférica, se aleja tanto de la concepción lineal del progreso como de la concepción cíclica.

¿De qué estamos hablando?

Imaginamos una esfera, una bola que avanzaría de manera caótica en un plano, movida por la voluntad (necesariamente imperfecta) de un jugador de billar. Fatalmente, después de muchas rotaciones, el mismo punto de la bola estará en contacto con el tapete. Es el “eterno retorno de lo idéntico”, pero no de lo “mismo”. ¿Por qué? Porque la bola no es inmóvil: si el mismo punto de la esfera toca el tapete, el tapete ya no está en el mismo lugar. Nos encontramos pues ante una situación “comparable”, pero en un lugar diferente. Es la misma imagen que el retorno de las estaciones; y según la visión arqueofuturista de la Historia el retorno de los valores arcaicos no puede concebirse como un retorno cíclico al pasado (este pasado ha fracasado, porque ha creado la modernidad catastrófica), sino un renacimiento de configuraciones sociales arcaicas en un contexto nuevo. La aplicación de soluciones antiguas a unos problemas totalmente inéditos; o el retorno de un orden olvidado, pero transfigurado en un contexto histórico diferente.

Tres precisiones suplementarias de natura filosófica:

-         El arqueofuturismo se distingue del  “tradicionalismo” al uso por un análisis diferente de la tecnociencia. Esta última no tiene por qué ser diabolizada, porque por esencia no está enlazada con la modernidad igualitaria. Al contrario, se funda sobre el patrimonio etnocultural europeo, principalmente la herencia helenística. No puede olvidarse que la Revolución Francesa no “necesitaba sabios” y ha guillotinado a muchos de ellos.

-         El arqueofuturismo es una visión metamórfica del mundo. Proyectados en el futuro, los valores del archè son reactulizados y transfigurados. El futuro no es la negación de la tradición, de la memoria histórica del pueblo, sino su metamórfosis y, en consecuencia, su reforzamiento y su regeneración. Atrevemos una metáfora: ¿qué es comparable entre un submarino nuclear de ataque (SMNA) y una trirreme ateniense? Todo. El uno es la metamórfosis de la otra, y los dos, en dos épocas diferentes, tienen el mismo fin y responden a los mismos valores, incluidos los estéticos.

-         El arqueofuturismo es un pensamiento de orden. Esta palabra, insoportable para los cerebros modernos impregnados de la ética individualista de la emancipación y de la antidisciplina que han producido tanto el “arte contemporáneo” como los desordenes del sistema educativo o politicoeconómico actual.

Pero, según la visión platónica, la de La República, el orden no es injusticia. Todo pensamiento de orden es revolucionario, y toda revolución es un retorno a la justicia del orden.

4 –  Las aplicaciones concretas del arqueofuturismo

 Un concepto que no sabe dar ejemplos concretos de aplicación histórica no es eficiente. El marxismo ha fracasado, en parte, porque Marx y Engels, filósofos del “no” y del hipercriticismo, no han dejado descripciones realistas, indicativas, de su “sociedad comunista”. Resultado: si la crítica del capitalismo era con frecuencia pertinente, la construcción concreta del paradigma comunista se ha efectuado en la improvisación, bajo la dirección de autócratas y de tiranos. El comunismo se ha hundido porque, a pesar de ser un pensamiento radical frente al orden burgués, ha quedado en una lógica abstracta del resentimiento que se ha aplicado por medio de dogmas políticos esquematizados con prisa.

Por el momento, podemos abrir pistas:

 a)      La respuesta al enfrentamiento Norte-Sur en gestación y al desarrollo del Islam radical.

En el proceso de arcaización del mundo empezado en los años ochenta, la geopolítica moderna ha cambiado profundamente: el Islam es de nuevo conquistador después de la interrupción de unos siglos, causada por el colonialismo europeo; unos grandes movimientos de migraciones colonizadoras invaden el hemisferio Norte, consecuencia del colonialismo y del envejecimiento del Norte; toda la problemática de los Siglos XIX y XX que oponía, de una parte Europa a América del Norte y de otra parte, en el seno del continente eurasiático, los “occidentales” (y no siempre los alemanes) a los eslavos, está declinando. La tensión –y mañana el enfrentamiento- se sitúa ahora en el polo Norte-Sur. Estamos cara a unos desafíos arqueofuturistas.

Es aberrante sucumbir al mito angelical de la “integración multirracial” o del “comunitarismo” etnopluralista. La mentalidad de los musulmanes –la de los inmigrantes de población del Sur; la de sus  hijos jóvenes, instalados en masas crecientes y agresivas en las conurbaciones europeas; también la de los dirigentes de las potencias musulmanas y extremorientales, de nuevo en pleno dinamismo, disimulada abajo un barniz hipócrita occidental y moderno- ha resultado arcaica: dominación de la fuerza, legitimidad de la conquista, etnismo exacerbado, animalización del enemigo, religiosidad agresiva, tribalismo, machismo, culto de los jefes y de los ordenes jerárquicos- aunque esté camuflada debajo de un republicanismo democrático.

Estamos viviendo, en otra forma, el retorno de las grandes invasiones. Pero, el fenómeno es hoy mucho más grave de lo que lo fue en aquellas épocas, porque hoy los “invasores” han guardado el contacto con los “países-bases”, sus patrias de origen, de las cuales son solidarios y que pueden defenderlos –y que aspiran a hacerlo en secreto, incluido militarmente, en el futuro. Es la razón por la cual, es preferible hablar de colonización que de invasión.

Para resistir, la mentalidad igualitaria moderna es totalmente imponente. Así, sería mejor readoptar los mismos valores arcaicos, que son los de los enemigos objetivos, y que son también, con importantes variantes, los de todos los pueblos, antes y después del paréntesis de la modernidad.

 b)      La respuesta al declive de los Estados-Nación europeos y al desafío de la unificación europea.

Es importante, en esta perspectiva, prepararse a un enfrentamiento posible y romper con el angelicalismo moderno de la concordia universal.

Es fundamental repensar la guerra, ya no en la forma moderna de guerras nacionales, sino, como en la Antigüedad y en la Edad Media, bajo la forma de enfrentamientos vitales de grandes conjuntos étnicos o etnoreligiosos. Sería interesante pensar de nuevo, en formas futuras en gestación, esas macrosolidaridades que fueron el Imperio Romano o la Cristiandad Europea. Interesa en concreto definir con pragmatismo la idea de Eurosiberia, desde Brest hasta el estrecho de Behring, desde el Atlántico hasta el Pacífico, extendida sobre catorce husos horarios sobre los cual el Sol nunca se pone, el más vasto conjunto geopolítico de la Tierra, y sobre el cual los dirigentes rusos reflexionan torpemente entre los vapores del vodka, pero reflexionan a pesar de todo. Interesante preguntarse si el nacionalismo francés no es tan obsoleto, si el Estado-Nación no es tan anacrónico como el monarquismo maurrasiano de 1920; si la construcción balbuceante y tanteante de un Estado Federal Europeo (incluso gracias a los tontos útiles, según la palabra de Lenin), a pesar de sus inconvenientes a corto plazo, no es el medio único, a largo plazo y como réplica del modelo imperial romano y germánico, de preservar los pueblos-hermanos de la sumersión pura y simple.

Y también preguntarse: en esta nueva perspectiva, ¿los Estados Unidos son un enemigo (como yo mismo lo había pensado) es decir un conjunto amenazador, o solamente un adversario y un competidor económico, político y cultural? Hablamos de plantear el problema neoarcaico de la solidaridad global –fundamentalmente étnica- del Norte frente a la amenaza del Sur. De todas maneras, la noción de Occidente desaparece y da paso a la de Mundo del Norte o Septentrión.

Al igual que durante la Edad Media y la Antigüedad, el futuro exige pensar la Tierra como un conjunto de grandes bloques cuasiimperiales en estado de conflicto-cooperación.

El futuro pertenece a una Europa neofederal fundada sobre las regiones autónomas. Sería la reactualización de la organización antigua y medieval del continente. Simplemente porque la Europa tecnocrática de Bruselas, incluso ensanchada, compuesta de una veintena de naciones indecisas, divididas, desiguales, será un magma apolítico sumiso a los Estados Unidos y a la OTAN, abierto a la colonización migratoria y a la concurrencia salvaje de  los nuevos países industriales. Después del euro, retorno a una moneda  continental por la primera vez desde el fin de la Antigüedad, ¿podemos proyectar los Estados Unidos de Europa, gran potencia federal, abierta a la alianza rusa?

 c)      La respuesta a la crisis de la democracia.

Peter Mandelson, arquitecto del New Labour británico de Tony Blair y Wolfgang Schäuble, demócrata cristiano sucesor de Kohl, tuvieron una conversación en abril de 1998 sobre el “futuro de la democracia”, relatada en el diario londinense The Guardian. Schäuble aparecia impotente ante los argumentos iconoclastas del brillante teórico británico “de izquierdas”.

Citaciones de Mandelson: “Podemos pensar que el reino de la democracia representativa ya está terminando (...). La democracia y la legitimidad exigen ser renovadas permanentemente. Necesitan estar adaptadas a cada generación. La representatividad es complementaria de formas de compromisos más directas –desde Internet hasta los referéndums. Pues, es necesario cambiar de estilo de política, para responder a estos cambios. La gente no es indiferente ante un método de gobierno que la infantiliza.”

Respuesta de Schäuble, impresionado por esta audacia populista y “antidemocrática”: “Pienso que debemos, como políticos, tomar decisiones. La posición del Señor Mandelson significa: la democracia representativa ha muerto. Claramente quiere decir que se tienen que poner las cosas al alcance de la gente. Es decir, que los políticos son demasiados cobardes para tomar decisiones.

¡Qué bella carga contra el modelo “moderno” de democracia parlamentaria occidental teorizado por Rousseau en el Contrat Social y ahora obsoleto! El pragmatismo anglosajón permite a menudo unas victorias ideológicas –desgraciadamente mal conceptualizadas- que están prohibidas en el doctrinalismo francés, el idealismo alemán y el bizantinismo italiano.

El Señor Mandelson, cabeza pensante del New Labour, es arqueofuturista sin saberlo. ¿Qué es lo que dice? Que la democracia parlamentaria “moderna”, heredera de los paradigmas de los Siglos XVIII y XIX, ya no está adaptada al mundo futuro. Lentitud y blandura de las decisiones; reino de la componenda y el enchufismo; ausencia de una autoridad cortante en los “casos de urgencia”, cada vez más frecuentes; distanciación entre las aspiraciones verdaderas del pueblo y la política de los gobiernos “democráticos”; dictadura de las burocracias y de los tiburones mercantilistas; corrupción general de la clase política; nacimiento de mafias, etc.

La democracia moderna no defiende los intereses del pueblo, sino los de minorías ilegitimas. Se desconfía del pueblo real y desacredita el concepto de “populismo” porque lo asimila a lo de “dictadura”, lo cual es es el colmo. El Señor Mandelson también sugiere que se debe restaurar una autoridad pública audaz y capaz de tomar decisiones, sin prejuicios ideológicos o pseudomorales, pero apoyada sobre la voluntad real del pueblo, particularmente gracias a “los medios electrónicos inmediatos de voto y de consulta, prolongación de Internet, que permitirían multiplicar los referéndums”.

Estas pistas son muy interesantes. Alían, para reformar la democracia, dos elementos arcaicos y un elemento futurista.

Primer elemento arcaico: la potencia de la decisión soberana movilizada por la voluntad del pueblo, lo que remite al modelo del auctoritas de la primera república romana, simbolizada por la sigla SPQR (Senatus Populusque Romanus, “el Senado y el Pueblo romano”), asociación íntima de la aspiración popular y de la autoridad instituida, la cual impone sus decretos sin la censura de los jueces o de una “ley” superior a la voluntad del pueblo. También podemos evocar el modelo ateniense de los Siglos IV y V antes de la era cristiana, o los modelos asumidos por las tribus germánicas.

Segundo elemento arcaico: el acercamiento entre las instituciones políticas y el pueblo. El Estado-Nación moderno, conceptualizado por Hobbes, ha separado al pueblo de la soberanía, con la ilusión de una mejor representación de la voluntad general. Implícitamente, el laborista Mandelson propone de volver a los principios ateniense, romano y medieval, de una proximidad entre el pueblo y los dirigentes. Además, la palabra demos (“democracia”) significa literalmente “barrio” o “distrito rural”. En esta perspectiva, se puede imaginar una Europa descentralizada, donde los “pueblos locales” podrían dotarse sus propias leyes, según un modelo imperial romano o germánico medieval.

Tercer elemento, futurista, esta vez: la posibilidad de consultas y referendums inmediatos mediante mensajes electrónicas cerrados con códigos individuales. El Establishment politicomediático, por miedo al pueblo, rechaza evidentemente esta solución. Una vez más, la ideología hegemónica de la modernidad censura y lucha para limitar (como en el dominio de la biología) las posibilidades de la tecnociencia. La modernidad es reaccionaria. 

¿Pero qué es el pueblo y qué será mañana?

¿Es el laïos, la “masa” de los marxistas y de los liberales, es decir la “población presente”,   la del jus solis, el derecho del suelo; o el ethnos, comunidad popular fundada sobre el jus sanguinis, la ley de la sangre, de la cultura y de la memoria? La modernidad tendía a definir al pueblo como laïos, como masa desarraigada de individuos de todas las procedencias. Pero el futuro, inexorablemente, resucita el etnismo y el tribalismo, tanto a escala local como a escala mundial. Mañana, el pueblo será, de nuevo, y como siempre antes del pequeño paréntesis moderno, el ethnos, es decir una comunidad tanto cultural como biológica. Insisto sobre la importancia del parentesco biológico para definir un pueblo, y particularmente la familia de pueblos europeos; no solamente porque la humanidad (al contrario del mito del melting-pot) se define cada vez más como “bloques etnobiológicos”, sino porque las características hereditarias de un pueblo fundan su cultura y su mentalidad.

d)      La respuesta a la destrucción del tejido social

La destrucción del tejido social puede observarse en el hundimiento de los sistemas educativos, que ya no frenan el analfabetismo estructural ni la criminalidad escolar, porque reposan sobre la ilusión de los métodos “no autoritarios” de enseñanza; lo podemos ver en el aumento de la delincuencia urbana, cuya causa no es únicamente la inmigración incontrolada, sino el dogma irreal de la “prevención” y el olvido del antiguo principio de represión, que no es tiránico si se apoya sobre el derecho; se puede ver en el hundimiento demográfico, cuya la causa no es únicamente el antinatalismo de los gobiernos, sino también el individualismo hedonista exacerbado que provoca la explosión de prácticas antinaturales: automaticidad de los divorcios –en poco tiempo simples formalidades administrativas- ridiculización y rechazo obstinado, fiscal y social, del modelo de la mujer en la casa, explosión de los concubinatos efímeros y estériles, desarrollo de la homosexualidad y de las parejas homosexuales que podrán sin duda adoptar niños, etc. Y el déficit demográfico va a provocar un desastre económico europeo a partir de los años 2010, provocado por hecho del déficit creciente de los presupuestos sociales causado por el envejecimiento.

En todos los dominios, la modernidad triunfalista, pero agonizante, fracasa en su empresa de regulación social. Porque, como lo había comprendo el antropólogo Arnold Gehlen, se apoya sobre una visión onírica de la naturaleza humana, una antropología falaz.

Es probable que el mundo de después del caos deberá reorganizar los tejidos sociales según unos principios arcaicos, es decir profundamente humanos.

¿Cuáles son estos principios? La potencia de la célula familiar dotada de una autoridad y de una responsabilidad sobre su prole; la preponderancia penal del principio de castigo sobre el de prevención; la subordinación de los derechos a los deberes;  el agrupamiento de los individuos en el seno de estructuras comunitarias; la fuerza de las jerarquías sociales de nuevo visibles y la solemnidad de los rituales sociales (función esteticomágica); la rehabilitación del principio aristocrático, es decir de las recompensas para los mejores y los más valerosos (según los tres principios de coraje, de servicio y de talento), sin olvidar que un excedente de derechos comporta un excedente de deberes y que una aristocracia no tiene que degenerar en plutocracia, añadido a que tiene que desconfiarse de la deriva hereditaria.

¿Es una “abolición de las libertades”? Paradójicamente, es la modernidad “emancipadora” la que ha recortado las libertades concretas cuando ha proclamado la Libertad abstracta. Aunque, en Europa, el inmigrante ilegal, prácticamente inexpulsable, provoca que las mafias prosperen, que las bandas delincuentes se beneficien de una relativa impunidad, los ciudadanos que juegan el juego del pacto social, son cada vez más fichados, vigilados, silenciados y sobrefiscalizados.

Frente a este fracaso, ¿no sería mejor restaurar las nociones medievales y antiguas, concretas, de franquicias, de pactos comunitarios locales, de solidaridad orgánica de proximidad?

Estos principios son generales, y probablemente fundarán las sociedades del futuro, nacidas de los escombros de la modernidad. Para aplicarlos, prepararlos concretamente, los nuevos ideólogos de nuestra corriente de pensamiento serán requeridos...  Podemos hacer unas preguntas.

En desorden: ¿por qué mantener obligatoria la escuela hasta los dieciséis años y no contentarse con una simple escolaridad primaria, donde serían enseñadas con disciplina las materias básicas, por profesores revalorizados? Estarían libres, después de dieciséis años, de proseguir sus estudios o entrar en el aprendizaje. Saldríamos así de la esclerosis del sistema actual, fuente de fracaso escolar, de incivismo, de ignorancia, del iletrismo y de paro. Un ciclo primario disciplinario formaría a los jóvenes a un nivel más alto de aquellos que salen hoy, a menudo, cuasianalfabetos de un ciclo escolar ruinoso. Toda disciplina es libertadora. ¿Una escolaridad con dos velocidades, fundada sobre una selección estricta y un sistema de becas, que evite la plutocracia y la dictadura del dinero, es injusta si su consecuencia es la circulación de las elites y de la meritocracia?

Las nuevas sociedades del futuro serán testigos de la abolición del aberrante sistema igualitario actual donde todo el mundo aspira a ser ejecutivo ó diplomado, aunque, evidentemente, la mayoría no tiene esta capacidad. Este modelo es frustrante y genera fracaso y resentimiento social. Las sociedades productoras de tecnologías cada vez más sofisticadas reclamarán, al contrario, el retorno a las normas arcaicas, inigualitarias y jerárquicas, donde una minoría competente y meritocrática es duramente seleccionada para dirigir el conjunto. Los que ocuparán las funciones “inferiores”, en una sociedad inigualitaria, no se sentirán frustrados; porque aceptarán sus condiciones, útiles e indispensables en el seno de la comunidad orgánica. Estarán liberados de la mentira de la modernidad que pregona, implícitamente, que todos pueden ser sabios o príncipes.

Otro ejemplo: en el tratamiento de la delincuencia, el futuro nos obligará a cambiar los métodos modernos ineficaces de prevención y de reinserción en provecho de una revolución jurídica que rehabilite los métodos arcaicos de represión y de reeducación forzada. Se tiene que cambiar de lógica mental.

Los modelos sociales del futuro, a causa por el hecho de la introducción de las “hipertecnologías”, no nos dirigen hacia un mayor igualitarismo (como así lo creen los tontos apologistas de la pancomunicación, gracias a Internet), sino hacia el retorno de los modelos sociales arcaicos jerarquizados. Además, los imperativos de la concurrencia tecnológica mundial y de la guerra económica por los mercados y los recursos escasos también van en este sentido: ganarán los pueblos que poseerán los “bloques elitistas” más potentes y más seleccionados, y las masas más orgánicamente integradas.

e)      La respuesta a la indecisión planetaria, a la inadaptación del “machin” ONU[2], y al riesgo de enfrentamientos generalizados.

Los Estados-Naciones de la ONU –de los Estados Unidos a las Islas Fiji- no pueden administrar esta gran nave espacial abarrotada de pasajeros que es el planeta Tierra. Lo hemos visto durante la reunión internacional de Tokio, cuando los Estados fueron incapaces de constituir una entente sobre una política común para evitar las catástrofes ecológicas que ya se muestran imparables.

Sería necesario proyectar la organización del planeta, a medio plazo, en unos grandes conjuntos “neoimperiales” decisionarios y negociadores. Así, se restablecería, pero bajo otra forma nueva, la antigua organización del mundo, fundada sobre estos tipos de bloques.

Escenario:  bloques sinoconfucianista, eurosiberiano,  arabomusulmán, norteamericano, negroafricano, iberoamericano y un conjunto compuesto del Pacífico y del Asia de las penínsulas.

f)        La respuesta a los caos económicos y ecológicos.

El paradigma económico moderno, fundado sobre la creencia en los milagros, se enfrentará a una serie de imposibilidades físicas. La utopía del “desarrollo” para diez mil millones de humanos es ecológicamente inaplicable.

El hundimiento previsible de la actual economía-mundial permite formular la hipótesis de un modelo revolucionario fundado sobre una economía mundial autocentrada e inigualitaria, que quizás nos será impuesta por las circunstancias y el caos, pero que ya se debe prever y organizar. Esta hipótesis se apoya sobre tres grandes paradigmas. El escenario es arqueofuturista:

En primer lugar, la mayoría de la humanidad vuelve a una economía rural y artesanal pretécnica de subsistencia, con una estructura demográfica neomedieval. África, como todas las poblaciones de los países pobres, se encuentra totalmente inmersa en esta revolución. La vida comunitaria y tribal reclamaría sus derechos. La “felicidad social” sería probablemente superior a la de los actuales países-jungla, como Nigeria, o a las megalópolis-cloaca estilo Calcuta y México. Incluso dentro de los países industrializados –India, Rusia, Brasil, China, Indonesia, Argentina, etc.- una parte importante de la población podría volver a este modelo socioeconómico arcaico.

En segundo lugar, una minoría de la humanidad conservaría el modelo económico tecnocientífico fundado sobre la innovación permanente. Formaría una “red planetaria de intercambios”, que concerniría únicamente más o menos a mil millones de humanos. La ventaja considerable sería una contaminación mucho menos importante que la soportada actualmente. Además, no veo otra solución para salvar el medio ambiente mundial, porque las energías totalmente limpias no existen.

Por fin, los grandes bloques de economías neoarcaicas estarían autocentrados sobre un plano continental o pluricontinental, sin intercambios entre ellos. Únicamente la parte tecnocientífica de la humanidad se entregaría a los intercambios planetarios.

Esta economía con dos velocidades alía, pues, arcaísmo y futurismo. A la parte tecnocientífica de la humanidad se le debería prohibir intervenir en las comunidades neomedievales mayoritarias, y sobre todo el “ayudarlas”. Evidentemente para un espíritu moderno e igualitario, este escenario es monstruoso. Pero este escenario revolucionario podría mejorar el bienestar colectivo real.

Por otra parte, aligerada del peso económico de las zonas “a desarrollar” y “a ayudar”, la parte minoritaria de la humanidad, que viviría en una economía tecnocientífica, podría seguir un ritmo de innovación mucho más sostenido que hoy. Una vez más, el retorno al arcaísmo beneficia al futurismo, y a la inversa.

Evidentemente, este escenario es solamente un bosquejo, una pista. Los economistas tendrán que profundizar en la reflexión.

g)      La revolución de las biotecnologías

Es en el dominio de la biología donde la necesidad del arqueofuturismo parece ser la más explícita. Las mentalidades modernas e igualitarias, ligadas en la trampa culpabilizadora de la “ética” de los derechos humanos, ya no son capaces de asumir los descubrimientos de la biología. Se enfrentan a unas barreras morales, en verdad para religiosas. El modernismo ya es anticientífico. Compromete los desarrollos de la ingeniería genética y de la transgénia. La paradoja es que únicamente las mentalidades neoarcaicas nos permitirán usar las aplicaciones de las tecnologías genéticas, hoy sistemáticamente frenadas. La mentalidad moderna conoce un bloqueo importante: el antropocentrismo y la sacralización igualitaria de la vida humana, heredadas del cristianismo laicizado.

Existen ya muchas aplicaciones de la tecnología biológica que están llegando al punto de la experimentación sobre los humanos, después de la experimentación animal.

En primer lugar, las tecnologías de eugenesia positiva, que no solamente permiten curar las enfermedades genéticas, sino mejorar, por transgénia, las prestaciones hereditarias según unos criterios elegidos. Y además, mencionemos la aplicación –ya posible- sobre el hombre de un proceso que ya funciona sobre los animales: la creación de híbridos interespecies, los “manipulatos” o “quimeras humanas” , y sus innumerables aplicaciones.

Dos investigadores norteamericanos ya han registrado unas patentes de este tipo. Sin embargo, híbridos humanos-animales o seres vivos semiartificiales tendrían innumerables aplicaciones. Como los clones humanos descerebrados, usados como bancos de órganos. Lo cual evitaría los odiosos tráficos de órganos operados sobre las poblaciones pobres de la América andina.

Hablamos también de la aplicación al ser humano de una técnica ya utilizada sobre los carneros de Escocia: el “nacimiento sin embarazo”, por desarrollo del embrión en un medio amniótico artificial, las “incubadoras”.

Es evidente que los partidarios de las ideologías modernas consideran que estas técnicas son satánicas. Sin embargo, son posibles... ¿Se tiene que censurar brutalmente un progreso científico, o reflexionar inteligentemente en su utilización social?

h)      La ética arqueofuturista

El arqueofuturismo permitirá deshacernos de esta plaga que es el modernismo igualitario, en nada compatible  con el siglo de hierro que se está preparando: el espíritu enfermo del humanitarismo que es un simulacro de ética, y que transforme la “dignidad humana” en dogma ridículo. Sin olvidar la hipocresía, porque todas estas “bellas almas” olvidan, a menudo, la denuncia: ayer, los crímenes comunistas, hoy el bloqueo de Cuba por la superpotencia norteamericana, los ensayos nucleares indios, la opresión de los palestinos, etc.