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HOMBRE Y CULTURA CONTRA NATURALEZA

Guy de Maertelaere

 

Según el filósofo alemán Ludwig Klages y el iconoclasta angloindio UG Krishnamurti, la condición existencial del Universo es una lucha atávica entre la vida, la naturaleza, el cuerpo, los sentidos, por un lado, y el espíritu, la cultura, el pensamiento y el psiquismo por el otro. La vida, en sí, no necesita del pensamiento, excepto quizás como herramienta. Es en este sentido que David Hume dijo que la razón es esclava de la pasión, en cuanto que le es secundaria. La vida racional es una verdadera anomalía en el conjunto sistémico de “lo vivo”, conjunto que posee sus propias leyes y su propio equilibrio espontáneo, así como sus propios propósitos.

 

Toda planta individual, todo animal y todo ser humano, desde un punto de vista estrictamente natural, es un artificio, un canal de auto-experimentación de sí mismo. Cuando yo oigo, veo o degusto, cuando las gentes luchan o hacen el amor, cuando los seres individuales nacen o mueren, todo ello, con todas las sensaciones en que se envuelve, puede considerarse como una mirada natural en el propio espejo donde la naturaleza se mira a sí misma; si lográsemos apartar este concepto del psicoanálisis entonces podríamos decir que es a través de las sensaciones como la naturaleza tiene conciencia de su propia conciencia. Nuestro status  como individuos en el proceso natural puede ser comparado al status de las hojas en un árbol gigantesco, o más bien como las células del gran organismo cósmico.

A este punto, Klages asumió un paso que al que nunca llegó Krisnamurti, que no es otro que el rechazo, basado en la argumentación precedente, de toda forma de individualismo y de liberalismo, y en primer lugar de sus corrientes políticas extremas: el anarquismo libertario.

Toda hoja del árbol y toda célula del organismo es necesaria al árbol y al organismo, luego, en el correspondiente salto de nivel sistémico, todo individuo es importante al cómputo social, pero toda exaltación del individuo entendido como realidad autónoma, átomo aislado, “mónada” o absoluto político y metafísico, en derecho a percibirse como único sujeto viendo en su exterioridad nada más que simples objetos, en entendida por Klages como falsa, como disfunción sistémica. También la “libertad” del individuo es así una disfunción sistémica, pues Klages explica que un tumor cancerígeno puede explicarse simbólicamente como un acto de “libertad” de la célula respecto a la “opresión” sistémica del organismo.

Filosóficamente hablando, la libertad del individuo es cuestionable en el ámbito paralelo como es cuestionable la libertad de la hoja o de la célula. De hecho, los organismos dinámicos se dotan de mecanismos de defensa frente a las células individuales que, “libertaria” o “anárquicamente”, deciden su “autonomía”. Para Klages, extrapolando tales ideas, toda la situación social contemporánea se asemeja a un cáncer planetario, donde los individuos se niegan a desarrollar su rol como parte del proceso tanto social como natural, arrojándose a la persecución de sus “propios fines”. El resultado lógico es la destrucción de los sistemas natural y social, sistemas que no pueden ser reemplazados sino por paraísos artificiales abstractos, ilusorios. Es por tanto normal que las estadísticas reflejen cada vez en mayores proporciones casos de suicidio, drogadicción, crimen, desajustes psicosomáticos y neurosis, pues las células individuales no pueden otorgarse de “sentido” al margen de su inserción en el organismo del cual forman parte. Si las células cancerígenas logran destruir al individuo, ellas también mueren.


Para encontrar la causa de este resultado negativo, es necesario volver a la segunda parte de nuestra original dicotomía: razón, pensamiento, espíritu y cultura. La Razón, cuando aceptas sus límites, es una útil herramienta del proceso de la vida, especialmente en sentido negativo, es decir, protegiéndonos de los peligros que amenazan a la propia vida. La razón deja de ocupar su rol natural en el momento en que pretende usar la vida para sus propios propósitos, en un vuelco de jerarquía “subversiva”.


Klages proponía como explicación el siempre recurrido experimento de la “concentración”: trate el lector den fijar la atención en un único fenómeno, por ejemplo el movimiento del segundero de un reloj de pared, pero evitando toda impresión, todo comentario mental, toda asociación o juicio que esa atención lleve aparejada. El no iniciado en la rutina no lo conseguirá sino por breves segundos, pues el pensamiento no aceptará está subordinación y se rebelará a la manera de un “golpe de estado” interior. En la realidad de la vida cotidiana, las cosas que vemos, oímos y tocamos, son usadas a intervalos regulares por el pensamiento como material de construcción de sí mismo. Un mundo puramente mental, “intelectual”, se diferencia poco de un mundo de sueños, y el mundo de los sueños, como cualquier otro parásito, no puede vivir al margen del mundo real. Esto fue entendido por sistemas como el vedanta, donde se subraya que el mundo “tal como lo percibimos” no es sino un sueño, “maya”, es decir, ilusión. No se quiere decir que el mundo no exista, sino que realmente no existe tal y como lo percibimos; el mundo está ahí, pero “nuestro” mundo es diferente, tan parecido con el mundo real como un mapa se asemeja al territorio que describe: un conjunto de sensaciones, imágenes, interpretaciones y alguna fantasía que son útiles para la interrelación del “yo” con el conjunto del mundo real vivo.

Pero cuando el mundo de la naturaleza es parasitado por el mundo de la cultura y la civilización, el hombre de la “tecnosfera” no es entonces sino un predador que no encuentra lugar en el todo orgánico, y es entonces que la crisis ecológica deviene necesaria.

Hay un error sustancial en la ideología de los “derechos del hombre”, entendida sin reciprocidad de deberes, cuya consecuencia inevitable ha de ser del hábitat primero natural y después, por agregación, también del propio humano. El hombre moderno es descrito por Klages como un “idiota lúcido”, siempre imaginando “soluciones apresuradas” para los problemas que él mismo crea, pero incapaz de asumir las causas: su relación con los otros seres que componen el misterio de la vida.
Como resultado, el hombre moderno –a pesar de su progreso, su tecnología, su civilización y su cultura, o quizás precisamente por ello- acumula una serie de disfunciones que no encuentran soluciones reales. No es común, al andar por las calles, ver caras sonrientes, rejadas, indicadoras de la felicidad del progreso. Las gentes comunes de la civilización urbana, al cumplir los 60 o 65 años suelen retirarse de toda vida pública, refugiándose en una re-creación de los tiempos felices (la “segunda infancia”), lo cual no es sino un indicativo del sentido de vacuidad de la vida, y una crítica no asumida del proceso de civilización.

Klages jugaba con el supuesto que un día la Naturaleza se sienta arañada y murmure: “Estos humanos ya me son molestos, y habrá que poner fin a la molestia”, lo cual a fin y a cuentas, sería un hecho natural.