Capítulo III
B
PUEBLOS,
RAZAS, IDIOMAS
7
El
cuadro científico de la historia ha sido desvirtuado durante todo el siglo XIX por una
representación que procede del romanticismo o que, por lo menos, el romanticismo ha
redondeado y perfeccionado. Me refiero al concepto de «pueblo», en el sentido de
exaltación moral con que el uso común lo emplea.
Dondequiera
que aparece, en remotas edades, una nueva religión, una ornamentación nueva, una manera
nueva de construir, una escritura inédita o también un imperio o una gran
¡devastación, plantea al punto el investigador su problema en la siguiente forma:
¿Cómo se llamaba el pueblo que ha producido este fenómeno? Semejante modo de
plantear las cuestiones es característico del espíritu europeo-occidental, en su actual
disposición. Pero es tan falso en sus particularidades, que la imagen que nos ofrece del
curso de los acontecimientos ha de ser necesariamente equivocada. Se habla continuamente
del «pueblo» como la protoforma absoluta en que los hombres actúan en la historia; se
habla del hogar primitivo, del solar y de las migraciones de «los pueblos». Esto revela
el vuelo inmenso que han tomado los conceptos de nacióndesde 1789 y de
pueblodesde 1813; los cuales, en última instancia, tienen su origen en la
conciencia propia del puritanismo inglés. Pero justamente porque en ese concepto alienta
un patetismo elevado, la critica se resiste a hacerle objeto de sus análisis.
Aun
los más perspicaces investigadores suelen designar con él cosas totalmente distintas sin
advertirlo. Y asi la noción de «pueblo» se convierte en la supuesta magnitud unívoca
que hace toda la historia. Para nosotros hoy la historia universal es la historia
de los pueblos; cosa que ni por si es evidente ni hubiera resultado inteligible al
pensamiento de los griegos y los chinos. Todo lo demás: cultura, idioma, arte, religión
son creaciones de los pueblos. El Estado es la forma de un pueblo.
Debemos
destruir aquí ese concepto romántico. Los que, desde la época glacial, habitan la
Tierra son hombres, no «pueblos». Su destino se halla determinado por el hecho de que la
sucesión corpórea de padres e hijos, la conexión de la sangre, forma grupos naturales
que revelan una tendencia clara a arraigar en cierta comarca. Aun las tribus nómadas
contienen sus movimientos dentro de ciertos límites territoriales. Con esto queda
impuesta una cierta duración a la parte cósmico-vegetativa de la vida, a la existencia.
Esto es lo que yo llamo raza. Las tribus, las estirpes, las generaciones, las
familias son todos términos que designan el hecho de la sangre cruzándose de continuo en
una comarca más o menos dilatada.
Pero
estos hombres poseen también la otra parte de la vida, la parte animal, microcósmica, la
conciencia vigilante, la sensación, la intelección. A la forma en que la vigilia de uno
entra en relación con la vigilia de los demás, doy el nombre de idioma.
El
idioma no es, por de pronto, mas que una expresión viva, inconsciente, percibida por los
sentidos. Poco a poco, empero, se desenvuelve hasta convertirse en una técnica de la
comunicación, técnica ya consciente, basada en un sentimiento concordante de lo que
significan los signos.
Al
fin, cada raza es un gran cuerpo único y cada idioma es la forma en que actúa una
sola gran conciencia vigilante, que reúne a muchos seres individuales. Nunca podremos
llegar a los últimos conocimientos sobre la raza y el idioma, si no los estudiamos juntos
y en continua comparación.
Pero
tampoco podremos nunca comprender la historia de la humanidad superior, si olvidamos que
el hombre es elemento de una raza y posesor de un idioma, es decir, que procede de una
unidad de sangre y se halla incluido en una unidad de compenetración inteligente, y que,
por lo tanto, la existencia y la conciencia vigilante del hombre tienen cada una sus
particulares sinos. En una y la misma población, el origen, desarrollo y duración del
aspecto racial y del aspecto idiomático son totalmente independientes uno de otro.
La raza es algo cósmico, algo que se refiere al alma. Obedece a ciertas periodicidades y,
en su intimidad, hállase condicionada por las grandes relaciones astronómicas. Los
idiomas, en cambio, son formaciones causales, que actúan por la polaridad de sus medios.
Hablamos de los instintos de la raza y del espíritu del lenguaje.
Pero
éstos son dos mundos diferentes. A la raza pertenece la más honda acepción de
las palabras tiempo y anhelo. Al idioma, la de las palabras espacio y terror. Todo esto ha
permanecido, hasta ahora, enterrado bajo el concepto de «pueblo».
Hay,
pues, torrentes de existencia y relaciones de conciencia vigilante.
Aquéllos poseen una fisonomía. listas se fundan sobre un sistema. Considerada en el
cuadro del mundo circundante, es la raza el conjunto de los signos corporales que se
ofrecen a la percepción sensible de seres vigilantes. Aquí debemos tener en cuenta que
el cuerpo desarrolla y perfecciona, desde la niñez hasta la senectud, la forma que fue
establecida para él por la generación y que le es íntimamente propia; en cambio, y
simultáneamente, renuévase sin cesar aquello que, independientemente de su forma,
constituye el cuerpo. Así, pues, en el hombre hecho no queda del niño nada más que el
sentido viviente de su existencia; y no conocemos de ello mas que lo que se ofrece en el
mundo de la conciencia vigilante.
Aun
cuando para el hombre superior ya la impresión de la raza se limita casi a lo que aparece
en el mundo luminoso de los ojos, de manera que la raza, para él, es esencialmente un
conjunto de notas visibles, sin embargo, quédanle aún importantes restos de
signos no ópticos, como el olor, la voz de los animales y, sobre todo, el modo de hablar
de los hombres. En cambio, para los animales superiores, en la mutua impresión racial, no
predominan indudablemente las notas visuales. El olor es más importante; y aun deben
añadirse otras especies de sensación, de que el hombre no tiene el menor conocimiento.
De
aquí se deduce que una planta, puesto que posee existencia, tiene también
razabien lo saben los horticultores y los jardineros, pero que sólo los
animales reciben impresiones de la raza. El espectáculo de la primavera tiene
siempre para mí algo de conmovedor, cuando veo los tallos floridos, anhelando la
generación y la fructificación, sin poder atraerse unos a otros por la fuerza luminosa
de sus flores, incapaces incluso de advertirla y como condenados a ofrecer sus aromas y
sus esplendores cromáticos a los animales, únicos seres para quienes éstos existen.
Llamo
idioma al conjunto de la libre actividad del microcosmos vigilante, por cuanto esa
actividad sirve de expresión para otros. Las plantas no tienen vigilia ni
movilidad y, por tanto, carecen de idioma. Pero la vigilia de los animales es en todos sus
momentos un idioma, no sólo cuando los actos particulares quieren tener un sentido de
lenguaje, sino incluso cuando no quieren tenerlo y el fin consciente o inconsciente de la
acción va orientado en muy distinto rumbo. Un pavo real habla, con plena conciencia
indudablemente, cuando hace la rueda; pero un gatito, que juega con un ovillo de hilo,
habla tambiénaunque sin darse cuentapor la gracia de sus movimientos. Todos
distinguimos los movimientos que hacemos cuando alguien nos mira, de los que hacemos
cuando no nos observa nadie. Comenzamos de pronto a «hablar» conscientemente en todo lo
que hacemos.
De
aquí se deduce una distinción muy importante en las especies del idioma. Hay el idioma
que es simplemente expresión ante el mundo, expresión cuya intima necesidad
reside en la tendencia de toda vida a realizarse ante testigos, a testimoniar de su
existencia. Hay, empero, también el idioma que se ofrece a la intelección de
determinados seres. El primero es idioma de expresión; el segundo es idioma
de comunicación. Aquél supone tan sólo una conciencia vigilante. Este supone
además un enlace entre conciencias vigilantes. Comprender es responder a la impresión de
un signo con el sentimiento propio de la significación. Entenderse, dialogar, hablar a un
«tú» es, pues, suponer en el interlocutor un sentimiento de la significación que
corresponde con el nuestro propio. El idioma de expresión ante testigos demuestra sólo
la existencia de un yo. Pero el idioma de comunicación supone un tú. El yo es quien
habla; el «tú» es quien debe entender el idioma del yo. Para el hombre primitivo un
árbol, una piedra, una nube puede ser un «tú».
Todas
las deidades son otros tantos «tú». En los cuentos, todo lo que existe puede entablar
diálogos con el hombre. Y basta sorprendernos en los momentos de iracundia o de poética
inspiración para advertir que aún hoy puede cualquier cosa convertirse en «tú» para
nosotros. Finalmente, todo hombre que piensa, habla consigo mismo como con un «tú». La conciencia
del yo despierta por oposición al «tú». «Yo» es, pues, una denominación que designa
el hecho de que existe un puente hacia otro ser.
Es
imposible trazar un límite riguroso entre el idioma de expresión religiosa y artística
y el puro idioma de comunicación. Y esto es cierto, sobre todo cuando se trata de
culturas elevadas, cuyas formas evolucionan por separado. Efectivamente, por una parte,
nadie puede hablar sin dar a su manera de hablar una expresión, que muchas veces
permanece incógnita para el mismo que habla y que en todo caso no sirve para la
comunicación. Y, por otra parte, todos conocemos el drama, en que el poeta quiere
«decir» algo que hubiera podido decir muy bien y aún mejor en una circular; el cuadro
que por su contenido nos instruye, nos adoctrina, nos perfeccionalas series de
imágenes en la iglesia griega ortodoxa forman un canon riguroso y sirven expresamente
para representar las verdades de la religión de una manera clara y penetrante al
espectador a quien un libro no dice nada; los grabados de Hogarth, substitutos de
las prédicas, y, por último, la oración, la conversación inmediata con Dios, que
también puede ser reemplazada por el ejercicio de un acto del culto, cuyo lenguaje Dios
comprende. Las discusiones teóricas sobre la finalidad del arte provienen de la necesidad
de no confundir el idioma de expresión artística con el idioma de comunicación; y la
aparición del sacerdocio en el mundo obedece a la idea de que sólo los sacerdotes
conocen el idioma en que el hombre puede comunicarse con Dios.
Todas
las corrientes de la existencia tienen un carácter histórico. Todas las relaciones entre
las conciencias vigilantes lo tienen religioso. Todo lo que sabemos sobre los idiomas de
las formas religiosas o artísticas, todo lo que por doquiera nos enseña la historia de
la escriturala escritura es el idioma verbal de los ojoses sin duda alguna
aplicable al origen del lenguaje articulado humano en general. Los vocablos primarios, de
cuya estructura nada sabemos ya, poseían de seguro un colorido cultural. Pero la raza se
halla en una relación semejante con todo lo que llamamos vida, en el sentido de lucha por
el poderío con todo lo que llamamos historia, en el sentido de sino, con todo lo que hoy
llamamos política. Sería quizás temerario rastrear algo de instinto político en el
afán con que una enredadera busca adherencias en el tronco de un árbol, para vencer el
obstáculo, apresarlo en sus mallas y encumbrarse sobre la copa, en el aire puro; seria
temerario descubrir un sentimiento de religiosidad cósmica en el canto de la alondra que
hiende el azul; pero es seguro que, partiendo de aquí, las manifestaciones de la
existencia y de la vigilia, del ritmo y de la tensión conducen por serie ininterrumpida a
las más logradas formas políticas y religiosas de toda civilización moderna.
Finalmente,
aquí se encuentra también la clave que explica esas dos notables palabras, descubiertas
por la investigación etnográfica en dos puntos harto diferentes de la Tierra, con
aplicación no muy extensa, pero que luego insensiblemente se han ido colocando en el
primer plano de los estudios. Me refiero a las voces tótem y tabú. Cuanto
más enigmáticas y multívocas aparecían, más se iba sintiendo que por medio de ellas
entramos en contacto con los últimos fundamentos de la vida y no sólo de la primitiva
humanidad. Pues bien; nuestra investigación nos revela ahora el significado propio de
esas dos palabras. Tótem y tabú designan el último sentido de la existencia y la
vigilia, del sino y la causalidad, de la raza y el idioma del tiempo y el espacio, del
anhelo y el terror, del ritmo y la tensión, de la política y la religión. La parte de
tótem que hay en la vida es vegetativa y pertenece a todos los seres. La parte de tabú
es animal y supone el libre movimiento del ser en un mundo. Poseemos órganos totémicos:
los de la circulación de la sangre y los de la reproducción. Poseemos órganos
tabúicos: los sentidos y los nervios. Todo lo que pertenece al tótem tiene fisonomía.
Todo lo tabú tiene sistema. En el tótem reside el
sentimiento
común a muchos seres que pertenecen a una y la misma corriente de existencia. Ni se puede
transmitir ni se puede abandonar; es un hecho; es el hecho en sentido
eminente.
Tabú,
en cambio, es el carácter propio de las relaciones entre conciencias vigilantes; puede
aprenderse, puede transmitirse, y constituye por lo mismo un secreto reservadísimo de las
iglesias, las escuelas y las corporaciones artísticas, que poseen todas una especie de
idioma misterioso [84].
Pero
la existencia puede concebirse muy bien sin vigilia.
En
cambio, la vigilia supone siempre la existencia. De aquí se deduce que puede haber razas
sin idioma, pero no idioma sin raza. Por eso todo lo que posee raza posee asimismo una
expresión propia, independiente de toda vigilia, una expresión que pertenece a las
plantas como a los animalespero que debe distinguirse cuidadosamente del idioma
de expresión, que consiste en el cambio activo de la expresióny que no se
brinda a ningún testigo, sino que sencillamente existe: la fisonomía.
Pero
en todo idioma de los que, con hondo sentido, llamamos vivos, hay también, además de la
parte tabú, aprendible, ciertos rasgos raciales completamente incomunicables, rasgos que
fenecen con los hombres de dicho idioma. Esos rasgos residen en la melodía, el ritmo y el
acento; en el colorido, tono y curso de la pronunciación; en el giro del habla, en el
gesto concomitante. Debiérase, pues, distinguir entre el idioma y el habla.
El
idioma es un caudal muerto de signos. El habla es la actividad que actúa en esos signos
[85]. Cuando ya no podemos oír y ver cómo se habla un idioma, sólo conocemos su
esqueleto, no su cuerpo. Tal sucede con el sumérico, el gótico, el sánscrito y todos
los idiomas que hemos descifrado por textos e inscripciones y que con plena razón
llamamos muertos, porque ha desaparecido la comunidad humana que se formó con ellos.
Conocemos el idioma egipcio, pero no el habla egipcia.
Sabemos
aproximadamente cuál era el valor fonético de las letras y el sentido de las palabras en
el latín de la época de Augusto. Pero no sabemos cómo sonaba un discurso de Cicerón
desde las Postra y menos aún cómo recitaban Hesiodo y Safo sus versos y cómo era un
dialogo en la plaza de Atenas.
Si,
en efecto, la época gótica volvió a hablar el latín, hubo de ser éste un latín nuevo
que surgió entonces. La formación de este latín gótico empezó alterando el ritmo y
tono del habla de la que hoy no tenemos tampoco la menor ideay siguió luego
por el léxico y la sintaxis. El latín antigótico de los humanistas, que se preciaban de
ciceronianos, no fue tampoco una resurrección, ni mucho menos. Para apreciar bien la
importancia del elemento racial en el habla basta comparar el alemán de Nietzsche y de
Mommsen, el francés de Diderot y Napoleón, y observar que Lessing y Voltaire se hallan
más próximos en el uso del idioma que Lessing y Hölderlin.
Y
lo mismo sucede en el más importante de los idiomas de expresión, que es el arte. La
parte tabú, esto es, el tesoro de formas, las reglas convencionales, el estiloen
cuanto por estilo se entiende un conjunto de giros establecidos, comparable al léxico y a
la sintaxis de los idiomas verbalesrepresenta el idioma mismo, que puede aprenderse
y se aprende, en efecto, y se transmite por el uso en las grandes escuelas de pintura, en
la tradición constructiva y en general en la rigurosa educación de los artífices, que
es evidente para todo arte genuino y cuyo fin en todas las épocas consiste en el seguro
dominio, de cierta especie determinada de lenguaje, que se halla entonces en vida. Porque
también aquí hay idiomas vivos e idiomas muertos. El idioma de las formas en un arte
puede considerarse como vivo cuando los artistas todos lo emplean a modo de una común
lengua materna, sin pensar siquiera en sus propiedades y estructura. En este sentido puede
decirse que el estilo gótico era en el siglo XVI un idioma muerto, como el rococó en
1800. Compárese la absoluta seguridad de expresión que tienen los arquitectos y músicos
del XVII y XVIII con el balbuceo de Beethoven, con el lenguaje de Schinkel y Schadow,
penosamente aprendido casi en esfuerzos solitarios, con la faramalla de los
prerrafaelistas y neogóticos y finalmente con los desesperados ensayos de los artistas
actuales.
El
habla de un idioma de formas artísticas, tal como la percibimos en las obras, nos da a
conocer también la parte totémica, el elemento racial no sólo de los artistas
particulares, sino de generaciones enteras de artistas. Los creadores de los templos
dóricos en la Italia del Sur y en Sicilia y los constructores de los edificios góticos
de ladrillo en la Alemania septentrional fueron de raza fuerte, como los músicos alemanes
desde Heinrich Schütz hasta Sebastián Bach. Al aspecto totémico pertenecen el influjo
de las trayectorias cósmicascuya significación en la figura de la historia del
arte es apenas sospechada y nunca será definida al detalley las épocas creadoras
de la primavera y del arrebato amoroso que, independientemente de la seguridad en la
morfogénesis, son decisivas para la energía de la forma y la profundidad de la
concepción, tanto en las obras particulares como en las artes enteras. Comprendemos al
formalista por profundidad de terror cósmico o por falta de raza; al informe, por exceso
de sangre o por falta de disciplina.
Comprendemos también que hay diferencia entre la historia de los artistas
y la historia de los estilos; y que el idioma de un arte puede pasar de un país a otro,
pero no la maestría de la elocución.
La
raza tiene raíces. Raza y paisaje van juntos. Donde arraiga una planta, allí también
muere. No es absurdo, pues, preguntar por el solar de una raza. Pero habría que saber que
donde se halla el solar permanece también la raza, con los rasgos esenciales del cuerpo y
del alma. Si no se la encuentra allí es que ya no existe en ninguna otra parte. La raza
no emigra. Los hombres emigran y sus generaciones posteriores nacen en diferentes países;
el paisaje ejerce, empero, un poder misterioso sobre el elemento vegetativo de estos
descendientes y acaba por alterar totalmente la expresión racial; la antigua desaparece y
surge una nueva. No fueron ingleses y alemanes los que emigraron a América; fueron
hombres que, al emigrar, iban como ingleses y alemanes. Pero sus descendientes
actuales son yanquis, y es bien sabido, desde hace tiempo, que el suelo indio ha
manifestado sobre ellos su poderío, de tal manera que de generación en generación van
pareciéndose más a la población destruida. Gould y Baxter han demostrado que los
blancos de todas las procedencias, los indios y los negros adquieren la misma talla media
y verifican su desarrollo en el mismo tiempo medio, y que esta asimilación se verifica
con tal celeridad, que los jóvenes emigrados irlandesesque se desarrollan por lo
regular lentamentesienten en seguida el influjo de la nueva tierra. Boas ha mostrado
que los hijos de los judíos sicilianoscon cabezas largasy los hijos de los
judíos alemanescon cabezas cortasnacen en América todos con la misma forma
de cabeza. El hecho es general, y debiera enseñarnos a tener gran precaución cuando
hablamos de las emigraciones históricas, que sólo conocemos por algunos nombres de
tribus emigrantes y pocos restos del idioma, como sucede en la prehistoria antigua con los
danaos, los etruscos, los pelasgos, los aqueos, los dorios. Nada podemos concluir sobre la
raza de esos «pueblos». Los hombres que irrumpieron en las comarcas del sur de Europa
bajo los varios nombres de godos, lombardos, vándalos, constituían al principio, sin
duda, una raza por sí. Pero ya en la época del Renacimiento se habían por completo
asimilado los caracteres raciales arraigados en el suelo de la Provenza, la Castilla y la
Toscana.
No
sucede lo mismo con el idioma. El solar de un idioma significa exclusivamente el lugar
accidental de su formación y no guarda relación alguna con su forma interior. Los
idiomas emigran, propagándose de tribu en tribu y caminando con las tribus que los
hablan. Sobre todo, pueden cambiar.
Las
razas cambian de idioma: he aquí una hipótesis que debemos aceptar, para los tiempos
primitivos, y usarla con frecuencia. Repitámoslo: el caudal de formasno el
hablade los idiomas puede ser recibido y asimilado, como las poblaciones primitivas
acogen sin cesar motivos ornamentales, para emplearlos luego, con perfecta seguridad, como
elementos del propio idioma de las formas. Cuando, en los tiempos primitivos, advierte un
pueblo la superior fuerza de otro o siente que el idioma de otro es superior en sus
aplicaciones, bástale esto para abandonar el propio lenguaje y adaptar el ajenoa
veces por un verdadero respeto religioso. Siguiendo las migraciones de los normandos
por Normandia, Inglaterra, Sicilia, Bizancio, se ve que aparecieron en estas comarcas con
diferentes idiomas y que estaban siempre dispuestos a cambiar el que hablaban por otro
nuevo. La veneración del idioma materno, con todo el contenido moral de esta palabra, que
ha ocasionado repetidas veces crueles guerras de idiomas, es un rasgo del alma occidental posterior,
rasgo que casi desconocen los hombres de otras culturas y que el primitivo ignora por
completo.
Sin
embargo, nuestros historiadores tácitamente lo suponen activo siempre, y esto da lugar a
muchas conclusiones falsas sobre la significación de los descubrimientos lingüísticos
en la historia de «los pueblos». Recuérdese, por ejemplo, la reconstrucción de la
«invasión dórica» por la manera de hallarse distribuidos los dialectos griegos
posteriores. De aquí se sigue que es imposible, basándose en toponímicos,
patronímicos, inscripciones, dialectos y, en suma, en la parte lingüística, sacar
conclusiones sobre la historia de la parte racial de las poblaciones. Nunca podemos saber a
priori si el nombre de un pueblo designa un cuerpo de idioma o una raza, o las dos
cosas, o ninguna de las dos; sin contar con que los nombres de los pueblos, y aun los de
las comarcas, tienen sus propios destinos.
8
La
casa es la expresión más pura que existe de la raza. A partir del momento en que el
hombre, haciéndose sedentario, no se contenta ya con un simple abrigo y se construye una
habitación sólida, aparece esa expresión que, dentro de la raza
«hombre»elemento del cuadro biológico [86]-, distingue unas de otras las
razas de los hombres en la historia universal propiamente dicha, corrientes de existencia,
preñadas de significación mucho más anímica, psíquica. La forma primaria de la casa
es algo que el hombre siente, que con el hombre crece, sin que éste sepa nada de ella.
Como la concha del nautilus, como la colmena de las abejas, como el nido de los pájaros,
posee la casa su evidencia interior; y todos los rasgos de las primitivas costumbres y
formas de la existencia, de la vida conyugal y familiar, de la estructura colectiva, se
hallan reproducidos en la planta de la casa y sus principales partes: vestíbulo,
pórtico, megaron, atrio, gineceo. Basta comparar la planta de la antigua casa sajona con
la de la casa romana para comprender que el alma de aquellos hombres y el alma de sus
casas son una y la misma.
La
historia del arte no hubiera debido apoderarse del tema de la casa. Ha sido un error
considerar la construcción de la casa habitación como una parte de la arquitectura. Esta
forma -la casaha nacido de la obscura costumbre de la existencia; no está destinada
a satisfacer el ansia de los ojos, que buscan formas en la luz- A ningún arquitecto se le
ha ocurrido nunca distribuir el espacio en la casa aldeana como en una catedral.
Este
límite importantísimo del arte ha pasado desapercibido para los investigadores, si bien
Dehio observa incidentalmente [87] que la vieja casa germánica de madera no tiene nada
que ver con la gran arquitectura posterior, nacida de otros orígenes. Todo esto produce
una continua perplejidad sobre el método a emplear, perplejidad que ha sido sentida, pero
no comprendida, por la ciencia del arte. Esta reúne de todas las épocas primarias y más
remotas, indistintamente, los utensilios, las armas, la cerámica, los tejidos, los
sepulcros y las casas, no sólo en cuanto a la forma, sino también en cuanto al adorno, y
no pisa terreno firme hasta que llega a la historia orgánica de la pintura, de la
plástica y de la arquitectura, es decir, de las artes particulares que forman un todo
cerrado.
Pero
aquí deben distinguirse ciara y precisamente dos mundos: el mundo de la expresión
anímica y el mundo del idioma de expresión. La casa, como igualmente las
formasinconscientesfundamentales, esto es, usuales, de los recipientes: armas,
vestidos y utensilios, pertenecen al elemento totémico. No caracterizan cierto gusto o
preferencia, sino que revelan el modo de combatir, de habitar y de trabajar. Todo
utensilio primitivo es la reproducción de una actitud racial del cuerpo; el asa de un
jarro es la prolongación del brazo en movimiento. En cambio, la pintura y la talla
domésticas, el vestido como adorno, la decoración de las armas y utensilios pertenecen
al elemento tabú de la vida. En estos modelos y motivos ve el hombre primitivo una fuerza
mágica. Las espadas germánicas de las invasiones llevaban adornos orientales y los
castillos micenianos atesoraban trabajo del arte minoico. Así se diferencian la sangre y
los sentidos, la raza y el idioma, la política y la religión.
Todavía
no existe, puesurgente problema para los investigadores futuros, una historia
universal de la casa y sus razas. Habría que hacerla con medios muy distintos de
los que emplea la historia del arte. La casa del labriego, comparada con el curso de la
historia del arte, resulta «eterna», como el labriego mismo. Hállase fuera de la
cultura y, por lo tanto, fuera de la historia de la humanidad superior; no conoce sus
limitaciones de lugar y de tiempo, y se conserva, en cuanto a la idea, inmutable a través
de todas las transformaciones de la arquitectura que se verifican junto a ella, pero no
con ella. La vieja choza redonda italiana era aún conocida en la época imperial
[88]. La forma de la casa romana rectangular, signo revelador de una segunda raza, se
encuentra en Pompeya y hasta en los palacios imperiales del Palatino. Del Oriente toma el
romano toda clase de adornos y estilos; pero a ninguno se le ocurre imitar, por ejemplo,
la casa siria; como tampoco fue nunca alterada por los arquitectos urbanos del helenismo
la forma del megaron de Tirinto y Micenas o la de la vieja casa griega rural, descrita por
Galeno. La casa aldeana de Sajonia y de Franconia conservó intacto su núcleo esencial,
desde el cortijo campesino hasta los palacios patricios del siglo XVIII, pasando por las
casas burguesas de las viejas libres ciudades imperiales. Mientras tanto, los estilos
gótico, renacimiento, barroco, imperio, fueron resbalando sobre las partes exteriores,
dejando sus huellas en la fachada y en todas las habitaciones, desde el sótano al tejado;
pero sin tocar al alma de la casa.
Otro
tanto puede decirse de la forma de los muebles. Debería establecerse una cuidadosa
distinción psicológica entre la forma del mueble y su elaboración artística.
Particularmente, la evolución del asiento, en el mobiliario europeo septentrional
evolución que remata en el sillón de club, es un trozo de la historia de la
raza, no de la historia del estilo. Cualesquiera otros signos característicos pueden
engañarnos sobre el sino de una raza. El nombre de los etruscos colocado entre los de los
pueblos marítimos vencidos por Ramsés III; la misteriosa inscripción de Lemnos; las
pinturas murales en los sepulcros de Etruria, nada de esto nos autoriza a establecer
conclusiones seguras sobre la conexión corporal de esos hombres. A fines de la edad de
piedra surgió y perduró en extensa región, al este de los Cárpatos, una ornamentación
altamente significativa; .sin embargo, es posible que en esta comarca se hayan sucedido
diferentes razas. Nada sabríamos sobre el acontecimiento de las invasiones si no
poseyésemos en Europa occidental más restos que los de la cerámica en los siglos que
van de Trajano a Clodoveo. Pero, en cambio, la aparición de una casa ovalada en la
región egea [89], la de otro tipo muy raro de casa ovalada en Rhodesia [90], la
coincidencia tan comentada entre la casa aldeana de Sajonia y la de las cabilas libias,
nos revelan un trozo de la historia racial. Los ornamentos se propagan cuando una
población hace suyo aquel otro idioma de las formas. Pero cada tipo de casa va unido a
una raza.
Si
un ornamento desaparece, esto no significa nada más sino que ha habido un cambio de
idioma. Pero si desaparece un tipo de casa, es que una raza se ha extinguido.
De
aquí se deduce una necesaria rectificación de la historia del arte. Hay que distinguir
cuidadosamente en su curso el aspecto racial y el idioma propiamente dicho. Al principio
de una cultura se yerguen sobre la aldea rural, conjunto de edificios de raza, dos formas
características de alto rango como expresión de la existencia e idioma de la vigilia:
los castillos y las iglesias [91].
En
ellas la distinción entre tótem y tabú, anhelo y terror, sangre y espíritu, se exalta
hasta llegar a un poderoso simbolismo. El viejo castillo egipcio, chino, antiguo,
sudarábico, occidental, centro por donde pasan las generaciones se halla cercano a la
casa del labrador. Ambos son copia de la vida real, de la generación y de la muerte, y,
por tanto, ambos se hallan fuera de la historia del arte. La historia de los castillos
alemanes pertenece a la historia de la raza. La ornamentación primitiva se adhiere
a ellos y embellece aquí el artesonado, allá el portal o la escalera; pero puede ser
elegida de uno u otro modo y puede también faltar en absoluto. No existe nunca una
relación intima y necesaria entre el cuerpo del edificio y la ornamentación. La catedral
no es nunca ornamentada; es ella misma un ornamento. Su historiacomo la del
templo dórico y la de todos los edificios primitivos destinados al cultocoincide
perfectamente con la del estilo gótico; de manera que aquí, como en todas las culturas
primitivas, de cuyo arte sabemos todavía algo, es claro, aunque no lo ha comprendido
nadie, que la arquitectura rigurosa, pura ornamentación de índole soberana, se limita
exclusivamente al edificio destinado para el culto. Todas esas bellas construcciones que
vemos en Gelnhausen, Goslar y en la Wartburg proceden del arte de las catedrales;
son meros adornos; carecen de íntima necesidad. Un castillo, una espada, un vaso, pueden
no tener la menor decoración, sin perder por ello su sentido, ni aun siquiera su figura.
Pero en una catedral o en un templo egipcio piramidal, esto no cabe ni imaginarlo.
Hay,
pues, que distinguir entre el edificio que tiene estilo y el edificio en el que
se tiene estilo. En el convento, en la catedral, es la piedra misma la que posee
una forma y comunica esta forma a los hombres, sus servidores. Pero en la casa aldeana, en
el castillo señorial, es la plena energía de las vidas aldeana y señorial la que, de su
propio fondo, crea la vivienda. Aquí lo primero es el hombre y no la piedra; y si
pudiéramos hablar aquí de ornamentación, habría de consistir ésta en la forma
rigurosa, perfecta e inconmovible de las costumbres y los usos. Tal sería la
diferencia entre el estilo vivo y el estilo rígido.
Mas
así corno el poderío de esa forma viviente trasciende al sacerdocio mismo y
produceen la época védica como en la época gótica el tipo del sacerdote
caballero, asi también el sacro idioma románicogótico de las formas trasciende a
todo lo que se refiere a la vida profana: vestidos, armas, habitaciones y utensilios,
estilizando su aspecto exterior. Pero la historia del arte no debiera dejarse engañar por
este mundo, ajeno a ella; se trata de la superficie y nada más.
A
esto no se añade nada nuevo en las primitivas ciudades.
Entre las casas de raza, que forman calles y conservan en el interior la disposición y costumbres de la habitación aldeana, hay un puñado de edificios religiosos que poseen estilo. Desde este momento constituyen estos templos el centro y asiento de la historia del arte e irradian su forma sobre las plazas, las fachadas, las habitaciones. De los castillos habrán salido, sin duda, los palacios públicos y las casas patricias; del Palas, del pórtico de los hombres, habrán resultado los edificios de gremios y municipios; pero ninguna de estas construcciones tiene estilo; todas reciben y sustentan el estilo como de fuera. La burguesía verdadera no tiene ya la energía morfogenética de la religión primitiva. Aun puede desenvolver el ornamento, pero ya no es capaz de crear el edificio como ornamento. A partir de este instante, con la ciudad ya hecha y madura, la historia del arte se divide en las historias de las artes particulares. El cuadro, la estatua, la casa, son ahora objetos particulares a los que se aplica el estilo. La iglesia misma es ya una casa de éstas. Una catedral gótica es un ornamento. Una iglesia barroca es un edificio cubierto de ornamentación. El estilo jónico y el estilo barroco del siglo XVI preparan lo que el orden corintio y el rococó terminan. Aquí ya se han separado definitivamente la casa y el ornamento; y ni aun las obras maestras entre las iglesias y conventos del XVIII pueden negar ya que todo este arte se ha hecho profano, es decir, se ha convertido en puro adorno. Con el Imperio, el estilo desciende más todavía y se torna simple buen gusto; y al final de este período la arquitectura es ya un arte industrial. Con esto se extingue al fin el idioma de expresión
ornamental
y la historia del arte llega a su término. La casa aldeana, empero, con su inmutable
forma racial, prosigue su vida.
9
Si
se prescinde de la expresión racial de la casa, se advierte al punto que es enormemente
difícil aproximarse a la esencia de la raza. No me refiero a la esencia íntima, al alma,
que de ella nos habla elocuente y clarísimo nuestro sentimiento y todos sabemos a primera
vista lo que es un hombre de raza.
Pero
¿cuáles son para nuestros sentidos, sobre todo para nuestros ojos, las notas por las
cuales conocemos y distinguimos las razas? Sin duda, pertenece esto a la fisiognómica,
como la clasificación de los idiomas pertenece a la sistemática. Pero ¡cuántas cosas
deberíamos tener a la vista y nos faltan, sin embargo! ¡Cuántos rasgos perdidos en la
muerte, desaparecidos para siempre en la putrefacción! Un esqueleto único resto
que en el mejor de los casos queda del hombre prehistórico no nos dice nada, en
comparación con lo que nos deja ignorar.
La
prehistoria, con ingenuo celo, se halla siempre dispuesta a leer en una quijada o en un
húmero increíbles noticias. Piénsese, empero, en uno de los grandes cementerios del
norte de Francia; sabemos que hay en él enterrados hombres de todas las razas,
blancos y de color, aldeanos y urbanos, jóvenes y hombres maduros. Pero si en el futuro
se ignora esto, es indudable que una investigación antropológica no habrá de
descubrirlo. Es, pues, posible que en una comarca transcurran grandes sucesos de carácter
racial, sin que los investigadores adviertan lo más mínimo en los esqueletos de las
tumbas. La expresión reside, por tanto, sobre todo en el cuerpo viviente; no en la
estructura de las partes, sino en su movimiento; no en la calavera, sino en el gesto. Y,
sin embargo, ¡cuántas expresiones de raza escapan a los sentidos más perspicaces del
hombre actual! ¡Cuántas cosas que ni vemos ni oímos! ¡Cuántas para las cuales
carecemos de órganos perceptores, a diferencia de muchas especies animales!
La
ciencia de la época darwinista se ha planteado el problema en forma harto sencilla. El
concepto con que trabaja es mezquino, grosero, mecánico. Comprende, en primer término,
una suma de notas muy aparentes que pueden ser comprobadas en los hallazgos anatómicos,
es decir, en el cadáver. No se alude siquiera a la observación del cuerpo vivo. En
segundo término, búscanse tan sólo aquellos caracteres que se imponen a los menos
perspicaces y aun ello solamente por cuanto pueden ser medidos y contados. El microscopio
decide, no el sentimiento del ritmo. Si a veces se considera el lenguaje como carácter
distintivo, nadie piensa en que las razas humanas se distinguen por el modo de hablar
y no por la estructura gramatical del idioma, que es un trozo de anatomía y de
sistema. Nadie todavía ha comprendido que uno de los más importantes problemas de la
investigación podría ser el de esas razas del habla.
En
realidad, todos hemos comprobado en nuestra experiencia diaria, como conocedores de
hombres, que el modo de hablar es uno de los más significativos rasgos raciales del
hombre actual. Los ejemplos son innumerables y todo el mundo los conoce en abundancia. En
Alejandría, un mismo idioma, el griego, era hablado de muy distintas maneras, según la
raza.
Todavía
hoy lo notamos en la forma de escribir los textos. En Norteamérica todos los naturales
del país se expresan lo mismo, ya sea inglés, ya alemán o incluso indio lo que estén
hablando. ¿Cuáles son los rasgos raciales imputables al paisaje, en el habla de los
judíos del Oriente europeo, esto es, los rasgos del habla rusa comunes a los judíos y
los rusos? ¿Cuáles son, en cambio, los rasgos raciales imputables a la sangre, esto es,
los que pertenecen a los judíos todos, al hablar sus «idiomas maternos» de Europa,
independientemente de la comarca en que habitan? ¿Qué modos son los suyos de silabear,
acentuar y construir?
Pero
la ciencia no ha advertido siquiera que la raza de las plantas no es lo mismo que la raza
de los animales. Las plantas arraigan en la tierra. Los animales se mueven. Con el
elemento microcósmico de la vida aparece un grupo de rasgos nuevos que es decisivo para
los animales. Los científicos no ven tampoco que «las razas humanas», dentro de la
unidad de la raza «hombre», son a su vez conceptos nuevos. Nos hablan de
adaptación y herencia, desvirtuando asi por un encadenamiento causal, mecánico, de
rasgos superficiales, lo que es expresión de la sangre y poderío del suelo sobre la
sangre, arcanos que no podemos ver ni medir, pero que sentimos, vivimos y leemos en los
ojos de nuestros semejantes.
Ni
siquiera se han puesto de acuerdo los científicos sobre el rango relativo de esos signos
superficiales. Blumenbach clasifica las razas por las formas del cráneo; Federico
Müllermuy a la alemanapor los cabellos y la estructura del idioma;
Topinardmuy a la francesapor el color de la piel y la forma de la nariz;
Huxleymuy a la inglesahace una clasificación, por decirlo así, deportiva,
que en si misma seria, sin duda alguna, bastante adecuada. Pero un buen caballista
replicaría que con términos científicos no se llega nunca a definir las cualidades de
una raza. Esas filiaciones de razas tienen todas tan poco valor como las filiaciones que
toma la Policía para demostrar sus conocimientos teóricos acerca del hombre.
Es
bien claro que nadie tiene idea de lo que hay de caótico en el conjunto expresivo del
cuerpo humano. Sin contar el olor, que, para los chinos, por ejemplo, constituye una nota
característica de la raza; sin contar el sonido, que en el habla, y sobre todo en la
risa, ofrece al sentimiento hondas diferencias, inaccesibles a los métodos científicos,
la imagen visual es tan rica, tan colmada de particularidades visibles y, por decirlo
así, sensibles para la mirada profunda, que es inútil pensar siquiera en reducirlas a
unos cuantos puntos de vista. Y todos esos aspectos y rasgos de la imagen son
independientes unos de otros y tienen cada uno su propia historia. Hay casos en que el
esqueleto y, sobre todo, la forma del cráneo varía completamente sin que se altere la
expresión de las partes carnosas, esto es, del rostro. Hermanos de una y la misma familia
pueden muy bien presentar casi todas las notas diferenciales de Blumenbach, Müller y
Huxley, y, sin embargo, ser idéntica su expresión viva de raza para cualquier
observador. Más frecuente todavía es que los cuerpos de dos hombres tengan idéntica
estructura, siendo totalmente distinta su expresión viviente. Bastará recordar la enorme
diferencia que existe entre una raza genuinamente aldeana, como los frisones o los
bretones, y las razas genuinamente urbanas [92]. Pero a la energía de la sangre, que
imprime siglo tras siglo idénticos rasgoslos rasgos de familiay al poder del
suelo «caracteres locales»hay que añadir esa fuerza cósmica misteriosa
que enlaza en un mismo ritmo a los que conviven estrechamente unidos. Los llamados
«antojos» de las embarazadas no son mas que una particularidad poco importante de uno de
los más profundos y enérgicos principios morfogenéticos de toda raza. Todo el mundo ha
observado que los cónyuges, tras larga e intima convivencia, llegan a parecerse uno a
otro de modo extraordinario. Sin embargo, la ciencia, con sus mediciones y cómputos,
consigue quizás «demostrar» lo contrario. Nunca se exagerará bastante la energía
morfogenética de ese ritmo vital, de ese fuerte sentimiento intimo de la percepción del
tipo propio. El sentido de la belleza de la razapor oposición al atractivo
consciente que en los hombres urbanos ejercen los rasgos de la belleza individual y
espirituales mucho más fuerte en los hombres primitivos y por eso mismo les pasa
desapercibido. Pero ese sentimiento contribuye a la génesis de la raza. Es
indudable que ha determinado el ideal corpóreo del guerrero y del héroe, en las
tribus nómadas, de manera que no sería absurdo hablar del tipo racial del normando o del
ostrogodo. Lo mismo sucede en toda nobleza rancia, que siente con intimidad y fuerza su
carácter unitario y por lo mismo llega inconscientemente a constituirse un ideal
corpóreo. El compañerismo cría razas. La nobleza francesa y la nobleza rural alemana
son términos que designan realidades raciales. Esto precisamente es lo que ha creado el
tipo del judío europeo, tipo de enorme energía racial, con mil años de existencia en el
Ghetto. Esto es lo que una y otra vez convertirá en raza a toda la población, que, para
vivir su sino, se una por largo tiempo en estrecha unión espiritual. Dondequiera que
existe un ideal de razay tal ha sido el caso en toda
altura
primitiva, en la védica, en la homérica, en la época caballeresca de los
Staufenactúa poderosa la aspiración de una clase dominadora hacia ese ideal, la
voluntad de ser asi y no de otro modo; y esa aspiración, esa voluntad, independientemente
de la elección de las mujeres, consigue realizar al fin el ideal anhelado. Además, hay
que tener en cuenta un aspecto aritmético de la cuestión, aspecto que no ha sido
suficientemente considerado. Cada uno de los hombres que hoy viven, tiene hacia el año
1300 un millón de antepasados y hacia el año 1000 mil millones. Este hecho significa que
todo alemán de hoy tiene parentesco de sangre con todo europeo de las Cruzadas y que,
cuanto más se estrechan los límites territoriales, más se intensifica ese parentesco,
de manera que la población de un país, en el decurso de unas veinte generaciones, se
convierte en una sola familia. Como la voz y elección de la sangre corre por las
generaciones uniendo a los ejemplares de la raza, deshaciendo y rompiendo matrimonios,
venciendo con astucia o violencia todos los obstáculos de la moral, asi también ese
hecho da lugar a innumerables acopiamientos que, por modo inconsciente, cumplen la voluntad
de la raza.
Tales
son los rasgos primarios, los rasgos vegetativos de la raza, los que constituyen la «.fisonomía
de la cosan, prescindiendo por ahora del movimiento, los que no sirven para
diferenciar el cuerpo animal vivo del cuerpo animal muerto, los que han de estar impresos
incluso en las partes más rígidas del cuerpo. Hay, sin duda, cierta homogeneidad entre
la línea de una encina o de un chopo italiano y la línea de un hombre «esbelto»,
«grácil», «espigado». Igualmente el perfil dorsal de un dromedario y el dibujo
de una piel de tigre o de cebra constituye una nota racial de carácter vegetativo. A este
aspecto
pertenecen
también los efectos de ciertos movimientos que la naturaleza realiza con un ser o en un
ser. Un abedul y un niño, que se mecen al viento, un roble con su copa extendida, el
vuelo pacifico o el giro angustioso de los pájaros en la tormenta, todo esto pertenece al
aspecto vegetativo de la raza.
Pero
¿de qué parte se ponen estas notas cuando se trata de la lucha entre la sangre y el
suelo, aspirando ambas a producir la forma interna de una especie «transplantada» de
animales u hombres? ¿Qué hay de vegetativo en la figura del alma, de las costumbres, de
la casa?
El
cuadro varia por completo si consideramos la impresión que produce el elemento puramente
animal. Si recordamos la diferencia entre la existencia vegetativa y la vigilia animal,
veremos que no se trata aquí de la vigilia misma y su idioma, sino que aquí lo cósmico
y lo microcósmico forman un cuerpo dotado de libre movimiento, un microcosmos relacionado
con un macrocosmos, un ser cuya vida y actividad independientes poseen una expresión
propia, que emplea en parte los órganos de la vigilia y, como sucede en los corales,
desaparece en gran parte con la movilidad misma.
Si
la expresión racial de la planta consiste sobre todo en la fisonomía de la cosa, en
cambio la expresión animal reside en la fisonomía del movimiento, esto es, en la
figura moviéndose, en el movimiento mismo y en la forma de los miembros, por cuanto
éstos manifiestan el sentido del movimiento. Un animal dormido nos revela muy pocos
rasgos de expresión racial; menos aún el animal muerto, cuyas partes inquiere
científicamente el investigador y casi ninguno el esqueleto de un vertebrado. Por eso en
los vertebrados las articulaciones son más expresivas que los huesos; por eso también en
las masas de los miembros es donde se halla propiamente la expresión y no en las
costillas ni en los huesos del cráneocon excepción tan sólo de la mandíbula,
cuya estructura revela el carácter de la alimentación animal, mientras que la nutrición
de la planta es un simple proceso natural; por eso, en fin, el esqueleto de
los insectos, que envuelve el cuerpo, es más expresivo que el esqueleto de los pájaros,
que lo sustenta. Los órganos de la membrana germinativa externa son los que
principalmente y con creciente energía almacenan la expresión racial; no los ojos, con
su color y su forma, sino la mirada, la expresión del rostro, la boca que;
gracias a la costumbre de hablar, contiene la expresión de la inteligencia; no, pues, el
cráneo, sino la «cabeza», con las líneas formadas por la carne, la cabeza toda que
llega a ser propiamente el asiento de la parte no vegetativa de la vida. Pensemos en el
fin que se proponen los que crían orquídeas o rosas y los que crían caballos o perros;
pensemos en el fin que nos propondríamos de preferencia al criar una especie o tipo de
hombre. Pero esa fisonomía resultarepitámoslo no de la forma matemática de
las partes visibles, sino única y exclusivamente de la expresión del movimiento. Y si
bien es cierto que reconocemos a primera vista la expresión racial de un hombre inmóvil,
esto obedece a que nuestros ojos poseen una dilatada experiencia y perciben en los
miembros el movimiento correspondiente. La verdadera forma racial de un bisonte, de una
trucha, de un águila real no se reproduce por definición de contornos y masas. Y esas
formas de raza no habrían ejercido nunca tan hondo atractivo sobre los artistas si el
secreto de la raza no fuese algo que sólo se revela al alma en la obra de arte, algo que
la simple imitación de la imagen visual no alcanza nunca a manifestar. Hay que contemplar
y sentir la enorme energía vital que se concentra en la cabeza y nuca, que nos habla en
los rojizos ojos, en el breve cuerno torcido, en el pico del águila, en el perfil del ave
de rapiña. Ningún idioma verbal podría comunicar eso valiéndose de recursos
intelectuales. Sólo el idioma del arte es capaz de expresarlo.
Pero
las notas características de las especies animales más nobles nos aproximan ya al
concepto de raza humana. Este concepto introduce en el tipo hombre diferencias que
trascienden de los elementos vegetativos y animales, diferencias que por ser espirituales
eluden más fácilmente aún los métodos científicos. Los caracteres groseros del
esqueleto no tienen ya significación propia, independiente. Retzius (+ 1860) refutó ya
la opinión de Blumenbach, según la cual la raza coincide con la forma del cráneo. Y J.
Ranke resume los resultados de su estudio en las siguientes palabras; «Todas las formas
de cráneos que se dan en la humanidad pueden encontrarse en cualquier pueblo y a veces
hasta en una misma aldea; hay una mezcla de las diferentes formas de cráneo, en que los
tipos extremos se hallan entre si unidos por una serie de formas intermedias» [93]. Sin
duda, cabe determinar formas fundamentales ideales; pero hay que recordar siempre que son
justamente formas ideales y que, a pesar de los métodos objetivos de medición, es el
capricho el que traza en esto los limites y divisiones verdaderas. Más importancia que
todos los ensayos realizados para descubrir un principio ordenador tiene el hecho de que
dentro de la especie humana se den todas esas formas, desde la primitiva época glacial
hasta hoy, sin haber variado sensiblemente y aparezcan mezcladas hasta en los miembros de
una misma familia. El único resultado seguro de la ciencia es la observación de Ranke,
cuando dice que colocando las formas craneanas en series, con sus transiciones
respectivas, resultan ciertas cifras medias, las cuales caracterizan, no la «raza», sino
la comarca.
En
realidad, la expresión racial de una cabeza humana es compatible con cualquier forma de
cráneo. Lo decisivo no son los huesos, sino la carne, la mirada, el gesto y ademán.
Desde la época romántica viene hablándose de una raza indogermánica. Pero ¿existen cráneos
arios y semitas? ¿Es posible distinguir los cráneos celtas y los cráneos francos o aun
sólo los de los buros y los de los cafres? Si esto no es posible, ¿cómo hacer entonces
una historia de las razas humanas, ya que la tierra no nos ha conservado más datos que
los huesos de las tumbas?
Hay
un medio radical para convencerse de lo poco que significa el esqueleto en eso que los
hombres superiores llaman raza.
Elíjanse
hombres que presenten notorias diferencias de raza y obsérvense todos a los rayos X. El
observador que esté pensando en la idea de la «raza», sentirá de seguro una impresión
ridicula y desconcertante, viendo a la luz de los rayos X que la «raza», de pronto, ha
desaparecido por completo.
Y
lo poco que en el esqueleto queda de característico es insistamos sobre
elloun producto del suelo y no una función de la sangre. Elliot Smith, en Egipto, y
von Luschan, en Creta han estudiado el enorme material óseo de las tumbas desde la edad
de la piedra hasta hoy. Por estas comarcas han pasado innumerables corrientes humanas,
desde los «pueblos marítimos» de mediados del milenio segundo antes de Jesucristo,
hasta los árabes y los turcos. Sin embargo, el esqueleto medio ha permanecido invariable.
Las «razas» resbalaron, por decirlo asi, en forma de carne sobre la osatura, inalterable
producto del suelo. En la región alpina viven hoy «pueblos» germánicos, románicos y
eslavos de las más distintas procedencias; y basta con mirar hacia atrás para descubrir
en estas regiones otras muchas tribusentre ellas etruscos y hunos.
Sin
embargo, el esqueleto es siempre el mismo y no cambia hasta que llegamos a las tierras
bajas, en donde las nuevas formas que aparecen son igualmente permanentes. Por eso ninguno
de los famosos descubrimientos de huesos prehistóricos, desde el cráneo
neandertalense hasta el «homo aurignacensis», demuestra nada respecto de la raza
y las migraciones raciales del hombre primitivo. Prescindiendo de ciertas conclusiones que
por las mandíbulas pueden sacarse acerca de la alimentación de aquellos hombres, los
esqueletos prehistóricos presentan la forma fundamental del país, lo que hoy todavía se
encuentra en la región.
Esta
misma fuerza misteriosa del suelo puede rastrearse en todo ser vivo, tan pronto como se
aplican, para descubrirla, características independientes de los métodos groseros de la
época darwinista. Los romanos introdujeron la viña en la región del Rin. Esta planta se
ha desarrollado en esta región sin sufrir cambios visibles, es decir, sin alteraciones
botánicas.
Sin
embargo, la «raza» propia de la vid renana puede determinarse por otros medios. Existe
una diferencia notoria, no sólo entre los vinos del Norte y los del Sur, no sólo entre
los del Rin y los del Mosela, sino hasta entre los de los diferentes pagos.
Otro
tanto puede decirse de la fruta, del te, del tabaco. Ese aroma, genuino producto del
paisaje, pertenece a las notas raciales que no pueden medirse y que son, por lo tanto, las
más significativas. Las nobles razas de hombres se diferencian por los mismos medios
espirituales que los vinos nobles. Hay un elemento idéntico, accesible tan sólo a las
sensibilidades delicadas, un leve aroma que en todas las formas y bajo todas las culturas
enlaza en Toscana a los etruscos con el Renacimiento y a orillas del Tigris a los sumerios
de 3000 con los persas de 500 y con los otros persas de la época islámica.
Pero
la ciencia, con sus medidas y sus pesadas, no puede llegar a tales finezas. El sentimiento
las percibe con inequívoca certidumbre a primera vista. Pero la contemplación erudita no
las ve. Llegamos, pues, a la conclusión de que la raza, como el tiempo y el sino, es algo
decisivo en todos los problemas de la vida, algo que cualquier hombre percibe con claridad
y distinción, mientras no intenta comprenderlo, sometiéndolo a la ordenación y
análisis intelectual, que anulan el alma. Raza, tiempo y sino son términos que viven
conexos. Pero desde el momento en que el pensamiento científico se acerca a ellos, cambia
al punto su sentido; la voz tiempo adquiere el significado de dimensión; la voz sino el
de enlace causal; y la raza, que hasta hace poco percibíamos aún con infalible tino, se
convierte en una inextricable maraña de notas diferentes que van y vienen desordenadas
por comarcas, tiempos, culturas, tribus.
Algunas
de esas notas arraigan en una tribu y con ella emigran; otras se deslizan sobre una
población como las sombras de las nubes; otras, en fin, cual genios de la comarca, se
apoderan de todo el que se establece en el lugar. Unas se excluyen; otras se buscan. Es,
pues, imposible hacer una firme clasificación de las razasambición suprema de toda
etnología. Intentarlo tan sólo es ya contradecir a la esencia de la raza. Todo
ensayo sistemático, en este punto, constituye una falsificación inevitable y supone el
desconocimiento del objeto. La raza es, por oposición al idioma, algo enteramente
asistemático. En última instancia, cada hombre y cada momento de la existencia tienen su
raza propia. Por eso la única manera de acercarse al aspecto totémico de la vida es el
tacto fisiognómico y no la clasificación.
10
El
que quiera penetrar en la esencia del idioma, deje a un lado todas las investigaciones
eruditas y observe cómo el cazador habla con su perro. El perro sigue el dedo extendido;
escucha atento el timbre de las palabras y luego menea la cabeza: no comprende esa especie
de idioma humano. En seguida hace un par de frases para indicar su concepción, se
detiene y ladra: esto, en su lenguaje, constituye una frase que encierra la pregunta de si
era eso lo que el amo quiso decir. Viene luego, expresada también en lenguaje canino, la
alegría de comprender que había entendido bien. De la misma manera intentan entenderse
dos hombres que no poseen en común realmente ni un solo idioma verbal. Cuando un
cura de aldea tiene que explicar algo a una labradora, la mira con ojos penetrantes, e
involuntariamente expresa con sus gestos y ademanes lo que la labradora no podría
entender si lo oyera decir en términos eclesiásticos. Los idiomas verbales de hoy no
pueden producir la mutua comprensión sino por su enlace con otras especies idiomáticas.
Nunca, en ninguna parte han sido empleados en si y por si solos.
Si
el perro quiere algo, agita la cola y se impacienta de que el amo sea tan tonto que no
comprenda este idioma tan claro y expresivo. Lo completa entonces con el idioma
sonoroladrandoy finalmente con el idioma de los gestosrepresentando una
escena. El hombre aquí es el necio, que todavía no ha aprendido a hablar.
Por
último, sucede algo muy notable. Cuando el perro ha hecho todo lo posible para comprender
los diferentes idiomas de su amo, se detiene de pronto delante de él y hunde la mirada en
sus ojos. Verificase en este instante un proceso misterioso: el yo y el tú entran
inmediatamente en contacto. La «mirada» salta los linderos de la conciencia vigilante.
La existencia se comprende sin necesidad de signos. El perro aquí hace lo que el
conocedor de hombres, que clava la mirada en el adversario para penetrar, tras las
palabras, en el núcleo esencial, íntimo, del que las pronuncia.
Todos,
sin saberlo, hablamos hoy aún esos idiomas. El niño habla mucho antes de haber aprendido
a pronunciar la primera palabra; las personas mayores hablan con los niños sin pensar
para nada en la significación habitual de las palabras; lo cual quiere decir que los
sonidos sirven aquí como de un idioma distinto del idioma verbal. Y esos otros idiomas
también tienen sus grupos y dialectos. Pueden aprenderse, dominarse y ser mal entendidos.
Son para nosotros tan indispensables, que el idioma verbal resultaría ineficaz si
intentásemos
emplearlo
solo, sin completarlo y robustecerlo por los idiomas del sonido y de los gestos. La
escritura misma, que es el lenguaje verbal de los ojos, sería casi ininteligible sin los
gestos de la puntuación.
El
error capital de la lingüística es confundir el lenguaje en general con el lenguaje
verbal humano; y aunque esta confusión no la comete la lingüística en teoría, es el
hecho que la comete regularmente en la práctica de sus investigaciones.
Esto
ha llevado a un desconocimiento completo de la multitud de lenguajes que se hallan en uso
general entre animales y hombres. La esfera de las lenguas es mucho más amplia de lo que
suponen los investigadores; y los idiomas verbalesque todavía no han llegado a
plena independenciaocupan en esa esfera un lugar mucho más modesto del que se cree.
Por lo que se refiere al «origen del lenguaje humano», el problema está mal planteado.
El idioma verbala él se refieren las indagaciones, con lo cual resultan
identificadas dos cosas que en realidad no son idénticasno nace en el sentido que
aquí se supone. No es ni primero, ni único. La importancia enorme que adquiere, a partir
de cierto momento, en la historia humana no debe engañarnos sobre su posición en la
historia de los seres en general capaces de movimiento. La investigación del lenguaje no
debe comenzar con el hombre.
Pero
también resultaría falsa la noción de un «comienzo del lenguaje animal». El habla
está tan íntimamente unida a la existencia viviente del animalpor oposición a la
existencia de la planta, que ni siquiera pueden imaginarse sin lenguaje los seres
monocelulares, aun cuando estén desprovistos de órganos sensibles. Ser un microcosmos en
el macrocosmos es poder comunicarse con los demás. No tiene sentido hablar de un comienzo
del idioma dentro de la historia animal. Pues es evidente que existe una pluralidad
de seres microcósmicos.
Pensar
en otras posibilidades es un simple juego. Las fantasías darwinistas sobre generación
primaria y primeros progenitores deben quedar relegadas para uso de los eternos
retrasados.
Pero
los enjambres, en donde vive siempre un sentimiento interno del «nosotros», son también
seres despiertos y aspiran a establecer entre si relaciones de conciencia vigilante.
La
vigilia es actividad en lo extenso, y actividad caprichosa.
Asi
se distinguen los movimientos de un microcosmos de la movilidad mecánica de una planta y
aun de los movimientos que realizan hombres y animales por cuanto son plantas, es decir,
cuando se encuentran en el estado del sueño. Observad la actividad nutritiva,
reproductiva, defensiva y ofensiva de los animales. Parte de ella consiste regularmente en
palpar el macrocosmos por medio de los sentidos, ya se trate de la sensibilidad
indiferenciada de los seres monocelulares, ya de la visión diferenciada de un ojo
perfectamente desarrollado. Hay aquí una clara voluntad de recibir impresiones: la
llamamos orientación. Pero, además, desde un principio se manifiesta también la,
voluntad de producir impresiones en los demás; se aspira a atraer, a repeler, a
aterrorizar otros seres. Esto es lo que llamamos expresión. Con la expresión está ya
dado el lenguaje, como actividad de la vigilia animal. A esto no se añade en lo
sucesivo nada que sea esencialmente nuevo. Los idiomas verbales de las civilizaciones
superiores no son otra cosa que refinadas elaboraciones de posibilidades, todas las cuales
se hallan comprendidas en el hecho de la impresión voluntaria que los seres monocelulares
producen unos sobre otros.
Pero
el fundamento de este hecho es el sentimiento humano del terror. La vigilia practica
separaciones en el elemento cósmico; la vigilia tiende un espacio entre lo aislado, lo
distinto. La sensación de soledad es la impresión primera del despertar diario. De aquí
el afán primario de juntarse al otro en medio de ese mundo extraño; de aquí la
tendencia a comprobar sensiblemente la proximidad del otro y a buscar con él un enlace
consciente. El tú resuelve, extingue el terror de la soledad.
El descubrimiento
del tú, que consiste en destacar sobre el mundo de lo extraño otro ser que es como
nuestro propio ser orgánico, psíquico, constituye el gran momento en la historia
primitiva del animal. Por eso hay animales. Observad con paciencia y atención el
mundo de una gota de agua al microscopio. Os convenceréis de que el descubrimiento del tu
y con él el del yo se ha verificado ya aquí en la forma más sencilla imaginable.
Esos pequeños seres no sólo conocen lo otro, sino también el otro; no
sólo tienen vigilia, sino también relaciones entre las distintas vigilias de unos y
otros; no sólo tienen expresión, sino también los elementos de un idioma de
expresión.
Recordad
la diferencia que hemos establecido entre los dos grandes grupos de idiomas. El idioma de
expresión considera al otro ser como un testigo y aspira tan sólo a producir en él una
impresión. El idioma de comunicación considera al otro ser como interlocutor y espera su
respuesta. Comprender significa recibir impresiones con e] propio sentimiento de la
significación; esta es la base del más alto idioma de expresión que tiene el hombre: el
arte[94]. Entenderse, dialogar, significa, empero, suponer en el otro el mismo sentimiento
de la significación. Llamamos motivo al elemento de un idioma de expresión ante
testigos. El dominio de los motivos es la base de toda técnica de la expresión. Por otra
parte, llamamos signo a la impresión producida sobre otro con el fin de
entenderse dos seres. El signo constituye el elemento de toda técnica de la comunicación
y, en el caso más elevado, de todo idioma verbal humano.
No
tenemos apenas idea de la extensión que ocupan esos dos mundos idiomáticos en la vigilia
humana. AI idioma de expresión, que en los tiempos primitivos aparece siempre con la
gravedad religiosa del tabú, pertenece no sólo la ornamentación rígida y pesada que
primitivamente coincide en absoluto con el concepto del arte y convierte todas las cosas
rígidas en sustentos de la expresión, sino también el ceremonial solemne que con sus
fórmulas recubre toda la vida pública y aun la vida familiar [95], y el «idioma del
traje»: vestidos,
tatuajes,
adornos, que poseen una significación uniforme. Los investigadores del siglo
pasado se esforzaron en vano por derivar el traje del pudor o de motivos finalistas. Para
comprenderlo bien hay que considerarlo como medio de un lenguaje de expresión. Lo es, en
efecto, de grandiosa manera en todas las civilizaciones y aun hoy. Basta recordar la
tiranía de la moda sobre la vida y tráfico públicos, los trajes de ritual que hay que
vestir en todos los actos y fiestas importantes, los matices varios en la indumentaria
social, el vestido de novia, el vestido de luto, el uniforme militar, el ornato
sacerdotal; recordad las condecoraciones e insignias, la mitra y la tonsura, la peluca y
el bastón, el polvo, los anillos, los tocados, las partes del cuerpo que significadamente
se cubren o se descubren, el traje de los mandarines y de los senadores, de las odaliscas
y de las monjas, la corte de Nerón, Saladino y Moctezuma, sin contar las particularidades
del traje popular y el lenguaje de las flores, de los colores, de las piedras preciosas. Y
no hay que citar el idioma de la religión, porque todo esto es religión.
Los
idiomas de comunicación, en los que no deja de participar ninguno de los modos
imaginables de sensación, han desarrollado poco a poco tres signos principales para los
hombres de las culturas superiores. Estos tres signos son la imagen, el sonido y el gesto,
que se han fundido en una unidad dentro del idioma escrito de la civilización occidental:
la unidad de la letra, la palabra y la puntuación.
En
el curso de esa larga evolución verificase al fin la distinción entre el idioma y
el habla, o tono. No hay en la historia del lenguaje otro proceso de mayor
importancia. Originariamente, todos los motivos y signos nacieron de la necesidad
momentánea y fueron destinados a llenar un solo acto de la actividad vigilante. Su
significación real, sentida, y su significación querida se confunden. El signo es el
movimiento y no la cosa movida. Pero tan pronto como se establece la separación entre una
provisión fija de signos y el acto viviente de emitir signos, la cosa varia por completo.
No sólo se distingue entonces entre la actividad y sus medios, sino también entre el medio
y su significación. La unidad de estos dos elementos cesa de ser evidente; más
aún, resulta imposible. El sentimiento de la significación es algo vivo y, como todo lo
que se relaciona con el tiempo y el sino, es singular e irrevocable. Ningún signo, por
conocido y habitual que sea, se repite nunca con la misma significación. Por eso
primitivamente no reaparecen nunca los signos con la misma forma. El reino de los signos
rígidos es algo absolutamente hecho, puramente extenso; no es un organismo, sino un
sistema que tiene su lógica propia, lógica mecánica, que introduce en la relación
entre dos seres la oposición inconciliable de espacio y tiempo, espíritu y sangre.
Esta provisión fija de signos y motivos, con supuesta significación fija, tiene que ser estudiada y ejercitada por el que quiere tomar parte en la correspondiente comunidad de conciencias despiertas. Al concepto de idiomaseparado del habla pertenece inevitablemente el concepto de escuela. La escuela se halla perfectamente elaborada entre los animales superiores; y en toda religión cerrada, en todo arte, en toda sociedad, constituye la base sobre la cual se adquiere la consideración de fiel, de artista o de hombre educado. Para ser miembro de una de estas comunidades hay que conocer su idioma, es decir, sus dogmas, sus costumbres, sus reglas. Ni en el arte del contrapunto ni en la religión católica bastan el sentimiento y la buena voluntad. Cultura significa una exaltación inaudita del idioma de las formas, tanto en profundidad como en rigor, exaltación que se verifica en todos los órdenes y constituye la cultura personal religiosa, moral, social, artísticadel individuo que pertenece a dicha comunidad. El individuo, pues, llena su vida con el ejercicio y la educación necesarios para esa vida culta. Por eso, en todas las artes mayores, en las grandes iglesias, misterios y órdenes, en la alta sociedad de las clases distinguidas, el dominio de la forma llega a una maestría que
constituye
uno de los prodigios de la humanidad. Pero encumbrada a la cima de sus exigencias, esa
maestría finalmente se destruye a sí misma. El término que indica esta quiebra interior
de todas las culturasdicho expresa o implícitamentees siempre el «retorno a
la naturaleza». Esa maestría, empero, se extiende también al idioma verbal. Junto a la
sociedad distinguida en la época de los tiranos griegos y de los trovadores, junto a las
fugas de Bach y a los vasos pintados de Exekias deben colocarse el arte oratorio de Atenas
y la conversación francesa, que suponen ambos, como todo arte, una convención rigorosa y
lentamente elaborada y, para el individuo, un largo y esforzado ejercicio.
Nunca
se exagerará bastante el alto valor metafísico que posee esa independización del idioma
rígido. La costumbre diaria del tráfico en formas fijas, el hecho de que la vigilia
entera se halle dominada por tales formas, que ya no son percibidas al punto mismo de
formarse, sino que existen simplemente e imponen la necesidad de su intelección, en el
sentido más riguroso de la palabra, todo esto trae consigo una separación cada vez más
aguda entre el comprender y el sentir. El habla primitiva es sentida y comprendida a un
tiempo mismo. En cambio, el uso de un idioma exige que los medios idiomáticos ya
conocidos sean recibidos por la sensibilidad; luego se verifica la intelección del
propósito o sentido que tienen, en este caso particular. El núcleo de toda
educación escolar consiste, pues, en la adquisición de conocimientos. Toda
iglesia manifiesta en voz alta y clara que no es el sentimiento, sino el saber, el que
proporciona los medios para la salvación. Todo arte auténtico se basa en el seguro
conocimiento de ciertas formas que el individuo ha de aprender y no inventar. El
«intelecto» es el saber pensado como entidad. Es lo que resulta extraño siempre al
elemento de la sangre, de la raza, del tiempo. La oposición del idioma rígido a la
sangre fluida, a la historia transeúnte, es el estímulo que provoca los ideales
negativos de lo absoluto, de lo eterno, de lo universalmente válido: los ideales de
iglesias y escuelas.
Síguese
de aquí, por último, que todos los idiomas son imperfectos y contradicen de continuo, en
su aplicación, el propósito inicial del habla. Puede decirse que la mentira ingresa en
el mundo cuando empieza a separarse el idioma del habla.
Los
signos son fijos, pero la significación no lo es. El hombre empieza por sentirlo, luego
lo sabe y por último se aprovecha de ello. Una experiencia remotísima nos ha enseñado
que a veces quiere uno decir algo y le «fallan» las palabras, o se expresa uno mal
diciendo en realidad cosa distinta de lo que pensaba, o se expresa uno bien y resulta mal
entendido. Finalmente, surge el arteextendido entre los animales, por ejemplo, los
gatosde emplear las palabras para ocultar los pensamientos. No se dice todo, o se
dice otra cosa. Se habla formulariamente para decir poco o entusiásticamente para no
decir nada. Otras veces se imita el lenguaje de otro. Algunas aves de rapiña imitan las
estrofas de las pequeñas aves cantoras para atraerlas. Es ésta una astucia corriente de
los cazadores; pero supone la existencia de motivos y signos fijos, como igualmente la
supone la imitación de viejos estilos artísticos o la falsificación de una firma. Y
todos esos rasgos, que encontramos en el porte, gesto y ademán como en la escritura y la
pronunciación, reaparecen asimismo en el idioma de toda religión, de todo arte, de toda
sociedad. Recordad los ejemplos del hipócrita, del beato, del hereje, el cant
inglés, el sentido adjetivo de las palabras diplomático, jesuíta, comediante, las
máscaras y precauciones de la buena educación y por último la pintura moderna, que es
toda falsedad y que en cada exposición nos ofrece las más variadas formas de expresión
mendaz.
No
se puede ser diplomático en un idioma que se balbucea.
El
que domina un idioma corre el peligro de convertir la relación entre los medios y la
significación en nuevo medio para otros fines. Asi nace el arte espiritual de jugar
con la expresión.
Los
alejandrinos y los románticos dominan este arte; por ejemplo: en la lírica, Teócrito y
Brentano; en la música, Reger; en la religión, Kirkegaard.
Finalmente,
el idioma y la verdad se excluyen [96]. Por eso en la época de los idiomas rígidos
adquiere todo su valor el tipo del conocedor de hombres, que es todo raza y sabe lo que
puede esperarse de un ser que habla. Leer en los ojos del interlocutor, reconocer al
sujeto tras el discurso o el tratado filosófico, calar el corazón tras la plegaria,
descubrir el rango social íntimo de la persona tras el atuendo de buen tono, y todo esto
conseguirlo inmediatamente, con la evidencia de lo cósmico, he aquí un imposible para el
hombre de tipo tabú, para el hombre que cree al menos en un idioma. Un sacerdote
que sea al mismo tiempo diplomático no será nunca un auténtico sacerdote. Un ético por
el estilo de Kant no es nunca un conocedor de los hombres.
La
mentira de las palabras se trasluce en los gestos indeliberados. La hipocresía de los
gestos se desenmascara en el tono.
Justamente
porque el idioma rígido separa los medios del fin, no consigue engañar la mirada del
buen conocedor. El buen conocedor lee entre líneas y cala a un hombre con sólo ver su
porte o su letra. Por eso la comunidad de almas, cuanto más profunda e intima es, más
prescinde de los signos, más anula las relaciones basadas en la vigilia inteligente. El
verdadero compañerismo se entiende con pocas palabras; la fe verdadera enmudece. El más
puro símbolo de una compenetración superior al idioma es el viejo matrimonio aldeano que
al atardecer se sienta delante de la casa y entabla una conversación muda. Cada uno de
esos dos seres sabe muy bien lo que el otro piensa y siente. Enmudece porque las palabras
servirían de estorbo. Esta mutua inteligencia silenciosa hunde sus raíces profundamente
en la historia primaria de la vida en movimiento, más allá todavía de las comunidades
animales. Por momentos llega casi a anular la conciencia despierta.
11
De
todos los signos rígidos ninguno ha llegado a ser tan fecundo en consecuencias como el
que, en su estado actual, designamos con el término de «palabra». Pertenece, sin duda,
a la historia del idioma humano. Pero la representación del «origen del idioma verbal»,
tal como ordinariamente se piensa y aplica, con todas las deducciones que de ella se
derivan, es tan absurda como la idea de un principio del idioma en general.
El
idioma no tiene un comienzo, porque está dado con la esencia misma del microcosmos y
contenido en ella. El idioma de palabras no tiene tampoco comienzo, porque supone ya otros
idiomas de comunicación muy perfectos, los cuales, tras lento desarrollo, llegan a un
estado en el que la palabra constituye un rasgo particular que poco a poco adquiere la
preponderancia.
Teorías
tan contrarias como la de Wundt y la de Jespersen [97] cometen el error de investigar el
lenguaje de palabras como algo nuevo y substantivo, lo que les conduce a una psicología
completamente errónea. El idioma verbal es en verdad algo muy tardío y diferenciado,
último retoño en el tronco de los idiomas sonoros y no tallo joven y primerizo.
En
realidad no existe un idioma puramente verbal. Nadie habla sin emplear, además de las
palabras rígidas, otras formas de lenguaje como el acento, ritmo y gesto; y estas formas
no verbales, mucho más primitivas, han ido perdiendo importancia con el uso del idioma
verbal. Sobre todo hay que precaverse contra la idea de que el reino de los actuales
idiomas verbales, muy complicado en su estructura, constituye una unidad interior, con
historia uniforme. Cada uno de los idiomas verbales que conocemos posee muchos y muy
diferentes aspectos, y cada uno de éstos tiene su propio sino en el curso de la historia.
No hay sensación que haya sido insignificante para la historia del uso de las palabras.
Hay que distinguir también muy estrictamente entre el lenguaje de sonidos y el lenguaje
de palabras. El primero es usual entre las especies animales, aun las sencillas. El
segundo es fundamentalmente distinto, y aunque esta diferencia se refiere a rasgos
aislados, éstos son sin duda los más importantes. En todo lenguaje sonoro de los
animales hay que distinguir también entre los motivos de expresióngritos en la
época del celoy los signos de comunicacióngritos de avisoy esta
distinción es de seguro válida también para las palabras más primitivas. Ahora bien;
el lenguaje de palabras, ¿ha nacido como idioma de expresión o como idioma de
comunicación? ¿Fue en sus estados primitivos relativamente independiente de los idiomas
visibles, no sonoros, como el gesto, el ademán? A tales preguntas no es posible dar
contestación, porque no tenemos la menor idea de las formas primitivas de la «palabra».
La lingüística es harto ingenua al establecer conclusiones sobre el origen de las
palabras, basándose en lo que hoy llamamos idiomas primitivos, los cuales no son sino
imperfectas formas de estados lingüísticos muy tardíos ya y desenvueltos. La palabra,
en esos idiomas, es un medio ya fijo, muy evolucionado y evidente. Y justamente estas
cualidades son inaplicables a eso que se llama «origen».
Llamo
nombre al signo con el cual se inicia, sin la menor duda, la posibilidad de que los
futuros idiomas verbales se separen de los idiomas sonoros animales. Y entiendo por nombre
una forma sonora que sirve para señalar en el mundo circundante algo que es sentido como
un ente. Este ser asi nombrado se transforma entonces en numen. ¿Cómo eran estos
primeros nombres? Es inútil pensar siquiera en ello. Ninguno de los idiomas humanos, que
nos son accesibles, nos ofrece base para inferirlo. Pero, contrariamente a lo que cree la
investigación moderna, estimo que lo decisivo en este punto es lo siguiente: no se trata
aquí de una variación en la laringe ni de una especial manera de formar el sonido, ni de
nada fisiológicoque en realidad es carácter de raza; ni tampoco se trata de
una exaltación de la capacidad expresiva de los medios significantes, como, por ejemplo,
el tránsito de la palabra a la frase (H. Paul) [98], sino de una profunda transformación
del alma.
Con
el nombre surge un nuevo modo de contemplar el mundo.
Si
en general el habla nace del terror, del insondable miedo a los hechos de la
vigiliamiedo que empuja a los seres a unirse y a querer recibir impresiones
demostrativas de la proximidad de otros seresentonces en este momento el terror
adquiere una forma poderosamente sublimada. El nombre nos pone en contacto, por decirlo
asi, con el sentido de la vigilia y el origen del terror. El mundo ahora no
solamente existe, sino que hace sensible su arcano. Por encima de todo fin de expresión o
de comunicación, el nombre se aplica a cuanto es misterioso. El animal no conoce
el misterio. Nunca podremos representarnos en toda su extensión la solemnidad y
veneración con que hubieron de verificarse las denominaciones primarias. El nombre no
debe ser pronunciado a cada instante. Hay que mantenerlo secreto. En el nombre reside una
potencia peligrosa. Con el nombre queda dado el paso de la física diaria del animal a
la metafísica del hombre. Esta fue la mayor peripecia en la histeria del alma
humana. La teoría del conocimiento suele juntar el idioma y el pensamiento, y en efecto,
si consideramos los idiomas que actualmente nos son accesibles, esta unión es justa. Pero
yo creo que se puede penetrar más en lo profundo: con el nombre aparece la religión determinada,
la religión propiamente dicha, dentro de una informe y general veneración religiosa. La
religión en este sentido significa el pensamiento religioso. Es la nueva índole
de la intelección creadora, separada de la sensación. Con giro muy significativo decimos
que «meditamos sobre algo». La intelección de las cosas nombradas indica la
formación de un mundo superior que se cierne sobre todo ser sensible, en
claro simbolismo y referencia a la posición de la cabeza, que el hombre siente a veces
con dolorosa claridad, como el hogar de sus pensamientos. Ese mundo propone un fin al
sentimiento primario del terror y abre perspectivas de liberación. Todo pensamiento
filosófico, erudito, científico, de las épocas posteriores, depende hasta en sus
últimos fundamentos de ese pensamiento religioso primigenio.
Debemos
representarnos los primeros nombres como elementos aislados en la provisión de signos de
que disponen los idiomas de sonidos y de ademanes, cuando han llegado ya a un gran
desarrollo. Ya no tenemos idea de la capacidad expresiva que hubieron de poseer esos
idiomas de sonidos y ademanes; porque el idioma de palabras ha reducido a su dependencia
todos los demás recursos, imponiéndoles su propia evolución [99].
Pero
cuando el nombre hubo iniciado la gran transformación y espiritualización en la técnica
de la comunicación, quedó afirmada al propio tiempo la supremacía de la vista sobre los
demás sentidos. Desde este instante el hombre vive despierto en un espacio luminoso; su
experiencia de la profundidad es una irradiación de la vista hacia los focos de luz y los
obstáculos luminosos; el hombre siente su yo como un centro en el espacio luminoso. La
alternativa entre lo visible y lo invisible domina toda esa intelección en que aparecen
los primeros nombres.
Los
primeros numina fueron quizá aquellas cosas del mundo luminoso que sentimos,
oímos, observamos en sus efectos, pero no vemos. El grupo de los nombres, como
todo lo que en el acontecer cósmico hace época, hubo de sufrir una rápida y poderosa
elaboración. El mundo entero de la luz, en donde cada cosa posee las propiedades de
posición y duración, fue muy pronto caracterizado, con todas las oposiciones entre causa
y efecto, cosa y propiedad, cosa y yo, merced a numerosos nombres que afirmaban en la
memoria dicha caracterización.
Pues
lo que hoy llamamos memoria es la facultad de conservar para la intelección, por medio
del nombre, las cosas nombradas.
Sobre
el reino de las cosas vistas y entendidas se forma un reino más espiritual de
denominaciones que comparten con el primero la propiedad lógica de ser puramente extenso,
de estar ordenado en polaridades y dominado por el principio de causalidad. Todas las
formas verbales que nacen mucho más tarde los casos, los pronombres, las
preposicionestienen un sentido causal o local respecto de las unidades nombradas.
Los adjetivos y los verbos nacieron muchas veces en parejas contrapuestas. Sucede muchas
vecescomo el idioma ewe estudiado por Westermann que al principio la misma
palabra, según se pronuncie bajo o alto, significa grande o pequeño, remoto o próximo,
pasivo o activo. Más tarde, este residuo del idioma de gestos se disuelve en la forma
verbal, como claramente se ve en las palabras griegas mikrñw; (grande) y makrñw,
(pequeño)
y en las U egipcias, usadas para indicar la pasividad. La manera de pensar por oposiciones
parte de las parejas de palabras opuestas y constituye el fundamento de toda la lógica
inorgánica, haciendo consistir toda investigación de verdades científicas en un
movimiento por oposiciones de conceptos, en las cuales siempre la predominante es la
oposición entre la creencia viejaerrory una creencia nuevaverdad.
La
segunda gran transformación consiste en el nacimiento de la gramática. Al nombre
se añade la frase. Al signo verbal se adiciona el enlace de las palabras. Y entonces la
reflexión que es el pensar en relaciones de palabras después de haber percibido
algo que posee designación verbalse convierte en la actividad determinante de la
conciencia humana despierta.
Vano
problema es el de si los idiomas de comunicación contenían ya verdaderas «frases»
antes de la aparición de nombres auténticos. La frase, en el sentido actual, se
ha desenvuelto, sin duda, por condiciones propias y con épocas peculiares dentro de
dichos idiomas. Pero presupone la existencia de nombres.
La
mutación espiritual que se verifica al aparecer los nombres es la que hace posible las
frases como relaciones de pensamientos. Y hemos de admitir que en los idiomas sin
palabras, cuando estuvieron muy desarrollados, el uso continuo fue convirtiendo los rasgos
primeros uno tras otro en formas verbales, incorporándolos así a una trama más o menos
cerrada, trama que constituye la forma primaria de los idiomas actuales. La estructura
interna de todos los idiomas verbales se sustenta, pues, sobre otras estructuras mucho
más antiguas y no depende, en su posterior formación, del vocabulario y los
destinos sufridos por éste. Lo contrario es justamente el caso.
La
construcción gramatical hace que el grupo originario de los nombres aislados se
convierta en un sistema de palabras, cuyo carácter queda determinado no ya por su
sentido propio, sino por su sentido gramatical. El nombre, cuando aparece, aparece por si
solo como algo nuevo. Pero las distintas especies de palabras nacen como partes de la
oración. Y entonces los contenidos de la conciencia despierta acuden en muchedumbre
incalculable, requiriendo ser representados en ese mundo de palabras. Hasta que, al fin,
«todo» se torna en cierto modo «palabra» para la reflexión.
La
frase es entonces ya lo decisivo. Hablamos por frases y no por palabras. Infinitos ensayos
se han hecho para definir ambas cosas y ninguno ha logrado lo que se proponía. Según F.
N. Finck [100], la formación de las palabras es una actividad analítica y la formación
de las frases una actividad sintética del espíritu, siendo la primera anterior a la
segunda. Resulta que la realidad percibida puede ser entendida de muy distintas maneras y
que, por lo tanto, las palabras pueden ser delimitadas desde muy distintos puntos de
vista. Según la definición habitual, la frase es la expresión verbal de un pensamiento.
Según H. Paul, la frase es un símbolo para el enlace de varias representaciones
en el alma del que habla. Todas estas definiciones se contradicen. Me parece completamente
imposible obtener la esencia de la frase partiendo del contenido. El hecho es que llamamos
frases a las unidades mecánicas máximasrelativamenteen el uso del
idioma; y llamamos palabras a las unidades mínimastambién relativamente.
Hasta aquí llega la validez de las layes gramaticales. Pero el habla misma en su
sucesión no es ya mecanismo, no obedece a leyes, sino que se guía por el ritmo.
Hay ya un rasgo de raza en el modo como lo que se quiere comunicar es recogido en frases.
Las frases no son una y la misma cosa en Tácito y en Napoleón que en Cicerón y en
Nietzsche. La distribución sintáctica que hace un inglés de la materia no es la misma
que la que hace un alemán.
No
son las representaciones y los pensamientos, sino el pensar mismo, el modo de vivir, la sangre,
los que en las lenguas primitivas, antiguas, chinas, occidentales determinan la
delimitación típica de las unidades de oración o frase y con ella la relación mecánica
de la palabra a la frase. Debiera situarse el límite entre la gramática y la sintaxis
allí donde termina lo mecánico del idioma y comienza lo orgánico del habla: el uso, la
costumbre, la fisonomía de la expresión. Y el otro límite se sitúa allí donde
la estructura mecánica de la palabra confina con los factores orgánicos de la formación
de los sonidos y de
la
pronunciación. Por la pronunciación de la th inglesarasgo racial del
paisajese reconocen muchas veces a los hijos de los inmigrados. Sólo aquella esfera
que se extiende entre los dos limites citados, sólo «el idioma» propiamente tal obedece
a un sistema, es un medio técnico y, por tanto, puede inventarse, mejorarse, cambiarse,
desecharse. Pero la pronunciación y la expresión arraigan en la raza. Identificamos una
persona conocida sólo por la pronunciación, sin necesidad de verla. Reconocemos al que
pertenece a una raza extraña, aunque hable en perfecto español. Los grandes
desplazamientos de sonidos como el alto alemán antiguo en la época carolingia y el
alto alemán medio en la época del gótico posteriortienen un límite geográfico y
se refieren sólo al habla, no a la forma interna de frases y palabras.
Las
palabras son, como hemos dicho, las unidades mecánicas relativamente más pequeñas en la
frase. Nada hay tan característico en el pensamiento de una índole de hombres como el
modo de adquirir dichas unidades. Para los negros bantú, una cosa vista pertenece a un
gran número de categorías conceptivas. La palabra consta, pues, de un
núcleoraízal que se añaden cierto número de prefijos monosilábicos. Así,
para hablar de una mujer en el campo se emplearán las siguientes voces:
vivo-singular-grande-viejo-femenino-fuera-ser humano, formando así una palabra de
siete silabas que caracterizan un acto de concepción único y rigoroso, pero muy extraño
para nosotros. Hay idiomas en los cuales la palabra casi coincide con la frase.
La
substitución progresiva de los gestos corporales o sonetos por los gestos gramaticales
es, pues, lo decisivo para la formación de la frase. Pero esa substitución nunca termina
de verificarse por completo. No existen puros idiomas verbales.
La
actividad de la expresión por palabras, cada día más rigurosamente destacada, consiste
en que por medio del sonido de las palabras despertamos sentimientos de significación,
los cuales, a su vez, por el sonido de los enlaces evocan otros sentimientos de relación.
El aprendizaje del idioma nos ha enseñado a comprender en esa forma abreviada y alusiva
tanto las cosas y las relaciones luminosas como las cosas y las relaciones intelectuales.
Nombramos las palabras, no las empleamos conforme a su definición. Y el que escucha tiene
que sentir lo que se le quiere decir. No hay otro modo de hablar. Por eso el ademán y el
tono tienen más parte de lo que generalmente se cree en la inteligencia del habla actual.
El
nacimiento del verbo es el último suceso importante en esta historia. Con él llega en
cierto modo a su término la formación del idioma de palabras. Presupone ya un alto grado
de abstracción. En efecto; los substantivos son palabras que destacan para la reflexión
las cosas circunscritas perceptiblemente en el espacio luminosotambién lo
«invisible» está circunscrito; pero los verbos designan los distintos tipos
de mutación, que no son vistos, sino determinados y creados como conceptos, abstrayendo
de la ilimitada movilidad del mundo luminoso los caracteres particulares de cada caso
singular. Las palabras «piedra cayendo» constituyen una unidad de impresión.
Pero
en esta impresión distinguimos primero el movimiento y el objeto y luego el «caer»,
como una especie de movimiento que se diferencia de otras muchasv. g,,
descender, volar, correr, resbalarentre las cuales existen innumerables tránsitos.
La
diferencia entre esas especies de movimiento no es «percibida», sino «conocida».
Podemos aún imaginar quizá que haya animales que posean signos con funciones de nombre
substantivo. Pero no signos con funciones de verbo. La diferencia entre huir y correr o
entre volar y ser empujado por el viento, trasciende de toda impresión visual y sólo
puede ser comprendida por una conciencia habituada al empleo de las palabras Hay en ella
algo metafísico. Ahora bien; el pensar por verbos hace que la vida misma resulte
accesible a la reflexión. De la impresión viviente sobre la conciencia, esto es, del
proceso generalque el idioma de los gestos imita espontáneamente y que por lo
tanto, permanece intactoabstraemos sin notarlo los elementos singulares, es decir,
la vida misma; lo que queda lo incorporamos luego al sistema de los signos,
considerándolo como efecto de una causa (el viento sopla, el rayo cae, el aldeano ara)
con propiedades extensivas. Si nos sumergimos bien en las rígidas diferencias que existen
entre sujeto y predicado, activo y pasivo, presente y pretérito, veremos claramente cómo
el intelecto domina sobre los sentidos y mata la realidad. En los nombres substantivos
puede todavía considerarse la «cosa mental» como una copia o reproducción de la
«cosa vista».
Pero
en los verbos substituimos lo orgánico por lo inorgánico.
El
hecho de vivir, esto es, de percibir ahora algo, se convierte en duración, como propiedad
de lo percibido. O dicho en términos de verbo: lo percibido dura, «es», existe.
Así se forman por último las categorías del pensamiento, matizadas según lo que al
pensamiento le es o no le es natural. El tiempo aparece como dimensión, el sino como
causa, la vida como mecanismo químico o psíquico. Así se produce el estilo del
pensamiento matemático, Jurídico, dogmático.
Con
lo cual queda puesta esa dualidad que nos parece inseparable de la esencia del hombre y
que no es sino la expresión en que se manifiesta su conciencia cuando está dominada por
el idioma de palabras- Este medio de comunicación entre el yo y el tú, en su perfecto
desarrollo, ha llegado a convertir la intelección animal de la sensibilidad en un
pensamiento por palabras, en un pensamiento que se erige en director y tutor de la
sensibilidad. Cavilar es conversar consigo mismo en el idioma de las palabras. Esa
actividad sería imposible en cualquier otra forma de lenguaje. Pero cuando el idioma de
palabras llega a su perfección, esa actividad caracteriza las costumbres vitales de
clases enteras. Si el idioma rígido e inánime, que se forma por abstracción del habla
viva, resulta incapaz de expresar íntegramente la verdad, mucho más todavía habrá de
serlo el
sistema que forman los signos verbales. El
pensamiento abstracto consiste en el empleo de una trama de palabras, trama finita,
limitada, en cuyo esquema el contenido infinito de la vida queda oprimido y ahogado. Los
conceptos matan la existencia y falsean la conciencia despierta. Antaño, en los primeros
tiempos del lenguaje, cuando la intelección defendía su existencia frente a la
sensación, ese mecanismo era insignificante aún para la vida. Pero ahora el hombre ya no
es un ser que «a veces» piensa, sino que se ha convertido en un ser pensante. El ideal
de todos los sistemas intelectuales consiste en someter definitiva y completamente la vida
al dominio del espíritu. Tal sucede en la teoría, donde lo conocido es lo único que
tiene valor de realidad, mientras que lo real queda señalado con el estigma de apariencia
e ilusión de los sentidos. Tal sucede también en la práctica, donde la voz de la sangre
queda ahogada bajo los principios éticos universales [101].
La
lógica, como la ética, son para el espíritu sistemas de verdades absolutas y eternas.
Pero justamente por eso la historia les arrebata ese carácter de verdades. En el remo de
los pensamientos podrá la mirada interior triunfar absolutamente sobre la exterior. En el
reino de los hechos, la fe en verdades eternas es un breve y absurdo espectáculo que se
representa en algunas cabezas humanas. No puede haber un sistema verdadero de
pensamientos, porque ningún signo substituye a la realidad. Los pensadores profundos y
honrados llegaron siempre a la conclusión de que todo conocimiento viene de antemano
predeterminado por su propia forma y no logra nunca alcanzar lo que la palabra quiere
decir; salvo, como hemos dicho, la técnica, en donde los conceptos son medios y no fines.
A
este ignorabimus corresponde la convicción de todos los verdaderos sabios, de que
los principios abstractos son en último término frases y nada más que frases, bajo cuyo
uso habitual la vida fluye como siempre fluyó. A la postre, la raza es más fuerte que el
idioma. Por eso, entre los grandes nombres, sólo han influido sobre la vida aquellos
pensadores que fueron personalidades vivas y no sistemas ambulantes.
12
La
historia interna de los idiomas verbales se nos ofrece, pues, en tres periodos. En el
primero, aparecen los primeros nombres dentro de los idiomas de comunicación ya muy
desarrollados, pero aún no formados de palabras. Esos nombres primarios surgen como
elementos de un nuevo tipo de intelección. El mundo empieza a presentar un cariz de misterio.
Se inicia el pensamiento religioso. En el segundo período va formándose poco a poco un
lenguaje completo de comunicación en valores gramaticales. El gesto se convierte en frase
y la frase transforma los nombres en palabras. La frase, al mismo tiempo, representa la
gran escuela de la inteligencia frente a la sensibilidad. El sentimiento de la
significación se afina cada día más para las relaciones abstractas en el mecanismo de
la frase y, por consecuencia, produce una riqueza exuberante de flexiones, que van a
posarse sobre todo en el substantivo y en el verbo, en la palabra del espacio y en la
palabra del tiempo.
Viene
entonces el florecimiento de la gramática que podemos acaso situarcon
grandes precaucionesen los dos milenios que preceden a las culturas egipcia y
babilónica. El tercer periodo se caracteriza por una rápida decadencia de la flexión y
Por la substitución de la sintaxis a la gramática. Tanto ha progresado la
espiritualización de la conciencia humana, que ya no necesita los símbolos de las
flexiones y puede comunicarse libre y certera, prescindiendo del abigarrado montón de
formas verbales y usando solamente de casi imperceptibles alusiones, en el más estricto
empleo del idioma (partículas, orden de las palabras, ritmo). Con el lenguaje de palabras
llega la intelección a dominar por completo la conciencia despierta. Hoy se encuentra en
camino de romper el ligamen del mecanismo verbal intuitivo para llegar a una pura
mecánica del espíritu. Ya no son los sentidos, sino los espíritus mismos los que entran
en mutuo contacto.
En
este tercer periodo de la historia del lenguajehistoria que transcurre en el cuadro
cósmicobiológico [102] y pertenece, por lo tanto, al hombre como tipoecha
sus raíces la historia de las culturas superiores, la cual imprime de súbito una
dirección nueva al sino de los idiomas verbales, merced a un nuevo «idioma de la
lejanía», la escritura, y a la fuerza de intimidad que la escritura representa.
El
idioma escrito egipcio sufría ya hacia 3000 una rápida descomposición gramatical. Lo
mismo le sucedió al sumérico en el idioma literario llamado eme-sal (lengua de
las mujeres). El chino escritoque frente a todos los idiomas del mundo chino
constituye hace tiempo un idioma por siaparece en los más antiguos textos conocidos
tan completamente desprovisto de flexiones, que sólo recientemente se ha podido demostrar
que en realidad hubo un tiempo en que poseyó una flexión. El sistema indogermánico lo
conocemos cuando ya se encuentra en plena ruina. De los casos del viejo idioma
védicohacia 1500no se han conservado en los idiomas «antiguos»un
milenio despuéssino restos ruinosos. A partir de Alejandro Magno, el griego de la
conversación pierde el dual y la voz pasiva. Los idiomas occidentales, aunque oriundos de
los más diferentes orígeneslos germánicos proceden de una vida primitiva,
mientras que los románicos son hijos de una civilización adelantadísimase
modifican en igual dirección: los casos románicos desaparecen todos, salvo uno, y los
ingleses desaparecen por completo con la reforma. El alemán de la conversación ha
perdido el genitivo a principios del siglo XIX y se halla en trance de perder el dativo.
Si alguien probase a traducir «hacia atrás» un trozo de prosa difícil y densa, por
ejemplo, un trozo de Tácito o de Mommsen, vertiéndolo a un idioma muy viejo y rico en
flexionestoda nuestra labor de traducción ha consistido en verter de idiomas viejos
a idiomas jóvenes, obtendría la prueba de que la técnica de los signos se ha
volatilizado en una técnica del pensamiento.
Los
signos abreviados, pero llenos de contenido significativo, funcionan, por decirlo así, en
meras alusiones que sólo comprende el iniciado en la comunidad del idioma
correspondiente.
Esta
es la razón por la cual un europeo occidental no comprenderá jamás los libros sagrados
de China, ni entenderá nunca los términos primarios de aquellos otros idiomas
cultoscomo el lñgow, la ?rx® de los griegos, el atman y braman
del sánscritoque aluden a una intuición del universo, en la cual hay que haber
nacido para comprender sus signos.
La
historia extensa del lenguaje se ha perdido para nosotros justamente en sus más
importantes capítulos. La época primitiva de dicha historia se remonta a las edades más
remotas; y hay que advertir una vez más [103] que debemos representarnos la humanidad de
estas edades bajo la forma de pequeñísimos grupos perdidos en amplios espacios.
Verifícase una honda mutación del alma cuando el contacto entre los grupos llega a ser
regular y hasta se hace evidente. Pero esto justamente demuestra que es el idioma el que
primero establece y luego regula o repele dicho contacto. La impresión de que la tierra
está llena de hombres da a la conciencia individual una mayor tensión, una mayor
espiritualidad e inteligencia, obligando asi a encumbrar el idioma; de suerte que el
nacimiento de la gramática se halla quizá en relación con la nota racial del gran
número.
Desde
entonces ya no se ha producido ningún sistema gramatical. Los posteriores se han
originado en transformación de los anteriores. Nada sabemos de esos idiomas propiamente
primarios; ignoramos su estructura y su sonido. Por muy lejos que tendamos la mirada hacia
atrás, siempre hallamos sistemas completamente formados que todos usan y los niños
aprenden como algo natural. Parécenos increíble que pueda haber sido antaño de otro
modo, que un profundo sentimiento de temor haya podido antaño acompañar la audición de
esos idiomas raros y misteriososromo en épocas históricas era y aún es el caso
para la escritura. Sin embargo, debiéramos contar con la posibilidad de que los
idiomas verbales, al aparecer en un mundo de comunicaciones sin palabras, hayan sido al
principio el privilegio de unos pocos, patrimonio secreto celosamente defendido por su
posesores. Mil ejemplos demuestran la propensión a semejante privilegio: el francés como
idioma diplomático, el latín como idioma sabio, el sánscrito como idioma sacerdotal.
Uno de los orgullos de los círculos raciales consiste en poder hablar sin ser entendidos
por «los otros». El idioma de todos es ordinario. «Poder hablar con uno» es un
privilegio o una pretensión. El uso de la lengua escrita entre las personas educadas, el
desprecio del dialecto son señales del orgullo ciudadano. Sólo nosotros vivimos en una
civilización en donde los niños aprenden a escribir con la misma naturalidad con que
aprenden a hablar. Pero en todas las culturas anteriores, la escritura era un arte raro y
no accesible a todos. Estoy convencido de que en muy remotas edades sucedió lo mismo con
el lenguaje de palabras.
El
movimiento de la historia del lenguaje es enormemente rápido. En ella un siglo significa
ya mucho. Recordemos aquel idioma de gestos que usaron los indios norteamericanos porque
los dialectos cambiaban tan rápidamente que la gesticulación era el único modo como las
diferentes tribus podían llegar a entenderse. Compárese la inscripción del foro,
recién descubierta- -es próximamente del año 500con el latín de Plauto de
hacia 200y éste a su vez con el de Cicerón. Si admitimos que los más antiguos
textos védicos nos conservan el estado idiomático de 1200 antes de Jesucristo, puede muy
bien suceder que el estado de la lengua en 2000 fuese tan distinto que ni aun remotamente
puedan vislumbrarlo los indogermanistas con su método de las conclusiones retroactivas.
Pero este allegro de la historia del lenguaje se convierte en lento cuando
aparece la escritura, idioma de la duración, deteniendo y paralizando los sistemas en muy
distintos períodos de su evolución. Por eso es esta evolución tan poco transparente,
porque sólo poseemos restos de idiomas escritos. Tenemos originales del año 3000, que
pertenecen al mundo lingüístico egipcio y babilónico. Pero los restos más antiguos de
los idiomas indogermánicos son transcripciones cuyo estado idiomático es mucho
más joven que su contenido.
Todo
esto ha determinado que los destinos de la gramática y del vocabulario sean diferentes.
La gramática se relaciona con el espíritu. El vocabulario, con las cosas y los lugares.
Sólo los sistemas gramaticales sufren un cambio íntimo natural.
Pero
las bases psicológicas del uso de las palabras exigen que, aunque varíe la
pronunciación, se conserve fija la estructura interna mecánica de los sonidos, pues en
ella se funda la esencia de la nominación. Las grandes familias lingüísticas son
exclusivamente familias gramaticales. Las palabras, en ellas, carecen, por decirlo
así, de patria y emigran de unas a otras.
Un
defecto fundamental de la lingüísticasobre todo de la indogermánicaha
consistido en tratar la gramática y el vocabulario como si formaran una unidad. Todos los
idiomas profesionaleslos idiomas del cazador, del soldado, del deportista, del
marino, del sabioson en realidad vocabularios que pueden ser empleados dentro
de cualquier sistema gramatical. El vocabulario semi antiguo de la química, el de la
diplomacia francesa, el de los hipódromos ingleses se ha naturalizado por igual en todos
los idiomas modernos. Si calificamos de «palabras extranjeras» esos términos,
debiéramos incluir en ese calificativo igualmente la mayor parte de las «raíces» de
los idiomas viejos.
Todos
los nombres viven adheridos a las cosas que significan y comparten la historia de
éstas. En griego los nombres de los metales son de origen extranjero. Las palabras taèrow,
xitÅn, oänow, son semíticas. En los textos hetitas de Boghazkoi [104] aparecen
numerales indios que llegaron a esta comarca en términos profesionales relacionados con
la cría del caballo.
Expresiones
de la administración romana penetraron en gran número en el Oriente griego [105], como
las de la administración prusiana en ruso, desde Pedro el Grande. Muchas palabras árabes
se han conservado en la matemática, la química y la astronomía de Occidente. Los
normandos, que eran de por si germanos, han llenado el inglés de palabras francesas. En
los bancos de las regiones germánicas se emplean multitud de términos italianos. En
épocas primitivas, la agricultura, la ganadería, los metales, las armas, los oficios en
general, los cambios comerciales y todas las relaciones jurídicas entre las tribus
debieron provocar emigraciones de palabras en grandes masas de un idioma a otro. Los
nombres geográficos se hallan siempre en el circulo del idioma que predomina en cada
época; de suerte que una gran parte de los toponímicos griegos son carios. Los
toponímicos alemanes suelen ser célticos. Sin exageración puede decirse que cuanto más
extendido está un término indogermánico, tanto más joven es y tanto más
verosímil resulta que sea «palabra extranjera». Los nombres más rancios son justamente
los que más estrictamente permanecen en posesión incompartida. Las palabras comunes al
griego y al latín son las más Jóvenes. ¿Pertenecen acaso teléfono, gas, automóvil al
vocabulario del «pueblo primitivo»? Supongamos por un momento que de los términos
primarios del idioma ario tres cuartas partes sean egipcios o babilónicos del milenio
tercero. Pues bien, el sánscrito, tras un milenio de evolución sin escritura, no nos
revelaría ya nada de dichos orígenes; como las innumerables voces latinas que han
penetrado en el alemán resultan ya completamente imposibles de reconocer. La terminación
eta de Enriqueta es etrusca. ¿Cuántas terminaciones «típicamente arias» o
«típicamente semitas» serán probablemente extranjeras, sólo que de tal modo cambiadas
que ya no es posible reconocer su origen extranjero? ¿Cómo se explica la notable
similitud entre muchas palabras indogermánicas?
El
sistema indogermánico es de seguro el más joven y, por lo tanto, el más
espiritualizado. Los idiomas que se han derivado de él dominan hoy en toda la tierra.
Pero ¿existía ya hacia el año 2000 como construcción gramatical peculiar? Es sabido
que hoy se admite como verosímil la existencia de una forma inicial para el ario, el
semítico y el camítico. Los más antiguos restos de escritura india fijan el estado de
la lengua quizás hacia 1200. Los más antiguos restos de la escritura griega fijan el
estado del griego quizás hacia 700. Pero en Siria y Palestina [106] aparecen mucho antes
nombres de personas y de dioses indios, unidos con la cría del caballo; y sus portadores
fueron primeramente mercenarios, luego dominadores [107]. Recuérdese el efecto que las
armas de fuego españolas produjeron en los mejicanos. Acaso esos wikingos terrestres,
esos primeros jineteshombres nacidos y educados entre caballos, hombres cuya
impresión terrorífica se refleja en las leyendas de los centaurosllegaron a
establecerse a la ventura hacia 1600 en las llanuras del Norte, trayendo el idioma y las
divinidades de la caballería india. ¿Acaso trajeron también el ideal ario de las
clases, de la raza y de la conducta en la vida? Según lo que hemos dicho antes sobre la
raza, esto explicaría el ideal racial de las comarcas de lengua aria, sin necesidad de
admitir las «emigraciones» de un «pueblo primitivo». No de otro modo fundaron los
caballeros cruzados sus ciudades en el Oriente, justamente en el mismo sitio en que 2500
años antes los héroes de los nombres mitanni.
Acaso
también ese sistema no fuera hacia 3000 mas que un dialecto insignificante de un idioma
que se ha perdido. La familia de las lenguas románicas dominaba en 1600 de Jesucristo
todos los mares. Pero hacia el año 400 antes de Jesucristo, el «idioma
primario»el latínocupaba un territorio de cincuenta millas cuadradas. Es
seguro que el cuadro geográfico de las familias gramaticales hacia 4000 era muy revuelto.
El grupo semítico-camítico-ariosi en efecto constituyó antaño una unidadno
debía tener por entonces una gran importancia. A cada paso tropezamos con restos ruinosos
de viejas familias lingüísticas que pertenecen rigurosamente en los viejos tiempos a
sistemas muy extendidos; entre ellas citaremos el etrusco, el vascuence, el sumérico, el
ligúrico, los viejos idiomas del Asia menor. En el archivo de Boghazkoi han sido hasta
ahora encontrados ocho nuevos idiomas que estuvieron en uso hacia el año 1000. Dado el
movimiento que entonces llevaba la transformación, es posible que el ario formase hacia
el año 2000 una unidad con otros idiomas de que hoy no tenemos la menor idea.
13
La
escritura constituye una nueva especie idiomática y significa una transformación
completa en las relaciones de la conciencia humana. La escritura, en efecto, liberta la
conciencia de la presión que el presente ejerce sobre ella. Los idiomas de
imágenes que designan objetos son mucho más antiguos; más antiguos probablemente que
todas las palabras. Pero aquí la imagen no designa inmediatamente una cosa visible, sino
ante todo una palabra, algo abstraído ya de la sensación. Es el primero y único ejemplo
de un idioma que no trae consigo un pensamiento, sino que presupone un pensamiento ya
formado.
La
escritura implica, pues, una gramática previa bien desarrollada. La escritura y la
lectura son actividades infinitamente más abstractas que la elocución y la audición.
Leer es perseguir una imagen escrita con el sentimiento de la significación que evocan
los sonidos correspondientes. La escritura contiene signos, no de cosas, sino de otros
signos. El sentido gramatical debe ser completado por la intelección momentánea.
La
palabra pertenece al hombre en general. La escritura pertenece sólo al hombre culto. La
escriturapor oposición al idioma de palabrasdepende toda, y no sólo en
parte, de los sinos políticos y religiosos por que atraviesa la historia universal. Todas
las escrituras nacen en las culturas particulares y constituyen uno de sus
símbolos más profundos. Pero todavía no tenemos una amplia historia de la escritura. Y
en cuanto a la psicología de las formas y de las transformaciones de la formas, ni
siquiera ha sido todavía intentada por nadie. La escritura simboliza la lejanía,
esto es, no sólo la amplitud, sino también y sobre todo la duración, el futuro, la
voluntad de eternidad. Se habla y se oye en la proximidad y en el presente. Pero la
escritura nos permite dirigirnos a hombres que no hemos visto o que no han nacido. La voz
de un hombre resuena en la escritura siglos después de su muerte. La escritura es el
primer síntoma de la vocación histórica. Por eso nada hay tan característico en
una cultura como su relación interior con la palabra escrita. Si sabemos tan poco acerca
de los indogermanos es porque las dos más viejas culturas cuyos hombres usaron ese
sistemala india y la antiguapor su disposición ahistórica, no crearon una
escritura propia y hasta rechazaron la escritura ajena durante mucho tiempo. En realidad
todo el arte de la prosa antigua está creado inmediatamente para el oído.
Leíase
en alta voz, como si se estuviera hablando. Decimos todavía que fulano «habla como un
libro». Y justamente nuestra eterna vacilación entre la imagen escrita y el sonido de
las palabras es la causa de que no hayamos conseguido formar un estilo en la prosa, a la
manera ática. En cambio, cada religión de la cultura arábiga desarrolló su escritura
propia, conservándola aún en los casos en que varió de lengua. La duración de los
libros y doctrinas sagrados está en relación con la escritura, como símbolo de la
duración. Los más viejos testimonios de la escritura por letras se encuentran en los
caracteres de la Arabia meridional que, sin duda alguna, se dividían según las sectas
mineos y sabeos. Estos testimonios llegan acaso hasta el siglo X antes de Jesucristo. Los
judíos, los mandeos y los maniqueos de Babilonia hablaban el arameo oriental; pero
tenían cada uno su propia escritura. A partir de la época abbassida, predomina el
árabe; pero los cristianos y los Judíos siguen empleando su propia escritura. El Islam
propagó la escritura árabe entre sus sectarios, aunque éstos hablasen lenguas
semíticas o mongólicas, o arias, o negras [108]. La costumbre de escribir produce en
todas partes la distinción inevitable entre el idioma escrito y el idioma de la
conversación. El idioma escrito aplica el simbolismo de la duración al estado
gramatical, que sigue las transformaciones del idioma hablado con gran lentitud y
malquerencia. Por eso el idioma hablado representa siempre un período más reciente. No
existe una koin® [109] griega, sino dos [110]. La enorme diferencia que existía
entre el latín escrito y el latín hablado en la época imperial se patentiza en la
estructura de los primeros idiomas romances. Cuanto más vieja es una civilización, tanto
mayor es la diferencia, hasta llegar a la distancia que separa hoy el chino escrito del
Kuanchua, idioma de los chinos cultos en el Norte de China. Ya no se trata de dos
dialectos, sino de dos idiomas totalmente distintos.
En
esto se manifiesta ya la escritura como privilegio de casta y principalmente privilegio
antiquísimo de la clase sacerdotal. Los aldeanos no tienen historia, y, por tanto, no
tienen escritura. Pero también existe una pronunciada aversión de la raza contra la
escritura. Me parece de importancia suma para la grafología el observar que cuantos más
rasgos raciales posee el que escribe, tanta mayor soberanía e independencia afirma sobre
la estructura ornamental de los signos escritos, substituyéndolos por formas lineales
personalísimas. El hombre tabú, en cambio, al escribir, siente cierto respeto por las
formas propias de los signos y trata involuntariamente de reproducirlas con exactitud.
Esto distingue al hombre activo, que hace la historia, del sabio que la escribe, la
«eterniza». En todas las culturas los signos escritos son propiedad de la clase
sacerdotal, en la cual debemos incluir al poeta y al sabio. La nobleza desprecia la
escritura. Manda escribir a otros. La actividad de escribir ha tenido siempre cierto matiz
espiritual y eclesiástico.
Las
verdades intemporales lo son, cuando en vez de pronunciadas quedan escritas. Reaparece
aquí la oposición entre el castillo y el templo. ¿Qué es lo que debe durar, la acción
o la verdad? El documento conserva los hechos, el libro sagrado las verdades. Lo que allí
es crónica y archivo, es aquí tratado doctrinal y biblioteca. Por eso el libro, como el
edificio del culto, no es algo adornado con ornamentos, sino que constituye por sí un
ornamento [111]. La historia del arte, al estudiar las épocas primitivas, debiera
ocuparse con preferencia de la escritura y sobre todo de la cursiva más que de la
monumental. Aquí se puede conocer con ejemplar pureza lo que son el estilo gótico y el
estilo mágico. No hay ornamento alguno que tenga la intimidad de una forma de letra o de
una página escrita. El arabesco no se muestra en parte alguna tan perfecto como en los
versículos, del Corán escritos sobre las paredes de una mezquita.
Pues
¿y el gran arte de las iniciales, la arquitectura de la página, la plástica de la
encuadernación? Un Corán en escritura cúfica produce en cada página la impresión de
un tapiz. Una Biblia gótica es como una pequeña catedral. Característico del arte
antiguo es su tendencia a embellecer todos los objetos sobre que hace presasalvo la
escritura y el rollo de papiro. Manifiéstase en esto el odio a la duración, el desprecio
de una técnica que, a pesar de todo, es más que técnica. Ni en la Hélade, ni en la
India existe un arte de las inscripciones monumentales, como el de Egipto. A nadie se le
ocurrió, al parecer, que una hoja con un autógrafo de Platón pudiese ser una reliquia,
o que en el Acrópolis pudiera conservarse un preciado ejemplar de los dramas de
Sófocles.
Cuando
la dudad se encumbra sobre la aldea, cuando la burguesía aparece junto a la nobleza y al
sacerdocio, cuando el espíritu urbano asume la hegemonía, la escritura sufre una
transformación. Ya no es la propagadora de las glorias aristocráticas y de las verdades
eternas. Ahora se ha convertido en un medio de relación económica y científica. La
cultura india y antigua rechazaron la escritura en aquella su primera función. Y hubieron
de admitirla en este segundo sentido, importada, empero, de fuera. La escritura fue
penetrando lentamente como instrumento despreciable, consuetudinario. Al mismo tiempo que
esto sucedíay con igual significaciónintrodújose en China el signo
fonético hacia el año 800 y en Occidente inventóse la imprenta en el siglo XV. El
símbolo de la duración y de la lejanía alcanza así su energía máxima. Finalmente,
las civilizaciones han dado el último paso para proporcionar a la escritura una forma
adecuada a su fin. Ya hemos dicho que la invención de la escritura por letras constituyó
hacia 2000 en la civilización egipcia una innovación puramente técnica. En idéntico
sentido Li Si, el canciller del Augusto chino, introdujo en 227 la escritura china
unitaria. Por último, entre nosotros ha nacido una nueva especie de escritura cuya
verdadera significación pocos han reconocido. Que la escritura egipcia por letras no es
algo definitivo y último lo demuestra la escritura taquigráfica, invención pareja a la
del alfabeto. La taquigrafía no es solamente una escritura abreviada, sino que representa
la superación de la escritura por letras mediante un principio de comunicación nuevo
y sumamente abstracto. Es posible que en los siglos próximos las letras sean
substituidas por formas escritas de esa especie.
14
¿Puede
ya hoy arriesgarse el intento de escribir una morfología de los idiomas cultos? Es lo
cierto que la ciencia hasta ahora no ha descubierto siquiera este problema. Los idiomas
cultos son los idiomas del hombre histórico. Su sino no se desenvuelve en periodos
biológicos; sigue la evolución orgánica de ciclos vitales rigurosamente circunscritos. Los
idiomas cultos son idiomas históricos. Esto significa en primer término: que no hay
acontecimiento histórico ni institución política que no hayan sido determinados por el
espíritu del idioma en ellos empleado, y viceversa, que no hayan influido sobre el
espíritu y la forma de dicho idioma. La construcción oracional latina es también una
consecuencia de las batallas romanas, que movilizaron todo el pensamiento del pueblo para
la administración de las comarcas conquistadas. La prosa alemana, con su carencia de
normas fijas, deja ver aún hoy las huellas de la guerra de los Treinta años. La
dogmática cristiana primitiva hubiera tenido otro cariz si sus más antiguas obras no se
hubiesen escrito todas en griego sino en sirio, como las de los mandeos. Pero aquello
significa también, en segundo término, que la historia universal está dominada por la
existencia de la escritura, medio histórico propiamente dicho de la mutua
inteligencia. Y ese dominio se ejerce en un grado que la investigación científica
casi no sospecha. El Estado, en su sentido superior, presupone las comunicaciones
escritas. El estilo de toda política viene absolutamente determinado por la
significación que en cada momento tienen los documentos, los archivos, las firmas, la
publicidad en el pensamiento político-histórico de un pueblo. La lucha por el derecho es
una lucha en pro o en contra de un derecho escrito. Las constituciones substituyen la
fuerza material por la redacción de ciertos párrafos y elevan el documento escrito a la
categoría de un arma. El habla es cosa del presente.
La
escritura pertenece a la duración, del mismo modo que los acuerdos verbales y la
experiencia práctica se refieren al presente, mientras que la escritura y el pensamiento
teorético caen en la duración. A esta oposición puede reducirse la mayor parte de la
historia política interna de todas las postrimerías.
Los
hechos, con su eterna mudanza, oponen resistencia a la escritura. Pero las verdades
exigen la escritura. Tal es la oposición histórica de dos partidos que en una u otra
forma existen siempre en las grandes crisis de todas las culturas. Uno vive en la
realidad. El otro opone a la realidad un libro. Todas las grandes revoluciones presuponen
literatura.
El
grupo de los idiomas occidentales cultos aparece hacia el siglo X. Los cuerpos de lenguaje
existentes hasta entonces, el habla germánica y romance, el latín conventual se,
transforman en idiomas escritos por obra de un espíritu uniforme. Tiene que haber
un rasgo común en el desarrollo del alemán, del inglés, del italiano, del francés, del
español desde 900 hasta 1900, como asimismo en la historia de los idiomas helénicos e
itálicos, incluso el etrusco, desde 1100 hasta la época imperial. Pero prescindiendo de
la esfera de expansión de las familias lingüísticas y de las razas, ¿qué es lo que
los limites territoriales de la cultura han condensado aquí? ¿Qué variaciones comunes
han sufrido el griego helenístico y el latín desde 300 en la pronunciación, en el uso
de las palabras, en la métrica, en la gramática, en el estilo? ¿Cuáles son los cambios
comunes experimentados por el alemán y el italiano desde el año 1000 y que no
han
sufrido en común el italiano y el rumano? Estos problemas no han sido todavía objeto de
una investigación metódica.
Toda
cultura, en el momento en que despierta, se encuentra con los idiomas aldeanos,
idiomas del campo sin ciudades, idiomas «eternos» que, apenas tocados por los
acontecimientos de la gran historia, atraviesan como dialectos no escritos las épocas
posteriores y la civilización, sufriendo lentas e imperceptibles transformaciones. Sobre
esos idiomas de la aldea se alza el lenguaje de las otras dos clases sociales primarias;
este lenguaje es la primera manifestación de una relación entre conciencias, relación
que ya tiene cultura, que ya es cultura. Aquí, en los círculos de la
nobleza y de la clase sacerdotal, transfórmanse los idiomas en idiomas cultos, siendo el
habla un producto del castillo y el idioma un producto del templo. Asi, en el
umbral mismo de la evolución, sepáranse los dos aspectos en que se despliega la
actividad de la mutua inteligencia. De un lado, la parte vegetativa; de otro, la parte
animal. De un lado, el sino de la parte viviente, orgánica. De otro lado, el sino de la
parte muerta, mecánica. El aspecto totémico afirma la sangre y el tiempo. El aspecto
tabú los niega. Por doquiera en los primeros tiempos se forman los idiomas rígidos del
culto, cuya santidad queda asegurada por su inmutabilidad. Son sistemas muertos desde hace
mucho tiempo o ajenos a toda vida y paralizados artificialmente, con un vocabulario
rigurosamente conservado, como conviene para la redacción de las eternas verdades. Así
el védico antiguo y el sánscrito quedaron anquilosados en la forma de idiomas sabios. El
egipcio del imperio antiguo perduró intacto como idioma sacerdotal, tanto que las formas
sacras no eran ya entendidas en el imperio nuevo, como tampoco en Roma se entendían en la
época de Augusto el Carmen saliare y el cantar de los Hermanos Arvales [112]. En
la época primitiva de la cultura arábiga murieron simultáneamente como idiomas hablados
el babilónico, el hebreo y el avésticoprobablemente hacia el segundo siglo antes
de Jesucristo, Pero justamente por eso los libros sagrados de los caldeos, de los
judíos y de los persas oponen los viejos idiomas muertos al arameo y al pehlewi. Igual
significación tenían el latín gótico para la Iglesia, el latín de los humanistas para
la ciencia del barroco, el eslavo eclesiástico en Rusia y seguramente el sumérico en
Babilonia.
En
cambio, el idioma hablado tiene su centro en las primeras cortes y castillos. Aquí es
donde se forman los idiomas vivos de la cultura. El habla afina los hábitos de la
conversación, educa la palabra, da el buen tono a la elocución, a los giros, define el
ritmo elegante en la elección de los términos y de las voces. Todo esto es signo de raza.
Esto no se aprende en las celdas de los conventos ni en las cámaras de los sabios, sino
en el trato distinguido con modelos vivos. El idioma de Homero [113], como el francés de
las cruzadas y el alemán medieval de los Staufen, se formó en los círculos nobles, como
signo y privilegio de una clase social, por costumbres locales. Cuando se dice que sus
creadores fueron los grandes épicos, los escaldas, los trovadores, no debiera olvidarse
que estos cantores y recitadores recibieron para ese fin una educación lingüística
en el círculo social en que se movían. La gran hazaña que la cultura lleva a cabo al
hacerse adulta consiste en crear una raza y no una secta.
El
idioma de la cultura espiritual se orienta hacia los conceptos y los raciocinios. Su labor
consiste en exaltar a su máxima potencia la utilidad dialéctica de las palabras y las
formas oracionales. Asi se produce una diferencia cada vez mayor entre el idioma
escolástico y el cortesano, entre el uso intelectual y el uso social. Por encima de todos
los límites que separan unas de otras las diferentes familias lingüísticas, hay algo de
común en la manera de expresarse Plotino y Santo Tomás, o el Veda y la Mischna. Aquí se
encuentra el punto de partida de todo idioma sabio que, en Occidente (sea alemán, inglés
o francés), no ha borrado aún las últimas huellas de su ascendencia, el latín
escolástico. Aquí se halla también el origen de las expresiones metódicas
especializadas y de las formas oracionales del raciocinio. Esta oposición entre las
maneras como se entienden los hombres en el gran mundo y en la ciencia, se prolonga hasta
muy entradas las épocas postrimeras. El centro de gravedad de la historia del idioma
francés reside resueltamente en el aspecto racial, en el habla, en la corte de Versalles
y en los salons de París. Hasta aquí se ha transmitido el esprit précieux
de las novelas de Artús, elevado al tipo de la conversación, arte clásico del habla,
que domina todo el Occidente. Para la filosofía griega representó grandes dificultades
el hecho de que la lengua jónico ática se hubiese formado en las cortes de los tiranos y
en los banquetes. Resultaba más tarde casi imposible hablar de silogística en la lengua
de Alcibíades. Por otra parte, la prosa alemana, que en la época decisiva del barroco no
logró encontrar un punto central para elaborarse en perfección, vacila todavía hoy
entre los giros franceses y los giros latinosentre la cortesanía y la
sabiduríasegún quiere expresarse bien o expresarse con exactitud. Los clásicos
alemanes proceden, en lo que al idioma se refiere, de dos orígenes: la cátedra, sagrada
o profana, y los castillos o pequeñas cortes en donde fueron preceptores de príncipes y
nobles. Esto les dio un estilo muy personal, que puede imitarse, pero que no ha logrado
crear una prosa alemana específica y paradigmática.
A
estos idiomas de clase agrega luego la ciudad una tercera y última forma, la lengua de la
burguesía, la lengua escrita propiamente tal, lengua inteligible, clara, adecuada a sus
fines, prosa en el sentido estricto de la palabra. Vacila levemente entre los giros
distinguidos y los giros sabios. Acoge las nuevas formas y términos de moda, pero al
mismo tiempo se aterra a los conceptos preexistentes. Pero en su esencia es de naturaleza económica.
Tiene de si misma la idea de que es el signo de una clase social frente al habla
ahistórica, eterna, del «pueblo», habla de que Lutero y otros se sirvieron con gran
escándalo de sus refinados contemporáneos. Con la victoria definitiva de la ciudad, esos
idiomas urbanos se apropian la lengua del mundo distinguido y la lengua de la ciencia. En
las capas superiores de las poblaciones urbanas formóse una lengua común, una koin® uniforme,
inteligente, práctica, tan enemiga de los dialectos como de la poesía. Este idioma, que
pertenece al simbolismo de toda civilización, es algo mecánico, preciso, frío, con
gestos reducidos al mínimo necesario. Estas lenguas últimas, sin patria, sin raíces,
pueden ser aprendidas por cualquier comerciante o por cualquier mozo de cuerda: el
helenístico en Cartago y en el Oxus, el chino en Java, el inglés en Shangai.
Para
su inteligencia, el «habla» es insignificante. ¿Quién es su verdadero creador? No es
ni el espíritu de una raza, ni el espíritu de una religión. Es simplemente el espíritu
de la economía.
C
PUEBLOS
PRIMITIVOS, PUEBLOS CULTOS, PUEBLOS
FELAHS
15
Ahora
ya podemos, aunque con extremadas precauciones, acercarnos al concepto de «pueblo» y
poner orden en el caos de las formas populares, caos que la investigación histórica del
tiempo presente ha contribuido no poco a enturbiar. No hay palabra que haya sido tan usada
y tan sin critica usada como la palabra pueblo. No hay ninguna que necesite como ella de
una crítica rigurosa. Historiadores muy precavidos, después de haberse esforzado por
aclarar hasta cierto punto el concepto de pueblo, siguen sin embargo en el curso ulterior
de la investigación, identificando los pueblos, los grupos raciales y las comunidades de
idioma. Cuando encuentran el nombre de un pueblo lo usan sin más ni más como
designación idiomática. Cuando descubren una inscripción de tres palabras, ya en
seguida se figuran haber determinado un nexo racial. Si hallan que algunas «raíces»
coinciden, evocan al punto un pueblo primigenio, con un solar primitivo, en la lejanía. Y
el sentimiento nacional moderno ha contribuido a exaltar ese «pensamiento por unidades
populares».
Pero
¿son un pueblo los helenos, los dorios o los espartanos? ¿Son un pueblo los celtas, los
galos o los senones? Si los romanos constituían un pueblo, ¿qué eran entonces los
latinos? ¿Qué unidad designa el nombre de los etruscos en la población de Italia hacia
400? ¿No se ha llegado a hacer depender su «nacionalidad» de la estructura de su
idioma, como igualmente en el caso de los vascos y de los tracios? ¿Qué concepto de
pueblo se comprende en las palabras: americanos, suizos, judíos, buros? ¿Qué es lo que
esencialmente constituye la unidad de un pueblo? ¿La sangre, el idioma, la fe, el Estado,
el paisaje?
Por
lo general la comunión de lengua y de sangre no se define sino por métodos científicos.
El individuo no tiene conciencia de dicha comunión. La palabra «indogermano» no es mas
que un concepto científico y más exactamente filológico. Alejandro fracasó en su
intento de fundir los griegos y los persas. Justamente ahora percibimos bien clara la
energía del sentimiento común anglogermano. Pero el pueblo es un nexo del que se tiene
conciencia. Hay que tomar en consideración el uso corriente del idioma. Todo hombre
designa la comunidad que le es más intima -y pertenece a muchascon la voz
«pueblo» [114], en la que no deja de poner cierto patetismo. Y propende luego a aplicar
a los nexos más varios ese concepto particular que nace de una emoción personal. Para
César los Arvernos eran una civitas. Para nosotros los chinos son una «nación».
Por eso no los griegos, sino los atenienses, eran un pueblo. Y sólo algunos de entre
ellos, como Isócrates, tenían el sentimiento de ser ante todo helenos. De dos
hermanos, uno puede llamarse suizo y el otro, con igual razón, alemán. Estos no son
conceptos científicos, sino hechos históricos. Pueblo es un nexo entre hombres que se
sienten formando un todo. Cuando ese sentimiento se extingue, cesa el pueblo de existir,
aun cuando perdure el nombre y sigan existiendo las familias. En este sentido los
espartanos se sentían pueblo y quizá también los dorios hacia 1100; pero de seguro no
los dorios hacia 400. Los cruzados se constituyeron como un pueblo al jurar la cruzada en
Clermont. Los mormones se sintieron pueblo cuando fueron expulsados de Missouri (1839)
[115]. Los mamertinos, mercenarios de Agatocles, despedidos por su jefe, se unieron
formando un pueblo, por la necesidad de combatir Juntos para buscarse un refugio. ¿Fueron
muy diferentes el principio que reunió en un solo pueblo a los jacobinos y el que juntó
a los hycsos? ¿Cuántos pueblos no habrán surgido del séquito de un jefe o de una tropa
de fugitivos? Un nexo semejante puede muy bien cambiar la raza; asi los osmanes
aparecieron en Asia menor como mongoles. Puede también cambiar el idioma, como los
normandos sicilianos; puede asimismo cambiar el nombre, como los acayos o danaos. Mientras
dura el sentimiento de la comunidad existe el pueblo como tal pueblo.
Debemos
distinguir entre el sino de los pueblos y el sino de los nombres de los pueblos.
Muchas veces el nombre es lo único de que tenemos noticia. Pero ¿podemos de un nombre
sacar conclusiones sobre la historia, la procedencia, el idioma o aun sólo sobre la
identidad de los que lo llevan? Los investigadores cometen un error al concebir la
relación entre ambos, no en sentido teorético, sino en sentido simplemente práctico,
como, por ejemplo, la que media hoy entre las personas y sus nombres. ¿Se han dado cuenta
del número de posibilidades que aquí existen? El acto de dar un nombre es ya
infinitamente grave en los estadios primitivos. Con el nombre, un grupo humano se destaca
con plena consciencia y adquiere una especie de grandeza sacramental. Pero aquí
puede suceder que coexistan los nombres sacros y los nombres guerreros; o que otros
nombres sean hallados en el país o heredados; o que el nombre de la tribu se cambie por
el nombre de un héroe, como en los osmanes; o, finalmente, que surjan en las fronteras
del país numerosos nombres desconocidos acaso para una parte de la comunidad. Si hasta
nosotros no ha llegado mas que uno de estos nombres, entonces casi puede decirse que toda
conclusión acerca de los que lo llevaran ha de ser necesariamente falsa. Los nombres
indudablemente sagrados de los francos, alemanes y sajones eliminaron los innumerables
nombres de la época de la batalla de Varo. Si no lo supiéramos, estaríamos convencidos
de que un cierto número de viejas tribus fueron expulsadas alquiladas por otras nuevas
inmigrantes. Los nombres de romano y quírite, de espartano y lacedemonio, de cartaginés
y punio coexisten juntos; era, pues, posible admitir la existencia simultánea de los
pueblos en Roma, Esparta y Cartago. Nunca sabremos la relación que mediaba entre los
nombres de los pelasgos, los aqueos, los danaos ni los hechos que les servían de base. Si
no supiéramos más que dichos nombres, la investigación habría aceptado desde hace
tiempo la hipótesis de que cada uno representa un pueblo distinto, con su propio idioma y
su propia raza. ¿No se ha querido fijar el curso de la invasión dórica por la
denominación Doris que llevan ciertas comarcas? ¿Cuántas veces no habrá sucedido que
un pueblo cambie su nombre por el de una comarca y se lleve éste consigo? Tal es el caso
en la actual denominación de Prusia y también en los nombres de los modernos parsis,
judíos y turcos. El caso inverso sucede en Borgoña y Normandía. El nombre de heleno
aparece hacia 650, sin que por ello se encuentre en relación con un movimiento de
pueblos. La Lorena recibió su nombre de un principe insignificante, a consecuencia no de
una invasión, sino de un reparto de herencia. Los alemanes se llamaban en París en 1814
alemanes; en 1870, prusianos, y en 1914, boches.
En
otros tiempos hubiéranse descubierto bajo dichos nombres tres pueblos diferentes. En
Oriente llaman francos a los europeos occidentales y españoles a los judíos. Esto
obedece a circunstancias históricas. Pero ¿qué no hubiera podido inferir un filólogo
de las denominaciones escuelas?.
¿A
qué resultados llegarían los sabios del año 3000 si, aplicando los métodos actuales,
siguen trabajando con nombres, con restos de idiomas y con los conceptos de solar
originario y emigración? Diríase, por ejemplo, que los caballeros teutones expulsaron en
el siglo XIII a los prusianos paganos, los cuales reaparecieron de pronto, en su
migración, delante de París en 1870. Diríase que los romanos, empujados por los godos,
emigraron del Tiber al bajo Danubio, yendo quizá algunos de silos a establecerse en
Polonia, en cuya dieta se hablaba latín.
Diríase
que Carlomagno venció a los sajones en el Weser, que los sajones entonces emigraron a la
comarca de Dresde, mientras que los hanoveranos, a juzgar por los nombres de las
dinastías, abandonaban su solar primitivo para establecerse junto al Tamesis. Los
historiadores han escrito no la historia de los pueblos, sino la historia de los nombres.
Pero los nombres tienen sus destinos propios y ni ellos ni los idiomas, con sus
migraciones, sus cambios, sus victorias y sus derrotas demuestran nada, ni siquiera la
existencia de pueblos correspondientes. Este es un error que comete sobre todo la
investigación indogermánica. Sí en época histórica han emigrado los nombres de Pfalz
y de Calabria; si el hebreo ha pasado de Palestina a Varsovia y el pérsico del Tigris a
la India, ¿qué conclusiones validas pueden sacarse del nombre de los etruscos y de la
supuesta inscripción «tirrena» de Lemnos? ¿O es que los franceses y los negros de
Haití, puesto que hablan el mismo idioma, tienen una ascendencia común? En la comarca
entre Budapest y Constantinopla se hablan hoy dos idiomas mongólicos, uno semítico, dos
«antiguos» y tres eslavos; y estas comunidades de idioma se sienten cada una como un
pueblo
[116].
Si se quisiera construir sobre estos datos una historia de las emigraciones el resultado
sería un extraño producto de tales métodos erróneos. El dórico es la designación de
un dialecto; y no sabemos nada más. Sin duda algunos dialectos de este grupo se
expandieron con gran rapidez. Pero esto no demuestra que al mismo tiempo se haya
verificado la expansión pareja de cierto tipo de hombres correspondiente; ni siquiera
demuestra que haya existido dicho tipo [117].
16
Nos hallamos ante el concepto predilecto del moderno
pensamiento histórico. Cuando un historiador tropieza con un pueblo que ha producido
algo, al punto le plantea la pregunta: ¿de dónde viene? Es cuestión de honra para un
pueblo el proceder de alguna parte y tener un solar originario. Y casi significa un
insulto el admitir que un pueblo pueda ser oriundo del lugar mismo en donde se le
encuentra. Las migraciones constituyen un motivo predilecto en las leyendas de la
humanidad primitiva. Pero en la investigación seria ese motivo se ha convertido casi en
manía. Nadie se pregunta si los chinos penetraron en China ni si los
egipcios penetraron en Egipto. Ello parece harto evidente. Lo que los historiadores se
preguntan es cuándo penetraron y de dónde venían. Antes que renunciar al
concepto de patria originaria, los historiadores harían venir a los semitas de
Escandinavia y a los arios de Canaán.
Sin
duda está demostrado que las poblaciones primitivas gozan de una gran movilidad. El
problema de los libios oculta de seguro un misterio migratorio. Los libios o sus
antepasados hablaban el camítico, pero eran de cuerpocomo lo demuestran los viejos
relieves egipciosaltos, rubios, con ojos azules; procedían, pues, sin duda del
Norte europeo [118]. En Asia menor hay por lo menos tres capas de emigración desde 1300 y
acaso tengan relación con los ataques de los «pueblos marítimos» a Egipto. Algo
semejante se ha demostrado también en el mundo mejicano. Pero no sabemos nada sobre la
esencia de tales movimientos y desde luego no es posible hablar de invasiones y
migraciones en el sentido en que se las representa el historiador moderno, esto es, en el
sentido de unos pueblos compactos que surcan las comarcas en grandes masas,
combatiéndose, empujándose unos a otros, hasta establecerse por fin en un lugar
determinado. No es, pues, la variación en si, sino la representación que de ella tienen
los historiadores, la que ha viciado nuestras opiniones sobre la esencia de los pueblos.
Los pueblos no emigran, en el sentido que hoy se da a esta palabra. Hay que tener mucho
cuidado cuando se quiere dar un nombre a los sujetos de las migraciones antiguas y no
siempre será posible usar para ellos el mismo nombre. Pero también el motivo por el cual
se explican continuamente esas migraciones es mezquino y digno del pasado siglo. Ese
motivo no es otro que la necesidad material. Pero el hambre hubiera dado lugar a muy otros
intentos y es de seguro el último de los motivos que empujaron a los hombres de raza a
abandonar sus nidosaunque se comprenderá fácilmente que haya sido el más
frecuentemente empleado cuando esas masas de pronto chocan contra un obstáculo militar.
En aquellos hombres fuertes y sencillos actuaba sin duda el afán primario y microcósmico
del movimiento en el amplio espacio, la tendencia profunda a buscar aventuras, la alegría
de las expediciones audaces, el disparo del destino, la afición a la prepotencia y el
botín, el luminoso deseo de realizar hazañas, que ya no podemos ni imaginar siquiera, la
afición a la alegre matanza y la fascinación de una muerte heroica.
Algunas
veces habrán sido las disensiones intestinas o la fuga ante la venganza posible del más
fuerte. Pero siempre algo viril y enérgico. Y estas comezones se comunicaban de unos a
otros; y el que se quedaba en su casa era un cobardón. ¿Puede decirse que las
necesidades vulgares de la vida hayan sido la causa de las cruzadas, de las expediciones
de Cortés y Pizarro y en nuestra época de las aventuras de los tramperos en el Oeste
salvaje de la Unión? Cuando en la historia un pequeño grupo de hombres penetra
victorioso en amplios territorios, es generalmente la voz de la sangre, el afán de
destinos grandiosos, el heroísmo de la raza quien los empuja.
Pero
hay que formarse también una idea de la situación en las comarcas recorridas. Esas
expediciones fueron siendo continuamente distintas y no sólo por el diferente espíritu
de los invasores, sino cada día más por la diferente esencia de la población sedentaria
que, al fin, era superior en número. Es claro que en los territorios casi despoblados, lo
más corriente fue la sumisión pura y simple del más débil.
Pero
en las situaciones posteriores de una población densa, se trata ya para el más débil de
perder su hogar, su patria. Por lo tanto, ha de defenderse o buscar con las armas una
tierra nueva. Los hombres no caben en el espacio. Las tribus viven en continuo contacto
con otras tribus circundantes y en desconfiada preparación para la resistencia. La dura
necesidad de la guerra educa a los hombres. Los pueblos viven junto a otros pueblos,
contra otros pueblos y se encumbran asi a la grandeza interna. El arma se hace arma contra
los hombres y no contra los animales. Por último, aparece la única forma de emigración
de que puede hablarse en época histórica: tropeles de hombres que se mueven en
territorios poblados, cuya población permanece sedentaria como parte integrante del
botín conquistado.
Los
vencedores se hallan en minoría y de aquí resultan situaciones completamente nuevas.
Pueblos de forma interior muy enérgica se superponen sobre otras poblaciones mucho más
numerosas, pero informes, y la ulterior transformación de pueblos, idiomas, razas depende
de particularidades muy complicadas. Desde las investigaciones decisivas de Beloch [119] y
de Delbrück [120] sabemos que todos los pueblos migradoresy en este sentido eran
pueblos migradores los persas de Ciro, los mamertinos y los cruzados, como los ostrogodos
y los «pueblos marítimos» de las inscripciones egipciaseran muy pequeños con
relación a las poblaciones de los territorios ocupados, unos cuantos millares de
guerreros que superaban a los indígenas por su decisión, su resolución de ser ellos
mismos un sino, en lugar de padecerlo. La comarca adquirida no es ya sólo habitable, sino
habitada; con lo cual la relación entre las dos poblaciones se convierte en cuestión de
clases, la inmigración de los recién llegados toma el aire de una expedición militar y
el establecimiento definitivo se torna acción política. Aquí, pues, la victoria de una
pequeña tropa de guerreros trae consigo la expansión del nombre y del idioma de los
vencedores. Este hecho, visto en la lejanía de la historia, aparece fácilmente, harto
fácilmente como una «migración de pueblos». Es, pues, necesario repetir la pregunta
anterior: ¿Qué es lo que puede emigrar?
Puede
emigrar el nombre de una comarca o de una liga también el de un héroe cuyo nombre
lleven colectivamente los que le siguenextendiéndose a lo lejos o extinguiéndose
en un sitio, para ser admitido o impuesto en otra población, o pasando de la comarca a
los hombres y emigrando con ellos, o al revés. Puede emigrar el idioma de los vencedores
o el de los vencidos o igualmente una tercer lengua aceptada por ambos para su mutua
inteligencia. Puede emigrar el séquito de un principe, que sojuzga territorios enteros y
se propaga con las mujeres robadas. Puede emigrar un tropel accidental de aventureros de
distintas procedencias o una población entera, con mujeres y niños como los filisteos
que hacia 1200 antes de Jesucristo siguieron las costas fenicias hacia Egipto [121]
enteramente a la manera germánica, con sus carros tirados por cuatro bueyes. Debemos,
pues, preguntar de nuevo; ¿es lícito inferir el destino de pueblos y razas partiendo de
los movimientos que advertimos en los nombres y en los idiomas? A esta pregunta sólo
puede contestarse con un rotundo no.
Entre
los «pueblos marítimos» que una y otra vez atacaron Egipto en el siglo XIII, aparecen
los nombres de los danaos y los aqueos; pero estos dos nombres son en Homero
denominaciones casi míticas. Aparece también el nombre de los luca, nombre que
más tarde se encuentra en Licla; pero los habitantes de este país se llaman tramilos.
Por último, aparecen igualmente los nombres de los etruscos, sardos y sículos;
pero de ello no se sigue que esos turscha hablasen el etrusco posterior ni
que tuviesen una conexión corporal con los habitantes de Italia que llevaron el mismo
nombre; y aunque estuviesen probados estos dos extremos, ello no nos daría derecho a
hablar de «uno y el mismo pueblo». Aun suponiendo que la inscripción de Lemnos
fuese etrusca y que el etrusco fuese indogermánico, esto no significaría nada para la
historia de la raza, aunque podría servir a la historia del lenguaje. Roma es una ciudad
etrusca. ¿No es esto perfectamente indiferente para lo que al alma del pueblo
romano se refiere? ¿Son los romanos indogermanos por el hecho accidental de hablar un
dialecto latino? Los etnógrafos conocen una raza alpina y una raza del país medio, y al
Sur y al Norte de éstas perciben una notable afinidad corporal entre los germanos
septentrionales y los libios. Pero los filólogos saben que los vascos, por su idioma,
constituyen el resto de una población «preindogermánica» ibérica. Esas
dos opiniones se contradicen. ¿Eran helenos los que construyeron Micenas y Tirinto?
Podríamos preguntar igualmente si los ostrogodos eran alemanes. Confieso que no comprendo
tales preguntas.
Para
mi un pueblo es una unidad de alma. Los grandes acontecimientos de la historia no
son propiamente obra de los pueblos; más bien diríamos que son los pueblos obra de
los acontecimientos. Cada acción modifica el alma del agente. Puede suceder que al
principio muchos hombres se reúnan alrededor de un nombre famoso; pero si tras este
nombre hay un pueblo y no una aglomeración, ello es el resultado, no el supuesto, de
grandes acontecimientos. Los destinos de sus emigraciones fueron los que hicieron de los
godos y de los osmanes lo que mas tarde llegaron a ser los «americanos» no
emigraron de Europa. El nombre del geógrafo florentino Américo Vespucio designa en
primer término un continente y luego además un verdadero pueblo cuya índole propia se
deriva de la conmoción espiritual de 1775 y sobre todo de la guerra de Secesión de
1861-1865.
La
palabra pueblo no tiene otro contenido. En esto no es lo decisivo ni la unidad de idioma
ni la de la procedencia corpórea. La experiencia íntima del «nosotros» es siempre la
que distingue a un pueblo de una población, destacándolo de ésta y sumiéndolo
nuevamente en ella. Cuanto más profundo sea ese sentimiento del nosotros, tanto más
fuerte es la energía vital del lazo. Hay pueblos de forma enérgica, o laxa, o efímera,
o indestructible. Ya pueden cambiar de idioma, de raza, de nombre, de solar; mientras les
dura el alma, los pueblos se asimilan íntimamente, transformándolos, a los hombres de
las más distintas procedencias. El nombre romano, en la época de Aníbal, designa un
pueblo; en la de Trajano designa ya solamente una población.
Y
sin embargo es lícito unir el concepto de pueblo con el de raza. Pero no en el sentido
darwinista de la raza, tan extendido en nuestra época. Ningún pueblo ha podido
mantenerse unido por la mera unidad de procedencia corporal; esta forma no se hubiera
conservado ni siquiera diez generaciones. Nunca se insistirá bastante en que esa
procedencia fisiológica sólo existe para la ciencia y nunca para la conciencia popular.
Ningún pueblo se ha entusiasmado nunca por ese ideal de la «sangre pura». Tener
raza no significa tener una misma determinada materia. La raza es algo cósmico, una
dirección, la sensación de unos sinos concordantes, la marcha por la historia con igual
curso y los mismos pasos. Una mala inteligencia de ese ritmo metafísico es la que da
origen al odio de razas que no es menos fuerte entre franceses y alemanes que entre
alemanes y judíos.
Y de una idéntica pulsación nace el amor realque tiene cierta afinidad con el odioentre el hombre y la mujer. El que no tiene raza no conoce ese peligroso amor. Si una parte de la masa humana que emplea hoy lenguas indogermánicas se acerca mucho a cierto ideal de raza, esto manifiesta la fuerza metafísica de ese ideal, que ha actuado como principio educador pero no tiene nada que ver con un pueblo primario, por el estilo del que suponen los científicos. Es de la mayor importancia el observar que ese ideal no se halla nunca impreso en el conjunto de la población, sino en el elemento principalmente guerrero y, ante todo, en la nobleza auténtica, es decir, entre aquellos hombres que viven sumidos en un mundo de hechos, bajo el imperio del devenir histórico, hombres entregados al sino, hombres que saben querer y osar; y por otra parte, en los tiempos primitivos, era fácil el ingreso en la clase de los señores para un extraño de alto rango interior y exterior, cuanto más que las mujeres eran elegidas por su «raza» y seguramente no por su procedencia. En cambio, donde más débiles se observan los rasgos de raza es precisamente en las naturalezas de tipo sacerdotal y científico [122] -como puede comprobarse aún hoyaun cuando tengan con las anteriores acaso la máxima afinidad de sangre. Un ánimo vigoroso educa el cuerpo y hace de él una obra de arte. Los romanos formaron una raza de la más rigurosa unidad interna en la maraña confusa de las tribus itálicas; y en esa unidad de la raza romana vinieron a fundirse hombres de las más distintas procedencias. La raza romana no es ni etrusca ni latina ni «antigua», sino específicamente romana [123]. En los bustos
romanos
de la época final republicana puede contemplarse, como en ningún otro ejemplo, la fuerza
de esa unidad popular.
Los
persas constituyen otro ejemplo vigorosísimo de los errores que traen consigo las
representaciones eruditas de pueblo, idioma y raza. Aquí está el motivo profundo y
quizá decisivo por el cual el organismo de la cultura arábiga ha permanecido hasta hoy
desconocido. El persa es un idioma ario; luegose dice«los persas» han de ser
un «pueblo indogermánico». La historia y la religión persa constituyen, pues, un tema
de la filología «iránica».
Pero
ante todo: ¿es el persa un idioma hermano del indio, procedente de un común idioma
anterior, o es solamente un dialecto indio? Entre el antiguo védico de los textos
indios y las inscripciones de Darío en Behistun median 700 años de desarrollo no
escrito, en que la lengua, por tanto, se transforma con gran rapidez. No es mayor la
distancia entre el latín de Tácito y el francés del juramento de Estrasburgo (842).
Ahora bien; las cartas de Amarna y el archivo de Boghazköi nos dan a conocer numerosos
nombres «arios» de personas y dioses de la mitad del milenio segundo, esto es, de la
época de los caballeros védicos; y dichos nombres aparecen en Siria y Palestina.
Por
otra parte, Ed. Meyer [124] observa que esos nombres son indios y no persas; y otro tanto
puede decirse de los numerales descubiertos ahora [125]. De los persas, pues, no se sabe
nada y menos aún de un «pueblo» en el sentido que le dan a esta palabra nuestros
historiadores. Fueron héroes indios los que cabalgaron hacia Oeste; y con su arma
incomparable, el caballo, con su afán de hazañas, significaron una fuerza grande en el
mundo babilónico, que caminaba ya hacia la vejez.
A
partir del año 600 aparece en ese mundo la pequeña comarca de Persia con una población
labradora y bárbara, pero políticamente unificada. Dice Herodoto que sólo tres de sus
tribus son propiamente de nacionalidad persa. ¿Conservóse el idioma de aquellos
caballeros en esta montaña, siendo «persa» un nombre de comarca trasladado
después a un pueblo? Los medos, muy semejantes a los persas, llevan también el nombre de
una comarca, cuyas capas guerreras superiores empezaron a sentirse en unidad merced a
grandes éxitos políticos. En los documentos asirios de Sargón y sus sucesores (hacia
700) encontramos, junto a ciertos toponímicas no arios, patronímicos «arios», siempre
aplicados a personajes importantes. Pero Tiglat Pileser IV (745-727) dice que el pueblo
tiene cabellos negros [126]. El «pueblo persa» de Ciro y Darío puede haberse formado
desde ahora con hombres de la más distinta procedencia, pero unidos fuertemente por la
comunidad de vida.
Mas
cuando los macedonios, unos dos siglos después, perdieron su poderío, ¿existían
aún los persas en esa forma? ¿Existía en Italia hacia 900 realmente un pueblo
lombardo? Es seguro que el idioma del imperio persa, idioma muy extendido, y la
repartición de los pocos millares de hombres adultos oriundos de Persia en un enorme
circulo de labores militares y administrativas, hubo de disolver bien pronto la unidad
popular. En vez de ésta fue una capa superior, la que, sustentando el nombre pérsico, se
sintió unida en unidad política. De esa capa pocos eran los que procedían
realmente de Persia. Es más; ni siquiera existe una comarca que pueda señalarse como el
teatro de la historia persa. Lo que sucede desde Darío hasta Alejandro, sucede unas veces
en la Mesopotamia septentrional, esto es, en una población de lengua aramea, otras veces
en el viejo Sinear; pero desde luego no en Persia, en donde los edificios suntuosos
iniciados por Jerjes no llegaron nunca a terminarse.
Los
partos eran una tribu mongólica que había adoptado un dialecto persa e intentaba
encarnar el sentimiento nacional persa en medio de esa población.
Junto
al idioma y a la raza aparece aquí también la religión como un problema [127]. La
investigación lo ha mezclado con el del idioma y el de la raza, como si fuese evidente
tal unión; por consiguiente, el problema de la religión persa ha sido tratado siempre en
relación con la India. Pero la religión de aquellos wikingos de la tierra firme, no
tenia afinidad con la védica, sino que era idéntica a ésta, como lo demuestran las
parejas divinas Mitra-Varuna e Indra-Nasatya de los textos de Boghazköi. En esa
religión, que se conservó en medio del mundo babilónico, aparece luego Zaratustra como
un reformador procedente del pueblo bajo. Es sabido que Zaratustra no era persa. Su
creación, como espero demostrarlo, consistió en trasladar la religión védica a
las formas del pensamiento cósmico arameo, en el cual ya se prepara sordamente la
religiosidad mágica. Los daevas, los dioses de la vieja fe india se convierten en
los demonios de la fe semítica, en los dschins de los árabes.
Yahwé
y Beelzebub están entre si en la misma relación que Ahura Mazda y Ahriman, en esta
religión de labriegos nacida de un sentimiento cósmico que se cualifica en sentido moral
y dualista del universo. Ed. Meyer ha señalado [128] exactamente la diferencia entre la
concepción india y la concepción «iránica» del universo; pero a consecuencia de los
falsos supuestos en que se apoya, no ha podido conocer el origen de dicha diferencia.
Zaratustra
sigue el mismo camino que los profetas israelitas, los cuales transformaron en el
mismo sentido y en el mismo tiempo la fe popular mosaico-cananea. Es bien característico
el hecho de que toda la escatología constituya un bien común de la religión persa y de
la religión judía y de que los textos del Avesta fueran escritos primitivamente en
arameo, en la época de los partos, siendo luego traducidos al pehlewi [129].
Pero ya en la época de los partos se ha verificado, tanto en los persas
como en los judíos, aquella profunda transformación que determina el concepto de
nación, no por la pertenencia a cierta tribu, sino por la adhesión a cierta fe y derecho
[130]. Un judío que se convierte al mazdeísmo se hace persa. Un persa que se hace
cristiano pertenece al «pueblo» nestoriano. La abundantísima población de la
Mesopotamia septentrional comarca madre de la cultura arábigapertenece en
parte a la nación judía y en parte también a la nación persa, en ese sentido que no
tiene ya nada que ver con la raza y poco con el idioma «Infiel» significa ya en la
época del nacimiento de Cristo el que no es persa o el que no es judío.
Esta
nación es el «pueblo persa» del imperio sassánida. En relación con esto se encuentra
el hecho de que el pehlewi y el hebreo mueran a un mismo tiempo, convirtiéndose entonces
el arameo en la lengua materna de las dos comunidades. Si se quiere emplear la
denominación de arios y semitas, hay que decir que los persas en la época de las cartas
de Amarna eran arios, pero no constituían un «pueblo»; en la época de Darío formaban
un pueblo, pero no tenían raza; en la época de les Sassánidas constituían una
comunidad religiosa, pero de procedencia semítica. Ni hay un pueblo persa primitivo, que
sea la ramificación de un pueblo ario, ni existe una historia persa de conjunto; ni
siquiera es posible señalar una comarca única para las tres historias particulares, las
cuales se conexionan entre si tan sólo por ciertas relaciones lingüísticas.
17
Queda,
pues, asi establecida, finalmente, la base para una morfología de los pueblos.
Tan pronto como se conoce su esencia se descubre asimismo un orden interior en el torrente
de los pueblos que cruzan por la historia. Los pueblos no son ni unidades lingüísticas,
ni unidades políticas, ni unidades zoológicas, sino unidades espirituales. Pero
precisamente sobre la base de tal sentimiento, distingo yo entre los pueblos antes de
una cultura, en una cultura y después de una cultura. Siempre ha sido profundamente
sentido el hecho de que los pueblos cultos son algo más definido que los otros pueblos.
Lo que antecede a un pueblo culto lo llamo yo pueblo primitivo. Me refiero a esos
lazos de unión fugaces y variadísimos que sin regla cognoscible se forman y se deshacen
en el transcurso de las cosas y que, por último, con el presentimiento de una cultura
nonnata aún, por ejemplo, en la época prehomérica, precristiana y germánica, condensan
la población en grupos y capas de tipo cada vez más preciso, sin alterar apenas el
temple de los hombres.
Una
serie de éstos es la que conduce de los cimbros y teutones pasando por los marcomanos y
los godos hasta los francos, lombardos y sajones. Primitivos son los pueblos judío y
persa en la época de los Seleucidas. Primitivos son los «pueblos marítimos», los
cantones egipcios en la época de Menes. En cambio, los pueblos que subsiguen a una
cultura los llamo pueblos felahs, adoptando el nombre de su ejemplo más famoso, los
egipcios a partir de la época romana.
En
el siglo X despierta de pronto el alma fáustica y se manifiesta en innumerables formas.
Entre éstas, junto a la ornamentación y la arquitectura, aparece claramente estampada
una cierta forma de pueblos. Los pueblos del imperio carolingio sajones, suabios,
francos, visigodos, lombardosse convierten de pronto en alemanes, franceses,
españoles, italianos.
Toda
la investigación histórica ha concebido hasta ahoraa sabiendas y premeditadamente
o noestos pueblos cultos como algo dado, como algo primario y la cultura misma como
un producto de ellos. Indios, griegos, romanos, germanos han pasado por ser unidades
absolutas, creadoras de la historia.
La
cultura griega era- según la historiografíaobra de los helenos, los cuales, por lo
tanto, debían existir como tales helenos desde mucho antes y haber emigrado a Grecia.
Otra representación del nexo entre creador y creación parecía inimaginable.
Considero
yo como un descubrimiento decisivo la mutación que se deriva de los hechos expuestos. Es
necesario afirmarlo con todo rigor: las grandes culturas son algo absolutamente primario,
algo que emerge de lo más profundo del alma.
Los
pueblos que se hallan en el radio de una cultura son, por su forma interna y por todo su
aspecto, no los creadores, sino las creaciones de esa cultura. Esas formaslos
pueblos-, en las cuales los hombres, a modo de materia, quedan contenidos, poseen un
estilo y una historia de este estilo, como los géneros artísticos y las ideologías. El
pueblo de Atenas es un símbolo, como el templo dórico; el inglés es un símbolo, como
la física moderna. Hay pueblos de estilo apolíneo, de estilo mágico, de estilo
fáustico. No son «los árabes» los que han creado la cultura mágica. La cultura
mágica, que comienza en la época de Cristo, es la que ha creado el pueblo árabe, su
última gran creación en la esfera de los pueblos. El pueblo árabe representa, como el
judío y el persa, una comunidad de fe, la del Islam. Los pueblos son las formas
simbólicas en que, condensado, cumple su sino el hombre de esas culturas.
En
cada una de esas culturas, en la mejicana como en la china, en la india como en la
egipciallegue o no hasta ese punto nuestro saber hay un grupo de grandes
pueblos con un mismo estilo. Este grupo de pueblos nace al iniciarse la cultura en
cuestión, crea Estados, sustenta la historia y, en el curso de la evolución, conduce a
un fin la forma en él impresa. Esos pueblos son entre si muy distintos. Parece que no se
puede imaginar oposición más enérgica que la que existe entre atenienses y espartanos,
alemanes y franceses, tsin y tsu; la historia de la guerra reconoce en el odio nacional el
medio más eficaz para establecer decisiones históricas. Pero tan pronto como un pueblo
extraño a la cultura aparece en el contorno, despierta por doquiera un poderoso
sentimiento de afinidad psíquica. El concepto de bárbaro, en el sentido del hombre que no
pertenece interiormente a una cultura, está tan netamente forjado entre los pueblos de
Egipto y en el mundo de los Estados chinos, como entre los antiguos. La energía de la
forma es tanta que trasciende a los pueblos vecinos, imprimiéndose en ellos. Así los
cartagineses constituyen un pueblo de estilo semiantiguo en la historia romana y los rusos
forman un pueblo de estilo occidental en nuestra historia, desde Catalina la Grande hasta
la caída del zarismo.
Llamo
naciones a los pueblos que tienen el estilo de cierta cultura. Por la palabra misma
distingo entre las naciones y las otras formas de pueblos que anteceden o subsiguen a una
cultura. No es sólo el profundo sentimiento del «nosotros» el que anuda íntimamente el
más importante de todos los grandes lazos. La nación está fundada sobre una idea.
Esas corrientes de una existencia conjunta mantienen una profunda relación con el sino,
con el tiempo, con la historia, relación que en cada caso particular es distinta, y
determina también la relación
del
pueblo con la raza, el idioma, el país, el Estado, la religión. La diferencia que existe
entre el alma de los pueblos chinos y el alma de los pueblos antiguos es la misma que
existe entre el estilo de la historia china y el estilo de la historia antigua.
Los
pueblos primitivos y los pueblos felahs viven en esos altibajos zoológicos ya citados; su
vivir es un acontecer sin plan, en el cual, sin fin propio, sin duración fija, ocurren
muchas cosas y, sin embargo, en sentido profundo, no ocurre nada. Sólo las naciones son
pueblos históricos, pueblos cuya existencia es historia universal. Entiéndase
bien lo que esto quiere decir. Los ostrogodos padecieron un gran sino y no
tuvieroninteriormentehistoria. Sus batallas, sus establecimientos carecían de
necesidad y fueron por tanto, episódicos.
Su
fin fue insignificante. Los hombres que hacia 1500 vivían en Micenas no eran todavía
nación. Los que por esa época vivían en la Creta minoica no eran ya nación.
Tiberio fue el último jefe que intentó conducir más allá, en la historia, una nación
romana, el último que intentó salvar para la historia una nación romana. Marco
Aurelio, en cambio, es el defensor de una población romana para la cual existían
sucesos, pero no historia. No se puede determinar a través de cuántas generaciones
perdurara un pueblo medo o aqueo, o huno, ni en qué clase de unidades vivieran las
generaciones antecedentes y subsiguientes. Esto no depende de regla alguna. En cambio, la
duración vital de una nación está determinada, como igualmente el paso y el
ritmo de su historia. El número de las generaciones desde el comienzo de la dinastía Chu
hasta el gobierno de Chi-Hoang-Ti, desde los sucesos que sirven de base a la leyenda
troyana hasta Augusto, desde la época de los Tinitas hasta la dinastía XVIII, es
aproximadamente el mismo. Las épocas posteriores de las culturas, de Solón a Alejandro,
o de Lutero a Napoleón, abrazan unas diez generaciones no más.
En
estas medidas cronométricas se cumplen los sinos de los pueblos cultos y con ellos los de
la historia universal. Los romanos, los árabes, los prusianos son naciones que han nacido
en las postrimerías. ¿Cuántas generaciones de Fabios y Junios habían vivido con
calidad de romanos cuando se libró la batalla de Cannas?
Pero
las naciones son los pueblos que propiamente edifican ciudades. Nacidas en
los burgos, llegan en las ciudades a la cúspide de su conciencia cósmica y de su
destino, para extinguirse en las urbes cosmopolitas. Todo cuadro de ciudad, si tiene
carácter, tiene un carácter nacional. La aldea, toda expresión racial, no posee aún
ese carácter. La urbe no lo posee ya. Nunca se exagerará bastante la energía, la
sustantividad, la unidad de ese rasgo esencial que tiñe de cierto colorido toda la
vida pública de una nación y confiere a la menor manifestación externa la categoría de
nota distintiva. Si entre las almas de dos culturas se alza un muro impenetrable, de
manera que ningún hombre de Occidente puede esperar entender por completo al indio o al
chino, otro tanto sucede, en alto grado, entre las naciones. Las naciones no se
comprenden, como los individuos no se comprenden tampoco. Cada cual comprende una imagen
del otro, imagen, empero, creada por él mismo. Pocos y aislados son los que logran
ahondar más. Frente a los egipcios sentíanse afines los pueblos antiguos;
considerábanse como un conjunto. Pero nunca pudieron comprenderse entre sí, ¿Hay
oposición más cruda que la del espíritu ateniense y el espíritu espartano? No sólo
desde Bacon, Descartes y Leibnitz, sino en la escolástica misma hay ya una modalidad
alemana, francesa e inglesa del pensar filosófico. En las mismas física y química
modernas difieren notablemente, según la nación, los métodos científicos, la
selección y modo de los experimentos e hipótesis, su relación mutua y su sentido para
el curso y fin de la investigación. La piedad alemana y la francesa, las costumbres
inglesas y las españolas, los hábitos vitales de alemanes y de ingleses son tan
distintos, que la interioridad de toda nación extranjera resulta siempre, para el
término medio y la opinión pública de la nación propia, un misterio profundo y
manantial de constantes y graves errores. Durante el imperio romano empiezan los hombres a
entenderse por doquiera. Por eso mismo puede decirse que no existía ya aquello que, en
las ciudades antiguas, valía la pena de ser comprendido. Al sentir fácil la mutua
inteligencia, cesó aquella humanidad de vivir en naciones; y entonces cesó de ser
histórica [131].
La profundidad de estos sentimientos hace que nunca pueda todo un pueblo
ser por igual pueblo culto o nación. En los pueblos primitivos cada individuo
posee el mismo sentimiento de la comunidad. Pero el despertar de una nación a la
conciencia de si misma se verifica siempre en gradaciones y tiene lugar, sobre todo, en
una clase única, cuya alma es más fuerte y se impone a las demás por la fuerza con que
vive y siente. Cada nación está representada ante la historia por una minoría.
Al despuntar la cultura surge, como flor del pueblo, la nobleza [132]; y en los círculos
nobles es donde recibe estilo grandioso el carácter nacional, que, por ser inconsciente
todavía, es tanto más hondamente sentido en su ritmo cósmico. «Nosotros» significa la
clase de los caballeros en el feudalismo egipcio de 2700, lo mismo que en el indio y chino
de 1200. Los héroes homéricos son los danaos. Los barones normandos son
Inglaterra. El duque de Saint-Simón, que tenia un resto de viejo espíritu franco, solía
decir: «toda Francia estaba reunida en la antecámara».
Y
hubo una época en que Roma y el Senado eran realmente lo mismo. Con las ciudades, la
burguesía llega a ser el sustentáculo de lo nacional, o mejor dicho, de la conciencia
nacional a causa de la creciente espiritualizaciónque recibe de la nobleza y
conduce a su cumbre. Siempre son circuios particulares los que, en innumerables
gradaciones, viven, sienten, obran y saben morir en nombre, del pueblo. Pero esos
círculos se hacen más grandes. En el siglo XVIII nació el concepto occidental de
nación, el cual declaró la pretensióny en ocasiones intento realizarla con gran
energíade ser representado por todos sin excepción. En realidad, como es sabido,
los emigrantes, e igualmente los jacobinos, estaban convencidos de que eran el pueblo, los
representantes de la nación francesa. Un pueblo culto, en donde la noción de pueblo
coincida con «todos», no existe.
Esto
es posible solamente en los pueblos primitivos y en los pueblos felahs, en una existencia
popular sin hondura, sin rango histórico. Cuando un pueblo es realmente nación, cuando
un pueblo cumple el sino de una nación, existe en él una minoría que, en nombre de
todos, representa y realiza su historia.
18
Las
naciones antiguas son las unidades corpóreas más pequeñas posible. Ello corresponde al
alma estática y euclidiana de su cultura. No son naciones los helenos o los jonios, sino
el demos de cada Estado particular, unión de adultos que limita por arriba con el
tipo del héroe y por abajo con el esclavo, en límites jurídicos y, por tanto,
nacionales [133]. El sinekismo, misterioso proceso de los tiempos primeros, por el
cual los habitantes de una comarca abandonan sus aldeas y se reúnen en una ciudad,
señala el momento en que la nación antigua cobra conciencia de sí misma y se constituye
como tal nación. Todavía podemos contemplar cómo desde la época homérica [134] hasta
la época de las grandes fundaciones coloniales, va afirmándose esa forma de nación, que
responde por completo al símbolo primario de la cultura antigua: cada pueblo era un
cuerpo visible, abarcable por la mirada, un sÇma., que negaba
resueltamente el concepto del espacio geográfico.
Es
indiferente para la historia antigua que los etruscos de Italia sean idénticos de cuerpo
o de idioma a los que llevan el mismo nombre entre los pueblos marítimos, como es
indiferente también la relación que existía entre las unidades prehoméricas de los
pelasgos o los dañaos y las que posteriormente llevaban el nombre de dorios o helenos.
Puede ser que hacia 1100 haya existido un pueblo primitivo dórico o etrusco. Pero lo que nunca
ha existido es una nación dórica o etrusca. En Toscana, como en el Peloponeso, no
había mas que ciudades-Estados, puntos nacionales que aumentaron en la
época colonial merced a los establecimientos remotos, pero que no se ampliaron
nunca.
Las guerras etruscas de los romanos fueron siempre
guerras contra una o varias ciudades, y ni los persas ni los cartagineses han tenido
enfrente a otra especie de «nación». Todavía hoy, como en el siglo XVIII, se habla de
«los griegos y los romanos».
Pero
esta es una expresión falsa. No existió «pueblo» griego en el sentido que nosotros
damos a esta palabra. Es un concepto ese que los griegos no conocieron. El nombre de
helenos, que aparece hacia 650, no designa un pueblo, sino e conjunto de los pueblos
cultos antiguos, la suma de las naciones [135] por oposición al nombre de
bárbaros. Y los romanos, pueblo netamente de estilo ciudad, no pudieron «pensar» su
imperio sino en forma de innumerables puntos nacionales, civitates, en las cuales
disolvieron, en efecto, jurídicamente, todos los pueblos primitivos de su imperio. Pero
en el momento en que el sentimiento nacional perdió esa forma, llegó a su
término la historia antigua.
Uno
de los más difíciles problemas de la historiografía futura ha de ser el perseguir de
generación en generación, en las comarcas orientales del Mediterráneo, la extinción
insensible de las naciones antiguas y la aparición y robustecimiento del sentimiento
mágico nacional.
Una
nación de estilo mágico es la comunidad de los fieles, el lazo que une a todos los que
conocen el camino recto de la salvación y se sienten unidos interiormente por el idjma
[136] de esa fe. A una nación antigua se pertenece cuando se tiene el derecho de
ciudadanía. A una nación mágica se pertenece cuando se ha verificado el acto
sacramentalla circuncisión entre los judíos, cierta y determinada especie de
bautismo entre los mandeos o los cristianos. Lo que para un pueblo antiguo significa el
ciudadano de un Estado extraño, eso mismo es para un pueblo mágico el infiel. Con él no
hay trato ni matrimonio.
Y
esta exclusividad llega tan lejos que en Palestina se formaron uno junto a otro un
dialecto judíoarameo y otro cristíanoarameo [137]. Una nación fáustica guarda
relación con cierta especie de religiosidad, pero no está necesariamente unida con
determinada confesión. Una nación antigua no posee relaciones exclusivas con ningún
culto determinado. En cambio la nadan mágica coincida absolutamente con el concepto de
Iglesia.
La nación antigua va unida a una ciudad. La nación occidental esta íntimamente relacionada con un paisaje. La nación arábiga no
conoce
ni patria ni lengua materna. Una expresión de su sentimiento cósmico es solamente la
escritura, y cada «nación», en el momento de nacer, desarrolla una escritura propia.
Pero
justamente por eso, el sentimiento nacional de estilo mágicoen el pleno
sentido de esta palabraes tan interior y tan sólido que produce en
nosotroshombres fáusticos, que echamos de menos en él la noción de patria y
hogaruna emoción misteriosa y desapacible. Esa callada y evidente conexión
por ejemplo, la que une a los judíos actuales a pesar de vivir bajo pueblos
diferentesha pasado como concepto de la persona jurídica al derecho romano
«clásico» [138] construido por arameos. La persona jurídica no quiere decir
otra cosa que una comunidad mágica. La comunión judaica posterior al destierro
era
una persona jurídica, mucho antes de que hombre alguno descubriera el concepto.
Los
pueblos primitivos que preceden a esta evolución son principalmente comunidades de
tribus. Entre ellas están desde los comienzos del milenio 1 antes de Jesucristo los
mineos de Sudarabia, cuyo nombre desaparece hacia loo antes de Jesucristo; los caldeos,
que aparecen igualmente hacia 1000 como grupo de tribus con un idioma arameo y que entre
625 y 539 gobiernan el mundo babilónico; los israelitas, antes del destierro [139]; y los
persas de Ciro [140]. Y esta forma es tan fuerte en el sentir de la población, que los
sacerdotes, al desenvolverse ampliamente desde Alejandro, conservan los nombres de tribus
extinctas o ficticias. Entre los judíos y los sabeos de Sudarabia se llaman levitas;
entre los medos y persas, magospor el nombre de una tribu médica extinta;
entre los secuaces de la religión neobabilónica, caldeos, por el nombre de la tribu
desaparecida. Pero aquí, como en todas las demás culturas, la energía del sentimiento
común nacional acabó por superar completamente la antigua división de esos pueblos
primitivos.
Asi
como el populus romanus sin duda alguna conservó en su seno fragmentos de pueblos
de muy distinta procedencia; asi como la nación francesa admitió indistintamente a los
francos salios y a los indígenas románicos y celtas, asi también la nación mágica
prescindió de la procedencia como nota distintiva.
Esta
transformación se llevó a cabo muy poco a poco. Entre los judíos de la época de los
Macabeos, como entre los primeros sucesores de Mahoma, la tribu desempeña todavía un
papel importante. Pero entre los pueblos cultos ya maduros de este mundo mágico, como los
judíos de la época talmúdica, la tribu no significa nada. Quien sustenta la misma fe
pertenece a la misma nación; fuera criminal el reconocer otra nota característica. El
principe de Adiabene [141] se convirtió al judaísmo con todo su pueblo en la época del
cristianismo primitivo.
y
quedaron todos incorporados a la nación judía. Otro tanto puede decirse de la
nobleza armenia y hasta de las tribus caucásicas que por entonces se convirtieron en gran
número al judaísmo. E igualmente, por otra parte, de los beduinos de Arabia, hasta el
Sur remoto y aun más allá, hasta las tribus africanas que lindan con el lago Tchad.
Prúebanlo hoy todavía los falascha, judíos negros de Abisinia. Y manifiestamente
se ha conservado el sentimiento de la unidad de la nación, a pesar de tales diferencias
de raza. Se asegura que todavía hoy los judíos distinguen entre si a primera vista las
razas más diferentes y que en los ghettos de la Europa oriental se reconocen claramente
«las tribus» en el sentido del Antiguo Testamento. Pero esto no significa una diferencia
de nación. Entre los pueblos caucásicos, que no pertenecen al judaísmo, hállase
muy extendido, según von Erckert [142], el tipo del judío europea occidental. En cambio
ese tipo no existe apenas, según Weissenberg [143] entre los judíos de la Arabia del
Sur, que tienen la cabeza alargada. Las cabezas de los sabeos, que vemos en la plástica
de los sepulcros de Arabia meridional, presentan un tipo humano que casi se podría
calificar de romano o de germánico. De este tipo proceden los judíos que han ingresado
en la comunión judía, al menos desde el nacimiento de Cristo.
Pero
esta disolución de los pueblos primitivos que primero se dividían en tribus y luego
fueron a constituir las naciones mágicaspersas, judíos, mandeos, cristianos,
etc.ha debido verificarse en gran escala y con notable extensión. Ya he puesto de
manifiesto el hecho decisivo de que los persas, mucho antes de la era cristiana,
constituían ya una comunidad meramente religiosa; y es seguro que su número aumentó
infinitamente gracias a las conversiones a la fe mazdeita. La religión babilónica
desapareció por entonces; sus fieles se convirtieron, pues, unos en «judíos» y otros
en «persas». Pero existe una religión astralvástago de la antigua
babilónicaque en esencia es una religión nueva y posee grandes afinidades tanto
con la persa como con la judía. Esta religión astral lleva el nombre de los caldeos y
sus fieles constituyen una verdadera nación, con idioma arameo. De esta población
aramea, repartida en las naciones caldea, judía y persa, han nacido no solo el Talmud
babilónico, la gnosis y la religión de Mani, sino también en la época del
Islamcuando casi toda la población pertenecía ya a la nación árabeel
Sufismo y la Schia.
Considerada
desde Edessa, también la población del mundo antiguo aparece como una nación de estilo
mágico. Es la nación de «los griegos», según la terminología oriental. Es el
conjunto de los que adhieren a los cultos sincretísticos y viven unidos por el idjma
de la religiosidad antigua decadente. Ya no se trata de las naciones-Estados
helenísticas, sino de una sola comunidad religiosa, los «adoradores de los
misterios», los que bajo el nombre de Helios, Júpiter, Mittra, yeòw ìcistow,
adoran una especie de Jahwé o Alah. La palabra «griegos» significa en todo el mundo
oriental un concepto religioso. Y este sentido corresponde perfectamente con la
realidad de entonces. El sentimiento de la polis ha desaparecido casi por completo;
y una nación mágica no necesita patria, no necesita tampoco unidad de procedencia. El
helenismo del imperio seleucida, que ganó prosélitos en el Turkestán y a orillas del
Indo, era por su forma interna afín al judaísmo posterior al destierro y al persianismo.
El arameo Porfirio, discípulo de PIotino, intentó más tarde organizar el helenismo como
una iglesia, con su culto y todo, según el modelo de las iglesias cristiana y persa. El
emperador Juliano dio carácter oficial a esa iglesia helenística. El acto de Juliano no
fue solamente religioso, sino sobre todo nacional. Cuando un judío sacrificaba a Sol o a
Apolo, quedaba convertido en griego. Asi Ammonio Sakkas (+ 242), que fue maestro de
PIotino y probablemente de Orígenes, se convirtió «de cristiano en griego». Lo mismo
le sucedió a Porfirio, quien, como el jurista romano Ulpiano [144], era fenicio de Tiro y
se llamaba primitivamente Maleo [145]. En tales casos los juristas y funcionarios
adoptaron nombres latinos; los filósofos, nombres griegos. Esto le basta a la actual
investigación histórica y religiosa dominada por el punto de vista
filológicopara considerarlos como romanos y griegos, en el sentido de las antiguas
naciones-Estados. Pero, en realidad, ¿cuántos de entre los grandes alejandrinos no
habrán sido griegos solo en el sentido mágico? ¿No serían quizás Plotino y
Diofanto por nacimiento judíos o caldeos?
Del
mismo modo los cristianos, desde el principio, se sintieron como nación de estilo
mágico. Y no de otro modo fueron considerados por los demás, tanto por los griegos
(«paganos») como por los judíos. Los judíos estimaron consecuentemente su salida del
judaísmo como una traición y los griegos consideraban la propaganda cristiana en las
ciudades antiguas como una agresión o conquista. Los cristianos daban a los infieles el
nombre de t? ¨ynh. Cuando los monofisitas y los nestorianos se separaron de los
ortodoxos, estas nuevas iglesias fueron otras tantas naciones nuevas que surgieron. Los
nestorianos son gobernados desde 1450 por el Mar-Schamun, que es a la vez príncipe y
patriarca del pueblo y, frente al sultán, adopta la misma posición que antaño poseía
el Resch Galuta judío en el imperio persa. Para comprender las posteriores persecuciones
contra los cristianos hay que tener presente siempre este tipo de conciencia nacional, que
nace de un determinado sentimiento cósmico y, por lo tanto, se manifiesta con absoluta
evidencia. El Estado mágico va unido inseparablemente con el concepto de la fe religiosa.
Califato, nación e iglesia forman una unidad íntima. El Estado de Adiabene se
convirtió al judaísmo, como Osroene ya en 200 se pasó del helenismo al cristianismo, y
Armenia, en el siglo VI, del helenismo al monofisismo. En todo caso se expresaba la idea
de que el Estado era idéntico a la comunidad de los fieles como persona jurídica.
Sin
duda en el Estado islamita vivían cristianos; en el persa, nestorianos, y en el
bizantino, judíos. Pero, siendo infieles, no pertenecían al Estado y por eso estaban
exentos de la ley común y sujetos a su legislación propia (véase pág. 99 y ss.). Si en
algún momento por su número o por su proselitismo ponían en peligro la identidad entre
el Estado y la Iglesia, entonces era deber nacional el perseguirlos y exterminarlos. Por
eso en el imperio persa fueron perseguidos primero los ortodoxos («griegos»), luego los
nestorianos. Diocleciano que, como califa dominus et Deus había unido
la Iglesia pagana al imperio, se sentía jefe de esos fieles y no podía sustraerse
a la obligación de perseguir la otra Iglesia. Constantino cambió la «verdadera»
Iglesia, esto es, cambió la nacionalidad del imperio bizantino.
A
partir de este momento, el nombre «griego» se traslada poco a poco, insensiblemente, a
la nación cristiana y más exactamente a aquella que el emperador, como jefe de los
creyentes, reconocía y mandaba representar en los grandes concilios. Así se explica lo
incierto y vacilante del cuadro histórico que ofrece el imperio bizantino. Este imperio
se organiza hacia 290 en la forma del imperio antiguo, y, sin embargo, es desde el
principio un Estado nacional de estilo mágico, que poco después (en 312) cambia de
nación sin cambiar de nombre. Bajo el nombre de «griegos» combatió primero el
paganismo como nación contra los cristianos y más tarde el cristianismo como nación
contra el Islam. En su defensa contra la nación «árabe», ha ido acentuándose la
nacionalidad griega de manera que los griegos actuales son un producto de la cultura
mágica, desarrollado primero por la Iglesia cristiana, luego por el sacro idioma de esta
Iglesia y al fin por el nombre de esta Iglesia. El Islam tomó el nombre de «árabes» de
la patria de Mahoma y lo adopto como designación de su unidad nacional. Es un error
identificar esos «árabes» con las tribus beduinas del desierto. Esta nueva nación, con
su alma apasionada y llena de carácter, fue creada por el consensus de la nueva
fe. Como la cristiana, la judía y la persa, esta nación árabe no constituye ni una
unidad de raza ni una unidad de patria. No puede decirse, por tanto, que haya
«emigrado». Su formidable expansión fue debida al hecho de que la mayor parte de las
naciones mágicas ingresaron en su seno. A fines del primer milenio estas naciones decaen
todas y adoptan la forma de pueblos felahs. En esa forma han vivido desde entonces los
cristianos de los Balkanes bajo la dominación turca, los parsis en la India y los judíos
en Europa occidental.
Las
naciones de estilo fáustico aparecen desde Otón el Grande en formas cada vez más
determinadas y bien pronto disuelven los pueblos primitivos de la época carolingia [146].
Hacia el año 1000 tos hombres más importantes se sienten ya dondequiera alemanes,
italianos, españoles o franceses. Seis generaciones antes, sus abuelos se sentían, en lo
profundo de sus almas, francos, lombardos o visigodos.
La
forma que adoptan los pueblos en la cultura occidental posee, como la arquitectura gótica
y el cálculo infinitesimal, una propensión hacia el infinito, tanto del espacio como del
tiempo. El sentimiento nacional comprende por una parte un horizonte geográfico que, para
tan remotos tiempos y tan escasos medios de comunicación, bien puede calificarse de
enorme.
Desde
luego no tiene par en ninguna otra cultura. La patria como ámbito, como una
comarca cuyos limites el individuo apenas ha vislumbrado nunca y por la cual, sin embargo,
está dispuesto a morir, he aquí algo que en su profundidad, en su poder simbólico
ningún hombre de otras culturas puede comprender. La nación mágica no tiene patria
terrenal. La nación antigua tiene por patria un punto, en el que se halla condensada.
Pero ya en la época gótica los hombres de Etschtal y los de los castillos de Lituania se
sentían miembros de una misma unión. Esto es inimaginable en la vieja China y en
el antiguo Egipto. Esto constituye la contradicción más abierta a Roma o Atenas, donde
todos los miembros del demos se contemplaban en cierto modo unos a otros de continuo.
Pero
aún es más fuerte el pathos de la distancia en sentido temporal. Ha creado, sobre
la idea de la patria como existencia nacional, otra idea que es la que propiamente produce
las naciones fáusticas. Me refiero a la idea dinástica. Los pueblos fáusticos
son pueblos históricos, comunidades que se sienten unidas no por el lugar o por el consensus,
sino por la historia.
Y
como símbolo y sustento del sino común aparece visible la casa reinante. Para los chinos
y los egipcios la dinastía era un símbolo de muy distinta significación. Aquí
significa el tiempo, por cuanto actúa y quiere. En la existencia de una sola estirpe se
contemplaba lo que la nación había sido y lo que quería ser.
Este
sentido era tan hondamente percibido que la indignidad personal de un regente no llegaba a
conmover el sentimiento dinástico; la idea, y no la persona, era lo importante. Y por la
idea fueron miles de hombres a la muerte en luchas genealógicas. La historia antigua para
los antiguos era una cadena de azares que se sucedían de instante en instante. La
historia mágica, para los hombres de la cultura mágica, era la progresiva realización
de un plan universal, trazado por Dios, plan que se extendía desde la creación al fin
del mundo y que se realizaba en los pueblos y por los pueblos. La historia fáustica es
para nosotros una gran voluntad única, llena de lógica consciente, en cuyo cumplimiento
los pueblos aparecen conducidos y representados por sus reyes. Es éste un rasgo de la
raza. No puede fundamentarse. Así se ha sentido siempre en Occidente y la fidelidad al
jefe de las épocas germánicas se perpetúa en la adhesión feudal del goticismo, en la
lealtad monárquica del barroco y aun en el sentimiento nacionalista del siglo XIX, que
sólo en apariencia es adinástico. No nos engañemos sobre la hondura y rango de esos
sentimientos, al considerar la inacabable serie de perjurios en vasallos y pueblos, y el
eterno espectáculo de las intrigas cortesanas y del servilismo vulgar. Todos los grandes
símbolos son patrimonio del alma y sólo en sus formas superiores pueden ser
comprendidos. La vida privada de un Papa no tiene la menor relación con la idea del
Pontificado. Justamente la caída de Enrique el León demuestra, en una época de
formación nacional, cuan hondamente un rey importante sentía en sí incorporado el sino
de «su» pueblo.
Lo
representa ante la historia y, en ocasiones, le debe el sacrificio de su honor.
Todas
las naciones de Occidente tienen orígenes dinásticos.
En
la arquitectura románica y pregótica se expresa el alma de los pueblos primitivos
carolingios. No hay un goticismo francés y otro alemán, sino un goticismo salio-franco,
renano-franco, suavio; como igualmente el románico es visigodo (comprendiendo a la
España septentrional y a la Francia meridional), lombardo y sajón. Pero sobre esta capa
primera se extiende ya la minoría de los hombres de raza que sienten su pertenencia a una
nación en el sentido de una gran misión histórica. Ellos organizan las cruzadas, en las
cuales realmente existen ya caballeros alemanes y caballeros franceses. Es característico
de los pueblos fáusticos el tener conciencia de la dirección de su historia. Esta
dirección, empero, va unida a la serie de las generaciones. El ideal racial es de
naturaleza genealógica en este sentido el darwinismo, con sus teorías de la
herencia y de la ascendencia, es casi una caricatura de la heráldica gótica; y el
universo como historia, en cuyo cuadro vive el individuo, no contiene sólo el árbol
genealógico de la familia particular, sobre todo de la reinante, sino también el de
los pueblos, como forma fundamental de todo acontecer. Hay que considerar las cosas muy
atentamente para advertir que el principio fáustico genealógico, con los conceptos
eminentemente históricos de igualdad de nacimiento y de pureza de sangre, es tan extraño
a los egipcios y a los chinos como a la nobleza romana y al imperio bizantino. En cambio,
sin esas ideas, no podemos imaginar siquiera nuestra clase aldeana ni el patriciado de las
ciudades. El concepto erudito de pueblo, que antes he analizado, procede esencialmente de
la sensibilidad genealógica de la época gótica. La idea de un árbol genealógico de
los pueblos es la que ha producido el orgullo de los italianos, que se precian de ser los
herederos de los romanos, y la solidaridad de los alemanes, con sus antepasados
germánicos. Esto es bien distinto de la creencia antigua en el origen intemporal de
héroes y dioses.
Por
último, cuando desde 1789 el idioma materno vino a sumarse al principio dinástico, la
idea genealógica dio una nueva forma a la ficción del primitivo pueblo indogermánico,
convirtiendo lo que al principio fue una mera fantasía científica en una genealogía de
la «raza aria». La palabra raza, aquí, casi se ha convertido en el nombre del sino.
Pero
las «razas» de Occidente no son las creadoras de las grandes naciones, sino sus
consecuencias. Ninguna de ellas existía en la época carolingia. El ideal de clase
que los caballeros contemplan en Alemania como en Inglaterra, Francia y España, ha
actuado como norma de educación y crianza en diferentes direcciones y ha logrado realizar
en gran medida eso que hoy, dentro de las naciones, se considera y siente como pura raza.
En esto se fundan, como ya hemos dicho, los conceptos históricospor tanto
ajenos a la cultura antiguade pureza de sangre e igualdad de nacimiento o pairía.
La sangre de la estirpe dominante encarna el sino, la existencia de toda la nación; por
eso el sistema político del barroco tiene una estructura genealógica y la mayor parte de
las grandes crisis adoptaron la forma de guerras de sucesión. La catástrofe de
Napoleón, que dio al mundo por un siglo su división política, se verificó en la forma
de un aventurero que se atrevió a desalojar con su propia sangre la sangre de las viejas
dinastías. Este ataque a un símbolo secular dio a la resistencia contra Napoleón la
consagración histórica. Porque todos esos pueblos eran la consecuencia de los
sinos dinásticos. Si existe un pueblo portugués y, por lo tanto, un Estado portugués
Brasil en medio de la América española, es por consecuencia del matrimonio
del conde Enrique de Borgoña (1095). Si existen suizos y holandeses es por consecuencia
de una sublevación contra la casa de Habsburgo. Si existe el nombre de Lorena, sin que
exista un pueblo que lo lleve, es porque Lotario II no tuvo hijos.
La
idea del emperador es la que fundió en nación alemana un sinnúmero de pueblos
primitivos de la época carolingia.
Alemania
e Imperio son conceptos inseparables. La caída de los Staufen significó la substitución
de una gran dinastía por un puñado de dinastías pequeñas y mínimas. Quebrantó
interiormente la nación alemana de estilo gótico, aun antes de iniciarse el barroco,
justamente en el momento en que las ciudades principalesParís, Madrid, Londres,
Vienaveían elevarse el sentimiento nacional a un estadio más espiritualizado. La
guerra de los Treinta años no aniquiló la flor de Alemania; por el contrario, el que
transcurriera dicha guerra en tan míseras formas confirmó y demostró que la ruina
estaba consumada mucho tiempo antes. Tal fue la última consecuencia que tuvo la caída de
los Hohenstaufen. Acaso no haya prueba más decisiva de que las naciones fáusticas son
unidades dinásticas. Los Salios y los Staufen han creadopor lo menos en
ideala nación italiana con los elementos romanos, lombardos y normandos. Esta
nación podía saltar por encima del Imperio y reanudar su relación con la época romana.
Y aunque el poder extranjero provocó la protesta y resistencia de la burguesía y
dividió las dos clases primarias, adhiriéndose la nobleza al partido imperial y la
Iglesia al ciudadano; aunque en esa lucha entre gibelinos y güelfos la nobleza perdió
pronto su importancia y el Papado, sostenido por las ciudades antidinásticas, llegó a
adquirir predominio politice; aunque, por último, sólo quedó un caos de pequeños
Estados-bandidos, cuya política «renacimiento» se contrapuso al espíritu universalista
del goticismo imperial, con la misma animosidad con que antaño Milán se opuso a la
voluntad de Barbarroja; sin embargo, el ideal de Italia una, por el que Dante sacrificó
la paz de su existencia, fue una creación dinástica de los grandes emperadores alemanes.
El Renacimiento, con su horizonte histórico de patriciado ciudadano, impidió la
realización de la nación italiana y rebajó el país, durante la época barroca, a la
categoría de objeto, que se disputaban las casas reinantes en Europa. El romanticismo de
1800 fue el que despertó de nuevo el sentimiento gótico, y con tal fuerza, que pudo
tener la eficacia de una potencia política.
El
pueblo francés fue creado como unidad nacional por sus reyes, que fundieron en uno los
pueblos francos y visigodos.
En
1214, en Bouvines, empezó a sentirse un todo. Pero aún más importante es la creación
de la casa Habsburgo. Los Habsburgo crearon la nación austríaca con una población que
no estaba unida ni por el idioma, ni por la tradición, ni por las costumbres populares.
Esta nación hizo sus pruebaslas primeras y las últimasen la defensa de
María Teresa y en la lucha contra Napoleón. La historia política del barroco es, en lo
esencial, la historia de las casas Borbón y Habsburgo. El encumbramiento de los Wettinos
en lugar de los Welfos fue la causa de que «Sajonia»» estuviera en 800 Junto al Weser y
esté hoy junto al Saale. Acontecimientos dinásticos y la intervención últimamente de
Napoleón han sido la causa de que la mitad de Baviera haya tomado parte en la historia de
Austria y de que el Estado bávaro se componga en su mayor parte de francos y suavios.
La
última nación de Occidente es la nación prusiana, creación de los Hohenzollern, como
los romanos fueron la última creación del sentimiento antiguo de la Polis y los árabes
la última creación de un consensus religioso. En Fehrbellin se legitimó la joven
nación; en Rossbach venció para Alemania. Fue Goethe quien, con su infalible visión de
las épocas históricas, caracterizó Minna de Barnhelm entonces publicadacomo
la primera producción alemana de contenido específicamente nacional. De pronto, Alemania
vio reflorecer su idioma poético.
¡Profundo
testimonio del carácter dinástico de las naciones occidentales! Con la ruina de los
emperadores Staufen llegó a su término la literatura alemana de estilo gótico. Lo que
se produjo esporádicamente en los siglos siguientesépoca grande de todas las
literaturas occidentalesno merece ese nombre.
Pero
con la victoria de Federico el Grande comienza una nueva poesía; de Lessing a Hebbel, es
decir, de Rossbach a Sedán. Si por entonces se intentó reanudar las relaciones perdidas,
buscando nexo con los franceses primero, con Shakespeare y la poesía popular más tarde,
y por medio de los románticos finalmente con la poesía de la época caballeresca, estos
ensayos tuvieron por lo menos la consecuencia de provocar el fenómeno único de una
historia artística que se compone casi toda de fragmentos geniales, pero sin haber
llegado nunca a un fin verdadero.
A
fines del siglo XVIII se verifica ese cambio espiritual tan extraño, en el cual la
conciencia nacional quiere emanciparse del principio dinástico. Aparentemente fue este el
caso de Inglaterra unos cuantos siglos antes. Algunos pensarán en la Magna Charta de
1215. Pero otros verán claramente que ese reconocimiento de la nación por sus
representantes dio al sentimiento dinástico una profundidad y una finura espontáneas,
que ignoraron los pueblos del continente. El inglés moderno es el hombre más conservador
del mundo, aunque no lo parezca; y a consecuencia de esto la política inglesa resuelve lo
necesario calladamente, por el tacto nacional, sin ruidosas discusiones. Estas virtudes,
que confieren a la política inglesa su superior eficacia, se explican por esa pronta emancipación
del sentimiento dinástico, que dejó de expresarse en el poder monárquico.
En
cambio la Revolución francesa significa, en la misma dirección, un triunfo del
racionalismo. Libertó más bien el concepto de la nación que la nación misma. El
principio dinástico ha echado raíces en la sangre de las razas occidentales. Por eso
mismo resulta escandaloso para el espíritu. Una dinastía representa la historia. Una
dinastía es la historia de un país convertida en carne. En cambio el espíritu es
intemporal y ahistórico. Todas las ideas de la Revolución son «eternas» y
«verdaderas». Los derechos del hombre, la libertad y la igualdad son literatura, pura
abstracción y no hechos. Llámese, si se quiere, republicanismo; pero es lo cierto que
fue una minoría la que, en nombre de todos, intentó hacer entrar el nuevo ideal en el
mundo de los hechos. Convirtióse en una potencia; pero a costa del ideal. En realidad, ha
substituido el sentimiento de la dependencia por la convicción patriótica del siglo XIX,
por un nacionalismo civilizado, que sólo es posible en nuestra cultura, por un
nacionalismo que, aun hoy y en la misma Francia, es inconscientemente dinástico, por el
concepto de la patria como unidad dinástica, que surgió primero en la
sublevación de España y de Prusia contra Napoleón y más tarde en las luchas dinásticas
de Italia y Alemania por conquistar su unidad. La oposición entre raza e idioma, entre
sangre y espíritu, exige igualmente una contraposición entre la idea genealógica y el
idealtambién específicamente occidentaldel idioma materno; hubo en los dos
países algunos soñadores que creyeron posible substituir el poder unificador de la idea
imperial y real por un estrecho vinculo entre República y Poesía.
Había
en esto un como retroceso de la historia a la naturaleza.
Las
guerras de sucesión han sido substituidas por guerras de idioma, en las cuales una
nación intenta imponer a los fragmentos de otra su idioma y con él su nacionalidad. Pero
nadie dejará de ver que el concepto racionalista de la nación, como unidad de idioma, si
bien puede prescindir del sentimiento dinástico, no puede, empero, anularlo; como un
griego del helenismo no puede superar en su interioridad la consciencia de la polis, ni un
judío moderno el idjma nacional. El «idioma materno» es ya un producto de la
historia dinástica. Sin los Capetos no habría lengua francesa, sino una lengua
romano-franca en el Norte y provenzal en el Sur. El italiano escrito se debe a los
emperadores alemanes, sobre todo a Federico II. Las naciones modernas son en primer
término la población de antiguos distritos dinásticos. Sin embargo, el segundo concepto
de la nación, el concepto lingüístico, ha aniquilado la nación austríaca y quizá
creado la americana en el curso del siglo XIX.
Desde
entonces hay en todos los países dos partidos que representan la nación en dos sentidos
opuestos, como unidad dinástico-histórica y como unidad espiritualpartidos de la
raza y del idioma. Pero estas consideraciones entran ya en los problemas de la
política (cap. IV).
19
En
el campo sin ciudades, la nobleza fue la primera que representó a la nación en sentido
elevado. Los aldeanos, sin historia, «eternos», eran pueblo antes de iniciarse la
cultura: siguen siendo pueblo primitivo en rasgos muy esenciales y sobreviven a la forma
de nación. La «nación», como todos los grandes símbolos de la cultura, es posesión
íntima de pocos hombres. Hay que nacer para ello, como se nace para el arte y la
filosofía. Hay en esto algo que corresponde a la diferencia entre creador, aficionado y
lego; y lo hay tratándose de la polis antigua, como tratándose del consensus
judaico o de un pueblo occidental. Cuando una nación se enciende en entusiasmo para
luchar por su libertad y su honra, siempre es una minoría la que «entusiasma» a la
multitud, en el propio sentido de la palabra. ¡El pueblo despierta!. Estas palabras
son mucho más que un tópico habitual. Manifiéstase ahora realmente la vigilia del
conjunto. Todos esos individuos que ayer aún andaban presos en un confuso sentimentalismo
aplicado a la familia, a la profesión, quizá a la aldea natal, son hoy, de repente, ante
todo hombres de su pueblo. Su sentir y su pensar, su yo y con él el conjunto unitario en
ellos, se ha transformado profundamente; se ha hecho histórico. Entonces es cuando
el aldeano inhistórico se torna miembro de la nación; para él despunta ahora una época
en que vive la historia y no se limita a verla pasar.
En
las ciudades mundiales es donde, junto a una minoría que tiene historia, que vive en sí
la nación, que siente en si representada la nación y quiere dirigirla, se produce otra
minoría de hombres literarios sin tiempo, sin historia, hombres de razones y causas, no
del sino, hombres que, ajenos ya por dentro a la sangre y a la existencia, son pura
conciencia vigilante, y no ven en el concepto de nación ningún contenido «racional».
Y
es la verdad que estos hombres ya no pertenecen a una nación. Todo «pueblo culto» es
una corriente de existencia; pero el cosmopolitismo es mera asociación de
«inteligencias». Hay en todo cosmopolitismo odio al sino y sobre todo a la historia como
expresión del sino. Todo lo nacional es racial, hasta el punto de no encontrar lengua
expresiva; y en todo lo que exige pensamiento manifiéstase inhábil y desamparado. El
cosmopolitismo es literatura: fuerte en argumentos y muy débil cuando ha de
defenderse no con argumentos, sino con la sangre.
Precisamente
por eso, esta minoría espiritualmente superior combate con las armas del espíritu,
porque las ciudades mundiales son puro espíritu, sin raíces, posesiones mostrencas del
hombre civilizado. Los «ciudadanos del mundo», los entusiastas de la paz universal y
unión de los pueblosen la China de los imperios en lucha, como en la India budista,
como en el helenismo y como en la actualidad son los directores espirituales del
felahismo. ¡Panem et circenses! He
aquí la otra fórmula del pacifismo. En la historia de todas las culturas ha habido
siempre un elemento antinacional, aunque no tengamos noticia de él. El pensamiento puro,
orientado hacia si mismo, ha sido siempre enemigo de la vida, y, por tanto, hostil a la
historia, antiguerrero, sin raza. Recordad el humanismo y el clasicismo, los sofistas de
Atenas, Buda y Laotsé. Y no hablemos del apasionado menosprecio que los grandes
defensores de las cosmogonías sacerdotales y religiosas sintieron siempre hacia toda
ambición nacional. Muy distintos, sin duda, son estos ejemplos entre si. Pero todos
concuerdan en reprimir el sentimiento cósmico de la raza, el sentido político y, por
tanto, nacional de los hechos ¡right or wrong, my country!la
decisión de ser sujeto y no objeto de la evolución históricapues no hay mas que
esas dos actitudes posiblesen suma, la voluntad de poderío, substituyéndola por
una propensión o tendencia, cuyos directores son muchas veces hombres sin instintos
originarios y por lo mismo esclavos de la lógica, hombres que viven en un mundo de
verdades, de ideales, de utopías, hombres librescos que creen poder reemplazar la
realidad por la lógica, la fuerza de los hechos por una justicia abstracta, el sino por
la razón. Esto empieza con los hombres del eterno miedo, los que se apartan de la
realidad y se retiran a los claustros, a los cuartos de trabajo, a las comunidades
espirituales y declaran que la historia universal es indiferente; y termina en toda
cultura con los apóstoles de la paz universal. Cada pueblo en el curso de su historia
llega a tal punto de decadencia.
Las
cabezas mismas forman ya un grupo fisiognómico aparte. Ocupan dichos hombres un lugar
eminente en la «historia del espíritu»entre ellos hay una larga serie de nombres
ilustres; pero, desde el punto de vista de la historia real, su valor es mínimo.
El
sino de una nación, sumergida en los acontecimientos de su mundo, depende de la fortuna
con que la raza logre hacer históricamente inocuo ese fenómeno. Acaso pueda demostrarse
hoy todavía que, en el mundo de los Estados chinos, consiguió hacia 250 antes de
Jesucristo la victoria final el imperio Tsin, porque su nación fue la única que se
había conservado libre de los sentimientos taoístas. Desde luego, si el pueblo romano
venció a todos los demás de la antigüedad, fue porque supo aprovechar para su política
los instintos felahs del helenismo.
Una
nación es una humanidad reducida a forma viviente.
El
resultado práctico de las teorías que aspiran a mejorar el mundo es, por lo regular, una
masa informe y, por lo tanto, ahistórica. Todos los apóstoles cosmopolitas, sépanlo
o no, defienden ideales felahs. Su éxito significa la anulación de la nación en la
historia, para provecho, no de la paz eterna, sino de otros hombres. La paz universal
es siempre una resolución unilateral. La pax romana no tuvo para los soldados
imperiales y los reyes germánicos mas que un sentido práctico; el convertir una informe
población de cien millones en objeto sobre qué ejercitarse la voluntad de poderío de
los pequeños enjambres guerreros. Esta paz hizo tantas víctimas pacificas, que, a su
lado, se reducen a la nada las de la batalla de Cannas. Los mundos babilónico, chino,
indio y egipcio pasaron de las manos de un conquistador a las de otro y pagaron la lucha
con su propia sangre. Tal fue su paz. Cuando en 1401 los mongoles conquistaron Mesopotamia
levantaron un monumento conmemorativo con cien mil cráneos de los habitantes de Bagdad,
que se entregaron sin resistencia. Sin duda, con la extinción de las naciones, surge un
mundo de felahs que es superior a la historia, un mundo definitivamente civilizado, un
mundo «eterno».
Vuelve, en el
reino dé los hechos, a un estado de naturaleza que oscila entre larga paciencia y
efímeros estallidos, sin que los torrentes de sangreque la paz universal no
disminuye cambien nada en absoluto. Antes sangraron para sí; ahora sangran para
otros y aún muchas veces para su solo mantenimiento. Esta es la diferencia. Un jefe de
puño firme que reúna diez mil aventureros puede hacer lo que le venga en gana.
Suponiendo que el mundo entero fuese un imperio único, ¿qué habría pasado? Que esos
audaces conquistadores dispondrían para sus hazañas del máximo espacio imaginable.
Antes muerto que esclavo, dice un viejo proverbio aldeano de Frisia. Lo contrario justamente es el lema de toda civilización postrera. Y todos hemos podido experimentar lo que cuesta.