Capítulo IV
Problemas de la cultura Arábiga.
A
PSEUDOMÓRFOSIS HISTÓRICAS
1
En una roca están
enclavados cristales de un mineral. Prodúcense grietas y fisuras. Chorrea agua que va
lavando los cristales, de manera que sólo quedan sus cavidades. Más tarde sobrevienen
fenómenos volcánicos que rompen la montaña; masas incandescentes se precipitan en el
interior, se solidifican y cristalizan a su vez. Pero ya no pueden cristalizar en su forma
propia; han de llenar las formas que aquellas cavidades les ofrecen; y asi resultan formas
mendaces, cristales cuya estructura interior contradice la construcción externa, especies
minerales que adoptan apariencias ajenas. Los minerólogos llaman a esto pseudomórfosis.
Pseudomórfosis
históricas llamo yo aquellos casos en que una vieja cultura extraña yace sobre un país
con tanta fuerza aún, que la cultura joven, autóctona, no consigue respirar libremente y
no sólo no logra construirse formas expresivas puras y peculiares, pero ni siquiera
llegar al pleno desenvolvimiento de su conciencia propia. Toda la savia que asciende de
las profundidades del alma primigenia va a verterse en las cavidades de la vida ajena.
Sentimientos jóvenes cuajan en obras caducas y en vez de erguirse con propia energía
morfogenética, crece el odio al lejano poder en proporciones gigantescas.
Es el caso de la cultura
arábiga. Su historia primaria cae en el dominio de la antiquísima civilización
babilónica [147], que desde hacia dos mil años venia siendo botín de sucesivos
conquistadores. Su «época merovingia» está caracterizada por la dictadura del
minúsculo grupo de tribus persas [148], pueblo primitivo, como el de los
ostrogodos, cuya dominación casi irresistida en dos siglos, supone un infinito cansancio
en aquellos pueblos felahs. Pero desde 300 antes de Jesucristo un gran despertar sacude a
los pueblos jóvenes de este mundo, cuyo idioma arameo se extiende del Sinaí hasta el
Zagros [149]. Una nueva relación del hombre con Dios, un sentimiento cósmico enteramente
nuevo penetra, como en la época de la guerra de Troya y de los emperadores sajones, todas
las religiones existentes entonces, llámense de Ahura Mazda, de Baal o de Jahwé. Por
todas partes va a irrumpir una creación nueva. Pero justamente en ese instante, cuando no
era imposible que llegase a cuajar un vínculo interiorpues el poder de los persas
descansaba en supuestos psicológicos que habían desaparecido precisamente entoncesaparecen
los macedonios, quienes, vistos desde Babilonia, eran otro enjambre de aventureros como
los anteriores; y los macedonios extienden una fina capa de civilización antigua sobre
todos los países hasta la India y el Turquestán. Los reinos de los diadocos hubieran
podido convertirse insensiblemente en Estados de espíritu prearábigo; el imperio
seleúcida, que coincidía con los territorios de lengua aramea, éralo ya hacia el año
200. Pero, desde la batalla de Pydna, fue poco a poco absorbido en su parte occidental por
el imperio antiguo, quedando asi sometido a la poderosa acción de un espíritu, cuyo
centro de gravedad estaba en remota lejanía. Aquí se prepara la pseudomórfosis.
La cultura mágica es,
por lo que a geografía e historia se refiere, la que ocupa el punto medio en el grupo de
las culturas superiores; es la única contigua a casi todas las demás en tiempo y
espacio. Por eso, la estructura del conjunto histórico, en nuestro cuadro del mundo,
depende íntegramente de que se reconozca la forma interior de la cultura mágica,
falseada por su forma externa. Y justamente sucede que los prejuicios filológicos y
teológicos y más todavía el fragmentarismo de la investigación moderna, han impedido
hasta ahora que esa forma peculiar interior sea reconocida. La investigación occidental
se ha fraccionado desde hace tiempo, no sólo por su materia y método, sino también por
el pensamiento, en sinnúmero de esferas especializadas, cuya absurda delimitación ha
impedido no ya sólo tratar, pero ni aun percibir siquiera las grandes cuestiones. El
«especialismo» ha sido fatal para los problemas del mundo arábigo. Los historiadores
propiamente dichos se atuvieron a la esfera de interés de la filología clásica; pero su
horizonte terminaba en los límites orientales de los idiomas antiguos. Por eso no
advirtieron nunca la profunda unidad de evolución allende y aquende esas fronteras, que
no tenían realidad espiritual alguna. El resultado fue la perspectiva de Edad antigua,
Edad media, Edad moderna, limitada y vinculada por el uso de la lengua grecolatina.
Axum, Saba y el imperio sassánida resultaron inaccesibles para el conocedor de los
idiomas antiguossiempre atenido a sus «textos»y, por lo tanto, punto
menos que inexistentes. Los investigadores de la literatura, filólogos también,
confundieron el espíritu del idioma con el espíritu de las obras. Todo lo que en
territorio arameo estaba escrito en griego o se había conservado en griego, fue
incorporado a una literatura griega «posterior», ocupando un periodo de esta literatura.
Los textos escritos en otros idiomas, no formando parte de su «especialidad», fueron
agregados artificialmente a otras historias literarias. Pero aquí justamente es donde se
encuentra el ejemplo más claro y patente que prueba que ninguna historia literaria del
mundo coincide con un determinado idioma [150]. Hay aquí un grupo cerrado de literaturas
nacionales de tipo mágico, con un mismo espíritu, pero escritas en diferentes idiomas,
entre los cuales se hallan los idiomas antiguos. La nación de estilo mágico no tiene
idioma materno. Existe una literatura nacional talmúdica, maniquea, nestoriana,
judaica y hasta neopitagórica; pero no una literatura helénica o hebrea.
La ciencia de las
religiones, por su parte, dividió su trabajo en especialidades, según las confesiones de
la Europa occidental. Para la teología cristiana fue y sigue siendo normativo el
«límite de los filólogos» por Oriente. El estudio de los persas cayó en manos de la
filología iránica. Los textos del Avesta no fueron compuestos, pero sí propagados, en
un dialecto ario; de donde resultó que el gran problema que plantean vino a ser
considerado como una cuestión accidental para los indólogos y desapareció de la
perspectiva de la teología cristiana. Para la historia del judaísmo talmúdico, en fin,
no se constituyo ninguna investigación especializada, porque la filología hebrea, junta
con la investigación del Antiguo Testamento, formaba una sola disciplina. Ha
resultado asi que todas las grandes historias de las religiones que yo conozco toman en
cuenta la más mínima religión primitiva de negrosporque existe una ciencia
especializada de la etnografíay la más pequeña secta india, y en cambio olvidan
por completo el judaísmo talmúdico.
Tal es la preparación
científica del mayor problema que se plantea hoy a la investigación histórica.
2
El mundo romano de la
época imperial vislumbró su situación. Los escritores posteriores se quejan de
despoblación y desierto espiritual en África, España, Galia, y sobre todo, en los dos
comarcas originarias de la antigüedad: Italia y Grecia. En cambio, las provincias que
pertenecen al mundo mágico quedan, por lo general, excluidas de esa ojeada lamentable. La
Siria, sobre todo, tiene una población densa y, como la Mesopotamia parthica, florece en
cuerpo y espíritu. La superioridad del Oriente joven es para todos perceptible y,
finalmente, hubo de tomar forma política. Las guerras revolucionarias entre Mario y Sila,
César y Pompeyo, Antonio y Octavio, consideradas desde este punto de vista, constituyen
un trozo de historia superficial, tras de la cual aparece con claridad el afán del
Oriente por emanciparse del Occidente, que iba haciéndose inhistórico, la tendencia de
un mundo nuevo, recién despierto a la vida, a separarse de un viejo mundo de felahs. La
traslación de la capital a Bizancio fue un gran símbolo. Diocleciano había elegido
Nicomedia. César pensó en Alejandría o Ilion. Antioquia hubiera sido, en todo caso, la
más acertada situación. Pero este acto se verificó tres siglos más tarde de lo
necesario; esos tres siglos fueron decisivos en el período primero del alma mágica.
La pseudomórfosis
comienza con la batalla de Actium.
Hubiera debido vencer
Antonio. No significaba Actium la lucha decisiva entre romanismo y helenismo; esta
competencia había quedado resuelta en Cannas y en Zama por la derrota de Aníbal, cuyo
trágico destino fue que hubo de luchar no por su patria realmente, sino por el helenismo.
En Actium encontráronse frente a frente la nonnata cultura arábiga y la vieja
civilización antigua. Tratábase de decidir entre el espíritu apolíneo y el espíritu
mágico, entre los Dioses y el Dios, entre el principado y el califato. La victoria
de Antonio hubiese dado libertad al alma mágica. Su derrota extendió sobre el paisaje
mágico las formas rígidas de la época imperial. El resultado seria comparable a las
consecuencias de la batalla de Tours y Poitiers (732), si en éstas los árabes hubiesen
salido vencedores, convirtiendo el «Frankistán» en un califato septentrional. El idioma
árabe, la religión y la sociedad árabes habrían entonces dominado en una capa
superior; ciudades gigantescas como Granada y Cairuán habrían surgido a orillas del
Loira y del Rin; el sentimiento gótico se habría visto forzado a expresarse en las
formas ya rígidas de la mezquita y el arabesco; y en lugar de la mística alemana
tendríamos una especie de sufismo. Algo de esto le sucedió efectivamente al mundo
arábigo, y ello fue porque la población sirio-persa no produjo un Carlos Martel que, con
Mitrídates, Bruto y Cassio o Antonio, llevara la guerra a Roma.
Ante nuestros ojos
tenemos hoy una segunda pseudomórfosis: la Rusia petrínica. La leyenda heroica rusa de
los cantos de Bylina llega a su cúspide en el ámbito de las leyendas de Kiev, el
príncipe Wladimiro (hacia 1000) con su tabla redonda y el héroe popular Ilia de Murom
[151]. La insondable diferencia entre el alma rusa y el alma fáustica se revela ya en la
diferencia entre estos cantares y los «correspondientes» de las leyendas del rey Artus,
de Ermanarico y de los Nibelungos, de la época de las migraciones, en la forma del cantar
de Hildebrando y de Walthari. La época «merovingia» de los rusos comienza con la caída
del dominio tártaro por Iván III (1480) y pasando por los últimos Ruriks y los primeros
Romanovs, llega hasta Pedro el Grande (1689-1725). Corresponde exactamente a la época de
Clodoveo (481-511) hasta la batalla de Testri (687) con la cual los carolingios consiguen
de hecho el predominio. Léase la historia franca de Gregorio de Tours (hasta 591) Y
véanse en seguida los capítulos correspondientes del patriarca Karamsin, sobre todo los
que tratan de Iván el Terrible, Boris Godunov y Chuiski. La semejanza no puede ser mayor.
Tras esta época moscovita de los grandes boyardos y patriarcas, con su partido viejo
ruso, que combate de continuo a los amigos de la cultura occidental, sigue la fundación
de Petersburgo (1703) y con ella la pseudomórfosis, que obliga al alma rusa primitiva a
verterse en las formas ajenas del alto barroco, de la ilustración y del siglo XIX. Pedro
el Grande ha sido fatal para el alma rusa. Figuraos la gran figura correspondiente de la
cultura occidental, Carlomagno, ocupado con regularidad y energía máximas en realizar y
desarrollar justamente lo que Carlos Martel con su victoria había impedido: el predominio
del espíritu moro bizantino. Cabía tratar el mundo ruso de dos maneras distintas: o como
los carolingios o como los seleucidas, esto es, o al estilo viejo ruso o al estilo
«occidental». Los Romanovs se decidieron por este último, como los Seleucidas, que
querían tener en torno suyo a helenos, no a arameos.
El zarismo primitivo de
Moscú es la única forma que, aún hoy, concuerda con el alma rusa. Pero Petersburgo lo
falseó, con virtiendo lo en la forma dinástica de la Europa occidental.
La marcha hacia el sagrado
Sur, hacia Bizancio y Jerusalén, que arraigaba en lo más hondo de las almas creyentes,
transformóse en una diplomacia mundana, con la vista puesta en el Occidente, El incendio
de Moscú, grandioso hecho simbólico de un pueblo primitivo que siente el odio de los
macabeos contra todo lo extranjero en alma y creencias, fue seguido por la entrada de
Alejandro en París, la Santa Alianza, el ingreso en el concierto de las grandes potencias
occidentales. Un pueblo cuyo destino era seguir viviendo sin historia todavía algunas
generaciones, fue forzado a penetrar en una historia artificial y falsificada, cuyo
espíritu había de ser incomprensible para el alma rusa. Fueron trasladadas a Rusia artes
y ciencias de una cultura vieja, la ilustración, la ética social, el materialismo
urbano, aunque en esta época, que para el alma rusa es época primitiva, la religión es
el único idioma adecuado para comprenderse y comprender al mundo. En el campo sin
ciudades y poblado de una humanidad aldeana primitiva, fueron enquistadas urbes de estilo
extraño, como úlceras, ciudades falsas, antinaturales, inverosímiles hasta en su
interior mismo. «Petersburgo es la ciudad más abstracta y artificial que existe» dice
Dostoyevski. Aunque nacido en la capital, Dostoyevski tenia la sensación de que
Petersburgo podía disiparse
una buena mañana, como
la niebla al sol. Así también, fantasmales, increíbles, se alzaban las urbes
helenísticas en el campo arameo. Asi las vio Jesús en su Galilea. Así debió sentir San
Pedro cuando contempló la Roma imperial.
Todo lo que surgió
alrededor fue percibido, desde entonces, por el verdadero ruso, como ponzoña y mentira.
Alzase en Rusia un odio verdaderamente apocalíptico contra Europa.
Y «Europa» es todo lo
que no es ruso; es Roma y Atenas. No de otro modo que, para el hombre mágico, el viejo
Egipto y Babilonia eran también antigüedad, paganismo y obra del demonio. «La
primera condición para que el sentimiento popular ruso encuentre libre expresión, es
odiar a Petersburgo con el alma entera y todo el corazón», escribe Aksakov en 1863 a
Dostoyevski. Moscú es sagrado. Petersburgo es Satán. Pedro el Grande aparece como el
Anticristo en una leyenda popular muy extendida. Así también hablan todas las
apocalipsis de la pseudomórfosis aramea, desde el libro de Daniel y Henoch, en época de
los macabeos, hasta la revelación de San Juan, Baruch y las IV Esra, después de la
destrucción de Jerusalén, contra Antioco el Anticristo, contra Roma la ramera
babilónica, contra las ciudades del Oeste con su espíritu y su pompa, contra toda la
cultura antigua. Todo cuanto se produce allí es mentira e impureza: la sociedad mal
acostumbrada, las artes impregnadas de espíritu, las clases sociales, el Estado ajeno,
con su diplomacia civilizada, su derecho, su administración.
No hay oposición mayor
que la que separa al nihilista ruso del occidental, al judeo cristiano del antiguo
decadente: aquél odia lo extraño porque envenena la nonnata cultura en el seno materno
de la tierra, y éste siente asco de la propia cultura, cuya perfección le hastía. Al
principio de la historia impera el profundo sentimiento religioso, la súbita
iluminación, el estremecimiento de terror ante la conciencia naciente, el ensueño y
anhelo metafísico. Al final de la historia, en cambio, luce la claridad espiritual con
luz cruda y dolorosa. En las dos citadas pseudomórfosis mézclanse ambas emociones.
«Todos andan, por plazas y mercados, cavilando sobre la fe», dice Dostoyevski. Otro
tanto hubiera podido decirse de Jerusalén y Edessa.
Esos jóvenes rusos de
antes de la guerra, sucios, pálidos, excitados, sentados en los rincones, siempre
ocupados de metafísica, considerándolo todo con los ojos de la fe, aun cuando la
conversación aparentemente se desenvuelva en torno a temas como el derecho electoral, la
química o el feminismo, esos son los judíos y cristianos primitivos de ¡as grandes
urbes helenísticas, a quienes los romanos miraban con burla, repulsión y secreto terror.
En la Rusia zarista no había burguesía; no había en realidad verdaderas clases, sino
sólo aldeanos y «señores», como en el reino franco. La «sociedad» constituía un
mundo aparte, producto de una literatura occidental; era algo extraño y pecaminoso. No
había ninguna ciudad rusa. Moscú era un burgoel Kremlinen torno del cual se
extendía un mercado gigantesco. La aparente ciudad que allí se alza y todas las demás
ciudades sobre el suelo de la madrecita Rusia, son instrumentos de la corte, de la
administración, de los comerciantes; pero lo que en ellas vive es, arriba, una literatura
hecha carne, la «inteligencia», con sus conflictos y sus problemas «leídos» y, abajo,
en lo profundo, aldeanos desarraigados, con todo el pesar, la angustia y la miseria
metafísicas que Dostoyevski ha sentido, con la constante añoranza de la dilatada tierra,
con el odio amarguísimo hacia ese caduco mundo de piedra, en donde el Anticristo les ha
inducido a entrar.
Moscú no poseía alma
propia. La sociedad alentaba en un espíritu occidental y el pueblo vivía con el alma de
la tierra.
Entre esos dos mundos no había inteligencia alguna, no había comunicación; no se perdonaban uno a otro. Quien quiera
comprender a los dos
grandes portavoces y víctimas de la pseudomórfosis, considere a Dostoyevski como el
aldeano y a Tolstoi como el hombre de la sociedad occidental. Aquél no pudo jamás
desprenderse íntimamente del campo; éste no logró jamás encontrar el campo, a pesar de
sus desesperados esfuerzos.
Tolstoi es la Rusia
del pasado. Dostoyevski es la Rusia del porvenir. Tolstoi está adherido a Occidente
con toda su alma.
Es el gran portavoz del
petrinismo, aun cuando lo niega; siempre resulta occidental su negación. También la
guillotina fue hija legitima de Versalles. El odio poderoso de Tolstoi se manifiesta y
habla contra Europa; pero no puede jamás desprenderse de europeismo. Odia a Europa en si
mismo; se odia a si mismo.
Por eso es el padre del
bolchevismo. Toda la impotencia de ese espíritu y de «su» revolución de 1917 se
expresa en las escenas póstumas: «La luz luce en tas tinieblas.» Dostoyevski no conoce
ese odio. Ha envuelto lo occidental en un amor igualmente apasionado. «Dos patrias tengo,
Rusia y Europa.» Para él nada de eso tiene ya realidad, ni el petrinismo ni la
revolución.
Desde su futuro
contempla el mundo como desde una lejanía y tiende su vista por encima de todo eso. Su
alma es apocalíptica, añorante, desesperada, pero segura de ese futuro. «Me voy a
Europadice Iván Karamasov a su hermano Aliocha; ya sé que me voy a un
cementerio; pero sé también que es el más querido de todos los cementerios. Alta están
sepultados muertos queridísimos. Las lápidas de sus tumbas hablan de una vida pretérita
tan cálida, de una fe tan apasionada en las propias hazañas, en la propia verdad, en la
propia lucha, en el propio conocimiento, que, lo sé de antemano, me prosternaré sobre el
suelo y besaré esas piedras, regándolas con mi llanto.»
Tolstoi es una gran
inteligencia, un hombre «ilustrado», con sentimientos «sociales». Todo cuanto
contempla en su derredor adopta para él la forma occidental posterior, cosmopolita, de un
problema. Dostoyevski no sabe lo que son problemas. Aquél es un acontecimiento en la
civilización europea. Ocupa el punto medio entre Pedro el Grande y el bolchevismo, que no
han visto la tierra rusa. Lo que combaten es de nuevo reconocido por la forma en que lo
combaten. No es apocalipsis, sino oposición espiritual. Su odio contra la propiedad tiene
su fundamento en la economía nacional; su odio contra la sociedad es de naturaleza
éticosocial; su odio contra el Estado es una teoría política. Asi se explica la
impresión enorme que produce en Occidente. Todo eso se relaciona en cierto modo con Marx,
Ibsen y Zola. Sus obras no son Evangelios, sino literatura posterior y espiritual.
Dostoyevski, en cambio, no se refiere a nadie, con nadie se relaciona, a no ser con los
apóstoles del cristianismo primitivo. Sus «Endemoniados» fueron criticados por
conservadores por la inteligencia rusa. Pero Dostoyevski no percibe esos conflictos. Para
él no hay diferencia entre conservador y revolucionario; ambos conceptos son
occidentales.
Un alma semejante deja
resbalar la vista por encima de todo lo social. Las cosas de este mundo le parecen tan
insignificantes que no da valor alguno a su mejoramiento. Ninguna religión verdadera hay
que quiera mejorar el mundo de los hechos.
Dostoyevski, como todo
ruso que lo es profundamente, no advierte los hechos, que viven en otra dimensión
metafísica, allende la primera. ¿Qué relación puede tener con el comunismo la tortura
de un alma? Una religión que se preocupa de problemas sociales deja de ser religión.
Pero Dostoyevski vive ya en la realidad de una creación religiosa inminente. Su Aliocha
resulta incomprensible para la critica literaria, incluso la rusa.
Su Cristoque
siempre quiso escribirhubiera sido un verdadero Evangelio, como los Evangelios del
cristianismo primitivo, que están fuera de todas las formas literarias antiguas y
judaicas. Tolstoi, empero, es un maestro de la novela occidental Anna Karenina no ha
sido alcanzada siquiera por nadie como, en su blusa de aldeano, sigue siendo siempre
un hombre de sociedad.
Aquí se encuentran
juntos principio y fin. Dostoyevski es un santo, Tolstoi es un revolucionario. De Tolstoi,
legítimo sucesor de Pedro el Grande, sale el bolchevismo, que no es lo contrario, sino la
última consecuencia del petrinismo, la extrema anulación de lo metafísico por lo
social, y, por lo mismo, una nueva forma de pseudomórfosis. Si la fundación de
Petersburgo fue la primer hazaña del Anticristo, la destrucción de la sociedad formada
por Petersburgo ha sido la segunda; asi es como debe sentirlo íntimamente el aldeano
ruso. Pues los bolchevistas no son el pueblo, ni siquiera una parte del pueblo.
Constituyen la capa más
profunda de la «sociedad». Son algo extraño, extranjero, occidental, como la
«sociedad»; pero no habiendo sido reconocidos por dicha sociedad sienten el odio del
inferior. Todo esto es cosa de gran urbe y civilización: la política social, el
progreso, la inteligencia, la literatura rusa toda, que empieza romántica y luego se
entusiasma por libertades y mejoras económicas. En efecto; todos sus lectores pertenecen
a la «sociedad». El verdadero ruso es un secuaz de Dostoyevski, aunque no lo lea, aunque
y aún porque no puede leerlo. El verdadero ruso es un trozo de Dostoyevski. Si no
fueran tan estrechos de espíritu loa bolchevistas, que consideran a Cristo como uno de
los suyos, como un simple revolucionario social, hubieran reconocido en Dostoyevski su
enemigo propio y peculiar. Lo que ha dado fuerza a esta revolución no ha sido el odio a
la inteligencia, sino el pueblo que, sin odio, sólo por el afán de curarse de una
enfermedad, destruyo el mundo occidental barajando las cartas y acabará por destruir
éstas; ha sido el pueblo sin ciudades que anhela realizar su forma propia de vida, su
propia religión, su propia historia futura.
El cristianismo de
Tolstoi fue una equivocación. Tolstoi hablaba de Cristo y entendía por Cristo a Marx. El
cristianismo de Dostoyevski es el del próximo milenio.
3
Formas de una verdadera época caballeresca pugnan
por revelarse, al margen de la pseudomórfosis, y con tanta mayor fuerza cuanto que es
más tenue la capa de espíritu antiguo extendida sobre el país. Escolástica y mística,
feudalismo, lírica amorosa, entusiasmo de cruzadostodo esto existe en los primeros
siglos de la cultura arábiga. Pero hay que saber encontrarlo. Todavía después de
Séptimo Severo siguen las legiones llamándose legiones; pero en Oriente parecen el
séquito de un duque. Siguen nombrándose funcionarios; pero en realidad son condes a
quienes se les ha conferido la investidura. Mientras en Occidente el titulo de César cae
en manos de los caudillos, en Oriente se convierte en un califato anticipado, que guarda
la más extraordinaria semejanza con el Estado feudal de la época gótica. En el imperio
sassánida, en Haurán, en la Arabia meridional surge una verdadera caballería andante.
Un rey de Saba, Schamir Juharisch, vive en la leyenda árabe, por sus hazañas heroicas,
como Roldan y el rey Artús, y esa leyenda lleva su nombre por Persia hasta China [152].
El imperio de Maan, en el primer milenio precristiano, subsistía junto al israelita y sus
restos son comparables a los de Micenas y Tirinto; los rastros llegan hasta muy dentro de
África [153]. En toda la Arabia meridional y aun en las montañas de Abisinia florece el
feudalismo [154]. En Axum se alzan, en época cristiana primitiva, poderosos castillos y
tumbas regias con los monolitos más grandes del mundo [155]. Detrás de los reyes viene
una nobleza feudal, los condes (kail), los gobernadores (kabir), vasallos de
dudosa fidelidad, cuyas grandes posesiones limitan continuamente el poderío de los reyes.
Las interminables guerras cristianojudías entre la Arabia meridional y el imperio de Axum
[156] tienen un carácter caballeresco y se convierten a menudo en guerras privadas de los
barones en sus castillos.
En Saba reinan los
Hamdánidasmás tarde cristianizados. Detrás de ellos se encuentra el imperio
cristiano de Axum, que estuvo en relación con Roma y que hacia 300 se extendía desde el
Nilo blanco hasta las costas Somalís y el golfo Pérsico y que en 525 destruyó a los
Himjaritas judíos. En 542 tuvo aquí lugar el congreso de príncipes de Marib, al que
enviaron representantes Bizancio y Persia. Todavía hoy yacen por doquiera en el país
innumerables ruinas de grandes castillos. En la época islámica no podía pensarse de
ellos sino que habían sido construidos por espíritus. El burgo de Gomdan era una
fortificación de veinte pisos [157].
En el imperio sassánida
dominaban los caballeros Dinkane, y la brillante corte de esos «emperadores Staufen» del
Oriente primitivo, fue en todos sentidos un modelo para la corte bizantina desde
Diocleciano. Mucho más tarde, los abbassidas, en su nueva residencia de Bagdad, no
supieron hacer cosa mejor que imitar en grandes proporciones el ideal sassánida de vida
cortesana. En la Arabia septentrional, en las cortes de los Ghassánidas y los Lachmidas
desenvolvióse una verdadera poesía de trovadores y de canciones amorosas; y en la época
de los padres de la Iglesia, los poetas-caballeros combatían en torneos de «palabras,
lanzas y espadas». Entre ellos estaba también un judío, Samuel, señor de Al Ablaq, que
por cinco preciosas corazas sostuvo un famoso asedio contra el rey de El Hira [158]. Con
respecto a esta lírica, represéntala lírica árabe posterior, que floreció hacia 800,
sobre todo en España, lo mismo que el romanticismo, es decir, guarda con aquel viejo arte
árabe la misma relación que Uhland y Eichendorff con Walter von der Vogelweide.
Ni los investigadores de
la antigüedad ni los teólogos han sabido mirar este mundo de los primeros siglos
cristianos. Ocupados con la situación de Roma al final de la república y durante el
Imperio, ven aquí tan sólo acontecimientos primitivos e insignificantes. Pero aquellos
enjambres de jinetes parthos, que una y otra vez acometían a las legiones romanas, eran
mazdaítas, poseídos de entusiasmo caballeresco. En sus ejércitos imperaba un
sentimiento de cruzada. Lo mismo hubiera sucedido al cristianismo, si no hubiese sucumbido
por entero a la pseudomorfosis. También aquí existía ese estado de ánimo.
Tertuliano hablaba de la
militia Christi y el sacramento era calificado de juramento a la bandera. En las
posteriores persecuciones contra los paganos, Cristo era el héroe por quien salía al
campo su séquito. Pero de vez en cuando, en lugar de caballeros y condes cristianos,
surgían los legados romanos, y en lugar de castillos y torneos veíanse del lado acá de
las fronteras romanas campamentos y ejecuciones. A pesar de todo, la guerra que en 115
estalló, bajo Trajano, fue una verdadera cruzada de los judíos y no una guerra de
parthos. En ella y como venganza por la destrucción de Jerusalén, fue muerta la
población entera de Chipre, que era toda ella infiel«griega»y ascendía al
parecer a 240.000 almas. Nisibis fue por entonces defendida por judíos, que sostuvieron
un asedio muy admirado.
La guerrera Adiabene era
un Estado judío. En todas las guerras de los parthos y persas contra Roma, los
contingentes de aldeanos y caballeros, enviados por los judíos de Mesopotamia,
combatieron en primera línea.
Ni siquiera Bizancio
pudo sustraerse al espíritu del feudalismo árabe. Bajo una capa de formas
administrativas antiguas, formóse, sobre todo en Asia menor, un verdadero sistema feudal.
Había allí poderosas familias, cuya fidelidad y vasallaje no eran muy de fiar y que
tenían todas el orgullo y pretensión de apoderarse del trono bizantino. «AI principio
vivían en la capital, no pudiendo salir de ella sin permiso del emperador.
Pero luego esa nobleza
trasladó su residencia a sus grandes posesiones de provincia, y desde el siglo IV formó
una aristocracia provinciana, una verdadera clase que en el curso del tiempo reclamó
cierta independencia frente al poder imperial.» [159].
El «ejército romano» en Oriente se transformó en
menos de dos siglos. Dejó de ser un ejército moderno y se convirtió en un amasijo de
andantes caballeros. La legión romana desapareció hacia el año 200 por las
disposiciones de los Severos [160].
En Occidente descendió a la categoría de horda. En
Oriente se produjo en el siglo IV una caballería andante, algo tardía pero muy genuina.
Mommsen emplea ya la expresión, sin conocer su importancia [161]. El joven noble recibía
una educación cuidadosa en esgrima, equitación, arco y lanza. El emperador Galieno,
amigo de Plotino y constructor de la Porta Nigra, uno de los representantes más
característicos y desventurados del tiempo de los soldados emperadores, formó hacia 260
con germanos y moros una nueva especie de tropas a caballo, un séquito de fieles. Es bien
significativo el hecho de que, en la religión del ejército romano, retroceden las viejas
deidades del Estado y, bajo los nombres de Marte y Hércules, ocupan el primer puesto los
dioses germánicos de los héroes personales [162].
Los palatini de
Diocleciano no substituyen exactamente a los pretorianos, suprimidos por Séptimo Severo;
forman un pequeño cuerpo de caballeros, bien disciplinados, mientras que los comitatenses
constituyen la gran mesnada y se agrupan por banderas. La táctica es la de todas las
épocas primitivas, que sienten el orgullo del valor personal. El ataque se verifica en la
forma germánica del orden cuadrado («cabeza de jabalí»). Bajo Justiniano está ya
constituido el sistema de los «lansquenetes», que
corresponde exactamente
al tiempo de Carlos V. Esos «lansquenetes» son reclutados por condotieros [163] por el
estilo de
Frundsberg y forman
entre sí corporaciones. La expedición de Narsés es narrada por Procopio [164]
enteramente como las grandes levas de Wallenstein.
Pero junto a todo esto
surge también en esos siglos primeros una suntuosa escolástica y mística de estilo
mágico, cuyo hogar propio son las famosas escuelas de toda la comarca aramea: las persas
de Ctésifon, Resain, Chondisabur; las judías de Sura, Nehardea y Pumbadita; las de las
otras «naciones» en Edessa, Nisibis, Kinesrin. Florecen en estas sedes la astronomía,
la filosofía, la química y la medicina. Pero en el Oeste estos productos quedan
infectados por la pseudomórfosis. Todo lo que se origina en el espíritu mágico, adopta
las formas de la filosofía griega y de la ciencia jurídica romana en Alejandría y
Beirut; se escribe en idiomas antiguos, en formas literarias extrañas y de tiempo atrás
anquilosadas, y asi queda todo falseado por la vetusta ideología de una civilización muy
diferente. Entoncesy no con el Islames cuando comienza la ciencia árabe. Pero
nuestros filólogos no han descubierto sino lo que apareció en Alejandría y Antioquía
bajo las formas de la civilización antigua decadente, sin sospechar lo más mínimo de la
enorme riqueza que atesora la época primitiva de la cultura arábiga, sin reconocer cuál
era el verdadero centro de su investigación y contemplación. Por eso pudo manifestarse
la opinión absurda de que los «árabes» son epígonos espirituales de la antigüedad.
Pero en realidad todo o casi todo lo que, mirando desde Edessa, aparece, allende el limite
de los filólogos, como fruto del espíritu antiguo, en su época postrera, es reflejo de
la intimidad prearábiga. Y así llegamos a la pseudomórfosis de la religión mágica.
4
La religión antigua
vive en un sinnúmero de cultos particulares que, en esa forma, resultan naturales
y evidentes para el hombre apolíneo, pero que, en su propio ser, le aparecen al extraño
como arcanos incomprensibles. AI surgir cultos de esta especie empezó a existir la
cultura antigua. Pero tan pronto como en la época romana posterior transformaron su
esencia, ya el alma de esa cultura había llegado a su término.
Nunca los cultos
antiguos vivieron una vida auténtica fuera del paisaje antiguo. Lo divino hállase
siempre adherido a un lugar determinado y circunscrito a él. Ello corresponde al
sentimiento estático y euclidiano del universo. La relación entre el hombre y la deidad
adopta la forma de un culto también restringido a cierto lugar, de un culto cuyo sentido
reside en la imagen del acto ritual y no en una significación dogmática
trascendente.
Asi como la población
se pulveriza en innumerables puntos nacionales, asi también la religión se fragmenta en
esos cultos minúsculos cada uno de los cuales es completamente independiente de los
demás. Son cultos que no pueden extenderse sino sólo multiplicarse. Es ésta la
única forma de crecimiento en la religión antigua, que excluye por completo toda
«misión». Los antiguos practican esos cultos, pero no pertenecen a ellos. No hay
«iglesias» en la antigüedad. Si, más tarde, el pensamiento ateniense acepta algo
general en lo divino y en el culto, ello significa un rasgo no de religiosidad, sino de
filosofía, rasgo que queda limitado al pensamiento de unos cuantos, sin influir lo más
mínimo en la sensibilidad de la nación, esto es, de la polis.
La forma visible de la
religión mágica contrasta rigurosamente con la de la religión antigua. La forma de la
religión mágica es la iglesia, la comunidad de los fíeles, que no conoce patria ni
límites terrenales. A la deidad mágica pueden aplicarse las palabras de Jesús: «Si dos
o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy entre ellos.» Se comprende fácilmente que para
cada fiel no puede haber mas que un Dios verdadero y bueno; los otros dioses son falsos y
malos [165]. La relación entre este Dios y el hombre no descansa en la expresión, sino
en la fuerza oculta, en la magia de ciertas acciones simbólicas. Para que estas acciones
sean eficaces hay que conocer su forma y sentido exactamente y realizarlas en consonancia.
El conocimiento de este sentido es empero posesión de la iglesiaes la iglesia misma
como comunidad de los que conocen; por eso el centro de toda religión mágica no se
encuentra en el culto, sino en la doctrina, en la confesión.
Mientras la antigüedad
mantuvo viva su alma, consistió la pseudomórfosis en el hecho de que todas las
iglesias de Oriente fueron inducidas a practicar cultos de estilo occidental. Esto
constituye un aspecto esencial del sincretismo. La religión pérsica penetra en forma de
culto a Mithra; la caldeo-siria, en los cultos de los dioses estelares y los Baales
(Júpiter Dolichenus, Sabazios, Sol invictus, Atargatis) el judaísmo en forma de un culto
a Jahwé, pues no de otra manera pueden caracterizarse las comunidades egipcias en época
de los Ptolomeos [166]; y el mismo cristianismo primitivo aparece cual culto a Jesús,
como lo demuestran claramente las epístolas de San Pablo y las catacumbas romanas. Y
aunque todos esos cultos, que desde Adriano aproximadamente relegan a segundo término los
dioses típicos de las ciudades antiguas, manifiestan a las claras la pretensión de ser
revelaciones de la única Verdadera feIsis se llama deorum dearumque facies
uniformis, sin embargo, todos ellos presentan los rasgos del culto particular
antiguo: multiplican su número hasta el infinito; cada comunidad existe por si y se
localiza; todos esos templos, catacumbas, mitreas, capillas domésticas son lugares de
culto a los que la deidad se halla adherida si no expresamente, pero al menos según el
sentimiento. Y, sin embargo, hay una sensibilidad mágica en todas esas prácticas
piadosas. Los cultos antiguos eran practicados en número indefinido; en cambio,
los fieles de estos cultos nuevos no pertenecen mas que a uno solo. En el culto
antiguo es imposible el misionero. En estos nuevos resulta en cambio evidente, y el
sentido de los ejercicios religiosos se desvía visiblemente hacia el aspecto doctrinal.
Cuando en el siglo II
desaparece el alma apolínea y florece el alma mágica, la relación se invierte. Sigue la
pseudomórfosis; pero ahora ya son los cultos occidentales los que se convierten en una
nueva iglesia oriental. La reunión de los cultos particulares se desenvuelve en la
forma de una comunidad de los que creen en esos dioses y en esas prácticas. Y, siguiendo
el modelo de los persas y judíos, aparecen ahora los griegos como una nueva nación de
estilo mágico. Las formas cuidadosamente establecidas para los actos singulares, en
sacrificios y misterios, se convierten en una especie de dogma sobre el sentido general de
esos actos. Los cultos pueden representarse unos por otros; propiamente no cabe decir ya
que se ejerzan o practiquen; más bien diríamos que no «se adhiere» a ellos. Y la divinidad
local se conviertesin que nadie se dé cuenta de la importancia de esta
mutaciónen la deidad presente, en el local.
Aunque el sincretismo es desde hace años objeto de detenidas investigaciones, no se ha conocido bien el rasgo fundamental de su desarrollo: primero, la transformación de las iglesias orientales en cultos occidentales, y luego, con tendencia contraria, la aparición de iglesias para celebrar el culto [167]. No puede entenderse de otra manera la historia religiosa de los años primeros del cristianismo. La lucha entre Cristo y Mithra, como deidades culturales en Roma, adopta allende Antioquia la forma de una lucha entre la iglesia
pérsica y la iglesia
cristiana. Pero la guerra más dura que el cristianismo hubo de sostener cuando, caído
victima de la pseudomorfosis y cubierto con el antifaz de su desarrollo espiritual, se
orientó hacia Oriente, no fue contra la religión realmente antigua, que apenas conoció
y cuyos cultos públicos estaban ya interiormente muertos hacia mucho tiempo y sin el
menor ascendiente sobre las almas, sino contra el paganismo o helenismo, convertido ahora en
una nueva y poderosa iglesia, oriunda del mismo espíritu que el cristianismo. Por
último, en el Oriente del imperio no hubo una sola iglesia, sino dos, y si una de ellas
consistía sólo en comunidades de Cristo, la otra estaba formada por comunidades que bajo
mil nombres distintos adoraban conscientemente uno y el mismo principio divino.
Mucho se ha hablado de
la tolerancia antigua. La manera más clara de conocer la esencia de una religión es
indagar cuáles sean los límites a donde llega su tolerancia. También para los cultos
públicos de las antiguas ciudades existían tales limites. La pluralidad pertenecía a su
propia esencia, y por tanto, el consentirla no constituía tolerancia. Pero se suponía
que todo individuo sentía respeto hacia la forma del culto como tal.
Quien como algunos
filósofos o partidarios de religiones extrañas negara ese respeto en sus palabras o en
sus acciones, conocía al punto el limite de la paciencia antigua. Pero las persecuciones
de las iglesias mágicas unas contra otras significan algo muy diferente; aquí se
manifiesta el deber henoteísta hacia la propia fe, que prohíbe el reconocimiento de la
te falsa. Los cultos antiguos hubiesen admitido el culto de jesús como uno más.
La iglesia antigua no tenía más remedio que combatir a la iglesia de jesús.
Todas las grandes persecuciones de cristianosa las que corresponden exactamente las
posteriores persecuciones de paganosparten de la iglesia pagana y no del Estado
«romano»; y si tenían también un sentido político es porque, entonces, la iglesia
pagana era a un tiempo mismo nación y patria. Se advertirá que bajo el disfraz de la
adoración al emperador se ocultan dos usos religiosos: en las ciudades antiguas
del OesteRoma la primeranació el culto particular del divus como
expresión última de aquel sentimiento euclidiano, según el cual había un tránsito
jurídico, y, por lo tanto, también sacral, del soma del ciudadano al de un dios;
en Oriente el culto del divus se convirtió en confesión del emperador
como salvador y
Dios-hombre, como Mesías de todos los sincretistas, como centro que reúne en forma
nacional la iglesia sincretística. El sacramento principal de esta iglesia es el
sacrificio al emperador, que corresponde enteramente al Bautismo cristiano; y se comprende
bien el sentido simbólico que la exigencia y negación de estos actos habían de tener en
las épocas de persecución. Todas esas iglesias poseen sacramentos: comidas y
bebidas sagradas, como la bebida del Haoma entre los persas, el passah de los judíos, la
sagrada cena de los cristianos e igualmente en el culto de Attis y Mithra y los ritos
bautismales de los mandeos, de los cristianos, de los sectarios de Isis y Cibeles. Los
cultos particulares de la iglesia pagana podrían caracterizarse casi como sectas y
órdenes; lo cual sería un notorio adelanto en la inteligencia de sus mutuas luchas
escolásticas y de su afanoso proselitismo.
Todos los misterios
genuinamente antiguoscomo los de Eleusis y los que fundaron los pitagóricos hacia
500 en las ciudades de la Italia meridionalestán adheridos a un lugar y se
caracterizan por una acción o representación simbólica.
Pero con la
pseudomórfosis esos misterios se desprenden del lugar; pueden celebrarse dondequiera que
estén reunidos los iniciados y tienen por objeto ahora la consecución del éxtasis
mágico y de una vida ascética; los peregrinos de los santuarios misteriosos forman una
orden para la celebración de los misterios. La comunidad de los neopitagóricos, fundada
hacia 50 de Jesucristo y estrechamente afín a los eseos judíos, no tiene nada que ver
con las antiguas escuelas filosóficas; es una verdadera orden monástica; y no es la
única que dentro del sincretismo anticipa los ideales de los ermitaños cristianos y los
derviches islámicos. Esta iglesia pagana tiene sus solitarios, sus santos, sus profetas,
sus conversiones milagrosas, sus libros sagrados, sus revelaciones [168]. En la
significación de la imagen divina para el culto, verifícase una mutación muy notable y
apenas estudiada todavía. El más grande de los sucesores de Plotino, Jámblico,
estableció finalmente, hacia 300, el ingente sistema de una teología ortodoxa y
jerarquía eclesiástica con rigoroso ritual para la iglesia pagana; y su discípulo
Juliano dedicó su vida entera, llegando hasta el sacrificio de ella, a la obra de
edificar esta iglesia para toda la eternidad [169]. Quiso incluso establecer claustros de
hombres y mujeres dedicados a la meditación e introducir una penitencia eclesiástica.
Esta labor fue sostenida por un enorme entusiasmo, que se sublimó hasta llegar al
martirio y perduró aun después de la muerte del emperador. Existen inscripciones que
casi no tienen otra traducción que la siguiente: «Sólo hay un Dios y Juliano es su
profeta» [170]. Diez años más, y esta iglesia hubiera llegado a ser un hecho histórico
de larga duración. Por último, el cristianismo heredó su fuerza y no sólo su fuerza,
sino también su forma y contenido en puntos importantes. No es enteramente exacto lo que
suele decirse de que la iglesia romana se apropió la estructura del imperio romano. En
realidad la estructura del imperio constituía ya una iglesia. Hubo una época en
que ambas se tocaron. Constantino el Grande fue el promotor del Concilio de Nicea y al
mismo tiempo pontífice máximo. Sus hijos, celosos cristianos, le declararon divus y
le tributaron el culto prescrito. San Agustín se atrevió a enunciar la idea audacísima
de que antes de aparecer el cristianismo, la religión verdadera existía en la forma de
la antigua [171].
5
Para comprender el judaísmo, desde Ciro hasta Tito,
hay que recordar siempre tres hechos que la investigación científica conoce, a pesar de
su parcialidad filológica y teológica, pero que no considera con suficiente atención;
1.º Los judíos constituyen una «nación» sin territorio, un consensus que
existe en un mundo de naciones semejantes; 2.º Jerusalén es una Meca, un centro
santo, pero no la patria, ni el centro espiritual del pueblo; 3.º Por último, si
los judíos constituyen un fenómeno único en la historia universal es porque de antemano
se les trata como tal fenómeno incomparable.
Sin duda, los judíos
posteriores al destierro soncomo ya advirtió Hugo Wincklerun pueblo de nueva
índole, bien distinto de los «israelitas» antes del destierro. Pero esto no les sucede
a ellos solos. El mundo arameo comenzó por entonces a desmembrarse en un gran número de
pueblos semejantes, entre los cuales se encuentran los persas y los caldeos [172]; todos
ellos vivían en el mismo territorio y, sin embargo, permanecían rigorosamente separados
unos de otros y acaso ya usaban el modo de vida del ghetto, que es tan puramente árabe.
Los primeros precursores
del alma nueva son las religiones proféticas, que aparecieron hacia 700 con
grandiosa interioridad y que combatieron los usos rancios del pueblo y de sus jefes.
Cuanto más pienso en Amos, en Isaías, en Jeremías y seguidamente en Zaratustra, más
afinidad encuentro entre ellos. Lo que más parece separarlos no es su nueva fe, sino el
estado de cosas que combaten: aquéllos combaten la salvaje religión del antiguo Israel,
religión que, en realidad, era un haz de religiones [173], con su creencia en
piedras y árboles santos, con sus innumerables dioses locales en Dan, Bethel, Hebron,
Sichem, Beerseba, Gilgal, con su Jahwé (o Elohim), cuyo nombre servia a designar multitud
de diferentes numina, con su culto de los antepasados y sus sacrificios humanos,
sus danzas de derviches y su prostitución sacra, todo ello mezclado con tradiciones
obscuras de Moisés y Abraham y multitud de usos y leyendas del mundo babilónico
posterior, que en Canaán habían decaído y se habían petrificado desde hacia mucho
tiempo en formas aldeanas. Zaratustra combate la vieja fe védica, las no menos groseras
creencias de tipo heroico y wikingo, que necesitaban la repetición continua de los
encomios al buey sagrado y su crianza para recordar la realidad. Zaratustra vivió hacia
600, a veces en la miseria, perseguido, desoído, murió anciano en guerra contra los
infieles [174]. Fue contemporáneo del desventurado Jeremías, a quien el pueblo odió por
sus profecías, a quien el rey mandó prender y, después de la catástrofe, le llevó a
Egipto, donde el profeta murió sacrificado.
Pero yo creo que esta
gran época produjo además una tercera religión profética.
Puede aventurarse la
sospecha de que también la religión «caldea», con su profunda astronomía y esa
intimidad que sorprende a todo el que la estudia, nació entonces merced igualmente al
esfuerzo de personalidades creadoras, del rango de un Isaías, que la formaron con los
restos de la vieja religión babilónica [175]. Los caldeos eran hacia 1000, como los
israelitas, un grupo de tribus de idioma arameo, al sur de Sinear. Todavía hoy se Índica
a veces con el nombre de caldeo el idioma materno de Jesús. En época de los Seleucidas
designa el nombre una extensa comunidad religiosa y en particular a sus sacerdotes.
La religión caldea es
una religión astral, cosa que no fue la babilónicaantes de Hammurabi,
Representa la más profunda interpretación que se ha dado del espacio cósmico, tal como
lo piensa el alma mágica, esto es, de la cueva cósmica con el Kismet que la rige. Por
eso ha seguido siendo, hasta las épocas últimas, el fundamento de la especulación
islámica y judaica. Ella, y no la cultura babilónica, es la que desde el siglo VII crea
la astronomía como ciencia exacta, esto es, como técnica sacerdotal de la observación,
con admirable vigor y penetración [176]. Substituyó la semana lunar babilónica por la
semana planetaria. La figura más popular de la vieja religión había sido Ischtar, diosa
de la vida y de la fecundidad. Ahora es un planeta. Tammuz, el dios de la vegetación, que
muere y resucita en primavera, es ahora una estrella fija. Por último, anunciase el
sentimiento henoteístico. Para el gran Nabucodonosor es Marduk el único y verdadero dios
de la misericordia, y Nabu, el viejo dios de Borsippa, es su hijo o mensajero entre los
hombres. Reyes caldeos han dominado el mundo durante un siglo; pero también han sido los
pregoneros de la religión nueva. Ellos mismos han puesto ladrillos en los templos.
Conocemos la oración de Nabu codo no sor contemporáneo de Jeremíasa Marduk,
en el día de su coronación como rey. En profundidad y pureza no le cede a los mejores
trozos de la poesía profética israelita. Los salmos penitenciales caldeos tienen una
estrecha afinidad incluso en ritmo y estructura con los salmos judaicos; conocen la culpa
de que el hombre no tiene consciencia y el sufrimiento que puede remediarse por confesión
y arrepentimiento ante el dios colérico. Es la misma confianza en la misericordia divina
que en las inscripciones del templo a Baal de Palmita ha logrado igualmente una expresión
en verdad cristiana [177].
El núcleo de la
doctrina profética es ya mágico. Existe un verdadero Dios, principio del bien,
llámese Jahwé, Ahura Mazda o Marduk-Baal; las restantes deidades son impotentes o malas.
A ese Dios se refiere la esperanza mesiánica, muy clara en Isaías, pero que despunta por
doquiera con intima necesidad en los siglos siguientes. Es la idea mágica fundamental,
con la hipótesis de una lucha histórica entre el bien y el mal, preponderando el mal en
la Edad media y venciendo definitivamente el bien en el Juicio final. Esta moralización
de la historia universal es común a los persas, a los caldeos, a los judíos.
Con ella empero queda
anulado el concepto del pueblo territorial y preparado el nacimiento de las naciones
mágicas, sin patria terrenal, sin limites geográficos. Surge el concepto de pueblo
elegido [178]; pero se comprende fácilmente que los hombres de raza fuerte y ante todo
las grandes estirpes, rechazaran íntimamente estas ideas harto espirituales y volvieran
el rostro a las robustas viejas creencias de la tribu, oponiéndose así a los profetas.
Según las investigaciones de Cumont, la religión de los reyes persas era politeísta y
no tenía el sacramento del Haoma, es decir, no coincidía enteramente con la de
Zaratustra. Otro tanto sucede con la mayor parte de los reyes israelitas, y, según toda
probabilidad, con el último caldeo Naboned, quien, Justamente por su desvio a la
religión de Marduk, fue vencido por Piro, ayudado en esto por el mismo pueblo caldeo.
La circuncisión y el
sábadocaldeoadquieren el sentido de sacramentos a consecuencia del destierro.
Pero el destierro
babilónico había creado entre los judíos y los persas una diferencia enorme, que se
refiere no a las últimas verdades de la conciencia religiosa, pero si a los hechos de la
vida real y, por tanto, a los sentimientos más hondos ante esta vida. Los sectarios de
Jahwé habían sido autorizados a regresar y los partidarios de Ahura Mazda les
habían concedido ese permiso. Eran los persas y los judíos dos pequeños grupos de
tribus, que doscientos anos antes poseían quizá igual número de guerreros; sin embargo,
el uno había conquistado al mundo y cuando Darío, por el Norte, pasaba el Danubio, su
poder se extendía por el Sur sobre toda la Arabia oriental, hasta la isla Sokotra, en la
costa Somalí [179]; el otro, en cambio, se había convertido en objeto insignificante de
la política ajena.
Esta es la causa de que
aquella religión sea tan señorial y ésta tan sumisa. Leed a Jeremías y leed luego la
inscripción de Darío en Behistun. ¡Qué orgullo el del rey por su Dios vencedor! Y
¡qué desesperadas son las razones con que los profetas de Israel intentan salvar en sus
almas la imagen de su Dios!
Aquí, en el destierro,
donde, por causa de la victoria persa, los ojos de todos los judíos se dirigían hacia la
doctrina de Zaratustra, transfórmase el profetismo puro (Amos, Oseas, Isaías, Jeremías)
en profetismo apocalíptico (Deutero-Isaias, Ecequiel, Zacarías). Todas las nuevas
visiones del hijo del hombre, de Satán, del Arcángel, de los siete cielos, del Juicio
final son formas pérsicas del común sentimiento cósmico. En Isaías, 41, aparece
Ciro mismo celebrado como el Mesías. ¿Recibió el gran creador del segundo Isaías su
iluminación de un secuaz de Zaratustra? ¿Es posible que los persas mismos, sintiendo la
intima afinidad de ambas doctrinas, autorizasen el regreso de los judíos a su patria? Lo
cierto es que ambos pueblos compartieron las representaciones populares de las cosas
últimas y sintieron igual odio hacia los infieles de la religión babilónica y de la
religión antigua y lo expresaron contra todas las formas de las creencias ajenas; pero no
se odiaron ni se combatieron entre sí.
Pero ese «retorno» hay
que considerarlo también desde Babilonia. La gran masa de los judíos, población fuerte
y dura, percibía muy en lontananza esa idea del regreso, que era para ella sólo una idea
y como un sueño. La población judía constituía sin duda un conjunto de sólidos
agricultores y artesanos, con un comienzo de aristocracia rural que permanecía
tranquilamente en sus posesiones. Vivía bajo el imperio de un príncipe propio, el
Resch Galuta, que tenia su residencia en Nehardea [180]. Los que regresaron fueron una
minoría: los testarudos, los celosos. Con mujeres y niños no sumaban más de cuarenta
mil. Este número no significa ni la décima, ni la vigésima parte del total. Y quien
confunda estos colonos y su destino con el
judaísmo en general
[181] se incapacita para comprender el sentido profundo de todos los acontecimientos
subsiguientes. El pequeño mundo judío llevó una vida espiritual separada, vida que
la nación judía toda respetó, pero que no compartió. En Oriente floreció suntuosa
la literatura apocalíptica, heredera de la profética. Aquí arraigó una genuina poesía
popular, de la que se ha conservado una obra maestra, el libro de Job, con su espíritu
islámico y no judaico [182], mientras que multitud de cuentos y leyendas, entre otros
Judith, Tobit, Achikar fueron propagándose como motivos por todas las literaturas del
mundo «arábigo». En Judea sólo prosperó la ley; el espíritu talmúdico aparece
primero en Ecequiel [183] y se encarna desde 450 en los eruditos (Soferim) con Esra a la
cabeza. Desde 300 hasta 200 de Jesucristo los Tannaim han comentado la Tora y, por tanto,
desenvuelto la Mischna. Ni la aparición de Jesús ni la destrucción del Templo lograron
interrumpir esta ocupación abstracta.
Jerusalén llego a ser
la Meca de los creyentes estrictos. Un código fue reconocido y admitido como Corán; y se
le añadió poco a poco toda una historia primitiva con motivos caldeo-persas, pero
reelaborados en forma farisea [184]. Pero en estos círculos no había hueco para un arte
profano, para una poesía y una ciencia profanas. Todo lo que hoy en el Talmud de
astronomía, medicina y derecho procede íntegramente de Mesopotamia [185]. Es lo más
verosímil que ya durante el destierro se iniciase en Mesopotamia esa tendencia
caldeo-persa-judaica a formar sectas, tendencia que comienza al principio de la cultura
mágica y progresa hasta llegar a la fundación de grandes religiones, alcanzando su
cumbre en la doctrina de Mani. La ley y los profetasésta es poco más o
menos, la diferencia que existe entre Judea y Mesopotamia. En la teología persa
posterior y en todas las demás teologías mágicas, ambas direcciones van unidas. Sólo
aquí se han separado topográficamente. Las decisiones de Jerusalén fueron por
doquiera reconocidas. Pero la cuestión es saber si efectivamente fueron seguidas. Ya
Galilea era sospechosa a los fariseos. En Babilonia no podía consagrarse ningún rabino.
Del gran Gamaliel, maestro de San Pablo, se dice que sus prescripciones eran obedecidas
por los judíos «incluso en el extranjero». Los documentos recientemente hallados en
Elefantina y Asuan [186] demuestran la independencia con que vivían los judíos de
Egipto. Hacia 170 pide Onias permiso al rey para erigir un templo «según las medidas del
de Jerusalén», y funda su petición en que los numerosos templos que existen contrarios
a la ley despiertan continuas disputas entre las comunidades.
Pero hay que tener en
cuenta, además, que el judaísmo, como el persismo, creció enormemente después del
destierro por conversiones. Esta es la única forma de conquista que le queda a una
nación sin territorio: es, pues, natural y evidente para las religiones mágicas. El
judaísmo penetró pronto hacia el Norte, por el Estado judaico de Adiabene. hasta el
Cáucaso; por el Sur, probablemente a lo largo del golfo Pérsico, hasta Saba; en el
Oeste, preponderaba en Alejandría, Cyrene y Chipre. La administración de Egipto y la
política del imperio parto hallábanse en gran parte en manos de los judíos.
Ahora bien; este
movimiento arranca exclusivamente de Mesopotamia. Lleva en su nervio el espíritu
apocalíptico, no el espíritu talmúdico. En Jerusalén la ley inventa cada día nuevas
trabas para estorbar el ingreso de los no creyentes. No les basta a los judíos de
Jerusalén renunciar a las conversiones; exigen además que no exista un pagano entre los
antepasados del buen creyente. Un fariseo se permite interpelar al rey Hyrkan (135-106),
amado por todos, pidiéndole que renuncie al cargo de sumo sacerdote, porque su madre se
encontró una vez en poder de los infieles [187]. Es la misma estrechez que se manifiesta
en las comunidades primitivas de los cristianos de Judea, oponiéndose a toda misión en
tierra de paganos. En Oriente no se le hubiera ocurrido a nadie poner límites a la
propaganda; ello habría sido contradecir el concepto de la nación mágica. De aquí
se deriva justamente la superioridad del vasto Oriente. Por mucha e indiscutida que
fuese la autoridad religiosa del Synedrión de Jerusalén, mayor era, en sentido político
y, por lo tanto, histórico, la potencia del Resch Galuta.
Esto es lo que no ven ni
la investigación cristiana ni la investigación judía. Nadie, hasta donde a mi se me
alcanza, ha puesto atención al importante hecho siguiente: la persecución de Antíoco
Epifanes no se dirigió contra el judaísmo en general, sino contra Judea. Y la
consideración de este hecho nos conduce a un conocimiento de mucha mayor importancia
todavía.
La destrucción de
Jerusalén hirió a una muy pequeña parte de la nación y justamente a la parte menos
importante en el sentido político y espiritual. No es verdad que el pueblo Judío
haya vivido «disperso» desde entonces. Hacia ya varios siglos que vivíay no él
solo, sino también el pueblo persa y otros sin asiento en un territorio
determinado. Se interpreta erróneamente la impresión que esa guerra produjo sobre el
judaísmo propiamente dicho, el cual era considerado y tratado por la Judea como un
apéndice o dependencia. Sin duda la victoria del pagano y la destrucción del Templo
tuvieron profundas resonancias en el alma judía [188] que en la cruzada de 115 tomó
cruel venganza. Pero ello se refiere al ideal judaico, no al Judeo, no al de la Judea. El
«sionismo» fue entonces, como antes bajo Ciro y como hoy, el ideal de una minoría muy
escasa y limitada espiritualmente. Si se hubiera sentido la desgracia realmente cual
«pérdida de la patria»tal como nos la representamos en nuestro sentimiento
occidentalla reconquista hubiese sido cien veces posible a partir de Marco Aurelio.
Pero esto era contrario al sentimiento mágico de la nacionalidad. La forma ideal de la
nación era la «synagoga», el puro consensus, como la «Iglesia visible» de los
católicos primitivos y como el Islam. Precisamente esa forma de la nación es la que se realiza
plenamente por la destrucción de Judea y el aniquilamiento del espíritu de tribu que en
Judea predominaba.
La guerra de Vespasiano,
dirigida exclusivamente contra Judea, fue una liberación del judaísmo. Primero: porque
anuló la pretensión de los que habitaban ese minúsculo territorio, a ser ellos la
nación propiamente dicha y quedó, por tanto, deshecha la identificación entre su
mezquina espiritualidad y la vida psíquica del conjunto. La investigación erudita, la
escolástica y la mística de las grandes escuelas orientales recobró sus derechos. El
gran juez Karna recopiló en la escuela de Nehardea el primer derecho civil, casi al mismo
tiempo que actuaban Ulpiano y Papiniano [189]. Y segundo: porque salvó a esta religión
de los peligros de la pseudomórfosis, a los que sucumbió el cristianismo en la misma
época. Desde 200 antes de Jesucristo existía una literatura de judíos
semihelenísticos. El predicador Salomón (Koheleth) muestra tendencias pirronísticas.
Síguenle la sabiduría de Salomón, el segundo libro de los Macabeos, Theodoto, la carta
de Aristeas y otros. Hay obras, como la colección de sentencias de Menandro, de las que
no puede decirse si son griegas o Judías. Hacia 160 hubo grandes sacerdotes que, por
espíritu helenístico, combatieron la religión Judía, y reyes como Hircano y Heredes
que intentaron lo mismo por medios políticos- Este peligro desapareció definitivamente
en el año 70.
En tiempos de Jesús
hubo en Jerusalén tres direcciones que pueden considerarse como universalmente
arameas: los fariseos, los saduceos y los eseos. Aun cuando los nombres y los
conceptos son vacilantes y muy varias las opiniones de la investigación, tanto cristiana
como judaica, puede sin embargo, afirmarse lo siguiente:
La primera dirección
aparece con máxima pureza en el judaísmo; la segunda, en el caldeísmo; la tercera, en
el helenismo [190]. Esea es la aparición, en el Asia menor oriental, del culto a Mithra,
en forma de órdenes religiosas. Fariseo es, en la iglesia pagana, el sistema de
Porfirio. Los saduceos, aunque en Jerusalén mismo se presentan como un pequeño circulo
de gente distinguidaJosef o los compara con los epicúreosson arameos por sus
sentimientos apocalípticos y es cato lógicos, por tendencias que, en esta época
primitiva, podrían parangonarse con el espíritu de Dostoyevski. Entre los saduceos y los
fariseos hay la misma relación que entre la mística y la escolástica, entre San Juan y
San Pablo, entre el Bundehesch y el Vendidad de los persas. La apocalipsis es popular y,
en muchos puntos, constituye un bien común de todo el mundo arameo. El fariseísmo del
Talmud y del Avesta es exclusivista y trata de apartarse, tan radicalmente como ello sea
posible, de toda religión diferente. Lo importante para él no es la creencia y las
visiones, sino el rito riguroso que debe aprenderse y practicarse estrictamente; de suerte
que, en su opinión, el lego no puede ser piadoso porque no conoce la ley.
Los eseos aparecen en
Jerusalén en forma de orden monástica; como los neopitagóricos. Tenían libros secretos
[191]; son, en amplio sentido, los representantes de la pseudomórfosis y por eso
desaparecen por completo del judaísmo en el año 70; en el momento justamente en que la
literatura cristiana se hacia griega pura, entre otras razones porque el judaísmo
occidental helenizado fue abandonando el judaísmo oriental y pasándose poco a poco al
cristianismo.
Pero también la
apocalíptica, forma expresiva de la humanidad antiurbana, llegó bien pronto a su fin
dentro de la sinagoga, después de haber revivido una maravillosa fecundidad bajo la
impresión de la catástrofe [192]. Cuando hubo quedado resuelto que la doctrina de Jesús
crecía en forma de nueva religión y no de reforma del judaísmo, y cuando hacia 100 fue
establecida la fórmula diaria de maldición contra los judeocristianos, ya la
apocalíptica, para el poco tiempo que le restaba de vida, quedó vinculada a la joven
religión.
6
El valor incomparable
que eleva al cristianismo joven por encima de todas las religiones de esta fecunda
primavera, es la figura de Jesús. No hay nada, en las grandes creaciones de aquellos
años, que pueda ponerse a su lado. Quien, por entonces, oyera y leyera la historia de la
pasión, acaecida poco antes la última venida a Jerusalén, la última trágica
cena, la hora de la desesperación en Getsemaní, la muerte en la cruzhabía de
considerar como harto vacuas y mezquinas todas las leyendas y sacras aventuras de Mithra,
de Attis y Osiris.
Aquí no hay filosofía ninguna. Las sentencias, que algunos de los discípulos conservaban palabra por palabra en la memoria, son las de un niño en medio de un mundo extraño, decadente, enfermo.
Nada de consideraciones
sociales, nada de problemas ni de sutilezas. Como una isla de paz y bienaventuranza, la
vida de esos pescadores y artesanos a orillas del lago de Jenezaret flota en medio de su
época, la época del gran Tiberio, lejos de toda historia universal, sin la menor
sospecha de los negocios de la realidad, rodeada del fulgor que destellan las ciudades
helenísticas con sus templos y teatros, con la refinada sociedad occidental, las
distracciones numerosas de la plebe, las cohortes romanas y la filosofía griega. Cuando
los amigos y acompañantes llegaron a edad senil y el hermano del crucificado presidía el
circulo de Jerusalén, formóse con los dichos y las narraciones que circulaban por la
pequeña comunidad un cuadro de conjunto tan íntimamente conmovedor que hubo de crearse
para él una forma propia de exposición, sin precedentes ni en la cultura antigua ni en
la cultura arábiga: el Evangelio.
El cristianismo es la
única religión de la historia universal, en la cual una vida humana del presente
inmediato llegó a ser símbolo y centro de la creación entera.
Una excitación
extraordinaria, como la que conoció hacia el año 1000 el mundo germánico, conmovía
entonces toda la comarca aramea. Despertaba el alma mágica. Lo que en las religiones
proféticas era como un presentimiento, lo que en tiempos de Alejandro se bosquejaba en
contornos metafísicos, cumplíase ahora. Y este cumplimiento provocó con indecible
fuerza el sentimiento primario del terror. Uno de los últimos enigmas de la humanidad, de
la vida toda en movimiento, es esa ecuación entre el nacimiento del yo y el surgimiento
del terror cósmico. Cuando ante el microcosmos se descorre el macrocosmos amplio,
prepotente, como una sima de realidades y actividades extrañas y bañadas de luz,
encógese y recógese en sí mismo, temeroso, el débil y solitario yo. Nunca el adulto,
ni aun en las horas más sombrías de su vida, vuelve a sentir aquel terror de la propia
conciencia vigilante, aquel terror que a veces sobrecoge a los niños. Ese terror mortal
se extendía por entonces sobre la naciente cultura mágica. En este orto de la conciencia
mágica, todavía temerosa, obscura, incierta de sí misma, fue la mirada a posarse sobre
el próximo final del mundo.
Es ésta la primera idea
con que, hasta ahora, todas las culturas han llegado a adquirir conciencia de sí mismas.
Todo espíritu algo profundo se sintió sobrecogido por un estremecimiento de
revelaciones, de portentos, de últimas perspectivas en el arcano de las cosas. Pensábase
y vivíase en imágenes apocalípticas. La realidad tomábase apariencia. Hablábase en
secreto de rostros extraños y horribles; leíanse libros enmarañados y confusos que al
punto eran comprendidos con inmediata certidumbre. De comunidad en comunidad, de aldea en
aldea iban esos libros, que no puede decirse que pertenezcan a una religión determinada
[193] . Tienen matices pérsicos, caldeos, judaicos; pero recogen en realidad todo cuanto
interesaba a los espíritus de entonces. Los libros canónicos son nacionales; los libros
apocalípticos son internacionales en el más riguroso sentido. Existen y no parece
haberlos escrito nadie. Su contenido flota mostrenco y suena hoy distinto que ayer. Pero
tampoco son «poesía» [194]. Semejan esas terribles figuras que hay en los pórticos de
las catedrales románicas francesas, que no son «arte», sino terror petrificado. Todo el
mundo conocía esos ángeles y demonios, esas ascensiones al cielo, esos descensos al
infierno de seres divinos, el hombre primario o segundo Adán, el enviado de Dios, el
Salvador de los últimos días, el hijo del hombre, la ciudad eterna, el Juicio final
[193]. En las ciudades extranjeras y en las sedes del sacerdocio pérsico y judaico, las
doctrinas diferenciales eran sin duda objeto de estudio y discusión. Pero en el
pueblo, casi no había una religión determinada, sino una general religiosidad mágica,
que llenaba las almas y que estaba formada por perspectivas y cuadros de los más varios
orígenes. Se aproximaba el fin del mundo. Se le esperaba. Sabíase que «El» había de
aparecer ahora, Aquel de quien hablaban todas las revelaciones. Surgían los profetas.
Formábanse cada día nuevas comunidades y círculos, en la convicción o de conocer mejor
la religión nativa o de haber encontrado al fin la verdadera. En esta época de tensión
formidable, de tensión creciente, próximo el nacimiento de Jesús, se originaron
innúmeras comunidades y sectas y entre ellas la religión mandea de la salvación, cuyo
fundador u origen ignoramos. Al parecer, hallábase muy próxima a la creencia popular del
judaísmo sirio, a pesar de su odio contra el judaísmo de Jerusalén y su predilección
por concepciones pérsicas referentes a la idea de la salvación. Ahora van
descubriéndose uno por uno los fragmentos de sus libros maravillosos.
Por doquiera el término
de la esperanza es «El», el hijo del hombre, el salvador enviado a las profundidades, el
salvador que ha de ser también salvado. En el libro de Juan habla el Padre, erguido en la
morada de la perfección, envuelto en luz, a su hijo: Hijo mío, sé mi mensajerobaja
al mundo de las tinieblas, en donde no hay rayo de luz. Y el hijo exclama: Padre
grande, ¿en qué he pecado, que me envías a lo profundo? Y por último: Sin defecto he
ascendido y no habrá en mí defecto ni falta alguna [196].
A la base de todo esto
se encuentran todos los rasgos de las religiones proféticas y el tesoro de las profundas
sabidurías y figuras que se había reunido desde entonces en la apocalíptica.
Ni un soplo de
pensamiento y sentimiento antiguo ha penetrado en este submundo de lo mágico. Los
comienzos de la religión nueva se hallan, indudablemente, perdidos para siempre.
Pero hay una.
figura histórica del mandeísmo que aparece con sorprendente claridad, figura trágica en
su querer y su morir, como el mismo Jesús: es Juan el bautista [197]. Casi desprendido
del judaísmo y rebosante de odio profundo al espíritu de Jerusalénesto
corresponde exactamente al odio de los rusos netos contra Petersburgo , predica Juan
el fin del mundo y la proximidad del Barnasha, del hijo del hombre, que ya no es el
prometido Mesías nacional de ¡as judíos, sino el que trae el incendio del mundo
[198]. A Juan fue Jesús y se hizo su discípulo [199]. Tenia treinta años cuando
el despertar iluminó su pecho. El mundo de las ideas apocalípticas y sobre todo mandeas
llenó desde entonces su conciencia. El otro mundo, el mundo de la realidad histórica,
yacía en torno suyo como mera apariencia, como algo ajeno e insignificante. Sentía la
certidumbre inmensa de que El iba a venir y a poner término a esa realidad irreal. Y
defendió y propagó esta convicción, como su maestro Juan. Todavía los más viejos
Evangelios recogidos en el Nuevo Testamentó nos dejan vislumbrar esa época, en la cual
Jesús no tenia conciencia de ser otra cosa que un profeta [200].
Pero hay un momento de
su vida en que le sobreviene primero un vislumbre y luego la suprema certeza: tú eres El.
Fue un secreto que al principio casi no se confesaba a si mismo.
Luego se lo dijo a sus
íntimos y acompañantes, los cuales recogidamente compartieron con él la sacra embajada,
hasta que se atrevieron a manifestar la verdad ante el mundo entero en el viaje fatal a
Jerusalén. No hay prueba más convincente de la pureza y sinceridad absoluta de sus
pensamientos que la duda, una y otra vez sentida, de si quizá no se habría engañado;
sus discípulos más tarde han referido puntualmente esas vacilaciones. Llega a su tierra.
Acude todo el pueblo. Reconocen todos al antiguo carpintero que ha abandonado su trabajo;
y se indignan. La familia, la madre, los numerosos hermanos y hermanas se avergüenzan de
él y quieren sujetarlo. Allí, cuando él ve todos los rostros conocidos mirándole, se
confunde, vacila y la fuerza mágica se debilita en su alma (Marcos, 6). En Getsemaní se
mezclan las dudas sobre su misión con el terror indecible [201] del porvenir; y todavía
en la cruz se oye la quejumbrosa llamada y queja de que Dios le ha abandonado.
Aún en estas últimas
lloras vive sumido por completo en las imágenes de su mundo apocalíptico. No ha
percibido nunca realmente otras en torno suyo. La realidad que los soldados romanos, sus
guardianes, veían, era para él objeto de incesante admiración y extrañeza, una
apariencia engañosa que podía de pronto deshacerse. Era su alma el alma pura y genuina
del campo sin urbes. La vida de las ciudades, el espíritu en sentido urbano le eran por
completo ajenos- ¿Vio realmente y comprendió en su esencia histórica Jerusalén, ciudad
semiantigua, en donde entró como hijo del hombre?. Esto es lo que tienen de conmovedor
los últimos días, ese encuentro y choque de los hechos con las verdades, de los dos
mundos que nunca han de entenderse. No supo nunca lo que le pasaba.
Así anduvo predicando y
anunciando por su país. Pero este país era Palestina. Había nacido en el imperio
antiguo y vivía ante los ojos del judaísmo de Jerusalén; y tan pronto como su alma se
desviaba un tanto de la contemplación interior y del sentimiento de la misión, para
mirar en torno, tropezaba su mirada con la realidad del imperio romano y del fariseísmo.
La repugnancia que le
inspiraba ese ideal rígido y egoísta, repugnancia que compartía con todo el mandeísmo
y, sin duda, con el pueblo judío de Oriente, es el carácter primero y más permanente de
todas sus predicaciones. Sentía horror de ese fárrago de fórmulas intelectualistas, que
se jactaban de ser única vía de salvación. Sin embargo, era sólo otra clase de
religiosidad, que con lógica rabínica disputaba el derecho a su convicción.
Era la ley frente a los
profetas. Pero cuando Jesús fue conducido a presencia de Pilatos, si mundo de los
hechos y el mundo de las verdades se enfrontaron sin remedio ni avenencia posibles,
con tan terrible claridad y gravedad simbólica, que ninguna otra escena de la historia
universal es más impresionante. La discrepancia esencial que ya existe en el principio y
raíz de toda vida en movimiento, sólo por serlo, sólo por ser existencia y
conciencia, recibe aquí la forma más alta imaginable de la tragedia humana. En la famosa
pregunta del procurador romano: ¿qué es la verdad?única frase del Nuevo
Testamento que tiene «raza» está encerrado el sentido todo de la historia,
la exclusividad de los hechos, la preeminencia del Estado, el valor de la sangre, de
la guerra, la omnipotencia del éxito, el orgullo de un destino grande. A esto no
contestó la boca de Jesús; pero su silencioso sentimiento replicó con la otra pregunta,
con la pregunta decisiva de toda religiosidad: ¿qué es la realidad? Para Pilatos
la realidad lo era todo; para Jesús, nada. No puede ser otra la contraposición de la
religiosidad a la historia y sus potencias. La religión no puede juzgar de otro modo la
vida activa y, si lo hace, es que ha dejado ya de ser religión y ha caído en el
espíritu de la historia.
MÍ reino no es de
este mundohe aquí la última palabra, la que no admite ulteriores
interpretaciones. Por ella puede cada cual saber de fijo donde, por nacimiento, se halla
adscrito: a la existencia que se sirve de la conciencia o la conciencia que subyuga a la
existencia; al acto o a la tensión; a la sangre o al espíritu; a la historia o a la
naturaleza; a la política o a la religión. Aquí no hay más que: o esto o lo otro y no
cabe honrado acomodamiento. Un hombre de Estado puede ser profundamente religioso; un
hombre piadoso puede caer por su patria; pero tienen que saber uno y otro de qué parte
están en realidad.
El político nativo
desprecia las consideraciones supramundanas de ideólogos y éticos, en medio de su mundo
efectivoy tiene razón. Para el creyente, la ambición y el éxito del mundo
histórico son pecaminosos, carecen de eterno valory también tiene razón. Un
príncipe que quiera mejorar la religión en el sentido de fines políticos, prácticos,
es un loco. Un predicador que quiera asentar la verdad, la justicia, la paz, la concordia
en el mundo de la realidad es también un loco. No ha habido fe que cambie el mundo, como
no hay hecho que pueda refutar una creencia. No existe conciliación entre el tiempo
dirigido y la eternidad intemporal, entre el curso de la historia y la predominancia de un
orden divino, en cuya estructura las palabras «decreto de Dios» significan la máxima
causalidad. Tal es el sentido último de aquel momento en que Jesús y Pilotos se
encuentran frente a frente. En el mundo histórico, el romano dejó crucificar al
Galileoera su sino. En el otro mundo, Roma caía maldita y la cruz se alzaba como
signo de la salvaciónera «la voluntad de Dios» [202].
La religión es
metafísica, y no otra cosa: credo, quía absurdum. La metafísica conocida,
demostradao tenida por tales mera filosofía o erudición. Aquí me refiero a
la metafísica vivida, a lo impensable como certeza, a lo sobrenatural como hecho,
a la vida en un mundo irreal, aunque verdadero. Ni un momento ha vivido Jesús de otra
suerte. No fue un predicador moralista. Considerar la moral como último sentido de la
religión es no conocer la religión. Eso es «siglo diez y nueve», «ilustración»,
filisteísmo humanista. Atribuir a Jesús ideas sociales es calumniarle. Las sentencias
morales, que en alguna ocasión enuncia, si no son meras atribuciones posteriores, sirven
tan sólo para la edificación. No contienen doctrina nueva.
Había entre ellas
refranes, que todos entonces conocían harto bien. La doctrina de Jesús era
exclusivamente una revelación de las últimas cosas, cuyas imágenes de continuo llenaban
su mente: orto de la era nueva, venida al mundo del enviado de Dios, Juicio final, un
nuevo cielo y una tierra nueva [203]. Nunca tuvo otro concepto de la religión, ni existe
otro en ninguna época de verdadera interioridad. Religión es toda ella
metafísica, doctrina del allende, conciencia en medio de un mundo cuyos primeros
planos se destacan e iluminan merced al testimonio de los sentidos; religión es vida con
y en lo suprasensible, y cuando falta fuerza para tal conciencia, cuando falta energía
aun solo para creer en ella, entonces la verdadera religión se acaba. ¡Mi reino no
es de este mundo!. Sólo quien sepa medir la gravedad de este conocimiento puede
comprender sus más hondas sentencias. Más tarde, las épocas urbanas, incapaces ya de
tales perspectivas, son las que han referido al mundo de la vida exterior un resto de
religiosidad y han substituido la religión por sentimientos de humanidad y la metafísica
por predicaciones morales. En Jesús encontramos justamente lo contrario. «Dad al César
lo que es del César»; es decir: someteos a los poderes del mundo de los hechos,
aguantad, sufrid, no preguntéis si son «justos». Lo importante es tan sólo la
salvación del alma. «Ved los lirios en el campo»; es decir: no os preocupéis de
riqueza ni de pobreza, que una y otra encadenan el alma a los cuidados de este mundo.
«Hay que servir a Dios o a Mammon»; quiere decir Mammón la realidad entera.
Mezquina y cobarde es toda interpretación que excluya de esta exigencia la grandeza que
en verdad atesora. Jesús no habría percibido diferencia alguna entre el trabajo por la
propia riqueza y el trabajo por la comodidad social «de todos». Su horror a la riqueza;
la renuncia a la propiedad, que practicó la primitiva comunidad cristianado Jerusalénque
era una orden rigurosa y no un club de socialistasrevelan la máxima oposición
imaginable a todo «sentimiento social»; estas convicciones no provienen de considerar
que la situación exterior lo sea todo, sino de pensar que no es nada; no proceden de un
aprecio exclusivo de la biendanza en este mundo, sino de un absoluto desprecio de ella.
Tiene que existir algo, ante lo cual toda ventura terrenal desaparezca en nada. Es la
misma diferencia que existe entre Tolstoi y Dostoyevski. Tolstoi, el urbano, el
occidental, ha visto en Jesús un ético-social y, como todo el Occidente civilizadoque
no pudiendo renunciar aspira a repartir, ha rebajado el cristianismo primitivo a la
categoría de un movimiento social-revolucionario. A Tolstoi le faltó energía
metafísica. Dostoyevski, que era pobre, pero, en ciertas horas, casi santo, no pensó
jamás en mejoramientos sociales. ¿De qué le serviría al alma la abolición de la
propiedad?
7
Entre los amigos y
discípulos, aniquilados por el terrible final del viaje a Jerusalén, cundió a los pocos
días la noticia de su resurrección y reaparición. Los hombres de épocas postrimeras no
podrán nunca sentir lo que esto significaba para aquellas almas y en aquellos tiempos.
Era el cumplimiento, la realización de las esperanzas contenidas en toda la apocalíptica
de aquella época mágica; era, al término del eon presente, la ascensión del Salvador
salvado, del segundo Adán, del Saoshyant, Enosh o Barnasha, o como quiera que le
llamaran, en el reino luminoso del padre. Asi se hacían presente inmediato el futuro
anunciado y la nueva edad, «el reino de Dios». Se encontraban aquellos hombres en el
punto decisivo de la historia de la salvación. Esta certidumbre cambió por completo la
mirada cósmica del pequeño círculo. «Su» doctrina, tal como fluyera de su tierna y
suave naturaleza, su intimo sentimiento de la relación entre el hombre y Dios y el
sentido de los tiempos, lo que con la palabra amor quedaba íntegramente expresado,
vino a ocupar el segundo término y en su lugar se puso la doctrina de El. El
maestro fue desde entonces el «Resucitado», figura nueva de la apocalíptica, figura la
más importante y concluyente. Pero con todo ello, la imagen del futuro se convirtió en
imagen del recuerdo. Ese ingreso de una realidad vivida en el circulo de la gran historia,
fue algo decisivo, algo inaudito en todo el mundo de las ideas mágicas. Los Judíos,
entre ellos Pablo joven, y los mandeos, entre ellos los discípulos del Bautista, lo
negaron con pasión. Para éstos fue Jesús un falso Mesías, de quien habían hablado ya
los más viejos textos pérsicos [204]. Para éstos, El había devenir; en cambio, para la
pequeña comunidad, El había venido ya. Habíanle visto, habían vivido con El. Hay que
sumergirse por completo en esta conciencia para comprender su enorme superioridad en
semejante tiempo. En vez de una mirada incierta hacia la lejanía, era un trozo de
conmovedor presente; en vez del miedo que espera, la certidumbre que liberta; en vez de
una leyenda, un sino humano vivido y presenciado. Era realmente una «buena nueva» la que
predicaban aquellos hombres.
Pero ¿a quién? Ya en
los primeros días se planteó el problema que hubo de decidir el destino de la nueva
revelación.
Jesús y sus amigos eran de nacimiento judíos; pero no pertenecían al país de Judea. Aquí, en Jerusalén, era esperado el Mesías de los
viejos libros sagrados,
el que había de venir sólo para el pueblo judío, en el sentido anterior de comunidad
tribal.
Toda la demás tierra
aramea esperaba en cambio al Salvador del mundo, al hijo del hombre, mencionado en
todos los libros apocalípticos escritos en judío, pérsico, caldeo o mandeo [205].
En el primer caso era la
muerte y resurrección de Jesús un acontecimiento local. En el segundo significaban un
recodo de la historia universal. Pues mientras que por doquiera los Judíos se habían
convertido en nación mágica, sin patria ni unidad de tronco y procedencia, en cambio
aquí, en Jerusalén, manteníase fuerte la concepción tribal. No se trataba de «misión
a los judíos» o «misión a los gentiles». El dualismo era mucho más profundo. La
palabra misión significa aquí dos cosas bien distintas. En el sentido del judaísmo no
hacía falta propiamente proselitismo alguno; al contrario, el proselitismo contradecía
la idea del Mesías. Los conceptos de estirpe y de misión se excluyen. Los miembros del
pueblo elegido y particularmente los sacerdotes habían de convencerse de que las
promesas eran cumplidas; con esto bastaba. Pero en el otro caso, la idea de la nación
mágica, fundada en el consensus, implicaba que la resurrección había establecido
la verdad plena y definitiva, y, por lo tanto, que el consensus en torno a esta
verdad constituía la base de la verdadera nación, la cual debía extenderse hasta
comprender en su seno a las demás naciones mas viejas e imperfectas en la idea. «Un
pastor y un rebaño»tal fue la fórmula de la nueva nación mundial. La
nación del Salvador era idéntica a la humanidad. Si se considera la prehistoria de esta
cultura se advierte que la discusión del concilio apostólico de Jerusalén [206] estaba
ya resuelta de hecho 500 años antes; porque el judaísmo posterior al destierrocon
la única excepción del estrecho círculo de Judea había hecho prosélitos, como
los persas y los caldeos y todos los demás, entre los infieles, desde el Turquestán
hasta el interior de África, sin detenerse ante consideraciones de patria y estirpe.
Sobre este punto nadie disputaba. Ni se le ocurrió siquiera a la comunidad que pudiese
suceder de otro modo. Ella misma era ya el resultado de una existencia nacional que
consistía en extensión. Los viejos textos judíos constituían un tesoro
cuidadosamente conservado y la interpretación exacta, la Halacha, era cosa de los
rabinos. Pero la literatura apocalíptica constituía la más completa oposición; escrita
para conmover indistintamente los ánimos toaos, ofrecíase a la libre interpretación de
cada cual.
¿Cómo comprendieron su
propio destino los más antiguos amigos de Jesús? Nos lo revela el hecho de permanecer la
comunidad en Jerusalén y de frecuentar el Templo. Para estos hombres sencillos, entre los
cuales estaban los hermanos de Jesúsque al principio lo habían rechazadoy la
madreque creyó en el hijo ejecutado [207] -fue el poder de la tradición judía
más fuerte que el del espíritu apocalíptico. Pero su propósito de convencer a los
judíos fracasó, aun cuando en un principio ingresaron en la comunidad incluso fariseos.
Fueron, pues, una de las muchas sectas judaicas, y el resultado de la «confesión de
Pedro» puede expresarse diciendo que ellos representaban el verdadero judaísmo, mientras
que el Synedrión representaba el judaísmo falso [208].
El último destino de
este circulo [209] ha caído en el olvido, por el efecto enorme que la nueva doctrina
apocalíptica produjo bien pronto en todo el mundo de sensibilidad y pensamiento mágicos.
Entre los posteriores partidarios de Jesús hubo muchos que realmente sintieron al modo
mágico y se hallaban libres de todo espíritu fariseo. Mucho antes de Pablo resolvieron
en silencio, para sí, la cuestión de las misiones y propaganda. No podían vivir sin
predicar y del Tigris al Tiber fundaron por doquiera pequeños circuios, en los cuales la
figura de Jesús se mezclaba en todas las formas imaginables con la masa de las figuras y
doctrinas existentes [210]. Y se planteó aquí otro dualismo, que se contiene también en
las palabras: misiones a los judíos o a los gentiles. Pero este segundo dualismo es mucho
más importante que la disputa, de antemano resuelta, entre Judea o el mundo. Jesús habla
vivido en Galilea. ¿Habla de propagarse la doctrina por Oriente o por Occidente? ¿Cómo
culto de Jesús o como una orden de Salvación? ¿En estrecho contacto con la iglesia
pérsica o con la sincretística, que empezaban a constituirse entonces?
Sobre estos puntos
decidió San Pablo, primera gran personalidad del movimiento nuevo. San Pablo fue el
primero que no sólo entendió de verdades, sino también de hechos. Joven rabino
occidental y discípulo de uno de los más famosos Tannaim, Pablo había perseguido a los
cristianos como a una secta judía. Después de una conversión, semejante a las que
entonces sucedían con frecuencia, se presentó a las numerosas pequeñas comunidades de
Occidente y con ellas creó una iglesia que lleva su sello personal. Desde
entonces, la iglesia pagana y la iglesia cristiana se desenvuelven con los mismos pasos y
en estrecha influencia mutua hasta Jámblico y Atanasio (ambos hacia 330). Considerando
este grandioso fin, siente Pablo por la comunidad de Jesús en Jerusalén un desprecio
apenas encubierto. No hay en el Nuevo Testamento nada más penoso que el comienzo de la
Epístola a los Calatas: Pablo ha emprendido su tarea con sus propias fuerzas, ha
enseñado y edificado como le parecía mejor; al fin, tras catorce anos, va a Jerusalén
para hablar con los viejos compañeros de Jesús y mostrándoles su superioridad
espiritual y el éxito y el hecho de su independencia, obligarles a reconocer que su
creación contiene la doctrina verdadera. Pedro y los suyos, ajenos a la realidad, no
conocieron la importancia de estas conversaciones. Desde este momento la comunidad madre
era ya superflua.
Pablo fue rabino en
espíritu y apocalíptico en sentimiento. Reconocía el judaísmo; pero a modo de una
prehistoria.
A consecuencia de esto
existieron desde este instante dos religiones mágicas con un mismo libro sacro, a saber:
el Antiguo Testamento. Hubo, pues, una doble huincha, la primera, orientada hacia
el Talmud y desenvuelta por los Tannaim dé Jerusalén desde 300 antes de Jesucristo; la
segunda, fundada por Pablo y perfeccionada por los padres de la Iglesia, en la dirección
de los Evangelios. Y la riqueza de las representaciones apocalípticas, que circulaban
entonces por doquiera [211] con sus promesas de un Salvador del mundo, quedaron
condensadas por Pablo en la certidumbre de la salvación, tal como le había sido
revelada a él solo en el camino de Damasco, «Jesús es el Salvador y Pablo su
profeta»; he aquí el total contenido de su predicación. No puede ser mayor la
semejanza con Mahoma.
No difieren uno de otro
ni el modo de la vocación, ni en la conciencia profética, ni en las consecuencias
deducidas sobre el derecho único y sobre la verdad absoluta de sus interpretaciones.
Con Pablo hace su
aparición el hombre de la urbe en este círculo. Y al mismo tiempo también la
«inteligencia». Los demás, aunque habían visitado Antioquía y Jerusalén, no habían
logrado comprender la esencia de estas ciudades. Vivían adheridos a la tierra; eran
campesinos, todo alma y sentimiento.
Pero con Pablo aparece
un espíritu educado en las grandes ciudades de estilo antiguo, un hombre que sólo en
ciudades podía vivir, que ni comprendía ni apreciaba la vida campesina.
Hubiera podido
entenderse con Filón; pero no con Pedro. Pablo es el primero que ha visto el suceso de la
resurrección como un problema. La santa visión de los discípulos campesinos se
convirtió en su mente en una lucha de principios espirituales.
¡Cuán diferentes son
entre si la lucha en Getsemaní y la hora de Damasco! ¡Es la misma diferencia que medía
entre un niño y un hombre, entre la angustia del alma y la resolución del espíritu,
entre la entrega a la muerte y la decisión de cambiar de partido! Pablo vio primero en la
nueva secta judía un peligro para la doctrina farisea de Jerusalén. De pronto, empero,
comprendió que los nazarenos «tenían razón»palabras que no podemos imaginar
nunca en boca de Jesús. Y emprende la defensa de su partido contra el judaísmo,
transformando asi en un valor espiritual lo que hasta entonces no había sido sino
el conocimiento de un suceso. ¡Un valor espiritual! Pero así, San Pablo,
inconscientemente, acerca el partido que defiende a los demás valores espirituales de
aquel tiempo: a las ciudades de Occidente. En el recinto de la apocalíptica pura
no había «espíritu» en el sentido de inteligencia urbana. Los viejos camaradas de
Jesús no podían entender esto del espíritu. Sin duda escuchaban a Pablo con mirada
triste y congojosa. Su imagen viva de Jesúsa quién Pablo nunca viopalidecía
ante la cruda luz de los conceptos y proposiciones. A partir de este momento el sagrado
recuerdo se convirtió en un sistema de escuela, Pero Pablo tenía un sentido muy exacto
de cuál era la patria verdadera de sus pensamientos. Hacia el Occidente dirigió todos
sus viajes de misionero, sin atender para nada al Oriente. Nunca traspasó los limites
del Estado antiguo. ¿Por qué fue a Roma, a Corinto y no a Edessa o Ctésifon. ¿Por
qué predicó en las ciudades y no en las aldeas?.
Pablo solo es
quien ha ocasionado esta evolución. Su energía práctica se impuso al sentimiento de
todos los demás. Esto fue decisivo para el establecimiento de las tendencias urbanas y
occidentales de la joven iglesia. Los últimos paganos recibieron este nombre (pagani,
campesinos) más tarde. Un tremendo peligro amenazó al cristianismo naciente, peligro
que fue conjurado por la fuerza joven y fresca del nuevo pensar religioso: y fue que al
cristianismo se adhirieron con todas sus fuerzas las poblaciones felahs de las antiguas
urbes cosmopolitas. Y han dejado en él visibles huellas. En cambio, ¡cuan lejos de todo
esto se hallaba la personalidad de Jesús, que vivió en intima relación con el campo y
sus hombres!. Jesús no había advertido la pseudomórfosis, en medio de la cual naciera;
ni tenía en su alma el más mínimo rasgo de ella. Y ahora, una generación después,
cuando acaso su madre aún vivía, las consecuencias de su muerte se habían convertido en
un núcleo, alrededor del cual actuaba la voluntad de forma de la pseudomorfosis. Las
ciudades antiguas fueron bien pronto el escenario único del desarrollo cultual y
dogmático. Y si la comunidad se extendió por el Oriente fue clandestinamente, como
queriendo pasar desapercibida [212]. Hacia el año 100 había ya cristianos allende el
Tigris. Pero ni ellos ni sus convicciones han significado nada en el curso de la
evolución de la Iglesia.
En los círculos que
rodeaban a San Pablo se originó igualmente la segunda creación que determinó en esencia
la figura de la nueva iglesia. A la acción de una personalidad, a la acción de San
Marcos se debe el que existan Evangelios [213]aunque la persona de Jesús y su
historia exigían por si mismas una forma poética de exposición. San Pablo y San
Marcos se encontraron con una tradición fija en las comunidades, con el Evangelio,
esto es, una serie de referencias y relatos orales, fundados en informes e insignificantes
escrituras en lengua aramea y griega. Era seguro que alguna vez habrían de aparecer
escritos importantes. Pero el espíritu de los que vivieron con Jesús, el
espíritu del Oriente en general habría producido una colección canónica de las
sentencias de Jesús, colección que, completada en los concilios, cerrada y provista de
un comentario, habría constituido el resultado natural. A esto se hubiera añadido una
apocalipsis de Jesús con la resurrección en el centro. Pero el Evangelio de San Marcos
acabó con los gérmenes de esta literatura. El Evangelio de San Marcos fue escrito hacia
65, al mismo tiempo que las últimas epístolas de San Pablo, y en griego, como éstas. De
esta suerte su autor, que no sospechaba la importancia de su librito, ha sido una de las
personalidades más importantes, no sólo del cristianismo, sino de la cultura arábiga en
general. Todos los intentos anteriores desaparecieron. Las únicas fuentes sobre Jesús
que quedaron fueron las que estaban escritas en forma de Evangelio.
Y tan evidente pareció
esto que, en adelante, la palabra Evangelio dejó de designar un contenido y pasó a
significar una forma. La obra se debe al deseo de ciertos círculos paulinos,
acostumbrados a la literatura, que no habían oído nunca hablar de Jesús a un compañero
del Maestro. Es un cuadro apocalíptico de la vida de Cristo, desde lejos. La
experiencia directa queda susbtituída por la narración, una narración tan escueta y
sincera que la tendencia apocalíptica no se advierte [214], aunque constituye la base y
supuesto de todo. No es la palabra de Jesús, sino la doctrina de Jesús en su concepción
paulina, lo que constituye la materia de este libro. El primer libro cristiano se origina
en la creación de San Pablo; pero esta misma resulta bien pronto inimaginable sin dicho
libro y sus sucesores.
Pues ahora surge lo que
Pablo, ferviente escolástico, no quiso nunca; pero lo hizo inevitable por la dirección
misma de su actuación. Ahora surge la Iglesia de la nación cristiana, con su culto
propio. La comunidad sincretística, a medida que se hacía consciente de si misma,
iba condensando los innumerables cultos ciudadanos y los nuevos cultos mágicos y daba a
este tejido una forma henoteística, merced a un culto supremo.
El culto de Jesús,
mientras tanto, en las más antiguas comunidades occidentales, fue descomponiéndose y
enriqueciéndose hasta convertirse en una masa de cultos con estructura semejante [215].
En torno al nacimiento de Jesús, del que los discípulos nada saben, formóse una
historia infantil. Esta historia no aparece todavía en San Marcos. Sin duda, según la
Apocalipsis de los antiguos persas, el Saoshyant, el Salvador de los últimos días,
había de nacer de una virgen. Pero el nuevo mito occidental tuvo una significación muy
distinta y consecuencias incalculables. Porque ahora, en el terreno de la pseudomórfosis,
alzóse junto a Jesús hijo, y muy por encima de él, la figura de la Madre de Dios, de la
Diosa Madre, y esta figura representó también un sencillo sino humano, de tan
cautivadora fuerza que sobrepujó y al fin asumió en si las innumerables vírgenes y
madres del sincretismo: Isis, Tanit, Cibeles, Demeter y todos los misterios de nacimiento
y dolor. Según Ireneo es la Eva de una nueva humanidad. Orígenes defendió su virginidad
permanente. Ella, dando nacimiento al Dios Salvador, es propiamente la que salva al mundo.
La María theotokos, la engendradora de Dios, constituyó gran escándalo para los
cristianos orientales que vivían más allá de los límites antiguos. Y las proposiciones
dogmáticas, que se derivaron de esta representación de la Virgen María, fueron en
último término la ocasión para que los monofisitas y nestorianos se separasen de la
iglesia occidental y estableciesen la pura religión de Jesús. Pero cuando la cultura
fáustica despertó y sintió la necesidad de un gran símbolo que diese expresión
sensible a su sentimiento primario del tiempo infinito, de la historia y de la serie de
las generaciones, hubo de colocar en el centro del cristianismo gótico-germano-católico
la Mater Dolorosa, y no el Salvador doliente. Durante varios siglos de fecunda
intimidad ha sido esa figura femenina el conjunto y cifra del sentimiento fáustico, el
fin de toda poesía, arte y veneración piadosa. Todavía hoy, en el culto, en las
oraciones de la Iglesia católica y sobre todo en el sentimiento de los fieles, ocupa
Jesús el segundo lugar después de la Madonna [216].
Junto al culto de María
surgieron los innumerables cultos de los santos, cuyo número seguramente no le va en zaga
al de las antiguas deidades locales. Y cuando la Iglesia pagana se extinguió
definitivamente, pudo la cristiana recoger en su seno el tesoro de los cultos locales en
forma de veneración a los santos.
Pero San Pablo y San Marcos decidieron también otro punto cuya importancia no cabe exagerar. Consecuencia de su misión fue convertir al griego en idioma de la Iglesia y de sus libros santos, y ante todo del primer Evangelio. Este resultado, al principio, no era ni
verosímil siquiera. ¡Y
piénsese en lo que implicaba el hecho de una literatura sacra en lengua griega!.
La Iglesia de Jesús fue
artificialmente separada de su origen anímico e injertada en un tronco extraño, erudito.
Perdióse el contacto con la población aramea de la comarca madre. A partir de ese
instante, las dos iglesiasla cristiana y la sincretísticatuvieron el mismo
idioma, la misma tradición intelectual, los mismos tesoros bibliográficos de las mismas
escuelas.
Las literaturas arameas
del Oriente, mucho más primitivas, escritas y pensadas en el idioma de Jesús y sus
discípulos, las literaturas propiamente mágicas quedaron desde entonces privadas de
colaborar en la vida de la Iglesia. Nadie podía leerlas; nadie las buscó; pronto fueron
olvidadas. Aunque los textos sagrados de la religión pérsica y de la judía estaban
escritos en avesta y en hebreo, sin embargo, el idioma de sus creadores e intérpretes, el
idioma de toda la apocalíptica en que había crecido la doctrina de Jesús y la
doctrina sobre Jesús, el idioma de los sabios en todas las grandes escuelas de
Mesopotamia era el idioma arameo. Pues bien; todo esto desapareció del circulo visual; y
en su lugar ingresaron Platón y Aristóteles que los escolásticos de las dos Iglesias,
la pagana y la cristiana, en común labor e idéntico sentido, interpretaron falsamente.
El último paso en esa
dirección quiso darlo Marción. Marción iguala a San Pablo en talento organizador y lo
supera con mucho en energía morfogenética del espíritu; pero le es inferior en el
sentido de lo posible y real. Por eso fracasaron sus grandes propósitos [217]. Consideró
Marción la creación de San Pablo, con todas sus consecuencias, como la base para fundar
sobre ella la religión propiamente redentora. Percibió cuan absurdo era que el
cristianismo y el judaísmo, rechazándose uno a otro sin piedad, tuvieran, sin embargo,
el mismo libro sagrado, el canon judío. Parécenos hoy en efecto inconcebible que
esta situación haya durado cien años. Piénsese en lo que significa el sagrado texto
para toda clase de religiosidades mágicas. En esto vio Marción la «conjura contra la
verdad» y un inminente peligro para la doctrina que Jesús quiso y que, según Marción,
no había llegado a realizarse todavía. Pablo, el profeta, declaró que el Antiguo
Testamento estaba cumplido y cerrado. Marción, el fundador religioso, lo declara superado
y caduco. Quiere extirpar todo resto de judaísmo. Durante toda su vida combate el
judaísmo. Como todo verdadero fundador de religiones, como toda época creadora en el
terreno religioso, como Zaratustra y los profetas de Israel, como los griegos homéricos y
los germanos convertidos al cristianismo, consideró Marción los viejos dioses cual
reprobables potencias [218]. Jehová, como viejo dios creador, es el principio «justo»
y, por lo tanto, malo [219]; Jesús, como encarnación del Dios Salvador en esa
mala creación, es el principio «extraño» y, por lo tanto, bueno. Se advierte aquí
patente el sentimiento fundamental mágico y, particularmente, pérsico. Marción era de
Sinope, antigua capital del reino de Mitrídates, reino cuya religión queda desde luego
indicada por el nombre de sus reyes. Allí fue donde antaño nació el culto de Mithra.
Pero a esta nueva
doctrina correspondía también un nuevo libro sagrado. Para toda la cristiandad había
sido hasta entonces canónica la «ley y los profetas». Pero ésta era la Biblia del
dios judío, la que justamente por entonces acababa de coleccionar definitivamente el
Synedrión en Jabna. Los cristianos tenían, pues, un libro endemoniado en sus manos.
Marción le opuso la Biblia del Salvador, ordenada igualmente con escritos que hasta
entonces circulaban por las comunidades como meros libros de edificación, sin autoridad
canónica [220]; en lugar de la Tora puso el Evangelio único y verdaderoque
construyó con varios Evangelios parciales, estropeados y falsos en su opinión; en lugar
de los profetas israelitas puso las epístolas de San Pablo, único profeta de Jesús.
Así, pues, fue Marción
propiamente el creador del Nuevo Testamento. Por lo mismo hay que citar aquí esa figura
que le es estrechamente afín, la figura de ese misterioso desconocido que, poco antes,
había escrito el Evangelio «según San Juan».
No quiso éste ni
aumentar ni substituir a los Evangelios propiamente dichos. Quiso, con plena
conciencia, crear algo distinto de San Marcos, algo completamente nuevo, el primer «libro
sagrado» en la literatura cristiana, el Corán de la nueva religión [221]. El libro
demuestra que ya la religión cristiana era sentida como algo firme, sólido y perdurable.
La idea de que el fin del mundo está próximo, idea de que estuvo lleno Jesús y que
compartieron Pablo y Marcos, queda ya muy atrás de «Juan» y de Marción. La
apocalíptica termina. La mística comienza. El contenido no es la doctrina de Jesús, ni
la de Pablo, sino el misterio del cosmos, de la cueva cósmica. No se trata ya de
Evangelio. No la figura del Salvador, sino el principio del logos constituye el
sentido y centro del acontecer. La historia de la infancia es rechazada también; no ha
nacido un Dios, sino que existe y peregrina por la tierra en figura de hombre. Y ese Dios
es una trinidad; Dios, el espíritu de Dios, la palabra de Dios. Este libro sagrado del
cristianismo primitivo contiene por vez primera el problema mágico de la substancia, que
dominará exclusivamente en los siglos siguientes y, por ultimo, conducirá a la división
de la religión en tres iglesias.
Y tiene interés el
advertirpor los indicios que esto supone que la solución a que más se
aproxima es la representada por el Oriente nestoriano. Es el más «oriental» de
los Evangelios, a pesar de la palabra griega logos, o quizá por esa palabra misma;
y hay que añadir que no presenta a Jesús como el portador de la última y total
revelación. Es el segundo enviado. Pero ha de venir otro (14, 16, 26; 15, 26).
Esta es la extraña doctrina que Jesús mismo anuncia; y es lo decisivo en este libro
misterioso. Aquí de pronto se revela la fe del Oriente mágico. Si el logos no va,
el paracleto [222] no puede venir (16, 7); pero entre ambos está el último Eon, el reino
de Ahriman (14, 30). La Iglesia de la pseudomórfosis, dominada por el espíritu paulino,
combatió mucho tiempo al Evangelio de San Juan y no lo reconoció hasta que la doctrina
escandalosa, obscuramente indicada, no fue recubierta por una interpretación paulina. Lo
que había en esa doctrina se reconoce por algunos fenómenos interesantes: el movimiento
de los montañistas (hacia 160 en Asia menor) que sin duda se refieren a una tradición
oral y que anunciaban en Montano la aparición del Paracleto y el fin del mundo. Los
montañistas encontraron mucho eco. En Cartago, Tertuliano desde 207 se declaró por
ellos. Hacia 245, Mani que estaba muy familiarizado con las corrientes del
cristianismo oriental [223] rechazó, en su gran creación religiosa, al Jesús
humano de San Pablo por demoníaco y reconoció por verdadero Jesús al Logos de San Juan,
declarándose a si mismo el Paracleto de San Juan. En Cartago, San Agustín profesó el
maniqueísmo y es bien significativo que estos dos movimientos acabaran fundiéndose con
el de Marción.
Pero volvamos a
Marción, que llevó a cabo la idea de «Juan», creando una Biblia cristiana. Y cuando,
casi ya un anciano, las comunidades del extremo Occidente asustadas se separaron de él
[224], dio el paso definitivo y fundó una iglesia propia, la iglesia de la Salvación, de
estructura magistral [225].
Entre los años 150 y
190 fue el marcionismo una potencia, y hasta el siglo siguiente no consiguió la Iglesia
vieja reducir a los marcionitas al rango de una secta. Más tarde, en el amplio Oriente,
hasta el Turquestán, gozaron de poderosa valía y, por últimorasgo muy
significativo que indica bien cuál era su fundamental sentir, se fundieron con los
maniqueos [226].
Sin embargo, la hazaña
de Marción no fue infructuosa. El sentimiento pleno de su superioridad llevó a Marción
a estimar demasiado débiles las fuerzas de resistencia en la Iglesia establecida. Pero,
como Pablo antes y Atanasio después, fue un salvador del cristianismo, en un momento en
que éste amenazaba ruina; y si la unión de los cristianos se hizo no según su idea,
sino en contraposición a ella, esto no significa menoscabo en la grandeza de sus
pensamientos. La Iglesia precatólica, es decir, la Iglesia de la pseudomórfosis,
nació en su forma grandiosa hacia 190, al defenderse frente a la Iglesia de Marción,
cuya organización copió. Pero, además, substituyó la Biblia de Marción por otra
dispuesta en idéntica manera: con los Evangelios y las epístolas de los apóstoles que
luego fueron unidos a la ley y a los profetas. Por último, cuando la reunión de los dos
Testamentos decidió definitivamente sobre el concepto del judaísmo, combatió también
la tercera creación de Marción, su teoría de la salvación, iniciando la formación de
una teología propia, sobre la base de la posición del problema que Marción presentara.
Pero esta evolución se
verificó exclusivamente en el territorio de la antigüedad. Por eso la Iglesia, orientada
contra Marción y contra la exclusión marciónica del judaísmo, fue para el judaísmo
talmúdico,cuyo centro espiritual estaba ahora en Mesopotamia, en las escuelas de
Mesopotamiaun aspecto del paganismo helenístico. La destrucción de Jerusalén fue
un hecho que trazó limites tales, que ninguna potencia pudo superarlos y borrarlos en el
mundo de los hechos. La conciencia, la religión y el idioma son harto afines en lo
interior; y sucedió que la separación completa entre los dos territorios lingüísticos,
uno el griego de la pseudomórfosis y otro el arameo del territorio propiamente arábigo,
creó desde el año 70 dos esferas distintas de evolución en la religiosidad mágica. En
el limite occidental de la cultura joven hallábanse los cultos paganos, la Iglesia de
Jesús llevada allá por San Pablo y los judíos griegos, por el estilo de Filón; y estos
tres elementos estaban unidos por un idioma y literatura comunes, de suerte que el
judaísmo griego se incorporó al cristianismo ya en el siglo primero, y el helenismo,
junto con el cristianismo, creó una filosofía común. En el territorio de lengua
aramea, desde el Orontes hasta el Tigris, hallábanse el judaísmo y el persismo que
crearon ambos, en el Talmud y en el Avesta, una teología y una escolástica rigurosa, en
estrecha mutua acción; y ambas teologías, desde el siglo IV, ejercieron la más
fuerte influencia sobre el cristianismo de lengua aramea, opuesto al cristianismo de la
pseudomórfosis. Este cristianismo arameo acabó separándose del occidental en la
forma de la iglesia nestoriana.
Aquí, en Oriente, la
diferencia entre la intelección perceptiva y la intelección verbalojos y letras,
diferencia que constituye la forma primaria de toda conciencia humana, se desenvolvió en
los métodos puramente arábigos de la mística y la escolástica. La certidumbre
apocalíptica, la gnosis en el sentido del siglo 1, como Jesús quiso darla [227], la
contemplación y sensación vidente es la de los profetas de Israel, de los Gathas, del
Sufismo y aun puede rastrearse en Spinoza, en el Mesías polaco Baalschem [228] y en Mirza
Ali Mohamed, el místico fundador de la secta babista (ejecutado en Teherán en 1850). La
otra certidumbre, la paradosis, es propiamente el método talmúdico de la interpretación
verbal, que San Pablo dominaba por completo [229] y que penetra en todas las obras
posteriores del Avesta como igualmente en la dialéctica nestoriana [230] y en toda la
teología del Islam.
Frente a todo esto, la
pseudomórfosis constituye un territorio completamente uniforme, donde florece la
aceptación mágica de la fe (pistis) y la convicción metafísica (gnosis) [231]. La
forma occidental de la fe mágica ha sido formulada para los cristianos por Ireneo y sobre
todo por Tertuliano. El famoso credo quia absurdum de este último, es el conjunto
de esa certidumbre por fe. El «pendant» a esto, en el paganismo, se encuentra, en las
Enneadas de PIotino y en el libro de Porfirio, «Retorno, del alma a Dios» [232].
Pero también para los grandes escolásticos de la iglesia pagana hay el padre (nus),
el hijo y el ser intermedio. Para Filón es el logos el primogénito y segundo Dios. La
doctrina del éxtasis, de los ángeles y de los demonios de las dos substancias anímicas
es corriente en todos ellos; y PIotino, como Orígenes, discípulos ambos del mismo
maestro muestran a las claras cómo la escolástica de la pseudomórfosis consiste en
desenvolver los conceptos e ideas mágicos al hilo de los textos platónicos y
aristotélicos, mediante una interpretación sistemáticamente falseada.
El concepto
propiamente central en todo el pensamiento de la pseudomórfosis es el logos. Este es,
en su aplicación y desarrollo, el símbolo fiel de la pseudomórfosis. No puede decirse
que haya en esto la menor influencia del pensamiento «griego»antiguo. No
vivía entonces hombre alguno en cuya disposición mental tuviese cabida el concepto
heraclítico o estoico del logos.
Pero tampoco puede
decirse que las distintas teologías avecindadas en Alejandría hayan desenvuelto en pura
evolución la realidad mágica a que se refería el concepto de logos, esa realidad
mágica que en las representaciones pérsicas y caldeas representa, bajo los nombres de
espíritu o palabra de Dios, un papel tan decisivo como en la doctrina judía bajo los
nombres de ruach y memra. Con la teoría del logos, ha resultado que
una fórmula antigua, pasando por Filón y el Evangelio de San Juancuya profunda
influencia en Occidente está en terreno escolásticovino a ser no sólo un elemento
de la mística cristiana, sino, en último término, un dogma [233]. Era
inevitable.
Ese dogma de ambas
Iglesias es el aspecto de ciencia que corresponde al aspecto de fe representado de una
parte por los cultos sincretísticos y de otra por los cultos de María y de los santos.
Pero el sentimiento oriental alzóse desde el siglo IV contra ambas cosas, contra el dogma
y contra el culto.
La historia de estas
ideas y conceptos se repite, para la vista, en la historia de la arquitectura mágica
[234]. La forma fundamental de la pseudomórfosis es la basílica. Era conocida
antes de los cristianos por los judíos de Occidente y por las sectas helenísticas de los
caldeos. Asi como el logos del Evangelio de San Juan es un concepto primario
mágico vestido a la antigua, así también la basílica es un espacio mágico, cuyas
paredes interiores semejan las superficies exteriores de un templo; es un santuario
antiguo vuelto hacia dentro, interiorizado. La forma constructiva del Oriente puro es la cúpula,
la mezquita, que, sin duda alguna, existía mucho antes de las más antiguas
iglesias cristianas, en los templos de los persas y caldeos, en las sinagogas de
Mesopotamia y acaso en los templos de Saba.
Los intentos de
composición y arreglo entre Oriente y Occidente, en los concilios de la época bizantina,
hállanse simbolizados en la forma mixta de la basílica cupular. En esta parte de la
historia de la arquitectura eclesiástica, exprésase también el gran giro que describió
la Iglesia con San Atanasio y Constantino, los últimos grandes salvadores del
cristianismo. Aquél creó el dogma fijo de Occidente y el monaquismo, a cuyas manos poco
a poco fue pasando, al petrificarse, la doctrina de las escuelas; éste fundó el Estado
de la nación cristiana, al que, finalmente, fue a aplicarse el nombre de «griego». La
basílica cupular es el símbolo arquitectónico de esa evolución.
B
EL ALMA MÁGICA
8
El mundo, tal como se
dilata ante la vigilia mágica, posee una especie de extensión que puede llamarse
cueviforme [235].
Es muy difícil para el
hombre occidental encontrar en su provisión de conceptos aun sólo una palabra que pueda
evocar el sentido del «espacio» mágico. Porque «espacio» significa para la
sensibilidad de ambas culturas cosas completamente distintas. El mundo como cueva es tan
diferente del mundo fáustico como lejanía, con su apasionado afán de profundidad, como
diferentes son ambos del mundo antiguo, conjunto de las cosas corporales. El sistema
copernicano, en el que la tierra se pierde, ha de parecerle al pensamiento arábigo
extravagante y frívolo.
La Iglesia de Occidente
tenía perfecta razón al oponerse a una representación incompatible con el sentimiento
cósmico de Jesús. Y la astronomía cueviforme de los caldeos, que tan natural y
convincente parecía a los persas y judíos, a los hombres de la pseudomórfosis y del
Islam, fue incomprensible para los pocos griegos auténticos que llegaron a conocerla; y
si éstos consiguieron entrar en ella fue transformando previamente el sentido de sus
fundamentos espaciales.
La oposición entre
microcosmos y macrocosmos, que es idéntica a la conciencia vigilante, da lugar en el
cuadro cósmico de cada cultura a estas oposiciones semejantes de sentido simbólico. Toda
sensibilidad o inteligencia, toda fe o saber de un hombre quedan configurados por una
oposición primaria que hace de ellos, sin duda, actividades individuales, pero también
expresiones de la totalidad. En la antigüedad conocemos la oposición entre forma y
materia, oposición que domina y envuelve toda conciencia vigilante; en la cultura
occidental conocemos la oposición de fuerza y masa. En la antigüedad, la oposición va a
perderse en lo pequeño y lo singular; en la cultura fáustica se descarga en líneas de
acciones y reacciones.
Pero en la acepción del
universo como cueva, la oposición perdura, flotando, cerniéndose por doquiera en
incierta lucha; y asi se eleva a ese dualismo primigenio«semítico»que, en
mil formas, y sin embargo, el mismo siempre, llena el sentimiento mágico. La luz penetra
en la cueva y la libra de las tinieblas (Juan, 1,5). Luz y tinieblas son substancias
mágicas.
El arriba y el abajo, el
cielo y la tierra se convierten en poderes esenciales que se combaten. Pero esas
oposiciones de la sensibilidad primaria se mezclan con las oposiciones oriundas de la
inteligencia pensante y valorante: bien y mal, Dios y Satán. La muerte no es para el
autor del Evangelio de San Juan, como tampoco para el celoso muslim, el término de la
vida, sino un algo, una fuerza junto a la vida y ambasvida y muertese disputan
la posesión del hombre.
Pero más importante que
todas esas oposiciones aparece todavía la oposición entre el espíritu y el almaen
hebreo ruach y nephesch, en pérsico ahu y urvan, en mandeo monuhmed
y gyan, en griego pneuma y psyqueque despunta primero en el
sentimiento fundamental de las religiones proféticas, recorre luego toda la apocalíptica
y, por último, informa y dirige todas las concepciones del universo en la cultura ya
despierta: Filón, San Pablo, PIotino, Gnósticos, Mandeos, San Agustín, el Avesta, el
Islam, la Kábala. Ruach significa primitivamente el viento y nephesch el
aliento [236]. La nephesch tiene siempre alguna afinidad con el cuerpo, con lo
terrenal, con el abajo, con el mal, con las tinieblas. Su afán es el «arriba». La ruach
pertenece a lo divino, a lo alto, a la luz. Al descender sobre el hombre provoca en él el
heroísmo (Sansón), la ira sacra (Elías), la iluminación del Juez que juzga (Salomón)
[237] y todas las diferentes especies de profetismos y éxtasis. Se vierte sobre el hombre
[238]. A partir de Isaías II, 2, es el Mesías la encarnación del ruach. Según
Filón y la teología islamita, los hombres se dividen por nacimiento en psíquicos y
pneumáticos (los «elegidos»concepto genuino del mundo-cueva y del Kismet).
Todos los hijos de Jacob son pneumáticos. Para San Pablo (1 Corint., 15) el sentido de la
resurrección se encuentra en la oposición de un cuerpo psíquico y un cuerpo pneumático
y esta oposición en él, en Filón y en la apocalipsis de Baruch coincide con la
oposición entre cielo y tierra, luz y obscuridad [239]. El Salvador es para él el pneuma
celeste [240]. En el Evangelio de San Juan, el Salvador, como logos, se funde con la luz.
En el neoplatonismo aparece en la forma del nus o el Todo-Uno, según el uso
antiguo del concepto, en oposición a la physis [241]. San Pablo y Filón han equiparado
el espíritu y la carne con el bien y el mal, según la división «antigua»occidentalde
los conceptos. San Agustín [242], como maniqueo, los opone ambos, que son malos por
naturaleza, a Dios que es el único bien; su división de los conceptos es de estilo
pérsico oriental y sobre ella funda luego su teoría de la grada, que se ha desarrollado
en el Islam en igual forma, aunque independientemente de él.
Pero las almas, en lo
profundo, son singulares y aisladas; el pneuma, en cambio, es uno y siempre el mismo. El
hombre posee un alma; pero participa en el espíritu de la luz y del bien.
Lo divino desciende
sobre el hombre y asi reúne a todos los individuos de aquí abajo con el Uno de la
altura. Este sentimiento primario que domina toda la fe y creencias de los hombres
mágicos es algo único y distingue no sólo su concepción del mundo, sino toda la
religiosidad mágica en el núcleo mismo de su esencia. Esta cultura mágica fue, como
hemos visto, propiamente la cultura de en medio y hubiera podido tomar de las culturas
circundantes sus formas y pensamientos. No lo hizo, sin embargo; y el no haberlo hecho, el
haber permanecido dueña de si a pesar de las insistentes ofertas, demuestra que la
diferencia era infranqueable. Sólo algunos nombres aceptó de los tesoros de la religión
babilónica y egipcia. Las culturas antigua e indica, o mejor dicho, las civilizaciones de
estas dos culturas, helenismo y budismo, lograron confundir la expresión de la cultura
mágica hasta el punto de producir en ella lo que hemos llamado pseudomórfosis; pero no
consiguieron tocar a su esencia intima. Todas las religiones de la cultura mágica, desde
las creaciones de Isaías y Zaratustra hasta el Islam, constituyen una unidad perfecta del
sentir cósmico. Y asi como en la creencia del Avesta no hay ni un rasgo bramánico y en
el cristianismo primitivo no hay ni rastro de sentimiento antiguo, sino sólo nombres,
imágenes y formas exteriores, asi también el cristianismo germano católico de
Occidente, al apropiarse el tesoro de los dogmas y usos cristianos, no conservó ni un
soplo del sentir cósmico que animaba la religión de Jesús.
El hombre fáustico es un
yo, una potencia atenida a sí misma y que, en última instancia, decide sobre el
infinito; el hombre apolíneo es un soma, un cuerpo entre otros muchos, que no
responde mas que de sí mismo; pero el hombre mágico, con su ser espiritual, es sólo parte
integrante de un «nosotros» pneumático, que descendiendo de la altura, es uno y el
mismo en todos los partícipes. Como cuerpo y alma se pertenece a si solo; pero algo
distinto, extraño y más alto añora en él. Por eso el hombre mágico se siente, con
todas sus opiniones y convicciones, como simple miembro de un consensus que,
emanado de la divinidad, excluye todo error, pero al mismo tiempo también toda
posibilidad de un yo valorante. La verdad es para él algo distinto que para nosotros.
Todos nuestros métodos de conocimiento, fundados en el juicio propio, individual,
son para él capricho, fantasía, ceguera; los resultados de esta ciencia le aparecen obra
del malo, que confunde el espíritu y engaña acerca de sus disposiciones y objetivos. He
aquí el último arcanopara nosotros incomprensibledel pensar mágico en su
universo cueviforme. La imposibilidad de un yo pensante, creyente, sapiente es la base
sobre que descansan todas las representaciones fundamentales de todas estas religiones.
Mientras el hombre antiguo se encuentra ante sus dioses como un cuerpo ante otros cuerpos;
mientras el hombre fáustico, con su yo y su voluntad, siente en su amplio mundo el yo
omnipotente de la deidad, que es también una voluntad fáustica, en cambio la divinidad
mágica es la incierta y misteriosa fuerza de la altura, que a capricho se encoleriza o
dispensa su gracia, desciende a la obscuridad o eleva al alma a la luz. Absurdo es pensar
en una voluntad propia; pues «voluntad» y «pensamiento» son, en el hombre, actuaciones
de la divinidad. Este sentimiento primordial inconmovible, que permanece incólume e
idéntico en su tipo a través de todas las conversiones, iluminaciones y disquisiciones
en que puede expresarse, trae necesariamente consigo la idea del mediador divino, del que
convierte en beatitud el tormento de esa situación; idea que reúne a todas las
religiones mágicas en un grupo completamente distinto de las religiones que florecen en
otras culturas.
La idea del logos, en su
sentido más amplio, abstraída de la percepción luminosa en la cueva, forma en el
pensamiento mágico el «pendant» exacto de la idea religiosa. Significa que de la
inaccesible divinidad se desprende el espíritu, la «palabra» como sustento de la luz y
portadora de todo bien, y entra en relación con el ser humano para elevarlo, henchirlo,
salvarlo.
Esta diferenciación de
tres substancias que, en el pensamiento religioso no contradice a su unidad, es conocida
ya en las religiones proféticas. El alma refulgente de Ahura Mazda es la palabra (Jascht
13, 31) y su espíritu santo (spenta mainyu) conversa, en uno de los más viejos
gathas, con el espíritu malo (angra mainyu, Jasna, 45, 2). Igual representación
palpita en toda la escritura de los judíos. Entre los caldeos, la idea está ya formada
en la separación de Dios y su palabra y en la contraposición de Marduk y Nabu; luego
despunta poderosa en toda la apocalíptica aramea y permanece despierta y creadora en
Filón y San Juan, en Marción y Mani, en las doctrinas talmúdicas y luego en los libros
cabalísticos de Jezirah y Sohar, en los concilios y obras de los Padres de la Iglesia, en
el Avesta posterior y finalmente en el Islam que, poco a poco, va convirtiendo a Mahoma en
el logos; y la religión popular ha fundido el Mahoma místico y presente, el
Mahoma vivo con la figura de Cristo [243]. Esta representación es tan evidente
para el hombre mágico que hasta ha conseguido quebrar la estructura severamente
monoteísta del Islam primitivo; junto a Alah, como palabra de Dios (Kalimah) aparece el
espíritu santo (ruh) y la «luz de Mahoma».
Para la religión popular la primera luz que salió de la creación es la luz de Mahoma en la forma de un pavo real [244], creado de «blancas perlas» y envuelto en velos. Pero el pavo real es ya entre
los mandeos el enviado
de Dios y el alma primaria [245], y en algunos sarcófagos cristianos primitivos aparece
como símbolo de la inmortalidad. La perla luminosa, que ilumina la obscura mansión del
cuerpo, es el espíritu ingresado en el hombre, el espíritu pensado como substancia,
tanto en los mandeos como en los hechos de los apóstoles de Tomás [246]. Los jezidi
[247] adoran al logos en forma de pavo real y de luz; son éstos, con los drusos,
los que han conservado más pura la concepción vieja pérsica de la trinidad substancial.
Vuelve, pues, una y otra
vez la idea del logos al sentimiento de la luz, de donde la inteligencia mágica la
sacara. El mundo del hombre mágico está imbuido en un matiz y emoción de cuento
[248]. Amenazan al hombre diablos y espíritus malos; protégenle ángeles y hadas. Hay
amuletos y talismanes; misteriosas comarcas, ciudades, edificios y entes; caracteres
secretos de escritura, el sello de Salomón y la piedra filosofal. Y sobre todo esto se
derrama refulgente la luz en la cueva del mundo, luz empero que siempre está como
amenazada de que una noche fantasmal se la trague. Quien se asombre ante esta suntuosidad
de imágenes piense en que Jesús vivió todo esto y que sólo en este mundo de
representaciones es comprensible su doctrina.
La apocalipsis no es
sino una visión de cuento, exaltada a su máxima potencia trágica. Ya en el libro de
Henoch aparecen el palacio cristalino de Dios, las montañas de diamante y la prisión de
las estrellas infieles. Fabuloso es el mundo conmovedor de los mandeos y más tarde el de
los gnósticos, el de los maniqueos, el sistema de Orígenes y las imágenes pérsicas; y
cuando hubo pasado el tiempo de las grandes visiones, esas representaciones fueron a parar
a los poemas legendarios, a las innumerables novelas religiosas, de las cuales conocemos
algunas cristianas como los evangelios de la niñez de Jesús, los Hechos de Tomás y las
pseudoclementinas, dirigidas contra San Pablo. Existe una leyenda sobre las treinta
monedas de Judas, acuñadas por Abraham, y un cuento de la «cueva de los tesoros», que
dice que debajo del Gólgota hay una cueva en donde están el tesoro del paraíso y los
huesos de Adán [249].
La poesía de Dante es
poesía. Pero todo esto era realidad, era el mundo en que de continuo se vivía. Esta
sensibilidad resulta inaccesible para hombres que viven en una imagen dinámica del
universo. Si queremos vislumbrar hasta qué punto la vida interior de Jesús nos es a
todos en Occidente ajenadoloroso trance para el cristiano occidental, que quisiera
referir su devoción a la vida interna de Jesússumerjámonos en esas fábulas de un
mundo que era también el suyo. Sólo un piadoso muslime puede hoy revivir esas
representaciones. Pero si en cierto modo logramos vislumbrarlas, conoceremos cuan poco ha
tomado el cristianismo mágico de la riqueza atesorada por la Iglesia pseudomórfica; no
ha tomado nada del sentimiento cósmico, muy poco de la forma interna y muchos conceptos y
figuras hechas.
9
Al ambiente del alma
mágica sigue la consideración del tiempo. No es ésta la adhesión apolínea al presente
punctiforme, ni tampoco el afán fáustico que se dispara hada un fin infinitamente
lejano. Aquí la existencia discurre en un ritmo y compás diferente y por eso la
conciencia mágica posee muy otro sentido del tiempo, como contraconcepto del espacio
mágico. Lo primero que siente sobre si el hombre de esta cultura, desde el más mísero
esclavo y faquino, hasta el profeta y califa es el Kismet; no el ilimitado vuelo de los
tiempos, que no nos permite recobrar nunca más el instante perdido, sino un comienzo y
término «de estos días», puesto inflexiblemente; y entre ese principio y fin ocupa la
existencia humana un lugar determinado desde el origen. No solo el espacio cósmico, sino
también el tiempo cósmico es «cueviforme» y provoca en el ánimo una certidumbre
interior típicamente mágica: la de que todo tiene «un tiempo», desde la
venida del Salvador, cuya hora estaba escrita en los viejos textos, hasta las mínimas
funciones de cada día, en las cuales el apresuramiento fáustico resulta absurdo e
incomprensible. En esta idea descansa la astrología mágica primitiva, principalmente la
caldea. Supone ésta que todo está escrito en las estrellas y que el curso de los
planetas, científicamente calculable, nos permite inferir el curso de las cosas
terrenales [250]. El oráculo antiguo contestaba a la única pregunta que podía acongojar
a los hombres apolíneos, la pregunta de la figura que tendrían, del cómo habían
de ser las cosas futuras. Pero la pregunta, en el mundo de la cueva, es el cuándo.
Toda la apocalíptica, la vida interior de Jesús, su congoja en Getsemaní y el gran
movimiento que arranca de su muerte resultan incomprensibles para quien no sienta esa
pregunta primordial de la existencia mágica y sus supuestos fundamentales. Signo
inequívoco que indica la extinción del alma antigua es la penetración en Occidente de
la astrología que, paso a paso, va substituyendo al oráculo. Nadie mejor que Tácito nos
revela el estado intermedio; la concepción del mundo en Tácito es confusa y domina por
completo su historiografía. Como buen romano, Tácito introduce por una parte el poder de
las viejas deidades ciudadanas; pero, por otra parte, como inteligente habitante de la
gran ciudad, rechaza la supersticiosa creencia en la cooperación de los dioses;
finalmente, como estoicoy el estoicismo era ya entonces una disposición mágica
del espíritu habla de los siete planetas que rigen el destino de los mortales.
Asi sucede que en los
siglos subsiguientes, el tiempo mismo como sino, es decir, el tiempo cueviforme, es
considerado como algo limitado por ambos lados, como algo aprehensible en la mirada
interior; y, en la mística de los persas, se cierne en forma de Zrvan sobre la luz de la
divinidad y rige la lucha cósmica entre el bien y el mal. Entre 438 y 457 fue en Persia
el zrvanismo religión del Estado.
La creencia de que todo
está escrito en las estrellas es igualmente la que hace que la cultura arábiga sea la
cultura de las eras, es decir, de las cronologías que arrancan de cierto acontecimiento
sentido especialmente como punto providencial en el destino. La primera y más importante
es la universal aramea, que surgió hacia 300, con el aumento de la tensión
apocalíptica, en la forma de «era seleucidica». Después de éstas siguieron otras
muchas, entre ellas la sabea, hacia 115 antes de Jesucristo, cuyo punto de partida no
conocemos bien; la era Judía de la creación, que fue introducida en 346 por el
Synedrión [251]; la pérsica de la subida al trono del último Sassánida Jezdegerd (632)
y la era de la Hedschra, que anuló en Siria y Mesopotamia la era seleucidica. Todo lo que
apareció, en este estilo, fuera de esta comarca mágica, fue mera imitación práctica,
como la cronología de Varrón ab urbe condita, la de los marcionitas, desde la
ruptura de su maestro con la Iglesia (144), y asimismo la cristiana, desde el nacimiento
de Cristo (poco después de 500 fue introducida).
La historia universal es el cuadro del universo
viviente, en que el hombre se ve implicado por su nacimiento, por sus antepasados y sus
descendientes. El hombre intenta comprender ese universo viviente, partiendo de su
sentimiento cósmico. La imagen histórica que se representa el hombre antiguo viene a
condensarse en torno al puro presente. Su contenido es una realidad que es; no una
realidad que va siendo. Y como fondo que cierra el cuadro pone el antiguo el mito
intemporal, racionalizado en forma de edad de oro. Pero esa realidad contenida en el
cuadro histórico era una policroma confusión de alzas y bajas, venturas y desgracias,
ciego azar, eterno cambio que en sus mutaciones permanece siempre idéntico, sin una
dirección, sin objetivo, sin «tiempo». En cambio, el sentimiento cósmico de la cueva
exige una historia que pueda abarcarse con la mirada, una historia que empieza con el
comienzo del mundo y acaba en el fin del mundo, que son al propio tiempo comienzo y fin
de la humanidad. Y ese comienzo, como ese fin, han de ser considerados cual actos de
una divinidad grande en mágico poder. Entre ellos, empero, entre el principio y el fin,
contenida en los limites de la cueva cósmica y determinada en su duración, desarróllase
la lucha de la luz con la obscuridad, de los ángeles y los jazatas con Ahriman, Satán,
Iblis, lucha en que el hombre está complicado con espíritu y alma. La cueva actual puede
muy bien ser destruida por Dios y reemplazada por una nueva creación. Las
representaciones pérsicas y caldeas, asi como la apocalíptica, nos dan idea de una serie
de semejantes eones; y Jesús, con todos sus contemporáneos, esperaba el fin próximo del
eon existente [252]. Síguese de aquí una visión histórica que comprende todo el tiempo
dado, visión que es hoy natural y evidente para el islamita. «La concepción del
universo, en el pueblo, se divide naturalmente en tres grandes partes: origen, desarrollo
y fin del mundo. Para el muslime, con su honda sensibilidad ética, lo esencial del
desarrollo cósmico es la salvación y la vida ética que se reúnen en el concepto de
«vida del hombre. Esta a su vez desemboca en el fin del mundo, que trae la sanción de la
vida moral humana» [253].
Para la humanidad
mágica, empero, el sentimiento de este tiempo y la visión de este espacio
da lugar a una devoción muy particular, que pudiera también llamarse cueviforme: una
entrega sin voluntad, un abandono que no conoce la menor forma de yo espiritual y
que siente el nosotros, contenido del cuerpo que expresa esto es «islam», que
significa entrega, abandono.
Pero «islam» fue la
manera constante de sentir que tuvo Jesús, que tuvieron todas las grandes personalidades
de genio religioso en esta cultura. La piedad de los antiguos era algo muy diferente
[254]. Y en cuanto a la de los occidentales, adviértase que si a Santa Teresa, a
Lutero o a Pascal se les quitase el yo que se afirma ante la infinidad de Dios, que quiere
inclinarse ante Dios o extinguirse en Dios, no quedaría absolutamente nada. El sacramento
fáustico de la penitencia presupone una voluntad firme y libre que se supera a sí misma.
Pero «islam» significa justamente la imposibilidad de un yo como fuerza libre
ante Dios. Todo intento de oponerse a la acción de Dios mediante propios propósitos o
aun sólo con una propia opinión, es «masiya», esto es, no una voluntad mala, sino la
prueba de que las potencias de la obscuridad y del mal se han apoderado de un hombre,
expulsando de él el elemento divino. La conciencia mágica es un escenario en
donde se verifica la lucha entre dos potencias; no es una fuerza, una potencia por si. En
esta manera de ver el proceso del mundo no hay causas y efectos singulares; sobre todo, no
hay un encadenamiento causal-dinámico que lo domine todo; por lo tanto, no hay enlace necesario
entre culpa y pena, no hay pretensión a premio, no hay «justicia», en el
sentido del viejo Israel. Todas estas cosas las ve la piedad de esta cultura muy por
debajo de si. Las leyes naturales no son establecidas por siempre, de manera que sólo
milagrosamente pueda Dios anularlas; son, por decirlo así, un estado habitual de la
acción divina, pero sin necesidad íntima, sin la necesidad lógica, fáustica, de
nuestras leyes. En toda la cueva cósmica sólo hay una causa que actúa inmediata
en todos los efectos visibles: la divinidad, la cual actúa sin fundamento alguno en su
actuación. Y es pecado el solo meditar sobre estos fundamentos.
Este sentir básico
produce la idea puramente mágica de la gracia. Esta idea preside a todos los sacramentos
de esta cultura, sobre todo el sacramento primario del bautismo, y constituye la más
íntima oposición a la penitencia en el sentido fáustico. La penitencia supone la
voluntad de un yo; la gracia desconoce tal voluntad. Ha sido un gran mérito de San
Agustín el haber desenvuelto este pensamiento perfectamente islámico, con inflexible
lógica y en tan penetrante forma que el alma fáustica desde Pelagio ha intentado por
todas las vías posibles eludir esa certidumbre que, para ella, frisa en el
aniquilamiento, y ha encontrado la expresión de su sentimiento religioso una y otra vez
en una profunda e íntima equivocación sobre lo dicho por San Agustín. En realidad, San
Agustín es el último gran pensador de la escolástica arábiga primitiva, y no tiene ni
un ápice de espíritu occidental [255]. De su maniqueísmo conservó rasgos muy
importantes en el cristianismo; sus próximos parientes contaron entre los teólogos
pérsicos del Avesta moderno, con sus doctrinas sobre el tesoro de gracia que tiene el
santo y sobre la culpa absoluta. Para él, la gracia es el ingreso substancial de
algo divino en el pneuma humano, que también es algo substancial [256]. La divinidad lo
emana, el hombre lo recibe, pero no se lo gana. En San Agustín, como aun en Spinoza [257]
falta el concepto de fuerza y el problema de la libertad; en ambos no se refiere al yo
y ala voluntad del yo, sino a la parte del pneuma universal infundida en un hombre y a
la relación de dicha parte con los demás. La conciencia mágica es el escenario
de una lucha entre las dos substancias cósmicas, la luz y la obscuridad. Los primeros
pensadores fáusticos, como Duns Scoto y Occam, ven en la conciencia dinámica una
lucha entre las dos fuerzas del yo, la voluntad y el entendimiento [258]. Asi queda
cambiada la posición del problema de San Agustín insensiblemente en esta otra, que él
nunca habría comprendido: ¿son la voluntad y el pensamiento fuerzas libres? Contéstese
a esto como se quiera, es lo cierto que el yo individual ha de dirigir, ha de realizar
esta lucha, pero no es su escenario pasivo. La gracia fáustica se refiere al éxito
de la voluntad y no a una substancia. «Dios ha descansadodice la confesión de
Westminster (1646)de conformidad con la decisión inescrutable de su propia
voluntad, según la cual concede su misericordia o la niega a quien El quiere, sin
cuidarse del resto de la humanidad.» La otra acepción, según la cual la idea de la
gracia excluye toda voluntad propia y toda causa, salvo una, la acepción que considera
pecado la sola pregunta de por qué un hombre sufre, encuentra su expresión en uno de los
más grandes poemas de la historia universal, en el libro de Job, que aparece en pleno
período previo de la cultura arábiga, sin haber sido igualado en grandeza interior por
ningún otro producto de esta cultura [259]. Los amigos de Job son los que buscan por
doquiera una culpa; porque el sentido último de todo sufrimiento en esta cueva cósmica
les permanece inaccesible por falta de profundidad metafísicacomo les sucede a la
mayor parte de los hombres de ésta y de toda cultura y a los lectores y jueces actuales
de la obra. Sólo el héroe lucha por su perfección, por el islam puro; y así Job
se convierte en la única figura trágica que el sentimiento mágico puede parangonar con
Fausto [260].
10
La conciencia de cada
cultura admite dos vías para conocerse a si misma: o la percepción intuitiva penetra y
perfora la intelección crítica, o ésta invade aquélla. La contemplación de estilo
mágico está caracterizada en Spinoza con los términos de amor intellectualis; en
los contemporáneos sufistas del Asia media con el de mahw (extinción en Dios).
Puede exaltarse hasta el éxtasis mágico que Plotino conoció varias veces y Porfirio,
discípulo de Plotino, una vez en avanzada edad. El otro aspecto, la dialéctica
rabínica, aparece en Spinoza en la forma de método geométrico y, en la filosofía
arábigo judaica de las postrimerías, en la forma del Kalaam. Pero uno y otro método
descansan en el hecho de que no existe yo individual, sino un pneuma único, presente al
mismo tiempo en todos los elegidos y que es al mismo tiempo también la verdad. Nunca se
insistirá bastante en que el concepto fundamental de idjma, derivado de esta
manera de ver, es algo roas que un concepto, es muchas veces una emoción viva de potencia
extraordinaria y que sobre él descansa toda comunidad de estilo mágico, diferenciándose
así de las de otras culturas. «La comunidad mística del Islam se extiende al más
allá, rebasa la tumba, comprendiendo en su seno los fallecidos muslimes de las
generaciones anteriores; es más, comprende también a los Justos preislámícos. Con
todos ellos siéntese el muslime fundido en una unidad. Ellos le ayudan y él puede
también por su parte exaltar, aumentar la beatitud de que disfrutan, aplicando en
intención de ellos sus propios merecimientos» [261]. Lo mismo exactamente han querido
expresar los cristianos y los sincretistas de la pseudomórfosis con los términos, polis
y civitas, que en la cultura antigua significaban suma de cuerpos y, en la
pseudomórfosis, pasan a significar consensus de los fíeles. La más famosa de
todas es la civitas Dei, de San Agustín, que no es ni una ciudad antigua ni
una iglesia occidental,
sino exactamente lo mismo que la comunidad de Mithra, del Islam, del maniqueísmo y del
persismo, una totalidad de fieles, de bienaventurados y de ángeles. Y como la comunidad
descansa sobre el consensus, resulta infalible en las cosas espirituales. «Mi
pueblo no puede nunca coincidir con el error», ha dicho Mahoma. Y lo mismo supone San
Agustín en la ciudad de Dios. No se refiere ni puede referirse a un yo papal infalible,
ni a ninguna otra instancia, para. La fijación de las verdades dogmáticas; ello
destruiría por completo el concepto mágico del consensus. En la cultura mágica
el consensus se aplica a todo; no sólo al dogma, sino también al derecho [262] y
al Estado en general. La comunidad islámica comprende, como la de Porfirio y San
Agustín, integra la cueva del mundo, el aquende como el allende, los fieles como
los buenos ángeles y espíritus; y en tal comunidad, el Estado constituye una unidad
más pequeña de la parte visible, cuya actividad, pues, queda reglada por el
conjunto. En el mundo mágico la separación de la política y la religión es imposible
teoréticamente, es absurda; en cambio, en la cultura fáustica la lucha entre el Estado y
la Iglesia, aun desde el punto de vista de la idea, es necesaria e interminable. El
derecho profano y el derecho divino son, en la cultura mágica, absolutamente una y la
misma cosa. Junto al emperador de Bizancio está el patriarca; junto al Schah, el
Zaratustrotema; ¿unto al Resch Galuta, el Gaon; junto al Califa, el Cheich ül Islam;
todos éstos hállanse prepuestos y a la vez son subditos. Esta relación no tiene la
menor semejanza con la relación gótica entre el Emperador y el Papa. Tampoco en la
antigüedad hay nada que se parezca a esto. En la creación de Diocleciano, por primera
vez el Estado se asienta, al modo mágico, en la comunidad de los fieles.
Y Constantino realizó
por completo esta idea. Ya hemos visto cómo, en la cultura mágica, el Estado, la Iglesia
y la Nación forman una comunidad espiritual, que es justamente la parte del consensus
que aparece visible en la humanidad viviente.
Fue, pues, para los
emperadores romanos un deber evidente, puesto que eran jefes de los creyentestal es
la parte de la comunidad mágica que Dios les confió, dirigir los concilios para
constituir el consensus de los llamados.
11
Pero hay además otra
manera de manifestarse la verdad, la «palabra de Dios» en un sentido puramente mágico,
tan apartado del pensar antiguo y del pensar occidental, que ha sido motivo de
innumerables errores. El libro sagrado, en que visiblemente se manifiesta, en que queda
estampada con caracteres sagrados, forma parte integrante de toda religión mágica [263].
En esta manera de pensar van implicados tres conceptos mágicos, cada uno de los cuales
ofrece las máximas dificultades a nuestra intelección, siendo, por otra parte, su
simultánea independencia y fusión en unidad completamente ininteligibles para nuestro
sentido religioso, por más que se haya hecho para ilusionarse sobre este punto. Son ellos
los conceptos de Dios, espíritu de Dios, palabra de Dios. Lo que dice el prólogo
del Evangelio de San Juan: al principio era la palabra (el verbo) y la palabra era en Dios
y Dios era la palabra, encuéntrase mucho antes en las representaciones pérsicas
de Spenta Mainyuel
espíritu santo que es distinto de Ahura Mazda y, sin embargo, uno con él, en oposición
al malo (Angra Mainyu)y de Vohu Mano [264] y en los conceptos correspondientes
judíos y caldeos, como algo muy natural, y ello forma el núcleo de las disputas sobre la
substancia de Cristo en los siglos IV y V. Pero también la «verdad» es una substancia
[265] para el pensamiento mágico y el error o la mentira es la otra
substancia. Es el mismo dualismo esencial que aparece en la lucha de la luz con la
obscuridad, de la vida con la muerte, del bien con el mal. Como substancia, la verdad es
idéntica ora a Dios, ora al espíritu de Dios, ora a la palabra de Dios. Sólo asi pueden
entenderse las sentencias impregnadas de sentido substancialista, tales como; «Yo soy la
verdad y la vida», o «Mi palabra es la verdad». Sólo asi se comprende con qué ojos el
hombre de esta cultura miraba el libro sagrado: en el libro sagrado la verdad invisible se
encarna en forma visible, como en el pasaje del Evangelio de San Juan, 1, 14: «la palabra
(el verbo) se hizo carne y vino entre nosotros». Según el Jasna, el Avesta fue enviado
del cielo y en el Talmud se dice que Moisés recibió del Señor la Tora tomo tras tomo.
Una revelación mágica es un hecho místico en el cual la palabra eterna e increada de la
divinidado sea la divinidad como palabrase introduce en un hombre para
recibir en él la figura «manifiesta», sensible, de sonidos, y sobre todo la forma de
letras. Corán significa lectura. Mahoma, en una visión celeste, vio rollos de
escritura, y, aunque no había aprendido a leer, pudo descifrarlos «en nombre del
Señor» [266]. Es ésta una forma de revelación que constituye la regla general en la
cultura mágica; pero que ni siquiera es excepción en las demás culturas [267]. Empezó
a elaborarse a partir de Ciro. Los viejos profetas israelitas, y seguramente también
Zaratustra, ven y oyen en su éxtasis cosas que comunican más tarde. La legislación del
Deuteronomio fue «encontrada en el Templo» en 621, es decir, vale como sapiencia de los
padres. El primer ejemplo consciente de un «Corán» es el libro de Ecequiel que el autor
recibe de Dios en una visión y «se lo traga» (cap. 3). Aquí queda expresada en la
forma más ruda imaginable la convicción que más tarde servirá de base al concepto y
forma de toda la literatura apocalíptica. Pero, poco a poco, tal forma substancial
de la recepción pasó a constituir una de las condiciones de todo libro canónico.
De época posterior al
destierro procede la representación de las tablas de la ley, que Moisés recibió en el
Sinaí. Más tarde se estableció igual origen para toda la Tora y, desde la época de los
Macabeos, para la mayor parte de los libros que constituyen el Antiguo Testamento. Desde
el Concilio de Jabna (hacia 90 después de Jesucristo) la obra entera es tenida por una
«inspiración» en el sentido literal de la palabra. En la religión pérsica se ha
verificado idéntico desarrollo, hasta la santificación del Avesta en el siglo III; y el
mismo concepto de la inspiración aparece en la segunda visión de Hermas, en las
apocalipsis, en los libros caldeos, gnósticos y mandeos y, finalmente, como cosa muy
natural, sirve de base tácita a todas las representaciones de los neopitagóricos y
neoplatónicos sobre los libros de sus maestros. La palabra canon es la expresión
técnica que se aplica a la totalidad de los libros considerados como «inspirados» por
una religión. Desde el año 200 la colección hermética y el Corpus de los oráculos
caldeos adoptan la forma de canon, siendo el último un libro sagrado de los
neoplatónicos que el
La joven religión de
Jesús reconoció al principio como canonJesús mismo los reconocía tambiénlos
libros judíos.
Los primeros Evangelios no pretenden ser «la palabra» de Dios en forma visible. El Evangelio de San Juan es el primer libro cristiano que, con propósito manifiesto, quiere tener el valor de un «corán».
Su creador incógnito es
el primero que expresa la idea de que puede y debe haber un corán cristiano. La grave
decisión de si la nueva religión tenía que romper o no con la que Jesús profesaba,
viértese con íntima necesidad en la pregunta de si podían seguirse reconociendo los
libros Judíos como encarnaciones de la verdad única. San Juan lo niega
tácitamente; Marción, abiertamente. Los padres de la Iglesia, empero, lo afirman,
contradiciendo a la lógica.
Esta concepción
metafísica sobre la esencia del libro sagrado tiene por consecuencia que las expresiones
«Dios habla» y «el libro dice» resultan totalmente idénticas, por manera que nuestro
pensamiento no comprende. Esto recuerda los cuentos de Las mil y una noches;
conjurado Dios mismo en esas palabras y letras, viene el elegido y lo descifra y le obliga
a revelar la verdad. La interpretación es, como la inspiración, un proceso de sentido
místico (Marcos, 1, 22). Así se explica la veneración con que son conservados esos
preciosos manuscritos, su adorno con todos los recursos del arte mágicocosa que los
antiguos no hubieran entendidoy la producción continua de nuevos caracteres que,
para quienes los usan, sen les únicos capaces de contener la verdad revelada.
Semejante «Corán»,
empero, es, por esencia, absolutamente exacto; por tanto es invariable y no cabe
posibilidad de mejorarlo [268]. De aquí la costumbre de introducir interpolaciones
secretas, para mantener el texto en harmonía con las convicciones de la época. Ejemplo
magistral de este método son los Digestos de Justiniano. Sin contar los libros todos de
la Biblia, Aplicase el método sin duda alguna a los Gathas del Avesta, e incluso a
los libros corrientes de Platón, Aristóteles y demás autoridades de la teología
pagana. Pero mucho más importante es aún la opinión común a todas las religiones
mágicas, de una revelación misteriosa y oculta o de un oculto sentido de la escritura,
revelación y sentido que no se conservan escrito, sino sólo en la memoria de ciertos
individuos elegidos y se transmiten por tradición oral. Según la creencia judía,
Moisés, en el Sinaí, no recibió solamente la Tora escrita, sino además otra Tora
verbal secreta [269], cuya fijación por escrito le fue prohibida. «Previó Dios, dice el
Talmud, que habría de venir un tiempo en que los paganos se apoderasen de la Tora y
dijeran a Israel; También somos nosotros hijos de Dios. Pero entonces dirá el Señor:
Sólo quien conoce mis secretos es mi hijo. Y ¿cuáles son los secretos de Dios? Pues son
la doctrina verbal» [270]. El Talmud, en su forma vulgar, no contiene sino una parte de
la materia religiosa y lo mismo sucedía en los textos cristianos de los primeros tiempos.
Con frecuencia se ha observado [271] que Marcos no habla de la tentación y de la
resurrección sino en alusiones y que San Juan alude solamente a la doctrina del Paracleto
y no dice nada de la Institución de la eucaristía. El iniciado entendía y el infiel no
podía saberlo.
Más tarde hubo una
verdadera «disciplina arcana», por la cual los cristianos observaban el mayor silencio
ante los infieles sobre el bautismo, el padrenuestro, la eucaristía y demás. Entre los
caldeos, los neopitagóricos, los cínicos, los gnósticos y sobre todo en las sectas,
desde las del viejo judaísmo hasta las del islamismo, llegó a tener tal extensión que
en gran parte nos son desconocidas hoy sus doctrinas secretas. Existía como un consensus
del silencio sobre la palabra conservada en el espíritu, justamente porque se tenía la
certeza del «saber» en los iniciados. Propendemos nosotros a hablar de lo más
importante con la máxima claridad y acentuación; esto nos hace correr el peligro de
errar grandemente en la inteligencia de las doctrinas mágicas, por confundir lo que dicen
con lo que quieren decir y el sentido literal con la significación propia y profunda. El
cristianismo gótico no tenía doctrina arcana; por eso desconfiaba doblemente del Talmud,
en el cual veía con razón sólo la superficie de la doctrina judía.
También es de puro
estilo mágico la cábala, que en los números, en las formas de las letras, en los puntos
y rayas descubre un sentido oculto. La cábala debe ser tan vieja como la palabra
substancial, descendida de los cielos. La doctrina secreta de la creación por las veinte
y dos letras del alfabeto hebraico y la del trono en la visión de Ecequiel aparecen ya en
la época de los macabeos. En estrecha relación con todo esto se halla la interpretación
alegórica de los textos sagrados. Todos los tratados de la Mischna, todos los padres de
la Iglesia, todos los filósofos alejandrinos están llenos de ella. En Alejandría se
aplicó este método a la mitología antigua y aun a Platón; algunos filósofos se
confundieron con los profetas judíosMoisés se tornó en Museo.
El único método
rigurosamente científico que un Corán invariable admite para el desarrollo de las
opiniones es el método de los comentarios. Según la teoría, la «palabra» de una
autoridad no puede ser alterada; lo único que cabe, pues, es interpretarla de manera
diferente. Nunca se hubiera dicho en Alejandría que Platón se equivoca; pero se
«interpretaban» de este o de aquel modo sus términos propios. Sucede esto mismo en las
formas rigurosas de la Halacha y la fijación escrita adopta la forma de un comentario que
domina por completo en todas las literaturas religiosas, filosóficas y eruditas de esta
cultura. Siguiendo el ejemplo de los gnósticos, compusieron los padres de la Iglesia
comentarios escritos de la Biblia; al mismo tiempo apareció el comentario pehlewi del
Zend al Avesta, el comentario Midrasche al canon Judío. El mismo camino siguieron hacia
200 los Juristas «romanos» y los filósofos «postantiguos», es decir, los
escolásticos de la iglesia pagana. La apocalipsis de esta iglesia, una y otra vez
interpretada desde Posidonio, fue el Timeo de Platón. La Mischna es un gran comentario
único de la Tora. Pero cuando los más viejos comentaristas se convirtieron ellos
también en autoridades y sus libros en Coranes, entonces se escribieron comentarios de
comentarios, como el último platónico occidental, Simplicio, como los amorreos que
añadieron la Gemara a la Mischna, como los autores de las constituciones imperiales, que
comentaron los digestos en Oriente y en Bizancio.
Pero donde este métodoque
en principio retrotrae cada sentencia a una inmediata inspiraciónllega al máximo
rigor es en la teología del Talmud y del Islam. Una nueva halacha o un nuevo hadith no
son válidos si no pueden ser retrotraídos a Moisés o a Mahoma por una serie
ininterrumpida de autoridades [272]. La fórmula solemne en Jerusalén era: «Transciende
de mi. Asi lo he aprendido de mi maestro» [273]. En el Zend es regla el citar la cadena
de las autoridades, e Ireneo justifica su teología afirmando que, por medio de Policarpo,
le une una cadena ininterrumpida con la comunidad primitiva. En la literatura cristiana
primitiva aparece esta forma de halacha con tal evidencia que no se la advierte siquiera.
Prescindiendo de las continuas referencias a la ley y a los profetas, aparece ya en los
títulos de los cuatro Evangelios (según Marcos) que necesitan citar al principio
una autoridad para ser ellos mismos autoridad en punto a las palabras citadas del Señor
[274]. Asi quedaba anudada la cadena hasta la verdad misma, encarnada en Jesús. Y nunca
se exagerará bastante el realismo con que un San Agustín o un San Jerónimo imaginaron
ese enlace en el cuadro cósmico. En este sentir se funda igualmente la costumbre,
corriente a partir de Alejandro, de dar nombres de persona a los libros religiosos y
filosóficos, como Henoch, Salomón, Esra, Hermes, Pythagoras, los cuales pasan por ser la
garantía, el recipiente de la verdad divina; en ellos, efectivamente, «se hizo carne el
verbo». Poseemos todavía un gran número de apocalipsis con el nombre de Baruch, quien,
por entonces, fue identificado con Zaratustra. Y no podemos imaginar la cantidad de libros
que andaban entonces de mano en mano, con los nombres de Aristóteles y Pitágoras. La
«Teología de Aristóteles» fue uno de los libros más influyentes en el neoplatonismo.
Por último, esta concepción es la base metafísica en que se funda el estilo y profundo
sentido de las citas que practican por igual los padres de la Iglesia, los rabinos, los
filósofos «griegos» y los juristas «romanos». Ha sido consecuencia de ello la
ley de citas de
Valentiniano III [275] y por otra parte la eliminación de los apócrifosconcepto
éste fundamental que determina una diferencia de substancia dentro del textode
los cánones judíos y cristianos.
12
Partiendo de estas
investigaciones será posible, en el futuro, escribir una historia del grupo de las
religiones mágicas. Constituye este grupo una unidad indisoluble de espíritu y de
evolución y no debe creerse que puedan comprenderse realmente una o varias de esas
religiones, si se prescinde de las demás.
Su nacimiento,
desenvolvimiento y afirmación intima comprende los años de o a 500. Corresponde
esto exactamente al vuelo del alma occidental desde el movimiento cluniacense hasta la
reforma. Préstamos mutuos, confusos y exuberantes florecimientos, maduramientos,
transformaciones, en que las teorías se amontonan unas sobre otras, emigran, se encajan,
se rechazan unas a otras, tal es el cuadro que ofrecen estos siglos de hervor; y nunca
puede afirmarse que uno de los sistemas dependa de otro, sino que hay un cambio y trueque
de formas y acepciones; pero en el fondo alienta una y la misma alma que se expresa y
manifiesta en todos los idiomas de ese mundo de religiones.
En el vasto imperio de
los viejos felahs babilónicos, empezaron a alentar pueblos jóvenes. Allí se preparó
todo. El primer vislumbre despunta hacia 700 en las religiones proféticas de los persas,
judíos y caldeos. Un cuadro de la creación, al modo como más tarde aparece en el
comienzo de la Tora, va dibujándose en claros contornos; así queda indicado el
propósito, la dirección, el término del nuevo anhelo. El futuro posterior vislumbra
algo más, en formas indecisas y obscuras aún; pero con la profunda e intima certidumbre
de su inminente llegada. A partir de este instante se vive con la mirada puesta en ello,
con el sentimiento de una misión.
La segunda oleada se
levanta con los movimientos apocalípticos desde el año 300. Aquí despierta ya la
consciencia cósmica del alma mágica y se edifica una metafísica de las últimas cosas,
en imágenes grandiosas, cuya base es ya la cueva, símbolo primario de la naciente
cultura. Por doquiera irrumpe la representación de los terrores del fin del mundo, del
Juicio final, de la resurrección, del paraíso, del infierno; y con ella aparece también
la gran idea de una historia de la Salvación, en donde se unen los destinos del universo
y de la humanidad.
Pero no pueden
atribuirse a un determinado pueblo y a un país determinado estas creaciones que se
expresan en escenas maravillosas, en maravillosos nombres y figuras. La figura del Mesías
queda de un golpe trazada. Refiérese la tentación del Salvador por Satán [276]. Pero al
mismo tiempo brota un terror profundo, un terror creciente ante esa certidumbre de
improrrogable término muy próximo, tras del cual ya sólo habrá pasado. El tiempo
mágico, la «hora», la dirección cueviforme da a la vida un compás nuevo y a la
palabra sino un contenido nuevo. El hombre de pronto se aparece otro ante la divinidad.
En la inscripción
votiva de la gran basílica de Palmiraque durante mucho tiempo pasó por cristianaes
Baal llamado bueno, misericordioso, indulgente. Este sentimiento llega hasta Arabia
meridional con la adoración de Rahman; llena los salmos de los caldeos y la doctrina de
Zaratustra, enviado de Dios; mueve a los judíos de la época de los macabeos, época en
que se produjeron la mayor parte de los Salmos; y anima todas las demás comunidadesdesde
hace tiempo olvidadassitas entre el mundo antiguo y el mundo indio.
La tercera conmoción
sucede en la época de César y con ella nacen las grandes religiones de la salvación.
Despunta el día claro de esta cultura. Lo que sigue, durante uno o dos siglos tiene una
insuperable grandeza de emoción religiosa que no puede ser sostenida mucho tiempo. Esta
enorme tensión, lindante en el aniquilamiento, no ha sido sentida mas que una vez, en su
amanecer, por el alma gótica, el alma védica y las almas de las demás culturas.
Aparece ahora el gran
mito entre los fieles del persismo, mandeísmo, judaísmo, cristianismo y de la
pseudomórfosis occidental. No de otro modo sucede en la época caballeresca de las
culturas india, antigua y occidental. En esta cultura mágica no se distinguen Nación,
Estado e Iglesia, ni se diferencia el derecho divino del derecho profano, como tampoco hay
diferencia clara entre el paganismo caballeresco y religioso. El profeta se confunde con
el luchador y la historia de un gran destino trágico se encumbra hasta convertirse en
epopeya nacional. Las potencias de la luz y de las tinieblas, los entes fabulosos,
ángeles y demonios, Satán y los buenos espíritus luchan unos contra otros; la
naturaleza entera es una liza desde el principio hasta el fin del mundo. En lo profundo,
en el mundo humano, se verifican las aventuras y pasiones de los profetas, de los héroes
religiosos, de los mártires heroicos. Cada nación en el sentido que esta palabra
tiene para esta culturaposee sus leyendas heroicas. En el Oriente la vida de los
profetas pérsicos se convierte en poesía épica de poderosos contornos.
Cuando nace Zaratustra
su risa resuena por el cielo y toda la naturaleza le contesta. En Occidente surge la
historia de la pasión de Jesús, que, de continuo elaborada, constituye la epopeya de
la nación cristiana; y después viene todo el circulo de cuentos sobre la infancia de
Jesús, formando por si solo un género poético. La figura de la madre de Dios y los
hechos de los apóstoles se tornan centro y tema de amplias novelas (Hechos de Tomás,
Pseudoclementinas), que durante el siglo II surgen dondequiera desde el Nilo al Tigris; no
de otro modo que las historias de los cruzados fueron en Occidente núcleo de novelas
heroicas. En la Haggada judía y en el Targumen reúnense una multitud de cuentos sobre
Saúl, David, los patriarcas y los grandes Tannaim como Jehuda y Akiba [277]. La
inagotable fantasía de esta época acude también a los materiales próximos de las
leyendas antiguas posteriores y novelas de fundadores (vida de Pitágoras, Hermes,
Apolonio de Tyana).
Hacia fines del siglo II
se aquieta esta excitación. La flor de la poesía épica ha pasado. Comienza la
elaboración mística y el análisis dogmático de la materia religiosa. Las doctrinas de
las nuevas iglesias son reducidas a sistemas teológicos. El heroísmo cede ante la
escolástica; la poesía deja el puesto al pensamiento; el vidente profetice es
substituido por el sacerdote.
El escolasticismo
primitivo, que termina hacia 200 (corresponde a la escolástica occidental de 1200),
comprende toda la gnosis, en su más amplio sentido, la gran contemplación: el autor del
Evangelio de San Juan, Valentino, Bar Daisan y Marción, los apologistas y más antiguos
padres hasta Ireneo y Tertuliano, los últimos Tannaim hasta los completadores de la
Mischna, Rabbi Jehuda, en Alejandría los neopitagóricos y herméticos. A todo esto
corresponde en Occidente la escuela de Chartres, Anselmo de Canterbury, Joaquín de
FIoris, Bernardo de Claraval y Hugo de San Víctor. La alta escolástica comienza con el
neoplatonismo, con Clemente de Alejandría y Orígenes, con los primeros amoreos y los
creadores del moderno Avesta bajo Ardeschir (226-241) y Schapur I, sobre todo el gran
sacerdote mazdaíta Tanvasar. Y al mismo tiempo comienza la disolución de esta alta
religiosidad en la piedad aldeana, todavía inmersa en emociones apocalípticas; esta
religiosidad aldeana se ha conservado desde entonces casi intacta, bajo distintos nombres,
hasta el felah de los tiempos turcos, mientras en el mundo espiritual más refinado de las
ciudades, el persísmo, el judaísmo y el cristianismo eran absorbidos por el Islam.
Poco a poco se
perfeccionan entonces las grandes iglesias.
Decididamentey
éste es el suceso religioso más importante del siglo IIla doctrina de Jesús no se
desarrolla en forma de una transformación del judaísmo, sino en la de la creación de
una iglesia nueva que camina hacia Occidente, mientras el judaísmo, sin haber sufrido
menoscabo en su fuerza interior, se dirige hacia Oriente. En el siglo ni se alzan los
grandes edificios de la teología. Se ha recobrado el sentido de la realidad histórica.
El fin del mundo queda recluido en la lejanía y nace una dogmática que da una,
explicación del nuevo cuadro cósmico. El nacimiento de la alta escolástica supone la
creencia en la duración de la doctrina que se trata de fundamentar.
Si se consideran estas
fundaciones, resulta que la comarca madre, la comarca aramea, ha desenvuelto sus formas en
tres direcciones. En Oriente la religión zaratústrica de la época de los aquemenidas y
los restos de sus literaturas sagradas se componen en la iglesia mazdaíta con una
estricta jerarquía, un ritual minucioso, con sacramentos, misa y confesión (patet).
Ya hemos dicho que
Tanvasar comenzó la colección y ordenación del Avesta nuevo; bajo Schapur I los
textos profanos de contenido médico, jurídico y astronómico fueroncomo
simultáneamente en el Talmudintroducidos en el texto sagrado. Terminó esta
incorporación merced a Mahraspand, príncipe de la iglesia bajo Schapur II (309-379).
Naturalmente, hubo de añadirse conforme al espíritu de la cultura mágica, un comentario
en idioma pehlewi, el Zend. El nuevo Avesta es, como la Biblia judía y cristiana, un
canon de libros particulares; sabemos que en los Nasks perdidos desde entonces (eran 21
primitivamente) había un Evangelio de Zaratustra, la historia de la conversión de
Vischtaspa, un Génesis, un libro de leyes, un libro de generaciones con árboles
genealógicos desde la creación hasta los reyes persas. En cambio el Vendidad, que,
según Geldner, es el «Levítico» de los persas, se ha conservado integro.
Un nuevo fundador
religioso aparece en 242, en tiempos de Schapur I. Mani, rechazando el judaísmo,
religión «sin salvador», reunió la masa toda de las religiones mágicas en una de las
más potentes creaciones teológicas de todos los tiempos.
En 276 fue crucificado
por los sacerdotes mazdaítas. Armado por su padre que en edad avanzada abandonó la
familia y entró en una orden mandeacon todas las armas del saber de su época,
reunió Mani las ideas fundamentales de los caldeos y persas con las del cristianismo
oriental de San Juan. Lo mismo, pero sin el propósito de fundar una iglesia, había
intentado antes la gnosis cristiano-pérsica de Bar Daisan [278]. Mani considera las
figuras místicas del logos de San Juan como idénticas al Vohu Mano pérsico y,
con el Zaratustra de la leyenda del Avesta y el Buda de los textos posteriores, las cree
emanaciones divinas; anunciase a si mismo como el paracleto del Evangelio de San Juan y el
Saoshyant de los persas. Sabemos ahora, por los hallazgos de Turfán entre los que
se encuentran fragmentos de los escritos de Maní, que hasta ahora estaban perdidosque
el idioma eclesiástico de los mazdaítas, maniqueos y nestorianos era el pehlewi,
independiente de los idiomas corrientes de la conversación.
En Occidente las dos
grandes iglesias, la cristiana y la pagana, desenvuelven en lengua griega [279] sus
teologías, que no sólo son muy parecidas, sino idénticas en gran medida. En la época
de Mani comienza la fusión teológica de la religión solar arameo-caldea con el culto
arameo-pérsico de Mithra, forman- do un sistema cuyo primer gran «padre» fue hacia 300
Jámblico, contemporáneo de Atanasio, y también Diocleciano, quien en 295 elevó a
Mithra a la consideración de Dios imperial henoteístico. Sus sacerdotes no se distinguen
en nada de los cristianos, por lo menos en lo que al alma se refiere. Proclo, que también
es un verdadero «padre de la iglesia», recibe en sueños una iluminación que le aclara
un texto difícil; enuncia el deseo de ver destruidos todos los libros de los filósofos,
salvo el Timeo, de Platón, y el libro de los oráculos caldeos, que para él son
canónicos. Sus hymnos. testimonios de contrición, propios de un verdadero ermitaño,
piden a Helios y a otras potencias ayuda y protección contra los espíritus malos.
Hieroklés escribe un breviario moral para los fieles de la comunidad neopitagórica; y
hay que estudiarlo muy de cerca para no confundirlo con un libro cristiano. El obispo
Synesios se transforma de neoplatónico en principe de la iglesia cristiana, sin
conversión en el sentido estricto de la palabra. Conservó su teología, cambiando tan
sólo los nombres. El neoplatónico Asklepíades pudo emprender una obra grande sobre la
igualdad de todas las teologías. Poseemos Evangelios paganos y vidas de santos paganos.
Apolonio escribió la vida de Pitágoras; Marino, la de Proclo; Damaskios la de Isidoro: y
no existe diferencia entre estos libros que comienzan y acaban con una oración y las
actas de los martirios. Porfirio señala como los cuatro elementos divinos la fe, la
esperanza, la caridad y la verdad.
Entre estas iglesias de Occidente y de Oriente desenvuélvese hacia el Survisto desde EdessaIa iglesia del Talmud (la «Synagoga
») en lengua escrita
aramea. Los judeocristianos (v. g. Ebionitas y Eikesaitas), Mandeos y Caldeos no estaban
en situación de salir adelante, frente a dichas grandes fundaciones, si no se considera
la iglesia de Mani como una nueva Constitución de la religión caldea. Se pulverizaron en
sectas que vegetaron innumerables a la sombra de las grandes iglesias o fueron absorbidas
por éstas, como los últimos marcionitas y montañistas, que ingresaron en el
maniqueísmo. Hacia el año 300 ya las religiones mágicas importantes eran solamente
éstas: la pagana, la cristiana, la pérsica, la judía y la maniquea.
13
Con la alta escolástica
comienza desde 200 el afán de identificar la comunidad visible y cada día más
jerarquizada de los fieles, con el organismo del Estado. Esta tendencia nace directamente
del sentimiento cósmico, que anima al hombre mágico, y conduce a la transformación del
jefe político en Califa, esto es, dominador de los creyentes más que de un territorio
determinado. De aquí procede la concepción de que la fidelidad a un credo es el supuesto
de la verdadera ciudadanía; de aquí el deber de perseguir las religiones falsasla
guerra santa del Islam es tan vieja como esta cultura misma y ha llenado sus primeros
siglos; de aquí la posición de simple tolerancia que tienen los infieles en el
Estado, conservando sus propias leyes y su administración propiapues el derecho
divino es rehusado a los herejes; de aquí, en fin, esa forma de vida que se llama
ghetto.
El cristianismo fue
religión de Estado primero en Osrhoëne, centro de la comarca aramea, hacia 200. En 226
el mazdaísmo fue religión del Estado en el imperio sassánida, Bajo Aureliano (+ 275) y
sobre todo Diocleciano (295) fue el sincretismo, reunión de los cultos al Divo, al Sol y
a Mithra, la religión del Estado en el imperio romano. Constantino se convierte al
cristianismo en 312, el Trdat de Armenia en 321, el rey Mirián, de Georgia, algunos años
después. En el Sur fueron Saba en el siglo III y Axum en el IV reinos cristianos. Pero al
mismo tiempo el reino de los Himiares es Judio y el emperador Juliano intenta nuevamente
dar el predominio a la iglesia pagana.
Contrapuesto a esta
identificación de la Iglesia y el Estado es, en todas las religiones de esta cultura, el
monaquismo, con su radical apartamiento del Estado, de la historia y de la realidad en
general. La oposición entre la existencia y la conciencia, entre la política y la
religión, entre la historia y la naturaleza no llega a ser superada plenamente por la
forma de la iglesia mágica, con su identificación al Estado y a la nación. La raza
irrumpe en la vida de estas creaciones espirituales y hace violencia a lo divino,
justamente por haberse asimilidado la profanidad. Pero aquí no hay lucha entre el Estado
y la Iglesia, como en el goticismo. Por eso irrumpe dentro de la nación misma como lucha
entre la piedad mundana y el ascetismo.
Una religión mágica
habla exclusivamente a la chispa divina, al pneuma en el hombre, que el hombre
comparte con la invisible comunidad de los fieles y de los espíritus bienaventurados.
El resto del hombre
pertenece al mal y a las tinieblas. Pero lo divinono un yo, sino, por decirlo así,
un huéspeddebe dominar en el hombre, vencer todo lo demás, sojuzgarlo,
aniquilarlo. En esta cultura el asceta es el único sacerdote verdadero.
El sacerdote mundano no
goza nunca de verdadero respeto, como igualmente sucede en Rusia, y puede en la mayoría
de los casos hasta contraer matrimonio. El asceta es además el hombre propia y realmente
piadoso. Fuera del monaquismo no es posible un cumplimiento integral de las exigencias
religiosas. Por eso las comunidades de penitentes, los anacoretas y los claustros ocupan
bien pronto un puesto que, por razones metafísicas, no ocuparon ni en China ni en India,
y no hablemos de Occidente, en donde las órdenes son unidades de labor y de lucha, esto
es, unidades dinámicas [280]. Por eso la humanidad de la cultura arábiga no se divide en
el «mundo»», de una parte, y los grupos monacales de otra, con esferas exactamente
delimitadas, vidas distintas, pero idénticas posibilidades de cumplir los mandamientos de
la fe. Todo hombre piadoso es en la cultura mágica una especie de monje [281]. Entre el
mundo y el claustro no hay oposición, sino sólo una diferencia de grado.
Las iglesias y las
órdenes mágicas son comunidades de la misma especie, que sólo se diferencian por
la extensión. La comunidad de Pedro era una orden; la de Pablo, una iglesia; y la
religión de Mithra es casi demasiado grande para llamada orden y demasiado pequeña para
llamada iglesia.
Toda iglesia mágica
es una orden. Sólo en consideración a la flaqueza humana son, no digamos
establecidas, pero si toleradas, ciertas gradaciones del ascetismo, como sucedía entre
los marcionitas y los maniqueos (electi y auditores). Y propiamente una
nación mágica no es sino la suma, la orden de todas las órdenes, que describen
en e la círculos cada vez más estrechos hasta llegar al ermitaño, al derviche y al
estilita, que ya nada tienen de profano, y son en su conciencia puro pneuma. Si
prescindimos de las religiones proféticas, de las cuales y entre las cuales, con el
movimiento apocalíptico, surgieron numerosas comunidades a estilo de las órdenes,
hallamos en las dos grandes iglesias de Occidente, la cristiana y la pagana, innumerables
anacoretas, predicadores peregrinantes y órdenes que, en último término, sólo se
distinguían por el nombre de la divinidad invocada. Todos recomiendan el ayuno, la
oración, el celibato y la pobreza. No puede decirse cuál de las dos iglesias era más
ascética en el año 300, El monje neoplatónico Serapión se retira al desierto para
estudiar los hymnos de Orfeo. Damaskios, iluminado por un sueño, se retira a una cueva
malsana para orar continuamente a Cibeles [282]. Las escuelas filosóficas no son sino
órdenes ascéticas; los neopitagóricos son muy afines a los esseos judíos; el culto de
Mithra, verdadera orden, no permite mas que a los hombres la entrada en sus consagraciones
y votos. El emperador Juliano quiso construir claustros paganos. El mandeísmo parece
haber sido un grupo de comunidades u órdenes de diferente severidad; entre ellas se
hallaba la de Juan el bautista. El monaquismo cristiano no comienza con Pacomio (320) que
edificó el primer claustro, sino con la comunidad primitiva de Jerusalén. El Evangelio
de San Mateo [283] y casi todas las historias de los apóstoles testimonian de un temple
severamente ascético.
Pablo no se ha atrevido
nunca a contradecirlo expresamente.
La iglesia pérsica y la
nestoriana han desarrollado ampliamente los ideales monacales y el Islam se los ha
incorporado en toda su extensión. La piedad oriental hállase hoy dominada enteramente
por las órdenes y fraternidades muslímicas. Igual evolución siguió el judaísmo desde
los careos del siglo VIII hasta los chássidas polacos del siglo XVIII.
El cristianismo era aún
en el siglo II poco más que una orden muy extendida; su poderío público no trascendía
casi del número de sus miembros. Pero desde 250 súbitamente crece con enorme pujanza. Es
la época en que desaparecen los últimos cultos ciudadanos de la antigüedad; no
desalojados por el cristianismo, sino por la nueva iglesia pagana recién creada.
En 241 cesan los
hermanos arvales en Roma. En 265 aparecen las últimas inscripciones cultuales en Olimpia.
Empieza a practicarse la costumbre de amontonar en una persona los más diferentes
sacerdocios [284]; esto quiere decir que se sienten todos como pertenecientes a una y la
misma religión. Y esta religión sale a la palestra con afán de proselitismo y se
extiende ampliamente sobre el territorio greco-romano. Sin embargo, en 300 la iglesia
cristiana es la única que ha logrado ocupar todo el territorio arábigo. Pero de aquí
justamente se derivan, por necesidad, sus interiores disensiones, que no obedecen a
propagandas de ciertos individuos aislados, sino que arraigan en el espíritu de las
distintas comarcas. Por eso el cristianismo hubo de descomponerse para siempre en varias
religiones.
La disputa sobre la
esencia de Cristo fue el campo de batalla. Trátase de problemas de substancia que,
con iguales formas y orientaciones, llenan el pensamiento de todas las demás teologías
mágicas. La escolástica neoplatónica, Porfirio, Jámblico y sobre todo Proclo, trataron
estos temas en concepción occidental y en estrecho contacto con la ideología de Filón y
aun del mismo Pablo. La relación entre el Uno-primario (Nus, Logos, Padre) y el mediador
es considerada desde un punto de vista substancialista. ¿Trátase de emanación, de
división, de penetración? ¿Es uno contenido en el otro? ¿Son idénticos? ¿Exclúyense
mutuamente? ¿Es la trinidad al mismo tiempo unidad?. En el Oriente, donde ya los
supuestos del Evangelio de San Juan y de la gnosis bardesana revelan otra concepción de
estos problemas, ocupáronse los «padres» de la relación entre Ahura Mazda y el
Espíritu Santo (Spenta Mainyu) y de la esencia del Vohu Mano; y justamente en la época
de los decisivos concilios de Efeso y Calcedonia, la pasajera victoria del zrvanismo
(438-457) con la preeminencia del curso divino (zrvan como tiempo histórico) sobre
las substancias divinas, señala el punto culminante de una lucha dogmática. El Islam,
finalmente, recogió la cuestión e intentó resolverla con relación a la esencia de
Mahoma y del Corán. El problema existe desde que existe la humanidad mágica. De igual
manera, con el pensamiento fáustico aparecen dados ya los problemas específicos de
Occidente, los problemas de la voluntad y no los de la substancia. No hay que ir en busca
de esos problemas; aparecen con la presencia de la cultura misma. Constituyen la forma
fundamental del pensar de cada cultura y penetran en todas las investigaciones, aun donde
no se les busca ni se les advierte.
Pero las tres soluciones
cristianas, prefijadas por la distribución geográfica: la solución oriental, occidental
y meridional existen también desde un principio y se hallan predispuestas en las
direcciones de la gnosisen Bardesanes, Basilides y Valentino. En Edessa se
encuentran; y aquí resuenan por las calles los gritos de la lucha cuando los nestorianos
claman contra los vencedores en el concilio de Efeso y cuando más tarde las voces de eåw
yeñw; [285] de los monofisitas piden que el obispo Ibas sea pasto de las
fieras en el circo.
Atanasio y su contemporáneo y afín el pagano Jámblico, formularon el gran problema desde el punto de vista de la pseudomórfosis.
Contra Ario, que
consideraba a Cristo como un semidióssólo semejante a la esencia del Padreafirma
Atanasio que el Padre y el Hijo son de la misma substancia divina (yeñihw), que en
Cristo adopta un soma (cuerpo) humano. «El verbo se hizo carne.» Esta fórmula de
Occidente depende de hechos intuitivos del culto; la inteligencia de las palabras
depende de la continua visión de las imágenes. Aquí, en el Occidente amigo de las
imágenes; aquí, donde Jámblico escribió su libro de las estatuas de los dioses, en las
cuales lo divino hállase en presencia substancial y obra milagros [286]; aquí, en
Occidente, siempre actúa la relación abstracta de la trinidad y junto a ella la
relación sensible-humana de la madre y el hijo.
Y esto justamente es lo
que debemos tener en cuenta para comprender las ideas de Atanasio.
Reconocida la unidad de
esencia entre el Padre y el Hijo, quedaba planteado el problema propio: el problema de la
aparición histórica del Hijo mismo, tal como debía concebirla el dualismo mágico. En
la cueva cósmica hay la substancia divina y la substancia mundana; en el hombre hay la
participación en el pneuma divino y el alma individual que, en algún modo, es afín a la
«carne». Pero ¿y en Cristo?
Fue decisivo en esta
cuestión el hechoconsecuencia de la batalla de Actiumde que la disputa
aconteciese en idioma griego y en la esfera dominada por el «Califa» de la iglesia
occidental. Constantino convocó y dominó el concilio de Nicea, donde triunfó la
doctrina de Atanasio. En el Oriente, de lengua y de pensamiento arameo, apenas se
concedió atención a estos sucesos; demuéstranlo las cartas de Aphrahat. No se disputaba
sobre lo que hacia mucho tiempo se tenía ya decidido. La ruptura entre el Oriente y el
Occidente, consecuencia del concilio de Efeso (431) separó dos naciones
cristianas, la de la iglesia «pérsica» y la de la iglesia «griega»; pero fue la
confirmación de dos modos de pensar geográficamente distintos. Nestorio, y con
él el Oriente todo, veían en Cristo el segundo Adán, el enviado divino del último eon.
María dio a luz un hombre en cuya substancia (physis), creada y humana, mora
la substancia increada y divina. El Occidente veía en María la madre de Dios.
La substancia divina y
la substancia humana forman en el cuerpo de Cristo (persona en la terminología
antigua) [287] una unidad, designada por Cirilo con el término de ?§nvsiw [288].
Cuando el concilio de
Efeso hubo reconocido la «madre de Dios», celebróse en la ciudad de la famosa Diana una
verdadera fiesta orgiástica, en el sentido antiguo [289]. Pero ya antes había anunciado
el sirio Apollinaris la concepción meridional: en el Cristo viviente no sólo hay
una sola persona, sino una sola substancia. La substancia divina se ha transformado, pero
no se ha mezclado con una substancia humana (no es una krsiw, como afirmaba
contra él Gregorio Nazianzeno; esta concepción monofisita se expresa perfectamentecosa
bien significativacon el concepto spinozista de una misma substancia
manifiesta en otro modo). Los monofisitas llamaron «Ídolo de dos caras» al
Cristo del Concilio de Calcedonia (451) donde el Occidente logró de nuevo imponer sus
puntos de vista. No sólo se separaron de la iglesia, sino que en Palestina y Egipto
provocaron sublevaciones sangrientas, y cuando bajo Justiniano las tropas persasmazdaítasllegaron
al Nilo, los monofisitas las saludaron como salvadores y libertadores.
El sentido último de
esta lucha desesperada, en que durante un siglo estuvieron frente a frente no conceptos
eruditos, sino almas de distintas comarcas, que querían salvarse en sus hombres, fue la
anulación en Oriente de lo hecho por San Pablo. Hay que sumergirse en lo más intimo
de las dos nuevas naciones, dejando a un lado los pequeños rasgos de la simple
dogmática, para comprender cómo la orientación del cristianismo hacia el Occidente
griego y su unión espiritual con la iglesia pagana, había llegado a su más alto punto
con el hecho de que el principe del Occidente fuese la cabeza suprema del cristianismo en
general. Para Constantino era evidente que la fundación paulina representaba al
cristianismo dentro de la pseudomórfosis; los judeocristianos de la dirección de San
Pedro eran para él una secta herética y los cristianos orientales de la dirección de
San Juan no fueron por él ni notados siquiera. Cuando el espíritu de la pseudomórfosis
hubo asentado definitivamente, en su propio sentido, el dogma, merced a los
concilios decisivo de Nicea, Efeso y Calcedonia, entonces el mundo propiamente arábigo se
alzó con la fuerza de un elemento natural y trazó un limite entre aquel y este
cristianismo. Al término de la época primera de la cultura arábiga produjese la
división del cristianismo en tres religiones que podemos designar simbólicamente con los
nombres de Pablo, Pedro y Juan. Ninguna de ellas puede ser llamada la propia y verdadera,
si no queremos dejarnos llevar por prejuicios históricos y teológicos. Son tres naciones
en los tres territorios de la antigüedad, del mundo judío y del mundo pérsico. Y se
sirven cada una de ellas del idioma imperante en esas tres comarcas: el griego, el arameo
y el pehlewi.
14
Desde el concilio de
Nicea la iglesia oriental se había organizado en una constitución episcopal con el catholicos
de Ctesifon a la cabeza, con sus propios concilios, su propia liturgia y su propio
derecho. En 486 la teoría nestoriana fue admitida como obligatoria. Quedaba rota la
unión con Bizancio. A partir de este momento los mazdaítas, maniqueos y nestorianos
viven un sino común, que ya está en germen en la gnosis bardesánica. En la iglesia
monofisita del Sur, el espíritu de la comunidad primitiva reluce y se expande de nuevo.
Con su rígido monoteísmo y su iconoclastia hállase muy próxima al judaísmo talmúdico
y, como ya lo hacia prever el grito de eåw yeñw; [290] (un solo Dios), forma con
él el punto de partida del Islam. La iglesia occidental permaneció unida al sino del
imperio romano, esto es, de la iglesia convertida en Estado. Fue poco a poco
incorporándose los fieles de la iglesia pagana. Su importancia reside desde ahora no en
ella misma, sino en la casualidad de que los pueblos jóvenes de la nueva cultura
occidental tomaran de ella. el sistema cristiano, como base para una nueva
creación [291] y lo tomaran en la acepción latina del Occidente extremo, acepción que
ya para la misma iglesia griega carecía de sentido. Pues Roma era entonces una ciudad
griega y el latín era hablado más en África y en Galia que en Roma.
Desde un principio
manifestóse activo el elemento esencial de toda nación mágica, esto es, una existencia
que consiste en extensión. Todas esas iglesias practicaron el proselitismo y lo
practicaron con energía y éxito poderoso. Pero sólo cuando llegaron los siglos en que
la idea del fin del mundo quedó relegada a la lejanía; cuando el dogma quedó construido
y habilitado para una larga existencia en esta cueva cósmica; cuando el grupo de las
religiones mágicas llegó a precisar el punto y problema de la substancia, sólo entonces
tomó la expansión ese ritmo apasionado que caracteriza la cultura mágica, a distinción
de todas las demás, y que halló su último y más impresionante ejemplo bien que
no el únicoen la propagación del Islam. Los teólogos e historiadores occidentales
dan una idea muy falsa de este hecho imponente. Fija la mirada en las comarcas del
Mediterráneo, consideran tan sólo la evolución occidental que se compadece con su
esquema de: Antigüedad, Edad media, Edad moderna, y aun en esa evolución no atienden
sino al Cristianismo, que suponen uno, y que para ellos pasa en un determinado tiempo de
la forma griega a la forma latina, quedando el resto griego fuera del campo visual.
Pero ya antes la iglesia
pagana había emprendido una tarea que no es suficientemente estimada en su importancia
real y que no es reconocida en su verdadero aspecto de labor misionera. La mayor
parte de las poblaciones del Norte de África, España, Galia, Bretaña y las situadas a
lo largo del Rin y del Danubio fueron conquistadas para el culto sincretístico. De la
religión druídica que César halló en Galia, quedaban ya poquísimos restos en la
época de Constantino. La identificación de las divinidades locales, indígenas, con los
nombres de las grandes deidades mágicas de la iglesia sincretística, sobre todo
Mithra-Sol-Júpiter, tomó desde el siglo II el carácter de una propagación; y lo mismo
puede decirse de la extensión que fue adquiriendo el culto posterior al emperador. Las
misiones cristianas no hubieran sido en estas comarcas tan fecundas sí no les hubiese
precedido la otra iglesia, la iglesia pagana, tan afín al cristianismo. Y esa propaganda
de la iglesia pagana no se limitaba a los bárbaros. Todavía en el siglo V el misionero
Asklepiodoto convirtió del cristianismo al paganismo a la ciudad caria de Afrodisia.
Ya hemos visto que los
judíos propagaron con gran éxito su doctrina hacia el Sur y el Oriente. Por la
Arabia del Sur llegaron hasta el África central quizá antes o poco después del
nacimiento de Cristo. En el siglo II se hallan rastros suyos en China. En el Norte, el
reino de los khazares, con la capital Astrakán, convirtióse más tarde al judaísmo. De
allí penetraron en el interior de Alemania mongoles judíos que, en 955 fueron vencidos
con los húngaros. En 1000, los sabios judíos de las grandes escuelas hispanoárabes
rogaron al emperador de Bizancio que diese su protección a una embajada para preguntar a
los khazares si eran descendientes de las perdidas tribus de Israel.
Los mazdaítas y los
maniqueos recorrieron los dos imperios, romano y chino, desde el Tigris hasta los extremos
límites.
El persismo, bajo la
forma de culto a Mithra, llegó hasta la Bretaña. La religión maniquea había sido un
peligro para el cristianismo griego, en 400; existían sectas maniqueas en el sur de
Francia todavía en la época de las Cruzadas. Ambas religiones llegaron simultáneamente
hasta Chantung, a lo largo de la muralla de China, en donde la gran inscripción
políglota de Kara Balgassun anuncia la introducción de la fe maniquea en el reino de los
Uiguros. En el centro de China surgen templos pérsicos al fuego; desde 700 aparecen
expresiones pérsicas en los libros de astrología chinos.
Las tres iglesias
cristianas siguen estas huellas. Cuando la iglesia occidental convierte al rey franco
Clodoveo (496) llegaban las misiones de la iglesia oriental hasta Ceilán y hasta las
guarniciones chinas al término occidental de la gran muralla.
Y la iglesia del Sur se
propagaba en el reino de Axum. Cuando con Bonifacio (718) Alemania fue convertida, estaban
ya los misioneros nestorianos muy próximos a ganar el centro de la China. En 638 se
establecieron en Chantung. El emperador Gaodsung (651-684) mandó levantar iglesias en
todas las provincias; en 750 se predicó el cristianismo en el palacio imperial.
En 781, según reza una
columna conmemorativa de Singanfu, con inscripciones chinas y arameas, «toda China se
cubrió de palacios de concordia». Y es altamente significativo el hecho de que, en
cuestiones religiosas, los confucianos experimentados considerasen a los nestorianos,
mazdaítas y maniqueos como fieles de una única religión «pérsica» [292]; del mismo
modo como las poblaciones de las provincias romanas occidentales no distinguían
claramente entre Cristo y Mithra.
Debe ser considerado el
Islam como el puritanismo de todo este grupo de religiones mágicas, aunque aparece en la
forma de una religión nueva en el territorio de la iglesia meridional y del judaísmo
talmúdico. En esta honda significación, y no sólo en la potencia del ímpetu guerrero,
reside el secreto de su fabuloso éxito. Aun cuando por motivos políticos practicó una
tolerancia extraordinariael último gran dogmático de la iglesia griega, Juan
Damasceno, fue, bajo el nombre de Almanzor, tesorero del Califa, sin embargo, bien
pronto se incorporaron casi completamente a él el judaísmo, el mazdaísmo y las iglesias
del Sur y del Este. El catholicos de Seleucia, Jesuyabh III, plañe porque de
buenas a primeras diez mil cristianos se han pasado al Islam; y en el África del Norte,
en la patria de San Agustín, la población entera se hizo musulmana. Mahoma murió en
639. En 641 todo el territorio de los monofisitas y nestorianos y por tanto del Talmud y
del Avesta habían entrado en el islamismo. En 712 el Islam se halla frente a
Constantinopla y la iglesia griega corrió el peligro de desaparecer. Ya en 628 un
pariente de Mahoma ofreció obsequios al emperador chino Tai Dsung y obtuvo permiso para
establecer misiones.
Desde 700 hubo mezquitas
en Chantung y en 720 envió Damasco a los árabes establecidos en el sur de Francia la
orden de conquistar la Franquilandia. Dos siglos más tarde, cuando en Occidente surgía
un nuevo mundo religioso sobre los restos de la iglesia occidental, ya el Islam estaba
establecido en el Sudán y en Java.
Pero el Islam significa
tan sólo un trozo de historia externa de la religión. La historia interna de la
religión mágica llega a su término con Justiniano; como la de la religión fáustica
acaba en Carlos V y el concilio de Trento. En cualquier libro sobre historia religiosa
puede leerse que «el» cristianismo ha conocido dos épocas de grandes movimientos
ideológicos [293], de 0-500 en Oriente y de 1000-1500 en Occidente. Pero estas dos
épocas son justamente las dos primaveras de las dos culturas y actúan igualmente en
la evolución religiosa de las religiones no cristianas de esas dos culturas. No fue
Justiniano, como suele decirse, el que puso término a la filosofía antigua cerrando la
escuela de Atenas (529). Hacía ya muchos siglos que no existía filosofía antigua.
Justiniano puso término a la teología de la iglesia pagana cuarenta años antes
del nacimiento de Mahoma. Y también acabó con la teología cristianay esta
adición suele olvidarsecerrando las escuelas de Antioquia y Alejandría. La
doctrina estaba ya hecha; como hecha estaba ya también en Occidente, cuando se verificó
el concilio de Trento (1564) y la confesión de Augsburgo (1540). Con el Estado y el
espíritu extínguese también la fuerza creadora de la religión. Hacia 500, el Talmud
está concluso. En 529 la reforma de Mazdak en Persia, reforma que, de modo bastante
semejante al de los anabaptistas occidentales, rechazaba toda vida matrimonial y toda
posesión, fue sostenida por el rey Kobad I contra el poderío de la iglesia y de las
estirpes nobles; pero Chosru Nuschirvan la reprimió en sangre. La doctrina del Avesta
estaba ya definitivamente establecida.
Notas:
[147] Véase p. 236 y ss., y 247 y ss.
[148] Formaban menos de la centésima parte de la población total.
[149] Hay que advertir que la comarca originaria de la cultura babilónica,
el viejo Sinear, carece de importancia en los acontecimientos subsiguientes. La cultura
arábiga se desarrolla en la comarca que está al norte, no al sur de Babilonia.
[150] Esta observación es importante también para las literaturas de
Occidente. La literatura alemana está escrita en parte en latín; la inglesa tiene partes
en francés.
[151] V. Wollner, Üntersuchungen über die Volksepik der Grossrussen
[Investigaciones sobre la épica popular de los rusos], 1879.
[152] Schiele, Die Religión in Geschichte und Gegenwart [La religion
en la historia y en el presente], 1, 647.
[153] Bent, The sacred City of the Ethiopians (Londres, 1893, p. 134
y ss., sobre las ruinas de Jeha, cuyas inscripciones arábigas sitúa Glaser en los siglos
VII-V antes de Jesucristo. D. H. Müller, Burgen und Schlösser Südarabiens [Burgos y
castillos de la Arabia meridional], 1879.
[154] Grimme, Mohammed, p. 26 y ss.
[155] Deutsche Aksum-Expedition [Expedición alemana a Axum]. 1913.
Tomo II.
[156] De Persia va un antiquísimo camino por los estrechos de Ormus y
Bab-el-Mandeb por Arabia meridional a Abisinia y el Nilo. Esta vía migratoria tiene más
importancia histórica que la septentrional por el istmo de Suez.
[157] Grimme, p. 43; reproducción de las enormes ruinas de Gomdan p.81.
Véase también las reconstrucciones en la obra alemana sobre Axum.
[158] Brockelmann, Geschichte der arabische Litteratur [Historia de
la literatura árabe], p. 34.
[159] Roth, Sozial-und Kulturgeschichte des byzantinischen Reiches
[Historia de la sociedad y cultura en el Imperio bizantino], p. 15.
[160] Delbrück, Gesch. der Kriegskunst [Historia del arte militar], II
P.232.
[161] Ges. Schriften [Escritos varios}, IV, p. 532,
[162] V. Domaszewski, Die Religión des röm. Heeres [La religión del
ejército romano], p. 49.
[163] Buccelarii. Delbrück, II, p. 354.
[164] Guerra, de los godos, IV, 26.
[165] Lo cual no quiere decir «que no existan». Quien en la denominación
de «verdadero Dios» incluya el sentido fáustico-dinámico, yerra y desconoce el
sentimiento mágico del universo. La idolatría, que se combate, supone la plena realidad
de los ídolos y los demonios. Los profetas israelitas no han pensado nunca en negar a
Baal; de igual modo Mithra e Isis para los primitivos cristianos, Jehovah para Marción,
Jesús para los maniqueos, son potencias demoníacas, pero enteramente reales.
Sí se dice que «no se debe creer en ellas», se dice algo que para el
sentimiento mágico carece de sentido; lo que no debe hacerse es dirigirse
a ellas. Esto es, según una terminología en vigor desde hace tiempo, no
monoteísmo, sino henoteísmo.
[166] Schürer, Geschichte des jüdischen Volkes im Zeitalter
Jesuchristi [Historia del pueblo judío en tiempos de Jesucristo], III, p. 409.
Wendland Die hellenistisch-römische Kultur [La cultura helenístico
romana], p. 192.
[167] Por eso el sincretismo aparece como mezcolanza informe de todas las
religiones imaginables. Pero nada es más falsa que esto. La morfogénesis va primero de
Oeste a Este, y después de Este a Oeste.
[168] J. Geffcken, Der Ausgang des griechisch-römischen Heidentums [La
decadencia del paganismo grecorromano], 1920, p. 192 y ss.
[169] Geffcken, p. 131.
[170] Geffcken, p. 292, nota.
[171] Res ipsa, quae nunc religio christiana nuncupatur, erat apud
antiquus nec defecit ab initio generis humani, qousque Christus veniret in carnem. Unde
vera religio, quae jam erat, coepit appellari christiana (Retractationes, 1, 13).
[172] También el nombre de los caldeos designa antes de la época persa un
grupo étnico y después una comunidad religiosa.
[173] A. Bertholet. Kulturgeschichte Israels. [Historia
de la cultura israelita], 1919, p. 253.
[174] Según W. Jackson, Zoroaster, 1901.
[175] La religión caldea es, como la talmúdica, uno de los puntos
que más ha descuidado la historia de las religiones. Toda la atención de los
investigadores se dirige hacia la religión de la cultura babilónica, considerando a la
caldea como una resonancia posterior. Pero esta actitud excluye de antemano toda posible
comprensión. El materia! se encuentra disperso, sin divisiones fundamentales, en todas
las obras que tratan de la religión asirio babilónica (H. Zimmern, Die
Keilinschriften u. d. alte Testament [Las inscripciones cuneiformes y el Antiguo
Testamento]. Gunkel Schöpfung und Chaos [Creación y Caos]; M. Jastrow, C.
Betzold, etc.). Por otra parte, Bousset, Hauptprobleme der Gnosis [Problemas
fundamentales de la gnosis] supone el punto ya investigado.
[176] Betzold ha visto claramente que la ciencia caldea representa algo
nuevo frente a los ensayos babilónicos (Véase su libro: Astronomía, Himmelschau und
Astrallehre bei den Babyloniem) [Astronomía, observación celeste y doctrina astral de
los babilónicos], 1911, p. 17 y ss. El resultado fue elaborado luego por algunos
sabios de la antigüedad, según sus métodos peculiares, como matemática aplicada, esto
es, sin el menor sentido de la lejanía.
[177] J. Hehm, Hymnen una Gebete an Marduk [Hymnos y oraciones a
Marduk], 1905.
[178] Los caldeos y los persas no necesitaban demostrárselo; habían
vencido al mundo por su dios. Pero los judíos tuvieron que agarrarse a su literatura, la
cual, a falta de pruebas efectivas, fue convertida en una prueba teórica. Esta propiedad,
única de su género, debe su origen, en última instancia, al sentimiento del propio
menosprecio, sentimiento que amenazaba de continuo invadirles.
[179] Glaser, Die Abessinier in, Arabien und Afrika, 1895, p. 124.
Glaser está convencido de que han de encontrarse aquí importantísimas inscripciones
cuneiformes abisinias, en pehlewi y en persa.
[180] Este «rey del destierro» era en el imperio persa una personalidad
revestida de gran autoridad e influencia política. El Islam fue quien lo suprimió más
tarde.
[181] Tal confusión cometen la teología cristiana y la teología judaica.
La única diferencia entre éstas consiste en que interpretan de distinto modo la
literatura israelita que posteriormente elaboraron los judíos en Judea; la teología
cristiana la orienta hacia los Evangelios y la judaica hacia el Talmud.
[182] Pero un fariseo lo ha estropeado, añadiéndole los capítulos
XXXII-XXXVII.
[183] Cap. XL y ss.
[184] Si es exacta la hipótesis de un profetismo caldeo, paralelo al de
Isaias y Zaratustra, hay que admitir que es ese profetismorepresentante de una
religión astral joven, muy afín y contemporánea a éstas, y no la religión
babilónica, quien dio al Génesis sus leyendas notablemente profundas acerca de la
creación, como la religión persa es quien le dio las visiones del fin del mundo.
[185] S. Funck, Die Entstehung des Talmuds [El origen del Talmud],
1919, p. 106.
[186] E. Sachau, Aram. Papyrus und Ostraka aus Elefantine [Papiros y
óstraca arameos de Elefantina], 1911,
[187] Josefo, Antiqu., 13, 10.
[188] Como, por ejemplo, la Iglesia católica sentiría profundamente la
destrucción del Vaticano.
[189] Véase p. 102.
[190] Schiele, Die Religión in Gesch. und Gegenwart [la religión en la
historia y en el presente], III, 812, cambia los nombres de las dos últimas; pero
esto no altera en nada el fenómeno.
[191] Bousset, Rel. d. Jud., p. 532.
[192] Baruch, IV, Esra, el texto primero de la revelación de Juan.
[193] Así, por ejemplo: el libio da los naassenos (P. Wendland, Hellenist.
röm. Kultur [Cultura helenisticorromana],-p. 177 y ss.), la Liturgia de Mithra
(editado por Dieterich), el Poimandres hermético (editado por Reitzenstein), las Odas
de Salomón, las Historias de los apóstoles, de Tomas y Pedro; la Pistis
Sophia, etc., los cuales aun suponen otros más primitivos entre 100-200 de
Jesucristo.
[194] Como no lo es el libro de Dostoyevski, Sueño de un hombre
ridículo.
[195] Las perspectivas más importantes sobre este mundo de las
representaciones mágicas primitivas .las debemos a los hallazgos de los manuscritos de
Turfán, que desde 1903 se encuentran en Berlín. Con esto queda anulada definitivamente
la errónea preponderanciaaumentada todavía más por los papiros egipciosque
en nuestros conocimientos y sobre todo en nuestras apreciaciones han tenido los materiales
occidentales helenísticos. Las opiniones anteriores quedan, pues, radicalmente cambiadas.
Ahora, por fin, recobra toda su importancia el Oriente genuino, casi intacto, con las
Apocalipsis, los hymnos, las liturgias, los libros de edificación de persas, mandeos,
maniqueos y otras numerosísimas sectas. El cristianismo primitivo se sitúa así en el
circulo a que debe su origen interno. (Véase: H. Luders, Sitz.
Berl. Akad. [Actas de la. Academia de Berlín], 1921, y R.
Reitzenstein, Das, iranische ErIösungsmysterium [El misterio irónico de la
salvación], 1921.
[196] Lidzbarski, Das Johawnesbuch der Mandäer [El «libro de Juan» de
los mandeos], c. 66. Véase también W. Bousset, Hauptprobleme der Gnosis
[Problemas fundamentales de la gnosis], 1907; Reitzenstein, Das mandäische buch
des Herrn der Grösse [El Iibro mandeo del Señor de la Grandeza], 1919, que es un
Apocalipsis poco más o menos contemporáneo de los más antiguos Evangelios. Sobre los
textos del Mesías, de los descensos al infierno y los cantos de los muertos: Lidzbarski, Mandäiscke
Liturgien [Liturgias mandeos], 1920, y el libro de los muertos (sobre todo el segundo
y tercer libro del Genza izquierda) en Reitzenstein, Das irán. ErIösungsmysterium [El
misterio iránico de la salvación], siguen sobre todo p. 43 y ss.
[197] V. Reitzenstein, p. 124 y la bibliografía citada por él.
[198] En el Nuevo Testamento, que recibe su redacción definitiva en
territorio de pensamiento occidental y antiguo, la religión mandea y en ella la secta de
los secuaces de Juan, no es ya comprendida, como en general parece haberse olvidado todo
lo oriental. Pero además existe una sensible hostilidad entre la comunidad de Juan, muy
extendida por entonces, y los cristianos primitivos (Apóstoles 18-19. V. Dibelius, Die
urchrisliche Uberlieferung von Johannes der Täufer [La tradición cristiana primitiva
sobre Juan el bautista]). Los mandeos han rechazado el Cristianismo más tarde tan
violentamente como el judaísmo. Para ellos, Jesús era un falso Mesías, y en su Apocalipsis
del Señor de la Grandeza anunciando la venida de Enosch.
[199] Según Reitzenstein, das Buch das Herrn der Grösse [El libro del
Señor de la Grandeza], p. 65, fue condenado en Jerusalén como
secuaz de Juan. Según Lidzbarski (Mand. Lit.,
1920, XVI) y Zimmern (Zeitzch. d. D. Morg. Gesellschoft
[Revista de la Sociedad oriental], 1920, p. 429) la expresión Jesús el nazareno o
nasorenoque más tarde refirió la comunidad cristiana a Nazaret (Mateo, 2, 25, con
su inexacta cita) Índica que pertenecía a una orden mandea.
[200] Por ejemplo, Marcos, 6 y la gran mutación de Marcos, 8, 27 y
ss. No hay otra religión de cuya época germinante se hayan conservado trozos tan
sinceramente y cordialmente informativos.
[201] Como en Marcos 1, 35 y ss., donde se levanta de noche y busca un
lugar solitario para recobrar fuerzas con la oración.
[202] La actitud que toma este libro es histórica. Reconoce, pues, la
contraposición como un hecho. En cambio, la actitud religiosa necesariamente ha de
considerarse como la verdadera, rechazando la otra por falsa.- Esta
discrepancia no tiene superación posible.
[203] Por eso el pasaje de Marcos, 13, que procede de un libro todavía
más viejo, es acaso el más genuino ejemplo de un diálogo, como los que Jesús a diario
mantenía. San Pablo (I Thess, 4, 15-17) cita otro que no se encuentra en los Evangelios.
Entre ellos se cuentan las referencias inapreciables de Papias, quien hacia 140 pudo
reunir una provisión de buenas tradiciones orales. Pero los investigadores, que se dejan
dominar por el tono de los Evangelios, no las estiman en su verdadero valor. Lo poco que
se conserva de la obra de Papias basta para dar a conocer el contenido apocalíptico de
las conversaciones diarias de Jesús; el pasaje de San Marcos, 13, y no el «Sermón de la
montaña», revelan el verdadero tono de los coloquios. Pero cuando su doctrina se
hubo convertido en la doctrina de El. ese material de sus discursos se trasladó a
las referencias de su aparición y venida al mundo. En este único punto, la imagen de los
Evangelios es, necesariamente, falsa.
[204] Jesús mismo estaba enterado de esto, como aparece en San Mateo, 24,
5 y 11.
[205] La denominación de Mesías (Christus) es judía; las denominaciones
de Señor (kæriow, divus) y Salvador (svt®r, Asclepios) proceden de
la región oriental aramea. Dentro de la seudomórfosis. Cristo se convierte en el
nombre y Salvador en el título de Jesús. Ahora bien; Señor y Salvador eran
ya de antes los títulos del culto helenístico al emperador.
He aquí el sino todo del Cristianismo en su orientación hacia Occidente.
(V. Reitzenstein, Das irán. Erlös. Myst, [El misterio irónico de la salvación],
p. 133, nota.
[206] Hechos de los apóstoles, 15; Gal., 2,
[207] Hechos, 1, 14; véase Marcos, 6,
[208] Mateo defiende esta concepción frente a Lucas. Es el único
Evangelio en que aparece la palabra ecclesia en el sentido de los verdaderos judíos y
frente a la masa que no quiere escuchar la llamada de Jesús. Esto no es misión, como
Isaías no tiene sentido alguno de misión.
La comunidad significa aquí una orden interna al judaísmo. (Los preceptos
18, 15-20 son incompatibles con una propagación universal.)
[209] Más tarde se dividió también en sectas, entre las cuales los
Ebionitas y los Elkesaitas (con un extraño libro sacro, el Exai: Bousset, Hauptprobleme
des Gnosis [Problemas principales de la gnosis], p. 154.
[210] En los Hechos de los Apóstoles y en todas las cartas de San
Pablo son atacadas dichas sectas. No había religión o filosofía, antigua y aramea, que
no viese formarse en su seno una especie de secta de Jesús.
El peligro era seguramente grande de que la Pasión se convirtiese no en el
núcleo de una doctrina nueva, sino en elemento integrante de todas las doctrinas
presentes.
[211] Pablo las conocía muy bien. Muchas de sus más íntimas intuiciones
son inimaginables sin anteriores impresiones persas y mandeas; por ejemplo: Romanos, 7,
22-24; I Corintios, 15, 26; Efesios, 5, 6 y ss., con una cita de origen persa (V.
Reitzenstein, Das irán. Erlös. Myst. [El misterio iránico de la salvación] p. 6
y 133 y ss. Pero esto no demuestra una familiaridad con la literatura pérsico-mandea.
Todas esas historias circulaban por entonces como entre nosotros las leyendas y cuentos
populares. Los niños las oían contar y no se sabia bien lo profundamente que
arraigaban en las almas.
[212] Las primeras misiones de Oriente han sido muy poco investigadas y es
difícil todavía establecerlas en detalle, Sachau, Chronik von Arbela [Crónica de
Arbela], 1915. Sachau, Die Ausbreitung des Christentums in Asien [La propagación
del cristianismo en Asia], artículo en Actas de la Academia prusiana, 1919. Harnack, Misión
und Ausbreitung des Christentums [Misiones y propagación del Cristianismo], II, p.
117 y ss.
[213] Los investigadores que, en estilo harto erudito, discuten sobre
un Marcos primario, una fuente más antigua de los doce, etc., olvidan que
aquí lo esencialmente nuevo es que San Marcos representa el primer «libro» del
Cristianismo, un libro escrito según un plan y con un sentido de conjunto. Tales obras no
son nunca el resultado natural de una evolución, sino el mérito de un hombre solo, y
ésta de que hablamos representa sin duda un recodo de la historia.
[214] Propiamente San Marcos es El Evangelio. Después de San Marcos
vienen las obras partidistas, como San Lucas y San Mateo: el tono del relato se
convierte en éstas en tona de leyenda y va a parar a las novelas de Jesús (como los
Evangelios de Pedro y Jacobo) pasando por el evangelio de Juan.
[215] Si se emplea la voz católico en su sentido más antiguo (Ignacio ad
Smyrn. 8): la comunidad universal como suma de las comunidades culturales, entonces
ambas iglesias son «católicas». En Oriente esa palabra carece de sentido. La
Iglesia nestoriana no es una suma, como no lo es la pérsica; es una unidad mágica.
[216] Ed. Meyer, Ursprung und Anfänge des Christentums [Origen y
comienzos del Cristianismo}, 1921, p. 77 7 ss.
[217] Hacia 85-155, véase Harnack, Marcion: das Evangelium vom fremdem
Gott [Marción, el Evangelio del Dios extraño], 1921.
[218] Harnack, op. cit., p. 136 y ss. N. Bonwetsch, Grundriss der
Dogmengeschichte [Manual de historia dogmática], 1919, p. 45 y s.
[219] Uno de los más profundos pensamientos de toda la historia religiosa,
pensamiento que por siempre resultará incomprensible al hombre común piadoso, es éste
de Marción que equipara lo «justo» con el mal y, en este sentido contrapone la ley del
Antiguo Testamento al Evangelio del nuevo.
[220] Hacia 150. V. Harnack, op. cit., p. 32 y ss.
[221] Sobre los conceptos de Corán y Logos se hablará después. Sucede en
esto, como en San Marcos, que la cuestión más importante no es la de sus bases previas,
sino la de como pudo surgir la idea novísima de tal libro, que se anticipa y hace posible
el plan marciónico de formar una Biblia cristiana. El libro supone un gran movimiento
espiritual (¿en Asia menor oriental?) que casi no tiene noticias de los judeocristianos y
aun está muy alejado del mundo de las ideas paulinas-occidentales.
Pero nada sabemos de su lugar y de su índole.
[222] Vohu mano el espíritu de la verdad, en la figura del
Saoshyant,
[223] También Bardesanes y el sistema de los Hechos de Tomás andan cerca
de Mani y de «Juan».
[224] Harnack, op. cit., p. 40. La ruptura con la
Iglesia tuvo lugar en 144 en Roma.
[225] Harnack, op. cit., p. 181 y ss.
[226] Como toda religión mágica, tenían su escritura propia, que fué
haciéndose cada vez más semejante a la de los maniqueos.
[227] Mateo, II, 25 y ss. Véase Ed. Meyer, Urspr.
u. Anf. d. Christ. [Origen y comienzos del Cristianismo],
p. 286 y ss., donde se descubre la forma vieja y oriental de la gnosis, su forma
auténtica.
[228] Más adelante hablaremos de él.
[229] Un ejemplo típico en Gal. 4, 24-26.
[230] Loafs, Nestoriana, 1905, p. 165 y ss.
[231] La mejor evolución de los pensamientos comunes a ambas iglesias se
encuentra en Windelband, Gesch. d. Philosophie [Historia de la filosofía], 1900,
p. 177. Una exposición de la historia de los dogmas en la iglesia cristiana nos da
Harnack, Dogmengeschichte [Historia de los dogmas], 1914. La historia de los dogmas
de la iglesia pagana nos la ofreceinconscientementeGeffken en su libro Der
Ausgang der griechisch römischen Heidentums [ Final del paganismo greco-romano],
1920.
[232] V. Geffken, op. cit., p. 69.
[233] Harnack, Dogmengeschichte [Historia de los dogmas], p. 165.
[234] Véase 1ª parte, c. III.
[235] Según una expresión de L. Frobenius, Paideuma, 1920, p. 30.
[236] Las piedras de las almas, en los sepulcros judíos, sabeos e
islámicos, se llaman también nephesch. Son evidentemente símbolos del movimiento
hacia arriba. A éstas pertenecen las enormes estelas de pisos en Axum, de los siglos
I-III después de Jesucristo, es decir, de la gran época de las religiones primitivas
mágicas. La estela gigantesca, caída ya desde hace tiempo, es el monolito más grande
que conoce la historia del arte; es mayor que todos los obeliscos egipcios (Deutsche
Aksum-Expedition, t. II, p. 28 y ss.).
[237] En ella descansa la idea y la práctica del derecho mágico. (Véase
p. 106.)
[238] Isaías, 33, 15; IV Esra, 14, 39; Hechos de los Apóstoles, 2.
[239] Reitzenstein, Das irán. Eslösungsmysterium [El misterio iránico
de la salvación], p. 108.
[240] Bousset, Kyrios Christos, p. 142.
[241] Windelband, Gesch. d. Phil. [Historia de
la Filosofía]; Windelband-Bonhöffer, Gesch. d. antiken Phil. [Historia de la
filosofía Antigua], 1912, p. 328; Gefcken, Der Ausgang des griechisch-römischen
Heindentums [Final del paganismo greco-romano], 1920, p. 51.
[242] Jodl, Gesch. d. Ethik. [Historia de la
ética] 1, p. 58.
[243] M. Horten, Die religiöse Gedankenwelt des Volkes im heutigen
Islam [Las ideas religiosas del puebla en el Islam actual], 1917, p. 381.
Los schiitas han trasladado a Ali la idea del logos.
[244] Wolff, Muhammedanische Eschatologie, 3, 2 y ss.
[245] El libro de Juan, de los mandeos, c. 75.
[246] Usener, Vorträge und Aufsätze [Discursos y artículos], p.
217.
[247] Los «adoradores del diablo» en Armenia: M. Horten, Der neue
Orient [El nuevo Oriente], 1018, marzo. El nombre procede de que no reconocen a Satán
como un ser y, por lo tanto, deducen el mal del logos mismo merced a complicadas
representaciones. El mismo problema ocupó a los judíos, bajo la impresión de muy viejas
doctrinas pérsicas.
Adviértase la diferencia entre II Sam., 24, 1 y 1 Cron., 21, 1.
[248] V. M. Horten, op. cit, p. XXI. Este libro es la mejor introducción
en la religión del Islam, tal como realmente subsiste, es decir, en una forma que difiere
notablemente de la concepción oficial.
[249] Baumstark, Die christliche Literaturen des Orients [Las
Literaturas cristianas de Oriente], 1, p. 64.
[250] Véase p. 291. La contemplación babilónica del cielo no distinguía
claramente entre los elementos astronómicos y atmosféricos, por ejemplo, consideraba
como «tiniebla» la ocultación de la luna detrás de las nubes. Para sus predicciones,
el cuadro del cielo sería sólo un punto de partida, como las entrañas de las
victimas. Pero los caldeos quisieron calcular de antemano el curso real de los
astros. Aquí, la astrología supone una verdadera astronomía.
[251] B. Cohn. Die Anfangsepoche des jüdischen Kalenders, Sitz. Pr. Akad. [La época inicial del calendario judío. Actas de la Academia de
Prusia], 1914. Por un eclipse total fue entonces calculada la fecha del primer día de
la creación, sirviéndose para ello naturalmente de la astronomía caldea.
[252] La totalidad del tiempo, según los persas, es 12.000 años. Para los
persas actuales el año 1920 es el 11550.
[253] M. Horten, Die Religiöse Gedankenwelt des Volkes im heutigen
Islam [Las ideas religiosas del pueblo en el Islam actual], p. XXVI.
[254] Gran laguna representa en nuestra investigación el no poseer ninguna
obra sobre la religiosidad antigua y su historia, ya que tantas tenemos sobre la religión
antigua y sobre sus dioses y cultos.
[255] «Es en verdad el remate y conclusión de la antigüedad cristiana,
su último y máximo pensador, su tribuno popular, el espíritu práctico en el orden
sacerdotal. Desde este punto de vista es como puede ser comprendido. Lo que de él hayan
hecho otros tiempos es ya cuestión distinta. Su espíritu peculiar que reúne la cultura
antigua, la autoridad episcopal y el misticismo más íntimo, no pudo ser continuado
porque los tiempos subsiguientes, en condiciones diferentes, tenían también problemas
distintos.» (E. Troeltsch, Agustín, die christliche Antike und das Mittelalter [San
Agustín, la, antigüedad cristiana y la Edad media], 1915, p. 7). Su fuerza consiste,
como la de Tertuliano, en que sus obras no fueron traducidas al latín, sino pensadas
desde luego en este idioma sacro de la Iglesia occidental. Esto es lo que excluye a
ambos de los límites del pensamiento arameo. Véase más arriba, p. 320.
[256] Inspiratio bonae voluntatis (De corr. et grat. ). «Buena
voluntad» y «mala voluntad» son dos substancias opuestas en sentido dualista. En
cambio, para Pelagio, es la voluntad una actividad sin cualidad moral. Lo que se
quiere es lo que tiene la propiedad de ser bueno o malo y la gracia de Dios
consiste en la possibilitas utriusque partis, en la libertad de querer esto o
aquello. Gregorio I ha traducido la teoría de San Agustín al idioma fáustico,
enseñando que Dios había condenado a ciertos hombres porque preveía en ellos la mala
voluntad.
[257] En Spinoza se descubren todos los elementos de la metafísica
mágica, por mucho que se haya esforzado en substituir las representaciones
arábigo judías de sus maestros españoles, sobre todo Moisés Maimónides, por las
representaciones occidentales del barroco primero.
El espíritu del hombre individual no es para él un yo, sino sólo un modo
del atributo divino, de la cogitatio ( = pneuma). Spinoza protesta contra
representaciones tales como «voluntad de Dios». Dios es pura substancia y en vez
de nuestra causalidad dinámica en el todo, descubre Spinoza sólo la lógica de la cogitatio
divina. Todo esto se encuentra también en Porfirio, en el Talmud, en el Islam y
resulta completamente ajeno a pensadores fáusticos como Leibnitz y Goethe. (Allgem.
Gesch. d. Philos. in «Kultur der Gegenwart» [Historia general de la
filosofía en la «Cultura del presente»], I. Véase p. 484. Windelband.
[258] «Bueno» es, pues, aquí una estimación de valor y no una
substancia.
[259] La época en que aparece el libro de Job corresponde, en la cultura
arábiga, a la época carolingia de nuestra cultura occidental. ¿Prodújose en Occidente
entonces algún poema de igual rango? No lo sabemos. Pero la posibilidad de que ello
sucediera está demostrada en creaciones como el Voluspa, el Muspilli, el Heliand y el
mundo ideológico de Juan Scoto.
[260] La relación con el Islam ha sido ya notada hace tiempo. Véase
Bertholet, Kulturgesch. Israels [La historia
de la cultura israelita], p.242.
[261] Horten, op. cit, p, XII.
[262] Véase p. 99.
[263] No es necesario decir que la Biblia, en todas las religiones del
Occidente germánico, guarda con la fe una relación bien distinta; a
saber; la de un documento en sentido histórico, aun en los casos en que se
cree que es una obra inspirada y, por tanto, sustraída a toda critica filológica. Igual
es la relación en que el pensamiento chino se halla ante sus libros canónicos.
[264] De Maní, equiparado al logos de San Juan. Véase también
Jascht, 13, 31; el alma luminosa de Ahura Mazda es la palabra.
[265] Así ?ley¡ia, aleteia, la verdad, en el Evangelio de
San Juan. Drug (mentira) es usado en la cosmología pérsica para designar a
Ahriman. Ahriman aparece muchas veces como siervo de la mentira.
[266] Sura, 96; véase también la 80, 11 y 85, 21, donde, con referencia a
otra visión, dice: «Este es un magnífico corán sobre una talla conservada.» Lo
mejor sobre este punto ha sido escrito por Ed. Meyer. Geschichte der Mormonen [Historia
de los mormones], p. 70 y ss.
[267] El hombre antiguo, cuando cae en estados de excitación corpórea,
adquiere la facultad de anunciar el futuro. Pero todas estas visiones son iliterarias. Los
antiguos libros sibilinos, que no tienen nada que ver con los escritos cristianos
posteriores del mismo nombre, no pretenden ser otra cosa que una colección de oráculos.
[268] Véase p. 107.
[269] IV Esra, 14; S. Funk, Die Entstehung des Talmuds [Orígenes del
Talmud], p. 17; Hirsch, Kommentar su Exod, 25, 2.
[270] Funck, op. cit. p. 86.
[271] Por ejemplo, Ed. Meyer, Ursprung und Anfänge des Christentums
[Origen y comienzos del Cristianismo], p. 95.
[272] En el Occidente, los profetas, en este sentido, son Platón,
Aristóteles y, sobre todo, Pitágoras. Lo que podía retrotraerse a éstos era verdad.
Por eso la serie de los jefes de las escuelas fue adquiriendo cada vez mayor importancia y
muchas veces se empleó en fijarlao inventarlamás trabajo que en la historia
de la doctrina misma.
[273] Fromer, Der Talmud, p. 190.
[274] Solemos confundir hoy autor con autoridad. El pensamiento arábigo no
conoce el concepto de propiedad intelectual. Sería absurdo y pecaminoso, puesto que el pneuma
divino, único, es el que habla por boca del individuo. Sólo en este sentido es
autor el individuo; y lo mismo da que escriba él mismo u otro la revelación obtenida.
«Evangelio, según San Marcos», significa: Marcos garantiza la verdad de esta
nueva.
[275] Véase p. 107.
[276] En Vendidad, 19, 1, es Zaratustra tentado por el demonio.
[277] M. J. ben Gorion, Die Sagen der juden [Las leyendas
judías], 1913.
[278] Mani hubo de conocer muy exactamente por tradición oral la doctrina
que sirve de base al Evangelio de San Juan. También Bar Daisan (+ 254) y la Historia
de los Apóstoles, de Tomás, obra del círculo de Bar Daisan, hállanse muy lejos de
la doctrina paulina, desvío que en Mani se convierte en hostilidad acerba y en ]a
denominación del demonio malo que aplica al Jesús histórico. Aquí obtenemos una
vislumbre de la esencia del cristianismo oriental, casi subterráneo, despreciado por la
Iglesia de ]a pseudomórfosis que escribía en griego y que ha permanecido ausente, hasta
ahora, de la historia de la Iglesia. Pero del oriente asiático procedían igualmente
Marción y Montano; aquí surgió el libro de los naassenos, que en su fondo es pérsico,
pero que recibe sucesivas capas de judaísmo y cristianismo; más a Oriente todavía,
quizá en el claustro de Mateo, en Mossul, escribió hacia 340 Aphrahat aquellas extrañas
cartas de cuyo cristianismo riada dice la evolución occidental, desde Ireneo hasta
Atanasio. La historia del cristianismo nestoriano comienza realmente ya en el siglo II
[279] Las obras latinas, por ejemplo, de Tertuliano y San Agustín no
tuvieron influencia mientras no fueron traducidas a! griego. En la misma Roma, la lengua
propia de la Iglesia era el griego.
[280] El fraile fáustico vence su mala voluntad. El fraile mágico vence a
la substancia mala que hay en él. Sólo este último es dualista.
[281] Las reglas de purificación y alimentación que dan el Talmud y el
Avesta. penetran mucho más en la vida diaria que, por ejemplo, la regla benedictina.
[282] Asmus, Damaskios (Philos. Bibl.,
125, 1911). El anacoretismo cristiano es posterior al pagano. Véase Reitzenstein, Des
Athanasius Werk über das Leben des Antonius [La obra de Atanasio sobre la vida de
Antonio] (Sitz. Heid, Akad. [Sesiones de la Academia de Heidelberg], 1914, VIII, 12).
[283] Hasta la exigencia de 19, 12, seguida literalmente por Orígenes.
[284] Wissowa, Religión und Kultus der Römer [Religión y culto de los
romanos], p. 493; Geffchen, op. cit, p. 4 y 144.
[285] Un solo Dios.
[286] Es ésta también la base metafísica de la veneración cristiana a
las imágenes, que pronto va a empezar, y asimismo de la aparición de imágenes
milagrosas de Marta y de los Santos.
[287] Véase p. 88.
[288] Los nestorianos protestaron contra la María theotokos (madre
o engendradora de Dios), a la cual opusieron el Cristo theophoros (el Cristo
que lleva en sí a Dios). Aquí se manifiesta al mismo tiempo la profunda diferencia entre
una religiosidad iconólatra y una religiosidad iconoclasta.
[289] Adviértanse los problemas substancialistas en los libros
contemporáneos, escritos por Proclo sobre el doble Zeus, sobre la trinidad de pat®r,
dænamiw, nñhriw (padre, potencia, pensamiento), que son al mismo tiempo nohtñn
(pensado). V. Zeller, Philosophie der Griechen. V. 857 y ss. Verdadero Ave María es el hermoso himno de Proclo a Athenea;
«Si, empero, un mal paso de mi vida me envuelve en cadenas¡ay!, yo mismo sé cómo
voy de acá para allá empujado por muchas acciones profanas que en mi ceguera cometosé
para mí misericordia, tú, dulce, tú, salud de la humanidad, y no me dejes yacer en el
suelo presa de penas terribles, pues tuyo soy y seré.» (Hymnos
VII. Eudociae Aug. rel; A.
[290] Allah il Allah.
[291] Y asimismo los rusos, que harta ahora han conservado el tesoro sin
abrir.
[292] Hermann, Chinesische Geschichte [Historia china], 1912, p. 77.
[293] Una tercera época «correspondiente» a las otras dos se verificará
en la primera mitad del próximo siglo, en el mundo ruso.
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