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PALABRAS IDEOLÓGICAMENTE

DISIDENTES

 ¿Políticamente correcto o políticamente pijo?

Lo “políticamente correcto” no se funda sobre unos sentimientos éticos sinceros, ni sobre el miedo físico da una represión, sino sobre un reflejo de esnobismo intelectual y de cobardía social. En verdad, lo “políticamente correcto” es políticamente pijo. Los periodistas y los “pensadores” del actual sistema  reproducen de manera “soft” y burguesa el mecanismo de la sumisión de la época estalinista: ya no se corre el riesgo de ser enviado en un campo de concentración, sino de no ser admitido en los restaurantes u otros lugares elegantes, de ser excluido de los círculos “intelos”, de disgustar a las chicas guapas, etc., si se emite unas ideas al margen del sistema. Es lo que ha pasado con Jean Baudrillard. Ser políticamente correcto, no es un problema de ideas, sino de inserción social.

La astucia de lo políticamente correcto

 Lo políticamente correcto funciona sobre el “simulacro de la inversión”, una astucia extraordinaria: se denuncia el “pensamiento único”, pero en verdad, el discurso es totalmente correcto; como por ejemplo Jean-François Kahn que simula ser políticamente incorrecto aunque está completamente poseído por la ideología hegemónica. ¡Y denuncia lo “políticamente correcto”! Todo pensamiento rebelde es así neutralizado por unos simulacros de rebelión. Se debe saber cómo desenmascarar los pensamientos “políticamente correctos” camuflados de incorrectos, de Benamou a Bourdieu, sin olvidar la redacción de Charlie Hebdo[1].

De la censura a la distracción

El sistema no utiliza la censura brutal, excepto en unos casos muy limitados, sino el desvío mental, etimológicamente la distracción. El sistema focaliza sin pausa nuestra atención sobre los problemas inesenciales. No solamente se trata del clásico truco del embrutecimiento de la población por el aparato mass-mediático de la sociedad del espectáculo, cada vez más sofisticado, verdadero “prozac audiovisual”, sino también del camuflaje de las cuestiones políticas esenciales (inmigración, contaminación, política de transportes, envejecimiento demográfico, ruptura financial de los presupuestos sociales hacia el horizonte del 2010, etc.) por unos debates secundarios y superficiales: matrimonio homosexual, paridad obligatoria de elegidos de los dos sexos, dopaje en el deporte, despenalización del cannabis, etc. Estos problemas insignificantes evitan que las verdaderas cuestiones urgentes y cruciales sean tratadas, lo cual, evidentemente, es la situación ideal para una clase política preocupada, por arribismo, de no disgustar nunca a los electores. Constantinopla está asediada, pero se diserta sobre el sexo de los ángeles

 

La “concertación” y la “negociación”, plagas de la democracia moderna

 La clase política de los “moderados” (según esta palabra horrible, aborrecida por Abel Bonnard[2]) ha inventado un concepto temible: la concertación, como sinónimo de “modernización de la democracia”. Es uno de los  signos de degeneración y de suicidio de la democracia liberal occidental. La concertación es el pretexto para la inacción. Paraliza todas las decisiones y las reduce a compromisos bastardos y minimalista, pues significa que estas últimas tienen que estar precedidas por acuerdos globales de los grupos de presión y de los sindicatos minoritarios. En los casos de urgencia, esta práctica se demuestra funesta. La concertación es el antifaz del miedo a actuar, del miedo a los riesgos y a las responsabilidades. Sobre todo no herir a la clase mediática, no enfrentarse a las minorías activas de la correción política, no enfrentarse a los sindicatos aferrados a sus privilegios como a un clavo ardiendo: ningún conflicto, ningún problema. Uno no debe enfrentarse a los camioneros, los “jóvenes”[3], los profesores, los pescadores, etc. ¿El interés general? Los políticos no conocen esta palabra. Luchar contra el fuego es penoso, y se pueden quemar la cola. La concertación significa el hundimiento del Estado democrático de derecho, porque los dirigentes renuncian a sus programas, ratificados por la mayoría del pueblo, en provecho de ciertos compromisos con las instituciones no representativas. La verdadera “concertación” es el sufragio popular, es la voluntad del pueblo. Resultado del reino de la “concertación”: el statu quo, el conservadurismo, la dejadez, el retroceso de lo político.

La otra cara mórbida de la concertación es la negociación. Cuando una decisión política legal y legitima choca contra una minoría ínfima apoyada por los mass-media, el gobierno cede y la vacía de su substancia; por miedo, pereza, cobardía o desaliento. Consecuencia: la ley es sustituída por la excepción y el privilegio, la decisión por la indecisión,  la solución por la derrota y el compromiso.

Ejemplos: los inmigrantes son, en este momento,  inexpulsables de facto; toda reforma de la Educación Nacional[4], totalmente esclerotizada, es imposible, todo plan de reforma de la Seguridad Social fracasa, toda política racional de transportes es inaplicable, etc.

La campeona, en este dominio, es la derecha parlamentaria. Nunca ha admitido que la política sea un combate ni que es indispensable e inevitable disgustar a una parte de los electores, enfrentarse a las corporaciones, sufrir los sarcasmos moralizadores de la izquierda. Pero los gobiernos de derechas siempre fueron softs. Tienen miedo de la batalla y se no atreven a aplicar las ideas por las cuales han sido elegidos. En el fondo, no se sienten realmente legitimados a sí mismos. En Francia, un poder de derechas prefiere no disgustar a los que han votado contra él antes que satisfacer a los que sí han votado para él. ¡Como estos diputados RPR encantados de que  la izquierda los aplaudan, después de su voto –contra su campo y el deseo de sus electores- en favor del PACS, el Pacto Civil de Solidaridad[5]!

La pareja “concertación-negociación”, bajo de un pretexto moral y democrático, firma la dimisión de la democracia y del Estado de derecho. Los sistemas políticos occidentales rechazan el principio de autoridad y el decisionismo legal. Se condenan al fracaso y al hundimiento. ¿Quizás preparan el retorno de los autócratas?

 

¿Cómo crear unos “territorios ideológicamente liberados? Por la donación del “sentido”

Para salir de la jaula ideológica en la cual estamos encerrados, es importante crear unos territorios ideológicamente liberados. El sistema, en tanto que ideológicamente hegemónico, arrogante, se muestra demasiado ineficaz e ininteligente en sus tentativas de censura. Para una corriente de pensamiento radical existe una posibilidad que hay que aprovechar, particularmente con la juventud.

La gran debilidad del sistema es que toma a la gente por imbéciles y busca el adormecerla mediante unos procesos demasiados groseros. Al final es ineficaz, porque la gente se aburre. Para poner un dique a las “ideas peligrosas”, el sistema ha encontrado la solución: desecar cada idea. Sobre todo no reflexionar. Es políticamente correcto, en los mass-media o en las relaciones sociales, aquello que es habitual, banal, previsible, anodino, fútil, o lo que es “bueno”, “moral”, “fun”. La increíble mediatización del deporte es una de las partes de este dispositivo. Pero al final, este vacío ideológico, muy abierto, esta ausencia de valores que sostiene a un humanitarismo hipócrita, esta laguna carente de profundidad de debate, esta superficialidad de la “cultura zapping”, esta repetición de cosas sin importancia, terminan por crear una abstinencia.

El futuro y el poder pertenecen a aquellos que tienen cosas que decir, a aquellos que sitúan las cuestiones verdaderas. Simplemente, porque son más interesantes, como novelistas que cuentan verdaderas historias y no fábulas soporíferas, y porque ponen el dedo en la yaga, allí donde hace daño, porque responden a las “verdaderas preguntas que intetesan a la gente”, según la formula de Margaret Thatcher. Es en esta brecha donde ha de situarse meterse todo proyecto radical en estos tiempos de conservadurismo absoluto. La juventud espera que un movimiento le dé Sentido.

 

Sociedad del espectáculo y sociedad del juego

La Sociedad del Espectáculo; denunciada en 1967 por Guy Debord como una sociedad de alienación, no fundada en exclusiva sobre la explotación económica, sino también sobre la dictadura permanente de las imágenes y de los objetos y sobre la multiplicación de experiencias simuladas por la industria de la distracción; se ha sofisticado considerablemente. No únicamente por la explosión de la esfera audiovisual y de Internet, sino también porque esta sociedad del espectáculo, para captar la atención del público, se ha recentrado sobre el espectáculo del Juego. El juego –simulacro de la guerra- ha sido, desde siempre, un comportamiento con una fuerte descarga fisiológica, que permite al “Dueño del Juego” controlar a los actores y a los espectadores. En Roma, los juegos del circo fueron un medio político para apagar las tensiones sociales. Así, asistimos a un crecimiento considerable de la influencia del Juego: deportes-espectáculos retransmitidos en todo el planeta, explosión de los videojuegos y, en poco tiempo, de los juegos virtuales (¡colmo del simulacro!), multiplicación de los productos propuestos por la “Française des Jeux”[6] y de los “parques de atracciones”, etc. Pero, el juego es, por definición, el dominio del vacío. No tiene ningún sentido. Ganga para el sistema: “pagad y jugad; pagad y mirad de jugar”: No es un azar que los Estados occidentales alienten esta Sociedad del Juego, como hizo la Roma decadente de la antigüedad, pero con añadiendo la potencia de impacto de lo audiovisual y de la informática. Los CD-ROM sobre juegos, que inundan a las clases jóvenes en edad, excluyen las actividades “peligrosas”: leer y pensar. El juego liquida estos virus insoportables llamados ideas.

Pero esta estrategia parece, a plazos, estar condenada al fracaso. Es la misma del Big Brother orwelliano de 1984, o de la película Fahrenheit 451, en un versión soft, evidentemente. Una sociedad no puede sobrevivir mucho tiempo sin legitimación positiva. Desviar la atención e infantilizar... esta estrategia indigente e imbécil solamente puede funcionar por poco tiempo. “Vé a jugar y deja a tu padre tranquilo”. Privada de verdaderos discursos y de resultados prácticos para resolver los problemas cada vez más graves, sin objetivos movilizadores, la ideología hegemónica no podrá, a plazo largo, sobrevivir sobre el vacío y la negatividad, sobre la cultura de lo insignificante y de la entertainment industry.

 

El deporte descarriado

Los “dioses del estadio” de la mitología de la preguerra han muerto. A escala mundial, el deporte no  es solo una industria (el volumen de negocios de la FIFA es más importante que el de Francia), un lugar generalizado de corrupción, de dopaje, de salarios fantásticos, sino también una parte del mundo del show-business, y -nuevo opio del pueblo en un Occidente sin religión- participa totalmente y es cómplice de la empresa de descerebración generalizada.

El espectáculo deportivo infantiliza los espíritus, camufla las realidades sociales y los fracasos de lo político. La reciente Copa del Mundo de fútbol fue un brillante ejemplo. El pensamiento oficial saludaba la victoria francesa como la de la “multirracialidad y de la integración lograda”, como el símbolo de una “Francia que, por fin, triunfa[7]. Simulacro, mentira y disimulo.

Unos hechos: hacer jugar juntos once atletas de diferente origen étnico, todos muy bien pagados, constituye un “caso limite” que no muestra ninguna “integración” en la población; la integración de este equipo no es significativa de la “Francia plural”, sino, al contrario, camufla debajo de un ejemplo falso el fracaso radical del melting-pot republicano; aunque fuese atribuida la victoria a los negros y beurs[8] del equipo nacional, ¡sus hermanos de las “ciudades periféricas” no estaban autorizados a entrar en los estadios, por “razones de seguridad”! El hecho de que unos forofos “de color” (principalmente chicas, por cierto) se hubieran pintado la cara en “tricolor”, bajo del ojo de las cámaras, fue para la clase intelectual la prueba de que “la Francia multirracial funcionaba”: ¡Que tontería! Exactamente como en Brasil, donde la sociedad multirracial es una sociedad multirracista, la presencia de vedettes futbolísticas “de color” permite disimular la realidad. Apenas ordenados los farolillos de la victoria deportiva, se repetían los motines en las “cités[9]”, las peleas mortales en las calles y en las escuelas; en homenaje al jugador kabil, naturalizado francés, Zinedin Zidan, se han visto una sarta de banderas argelinas en los Champs Éysées; después de dos victorias del equipo de Francia, las bandas étnicas se han enfrentado varias veces a la policía o a los holigans británicos, en motines urbanos en París y Marsella. ¡Que bello éxito el de la “integración”! Colmo de las gilipolleces (y del racismo): Libération, el órgano oficial del antirracismo bienpensante, ha criticado el equipo alemán porque solamente contaba con “jugadores rubios”, sin ningún inmigrante turco o de otro origen , del hecho del derecho de la sangre, y ha afirmado que la derrota alemana podía explicarse por esta escandalosa “pureza étnica”.

De hecho, la victoria de un equipo multirracial de fútbol ha permitido tapar el fracaso concreto de la integración, y en lugar de favorecer la multirracialidad, ha desarrollado un poco más el multirracismo.

¿En qué ha reducido esta victoria del equipo de Francia la “fractura social” y la “exclusión”? ¿En qué contribuye a crear empleos y rechazar la emigración de los cerebros científicos franceses hacia California? ¿En qué intensifica la posición diplomática, política o cultural de Francia en el mundo (McDonald’s, patrocinador del Mundial...)? ¿En qué muestra la superioridad de una sociedad pluriétnica sobre una sociedad monoétnica? En nada. Se prostituye al deporte para acreditar mentiras políticas.

La religión del fútbol, las histerias colectivas que provoca, los disfuncionamientos psicológicos que engendra (hinchas que se arruinan para comprar una entrada que cuesta tres meses de salario), explican esta función descarriada del deporte de hoy: crear un sector económico lucrativo y un espectáculo de masas, cuyo resultado es una manipulación de la conciencia política. El sistema desvía el espíritu de las multitudes hacia la focalización teatral de acontecimientos irrisorios. Más exactamente, por medio del deporte el sistema transforma un espectáculo neutro en un acontecimiento cargado de sentido.

El deporte moderno representa exactamente el mismo rol que los juegos circenses de la Roma decadente: “panem circencesque”. “RMI[10] y fútbol”. Mentir y hacer olvidar. El deporte moderno entra exactamente en la misma lógica, pero de manera más soft –ya que tenemos miedo de la sangre y de la “realidad”- que las empresas de gladiadores, esos esclavos adulados y sobreasalariados.

 

El deporte como circo

Se asegura que el deporte-espectáculo evita las guerras porque crea enfrentamientos simbólicos y pacíficos, neutralizando así las pulsiones nacionalistas. La historia del fútbol es una muestra exacta de lo inverso, con una letanía de peleas mortales entre hinchas e ultras que avivan las pasiones nacionalistas. En Europa, el nacionalismo y el chauvinismo, que normalmente tenderían a desaparecer, son avivados por las pasiones hacia los equipos nacionales.

Es de notar el embrutecimiento mental y la infantilización provocados por esta rabia del deporte. Es penoso ver a la población masculina –y ahora también femenina- discutir con fervor sobre las hazañas o el destino de equipos y de atletas que no tendrán jamás ninguna incidencia sobre su vida ni sobre la de su nación. Las cuestiones sin objeto y sin incidencia movilizan la atención general.

El deporte también mantiene la fascinación mórbida por la fuerza física bruta, que es lo contrario del coraje físico (el del soldado) y también por la “forma física”, porque los atletas de alto nivel sufren en un organismo fragilizado por el sobreentrenamiento y el dopaje. En una sociedad sin coraje físico, éste se compensa por la adulación de la hazaña física cuantitativa y sin ningún interés. Este culto de la hazaña cifrada, subproducto de un materialismo desatado –más rápido, más alto, más musculoso, más resistente, etc.- se expresa en el reino del récord. Se coloca en un pedestal a los individuos que han batido un récord físico: es una verdadera animalización del hombre, una negación de su dimensión cerebral. Pero, ¡joder!, cada liebre, galgo, caballo o avestruz aplastaría a Ben Johnson en un esprint; cada chimpancé o canguro masacraría a Tyson, el campeón mundial de boxeo peso pesado; en cuanto al récord de salto en altura, el especialista es el halcón, con unos 5 500 metros.

Se replicará que existen deportes que recurren a la inteligencia, a la maña y al coraje: el tenis, el esquí, la vela, por ejemplo. Bueno. Pero dos tontos, que se devuelven una pelota por encima de una red, ¿merecen una focalización mediática tal? ¡Las hazañas de los trapecistas o de los domadores de circo, a su lado,  parecen tan admirables! En cuanto a los “deportes extremos”, las regatas transatlánticas, la travesía del continente antártico a pie (¿Y cuándo sobre las manos?) o del Pacífico con remos; todo esto refleja un gusto de inutilidad, de aburrimiento, de futilidad. Ya no hay nada en juego. Solamente unos riesgos (calculados) para hacerse notar por los patrocinadores y los medias. Antiguamente, la regata de los barcos de velas, como la ruta del Ron, tenía un sentido: traer lo más rápidamente posible los productos para ser así los primeros en el mercado. Hoy, estas regatas son hazañas insensatas, carreras sin meta, un trabajo sobre el vacío, un puro espectáculo remunerado, es decir un trabajo de circo, pero sin la risa de los payasos.

Curiosamente, los únicos deportes interesantes son los deportes étnicos, que no están mundialmente mediatizados, como la pelota vasca.

Así, ¿se tiene que condenar al deporte?. No, si es entendido como ejercicio físico de amateurs y si sirve para mejorar la inteligentemente y la higiene de vida y a formar físicamente los combatientes sobre el terreno. El deporte se encuentra así finalizado, sirve para algo. Los Juegos Olímpicos de la Grecia antigua, que hoy han perdido totalmente su sentido, no eran un “acontecimiento deportivo”, sino un entrenamiento militar. Ningún profesional, únicamente amateurs.

El deporte-espectáculo mundializado de hoy tiene dos funciones: crear falsos entusiasmos infantilizadores que neutralicen la conciencia ideológica y política entorno a una serie de no-acontecimientos; y desarrollar un sector nuevo de la industria del espectáculo, muy poco creador de empleo, a menudo mafiosa, pero dotada de inmensos recursos financieros, recursos que son aceptados por las masas.

¿Y las corridas? No son deporte, son corridas...

 

La recuperación de la fiesta

Siempre en la misma lógica de los juegos del circo, el sistema ha desarrollado, paralelamente a los deportes, la practicas de las fiestas: Gaypride, Tecnopride, Fiesta de la Música, etc. No tienen ninguna espontaneidad, no son tradiciones populares de la sociedad civil, como las ferias, los carnavales, los solsticios, las procesiones, los bailes, la Bierfest de Munkh, etc. Están organizadas a propósito y financiadas por el Estado, artificialmente, como explosiones de hibris desestructuradas que hacen el papel de droga colectiva. No tienen ningún sentido; no representan la expresión de la alegría popular. Por cierto, sistemáticamente, estos simulacros de fiestas tienen que ser vigiladas por la policía y provocan motines.

 

Anatemas religiosos y pensamiento inquisitorial

En un artículo de agosto de 1998 publicado en la revista Marianne, Pierre-André Taguieff, teórico oficial, pero un tanto ambiguo, del “antirracismo”, se entrega a un ejercicio muy significativo de la esa torpeza tan típica de su corriente de pensamiento, que establece la ley dentro del mundo de los mass-media. Ataca violentamente, bajo el pretexto de una carga contra los “peligros” del Frente Nacional, las tesis de un demógrafo y economista, supuestamente cercano del FN, que afirma que: 1) los nuevos inmigrantes cuestan a Francia más de doscientos mil millones de francos[11] cada año. 2) cerca de 600.000 inmigrantes ilegales están instalados en el suelo francés. Taguieff trata estas cifras de pura fantasía. Pero en ningún momento, argumenta científicamente con cifras y estadísticas; en ningún momento contradice concretamente lo que está criticando. Asombroso por la parte de un pensador que se dice racional y científico. Prefiere las acusaciones morales de naturaleza cuasireligiosas (denunciar una inmigración excesiva y costosa es preparar una futura “limpieza étnica” y ser culpable del pecado capital de “racismo”, castigado por la religión laica republicana),  a los contraargumentos cifrados y demostrables, que evidentemente no tiene.

Como antiguamente los Inquisidores contra Galileo, se responde a los hechos por medio de anatemas, por llamamientos a una ética transcendente dudosa. Extraordinaria vuelta histórica: los herederos de la racionalidad del Aufklärung finen por recurrir a los argumentos irracionales y mágicos o parareligiosos; los herederos de las teorías de la libertad de expresión y de la emancipación terminan por exigir la prohibición y la penalización de tesis (y de constataciones) que les molestan; los herederos de la democracia igualitaria rechazan al pueblo, en nombre de razones “éticas” y cuasimetafísicas, el derecho de pronunciarse sobre la cuestión de la inmigración. Como sobre varias otras cuestiones, por lo demás...

Cortas de argumentos, las elites “aclaradas” usan del arma que acusan a su adversario de utilizar: el oscurantismo y la tiranía.

 

Sobre el cine y la hegemonía cultural norteamericana

Godard, en su último libro, se queja, como muchos, de la hegemonía del cine norteamericano. He trabajado para el cine norteamericano (producción de “versiones francesas”) y he conocido el problema desde dentro. Unas verdades practicas:

1 – El cine norteamericano domina el mercado mundial porque se piensa como una industria y no solamente como una “creación”. Una película de Hollywood no solamente es una “obra”, sino el “clip” publicitario de toda una gama de artículos (ET, Starwars, Jurassic Park, etc.). El lado industrial de la obra no le quita forzosamente su valor artístico, como se cree en Francia.

2 – El éxito de las superproducciones de Hollywood se explica por su carácter imaginativo y épico, por su rigorismo dramático, por el ultraprofesionalismo de la producción y de la distribución, por una tecnicidad perfecta... por lo cual es comprensible que repare ampliamente en la frecuente indigencia de los escenarios o los clichés infantiles. El cine de Hollywood es una especie de “Julio Verne filmado”, y a menudo con los escenarios escritos por los Europeos aburridos de la ausencia de dinamismo de la producción europea.

Los franceses y los europeos han perdido el sentido de la epopeya y de la imaginación (excepto Besson). ¿Por qué no encontrarlo de nuevo? ¿Quién nos lo prohibe? ¿Por qué ningún europeo no ha tratado (a nuestra manera, sin dudas más inteligente y  dramática) los temas de ET, Jurassic Park, Armaggedon, Deep Impact, Twister, o Titanic? Veremos un poco más lejos que la excusa financiera es falsa. Lo mismo ocurre en el dominio de la novela, inundada por las traducciones de thrillers norteamericanos. ¿Quién nos prohíbe restablecer la tradición de los Julio Verne, Paul d’Ívois, Barjavel?. ¿Dónde están nuestros Philip K. Dick, Stephen King, Robert Ludnum, Michael Crighton? En lugar de esto, como también sucede a menudo en el cine, la novela, deserta, por desprecio hacia el nicho del mercado popular, produciendo diversas obras snob, aburridas, con preocupaciones microscópicas, que se venden mal. Es traicionar a Moliere pensar implícitamente que una creación popular tiene que ser forzosamente de calidad inferior. De hecho, el dominio cultural norteamericano en materia de cine y de novela (y, por carambola, en todas las otras industrias populares audiovisuales  y de ocio) se explica, a pesar de su frecuente mediocridad, por el carácter épico e imaginativo de sus temas. El público prefiere una obra con una fuerte dramática, sin grandes ideas ni excelencia estética, a una aburrida, pero estetizante e intelectualmente sobrecargada. La solución para los creadores europeos, si quieren oponerse a los norteamericanos sería la siguiente: realizar obras con una fuerte carga dramática popular y dotada de escenarios culturales de alta gama. Nuestros novelistas del Siglo XIX sabían hacerlo.

3 – Para explicar esta dominación se usa con frecuencia el argumento financiero y aquel del “enorme mercado monolingüístico norteamericano” que prerentabiliza las producciones exportadas. Es un sofisma. Una superproducción cuesta, incluida la promoción, unos 100 millones de dólares como máximo, es decir unos 15.250 millones de pesetas. Se trata de una pequeña inversión industrial perfectamente realizable por los europeos. Es siempre menos costoso que las “Cámaras Regionales” suntuosamente pagadas por el contribuyente, o que la prolongación de una estación de una línea de metro. Pienso en “Los Amantes del Pont Neuf”, “intelo” birria y soporífera, financiada por el contribuyente a causa de la presión de Jack Lang, que fue un completo fracaso comercial, ¡que ha costado el precio de una superproducción de Hollywood (se reconstruyó el barrio parisino del Puente Nuevo cerca de Montpellier en formato real)! Se cree soñar, pero no se sueña. No se puede acusar a los norteamericanos (como lo hizo Belmondo) de “aplastar nuestro cine”. En cuento al argumento del mercado monolingüístico norteamericano, es una pura mentira. Las nuevas técnicas del doblaje han bajado más de un 100% los costes de este último. Se puede realizar una película en cualquier idioma, porque, al contrario que en los Estados Unidos, las versiones dobladas no repelen al espectador. Una película francesa podría prerentabilizarse perfectamente en el mercado europeo no-francófono; con la condición de ser popular... Pero a la “clase intelectual” no le gusta esta palabra: “popular”; es sucia, y,  para los dirigentes culturales (en general de izquierdas), no es un sinónimo de calidad. ¿Por qué, en estas condiciones, asombrarse de que la industria cultural norteamericana aproveche, a cuenta nuestra,  este prejuicio estúpido, este snobismo paralizante?

4 –Los norteamericanos tienen la costumbre de decir: “Los Franceses tiene un talento tremendo, pero no saben desarrollarlo, son unprofesional (“practican el amateurismo profesional”)”. De hecho, en Francia, los rodajes carecen de rigor, el enchufismo y el nepotismo reinan por todas partes (la prole de las stars instituídas y generalmente poco dotada, roba el puesto a los jóvenes talentos); los montajes financieros son flojos y nada claros; la promoción no está bien hecha, etc. El mismo defecto se señala en el dominio de la novela. Resultado: el talento, si existe, está malgastado, y es más fácil trabajar para los enchufistas mediocres o miembros de redes que para la gente de talento. Es un mal francés ya denunciado por La Fontaine (el síndrome de los cortesanos) o por Balzac (la carta de introducción).

Una anécdota: conocí, en 1995, a un joven artista francés extremamente dotado pero que no encontraba trabajo alguno; era RMIsta[12] y no podía comer todos los días. No era miembro de ninguna red, de ninguna mafia; era bretón, heterosexual, casado y padre de cuatro hijos. Es decir, para la Francia parisinista, un perfil de loser. No podía obtener entrevistas. Ha cambiado de estrategia... Hoy es el director artístico de los estudios Steven Spielberg en Silicon Valley, cerca de San Francisco. Este bretón dotado, abandonado por Francia es ahora una pieza esencial en el dispositivo de la producción cultural norteamericana, le dona esa french touch (“pata francesa”), tan apreciada. Proximamente va a solicitar la nacionalidad norteamericana.

 Culturalmente, tanto políticamente como geopolíticamente, los norteamericanos únicamente son fuertes a causa de nuestra propia debilidad, de nuestra propia ausencia, de nuestras rigideces y de nuestra falta de dinamismo y de voluntad. Dejemos de gemir: América ocupa, de forma natural, el terreno del que hemos desertado.

 

Orden social y principio de placer

En una sociedad de valores asumidos, la “familia” y la reproducción de la especie, como la transmisión de los valores esenciales, están amenazadas por la emergencia del “principio de placer”.

Una sociedad de orden puede integrar perfectamente varias practicas paralelas con una vocación minoritaria. No se debe ser tolerante o laxista, sino orgánicos. La derecha, como la izquierda, en este punto, se han equivocado en demasía. La una y la otra han practicado una lógica monista de exclusión, la del “o, o” y no los valores plurales de inclusión, los del “y”. Se pueden hacer coexistir en una concepción orgánica dos principios opuestos: la familia fecunda y tradicional, y las desviaciones, la mujer-madre y la heteria, la familia serena con el lupanar y el desenfreno, según una regla de jerarquía.

El “clan homo” y la izquierda intelectual se enfrentan implícitamente al modelo familiar y a la mujer en la casa, con un odio y una intolerancia increíbles. Aunque los medios conservadores, proyectando una visión errónea y fijada de la “tradición”, defienden siempre las posiciones puritanas.

En verdad, se debe de volver a una visión arcaica de las cosas: integrar el desenfreno y lo “orgiástico” –aquel sobre el que habla Michel Maffesoli en La Sombra de Dionisos- con el orden social. Cuando este último es fuerte, lo orgiástico puede desplegarse bajo su sombra, en secreto, como sabían hacerlo las sociedades de la Antigüedad. Es simple sabiduría. El “principio de orden” es conforme a millones de años de leyes de reproducción de la especie y a la transmisión de la prole, de la cultura y de los valores. El “principio de placer” debe ser tolerado e hipócritamente administrado, porque es humano e irradicable, pero nunca transformarse en una norma dominante. ¿Apología de la mentira y de la hipocresía? Sí. ¿ Pero habéis visto alguna sociedad fundada sobre la transparencia? En general, se concluye por el totalitarismo. Se tienen que reabrir los burdeles. Es mucho más urgente que cerrar las líneas calientes del Minitel[13].

Lo orgiástico es aun más fuerte cuando están tapado, virtualmrente simulado por la pornografía. La explosión de la industria del sexo únicamente es el espejo de la miseria sexual de la época. En cuanto a las películas X, he estado al “otro lado de la cámara”, como actor. Disfruté mucho, pero compadecía las frustraciones de los pobres espectadores.

Soy partidario de las orgías sexuales, de las fiestas, de los placeres dionisiacos, pero subordinados al ordo societatis, articulados por él. Bacanales y Saturnales del mundo antiguo... Cuando el orden social es potente, el principio de placer y lo orgiástico pueden desplegarse bajo su sombra, sin destruir la cohesión de la sociedad. Mejor: cuando lo orgiástico está poco balanceado, mediatizado, expuesto, es muy intenso. Eros y Dionisos se vuelven insípidos cuando pueden verse cada noche por la televisión. Un desenfreno de calidad necesita del silencio y del secreto, es decir, del pudor que es el motor del erotismo y del desbordamiento de la sexualidad. Pero la sociedad del espectáculo y la modernidad, supuestamente emancipadoras y liberadoras, al final terminan por pelearse con el libertinaje y el sensualismo, con todo refinamiento sexual. Como en los todos dominios, el retorno a la alegría sexual, a la auténtica sensualidad, solamente serán posibles por la restauración de los principios de orden, en el cuadro de sociedades futuras rigurosamente ritualizadas. Arqueofuturismo...

 

Homosexualidad, crisis demográfica y etnomasoquismo

Lo grave, hoy, es que la homosexualidad se está transformando en un modelo superior de valores, un modelo más evolucionado y más conveniente que la heterosexualidad, implícitamente considerada como “paleta”. Con la intolerancia característica de su corriente de pensamiento pseudolibertario, un intelectual de talento, escritor homosexual de izquierdas, en un artículo reciente aparecido en el diario francés Le Journal du Dimanche, defendía el PACS y se ofendía por la actitud de la derecha que “denunciaba el PACS como un matrimonio homo”, y definía, en una carga odiosa y crispada contra las parejas heterosexuales, la familia como “un pequeño núcleo egoísta” ( 11/10/98).

De esta forma asistimos a una inversión de la situación precedente, cuando la homosexualidad estaba abusivamente reprimida. La homosexualidad, que debería quedar en la esfera privada, se impone ahora como valor en la esfera pública.

Parece que existe una coincidencia inquietante entre la crisis demográfica, el derrotismo cara a la inmigración y a los valores machistas del Islam, y la apología latente de la homosexualidad, masculina y ahora también femenina. Es como si, subrepticiamente, por etnomasoquismo, todo lo que era europeo era culpable de engendrar y de reproducir un modelo familiar, sexual y genético milenario.

En unos años, los bienpensantes han anatematizado una campaña de publicidad en favor de la natalidad en la cual podían verse a unos bebes rubios. Para ellos, el natalismo europeo es una forma de racismo. La familia europea fecunda es culpable de imperialismo biológico. Fantástica inversión semántica, típica de una mentalidad tiránica y totalitaria.

No se puede preconizar ninguna represión de la homosexualidad, ni proyectar una prohibición de sus parejas, ni desfavorecer socialmente a estas últimas. Pero prever legalizar una forma de “matrimonio-bis” para los homosexuales tendría efectos simbólicos destructores.

¿Por qué? No es importante saber si los matrimonios son “antinaturales” o no. Esto a la gente le da igual. Es un debate sin fin, y por lo demás, pseudobiológico. Pero existe un hecho: el matrimonio o la unión legalizada heterosexual necesita de protecciones y de ventajas públicas concedidas a las parejas susceptibles de tener niños para renovar así las generaciones, lo que no es sino un “servicio” objetivo donado a la sociedad. Legalizar y privilegiar fiscalmente las uniones homosexuales es proteger las uniones estériles. Es señal de una exacerbación el obsesionarse por el individualismo. Es confundir el deseo con el derecho. Es despreciar el interés colectivo y pisotear el buen sentido, noción con la cual la izquierda francesa, la más estúpida del mundo, esta en discordia desde 1789, por causas del onirismo ideológico.

Legalizar las uniones homosexuales no es sino hundirse en el confusionismo del “todo igual a todo”, denunciado por Alain de Benoist. ¿Y, a lo demás, por qué no los matrimonios entre humanos y chimpancés? Ya que únicamente importa el derecho individual y el deseo, es decir la fantasía personal y el desprecio de las realidades biosociales milenarias, todo es posible... El progresismo es un infantilismo...

Además, las parejas homosexuales son generalmente efímeras y funcionan muy mal. Es lógico: todas las anomalías genéticas o etológicas son difíciles de asumir. Pueden vivir su vida, tolerados y respetados, pero no tienen que imponer sus normas como una minoría tiránica,  reivindicando privilegios. Como lo han visto muy bien una multitud de psicólogos –particularmente Tony Anatrella, que reformula las tesis de Freud sobre este tema- la homosexualidad es una neurosis de inmadurez. Cada vez son más numerosos los biologistas que piensan que la homosexualidad simplemente es una afección mental hereditaria. Fundamentalmente, el homosexual, hombre o mujer, no es afectivamente feliz. Sufre por su enfermedad sexomental, está frustrado porque no puede integrarse en la normalidad y en el equilibro sociobiológicos.

Hoy, el problema de los gays es principalmente de tipo psicoanalítico. Como todas las minorías que han obtenido satisfacciones, que están reconocidas, los homosexuales están furiosos de no ser ya víctimas: están frustrados de  no ser ya perseguidos. Quieren que la gente hable de ellos. Quieren cada vez más de más. Quieren compensar las antiguas desgracias con privilegios infantiles. Lo que explica su agresividad, contrapartida de su desgracia interior.

¿Legalizar la unión homosexual con ventajas fiscales? Bien. Pero, como siempre, la potencia de la realidad acabará por matar esta utopía. Sic transit imbecillorum.

 

Cuando el deseo prima sobre el derecho

Los “sin-papeles”, inmigrantes clandestinos ilegales, están autorizados, gracia a la potencia de los mass-media y de los grupos de presión minoritarios, a quedarse en Francia. Su deseo prima, pues, sobre la ley votada por los representantes del pueblo francés.

Es una de las paradojas de la ideología de los Derechos Humanos. El interés particular, bien defendido, prima sobre la voluntad general. ¡Qué oportunidad para las mafias!

Los camioneros, los pescadores, los pilotos, los sindicatos de la Educación Nacional o de los estudiantes (muy minoritarios pero muy activos), los agricultores subvencionados, los conductores de trenes, etc. afrontan impunemente la ley y se enfrentan al gobierno para defender los corporativismos egoístas. Por cobardía y arribismo, la clase política deja hacer.

En todas partes, el deseo de una minoría triunfa sobre la ley. Paradoja: Los partidarios de “La República” firman la derrota del Estado de derecho. No se dan cuenta que estos desordenes se acabarán por medio de una solución arcaica muy eficaz: la tiranía, donde la voluntad del tirano substituye a la de la ley y a la voluntad general, pero sin ceder a los deseos particulares.

Esta idea es la que está lanzando Jean-Pierre Chevènement. Pero está muy solo.

 

La “revolución biolítica” y la gran crisis ética del Siglo XXI

El Siglo XXI  asistirá de forma inevitable a un conflicto entre las grandes religiones monoteístas (Islam, Cristianismo, Judaísmo, religión laica de los Derechos humanos) y los descubiertos de la tecnociencia en los dominios de la informática y de la biología. En su libro La Revolución biolítica, (Albin Michel, 1998), Hervé Kempf explica que la ciencia está cumpliendo un “pasaje” comparable al de la revolución neolítica que hizo transitar al homo sapiens de la recolección y de la caza a la agricultura, la ganadería y el modelaje del medio ambiente. Estamos viviendo una segunda gran mutación tanto biológica como informática. Esta revolución se produce por la transformación artificial de los seres, la humanización de las maquinas (futuros ordenadores cuánticos y sobre todo biotrónicos) y las interacciones hombre-robot que producen.

El antropocentrismo y la definición unitaria de la “vida humana”, como valores en sí mismos, que constituyen los dogmas centrales tanto de las religiones monoteístas como de las ideologías igualitarias de la modernidad, van a entrar en contradicción brutal con las posibilidades que ofrece la tecnociencia, sobre todo la alianza “infernal” de la informática y de la biología. Un conflicto mayor se va a oponer entre los laboratorios y los dirigentes políticos y religiosos que intentarán censurar y limitar las aplicaciones de los descubiertos. Y no es seguro que lo conseguirán...

Los nacimientos artificiales en incubadores, los robots biotrónicos inteligentes y “parasensibles”, cuasihumanos, las quimeras (síntesis hombre-animal cuya patente ya ha sido registrada en los Estados Unidos), los “manipulatos” u hombres transgénicos”, los nuevos órganos artificiales que multiplican las facultades naturales, la creación de superdotados o de superresistentes por medio del eugenismo positivo, las clonaciones, etc., van a hacer tremblar la vieja concepción igualitaria y sacral del ser humano, aun con más fuerza que Darwin y las teorías evolucionistas. La “manufactura de lo humano” ya se está preparando: fabricación de órganos artificiales, procreación asistida, estimulación de las funciones cerebrales, etc., y la confección de maquinas con procesos biológicos (ordenadores neuronales, chipes de ADN), será posible en muy poco tiempo. Son todas las definiciones de lo humano, de lo viviente y de la maquina las que tendrá que ser reformuladas. Hombres artificiales y maquinas animales...

En el Siglo XXI, el hombre no será nunca más lo que fue. A todo esto seguirá una angustia ética cuyos efectos serán devastadores. Un choque mental, con consecuencias imprevisibles, se producirá probablemente entre dos mundos: el de la nueva concepción biotrónica o biolítica y el de la antigua concepción de las grandes religiones y de la filosofía moderna igualitaria de los Derechos Humanos.

Únicamente una mentalidad neoarcaica podrá soportar este choque, porque antiguamente, desde los incas a los tibetanos, de los griegos a los egipcios, no era el hombre el que estaba situado en el centro del mundo, sino las divinidades, que podían perfectamente encarnarse en toda otra forma de vida.

La tecnociencia del futuro nos invita no a deshumanizar al hombre, sino a dejar de divinizarlo. ¿Es el fin del humanismo? Es cierto.

 

Genética e inigualitarismo

Una  de las tesis centrales del “arqueofuturismo” es la siguiente: paradójicamente, la tecnociencia del Siglo XXI va a destruir los fundamentos de la modernidad. La genética va rehabilitar las cosmovisiones inigualitarias arcaicas. Un ejemplo sencillo en el tema genético: el establecimiento de la “tarjeta del genoma humano”, el estudio de las enfermedades hereditarias, el desarrollo de las terapias genéticas, las investigaciones básicas sobre del cerebro, sobre el SIDA y las enfermedades vírales, etc., ya empiezan a mostrar concretamente la desigualdad del hombre. La comunidad científica está atrapada en un torno: ¿cómo obedecer la censura de lo políticamente correcto, ceder al terrorismo intelectual del igualitarismo y a la vez proclamar las verdades científicas eventual y terapéuticamente útiles? Estamos en las puertas de un conflicto, un conflicto grave. Ya, los genéticos, los sexólogos, los virólogos, tapan con dificultad que uno de los mitemas canónicos de la religión de los Derechos Humanos, es decir la hipótesis de la igualdad genética entre los grupos humanos y la individualización genética de los humanos, es una fábula científica.

De otra parte, está claro que las biotecnologías (la concepción asistida, las chips biotrónicos implantados en el cerebro, los órganos artificiales dopados, las clonaciones, las terapias génicas, la manipulación del genoma transmisible, todas estas tecnologías que son realmente la aplicación del eugenismo), no serán accesibles a toda la gente ni reembolsadas por la Seguridad Social, ni aplicables fuera de los grandes países industriales. Un eugenismo de facto, propuesto a una minoría cuya esperanza de vida estará prolongada: el colmo del inigualitarismo en el corazón de la civilización igualitaria moderna. Otro problema importante: ¿cómo van a reaccionar los humanistas antropocéntricos cuando se produzcan las quimeras (híbridas hombres-animales) para crear bancos de órganos o de sangre, para dopar el esperma, probar los medicamentos? ¿Intentarán prohibirlo? No podrán. Para soportar el choque global de la genética del futuro, se tendrá que tener una mentalidad arcaica.

 

La noción de “amor”: una patología de civilización

La civilización occidental se ha fragilizado considerablemente cuando concedió un valor absoluto a un sentimiento neurótico: el amor. Esta patología ha destruido tanto los resortes demográficos como el instinto de defensa. Es una herencia cristiana laicizada. ¿Estamos  diciendo que el odio debe que ser el motor de las civilizaciones conquistadoras y creativas? No. El “amor” es una forma patológica y enfática de la solidaridad que conduce al fracaso y, paradójicamente, al odio y a la masacre, tanto personal como colectiva. Las guerras de religión y los fanatismos actuales de las religiones monoteístas del amor y de la misericordia así lo muestran. Y el comunismo estaba fundado sobre el “amor al pueblo”.

Entre naciones, se debe de tener varios aliados (provisionales), pero nunca amigos; entre individuos es mejor decir: “te aprecio” que “te amo”, y funcionar según la lógica de la alianza que según la donación ciega –e inconstante- del amor.

El amor es absoluto, es decir totalitario. Los sentimientos y las estrategias humanas son cambiantes. Al verbo amar, tanto en política como en las relaciones personales, se tiene que preferir la paleta politeísta: apreciar, admirar, aliarse, pactar, proteger, ayudar, querer, desear, etc.

No se tendría que tener niños porque los cónyuge se aman, como un regalo, sino porque el procrear es digno para transmitir la estirpe.

Hoy, la mitad de los matrimonios se rompen, ya que están fundados sobre un sentimiento de adolescentes enamorado, efímero, que desaparece rápidamente. Los matrimonios durables son aquellos que están calculados.

Igual ocurre en la educación de los niños, que también fracasa porque practica una adulación beatífica de la prole, subproducto del amor, que destruye la legitimidad de los padres, sentidos como carneros enamorados. También las políticas fracasan, porque su ideología y sus practicas están impregnadas de las escorias del amor –buenos sentimientos, angelicalismo, humanitarismo, pietismo, masoquismo, altruismo hipócrita- en lugar de apoyarse sobre la voluntad de decisión de aplicar, hasta el objetivo final, su política.

Esta civilización, fundada implícitamente desde hace mucho tiempo –demasiado tiempo- sobre el concepto falso de amor, deberá un volver un día  a la alegoría de Don Juan, el “antiamor” por definición. Arqueofuturismo.  

 

Debacle y impostura filosófica

La ausencia de verdaderos valores filosóficos fundadores se expresa en la moda, de la cual se benefician los pensadores mediáticos que cultivan las ideas huecas y el pensamiento único: los Comte-Sponville, Ferry, Bernard-Henri Levy, Serres, etc. Angelicalismo sin metafísica ni espiritualidad, materialismo de adolescentes, retorno infantil al Aufklärung, moralismo y altruismo hipócritas, verismo ético, etnomasoquismo, xenofilia, caritativismo esponjoso, humanitarismo irresponsable: todas estas actitudes mentales están profundamente inadaptadas a nuestra época. Estos valores debilitantes, desvirilizadoras y moralmente desarmadores están totalmente a contracorriente de un mundo cada vez más duro y que pediría, al contrario, unos valores combativos. Aunque necesitaríamos una nueva filosofía de la acción, la vieja y decrépita filosofía de la compasión del Siglo XVIII nos es presentada como una genial novedad del espíritu.

Una filosofía neodogmática, únicamente hábil para “comunicar” –la propaganda- está camuflada bajo las ropas del antidogma, de la libertad y de la emancipación, aunque únicamente se trata de adoctrinamiento mediático de ideas obsoletas y de armas del terrorismo intelectual.

La filosofía de la clase intelectual hegemónica francesa del Siglo XX se ha caracterizado por el plagio (Sartre, Levy), el altruismo patológico (Lévinas), o la impostura (Lacan y los estructuralistas), en un lenguaje ininteligible, jerga bárbara que disfrazaba sus “no-ideas”. No es un azar si el excelente libro crítico sobre la filosofía francesa, de Sockal y Bricmont, Imposturas intelectuales, ha suscitado un escándalo tal. Únicamente la verdad hace daño...

Para enfrentarse al futuro, necesitamos una filosofía inigualitaria de la voluntad de poder; recurso a Nietzsche frente al Aufklärung. La revolución futura exigirá una nueva epistemología suatraída del humanitarismo moderno, para, según un retorno a los valores arcaicos, ya no pensar el hombre como ser divino cortado de la animalidad, sino a la vez, como actor y como material. Como experimentador de él mismo según una lógica faústica.

 

Proceso de emasculación

 

La publicidad sigue las tendencias sociales antes que iniciarlas. Se tiene que vender, no crear modas o nuevas ideas.

En este sentido, es el reflejo más fiel de una época, porque está obligada a ser profesional, eficiente y remitir exactamente a los estados de espíritu creados por la ideología ambiente. En una revista popular, un anuncio sobre zapatillas de deporte, sitúa la acción en un vestuario, donde una mujer desfallecida aparece frente ados atletas negros que se están duchando, a los que ella “escudriña”. Pagina de al lado: publicidad de niquis: los  modelos –dos hombres de tipo europeo- tienen un “look” afeminado de homosexuales, una facha de mariquitas estéticas con una mirada lánguida y cansada. Buscad el error...

 

Principio de responsabilidad

 

No es únicamente un complot. Peor, es una “lógica”. Una dimisión colectiva. Los teóricos del complot se equivocan. Un pueblo fuerte no se deja coger ni destruir por el sistema que lo domina. Cada pueblo es responsable de su destino. Lo que pasa actualmente no es la falta de los otros, sino la nuestra. Somos actores y culpables de nuestras derrotas. Un pueblo no es la víctima de su destrucción cultural o étnica, es el autor y el cómplice, por dimisión, por renuncia a la defensa. La dominación cultural norteamericana, la colonización lenta y sorda de Francia y de Europa por el Sur, no es únicamente el fruto de una manipulación. Hemos dejado hacer. Nuestro pueblo tenía los medios para defenderse, democráticamente. No lo hemos hecho. El “jefe de orquesta clandestino” no tiene todo los poderes frente a un pueblo determinado que resiste con sus tripas.

 

Palabras arqueofuturistas sobre el tema del arte

 

La revista Krisis de Alain de Benoist se ha atrevido a publicar un debate para preguntarse si, finalmente, no existía ninguna impostura en el “arte contemporáneo”. Los mass-media se han agrupado inmediatamente para denunciar un crimen ideológico de la “extrema derecha”. En verdad, toda la gente siente, sin atreverse a formularlo, que, desde hace casi cincuenta años, el “arte contemporáneo”, subvencionado por el Estado y los mass-media, es un academicismo (y un snobismo) que se está hundiendo progresivamente. Paradoja: el arte contemporáneo –que se pensaba como una maquina de guerra contra el academicismo para la potencia y la creación- se encuentra ahora encerrado en el peor de los conservadurismos.  Es el mismo destino que el comunismo. Ahora es un arte oficial... y un arte nulo.

La razón es conocida: la impostura y la incompetencia. A principios del siglo XX, una ideología estética logró instalarse y ahora domina el mundillo intelectual del arte: la inspiración del artista –su mensaje- es superior que su técnica, que su habilidad profesional, su conocimiento de las reglas y de los canones plásticos vistos como “opresiones”. Fue el mito de la “libertad del artista”. Y así, poco a poco, nació una falsa concepción: el artista ya no tiene inspiración, ni competencia, pero gracias a sus relaciones consigue unos “golpes mediáticos” subvencionados. Como Calder, Saint-Phalle, César y los otros. Ya no busca “escandalizar al burgués”, sino que se dice progresista, aunque no crea en nada. No es más que un pintarrajeador subvencionado. Recientemente, se han considerado varios “tags” y graffitis de niños subnormales como “obras maestras”. Según la revista “El Eco de las Sabanas”, yo mismo he tenido la idea de la siguiente broma: realizar ante la presencia de alguaciles unos lienzos con un rodillo donde varias pintadas representaban vagamente falos; un minuto por cada lienzo... lienzos que fueron vendidos en una prestigiosa galería de la calle de Sena a las stars del show business maravilladas. Tales bromas ya habían sido efectuadas y los lienzos “pintados” por el rabo de un burro o por una hembra orangután (Puesta de Sol en el Adriático) fueron negociados por mucho dinero...

El “arte contemporáneo” ha evacuado la noción capital de talento.

Hoy, en la esfera pública, nos encontramos ante un “arte” contemporáneo impostor, repetitivo y no creativo, unido a una admiración museográfica por las obras maestras del pasado. Es interesante notar que frente a toda crítica sobre la verdad, la autenticidad y la calidad del arte contemporáneo, el sistema reacciona siempre mediante el anatema: “¿Es Usted fascista?” Es una señal más de que el sistema tiene perfectamente conciencia de la nulidad de la producción “artística” que él protege y del fracaso total del modelo esteticopolítico querido por él. Cuando le se pone el dedo en la plaga, reacciona mediante el insulto o la amenaza.

Sin embargo, existen hoy un número importante de artistas creadores que escapan a esta pretenciosa nulidad del arte oficial: el natural de Grenoble Jean-Marc Vivenza y sus “ruidos”, el escultor Michel de Souzy, los pintores Frédérique Deleuze y (el difunto) Olivier Carré, Yan-Ber Tillenon, etc. Son numerosos, pero mal vistos y marginados, porque restablecen los principios de la estética europea: conciliar los canones estéticos y la audacia creativa, asocian el sentido de la belleza y el trabajo técnico con la inspiración.

El arte contemporáneo oficial (que no se debe confundir con los “artistas de hoy”, a menudo muy talentosos pero acallados ), fuertemente enlazado al sistema, finalmente se habría fijado como objetivo la destrucción de la estirpe de la tradición creciente artística europea. Siempre esta misma voluntad de iconoclasmo cultural para hacer perder a los Europeos su memoria y su identidad.

La táctica es hábil: de un lado, se mediatizan las obras de cloaca, feas, sucias e insignificantes, de hecho no-obras, mientras que por el otro lado, se focalizan los espíritus hacia una admiración museográfica del pasado. Un pasado voluntariamente fijado y neutralizado, transformado en un tradicionalismo estéril. Lo esencial es que las obras maestras del pasado ya no puedan servir a una reactualización talentuosa en el presente y el futuro. Romper la creatividad artística europea, su belleza, su profundidad estética, su talento; descerebrar los gustos y hacer pasar por geniales las producciones de los subdotados; hacer desaparecer y olvidar toda personalidad estética europea y desconectar el arte de sus raíces culturales. Tal es, desde muchas décadas, la estrategia, a menudo inconsciente, siempre implícita, de los “maestros del arte”. Esta estrategia parece ser una envidia (sentimiento que, con la venganza y el resentimiento, como lo comprendía Nietzsche, siempre ha representado un papel en la política y en la Historia): envidia y resentimiento contra el talento innato del arte europeo.

El culto ridículo por las “artes primeras”, del que el ingenuo Jacques Chirac es el representante comercial, participa en esta empresa de destrucción. ¿Una estatuilla primitiva vale bien la Pietà de Miguel Ángel?, ¿no? Otra vez, el igualitarismo se enfrenta a la realidad, y se condena.

 ¿Que va a pasar? La verdadera creación estética no reprimida se ha refugiado en la técnica. Según el retorno inconsciente a la tradición griega de la estética como technè y como khréma (utilidad objetiva). Los diseñadores de carrocerías, de aviones, componen las obras maestras de hoy día. ¿Que prefieren? ¿Un Renault comprimida por el impostor César o una Ferrari firmada por Pininfarina? También es posible que los falsos maestros del arte oficial terminen por fatigar al público.

 

Bourdieu o el impostor

 

Pierre Bourdieu[14] denuncia el bombardeo cultural televisivo que sin embargo refleja las orientaciones de su ideología. Se ha autoproclamado maestro del pensamiento de la “izquierda de la izquierda”-es decir los nuevos izquierdistas- sin proponer ninguna solución creíble al ultraliberalismo que cree ver en todos sitios. Sin embargo, aprecia ser fotografiado en todos los mass-media y hablar en los platós de televisión, que, naturalmente,  “odia”. B.H.L. y Mons. Gaillot[15] no tienen por qué apreciar particularmente a este dinosaurio mediático...

Es bastante divertido, Bourdieu...  Había flirteado durante poco tiempo con la Nueva Derecha, al inicio de los años ochenta, cuando la ND parecía estar de moda. Cenamos en esta época en el restaurante parisino La Closerie des Lilas, disertando sobre Nietzsche y sobre la inversión de los valores. El antiliberalismo de la ND le atraía. Pero Bourdieu, como todos sus iguales, intelectuales parisinos funcionarios, no se interesa realmente por las ideas, sino más bien por él mismo. Andando trágicamente corto de teorías, el nuevo gurú de la extrema izquierda vagamente resucitada, solamente puede oponer al “pensamiento único” del ultraliberalismo otro pensamiento único, un retorno decrépito al viejo conservadurismo marxista. Como toda la extrema izquierda, es incapaz de hacer un análisis pertinente de la situación social actual. Bourdieu, como tantos otros, es una figura emblemática del naufragio de los intelectuales de izquierda. Después de haberse equivocado con ideas, naufragan sin ideas.

 

Técnica de la dependencia

 

Los domadores de circo de tigres y otros fieras no usan, para lograr la sumisión de estos animales, métodos brutales: golpes, castigos, privaciones. Es muy peligroso y demasiado complicado. Mejor que la “estrategia del bastón”, es la de la “zanahoria”. Tras lograr que sean dependientes de recompensas inútiles pero agradables (suplemento de alimento azucarado o de proteínas, caricias, favores sexuales, etc., después de cada acto de obediencia) estos animales, son sometidos y se desvanecen sus capacidades de resistencia contra el amo.

El sistema y la ideología dominante usan, con mejoras, la misma técnica. Ya no se oprime a los ciudadanos desviados mediante la represión de los campos de concentración. Es un método obsoleto. Mejor es hacerlos dormir y marginar las rebeliones. Y no solamente por la desviación de la atención hacia los sujetos inesenciales (la Copa del Mundo de fútbol, el PACS, etc.), por la estrategia clásica del embrutecimiento intelectual, sino también por la técnica de la dependencia. El sistema vuelve dependiente a la sociedad civil con recompensas, ventajas, falsos privilegios, premios inútiles.

Como en el caso de las fieras encerradas, son ventajas falsas. Se le hace creer a Usted que es libre, pero en verdad está encerrado, que conduce rápidamente con su coche GTI, aunque le arruine casa mes, y que al final pierde tanto tiempo en los atascos como las horas de trabajo necesario para pagarlo. Es dependiente de las vacaciones que debe organizar, de la teledroga, del “deseo desenfrenado por objetos inútiles”, como lo vio Baudrillard. Softdictadura. Para hacer olvidar el paro, la precariedad de su empleo, la inseguridad, los alimentos adulterados, la degradación del medio ambiente, o la lenta  desaparición de su pueblo. Está en una jaula, pero Usted es fisiológicamente feliz. Es el “último hombre” descrito por Nietzsche, el que agradece a su amo con saltitos. 

 

El regno del timo: falsa transparencia y trucaje

 

El timo es, en argot, una “estafa blanda”. La línea amarilla de la estafa –ilegal- no está realmente atravesada, sino rozada. El semáforo no está en rojo, sino en naranja oscuro. Señal de los tiempos, el timo es uno de los motores principales de la publicidad y de la incitación a consumir. Antiguamente, las oficinas que lo practicaban eran a menudo reprimidas por ley. Hoy, es practicado por los grandes grupos, las sociedades honorables, y por el Estado él mismo. Es Inútil teorizar, puedo dar unos ejemplos.

Las firmas concurrentes se entienden entre ellas (método del oligopolio) para fabricar productos poco durables y que “tienen que” ser cambiados rápidamente: Las carrocerías de los coches tienen que oxidarse después de tres años, las piezas de los aparatos electrodomésticos tienen que ceder después de 500 horas de utilización, los compresores de los frigoríficos tienen que romperse después de 4 años, la tela de un vaquero tiene que desgarrarse después de 20 lavados, etc.

Pero, los hay peores, y más sutiles. Un caso único: el timo sobre las facturas telefónicas practicado tanto por France Télécom[16], como por los operadores privados. He hecho una investigación sobre este tema para una revista, y he descubierto entre otros hechos: los operadores de teléfono, privados o públicos, facturan unas prestaciones imaginarias de sumas pequeñas a la mayoría de los 40 millones de clientes, únicamente por el juego de la diferencia de tarifa entre horas llenas y huecas: una mina de dinero cada mes. También mienten sobre los alzados de los teléfonos móviles. Por ejemplo, se dice que 3 horas de llamada cuestan 3 600 pesetas, pero sin precisar que la unidad de tiempo no es el segundo, sino una secuencia homogénea de 3 minutos (180 segundos): así si se telefonea 3 minutos y 1 segundo, la facturación es de 6 minutos... Al final, las 3 horas del tanto alzado van a reducirse, en media, a 30 minutos reales. Con toda legalidad...

Se ha instaurado una “cultura del timo”, en la cual participa ampliamente el Estado. Ilustración característica: después de las declaraciones solemnes y las demostraciones cifradas por los expertos, los impuestos directos y las retenciones fiscales tenían que bajar en 1998. Pero toda la gente ha podido constatar que, al contrario, han crecido.

La otra cara del timo y del trucaje, es la transparencia falsa. Se insiste sobre el hecho que todo esta claro y que no hay ninguna zona de sombra en el discurso, tanto en el dominio de la política como en el de la industria alimentaria, lo que permite establecer una falsa confianza. Ejemplos: los fabricantes de productos alimentarios respetan más o menos la ley que los obliga a declarar en el embalaje todos los aditivos que están mezclados con el producto central. Pero, lo que no se sabe, es que aunque la ley autoriza estos aditivos –después de la presión de los lobbies agroalimentarios- estos últimos son cancerígenos con los animales de laboratorio, en un 50% de los casos... y probablemente también con el hombre si son consumidos regularmente. Pero la transparencia falsa del “digo todo” desvía las sospechas. Se dice únicamente la mitad de la verdad: “sí, añado E211 en la salsa tomate en bote que la gente compra”, y ya que el fabricante lo admite, se dice que no es tóxico. Pero, en verdad, es tóxico...

En los mass-media y en la televisión, asistimos al reinado del trucaje y de los efectos especiales: falsos directos, enchufismo, publicidades camufladas, reflujo de toda crítica (cinematográfica o literaria, por ejemplo), etc.  Los “talk-shows” espontáneos, están, en verdad, fabricados como películas de ficción con un mensaje oficial dentro. El sistema audiovisual actual ya no deja ningún sitio a la espontaneidad ni a la autenticidad, aunque se sirve de ellas para legitimarse. Hoy se puede afirmar que los telediarios están mucho más censurados, manipulados y elaborados que en el tiempo del ORTF[17] de De Gaulle, pero con una maestría muy superior. PPDA es, en sentido propio, una marioneta, como la de los Guignols de Canal Plus que lo representan[18].

Timos y trucajes: son practicados, ya no por unos pequeños estafador sino, con un cinismo temible, por las grandes instituciones públicas y privadas, bajo la señal de la transparencia. Primogine, coautor con Thom de la Teoría de las Catástrofes, explica que cuando un sistema legitima a por no-a, es que se encuentra al borde del abismo.

 

Lógica de la hipocresía: la dialéctica de la moral hablada y de la moral practicada

 

Nunca el discurso moral fue tan exigente, tan riguroso. El sistema y sus mass-media son como los predicadores: contra el racismo, el machismo, por todos los derechos acordados para todos, para la bondad, la amabilidad, la independencia de la justicia, el amor generalizado, la igualdad, la justicia social, la democracia, la “conciencia ciudadana”. Un sermón real de vieja solterona catequista.

Pero la realidad es diametralmente opuesta: corrupción de los políticos, hundimiento del derecho social, tolerancia ante la violencia urbana, agravación de las disparidades y de las injusticias económicas (los millonarios de la izquierda son los mejores en el tema del discurso social), destrucción de las solidaridades tradicionales en provecho de los egoísmos individuales, impunidad de los grupos violadores de la ley, privilegios acordados a las categorías profesionales ya protegidas, crecimiento del sector económico explotado por el sector público, etc.

Fue siempre así. Es lo que los psiquiatras llaman el “efecto de compensación”. Cuanto más defectos tiene un sistema, tanto más se alaba las cualidades que viola. No es únicamente exorcismo, sino un trabajo de olvido. “El pueblo no se tiene que entiender lo que está pasando”.

La debilidad central del sistema –y de la ideología hegemónica- es que no se puede mentir durante mucho tiempo. El senador norteamericano Gingrich lo explicaba: “es posible mentir diez veces a una mujer y una vez a una nación, pero nunca diez veces a una nación”. Con el tiempo, la ausencia de resultados concretos de un proyecto de sociedad no se puede ser disimulada por unos cortafuegos vacíos: embrutecimiento intelectual, desviación de la atención, dependencia. Las cosas concretas toman su revancha. El pueblo acaba por pedir la verdad porque el embrutecimiento tiene límites, precisamente a causa de la ausencia de hechos concretos: mentiras del paro a la baja, precariedad y angustia económicas, pauperización a pesar del crecimiento contable, crecimiento de la inseguridad a pesar de las estadísticas trucadas, presencia cada vez más visible de la inmigración, etc. Incluso la muy eficiente propaganda televisual que intenta dar la impresión de que “¡todo va bien!”, al tiempo que diabolizan o criminalizan a los partidarios de opiniones opuestas, va a llegar, un día o otro, a sus limites. Cuando el león ya no tiene nada que comer, se come al domador. El león, es el pueblo.

 

Legitimación negativa: la fábula del hombre lobo

 

Las democracias occidentales no consiguen realizar su utopía, pues denuncian un enemigo imaginario. Ya no se dice: “voten por Nosotros, porque vamos a encontrar soluciones y mejorar sus condiciones”, que seria una legitimación positiva, sino, implícitamente,  “voten por Nosotros, aunque somos una banda de nulidades, de incompetentes y de prevaricadores. No es grave, porque Nosotros les protegemos contra el retorno del fascismo. Sin Nosotros, estarían bajo la bota de los nazis...”. Legitimación negativa. Las conmemoraciones redundantes enlazadas a la Segunda Guerra Mundial, los juicios o denuncias o las incesantes descripciones voyeuristas de los crímenes nazis, cincuenta años después del fin de la guerra, son partes de este dispositivo.

Técnica del hombre lobo: “Papá es malo, pero si no le obedeces, el hombre lobo vendrá a comerte. Y será peor”.

El sistema ya no puede ser plebiscitado ni juzgado sobre sus actos y resultados, se inventan unos enemigos virtuales para así decirse protector del pueblo.  “El Frente Nacional es el NSDAP reactualizado: si se expulsan demasiados inmigrantes, será la crisis económica y la dictadura”. Esta técnica tiene limites y los encontrará rápidamente.

 

El “Frente republicano”: antecámara del partido único

 

El “Frente Republicano” contra el Frente Nacional. Tal es la fraseología actual del mundo político. Este Frente Republicano que se pretende el portero de la pura democracia contra la “amenaza fascista”, iniciado  –en verdad- por una extrema izquierda minoritaria y paratrotskista cuya tradición, desde 50 años, es el totalitarismo. La lucha contra el Frente Nacional muestra la contradicción esencial de este Frente Republicano que dice querer salvar la democracia del peligro fascista: ni es republicano, ni es demócrata. Por lo menos, es lógico: cuando en una sociedad, se abusa de un concepto político (democracia, ciudadanía, etc.), es que esta cosa está amenazada. La énfasis democratista tapa un régimen cada vez menos democrático. El discurso del Frente Republicano restablece la retórica –realmente totalitaria- de los diputados de la Convención de 1793, padres del Terror.

Después de una manifestación “espontanea” en Lyon contra la supuesta alianza entre Charles Millon y el Frente Nacional[19], el socialista local Louis Mermaz explicaba que se debía de “combatir lo inaceptable: el Frente Nacional cogestionario de una región”. Así, es “inaceptable” para este demócrata que los consejeros regionales democráticamente eligidos hagan el trabajo por el cual han sido eligidos. El lapsus de Mermaz significa que la “democracia” no está reservada a toda la gente; o que es inaceptable que la democracia funcione con todas sus reglas del juego, o que en esta visión limitativa de la democracia es inaceptable que los electores voten por alguien que no sea miembro de este Frente Republicano.

Este Frente Republicano incluye: 1) el PCF y la extrema izquierda, 2) Los Verdes y el PS, 3) una “derecha republicana”, RPR y UDF[20], emasculada y culpabilizada –sobre todo en el tema de la inmigración- por la izquierda. La ilegitimidad política de toda otra fuerza que no sea el Frente Republicano parece, pues, una llamada implícita al retorno del partido único, clave de todos los regímenes totalitarios desde 1793. En el seno de este partido único de facto, únicamente están toleradas las tendencias (como en los antiguos PC de la Europa Central) susceptibles de alternancia “democrática”; pero esta alternancia izquierda / derecha, verdadera engañifa, no debe cambiar la orientación global de la política del partido único de facto, que es una orientación “de izquierda”.

El Frente Republicano, como el antiguo y totalitario partido único soviético, no trabaja –evidentemente- para una revolución cualquiera, sino para la profundización de las tendencias de la sociedad actual.

Esta tentación del “partido único de facto”, camuflado por el simulacro del pluripartismo, se ha expresado fuertemente durante las proposiciones radicales de prohibición del Frente Nacional o los juicios contra la legibilidad de Le Pen. Pensar en prohibir un partido que representa un 15% de los votos, es muy diferente de la prohibición de una liga subversiva...

En verdad, el régimen, agotado, intenta hacer una democtomia o “amputación limitativa de la democracia”. Observamos la misma lógica en el tema de los “sindicatos representativos” minoritarios. Desde Robespierre hasta el Frente Republicano, siempre es el mismo proceso, hoy bastante soft: el pueblo vota –es la democracia- pero únicamente puede votar por los candidatos aceptables: los del partido.

Para justificar su antidemocratismo, el sistema, confuso, siempre usa su obsesión favorita: el Diablo, el hombre lobo Hitler. Argumento: “¡Cuidado! ¡Hitler ha tomado el poder democráticamente!” Conclusión: debe limitarse y vigilar esta democracia peligrosa y excluir a los partidos inaceptables. Pero, históricamente, este rumor es falso: Hitler tomó el poder después de un golpe de Estado (tapado, evidentemente), como Mussolini.

Otras palabras oídas durante la manifestación de Lyon: “ El Frente Nacional es anticonstitucional”. Otra lógica estalinista.

Contra el Frente Nacional, se podía oír el eslogan “contra la intolerancia y el odio”. Pero el sistema ha subvencionado la película (nula) de Matthieu Kassowitz, El Odio, que es una apología del odio de las bandas étnicas contra  los franceses blancos. ¡Y acusa de “odio” a un partido político que quiere limitar la violencia de estas bandas étnicas!

El sistema acusa al Fre