La Decadencia
Oswald Spengler
FORMA Y REALIDAD.
Volumen 1.
Traducido del alemán por
Manuel G. Morente
(Transcripción para formato web por David Carpio)
Prólogo de José Ortega
y Gasset.
En los últimos años se oye por dondequiera un monótono treno sobre la cultura fracasada y concluida. Filisteos de todas las lenguas y todas las observancias se inclinan ficticiamente compungidos sobre el cadáver de esa cultura, que ellos no han engendrado ni nutrido. La guerra mundial, que no ha sido tan mundial como se dice, parece ser el síntoma y, al par, la causa de la defunción.
La verdad es que no se
comprende cómo una guerra puede destruir la cultura. Lo mas a que puede aspirar el
bélico suceso es a suprimir las personas que la crean o transmiten. Pero la cultura misma
queda siempre intacta de la espada y el plomo. Ni se sospecha de qué otro modo pueda
sucumbir una cultura que no sea
Y, en efecto, lejos de
existir éste, acontece que, al menos la ciencia, experimenta en nuestros días un
incomparable crecimiento de vitalidad. Desde 1900, coincidiendo peregrinamente con la
fecha inicial del nuevo siglo, comienzan a elevarse sobre el horizonte intelectual
pensamientos de nueva trayectoria. Esporádicamente, sin percibir su radical parentesco,
aparecen en unas y otras ciencias teorías que se caracterizan por disentir de las
dominantes en el siglo XIX y lograr su superación. Nadie hasta ahora se había fijado en
que todas esas ideas que se hallan en su hora de oriente, a pesar de referirse a los
asuntos mas disparejos, poseen una fisonomía común, una rara y sugestiva unidad de
estilo.
Desde hace tiempo
sostengo en mis escritos que existe ya un organismo de ideas peculiares a este siglo XX
que ahora pasa por nosotros. La ideología del siglo XIX, vista desde ese organismo,
parece una pobre cosa tosca, maniática, imprecisa, inelegante y sin remedio periclitada.
Esto, que era en mis
escritos poco mas que una privada afirmación, podrá recibir ahora una prueba brillante
con la Biblioteca de Ideas del siglo XX.
En ella reúno las obras
más características del tiempo nuevo, donde principian su vida pensamientos antes no
pensados. Desde la matemática a la estética y la historia, procurará esta colección
mostrar el nuevo espíritu labrando su miel futura sobre toda la flora intelectual. Claro
es que tratándose de una ideología en plena mocedad no podrá pedirse que existan ya
tratados clásicos donde aparezca con una perfección sistemática. Es más, algunos de
estos libros contienen, junto a las ideas de nuevo perfil, residuos de la antigua manera,
y como las naves al ganar la ribera, mientras hincan ya la proa en la arena aun se hunde
su timón en la marina.
* * *
El libro de Oswald
Spengler, la Decadencia de Occidente, es, sin disputa, la peripecia intelectual más
estruendosa de los últimos años. El primer tomo se publicó en julio de 1918: en abril
de 1922 se habían vendido en Alemania 53.000 ejemplares, y en la misma fecha se
imprimían 50.000 del segundo tomo. No hay duda de que influyeron en tal fortuna la
ocasión y el título.
Alemania derrotada
sentía una transitoria depresión que el título del libro venía a acariciar, dándole
una especie de consagración ideológica.
Sin embargo, conforme el
tiempo avanzaba se ha ido viendo que la obra de Spengler no necesitaba apoyarse en la
anecdótica coincidencia con un estado fugaz de la opinión pública alemana.
Es un libro que nace de
profundas necesidades intelectuales y formula pensamientos que latían en el seno de
nuestra época.
Hasta tal punto es asi,
que una de las graves faltas del estilo de Spengler es presentar como exclusivas y
propias suyas ideas que, con más o menos mesura, habían sido expresadas antes por otros.
Puede decirse que casi todos los temas fundamentales de Spengler le son ajenos, si bien es
preciso reconocer que ha adquirido sobre ellos el derecho de cuño. Spengler es un
poderoso acuñador de ideas, y quienquiera penetre en las tupidas páginas de este libro
se sentirá sacudido una y otra vez por el eléctrico dramatismo de que las ideas se
cargan cuando son fuertemente pensadas.
¿Qué es la obra de
Spengler? Ante todo una filosofía de la historia. Los que siguen la publicación de esta
biblioteca habrán podido advertir que la física de Einstein y la biología de Uxküll
coinciden, por lo pronto, en un rasgo que ahora reaparece en Spengler y más tarde veremos
en la nueva estética, en la ética, en la pura matemática. Este rasgo, común a todas
las reorganizaciones científicas del siglo XX, consiste en la autonomía de cada
disciplina. Einstein quiere hacer una física que no sea matemática abstracta, sino
propia y puramente física. Uxküll y Driesch bogan hacia una biología que sea sólo
biología y no física aplicada a los organismos. Pues bien; desde hace tiempo se aspira a
una interpretación histórica de la historia. Durante el siglo XIX se seguía una
propensión inversa: parecía obligatorio deducir lo histórico de lo que no es
histórico. Así, Hegel describe el desarrollo de los sucesos humanos como resultado
automático de la dialéctica abstracta de los conceptos; Buckle, Taine, Ratzel, derivan
la historia de la geografía; Chamberlain, de la antropología; Marx, de la economía.
Todos estos ensayos suponen que no hay una realidad última y propiamente histórica.
Por otra parte, los
historiadores de profesión, desentendiéndose de aquellas teorías, se limitan a
coleccionar los «hechos» históricos. Nos refieren, por ejemplo, el asesinato de César.
Pero ¿«hechos» como éste son la realidad histórica? La narración de ese asesinato no
nos descubre una realidad, sino, por el contrario, presenta un problema a nuestra
comprensión. ¿Qué significa la muerte de César? Apenas nos hacemos esta pregunta
caemos en la cuenta de que su muerte es sólo un punto vivo dentro de un enorme volumen de
realidad histórica: la vida de Roma. A la punta del puñal de Bruto sigue su mano, y a la
mano el brazo movido por centros nerviosos donde actúan las ideas de un romano del siglo
I a. de J. Pero el siglo I no es comprensible sin el siglo II, sin toda la existencia
romana desde los tiempos primeros. De este modo se advierte que el «hecho» de la muerte
de César sólo es históricamente real, es decir, sólo es lo que en verdad es, sólo
esta completo cuando aparece como manifestación momentánea de un vasto proceso vital, de
un fondo orgánico amplísimo que es la vida toda del pueblo romano. Los «hechos» son
sólo datos, indicios, síntomas en que aparece la realidad histórica. Esta no es ninguno
de ellos, por lo mismo que es fuente de todos. Más aún: qué «hechos» acontezcan
depende, en parte, del azar. Las heridas de César pudieron no ser mortales. Sin embargo,
la significación histórica del atentado hubiera sido la misma.
Quiero decir que la
realidad histórica latente de que el acto de Bruto surgió, como la fruta en el árbol,
permanece idéntica más allá de la zona de los «hechos»piel de la
historiaen que la casualidad interviene. En este sentido es preciso decir que la
realidad histórica no sólo es fuente de los «hechos» que efectivamente han acontecido,
sino también de otros muchos que con otro coeficiente de azar fueron posibles. ¡De tal
modo rebosa la realidad histórica el área superficial de los «hechos»!
No basta, pues, con la
historia de los historiadores. Spengler cree descubrir la verdadera substancia, el
verdadero «objeto» Histórico en la «cultura». La«cultura», esto es, un cierto modo
orgánico de pensar y sentir, sería, según él el sujeto, el protagonista de todo
proceso histórico. Hasta ahora han aparecido sobre la tierra varios de estos seres
propiamente históricos. Spengler enumera hasta nueve culturas, cuya existencia ha ido
sucesivamente llenando el tiempo histórico. Las «culturas» tienen una vida
independiente de las razas que las llevan en si. Son individuos biológicos aparte. Las
culturas son plantasdice. Y, como éstas, tienen su carrera vital
predeterminada. Atraviesan la juventud y la madurez para caer inexorablemente en
decrepitud.
Estamos hoy alojados en
el ultimo estadioen la vejez, consunción o «decadencia» Untergang de
una de estas culturas: la occidental. De aquí el titulo del libro.
La riqueza y
problematismo de las ideas spenglerianas impide que yo ahora intente ni un resumen ni una
crítica. En otro lugar espero ocuparme largamente de esta obra, ya que su presente
versión me permitirá darla por conocida de los lectores hispanoamericanos.
Sólo añadiré dos palabras sobre esta traducción: El señor García Morente ha hecho un enorme y cuidadoso esfuerzo para conseguir transvasar al odre castellano la prosa de Spengler. El estilo del autor, su terminología son tan bravamente tudescos, que no era empresa dulce hallar sus equivalencias españolas. Yo mismo he colaborado un poco en la dura faena de esta versión.
Hoy, al ofrecerla al
público, me complace, sin embargo, pensar que sin hallarse exenta de defectos, esta
adaptación del libro alemán conserva fielmente el sentido y aun el gesto literario del
original sin perder nada de su claridad. Cuando ésta falta puede el lector estar seguro
de que no sobra en el texto alemán, y si alguna frase es equívoca en español, lo es
también, y con idéntica ambigüedad, en tudesco.
La edición Alemana
forma dos tomos tan gruesos y compactos que ha parecido mejor repartir cada uno de ellos
en dos volúmenes. El presente corresponde, pues, a la primera parte del primer tomo. La
obra íntegra contará cuatro volúmenes en esta edición castellana.
José Ortega y Gasset.
PROLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN
Habiendo llegado al término de este libro, que empezó siendo un breve
bosquejo y se ha convertido, al cabo de diez años, en una obra de conjunto, cuya
extensión ha superado todas mis previsiones, cúmpleme volver la mirada hacia atrás y
explicar cuáles han sido mis propósitos, qué es lo que he conseguido, cómo lo he
hallado y cuál es la actitud que hoy mantengo.
En la Introducción a la edición de 1918un fragmento en lo externo
como en lo internohube de decir que, a mi entender, este libro contenía la fórmula
de un pensamiento que, una vez expuesto, no podría ser atacado. Pero hubiera debido
decir: una vez comprendido. En efecto, para ello hace falta, según voy viendoy no
sólo en este caso, sino en general en la historia del pensamiento, una nueva
generación, que nazca con las disposiciones necesarias.
Dije también entonces que se trataba de un primer ensayo, con los defectos
inherentes a todos los ensayos, incompleto y no exento seguramente de contradicciones
internas.
Esta observación no ha sido tomada tan en serio como fue hecha, ni mucho
menos. El que haya penetrado hasta las raíces más profundas del pensamiento vivo sabrá
que no nos es dado conocer sin contradicción los últimos fundamentos de la vida. Un
pensador es un hombre cuyo destino consiste en representar simbólicamente su tiempo por
medio de sus intuiciones y conceptos personales. No puede elegir. Piensa como tiene que
pensar, y lo verdadero para él es, en último término, lo que con él ha nacido,
constituyendo la imagen de su mundo. La verdad no la construye él, sino que la descubre
en sí mismo. La verdad es el pensador mismo; es su esencia propia, reducida a palabras,
el sentido de su personalidad, vaciado en una doctrina. Y la verdad es inmutable para toda
su vida, porque es idéntica a su vida. Lo único necesario es este
simbolismo, vaso y expresión de la historia humana. La labor filosófica profesional es
superflua y sólo sirve para alargar las listas bibliográficas.
Así, pues, el núcleo de lo que he encontrado, sólo puedo calificarlo de «verdadero», es decir, de verdadero para mí y, según creo, también para los espíritus directores del futuro; pero no de verdadero «en sí», esto es, independientemente de las condiciones impuestas por la sangre y por la historia, pues tales «verdades» no existen. Mas lo que escribí en la tormentosa impetuosidad de aquellos años era sin duda una manifestación muy imperfecta de lo que aparecía claramente ante mis ojos; y en los años siguientes ha consistido mi labor en ordenar los hechos y en dar a la expresión verbal de mis pensamientos la forma más penetrante que me ha sido posible conseguir.
Nada se acaba nunca plenamente; la vida misma no se acaba hasta la muerte.
Pero he vuelto sobre las partes más antiguas del libro, y he intentado elevarlas a la
misma altitud de exposición intuitiva a que hoy he llegado. Y ahora me despido
definitivamente de este trabajo, con sus esperanzas y sus decepciones, sus cualidades y
sus defectos.
El resultado ha sido feliz para mi, y también para otros, a juzgar
por los efectos que comienzan lentamente a producirse en amplias esferas del saber. Por
eso debo acentuar con energía los limites que me he impuesto yo mismo en este libro. No
se busque todo en él. Sólo contiene un aspecto de lo que tengo ante mis ojos, una
visión nueva de la historia y sólo de ella, una filosofía del sino,
la primera de su clase.
Es intuitivo en todas sus partes. Está escrito en un lenguaje que trata de
reproducir con imágenes sensibles las cosas y las relaciones, en lugar de substituirlas
por series de conceptos.
Se dirige solamente a aquellos lectores que saben también dar vida a los
sonidos verbales y a las imágenes. Esto es difícil, ciertamente, sobre todo cuando la
veneración del misteriola veneración de Goethenos impide trocar las
intuiciones profundas por los análisis de conceptos.
Se ha clamado sobre el pesimismo de mi libro. Es el clamor de los eternos
rezagados, que persiguen cuantos pensamientos se brindan a los que en la vanguardia buscan
la senda del futuro. Pero yo no he escrito para los que toman por una hazaña el cavilar
sobre la esencia de las hazañas. El que define no sabe lo que es el sino.
Comprender el mundo es, par mí, estar a la altura del mundo.
Esencial es la dureza de la vida, no el concepto de la vida, como enseña la
filosofía a lo avestruz del idealismo. El que no se deje deslumbrar por los conceptos, no
tendrá la sensación de que esto sea pesimismo. Los demás no me preocupan. Para los
lectores serios que quieran tener una visión, no una definición, de la
vida, he citado en nota algunas obras que no tenían cabida en el texto, dada su forma
harto concisa, y que podrán orientarles sobre temas de nuestro conocimiento que se hallan
algo apartados.
Para terminar, no puedo por menos de citar de nuevo los nombres de los dos
espíritus a quienes debo casi todo: Goethe y Nietzsche. De Goethe es el método; de
Nietzsche, los problemas. Y para reducir a una fórmula mi relación con los dos citados,
diré que yo he convertido en visión panorámica lo que era en ellos una perspectiva
fugaz. Goethe, empero, fue, por su modo de pensar, un discípulo de Leibniz, sin saberlo.
De suerte que este caudal de ideas que, para mi propia sorpresa, se me ha
venido a las manos, me aparece como algo que, a pesar de la miseria y el asco de estos
últimos años, quiero designar, orgulloso, con el nombre de: una filosofía alemana.
Blankenburgo, en el Harz, diciembre de 1922.
Oswald Spengler.
PROLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN
Este libro, resultado de tres años de labor, estaba ya terminado en su
primera redacción cuando estalló la gran guerra. Hasta la primavera de 1917 seguí
corrigiéndolo, añadiendo detalles y aclarando algunas de sus partes. Las coyunturas tan
extraordinarias de estos últimos tiempos han ido demorando su publicación.
Aun cuando trata de una filosofía general de la historia, constituye, sin
embargo, un comentario, en sentido profundo, a la gran época bajo cuyo signo hanse
formado sus ideas directrices.
El título, decidido desde 1912, designa con estricta terminología, y
correspondiendo a la decadencia u ocaso de la «antigüedad», una fase de la historia
universal que comprende varios siglos y en cuyos comienzos nos encontramos al presente.
Los acontecimientos han confirmado mucho y no han refutado nada de lo que
digo. Más bien han revelado que estas ideas tenían que surgir precisamente ahora y en
Alemania, y que la guerra misma era uno de los supuestos necesarios para que se llegase a
predecir en sus menores rasgos la nueva imagen del mundo.
Trátase, en efecto, según mi convicción, no de una filosofía más, como
hay tantas posibles, fundadas y justificadas sólo por la lógica, sino de la filosofía
de nuestro tiempo, filosofía en cierta manera espontánea y presentida confusamente por
todos. Puedo decir esto sin presunción. Una idea históricamente necesaria, una idea que
no cae en una época, sino que hace época, es sólo en sentido limitado propiedad de
quien la engendra. Pertenece al tiempo; actúa inconsciente en el pensamiento de todos, y
sólo su concepción personal, contingente, sin la cual no sería posible ninguna
filosofía, es, con sus flaquezas y sus ventajas, lo que constituye el sinoy la
buena fortunade un individuo.
Réstame únicamente expresar el deseo de que este libro no desmerezca por
completo de los esfuerzos militares de Alemania.
Munich, diciembre de 1917.
Oswald Spengler
Cuando, en lo infinito, lo idéntico
A compás eternamente fluye,
La bóveda de mil claves
Encaja con fuerza unas en otras.
Brota a torrentes de todas las cosas la alegría de vivir,
De la estrella más pequeña, como de la más grande,
Y todo afán, toda porfía
Es paz eterna en el seno de Dios, Nuestro Señor.
Goethe.
Primera Parte.
Forma y realidad.
Introducción
1
En este libro se acomete por vez primera el intento de predecir la historia.
Trátase de vislumbrar el destino de una cultura, la única de la tierra que se halla hoy
camino de la plenitud: la cultura de América y de Europa occidental. Trátase, digo, de
perseguirla en aquellos estadios de su desarrollo que todavía no han transcurrido.
Nadie hasta ahora ha parado mientes en la posibilidad de resolver problema de tan
enorme trascendencia, y si alguna vez fue intentado, no se conocieron bien los medios
propios para tratarlo o se usó de ellos en forma deficiente.
¿Hay una lógica de la historia? ¿Hay más allá de los hechos singulares, que
son contingentes e imprevisibles, una estructura de la humanidad histórica, por decirlo
así, metafísica, que sea en lo esencial independiente de las manifestaciones
político-espirituales tan patentes y de todos conocidas? ¿Una estructura que es, en
rigor, la generadora de esa otra menos profunda? ¿No ocurre que los grandes monumentos de
la historia universal se presentan siempre ante la pupila inteligente con una
configuración que permite deducir ciertas conclusiones? Y si esto es así, ¿cuáles son
los límites de tales deducciones? ¿Es posible descubrir en la vida misma porque
historia humana no es sino el conjunto de enormes ciclos vitales, cada cual con un yo y
una personalidad, que el mismo lenguaje usual concibe indeliberadamente como individuos de
orden superior, activos y pensantes y llama «la Antigüedad», «la cultura china» o
«la Civilización moderna» , es posible, digo, descubrir en la vida misma los
estadios por que ha de pasar y un orden en ellos que no admite excepción?
Los conceptos fundamentales de todo lo orgánico: nacimiento, muerte, juventud,
vejez, duración de la vida, ¿no tendrán también en esta esfera un sentido riguroso que
nadie aún ha desentrañado?
¿No habrá, en suma, a la base de todo lo histórico, ciertas protoformas
biográficas universales?
La decadencia de Occidente, que, por lo pronto, no es sino un fenómeno limitado
en lugar y tiempo, como lo es su correspondiente la decadencia de la «Antigüedad»,
resulta, pues, un tema filosófico que, considerado en todo su peso, implica todos los
grandes problemas de la realidad.
Si queremos saber en qué forma se está verificando la extinción de la cultura
occidental, habrá que averiguar primero qué sea cultura, en que relación se halle la
cultura con la historia visible, con la vida, con el alma, con la naturaleza, con el
espíritu; en qué formas se manifieste, y hasta qué punto sean esas formas
pueblos, idiomas y épocas, batallas e ideas, Estados y dioses, artes y obras, ciencias,
derechos, organizaciones económicas y concepciones del universo, grandes hombres y
grandes acontecimientos símbolos y, por lo tanto, cuál deba ser su
interpretación legitima.
2
El medio por el cual concebimos las formas muertas es la ley matemática. El
medio por el cual comprendemos las formas vivientes es la analogía. De esta suerte
distinguimos en el mundo polaridad y periodicidad.
Siempre se ha tenido conciencia de que el número de las formas en que se
manifiesta la historia es limitado; de que las edades, las épocas, las situaciones, las
personas, se repiten en forma típica. Al estudiar la aparición de Napoleón, raro es que
no se dirija una mirada a César y otra a Alejandro; la primera de estas miradas es, como
veremos, morfológicamente inadmisible; la segunda es, en cambio, certera. Napoleón mismo
advirtió que su posición tenía ciertas afinidades con la de Carlomagno. La Convención
hablaba de Cartago, refiriéndose a Inglaterra; y los jacobinos se llamaban a si mismos
romanos. Se ha comparado, con muy diferente legitimidad, a Florencia con Atenas, a Buda
con Cristo, al cristianismo primitivo con el socialismo moderno, a los potentados
financieros del tiempo de César con los yanquis. Petrarca, que fue el primer arqueólogo
apasionado arqueología misma es una expresión del sentimiento de que la historia
se repite pensaba en Cicerón al pensar en sí mismo; y no hace mucho tiempo, Cecil
Rhodes, el organizador del África inglesa del Sur, el que poseía en su biblioteca las
antiguas biografías de los césares, traducidas expresamente para él, pensaba en el
emperador Adriano, al pensar en sí mismo. La desdicha de Carlos XII de Suecia fue que
desde muy joven llevó en el bolsillo la Vida de Alejandro, por Curcio Rufo, y
quiso copiar a este conquistador.
Federico el Grande, en sus escritos políticos como las Considérations,
de 1738 , se mueve con seguridad perfecta entre analogías, para formular su
concepto de la situación política del mundo; por ejemplo, cuando compara a los franceses
con los macedonios del tiempo de Filipo y a los alemanes con los griegos. «Ya las
Termópilas de Alemania, Alsacia y Lorena, hállanse en manos de Filipo». Quedaba
perfectamente definida de ese modo la política del cardenal Fleury. En el mismo lugar
encontramos la comparación entre la política de las Casas de Habsburgo y de Borbón y
las proscripciones de Antonio y Octaviano.
Pero todo esto no pasa de ser fragmentado y caprichoso. Obedece generalmente a un
momentáneo afán de expresarse en forma poética e ingeniosa, más que a un profundo
sentido de la forma histórica.
Así sucede que los paralelos de Ranke, maestro de la analogía ingeniosa, entre
Ciajares y Enrique I, entre las invasiones de los cimbrios y las de los magiares, son
insignificantes en sentido morfológico; y no vale mucho más tampoco la tan repetida
comparación entre las ciudades-Estados de los griegos y las repúblicas del Renacimiento.
En cambio, el paralelo entre Alcibíades y Napoleón es de una exactitud profunda, aunque
fortuita. Ranke, como otros muchos, ha seguido en esto cierto gusto plutarquiano, es
decir, cierto romanticismo vulgar, que se limita a considerar la semejanza de la escena en
el teatro del mundo; pero sin darle el sentido estricto del matemático, que conoce la
íntima afinidad de dos grupos de ecuaciones diferenciales, en las cuales el lego no ve
sino diferencias.
Adviértese fácilmente que, en el fondo, es el capricho y no una idea, no el
sentimiento de una necesidad, el que determina la elección de estos cuadros. Estamos
todavía muy lejos de poseer una técnica de la comparación. Precisamente hoy se producen
comparaciones al por mayor, pero sin plan y sin nexo; y si alguna vez son certeras en un
sentido profundo, que luego fijaremos, débese ello al azar, rara vez al instinto, nunca a
un principio. A nadie se le ha Ocurrido todavía instituir un método en esta
cuestión. Nadie ha sospechado siquiera que hay aquí un manantial, el único de donde
puede surgir una gran solución para el problema de la historia.
Las comparaciones podrían ser la ventura del pensamiento histórico, ya que
sirven para manifestar la estructura orgánica del proceso de la historia. Para ello
sería preciso afinar su técnica, sometiéndola a una idea comprensiva que la condujese
hasta un grado de necesidad exento de vacilaciones, hasta la lógica maestría. Pero las
comparaciones no han sido hasta ahora más que una desdicha; pues tenidas por simple cuestión
de gustos, han eximido al historiador de la intuición y del esfuerzo necesarios para
reconocer en el lenguaje de las formas históricas y su análisis el problema más
difícil e inmediato, un problema que se encuentra, no ya sin resolver, pero ni siquiera
comprendido todavía. Las comparaciones han sido unas veces superficiales, como cuando se
llamado a César el fundador de una Gaceta oficial de Roma, o cuando, lo que es
peor, se han puesto nombres de moda, como socialismo, impresionismo, capitalismo,
clericalismo, a fenómenos de la existencia antigua, tan lejanos y complicados, tan
íntimamente heterogéneos de nuestro modo de ser actual. Otras veces han consistido en
extrañas tergiversaciones, como el culto tributado por el Club de los Jacobinos a Bruto,
millonario y usurero, que, en nombre de una ideología oligárquica y con aplauso del
Senado patricio, había apuñalado al hombre de la democracia [1].
3
Nuestra tarea, pues, se amplifica. Al principio abarcaba sólo un problema
particular de la civilización moderna, y ahora se convierte en una filosofía enteramente
nueva, la filosofía del porvenir, si es que de nuestro suelo, metafísicamente exhausto,
puede aún brotar una. Esta filosofía es la única que puede contarse al menos entre las posibilidades
que aún quedan al espíritu occidental en sus postreros estadios. Nuestra tarea se
agranda hasta convertirse en la idea de una morfología de la historia universal, del
universo como historia. En oposición a la morfología de la naturaleza, tema único,
hasta hoy, de la filosofía, comprenderá todas las formas y movimientos del mundo, en su
significación última y más profunda; pero ordenándolas muy de otra manera, a fin de
constituir, no un panorama de las cosas conocidas, sino un cuadro de la vida misma, no de
lo que se ha producido, sino del producirse mismo.
¡El universo como historia, comprendido, intuido, elaborado en oposición
al universo como naturaleza! Es éste un nuevo aspecto de la existencia humana,
cuya aplicación práctica y teórica no ha sido nunca hecha hasta hoy. Y aunque se haya
quizá presentido y a veces sospechado, nunca se arriesgó nadie a precisarla con todas
sus consecuencias. Manifiéstanse aquí dos maneras posibles, para el hombre, de poseer y
vivir su derredor. Yo distingo radicalmente según su forma, no según su substancia, la
impresión orgánica de la impresión mecánica que el mundo produce; el conjunto de las
formas, del conjunto de las leyes; la imagen y el símbolo, de la fórmula y el sistema;
la realidad singular, de la posibilidad general; el fin que persigue la imaginación
ordenando las cosas según un plan, y el que establece la experiencia en sus análisis
prácticos; o, para declarar desde luego una contraposición muy importante y aun
desconocida, el dominio del número cronológico y el del número matemático
[2].
En una investigación como ésta no puede tratarse, por consiguiente, de tomar
los sucesos político-espirituales tal como se dejan ver a la faz del día, para
ordenarlos según causa y efecto y perseguir su tendencia aparente, fácil de captar por
medios intelectualistas. Este tratamiento «pragmático» de la historia no
sería más que un pedazo de física disfrazada, que los partidarios de la concepción
materialista de la historia no ocultan, mientras sus adversarios no llegan a percatarse de
la identidad de su método con el de aquéllos. No se trata, pues, de determinar qué sean
los hechos tangibles de la historia en sí y por sí, en cuanto fenómenos acontecidos en
un tiempo; trátase de desentrañar lo que por medio de su apariencia significan.
Los historiadores del presente creen que han realizado su cometido con aducir hechos
singulares, religiosos, sociales y, a lo sumo, artísticos, para «ilustrar» el sentido
político de una época. Pero olvidan lo decisivo; decisivo, efectivamente, cuanto que la
historia visible es expresión, signo, alma hecha forma. Todavía no he encontrado a nadie
que haya acometido con seriedad el estudio de esas afinidades morfológicas que traban
íntimamente las formas todas de una misma cultura; nadie que, saliéndose de la esfera de
los hechos políticos, haya conocido a fondo los últimos y más profundos pensamientos
matemáticos de los griegos, árabes, indios y europeos; el sentido de sus primeras
ornamentaciones, de las formas primarias de su arquitectura, de su metafísica, de su
dramática, de su lírica; los principios selectivos y la tendencia de sus artes mayores;
las particularidades de su técnica artística y de la elección de materiales. Y mucho
menos aún ha penetrado nadie la importancia decisiva de estas cuestiones para el problema
de la forma histórica. ¿Quién sabe que existe una profunda conexión formal entre el
cálculo diferencial y el principio dinástico del Estado en la época de Luis XIV; o
entre la antigua forma politicé de la polis (ciudad) y la geometría euclidiana; o
entre la perspectiva del espacio, en la pintura occidental, y la superación del espacio
por ferrocarriles, teléfonos y armamentos; o entre la música instrumental
contrapuntística y el sistema económico del crédito? Incluso los factores más reales
de la política, considerados en esta perspectiva, adquieren un carácter simbólico y
hasta metafísico. Y acaso por vez primera sucede ahora que cosas tan varias como el
sistema administrativo de Egipto, el sistema monetario antiguo, la geometría analítica,
el cheque, el canal de Suez, la imprenta china, el ejército prusiano y la técnica romana
de construir vías son parejamente entendidas como símbolos e interpretadas como tales.
En este punto se hace manifiesto que no existe todavía un arte bien definido del
conocimiento histórico. Lo que recibe este nombre toma sus métodos casi exclusivamente
de una esfera científica, que es la única en donde los métodos del conocimiento han
llegado a una rigurosa perfección: la física. Los historiadores creen que llevan a cabo
una investigación histórica cuando persiguen e indagan el nexo objetivo de causa y
efecto. Y es sobremanera extraño que la filosofía de estilo añejo no haya pensado nunca
en que puede haber para la inteligencia vigilante otro modo de enfrentarse con el mundo.
Kant, que en su obra capital determinó las reglas formales del conocimiento, no tomó en
consideración como objeto de la actividad intelectual más que a la naturaleza. Ni
él mismo ni ningún otro pensador cayó en la cuenta de esta limitación. El saber es
para Kant saber matemático. Cuando habla de formas innatas de la intuición y de
categorías del entendimiento, no piensa nunca en que concebimos los fenómenos
históricos con otros medios. Y Schopenhauer que, de modo harto significativo, conserva
sólo la causalidad de las categorías kantianas, habla de la historia con desprecio [3].
Todavía no ha penetrado en nuestras fórmulas intelectuales la convicción de que,
además de la necesidad que une la causa con el efecto y que yo llamaría lógica
del espacio , hay en la vida otra necesidad: la necesidad orgánica del sino
lógica del tiempo que es un hecho de profunda certidumbre interior,
un hecho que llena el pensamiento mitológico, religioso y artístico, un hecho que
constituye el ser y núcleo de toda historia, en oposición a la naturaleza, pero que es
inaccesible para las formas del conocimiento analizadas en la Crítica de la razón
pura. La filosofía, como dice Galileo en un pasaje famoso de su Saggiatore,
está scritta in lingua matematica en el gran libro de la naturaleza. Aún estamos
aguardando al filósofo que conteste a estas preguntas: ¿En qué lengua está escrita la
historia? ¿Cómo leerla?
La matemática y el principio de causalidad conducen a una ordenación
naturalista de los fenómenos. La cronología y la idea del sino conducen a una
ordenación histórica. Ambas ordenaciones abarcan el mundo íntegro. Sólo varían los
ojos en los cuales y por los cuales se realiza ese mundo.
4
Naturaleza es la forma en que el hombre de las culturas elevadas da unidad
y significación a las impresiones inmediatas de sus sentidos. Historia es la forma en que
su imaginación trata de comprender la existencia viviente del universo con relación a su
propia vida, prestándole así una realidad más profunda ¿Es el hombre capaz de
constituir esas formas? ¿Cuál de ellas es la que domina en su con ciencia vigilante? He
aquí un problema primario de toda existencia humana.
Hay para el hombre dos posibilidades de formar un mundo. Con esto queda
dicho que no son necesariamente realidades. Por lo tanto, si nos preguntamos cuál
sea el sentido de toda historia, habrá que resolver previamente una cuestión que hasta
ahora no ha sido planteada. ¿Para quién hay historia? ¡Pregunta paradójica, a
lo que parece! Sin duda hay historia para todos, por cuanto cada hombre, con la totalidad
de su existencia vigilante, es miembro de la historia. Pero hay una gran diferencia entre
vivir bajo la impresión continua de que la propia vida es un elemento de un ciclo vital
mucho más amplio, que se extiende sobre siglos o milenios, y sentir la vida como algo
completo, redondo, bien delimitado. Es seguro que para esta última clase de conciencia no
hay historia universal, no existe el universo como historia.
¿Y qué ocurrirá cuando toda una cultura, cuando un alma colectiva se
desarrolla según este espíritu ahistórico? ¿Cómo ha de aparecerle la realidad, el
mundo, la vida? En la conciencia que los helenos tenían del universo, todo lo vivido, no
sólo el propio y personal pasado, sino el pasado universal, convertíase al punto en un
segundo plano intemporal, inmóvil, de forma mítica, que servia de fondo al presente
momentáneo; de tal suerte, que la historia de Alejandro Magno, aun antes de morir este
rey, comenzó a fundirse, para el sentir antiguo, con la leyenda de Dioniso, y que César
consideraba su descendencia de Venus como cosa, por lo menos, no absurda. Ante esto
habremos de confesar que a nosotros, hombres de Occidente, teniendo como tenemos un fuerte
sentimiento de las distancias en el tiempo, nos es casi imposible revivir tales estados de
alma. Mas no por eso nos es licito prescindir, sin más ni más, de este hecho, cuando nos
situamos frente al problema de la historia.
Lo que para el individuo significan los diarios íntimos, las autobiografías,
las confesiones, significa para el alma de culturas enteras la investigación histórica,
en aquel sentido amplio que incluye todos los modos del análisis psicológico de pueblos
extraños, de épocas y costumbres. Pero la cultura «antigua» no tenía memoria,
en este sentido específico; no tenía órgano histórico. La memoria del hombre
«antiguo» y al decir esto que vamos a decir no hay duda que imprimimos en un alma
extraña a la nuestra un concepto derivado de nuestros propios hábitos anímicos
es cosa muy distinta de la nuestra, porque en la conciencia del antiguo faltan el pasado
como perspectivas creadoras de un cierto orden; y el «presente» puro, que Goethe
admiraba tanto en las manifestaciones de la vida antigua, en la plástica sobre todo,
llena esa vida con una plenitud que nos es por completo desconocida. Ese presente puro,
cuyo símbolo supremo es la columna dórica, representa en realidad una negación del
tiempo (de la dirección). Para Herodoto y Sófocles, como para Temístocles y para un
cónsul romano, el pasado se desvanece al punto en una impresión inmóvil, intemporal, de
estructura polar, no periódica, que tal es el último sentido de toda
mitología perespiritualizada. En cambio, para nuestro sentimiento del mundo, para nuestra
íntima visión, es el pasado un organismo de siglos o milenios, dividido claramente en
períodos y enderezado hacia una meta. Ahora bien: este fondo diverso es el que da a la
vida, tanto a la antigua como a la occidental, su especialísimo color. Lo que el griego
llamaba cosmos era la imagen de un universo que no va siendo, sino que es. Por
consiguiente, era el griego mismo un hombre que nunca fue siendo, sino que
siempre fue.
El hombre antiguo conoció muy bien la cronología, el cómputo del calendario y,
por lo tanto, aquel fuerte sentimiento de la eternidad y de la nulidad del presente, que
se manifiesta en la cultura babilónica y egipcia por la observación grandiosa de los
astros y la exacta medición de enormes transcursos del tiempo. Pero lo curioso es
advertir que, sin embargo, no pudo apropiarse íntimamente nada de eso. Lo que sus
filósofos, en ocasiones, refieren, lo han oído, pero no lo han comprobado. Y los
descubrimientos de algunos ingenios brillantes, pero aislados, oriundos de las ciudades
griegas de Asia, como Hiparco y Aristarco, fueron rechazados por la corriente estoica y
aristotélica, sin que nadie, salvo los científicos profesionales, les concediese la
menor atención. Ni Platón ni Aristóteles poseían un observatorio astronómico. En los
últimos años de Pendes votó el pueblo de Atenas una ley en la que se amenazaba con la
grave acusación de eisangelia [4] a quien propagase teorías astronómicas. Fue
éste un acto de profundo simbolismo, en el que se manifestó la voluntad del alma
antigua, decidida a borrar de su conciencia la lejanía en todos los sentidos de ésta.
Por lo que se refiere a la historiografía antigua, fijémonos en Tucídides.
Consiste su maestría en la fuerza netamente «antigua» con que viven los acontecimientos
del presente, comprendiéndolos por el presente mismo; a lo cual debe añadirse una
magnífica visión de los hechos, muy propia de un hombre de Estado que fue también
general y funcionario. Esta experiencia práctica, que suele confundirse con el
sentido histórico, hace que los historiadores lo consideren con justicia como un modelo
que nadie ha podido todavía igualar. Pero hay algo que le falta en absoluto; es esa
manera de mirar la historia desde la perspectiva de muchos siglos, que para nosotros
constituye un elemento evidentemente esencial en el concepto del historiador. Los buenos
trozos de la historiografía antigua se limitan al presente político del autor; en
cambio, las obras maestras de la historia en nuestra época tratan, sin excepción, del
pasado remoto. Tucídides habría fracasado si hubiese elegido por tema las guerras
médicas; no hay que hablar de una historia general de Grecia o de Egipto. Tanto él como
Polibio y Tácito, que también fueron políticos prácticos, pierden su certera visión
cuando vuelven la cara hacia el pasado, a veces a pocos decenios de distancia, y tropiezan
con fuerzas que no conocen por no haberlas hallado en su propia experiencia práctica.
Polibio no entiende ya la primera guerra púnica. Para Tácito, Augusto es incomprensible.
Y el sentido ahistórico de Tucídides según el criterio de nuestra investigación
histórica, toda llena de amplias perspectivas , se revela en la afirmación
inaudita, estampada en la primera página de su libro, de que antes de su época
hacia 400 no han ocurrido en el mundo acontecimientos de importancia [5].
A consecuencia de esto, la historia antigua, hasta las guerras médicas, y aun la
estructura de períodos muy posteriores, es el producto de una manera de pensar
esencialmente mítica. La historia constitucional de Esparta Licurgo, cuya
biografía se refiere con todo detalle, fue probablemente una insignificante deidad
silvestre del Taigeto es un poema de la época helenística; y la invención de la
historia romana anterior a Aníbal no había cesado aún en la época de César. La
expulsión de los Tarquinos por Bruto es una invención, para la cual sirvió de modelo un
contemporáneo del censor Apio Claudio (310). Los nombres de los reyes de Roma fueron
forjados en esa misma época, siguiendo los nombres de las familias plebeyas que se
habían enriquecido (K. J. Neumann). Prescindiendo totalmente de la «Constitución
serviana», la famosa ley agraria de Licinio, de 376, no existía aún en la época de
Aníbal (B. Niese). Cuando Epaminondas hubo libertado a los mesinos y los arcadios,
haciendo de estos pueblos un Estado independiente, en seguida se empezó a imaginar una
historia de sus tiempos primitivos. Lo extraordinario no es que ello sucediera, sino que
ésta fuese la única «historia» que había. Para manifestar la oposición entre el
sentido occidental y el sentido antiguo de la historia basta con decir que la historia
romana anterior al año 250, tal como la conocían los romanos en tiempos de César, es en
lo esencial una falsificación; y que lo poco que nosotros hemos podido averiguar lo
ignoraban por completo los romanos. Caracteriza el sentido antiguo de la palabra
«historia» el hecho de que la literatura novelesca alejandrina haya ejercido, por su
materia misma, el más poderoso influjo sobre los que escribieron en serio la historia
política y religiosa. A nadie se le ocurrió distinguir con el rigor de un principio esas
novelas de los datos documentales. Cuando Varrón, hacia el final de la República, se
ocupó en fijar la religión romana, que iba desvaneciéndose rápidamente de la
conciencia del pueblo, dividió las deidades, cuyo servicio celebraba el Estado con
meticuloso cuidado, en di certi y di incerti, dioses de los cuales se sabia
algo todavía y dioses de los cuales, a pesar del persistente culto público, sólo
quedaba el nombre. En realidad, la religión de la sociedad romana de su tiempo tal
como no sólo Goethe, sino el mismo Nietzsche, la aceptaron de los poetas romanos sin
vacilación ni sospecha era en su mayor parte un producto de la literatura
helenizante y casi no la unía nexo alguno al antiguo culto, que ya nadie comprendía.
Mommsen ha formulado claramente el punto de vista europeo occidental, cuando
llama a los historiadores romanos aludiendo principalmente a Tácito «unos
hombres que dicen lo que merecía callarse y callan lo que era necesario decir».
La cultura india, cuya idea del nirvana (brahmánico) es la expresión más
decisiva que puede haber de un alma perfectamente ahistórica, no ha poseído nunca el
menor sentimiento del «cuando» en ningún sentido. No hay astronomía india; no hay
calendario indio; no hay, pues, historia india, en cuanto por historia se entiende la
conciencia de una evolución vital. Del transcurso visible de esta cultura, cuya parte
orgánica estaba ya conclusa antes del advenimiento del budismo, sabemos mucho menos aún
que de la historia «antigua», no obstante haber sido, de seguro, muy rica en grandes
acontecimientos entre los siglos XII y VIII antes de Jesucristo. Ambas se han conservado
exclusivamente en la forma de un ensueño mítico. Un milenio después de Buda, hacia el
año 500 de Jesucristo, fue cuando en Ceilán, en el Mahavamsa [6], se produjo algo que
recuerda de lejos la narración histórica.
La conciencia del hombre indio era de tal modo ahistórico que ni siquiera
conoció el fenómeno de un libro escrito por un autor, como acontecimiento determinado en
el tiempo. En lugar de una serie orgánica de obras literarias, delimitadas por sus
autores personales, fue formándose poco a poco una masa vaga de textos, en los que cada
cual escribía lo que quería, sin que nadie tuviese para nada en cuenta las nociones de
propiedad intelectual del individuo, o evolución de un pensamiento, o época espiritual.
En esta misma forma anónima la de toda la historia india preséntase la
filosofía india. Considérese, en cambio, la historia filosófica del Occidente,
elaborada con la máxima precisión fisiognómica, en libros y personas.
El hombre indio lo olvidaba todo; en cambio, el egipcio no podía olvidar nada.
No ha habido nunca un arte indio del retrato, de la biografía in nuce. La
plástica egipcia, en cambio, no conoció apenas otro tema.
El alma egipcia, dotada excelentemente para la historia e impulsada hacia el
infinito con primigenia pasión, sintió el pasado y el futuro como la totalidad de
su universo; en cuanto al presente, que se identifica con la conciencia vigilante,
aparecióle como el límite estricto entre dos inconmensurables lejanías. La cultura
egipcia es la preocupación encarnada correlato anímico de la lejanía
; preocupación por lo futuro, que se manifiesta en la elección del granito y el
basalto para materiales plásticos [7], en los documentos tallados sobre piedra, en la
organización de un magistral sistema administrativo, en la red de canales de irrigación
[8]. Iba unida necesariamente a la preocupación por el pasado. La momia egipcia es un
símbolo de orden máximo; eternizábase en ella el cuerpo de los muertos, del
mismo modo que la personalidad, el ka, adquiría duración eterna por medio de las
estatuas, repetidas a veces en numerosos ejemplares y labradas con una semejanza o
parecido a que los egipcios daban un sentido muy elevado.
Existe una profunda relación entre la manera de interpretar el pasado histórico
y la concepción de la muerte, que se manifiesta en las formas funerarias. El
egipcio niega la corrupción; el antiguo la afirma mediante todo el lenguaje
de formas de su cultura. Los egipcios conservan la momia de su historia; fechas y números
cronológicos. De la historia griega anterior a Solón no nos queda nada, ni un año
fechado, ni un nombre. cierto, ni un suceso tangible lo cual da al resto conocido
un acento exagerado ; y en cambio sabemos casi todos los nombres y números de los
reyes egipcios del milenio tercero, y los egipcios posteriores conocíanlos, naturalmente,
sin excepción alguna. Como terrible símbolo de esa voluntad de durar yacen hoy en
nuestros museos los cuerpos de los grandes faraones, con sus rasgos personales
perfectamente reconocibles. Sobre la refulgente cúspide de granito pulimentado, en la
pirámide de Amenemeht III, léense aún hoy estas palabras: «Amenemeht contempla la
belleza del Sol.» Y del otro lado: «Más alta es el alma de Amenemeht que la altura de
Orión, y se reúne con el universo subterráneo». Esto significa la superación de todo
lo transitorio y actual, y es lo menos «antiguo» que cabe imaginar.
5
Frente a este poderoso grupo que forman los símbolos vitales egipcios, aparece
en el umbral de la cultura antigua la costumbre de quemar los muertos, como
respondiendo al olvido que deja extenderse sobre toda porción de su pasado interno y
externo. La época miceniana desconoció por completo esta preferente consagración de la
ceremonia entre las demás formas de sepelio, que los pueblos primitivos suelen usar
indiferentemente. Las tumbas regias de Micenas revelan más bien cierta preferencia por la
inhumación. Pero en la época homérica, como en la védica, se pasa súbitamente, por
ciertos motivos espirituales, del enterramiento a la cremación, la cual, como nos muestra
la Ilíada, se celebraba con todo el pathos de un acto que era al mismo
tiempo imagen simbólica de un solemne aniquilamiento y negación de la permanencia
histórica.
Desde este momento queda suprimida toda representación plástica de la
evolución del alma individual. El drama «antiguo» no tolera motivos verdaderamente
históricos ni admite el tema de la evolución interna, y es sabido que el instinto
helénico se oponía resueltamente al retrato en el arte plástico. Hasta la época
imperial no conoció el arte «antiguo» más que una materia que le fuese en cierto modo
natural: el mito [9]. Los retratos ideales de la plástica helenística son también
míticos, como lo son las biografías típicas, a la manera de Plutarco. Ninguno de los
grandes griegos escribió memorias que fijasen ante la mirada de su espíritu una época
ya superada. Ni siquiera Sócrates ha dicho sobre su vida interior nada que nosotros
podamos juzgar importante. Cabe preguntarse si en un alma «antigua» hubiera sido posible
algo parejo a lo que supone la concepción de Parsifal, Hamlet, Werther. En Platón
echamos de menos la conciencia de una evolución en su propia doctrina. Sus escritos,
individualmente considerados, no hacen sino formular los muy diferentes puntos de vista
que adoptó en diferentes épocas. El nexo genético que los une no fue objeto de su
reflexión. En cambio, ya en los comienzos de la historia del espíritu occidental
encontramos un trozo donde se hace la más profunda investigación de la propia intimidad:
la Vita nuova de Dante. Esto bastaría para colegir cuán poco de la Antigüedad,
es decir, del presente puro, tenía realmente Goethe, quien no olvidó nunca que sus obras
son sus propias palabras eran «fragmentos» de una gran confesión.
Destruida Atenas por los persas, fueron las viejas obras de arte arrojadas a la
basura de donde ahora las estamos sacando , y nunca se vio a nadie, en la
Hélade, que se preocupase de las ruinas de Micenas o de Festos, con el objeto de
descubrir hechos históricos. Leían los antiguos a Homero; pero a ninguno se le ocurrió,
como a Schliemann, excavar la colina de Troya. Los griegos querían mitos, no historia. Ya
en la época helenística habíase perdido parte de las obras de Esquilo y de los
filósofos presocráticos. En cambio, Petrarca coleccionaba antigüedades, monedas,
manuscritos, con una piedad, con una contemplativa devoción, que son propias sólo de
esta cultura. Petrarca sentía lo histórico, volvía la mirada hacia los mundos lejanos,
anhelaba toda lontananza fue el primero que emprendió la ascensión a una montaña
alpina ; en rigor, fue un extranjero en su tiempo. En esta conexión con el problema
del tiempo inicia su desarrollo la psicología del coleccionista. Más apasionada
todavía, aunque de distinto matiz, es quizá la afición de los chinos a las colecciones.
El viajero que viaja por China va en busca de los «viejos rastros», Ku-tsi. Para
interpretar el concepto fundamental del alma china, el tao, intraducible a nuestros
idiomas, hace falta referirlo a un profundo sentimiento histórico [10]. En la época
helenística se coleccionaba también y se viajaba; pero el interés recaía sobre
curiosidades mitológicas, como las que describe Pausanias, sin tener en cuenta para nada
el valor estrictamente histórico, el cuándo y el porqué. En cambio, la tierra egipcia,
ya en tiempos del gran Tutmosis, habíase convertido en un ingente museo de tradición y
arquitectura.
En los pueblos occidentales fueron los alemanes los inventores del reloj
mecánico, símbolo terrible del tiempo raudo, cuyos latidos, resonando noche y día en
las innumerables torres de Europa, son acaso la expresión más formidable que ha podido
hallar el sentido histórico del universo [11]. Nada de esto vemos en los campos y las
ciudades antiguas, que no tenían tiempo. Hasta Pendes, la hora del día se
estimaba por la longitud de la sombra; y sólo desde Aristóteles tiene la palabra la
significación babilónica de ahora. Antes de esta época no había una
división exacta del tiempo diurno. Los relojes de agua y de sol fueron descubiertos en
Babilonia y Egipto. El primero que introdujo en Atenas la clepsidra fue Platón; más
tarde adoptáronse también los relojes de sol, pero como simples herramientas para fines
habituales, sin que variase en lo más mínimo el sentimiento antiguo de la vida.
Hay que mencionar aquí la
diferencia, paralela a ésta, que existe entre la matemática antigua y la matemática
occidental. Esta diferencia es muy profunda y no ha sido nunca justamente valorada. El
antiguo pensar numérico concibe las cosas como son, como magnitudes, ajenas al
tiempo, en puro presente. Esto conduce a la geometría euclidiana, a la estática
matemática y a rematar todo el sistema con la teoría de las secciones cónicas.
Nosotros, en cambio, concebimos las cosas según devienen y se comportan, es
decir, como funciones. Esto nos ha conducido a la dinámica, a la geometría
analítica, y de aquí al cálculo diferencial [12]. La teoría moderna de las funciones
es la ordenación gigantesca de toda esa masa de pensamientos. Es un hecho extraño, pero
sólidamente fundado en determinada predisposición espiritual, que la física helénica
como estática y no dinámica desconoce el uso del reloj y no lo echa de
menos. Mientras nosotros contamos fracciones mínimas de segundo, ellos prescinden
enteramente de medir el tiempo. La entelequia aristotélica es su único concepto
evolutivo, y es un concepto intemporal, totalmente ahistórico.
De esta manera
queda delimitado nuestro problema. Nosotros, hombres de la cultura europea occidental, con
nuestro sentido histórico, somos la excepción y no la regla. La historia universal es nuestra
imagen del mundo, no la imagen de la «humanidad». El indio y el antiguo no se
representaban el mundo en su devenir. Y cuando se extinga la civilización del Occidente,
acaso no vuelva a existir otra cultura y, por lo tanto, otro tipo humano, para quien la
«historia universal» sea una forma tan enérgica de la conciencia vigilante.
6
Pero... ¿qué es historia universal? Una representación ordenada del pasado, un
postulado interior, la expresión de un sentimiento de la forma. Sin duda. Pero un
sentimiento, por muy concreto que sea, no es una forma acabada, y si es cierto que todos
creemos sentir la historia universal y creemos vivirla y abarcar con plena seguridad su
configuración, también lo es que hasta hoy sólo conocemos formas y no la forma
de ella.
Sin duda alguna, todo el que sea preguntado afirmará que percibe clara y
distintamente la estructura periódica de la historia. Esta ilusión obedece a que nadie
ha reflexionado seriamente sobre ella, a que nadie pone en duda lo que ya sabe, porque
nadie sospecha de las dudas a que este punto da lugar. En realidad, la configuración de
la historia universal es una adquisición espiritual que no está garantida ni
demostrada. Perpetúase intacta de generación en generación, aun entre los
historiadores profesionales. Pero le vendría muy bien una pequeña parte de ese
escepticismo que desde Galileo ha servido para analizar y hacer más honda la imagen
espontánea que tenemos de la naturaleza.
Edad Antigua-Edad Media-Edad Moderna: tal es el esquema, increíblemente
mezquino y falto de sentido, cuyo absoluto dominio sobre nuestra mentalidad
histórica nos ha impedido una y otra vez comprender exactamente la posición verdadera de
este breve trozo de universo que desde la época de los emperadores alemanes se ha
desarrollado sobre el suelo de la Europa occidental. A él, más que a nada, debemos el no
haber conseguido aún concebir nuestra historia en su relación con la historia universal
es decir, con toda la historia de la humanidad íntegra , descubriendo su
rango, su forma y la duración de su vida. Las culturas venideras tendrán por casi
creíble que ese esquema, sin embargo, no haya sido puesto nunca en duda, a pesar de su
simple curso rectilíneo y sus absurdas proporciones, a pesar de que de siglo en siglo se
va haciendo más insensato y de que se opone a una incorporación natural de los nuevos
territorios traídos a la luz de nuestra conciencia histórica. Nada importa, en efecto,
que los historiadores hayan tomado la costumbre de criticar el citado esquema. Con eso lo
que consiguen es hacer más borrosa la única pauta de que disponemos, en lugar de
substituirla por otra. Por mucho que se hable de Edad Media griega y de Antigüedad
germánica, no se llegará a establecer un cuadro claro y preciso de la historia, en el
que China y Méjico, el imperio de Axum y el de los sasánidas encuentren su lugar
orgánico. Trasladar el comienzo de la Edad Moderna desde las Cruzadas al Renacimiento y
de aquí al principio del siglo XIX, es un recurso que demuestra tan sólo que el esquema
mismo se ha considerado inconmovible.
No sólo reduce la extensión de la historia, sino, lo que es peor aún,
empequeñece la escena histórica. El territorio de la Europa occidental [13] constituye
así como un polo inmóvil o, hablando en términos matemáticos, un punto particular de
una superficie esférica; no se sabe por qué, a no ser porque nosotros, los constructores
de esa imagen histórica, nos sentimos aquí en nuestra propia casa. Alrededor de ese polo
giran, con singular modestia, milenios de potentísima historia y enormes culturas
acampadas en remotas lontananzas. Es éste un sistema planetario de invención muy
particular. Elígese un paraje único como punto central de un sistema histórico; he
aquí el Sol, de donde los acontecimientos históricos reciben la mejor luz; desde este
lugar se formará la perspectiva que va a servir para evaluar la significación e
importancia de cada suceso. Pero quien aquí habla es, en rigor, la vanidad, por ningún
escepticismo contenida, del occidental, en cuyo espíritu se va desenvolviendo ese
fantasma de «la historia universal». A ella se debe la enorme ilusión óptica, desde
hace tiempo ya transformada en costumbre, que reduce la materia histórica de los milenios
lejanos por ejemplo, el antiguo Egipto y la China al tamaño de una
miniatura, mientras que los decenios más próximos, desde Lutero y principalmente desde
Napoleón, se agrandan como gigantescos fantasmas. Sabemos muy bien que si una nube que va
muy alta camina más despacio que una baja, es esto mera apariencia, y que si vemos al
tren arrastrarse lentamente por la lejanía, es esto también un engañó de la visión, y
sin embargo, creemos que el ritmo de la remota historia india, babilónica, egipcia, era
realmente más lento que el de nuestro pasado próximo, y encontramos más tenue su
substancia, más borrosas y más estiradas sus formas, porque no hemos aprendido a
calcular la distancia exterior e interior.
Para la cultura de Occidente se comprende que la existencia de Atenas, Florencia,
París, sea más importante que la de Lo-yang y Pataliputra. Pero ¿es lícito fundar
sobre tales valoraciones un esquema de la historia universal? Sería dar la razón al
historiador chino que, por su parte, construyese una historia universal en donde las
Cruzadas y el Renacimiento, César y Federico el Grande quedaran, por insignificantes,
sepultados en el silencio. ¿Por qué ha de ser el siglo XVIII, morfológicamente
considerado, más importante que uno cualquiera de los que preceden al XVI? ¿No es
ridículo oponer la «Edad Moderna», con sus escasos siglos de extensión, localizada
además esencialmente en la Europa occidental, a la «Edad Antigua», que comprende otros
tantos milenios, y en la cual la masa de las culturas prehelénicas, sin intentar de ellas
una profunda división, se aprecia como un simple apéndice? Para salvar el caduco
esquema, ¿no se ha despachado a Egipto y a Babilonia cuyas historias forman cada
una un todo concluso, cualquiera de los cuales pesa tanto por sí solo como la supuesta
historia universal desde Carlomagno hasta la guerra mundial, y aun más allá
calificándolas de preludios de la Antigüedad? ¿No se han recluido a las estrecheces de
una nota, con una mueca de perplejidad, los poderosos complejos de las culturas india y
china? y en cuanto a las grandes culturas americanas, han sido, sin más ni más,
ignoradas, so pretexto de que les falta «toda conexión»; ¿con qué?
Este esquema, tan corriente en la Europa occidental, hace girar las grandes
culturas en torno nuestro, como si fuéramos nosotros el centro de todo el proceso
universal. Yo le llamo sistema tolemaico de la historia. Y considero como el descubrimiento
copernicano, en el terreno de la historia, el nuevo sistema que este libro propone,
sistema en el cual la Antigüedad y el Occidente aparecen junto a la India, Babilonia,
China, Egipto, la cultura árabe y la cultura mejicana, sin adoptar en modo alguno una
posición privilegiada. Todas estas culturas son manifestaciones y expresiones cambiantes
de una vida que reposa en el centro; todas son orbes distintos en el devenir universal,
que pesan tanto como Grecia en la imagen total de la historia y la superan con mucho en
grandeza de concepciones y en potencia ascensional.
7
El esquema Edad Antigua-Edad Media-Edad Moderna es, en su forma primitiva, una
creación del sentimiento semítico, que se manifiesta primero en la religión pérsica y
judía, desde Ciro [14], que recibe luego una acepción apocalíptica en la doctrina del
libro de Daniel sobre las cuatro edades del mundo, y que adopta, en fin, la forma de una
historia universal en las religiones postcristianas de Oriente, sobre todo en los sistemas
gnósticos [15].
Dentro de los estrechísimos límites que constituyen las premisas intelectuales
de esta importante concepción, no le falta fundamento legítimo. Ni la historia india, ni
aun la egipcia, entran aquí en el círculo de la consideración, pues la expresión
«historia universal» significa, en boca de aquellos pensadores gnósticos, una acción
única, sobremanera dramática, cuyo teatro fue el territorio entre la Hélade y Persia.
En esa acción logra expresarse el sentimiento estrictamente dualista del universo, que es
propio del oriental, y lo logra, no en sentido popular, como en la metafísica de ese
mismo tiempo, por la oposición de alma y espíritu, sino en sentido periódico [16],
vista como una catástrofe, como un bisel que separa dos edades, entre la creación del
mundo y el fin del mismo, prescindiendo de todos los elementos que no habían sido
fijados, de una parte, por la literatura antigua, y, de otra, por la Biblia o por el libro
sacro que hace las veces de la Biblia en el sistema de que se trate. En esta imagen del
mundo aparecen la «Edad Antigua» y la «Edad Moderna» como la oposición entonces tan
obvia entre pagano y cristiano, antiguo y oriental, estatua y dogma, naturaleza y
espíritu; y esta oposición se alarga y se transforma en una concepción temporal,
en un proceso de superación del uno por el otro. La transición histórica adquiere los
caracteres religiosos de una salvación. Hállase esta concepción, sin duda, fundada en
nociones harto estrechas y provincianas; pero era lógica y perfecta en sí, bien que
adscrita a aquel territorio y a aquellos hombres, e incapaz de toda natural
amplificación.
Sólo por acoplamiento adicional de una tercera época nuestra «Edad Moderna» , en el territorio de Occidente, hase introducido en la imagen una tendencia de movimiento. La imagen oriental, con sus dos épocas contrapuestas, era inmóvil, era una antítesis
cerrada, permanentemente equilibrada, con una acción divina singular en el
centro. Pero este fragmento de historia esterilizado así, fue recogido y sustentado por
una nueva especie de hombres, y recibió de pronto sin que se diera cuenta nadie de
lo extraño de tal mutación una prolongación en forma de una línea que, partiendo
de Homero o de Adán (las posibilidades se han aumentado hoy grandemente con los
indogermanos, la edad de piedra y el hombre mono), pasaba luego por Jerusalén, Roma,
Florencia y Paris, subiendo o bajando, según el gusto personal del historiador, pensador
o artista, que interpretaba la imagen tripartita con ilimitada libertad.
Así, pues, a los conceptos complementarios de «paganismo» y
«cristianismo» concebidos como sucesivas edades del mundo añadióse luego
el concepto finalizador de «Edad Moderna», la cual, por su parte, tiene la gracia
de no permitir una prosecución del mismo método, pues habiéndose «alargado» repetidas
veces desde las Cruzadas, no parece ya capaz de nuevos estirones [17]. Sin declararlo, se
pensaba que, pasadas la Edad Antigua y la Edad Media, empezaba algo definitivo, un tercer
reino, en que algo había de cumplirse, un punto supremo, un fin, cuyo reconocimiento ha
ido atribuyéndose cada cual a sí mismo, desde los escolásticos hasta los socialistas de
nuestros días. Y esta intuición del curso de las cosas resultaba comodísima y siempre
muy halagüeña para su descubridor. Sencillamente consistía en identificar el espíritu
de Occidente con el sentido del universo. De una necesidad espiritual hicieron luego
algunos grandes pensadores una virtud metafísica, convirtiendo, sin seria crítica
previa, el esquema consagrado por el consensus omnium en base de una filosofía, y
cargando a Dios la paternidad de su propio «plan universal». El tres, número místico
de las viejas edades, tenía algo de seductor para el gusto metafísico. Herder llamó a
la historia una educación del género humano; Kant, una evolución del concepto de
libertad; Hegel, un desenvolvimiento del espíritu universal; otros emplearon otros
términos. Pero todo el que supo introducir un sentido abstracto en los tres trozos
absolutamente dados, creyó que ya había meditado bastante sobre la forma fundamental de
la historia.
En el umbral mismo de la cultura occidental aparece la gran figura de Joaquín de
Floris ( 1202) [18], primer pensador del calibre de Hegel, que deshace la imagen
dualista de San Agustín y, lleno de un sentimiento verdaderamente gótico, opone el nuevo
cristianismo de su tiempo, como tercer momento, a la religión del Viejo y del Nuevo
Testamento: la edad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Joaquín de Floris
conmovió a los mejores de entre los franciscanos y dominicos, a Dante y a Santo Tomás, y
provocó una visión del mundo que poco a poco fue invadiendo todo el pensamiento
histórico de nuestra cultura. Lessing, que muchas veces designa su propia época,
oponiéndola a la Antigüedad, con el nombre de «postmundo» [19], tomó la idea en los
místicos del siglo XVI y la aplicó a su Educación del género humano, con las
etapas de niñez juventud, virilidad. Ibsen, que trató a fondo ese tema en su drama Emperador
y Galileo en donde la idea gnóstica del mundo surge encarnada en la figura del
mago Máximo , no ha dado un paso más allá en su conocido discurso de Estocolmo de
1887. Por lo visto, la soberbia de los europeos occidentales exige que se considere su
propia aparición como una especie de final.
Pero la creación del abad de Floris era una visión mística que penetraba en
los misterios del orden dado por Dios al universo. Al ser interpretada en sentido
intelectualista y considerada como una premisa del pensamiento científico, hubo,
pues, de perder toda significación. Y, en efecto, eso es lo que ha ocurrido desde el
siglo XVII. Es completamente inaceptable el modo de interpretar la historia universal que
consiste en dar rienda suelta a las propias convicciones políticas, religiosas y
sociales, y en las tres fases que nadie se atreve a tocar, discernir una dirección que
conduce justamente al punto en que el interpretador se encuentra. Unas veces será la
madurez del intelecto, otras la humanidad, o la felicidad del mayor número, o la
evolución económica, o la ilustración, o la libertad de los pueblos, o la victoria
sobre la naturaleza, o la concepción científica del universo, o cualquiera otra noción
por el estilo la que sirva de unidad absoluta para medir los milenios y demostrar que los
antepasados, o no supieron concebir la verdad, o no pudieron alcanzarla. Pero lo que
realmente sucede es que esas épocas pretéritas no quisieron lo mismo que queremos
nosotros. «Lo que importa en la vida es la vida, y no un resultado de la vida.» Esta
frase de Goethe debiera oponerse a todos los que intentan neciamente desentrañar el
secreto de la forma histórica, suponiendo en ella implícito un programa.
Igual cuadro histórico pergeñan los historiadores de las artes o de las
ciencias particulares, sin olvidar la economía nacional o la filosofía. Preséntannos
la pintura desde los egipcios o desde el hombre cavernario
hasta el impresionismo; la música, desde el cantor ciego Homero
hasta Bayreuth; el orden social, desde las ciudades lacustres hasta el
socialismo, y todo ello progresa en línea recta y sigue una tendencia que el propio
historiador insinúa en el curso de ese progreso. Nadie concibe la posibilidad de que las
artes tengan una vida circunscrita, adherida a un territorio y a una determinada especie
de hombres, cuya expresión ellas sean; nadie comprende que todas esas historias de
conjunto no son, en realidad, sino una adición extrínseca de múltiples fenómenos
aislados, de artes peculiares que nada tienen entre sí de común sino el nombre y algo de
la técnica manual.
Es bien sabido que todo organismo tiene su ritmo, su figura, su duración
determinada, e igual sucede a todas las manifestaciones de su vida. Nadie supondrá que un
roble centenario se halle ahora a punto de comenzar su evolución. Nadie creerá que un
gusano, al que se ve crecer todos los días, vaya a seguir creciendo así un par de años
más. Todo el mundo, en tales casos, posee con absoluta certeza el sentimiento de un límite,
que es idéntico al sentimiento de las formas orgánicas. Pero cuando se trata de la
historia de las grandes formas humanas, domina un optimismo ilimitadamente trivial
respecto al futuro. Entonces enmudece toda experiencia histórica y orgánica y cada cual
acierta a descubrir en el presente, cualquiera que sea, los síntomas o iniciaciones de un
magnífico «progreso» lineal, no porque lo demuestre la ciencia, sino porque así lo
desea él. Entonces se cuenta con posibilidades ilimitadas nunca con un término
natural , y partiendo de la situación del momento, se bosqueja una ingenua
construcción de lo que ha de seguir.
Pero «la humanidad» no tiene un fin, una idea, un plan; como no tiene fin ni
plan la especie de las mariposas o de las orquídeas. «Humanidad» es un concepto
zoológico o una palabra vana [20]. Que desaparezca este fantasma del círculo de
problemas referentes a la forma histórica, y se verán surgir con sorprendente abundancia
las verdaderas formas. Hay aquí una insondable riqueza, profundidad y movilidad de
lo viviente, que hasta ahora ha permanecido oculta bajo una frase vacía, un esquema seco,
o unos «ideales» personales.
En lugar de la monótona imagen de una historia universal en línea recta, que sólo se mantiene porque cerramos los ojos ante el número abrumador de los hechos, veo yo el fenómeno de múltiples culturas poderosas, que florecen con vigor cósmico en el seno de una tierra madre, a la que cada una de ellas está unida por todo el curso de su existencia. Cada una de esas culturas imprime a su materia, que es el hombre, su forma propia; cada una tiene su propia idea, sus propias pasiones, su propia vida, su querer, su sentir, su morir propios. Hay aquí colores, luces, movimientos, que
ninguna contemplación intelectual ha descubierto aún. Hay culturas, pueblos,
idiomas verdades, dioses, paisajes, que son jóvenes y florecientes; otros que son ya
viejos y decadentes; como hay robles, tallos, ramas, hojas, flores, que son viejos y otros
que son, jóvenes. Pero no hay «humanidad» vieja. Cada cultura posee sus propias
posibilidades de expresión, que germinan, maduran, se marchitan y no reviven jamás. Hay
muchas plásticas muy diferentes, muchas pinturas, muchas matemáticas, muchas físicas;
cada una de ellas es, en su profunda esencia, totalmente distinta de las demás; cada una
tiene su duración limitada; cada una está encerrada en sí misma, como cada especie
vegetal tiene sus propias flores y sus propios frutos, su tipo de crecimiento y de
decadencia. Esas culturas, seres vivos de orden superior, crecen en una sublime ausencia
de todo fin y propósito, como flores en el campo. Pertenecen, cual plantas y animales, a
la naturaleza viviente de Goethe, no a la naturaleza muerta de Newton. Yo veo en la
historia universal la imagen de una eterna formación y deformación, de un maravilloso
advenimiento y perecimiento de formas orgánicas. El historiador de oficio, en cambio,
concibe la historia a la manera de una tenia que, incansablemente, va añadiendo época
tras época.
Pero la combinación Edad Antigua-Edad Media-Edad Moderna ha agotado, finalmente,
su eficacia. Era estrecha y mísera; sin embargo, fue la única concepción no enteramente
desprovista de filosofía que poseímos, y lo que literariamente se ha coordinado en forma
de historia universal debe a esa concepción el resto que aún le queda de contenido
filosófico. Pero el número de siglos que podían a lo sumo contenerse bajo tal esquema
ha sido ya alcanzado hace tiempo. Con el rápido aumento del material histórico, sobre
todo del que cae fuera de ese esquema, comienza la imagen tradicional a deshacerse en un
caos que la vista no puede abarcar. Todo historiador que no esté completamente ciego sabe
y siente esto; y para no naufragar por completo, mantiene vigente con gran esfuerzo el
único esquema que conoce. La expresión «Edad Media» [21], acuñada en 1667 por el
profesor Horn, en Leyden, cubre hoy una masa informe de historia, que se halla en continuo
aumento, y que se limita de modo puramente negativo, por aquello que no cabe, bajo ningún
pretexto, en los otros dos conjuntos, ordenados tolerablemente al menos. Ejemplos de lo
que digo son el tratamiento inseguro y la vacilante estimación de las historias de
Persia, Arabia y Rusia. Pero sobre todo hay una circunstancia que no puede desconocerse
por mas tiempo, y es que esa supuesta historia del mundo se limita de hecho, en un
principio, a la región del Mediterráneo oriental, y luego, a partir de las irrupciones
germánicas, con un súbito traslado de la escena a la Europa occidental, queda reducida a
unos sucesos importantes sólo para nosotros y, en consecuencia, sobremanera aumentados de
tamaño, siendo así que, en realidad, se trata de acontecimientos meramente locales,
indiferentes por ejemplo, a la cultura árabe, que es la mas próxima. Hegel había
declarado, con toda ingenuidad, que los pueblos que no tuvieran acomodo en su sistema de
la historia los ignoraría. Ésta fue simplemente la honrada declaración de sus premisas
metódicas, sin las cuales ningún historiador llega nunca a su fin. Basándose en ellas
cabe estimar y apreciar la disposición de todas las obras de historia. Hoy, en realidad,
es pura cuestión de tacto científico el decidir cuál de los fenómenos históricos se
toma seriamente en cuenta y cuál no. Ranke es un buen ejemplo de ello.
8
Pensamos hoy por partes del mundo. Los únicos que aún no han aprendido a
hacerlo son nuestros filósofos e historiadores. ¿Qué pueden significar para nosotros
esas ideas y perspectivas que se presentan con la pretensión de una validez universal y
cuyo horizonte no excede en realidad los límites de la atmósfera ideológica del europeo
occidental?
Véanse sobre este punto nuestros mejores libros. Cuando Platón habla de la humanidad, se refiere a los helenos, en oposición a los bárbaros. Corresponde ello perfectamente al estilo ahistórico del «antiguo» vivir y pensar, y dentro de esta suposición limitativa conduce a resultados que son exactos y significativos para los griegos. Pero cuando Kant filosofa sobre ideales éticos, por ejemplo, afirma la validez de sus proposiciones para los hombres de todas clases y tiempos. Y si no lo declara explícitamente es porque para él y sus lectores la cosa es harto evidente. En su estética no formula el principio del arte de Fidias o de Rembrandt, sino el de todo arte en general. Y, sin embargo, de pensar que él determina como necesarias son las formas necesarias del pensar occidental exclusivamente. Con sólo referirse a Aristóteles y considerar a cuán distintos resultados llega este filósofo, hubiera debido comprenderse que el pensador griego, al reflexionar acerca de sí mismo, es un espíritu no menos claro que el pensador alemán, aunque de diferente temple y disposición. Las categorías
del pensamiento occidental son tan inaccesibles al pensamiento ruso como las del
griego al nuestro. Una inteligencia verdadera, integral, de los términos antiguos, es
para nosotros tan imposible como de los términos rusos [22] e indios; y. para el chino o
el árabe moderno, cuyos intelectos son muy diferentes del nuestro, la filosofía de Bacon
o de Kant tiene el valor de una simple curiosidad.
He aquí lo que le falta al pensador occidental y lo que no debiera faltarle precisamente
a él: la comprensión de que sus conclusiones tienen un carácter histórico-relativo,
de que no son sino la expresión de un modo de ser singular y sólo de él. El
pensador occidental ignora los necesarios limites en que se encierra la validez de sus
asertos; no sabe que sus «verdades inconmovibles», sus «verdades eternas», son
verdaderas sólo para él y son eternas sólo para su propia visión del mundo; no cree
que sea su deber salir de ellas para considerar las otras que el hombre de otras culturas
ha extraído de sí y afirmado con idéntica certeza. Pero esto justamente tendrá que
hacerlo la filosofía del futuro si quiere preciarse de integral. Eso es lo que
significa comprender el lenguaje de las formas históricas, del mundo viviente.
Nada es aquí perdurable, nada universal. No se hable más de formas del
pensamiento, del principio de lo trágico, del problema del Estado. La
validez universal es siempre una conclusión falsa que verificamos extendiendo a los
demás lo que sólo para nosotros vale.
Y esta imagen nos aparecerá todavía más vacilante y sospechosa si volvemos la
mirada hacia los pensadores modernos occidentales posteriores a Schopenhauer. En éstos el
centro de gravedad de los filosofemas se desplaza y se aleja de la abstracción
sistemática para acercarse a la práctica ética; en el lugar del problema del
conocimiento viene a situarse ahora el problema de la vida: voluntad de vida, de potencia,
de acción. La consideración se dirige aquí, no ya a la abstracción ideal «hombre»,
como en Kant, sino al hombre real, al hombre tal como, en tiempos históricos y agrupado
en pueblos primitivos o en núcleos de cultura, habita la superficie de la tierra. Y
resulta altamente ridículo que en este punto siga determinándose la forma de los
conceptos supremos por el esquema Edad Antigua-Edad Media-Edad Moderna y la limitación
local con siguiente a este esquema. Tal es, sin embargo, el caso.
Contemplemos el horizonte histórico de Nietzsche. Sus conceptos de decadencia, de nihilismo, de transmutación de los valores, están fundados en la entraña de la civilización occidental y poseen un valor decisivo para el análisis de esta civilización. Mas ¿cuál fue la
base sobre la que Nietzsche se apoyó para formularlos? Los romanos y los
griegos, el Renacimiento y la actualidad europea, una mirada rauda, de soslayo, sobre la
filosofía india mal interpretada ; en suma: la Edad Antigua, la Edad Media,
la Edad Moderna. Nietzsche, en puridad, no se ha salido de este marco. Y otro tanto les
sucede a los demás pensadores de su época.
¿En qué relación se encuentra su concepto de lo dionisíaco... con la vida
interna del civilizadísimo chino, en la época de Confucio, o del americano moderno?
¿Qué significa el tipo del superhombre... para el mundo del Islam? Los conceptos de
naturaleza y espíritu, paganismo y cristianismo, antigüedad y modernidad, concebidos
como antítesis de las formas, ¿qué sentido pueden tener en el alma del indio y del
ruso? ¿Qué tiene que ver Tolstoi quien en lo más profundo de su humanidad
rechazó todo el universo ideológico de Occidente como cosa extraña y lejana con
la «Edad Media», con Dante, con Lutero? ¿Qué tiene que ver un japonés con Parsifal y
Zaratustra? ¿Qué un indio con Sófocles? Y el mundo de los pensamientos de Schopenhauer,
de Comte, de Feuerbach, de Hebbel, de Strindberg, ¿es acaso más extenso? ¿No es su
psicología, pese a todas sus aspiraciones cósmicas, de pura cepa y significación
dental? Los problemas de la mujer, planteados por Ibsen con la pretensión asimismo de
fijar sobre ellos el interés de la «humanidad» entera, ¡qué efectos tan cómicos no
nos producirían si en lugar de la famosa Nora que vive en una gran ciudad de la
Europa occidental, que se mueve en el limitado horizonte de una casa de 2.000 a 6.000
marcos anuales, y que ha recibido una educación burguesa y protestante
pusiéramos, v. gr., la mujer de César, madame de Sevigné, una japonesa o una aldeana
del Tirol! Y es que el mismo Ibsen ve las cosas con la perspectiva de la clase media de
ayer y de hoy en las grandes urbes europeas. Sus conflictos, cuyas premisas psicológicas
proceden poco más o menos de 1850 y acaso no valgan ya en 1950, no son los del gran
mundo, ni los de la masa inferior, y no hay que decir los de las ciudades habitadas por no
europeos.
Todos esos valores son episódicos y locales, limitados casi siempre a la inteligencia momentánea de las grandes urbes de tipo occidental; no son, ni mucho menos, histórico-universales, eternos. Y si todavía aparecen esencialísimos a las generaciones de Ibsen y de Nietzsche, es porque, en realidad, estas generaciones desconocen el sentido de la expresión «historia universal» que no es una selección, sino una totalidad , puesto que subordinan los factores ajenos al interés propio, moderno, rebajándolos o
desconociéndolos. Y así ha acontecido, efectivamente, en grado sumo. Todo lo
que el Occidente ha dicho y pensado hasta ahora sobre los problemas del tiempo, del
espacio, del movimiento, del número, de la voluntad, del matrimonio, de la propiedad, de
la tragedia, de la ciencia, tiene un indeleble matiz de estrechez e inseguridad, que
procede de que se ha procurado ante todo encontrar la solución de los problemas, sin
comprender que a múltiples interrogadores corresponden contestaciones múltiples, que una
pregunta filosófica no es más que el deseo encubierto de recibir determinada respuesta,
ya inclusa en la pregunta misma, que nunca pueden concebirse como bastante efímeros los
grandes problemas de una época y que, por lo tanto, es preciso elegir un grupo de soluciones
históricamente condicionadas, cuya visión panorámica prescindiendo de
todas las convicciones propias será quien nos descubra los últimos secretos. Para
el pensador el legítimo pensador ningún punto de vista es absolutamente
verdadero o falso. Frente a problemas tan difíciles como el del tiempo o el del
matrimonio, no basta consultar la experiencia personal, la voz íntima, la razón, la
opinión de los antecesores o de los contemporáneos. Por este camino se llegará, sin
duda, a conocer lo que es verdadero para uno mismo o para la época en que uno vive. Pero
esto no es todo. Las manifestaciones de otras culturas hablan otra lengua. A distintos
hombres, distintas verdades. Y para el pensador todas son válidas o no lo es ninguna.
¿Compréndese ahora de qué amplificaciones y ahondamientos es capaz la crítica
del universo usada hasta ahora en Occidente, y cuántas cosas pueden incluirse, en el
círculo de la investigación, rebasando el mísero relativismo de Nietzsche y su
generación? ¡Cuánta finura en el sentimiento de la forma, qué grado de psicología,
qué renuncia e independencia de los intereses prácticos, qué ilimitación del horizonte
habrá de conseguirse antes de poder decir que se ha entendido lo que es la historia
universal, el universo como historia!
9
Frente a todo eso, frente a las formas caprichosas, estrechas, externas, dictadas
por el propio interés e impuestas a la historia, coloco yo la figura natural,
«copernicana», del suceder universal, la que está profundamente impresa en lo más
hondo, y no se manifiesta sino a los que miran la historia libres de todo prejuicio.
Recuérdese a Goethe. Lo que Goethe llamó la naturaleza viviente, eso es
lo que yo aquí llamo la historia universal, en el más amplio sentido: el universo
como historia. Goethe, que, como artista, dio formas a la a la evolución de sus
figuras, al devenir y no a lo ya hecho, y así lo demuestra Wilhelm Meister y Poesía
y realidad, odiaba la matemáticas Percibía la oposición entre el mundo como
mecanismo y el mundo como organismo, entre la naturaleza muerta y la naturaleza viva,
entre la ley y la forma. Cada línea de las que escribió como naturalista iba encaminada
a ponernos ante los ojos la figura de lo que deviene, «forma esencial que viviendo se
desenvuelve». Sentimientos, intuiciones, comparaciones, inmediata certeza interior,
exacta fantasía sensible, tales eran los medios con que se acercaba al misterio de las
inquietas apariencias. Tales son precisamente los medios de la investigación
histórica en general. No hay otros. Esa divina mirada es la que le empuja a decir la
noche de la batalla de Valmy, en el campamento: «A partir de hoy comienza una nueva
época de la historia universal; podéis decir que lo habéis presenciado». Ningún
general, ningún diplomático y, por supuesto, ningún filósofo, ha sentido tan
inmediatamente el hacerse mismo de la historia. Éste es el juicio más profundo que se ha
pronunciado nunca sobre un gran hecho histórico, en el momento mismo de verificarse.
Y así como Goethe perseguía la evolución de la forma vegetal partiendo de la
hoja, buscaba el origen y nacimiento del tipo vertebrado, inquiría la génesis de las
capas geológicas el sino de la naturaleza, no su causalidad , así también
hemos de desenvolver nosotros aquí el lenguaje de las formas que nos habla la historia
humana, su estructura periódica, el hálito de la historia, partiendo de la muchedumbre
de particularidades perceptibles.
Con razón se ha contado al hombre entre los organismos de la superficie
terrestre. Su estructura corporal, sus funciones naturales, todo su aspecto sensible,
pertenecen a una unidad más amplia. Sólo aquí se hace una excepción, a pesar de la
afinidad profundamente sentida entre el sino de las plantas y el sino del hombre, tema
eterno de toda lírica, y a pesar de la semejanza de la historia humana con la de
cualquier otro grupo de seres vivos de orden superior, tema de innumerables cuentos,
leyendas y fábulas. Compárense, pues, unos y otros organismos, dejando que el mundo de
las culturas humanas actúe puro y hondo sobre la imaginación, sin forzarlo a acomodarse
en un esquema prefijado; considérense las palabras «juventud», «crecimiento»,
«florecimiento», «decadencia», que han sido hasta ahora, y hoy más que nunca, la
expresión de estimaciones subjetivas e intereses personalísimos de índole social, moral
y estética; considérense, digo, esas palabras como designaciones objetivas de estados
orgánicos; colóquese la cultura «antigua», como fenómeno cerrado en sí mismo, como
cuerpo y expresión del alma «antigua» junto a la cultura egipcia, a la cultura india, a
la babilónica, a la china, a la occidental, y búsquese lo típico en los mudables
destinos de estos grandes individuos, lo necesario en el indomable tropel de las
contingencias, y a la postre se verá abrirse ante nosotros mismos el cuadro de la
historia universal; cuadro natural para nosotros, pero sólo para nosotros.
10
Pero, volviendo a nuestro tema estricto, intentemos desde este punto de vista
determinar morfológicamente la estructura de la época actual, ante todo entre los años
1800 y 2000. Tenemos que fijar el momento de esta época en el conjunto de la cultura
occidental; tenemos que definir su sentido como periodo biográfico, que debe hallarse
necesariamente, bajo una u otra forma, en toda cultura, y desentrañar la significación
orgánica y simbólica de los complejos morfológicos de carácter político, artístico,
espiritual, social, que le son propios.
Desde luego resalta la identidad entre este período y el helenismo;
particularmente la identidad entre el actual momento culminante de este período.
señalado por la guerra mundial y el tránsito de la época helenística a la
romana. El romanismo, con su estricto sentido de los hechos, desprovisto de genio,
bárbaro, disciplinado, práctico, protestante, prusiano, nos dará siempre la
clave ya que estamos atenidos a las comparaciones para comprender nuestro
propio futuro. ¡Griegos y romanos! Así, efectivamente, diferénciase el sino
que ya se ha cumplido para nosotros y el sino que va a cumplirse ahora. En la
«Antigüedad» hubiera podido, hubiera debido hallarse ya hace tiempo una evolución
enteramente pareja a la de nuestra propia cultura occidental; esa evolución es diferente
en los detalles superficiales, pero idéntica por el impulso íntimo, que conduce el gran
organismo a su acabamiento. Habríamos entonces encontrado en la Antigüedad un constante álter
ego comparable, rasgo por rasgo, con nuestra propia realidad, desde la guerra de Troya
y las Cruzadas, desde Homero y los Nibelungos, pasando por el dórico gótico, el
movimiento dionisíaco y el Renacimiento, Policleto y Sebastián Bach, Atenas y París,
Aristóteles y Kant, Alejandro y Napoleón, hasta el predominio de la gran ciudad moderna
y el imperialismo de ambas culturas.
Mas para esto era condición previa la justa interpretación de la historia
antigua. ¡Y con qué parcialidad, con qué superficialidad, con qué ligereza y estrechez
de miras se ha hecho siempre esa interpretación! Porque nos sentíamos demasiado
emparentados con los «antiguos» hemos arreglado el problema a nuestra comodidad. La
semejanza superficial es el escollo en que naufraga la ciencia de la Antigüedad
cuando cesa de ordenar y determinar sus hallazgos tarea en la que es maestra
y pasa a interpretar el espíritu que los anima. El eterno prejuicio, que debiéramos al
cabo desechar, consiste en creer que la Antigüedad nos es íntimamente próxima porque
hemos sido o pretendemos ser sus discípulos y sucesores, cuando en realidad sólo somos
sus adoradores. La labor toda que el siglo XIX ha realizado en la filosofía de la
religión, en la historia del arte, en la crítica social, era muy necesaria, y ha servido
de mucho, no para enseñarnos a comprender los dramas de Esquilo, las teorías de Platón,
Apolo y Dioniso, el Estado ateniense, el cesarismo que estamos muy lejos de
comprender , sino para hacernos sentir, por fin, lo extraño y lejano que nos es
todo eso, más extraño quizá que los dioses mejicanos y la arquitectura india.
Nuestras opiniones sobre la cultura grecorromana han oscilado siempre entre dos
extremos, y siempre, por supuesto, bajo una perspectiva dominada, cualquiera que fuese el
«punto de vista», por el esquema Edad Antigua-Media-Moderna. Los unos, hombres de vida
pública, economistas, políticos, juristas, encuentran que la «humanidad actual» se
halla en lucido progreso; la valoran altamente y con ella miden todo lo anterior. No hay
ningún partido moderno cuyas doctrinas no hayan servido de criterio para «valorar» a
Cleón, a Mario, a Temístocles, a Catilina y a los Gracos. Los otros, en cambio,
artistas, poetas, filólogos y filósofos, no se sienten a gusto en el presente; buscan en
el pasado un punto de referencia absoluto, desde el cual condenan el hoy con igual
dogmatismo. Aquéllos consideran a los griegos como un «todavía no»; éstos consideran
a los modernos como un «ya no»; ambos, empero, están sugestionados por una misma imagen
histórica que enlaza las dos edades en una línea recta.
Encárnanse en esta oposición las dos almas de Fausto. El peligro de la una es la superficialidad inteligente. De todo lo que fue la cultura antigua, del brillante fulgor del alma antigua, no quedan, a la
postre, entre sus manos, sino «hechos» sociales, económicos, jurídicos,
políticos, filológicos. Todo lo demás adquiere el carácter de «consecuencias
secundarias», «reflejos», «fenómenos concomitantes». En sus libros no se percibe el
menor rastro de aquella mítica gravedad que acompaña a los coros de Esquilo, de aquella
colosal fuerza telúrica que anima a la plástica arcaica, a la columna dórica; de aquel
fuego que arde en el culto apolíneo; de aquella profundidad que aún manifiesta el mismo
culto romano de los césares. Los otros, en cambio, románticos rezagados, como los tres
profesores de Basilea, Bachofen, Burckhardt y Nietzsche, sucumben al peligro de toda
ideología. Piérdense en las regiones nebulosas de una Antigüedad que no es sino la
imagen de su propia sensibilidad regulada por la filología. Se entregan a los restos de
la literatura antigua, único testimonio que les parece suficientemente prócer, aunque no
ha habido cultura más imperfectamente representada por sus grandes escritores que la
cultura de los antiguos [23].
Aquéllos se apoyan principalmente en el material prosaico; documentos
jurídicos, inscripciones y monedas, que Burckhardt y Nietzsche habían despreciado,
exponiéndose por ello a graves errores; subordinan a estos materiales la literatura,
manifestando así su sentido muchas veces mínimo de la verdad y de la realidad. Sucedió,
pues, que no se tomaron en serio unos a otros, a causa del fundamento mismo sobre que se
asentaba su crítica. Que yo sepa, no han sentido Nietzsche y Mommsen la menor estimación
mutua.
Pero ninguno de los dos grupos llegó a la altura desde la cual esta
oposición se disipa. Y, sin embargo, hubiera sido posible llegar a ella. Es ésta la
venganza que toma el principio de causalidad, por haber sido trasladado ilícitamente de
la física a la historia. Establecióse un pragmatismo superficial, copia de la
concepción física del mundo, que lejos de esclarecer, encubre y confunde el lenguaje de
las formas históricas, distinto totalmente del de la naturaleza. Para someter la masa de
los materiales históricos a una concepción ordenada y profunda, no se encontró nada
mejor que destacar como lo primario, como la causa, cierto conjunto de fenómenos, y
tratar luego como lo secundario, como consecuencias o efectos, los demás fenómenos. No
sólo los prácticos, sino también los románticos han acudido a este medio, porque la
historia seguía ocultando su lógica propia a las miradas miopes, y además porque
apremiaba harto la exigencia de fijar una necesidad inmanente, cuya presencia se
sentía sin poderla definir. Era, pues, inevitable aquel recurso, so pena de volver,
como Schopenhauer, la espalda a la historia, haciendo una mueca de mal humor.
11
Podemos decir sin más que hay dos modos de ver la Antigüedad: uno materialista
y otro ideológico. El materialista explica el descenso de un platillo de la balanza por
la subida del otro. Demuestra que siempre acaece así, sin excepción alguna, y la prueba,
a no dudarlo, es decisiva. He aquí, pues, causas y efectos, y las causas están
representadas evidentemente por los fenómenos sociales y sexuales o, a lo sumo, los
puramente políticos; los efectos son los hechos religiosos, espirituales, artísticos, si
es que para éstos admite el materialista la denominación de hechos. Los ideólogos
demuestran, en cambio, que la subida de uno de los platillos es consecuencia del descenso
del otro, y lo demuestran con igual exactitud. Penetran en los cultos, misterios y usos;
escudriñan el secreto de los versos y de las líneas. La vida diaria, con su trivialidad,
considéranla como una consecuencia dolorosa de la imperfección terrestre, y no le
conceden sino escasamente una mirada de soslayo. Cada una de las partes, pues, señalando
insistentemente al nexo causal, demuestra que la contraria no percibe, o no quiere
percibir, la verdadera relación entre las cosas, y terminan todos tachándose mutuamente
de ciegos, ligeros, tontos, absurdos, frívolos, extravagantes y filisteos. El ideólogo
se indigna cuando ve que alguien toma en serio los problemas económicos de Grecia, y que
habla, por ejemplo, no de las sentencias profundas del oráculo délfico sino de las
amplias operaciones financieras que los sacerdotes de Delfos realizaban con las sumas que
tenían en depósito. El político, a su vez, sonríese suavemente del infeliz que
despilfarra su entusiasmo en el estudio de las fórmulas sagradas y el ornamento de los
áticos efebos, en vez de escribir acerca de la lucha de clases en la Antigüedad un libro
bien repleto de copiosas fórmulas modernas.
Uno de estos tipos está ya preformado en Petrarca. Petrarca ha creado Florencia,
y Weimar el concepto del Renacimiento y el clasicismo occidental. El otro tipo aparece a
mediados del siglo XVII, al iniciarse una política «civilizada» [24], una política
económica de gran ciudad; por lo tanto, antes que en otra parte, en Inglaterra (Grote).
En el fondo se enfrentan aquí la concepción del hombre culto y la del hombre civilizado;
oposición demasiado profunda, demasiado humana para que deje advertir la inferioridad de
ambos puntos de vista y mucho menos la posibilidad de superarlos.
También el materialismo procede en este punto con sesgo idealista. También él,
sin saberlo ni quererlo, ha subordinado sus concepciones a sus íntimos deseos. En
realidad, nuestros mejores ingenios, sin excepción, se han inclinado llenos de respeto
ante la imagen de la Antigüedad, y en este único caso han renunciado al uso habitual de
una crítica sin límites. El análisis de la Antigüedad ha sido siempre obscurecido por
cierta tímida contención. No hay en toda la historia otro ejemplo de culto tan
entusiasta, tributado por una cultura a la memoria de otra cultura. Cuando enlazamos
idealmente la Antigüedad y la Edad Moderna por medio de una «Edad Media», que ocupa un
milenio de mal apreciada, casi despreciada historia, no hacemos sino expresar esa
involuntaria devoción. Nosotros, europeos occidentales, hemos sacrificado a los
«antiguos» la pureza e independencia de nuestro arte, no atreviéndonos a crear nada sin
antes alzar la vista hacia el augusto «modelo». En nuestra imagen de los griegos y de
los romanos hemos proyectado siempre lo que en lo más profundo de nuestra alma
anhelábamos o esperábamos alcanzar. Llegará un día en que algún agudo psicólogo nos
refiera la historia de nuestra más fatal ilusión, la historia de lo que en cada momento
íbamos reverenciando como «antiguo». Pocos problemas habrá más instructivos para el
conocimiento íntimo del alma occidental, desde el emperador Otón III hasta Nietzsche,
primera y última víctimas del Sur.
En su Viaje a Italia habla Goethe con entusiasmo de las construcciones de
Paladio, cuyo helado academismo nos deja hoy bastante escépticos. Ve luego a Pompeya, y
habla con franco descontento de la impresión «extraña, casi desagradable», que allí
recibió. Lo que dice de los templos de Poestum y Segesta, obras maestras del arte
helénico, es vacilante y de poca substancia. Se advierte bien que no ha reconocido la
Antigüedad, al verla ahora corporalmente, en toda su fuerza. Y otro tanto les ha sucedido
a los demás. No han querido ver muchos de los aspectos antiguos, y así han conseguido
salvar la imagen íntima que se habían formado de la Antigüedad. Su «Antigüedad» ha
sido, pues, el horizonte de un ideal vital que ellos mismos han creado y alimentado con su
sangre, un vaso donde han vertido su propio sentimiento del mundo, un fantasma, un ídolo.
En las celdas de los pensadores, en las tertulias de los poetas, entusiasman las crudas
descripciones que hace Aristófanes de la vida en las grandes ciudades antiguas; producen
admiración Juvenal y Petronio, la suciedad y la plebe del Sur, el ruido y la violencia,
los mancebos y las Frinés, el culto del falo y las orgías de los césares. Sin embargo,
ante esos mismos aspectos de la realidad, en nuestras urbes actuales pasamos de largo
profiriendo lamentos y tapándonos las narices. «En las ciudades es malo vivir: hay
demasiados rijosos.» Así habló Zaratustra. Enaltecen la ciudadanía de los romanos y
desprecian a quienes hoy no evitan todo contacto con los negocios públicos. Hay una clase
de hombres, versados en estas cosas, para quienes la diferencia entre la toga y la levita,
el circo bizantino y la pista inglesa de deportes, las antiguas vías de los Alpes y el
ferrocarril transcontinental, las trieras y los vapores, las lanzas romanas y las
bayonetas prusianas, el canal de Suez, hecho por un faraón, y el mismo canal hecho por un
ingeniero moderno, posee tal fuerza de magia, que les nubla la vista y les impide sin
remisión mirar libremente las cosas. No admitirían la máquina de vapor como símbolo de
pasión humana y expresión de energía vital, a menos que la hubiese inventado Hierón de
Alejandría. Consideran que es una blasfemia hablar de calefacción central y teneduría
de libros en Roma, en vez de hablar del culto de la Gran Madre en el monte Pessino.
Los otros, en cambio, no ven más que eso. Se figuran que agotan la
esencia de esa cultura, tan extraña para nosotros, tratando a los griegos, sin más ni
más, como si fueran sus iguales. Muévense, al sacar conclusiones psicológicas, en un
sistema de identidades que no tiene el menor contacto con el alma antigua. No
sospechan que las palabras «república», «libertad», «propiedad», designan allá y
acá cosas que no poseen el más leve parentesco entre sí. Búrlanse de los historiadores
de la época de Goethe porque manifiestan sus ideales políticos al escribir la historia
de la Antigüedad, expresando en los nombres de Licurgo, Bruto, Catón, Cicerón, Augusto,
y en la condenación o absolución de estos personajes, su propio programa o su personal
misticismo; mas los mismos que así se burlan no son capaces de escribir un capítulo sin
que se conozca en seguida a qué partido pertenece el periódico que leen por las
mañanas.
Pero lo mismo da contemplar el pasado con los ojos de don
Quijote que con los de Sancho. Ninguno de los dos caminos conduce a buena meta. A la
postre, cada cual se ha permitido poner en el primer plano aquel trocito de Antigüedad
que casualmente concuerda mejor con las intenciones propias; Nietzsche, la Atenas
presocrática; los economistas, el período helenístico; los políticos, la Roma
republicana; los poetas, el imperio.
Ni los fenómenos religiosos o artísticos son más originales y primarios que
los sociales y económicos, ni viceversa. Para quien haya logrado conquistar en este punto
la absoluta libertad de la contemplación; para quien se sitúe más allá de todo
interés personal, sea cual fuere, no hay, entre los distintos fenómenos, subordinación,
ni prioridad, ni causa, ni efecto, ni diferencia de valor o de importancia. Lo que al
fenómeno particular le confiere rango es simplemente la mayor o menor pureza y energía
del lenguaje formal que nos habla, la mayor o menor potencia de su simbolismo, sin que
debamos tener en cuenta para nada bondad y maldad, superioridad o vileza, utilidad o
idealidad.
12
La decadencia de Occidente, considerada así, significa nada menos que el problema
de la civilización. Nos hallamos frente a una de las cuestiones fundamentales de toda
historia. ¿Qué es «civilización», concebida como secuencia lógica, como plenitud y
término de una «cultura»?
Porque cada «cultura» tiene su «civilización» propia. Por primera vez
tómanse aquí estas dos palabras que hasta ahora designaban una vaga distinción
ética de índole personal en un sentido periódico, como expresiones de una orgánica
sucesión estricta y necesaria. La «civilización» es el inevitable sino de toda
«cultura». Hemos subido a la cima desde donde se hacen solubles los últimos y más
difíciles problemas de la morfología histórica. «Civilización» es el extremo
y más artificioso estado a que puede llegar una especie superior de hombres. Es un
remate; subsigue a la acción creadora como lo ya creado, lo ya hecho, a la vida como la
muerte, a la evolución como el anquilosamiento, al campo y a la infancia de las almas
que se manifiesta, por ejemplo, en el dórico y en el gótico como la
decrepitud espiritual y la urbe mundial petrificada y petrificante. Es un final
irrevocable, al que se llega siempre de nuevo, con íntima necesidad.
Sólo así puede comprenderse a los romanos en cuanto sucesores de los griegos.
Sólo así se coloca la última etapa de la Antigüedad bajo uña luz que revela sus más
hondos secretos. Pues ¿qué significa lo que sólo con palabras vanas cabría
negar que los romanos hayan sido bárbaros, bárbaros que no preceden a una época
de gran crecimiento, sino que, al contrario, la terminan? Sin alma, sin filosofía, sin
arte, animales hasta la brutalidad, sin escrúpulos, pendientes del éxito material,
hállanse situados los romanos entre la cultura helénica y la nada. Su imaginación,
enderezada exclusivamente a lo práctico poseían un derecho sacro que regulaba las
relaciones entre dioses y hombres como si fueran personas privadas y no tuvieron nunca
mitos , es una facultad que en Atenas no se encuentra. Los griegos tienen alma; los
romanos, intelecto. Así se diferencian la «cultura» y la «civilización». Y esto no
vale sólo para la «Antigüedad». Una y otra vez, en la historia, preséntase ese mismo
tipo de hombres de espíritu fuerte, completamente ametafísico. En sus manos está el
destino espiritual y material de toda época postrimera. Ellos son los que han llevado a
cabo el imperialismo babilónico, egipcio, indio, chino, romano. En tales períodos
desarróllanse el budismo, el estoicismo, el socialismo, emociones definitivas que pueden,
por última vez, captar y transformar en toda su substancia una humanidad mortecina y
decadente. La civilización pura, como proceso histórico, consiste en una gradual disolución
de formas ya muertas, de formas que se han tornado inorgánicas.
El tránsito de la «cultura» a la «civilización» se lleva a cabo, en la
Antigüedad, hacia el siglo IV; en el Occidente, hacia el XIX. A partir de estos momentos,
las grandes decisiones espirituales no se toman ya «en el mundo entero», como sucedía
en tiempos del movimiento órfico y de la Reforma, en que no había una sola aldea que no
tuviese su importancia. Ahora tómanse esas decisiones en tres o cuatro grandes urbes que
han absorbido el jugo todo de la historia, y frente a las cuales el territorio restante de
la cultura queda rebajado al rango de «provincia»; la cual, por su parte, no tiene ya
otra misión que alimentar a las grandes urbes con sus restos de humanidad superior. ¡Ciudad
mundial y provincia! [25]. Estos dos conceptos fundamentales de toda civilización
plantean ahora para la historia un nuevo problema de forma. Estamos viviéndolo justamente
los hombres de hoy, sin haberlo comprendido, ni siquiera de lejos, en todo su alcance. En
lugar de un mundo tenemos una ciudad, un punto, en donde se compendia la
vida de extensos países, que mientras tanto se marchitan. En lugar de un pueblo lleno de
formas, creciendo con la tierra misma, tenemos un nuevo nómada, un parásito, el
habitante de la gran urbe, hombre puramente atenido a los hechos, hombre sin tradición,
que se presenta en masas informes y fluctuantes; hombre sin religión, inteligente,
improductivo, imbuido de una profunda aversión a la vida agrícola y su forma
superior, la nobleza rural , hombre que representa un paso gigantesco hacia lo
inorgánico, hacia el fin. ¿Qué significa esto? Francia e Inglaterra han franqueado ya
ese paso; Alemania está franqueándolo. A Siracusa, Atenas, Alejandría, siguió Roma. A
Madrid, París, Londres, sigue Berlín. Transformarse en provincia, tal es el sino de los
territorios que no radican en el círculo irradiante de esas ciudades: «antiguamente»
fueron Creta y Macedonia, y hoy el norte de Escandinavia [26].
Antaño desarrollóse la lucha por la concepción ideal de la época, en una
esfera de problemas universales, impregnados de temas metafísicos, litúrgicos o
dogmáticos, y esa lucha fue entre el espíritu telúrico de los aldeanos nobleza y
clase sacerdotal y el espíritu «mundano» y patricio de las viejas, pequeñas y
famosas ciudades de la primitiva época dórica y gótica. Tales fueron las luchas por la
religión de Dioniso por ejemplo, bajo el tirano Clístenes, de Sicione [27]
y por la Reforma en las ciudades imperiales alemanas y en las guerras de los hugonotes.
Pero así como esas ciudades por fin dominaron al campo ya Parménides y Descartes
representan una conciencia puramente ciudadana , de igual manera la urbe las domina
a ellas. Tal es el proceso espiritual de todas las postrimerías, la jónica y la barroca.
Hoy, como en la época del helenismo, en cuyo umbral se halla la fundación de
Alejandría, gran urbe artificial, es decir, ajena al campo, hanse transformado esas
ciudades de cultura Florencia, Nuremberg, Salamanca, Brujas, Praga en
ciudades provincianas que actúan en una desesperada oposición intelectual frente al
espíritu de la gran urbe. La urbe mundial significa el cosmopolitismo ocupando el puesto
del «terruño» [28], el sentido frío de los hechos substituyendo a la veneración de lo
tradicional; significa la irreligión científica como petrificación de la anterior
religión del alma, «sociedad» en lugar del Estado, los derechos naturales en lugar de
los adquiridos. El dinero como factor abstracto inorgánico, desprovisto de toda
relación con el sentido del campo fructífero y con los valores de una originaria
economía de la vida, esto es lo que ya los romanos tienen antes que los griegos y sobre
los griegos. A partir de este momento, una concepción distinguida y elegante del mundo es
también cuestión de dinero. No el estoicismo griego de Crisipo, pero si el romano
de Catón y Séneca presupone como fundamento una fortuna [29]; no los sentimientos
ético-sociales del siglo XVIII, pero si los del siglo XX son, sin duda alguna si
han de traducirse en hechos que excedan los límites de una agitación profesional y
lucrativa , cosas de millonarios. En la urbe mundial no vive un pueblo, sino una
masa. La incomprensión de toda tradición que, al ser atacada, arrastra en su ruina a la
cultura misma nobleza, iglesia, privilegios, dinastía, convenciones artísticas,
límites científicos de la posibilidad del conocimiento , la inteligencia aguda y
fría, muy superior a la prudencia aldeana, el naturalismo de sentido novísimo que
saltando por encima de Sócrates y Rousseau va a enlazarse, en lo que toca a lo sexual y
social, con los instintos y estados más primitivos, el panem et circenses que se
manifiesta de nuevo hoy en los concursos de boxeo y en la pista de deportes, todo eso
caracteriza bien, frente a la cultura definitivamente conclusa, frente a la provincia, una
forma nueva, postrera y sin porvenir, pero inevitable, de la existencia humana.
Esto es lo que hay que ver no con los ojos del partidista, del ideólogo,
del moralista que se acomoda a su tiempo; no desde el ángulo de un «punto de vista»
particular, sino desde la altura intemporal en donde la mirada domina el mundo de las
formas históricas repartido por miles de años si se quiere comprender realmente la
gran crisis de la época actual.
Símbolo de primer orden es para mi el hecho de que en Roma, donde por el año 60
antes de Jesucristo fue el triunviro Craso el primer especulador en solares, aquel pueblo
romano, que ostentaba sus iniciales ilustres en todas las inscripciones; aquel pueblo
romano ante el cual temblaban en lejanas tierras los galos, los griegos, los partos, los
sirios; aquel pueblo romano vivía en una miseria espantosa, hacinado en edificios
enormes, de muchos pisos, construidos en barrios lóbregos [30] y escuchaba con
indiferencia o con una especie de interés deportivo las noticias de los éxitos militares
y de las conquistas.
Al mismo rango simbólico pertenece el hecho de que muchas
grandes familias de la nobleza primitiva, descendientes de los que vencieron a los celtas,
a los samnitas, a Aníbal, no habiendo tomado parte en la orgía de las especulaciones,
hubieron de vender sus casas solariegas y trasladarse a míseros cuartos de alquiler.
Mientras a lo largo de la vía Apia se alzaban los mausoleos, aún hoy admirados, de los
grandes financieros romanos, los cadáveres del pueblo, juntos con cuerpos de animales y
basura de la ciudad, iban amontonándose en horribles escombreras, hasta que durante el
reinado de Augusto, para evitar las epidemias, se limpió y aplanó el lugar, donde luego
Mecenas construyó sus famosos jardines. En la despoblada Atenas, que vivía de los
turistas y de las fundaciones de extranjeros opulentos como el rey Herodes de Judea
, se enseñaba a la plebe viajera de los nuevos ricos romanos las obras del siglo de
Pendes, de las cuales entendía el ricachón romano tan poco como los americanos que
visitan hoy la capilla Sixtina entienden de Miguel Ángel. Ya entonces todas las obras de
arte habían sido substraídas o compradas a precios fabulosos, a precios de moda,
levantándose, en cambio, colosales y presuntuosos edificios romanos, junto a las
profundas y humildes obras del tiempo pasado. En tales cosas, que el historiador no debe
ni aplaudir ni censurar, sino estudiar morfológicamente, exprésase clarísima una idea
para quien ha aprendido a mirar y a ver.
En efecto, habrá de evidenciarse que, a partir de este momento, todos los grandes conflictos de la filosofía, de la política, del arte, del saber, del sentimiento, se hallan dominados por la mencionada oposición. ¿Qué es la política civilizada de mañana en oposición a la culta de ayer? En la Antigüedad, retórica; en el Occidente, periodismo; ambos al servicio de esa abstracción que representa el poder de la civilización: el dinero [31]. Su espíritu es el que penetra, sin ser notado, en las formas históricas de la existencia popular, muchas veces sin alterarlas ni descomponerlas en lo más mínimo. El mecanismo del Estado romano, desde Escipión el Africano hasta Augusto, permaneció mucho más estacionario de lo que generalmente se cree. Pero los grandes partidos son sólo en apariencia el centro de las acciones decisivas. Decídelo todo un pequeño número de cerebros superiores, cuyos nombres en este momento no son acaso los más conocidos, mientras que la gran masa de los políticos de segunda fila: retores y tribunos, abogados y periodistas, mantiene una selección para los horizontes provincianos y, hacia abajo, la ilusión de que el pueblo se determina a sí mismo. ¿Y el arte? ¿Y la filosofía? Los ideales de la época de Platón y de Kant valían para una humanidad superior. Pero los ideales del helenismo y de la época actual sólo existen para el habitante de la gran urbe. El socialismo y el darvinismo, próximos parientes por su origen, con sus fórmulas de lucha por la vida y de selección, tan contrarias a Goethe; los problemas femeninos y matrimoniales también afines entre sí que se encuentran en Ibsen, Strindberg y Shaw; las tendencias impresionistas de una sensibilidad anárquica; el montón de los modernos anhelos, excitaciones, dolores, expresados en la lírica de Baudelaire y en la música de Wagner, todo esto es inexistente para el sentimiento del hombre de la aldea y, en general, de la naturaleza; todo ello es patrimonio exclusivo del hombre cerebral de las grandes urbes. Cuanto más pequeña sea una ciudad, menos sentido tiene para ella el ocuparse de esa música y de esa pintura.
A la cultura corresponde la gimnasia, el torneo, el certamen agonal; a la
civilización, el deporte. He aquí la diferencia entre la palestra griega y el circo
romano [32]. El arte mismo se convierte en deporte no otra cosa es lart
pour lart ante un público inteligente de aficionados y compradores, ya
se trate de dominar masas instrumentales absurdas, ya de vencer dificultades armónicas o
de resolver un problema de colorido. Surge una nueva filosofía de los hechos que para las
especulaciones metafísicas tiene sólo una sonrisa; una nueva literatura que para el
intelecto, el gusto y los nervios de los habitantes de las grandes urbes es una necesidad
y, en cambio, para el provinciano resulta incomprensible y odiosa. Ni la poesía
alejandrina ni la pintura al aire libre le importan nada al «pueblo». El tránsito
caracterízase, entonces como hoy, por una serie de escándalos que sólo en estas épocas
pueden darse. La indignación de los atenienses contra Eurípides y contra la técnica
revolucionaria de la pintura, por ejemplo, de Apolodoro, repítese en la oposición a
Wagner, a Manet, a Ibsen y a Nietzsche.
Puede comprenderse a los griegos sin hablar de su economía. Pero a los romanos
sólo por su economía cabe entenderlos. La última vez que se peleó por una idea fue en
Queronea y en Leipzig. En la primera guerra púnica y en Sedán no pueden ya desconocerse
los elementos económicos. Los romanos, con su energía práctica, fueron los primeros en
dar al trabajo de los esclavos ese estilo gigantesco que para muchos determina el tipo de
la economía, del derecho y de la vida antiguos, y que en todo caso rebaja notablemente la
dignidad interior del trabajo libre asalariado. Han sido los pueblos germánicos, no los
románicos, los primeros que en la Europa occidental han sacado de la máquina de vapor
una industria grande que cambia el aspecto de las comarcas. Adviértase cómo estos dos
fenómenos, hondamente simbólicos, se relacionan con el estoicismo y el socialismo. El
cesarismo romano, anunciado en Cayo Flaminio, formado ya por vez primera en Mario, es el
que dentro del mundo antiguo da a conocer la sublimidad del dinero, en manos de
hombres eficaces, de fuerte espíritu y grandes capacidades. Sin eso, ni César ni el
romanismo serían inteligibles. Todo griego tiene algo de don Quijote; todo romano, algo
de Sancho Panza. Lo que fueron además de eso, pasa a segundo término.
13
El dominio del mundo por los romanos es un fenómeno negativo. No resulta
de un exceso de fuerza que después de Zama ya Roma no poseía , sino de la
falta de resistencia en el lado opuesto. Los romanos no conquistaron el mundo [33] (Se
apoderaron de un botín que estaba a disposición del primero que llegase. Surgió el
imperio romano, no de una suprema tensión de todos los resortes militares y financieros,
como cuando Roma se enfrentó contra Cartago, sino de la renuncia del viejo Oriente a
regir su vida externa. No nos dejemos engañar por la apariencia de los brillantes éxitos
militares. Con un par de legiones mal aguerridas, mal mandados, malhumoradas, conquistaron
reinos enteros Lúculo y Pompeyo; cosa que no hubiera sido posible en la época de las
batalla de Ipso. Mitrídates, que fue un peligro verdadero para ese sistema de fuerzas
materiales, nunca seriamente puesto a prueba, no hubiera sido peligroso para los
vencedores de Aníbal. Después de Zama, los romanos no hicieron ya ninguna guerra contra
una gran potencia militar, ni hubieran podido sostenerla [34]. Las guerras clásicas de
Roma fueron las de los samnitas, la de Pirro y la de Cartago. La hora grande de Roma fue
Cannas. No hay pueblo que esté siglos y siglos con el coturno calzado. El pueblo
alemán-prusiano que vivió los momentos poderosos de 1813, 1870 y 1914 tiene más que
ninguno en su historia tales horas fuertes.
Es el imperialismo, según mi concepto, el símbolo típico de las
postrimerías. Produce petrificaciones como los imperios egipcio, chino, romano, indio,
islámico, que perduran siglos y siglos, pasan de las manos de un conquistador a las de
otro; cuerpos muertos, masas amorfas de hombres, masas sin alma, materiales viejos y
gastados de una gran historia. El imperialismo es civilización pura. El sino del
Occidente condena a éste, irremediablemente, a tomar el mismo aspecto. El hombre culto
dirige su energía hacia dentro; el civilizado, hacia fuera. Por eso considero yo a Cecil
Rhodes como el primer hombre de una época nueva. Representa el estilo político de un
futuro lejano, occidental, germánico, y particularmente alemán. Sus palabras «la
expansión es todo» encierran en esa misma construcción napoleónica la tendencia más
característica de toda civilización madura. Lo mismo puede decirse de los romanos, de
los árabes, de los chinos. Aquí no cabe elección. Aquí no decide ni siquiera la
voluntad consciente del individuo o de clases y pueblos enteros. La tendencia expansiva es
una fatalidad, algo demoníaco y monstruoso, que se apodera del hombre en el postrer
estadio de la gran urbe y, quiéralo o no, sépalo o no [35], le constriñe y le utiliza
en su servicio La vida es la realización de posibilidades, y para el hombre cerebral no
hay más que posibilidades expansivas [36]. El socialismo actual, poco desarrollado
aún, rechaza la expansión; pero llegará un día en que, con la vehemencia de un sino,
sea él su principal vehículo. El lenguaje de las formas políticas como
expresión intelectual inmediata de una índole humana toca aquí a un problema
profundo de la metafísica: al hecho, confirmado por la absoluta validez del principio
causal, de que el espíritu es el complemento de la extensión.
El mundo de los Estados chinos caminaba derechamente hacia el imperialismo entre
los años 500 y 300 que corresponden, morfológicamente, a los 300 a 500 de la
Antigüedad , y era por lo tanto inútil toda oposición al principio imperialista (lienheng),
que estaba representado principalmente en la práctica por el Estado Tsin [37]. la
Roma del mundo chino y en la teoría por el filósofo Chang Yi. Los enemigos de la
tendencia imperialista defendían la idea de una liga de pueblos (hohtsung),
fundándose en ciertos pensamientos de Wang Hü, profundo escéptico y gran conocedor de
los hombres y de las posibilidades políticas de esta época posterior. Ambos eran
enemigos de la ideología de Laotsé, que se manifestaba contraria a la actividad
política; pero el lienheng tenía a su favor el curso natural de la civilización
expansiva [38].
Rhodes aparece como el precursor primero de un tipo de César occidental a quien
todavía no le ha llegado su hora. Hállase en la mitad de la distancia que existe entre
Napoleón y el hombre de la fuerza que ha de surgir en el próximo siglo; así, entre
Alejandro y César se encuentra aquel Flaminio que en 232 empujó a los romanos a la
conquista de la Galia cisalpina y señaló de esa suerte el comienzo de la política
expansiva colonial. Flaminio era propiamente un personaje privado, particular [39], que
gozaba de un influjo dominante en el Estado, en un tiempo en que la idea del Estado
empezaba a sucumbir bajo el poder de los factores económicos; fue, de seguro, en Roma, el
primer hombre que representa el tipo de la oposición cesárea. Con él termina la idea
del servicio al Estado y comienza la voluntad de potencia, que sólo cuenta con
fuerzas, no con tradiciones. Alejandro y Napoleón fueron románticos, en el umbral mismo
de la civilización, envueltos ya en su atmósfera clara y fría; pero aquél se
complacía en representar el papel de Aquiles y éste leía el Werther. César, en
cambio, fue exclusivamente hombre de acción, un hombre de enorme intelecto.
Ya Rhodes entendía por política eficaz y triunfante la política de éxitos
territoriales y financieros. Esto es lo que tenía de romano, y él mismo se daba cuenta
de ello. La civilización occidental europea no se ha encarnado nunca en nadie con tanta
energía y pureza. Solo, delante de sus mapas, sucedíale sumirse en una especie de
éxtasis poético, él, el hijo de un pastor puritano que marchó al África del Sur sin
recursos y conquistó una colosal fortuna para ponerla al servicio de sus fines
políticos. Su pensamiento de un ferrocarril transafricano del Cabo a El Cairo; su plan de
un imperio sudafricano; su poder espiritual sobre los magnates mineros, férreos hombres
de negocios a quienes obligó a poner sus fortunas al servicio de sus ideas; su capital,
Buluwayo, que él mismo, omnipotente hombre de Estado sin relación definible con el
Estado, dispuso en proporciones regias para residencia futura; sus guerras; sus
negociaciones diplomáticas; su sistema de carreteras; sus sindicatos; su ejército; su
concepto de «gran deber de los hombres cerebrales para con la civilización», todo eso
es, en su grandeza y calidad, el preludio del futuro que nos guarda y con el cual se
cerrará definitivamente la historia del hombre occidental.
Quien no comprenda que nada puede alterarse a ese resultado final, que hay que
querer eso o no querer nada, que hay que amar ese sino o desesperar del futuro y de la
vida; quien no sienta la grandeza que reside en esa eficacia de las inteligencias magnas,
en esa energía y disciplina de las naturalezas férreas, en esa lucha con los más fríos
y abstractos medios; quien se entretenga en idealismos provincianos y busque para la vida
estilos de tiempos pretéritos, ése..., que renuncie a comprender la historia, a vivir la
historia, a crear la historia.
Así aparece el imperio romano, no como un fenómeno único, sino como el
producto normal de una espiritualidad severa y enérgica, urbana y eminentemente
práctica, estadio final típico que ya ha existido varias veces, pero que no había sido
nunca identificado hasta ahora. Comprendamos, por fin, que el misterio de la forma
histórica no reside en la superficie y que no puede resolverse por semejanzas de traje o
de escena; que en la historia humana, como en la historia de los animales y de las
plantas, existen fenómenos de falaz parecido, que, sin embargo, interiormente no poseen
ninguna afinidad real Carlomagno y Harún al Raschid, Alejandro y César, las
guerras de los germanos contra Roma y los ataques de los mongoles contra la Europa
occidental , y que hay otros, en cambio, que, a pesar de una gran diferencia
externa, expresan cosa idéntica, como Trajano y Ramsés II, los Borbones y el demos
ateniense, Mahoma y Pitágoras.
Convenzámonos de que el siglo XIX y el XX, supuesta cima de una historia
universal progresiva en línea recta, constituyen un fenómeno que puede registrarse en
toda cultura cuando llega a su madurez. No se trata aquí, ciertamente, de nuestros
socialistas, impresionistas, ferrocarriles eléctricos, torpedos y ecuaciones
diferenciales, todo lo cual pertenece tan sólo a la corporeidad de esta época;
trátase de una misma espiritualidad civilizada, preñada además de muy otras
posibilidades de externa configuración. Debemos convencernos de que la época actual
representa un estadio de tránsito que se produce irremisiblemente en determinadas
condiciones; que hay, por lo tanto, otros determinados estados postreros, no sólo
los modernos occidentales, y que esos estados postreros han existido ya en la historia
pasada más de una vez, y que el porvenir del Occidente no consiste en una marcha adelante
sin término, en la dirección de nuestros ideales presentes y con espacios fantásticos
de tiempo, sino que es un fenómeno normal de la historia, limitado en su forma y
duración; fenómeno inevitable que se extiende a pocos siglos y que, por los ejemplos
antecedentes, puede ser estudiado y previsto en sus rasgos esenciales.
14
Cuando se ha alcanzado esta altitud contemplativa, todos los frutos se le vienen
a uno a las manos. En un solo pensamiento se anudan y resuelven sin esfuerzo todos
los problemas particulares de la historia de las religiones, de la historia del arte, de
la crítica del conocimiento, de la ética, de la política, de la economía, que
preocupan a los pensadores modernos desde hace años con pasión, pero sin éxito
definitivo.
Este pensamiento es una verdad que, si se expresa con toda claridad, no podrá
ser combatida. Pertenece a las necesidades íntimas de la cultura occidental, a su modo de
sentir el universo. Es capaz de cambiar por completo la concepción de la vida de quienes
lo comprendan en su integridad, es decir, se lo apropien íntimamente. Hoy ya podemos
prever las grandes líneas futuras de la evolución histórica presente, que hasta ahora
hemos considerado retrospectivamente, como un todo orgánico; y esta nueva posibilidad
hace más profunda la imagen del mundo, que nos es natural y necesaria. Sólo el físico,
con sus cálculos, pudo hacerse la ilusión de conseguir semejantes resultados. Esto
significa, repito, substituir en la historia la visión de Tolomeo por la de Copérnico,
es decir, ensanchar infinitamente el horizonte de la vida.
Hasta hoy éramos libres de esperar del futuro lo que quisiéramos. Donde no hay
hechos manda el sentimiento. Pero en adelante será un deber para todos preguntar al
porvenir qué es lo que puede suceder, lo que sucederá con la invariable forzosidad de un
sino, y qué lo que no depende de nuestros ideales privados, de nuestras esperanzas y
deseos. Empleando la palabra «libertad», tan equívoca y peligrosa, podemos decir que ya
no tenemos libertad para realizar esto o aquello, sino lo prefijado o nada. Sentir esta
situación como «buena» es, en última instancia, lo que caracteriza al realista.
Lamentarla y censurarla no significa cambiarla. El nacimiento trae consigo la muerte, y la
juventud la vejez. La vida tiene su forma y una duración prefijada. La época actual es
una fase civilizada, no una fase culta; lo cual excluye por imposible toda una serie de
contenidos vitales. Ello podrá lamentarse, y los lamentos podrán revestir la forma de
una filosofía o de una lírica pesimista como en efecto sucederá ; pero no
es posible evitarlo. De aquí en adelante nadie podrá sinceramente abrigar la convicción
de que hoy o mañana van a realizarse o tomar vuelos sus ideales predilectos, aun cuando
la experiencia histórica se pronuncie en contra.
Estoy preparado contra la objeción de que un cuadro del mundo que, como éste,
da seguridades sobre las directivas generales del futuro y corta de raíz largas
esperanzas es enemigo de la vida. Muchos pensarán que habría de resultar fatal, si en
lugar de una simple teoría llegase a ser la concepción práctica del grupo de
personalidades que verdaderamente influyen en la formación del futuro.
No es ésa mi opinión. Somos hombres civilizados, no hombres del gótico o del
rococó. Hemos de contar con los hechos duros y fríos de una vida que está en sus postrimerías
y cuyo paralelo no se halla en la Atenas de Pendes, sino en la Roma de César. El hombre
del Occidente europeo no puede ya tener ni una gran pintura ni una gran música, y sus
posibilidades arquitectónicas están agotadas desde hace cien años. No le quedan más
que posibilidades extensivas. Pero yo no veo qué perjuicios puede acarrear el que una
generación robusta y llena de ilimitadas esperanzas se entere a tiempo de que una parte
de esas esperanzas corren al fracaso. ¡Y aunque fuesen las más preciadas! El que valga
algo, sabrá salvarse. Sin duda, para algunos será una tragedia el convencerse, en los
años decisivos, de que ya no queda nada que hacer ni en la arquitectura, ni en el drama,
ni en la pintura. Pues bien: ¡que sucumban! Hasta ahora se había convenido unánimemente
no admitir en esto limitación alguna; creíase que cada época tiene, en cada esfera, su
propio problema; se descubría este problema, a veces con violencia y mal talante; y en
todo caso, sólo después de la muerte se comprobaba si aquella creencia era o no fundada,
y si la labor de una vida había sido necesaria o superflua. Pero el que no sea un
simple romántico rechazará tal subterfugio. No es éste el orgullo que caracterizaba a
los romanos. ¿Qué nos importan los que prefieren, ante una mina agotada, que les digan:
«mañana se descubrirá aquí un nuevo filón» como hace ahora el arte con la
creación de insinceros estilos en lugar de enseñarles los ricos yacimientos de
arcilla que están al lado sin explotar? Considero esta doctrina como un gran beneficio
para las generaciones venideras, porque les enseñará a discernir entre lo que es posible
y, por lo tanto, necesario, y lo que no cuenta entre las posibilidades internas de la
época. Estamos desperdiciando enormes cantidades de espíritu y de fuerza en empresas mal
orientadas. El europeo occidental, por históricamente que sienta y piense, cuando llega a
cierta edad, no tiene conciencia clara de su propia dirección. Tantea, bucea y se desvía
si las circunstancias exteriores no le son favorables. Pero la labor de los siglos le da
por fin ahora la posibilidad de contemplar su vida en relación con toda la cultura, y de
averiguar lo que puede y debe hacer. Si bajo la influencia de este libro, algunos hombres
de la nueva generación se dedican a la técnica en vez de al lirismo, a la marina en vez
de a la pintura, a la política en vez de a la lógica, harán lo que yo deseo, y nada
mejor, en efecto, puede deseárseles.
15
Réstanos determinar la relación entre la morfología de la historia universal y
la filosofía. Toda auténtica reflexión histórica es auténtica filosofía, o es sólo
labor de hormigas. Pero el filósofo sistemático comete un grave error cuando piensa en
lo que van a durar sus conclusiones. No advierte que los pensamientos viven en un mundo
histórico, y que, por lo tanto, comparten el sino general y son también efímeros. Cree
que el pensamiento superior tiene un objeto eterno e inmutable, que las grandes preguntas
son siempre las mismas y que al cabo podrán ser contestadas algún día.
Pero pregunta y respuesta son en este orden una misma cosa. Toda gran pregunta,
que lleva en su seno el apasionado deseo de una determinada respuesta, posee la exclusiva
significación de un símbolo vital. No hay verdades eternas. Toda filosofía es
expresión de su tiempo y sólo de él. No hay dos épocas que tengan las mismas
intenciones filosóficas; claro es que me refiero a la verdadera filosofía y no a
minucias académicas sobre las formas del juicio o las categorías del sentimiento. La
diferencia no debe establecerse entre teorías inmortales y teorías efímeras, sino entre
teorías que viven un cierto tiempo y teorías que no viven nunca. La inmortalidad de los
pensamientos que se producen en el mundo es una ilusión. Lo esencial es el hombre que en
ellos se realiza. Cuanto más grande es el hombre, más verdadera la filosofía, en el
sentido de esa verdad interior de las grandes obras artísticas, que es independiente de
la certidumbre y coherencia lógica. A lo sumo puede la filosofía absorber el contenido
de una época, realizarlo, y habiéndole dado forma, habiéndolo encarnado en personalidad
e idea, entregarlo a la evolución subsecuente. La vestidura y máscara científicas de
una filosofía no significan nada. No hay nada más sencillo que construir un sistema, en
substitución de pensamientos que no se tienen. Y hasta un buen pensamiento posee escaso
valor si es pensado por un espíritu superficial. Lo que le da importancia a una teoría
es su necesidad para la vida.
Por eso me parece que el mejor medio para apreciar lo que vale un pensador es
estudiar cómo ha visto los grandes hechos de su tiempo. Pronto se advertirá, en efecto,
si se trata simplemente de un hábil constructor de sistemas y principios, que se mueve
con maña y erudición entre definiciones y análisis, o si es el alma misma de su época
la que habla por su obras e intuiciones. Un filósofo que no se apodera también de la
realidad y la domina no es nunca de primera fila. Los presocráticos fueron grandes
mercaderes y políticos. Platón estuvo a punto de perder la vida por querer realizar sus
ideales políticos en Siracusa. El mismo Platón descubrió la serie de teoremas
geométricos que permitieron a Euclides construir el sistema de la matemática antigua.
Pascal a quien Nietzsche conoce tan sólo por «el cristiano roto» ,
Descartes, Leibniz, fueron los primeros matemáticos y técnicos de su tiempo.
Los grandes «presocráticos» de China, desde Kwantsi (670) hasta Confucio
(550.478), fueron hombres de Estado, gobernantes, legisladores, como Pitágoras y
Parménides, Hobbes y Leibniz. Hasta Laotsé, enemigo de todo poder público y de toda
gran política, místico defensor de un ideal de pequeñas comunidades pacíficas, no
aparece en la filosofía china la tendencia a separarse del mundo y de la vida activa y a
formar una filosofía de cátedra y de escuela. Pero Laotsé fue en su tiempo el ancien
régime de China una excepción que se contrapone a aquel tipo fuerte de
filósofos para quienes la teoría del conocimiento era la ciencia de los grandes
problemas de la vida real.
Y en esto encuentro yo una grave objeción contra todos los filósofos del pasado
reciente: carecen de rango, de importancia en la vida real. Ninguno de ellos ha influido,
por medio de un acto o de una idea poderosa, en faceta alguna de la gran realidad,
ni en la alta política, ni en el desarrollo de la técnica moderna, de las comunicaciones
o de la economía. Ninguno cuyo nombre se cite en la matemática, en la física, en la
ciencia política, como aún se citaba el nombre de Kant en la ciencia de su tiempo. Basta
volver la mirada hacia otras épocas para comprender lo que esto significa. Confucio fue
ministro varias veces. Pitágoras organizó un movimiento político muy importante [40],
que recuerda el Estado de Cromwell; desgraciadamente, la ciencia de la Antigüedad no le
ha concedido la atención que merece. Goethe, cuya gestión ministerial es un modelo, y a
quien por desgracia faltó una gran ciudad en donde desarrollar sus iniciativas, sintió
vivo interés por la construcción de los canales de Suez y de Panamá y predijo con
notable exactitud la fecha en que habían de hacerse y los efectos que tendrían para el
comercio. La vida económica de América, su repercusión en la vieja Europa, el
florecimiento de la industria fabril, preocuparon mucho a Goethe. Hobbes fue uno de los
que idearon el plan gigantesco de la conquista de Sudamérica para Inglaterra; y aunque no
llegó a ejecutarse y se redujo a la ocupación de Jamaica, queda a su autor la gloria de
haber sido uno de los fundadores del imperio colonial inglés. Leibniz, el espíritu más
poderoso de la filosofía occidental, fundador del cálculo diferencial y del analysis
situs, colaboró en numerosos planes de alta política y compuso para Luis XIV una
memoria, en la que, con el fin de desviar de Alemania las ambiciones del Rey Sol, exponía
la importancia de Egipto para la política mundial francesa. Sus pensamientos se
adelantaron tanto a su época (1672), que se ha llegado a creer si Napoleón los conocía
cuando planeó la expedición a Oriente. Leibniz demostraba ya entonces lo que Napoleón
empezó a ver claramente desde Wagram; esto es, que las conquistas sobre el Rin y Bélgica
no podían mejorar a la larga la posición de Francia y que el istmo de Suez iba a ser la
clave del dominio sobre el mundo. Sin duda el rey no estuvo a la altura de las profundas
reflexiones políticas y estratégicas del filósofo.
Mas si dejando a estos grandes hombres volvemos la mirada hacia los filósofos
actuales, ¡qué vergüenza!, ¡qué insignificancia personal!, ¡qué mezquino horizonte
práctico y espiritual! El mero hecho de figuramos a uno de ellos en el trance de
demostrar su principado espiritual en la política, en la diplomacia, en la organización,
en la dirección de alguna gran empresa colonial, comercial o de transportes, nos produce
un sentimiento de verdadera compasión. Y esto no es señal de riqueza interior, es falta
de enjundia. En vano busco a uno que se haya hecho ilustre por algún juicio profundo y
previsor sobre cualquiera cuestión decisiva del presente. No encuentro más que opiniones
provincianas, como las puede tener cualquiera. Cuando tomo en las manos un libro de un
pensador moderno, me pregunto si el autor tiene alguna idea de las realidades políticas
mundiales, de los grandes problemas urbanos, del capitalismo, del porvenir del Estado, de
las relaciones entre la técnica y la marcha de la civilización, de los rusos, de la
ciencia. Goethe hubiera entendido y amado todas estas cosas. Entre los filósofos
vivientes no hay uno solo capaz de do minarlas con la mirada. Todo ello, lo repito, no es
contenido de la filosofía; pero es un síntoma indudable de su interior necesidad, de su
fertilidad, de su rango simbólico.
No nos forjemos ilusiones sobre la importancia de este resultado negativo. Es
evidente que se ha perdido la visión para el sentido último de la actividad filosófica.
Se confunde ésta con la predicación, la propaganda, el folletón o la ciencia
especializada. Se ha descendido de la perspectiva del pájaro a la perspectiva de la rana.
Se trata nada menos que de saber si una verdadera filosofía es en absoluto posible
hoy o mañana. Si no lo es, más valiera hacerse ingeniero o plantador, dedicarse a algo
verdadero y real, en vez de andar machacando añejos temas con el pretexto de dar «un
nuevo impulso al pensamiento filosófico». Mejor es construir un motor de aviación que
una nueva y superflua teoría de la percepción. Mísero en verdad es el contenido de la
vida que consiste en formular una vez más, cambiándolas un poco, las viejas opiniones de
cien predecesores sobre el concepto de la voluntad y el paralelismo psicofísico. Puede
que tal cosa sea un oficio, pero no es filosofía. Lo que no apresa y transforma la vida
toda de una época hasta sus más hondas profundidades, mejor es callarlo. Y lo que aun
ayer era posible, hoy ya no es, cuando menos, necesario.
Amo la hondura y sutileza de las teorías matemáticas y físicas, frente a las
cuales la estética y la filología resultan unos tanteos burdos, con aciertos fortuitos.
Por las formas suntuosamente claras e intelectuales de un transatlántico, o un horno
alto, o una máquina de precisión; por la sutileza y elegancia de ciertos procedimientos
químicos y ópticos, doy con gusto toda la guardarropía estilística del arte actual,
incluso la pintura y la arquitectura. Prefiero un acueducto romano a todos los templos y
estatuas imperiales. Amo el Coliseo y las bóvedas gigantescas del Palatino porque la masa
parda de sus cuerpos de ladrillo representa el verdadero romanismo, el grandioso
sentido de los hechos que tenían sus constructores. En cambio, esos edificios me
dejarían indiferente si hubieran conservado la pompa vana y presuntuosa de los mármoles
cesáreos en sus estatuas, frisos y recargados arquitrabes. Contemplad una reconstrucción
de los foros imperiales y veréis en ella la fiel correspondencia de las modernas
exposiciones universales, donde todo es llamativo y enorme, vana ostentación de
materiales y dimensiones, extraña por completo a los griegos del tiempo de Pendes o a los
hombres del rococó. De igual manera las ruinas de Luksor y de Karnak, época de Ramsés
II, representan la modernidad egipcia en el año 1300 antes de Jesucristo. Con razón
despreciaba el buen romano al graeculus histro, «artista» y «filósofo»
trasplantado al suelo de la civilización latina. La filosofía y las artes no eran ya de
aquel tiempo; estaban agotadas, gastadas y, además, eran superfluas. El instinto de las
realidades vitales se lo decía al romano. Una ley romana pesaba entonces más que todas
las líricas y metafísicas de las escuelas. Y yo sostengo que muchos inventores
diplomáticos y financieros de hoy son mejores filósofos que todos esos que se dedican al
vulgar oficio de la psicología experimental. Ésta es una situación que se repite
siempre en cierto estadio de la historia. Sería absurdo que un romano de alto valer
espiritual, en vez de mandar un ejército como cónsul o pretor, o de organizar una
provincia, o de construir ciudades y vías, o de «ser el primero» en Roma, se hubiera
marchado a Atenas o a Rodas a empollar tal o cual matiz nuevo de las escuelas
postplatónicas. Naturalmente, ninguno lo hizo. Repugnaba al curso del tiempo; sólo
podía atraer a hombres de tercera fila, siempre detenidos en el espíritu de anteayer. Y
es un problema muy grave el de averiguar si este estadio ha comenzado ya para nosotros o
todavía no.
Un siglo de actuación puramente extensiva, que excluye toda elevada producción
artística y metafísica digámoslo en dos palabras: uña época irreligiosa, pues
tal es precisamente el concepto de la gran urbe , es una época de decadencia. Sin
duda. Pero nosotros no hemos elegido esta época. ¿Qué le vamos a hacer, si hemos
venido al mundo en el ocaso de la civilización y no en el mediodía de la cultura, en la
época de Fidias o de Mozart? Todo depende de que nos demos claramente cuenta de esta
situación, de este sino, y comprendamos que el engañarse a sí mismo no cambia en
nada el estado de las cosas. El que no lo comprenda así, no cuenta entre los hombres de
su generación. Es un necio, un charlatán o un pedante.
Antes, pues, de abordar un problema, debe cada cual preguntarse pregunta a
la que ya contesta por instinto el que tiene verdadera vocación qué cosas son
posibles para un hombre de nuestro tiempo y cuáles debe abstenerse de querer. Siempre es
pequeño el número de los problemas metafísicos cuya solución le está reservada a una
época del pensamiento. Ha transcurrido ya una eternidad entre la época de Nietzsche, en
que aún vibraba un postrer destello de romanticismo, y la presente, que ha vuelto la
espalda definitivamente a todo lo romántico.
La filosofía sistemática llegó a su plenitud al finalizar el siglo XVIII. Kant
dio a sus extremas posibilidades una forma grandiosa y para el espíritu occidental
definitiva en muchos puntos. Tras él viene, como tras Platón y Aristóteles, una
filosofía específicamente urbana, no especulativa, sino práctica, irreligiosa,
ético-social. Esta filosofía, que en la civilización china corresponde a las es cuelas
del «epicúreo» Yangchu, del «socialista» Mohdsi, del «pesimista» Chvang-tsi, del
«positivista» Meng-tse, y en la antigua a los cínicos, cirenaicos, estoicos y
epicúreos, comienza en Occidente con Schopenhauer, que fue el primero que puso en el
centro mismo de su pensamiento la voluntad de vivir, fuerza creadora de la vida.
Pero lo que obscurece la tendencia profunda de su doctrina es el haber conservado, bajo el
influjo de una gran tradición, las vetustas distinciones entre el fenómeno y la cosa en
sí, la forma y el contenido de la intuición, el entendimiento y la razón. Esa voluntad
vital, creadora, es la que Tristán niega, a la manera de Schopenhauer, y Sigfredo afirma,
a la manera de Darwin; es la que Nietzsche ha formulado en Zaratustra con brillante
teatralidad; es la que ha dado ocasión al hegeliano Marx para una hipótesis económica y
al maltusiano Darwin para una hipótesis zoológica, las cuales, de consuno y sin ser
notadas, han transformado el sentido del universo que anima al europeo occidental,
habitante de las grandes urbes; es, en fin, la que, desde la Judit, de Hebbel,
hasta el Epílogo, de Ibsen, ha producido una serie de concepciones trágicas de
idéntico tipo, agotando de este modo el círculo de las verdaderas posibilidades
filosóficas.
La filosofía sistemática queda ya para nosotros infinitamente lejos. Y la
filosofía ética ha terminado. Resta una tercera posibilidad para el espíritu
occidental, la que corresponde al escepticismo helénico, la que se caracteriza por el
método, hasta ahora desconocido, de la morfología histórica comparativa. Una
posibilidad quiere decir una necesidad. El antiguo escepticismo es ahistórico; duda,
diciendo simplemente «no».
El escepticismo occidental deberá ser absolutamente histórico si ha de poseer
necesidad interna, si ha de ser símbolo de esta nuestra alma que declina hacia su
término. Su nervio consiste en comprenderlo todo como relativo, como fenómeno
histórico. Procede psicológicamente. La filosofía escéptica aparece en el helenismo
como negación de la filosofía, que declara inútil y sin finalidad. Nosotros, en cambio,
tomamos la historia de la filosofía como último tema serio de la filosofía. La skepsis
es eso: renunciar a los puntos de vista absolutos. La renuncia griega consiste en sonreír
sobre el pasado intelectual; la renuncia nuestra, en concebirlo como un organismo.
En el presente libro intentamos bosquejar esa «filosofía afilosófica» del
futuro, la última del occidente europeo. El escepticismo es la expresión de una
civilización pura; descompone la imagen del mundo, que nos ha legado la cultura pasada.
Todos los viejos problemas se disuelven en la investigación de las génesis. La
convicción de que todo lo real es un producto, de que todo lo cognoscible,
que nos parece naturaleza, procede de algo histórico, el mundo, en cuanto realidad, de un
yo en cuanto posibilidad que en aquel se realiza; el conocimiento de que no sólo el
«qué», sino también el «cuándo» y el «cómo» encierran un profundo secreto, nos
conduce al hecho siguiente: todo, sea lo que fuere, debe ser también expresión de
algo que vive. Los conocimientos y las valoraciones son también actos de hombres
vivos. Para la anterior filosofía, la realidad externa era un producto del conocimiento y
una ocasión de valoraciones éticas; para la filosofía de este estadio final, la
realidad es ante todo un símbolo. La morfología de la historia universal se convierte
necesariamente en una simbólica universal.
Así se derrumba también la pretensión del pensamiento, que se jacta de
descubrir verdades universales y eternas. No hay verdades sino con relación a un
determinado tipo de hombres. Mi filosofía es ella misma expresión y reflejo del alma
occidental, a diferencia, por ejemplo, de la antigua y de la india; y lo es sólo en su
actual estadio de civilización. Con esto quedan definidos su contenido, como concepción
del mundo, su importancia práctica y los límites de su validez.
16
Por último, séame permitida una observación personal. En el año 1911 concebí el propósito de escribir un libro de amplios horizontes, sobre ciertos fenómenos políticos del presente, con las conclusiones que para el futuro pudieran sacarse. La guerra mundial, forma exterior inevitable de la crisis histórica, era entonces inminente; y se trataba de comprenderla por el espíritu de los siglos no de los años antecedentes. En el curso de aquel primer trabajo [41] fue arraigando en mí la convicción de que para comprender verdaderamente la época actual era necesario partir de una base mucho más amplia, y de que era imposible en absoluto limitar una investigación de esta índole a una sola época y al solo círculo de los hechos políticos. Mantenerse en la esfera de las reflexiones pragmáticas y renunciar a consideraciones metafísicas y trascendentes era tanto como renunciar también a que los resultados llevasen el sello de una profunda necesidad. Comprendí claramente que un problema político no puede entenderse partiendo de la política misma; hay muchos rasgos esenciales que actúan en las profundidades y que sólo se manifiestan en la esfera del arte y aun en la forma de pensamientos científicos y puramente filosóficos. Me pareció imposible hacer un análisis político-social de los últimos decenios del siglo XIX época de paz expectante entre dos magnos sucesos, visibles a gran distancia, uno la revolución y el imperio napoleónico, que determinó para cien años el cuadro de la Europa occidental, y otro de igual importancia, por lo menos, que venía acercándose a gran velocidad a menos de incluir en él los problemas de la realidad en toda su amplitud. Efectivamente, la imagen histórica, como la imagen natural del mundo, no contiene nada que no sea la encarnación de las más profundas tendencias. Así, el tema primitivo hubo de adquirir enormes dimensiones. Muchos problemas sorprendentes y en gran parte nuevos, muchos nexos y relaciones imprevistas, presentáronse ante mis ojos. Por último, comprendí claramente que ningún fragmento de la historia puede ser iluminado por completo si antes no se ha descubierto el secreto de la historia universal, o, mejor dicho, de la historia de la
humanidad superior, como unidad orgánica de estructura regular. Y esto
justamente era lo que nadie había conseguido hasta entonces.
A partir de aquel instante aparecieron ante mis ojos, cada vez en mayor
abundancia, las relaciones vislumbradas a veces y hasta estudiadas en algunos
casos, pero nunca bien comprendidas que enlazan las formas de las artes plásticas
con las de la guerra y la administración del Estado. Comprendí la profunda afinidad que
existe entre las formaciones políticas y matemáticas de una misma cultura, entre las
intuiciones religiosas y técnicas, entre la matemática, la música y la plástica, entre
las formas económicas y las del conocimiento. La íntima dependencia que une las más
modernas teorías de la física y la química a las representaciones mitológicas de
nuestros antepasados germánicos; la perfecta congruencia que se manifiesta en el estilo
de la tragedia, de la técnica dinámica y de la actual circulación del dinero; el hecho,
al parecer extraño, pero evidente, si se aquilata un poco, de que la perspectiva
pictórica, la imprenta, el sistema del crédito, las armas de largo alcance, la música
contrapuntística, por una parte, y la estatua desnuda, la polis, la moneda,
que inventaron los griegos, por otra parte, son expresiones idénticas de una misma
tendencia espiritual; todo eso me apareció con claridad indudable y trajo a plena luz el
hecho de que esos poderosos grupos de afinidades morfológicas, cada uno de los
cuales expresa simbólicamente una índole humana en el conjunto de la historia, tienen
una estructura rigurosamente simétrica. Esta perspectiva es la que descubre el verdadero
concepto de la historia. Y como ella, a su vez, es síntoma y expresión de una época;
como no es interiormente posible y, por lo tanto, necesaria, sino hoy y para el europeo
occidental sólo puede compararse con ciertas intuiciones de la matemática novísima, en
la esfera de los grupos de transformación, y aun eso de lejos. Estos pensamientos eran
los mismos que venían asaltándome desde hacía varios años, si bien con muchas
obscuridades e imprecisiones Pero en esta ocasión se me presentaron, en fin, en forma
palpable.
Ví la época presente la guerra mundial que se
acercaba bajo un prisma muy distinto. Ya no fue para mí una constelación singular
de hechos fortuitos, consecuencia de aspiraciones nacionales, actuaciones personales,
tendencias económicas, a los que el historiador imprime una unidad y una necesidad
aparentes, aplicándoles un esquema mecánico de índole política o social; fue el tipo
de un acto histórico que, dentro de un gran organismo histórico, de extensión
exactamente delimitada, ocupa un lugar que la vida misma tiene prefijado desde hace
siglos. La gran crisis se manifiesta por un sinnúmero de apasionantes problemas e
intuiciones que han salido a la luz del día en mil libros y proclamas. Estos problemas,
dispersos, aislados, estudiados en el reducido marco de una disciplina particular, han
podido a veces excitar, deprimir y confundir el espíritu, nunca, empero, libertario. Son
conocidos, pero nadie comprende su identidad. Me refiero a los problemas del arte, que no
han sido planteados en su verdadera significación y que constituyen la base de todas las
discusiones sobre forma y contenido, línea o espacio, dibujo o pintura, concepto del
estilo, sentido del impresionismo, música de Wagner; me refiero a la decadencia del arte,
a la creciente duda sobre el valor de la ciencia, a los difíciles problemas que nacen del
predominio de la urbe sobre la aldea, a la falta de hijos, al abandono de los campos, a la
importancia social de la fluctuante cuarta clase; a la crisis del socialismo, del
parlamentarismo, del racionalismo; a la relación del individuo con el Estado; al problema
de la propiedad y al del matrimonio, que de la propiedad depende; y, en esferas al parecer
totalmente distintas, a los numerosísimos trabajos sobre psicología de los pueblos,
sobre mitos y cultos, sobre los orígenes del arte, de la religión y del pensamiento, que
súbitamente aparecen tratados, no en sentido ideológico, sino en sentido estrictamente
morfológico. Todos estos problemas aspiran a descifrar el misterio único de la historia,
misterio que nunca se ha manifestado a la conciencia con suficiente claridad. Todos éstos
no son múltiples y distintos problemas, sino uno y el mismo problema. Cada
investigador ha vislumbrado algo; mas ninguno ha sabido salir de su punto de vista
estrecho para hallar la única solución comprensiva, que estaba en el aire desde los
tiempos de Nietzsche. Pero éste, que tuvo ya en sus manos los problemas decisivos, no se
atrevió ¡romántico! a mirar cara a cara la severa realidad.
He aquí por qué era también profundamente necesaria esta teoría; tenía que
producirse, como remate y conclusión de las anteriores, y no podía producirse más que
en este momento. No es un ataque a las ideas y obras del presente. Es más bien una
confirmación de todo cuanto viene haciéndose y buscándose desde hace varias
generaciones. Este escepticismo manifiesta el núcleo de las tendencias vivas que actúan
en todas las disciplinas particulares, sea cual sea su propósito especial.
Pero, sobre todo, logré formular al fin la oposición que nos permite descubrir
la esencia de la historia: la oposición entre historia y naturaleza. Repito: el
hombre, como elemento y sustentáculo del universo, no sólo es miembro de la naturaleza,
sino también de la historia, que es un segundo cosmos de distinto orden y distinto
porte, harto descuidado por la metafísica, en favor del primero. Lo que me condujo a mis
iniciales reflexiones sobre este problema fundamental de nuestra conciencia del
universo fue el observar que el historiador actual se aplica a conocer los sucesos
aprehensibles por los sentidos, los productos, creyendo que así ha captado la historia,
es decir, el producirse, el acontecer, el devenir mismo; prejuicio común a todos los que
conocen por el entendimiento sólo, sin acudir a la intuición [42], prejuicio que
desconcertó ya a los grandes eleáticos, cuando afirmaron que no hay devenir, para el que
conoce, sino solamente ser. Dicho de otro modo: el historiador ha visto la historia como
si ésta fuera naturaleza, en el sentido del objeto del físico, y la trata en
consecuencia. De aquí el gravísimo error que consiste en aplicar al cuadro del acontecer
los principios de causalidad, ley, sistema; esto es, la estructura de la realidad
mecánica. El historiador se ha conducido como si hubiera una cultura humana, única,
universal, semejante a la electricidad o a la gravitación y con iguales posibilidades de
análisis en lo esencial; ha sentido la ambición de copiar los hábitos del físico,
indagando, v. gr., qué sea lo lógico, el Islam, la antigua polis, y no ha
pensado en averiguar por qué esos símbolos de un ser viviente tuvieron que
aparecer justamente entonces y allí, en tal forma y con tal
duración. Cuando ha percibido alguna de las innumerables semejanzas entre dos
fenómenos históricos, separados por mucho tiempo y espacio, el historiador se ha
contentado con registrarla, escribiendo una ingeniosa nota sobre lo admirable de la
coincidencia, v. gr., sobre Rodas, «Venecia de la Antigüedad», o Napoleón, nuevo
Alejandro; pero sin comprender que ahí precisamente es donde surge el problema del
sino, el problema propio de la historia el problema del tiempo ;
que ahí es donde hace falta apelar a la máxima enjundia de una psicología científica;
que ahí es donde precisa buscar la respuesta a la pregunta fundamental: ¿qué necesidad,
de índole enteramente distinta a la mecánica, actúa en esta esfera? Comprender que todo
fenómeno manifiesta un enigma metafísico; que no se presenta nunca indiferentemente
en una época cualquiera; que es preciso indagar cuál sea ese otro nexo viviente que
existe en el mundo, además del inorgánico y natural el mundo es la irradiación
del hombre todo, y no, como Kant creía, del hombre en cuanto que conoce que
un fenómeno no sólo es un hecho para el entendimiento, sino una expresión del alma; no
sólo un objeto, sino también un símbolo, desde las más sublimes creaciones religiosas
y artísticas hasta las menudencias de la vida diaria; comprender todo esto era,
filosóficamente, una novedad.
Por último, percibí claramente la solución, en trazos inmensos, con íntima
necesidad, solución reducida a un solo principio, que había que encontrar y que nadie
hasta entonces había encontrado, que venía persiguiéndome y atrayéndome desde mi
juventud, que me torturaba, porque lo sentía presente, como un problema, sin poder
apresarlo. Así, de aquella circunstancia, algo accidentada, ha nacido este libro,
expresión provisional de una nueva imagen del universo, con todas las deficiencias
inevitables en un primer ensayo bien lo sé incompleto y seguramente no
exento de contradicciones. Contiene, sin embargo, según mi convicción, la fórmula
irrefutable de un pensamiento que, lo repito, no podrá ser combatido una vez que haya
sido expresado.
El tema estricto es, pues, el análisis de la decadencia de la cultura
occidental. Pero mi propósito es exponer toda una filosofía, con su método
característico que habrá de hacer aquí sus pruebas consistente en una
morfología comparativa de la historia universal.
El trabajo se divide naturalmente en dos partes. La primera, «Forma y
realidad», parte del lenguaje de formas que nos hablan las grandes culturas,
intenta penetrar hasta las últimas raíces de sus orígenes y establece así los
fundamentos de una simbólica. La segunda, «Perspectivas de la historia universal»,
parte de los hechos de la vida real y, analizando la práctica histórica de la
humanidad superior, intenta extraer la quintaesencia de la experiencia histórica, base
que nos permite predecir la forma de nuestro futuro.
Los cuadros siguientes presentan una sinopsis de los resultados a que llega esta
investigación. También podrán servirle al lector para hacerse una idea de la fecundidad
y alcance del nuevo método.
CUADRO 1.
ÉPOCAS «CORRESPONDIENTES» DEL ESPÍRITU.
Cultura India Cultura antigua Cultura árabe Cultura Occidental
Desde 1
600
Desde 1100
Desde 0
Desde 900
PRIMAVERA: ÉPOCA AGRESTE, INTUITIVA, PODEROSAS CREACIONES DE UN ALMA QUE DESPIERTA CARGADA DE ENSUEÑOS. UNIDAD Y PLENITUD SUPRAPERSONAL
1. NACIMIENTO DE UNA MITOLOGÍA DE GRANDIOSO ESTILO, COMO EXPRESIÓNDE UN NUEVO SENTIMIENTO DE DIOS. TERROR CÓSMICO Y ANHELO CÓSMICO.
00 1100 -1200 1100-800 0-300 900-1200
Religión del Veda. Religión popular de «demeter» Cristianismo primitivo Catolicismo Germánico
en Grecia y en italia Mitología Mandeos, Marción, Gnosis Edda, (Baldur)
del Olimpo Sincretimso (Mitra Baal) Bernardo de Claraval
Joaquin d Floris, Francisco
de Asis
Leyendas Heroicas de Homero Evangelios Epica Popular (Sigfredo)
los Arios Leyenda de Teseo, de Apocalípsis Épica caballeresca (Graal)
Hércules Leyendas Cristianas Leyendas occidentales
y Paganas de los Santos
2. FORMA PRIMITIVA MÍSTICO-METAFÍSICA DE LA NUEVA VISIÓN DEL MUNDO, ESCOLASTICISMO
Esta contenida en la parte Antiquísimas tradiciones Orígenes (+254), Plotino Tomas de Aquino (+1270)
más antigua de los Vedas orales Órficas (+269), Mani (+276), Duns Scoto (+1308)
Disciplina Etrusca Jámblico (+330) Dante (+1321)
Resonancias en Hesíodo y Avesta, Talmud, Patrística. Eckart (+1329)
en las cosmogonías Mística y Escolástica.
VERANO: EMPIEZA A MADURAR LA CONCIENCIA. PRIMEROS MOVIMIENTOS POLÍTICOS, URBANOS Y
CRÍTICOS.
3. REFORMAS: EN LA RELIGIÓN, APARTASE EL PUEBLO DE LAS GRANDES FORMAS
PRIMITIVAS.
Bramana. Los más antiguos Movimiento Órfico San Agustín (+430) Nicolas Cusano (+1464)
elementos de los Upanishads Religión de Dyonisos. Los Nestorianos (hacia 430) Hus (+1415), Savonarola
(siglos -10/9) Religión de Numa Los Monofisitas (hacia 450) Karlstadt, Lutero
(siglo 7) Mazdak (hacia 500) Calvino (+1564)
4
.COMIENZA
UNA CONCEPCIÓN PURAMENTE FILOSÓFICA DEL SENTIMIENTO CÓSMICO.OPOSICIÓN ENTRE LOS
SISTEMAS IDEALISTAS Y LOS SISTEMAS REALISTAS.
Está contenida en los Los grandes Presocráticos Literatura Bizantina, judía Galileo, Bacon, Descartes
Upanishads (siglos - 6/5) Siria, Copta, Persa Bruno, Boehme, Leibniz
de los siglos 6/7 (siglo 16/17)
5
4.
FORMACIÓN DE UNA NUEVA MATEMÁTICA. CONCEPCIÓN DEL NÚMERO COMO COPIA Y COMPENDIO DE LA
FORMA CÓSMICA.
Desaparecido El número como magnitud El número indeterminado El número como función
(medida) (Algebra) (Análisis)
(Geometría, Aritmética) La Evolución subsiguiente Descartes, Pascal, Fermat
Pitagóricos desde 540 desconocida Hacia 1600
Newton, Leibniz, hacia 1670
6.
PURITANISMO. EMPOBRECIMIENTO DE LA RELIGIÓN EN EL SENTIDO RACIONALISTA MÍSTICO.
Hay rastros en los La sociedad Pitagórica Mahoma, 622. Puritanos Ingleses
Upanishads desde 540 Pauliquianos, Iconoclastas desde 1620.
desde 650 Jansenistas Franceses
desde 1640 (Port Royal)
OTOÑO: INTELIGENCIA URBANA. CULMINACIÓN DE LOS ESFUERZOS ESPIRITUALES.
7. LA « 7.
ILUSTRACIÓN»: FE EN LA OMNIPOTENCIA DEL INTELECTO. CULTO DE LA «NATURALEZA».
«RELIGIÓN RACIONAL».
L Los Sutras, Sankhya, Buda Sofistas del siglo 5 Mutazilitas Sensualistas ingleses (Locke)
Up Upanishda posteriores Sócrates (+399) Sufismo Enciclopedistas Franceses
Demócrito (+360) Nazzam, Alkindi (hacia 830) (Voltaire); Rousseau.
8. CULMINACIÓN DEL PENSAMIENTO MATEMÁTICO. DEPURACIÓN DEL MUNDO FORMAL DE LOS
NÚMEROS.
Desaparecido Archytas (+365), Platón Deconocido Euler (+1783), Lagrange
(valor de posesión. El (+346), Eudoxo (+355) (teoría de los números (+1813), Laplace (+1827)
cero co o número) (secciones cónicas) trigonometría esférica) Problema infinitesimal
9. LOS GRANDE SISTEMAS FINALES.
El idealismo: yoga, vedanta.
Platón (+346),
Alfarabi
(+950)
Goethe, Kant, Schelling,
La Teoría del conocimiento: Aristóteles (+322) Avicena (hacia 1000) Hegel, Fichet.
Vaiçeshica
La Lógica: Nyaya
INVIERNO: COMIENZO DE LA CIVILIZACIÓN URBANA COSMOPOLÍTA. EXTINCIÓN DE LA FUERZA
CREADORA EN EL ESPÍRITU. LA VIDA MISMA SE CONVIERTE EN PROBLEMA. TENDENCIAS
ÉTICO-PRÁCTICAS DE UNA HUMANIDAD COSMOPOLÍTA IRRELIGIOSA Y AMETAFÍSICA.
1
10. CONCEPCIÓN MATERIALISTA DEL
UNIVERSO: CULTO DE LA CIENCIA, DE LA UTILIDAD, DE LA FELICIDAD.
Sankhya Tscharvaka Cínicos, cirenaicos Sectas comunistas, Ateístas Bentham, Comte
(Lokotyata) Últimos sofistas (Pirrón) Y Epicúreas de la época Spencer, Stirner, Marx
de los Abassidas Feuerbach.
Los «hermanos puros»
11. IDEALES ÉTICO-SOCIALES DE LA VIDA: ÉPOCAS DE «FILOSOFÍA SIN MATEMÁTICAS»,
ESCEPTICISMO.
Corrientes del tiempo de Helenismo Corrientes en el Islam Schopenhauer, Nietzsche
Buda. Epicuro (+270) Socialismo, Anarquismo
Zenón (+295) Hebbel, Wagner, Ibsen
1
12. EL MUNDO
DE LAS FORMAS MATEMÁTICAS LLEGA A SU PLENITUD INTERIOR. LAS IDEAS FINALES.
Desaparecido Euclides, Apolonio, Alchwarizmi, 800. Gauss (+1855)
Hacia 300 Ibn Kurra, 850. Cauchy (+1857)
Arquímedes, hacia 250. Alkarchi, Albiruni, siglo 10. Riemann (+1866)
13. EL PENSAMIENTO ABSTRACTO QUEDA REDUCIDO A UNA FILOSOFÍA DE CÁTEDRA, CONSIDERADA COMO UNA CIENCIA ESPECIALIZADA. LITERATUA DE COMPENDIOS.
Los «seis sistemas clásicos» Academia,
Perípatéticos Escuelas
de Bagdad y Basra
«Kantianos»,
«lógicos» y
«Psicólogos».
14. PROPAGACIÓN DE UN SENTIDO ÚLTIMO DEL MUNDO.
Budismo indio, desde 500. Estoicismo grecorromano Fatalismo práctico del Socialismo Ético
Desde 200 Islam desde 1000 Extendiéndose
1900.
CUADRO 2.
ÉPOCAS «CORRESPONDIENTES» DEL ARTE.
Cultura Egipcia Cultura antigua Cultura árabe Cultura Occidental
PERÍODO PREVIO: CAOS DE FORMAS EXPRESIVAS EN UNA HUMANIDAD PRIMITIVA. SIMBOLISMO
MÍTICO E IMITACIÓN INGENUA.
INFLUENCIA:
Los tinitas Época Miceniana Época persa seléucida Época merovingio-carolingia
3400-3000 1600-1100 500-0 800-900
Del arte egipcio posterior Del arte antiguo posterior Del arte árabe posterior
(Época de Minos) (Helenismo) (Árabe Bizantino)
del arte Babilonio posterior del arte Indio posterior
(Asia menor) (¿indoiránico?)
CUL
PINTURA: HISTORIA
DE UN ESTILO QUE DA FORMA A TODA LA REALIDAD EXTERNA. LENGUAJE DE FORMAS LLENO DE LA MAS
PROFUNDA NECESIDAD SIMBOLICA.
1. PERIODO PRIMITIVO: ORNAMENTACIÓN Y
ARQUITECTURA COMO EXPRESIÓN ELEMENTAL DE4L SENTIMIENTO CÓSMICO JUVENIL. («LOS
PRIMITIVOS»).
EL VIEJO IMPERIO DORICO Mundo árabe primitivo de las GOTICO
2900-2400 1100-650 formas sassanídico, bizantino, 900-1500
armenio, sirio, sabeo, antiguo
decadente y cristiano
primitivo). 0-500
1º. NACIMIENTO Y DESARROLLO. FORMAS QUE
BROTAN DEL ESPÍRITU DEL PAISAJE Y QUE SON CREADAS INCONCIENTEMENTE.
4/5 Dinastía: 2930-2625.
Siglos 11/9
Siglos 1/3
Siglos 11/13
Estilo geométrico de los
Arquitectura en
madera Espacios
interiores del culto. Románico y
gótico
Templos-pirámides
La columna Dórica
Basílica, cúpula
primitivo
Series de Columnas vegetales
Alquitrabe
(El panteón como mezquita) Sistema de contrafuertes
Series de Relieves.
Estilo Geométrico
Arcos sorbe columnas
Vidrieras
Estatuas Sepulcrales
(Dìpylon).
Modelos de hojarasca para
Plástica de las
Vasos funerarios. Cubrir las superficies catedrales.
Sarcófagos.
2º. PERFECCIONAMIENTO DEL LENGUAJE DE FORMAS. AGOTAMIENTO DE LAS POSIBILIDADES Y CONTRADICCIÓN.
6ª Dinastía: 2625-2475. Siglos 8/7 Siglos 4/5 Siglos 14/15
Extinción del estilo de las Final de estilo Arcaico Final de las artes Góitico posterior y
Pirámides y de los relieves dórico-etrusco plásticas, persas, sirias Renacimiento.
Épico-idílicos. Pintura cerámica protocorintia y coptas. Florece y muere el
fresco
Florecimiento de la plástica ática (mitológica). desarrollo de los mosaicos y la estatua desde
Arcaica del retrato y arabescos Giotto (hasta Miguel
Ángel (Barroco), Síena
Nuremberga. La tabla
Gótica desde Van Eyck
Hasta Holbein.
Contrapunto y pintura
al óleo.
2. PERÍODO POSTERIOR: SE FORMA UN GRUPO DE
ARTES CONSCIENTES, URBANAS, ESCOGIDAS Y CULTIVADAS POR INDIVIDUOS. («LOS GRANDES
MAESTROS»)
EL IMPERIO MEDIO EL JONICO MUNDO ÁRABE DE LAS BARROCO
2150-1800 650-350 FORMAS 1500-1800
(persa-nestoriano,
bizantino- armenio
islámico-moro).
500-800
3º. FORMACIÓN DE UN MUNDO DE ARTISTAS EN PLENA MADUREZ.
1 1ª Dinastía, un arte delicado Perfección del Templo Perfección de la Mezquita El Estilo pintoresco
y sig sinificativo, del que apenas (perípteros, construcción (construcción con cúpula de la Arquitectura
quedan rastros. en piedra) central, Santa Sofía). Desde Miguel Angel
La colúmna jónica Florecimiento del mosaico Predominio de la
Predominio de la pintura al Apogeo del estilo de los pintura al fresco desde
fresco hasta Polígnoto arabescos al modo de los Ticiano hasta
(460). Desarrollo de la escultura Tapices (Mschatta). Rembrandt (+1680)
(«Apolo de Tenea» Hasta Hageladas.)
Desarrollo de la música
desde
Orlando de Lasso
Hasta
Heinrich Schülz.
4ª. SUMA PERFECCIÓN DE UN LENGUAJE PERESPIRITUALIZADO DE LAS
FORMAS.
1
2ª Dinastía: 2000-1788.
Florecimiento de Atenas
Época de los Omeyas.
Rococó.
Templos-pílonos. Laberinto
480-350
Siglos 7/8.
Estilo musical de la
Estatuas
de Carácter.
El Acrópolis
Total victoria del Arabesco Clásica desde Bach hasta
Relieves Históricos.
Predominio de la plástica sin figuras,
incluso sobre la Mozart. Final de la pintura
Clásica de Miron a Fidias.
Arquitectura.
Clásica de Watteau a Goya
5º. DESCENSO DE LA FUERZA CREADORA, DISOLUCIÓN DE LA FORMA GRANDE. FIN DE SIGLO:
«CLASICISMO Y ROMANTICISMO».
Los disturbios hacia 1750.
Epoca de Alejandro
«Harum al Raschid» Imperio y estilo Biedermeier
No
No se conserva
nada.
La columna corintia.
(hacia 1800)
gusto clasicista en la
Lisipo
y Apelles.
«arte moro»
Arquitectura.
Beethoven,
Delacroix.
C
CIVILIZACION: LA
EXISTENCIA NO TIENE UNA FORMA INTERIOR, EL ARTE DE LA GRAN URBE ES UNA
COSTUMBRE, UN
LUJO, UN DEPORTE, UN EXITANTE. LOS ESTILOS SE PONEN DE MODA Y VARIAN RAPIDAMENTE
(REHABILITACIONES, INVENTOS CAPRICHOSOS, IMITACIONES); YA NO TIENE CONTENIDO SIMBOLICO.
1º. «
ARTE MODERNO».
«PROBLEMAS» ARTÍSTICOS. ENSAYOS QUE SE PROPONEN DAR FORMA A LA
CONCIENCIA COSMOPOLITA Y EXITARLA. LA MUSICA, LA ARQUITECTURA, Y LA PINTURA SE CONVIERTEN
EN OFICIOS.
Epoca de los Hycsos. Helenismo. Dinastías de los sultanes Siglos 19/20
Se conserva solo en Creta. Arte de Pergamo. en los siglos 9/10 Liszt, Berlioz, Wagner
Arte de Minos. (Teatralidad) Florece el Arte Hispano- El impresionismo, desde
Estilos de la pintura helenística Siciliano. Constable hasta Leibl y
(Verista, extraño, Subjetivo). Samarra. Manet.
Arquitectura ostentosa de la Arquitectura Americana.
Época de los Diádocos.
2º. FIN DE LA EVOLUCIÓN DE LA FORMA. LA ORNAMENTACIÓN Y LA ARQUITECTURA CARECEN DE SENTIDO; SON VACUAS, ARTIFICIOSAS, AMONTONADAS, IMITACIÓN DE MOTIVOS ARCAICOS Y
EXÓTICOS.
18ª Dinastía: 1580-1350. Epoca Romana. Epoca de los Seld-chukas, Desde 2000
el tem Templo de Dehr el Bari 100 a J.C. p.J.C. desde 1050.
El colos
o de Memnon. Arte
Amontonamiento de los
tres «Arte de
Oriente»
D
de Knossos y
Amarna.
Órdenes: Foros, teatros
Durante las
Cruzadas.
(el Coliseo), Arcos de triunfo.
3º. FINAL. FORMACIÓN DE UN REPERTORIO DE FORMAS RIGIDAS.
OSTENTACION CESAREA DE
MATERIALES Y DE MASAS. OFICIOS PROVINCIANOS.
1 19ª dinastía: 1350-1205 DesdeTrajano hasta Aureliano Epoca Mongólica, desde 1250
Edi Edificios gigantescos de foros gigantescos. Termas. Edificios gigantescos, por
Luxor, Karnak y Abydos. Columnatas. Ejemplo en India.
Arte diminuto. Columnas triunfales. Oficios Orientales.
(plástica bestiaria, tejidos, Arte Romano provinciano. (tapices, armas, objetos)
. armas). (Cerámica, Estatuas, Armas)
CUADRO 3.
ÉPOCAS «CORRESPONDIENTES» DE LA POLÍTICA.
Cultura Egipcia Cultura antigua Cultura China Cultura Occidental
P
PERÍODO PREVIO: TIPO PRIMITIVO DE LOS PUEBLOS TRIBUS Y JEFES. NO HAY TODAVÍA
«POLÍTICA» NI «ESTADO».
ÉPO
EPOCA
DE LOS TINITAS ÉPOCA MICENIANA
ÉPOCA CHANG ÉPOCA DE
LOS FRANCOS ANCOS
(MENES)
(AGAMENON)
(CARLOMAGNO)
3400-3000
1600-1100
1700-3100
500-900
CULTURA: GRUPO DE PUEBLOS CON ESTILO PROPIO Y SENTIMIENTO CÓSMICO COMUN. «NACIONES».
ACCIÓN DE UNA IDEA INMANENTE DEL ESTADO.
1. PERIODO PRIMITIVO: LA VIDA POLÍTICA ADQUIERE UNA ESTRUCTURA ORGÁNICA. LAS DOS
CLASES
PRIMITIVAS: NOBLES Y SACERDOTES. ECONOMÍA FEUDAL FUNDADA EN LOS VALORES PUROS DE LA
TIERRA.
ANTIGUO IMPERIO
PERIODO DORICO PERIODO CHU
PRIMITIVO PERIODO GÓTICO
2900-2400
1100-650
1300-800
900-1500
1º
1a.
FEUDALISMO, ESPÍRITU ALDEANO. LA «CIUDAD» ES SOLAMENTE MERCADO O FORTALEZA. RE
SIDENCIAS VARIABLES DE
LOS SEÑORES. IDEALES CABALLERESCO-RELIGIOSOS. LUCHAS DE LOS VASALLOS ENTRE SÍ Y CONTRA
LOS PRÍNCIPES.
Estado feudal de la 4ª dinastía.
Reyes Homéricos
El señor central (Wang) Época del imperio Alemán
Creciente poderío de
los
Desarrollo de la nobleza. Acosado
por la nobleza. Nobleza de los
Cruzadas
Feudatarios y Sacerdotes
(Itaca, Etruria, Esparta)
feudal.
Imperio y Pontificado.
El Faraón como encarnación de
Ré.
2º
1b. CRISIS Y DISOLUCIÓN DE LAS FORMAS PATRIARCALES: DEL LIGAMEN FEUDAL AL ESTAFO
DE CLASES.
6ª dinastía:
Sinoikismo de la nobleza:
934-909-
Expulsión.
Príncipes territoriales.
Ruina del imperio en
Disolución de la monarquía de I-Wang por
los vasallos Estados del Renacimiento
Principados hereditarios en cargos
anuales.
842, Interregno.
Láncaster
y York.
Oligarquía.
1254. Interregno.
2. PERÍODO POSTERIOR: REALIZACIÓN DE LA IDEA DEL ESTADO. LA CIUDAD CONTRA EL CAMPO. NACIMIENTO DEL TERCER ESTADO (BURGUESÍA). VICTORIA DEL DINERO SOBRE LA PROPIEDAD TERRITORIAL.
IMPERIO MEDIO
PERIODO JONICO
PERIODO CHU
PERIODO BARROCO
POSTERIOR.
2150-1800.
650-300.
800-500.
1500-1800.
3º. FORMACIÓN DE UN MUNDO DE ESTADOS CON FORMAS PRECISAS. FRONDA.
11ª dinastía: ruina de los Siglo 6º. Primera tiranía «Época de los protectores» Poder, dinamismo y Fronda
barones vencidos por los (Clístenes, Periandro, Polícrates, (Ming-Chu, 685-591) y de (Richelieu, Wallestein,
señores de Tebas. Estado los Tarquinos). La ciudad- Estado. los congresos de príncipes. Cromwell) Hacia 1630.
4º. SUPREMA PERFECCIÓN DE LA FORMA DEL ESTADO («ABSOLUTISMO»). UNIDAD DE CIUDAD Y CAMPO («ESTADO Y SOCIEDAD», «LOS TRES ESTADOS».)
12ª Dinastía (2000-1788) La Polis (Absolutismo del Demos) Período Chu-Tsiu Antiguo régimen Rococó.
Poder central absoluto. Política del ágora. Nacimiento del («primavera y otoño») Nobleza cortesana
Nobleza cortesana y tribunado. Temístocles y Perícles. 590-480. Siete grandes (Versailles) y política de
Financiera: Amenement, potencias. Formas gabinete. Habsburgo y
Sesostris. Distinguidas perfectas (li). Borbón. Luis XIV.
Federico el Grande.
5ª. LA FORMA DEL ESTADO HACE EXPLOSIÓN (REVOLUCIÓN Y NAPOLEONISMO). VENCE LA CIUDAD AL CAMPO (EL PUEBLO A LOS PRIVILEGIADOS; LA INTELIGENCIA A LA TRADICIÓN; EL DINERO A LA POLÍTICA.
1788-1680. revoluciones y
Siglo 4. revoluciones sociales y
480. comienza el período
Fines del siglo 18.
Regimen
militar.
segunda tiranía (Dionisio 1, Jason Chankuo. En 441 cae la
Revoluciónes en Francia
Caída del imperio, pequeños
de Feräe, el Censor Ap. Claudio
dinastía Chú. Revoluciones
y América.
Dominadores, oriundos
Alejandro.)
y Guerras.
(Washington, Mirabeau,
muchos del pueblo.
Fox,
Robespiere,
Napoleón).
CIVILIZACIÓN: EL CUERPO DES PUEBLO, QUE YA EN LO ESCENCIAL SE HA HECHO URBANO, SE DISUELVE EN MASAS INFORMES. LA GRAN URBE Y LA PROVINCIA. LA CUARTA CLASE (MASA) ES INORGANICA Y COSMOPOLITA.
1º. PREDOMINIO DEL DINERO (DE LA «DEMOCRACIA»). LOS PODERES ECONOMICOS PENETRAN EN LAS FORMAS Y SOBERANÍAS POLÍTICAS.
1680 (1788)-1550. epoca de
300-100, Helenismo politico
480-230. Época de «los
1800-2000. Siglo 19.
Los Hycsos. Profunda decadencia desde Alejandro hasta Anibal
estados de lucha». En 228 Desde
Napoleón hasta
Dictadura de generales extranjeros
y Escipión (200), la
el título de
emperador. Los la guerra mundial.
(Chian). Desde 1600, victoria final omnipotencia del rey. Desde
políticos imperialistas de
«sistema de las grandes
de los señores de Tebas.
Cleomenes III y
C. Flamminic Tsin. Desde
249,
Potencias», ejército
(220) hasta Mario, los caudillos incorporación
de los permanente, constituciónes.
Radicales.
Último Estados. Siglo 20.
Tránsito de las
Soberanias
constitucionales
A
las personales sin forma.
Guerras
destructoras.
Imperialismo.
2º. FORMACION DE CESARISMO. LA POLÍTICA DE LA VIOLENCIA VENCE AL DINERO. LAS FORMAS POLÍTICAS VAN TOMANDO UN CARÁCTER CADA VEZ MAS PRIMITIVO. LAS NACIONES SE CONVIERTEN EN UNA POBLACION INFORME, QUE SE REUNE EN UN IMPERIO DE CARÁCTER CADA VEZ MAS PRIMITIVO Y DESPOTICO.
1580-1350: 18ª Dinastía.
100 a. J.C. 100 p. J. C.
250 a. J.C 26 p. J.C.
2000-2200.
Thutmotsis III.
De Sila a Domiciano.
La casa de Wang Chen y
César,
Tiberio.
La dinastía occidental Han.
221. título de Augusto (chi)
del
César Hoang-ti. 140-86. Wu-ti.
3º. DESARROLLO DE LA ÚLTIMA FORMA. POLÍTICA Y FAMILIAR DE LOS CAUDILLOS. EL MUNDO, COMO BOTIN DE GUERRA. EGIPTICISMO, MANDARINISMO, BIZANTINISMO. PETRIFICACION SIN HISTORIA. IMPOTENCIA INCLUSO DEL MECANISMO IMPERIAL PARA OPONERSE AL AFAN DE PILLAJE QUE MANIFIESTAN LOS PUEBLOS JOVENES O LOS CONQUISTADORES EXTRANJEROS. LENTA SUBMERSION EN LOS ESTADOS PRIMITIVOS DE LA HUMANIDAD, A PESAR DE VIVIR UNA VIDA CIVILIZADÍSIMA.
1350-1205: 19ª dinastía
100-300. de
Trajano a Aureliano 25-220. Dinastía
oriental. Despues de 2200.
Sethos 1, Ramses II.
Trajano, Séptimo Severo.
Han. 58-76, Ming-ti.
Notas:
[1] Véase parte I cap. IV, núm. 15.
[2] Kant cometió un error de trascendencia enorme, y que todavía no
ha sido remediado, cuando puso al hombre exterior e interior en relación esquemática con
los conceptos de espacio y tiempo, conceptos multívocos y, sobre todo, no invariables
lo que vino a enlazar de una manera errónea estos conceptos con la aritmética y la
geometría. En lugar de esto, quede aquí, al menos, enunciada la oposición mucho más
honda entre el número matemático y el número cronológico. La aritmética y la
geometría son ambas cálculos de espacio, y en sus más altas esferas no se
distinguen una de otra. En cambio, el cálculo del tiempo, cuyo concepto el hombre ingenuo
comprende clarísimamente por sentimiento, contesta a la pregunta ¿cuándo?, y no a las
preguntas ¿qué? o ¿cuánto?
[3] La profundidad de la combinación formal y la energía de la
abstracción empleadas, por ejemplo, en las investigaciones sobre el Renacimiento, o en la
historia de las emigraciones de los pueblos, son muy inferiores capacitado para
ello lo siente al punto a las que evidentemente requiere la teoría de las
funciones y la óptica teórica. Junto al físico y al matemático, da el historiador la
impresión de abandonado, tan pronto como deja de coleccionar y ordenar materiales
para entrar en su interpretación.
[4] La palabra significa literalmente denuncia. Era una acusación
judicial gravísima, porque se substanciaba ante el consejo y no admitía demora en la
aplicación de la pena. N. del T.
[5] Los ensayos que mucho más tarde empezaron a hacer los griegos,
siguiendo el modelo de Egipto, para constituir algo así corno un calendario o una
cronología, son de la mayor ingenuidad. El cómputo del tiempo por olimpíadas no es una
era, como lo es, verbigracia, la cristiana: además, fue sólo un recurso erudito y no de
uso corriente en el pueblo. El pueblo no sentía la necesidad de una regla cronológica
para fijar y conservar los recuerdos de los padres y de los abuelos: sólo algunos sabios
se interesaban aisladamente por los problemas del calendario. Lo importante no es saber si
un calendario es bueno o malo, sino si está en uso, esto es, si la vida de la generalidad
transcurre conforme a él. Pero la lista de los olimpiónicos anterior al año 500 es una
invención, como asimismo la de los arcontes atenienses y la de los cónsules romanos. No
hay una sola fecha exacta referente a las colonizaciones (E. Meyer: Historia de la
Antigüedad, II, 442; Beloch: Historia de Grecia, 1, 2, 219). «Antes del siglo
V no se le ocurre a nadie en Grecia tomar nota de los acontecimientos históricos»
(Beloch, 1, I, 125). Poseemos el texto de un contrato entre Elis y Herea, que deberá
regir cien años a partir del año actual. Pero no se dice cuál sea el año
actual. Pasado algún tiempo, no se sabría ya cuántos años llevaba el contrato en
vigor, y nadie, evidentemente, pensó en esta dificultad. Es probable que aquellos hombres
del puro presente lo olvidaran muy pronto. El carácter legendario-pueril de la historia
entre los antiguos se manifiesta en que el haber fechado ordenadamente los hechos, por
ejemplo, de la «guerra de Troya», que corresponde al estadio de nuestras Cruzadas,
hubiérase tenido por contrario al buen estilo. Igualmente la geografía de los antiguos
es muy inferior a la de los egipcios y babilonios. E. Meyer (Historia de la Antigüedad,
III, 102) demuestra que Herodoto conocía las formas del África (por fuentes pérsicas)
mejor que Aristóteles. Otro tanto puede decirse de los romanos, herederos de los
cartagineses. Empezaron repitiendo los conocimientos ajenos y luego los olvidaron.
[6] El Mahavamsa es una Historia de Ceilán que abarca desde el siglo
V antes de Jesucristo hasta mediados del siglo V de Jesucristo. Está en verso y su autor
fue Mahanama. Es el primer libro escrito en pali que se conoció en Europa. En 1837
publicó G. Tournour una traducción. Sobre el Mahavamsa puede leerse: W. Geiger: Di
und Mahavamsa. Leipzig, 1905. N. del T.
[7] En cambio, es un símbolo de primer orden y sin ejemplo en la
historia del arte el hecho de que los helenos, en contraposición a la primitiva época
miceniana, abandonaran la edificación con piedra en un país riquísimo en
materiales pétreos y volvieran a emplear la madera, lo cual explica la ausencia de
restos arquitectónicos entre 1200 y 600. La columna egipcia fue desde un principio de
piedra; la columna dórica, de madera. En esto se manifiesta la profunda hostilidad del
alma «antigua» a la duración.
[8] ¿Dónde está la ciudad griega que haya realizado una sola
obra considerable, con el pensamiento puesto en las generaciones venideras? Los sistemas
de carreteras y canales que han podido señalarse en época miceniana, esto es, Preantigua,
decayeron y olvidáronse al venir al mundo los pueblos «antiguos», es decir, al irrumpir
los tiempos homéricos. La escritura literal no fue adoptada por los antiguos hasta
después del año 900, y en muy limitadas proporciones, seguramente reducidas a los fines
económicos más apremiantes. Este hecho extraño, que está demostrado con certeza plena
por la falta de inscripciones, resulta tanto más extraordinario cuanto que en las
culturas egipcia, babilónica, mejicana y china la formación de la escritura comienza en
el más remoto pasado; los germanos crearon un alfabeto rúnico y mostraron luego su
respeto hacia la escritura inventando de continuo caracteres de letras ornamentales. En
cambio, la primitiva antigüedad ignoró por completo las varias escrituras que eran de
uso corriente tanto en el Sur como en el Oriente. Poseemos numerosas inscripciones de los
hititas de Asia Menor, y de Creta: pero ni una sola de la época homérica (parte II, cap.
II, núm. 13).
[9] Desde Homero hasta Séneca, es decir, durante un milenio
completo, salen en las tragedias las figuras míticas, v. gr., Tieste, Clitemnestra,
Hércules, inalterables a pesar de su número ilimitado. En cambio, en la poesía
occidental, el hombre fáustico aparece primero en la figura de Parsifal y Tristán; luego
transfórmase, según el sentido de la época, en Hamlet, don Quijote, don Juan y, en una
postrer transfiguración, conforme al tiempo, manifiéstase en Fausto y Werther, para ser
por último el héroe de la novela moderna, de la ciudad mundial. Siempre, empero, aparece
en la atmósfera y condicionalidad de un siglo determinado.
[10] Véase parte II, cap. III, núm. 17.
[11] El abad Gerberto Papa con el nombre de Silvestre II ,
amigo del emperador Otón III, manifestó hacia el año 1000, es decir, en los albores del
estilo románico y de las Cruzadas, los primeros síntomas de una alma nueva, construyendo
los relojes de ruedas y péndulos. Los primeros relojes de torre fueron fabricados en
Alemania hacia 1200; poco después, los de bolsillo. Adviértase el significativo nexo que
une la medición del tiempo con los edificios del culto religioso.
[12] Newton lo llama, muy significativamente, «cálculo de fluxiones»,
refiriéndose a ciertas ideas metafísicas sobre la esencia del tiempo. En la matemática
griega no interviene el tiempo.
[13] Hállase en esto el historiador atenazado por el prejuicio fatal de la
geografía por no decir la sugestión de un mapa que considera a Europa como
una parte del mundo por lo cual el historiador se siente obligado a trazar
igualmente un límite ideal, que separe a Europa de Asia. La voz «Europa» debiera
borrarse de la historia. No existe el tipo histórico del «europeo». Es locura, en el
caso de los helenos, hablar de «Antigüedad europea» Homero, Heráclito,
Pitágoras, ¿eran pues, asiáticos? y de su «misión», consistente en aproximar
culturalmente Asia y Europa. Estas son palabras que provienen de una trivial
interpretación del mapa y que no corresponden a ninguna realidad. La palabra «Europa»,
con todo el complejo de ideas que han nacido bajo su influencia, es la que ha fundido a
Rusia con el Occidente, en nuestra conciencia histórica, formando así una unidad que
nada justifica. En este punto, para nuestra cultura de lectores, hecha en los libros, ha
tenido una mera abstracción enormes consecuencias reales. En la persona de Pedro el
Grande ha falseado, para siglos, la tendencia histórica de una masa primitiva de pueblos:
aun cuando el instinto ruso traza el límite entre «Europa» y «la madre Rusia»,
mediante una hostilidad que se encarna muy exacta y profundamente en Tolstoi, Aksakov y
Dostoyevski. Oriente y Occidente son conceptos de verdadero contenido histórico.
«Europa» es un mero sonido que no justifica nada. Todo lo que la antigüedad creó de
grande, nació por la negación de un límite continental entre Roma y Chipre, Bizancio y
Alejandría. Lo que se llama la cultura europea prodújose entre el Vístula, el
Adriático y el Guadalquivir. Y aun suponiendo que Grecia, en tiempos de Pendes,
«estuviese en Europa», ya hoy no lo está.
[14] Véase parte II, cap. 1, núm. 7, y cap. III, núm. 9.
[15] Windelband: Geschichte der Philosophie (Historia de la
Filosofía), 1900; págs. 275 y siguientes.
[16] En el Nuevo Testamento la concepción polar está representada más
bien por la dialéctica del apóstol Pablo; la periódica, más bien por el Apocalipsis.
[17] Bien se ve en la expresión ridícula y desesperada de «Edad
Contemporánea».
[18] K. Burdach: Reformation, Renaissance, Humanismus (La
Reforma, el Renacimiento y el Humanismo), 1918; págs. 48 y siguientes.
[19] La expresión «los antiguos» aparece ya empleada en sentido dualista
por Porfirio en su Isagoge (300 de J. C.).
[20] «¿La humanidad?» Eso es una abstracción. Nunca ha habido más que
hombres, ni habrá más que hombres.» (Goethe a Luden.)
[21] La «Edad Media» es la historia de la comarca en que domina el idioma
latino de la Iglesia y de los sabios. Los grandes sinos del cristianismo oriental que,
con anterioridad a Bonifacio, había penetrado por Turquestán hasta China y por Saba
hasta Abisinia, no han sido tenidos en cuenta por esa «historia universal».
[22] Véase parte II, cap. III, núm. 17. Para el verdadero ruso la
representación fundamental del darvinismo es tan absurda como para el árabe la del
sistema copernicano.
[23] Sobre este punto es muy significativa la selección de lo que ha
perdurado hasta nosotros. No es una selección debida solamente al azar, sino determinada
esencialmente por una tendencia. El aticismo de la época de Augusto, ya cansado, agotado,
pedante y reaccionario, fue el que forjó el concepto de «lo clásico» y reconoció por
clásicas a un pequeñísimo grupo de obras griegas hasta Platón inclusive. El resto,
entre lo cual estaba la riquísima literatura helenística, fue rechazado y perdióse casi
por completo. Ese grupo, elegido con un gusto de maestro de escuela, es el que ha
perdurado en su mayoría y ha determinado el cuadro imaginario de la «antigüedad»
clásica para los florentinos como para Winckelmann, Hölderlin, Goethe y hasta el mismo
Nietzsche.
[24] Más adelante explicará el autor claramente su idea de lo que es
civilización. N. del T.
[25] Véase parte II, cap. II, núm. 5.
[26] Esto se echa de ver en la evolución de Strindberg y, sobre todo, de
Ibsen, que, en la atmósfera civilizada de sus problemas, da siempre la impresión de un
convidado en casa extraña. El motivo de Brand y Rosmersholrn es una curiosa mezcla
de provincialismo nativo y horizontes de gran urbe, adquiridos teóricamente. Nora es el
tipo de una provinciana desorientada por la lectura.
[27] Éste fue el que prohibió el culto del héroe local Adrastos y la
recitación de los cantos homéricos, para arrancar a la nobleza dórica las raíces de su
espíritu (hacia 560).
[28] Vocablo profundo que recibe su sentido pleno cuando el bárbaro se
torna hombre de cultura, y que lo vuelve a perder cuando el hombre civilizado acepta el ubi
bene, ibi patria.
[29] Por eso entraron en el cristianismo, en primer lugar, aquellos de
entre los romanos que no habían podido ser estoicos. (Véase parte II, capítulo
V, núm. 3.)
[30] En Roma y Bizancio se construyeron casas de seis a diez pisos. La
anchura de la calle era, a lo sumo, de tres metros. Y como no existían reglamentos de
urbanización, ocurrió muchas veces que las casas se vinieron abajo con todos los
inquilinos Una gran parte de los cives romani para quienes la vida se reducía al panem
et circenses, no poseían más que un lecho carísimo en aquellas insulae,
pululantes como hormigueros. (Pöhlmann: Aus Altertum und Gegenwart [Antigüedad
y Presente], 1911, páginas 199 y siguientes.)
[31] Véase parte II, cap. V, núm. 19.
[32] La gimnasia alemana, desde 1813 y desde las formas provincianas que
Jahn le diera, ha entrado en rápida evolución hacia el deporte. La diferencia entre una
pista berlinesa de deportes en un día importante y el circo romano era ya pequeñísima
en 1914.
[33] Véase parte II, cap. IV, núm. 14.
[34] La conquista de las Galias por César fue muy claramente una guerra
colonial, es decir, de actividad por una sola de las partes. Si esta campaña es, sin
embargo, el punto culminante de la historia guerrera de Roma, en su época posterior, ello
confirma cuán rápidamente esa historia pierde su riqueza en verdaderas hazañas.
[35] Los alemanes modernos son el ejemplo más brillante de un pueblo que
sin saberlo ni quererlo se ha tornado expansivo. Éranlo ya cuando aún creían ser el
pueblo de Goethe. Bismarck no sospechó siquiera este profundo sentido de la época por
él fundada. Creyó que había cerrado una evolución política anterior. (Véase parte
II, cap. IV núm. 14.)
[36] Acaso las palabras de Napoleón a Goethe, tan significativas, querían
decir esto mismo. Napoleón dijo: «¿A qué hablar hoy del sino? La política es el
sino».
[37] Que fue el que acabó dando su nombre a todo el imperio. Tsin: China.
[38] Véase parte II, cap. IV, núm. 14.
[39] Su verdadera fuerza no corresponde ya al sentido de ningún cargo o
función pública.
[40] Véase parte II, cap. III, núm. 19.
[41] Va incluido en este libro, parte II, cap. IV, num. 4 y siguientes, 18
y siguientes, y cap. V, núm. 7.
[42] La filosofía de este libro la debo a la filosofía de Goethe, tan
desconocida, y sólo en mucho menor cuantía, a la filosofía de Nietzsche. La posición
de Goethe en la metafísica occidental no ha sido bien comprendida todavía. Ni siquiera
se le cita cuando se trata de filosofía. Por desgracia, no ha formulado su teoría en un
sistema rígido: por eso los sistemas le olvidan. Pero fue filósofo. Adopté frente a
Kant la misma posición que Platón representa frente a Aristóteles, y también es
aventurado reducir a Platón a un sistema. Platón y Goethe representan la filosofía del
devenir; Kant y Aristóteles, la de lo producido. Aquí la intuición se opone al
análisis. Lo que no, es expresable con el entendimiento, se encuentra en advertencias
particulares y en poesías, como los versos órficos, o las estrofas «Cuando en el
infinito... » y «... Dice nadie...», que deben considerarse como encarnaciones de una
metafísica muy definida. En las siguientes palabras no quisiera ver cambiada ni
una tilde: La divinidad es activa en lo viviente, no en lo muerto; está en lo que
deviene y se transforma, no en lo ya producido y petrificado. Por eso la razón, en su
tendencia a lo divino, se aplica a lo que vive; el entendimiento se aplica a lo producido,
petrificado, para utilizarlo (Eckermann). En estas palabras se encierra toda mi
filosofía.