El Nuevo Orden Ecológico de Luc Ferry
Capítulo: La ecología nacionalsocialista: las legislaciones de noviembre de 1933, julio de 1934 y junio de 1935
Es lamentable pero el mejor trabajo que hay en Castellano sobre la legislación Nacionalsocialista sobre la Naturaleza y los Animales, está escrita por un profundo adversario liberal, Luc Ferry. Por tanto, y pese a sus inclusiones antifascistas, este texto puede considerarse esencial para entender el espíritu y el alcance enorme de la política Nacional Socialista sobre Naturaleza y protección de los animales. Está magníficamente detallada y por encima de comentarios del autor, puede descubrirse la esencia de esta posición. Por desgracia los textos esenciales están en alemán y no disponibles para poder leerlos y difundirlos.
«Im neuen Reich darf es keine Tierquálerei mehr geben» «(En el nuevo Reich no debe haber cabida para la crueldad con los animales»).
Sacadas
de un discurso de Adolfo Hitler, estas simpáticas declaraciones inspiran la imponente ley
del 24 de noviembre de 1933 sobre la Protección de los animales (Tierscchutzgesetz). Según Giese y Khler, los dos
consejeros técnicos del Ministerio del Interior encargados de la redacción del texto
legislativo, de lo que se trataba era de trasladar por fin este mensaje del Führer a la
realidad concreta -una tarea imposible, al parecer, antes de la llegada al poder del
nacionalsocialismo-. Eso es por lo menos lo que explican en la obra que publican en 1939
bajo el título: El derecho alemán de la
protección de los animales.(1) En sus trescientas páginas de apretada escritura se
encuentran reagrupadas todas las disposiciones jurídicas relativas a la nueva
legislación, así como una introducción que expone los motivos «filosóficos» y
políticos de un proyecto cuya amplitud, en efecto, no tenía entonces parangón. Muy
pronto quedarán completadas, el 3 de julio de 1934, con una ley que limita la caza (Das Reichsjagdgesetz), y más adelante, el 1 de
julio de 1935, con ese monumento de la ecología moderna que es la Ley sobre la
Protección de la Naturaleza (Reichsnaturschutzgesetz).
Fruto las tres de un encargo de Hitler, que hacía de ello un asunto personal, aun
cuando correspondían también a los deseos de numerosas y poderosas asociaciones
ecológicas de la época (2), llevan, además de la del canciller, las firmas de los
principales ministros afectados: Göring, Gürtner, Darré, Frick y Rust.
Un
hecho sorprendente: aun siendo estas tres leyes las primeras del mundo que tratan de
compaginar un proyecto ecológico de envergadura con el afán de una intervención
política real, no se encuentra el menor rastro de ellas en la literatura actual dedicada
al entorno (salvo contadas alusiones esgrimidas por los adversarios de los Verdes,
bastante vagas por basarse en referencias de segunda mano). Se trata sin embargo de una
serie de textos muy elaborados, absolutamente significativos de una interpretación
neoconservadora de lo que más adelante se llamará «ecología profunda». Resulta
necesario, por ello, analizarlos.
Empecemos
por precisar el objetivo. Se ha destacado con frecuencia unos paralelismos preocupantes
entre el amor del terruño que impulsa una determinada ecología fundamental y los temas
fascistizantes de los años treinta. Hemos podido calibrar, en los capítulos anteriores,
en qué medida estos acercamientos podían a veces
estar justificados. Pero también hay que desconfiar de la demagogia que recurre al
sacrosanto horror que inspira el Nacionalsocialismo para descalificar a priori cualquier preocupación
ecológica. La presencia de un auténtico interés por la ecología en el seno del
movimiento nacionalsocialista no constituye, en mi opinión, una objeción pertinente a la
hora de hacer un examen crítico de la ecología contemporánea. Así las cosas, habría
que denunciar como fascista la construcción de autopistas -es sabido que constituyó una
de las prioridades del régimen nacionalsocialista-. En este
caso, como en ninguno, la práctica genealógica de la sospecha no es de recibo.
(...)
El
amor hacia la naturaleza, tal y como la ecología profunda nos invita a practicarlo, va
acompañado, tanto entre los «reaccionarios» como entre los «progresistas», de una
cierta propensión a lamentar todo lo que en la cultura resulta de lo que aquí he llamado
«el desarraigo» (pero que también cabe designar de forma peyorativa como
«erradicación») y que desde siempre la tradición de la Ilustración ha considerado
como el signo de lo propiamente humano. Todos los pensamientos que hacen que el hombre sea
un ser de transcendencia, trátese del
judaísmo o del criticismo posthegeliano, por ejemplo, (3) como asimismo del
republicanismo francés, lo definen también como el ser de anti naturaleza por
antonomasia. No es sorprendente, en estas condiciones, que el hitleriano saque el
revólver cuando oye la palabra cultura, pues en realidad es para disparar sobre el
apátrida, sobre el que no está arraigado en una comunidad. Como tampoco sorprende que lo
haga conservando intacto su amor por el gato o por el perro que animan su vida doméstica.
A este propósito, las tesis filosóficas que dejan entrever las legislaciones nacionalsocialistas solapan a menudo las que demandara la deep ecology, y ello por una
razón que no debería subestimarse: en ambos casos, nos encontramos ante una misma
representación romántica y/o sentimental de
las relaciones de la naturaleza y la cultura, unida a una revalorización común del
estado salvaje en contra del de la (pretendida)
civilización. Como machaconamente no ha parado de insistir el biólogo Walther
Schoenichen, uno de los principales teóricos nacionalsocialistas de la protección del medio ambiente, las
legislaciones de 1933-1935 constituyen la culminación del movimiento romántico, «la
ilustración perfecta de la idea popular del romanticismo» (die Darstellung del völkischromantischen Idee). (4). Resulta significativo que, pese a su
aversión por Estados Unidos, esa patria del liberalismo y de la plutocracia -una
repugnancia que se conserva intacta entre muchos jóvenes ecologistas alemanes-, reconozca
un vínculo de parentesco entre el amor del «Wilderness» y el «des Wilden».- en ambos casos, a través de unas palabras que
ponen de manifiesto un hermoso origen común para designar el «salvajismo», lo que se
expresa es una determinada voluntad de recuperar la perdida virginidad natural. Y
Schoenichen acoge como un acontecimiento decisivo para el establecimiento de una relación
correcta con la naturaleza la creación, a mediados del siglo pasado, de los «Parques
nacionales» americanos. Destaca, con absoluta seriedad, que la propia expresión en sí
constituye un feliz hallazgo, puesto que comporta por lo menos una palabra que va en la
buena dirección... (5)
Las
dos ideas de naturaleza
No
se trata de autorizar aquí la opinión según la cual el nacionalsocialismo sería la mera y sencilla continuación del
romanticismo y, por así decirlo, como pretende Schoenichen, su realización correcta.
Sería sin duda tan absurdo considerar a Hölderlin o a Novalis como los padres fundadores
del nacionalsocialismo como ver en Stalin al intérprete más
fiel de Marx. Y pese a todo, en la base de las legislaciones nacionalsocialistas está, en efecto, la recuperación del tema central
de la lucha del sentimentalismo romántico contra el clasicismo de la Ilustración: la
verdadera naturaleza, a la que hay que proteger a toda costa contra los perjuicios de la
cultura, no es la que ha sido transformada por el arte, y precisamente a través de ello
mismo humanizada, sino la naturaleza virgen que da fe todavía del origen de los tiempos.
Resulta imposible comprender la ecología nacionalsocialista
si no se percibe que se inscribe en el marco de un debate ya secular sobre el estatuto de
lo natural como tal. Tenemos que recordar brevemente cuál es su envite principal,
decisivo en este contexto.
Desde
mediados del siglo XVII van surgiendo, al filo de una disputa que enfrenta a dos escuelas
estéticas, la del clasicismo y la del «sentimentalismo», dos representaciones
antinómicas de la naturaleza. (6) Pero a través de éstas no sólo se trata del estatuto
de la belleza y del arte, sino de nuestras actitudes filosóficas y políticas respecto a
la civilización en general, pues el proceso de elaboración de la cultura nos aleja de
forma, al parecer, irreversible de la autenticidad supuesta de los orígenes perdidos.
Para los clásicos, cuya patria de elección es Francia, este alejamiento es saludable.
Más aún, la ocurrencia de una naturaleza a la vez originaria y auténtica carece a decir verdad de sentido. La razón es la
siguiente: a partir del cartesianismo y de su lucha contra el animismo de la Edad Media
surge la idea de que la naturaleza verdadera no es la que percibimos de forma inmediata a
través de los sentidos, sino la que aprehendemos mediante un esfuerzo de la inteligencia. Mediante la razón, según
Descartes, aprehendemos la esencia de las cosas. Y lo que los clásicos franceses
llamarán «naturaleza» no es más que esta realidad esencial que se opone a las
apariencias percibidas en la inmediatez sensible. Así Moliére, que trataba en sus
comedias de «hacer una pintura a partir del natural», no nos describe la vida cotidiana
de los hombres corrientes, sino que esboza el retrato ideal típico de caracteres esenciales.- el avaro, el misántropo, el don
Juan, el hipocondríaco, etc.
El
arquetipo de esta visión «clásica» y racional de la naturaleza lo tenemos por
descontado en los jardines a la francesa. Están totalmente basados en la idea de que,
para alcanzar la esencia verdadera de la naturaleza, o, para expresarle mejor, la
«naturaleza de la naturaleza», hay que recurrir al artificio que consiste en
«geometrizarla». Pues mediante la matemática, mediante el uso de la razón más
abstracta es como se aprehende la verdad de lo real. Como escribió Catherine Kinzler:
«El jardín a la francesa, trabajado, recortado, dibujado, calculado, alambicado,
artificial y forzado es en última instancia, si se quiere ir al fondo de las cosas, más natural que un bosque silvestre... Lo que se
propone a la contemplación estética es una naturaleza cultivada, dominada, llevada a su
límite, más verdadero y más frágil al mismo tiempo porque lo esencial sólo se presta
a ser desvelado a regañadientes». (7). Así pues, para los clásicos franceses, el
jardín a la inglesa no es natural: en el mejor de los casos, se limita a las apariencias.
No alcanza la realidad de lo real. Peor aún, puede caer en la afectación y el
manierismo, puesto que no encarna la naturaleza en estado bruto, ni tampoco su verdad
matemática esencial. En cuanto a los paisajes silvestres, el bosque, el océano, la
montaña, sólo pueden inspirarle un justificado espanto al hombre de gusto: el caótico
desorden que reina en ellos oculta la realidad. Si la armonía de las figuras geométricas
evoca la idea de un orden divino, la naturaleza virgen sólo aporta al espíritu imágenes
paganas, en la linde de lo diabólico. Por esta razón, en el decurso de todo el período
clásico, los Alpes, que representan actualmente para nosotros un lugar de turismo
privilegiado, sólo serán percibidos como un obstáculo que resulta enojoso tener que
cruzar. (8) Lo hermoso, en esta óptica, sólo puede ser la presentación artificial de
una verdad de la razón, y no la representación de los sentimientos que puede inspirarnos
la restauración de un origen que habría ocultado la civilización de los hombres. Amamos
la naturaleza elaborada, pulida, en una palabra, cultivada y, por decirlo todo,
humanizada.
Contra
esta visión clásica de la belleza se rebela la estética del sentimiento. Lejos de ser
matemática, trabajada y humana, la naturaleza verdadera se identifica con la autenticidad original, cuyo sentido, en
palabras de Rousseau, hemos perdido por culpa de la cultura de las ciencias y de las
artes. Lo natural, en este caso, no es pues lo esencial, como en los clásicos, sino lo
que todavía no está desnaturalizado y
llamamos «estado salvaje». El bosque, la montaña y el océano recuperan sus derechos en
contra de los artificios de la geometría. Y más aún: lejos de que la naturaleza pueda
humanizarse por la civilización -lo único que hace en ella es perderse-, son los hombres
los que, pese a sus pretensiones, le pertenecen por entero. Por lo tanto han de
permanecerle fieles. De ahí, en Rousseau y en los primeros románticos, la apología de
aquellos que son designados de forma significativa como los «naturales»: esos
«caribeños» que el amor por el lujo y los artificios todavía no han corrompido, pero
también esos «orgullosos montañeros de corazones puros» a los que su propio
aislamiento ha protegido del mal. (9) De este modo renace el mito de la edad de oro y del
paraíso perdido. Y, como debe ser, este renacimiento va acompañado del inevitable
discurso sobre la «caída», que anuncia el tema antihumanista del «ocaso de
Occidente».
Se
ha subrayado con frecuencia lo mucho que esta estética del sentimiento sigue todavía
alejada del romanticismo en su madurez. ¿Acaso no se presenta este último como una
síntesis de la oposición entre clasicismo y sentimentalismo? La naturaleza se define en
él como «Vida», como la unión «divina» del cuerpo y del alma, de la sensibilidad y
de la razón. Lo que no quita que la separación entre el sentimentalismo y el
romanticismo esté menos clara de lo que suele afirmarse: los románticos conservarán
hasta en su filosofía de la historia la idea de una edad de oro perdida, así como la de
que la belleza es algo que pertenece mucho más al ámbito de los sentimientos que al de
la razón.
Estos
dos temas son, esencialmente, los que conservará la ecología nacionalsocialista, oponiendo al clasicismo francés, racionalista,
humanista y artificialista, la representación «alemana» (10) de una naturaleza
original, salvaje, pura, virgen, auténtica e irracional, accesible únicamente a través de las vías del sentimiento. Esta naturaleza
original se define como tal incluso por su carácter extrahumano. Es exterior al hombre y anterior a él.- exterior a
su razón matemática y anterior a la aparición de la cultura artificial de la que el
desvarío y el orgullo humanos son los únicos responsables.
En
su obra de 1942, dedicada a la Protección de la
naturaleza como tarea cultural popular (völkisch)
e internacional, Walther Schoenichen precisa, en una perspectiva nacionalsocialista,
en qué términos hay que comprender la noción de naturaleza. Sus precisiones no carecen
de interés: partiendo de la «evidencia» de que «el respeto por las creaciones de la
naturaleza está inscrito en la sangre de los pueblos del Norte», empieza por lamentar el
hecho, poco discutible en efecto, de que la palabra «naturaleza» remite por su
etimología al latín «natura». Un origen
fastidioso, demasiado meridional, casi francés, que Schoenichen prefiere sustituir por la
palabra griega phyo, que significa «criarse,
haber nacido», y que forma el sustantivo physis, del
que procede la palabra «física». Esta operación filológica presenta la ventaja de
llegar a la conclusión siguiente: «Visto lo que antecede, cabe tener por seguro que el
concepto de la naturaleza designa en primer lugar unos
objetos y unos fenómenos que se han hecho por
sí solos, sin la intervención del hombre). Nos encontramos en las antípodas de la
naturaleza «humanizada» de los clásicos. Y ahí está lo esencial, según Schoenichen,
que insiste sobre el valor y sobre el significado de la etimología griega según la cual
«la ausencia, incluso la exclusión, de cualquier intervención de los hombres constituye
el rasgo absolutamente característico de la naturaleza». Así pues, se podrá, ya que
resulta necesario, germanizar (verdeutschen)
la palabra naturaleza hablando en su lugar de Urlandschaft,
¡de «tierra» o de «campiña original»!
Con
una definición semejante, la ecología nacionalsocialista establece como por adelantado un vínculo entre la
estética del sentimiento y lo que más adelante se convertirá en el tema central de la
ecología profunda, a saber, que el mundo natural es en sí mismo digno de respeto, independientemente
de cualquier consideración de los seres humanos. En este sentido cita Schoenichen con
énfasis los textos de Wilhelm Heinrich Riehl que anuncian la crítica de las
justificaciones utilitarias, por lo tanto antropocéntricas,
que se suele dar de la ecología en una perspectiva «medioambientalista»: «El
pueblo alemán tiene necesidad del bosque. Y aun en el caso de que ya no tuviéramos
necesidad de la leña para calentar al hombre exterior... no por ello dejaría de resultar
igual de necesario para calentar el hombre interior. Tenemos que proteger el bosque, no
sólo para evitar que se enfríe la estufa en invierno, sino para que el pulso del pueblo
siga latiendo caliente, alegre y vital, para que Alemania siga siendo alemana». En buena
lógica, esta deconstrucción de la primacía de los intereses individuales se cierra con
una reivindicación clara e inequívoca del derecho de los árboles y de las rocas:
«Durante siglos nos han ido hinchando la cabeza con la idea de que el progreso era
defender el derecho de las tierras cultivadas. Pero hoy en día, es un progreso
reivindicar los derechos de la naturaleza salvaje junto al de los campos. ¡Y no sólo los
de los terrenos arbolados, sino también los de las dunas de arena, de las marismas, de
las garrigas, de los arrecifes y de los glaciares!».
La
crítica del antropocentrismo y la reivindicación de los derechos de la naturaleza
Están
especialmente presentes en la ley más importante, la que se refiere a la protección del
reino animal, «esa alma viva de la campiña», según la formulación de Göring. Nos
topamos, bajo la pluma de los redactores principales, Giese y Kahler, con un dilatado y
minucioso análisis de las innovaciones radicales propias de la Tierschutzgesetz nacionalsocialista por oposición
a todas las legislaciones anteriores, extranjeras o no, dedicadas a la misma cuestión.
Pero, por confesión propia, esta originalidad se debe a que, por primera vez en la
historia, el animal está protegido como ser natural, por si mismo, y no en relación con los hombres. Toda
una tradición humanista, hasta tal vez humanitarista, defendía la idea de que, por
supuesto, había que prohibir la crueldad para con los animales, pero más porque
expresaba una mala disposición de la naturaleza humana -tal vez incluso porque corría el
peligro de incitar a los seres humanos a la violencia-, que porque atentara contra los
animales en cuanto tales. Como ya hemos visto, en este espíritu la Ley Grammont prohibía
en Francia, desde mediados del siglo XIX, el espectáculo público de la crueldad hacia los animales domésticos (tauromaquias, peleas de gallos,
etc.).
Pero
si comparamos la Tierschutzgesetz con las que
entran en vigor en los demás países de Europa a finales de los años veinte, es
manifiesto, en efecto, que destaca por su voluntad expresa de acabar con el
antropocentrismo (11). Hay que citar aquí la letra de los textos, que son de una
precisión ejemplar:
«...
el pueblo alemán posee desde siempre un gran amor por los animales y siempre ha sido
consciente de las elevadas obligaciones éticas que tenemos para con ellos. Aun así,
sólo gracias a la Dirección Nacionalsocialista el deseo, compartido por círculos muy
amplios, de una mejora de las disposiciones jurídicas respecto a la protección de los
animales, el deseo de la promulgación de una ley específica que reconozca el derecho que poseen los animales en cuanto tales a ser protegidos
por sí mismos (um ihrer selbst Willen) ha sido
llevado a la práctica».
Dos
son los indicios que, dominando toda la inspiración de esta nueva legislación, ponen de
manifiesto su carácter no antropocéntrico. Según los redactores de la ley (y, salvo
excepciones, entre las que se cuenta la de Bélgica, tienen razón), en todas las demás
legislaciones, incluidas las alemanas anteriores al nacionalsocialismo, para que la
crueldad hacia los animales fuera castigada era necesario que fuera pública y dirigida contra animales domésticos. Por consiguiente, los
textos jurídicos no constituían «una amenaza de castigo que sirviera para la
protección de los animales en sí mismos con el fin de preservarlos por adelantado de los
actos de crueldad y de los malos tratos», sino que estaban dirigidos en realidad a «la
protección de la sensibilidad humana frente al penoso sentimiento de tener que participar
en una acción cruel en contra de los animales». De lo que se trata ahora es de reprimir
la crueldad como tal, y no debido a sus efectos indirectos sobre la sensibilidad de
los hombres». El legislador insiste una y otra vez: «La crueldad ya no es castigada partiendo de la idea
de que habría que proteger la sensibilidad de los hombres del espectáculo de la crueldad
contra los animales, el interés de los hombres ya no es en este caso el trasfondo del asunto, sino que se
reconoce que el animal debe ser protegido en
cuanto tal (wegen seiner selbst)». Los
actos de crueldad cometidos en privado serán, a partir de ahora, tan reprensibles como
los demás.
Dentro
del mismo espíritu, (12) es necesario superar la oposición, también de inspiración
antropocentrista, entre animales salvajes y animales domésticos, con lo que la
legislación nacionalsocialista anticipa
de forma innovadora las exigencias más radicales del antiespecismo contemporáneo. Ese es
el objeto del párrafo primero de la ley que «vale
para todos los animales. Por
"animal", en el sentido que lo entiende la presente ley, se comprenderán todos
los seres vivos designados como tales tanto por
el lenguaje corriente como por las ciencias de la naturaleza. Así pues, desde el punto de
vista penal, no se hará ninguna diferencia entre
animales domésticos y otros tipos de animales, ni
entre animales inferiores y superiores, como tampoco entre animales útiles y nocivos para el hombre». Con
lo que, con este texto que podrían firmar y rubricar con ambas manos nuestros deep ecologists, nos encontramos en el polo
opuesto de la Ley Grammont.
Sin
entrar en los pormenores de esta ley, hay que añadir que examina con sumo cuidado todas
las cuestiones decisivas que hoy discuten los defensores del derecho de los animales:
desde la prohibición de cebar las ocas, hasta la vivisección sin anestesia. En todo ello
parece «adelantarse» en cincuenta años (e incluso más) a su época.
Asimismo
la Tierschutzgesetz llama la atención en dos
puntos en los que se muestra particularmente prolija y minuciosa, en los que parece
indicar que el amor por los animales no implica el de los hombres: un capítulo entero
está dedicado a la barbarie judía que se sigue en la matanza ritual, a partir de aquel
momento prohibida. Otro dedica páginas inspiradas a las condiciones de alimentación, de
descanso, de ventilación, etc., en las que a partir de entonces resulta conveniente, gracias a las
ventajas de la revolución nacional en curso, organizar el transporte de animales por
ferrocarril...
El
odio al liberalismo: el paraíso perdido y el ocaso de Occidente
El
tema de la «caída», de la «decadencia» está omnipresente en estas leyes. A la
naturaleza original y auténtica se opone la barbarie destructora inherente a la economía
liberal moderna. Eso es lo que de entrada subraya, con términos significativos, el
preámbulo de la Reichsnaturschutzgesetz del 26
de junio de 1935, retomando así la visión romántica de una historia en tres
movimientos: edad de oro, caída y restauración:
«Hoy
como antaño, la naturaleza, en los bosques y en los campos, es objeto del fervor
nostálgico (Sehnsucht), de la alegría y
asimismo el medio de regeneración del pueblo alemán.
»Nuestra
campiña nacional (heimatliche Landschaft) ha
sido profundamente modificada en relación con las épocas originales, su flora ha sido
alterada de múltiples maneras por la industria agrícola y forestal así como por la
concentración parcelaria unilateral y el monocultivo de las coníferas. Al mismo tiempo
que su hábitat natural iba reduciéndose, la fauna diversificada que vivificaba los
bosques y los campos ha ido menguando.
»Esta
evolución se debía con frecuencia a necesidades económicas. Hoy en día, ha surgido una
conciencia clara de los daños intelectuales, pero también económicos de semejante
trastocamiento de la campiña alemana.
»Antes,
los emplazamientos de los "monumentos nacionales" nacidos con el cambio de siglo
sólo podían dotarse de medidas de protección a medias porque no se contaba con las
condiciones políticas e intelectuales (weltanchauliche
Voraussetzungen) esenciales. Únicamente la metamorfosis del hombre alemán iba a
poder crear las condiciones previas de una protección eficaz de la naturaleza.
»El
Gobierno alemán del Reich considera su deber garantizar a nuestros compatriotas, incluso
a los más pobres, su parte de belleza natural alemana. Así pues, ha promulgado la ley
del Reich con el fin de proteger la naturaleza
. ».
Mucho
habría que decir respecto a este texto. Su lectura trasluce en primer lugar esa
confusión romántica de lo cultural y lo natural que es la única que permite dar un
sentido a la idea de una «belleza natural alemana», o también a la de «monumentos
naturales» (Naturdenkmale) que el párrafo 3º de la ley tendrá que definir en unos
términos que recuerdan el proyecto, tan importante para la ecología profunda, de
instituir unos parajes silvestres en sujetos de derecho: «Los monumentos naturales, tal
como los entiende esta ley, son creaciones originales de la naturaleza cuya preservación
resulta de un interés público motivado por su importancia y su significación
científica, histórica, patriótica, folclórica o demás -se trata por ejemplo de las
rocas, de las cascadas, de los accidentes geológicos, de los árboles raros...-». Así
pues, la ley prevé la creación de «zonas naturales protegidas» (artículo 4º).
Pero
sobre todo comprobamos que el régimen nacionalsocialista, contrariamente a una tenaz leyenda, no sólo se
orientó hacia la técnica moderna, sino, por lo menos en la misma medida, también fue
hostil a lo que actualmente llamaríamos la «modernización» económica, percibido como
destructora de los caracteres étnicos particulares así como de la naturaleza original.
En esta perspectiva asistimos a un auténtico «elogio de la diferencia», a una
rehabilitación de la diversidad en contra de la unidimensionalidad del mundo liberal.
Pues la ideología que subyace en el liberalismo, así lo recuerda Schoenichen en el
contexto de su defensa e ilustración de la ley de 1935, se caracteriza por «la
influencia niveladora de la cultura general y de la urbanización que reprimen cada vez
más la esencia propia y original de la nación, mientras que la racionalización de la
economía hace que paulatinamente vaya desapareciendo la especificidad original de los
paisajes»" (13). Así pues, según un tema que recuperarán tanto la revolución
conservadora como el izquierdismo de los años sesenta, tanto Heidegger como Marcuse,
Alain de Benoist como Félix Guattari, hay que aprender a resingularizar, a rediferenciar
a los grupos y los individuos en oposición al amplio movimiento de indiferenciación (de
«americanización») que representa la dinámica central del Capitalismo mundial. En su
versión nacionalsocialista, este tema antiliberal se expresa mediante la idea de que tras
los dos primeros movimientos de la historia, el de la edad de oro y el de la caída, sólo
la producción de un hombre nuevo (die Umgestaltung
des deutschen Menschen) abrirá el camino hacia el fin de la historia, es decir, hacia
esa redención que permitirá enlazar con el origen perdido. Por mucho que hoy en día
pueda parecer paradójico, era perfectamente lógico que las legislaciones sobre la
protección de la naturaleza se prolonguen en un tercermundismo respetuoso con la
pluralidad (la «riqueza y la diversidad») de las diferencias étnicas.
El
tercermundismo y el elogio de la diferencia
Tan
sólo la ignorancia y el prejuicio nos impiden comprenderlo: el nacionalsocialismo contiene, por unas razones que no tienen nada de
contingentes, las primicias de un auténtico afán por preservar los «pueblos
naturales», es decir, una vez más, «originales». El capítulo que Walther Schoenichen
dedica en su libro a este tema carece de palabras suficientemente duras para estigmatizar
la actitud del «hombre blanco, ese gran destructor de la creación»: sólo ha sido capaz
de abrirse, en el paraíso que él mismo ha perdido, un camino hecho «¡de epidemias, de
robos, de incendios, de sangre y de lágrimas!»: (14) «De hecho, la esclavitud de los
pueblos primitivos en la historia "cultural" de la raza blanca constituye uno de
sus capítulos más vergonzosos, no sólo surcado por ríos de sangre, sino de crueldades
y de torturas de la peor especie. Más aún, sus últimas páginas no se escribieron en
tiempos remotos, sino en los albores del siglo XX». Y Schoenichen hace inventario, con
gran minuciosidad por cierto, la lista de los diversos genocidios que han jalonado la
historia de la colonización, desde el exterminio de los indios de América del Sur hasta
el de los siux, que «fueron reprimidos en condiciones inconcebibles de crueldad e
infamia», pasando por el de los bushmen de Sudáfrica. El caso de estos últimos resulta
particularmente significativo de los desmanes y abusos del capitalismo liberal: fueron
exterminados porque carecían del sentido de la propiedad. Como la caza había
desaparecido en sus comarcas, ese pueblo de cazadores se vio abocado a «robar» las
cabras de los colonos. Hay que poner entre comillas la palabra «robar», pues los bushmen lo ignoraban todo acerca de la propiedad
privada. Y como los metían en la cárcel sin que llegaran a tener el menor atisbo de lo
que les estaba ocurriendo, se dejaban morir de inanición: «De este modo desapareció
ante nosotros un pueblo interesante, sencillamente porque una política exógena impuesta
a los indígenas se negó a comprender que aquellos hombres no podían abandonar de la
noche a la mañana sus vidas de cazadores para convertirse en agricultores ... ».
Esta
requisitoria, redactada en 1942 por un biólogo que contempla la Naturschuzgesetz como un medio de atajar estos
desmanes (¿acaso no protege la ley todas las formas de vida salvaje?), no carece de
interés. Va dirigida contra un objetivo claro: el liberalismo y, mas particularmente
aún, el republicanismo a la francesa. Pero también apunta a un objetivo positivo:
defender los derechos de la naturaleza bajo todas sus formas, humanas y no humanas,
siempre y cuando sean representativas de una originalidad
(Ursprünglichkeit). En la primera vertiente, los ataques de Schoenichen están
absolutamente claros. Ponen en tela de juicio la avidez del capitalismo. Pues en el
contexto de otra visión del mundo, «habría sido perfectamente posible encontrar un
compromiso razonable entre las pretensiones de los conquistadores y las necesidades
vitales de los primitivos. En la visión del mundo liberal recae en primera instancia la
culpa de haber obstaculizado una solución de esta índole. Ya que no reconoce ningún
móvil al margen de la rentabilidad económica que había convertido en principio la
explotación de las colonias únicamente en beneficio de la madre patria». Lo que, por
supuesto, le brinda la ocasión de fustigar la teoría francesa de la asimilación, puesto
que, según Schoenichen, «está sacada directamente de los principios de la Declaración
de los derechos del hombre de 1789». De este modo, «la antigua teoría liberal de la
explotación siempre ha constituido el trasfondo de la política colonial francesa, de
forma que no había cabida posible para un tratamiento de los primitivos que fuera en la
dirección de un pensamiento protector de la naturaleza».
En
contra de esta visión «asimilacionista» del estado salvaje, la política nacionalsocialista preconiza un auténtico reconocimiento de las
diferencias: «Para la política natural del nacionalsocialismo, el camino a seguir está
muy claro. La política de represión y de exterminación tal y como América o Australia
nos proporcionan en sus principios el ejemplo están tan fuera de lugar como la teoría
francesa de la asimilación. Tan sólo interesa un florecimiento de los naturales que sea
conforme con su origen racial propio». Así pues, en todas sus variantes, hay que dejar
que los indígenas se desarrollen por sí mismos. Un único consejo al respecto, evidente
según Schoenichen «desde una visión del mundo nacionalsocialista»: se prohíben los
matrimonios mixtos, precisamente porque implican la desaparición de las diferencias y la
uniformización del género humano. Hoy como ayer, la extrema derecha no dejará de
fustigar el mestizaje bajo cualquiera de sus formas, asignando a la ecología la tarea de
«la defensa de la identidad», es decir «la preservación del entorno étnico, cultural
y natural» de los pueblos -empezando, por descontado, por el suyo propio-: «¿Para qué
luchar por la preservación de las especies animales y aceptar, al mismo tiempo, la
desaparición de las razas humanas a través de un mestizaje generalizado?» (15).
Efectivamente...
Al
igual que la estética del sentimiento y la ecología profunda, que también rehabilitan a
los pueblos salvajes, montañeros o amerindios, la concepción nacionalsocialista de la
ecología concede una gran importancia a que los Naturvólker,
los «pueblos naturales», alcancen una perfecta armonía entre el medio ambiente y
las costumbres. Eso aporta precisamente el indicio más seguro de su superioridad sobre el
mundo liberal del desarraigo y la movilidad perpetua. Su cultura, semejante al modo de
vida de los animales, no es más que la prolongación de la naturaleza, y esta
reconciliación ideal es lo que la modernidad heredera de la Revolución francesa ha
destruido y debe por fin tratarse de restaurar.
De
la naturaleza como rasgo cultural y de la cultura como rasgo natural
Hay
que restituir, pues, la unidad de la naturaleza en la vida y nación alemana, ya que cada
término ha de pasar a su opuesto para hallar su verdad en él, de acuerdo con un tema
romántico que se niega a separar, como a ello inducía el pensamiento de la Ilustración,
lo cultural de lo natural. Los autores de la ley de caza del 3 de julio de 1934 no omiten
precisarlo en su introducción: «El desarrollo bisecular del derecho alemán de la caza
ha llegado a un desenlace de una importancia capital para el pueblo y el Reich alemanes. Esta ley no sólo ha permitido
superar el estado de dispersión que se reflejaba hasta entonces en veinte leyes
regionales diferentes y alcanzar así la unidad jurídica, sino que también se ha
impuesto la tarea de conservación de la caza (des
Wildes) por cuanto constituye uno de nuestros bienes culturales más valiosos, así
como de la educación del pueblo pensando en el amor y la comprensión hacia la naturaleza
y de sus criaturas». La naturaleza salvaje (das
Wilde) se define como un «bien cultural» de Alemania, no como algo anterior a
cualquier civilización. Recíprocamente, el amor por la naturaleza, rasgo cultural por
antonomasia, se presenta como arraigado desde tiempos inmemoriales en la constitución
biológica propia de la germanidad:
«El
amor hacia la naturaleza y sus criaturas y el placer de la caza en el bosque y los campos
está arraigado en lo más profundo del pueblo alemán. Así, el noble arte de la
montería alemana se ha ido desarrollando en el decurso de los siglos adosado a una
tradición germánica inmemorial. Hay que preservar eternamente para el pueblo alemán el
arte de cazar y la caza como bienes muy valiosos para el pueblo. Hay que hacer más
profundo el amor del alemán por su terruño nacional, fortalecer su fuerza vital y
facilitarle el descanso al cabo de la jornada de trabajo».
Pesca,
caza y tradición, en suma... Precisemos de inmediato que el propósito de la ley no sólo
consiste en aportar la unidad jurídica de lo cultural y de lo natural, sino también en
situarla en el marco de una auténtica reflexión ecológica. Por lo tanto, hay que
limitar el derecho de caza de forma que se corresponda con las exigencias bien asumidas de
una preservación del entorno natural. La ley de 1934 es sin duda la primera que redefine
el papel del cazador en términos modernos, según una consideración destinada a una
prolongada posteridad, pasa de mero predador a ser uno de los artífices principales de la
protección del entorno, incluso de una restauración de la diversidad original,
incesantemente amenazada por la uniformización moderna:
«El
deber de un cazador digno de este nombre no consiste sólo en dar caza a la presa, sino
también en mantenerla y cuidarla para que se produzca y se preserve una situación de la
presa más sana, más fuerte y más diversificada en lo que a las especies se refiere».
La
sección sexta de la ley está dedicada a la disposición de las limitaciones del derecho
a cazar, limitaciones que no sólo dependen de las exigencias de la seguridad, del orden
público, o incluso de la necesaria protección del paisaje, sino también del imperativo
«de evitar la crueldad para con los animales». En nombre de este propósito muy valioso
para el propio Hitler, determina dos tipos de caza que utilizan trampas dolorosas y quedan
prohibidos. La Reichsjagdgesetz constituye así
la pieza maestra del dispositivo ecologista nacionalsocialista: con ella el hombre se
considera, no ya dueño y poseedor de una naturaleza humanizada y cultivada por sus
desvelos, sino responsable de un estado salvaje
originario dotado de derechos intrínsecos cuyas riqueza y diversidad ha de preservar
eternamente.
Notas:
1- Das deutsche Tierschutzgesetz, Berlín, Dincker
y Humbolt, 1939.
2-
En particular de la Bund Deutscher Heimatschutz fundada
en 1904 por el biólogo Ernst Rudorff y de la Staatliche
Stelle für Naturdenkmalpflege in Preussen creada
en Berlín en 1906. Sobre estas asociaciones, y, más generalmente, sobre los movimientos
de protección de la naturaleza bajo el régimen nacionalsocialista, hay que leer los estudios de
Walther Schoenichen. Nacionalsocialista convencido, titular de la cátedra de protección
de la Naturaleza en la universidad de Berlín, redactará hasta finales de la década de
los cincuenta una serie de obras sobre la misión de Alemania en la materia, entre la
cuales dos ensayos sobre las ventajas del régimen de Hitler: Naturschutz im dritten Reich, Berlín, 1934, y Naturschutz als völlkische und internationale
Kulturaufgabe, Jena, 1942, que constituyen sin duda los mejores comentarios que quepa
leer sobre la significación de la ecología nacionalsocialista en opinión de aquellos que
participaron en su elaboración. Incluyen particularmente una contextualización de las
legislaciones en relación con la historia intelectual del romanticismo alemán.
3-
La escuela de Marburgo, pero también la fenomenología de Husserl podrían servir aquí
de referencias. Con la noción de «transcendencia» o de «ek-sistencia», como propia
del Dasein, Heidegger a su vez también se
inscribió en esta tradición, razón por la cual, dicho sea de paso, su adhesión al Nacionalsocialismo, aunque
profunda y duradera, sólo fue parcial y jamás
se refirió al lado «biológico» y vitalista de la ideología. Que muchos discípulos de
Heidegger traten hoy de erradicar este pensamiento de «lo propio del hombre», de la
autenticidad, a través de la cual Heidegger sigue todavía perteneciendo (un poco) a la
tradición del humanismo, es un signo de los tiempos que no augura nada bueno.
4- Naturschutz als völskische und internationale
Kulturaufgabe, pág. 45.
5- Op. cit., pág. 46.
6-
He analizado en otro lugar, en Homo Aestheticus (Grasset,
París, 1990), los términos de este conflicto.
7- Jean-Philippe Rameau. Splendeur et naufrage de I'esthétique du plaisir a l'âge classique, Minerve, París,
1983.
8-
Véase al respecto la hermosa introducción de Robert Legros al diario de viaje del joven
Hegel por los Alpes (Éditions Jérame Millon, 1988). Recupero aquí una de sus tesis
fundamentales.
9-
Robert Legros ha descrito a la perfección el nacimiento de esta nueva sensibilidad,
rupturista con el clasicismo francés: «Esta naturaleza es la de los orígenes. Es
"original" en el sentido de que todavía no ha sido domada, organizada,
disciplinada, sometida. Sólo es pureza, inocencia, eclosión, impulso, frescor,
espontaneidad... Y de esta naturaleza "original", a la vez virgen y prolífica,
la montaña nos ofrece la imagen. La efervescencia de las flores y el desbordamiento de
los torrentes, el juego de las cascadas y las hierbas silvestres, la pureza del aire y el
frescor de los bosques, ésa es la naturaleza verdadera, la que todavía no ha sido
desnaturalizada... No sólo se manifiesta en el paisaje alpino, sino también en las
costumbres de los montañeros. Como viven en armonía con la naturaleza original, los
habitantes de los Alpes están ellos mismos impregnados de un espíritu
"natural", entendámonos: no están corrompidos por la civilización, deformados
por lo artificial... A través del ideal de una naturaleza originalmente pura y generosa
toma cuerpo el mito de una edad de oro en el seno de las montañas», op. cit., pág. 20.
10-
Alfred Báumler dedicó un capítulo a esta especificidad alemana de la estética del
sentimiento por oposición al carácter francés del clasicismo en su obra Das Irrationalitätsproblem in der Logik und Aesthetik
des achtzehnten Jahrhunderts, reeditado en Darmstadt por la Wissenschaftliche
Buchgesellschaft.
11-
Sólo la legislación belga del 22 de marzo de 1929 puede resultar comparable, pero la
propia Inglaterra, por no hablar de los países del Sur de Europa, no sanciona la crueldad
hacia los animales salvajes.
12-
Obsérvese, no obstante, que los redactores de la ley se negaron a considerar a los
animales como personas jurídicas de mismo rango que el ciudadano alemán. Pero resulta
significativo que se aluda a la cuestión y se la discuta explícitamente, y que la
respuesta negativa que haya que darle no se desprenda de la idea que los animales
carecerían de derechos en cuanto tales.
13-
Op. cit., pág. 21.
14-
Idem, pág. 411.
15-
Bruno Mégret, intervención en el coloquio organizado por el Front National sur
I'Écologie, el 2 de noviembre de 1991.