EL ANTICRISTO
Friedrich Nietzsche
Prólogo
Inversión de todos los valores
Fragmento
Este libro está hecho para muy pocos lectores. Puede que
no viva aún ninguno de ellos. Esos podrán ser los que comprendan mi Zaratustra; ¿acaso
tengo yo derecho a confundirme con aquellos a quienes hoy se presta atención? Lo que a
mí me pertenece es el pasado mañana. Algunos hombres nacen póstumos.
Las condiciones requeridas para comprender y para comprenderme luego con necesidad, las
conozco demasiado bien. Hay que ser probo hasta la dureza en las cosas del espíritu para
poder soportar sólo mi seriedad y mi pasión. Hay que estar acostumbrado a vivir en las
montañas, y ver a nuestros pies la miserable locuacidad política y el egoísmo de los
pueblos que la época desarrolla. Hay que hacerse indiferente; no debe preguntarse si la
verdad favorece o perjudica al hombre... Hay que tener una fuerza de predilección para
las cuestiones que ahora espantan a todos; poseer el valor de las cosas prohibidas, es
preciso estar predestinado al laberinto. De esas soledades hay que hacer una experiencia.
Tener nuevos oídos para una nueva música: nuevos ojos para las cosas más lejanas; nueva
conciencia para verdades hasta ahora mudas, y la voluntad de la economía en grande
estilo; conservar las propias fuerzas y el propio entusiasmo... hay que respetarse a si
mismo, amarse a sí mismo; absoluta libertad para consigo mismo...
Ahora bien; sólo los forjados así son mis lectores, mis lectores predestinados; ¿qué
me importan los demás? Los demás son simplemente la humanidad. Se debe ser superior a la
humanidad por la fuerza, por el temple , por el desprecio
FRIEDRICH NIETZSCHE
1
Mirémonos de frente. Somos hiperbóreos, y sabemos bastante bien cuán aparte vivimos. "Ni por tierra ni por mar encontrarás el camino que conduce a los hiperbóreos." Píndaro ya sabía esto de nosotros. Más allá del septentrión, de los hielos, de la muerte, se encuentra nuestra vida, nuestra felicidad... Nosotros hemos descubierto la felicidad, conocemos el camino, hallamos la salida de muchos milenios de laberinto. ¿Quién más la encontró? ¿Acaso el hombre moderno? "Yo no sé ni salir ni entrar; yo soy todo lo que no sabe ni salir ni entrar" así suspira el hombre moderno... Estábamos aquejados de esta modernidad, de una paz pútrida, de un compromiso perezoso, de toda la virtuosidad impura del sí y del no modernos. Semejante tolerancia y amplitud de corazón, que lo perdona todo porque lo comprende todo, es para nosotros viento de sirocco. Vale más vivir entre los hielos que entre las virtudes modernas y otros vientos meridionales... Fuimos bastante valerosos: no tuvimos clemencia ni para nosotros ni para los demás; pero por largo tiempo no sabíamos dónde nos conduciría nuestro valor. Nos volvimos sombríos, nos llamaron fatalistas. Nuestro fatum era la plenitud, la tensión, la hipertrofia de las fuerzas. Teníamos sed de rayos y de hechos; estábamos muy lejos de la felicidad de los débiles, de la abnegación... En nuestra atmósfera soplaba un huracán; nuestra naturaleza se oscurecía porque no hallábamos ninguna vía. Ésta es la fórmula de nuestra felicidad: un sí, un no, una línea recta, una meta...
2
¿Qué es lo bueno? Todo lo que eleva en el hombre el
sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo.
¿Qué es lo malo? Todo lo que proviene de la debilidad.
¿Qué es la felicidad? El sentimiento de lo que acrece el poder; el sentimiento de haber
superado una resistencia.
No contento, sino mayor poderío; no paz en general, sino guerra: no virtud, sino
habilidad (virtud en el estilo del Renacimiento, virtud libre de moralina).
Los débiles y los fracasados deben perecer; ésta es la primera proposición de nuestro
amor a los hombres. Y hay que ayudarlos a perecer.
¿Qué es lo más perjudicial que cualquier vicio? La acción compasiva hacia todos los
fracasados y los débiles: el cristianismo.
3
El problema que presento aquí no consiste en aquello que la humanidad debe realizar en la serie de las criaturas (el hombre es un fin), sino en el de tipo de hombre que se debe educar, que se debe querer como el de mayor valor, como más digno de vivir, como más seguro del porvenir. Este tipo altamente apreciable ha existido ya muy a menudo; pero como un caso afortunado, como una emoción, no fue nunca querido. Quizás, por el contrarío, fue querido, cultivado, obtenido, el tipo opuesto: el animal doméstico, el animal de rebaño, aquel animal enfermo que se llama hombre: el cristiano...
4
La humanidad no representa una evolución hacia algo mejor y más fuerte o más alto, como hoy se cree. El progreso no es más que una idea moderna; esto es, una idea falsa. El europeo de hoy está muy por debajo del europeo del Renacimiento; un desarrollo sucesivo no es absolutamente, con cualquier necesidad, elevación, ni incremento, ni refuerzo. En otro sentido, se verifica continuamente el logro de casos singulares en los diversos puntos de la tierra y de las más diversas culturas, con las cuales se representa en realidad un tipo superior: una cosa que, en relación con el conjunto de la humanidad, es un superhombre. Semejantes casos afortunados de gran éxito fueron siempre posibles, y acaso serán aún siempre posibles. También generaciones enteras, razas, pueblos, pueden en ciertas circunstancias constituir un efecto afortunado de esta especie.
5
No se debe adornar y acicalar el cristianismo; hizo una guerra mortal a este tipo superior
de hombre; desterró todos los instintos fundamentales de este tipo, de estos instintos
extrajo y destiló el mal el hombre malo; consideró al hombre fuerte como lo típicamente
reprobable, como el réprobo.
El cristianismo tomó partido por todo lo que es débil, humilde, fracasado; hizo un ideal
de la contradicción a los instintos de conservación de la vida fuerte, estropeó la
razón misma de los temperamentos espiritualmente más fuertes, enseñó a considerar
pecaminosos, extraviados, tentadores, los supremos valores de la intelectualidad. El
ejemplo más lamentable es éste: la ruina de Pascal, que creyó que su razón estaba
corrompida por el pecado original, cuando sólo estaba corrompida por su cristianismo.
6
A mis ojos se ha ofrecido un espectáculo doloroso, pavoroso; yo descorrí el velo que
ocultaba la perversión del hombre. En mi boca, semejante palabra está por lo menos libre
de una sospecha, de la sospecha de contener una acusación moral contra el hombre. Ha
sido, pensada por mí - querría destacar esto una vez más, libre de moralina; y esto
hasta el punto de que tal perversión es considerada por mí precisamente allí donde
hasta ahora se aspiraba más conscientemente a la virtud, a la divinidad. Yo (y esto se
adivina) entiendo la perversión en el sentido de decadencia; sostengo que todos los
valores en que hoy la humanidad sintetiza sus más altos deseos son valores de decadencia.
Considero pervertido a un animal, a una especie, a un individuo, cuando pierde sus
instintos, cuando escoge y predica lo nocivo. Una historia de los sen-timientos
superiores, de los ideales de la humani-dad- y es posible que yo la escriba-, sería tal
vez la explicación de por qué el hombre se ha pervertido de este modo. Para mi, la misma
vida es instinto de crecimiento, de duración, de acumulación de fuerzas, de poder: donde
falta la voluntad de poderío, hay decadencia. Sostengo que a todos los supremos valores
de la humanidad les falta esta voluntad; que los valores de decadencia, los valores
nihilistas, dominan bajo los nombres más sagrados.
7 LA RELIGIÓN DE LA COMPASIÓN SE LLAMA CRISTIANISMO.
La compasión está en contradicción con las emociones tónicas que ele-van la energía del sentimiento vital, produce un efecto depresivo. Con la compasión crece y se mul-tiplica la pérdida de fuerzas que en sí el sufrimiento aporta ya a la vida. Hasta el sufrimiento se hace contagioso por la compasión; en ciertas circunstan-cias, con la compasión se puede llegar a una pérdida complexiva de vida y de energía vital, que está en una relación absurda con la importancia de la causa (el caso de la muerte del Nazareno). Éste es el pri-mer punto de vista; pero hay otro más importante. Suponiendo que se considera la compasión por el valor de las reacciones que suele provocar, su carácter peligroso para la vida aparece a una luz bas-tante más clara. La compasión dificulta en gran medida la ley de la evolución, que es la ley de la selección. Conserva lo que está pronto a perecer; combate a favor de los desheredados y de los condenados de la vida, y manteniendo en vida una cantidad de fracasados de todo linaje, da a la vida misma una aspecto hosco y enigmático. Se osó llamar virtud a la compasión (mientras que en toda moral noble es considerada como debilidad); se ha ido más allá; se ha hecho de ella la virtud, el terreno y el origen de todas las virtudes; pero esto fue cier-tamente hecho (cosa que se debe tener siempre en cuenta) desde el punto de vista de una filosofía que era nihilista, que llevaba escrita en su escudo la negación de la vida. Schopenhauer estaba con ella en su derecho; con la compasión, la vida es negada y se hace más digna de ser negada; la compasión es la práctica del nihilismo. Digámoslo otra vez: este ins-tinto depresivo y contagioso dificulta aquellos ins-tintos que tienden a la conservación y al aumento de valor de la vida: tanto en calidad de multiplicador de la miseria, cuanto en calidad de conservador de to-dos los miserables es un instrumento capital para el incremento de la decadencia; la compasión nos en-cariña con la nada... No se dice la nada; en lugar de la nada, se dice el más allá, o Dios, o la verdadera vida, o el Nirvana, la redención, la beatitud... Esta inocente retórica, que proviene del reinado de la idiosincrasia moral- religiosa, aparece de pronto bastante menos inocente si se comprende qué ten-dencia se encubre aquí bajo el manto de frases su-blimes: la tendencia hostil a la vida. Schopenhauer era hostil a la vida, por esto hizo de la compasión una virtud... Aristóteles vio en la compasión, como es sabido, un estado de ánimo morboso y peligroso, que fuera bueno tratar de cuando en cuando con un purgante; consideró la tragedia como una catarsis... En realidad, partiendo del instinto de la vida, se de-bería crear un medio para asestar un golpe a una acumulación morbosa y peligrosa de compasión, como era representada por el caso de Schopenhauer (y también por toda nuestra decadencia literaria y artística de San Petersburgo a París, de Tolstoy a Wagner); para hacerla estallar... Nada más malsano en nuestra malsana modernidad que la compasión cristiana. Ser aquí médico, ser aquí implacable, poner aquí el cuchillo, esto nos compete a nosotros, esto es nuestro modo de amar a los hombres; de este modo somos filósofos nosotros, los hiperbóreos.
8
Preciso es decir aquí quiénes son nuestros contrarios: los teólogos, y todo lo que tiene en su cuerpo sangre de teólogo, toda nuestra filosofía, es preciso haberla visto dentro de sí; se debe haber muerto por ella para no admitir más bromas en este punto (la libertad de pensamiento de nuestros in-vestigadores de la naturaleza y fisiólogos es para mi una broma; les falta la pasión en estas cosas, el ha-ber sufrido por ellas). Esta intoxicación va mucho más allá de lo que se cree; yo vuelvo a encontrar los instintos teológicos de la presunción allí donde hoy se siente la gente idealista, dondequiera que, so pre-texto de un origen elevado, se pretende el derecho de mirar la realidad con aire superior y lejano... El idealista, lo mismo que el sacerdote, tiene en su ma-no todos los grandes conceptos (y no sólo en la mano), los pone en juego, con benévolo desprecio, contra el intelecto, los sentidos, los honores, el vivir bien, la ciencia, y ve tales cosas por debajo de sí como fuerzas dañinas y seductoras, sobre las cuales el espíritu se libra existiendo puramente para sí: co-mo si la humildad, la castidad, la pobreza, en una palabra, la santidad no hubiese hasta ahora hecho a la vida un mal infinitamente mayor que cualquier vicio u otra cosa terrible... El espíritu puro es la mentira pura... Mientras el sacerdote sea considera-do como una especie superior de hombre, el sacer-dote, que es el negador, el calumniador, el envenenador de la vida por profesión, no dará res-puesta a la pregunta: ¿qué es la verdad? Ya se ha in-vertido la verdad cuando el consciente abogado de la nada y de la negación es considerado como el re-presentante de la verdad...
9
Yo declaro la guerra a este instinto de teólogos; dondequiera encontramos sus huellas. El que en su cuerpo tiene sangre de teólogo, tiene a priori una posición oblicua y deshonesta frente a las cosas. El pathos que de aquél se desarrolla se llama fe: que es un cerrar los ojos ante sí una vez para siempre, para no padecer el aspecto de una insanable falsedad. Se hace así una moral, una virtud, una santidad de esta defectuosa óptica con la que se observan todas las cosas, se confunde la buena conciencia con la falsa visión, se exige que ninguna otra cualidad óptica tenga valor en adelante, una vez que se ha hecho sa-crosanta la propia con los nombres de Dios, redención, eternidad. Yo exhumo dondequiera el instinto teológico; es la forma más difundida y realmente más subterránea de falsedad que existe en la tierra. Lo que un teólogo siente como verdadero debe ser falso: en esto hay casi un criterio de verdad. Su más profundo instinto de conservación veda que la rea-lidad sea honrada en cualquier punto o tome sim-plemente la palabra. Donde llega la influencia de los teólogos, el juicio de valor queda invertido; verda-dero y falso son necesariamente trocados; lo más nocivo a la vida, aquí es llamado "verdadero": lo que la eleva, la aumenta, la afirma, la justifica y la hace triunfar, se llama falso... Si acontece que los teólogos tienden la mano al poder, a través de la conciencia de los principios o de los pueblos, no dudamos de lo que sucederá siempre: la voluntad del fin, la voluntad nihilista quiere el poder...
10
Los alemanes me entienden fácilmente cuando digo que la filosofía ha sido estropeada por la sangre de los teólogos. El sacerdote protestante es el abuelo de la filosofía alemana, el protestantismo es el pecado original de esta filosofía. Definición del protestantismo: la hemiplejía del cristianismo y de la razón... Basta pronunciar las palabras "seminario de Tubinga" para comprender lo que es en el fondo la filosofía alemana: una teología insidiosa... Los báva-ros han sido los mejores mentirosos de Alemania; mienten inconscientemente... ¿De dónde nació la gloria de que al advenimiento de Kant prevaleciese el mundo de los doctores alemanes, mundo com-puesto en sus tres cuartas partes de hijos de pasto-res y de maestros? ¿De dónde nació la persuasión alemana de que con Kant comenzó una crisis de mejoramiento? El instinto de teólogo que hay en el doctor alemán adivinó qué se hacía entonces posi-ble... Se abría un camino indirecto hacia el antiguo ideal; el concepto de mundo verdadero, el concepto de la moral considerada como esencia del mundo (estos dos pérfidos errores, los más pérfidos de todos los errores), desde entonces, en virtud de un es-cepticismo mezclado y hábil, eran de nuevo, si no demostrables, por lo menos no refutables... La ra-zón, el derecho de la razón, no llega tan lejos... De la realidad se había hecho una apariencia; se había hecho realidad de un mundo completamente falso, del mundo del ser... El éxito de Kant es simple-mente un éxito de teólogos; Kant, como Lutero, como Leibniz, fue un obstáculo más en la probidad alemana, en sí no muy sólida...
11
UNA PALABRA MÁS CONTRA KANT MORALISTA.
Una virtud ha de ser una invención nuestra, una defensa y una necesidad de uno mismo; en
todo otro caso será simplemente un peligro. Lo que no es una condición de nuestra vida,
la perjudica; una virtud derivada simplemente de un sentimiento de respeto frente al
concepto de virtud, como Kant quería, es dañosa. La virtud, el deber, el bien en sí, el
bien con el carácter de la impersonali-dad y de la validez universal, son quimeras en las
que se manifiesta la decadencia, el último agotamiento de la vida, la cicatería de
Königsberg. Las más profundas leyes de la conservación y del creci-miento ordenan lo
contrario; esto es, que cada cual encuentre la propia virtud, el propio imperativo
ca-tegórico. Un pueblo perece cuando confunde sus deberes con el concepto de deber en
general. Nada arruina más honda y más íntimamente que aquel de-ber impersonal, aquel
sacrificio ante el Moloch de la abstracción.
¡Y no se ha considerado peligroso para la vida el
imperativo categórico de Kant! Sucede que el ins-tinto de los teólogos lo tomó bajo su
protección. Una acción a la cual nos impulsa el instinto de la vida tiene en el goce la
demostración de su justicia; mientras que aquel nihilista de entrañas dogmáti-co-
cristianas consideraba el goce como una obje-ción... ¿Qué es lo que más rápidamente
destruye a un hombre sino el laborar, pensar, sentir, sin una interna necesidad, sin una
elección personal pro-funda, sin alegría, como autómata, del deber? Ésta, es
precisamente la fórmula de la decadencia hasta el idiotismo... Kant se volvió idiota.
¡Y fue contemporáneo de Goethe! ¡Y esta araña funesta fue considerada como el
filósofo alemán, y lo sigue siendo!... Me cuidaré de decir lo que pienso de los
alemanes...
¿Acaso Kant no vio en la Revolución francesa el paso de la forma inorgánica del Estado
a su forma orgánica? ¿No se preguntó si existía un hecho que puede ser explicado de
otro modo que por una dis-posición moral de la humanidad, de suerte que con él, de una
vez para todas, sea demostrada la tenden-cia de la humanidad hacia el bien? Respuesta de
Kant: Eso es la revolución. El instinto que fracasa en todo y en todos, la antinaturaleza
como instinto, la decadencia alemana como filosofía, eso es Kant.
12
Dejo a un lado a algunos escépticos, el único ti-po respetable en la historia de la filosofía; todos los demás desconocen las primeras exigencias de la probidad intelectual. Todos los que hacen como las damiselas, esos grandes charlatanes y monstruos, consideran ya como argumentos los bellos senti-mientos, los altos pechos como un fuelle de la divi-nidad, la convicción como un criterio de verdad. Por último, Kant intentó también, con inocencia alemana, dar aspecto científico a esta forma de co-rrupción, a esta falta de conciencia intelectual, con el concepto de razón práctica; inventó propiamente una razón hecha a propósito para los casos en que no nos debemos preocupar de la razón; esto es, cuando oímos la de la moral, el sublime precepto del "tú debes". Si se considera que en casi todos los pueblos el filósofo es un desarrollo ulterior del tipo del sacerdote, no nos sorprenderá ya esta herencia del sacerdote, la acuñación de moneda para sí mis-mo. Cuando se tienen deberes sagrados, por ejem-plo, el de salvar a los hombres, perfeccionarlos, redimirlos; cuando se lleva en el pecho la divinidad; cuando se es intérprete de imperativos ultramunda-nos, con semejante misión se está fuera de todas las valoraciones simplemente conformes a la razón, se está ya santificado por semejante misión, se es ya el tipo de un orden superior... ¿Qué le importa a un sacerdote la ciencia? ¡Está harto por encima de ella! ¡Y el sacerdote ha dominado hasta ahora! ¡Él fijó las nociones de verdadero y de falso!
13
No quitemos valor al hecho de que nosotros mismos, espíritus libres, somos ya una transmutación de todos los valores, una declaración viva de guerra y de victoria a todas las viejas ideas de ver-dadero y no verdadero. Las perspectivas más exce-lentes son las que se han encontrado más tarde; pero las perspectivas más excelentes son los méto-dos. Todos los métodos, todas las premisas de nuestra moderna mentalidad científica tuvieron en contra, durante miles de años, el más profundo des-precio; por ello se estaba excluido del comercio con los hombres honrados, se pasaba por enemigo de Dios, por despreciador de la verdad, por poseído del demonio. En calidad de caracteres científicos se era chandala... Está contra nosotros todo el pathos de la humanidad, su concepto de lo que debe ser verdadero, de lo que debe estar al servicio de la ver-dad; todo imperativo tú debes se volvió hasta ahora contra nosotros... Nuestros objetos, nuestras prácti-cas, nuestra manera silenciosa, prudente, desconfia-da, todo esto pareció a la humanidad completamente indigno y despreciable.
Por último, se podrá demandar equitativamente si no fue justamente un gusto estético el que tuvo a la humanidad en tan larga ceguera; exigía de la ver-dad un efecto pintoresco; exigía también que el in-vestigador obrase rudamente sobre los sentidos. Nuestra modestia repugnó durante mucho tiempo su gusto; ¡oh, cómo adivinaron esos paveznos de Dios!...
14
Hemos renovado los métodos. En todos los campos somos ahora más modestos. Ya no deriva-mos al hombre del espíritu, de la divinidad; le he-mos colocado entre los animales. Para nosotros es el animal más fuerte, porque es el más astuto: conse-cuencia de ello es su intelectualidad. Por otra parte, nos precavemos de una vanidad que querría hacer oír su voz también aquí; aquélla según la cual el hombre sería la gran intención recóndita de la evo-lución animal. No es en modo alguno el corona-miento de la creación; junto a él, toda criatura se encuentra al mismo nivel de perfección... Y al soste-ner esto, sostenemos aún demasiado; el hombre es, en un sentido relativo, el animal peor logrado, el más enfermizo, el más peligrosamente desviado de sus instintos, aunque por cierto, a pesar de todo esto, es el más interesante.
Por lo que se refiere a los animales, Descartes fue el primero que con venerable audacia aventuró la idea de considerar al animal como una máquina; toda nuestra fisiología se afana por demostrar esta proposición. Pero nosotros, lógicamente, no pone-mos, como Descartes, aparte al hombre, lo que hoy, en general, se comprende del hombre, llega exacta-mente hasta el punto en que es comprendido como una máquina. Otrora se concedía al hombre, como un don proveniente de un poder superior, el libre albedrío; hoy le hemos quitado incluso la voluntad, en el sentido de que por voluntad no se puede en-tender una facultad. La antigua palabra voluntad sirve sólo para indicar una resultante, una especie de reacción individual que sigue necesariamente a una cantidad de estímulos, en parte contradictorios y en parte concordantes; la voluntad no obra ya, no mueve ya...
En otro tiempo, en la conciencia del hombre, en el espíritu, se columbraba la prueba de su alto origen, de su divinidad; para hacer perfecto al hombre se le aconsejó que ocultara en si los sentidos lo mismo que las tortugas, que suspendiera sus relaciones con los hombres, que depusiera la envoltura mortal, entonces habría quedado de él lo principal: el espíritu puro. También sobre este punto pensa-mos nosotros mejor; el ser consciente, el espíritu, es considerado por nosotros precisamente como sín-toma de una relativa imperfección del organismo, como un intentar, un tentar, un fallar; como una fa-tiga en la que se gasta inútilmente mucha fuerza ner-viosa; nosotros queremos que una cosa cualquiera pueda ser hecha de modo perfecto hasta cuando es hecha conscientemente. El espíritu puro es una pura impertinencia; si quitamos de la cuenta el sistema nervioso y los sentidos, la envoltura mortal, erramos el cálculo, y nada más.
15
Ni la moral ni la religión entran en contacto en el cristianismo con un punto cualquiera de la realidad. Causas puramente imaginarias (Dios, alma, yo, espíritu, libre albedrío y también voluntad no libre), efectos puramente imaginarios (pecado, redención, gracia, castigo, perdón de los pecados). Relaciones entre criaturas imaginarias (Dios, espíritu, alma); una ciencia natural imaginaria (antropocéntrica; falta completa de la noción de las causas naturales); una psicología imaginaria (completo desconocimiento de sí mismo, interpretación de sentimientos genera-les placenteros o desplacenteros; por ejemplo, de los estados del nervio simpático, con la ayuda del lenguaje figurado de una idiosincrasia religio-sa- moral; arrepentimiento, remordimiento, tentación diabólica, la proximidad de Dios); una teología ima-ginaria (el reino de Dios, el juicio final, la vida eter-na). Este mundo, de pura ficción, se distingue perju-dicialmente del mundo de los sueños, en que des-valora, niega la realidad. En cuanto el concepto de naturaleza fue encontrado como opuesto al de Dios, la palabra natural debía ser sinónima de reprobable; todo aquel mundo de ficción tiene su raíz en el odio contra lo natural (contra la realidad); es la expresión de un profundo disgusto de la realidad... Pero con esto todo queda explicado. ¿Quién es el que tiene motivos para salir, con una mentira, de la realidad? El que sufre por ella. Pero sufrir por la realidad sig-nifica ser una realidad mal lograda... El predominio de los sentimientos de desplacer sobre los de placer es la causa de aquella moral y aquella religión ficticias; pero ese predominio suministra la fórmula de la decadencia.
16
La crítica del concepto cristiano de Dios nos lleva a
idéntica conclusión. En este concepto venera el cristiano las condiciones en virtud de
las cuales se distinguen sus propias virtudes: proyecta el goce que encuentra en sí mismo
su sentimiento de poderío en un ser al cual pueda estar agradecido por estas cua-lidades.
Quien es rico quiere donar; un pueblo feroz tiene necesidad de un Dios para hacer
sacrificios... La religión, dentro de estas mismas premisas, es una forma de gratitud. Se
es reconocido consigo mismo; para esto se tiene necesidad de un Dios. Un Dios semejante
debe poder ayudar y damnificar, debe ser amigo y enemigo; se le admira en el bien como en
el mal. La castración, contraria a la naturaleza, de un Dios para hacer de él un Dios
sólo del bien, estaría aquí fuera de toda deseabilidad. Hay necesidad del Dios malo
tanto como del Dios bueno; no se debe la propia existencia precisamente a la tolerancia, a
la filantropía... ¿Qué importancia tendría un Dios que no conociera la cólera, la
venganza, la envidia, el es-carnio, la violencia? ¿Que no conociera ni siquiera los
fascinadores apasionamientos de la victoria y del aniquilamiento? Semejante Dios no se
concebiría; ¿qué objeto tendría? Claro está que cuando un pueblo perece, cuando
siente desvanecerse definitiva-mente la fe en su porvenir, la esperanza en su libertad,
cuando la sujeción le parece la primera uti-lidad y las virtudes del esclavo son para él
condicio-nes de conservación, entonces su Dios también debe transformarse. Entonces se
hace astuto, mie-doso, modesto, aconseja la paz del alma, el no odiar, la indulgencia
hasta el amor del amigo y del enemi-go. Moraliza siempre, se arrastra en la caverna de las
virtudes privadas, se convierte en Dios para todos, se hace un hombre privado,
cosmopolita... En otro tiempo, el Dios representaba un pueblo, la fuerza de un pueblo,
todo lo que de agresivo y de sediento de poderío anidaba en el alma de un pueblo: ahora
es simplemente el buen Dios...
En realidad, para los dioses no hay otra disyun-tiva: o son la voluntad de poderío, y
entonces serán los Dioses de un pueblo, o son la incapacidad de poderío, y entonces se
hacen necesariamente buenos...
17
Donde en cualquier forma declina la voluntad de poderío,
se da siempre a la vez una regresión fi-siológica, una decadencia. La divinidad de la
deca-dencia, mutilada de sus virtudes y de sus instintos viriles, es ahora necesariamente
el Dios de los dege-nerados fisiológicamente, de los débiles. Éstos no se llaman a sí
mismos los débiles; se llaman los "bue-nos"... Se comprende sin necesidad de
explicaciones en qué momento de la historia se hace justamente posible la ficción
dualística de un Dios bueno y de un Dios malo. Con el mismo instinto con que los
sometidos rebajan su Dios al grado de bien en sí, cancelan las cualidades buenas del Dios
de los ven-cedores: se vengan de su amo, haciendo del Dios de éstos un diablo. El Dios
bueno es así también el diablo; ambos son partes de la decadencia.
¿Cómo es posible haberse rendido tanto a la simpleza de los teólogos cristianos, que se
haya llegado a decretar con ellos que la evolución del concepto de Dios, del Dios de
Israel, del Dios de un pueblo al Dios cristiano, al compendio de todos los bienes, es un
progreso? Pero el mismo Renan lo decretó así. ¡Como si Renan tuviera el derecho de ser
simple! Sin embargo, lo contrario salta a los ojos. Si la suposición de la vida
"ascendente", si todo lo que es fuerte, valeroso, soberano, fiero, es eliminado
del concepto de Dios; si, paulatinamente, Dios se rebaja hasta llegar a ser el símbolo de
un báculo para los fatigados, un áncora de salvación para todos los náufragos: si
llega a ser el Dios de los pobres, el Dios de los pecadores, el Dios de los enfermos por
excelencia, y el predicado de salvador, redentor, queda, por decirlo así, como el
predicado divino en general, ¿de qué nos habla semejante transforma-ción, semejante
reducción de la divinidad? En efecto; con esto el reino de Dios ha llegado a ser más
grande. En otro tiempo, Dios sólo tenía su pueblo, su pueblo elegido. Después se
marchó al extranjero, lo mismo que su pueblo, en peregrina-ción, y desde entonces no
residió ya fijamente en parte alguna: desde que se encontró dondequiera en su casa, él,
el gran cosmopolita, desde que no tuvo de su parte el gran número y la mitad de la
tierra. Pero el Dios del gran número, el demócrata entre los dioses, no por esto se hizo
un fiero Dios paga-no; siguió siendo hebreo, siguió siendo el Dios de todos los rincones
y lugares oscuros, de todos los barrios insalubres del mundo entero... Luego como antes,
su reino mundial es un reino del mundo sub-terráneo, un hospital, un reino de ghetto... Y
él mismo es tan pálido, tan débil, tan decadente... Hasta los más pálidos entre los
pálidos se hicieron dueños de él; los señores metafísicos, los albinos de la idea.
Éstos tejieron lentamente en torno a él su telaraña, hasta que él, hipnotizado por sus
movi-mientos, se convirtió a su vez en una araña, en un metafísico. Y entonces tejió
el mundo, sacándolo de sí mismo- sub specie Spinozae-; entonces se transfi-guró en un
ser cada vez más sutil y pálido, se con-virtió en ideal, se hizo espíritu puro, llegó
a ser lo absoluto, la cosa en sí... Decadencia de un Dios: Dios se hizo cosa en sí...
18
El concepto cristiano de Dios- el Dios entendido como Dios de los enfermos, como araña, como espíritu- es uno de los conceptos más corrompidos de la divinidad que se han forjado sobre la tierra; quizá represente el nivel más bajo en la evolución descendente del tipo de los dioses. Dios, degenerado hasta ser la contradicción de la vida, en vez de ser su glorificación y su eterna afirmación. La hostilidad declarada a la vida, a la naturaleza, a la voluntad de vivir, en el concepto de Dios. Dios, converti-do en fórmula de toda calumnia, de toda mentira del más allá. ¡La nada divinizada en Dios, la voluntad de la nada santificada!
19
El hecho de que las razas fuertes de la Europa septentrional no hayan rechazado al Dios cristiano no hace honor verdaderamente a sus cualidades religiosas, para no hablar del buen gusto. Debieran haberse sacudido semejante aborto de la decadencia, enfermizo, decrépito. Pero como no se libraron de él, pesa sobre ellas, una maldición; acogieron en todos sus instintos la enfermedad, la vejez, la con-tradicción; desde entonces no crearon ya ningún Dios. ¡En casi dos milenios, ni un solo nuevo Dios! Pero, en cambio, sostuvieron siempre, como si exis-tiera de derecho, como un ultimum y un maximum de la fuerza que crea los dioses, del creator spiritus en el hombre, este Dios, digno de compasión, del monótono teísmo cristiano. Esta híbrida creación de decadencia extraída del cero, que es concepto de contradicción, en la que todos los instintos de la de-cadencia, todas las vilezas y los tedios del alma en-cuentran su sanción.
20
No desearía haber ofendido, con mi condenación del
cristianismo, una religión afín, que ha prevalecido sobre el cristianismo por el número
de los que la profesan: el budismo. Ambas están vinculadas entre sí como religiones
nihilistas, son religiones de decadencia; pero se distinguen una de otra del modo más
notable. Si hoy se pueden parangonar entre sí, es cosa de que el crítico del
cristianismo está profundamente agradecido a los doctos indios. El budismo es cien veces
más realista que el cristianismo; tiene en su cuerpo la herencia de la posición objetiva
y audaz de los problemas; viene des-pués de un movimiento filosófico durante cientos de
años; cuando llega, la idea de Dios está ya acabada. El budismo es la única religión
realmente positivista que la historia nos muestra, aun en su teoría del conocimiento (un
severo fenomenalismo); no habla ya de lucha contra el pecado, sino que, dando plena razón
a la realidad, dice lucha contra el sufrir. Tiene- y esto le distingue profundamente del
cristia-nismo- detrás de sí la automistificación de los con-ceptos morales; está,
hablando en mi lenguaje, más allá del bien y del mal. Los dos hechos fisiológicos sobre
los cuales se funda y que tiene presentes son: en primer lugar, una excesiva irritabilidad
de la sen-sibilidad, que se manifiesta como refinada capacidad para el dolor; en segundo
lugar, excesiva espirituali-zación, un vivir demasiado largo entre conceptos y
procedimientos lógicos, por el cual el instinto de la persona ha quedado lesionado en
provecho del ins-tinto impersonal (ambos son estados de ánimo, que por lo menos algunos
de mis lectores, los objetivos, conocerán por experiencia como los conozco yo). A base de
estas condiciones fisiológicas se ha produ-cido una depresión: ésta la combate Buda con
la hi-giene. Contra la depresión, emplea la vida al aire libre, la vida errante; la
sobriedad y la selección en los manjares; la prudencia ante los licores; igual-mente la
vigilancia con- tra todas las emociones que producen bilis y calentamiento de la sangre;
ninguna preocupación, ni para sí ni para los demás. Reclama ideas que calmen y serenen,
encuentra medios para desembarazarse de las ideas contrarias.
Imagina la bondad, el ser bueno, como favorable a la salud. La oración es excluida, así
como el ascetismo; nada de imperativos categóricos, ninguna constricción en general, ni
siquiera en el seno de las comunidades conventuales (de las cuales se puede salir). Todos
éstos fueron medios para fortalecer aquella excitabi-lidad demasiado grande. Precisamente
por esto no exige ninguna lucha contra los que piensan de modo distinto; contra nada se
defiende más su doctrina que contra el sentimiento de la venganza, de la aver-sión, del
rencor (la enemistad no termina mediante la enemistad: éste es el conmovedor retornello
de todo el budismo)... Y esto con razón: precisamente estas emociones serían totalmente
malsanas con re-lación al fin dietético principal. El cansancio inte-lectual, que ha
encontrado existente, y que se ex-presa en una demasiado grande objetividad (o sea,
debilitamiento del interés individual, pérdida del centro de gravedad de egoísmo) es
combatida por él refiriendo rigurosamente a la persona los intereses más espirituales.
En la doctrina de Buda, el egoísmo se convierte en deber; la sentencia sólo es necesaria
una cosa, la pregunta ¿cómo te librarás del sufri-miento?, regulan y circunscriben todo
el régimen espiritual. (Quizá se deba recordar aquel ateniense que hizo igualmente
guerra a la ciencia pura, Sócrates, que elevó también, en el reino de los problemas, el
egoísmo personal al grado de moral.)
21
Condición preliminar del budismo es un clima muy suave,
una gran dulzura y liberalidad en las costumbres, la ausencia del militarismo, y el hecho
de que el movimiento tenga su foco en las clases su-periores y hasta en las clases doctas.
Se quiere la se-renidad, la calma, la ausencia de deseos como meta suprema, y se alcanza
esta meta. El budismo no es una religión en que se aspire simplemente a la per-fección:
la perfección es el caso normal.
En el cristianismo aparecen ante todo los intintos de los sojuzgados y de los oprimidos;
los estratos más bajos son los que buscan en él la salvación. En él la casuística del
pecado, la crítica de sí mismo, la inquisición de la conciencia es ejercida como
ocupación, como remedio contra el aburrimiento; sin cesar se mantiene vivo el afecto
hacia un poderoso, llamado Dios (mediante la oración); lo más alto es considerado
inaccesible, es tenido como don, como gracia. Falta también la publicidad; el es-condite,
el lugar oscuro, es cristiano. El cuerpo es despreciado, la higiene repudiada como
sensualidad; la Iglesia se previene hasta contra la limpieza (la primera medida tomada por
los cristianos en España después de la expulsión de los moriscos fue la clausura de los
baños públicos, de los cuales sólo en Córdoba había unos doscientos setenta).
Cristiano es un cierto sentido de la crueldad, contra sí mismo y contra los demás; el
odio contra los infieles; la voluntad de persecución. Ante todo se cultivan las imágenes
foscas y excitantes: los estados de ánimo más deseados, designados con los nombres más
al-tos, los estados epileptoides: se practica la dieta para favorecer los estados morbosos
y para sobrexcitar los nervios. Cristiana es la enemistad mortal hacia los poderosos de la
tierra, hacia los nobles y, al mismo tiempo, una secreta concurrencia (se les deja el
cuerpo, se quiere solamente el alma)... Cristiano es el odio contra el espíritu, contra
la fiereza, contra el valor, contra la libertad, el libertinaje del espíritu; cristiano
es el odio contra los sentidos, contra toda clase de goces.
22
Cuando el cristianismo abandonó su primitivo terreno, es decir los estratos sociales más humildes, el "subsuelo" del mundo antiguo; cuando alcanzó poderío entre los pueblos bárbaros, no contó ya, como condición preliminar en su nuevo terreno, con hombres fatigados, sino con hombres interiormente salvajes que se destrozaban recíprocamente: el hombre fuerte, pero mal constituido. El descontento de sí propio, el sufrimiento de sí mismo, no es ya aquí como entre los budistas una excesiva ex-citabilidad y capacidad de dolor, sino, en cambio, más bien un deseo preponderante de desfogar la tensión interna en acciones e ideas hostiles. El cris-tianismo tuvo necesidad de conceptos y valores bárbaros para hacerse dueño de los bárbaros: tales son el sacrificio del primogénito, el beber sangre en la sagrada comunión, el desprecio del espíritu y de la cultura; el tormento en todas sus formas, corporal y espiritual; la gran pompa del culto. El budismo es una religión para hombres tardíos, para razas bonachonas, suaves, ultraespirituales, que sienten fácilmente el dolor (Europa no está todavía, ni mucho menos, madura para el budismo): es una reconducción de aquellas razas a la paz y a la serenidad, a la dieta en las cosas del espíritu, a un cierto endureci-miento en las cosas corporales. El cristianismo quie-e dominar sobre animales de presa: su procedimiento es convertirlos en enfermos: el debilitamiento es la receta cristiana para la domesticación, para la civilización. El budismo es una religión encaminada al fin y estancamiento de la civilización, el cristianismo no encuentra aún la civilización ante sí; en circunstancias la crea.
23
Digamos también que el budismo es cien veces más frío,
más veraz, más objetivo. No tiene necesidad de hacer decentes sus sufrimientos, su
capacidad de dolor, mediante la interpretación del pecado; dice simplemente lo que
piensa: yo sufro. Para el bárbaro, en cambio, el sufrir no es nada de respetable en sí:
precisamente tiene necesidad de una interpretación para confesarse a si mismo que sufre
(su instinto le lleva más bien a negar el sufrimiento, a soportarlo en silencio). En este
caso la palabra diablo fue un beneficio; de esta manera se consiguió un enemigo muy
poderoso y temible, ya no hubo nece-sidad de avergonzarse de sufrir por tal enemigo.
El cristianismo posee en el fondo algunas suti-lezas que pertenecen al Oriente. En primer
lugar, sabe que es completamente igual que una cosa sea o no sea verdadera, y que lo que
importa es la medida en que es creída verdadera. La verdad y la creencia en la verdad de
una cosa son dos mandos de intere-ses completamente extraños el uno al otro, son casi dos
mundos opuestos, se va del uno al otro por ca-minos profundamente diversos. Conocer esto
forma casi la sabiduría en Oriente: así lo comprende el brahmán, así lo comprende
Platón, y todos los discípulos de la ciencia esotérica. Si, por ejemplo, se encuentra
alguna felicidad en creerse libres de peca-do, como premisa de esto no es necesario que el
hombre sea pecador, sino que se sienta pecador. Pe-ro si sobre todo es necesaria en
general una fe, se debe desacreditar la razón, la lógica, la especulación: el camino
que conduce a la verdad es un camino ilícito.
Una gran esperanza es un estimulante de la vida mucho mayor que cualquier felicidad
realmente ex-perimentada. Hay que sostener a los que sufren con una esperanza que no pueda
ser contradicha con ninguna realidad, que no pueda ser eliminada por el cumplimiento;
mediante una esperanza en el más allá. (Precisamente a causa de ésta su idoneidad para
sostener a los infelices, la esperanza fue considerada por los griegos como el mal de los
males, como el mal verdaderamente pérfido: es el fondo de la caja de los males.) Para que
sea posible el amor, Dios debe ser una persona; para que los instintos más bajos puedan
tener voz, Dios debe ser joven. Ante todo hay que poner al fervor de las mujeres un santo
que sea bello, al de los hombres a una María. Porque hay que establecer la premisa de que
el cris-tianismo quiere dominar en un terreno en el que los cultos afrodisíacos o de
Adonis han determinado el concepto del culto. La exigencia de la castidad re-fuerza la
vehemencia y la profundidad del instinto religioso, hace que el culto sea más ardiente,
más entusiasta, más lleno de alma.
El amor es el estado de ánimo en que el hombre ve con preferencia las cosas tal como
éstas no son. En el amor, la fuerza de la ilusión ha llegado a cul-minar, así como
aquella fuerza que suaviza y transfigura. En el amor se soporta más que en cualquier otro
estado, se tolera todo. Se trataba de encontrar una religión en que se pudiera ser amado:
con esto se está por encima de las peores vicisitudes de la vi-da, ya no se sienten. Esto
por lo que se refiere a las tres virtudes cristianas: fe, esperanza y amor: yo las llamo
las tres habilidades cristianas. El budismo es demasiado tardío, demasiado positivista,
para ser tenido como sabio en esta forma.
24
Aquí estudio sólo el problema del nacimiento del
cristianismo. La primera proposición para resol-verlo es ésta: el cristianismo sólo se
puede com-prender partiendo del terreno en que ha crecido; no es un movimiento contrario
al instinto judaico; por el contrario, es su consecuencia lógica, es una ulte-rior
conclusión en la terrible lógica de aquel instin-to. En la fórmula del Redentor: La
salvación viene de los hebreos.
La segunda proposición es ésta: el tipo psicoló-gico del Galileo es aún reconocible,
pero sólo en su completa degeneración (que es al mismo tiempo una mutilación y una
enorme adición de rasgos extranje-ros), pudo servir para lo que estaba destinado, o sea
para dar el tipo de un redentor de la humanidad.
Los hebreos son el pueblo. más extraordinario en la historia del mundo, porque, colocados ante el problema de ser o no ser, con conciencia totalmente admirable prefirieron el ser a toda costa; y esta costa fue la falsificación radical de toda la naturaleza, de toda naturaleza, de toda realidad, de todo el mundo interior, así como de todo el mundo exterior. Traza-ron un límite contra todas las condiciones en las cuales hasta ahora un pueblo podía y debía vivir, se crearon para su uso propio un concepto opuesto de condiciones naturales, invirtieron sucesivamente la religión, el culto, la moral, la historia, la psicología, de un. modo irremediable, haciendo de él la "con-traposición de sus valores naturales". Nosotros en-contramos una vez más el mismo fenómeno y en proporciones enormemente mayores, pero sólo to-davía como una copia: la Iglesia cristiana carece, frente al pueblo de los santos, de cualquier preten-sión a la originalidad. Precisamente por esto, los hebreos son el pueblo más fatal de la historia del mundo: con sus ulteriores efectos hicieron de tal manera falsa a la humanidad, que aún hoy el cristia-no puede tener sentimientos antijudaicos sin com-prender que él es la "última consecuencia del judaísmo".
En mi Genealogía de la moral he adoptado por primera vez, psicológicamente, el concepto de con-traste entre una moral noble y una moral de rencor, de las cuales la segunda nace del "no" dicho a la primera: pero ésta es completamente la moral ju-dío- cristiana. Para poder decir no a todo lo que constituye el movimiento ascendente de la vida, la buena constitución, el poder, la belleza, la afirma-ción de sí mismo sobre la tierra, el instinto de ren-cor, hecho aquí numen, tuvo que inventar otro mun-do, partiendo del cual aquella afirmación de la vida aparecía como el mal, como la cosa más reprobable en sí. Desde el punto de vista psicológico, el pueblo judío es un pueblo que manifiesta una fuerza vital tenacísima, y que, colocado en una situación impo-sible, toma voluntariamente, por la más profunda habilidad del instinto de conservación, el partido de todos los instintos de la decadencia, no ya dejándo-se dominar por ellos, sino habiendo adivinado en ellos una fuerza con la cual se puede desarrollar contra el mundo. Los hebreos son lo opuesto a to-dos los decadentes: tuvieron que sostener el partido de los decadentes hasta dar la ilusión, y con un non plus ultra del genio histriónico supieron colocarse en el vértice de todos los movimiento de decadencia (en calidad del cristianismo de Pablo), para crear de sí algo más fuerte que un partido cualquiera que afirmase la vida. Para aquella especie de hombres que en el judaísmo y en el cristianismo llegó al po-der, la decadencia es una forma sacerdotal, es sólo un medio: esta especie de hombres tiene un interés vital en hacer que la humanidad enferme y en inver-tir, en sentido peligroso para la vida y calumniador para el mundo, los conceptos de bien y mal, verda-dero y falso.
25
La historia de Israel tiene un valor inapreciable como
historia típica de toda desnaturalización de los valores naturales: señalaré cinco
hechos de ésta.
En el origen, sobre todo en la época de los reyes, el mismo Israel estaba en relaciones
justas, o sea naturales, con las cosas todas. Su Javeh era la expresión de la conciencia
de poderío, el gozo de sí mismo, la esperanza de sí mismo; en él se esperaba victoria
y salvación, con él se tenía confianza en la naturaleza, se aguardaba que la naturaleza
diera aquello de que el pueblo tenía necesidad, sobre todo la lluvia. Javeh es el Dios de
Israel y por consi-guiente el Dios de la justicia: ésta es la lógica de to-do pueblo
fuerte y que posee conciencia perfecta de su propio poder. En los ritos festivos se
manifiestan estos dos aspectos de la afirmación que de sí mismo hace un pueblo: este
pueblo es reconocedor de los grandes destinos en virtud de los cuales ascendió mucho, y
de la sucesión de las estaciones y de su fortuna en el pastoreo y en la agricultura.
Durante mucho tiempo este estado de cosas es el ideal, aún cuando estaba ya dolorosamente
su-primido en virtud de la anarquía en el interior y de los asirios en el exterior. Pero
el pueblo conservó como aspiración suprema aquella visión de un rey buen soldado y juez
austero: la conservó sobre todo aquel típico profeta (o sea crítico y satírico del
mo-mento) llamado Isaías.
Pero todas las esperanzas resultaron incumplidas. El viejo Dios no podía ya nada de lo
que pudo en otro tiempo. Había que abandonarle. ¿Qué sucedió? Se alteró su
concepción, se desnaturalizó su concepción: a tal precio se conservó. Javeh, el Dios
de la justicia, no fue ya una misma cosa con Israel, una expresión del sentimiento
personal del pueblo: fue desde entonces un Dios bajo condiciones...; su concepción fue un
instrumento en manos de los agitadores sacerdotales, los cuales desde entonces
interpretaron toda fortuna como premio y toda desventura como castigo de una
de-sobediencia a Dios, aquella manera mentirosa de interpretar un pretenso orden moral del
mundo por la cual, de una vez para siempre, fue invertido el concepto natural de causa y
efecto. Cuando con el premio y el castigo se ha arrojado del mundo la cau-salidad natural,
hay necesidad de una causalidad contraria a la naturaleza; y luego sigue todo el resto de
las cosas innaturales. Un Dios que exige, en lugar de un Dios que socorre, que aconseja,
que es, en el fondo, el verbo de toda feliz inspiración del valor y de la confianza en
sí. La moral no es ya expresión de las condiciones de vida y de crecimiento de un
pueblo, no es ya su más profundo instinto de vida, sino que se ha vuelto abstracta, se ha
vuelto contra-ria a la vida; la moral es la perversión sistemática de la fantasía, es
la mala mirada para todas las cosas. ¿Qué es la moral judaica, qué es la moral
cristiana? Es el acaso que ha perdido su inocencia; es la des-ventura manchada con el
concepto de pecado; es el bienestar considerado como peligro, como tentación; el malestar
fisiológico envenenado por el gu-sano del remordimiento...
26
El concepto de Dios, falsificado; el concepto de moral,
falsificado; a este punto no se ciñó el sacerdote judaico. No podemos utilizar toda la
historia de Israel: echémosla lejos. Así dijeron los sacerdotes.
Estos sacerdotes realizaron aquel prodigio de falsificación, del cual es prueba gran
parte de la Bi-blia: transfirieron al campo religioso el pasado de su propio pueblo con un
incomparable desprecio de toda tradición, de toda realidad histórica; es decir, hicieron
de aquel pasado un estúpido mecanismo de salvación, un mecanismo de culpa contra Javeh y
del consiguiente castigo, de devoción a Javeh y del consiguiente premio.
Experimentaríamos una im-presión mucho más dolorosa de este vergonzoso acto de
falsificación de la historia, si la interpretación eclesiástica de la historia, desde
hace milenios acá, no nos hubiese hecho obtusos para las exigencias, de la probidad in
historicis. Y los filósofos secundaron a la Iglesia: la mentira del orden moral del mundo
invadió todo el campo de la filosofía mo-derna. ¿Qué significa orden moral del mundo?
Que hay, de una vez para siempre, una voluntad de Dios respecto de lo que el hombre debe
hacer o dejar de hacer; que el valor de un pueblo, de un individuo, se mide por el grado
de obediencia prestada a la vo-luntad divina; que en los destinos de un pueblo, de un
individuo, se muestra como dominante la vo-luntad de Dios, o sea como punitiva y
remunerativa, según el grado de obediencia. La realidad puesta en el lugar de esta
miserable mentira, significa: una raza parasitaria de hombres que prospera únicamente a
expensas de todas las formas sanas de la vida, la ra-za del sacerdote, que abusa del
nombre de Dios, que llama reino de Dios a un estado social en el que el sacerdote fija el
valor de las cosas, que llama volun-tad de Dios a los medios con los cuales semejante
estado es conseguido o conservado; que, con frío egoísmo, mide los pueblos, los tiempos,
los indivi-duos, por el hecho de que ayuden o contraríen el predominio de los sacerdotes.
Obsérvese cómo tra-bajan los sacerdotes: en manos de los sacerdotes hebreos la gran
época de la historia de Israel se convirtió en una época de decadencia; el destierro,
la larga desventura, se transformó en un eterno cas-tigo por la gran época, por una
época en que el sa-cerdote no era aún nada. De las grandes figuras de la historia de
Israel, de aquellas figuras, muy libres, hicieron, según las necesidades, miserables
hipócri-tas o socarrones o ateos, simplificaron la psicología de todo gran
acontecimiento en la fórmula idiota de obediencia o desobediencia a Dios. Un paso más,
la voluntad de Dios (o sea las condiciones de conser-vación del poder de los sacerdotes)
debe ser cono-cida; a este fin es necesaria una gran falsificación literaria, es
descubierta una Sagrada Escritura, es publicada bajo la pompa hierática, con días de
ex-piación y lamentaciones sobre el largo pecado. La voluntad de Dios estaba fijada
durante dilatado tiempo: la desgracia fue que el pueblo se alejó de ella... Ya Moisés
había recibido la revelación de la voluntad de Dios... ¿Qué sucedió? El sacerdote
ha-bía formulado, con rigor y pedantería, de una vez para siempre, hasta los grandes y
pequeños im-puestos que se debían pagar (sin olvidar los mejores trozos de carne, porque
el sacerdote es un gran de-vorador de bistec), lo que quiere tener, lo que es voluntad de
Dios... Desde entonces todas las cosas de la vida quedaban reglamentadas de modo que el
sacerdote era en todas partes indispensable; en to-das las vicisitudes naturales de la
vida, en el naci-miento, en el matrimonio, en las enfermedades, en la muerte, para no
hablar del sacrificio (de la Cena), aparece el santo parásito, para quitarles su
carácter natural, o, según su lenguaje, para santificarlas...
Porque hay que comprender esto: toda costumbre natural, toda institución natural (Estado,
tribunales, bodas, asistencia a los enfermos y a los pobres), toda exigencia inspirada por
el instinto de la vida, en resumen, todo lo que tiene en sí su valor, es, por el
parasitismo del sacerdote (o del orden moral del mundo), privado sistemáticamente de
va-lor, opuesto a su valor: y luego es precisa una san-ción, es necesario un poder
valorizador que niegue en aquellas cosas la naturaleza, y cree para ellas pre-cisamente un
valor... El sacerdote desvalora, quita santidad a la naturaleza: a este precio, en
general, existe. La desobediencia de Dios, o sea al sacerdote, a la ley, recibe de ahora
en adelante el nombre de pecado: los medios para reconciliarnos con Dios son, como se ha
convenido, medios por los que la sujeción al sacerdote es garantizada aún
profunda-mente: el sacerdote es el único que puede salvar...
Desde el punto de vista psicológico, en toda so-ciedad u organización sacerdotal los pecados se ha-cen indispensables: son los verdaderos manipuladores del poder; el sacerdote vive de los pecados, tiene necesidad de que haya pecadores... Principio supremo: "Dios perdona a los que hacen penitencia"; en otros términos: Dios perdona a quien se somete al sacerdote.
27
En este terreno tan falso, en que toda la natura-leza,
todo valor natural, toda realidad tenía contra sí los más profundos instintos de la
clase dominante, creció el cristianismo, forma de enemistad mortal hacia la realidad aún
no superada. El pueblo santo, que para todas las cosas sólo conservaba valores
sacerdotales y palabras sacerdotales, y, con una lógi-ca de argumentación que puede
inspirar terror, ha-bía separado de sí como ejemplo, como mundo, como pecado, todo lo
que de poderío existía aún en la tierra; este pueblo creó por instinto una última
fórmula, lógica hasta la negación de sí misma: como cristiano, negó hasta la última
forma de la realidad, el pueblo santo, el pueblo de los elegidos, la misma realidad
hebrea. Éste es un caso de primer orden: el pequeño mundo insurreccional que fue
bautizado con el nombre de Jesús de Nazaret, es una vez más el instinto judaico, en
otros términos, el instinto de los sacerdotes que no soporta ya al sacerdote como
realidad; es la invención de una forma de existencia aún más abstracta, de una visión
del mundo aún más irreal que la que va unida la organización de una Iglesia. El
cristianismo niega a la Iglesia.
Yo no sé contra quién se dirigía la insurrección de la cual Jesús fue considerado
acertada o equivo-cadamente como autor, si no fue contra la Iglesia judaica, dando a la
Iglesia exactamente el sentido en que hoy tomamos esta palabra. Fue una insurrección
contra los buenos y los justos, contra los Santos de Israel, contra la jerarquía de la
sociedad, no contra la corrupción de la sociedad, sino contra la casta, el privilegio, el
orden, la fórmula; fue la incredulidad en los hombres superiores, un no dicho a todo lo
que era sacerdote y teólogo. Pero la jerarquía que con aquella insurrección, aun cuando
no fuera sino por un momento, se puso en pleito, era la construcción lacustre en que el
pueblo hebreo continuó existiendo sobre las aguas, la última posibilidad fatigosamente
conseguida de sobrevivir, el residuo de su existencia política particular: un ataque
contra ella era un ataque contra el más profundo instinto del pueblo, contra la más
tenaz voluntad de vivir de un pueblo que jamás ha existido en la tierra.
Este santo anárquico, que llamó a la revuelta contra el orden dominante al bajo pueblo,
a los réprobos y pecadores; a los chandala, en el seno del judaísmo, con un lenguaje, si
hemos de dar fe a los Evangelios, que aun hoy conduciría a un hombre a la Siberia, fue un
delincuente político en la medida en que los delincuentes políticos eran posibles en una
comunidad absurdamente impolítica. Esto le condujo a la Cruz. Murió por su culpa; falta
todo motivo para creer que muriera por culpa de otros, aunque esto se ha sostenido
repetidamente.
28
Cosa completamente distinta es si tuvo en gene-ral
conciencia de semejante contradicción, o si no fue simplemente considerado como esta
contradic-ción. Y justamente aquí toco yo el problema de la psicología del redentor.
Confieso que pocos libros leo con tanta dificul-tad como los Evangelios. Estas
dificultades son di-ferentes de aquellas en cuya demostración la docta curiosidad del
espíritu alemán ha conseguido uno de sus más innegables triunfos. Es ya remoto el
tiempo en que también yo, como todo joven docto, saboreaba, con la prudente lentitud de
un filólogo refinado, la obra del incomparable Strauss. Tenia entonces veinte años: hoy
soy demasiado serio para estas cosas. ¿Qué me importan a mí las contradic-ciones de la
tradición? ¿Cómo se puede llamar tra-diciones a las leyendas genéricas de santos? Las
historias de santos son la literatura más equívoca que existe: emplear con ellas
métodos científicos, "si no poseemos otros" documentos, me parece cosa
condenada a priori; es un simple pasatiempo de eruditos.
29
Lo que a mí me importa es el tipo psicológico del
redentor. Éste podría estar contenido en los Evangelios a despecho de los Evangelios,
por cuanto éstos son mutilados o sobrecargados de ras-gos extraños: como el tipo de
Francisco de Asís está contenido en sus leyendas a despecho de sus leyen-das. No se
trata de la verdad sobre aquello que él ha hecho o dicho, sobre el modo como murió
real-mente, sino del problema de si su tipo puede ser en general representado aún, si es
tradicional.
Las tentativas que yo conozco de leer en los Evangelios hasta la historia de un alma, me
parecen pruebas de una ligereza psicológica abominable. El señor Renan, este payaso in
psicologicis, ha aporta-do para su explicación del tipo de Jesús las dos ideas más
inadecuadas que a este propósito se pu-dieran imaginar: la idea de genio y la idea de
héroe (heros). Pero si hay una idea poco evangélica, es la idea de héroe. Aquí se ha
convertido en instinto precisamente lo contrario de toda lucha, de todo sentimiento de
lucha: aquí, la incapacidad de resistir se hace moral (no resistir al mal es la más
profunda palabra del Evangelio, en cierto sentido es su clave), la beatitud está en la
paz, en la dulzura del ánimo, en la imposibilidad de ser enemigos. ¿Qué significa la
buena nueva? Significa que se ha hallado la verdade-ra vida, la vida eterna, no en una
promesa, sino que ya existe, está en nosotros; como un vivir en el amor, en el amor sin
detracción o exclusión, sin distancia. Cada uno de nosotros es hijo de Dios...; Jesús
no pretende absolutamente nada por sí solo; cada uno de nosotros es igual a otro como
hijo de Dios...
¡Hacer de Jesús un héroe!... ¡Y qué error la pala-bra genio! Todo nuestro concepto,
todo concepto de espíritu propio de nuestra cultura carece de sen-tido en el mundo en que
vive Jesús. Para hablar con el rigor del fisiólogo, aquí estaría en su puesto otra
palabra... Nosotros conocemos un estado de mor-bosa excitabilidad del sentido del tacto,
que retroce-de ante todo contacto, ante la idea de apresar cualquier objeto sólido.
Transportemos a su última lógica semejante habitus fisiológico, como odio ins-tintivo
de toda realidad, como una fuga a lo intangi-ble, a lo incomprensible, como repugnancia a
toda fórmula, a toda noción de tiempo y de espacio, a to-do lo que es fijo, costumbre,
institución, Iglesia; como un habitar en un mundo no tocado de ningu-na especie de
realidad, en un mundo simplemente interior, verdadero, eterno... "El reino de Dios
está en vosotros"...
30
El odio instintivo contra la realidad es conse-cuencia de
una extrema incapacidad de sufrimiento y de irritación, que no quiere ya ser en general
toca-da, porque de todo contacto recibe una impresión demasiado profunda.
La exclusión instintiva de todo lo que nos re-pugna, de toda enemistad, de todo límite y
distancia en el sentimiento, es consecuencia de una extrema incapacidad de sufrimiento y
de irritación, que siente ya como un dolor intolerable (o sea como no-civo, como
desaconsejado por el instinto de con-servación) toda resistencia, toda necesidad de
resistir, y sólo conoce la beatitud (el placer) en no oponerse ya a nada, ni al alma ni
al bien, y con-siderar el amor como la única, como la última posi-bilidad de vida.
Éstas son las dos realidades fisiológicas sobre las cuales y de las cuales ha crecido la
doctrina de la redención. La llamo un sublime ulterior desarrollo del hedonismo sobre
bases completamente morbo-sas. Contiguo a éste, si bien con fuerte adición de vitalidad
y fuerza nerviosa griega, está el epicureísmo, la doctrina pagana de la redención.
Epicuro fue un decadente típico: yo fui el primero en recono-cerle como tal. El miedo al
dolor, hasta de lo que en el dolor hay de infinitamente pequeño, no puede fundar otra
cosa que una religión del amor.
31
Por anticipado he dado mi respuesta al problema. Su
premisa es ésta: que el tipo del Redentor nos ha sido transmitido de un modo
completamente desfigurado. Esta desfiguración tiene en sí mucha verosimilitud: semejante
tipo no podía, por muchas razones, subsistir puro, entero. El ambiente en que se movió
esta extraña figura debió dejar huellas en él, y aún más la historia, la índole de
las primeras comunidades cristianas: esta índole, reaccionando sobre el tipo, lo
enriqueció con rasgos que se deben interpretar como motivados por el proselitismo y con
fines de propaganda. Aquel mundo extraño y enfermizo en que nos introducen los
Evangelios, un mundo que parece salido de una novela rusa, en que los desechos de la
sociedad, las enfermedades ner-viosas y un pueril idiotismo parecen darse cita, debe en
todo caso haber formado el tipo más grosero: particularmente los primeros discípulos
traducen en su propia crudeza un ser ondulante constantemente entre símbolos y cosas
incomprensibles, para poder comprender de ellos alguna cosa; para ellos, el tipo no
existió hasta que pudo ser adaptado a otras for-mas más conocidas. El profeta, el
Mesías, el futuro juez, el maestro de moral, el taumaturgo, Juan Bautista, fueron otras
tantas ocasiones para hacer que variase el tipo...
Finalmente, no despreciemos lo que es propio de toda gran veneración, especialmente de
una ve-neración sectaria; ésta borra en la criatura venerada los rasgos originales, a
menudo penosamente extra-ños, y las idiosincrasias: ni los ve siquiera. Habría que
lamentar que un Dostoyevsky no hubiera vivido cerca de este interesantísimo decadente, o
sea un hombre que supiera sentir precisamente el encanto irresistible de semejante mezcla
de sublimidad, de enfermedad y de puerilidad. Un último punto de vista: el tipo podría,
en calidad de tipo de decaden-cia, haber sido efectivamente múltiple y contra-dictorio de
modo particular: no se puede excluir to-talmente tal posibilidad. Sin embargo, todo nos
in-duce a negarla: precisamente en este caso la tradición debería ser notablemente fiel
y objetiva; pero nosotros tenemos razón para admitir lo con-trario de esto. Entretanto es
manifiesta una contra-dicción entre el predicador de la montaña, del lago y de los
campos, cuya aparición exige una especie de Buda sobre un terreno mucho menos indio, y
aquel fanático del ataque, aquel enemigo mortal de los teólogos y de los sacerdotes, que
la malignidad de Renan glorificó como le grand maitre en ironie. Yo mismo no dudo que una
cantidad copiosa de bilis (y hasta de esprit) se haya vertido sobre el tipo del maestro
por el estado de ánimo excitado de la pro-paganda cristiana: se conoce muy bien la falta
de es-crúpulos de todos los sectarios cuando hacen la propia apología partiendo de su
maestro. Cuando la primera comunidad necesitó de un teólogo judi-cante, litigante,
furioso, malignamente sutil, contra los teólogos, se creó su Dios según sus
necesidades: y sin ambages puso en su boca aquellos conceptos totalmente no evangélicos
de que no podía prescin-dir, los del retorno, del juicio final, de toda clase de
expectaciones y promesas temporales...
32
Insisto que no admito que se introduzca el fa-nático en
el tipo del redentor: la palabra impérieux, de que se sirve Renan, ya basta por sí sola
para anular el tipo. La buena nueva es precisamente ésta, que ya no hay contradicciones;
el reino de los cielos pertenece a los niños; la fe que se hace sentir no es una fe
conquistada, existe, es desde el principio, es, por decirlo así, una puerilidad referida
al campo es-piritual. El caso de la pubertad retrasada y no desa-rrollada, en el
organismo, como lógica consecuencia de la degeneración, es familiar por lo menos a los
fisiólogos.
Semejante fe no se encoleriza, no censura, no se defiende, no empuña la espada, no
sospecha siquie-ra en qué medida podría un día dividir a los hom-bres. No se demuestra
ni con los milagros, ni con premios, ni con promesas, y mucho menos con la escritura: ella
misma es en todo momento su mila-gro, su premio, su demostración, su reino de Dios. Esta
fe no se formula siquiera, vive y se guarda de las fórmulas. Ciertamente, el caso del
ambiente, de la lengua, de la educación, determina cierto círculo de ideas: el
cristianismo primitivo manipula únicamente ideas semiticojudaicas (el comer y beber en la
Santa Cena forma parte de tales ideas; de esta idea abusó malamente la Iglesia, como de
todo lo ju-daico). Pero cuidémonos de ver en esto más que un lenguaje figurado, una
semiótica, una ocasión de crear símbolos. Para este antirrealista el hecho de que
ninguna palabra fuera tomada a la letra era la condición preliminar para poder hablar en
general. Entre los indios se habría servido de las ideas de Sankhyam, entre los chinos,
de las de Laotse, sin encontrar diferencias entre éstas. Con una cierta to-lerancia en la
expresión, podríamos decir de Jesús que era un espíritu libre, rechazaba todo lo
dogmático: la letra mata, todo lo que es dogmático mata. El concepto, la experiencia, la
vida, como sólo él la co-noce, se opone para él a toda especie de palabra, de fórmula,
de ley, de fe, de dogma. Sólo habla de lo más entrañable: vida, o verdad, o luz son las
pala-bras de que se sirve para indicar las cosas más inti-mas; todo lo demás, toda la
realidad, toda la naturaleza, la lengua misma, sólo tiene, para él el valor de un signo,
de un símbolo.
En este punto no debemos engañarnos, por grande que sea la seducción que existe en el
prejuicio cristiano, o, mejor, eclesiástico: semejante simbolista por excelencia está
fuera de toda religión, de toda idea de culto, de toda historia, de toda ciencia natural,
de toda experiencia del mundo, de toda ciencia, de toda política, de toda psicología, de
to-dos los libros y de todas las artes; su sabiduría con-siste precisamente en que creer
que existan cosas de este género es pura locura. La cultura no le es cono-cida ni de
oídas, no tiene necesidad de luchar contra ella, no la niega... Lo mismo se puede decir
del Es-tado, de toda organización y de la sociedad burgue-sa, del trabajo, de la guerra;
no tuvo nunca motivo para negar el mundo, ni siquiera sospechó el con-cepto eclesiástico
del mundo...; precisamente lo que no puede hacer es negar.
También falta la dialéctica, falta la idea de que una fe, una verdad, puede ser
demostrada con ar-gumentos (sus pruebas son luces internas, senti-mientos internos de
placer y afirmaciones internas de sí mismo, simples pruebas de Fuerza). Semejante
doctrina no puede ni siquiera contra-decir; no comprende que haya otras doctrinas, que
pueda haberlas: no sabe imaginar un criterio opuesto... Cuando lo encuentra se entristece,
por íntima compasión, de la ceguera- porque ve la luz-, pero no hace objeciones.
33
En toda la psicología del Evangelio falta el concepto de culpa y castigo y asimismo el de recompensa. El pecado, cualquier relación de distancia entre Dios y el hombre, es abolido; precisamente ésta es la buena nueva. La felicidad no es prometida, no está sujeta a condiciones, es la única realidad; lo demás son signos que sirven para hablar de ella... La consecuencia de tal estado de ánimo se pro-yecta en una nueva práctica, en la verdadera práctica evangélica. Lo que distingue al cristiano no es una fe: el cristiano obra, se distingue, por otro modo de obrar. Se distingue en que no ofrece resistencia, ni con sus palabras ni con su corazón, a quien le hace daño; no hace diferencia entre extranjero y conciu-dadano, entre hebreos y no hebreos (el prójimo es realmente el compañero de fe, el hebreo); el que no se encoleriza contra nadie ni desprecia a nadie; el que no se deja ver en los tribunales ni reclama cosa alguna (no jurar); el que en ningún caso, ni siquiera cuando está demostrada la infidelidad de la mujer, se separa de su mujer. Todo esto, en el fondo es un solo principio, es consecuencia de un solo instinto.
La vida del redentor no fue otra cosa que esta práctica, su misma muerte no fue nada más... No te-nía ya necesidad de fórmulas ni de ritos en sus rela-ciones para con Dios, ni siquiera de la oración. Quiso prescindir de toda la doctrina judaica, de la penitencia y de la reconciliación: sabe que única-mente la práctica de la vida es la que hace que el hombre se sienta divino, bienaventurado, evangéli-co, en todo tiempo hijo de Dios. No penitencia, no la "oración" para obtener el "perdón" son las vías que conducen a Dios: únicamente la práctica evan-gélica conduce a Dios, ¡ella es precisamente "Dios"! Lo que suprimió el evangelio fue el judaísmo de las ideas de pecado, perdón de pecado, fe, salvación mediante la fe; toda la doctrina eclesiástica judía fue negada en la buena nueva. El profundo instinto del modo como se debe vivir para sentirse en el cielo, para sentirse eterno, mientras que con toda otra actitud no se siente uno en el cielo: ésta únicamente es la realidad psicológica de la redención. Una nueva conducta, no una nueva fe
34
Si yo entiendo algo de este gran simbolista, es el hecho
de que tomó como realidades, como verda-des, únicamente las realidades interiores, que
com-prendió todo lo demás, todo lo que es natural: el tiempo, el espacio, la historia,
como signos, como ocasiones para imágenes. La idea de hijo del hom-bre no es la de una
persona concreta, perteneciente a la historia, algo de singular, de único, sino un he-cho
eterno, un símbolo psicológico separado de la noción de tiempo. Lo mismo puedo decir, y
en el más alto sentido, del Dios de este simbolista típico, del reino de Dios, del reino
de los cielos, de la cua-lidad de hijos de Dios. Nada menos cristiano que la crudeza de la
Iglesia, que imagina un Dios como una persona, un reino de Dios que viene, un reino de los
cielos puesto más allá, un hijo de Dios que es la segunda persona de la trinidad. Todo
esto es-perdóneseme la expresión- un puñetazo en los ojos (¡ oh, y sobre que ojos!)
del Evangelio: un cinismo histórico mundial en la irrisión del símbolo... Y, sin
embargo, es evidente lo indicado con los signos de padre y de hijo (no es evidente para
todos, lo ad-mito); con la palabra hijo se expresa la introducción en un sentimiento de
transfiguración de todas las cosas (la beatitud); con la palabra padre se expresa este
mismo sentimiento: el sentimiento de la eterni-dad y de la perfección. Me avergüenzo de
pensar lo que la Iglesia ha hecho de este símbolo: ¿No ha puesto en el umbral de la fe
cristiana una historia de Anfitrión? ¿Y no ha añadido un dogma de la inma-culada
concepción? Pero de este modo ha maculado la concepción...
El reino de los cielos es un estado del corazón, no una cosa que advierte en la tierra o
después de la muerte. Todo el concepto de la muerte natural falta en el Evangelio: la
muerte no es un puente, un paso; falta porque es propia de un mundo completamente diverso,
puramente aparente, útil sólo para fabricar signos con que expresarnos. La hora de la
muerte no es un concepto cristiano: la hora, el tiempo, la vida física y sus crisis no
existen para el maestro de la buena nueva... El reino de Dios no es cosa esperada: no
tiene un ayer ni un mañana, no llegará dentro de mil años, es una esperanza de un
corazón, está en todas partes y en ninguna...
35
Este dulce mensajero murió como vivió, como enseñó, no para redimir a los hombres, sino para mostrar cómo se debe vivir. Lo que dejó como le-gado a la humanidad es una práctica: su actitud frente a los jueces, esbirros, acusadores y cualquier clase de calumnia y de escarnio, su actitud en la cruz. No resiste, no defiende su derecho, no da un paso para alejar de si la ruda suerte, antes por el contrario, la provoca... Y ruega, sufre, ama con aquello, en aquellos que hacen el mal... No defen-derse, no indignarse, no atribuir responsabilidad... Pero igualmente no resistir al mal, amarlo...
36
Sólo nosotros, espíritus libres, poseemos las
condiciones necesarias para comprender una cosa que diecinueve siglos no han comprendido:
aquella probidad convertida en instinto y pasión que hace la guerra a la santa mentira,
aún más que a toda otra mentira... Se estaba infinitamente lejos de nuestra neutralidad
amorosa y prudente, de aquella discipli-na del espíritu que únicamente hace posible
adivinar cosas tan extrañas a nosotros, tan delicadas: se quie-re siempre, con
desvergonzado egoísmo, ver en aquellas cosas únicamente el propio provecho; se ha
fundado la Iglesia sobre lo contrario del Evangelio...
El que buscara indicios de este hecho, de que detrás del gran teatro de los mundos hay
una divi-nidad irónica que maneja los hilos, no encontraría confirmación alguna en
aquel prodigioso punto de interrogación que se llama cristianismo. En vano se busca una
forma más grande de ironía en la historia mundial que ésta: que la humanidad se
arrodilla ante lo contrario de lo que fue el origen, el sentido, el de-recho del
Evangelio; que en el concepto de Iglesia ha santificado precisamente lo que el dulce
mensaje-ro considera por bajo de sí, detrás de sí.
37
Nuestra época blasona de su sentido histórico: ¿cómo ha podido imponerse el absurdo de que en los comienzos del cristianismo se encuentre la gro-sera fábula de un taumaturgo y de un redentor, y que todo el elemento espiritual y simbólico sea sólo un desarrollo más tardío? Y a la inversa, la historia del cristianismo- a partir de la muerte en la cruz- es la historia del error, cada vez más grosero, de un sim-bolismo originario. Con la difusión del cristianismo sobre masas aún más vastas, aún mas rudas, a las que les faltaban siempre las premisas de que el cris-tianismo partió, se hizo cada vez más necesario vul-garizar, barbarizar el cristianismo: éste absorbió en sí doctrinas y ritos de todos los cultos subterráneos del imperium romanum, los absurdos de todas las razones e imaginaciones enfermas. El destino del cristianismo consiste en la necesidad de que su fe se contaminara de esta enfermedad, se hiciera baja, vulgar, como enfermizas, bajas y vulgares eran las necesidades que se pretendía satisfacer con ella. Fi-nalmente, la barbarie enfermiza se adicionó para formar el poder en calidad de Iglesia; de Iglesia, que es la forma de la enemistad formal contra toda pro-bidad, contra toda alteza de ánima, contra toda dis-ciplina del espíritu, contra toda generosa y buena humanidad. Los valores cristianos por una parte, los nobles por otra: ¡nosotros los primeros, nosotros espíritus libres, hemos restablecido este contraste de valores, el mayor que existe!
38
Al llegar aquí no puedo contener un suspiro. Hay días en
que anida en mí un sentimiento más ne-gro que la más negra melancolía: el desprecio de
los hombres. Y para que no quede duda sobre lo que yo desprecio y a quién desprecio,
diré que desprecio al hombre moderno, al hombre del cual yo soy des-graciadamente
contemporáneo. El hombre de hoy... Su impura respiración me ahoga. Contra el pasado, yo,
como todos los estudiosos, alimenté una gran tolerancia, es decir, me hago generosamente
violen-cia a mí mismo: yo atravieso el mundo- manicomio de milenios enteros con prudencia
tétrica, ya se lla-me cristianismo, o fe cristiana o Iglesia cristiana; me guardo mucho
de hacer a la humanidad responsable de las enfermedades que han afligido su espíritu.
Pero mi sentimiento se rebela apenas me interno en los tiempos modernos, en nuestro
tiempo.
Nuestro tiempo es sabio... Lo que en otro tiem-po era simplemente malsano, hoy es
indecente, es indecente ser hoy cristiano. Y aquí comienza mi náusea. Yo miro en torno a
mí: ya no queda una palabra de todo lo que en otro tiempo se llamaba verdad; nosotros no
podemos ya soportar que un sacerdote pronuncie solamente la palabra verdad. Aún teniendo
las más modestas pretensiones a la probidad, hoy se debe saber que un teólogo, un
sa-cerdote, un papa, con cualquier frase que pronuncia no sólo se equivoca, sino que
miente, y que no es ya libre de mentir por inocencia, por ignorancia. Tam-bién sabe el
sacerdote, como lo sabe cualquiera, que no hay Dios, ni pecado, ni redentor; que libre
albe-drío y orden moral del mundo son mentiras: la se-riedad, la profunda victoria del
espíritu sobre sí mismo no permiten ya a nadie que sea ignorante so-bre estas cosas...
Todas las concepciones de la Iglesia son reconocidas por lo que son, como la más triste
acuñación de moneda falsa que ha existido hecha con el fin de desvalorizar la naturaleza
y los valores naturales: el sacerdote mismo es reconocido como lo que es, como la más
peligrosa especie de parásito, como la verdadera araña venenosa de la vida... Nosotros
sabemos, nuestra conciencia sabe hoy, qué valen en general aquellas funestas inven-ciones
de los sacerdotes y de la Iglesia, de qué servi-rán, esto es, para conseguir aquel
estado de damnificación de la humanidad, cuyo espectáculo produce náuseas, los
conceptos de más allá, juicio final, inmortalidad del alma, el alma misma, sin
ins-trumentos de tortura y sistemas de crueldad, en vir-tud de los cuales el sacerdote se
hizo el amo y siguió siendo el amo... Todos saben esto, y sin embargo todo sigue igual.
¿Dónde ha ido a parar el último sentimiento del decoro, del respeto de sí mismo, si
hasta nuestros hombres de Estado- por lo demás, una especie de hombres y de
anticristianos bastante descocada en la práctica- se llaman aún hoy cristia-nos y toman
la comunión?
¡Un joven príncipe a la cabeza de sus regi-mientos, espléndido como expresión del
egoísmo y de la elevación de su pueblo, profesa sin pudor el cristianismo! Pero ¿que es
lo que niega el cristianismo? ¿Qué es lo que llama mundo? El hecho de ser soldado, de
ser juez, de ser patriota; el de defenderse, de atenerse al propio honor, de querer el
propio provecho, de ser orgulloso... Toda práctica de cada momento, todo instinto, toda
valoración que se convierte en hecho es hoy anticristiana; ¡qué aborto de falsedad debe
ser el hombre moderno para no avergonzarse todavía de llamarse cristiano!
39
Retrocedamos y contemos la verdadera historia del
cristianismo. Ya la palabra cristiano es un equivoco: en el fondo no hubo más que un
cristiano, y éste murió en la cruz. El Evangelio murió en la cruz. Lo que a partir de
aquel momento se llamó evangelio era lo contrario de lo que él vivió; una mala nueva,
un Dysangelium. Es falso hasta el absurdo ver la característica del cristiano en una fe,
por ejemplo, en la fe de la redención por medio de Cristo: únicamente la práctica
cristiana, el vivir como vivió el que murió en la cruz es lo cristiano... Aun hoy, tal
vida es posible para ciertos hombres, y hasta necesaria: el verdadero, el originario
cristianismo será posible en todos los tiempos. No una creencia, sino un obrar, sobre
todo, un no hacer muchas cosas, un ser de otro modo... Los estados de conciencia, por
ejem-plo, una fe, un tener por verdadero- toda psicología sobre este punto- son
perfectamente indiferentes y de quinto orden, comparados con los valores de los instintos:
hablando más rigurosamente, toda la no-ción de causalidad espiritual es falsa. Reducir
el he-cho de ser cristianos, la cristiandad, al hecho de tener una cosa por verdadera, a
un simple fenome-nalismo de la conciencia, significa negar el cristia-nismo. En realidad,
jamás hubo cristianos. El cristiano es simplemente una psicológica incom-prensión de
sí mismo. Si mira mejor en él verá que, a despecho de toda fe, dominan simplemente los
instintos, ¡y qué instintos!
La fe fue en todos los tiempos, por ejemplo, en Lutero, sólo una capa, un pretexto, un
telón, detrás del cual los instintos desarrollaban su juego; una hábil ceguera sobre la
dominación de ciertos ins-tintos... la fe- yo la he llamado ya la verdadera habi-lidad
cristiana-; se habló siempre de fe, se obró siempre por sólo el instinto... En el mundo
cristiano de las ideas no se presenta nada que tanto desflore la realidad; por el
contrario, en el odio instintivo contra toda realidad reconocemos el único elemento
impelente en la raíz del cristianismo. ¿Qué es lo que se sigue de aquí? Se sigue que
también in psycholo-gicis el error es radical, o sea determinador de la esencia, o sea de
la sustancia. Quítese aquí una sola idea, póngase en su puesto una sola realidad, y
todo el cristianismo se precipita en la nada. Mirando des-de lo alto, este hecho,
insólito entre todos los he-chos, una religión no sólo plagada de errores, sino sólo
creadora de errores nocivos, que envenenan la vida y el corazón, y hasta genial en
inventarlos, es un espectáculo para los dioses, para divinidades, que lo son también los
filósofos, y que yo, por ejemplo, he hallado, en aquellos famosos diálogos de Naxos. En
el momento en que la náusea aban-dona a estas divinidades (¡ y nos abandona a
noso-tros!) se hacen agradecidas al espectáculo que ofrecen los cristianos; aquella
miserable pequeña estrella que se llama Tierra, merece acaso úni-camente en gracia a
este curioso caso una mirada divina, un interés divino... Nosotros estimamos muy poco el
cristianismo: el cristiano falso hasta la ino-cencia deja atrás a los monos; respecto de
los cris-tianos, una conocida teoría de la descendencia es una pura amabilidad...
40
El hecho del Evangelio se decide con la muerte, está suspendido de la Cruz... Precisamente la muer-te, aquella muerte inesperada y vergonzosa, preci-samente la cruz, que en general estaba reservada solamente a la canalla, sólo esta horrible paradoja puso a los discípulos frente al verdadero enigma: ¿quién era éste?, ¿qué era esto? El sentimiento sacu-dido y profundamente ofendido, la sospecha de que semejante muerte pudiera ser la refutación de su causa, el terrible signo de interrogación ¿por qué precisamente así?, este estado de ánimo se com-prende harto fácilmente. Aquí todo debía ser ne-cesario, tenía un sentido, una razón, una altísima ra-zón, el amor de un discípulo no conoce el azar. Sólo entonces se abrió el abismo: ¿quién lo abrió?, ¿quién fue su enemigo natural? Esta pregunta fue lanzada como un relámpago. Respuesta: el judaísmo "dominante", su clase más alta. Desde aquel mo-mento los hombres se sintieron en rebelión contra el orden social, al punto se sintió a Jesús como en rebelión contra el orden social. Hasta entonces fal-taba en su figura este rasgo belicoso, negador, por la palabra y la acción; aún es más: era todo lo contrario. Evidentemente, la pequeña comunidad no com-prendió justamente lo principal, lo que constituía un modelo en este modo de morir: la libertad, la supe-rioridad sobre todo sentimiento de rencor; ¡signo de cuán poco se comprendía de él en general! En sí, Jesús, con su muerte, no pudo querer otra cosa que dar públicamente la prueba, la demostración pode-rosa de su doctrina... Pero sus discípulos estaban muy lejos de perdonar su muerte, lo que habría sido evangélico en el más alto sentido, o de "ofrecerse" a semejante muerte con dulce y amable tranquilidad de corazón... Prevaleció el sentimiento menos evan-gélico: la venganza. Era imposible que la causa con-cluyese con esa muerte: hubo necesidad de represalias, de juicio (y, sin embargo, ¿qué cosa me-nos evangélica que la represalia, el castigo, el juz-gar?) Una vez más pasó al primer término la expectación popular de un Mesías; se tomó en con-sideración un momento histórico: el reino de Dios había de venir para juzgar a sus enemigos... Pero con esto se confundió todo: ¡el reino de Dios con-siderado como acto final, como promesa! El Evangelio, sin embargo, había sido precisamente la existencia, el cumplimiento, la realidad de este reino de Dios. Entonces precisamente se introdujo en el tipo del maestro todo el desprecio y la amargura contra los fariseos y los teólogos, ¡y con esto se hizo de él un fariseo y un teólogo! Por otra parte, la salvaje veneración de estas almas salidas completamente de sus quicios no toleró ya la igualdad de todos los hombres como hijos de Dios, igualdad evangélica que Jesús había predicado; su venganza consistió en levantar en alto a Jesús de un modo extravagante, en separarlo de ellos; lo mismo que en otro tiempo los hebreos, para vengarse de sus enemigos, separaron de ellos a su propio Dios y lo elevaron en alto. El Dios único, el único hijo de Dios; ambos son productos del rencor...
41
Entonces surgió un absurdo problema: ¿cómo pudo Dios
permitir esto? A esta pregunta, la razón de la pequeña comunidad perturbada encontró
una respuesta terriblemente absurda: Dios dio su hijo para la remisión de los pecados,
como víctima. ¡De este modo se concluyó de un golpe con el Evange-lio! ¡El sacrificio
expiatorio, en su forma más re-pugnante y bárbara, el sacrificio del inocente por los
pecados de los pecadores! ¡Qué horrible paganismo!
Jesús había abolido el mismo concepto de culpa; negado todo abismo entre Dios y el
hombre; había concebido esta unidad entre Dios y el hombre como su buena nueva... ¡Y no
como privilegio! Desde aquel momento se llegó, gradualmente, a crear el ti-po de
redentor: la doctrina del juicio y del retorno, la doctrina de la muerte como una muerte
expiato-ria, la doctrina de la resurrección, con la que es anulado todo el concepto de
bienaventuranza, la única y total realidad del Evangelio, en provecho de un estado
subsiguiente a la muerte... Pablo logificó luego sobre esta concepción, sobre esta
imprudente concepción, con aquella desfachatez rabínica que le distinguía en todas las
ocasiones: "si Cristo no resu-citó después de la muerte, nuestra fe es vana".
Y de golpe se hizo del Evangelio la más despreciable de todas las promesas irrealizables:
la impúdica doctri-na de la inmortalidad personal... ¡Pablo mismo la predicó como una
recompensa!...
42
Se ve lo que acaba con la muerte en la Cruz: una
disposición nueva y completamente original para un movimiento budístico de paz, para una
efectiva y no sólo prometida felicidad en la tierra. Porque ésta si-gue siendo- ya lo he
puesto de relieve- la diferencia fundamental entre las dos religiones de decadencia: el
budismo no promete, sino que cumple; el cristia-nismo lo promete todo, pero no cumple
nada.
A la buena nueva siguió de cerca la pésima nue-va: la de Pablo. En Pablo se encarna el
tipo opuesto al de buen mensajero, el genio del odio, de la inexo-rable lógica del odio.
¿Qué ha sacrificado al odio este disangelista? Ante todo, el redentor: le clavó en la
cruz. La vida, el ejemplo, la doctrina, la muerte, el sentido y el derecho de todo el
Evangelio, nada existió ya, cuando este monedero falso, movido por el odio, comprendió
qué era lo que únicamente ne-cesitaba. ¡No la realidad, no la verdad histórica! Y una
vez más el instinto sacerdotal de los hebreos cometió el mismo gran delito, contra la
Historia: borró simplemente el ayer, el antes de ayer del cris-tianismo; inventó por sí
una historia del primer cristianismo. Aún más: falsificó una vez más la his-toria de
Israel, para que apareciera como la prehistoria de su obra; todos los profetas han hablado
de su redentor... La Iglesia falsificó más tarde hasta la historia de la Humanidad,
haciendo de ella la pre-historia del cristianismo... El tipo del redentor, su doctrina, su
práctica, su muerte, el sentido de la muerte, hasta lo que sucede después de la muerte,
nada permaneció intacto, nada permaneció ni si-quiera semejante a la realidad. Lo que
hizo Pablo fue simplemente transferir el centro de gravedad de toda aquella existencia
detrás de tal existencia, en la mentira del Jesús resucitado. En el fondo, tuvo
ne-cesidad de la muerte en la Cruz y de algo más... Cre-er sincero a Pablo, que tenía su
patria en la sede principal de la luminosa filosofía estoica, cuando con una alucinación
se dispone la prueba de la su-pervivencia del redentor, o bien prestar fe a su rela-ción
de haber él mismo tenido esta alucinación, sería, por parte de un filósofo, una
verdadera nece-dad: Pablo quiere el fin, por consiguiente, quiere los medios... Lo que él
mismo no creía, lo creyeron los idiotas entre los cuales sembró él su doctrina.
Su necesidad era el poder: con Pablo, el sacerdote quiere una vez más el poder; sólo
podía servirse de ideas, teorías, símbolos con los que se tiraniza a las masas y se
forman los rebaños. ¿Qué es lo que Mahoma únicamente tomó a préstamo, más tarde,
del cristianismo? La invención de Pablo, su medio para llegar a la tiranía del
sacerdote: la creencia en la inmortalidad, o sea la doctrina del juicio...
43
Si se coloca el centro de gravedad de la vida no en la
vida, sino en el más allá- en la nada-, se ha arrebatado el centro de gravedad a la vida
en gene-ral. La gran mentira de la inmortalidad personal destruye toda razón, toda
naturaleza en el instinto; todo lo que en los instintos es benéfico, favorable a la vida;
todo lo que garantiza el porvenir despierta desde entonces desconfianza. Vivir de modo que
la vida no tenga ningún sentido, es ahora el sentido de la vida... ¿A qué fin
solidaridad, a qué fin gratitud por el origen y por los antepasados, a qué fin
cola-borar con confianza, promover y proponerse un bien común?... Éstas son otras tantas
tentaciones, otras tantas desviaciones del justo camino: una sola cosa es necesaria... No
se puede mirar con bastante desprecio la doctrina según la cual cada uno de no-sotros, en
calidad de alma inmortal, tiene igual cate-goría que los demás; y en la colectividad de
todas las criaturas la salvación de cada individuo puede pre-tender una importancia
eterna, y todos los hipócritas y semilocos (Dreiviertes- Verrückte) pueden imaginar que
por su amor las leyes de la Naturaleza serán constantemente infringidas; no se puede
mirar con bastante desprecio semejante elevación de toda clase de egoísmos que llega al
infinito, a la impudicia...
Y, sin embargo, el cristianismo debe su victoria a esta miserable adulación de la vanidad
personal; con esto precisamente ha convertido a sí todo le que está mal formado, lo que
tiene intenciones de re-vuelta, lo que se encuentra mal, todo el desecho y la hez de la
Humanidad. "La salvación del alma" signi-fica "el mundo gira en torno a
mí"... El veneno de la doctrina de la igualdad de derechos para todos fue vertido y
difundido por el cristianismo; partiendo de los rincones más ocultos de los malos
instintos, ha movido una guerra mortal a todo sentimiento de respeto y de distancia entre
hombre y hombre, es decir, a la premisa de toda elevación, de todo au-mento de cultura:
del rencor de las masas hizo su arma principal contra nosotros, contra todo lo que es
noble, alegre, generoso, en la tierra, contra nues-tra felicidad en la tierra... Conceder
la inmortalidad a cualquiera fue hasta ahora el mayor y más pérfido atentado contra la
humanidad noble. ¡Y no demos poca importancia al hecho de que el cristianismo se ha
insinuado aún en la política! Nadie tiene hoy ya el valor de los privilegios, de los
derechos patronales, de experimentar sentimientos de respeto de sí mismo y de sus
semejantes; de sen-tir el pathos de la distancia... ¡Nuestra política está enferma de
esta falta de valor!
La aristocracia de la mentalidad fue más subterráneamente minada por la mentira de la
igualdad de las almas: y si la creencia en el privilegio de la mayoría hace revoluciones
y las seguirá haciendo, el cristianismo es, no se dude, las valoraciones cristia-nas:
¡son las que convierten en sangre y delitos toda revolución! El cristianismo es una
insurrección de todo lo que se arrastra a ras de la tierra contra lo que está arriba: el
Evangelio de los humildes hace hu-mildes...
44
Los Evangelios son inestimables como testimonios de la
corrupción, ya intolerable, que existía en el seno de las primeras comunidades
cristianas. Aquello que más tarde condujo Pablo a feliz término con el cinismo lógico
de un rabino, no fue más que un proceso de decadencia que comenzó con la muerte del
Redentor. Hay que leer los Evangelios con grandísimas precauciones: detrás de cada
pala-bra hay una dificultad. Yo admito, y de esto se me deberá gratitud, que precisamente
por eso son para un psicólogo una diversión de primer orden: como lo contrario de toda
corrupción ingenua, como so-fisticación por excelencia, como una obra maestra de
corrupción psicológica. Los Evangelios tienen sustancialidad propia. La Biblia, en
general, no re-siste ningún parangón. Estamos entre hebreos: primer punto de vista para
no perder por completo el hilo conductor. La transferencia de sí mismo a la santidad,
transferencia que precisamente se con-vierte en genio y que no fue nunca alcanzada en otra
parte por hombres ni por libros, esta acuñación de moneda falsa, no es un caso de dotes
especiales de un individuo, de un temperamento de excepción. Para esto es necesaria la
raza. En el cristianismo, entendido como el arte de mentir santamente, el ju-daísmo
entero, una preparación y una técnica judai-ca muy seria, que duró muchos siglos,
consigue la maestría. El cristiano, esta última ratio de la mentira, es una vez más el
hebreo; mejor, tres veces más... La voluntad sistemática de emplear solamente conceptos,
símbolos, gestos, que es demostrada por la práctica del sacerdote; la instintiva
repugnancia a cualquier otra práctica, a cualquier otro género de perspectiva de valor y
de utilidad, todo esto no es sólo tradición, es "herencia"; sólo en calidad
de herencia obra como naturaleza. Toda la Humanidad, y hasta los mejores testigos de los
mejores tiempos (exceptuando uno sólo, el cual acaso es sencilla-mente un superhombre),
se dejaron engañar. Se leyó el Evangelio como el libro de la inocencia...; nadie indicó
con qué maestría se recita en el Evangelio una comedia.
Ciertamente, si llegásemos a verla, aunque sólo fuera de pasada, todos estos
maravillosos hipócritas y santos artificiales, toda esta comedia, terminarían; y
precisamente porque no leo una palabra sin ver gestos, acabo por dejarla... Yo no puedo
soportar su modo de elevar sus ojos al cielo... Afortunadamente, para los más los libros
son mera literatura. No debemos dejarnos engañar, ellos dicen: no juzguéis, pero mandan
al infierno a todo lo que constituye un obstáculo en su camino.
Haciendo juzgar a Dios, juzgan ellos mismos; glorificando a Dios se glorifican ellos
mismos; exigiendo la virtud de que ellos mismos son capaces es decir, la virtud de que
tienen necesidad para con-servar la dominación-, se dan grandes aires de luchar por la
virtud, de combatir por el predominio de la virtud. "Nosotros vivimos, nosotros
morimos, nosotros nos sacrificamos por el bien" (esto es, por la verdad, por la luz,
por el reino de Dios); en reali-dad, hacen lo que no pueden menos de hacer. Mientras que,
a modo de hipócritas, se muestran humildes, se ocultan en los rincones, viven como
sombras en
la sombra, hacen de esto un deber: su vida de humildad aparece como un deber, y
como deber es una prueba más de piedad hacia Dios... ¡Ah, qué humilde, casto,
misericordioso modo de impostura! ¡La virtud misma es confiscada por esa gentecilla;
ellos saben cuál es la importancia de la moral!
La realidad es que aquí la más consciente pre-sunción de elegidos desempeña el papel
de modes-tia; desde entonces se han formado dos partidos: el partido de la verdad, o sea
ellos mismos, la comunidad, los buenos y los justos, y, de otra parte, el resto del
mundo... Éste fue el más funesto delirio de grandezas que hasta ahora existió en la
tierra: pe-queños abortos de hipócritas y mentirosos comenzaron a reivindicar para sí
los conceptos de Dios, verdad, luz, espíritu, amor, sabiduría, vida, casi co-mo
sinónimos de ellos mismos, para establecer así un límite entre ellos y el mundo;
pequeños superlativos de hebreos, maduros para toda clase de mani-comio, hicieron girar
en torno a ellos mismos todo valor, como si precisamente el cristiano fuese el sentido, la
sal, la medida y también el último tribunal de todo lo demás...
Este funesto acontecimiento sólo se hizo posi-ble por el hecho de que ya había en el
mundo un género afín de delirio de grandeza, afín por raza: el judaico; apenas se abre
el abismo entre hebreos y hebreocristianos, a estos últimos no les quedó otra elección
que emplear con- tra ellos mismos, contra los hebreos, los mismos procedimientos de
conser-vación que el instinto judaico aconsejaba, mientras que hasta entonces los hebreos
lo habían empleado contra todo lo que no era hebreo. El cristiano, es sólo un hebreo de
confesión más libre.
45
Doy un cierto número de pruebas de aquello que se le
metió en la cabeza a esa gentecilla, de lo que puso en labios de su maestro: simples
profesio-nes de fe de bellas almas.
"Y todos aquellos que no os recibieren ni os oyeren, saliendo de allí, sacudid el
polvo que está debajo de vuestros pies, en testimonio a ellos. De cierto os digo que más
tolerable será el castigo de los de Sodoma y Gomorra el día del Juicio que el de aquella
ciudad." (Marcos, 6, 11.) ¡Qué evangélico es esto!
"Y cualquiera que escandalizare a uno de estos pequeñitos que creen en mi, mejor le
fuera si se le atase una piedra de molino el cuello, y fuera echado en la mar"
(Marcos, 9, 42.) ¡Qué evangélico es esto!
"Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo: mejor te es entrar al reino de Dios
con un ojo que teniendo dos ojos ser echado a la Gehenna, donde el gusano de ellos no
muere y el fuego nunca se apaga." (Marcos. 9, 47.) No se trata precisamente de los
ojos...
"También les dijo: «De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí que
no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios, que viene con
potencia»." (Marcos, 9, l.) Mientes muy bien, ¡oh león!
"Cualquiera que quisiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame. Por-que..." (" Observación de
un psicólogo": la moral cristiana es refutada por sus porqués; sus argumen-tos
refutan, y esto es cristiano.) (Marcos, 8, 34.)
"No juzgaréis, para que no seáis juzgados. Por-que con el juicio con que juzguéis
seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir". (Mateo, 7,
l.) ¡Qué concepto de la justicia, de un juez justo!...
"Porque si amareis a los que os aman, ¿qué re-compensa tendréis? ¿No hacen
también lo mismo los publicanos? Y si abrazaseis a vuestros hermanos solamente, ¿qué
hacéis de más? ¿No hacen así tam-bién los Gentiles?" (Mateo, 5, 46.) Principio
del amor cristiano: en fin de cuentas, quiere ser bien pagado...
"Mas si no perdonareis a los hombres sus ofen-sas, tampoco vuestro Padre os
perdonará vuestras ofensas." (Mateo, 6, 15.) Muy comprometedor para el susodicho
Padre... "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas
os serán añadidas." (Mateo, 6, 33.) Todas estas cosas, es decir: comida, vestidos,
todo lo que hace falta en la vida. Es un error para hablar modestamente... Poco antes,
Dios aparece en calidad de sastre; por lo menos, en cier-tos casos...
"Gozaos en aquel día, y alegraos; porque he aquí vuestro galardón es grande en los
cielos, porque así hacían sus padres a los profetas." (Lucas, 6, 23.) ¡Oh cínica
canalla! Ya se compara con los profetas...
"¿ No habéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?
Si alguno viola-re el templo de Dios, Dios destruirá al tal; porque el templo de Dios, el
cual sois vosotros, santo es." (Pablo, a los corintios, I, 3, 16.) Cosas como ésta
no serán nunca bastante despreciadas...
"¿ O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser
juzgado por voso-tros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas?" (Pablo, a los
corintios, I, 6, 2.) Desgraciadamente, esto no es sólo el discurso de un loco... Este
terrible mentidor continúa, textualmente, así: "¿ O no sabéis que hemos de juzgar
a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de este siglo?"
"¿ No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Porque por no haber el mundo
conocido la sabiduría de Dios, a Dios por sabiduría, agradó a Dios salvar a los
creyentes por la locura de la predicación. No sois muchos sabios, según la carne; no
muchos poderosos, no muchos nobles. Antes, lo necio del mundo escogió Dios para
avergonzarnos a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios para avergonzar lo fuerte;
y lo vil del mundo y lo menos-preciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que
es: para que ninguna carne se jacte de su pre-sencia." (Pablo, a los corintios, 1, 20
y sig.) Para comprender este pasaje, testimonio capital de la psi-cología de toda moral
de chandala, léase la primera parte de mi Genealogía de la moral; en ella se pone de
manifiesto por primera vez la contradicción en-tre una moral noble y una moral de
chandala, nacida del rencor y de la venganza impotente, Pablo fue el mayor de los
apóstoles de la venganza...
46
¿Qué se deduce de aquí? De aquí se deduce que es
conveniente ponerse los guantes cuando se lee el Nuevo Testamento. Casi nos obliga a ello
la presen-cia de tanta impureza. Nos guardaremos de escoger para el trato cristianos
primitivos, como nos guarda-ríamos de los judíos polacos: no hay que oponerles reparo
alguno, pero tienen mal olor. vano he buscado en el Nuevo Testamento un rasgo simpático:
nada hay en él que sea libre, be-névolo, franco ni honesto. Aquí no ha comenzado
todavía el humanismo, falta el instinto de limpieza; en el Nuevo Testamento no hay mas
que malos ins-tintos. Todo es vileza; todo allí es un cerrar los ojos y un engañarse a
sí mismo. Cuando se ha leído el Nuevo Testamento, cualquier otro libro parece lim-pio:
para poner un ejemplo, yo, después de haber leído a san Pablo, leí con verdadero
arrebato a Pe-tronio, aquel gracioso y petulante humorista, del cu-al se podría decir lo
que Domenico Boccaccio escribía de César Borja al duque de Parma: "Es
in-mortalmente sano, inmortalmente sereno y bien constituido: é tutto festo...
" Estos hipocritillas desbarran precisamente en lo esencial. Atacan, pero todo lo que
es atacado por ellos se hace por esto mismo distinguido. Cuando un cristiano primitivo
ataca, el atacado no resulta con mancha; por el contrario es un honor tener contra sí
cristianos primitivos. No se puede leer el Nuevo Testamento sin sentir predilección por
lo que en él resulta maltratado, para no hablar de la sa-biduría de este mundo, que un
descarado fanfarrón intenta en vano desacreditar con predicaciones estúpidas... Hasta
los escribas y los fariseos han saca-do provecho de semejantes adversarios: debieron tener
algún valor para ser odiados de manera tan in-decente. ¡La hipocresía, he aquí un
reproche que los cristianos primitivos tendrían derecho, a hacer! Por último, escribas y
fariseos eran privilegiados: esto basta, el odio de los chandalas no tiene necesidad de
otros motivos. El primer cristiano, y temo que tam-bién el último cristiano, que acaso
yo viva lo sufi-ciente para ver, es rebelde por un profundo instinto contra todo lo que es
privilegiado; vive y combate siempre por la igualdad de derechos... Si se observa mejor,
no tiene elección. Si se quiere ser, personal-mente, un elegido de Dios, o un templo de
Dios, o un juez de los ángeles, entonces todo otro principio de elección, por ejemplo,
la elección fundada en la probidad, en el espíritu y en el orgullo, en la belleza y en
la libertad del corazón, se hace simplemente mundo, el mal en sí... Moraleja: toda
palabra en la-bios de un cristiano primitivo es una mentira, cada una de sus acciones es
una falsedad instintiva; todos sus valores, todos sus fines son nocivos, pero lo que odia,
esto tiene valor... El. cristiano, el cristiano sa-cerdote particularmente, es un criterio
de los valores.
Debo aún añadir que en todo el Nuevo Testa-mento se encuentra una sola figura que se
deba hon-rar: Pilatos, el gobernador romano. Tomar en serio un asunto entre judíos, es
cosa a la que no se resuel-ve. Un judío de más o menos, ¿qué importancia tie-ne?... La
noble ironía de un romano, ante el cual se ha hecho un cínico abuso de la palabra
verdad, ha enriquecido el Nuevo Testamento con la única pa-labra que tiene valor, que es
por sí la crítica y aún el aniquilamiento del Nuevo Testamento: ¿qué es la verdad?...
47
Lo que nos distingue no es el hecho de que no encontramos a Dios ni en la historia, ni en la natu-raleza, ni detrás de la naturaleza, sino el hecho de que consideramos lo que se oculta bajo el nombre de Dios, no como divino, sino como miserable, ab-surdo, nocivo; no sólo como error, sino como de-lito contra la vida... Nosotros negamos a Dios en cuanto Dios... Si se nos demostrase este Dios de los cristianos, creeríamos aún menos en él. Para expresarnos con una fórmula: Deus, qualem Paulus crea-vit, dei negatio.
Una religión como el cristianismo, que en ningún punto
se encuentra en contacto con la realidad, que se quiebra en cuanto la verdad adquiere sus
derechos aún en un solo punto, debe naturalmente ser enemiga mortal de la sabiduría del
mundo, o sea de la ciencia; debe aprobar todos los medios con que la disciplina del
espíritu, la pureza y la serenidad en los casos de conciencia del espíritu, la noble
frialdad y libertad del espíritu pueden ser envenenadas, ca-lumniadas, difamadas. La fe
como imperativo es el veto contra la ciencia; en la práctica es la mentira a toda
costa... Pablo comprendió que la mentira- que la fe- es necesaria; a su vez la Iglesia,
más tarde, comprendió a Pablo.
Aquel Dios que Pablo se inventó, un Dios que desacredita la sabiduría del mundo (o en
sentido estricto, los dos grandes adversarios de toda su-perstición: la filología y la
medicina), no es en reali-dad mas que la resuelta decisión de Pablo de llamar Dios a su
propia voluntad, la Thora; esto es judaico. Pablo quiere desacreditar la sabiduría del
mundo: sus enemigos son los buenos filólogos y los médi-cos de la escuela alejandrina; a
éstos les hace la gue-rra. En realidad, no se es filólogo y médico sin ser al mismo
tiempo anticristiano. Porque en calidad de filólogos se mira detrás de los libros
santos, y en ca-lidad de médicos se ve detrás del cristiano típico la degeneración
psicológica. El médico dice: Incurable; el filólogo dice: Charlatanería.
48
¿Se ha entendido bien la famosa historia que se encuentra
el principio de la Biblia, la del terrible miedo de Dios ante la ciencia? No se ha
comprendido. Este libro de sacerdotes por antonomasia co-mienza, como es justo, con la
gran dificultad íntima del sacerdote: el sacerdote tiene solo peligro; por consiguiente,
Dios tiene sólo un gran peligro.
El viejo Dios, todo espíritu, todo gran sacerdote, todo perfección, pasea por
distracción en sus jardines; pero se aburre. En vano luchan contra el tedio los dioses
mismos. ¿Qué hace Dios? Inventa al hombre; el hombre es divertido... Pero he aquí que
también el hombre se aburre. La compasión de Dios por la única miseria que todos los
Paraísos tie-nen en si, no conoce límites: pronto creó otros ani-males. Primer error de
Dios: el hombre no encontró divertidos a los animales- fue su amo, no quiso ser un
animal. Después de esto Dios creó a la mujer. Y, en realidad, entonces acabó de
aburrirse; pero aca-baron también otras cosas. La mujer fue el segundo error de Dios.
"La mujer es, por su naturaleza, ser-piente: Eva"; esto lo sabe todo sacerdote;
"de las mujeres procede todo el mal sobre la tierra"; esto también lo sabe todo
sacerdote. "Por consiguiente, también de ella viene la ciencia..."
Precisamente, de la mujer aprende el hombre a gustar el árbol del conocimiento...
¿Qué había sucedido? El viejo Dios se vio aco-metido de un tremendo error. El hombre
mismo se había hecho su mayor error; Dios se había creado un rival; la ciencia nos hace
iguales a Dios; ¡cuando él hombre se hace sabio han terminado los sacer-dotes y los
dioses! Moraleja: la ciencia es la cosa ve-dada en sí, es lo único vedado. La ciencia es
el primer pecado, el germen de todos los pecados, el pecado original. Sólo esto es la
moral. Tú no debes conocer: todo lo demás se sigue de aquí. El tremen-do miedo
experimentado por Dios no le impidió ser hábil. ¿Cómo nos defenderemos de la ciencia?
Éste fue durante mucho tiempo su problema capital, Respuesta: ¡Arrojemos al hombre del
Paraíso! La felicidad, el ocio, conducen a pensar; todos los pensamientos son malos
pensamientos... El hombre no debe pensar.
Y el sacerdote en sí inventa la miseria, la muerte, los peligros mortales del parto, toda
clase de sufri-mientos, de dolores, de fatigas, y sobre todo la en-fermedad; ¡simples
medios en la lucha contra la ciencia! La miseria le impide al hombre pensar... Y, sin
embargo, ¡cosa terrible!, la obra de la ciencia se eleva, llega hasta el cielo, haciendo
palidecer a los dioses. ¿Qué hacer? El viejo Dios inventa la guerra, separa a los
pueblos, hace que los hombres se des-truyan unos a otros (los sacerdotes tuvieron siempre
necesidad de la guerra). ¡De la guerra, que, entre otras cosas, es una gran perturbadora
de la paz de la ciencia! ¡Oh cosa increíble! No obstante la guerra, la ciencia, la
emancipación del poder del sacerdote, aumentan. Y una última decisión se presenta al
viejo Dios: El hombre se ha hecho científico; no sirve, hay que ahogarlo.
49
¿Se me ha entendido? El comienzo de la Biblia contiene
toda la psicología del sacerdote. El sacerdote sólo conoce un peligro: la ciencia, el
sano concepto de causa y efecto. Pero la ciencia prospera conjuntamente sólo en
situaciones favorables; hay que tener tiempo, hay que tener espíritu de sobra para
investigar... Por consiguiente, se debe hacer al hombre infeliz: ésta fue en todo tiempo
la lógica del sacerdote.
Ya se adivina qué ha entrado en el mundo con arreglo a esta lógica: el pecado. El
concepto de culpa y de castigo, todo el orden moral del mundo fue inventado contra la
ciencia, contra la liberación del hombre del poder del sacerdote... El hombre no debe
mirar fuera de sí, sino dentro de sí; no debe mirar en las cosas con habilidad y
prudencia para aprender; en general, ni debe mirar; debe sufrir... Y debe sufrir de modo
que tenga constantemente necesidad del sacerdote. ¡Fuera los médicos! ¡Hay necesidad de
un salvador! ¡El concepto de culpa y de castigo, comprendida la doctrina de la gracia, de
la redención, del perdón- todas completas mentiras privadas de toda realidad
psicológica- fue inventado para destruir en el hombre el sentido de las causas; fue un
atentado contra la noción de causa y efecto! ¡Y no un atentado realizado con el puño,
con el cuchillo, con la sinceridad en el odio y en el amor, sino partiendo de los
instintos más viles, más astutos, más bajos! ¡Un atentado de sacerdotes! ¡Un atentado
de parásitos! ¡Un vampirismo de pálidas sanguijuelas subterráneas!... Si las
consecuencias naturales de una acción no son ya naturales, sino que se fantasea que sean
influidas por conceptos fantasmas de la superstición, por Dios, por espíritus, por
almas, como consecuencias puramente morales, como premio, castigo, indicación, medio de
educación, es destruida la premisa de la ciencia y se ha cometido el mayor delito contra
la humanidad. El pecado, repitámoslo, esa forma por excelencia de descaro por parte de la
humanidad, fue inventado para hacer imposible la ciencia, la civilización y el
ennoblecimiento del hombre; el sacerdote domina gracias a la invención del pecado.
50
Al llegar a este punto no puedo prescindir de una
psicología de la fe, del creyente, a favor, como es justo, de los creyentes. Si tampoco
faltan hoy per-sonas que ignoran cuán indecoroso es el ser cre-yente- o cómo esto es un
signo de decadencia, de falta de voluntad de vivir-, ya se sabrá mañana. Mi voz llega
incluso a los duros de oído. Parece, si no he comprendido mal, que hay entre los
cristianos un criterio de la verdad que se llama la prueba de la fuerza. La fe nos hace
felices: luego es verdadera. Ante todo, se podría objetar aquí que la felicidad tampoco
está demostrada, sino que no es mas que una promesa: la felicidad va unida a las
condiciones de la fe; hay que ser feliz porque se cree... Pero ¿cómo se puede demostrar
que efectivamente su-cede lo que el sacerdote promete al creyente en un más allá
inaccesible a todo control? La presunta prueba de la fuerza es, por consiguiente, a su vez
la creencia en que no faltará aquel efecto que se nos promete por la fe. Aderezado en una
fórmula: "yo creo que la fe nos hace, felices; por consiguiente, la fe es
verdadera." Pero con esto estamos ya al cabo de la calle. Aquel "por
consiguiente" es el absurdo mismo tomado como criterio de verdad.
Pero supongamos, con alguna indulgencia, que esté demostrado que la fe asegura la
felicidad (que la felicidad no es sólo deseada, no es sólo prometida de labios un tanto
sospechosos, de los sacerdotes): ¿fue nunca la felicidad- o para hablar técnicamente, el
placer- una prueba de la verdad? Dista tanto de serlo que casi es lo contrario; en todo
caso es la más vehemente sospecha contra la "verdad", cuando sentimientos de
placer toman la palabra a la pre-gunta: ¿qué es la verdad? La prueba del placer es una
prueba para el placer, nada más. ¿De dónde se podrá sacar que precisamente los juicios
verdaderos causan mayor placer que los falsos, y que, de con-formidad con una armonía
preestablecida, llevan necesariamente consigo sentimientos placenteros? La experiencia de
todos los espíritus severos y pro-fundos enseña lo contrario. Para conquistar la ver-dad
hay que sacrificar casi todo lo que es grato a nuestro corazón, a nuestro amor, a nuestra
confian-za en la vida. Para ello es necesario grandeza de al-ma: el servicio de la verdad
es el más duro de todos los servicios. ¿Qué significa ser probo en las cosas del
espíritu? Significa ser severos con nuestro pro-pio corazón, despreciar los bellos
sentimientos y formarse una conciencia de cada sí y de cada no. La fe nos hace felices,
por lo tanto miente.
51
Una breve visita a un manicomio nos enseña con suficiente
claridad que la fe en ciertas circunstancias hace hombres felices, que la felicidad no
hace de una idea fija una idea verdadera, que la fe no transporta las montañas, sino que
coloca montañas donde no las hay. Esto no convence a un sacerdote, porque éste niega por
instinto que la enfermedad sea una enfermedad y el manicomio un manicomio. El cristianismo
tiene necesidad de la enfermedad, casi como la Grecia tenía necesidad de un exceso de
salud; hacer enfermos es la verdadera intención recóndita de todo el sistema de
salvación propio de la Iglesia. Y la Iglesia misma, ¿no es el manicomio católico como
último ideal? ¿La tierra, en general, como manicomio? El hombre religioso, cual le
quiere la Iglesia, es un decadente típico; el momento en que una crisis religiosa se
posesiona de un pueblo es siempre caracterizado por epidemias nerviosas; el mundo interno
del hombre religioso se parece al mundo interior de los sobreexcitados y de los agotados,
hasta el punto de confundirse con él; los más elevados estados de ánimo que el
cristianismo ha colocado sobre la humanidad como valores supremos, son formas
epileptoides; la Iglesia ha santificado solamente a locos o a grandes impostores in
majorem dei honorem... Yo osé una vez definir todo el training cristiano de la expiación
y de la reden-ción (hoy estudiado especialmente en Inglaterra) como una locura circular
producida metódicamente, como es natural, sobre un terreno ya preparado, o sea
fundamentalmente morboso. Nadie es libre de llegar a ser cristiano: no se convierte la
gente al cris-tianismo, hay que estar bastante enfermo para el cristianismo...
Nosotros, que tenemos el valor de la salud y también del desprecio, ¡cuánto derecho
tenemos a despreciar una religión que enseñó a comprender mal el cuerpo, que no quiso
desembarazarse de la superstición del alma!; ¡que hace un mérito de la falta de
alimentación!; ¡que combate en la salud una especie de enemigo, de diablo, de
tentación!; ¡que se persuadió de que es posible llevar un alma perfecta en un cuerpo
cadavérico, y a este fin debió formarse una nueva concepción de la perfección, una
criatura pálida, enfermiza, idiotamente fanática, la dicha santidad, la santidad que es
simplemente una serie de síntomas de un cuerpo empobrecido, enervado, irremediablemente
lesionado!...
El movimiento cristiano como movimiento eu-ropeo es, a priori, un movimiento colectivo de
los elementos de desecho y de descarte de todo género (los cuales quieren llegar con el
cristianismo al po-der). No expresa el ocaso de una raza, es un agrega-do de formas de
decadencia provenientes de todo lugar, las cuales se reúnen y se buscan. No es, como se
cree, la corrupción de la antigüedad misma, de la noble antigüedad que hizo posible el
cristianismo; nunca se combatirá con suficiente saña, el idiotismo erudito que aún
sostiene una cosa semejante. En la época en que las capas sociales enfermizas y daña-das
del chandala se cristianizaron en todo el im-perio romano, el tipo opuesto, la nobleza,
existía precisamente en su forma más hermosa y más dura. El gran número alcanzó el
poder; el democratismo de los instintos cristianos venció... El cristianismo no fue
nacional, no se concretó a una raza; se dirigió a todos los desheredados de la vida,
encontró en todas partes sus aliados. El cristianismo tiene en su base el rencor de los
enfermos, dirige sus instintos contra los sanos, contra la salud. Todo lo que está bien
constituido, todo lo que es altivo, orgulloso, sobre todo la belleza, lastima sus ojos y
sus oídos. Recordaré, una vez más, la inestimable frase de Pablo: "Lo que es
débil a los ojos del mundo, lo que es loco para el mundo, lo que es innoble y
despreciable para el mundo, fue elegido por Dios"; ésta fue la fórmula, in hoc
signo llegó la decadencia.
Dios en la cruz, ¿todavía no se puede compren-der el terrible pensamiento oculto en este
símbolo? Todo lo que es sufrimiento, todo lo que está sus-pendido de una cruz es
divino... Todos nosotros estamos suspendidos de una cruz, por consiguiente, todos nosotros
somos divinos... Nosotros solos somos divinos... El cristianismo fue una victoria, por él
pereció una mentalidad más noble; el cristianismo ha sido hasta hoy la más grande
desgracia de la humanidad.
52
El cristianismo está también en contradicción con toda
buena constitución intelectual; sólo puede valerse de la razón enferma como razón
cristiana, toma el partido de todo lo que es idiota, lanza la maldición sobre el
espíritu, sobre la soberbia del espíritu sano. Como la enfermedad pertenece a la esencia
del cristianismo, también el estado típico de ánimo cristiano, la fe, debe ser una
forma de enfermedad, y todos los caminos rectos, honrados, científicos, que conducen al
conocimiento deben ser refutados por la Iglesia como caminos prohibidos. Ya la duda es un
pecado... La falta completa de limpieza psicológica en el sacerdote- que se revela en su
mirada- es un fenómeno y una consecuencia de la decadencia; obsérvese de un lado las
mujeres histéricas, y de otro los niños de constitución raquítica, y se verá que
ordinariamente, la falsedad instintiva, el placer de mentir por mentir, son
manifestaciones de decadencia. La fe significa no querer saber qué es la verdad. El
pietista, el sacerdote de ambos sexos, es falso porque es un enfermo, su instinto exige
que la verdad no tenga razón en ningún punto.
"Lo que nos hace enfermos es bueno; lo que proviene de la abundancia, del exceso, del
poder, es malo"; así piensa el creyente. Yo adivino a todo teólogo predestinado por
la esclavitud a la mentira. Otro indicio del teólogo es su incapacidad para la
filología. Por filología debe entenderse aquí, en sen-tido muy general, el arte de leer
bien; de saber inter-pretar los hechos, sin falsearlos con interpretaciones; sin perder,
por el deseo de com-prender, la prudencia, la paciencia, la finura. La filología como
ephexis en la interpretación; ya se trate de libros o de noticias, de periódicos, de
destinos o de hechos meteorológicos, para no hablar de la sal-vación del alma... El modo
en que un teólogo, ya se encuentre en Berlín o en Roma, interpreta una pala-bra de la
Escritura o un acontecimiento, una victoria del ejército nacional, por ejemplo, bajo la
alta luz de los salmos de David, es siempre de tal manera au-daz que a un filólogo le
hace perder la paciencia. ¿Y qué decir cuando los pietistas y otras vacas de Sua-via
justifican su miserable existencia cotidiana con el dedo de Dios, y de él hacen un
milagro de la gracia, de la providencia; un milagro de santa experiencia? El más modesto
empleo del espíritu, para no decir de la decencia, debería llevar a estos intérpretes a
persuadirse de la completa puerilidad e indignidad de semejante abuso del dedo de Dios. Si
se tuviese en el cuerpo una medida de piedad, por pequeña que fuera, un Dios que nos cura
oportunamente de un constipado o nos hace salir en coche en el mo-mento en que estalla un
gran aguacero, debería ser un Dios tan absurdo que, si existiese, debería ser abolido.
Un Dios cual mensajero, como cartero, como mercader, es en el fondo una palabra para
in-dicar la más estúpida especie de todos los casos... La Divina providencia, como es
aquella en que todavía cree en la Alemania "culta" una tercera parte de los
hombres, sería una objeción contra Dios como no habría otra más formidable. Y en todo
caso es una objeción contra los alemanes.
53
Es tan falso que los mártires sufran algo por la verdad
de una cosa, que yo me atrevería a negar que jamás un mártir haya tenido nunca nada que
ver con la verdad. En el tono en que un mártir lanza a la faz del mundo su convicción,
se manifiesta ya un grado tan bajo de probidad intelectual, tal obtusidad para el problema
de la verdad, que nunca hace falta re-futar a un mártir. La verdad no es cosa que uno
po-sea y otro no: sólo ciudadanos o apóstoles de ciudadanos a la manera de Lutero pueden
pensar así en la verdad. Se puede tener seguridad de que, según el grado de conciencia
en las cosas del espíritu, la capacidad de decidir, la decisión en este punto será
siempre mayor. Ser competente en cinco cosas y rehusar delicadamente ser competente en lo
demás... La verdad, como entiende esta palabra todo profeta, todo librepensador, todo
socialista, todo hombre de Iglesia, es una perfecta prueba del hecho de que ni siquiera ha
comenzado aquella disciplina del espíritu y aquella superación de sí mismo que es
necesaria para encontrar cualquier verdad, por mínima que sea.
Los mártires, dicho sea de pasada, fueron una gran desgracia en la historia, sedujeron...
La conclu-sión de todos los idiotas, comprendidas las mujeres y el pueblo, de que tenga
valor una causa por la cual alguien afronta la muerte (o una causa que, como el
cristianismo primitivo, engendra epidemias de gen-tes que corren a la muerte), esta
conclusión dificultó indeciblemente la investigación, el espíritu de la
in-vestigación y de la circunspección. Los mártires hi-cieron daño a la verdad... Hoy
mismo basta una cierta crueldad de persecución para crear un nom-bre honorable a
cualquier sectarismo carente en sí de valor. ¿Cómo? ¿Cambia el valor de una causa el
hecho de que alguien exponga por ella la vida? Un error que llega a ser honorable es un
error que po-see un hechizo más para seducir: ¿creéis vosotros, señores teólogos, que
vamos a daros ocasión de ha-ceros mártires por vuestra mentira? Se refuta una cosa
poniéndola cuidadosamente en hielo; así se re-futa también a los teólogos...
Ésta fue, precisamente, en la historia del mundo la estupidez de todos los perseguidores:
que dieron apariencia de honorabilidad a la causa de los adver-sarios, que les hicieron el
don del hechizo, del mar-tirio... Aún hoy la mujer se pone de rodillas ante un error,
porque se le ha dicho que alguien murió por este error en la cruz. ¿Es pues, la cruz un
argumen-to? Pero sobre todas estas cosas hay uno que ha dicho la palabra de que había
necesidad desde hace miles de años: Zaratustra.
"Éstos escribieron signos de sangre sobre la senda que recorrieron, y su locura
enseñó que con la sangre se demuestra la verdad.
"Pero la sangre es el peor testimonio de la verdad; la sangre envenena la más pura
doctrina y la cambia en locura y odio de los corazones.
"Y si alguien corre al fuego por su doctrina, ¿qué prueba esto? Más verdad es que
la propia doctrina surge del propio incendio."
54
No nos dejemos engañar; los grandes espíritus son
escépticos. Zaratustra es un escéptico. La fortaleza, la libertad proveniente de la
fuerza y del exceso de fuerza del espíritu se demuestra mediante el es-cepticismo. Los
hombres de convicciones no mere-cen ser tomados en consideración para todos los
principios fundamentales de valor y no valor. Las convicciones son prisiones. Los
convencidos no ven bastante lejos, no ven por debajo de sí; pero pa-ra poder hablar de
valor y no valor se deben mirar quinientas convicciones por bajo de sí, detrás de sí...
Un espíritu que apetezca cosas grandes y que quiera también los medios para
conseguirlas, es necesaria-mente escéptico. La libertad de toda clase de con-vicciones
forma parte de la fuerza, la facultad de mirar libremente... La gran pasión, la base y la
po-tencia del propio ser, aun más iluminada y más des-pótica que él mismo, toma todo
su intelecto a su servicio; nos limpia de escrúpulos; nos da el valor hasta de usar
medios impíos; en ciertas circunstan-cias nos concede convicciones. La convicción pue-de
ser medio: muchas cosas se consiguen sólo por medio de una convicción. La gran pasión
tiene necesidad de convicciones, hace uso de ellas, pero no se somete a ellas, se sabe
soberana.
Viceversa, la necesidad de creer, la necesidad de un absoluto en el sí y en el no, el
carlylismo, si se me permite la expresión, es una necesidad de los débi-les. El hombre
de la fe, el creyente de todo género, es necesariamente un hombre dependiente, un hombre
que no puede ponerse como fin, que no puede en general poner fines sacándolos de sí. El
creyente no se pertenece a sí mismo, sólo puede ser un medio, debe ser empleado, tiene
necesidad de alguien que se valga de él. Su instinto atribuye el su-premo honor a la
moral de la despersonalización; a ésta le persuade todo: su habilidad, su experiencia,
su vanidad. Toda especie de fe es una expresión de despersonalización, de renuncia de
sí mismo... Si pensamos cuán necesario es a la mayor parte de los hombres un regulador
que les ligue y les fije desde el exterior, y cuánto la constricción, o en sentido más
elevado, la esclavitud, es la única y última condición en que prospera el hombre débil
de voluntad, y es-pecialmente la mujer, se comprende también la con-vicción o fe. El
hombre de convicciones tiene en la fe su espina dorsal. No ver muchas cosas, no sentir-se
cautivo de nada, ser siempre hombre de partido, tener una óptica severa y necesaria en
todos los va-lores, todo esto es condición de la existencia de se-mejante especie de
hombres. Pero con esto se es lo contrario, el antagonista del veraz, de la verdad... El
creyente no es libre de tener en general una con-ciencia para el problema de verdadero y
no verda-dero: el ser leales en este punto sería pronto su ruina. La dependencia
patológica de su óptica hace del hombre convencido un fanático- Savonarola, Lutero,
Rousseau, Robespierre, Saint- Simon-, el tipo opuesto del espíritu fuerte y libre. Pero
las grandes actitudes de estos espíritus enfermos, de estos epi-lépticos de la idea,
impresionan a la masa; los fanáti-cos son pintorescos, la humanidad prefiere ver
actitudes a oír argumentos...
55
Demos un paso más en la psicología de la convicción, de
la fe. Ya durante largo tiempo he invita-do yo a considerar si las convicciones no son
enemigas más peligrosas de la verdad que las mentiras- Humano, demasiado humano, I,
aforismo 483-. Ahora quisiera plantear la pregunta decisiva: ¿Existe en general una
contradicción entre la convicción y la mentira? Todos creen que si; pero ¡qué no cree
la gente! Toda convicción tiene su historia, sus formas previas, sus errores; se
convierte en convicción des-pués de mucho tiempo de no serlo, después de ha-ber sido
durante largo tiempo apenas tal convicción. ¿Cómo? ¿No podría también existir la
mentira en estas formas embrionarias de la convicción? Algu-nas veces sólo hubo
necesidad de un cambio de persona: en el hijo llega a ser convicción lo que en el padre
era todavía mentira. Por mentira entiendo yo no querer ver una cosa que se ve, no querer
verla en el modo que se la ve; no tiene importancia el hecho de que la mentira se realice
ante testigos o sin testi-gos. La mentira más común es aquella con la que nos engañamos
a nosotros mismos; mentir a los demás es relativamente el caso excepcional.
Ahora bien: este negarse a ver lo que se ve, este no querer ver en el modo que se ve una
cosa, es casi la primera condición de todos los que forman un partido, en cualquier
sentido; el hombre de partido se hace necesariamente un hombre que miente. Por ejemplo,
los historiadores alemanes están convenci-dos de que Roma fue el despotismo, que los
alema-nes han traído al mundo el espíritu de libertad.
¿Qué diferencia hay entre esta convicción y una mentira? ¿Nos podríamos asombrar si
por instinto todos los partidos, aún el partido de los historiado-res alemanes, tuvieran
en la boca las grandes frases de la moral, si la moral sobrevive casi sólo porque el
hombre de partido de cualquier género tiene necesi-dad de ellas a cada instante?
"Ésta es nuestra con-vicción: nosotros la profesamos a la faz de todo el mundo,
vivimos y morimos por ella- ¡respetad a to-do el que tiene convicciones!"-; cosas de
esta índole he oído yo, hasta en boca de los antisemitas. ¡Al contrario, señores
míos! Un antisemita no es más respetable por el hecho de que mienta
sistemática-mente... Los sacerdotes, que en tales cosas son más sutiles y comprenden
perfectamente la objeción implícita en el concepto de convicción, o sea de la mentira
sistemática, porque va dirigida a un fin, han heredado de los hebreos la habilidad de
introducir en este lugar la idea de Dios, voluntad de Dios, revelación divina. El mismo
Kant, con su imperativo categórico, se encontró en el mismo caso: aquí su razón se
hizo práctica.
Hay problemas en los que la decisión sobre la verdad o falsedad que contienen no está
concedida al hombre: todos los más elevados problemas, todos los sublimes problemas de
valor se encuentran más allá de la razón humana... Comprender los lí-mites de la
razón, esto es precisamente la filosofía... ¿A qué fin concedió Dios al hombre la
revelación? ¿Habría hecho cosa superflua? El hombre no puede saber por sí mismo qué
es el bien y el mal; por eso Dios le enseñó su voluntad... Moraleja: el sacerdote no
miente, no existe el problema de verdadero o no verdadero en las cosas de que hablan los
sacerdotes; estas cosas no permiten mentir. Porque para mentir se debería poder decidir
qué es lo verdadero; pero el hombre no puede hacer esto; por consiguiente, el sacerdote
no es mas que el intérprete de Dios.
Semejante silogismo de los sacerdotes no es simplemente judaico y cristiano: el derecho de
men-tir y la habilidad de la revelación son propios del tipo sacerdote, tanto de los
sacerdotes de la deca-dencia como de los del paganismo (paganos son aquellos que dicen sí
a la vida, para los cuales Dios es la palabra para decir sí a todas las cosas). La ley,
la voluntad de Dios, el libro sagrado, la inspiración, son sólo palabras para indicar
las condiciones en las cuales el sacerdote adquiere el poder, por las cuales conserva su
poder; estos conceptos se encuentran en la base de todas las organizaciones sacerdotales,
de todas las formaciones sacerdotales y filosófi-co- sacerdotales. La santa mentira es
común a Con-fucio, al Código de Manú, a Mahoma, a la Iglesia cristiana: no falta en
Platón. La verdad está aquí; estas palabras, dondequiera que son pronunciadas,
significan: el sacerdote miente...
56
Finalmente, es importante el fin por el cual se miente. Mi
objeción contra los medios empleados por el cristianismo es ésta: que en él faltan los
fines santos. Sólo fines malos: envenenamiento, calumnias, negación de la vida,
desprecio del cuerpo, envilecimiento y corrupción del hombre mediante el concepto de
pecado; por consiguiente, también sus medios son malos.
Yo leo con sentimiento opuesto el Código de Manú, obra incomparablemente más
intelectual y superior; sería un pecado contra el Espíritu el nombrarle juntamente con
la Biblia. Pronto se compren-de por qué: porque tiene detrás de sí una verdadera
filosofía; la tiene en sí, y no solamente un judaísmo maloliente, mezcla de rabinismo y
de superstición; da a morder algo, hasta al psicólogo más estragado. No olvidemos lo
principal, la diferencia fundamen-tal de toda especie de Biblia; con el Código de Manú,
las clases nobles, los filósofos y los guerreros conservan su poder sobre las masas: por
todas par-tes valores nobles, un sentido de perfección, una afirmación de la vida, un
sentimiento triunfal de sa-tisfacción de sí mismo y de la vida, sobre todo el libro
brilla el sol. Todas las cosas sobre las cuales el cristiano desahoga su inagotable
vulgaridad, por ejemplo, la generación, la mujer, el matrimonio, son tratadas aquí
seriamente, con respeto, con amor y confianza. ¿Cómo poner en las manos de las muje-res
y de los niños un libro que contiene aquellas ab-yectas palabras: "Para evitar la
prostitución que tenga cada uno una mujer propia y cada mujer un hombre...; es mejor
casarse que abrasarse?" Y ¿se puede ser cristiano siendo así que con el concepto de
la inmaculada concepción el nacimiento del hombre es cristianizado, esto es, maculado?...
Yo no conozco libro alguno en que se diga a la mujer tantas cosas buenas y tiernas como en
el Código de Manú; aquellos viejos santones tratan a la mujer con una gracia y
delicadeza que acaso no ha sido superada nunca. "La boca de una mujer- se lee allí-,
el seno de una joven, la oración de un niño, el humo del sacrificio, son siempre
puros." Y en otro lugar: "No hay nada más puro que la luz del sol, la sombra de
una vaca, el aire, el agua, el fuego y la respiración de una joven." Un último
pasaje, que es quizá también una santa mentira: "Todas las abertu-ras del cuerpo
por encima del Ombligo son puras, las de debajo son impuras. Sólo en la virgen es puro
todo el cuerpo."
57
Se toma en flagrante la insanía de los medios de que se
vale el cristiano cuando se compara el fin del cristianismo con el del Código de Manú;
cuando se pone de manifiesto este contraste de fines. El crítico del cristianismo no
puede menos de hacerle despre-ciable. Un Código como el de Manú, nace como na-ce todo
buen Código: resume la experiencia, la sabiduría y la moral experimental de largos
milenios; concluye, no crea. La premisa de una codificación de este género es el juicio
que los medios con que crear autoridad a una verdad conquistada lentamente y a caro precio
sean profundamente diversos de aquellos por los que se podría demostrar aquella verdad.
Un Código no relata nunca la utilidad, las razones, la casuística de los precedentes de
una ley: porque con ello perdería el tono imperativo, el tú debes, la condición para
ser obedecido. El proble-ma estriba precisamente en esto.
En un cierto punto de la evolución de un pue-blo, la clase más juiciosa, o sea la que
sabe mirar atrás y a lo lejos, declara establecida la práctica se-gún la cual se debe o
se puede vivir.
El fin de esta clase es hacer una recolección lo más posible rica y constante de los
tiempos de expe-rimentación y de las malas experiencias. Ante todo, de lo que nos debemos
guardar es de la continua-ción del experimento, de la preexistencia de un es-tado fluido
de valores, del indagar, del elegir, del criticar los valores hasta el infinito. Contra
esto se alza un doble muro; ante todo la revelación, o sea la afirmación de que la
razón de aquellas leyes no es de origen humano, no ha sido buscada y encontrada
lentamente entre errores, sino que ésta, como de origen divino, es completa, perfecta,
sin historia, un don, un milagro, simplemente comunicada... En se-gundo lugar, la
tradición, o sea la afirmación de que la ley existía ya desde tiempo antiquísimo, y
que el ponerla en duda sería contrario a la piedad, sería un delito con- tra los
antepasados. La autoridad de la ley se funda en estas dos tesis: Dios la dio, los
antepasados la observaron.
La razón superior de semejante procedimiento se encuentra
en la intención de constreñir a la con-ciencia a que se retire, paso a paso, de la vida
reco-nocida por justa (o sea demostrada por una experiencia enorme y sutilmente tamizada),
de mo-do que se consiga el perfecto automatismo del ins-tinto; esta premisa de todo
género de maestría y de perfección en el arte de la vida. Fijar un Código a la manera
de Manú significa brindar a un pueblo la fa-cultad de hacerse maestro, de llegar a ser
perfecto, de aspirar al supremo arte de vida. "A tal fin hay que hacerle
inconsciente"; tal es el fin de toda santa mentira.
La ordenación de las castas, la ley suprema y dominante, es sólo la sanción de una
ordenación natural, de una ley natural de primer orden, sobre la cual no tiene poder
ningún arbitrio, ninguna idea moderna. En toda sociedad sana se distinguen entre si,
condicionándose recíprocamente, tres tipos, que fisiológicamente tienen una
gravitación distinta, ca-da uno de los cuales tiene su propia higiene, un campo de
trabajo propio, una cualidad propia de sentimientos de la perfección y de la maestría.
La naturaleza y no Manú es la que separa a los hombres que dominan por su entendimiento,
por la fuerza de los músculos o del carácter, de aquellos que no se distinguen por
ninguna de estas cosas de los me-diocres; estos últimos constituyen el mayor número, los
otros son la flor de la sociedad. La clase más al-ta- yo la llamo los poquísimos- por
ser perfecta tiene también los privilegios correspondientes a los po-quísimos: entre los
cuales está el representar la feli-cidad, la belleza, la bondad en la tierra. Únicamente
a los hombres más intelectuales les es permitida la belleza: sólo en ellos no es
debilidad la bondad. Pulchrum est paucorum hominum; la belleza es un privilegio. Nada es
menos permitido a aquellos que las maneras feas o una mirada pesimista, una mirada que
afea, o una indignación ante el aspecto de con-junto de las cosas. La indignación es el
privilegio del chandala; e igualmente el pesimismo. El mundo es perfecto; así habla el
instinto de los más intelectua-les, el instinto que afirma: la imperfección, las cosas
de todo género que están por bajo de nosotros, la distancia, el pathos de la distancia,
el chandala mi-mo forma parte también de esta perfección.
Los hombres más intelectuales, como son fuertes, encuentran su felicidad allí donde
otros encontrarían su ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismos y con los
demás, en el experimento; su goce consiste en vencerse a sí mismos; el ascetismo es en
ellos necesidad, instinto; y para ellos es un recreo jugar con vicios que destruirían a
otros... El cono-cimiento es una forma del ascetismo.
Estos son la especie más honorable de hom-bres: esto no excluye que sean la especie más
serena y más amable. Dominan, no porque quieran, sino porque existen; no les es lícito
ser los segundos. Los segundos: tales son los guardianes del derecho, los administradores
del orden y de la seguridad, los no-bles guerreros y sobre todo el rey considerado co-mo
la más alta fórmula del guerrero, del juez y del conservador de la ley. Los segundos son
los ejecu-tores de los intelectuales; la cosa más próxima a ellos, los que les quitan
todo lo que es grosero en el trabajo de dominación, su séquito, su mano derecha, sus
mejores discípulos. En todo esto, lo repetimos, no hay nada de arbitrario, nada de fatal,
lo que es diverso es artificial, entonces se hace daño a la naturaleza...
La ordenación de las castas, la jerarquía, formula solamente la ley suprema de la vida
misma; la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad
para hacer posibles tipos más altos y altísimos; la desigualdad de los derechos es
precisamente la condición para que haya derechos en general. Un derecho es un privilegio.
Según su modo de ser cada cual tiene su privilegio. No despreciamos los derechos de los
mediocres. La vida es siempre más dura conforme se va elevando aumenta el frío, aumenta
la responsabilidad. Una gran civilización es un pirámide: sólo puede vivir en un
terreno amplio, tiene como primera condición una mediocridad fuerte y sanamente
consolidada. El oficio, el comercio, la agricultura, la ciencia, gran parte del arte; en
una palabra, todo el complejo de la actividad profesional se armoniza únicamente con la
moderación en el poder y en el desear; estaría fuera de lugar entre las excepciones, el
instinto que le es propio contradiría tanto el aristocratismo como el anarquismo. Para
ser una utilidad pública, una rueda, una función, es necesario un destino natural: lo
que hace de los hombres máquinas inteligentes no es la sociedad, no es el género de
felicidad de que son simplemente capaces la mayor parte de los hombres. Para los
mediocres, ser mediocres es una felicidad; la maestría en una sola cosa; la especialidad
es para los mediocres un instinto natural. Seria totalmente indigno de un espíritu
profundo ver ya una objeción en la mediocridad en si. Es, por el contrario, la primera
cosa necesaria para que pueda haber excepciones; una alta civilización tiene por
condición la mediocridad. Si el hombre de excepción maneja precisamente a los mediocres
con manos más delicadas que las que emplea para manejarse él y a sus iguales, ésta no
es sólo una cortesía del corazón; es simplemente su deber... ¿A quiénes odio yo más
entre la plebe moderna? A la plebe socialista, a los apóstoles de los Tschandala, que
minan en el obrero el instinto, el goce, el sentimiento de contentarse con su propia
existencia pequeña, que le hacen envidioso, que le enseñan la venganza... La injusticia
no se encuentra nunca en la desigualdad de derechos; se encuentra en la exigencia de
derechos iguales... ¿Qué es lo malo? Pues ya lo he dicho: todo, lo que nace de la
debilidad, de envidia, de venganza. El anarquista y el cristiano tienen un mismo origen.
58
En realidad, el fin por que se miente constituye una
diferencia: según que con este fin se quiera con-servar o destruir. Se puede instituir
una igualdad perfecta entre el cristiano y el anarquista: su objeto, su instinto, tiende
solamente a la destrucción. Basta leer la historia para sacar de ella la prueba de esta
afirmación: la historia la presenta con terrible clari-dad. Ya hemos aprendido a conocer
un Código reli-gioso que tiene por objeto perpetuar la más alta condición de
prosperidad de la vida, esto es, una gran organización de la sociedad; el cristianismo
en-contró su misión de poner término precisamente a tal organización, porque en ella
la vida prosperaba. Con esto, los resultados de la razón durante largas épocas de
experiencia y de incertidumbre debían ser empleados para una remota utilidad, y la
cosecha debía ser tan grande, tan rica, tan completa como fuera posible: aquí, por el
contrario, la cosecha fue envenenada por la noche... Lo que existía aere pe-rennius, el
imperium romanum, la más grandiosa forma de organización en circunstancias difíciles
hasta ahora realizada, en comparación con la cual todo lo anterior, todo lo posterior es
artificio, chapucería, diletantismo; aquellos santos anarquistas se impusieron el
religioso deber de destruirlo, de des-truir el mundo, esto es, el imperium romanum, hasta
que no quedase piedra sobre piedra, hasta que los germanos y otros rudos campesinos se
hicieron dueños de él. El cristiano y el anarquista: ambos de-cadentes, ambos incapaces
de obrar de otro modo que disolviendo, envenenando, entristeciendo, chu-pando sangre;
ambos poseídos del instinto del odio mortal contra todo lo que existe, lo que es grande,
lo que dura, lo que promete un porvenir a la vida... El cristianismo fue el vampiro del
imperium romanum; una noche hizo inconsciente la obra enorme de los romanos, la de
conquistar el terreno para una gran civilización que tuviera para sí el tiempo.
¿No se comprende todavía? El imperium roma-num que nosotros conocemos, que la historia
de las provincias romanas nos muestra cada vez mejor, esta admirable obra de arte de gran
estilo, fue un comienzo, su construcción estaba calculada para demostrar su bondad en
miles de años; hasta hoy no se construyó nunca, ni siquiera se soñó nunca construir en
igual medida subspecie aeterni.
Esta organización era bastante sólida para sportar malos emperadores: la calidad de las
personas no tiene nada que ver en estas cosas, primer principio de toda gran arquitectura.
Pero este prin-cipio no fue bastante sólido contra la más corrom-pida especie de
corrupción, contra los cristianos... Este oculto gusano, que en la noche, en la niebla y
en el equívoco se insinuaba entre todos los indivi-duos y quitaba a todo individuo la
seriedad para las cosas verdaderas, el instinto en general para la reali-dad, esta banda
vil, afeminada y dulzona, fue poco a poco haciendo extrañas a las almas a aquella
pro-digiosa construcción, esto es, aquellas naturalezas preciosas, virilmente nobles, que
en la causa de Roma vieron su propia causa, su propia seriedad, su propio orgullo. La
socarronería de los hipócritas, el secreto de los conventículos, conceptos sombríos
como infierno, sacrificio del inocente, unio mystica al beber la sangre, sobre todo el
fuego de la vengan-za lentamente avivado, de la venganza del chandala, esto venció a
Roma, la misma especie de religión a la cual, en la forma en que preexistió, ya Epicuro
le había declarado la guerra. Léase a Lucrecio para comprender qué fue lo que Epicuro
combatió; no fue el paganismo, sino el cristianismo, o sea la co-rrupción de las almas
por obra del concepto de cul-pa, de castigo y de inmortalidad. Combatió los cultos
subterráneos, todo el cristianismo latente; ne-gar la inmortalidad fue ya una verdadera
liberación. Y Epicuro hubiera vencido, todo espíritu culto era epicúreo en el Imperio
romano: entonces apareció Pablo... Pablo, el odio contra el mundo, el hebreo, el hebreo
errante por excelencia... Comprendió que con el pequeño movimiento sectario cristiano,
se podría, fuera del cristianismo, provocar un incendio mortal, como con el símbolo de
Dios en la Cruz se podría reunir, para hacer con ello un poder enorme, todo lo que estaba
abajo y tenía secretas intenciones de revuelta, todo el conjunto de movimientos
anárquicos en el imperio. La salvación viene de los ju-díos. El cristianismo fue una
fórmula para superar y sumar los cultos subterráneos de todas clases, el de Osiris, el
de la Gran Madre, el de Mitra, por ejem-plo; en esta visión consistió el genio de Pablo.
En este punto su instinto fue tan seguro que puso en labios, y no sólo en labios, del
Salvador, las ideas con que seducían las religiones de los chandalas, ha-ciendo descarada
violencia a la verdad; y en hacer del Salvador una cosa que pudiera comprenderla también
un sacerdote de Mitra... Éste fue su mo-mento de Damasco: comprendió que tenía
nece-sidad de la creencia en la inmortalidad para desacreditar el mundo, y que el concepto
de infierno vencería también de Roma, que con el más allá se destruye la vida...
Nihilista y cristiano son cosas que van de acuerdo...
59
De este modo fue anulada toda la labor del mundo antiguo:
no encuentro palabras con que expresar mis sentimientos ante un hecho tan monstruoso. Y
considerando que aquel trabajo era una preparación, que precisamente entonces se echaban
las bases para un trabajo de milenios con granítica conciencia, repito que todo el
sentido del mundo antiguo fue destruido. ¿A qué fin los griegos? ¿A qué fin los
romanos? Todas las condiciones de una docta cultura, todos los métodos científicos
existían ya, ya se había encontrado el gran arte, el incompa-rable arte de leer bien;
esta condición preliminar de una tradición de cultura, de la unidad de la ciencia, la
ciencia natural en unión con la matemática y la mecánica, se encontraba en el mejor
camino; el sen-tido de los hechos, el último y más precioso de todos los sentidos,
tenía sus escuelas, su tradición ya vieja de siglos. ¿Se comprende esto? Todo lo
esencial se había encontrado, se estaba en condiciones de ponerse al trabajo: los
métodos, preciso es de-cirlo diez veces, son lo esencial, y son también la cosa más
difícil y lo que tiene contra sí, durante más tiempo, el hábito y la pereza. Lo que
nosotros hoy hemos reconquistado empleando indecible violencia sobre nosotros mismos,
porque todos teníamos aún en cierto modo en el cuerpo los malos instintos, los instintos
cristianos, la mirada libre frente a la reali-dad, la mano circunspecta, la paciencia y la
seriedad en las cosas mínimas, toda la probidad del cono-cimiento, existía ya cerca de
dos milenios hace. Y además existía el tacto, el buen gusto, el gusto deli-cado. No como
adiestramiento de cerebros. No como cultura alemana por estilo mazacote, sino co-mo
cuerpo, como gestos, como instinto...; en una palabra, como realidad... ¡Todo en vano!
¡En veinti-cuatro horas no quedó más que un recuerdo!
¡Griegos! ¡Romanos! ¡La nobleza del instinto, el gusto, la investigación metódica, el
genio de la organización y de la administración, la creencia y la voluntad de un
porvenir para el hombre, el gran sí a todas las cosas visibles en calidad de imperium
ro-manum visible a todos los sentidos, el gran estilo que no era ya simplemente arte, sino
que se había convertido en realidad, caridad, vida..., y no sepul-tado en veinticuatro
horas en virtud de un fenómeno natural! ¡No destruido por los germanos y otros pueblos
groseros, sino arruinado por vampiros as-tutos, escondidos, invisibles, enemigos! No
vencido, sino chupado... ¡La oculta sed de venganza, la pequeña envidia elevada a
dueña! ¡Todo lo que es miserable, todo lo que sufre de sí mismo, todo lo que está
animado de malos sentimientos, todo el mundo del ghetto que brota de una vez del alma y
sube a lo alto!
Léase cualquier agitador cristiano, por ejemplo, San Agustín, y se comprenderá, se
olerá qué inmunda gente subió al poder. Nos engañaríamos com-pletamente si
creyésemos que carecían de entendimiento los jefes del movimiento cristiano: ¡Oh, eran
hábiles, hábiles hasta la santidad aquellos señores Padres de la Iglesia! Lo que les
faltaba era otra cosa muy distinta. La naturaleza los ha olvidado, olvidó darles una
modesta dote de instintos estimables, decorosos, puros... Entre nosotros éstos no son ni
siquiera hombres... Si el Islam desprecia al cristianismo, tiene mil razones para ello: el
Islam presupone hombres...
60
El cristianismo nos robó la cosecha de la civili-zación
antigua, y más tarde nos robó la cosecha de la civilización del Islam. El maravilloso
mundo mo-risco de cultura, en España, que en el fondo nos es mucho más afín y habla a
nuestros sentidos y a nuestro gusto mucho más que Roma y Grecia, fue pisoteado (no digo
por qué pies). ¿Por qué? Porque era noble, porque debía su nacimiento a instintos
viriles, porque afirmaba la vida con los más raros y preciosos refinamientos de las
costumbres moris-cas... Más tarde los cruzados combatieron una cosa ante la cual les
hubiera sido mejor postrarse en el polvo, una civilización frente a la cual hasta nuestro
siglo XIX puede aparecer muy pobre, muy tardío. Ciertamente, los cruzados querían hacer
botín: el Oriente era rico... Despojémonos de prejuicios: los cruzados fueron la más
alta piratería, y nada más. La nobleza alemana, en el fondo nobleza de vikingos, se
encontró en su elemento con las cruzadas: la Iglesia sabía harto bien de qué modo se
podía ganar a la nobleza alemana... La nobleza alemana, que fue siempre lo que fueron los
suizos, los mercenarios para la Iglesia, siempre al servicio de los malos ins-tintos de la
Iglesia, estaba, sin embargo, bien pagada... Precisamente con la ayuda de las espadas
tudescas, del valor y la sangre tudesca, condujo la Iglesia su guerra mortal contra todo
lo que es noble en la tierra.
Aquí se presenta una cantidad de preguntas dolorosas. La nobleza alemana falta casi
completa-mente en la historia de la cultura superior: se adivina el motivo...
Cristianismo, alcohol, los dos grandes medios de corrupción... En sí no se puede elegir
entre cristianos e Islam, entre un árabe y un hebreo. La decisión está ya hecha: nadie
es libre de hacer aquí una elección. O se es un chandala o no se es un chandala:
"¡ Guerra a muerte a Roma! ¡Paz, amistad con el Islam!": así pensó, así
hizo todo espíritu libre, aquel genio entre los emperadores alemanes, Fede-rico II.
¿Cómo? ¿Es que un alemán tiene que ser precisamente un genio, un librepensador, para
tener sentimientos decorosos? Yo no comprendo cómo un alemán pudo nunca tener
sentimientos cristianos...
61
Aquí es preciso volver a evocar un recuerdo que es aún
cien veces más penoso para los alemanes. Los alemanes han robado a la Europa la última
gran cosecha, la última cosecha que ha producido Europa, la del Renacimiento. ¿Se
comprende fácilmente, se quiere comprender qué fue el Renacimiento? Fue la
transmutación de los valores cristianos, fue una tentativa, hecha por todos los medios,
con todos los instintos, con todo el genio, para conducir a la vic-toria los valores
contrarios, los valores nobles... Hasta ahora no ha habido mas que esta gran guerra, hasta
ahora no ha habido posición de problemas más decisiva que la obrada por el Renacimiento,
mi problema es su problema...: ni tampoco ha habido una forma de asalto más sistemática,
más derecha, más severamente desencadenada sobre todo el frente así como contra el
centro. Atacar en el punto decisivo, en la sede del cristianismo, poner allí en el trono
los valores nobles, o sea introducirlos en los instintos, en las más profundas
necesidades y de-seos de los que tenían allí su sede... Yo veo ante mí una posibilidad
de fascinación y de encanto de aquellos, completamente subterránea: me parece que esta
posibilidad resplandece en todos los estremecimientos con una belleza refinada, que en
ella obra un arte, tan divino, tan diabólicamente divino, que en vano se encontraría a
través de milenios una se-gunda posibilidad semejante: veo un espectáculo tan rico de
sentido, y, al mismo tiempo, tan maravillo-samente paradójico, que todas las divinidades
del Olimpo habrían prorrumpido en una carcajada in-mortal: "¡ César Borja
papa!" ¿Se me entiende? Pues bien: ésta habría sido la victoria que hoy yo solo
de-seo...; ¡con ésta, el cristianismo quedaba abolido!...
¿Qué sucedió en cambio? Un fraile alemán, Lutero, llegó a Roma. Este fraile, que
tenía en el cuerpo todos los instintos vengativos de un sacerdote fracasado, surgió en
Roma contra el Renacimiento... En lugar de comprender con profundo reconocimiento el
prodigio acaecido, la derrota del cristianismo en su sede, su odio supo sacar de aquel
espectáculo su propio sustento. El hombre religioso no piensa nunca mas que en sí mismo.
Lutero vio la corrupción del papado, siendo así que se podía tocar con la mano
precisamente lo contrario: la antigua corrupción, el peccatum origi-nale, el cristianismo
no se sentaba ya en la silla papal. Por el contrario, se sentaba la vida, el triunfo de la
vida. El gran sí a todas las cosas bellas, altas, audaces... Y Lutero restableció la
Iglesia: la atacó... El Renacimiento: un hecho sin sentido, un gran en va-no. ¡Ah, estos
alemanes, cuánto nos han costado ya! Hacer todas las cosas vanas: tal fue siempre la obra
de los alemanes. La Reforma; Leibniz; Kant y la llamada filosofía alemana; las guerras de
liberación; el imperio; cada vez fue reducida a la nada una cosa que ya existía, una
cosa irrevocable... Estos alemanes son mis enemigos, yo lo confieso; en ellos desprecio yo
toda especie de impureza de ideas y de valores, de vileza frente a todo sincero sí y no.
Desde hace casi mil años han confundido y embrollado todo lo que han tocado con sus
dedos; tienen en la con-ciencia hechas a medias, hechas por tres octavas partes, todas las
cosas de que la Europa padece; tie-nen también sobre su conciencia la más impura especie
de cristianismo que existe, la más insana, la más irrefutable, el Protestantismo... Si
no nos desembarazamos del cristianismo, los alemanes tienen la culpa...
62
Con esto he llegado al fin y expreso mi juicio. Yo condeno
el cristianismo, yo elevo contra la Iglesia cristiana la más terrible de todas las
acusaciones que jamás lanzó un acusador. Para mí, es la más grande de todas las
corrupciones imaginables, tuvo la voluntad de la última corrupción imaginable. La
Iglesia cristiana no dejó nada libre de su corrupción; de todo valor hizo un no valor,
de toda verdad una mentira, de toda probidad una bajeza de alma. Y todavía se atreven a
hablarme de los beneficios que ha reportado a la humanidad. Suprimir cualquier miseria era
cosa contraria a su más profundo interés: vive de miserias, creó miserias para
eternizarse... Por ejemplo, el gusano del pecado: la Iglesia fue precisamente la que
enriqueció a la humanidad con esta miseria...
La igualdad de las almas ante Dios, esta falsedad, este pretexto para los rencores de
todos aquellos que tienen el ánimo abyecto, esta idea que es un explosivo y que terminó
por convertirse en una revolución, idea moderna y principio de decadencia de todo el
orden social, es dinamita cristiana... ¡Los beneficios humanitarios del cristianismo!
Éste hizo de la humanitas una contradicción consigo misma, un arte de arruinarse a sí
mismo, una voluntad de mentir a toda costa, un desprecio y una repugnancia contra todos
los instintos buenos y honrados. Éstas son para mí las bendiciones aportadas por el
cristianismo. El parasitismo como única práctica de la Iglesia; la Iglesia, que con sus
ideales anémicos, con sus idealidades de santidad, chupa de la vida toda la sangre, todo
el amor, toda la esperanza; el más allá como voluntad de negar toda realidad; la cruz
como signo de reconocimiento por la más subterránea conjura que jamás ha existido,
conjura contra la salud, contra la belleza, contra el bienestar, contra la bravura, contra
el espíritu, contra la bondad del alma, contra la vida misma...
Yo quiero escribir sobre todas las paredes esta eterna acusación contra el cristianismo,
allí donde haya paredes; yo poseo una escritura que hace ver aun a los ciegos... Yo llamo
al cristianismo la única gran maldición, la única gran corrupción interior, el único
gran instinto de venganza, para el cual ningún medio es bastante venenoso, oculto,
subterráneo, pequeño; yo la llamo la única inmortal vergüenza de la humanidad.
¡Y se computa el tiempo partiendo del dies nefastus con que comenzó esta fatalidad,
desde el primer día del cristianismo! ¿Y por qué no mejor desde su último día?
¿Desde hoy? ¡Transmutación de todos los valores!...
Ley contra el Cristianismo
Dada en el día de la salvación, en el día primero del año uno (-el 30 de septiembre de 1888 de la falsa cronología)
Guerra A Muerte Contra El Vicio: El Vicio Es El Cristianismo
ARTÍCULO PRIMERO: Viciosa es toda especie de contranaturaleza. La especie más viciosa de hombre es el sacerdote: el enseña la contranaturaleza. Contra el sacerdote no se tienen razones se tiene presidio.
ARTÍCULO SEGUNDO: Toda participación en un servicio divino es un atentado contra la moralidad pública. Se será más duro contra los protestantes que contra los católicos, más duro contra los protestantes liberales que contra los protestantes ortodoxos. Lo que hay de criminal en el ser-cristiano crece en la medida en que uno se aproxima a la ciencia. El criminal de los criminales es, por consiguiente, el filosofo.
ARTÍCULO TERCERO: El lugar maldito en que el cristianismo ha encovado sus huevos de basilisco será arrasado, y, como lugar infame de la tierra, constituirá el terror de toda la posteridad. En el se criarán serpientes venenosas.
ARTÍCULO CUARTO: La predicación de la castidad es una incitación publica a la contranaturaleza. Todo desprecio de la vida sexual, toda impurificación de la misma con el concepto de impuro es el autentico pecado contra el espíritu santo de la vida.
ARTÍCULO QUINTO: Comer en la misma mesa con un sacerdote le hace quedar a uno expulsado: con ello uno se excomulga a sí mismo de la sociedad honesta. El sacerdote es nuestro chandala, - se le proscribirá, se lo hará morir de hambre, se lo echará a toda especie de desierto.
ARTÍCULO SEXTO: A la historia sagrada se la llamará con el nombre que merece, historia maldita; las palabras Dios, redentor, santo, se las empleará como insultos como divisas para los criminales.
ARTÍCULO SÉPTIMO: El resto se sigue de aquí.
El Anticristo
FRIEDRICH NIETZSCHE