Continuación del Capítulo IV
Problemas de la cultura Arábiga
C
PITAGORAS,
MAHOMA, CROMWELL
15
[1]
Religión
llamamos a la conciencia vigilante de un ser vivo en los momentos en que vence,
domina, niega y aun aniquila la existencia. La vida racial y el ritmo de sus instintos
tómanse pequeños y mezquinos ante la perspectiva inmensa del mundo dilatado, tendido,
iluminado; el tiempo cede ante el espacio. Extínguese el anhelo vegetativo hacia
el cumplimiento y se enciende, en cambio, el sentimiento animal del temor ante lo ya
acabado, ante la desorientación, ante la muerte. Las emociones religiosas fundamentales
no son odio y amor, sino temor y amor. El odio y el temor se diferencian como el tiempo y
el espacio, la sangre y la vista, el ritmo y la tensión; como lo heroico y lo santo. No
menos diferentes son el amor en sentido social, y el amor en sentido religioso.
Toda
religión tiene afinidad con la luz. El yo, centro luminoso, concibe la extensión
religiosamente como un mundo propio de los ojos. El oído y el tacto son coordenados a la
vista; y lo invisible, cuyos efectos rastrean los demás sentidos, se convierte en
el conjunto y cifra de lo demoníaco. Todo lo que designamos con las palabras deidad,
revelación, salvación, providencia, es de un modo o de otro un elemento de la realidad
iluminada. La muerte es para el hombre algo que el hombre ve y conoce viéndola; y
con respecto a la muerte, es el nacimiento el otro misterio. Nacimiento y muerte
son los hitos que limitan, para la vista, el cosmos sentido como vida de un cuerpo en el
espacio luminoso.
Existe
un profundo temor, conocido también por los animales, ante la libre movilidad del
microcosmos en el espacio; existe un profundo miedo al espacio mismo y sus
potencias, a la muerte. Existe, empero, otro miedo que teme por el torrente
cósmico de la existencia, por la vida, por el tiempo dirigido. El primero despierta la
obscura sospecha de que la libertad en la extensión es una dependencia nueva y más honda
que la dependencia vegetativa. Este miedo lleva al ser aislado, imbuido del sentimiento de
su debilidad, a buscar la proximidad y compañía de otros seres. El temor incita a
hablar, y toda religión es una especie de habla. El miedo al espacio crea los «numina»
del mundo como naturaleza, y los cultos a los dioses. En cambio, el miedo que
teme por el tiempo engendra los «numina» de la vida, de la generación,
del Estado, con su centro en el culto a los antepasados. Esta es la diferencia
entre tabú y tótem [2]; porque también el elemento totémico aparece
siempre en forma religiosa y se origina en un santo y respetuoso temor ante lo que
permanece sustraído y eternamente ajeno a toda intelección.
La
religión superior necesita de la vigilia tensa, con objeto de afirmarse frente a los
poderes de la sangre y de la existencia, que acechan en lo profundo para recobrar su
antiguo poderío sobre estos aspectos más jóvenes de la vida: «Velad y
orad, para que no caigáis en tentación.» Sin embargo, la palabra «salvación» es
fundamental en todas las religiones. Señala un deseo eterno de todo ser despierto. En
este sentido universal, casi prerreligioso, significa el anhelo de verse libre de los
terrores y suplicios de la vigilia, el afán de distender la tensión del pensamiento y de
la meditación angustiosa, el deseo de que se extinga y anule la conciencia del yo,
solitario en el universo, la conciencia de la sujeción rígida de toda naturaleza, la
conciencia de la visión dirigida a la indestructible frontera de todo ser: la vejez, la
muerte.
También
el sueño liberta y salva. La muerte misma es hermana del sueno. También el vino santo,
la embriaguez, rompe el rigor de las tensiones espirituales, y asimismo la danza, el arte
dionisiaco y toda clase de enajenación. Es la fuga, que elude la vigilia consciente, con
ayuda de la existencia, del elemento cósmico; es la huida del que escapa al espacio y
busca refugia en el tiempo. Pero más alta que todos estos recursos es la superación
religiosa del terror mediante la intelección misma. La tensión entre el
microcosmos y el macrocosmos se convierte en algo amado, en algo que puede ser seno
acogedor [3]. A este sentimiento damos el nombre de fe. Con él comienza
propiamente la vida humana del espíritu.
La
intelección es siempre causal, ya sea recogida o aplicada, ya sea extraída de la
sensación o no. No es posible distinguir entre intelección y causalidad; ambos vocablos
expresan lo mismo. Dondequiera que existe algo «real» para nosotros, vérnoslo y
pensárnoslo en forma causal, y nosotros mismos nos sentimos, y sentimos nuestra actividad
como una causa. Pero este establecimiento de causas es diferente en cada caso, no sólo en
la lógica religiosa, sino en la lógica inorgánica del hombre. A un mismo hecho se le
asigna ahora una causa, y en el momento siguiente otra. Cada especie de pensamientos tiene
un «sistema» para cada una de las esferas a que se aplica.
En
la vida diaria no sucede nunca que el mismo nexo causal vuelva a ser pensado exactamente
igual. Incluso en la física moderna hay hipótesis de trabajo, esto es. sistemas causales
que se usan simultáneamente, aunque en parte se excluyen, como las representaciones
electrodinámicas y termodinámicas. Y esto no contraría el sentido del pensamiento; pues
la «intelección» en la vigilia permanente se verifica siempre en forma de actos
singulares, cada uno de los cuales tiene su propia relación con la causalidad. Nuestro
pensamiento no puede realizar jamás esa idea, según la cual el mundo entero, considerado
como naturaleza, queda reducido a un solo encadenamiento de causas en relación a una
conciencias. Esa idea es objeto de fe; es incluso la fe misma, en su preciso sentido, pues
sobre ella descansa la intelección religiosa del universo, la cual, al percibir algo,
admite necesariamente la existencia de unos numina. Estas deidades son efímeras
cuando se trata de sucesos accidentales en que no se vuelve a pensar; pero son también
duraderas divinidades que moran acaso en manantiales, árboles, piedras, colinas,
estrellas, esto es, en determinadas localidades; o están presentes dondequiera, como las
divinidades del cielo, de la fuerza, de la sabiduría. No están limitadas sino por el
acto mental de pensarlas. Lo que es hoy propiedad de un dios, tórnase mañana en dios.
Otras son, ora una pluralidad, ora una persona, ora un algo indeterminado. Hay invisibles
figuras e ininteligibles principios que se revelan al favorecido por la gracia o se
ofrecen claros a su inteligencia.
El
sino [4] es en la antigüedad (eßmarm¡nh) y en la India (ría) algo
que como causa primaria se cierne sobre los dioses cuyas figuras son representables. Pero
el signo mágico es un efecto del Dios único, del Dios supremo y sin figura. El
pensamiento religioso se encamina siempre a distinguir en la serie de las causas órdenes
de valor y de rango, hasta llegar a los entes y principios supremos, que son las causas
superiores. La «voluntad de Dios» es la expresión que designa el más amplio de todos
los sistemas causales fundados en valoración. La ciencia, en cambio, es una intelección
que prescinde de toda diferencia de rango entre las causas; lo que la ciencia descubre no
son decretos de Dios, sino leyes.
La
inteligencia de las causas es salvadora. La fe en los nexos descubiertos calma el terror
cósmico. Dios es el refugio en que el hombre se cobija, huyendo del sino que se siente,
que se vive; pero no puede ni pensarse, ni representarse, ni aun nombrarse siquiera; el
sino queda como hundido refrenado cuando el intelecto crítico-analítico- nacido
del terror, enhebra las causas en palpables series para la mirada interior o exterior.
Desesperada situación es la del hombre superior, cuyo afán poderoso de intelección
está en constante contradicción con su existencia. No le sirve para vivir; no puede
tampoco dominar; y así hay siempre algo de vacilante e irresoluto en todas las
situaciones importantes. «Basta con que un hombre se declare libre para sentirse al punto
constreñido. Y si se atreve a confesarse constreñido, ya en seguida se siente libre.»
(Goethe).
Cuando
estamos convencidos de que un nexo causal, en el mundo considerado como naturaleza, no
puede ser alterado por ulteriores reflexiones, llamárnosle verdad. Las verdades son
sólidas, firmes; están fuera del tiempo. La palabra «absoluto» significa desligado
del sino y de la historia, desligado también de los hechos de nuestro propio vivir y
morir. Las verdades nos libertan interiormente, nos consuelan y salvan, porque los
acontecimientos incalculables del mundo de los hechos quedan por ellas desvalorados y
superados. En el espíritu se refleja la máxima: perezca la humanidad, la verdad
permanece.
Algo
en el mundo circundante queda, pues, fijado, conjurado. El hombre intelectivo tiene en sus
manos el secreto; fue antaño un poderoso hechizo; es hoy una fórmula matemática.
Una emoción de triunfo
acompaña toda experiencia en el reino de la naturaleza, aun hoy, porque toda experiencia
determina algo acerca de las intenciones y fuerzas del dios celeste, de los espíritus
aéreos, de los demonios, o acerca de las deidades físicasnúcleos atómicos,
velocidad de la luz, gravitación, o aun sólo acerca de las deidades abstractas del
pensamiento que medita sobre sí mismoconcepto, categoría, razón. Toda
experiencia recluye algo en la celda de un sistema inmutable de relaciones causales. Pero
la experienciaen este sentido inorgánico, anquilosador, destructor, bien distinto
de la experiencia vital y conocimiento de los hombresse verifica en dos
maneras; comió teoría y como técnica [5], o dicho sea en el idioma religioso,
como mito y como culto, según que el creyente quiera descifrar o
manejar los secretos de su mundo circundante. Pero ambos modos exigen un gran desarrollo
de la intelección humana. Ambos modos pueden originarse del terror o del amor. Hay
un mito del terror, como el mito mosaico y todos los primitivos. Hay un mito del amor,
como el del primer cristianismo y el de la mística gótica. Hay igualmente una técnica
del conjuro libertador y otra del conjuro evocador. Esta es la diferencia más intima que
existe entre el sacrificio y la oración [6]. Así se distinguen y separan la humanidad
primitiva y la humanidad superior. La religiosidad es un rasgo, un impulso del alma. Pero
la religión es un talento. La «teoría» exige el don de la contemplación, don que no
todos poseen y bien pocos ejercitan con luminosa penetración. Es intuición del mundo, ya
sea que se contemplen en el universo los efectos de la providencia, ya sea que con fría y
urbana visión, sin temor, sin amor y con mera curiosidad, se considere el cosmos
como escenario de las fuerzas regulares. Los arcanos del tabú y del tótem
son contemplados en la creencia en los dioses y la creencia en las almas; son calculados
en la física teórica y en la biología. Toda «técnica» supone el talento espiritual
del conjuro. El teórico es vidente crítico; el técnico es sacerdote; el inventor es
profeta.
Pero
el medio en donde se condensa toda la fuerza espiritual es la forma de lo real,
abstraída de la visión por el idioma.
La
quintaesencia de la forma no se revela a toda conciencia; es el límite concebido, la ley
comunicable, el nombre, el número.
Por
eso todo conjuro de la deidad descansa en el conocimiento de su verdadero nombre, en el
ejercicio de los ritos y sacramentos realizados en la forma exacta y con uso de las
palabras exactas; pero estos ritos y sacramentos son conocidos sólo del sapiente y sólo
el sapiente puede manejarlos. Así sucede en la magia de los primitivos, e igualmente en
toda técnica física y aun más en toda medicina. Por eso es la matemática algo sagrado,
que regularmente surge de medios y círculos religiosos Pitágoras, Descartes,
Pascal; por eso es la mística de los números sacrosel 3. el 7, el
12un rasgo esencial de toda religión [7]; por eso el ornamento y su forma suprema,
el edificio del culto, tienen algo de numérico en forma intuitiva. Son formas rígidas,
constrictivas; son motivos de expresión o signos de comunicación [8] por medio de los
cuales en el mundo de la vigilia el microcosmos entra en relación con el macrocosmos. La
técnica sacerdotal los llama mandamientos; la científica, leyes. Ambas son nombre y
numero, y el hombre primitivo no encontraría diferencia alguna entre el hechizo con que
el sacerdote de su aldea domina a los demonios y el hechizo con que el técnico civilizado
maneja sus máquinas.
El
primero y acaso único resultado del afán humano por comprender es la fe. «Creo»
es la palabra mágica que aplaca el terror metafísico y al mismo tiempo expresa el amor.
Pueden la indagación y el aprendizaje obtener su remate en una iluminación súbita, o en
un cómputo y cálculo bien logrado; todo ello seria a la postre sensación y concepción
propias, sin el menor sentido, si no hubiese la íntima certeza de «algo» que existe,
algo ajeno y otro bajo la forma exacta comunicada, en la concatenación de causa y efecto.
El hombre, como ser que piensa bajo la dirección del lenguaje, tiene por máximo
patrimonio espiritual la fe definitiva en ese algo, sustraído al tiempo y al sino; en ese
algo que la contemplación humana ha separado y designado con nombre y número. Y, en
último término, ese algo queda en la obscuridad; no se sabe bien lo que es. ¿Hemos
entrado en contacto, merced a ese «algo» con la lógica arcana del Universo, o sólo con
una sombra? La lucha afanosa y doloroso, la angustia del meditador se posa sobre esta
nueva duda, que puede convertirse en desesperación. Necesita, en su afán espiritual de
profundidad, la fe en algo último, que por medio del pensamiento pueda ser
alcanzado, algo que ponga término al análisis, sin residuo alguno de misterio. Los
rincones y los abismos del mundo intuido han de ser todos iluminados.
No
otra cosa puede salvar al hombre.
Aquí
la fe se convierte en el saber, hijo de la desconfianza, o mejor dicho, en la fe en el
saber. Pues esta forma de intelección depende enteramente de aquélla; es posterior, más
artificial y problemática. Hay que añadir que la teoría religiosala
contemplación creyenteconduce a una práctica sacerdotal; pero la teoría
científica queda disuelta en la práctica, en el saber técnico de la vida diaria. La fe
vigorosa que nace de iluminaciones, revelaciones, súbitas penetraciones, puede prescindir
de la labor crítica. Pero el saber critico presupone la fe, presupone que sus métodos
conducen exactamente a lo que se busca, no a nuevas imágenes, sino a la «realidad».
Pero la historia enseña que la duda de la fe conduce al saber, y la duda del
sabertras un tiempo de optimismo críticootra vez a la fe.
Cuanto
más se emancipa el saber teórico de la aceptación creyente, tanto más se acerca a su
propia anulación. Lo único que queda es la experiencia técnica.
La fe originaria, obscura, reconoce fuentes superiores de la verdad, las cuales nos revelan y patentizan un cierto número de cosas que la meditación propia no descifraría jamás; son voces proféticas, sueños, oráculos, escritos sagrados, la voz de la divinidad. En cambio, el espíritu crítico pretendey se cree capaz de elloobtener los conocimientos por sí mismo. Desconfía de las verdades ajenas y hasta niega su posibilidad.
Para
él la verdad es el saber que se demuestra a si mismo. La critica pura extrae de si sus
medios; pero ya pronto se ha advertido que con este proceder lo esencial del resultado
está presupuesto El de omnibus dubitandum es un principio que no puede realizarse.
Se olvida que la actividad critica tiene que sustentarse en un método, que a su
vez sólo aparentemente es hallado por vías críticas, y que en realidad se deriva de la
disposición del pensamiento [9]; de manera que el resultado de la crítica está
predeterminado por el método inicial y éste, a su vez, por la corriente de existencia en
que se sumerge la consciencia correspondiente. La creencia en un saber sin supuesto
caracteriza la enorme ingenuidad de las épocas racionalistas. Una teoría de la ciencia
física no es sino un dogma histórico anterior, que reaparece en forma distinta. El
provecho es para la vida, bajo la forma de una técnica victoriosa a que la teoría da
acceso. Ya hemos dicho que lo que decide sobre el valor de una hipótesis de trabajo no es
su «exactitud», sino su «fecundidad»; pero los conocimientos de otra clase, las
verdades en el sentido optimista, no pueden ser resultado de la intelección científica,
porque ésta supone siempre una opinión previa, sobre la cual actúa su critica, su
análisis. La física del barroco es un progresivo análisis del cosmos religioso que el
goticismo imaginó.
Lo que buscan la fe y el saber, el miedo y la curiosidad, no es una experiencia de la vida, sino un conocimiento del mundo como naturaleza. Niegan ambos, expresamente, el mundo como historia. Pero el misterio de la conciencia despierta es doble; dos cuadros creados por el terror y ordenados en causalidad surgen ante la mirada del alma: el «mundo exterior» y, como su contrapartida, el «mundo interior». En los dos mundos se ocultan auténticos problemas; la conciencia es activa, por completo, en su propia esfera. El numen recibe allí el nombre de Dios; aquí, el nombre de alma. La intelección crítica transforma las deidades de la contemplación religiosa, en relación con en su mundo, y hace de ellas magnitudes mecánicas sin cambiar su núcleo esencial: materia y forma, luz y tinieblas, fuerza y masa. E igualmente la intelección crítica analiza y descompone la imagen del alma que se forjara la primitiva creencia. Y llega en ello también al mismo resultado predeterminado. La física de lo interior se llama psicología sistemática; cuando, en la antigüedad, toma la forma de ciencia, descubre en el hombre las partes somáticas del alma (noèw yumôw ¢piyumÛa); cuando aparece como ciencia mágica, determina las varias substancias anímicas (ruach, nephesch), y cuando se presenta en la cultura fáustica, define las energías psíquicas (el pensar, el sentir, el querer). Son estos los objetos que la meditación religiosa, meditación de amor y de temor, persigue en las relaciones causales de «culpa, pecado, gracia, conciencia, premio y castigo».
El
misterio de la existencia conduce a un error fatal, tan pronto como la fe y el saber se
vuelven hacia él. En vez de hacer presa sobre el elemento cósmico mismo, que reside
fuera de todas las posibilidades de la conciencia activa, el análisis se orienta hacia el
movimiento del cuerpo en el cuadro del mundo luminoso, y hacia la idea abstracta del
movimiento como nexo mecánico causal. Pero la verdadera vida es vivida, no es conocida.
Verdadero es tan sólo lo intemporal. Las verdades residen allende la historia y la
vida. Por eso la vida misma trasciende de toda causa, de todo efecto, de toda verdad. La
critica, tanto de la conciencia como de la existencia, es contraria a la historia y
extraña a la vida. En el primer caso corresponde ello por completo al propósito critico
y a la lógica interna del objeto de que se trata. En el segundo, empero, no. La
diferencia entre la fe y el saber, o el miedo y la curiosidad, o la revelación y la
critica, no se refiere, pues, a lo verdadero y lo falso. El saber es una forma posterior
de la fe. La verdadera y profunda oposición es la que existe entre la fe y la vida, entre
el amor nacido del secreto terror al mundo y el amor nacido del secreto odio de los sexos,
entre el conocimiento de la lógica inorgánica y el sentimiento de la lógica orgánica,
entre las causas y los sinos. Lo importante, lo decisivo en esto no es la manera de pensar
-religiosa o crítica-, ni tampoco el objeto sobre que se piensa, sino sólo la
distinción entre pensador (no importa cuál sea el objeto en que éste piense) y hombre
activo.
La
conciencia vigilante no penetra en la esfera de la acción hasta que se convierte en técnica.
La sapiencia religiosa también es poder; las causalidades no sólo pueden ser
determinadas, sino también habidas y manejadas. Quien conoce la relación misteriosa
entre el microcosmos y el macrocosmos puede dominarla, háyala descubierto por revelación
o por estudio de las cosas. Asi, el auténtico hombre tabú es el hechicero y encantador,
que conjura a la deidad por medio de oraciones y sacrificios, que practica los verdaderos
ritos y sacramentos, porque éstos son causas de inevitables efectos y han de
servir y obedecer a quien los conoce. El sacerdote lee en las estrellas y en los libros
sagrados. En su poder espiritual yace, intemporal y substraída a todo azar, la relación causal
de culpa y penitencia, arrepentimiento y absolución, sacrificio y gracia. Por el enlace
de las premisas y las consecuencias sacras, conviértese el sacerdote en un vaso del poder
misterioso y, por lo tanto, en una causa de nuevos efectos, en los que hay que creer para
participar de ellos.
Desde
este punto de vista se comprende lo que el mundo europeo-americano del presente parece
haber olvidado, a saber: el último sentido de la ética religiosa, de la moral.
Dondequiera que la moral es aún fuerte y auténtica, significa una conducta que posee
enteramente el sentido de actos y ejercicios rituales: es un continuo exercitium
spirituale, dicho sea en términos de San Ignacio de Loyola, esto es, un ejercicio ante
la divinidad, para aplacarla y conjurarla. «¿Qué debo hacer para ser
bienaventurado?» Estas palabras «para ser» nos dan la clave de toda verdadera moral.
Siempre, en el fondo, hay un «para que», aun en los casos refinados de algunos
filósofos que han inventado una moral «para la moral misma», esto es, con una profunda
intencionalidad que sólo algunos pocos de sus iguales pueden apreciar. Toda moral es
causal; toda moral es técnica moral sobre un fondo de metafísica religiosa.
La
moral es una causalidad consciente y premeditada de la conducta personal, prescindiendo de
toda peculiaridad en la vida y en el carácter reales. Es algo que vale eternamente y para
todos, algo sin tiempo y aun enemigo del tiempo. Por eso es «verdadera». Aun cuando los
hombres no existieran, sería la moral verdadera y válida. Asi es como, realmente, ha
sido formulada la lógica moral inorgánica del mundo, concebido como un sistema. Nunca se
confesará que pueda desenvolverse y perfeccionarse en la historia. El espacio niega el
tiempo: la verdadera moral es absoluta, eternamente hecha, siempre la misma. En sus
regiones más profundas tiene la moral siempre algo que niega la vida, un apartamiento,
una renuncia que llega hasta el ascetismo, hasta la muerte. La concepción del idioma lo
expresa ya; la moral religiosa contiene prohibiciones más que mandatos positivos. El
tabú, aun en los casos en que aparentemente afirma, es una suma de renuncias. Para
librarse del mundo de los hechos, para eludir las posibilidades del sino, para contemplar
la raza como el enemigo, siempre alerta, hace falta un sistema duro, hace falta doctrina y
ejercicio.
Ningún
acto debe ser accidental y proceder del instinto; esto es, ninguno ha de ser producto de
la sangre, sino que debe ser meditado antes por razones y consecuencias, y «realizado»
conforme a lo mandado. Hace falta poner en tensión máxima la conciencia vigilante, para
no caer constantemente en el pecado. Sobre todo hay que abstenerse de cuanto brota de la
sangre; hay que abstenerse del amor, del matrimonio. El amor y el odio entre los hombres
son sentimientos cósmicos y, por lo tanto, malos. El amor de los sexos es el polo opuesto
al amor intemporal y al temor de Dios; por eso es el pecado original, por el cual fue
Adán expulsado del paraíso y la humanidad toda cargada con esa culpa primigenia. La
generación y la muerte son los límites de la vida corpórea en el espacio.
Por
tratarse del cuerpo es por lo que aquélla es culpa y ésta castigo. SÇma s°ma,
el antiguo dicho de que el cuerpo es una tumba, era el credo de la religión órfica.
Esquilo y Píndaro han concebido la existencia como culpa. Locura es a existencia para los
santos de todas las culturas los cuales la matan y niegan por el alterno o por su derroche
en el orgiasmo (que está hondamente emparentado con el ascetismo).
Malo
es actuar en la historia; malos son la hazaña el heroísmo, la alegría de la lucha, la
victoria y el botín. En todas estas actividades predomina el ritmo de la existencia
cósmica, apagando y confundiendo la contemplación y el pensamiento espiritual.
El
mundo en general -entendiendo por ello el mundo como historia-es infame. Lucha en vez de
renunciar; no conoce la idea del sacrificio; domina la verdad con los hechos; sigue el
impulso espontáneo y elude el pensamiento de causa y efecto.
Por
eso, el sacrificio mayor que el hombre espiritual puede ofrecer es abandonar el mundo a
las potencias de la naturaleza.
Toda
acción moral contiene algo de este sacrificio. Una vida moral es una ininterrumpida
cadena de semejantes sacrificios. Sobre todo, la compasión. En la compasión, el fuerte y
poderoso ofrece al impotente su superioridad. El compasivo mata algo en si mismo. Pero no
hade confundirse la compasión, en su gran sentido religioso, con la emoción inquieta del
hombre ordinario que no puede dominarse, y menos aún con el sentimiento social de la
caballerosidad, que no es moral de razones y mandatos, sino una costumbre
distinguida y evidente, nacida del inconsciente sentimiento rítmico, en una vida de
alta tensión. Eso que en las épocas civilizadas se llama ética social, no tiene nada
que ver con la religión. Su presencia demuestra sólo la debilidad y vacuidad de la
religión, que ha perdido ya toda fuerza de persuasión metafísica y ha dejado, por
tanto, de ser el supuesto de una moral auténtica, de una moral enérgica en la fe y
dispuesta al sacrificio. Pensad en la diferencia entre Pascal y Mili, La ética social no
es sino política práctica. Es un producto muy posterior del mismo mundo histórico, en
el que durante los primeros tiempos de una cultura se ofrece la costumbre bajo la
forma de valor, nobleza y caballería, en las estirpes fuertes, frente a los que padecen
miseria en la vida de la historia y del sino; eso mismo que hoy se llama distinción,
«gentlemanlike», en los círculos bien educados, de fino tacto y buena crianza, y cuyo
contrario no es el pecado, sino la ordinariez. Reaparece aquí la distinción entre la
catedral y el castillo. Este modo de ver y sentir no se rige por razones y mandatos. No
pregunta nada. Está en la sangre esto es lo que significa tactoy no teme el
castigo y la sanción, sino el desprecio, sobre todo el desprecio de si mismo. No reniega
del yo, sino que fluye justamente de una gran plenitud personal, Pero la compasión,
precisamente porque requiere también grandeza interior, encuentra asimismo en los
primeros tiempos de una cultura sus más santos servidores, un Francisco de Asís, un
Bernardo de Claraval, que poseían una espiritualidad en la renuncia, una beatitud en la
entrega, una caridad etérea, exangüe, intemporal, ahistórica, en la cual el
temor del cosmos se convertía en puro amor sin nubes. A esta altitud de la moral causal
no pueden nunca encumbrarse las épocas posteriores de la cultura.
Para
domeñar la sangre hay que tener sangre. Por eso el monaquismo de gran estilo florece en
las épocas guerreras y caballerescas. El máximo símbolo de la victoria perfecta del
espacio sobre el tiempo es el guerrero convertido en asceta; no el que por nacimiento es
ya un soñador y un mísero, natural planta de claustro; ni tampoco el sabio, que en su
celda construye un sistema moral. ¡No seamos hipócritas! Lo que hoy se llama moral, ese
mesurado amor al prójimo, esa práctica de las virtudes distinguidas, ese ejercicio de la
caridad con el oculto afán de conquistar fuerza política, todo eso, comparado con las
épocas primeras de nuestra cultura, no es ni siquiera caballerosidad de ínfimo rango.
Repitámoslo: no hay gran moral sino con referencia a la muerte. La moral superior nace de
un terror cósmico, que llena toda la conciencia y que tiembla ante las verdades y las
consecuencias metafísicas; nace de un ingente amor que supera la vida; nace de la
conciencia que se siente ligada a un sistema causal de mandatos y fines santos, sistema
que la conciencia reconoce por verdadero y al que hay que pertenecer íntegramente o al
que hay que renunciar íntegramente. Una tensión continua, una constante observación y
examen de si mismo acompaña al ejercicio de esta moral, que es un arte, junto a la cual
desaparece en la nada el mundo como historia. Hay que ser héroe o santo. En el término
medio no está la sabiduría, sino la vulgaridad.
16
Si
existiesen verdades separadas del fluir viviente, no podría haber historia de la verdad.
Si existiese una sola religión, eternamente exacta, la historia religiosa seria una idea
imposible.
Mas,
por mucho que el aspecto microcósmico de la vida de un ser se haya desenvuelto, siempre
es como una piel que recubre la vida fluyente, siempre obedece en el fondo a los impulsos
de la sangre, siempre es testimonio de los ocultos instintos que actúan en la dirección
cósmica. La raza domina e informa toda conceptuación. El tiempo devora el espacio. Tal
es el sino de todo instante despierto.
Y,
sin embargo, existen «verdades eternas». Todo hombre las posee en gran número, por
cuanto se sitúa con su intelecto en un mundo de pensamientos, en cuyo nexo perduran
inmutables esas verdades, clavadas precisamente ahora, en el momento mismo de pensar, por
la relación de premisa y consecuencia, de causa y efecto. Nada puede establecerse en ese
orden, como él cree; pero una ola de vida arrastra su yo vigilante y su mundo. Sigue
habiendo armonía; pero esta armonía, como conjunto, como hecho, tiene una
historia. Lo absoluto y lo relativo son uno a otro como el corte horizontal y el corte
longitudinal de una serie de generaciones. El segundo prescinde del espacio; el primero,
del tiempo. Quien piensa sistemáticamente se atiene al orden causal de un momento. Sólo
el que considera con físiognómica penetración la serie de las actitudes conoce la
constante variación de lo que pasa por «verdadero».
Todo
lo transitorio es símbolo. Esto se puede aplicar igualmente a las «eternas verdades»,
tan pronto como se persigue su marcha en el curso de la historia. Las verdades actúan
incluidas en la imagen cósmica de las generaciones que viven y mueren. Para cada hombre,
y por el breve espacio de su existencia, es verdadera y eterna la religión que le
impuso el sino de su nacimiento en tal época y tal lugar. Con esa religión siente; en
ella forma las intuiciones y convicciones de sus días.
Atiénese
firme a sus palabras y formas, bien que constantemente opine otra cosa. Verdades eternas
existen en el mundo como naturaleza. En el mundo como historia hay un «ser verdad» que
cambia eternamente.
La
morfología de la, historia religiosa es, pues, un problema que sólo el pensamiento
fáustico puede plantearse, y aun sólo en su estadio actual. Dada está la incitación.
Aventure el historiador el ensayo de desprenderse por completo de su propia convicción,
para contemplar todas las convicciones como igualmente extrañas. ¡Qué difícil! Quien
emprenda la tarea deberá tener la suficiente energía para no sólo abandonar
aparentemente las verdades de su intelección cósmica (aunque sean para él una simple
suma de conceptos y métodos), sino realmente calar en sentido fisiognómico el sistema
propio hasta su fondo más recóndito, Y aun entonces, ¿conseguirá fijar conocimientos
comunicables sobre las verdades de otros hombres, que hablan otros idiomas, si ha de
hacerlo en un solo lenguaje, cuya estructura y espíritu encierra ya toda la metafísica
secreta de su propia cultura?
Ahí
está, en primer término, tendido sobre los milenios de la primera edad el sordo tumulto
de las poblaciones primitivas.
Viven
atónitas en un mundo caótico, cuyos arcanos impresionantes siempre se ofrecen con
apremio, sin que nadie pueda reducirlos a intelección lógica. Venturosa es la bestia,
comparada con aquellos hombres, porque el animal, aunque vive despierto, no piensa. Un
animal se amedrenta ante los peligros; pero el hombre primitivo tiembla ante el mundo
entero. Todo es obscuro e irresoluto en él y fuera de él. Lo habitual y lo demoníaco
intríncanse sin regla fija. Llena sus días una religiosidad temerosa y minuciosa y. por
tanto, bien ajena a toda iniciación de un sentido más confiado. Esta forma elemental del
terror cósmico no abre camino hacia el amor comprensivo.
Las
piedras que el hombre pisa, los instrumentos que maneja, el insecto que zumba a sus
oídos, el alimento, la casa, la lluvia, la tormenta, pueden ser demoníacos; pero
aquellos hombres creen en las fuerzas que yacen ocultas en estos fenómenos, mientras
producen pavor o se imponen a la necesidad del uso.
Y
ya son bastantes. No se puede amar sino aquello que se cree duradero. El amor
supone la idea de un orden cósmico que ha logrado fijeza. La investigación occidental se
ha tomado gran trabajo por ordenar observaciones de las cinco partes del mundo y
distribuirlas en los supuestos estadios que, arrancando del animismou otro comienzo
cualquiera, «conducen» a su propia fe. Por desgracia, el esquema ha sido esbozado
según las valoraciones de una sola religión; los chinos y los griegos lo hubieran
dispuesto de muy distinta manera. Pero no existe esa gradación que supone un desarrollo
uniforme hacia un determinado fin. El mundo que circunda a los hombres primitivos es un
mundo caótico, nacido de la intelección momentánea, de cada instante; y, sin embargo,
está lleno de sentido.
Ese
mundo es siempre algo ya crecido, algo cerrado y perfecto, a menudo con una tenaz y
extraña profundidad de atisbos metafísicos. Siempre contiene un sistema, y poco importa
que haya sido en parte extraído ya por la contemplación o que permanezca
todavía incluso en el mundo de la luz. Esa imagen cósmica no «progresa». Ni tampoco es
una suma de singularidades, cada una de las cuales puede ser apuntada, sin tener en cuenta
la época, la tierra y el pueblo, y comparada luego con otras de otras procedencias, como
suele hacerse por lo general.
Esos
rasgos particulares constituyen juntos un mundo de religiones orgánicas, que sobre
toda la tierra poseyeron, y aun hoy poseen, en sus últimas comarcas, modos propios, muy
significativos, de nacer, de madurar, de difundirse, de perecer, y una propia peculiaridad
de estructura, estilo, ritmo y duración. Las religiones de las culturas superiores
no son religiones más desarrolladas, sino otras religiones distintas. Estas se ofrecen en
luz más clara y espiritual; conocen el amor intelectivo; tienen problemas e ideas,
teorías y técnicas rigurosas, espirituales; pero ya no conocen el simbolismo religioso
de la vida diaria.
La
religiosidad primitiva lo impregna todo. Las religiones posteriores son mundos de formas,
mundos completos y encerrados en si mismos.
Por
eso resultan tanto más misteriosos los preludios de las grandes culturas, épocas aún
primitivas, y, sin embargo, llenas ya de anticipaciones cada vez más claras y orientadas
en una determinada dirección. Estas épocas justamente, que abrazan varios siglos,
debieran ser exactamente estudiadas y comparadas. ¿En qué forma se prepara el futuro? La
precultura mágica ha producido, como hemos visto, el tipo de las religiones proféticas
que desembocan en la apocalíptica. ¿Cuál es el fundamento donde justamente arraiga esa
forma en esa cultura? ¿Por qué la precultura micénica de la Antigüedad está
toda llena de representaciones divinas en figuras animales? [10]. No son los dioses de los
guerreros, que moran allá arriba en los castillos micenianos, y que practican, con
grandiosidad aún testimoniada por los sepulcros, el culto a las almas y a los
antepasados; son los poderes cósmicos en que creen los labradores del llano, los de las
cabañas en el valle. Los grandes antropomorfos de la religión apolínea, que debieron
nacer hacia 1100, por virtud de una profunda conmoción religiosa, llevan por doquiera
aún los rasgos de su obscuro pasado. Apenas si habrá alguna de esas figuras que no
delate en su origen por algún epíteto, por algún atributo o por algún mito de
metamorfosis.
Hera
es para Homero constantemente la de os ojos de vaca.
Zeus
aparece como toro y el Poseidon de la leyenda thelpúsica como caballo. Apolo es nombre de
innúmeros numina primitivos; fue lobo (Lykeios) como el romano Marte; fue
carnero (karneios); fue delfín (delphimos); fue serpiente (el Apolo pítico
de Delfos). En forma de serpientes aparecen en relieves funerarios áticos, Zeus
Meilichios, Asklepios y las Erynnias, aun en Esquilo (Eum. 126). La serpiente sagrada que
se conservaba en la Acrópolis fue interpretada como representación de Erichthonios. En
Arcadia vio aún Pausanias la imagen de Demeter, con cabeza de caballo, en el templo de
Figalia. La Artemis-Kallisto arcadia se representa como osa, y también se llamaban arktoi
las sacerdotisas de la Artemis brauronia en Atenas. Dionysos, unas veces toro y otras
macho cabrío, ha conservado, juntamente con Pan, siempre un aspecto animal.
Psyche
es, como el alma corpórea de los egipcios (bai), el pájaro del alma; con ella
comienzan esas innumerables figuras semianimalessirenas, centauros, etc., que
llenar, el cuadro preantíguo de la naturaleza.
¿Con
qué trazos, empero, anticipa la religión primitiva de la Época Merovingia el
poderoso aliento del goticismo?. En apariencia es la misma religión, es «el»
cristianismo. Pero en realidad hay una diferencia total, en lo más hondo. Pues debemos
comprender claramente que el carácter primitivo de una religión no está propiamente en
su provisión de doctrinas y usos, sino en las almas de los hombres que se apropian esas
doctrinas y usos y que sienten, hablan y piensan con ellos. El investigador ha de
acostumbrarse a considerar el hecho de que el cristianismo mágicoel de la iglesia
occidentalha sido dos veces órgano expresivo de una religiosidad primitiva, ha sido
dos veces religión primitiva; entre 300 y 900 en el Occidente germano-celta, y hoy en
Rusia. Mas, ¿cómo se reflejaba el mundo en esas almas «convertidas»? ¿Qué pensaban
aquellos hombresexceptuados algunos clérigos que recibieran educación
bizantinaal verificar las ceremonias y decir los dogmas?
El
obispo Gregorio de Tours, que representa la capa superior eclesiástica de su generación,
encomia en una ocasión el polvo de la sepultura de un santo: «¡OH celeste medicina, que
supera todas las recetas, que limpia el vientre y lava las manchas de la conciencia!». No
la muerte de Jesúsque le encoleriza como un simple crimen de los judíos,
sino su resurrección que confusamente se representa como hazaña portentosa de un
atleta, es la que para él legitima al Mesías como gran hechicero y, por tanto,
como verdadero Salvador. Ni sospecha siquiera que la Pasión tenga un sentido místico
[11].
En
Rusia, las resoluciones del «Sínodo de los cien cabildos», en 1551, son un testimonio
de la fe más primitiva. Cortarse la barba y empuñar mal la cruz aparecen aquí como
pecados mortales. Los demonios son por ello ofendidos. El «Sínodo del Anticristo» de
1667 condujo al enorme movimiento sectario de Raskol, porque desde entonces la cruz hubo
de ser agarrada con tres en vez de dos dedos y porque el nombre de Jesús hubo de
pronunciarse Jissus en vez de Issus, con lo cual pensaron los rígidos creyentes que se
evaporaba la fuerza de esos hechizos sobre los demonios. Pero estos efectos del terror no
son lo único, ni siquiera lo más importante, ¿Por qué la época merovingia no ha
dejado la más leve huella de esa devoción febril, de ese afán de submersión
metafísica que llena la precultura mágica del apocalipsis y la época rusa del Santo
Sínodo (1721-1917). ¿Qué sentimiento es ese que empujó a todas las sectas de mártires
Raskolnikos, desde Pedro el Grande, a practicar el celibato, la pobreza, la
peregrinación, la mutilación y las más terribles formas del ascetismo, y que en el
siglo XVII indujo a miles de personas, por pasión religiosa, a buscar la muerte entre
llama?. Hubo la doctrina de los Chlustos sobre los «cristos rusos», de los que hasta hoy
se cuentas siete; los dujoborzos tiene un «libro de vida» que utilizan a
modo de biblia y que contiene, según creen, psalmos transmitidos por transmisión oral
desde la boca del mismo Jesús; los skopzos practican crudelísimas mutilaciones. Todos
estos hechos son indispensables para comprender a Tolstoi, al nihilismo, y las
revoluciones políticas [12]. ¿Por qué, en cambio, nada de esto aparece en la época
de los francos, que, en comparación, resulta roma y mezquina?
¿Será
exacto que sólo los arameos y los rusos tienen genio religioso? Y ¿qué no puede
esperarse entonces de la Rusia futura, habiendo desaparecido el obstáculo de la ortodoxia
erudita, justamente en el siglo decisivo?
17
Las
religiones primitivas tienen algo de desarraigado y ajeno a la patria, como las nubes y el
viento. Las almas de las masas en los pueblos primitivos se han reunido casual y
pasajeramente, y también son casuales las relaciones de conciencia que, oriundas del
miedo y de la defensa, se extienden sobre ellos. Ya pueden los pueblos afincarse o
emigrar, cambiar o no; nada de esto tiene que ver con su interior sentido,
En
cambio, las culturas superiores están profundamente arraigadas en un país. Se asientan
en una comarca madre; y asi como la ciudad, el templo, la pirámide, la catedral, tienen
que cumplir su historia en el lugar donde surgió su idea, asi también toda gran
religión de la época primera de una cultura está unida, por todas las raíces de la
existencia, a la tierra sobre la cual se eleva su imagen cósmica. Por lejos que se
difundan luego los usos y dogmas sacros, siempre permanece su evolución interna adherida
al lugar de su nacimiento. Es completamente imposible que en la Galia se encuentre ni el
más mínimo rasgo evolutivo de los antiguos cultos locales, como igualmente que en
América realice un progreso dogmático el cristianismo fáustico. Lo que se desliga de la
tierra se torna rígido y duro.
Comienza siempre como un gran grito. El obscuro montón de terrores y defensas se convierte, de pronto, en un puro y fervoroso despertar que, brotando como planta nueva del suelo materno, envuelve y comprende las profundidades del mundo luminoso con una sola mirada. Donde alienta siquiera un atisbo de meditación personal, siéntese esta transformación como un renacer interno, recibido con júbilo y aplauso. En ese momento nunca antes ni tampoco nunca después con la misma potencia e interioridadse enciende como una gran luminaria en los espíritus elegidos de la época. Todo terror se deshace en un amor bienaventurado. Todo lo invisible aparece súbitamente iluminado por una gran luz metafísica.
Cada cultura realiza aquí su
símbolo primario. Cada cultura tiene su Índole de amorllamémosle celeste o
metafísico, con el que contempla, abraza, acoge su divinidad; y ese amor permanece
incomprensible e inaccesible para todas las demás culturas. Jesús y sus discípulos ven
ante sus ojos la bóveda luminosa que cubre fa cueva del mundo. Giordano Bruno siente la
tierra como una pequeña estrella en la infinidad del espacio estrellado. Los órficos
acogen al dios corpóreo.
El
espíritu de Plotino se funde con el espíritu de Dios en el éxtasis. San Bernardo
realiza la unión mística con la acción de la divinidad infinita. Siempre el afán de
profundidad, que alienta en el alma, se halla sometido al símbolo primario de una cultura
determinada.
En
la quinta dinastía de Egipto (2680-2540), que sigue a los grandes constructores de
pirámides, palidece y mengua el culto del halcón-Horus, cuyo Ka mora en el Jefe
reinante. Los viejos cultos locales, y aun la profunda religión de Thout, en Hermópolis,
retroceden. Aparece la religión solar de Re. A poniente de su palacio cada rey levanta,
junto a su templo funerario, un santuario de Re. El templo funerario es el símbolo de la
vida, que va dirigida desde el nacimiento hacia la cámara del sarcófago. El santuario es
el símbolo de la naturaleza grande y eterna. El tiempo y el espacio, la existencia y la
conciencia, el sino y la sacra causalidad, se sitúan uno frente a otro, en esta poderosa
creación duplico, como en ninguna otra arquitectura del mundo. Hacia ambos polos conduce
un camino cubierto; el que lleva a la casa de Re va acompañado de relieves que describen
el poder del dios solar sobre el mundo vegetal y animal y el cambio y sucesión de las
estaciones. No hay imagen del dios, no hay templo. Sólo un altar de alabastro adorna la
amplia terraza en la que, al despuntar el día, surge el Faraón de la obscuridad y,
erguido en lo alto, dominando la comarca, saluda al gran dios que sale por Oriente [13].
Esta
primera interioridad nace siempre en el campo sin ciudades, en las aldeas, en las
cabañas, en los santuarios, en los claustros y ermitas solitarios. Fórmase la gran
comunidad de los elegidos del espíritu, que un mundo separa interiormente de los héroes
y caballeros. Las dos clases primordiales, el sacerdocio y la nobleza, la contemplación
en los santuarios y la acción en los castillos, el ascetismo y la galantería, el
éxtasis y la crianza distinguida, comienzan ahora su propia historia.
Aunque
el Kalifa sea también jefe profano de los creyentes, aunque el Faraón sacrifique en
ambos santuarios, aunque el rey germánico ponga en la iglesia la cripta de sus
antepasados, nada, sin embargo, puede anular la abismal oposición de espacio y tiempo que
se refleja aquí en las dos clases. La historia religiosa y la historia política, la
historia de las verdades y la de los hechos, se contraponen sin posible unión. Comienza
la oposición en las iglesias, los castillos; prosigue luego en las ciudades, como
oposición entre la ciencia y la economía, y termina, en las últimas etapas de la
historicidad, bajo la forma de la lucha entre el espíritu y la fuerza.
Pero
las dos historias transcurren en las alturas de lo humano. El aldeano permanece sin
historia, en lo hondo. No comprende las ciudades, como no comprende los dogmas. La
poderosa religión primera, patrimonio de los círculos santos, se desenvuelve en la
escolástica y mística de las primeras ciudades; luego, en la confusión creciente de las
callejuelas y plazas, se convierte en Reforma, Filosofía y Ciencia profana, en las masas
pétreas de las grandes urbes posteriores transfórmase en «ilustración» e irreligión.
La fe del aldeano, en el campo, es, en cambio, «eterna» y siempre igual. El aldeano
egipcio no entendía nada de aquel Re. Escuchaba el nombre y, mientras en las ciudades se
desarrollaba un poderoso periodo de la historia religiosa, seguía adorando sus dioses
animales de la época tinita. Y estos dioses recobraron su primacía en la dinastía 26,
al resurgir la fe de los felahs. El aldeano italiano rezaba en la época de Augusto lo
mismo que antes de Homero y que aun hoy. Los nombres y los dogmas de religiones enteras,
que florecieron y murieron, han pasado de las ciudades a las aldeas y han hecho cambiar el
sonido de las palabras que el aldeano pronuncia. Pero el sentido sigue siendo el mismo
eternamente. El aldeano francés vive todavía en la época merovingia.
Freya
o María, Druidas o dominicos, Roma o Ginebra, nada de esto toca a lo interno de su
creencia.
Pero, aun en las ciudades, las capas distintas van quedando unas tras otras rezagadas en la historia. Sobre la religión primitiva del campo hay una religión popular de la gente baja, en las ciudades y en las provincias. Cuanto más se eleva una cultura (en el Imperio medio, en la época de los Bramanes, en la época de los presocráticos, de los preconfucianos, del barroco), tanto más se estrecha el circulo de los que realmente comprenden y poseen las últimas verdades de su tiempo; para los demás son ruidos y nombres. ¿Cuántos hombres había capaces de comprender entonces a Sócrates, a San Agustín a Pascal?.
La pirámide de los hombre, se afila también en lo reboso cada vez más, basta que, al extinguirse la cultura, termina también su crecimiento y empieza a desmoronarse.
Hacia
3000 comienzan en Egipto y Babilonia las vidas de dos grandes religiones. En Egipto, al
final del Imperio antiguo, de la época de la «reforma», se establece sólidamente el
monoteísmo solar como religión de los sacerdotes y de los hombres cultos. Todos los
viejos dioses y diosasque la aldea y las capas inferiores del pueblo siguen adorando
en su primitiva significaciónson encarnaciones o servidores del Re único. También
la religión de Hermópolis queda, con su cosmología, incorporada al gran sistema, y hay
un tratado teológico que pone en armonía con el dogma al dios Ptah de Menfis,
considerándolo como el principio abstracto de la creación [14]. Es lo mismo que sucede
bajo Justiniano y bajo Carlos Quinto: el espíritu ciudadano se ha impuesto al alma
campesina; la fuerza morfogenética de la época primera está ya extinta; la teoría
está ya completa en su interioridad, y ahora va a venir la consideración racionalista
más bien a explotarla que a refinarla.
Comienza
la filosofía. Desde el punto de vista dogmático, el Imperio medio es tan insignificante
como el barroco.
A
partir de 1500 empiezan tres nuevas historias religiosas; la védica, en el Pendschab; la
china primitiva, en el Hoangho, y, por último, la antigua al norte del mar Egeo. Si la
imagen del mundo, para el hombre antiguo, está muy clara ante nuestros ojos, con su
símbolo primario del cuerpo singular y material, en cambio es dificilísimo aún sólo
vislumbrar algún detalle de la gran religión preantigua. Culpa es de los cantares
homéricos, que más impiden que favorecen el conocimiento.
El
nuevo ideal, reservado a esta única cultura, era el cuerpo de forma humana a la luz del
sol, el héroe como intermedio entre el hombre y Dios; esto, al menos, testimonia la
Ilíada. Ya transfigurado en lo apolíneo, ya esparcido con sentido dionisiaco por todos
los aires, era ésa, en todo caso, la forma fundamental de toda realidad. El cuerpo, el soma
como ideal de la extensión, el cosmos como suma de esos cuerpos particulares, el «ser»,
el «uno» como lo extenso en si, el logos como orden luminosotodo esto
apareció, sin duda, en grandes rasgos ante la vista de los espíritus sacerdotales y
apareció con la intensidad de una nueva religión.
Pero
la poesía homérica es pura poesía de clase. De los dos mundos, el mundo de la nobleza y
el mundo del sacerdocio, el mundo del tabú y el mundo del tótem, el mundo del héroe y
el mundo del santo, sólo uno vive en Homero. No sólo desconoce Homero el otro, sino que
hasta lo desprecia. Copio en la Edda, la máxima gloria de los inmortales es conocer las
costumbres nobles. A los pensadores de la época barroca antigua, desde Jenofanes hasta
Platón, esas escenas de dioses les parecían desvergonzadas y mezquinas. Y tenían
razón. Son los mismos sentimientos con que la teología y la filosofía de la cultura
occidental posterior han considerado las leyendas heroicas de los germanos y los poemas de
Godofredo de Estrasburgo, de Wolfran y de Walter. Si las epopeyas homéricas no han
desaparecido, como las leyendas heroicas recogidas por Carlomagno, se debe simplemente a
que no existía en la Antigüedad una clase sacerdotal estructurada, y la espiritualidad
de las ciudades fue dominada por una literatura caballeresca y no religiosa. Las doctrinas
primitivas de esta religión antiguaque por contradicción a Homero se adhieren al
nombre de Orfeo, quizá más viejo, no han sido nunca fijadas por la escritura.
Sin
embargo, existían, y ¡quién sabe lo que se oculta tras las figuras de Calcas y
Tiresias!. Al principio de la cultura antigua ha debido de haber también una conmoción
poderosa, que hiciera vibrar las almas desde el mar Egeo hasta Etruria. Pero en la Ilíada
no se encuentra rastro de ella, como en el cantar de los Nibelungos o en el cantar de
Roldan no se encuentra rastro del misticismo y fervor que animan a un Joaquín de Floris,
a un San Francisco o a los Cruzados, ni se ve ascua alguna de aquel fuego que arde en el «Dies
iriae» de ese Tomás de Celano, que acaso provocara risa en una corte
del siglo XIII.
Debieron
existir grandes personalidades que redujeran la nueva visión cósmica a una forma
mítico-metafísica; pero no sabemos de ellas. En los cantares caballerescos sólo queda
la parte alegre, clara, fácil. ¿Fue la guerra de Troya una expedición militar o una
cruzada? ¿Qué significa Helena? La conquista de Jerusalén fue concebida en sentido
religioso y al mismo tiempo también mundano.
En
la poesía nobiliaria homérica, Dionysos y Demeter, dioses sacerdotales, permanecen en la
penumbra [15]. Pero tampoco Hesíodo, el pastor de Askra, lleno de entusiasmo por su fe
popular, nos da a conocer las ideas puras de la gran época primaveral; como asimismo el
zapatero Jacobo Böhme nada nos revela en ese sentido. Esta es la segunda dificultad. La
gran religión de la época primaria pertenece, a una clase superior, y el pueblo ni
la alcanza ni la entiende. La mística de los primeros tiempos góticos está circunscrita
a círculos muy estrechos; es arcano cerrado por el latín y por la dificultad de los
conceptos e imágenes, y ni el aldeano ni el noble conocen claramente su existencia. Por
eso las excavaciones, tan importantes para el conocimiento de los cultos antiguos, no nos
enseñan nada sobre esa religión primera. Una capilla aldeana no nos da conocimiento
alguno de Abelardo y San Buenaventura.
Pero
Esquilo y Píndaro se hallaban en el flujo de una gran tradición sacerdotal. Antes de
ellos, los Pitagóricos pusieron en el centro de su doctrina el culto a Demeter, delatando
asi cuál era el núcleo de aquella mitología. Y antes aún, los misterios de Eleusis y
la reforma órfica del siglo VII, y, finalmente, los fragmentos de Ferécides y
Epimenides, que son los últimos no los primerosdogmáticos de una viejísima
teología.
Hesíodo
y Solón conocen la idea del crimen hereditario, que es vengado en los hijos y en los
hijos de los hijos; tampoco ignoran la doctrina apolínea de la hybris. Platón,
como órfíco y enemigo de una concepción homérica de la vida, descubre en el Fedon
teorías muy viejas sobre el infierno y el juicio de los muertos. Conocemos la fórmula
emocionante del orfismo, el no de los misterios, frente al sí de los juegos
agonales. Los misterios habían surgido, sin duda alguna, ya hacia 1100, como protesta de
la conciencia contra la existencia: soma sema, el cuerpo sepulcro, ese cuerpo
floreciente, esplendoroso, considerado como una tumba. Aquí el cuerpo ya no se siente
en crianza, en fuerza, en movimiento, sino que se conoce y se aterra ante lo que
concibe. Aquí comienza el ascetismo antiguo, que en severos ritos y penitencias, incluso
en la muerte voluntaria, busca la liberación de esa existencia euclidiana corpórea. Es
radicalmente errónea la interpretación de los filósofos presocráticos cuando hablan
contra Homero: no lo hacían por sentido racionalista, sino por ascetismo. Los
presocráticos«correspondientes» a Descartes y Leibnitzse habían educado en
la estricta tradición de la gran religión órfíca, que en aquellas escuelas
filosóficas, semi conventuales, a la sombra de famosos y viejos santuarios, se había
conservado tan pura como la escolástica gótica en las universidades del barroco,
impregnadas de espíritu religioso. Desde el suicidio de Empédocles, la tradición camina
hacia los estoicos romanos y se remonta a «Orfeo».
Estos
últimos rastros nos permiten percibir un bosquejo luminoso de la religión antigua
primitiva. Así como la devoción gótica se orientó hacia la reina del cielo, María,
virgen y madre, asi también surgió por entonces en Grecia una corona de mitos, imágenes
y figuras en torno a Demeter, la parturienta, a Gaia y Persefone. y a Dionysos, el
engendrador, cultos chtónicos y fálicos, fiestas y misterios del nacer y del morir. Todo
esto era pensado a la manera antigua, es decir, en cuerpo y presencia.
La
religión apolínea adoraba el cuerpo; la órfíca, lo rechazaba; la de Demeter celebraba
los momentos de su producción: generación y nacimiento. Existía un misticismo que
adoraba en doctrinas, símbolos y juegos el misterio de la vida. Pero a su lado estaba el
orgiasmo, porque el derroche de la vida es tan íntimamente afín al ascetismo como la
prostitución al celibato: ambos niegan el tiempo. Es la inversión o negación del horror
apolíneo a la hybris. La distancia no es calculada sino anulada. El que lo ha
vivido en sí mismo «se ha convertido de mortal en dios». Debió de haber por entonces
grandes santos y visionarios, tan superiores a las figuras de Heráclito y Empédocles
como éstos son superiores a los trashumantes cínicos y estoicos Esas cosas no suceden
sin personas singulares y nombres famosos. Cuando por doquiera resonaban los cantares de
Aquiles y Ulises, existía una doctrina grandiosa y rigurosa en los famosos santuarios,
una mística y una escolástica, con escuelas y tradiciones orales como en la India. Pero
todo ello ha desaparecido, y sólo las ruinas de épocas posteriores demuestran que
existió.
Si
se prescinde de la poesía caballeresca y de los cultos populares, es todavía posible hoy
precisar algo más esa religiónla religiónantigua. Para ello es preciso,
empero, evitar el tercer error: la contraposición entre la religión «romana» y la
«griega». No existe, en efecto, semejante contraposición.
Roma
es una de las innumerables ciudades antiguas de la gran época colonizadora. Roma
fue construida por los etruscos y renovada, en sentido religioso, bajo la dinastía
etrusca del siglo VI. Es muy posible que el grupo de los dioses capitalinos, Júpiter,
Juno, Minerva, que vino entonces a sustituir a la viejísima tríada Júpiter, Marte,
Quirino, de la «religión de Numa», tenga alguna relación con el culto familiar de los
Tarquines.
La
diosa urbana Minerva es, indudablemente, una copia de la Athena Polias [16]. Los cultos de
esta ciudad no deben compararse sino con los cultos de las ciudades aisladas, de
lengua griega, en igual período de evolución, por ejemplo, con Esparta o Tebas,
cultos que no eran más ricos de colorido que el romano. Lo poco que se encuentre de
general a toda la Hélade, será también general a toda la Italia. Y en cuanto a la
afirmación de que la religión «romana», a diferencia de la de las ciudades-Estados de
Grecia, no ha conocido el mito, ¿cómo lo sabemos? Nada sabríamos de las grandes
leyendas divinas en la primera época si hubiéramos de atenernos a los calendarios de las
festividades y a los cultos públicos de las ciudades griegas.
Asimismo
las actas del Concilio de Efeso no dejan traslucir nada de la religiosidad intima de
Jesús; ni una ordenanza religiosa de tiempos de la Reforma dice nada de la mística
franciscana, Menelao y Helena eran, para el culto ciudadano de Laconia, dioses forestales
y nada más. El mito antiguo procede de una época en que todavía no existía la Polis,
con sus festividades y ritos sacros, ni Atenas, ni Roma; no tiene nada que ver con los
problemas y propósitos religiosos de la ciudad, problemas y propósitos colmados de
racionalismo. El mito y el culto, en la Antigüedad, están aún más separados que en
parte alguna.
El
mito no es una creación de todo el territorio helénico; no es «griego», sino que, como
la infancia de Jesús y la leyenda del Graal, nació en círculos muy encumbrados y en
territorios muy circunscritos. Por ejemplo, en Tesalia fue donde surgió la idea del
Olimpo y se propagó entre los hombres cultos desde Chipre hasta la Etruria y, por lo
tanto, llegó a Roma. La pintura etrusca supone conocido el Olimpo, y tuvieron que
conocerlo, por tanto, los Tarquines y su corte. Sea cual fuere la representación que se
enlace con el término de «creencia» en dicho mito, esa representación habrá de ser
válida tanto para el romano de la monarquía como para los habitantes de Tegea o de
Corcira,
La
ciencia actual nos da dos imágenes muy diferentes de la religión griega y de la romana.
Pero esta diferencia no obedece a los hechos, sino al distinto método empleado
para su estudio.
Para
Roma (Mommsen) se parte del calendario festival y de los cultos ciudadanos. Para Grecia se
parte de la poesía. No hay más que aplicar el método «latino»- que ha conducido al
cuadro de Wissowa- a las ciudades griegas, para obtener un resultado muy semejante (por
ejemplo, el que obtiene Nilsson en sus «Fiestas griegas»).
Si
se tiene esto en cuenta, aparece la religión antigua con una gran unidad interna. La gran
leyenda primaveral de los dioses, en el siglo XI, que, con sus emociones beatas y
mortalmente tristes, recuerda el Getsemaní, la muerte de Balder y San Francisco, es toda
ella «teoría», contemplación, una imagen cósmica ante la mirada interior, una imagen
nacida de una fervorosa conciencia común en círculos selectos, lejos del mundo
caballeresco [17]. Las posteriores religiones ciudadanas son técnica, culto, y
representan sólo una parteparte harto distintade la religiosidad. Tan lejanas
están del gran mito como de la creencia popular. No se ocupan ni de la metafísica ni de
la ética, sino de la práctica de las acciones rituales. Por ultimo, la selección de los
cultos en cada ciudad procede muchas veces, en oposición al mito, no dé una idea
cósmica uniforme, sino de los cultos que ciertas familias prepotentes rendían a su
antepasados; exactamente, como en el periodo gótico, las grandes estirpes transforman sus
santos en patronos de la ciudad. Y esas familias se reservan la celebración de sus
fiestas y honras. Así las Lupercalia en Roma, fiestas en honor del dios agreste Fauno,
eran privilegio de los Quinctios y Fabios.
La
religión china, cuyo gran período «gótico» cae hacia 1300-1000, y abarca el
encumbramiento de la dinastía Chu, debe ser tratada con el mayor cuidado. Considerando la
mezquina profundidad y pedante entusiasmo de los pensadores chinos, estilo Confucio y
Laotsé. todos ellos nacidos en el «ansíen régime» de este mundo de Estados, parece
harto aventurado querer afirmar la existencia de una gran mística y amplias leyendas al
principio de esta evolución. Sin embargo, han tenido que existir. Sin duda, dichos
pensadores superracionalistas nada dicen de ellas, como nada nos dice Homero de la
religión verdadera de su tiempo. Pero en este caso el silencio obedece a otras razones.
¿Qué sabríamos de la religiosidad gótica si todas sus obras hubiesen sucumbido a la
censura de puritanos y racionalistas como Locke, Rousseau y Wolf?. Y, sin embargo, ese final
confuciano de la interioridad china es considerado como su principio, y hasta se confunde
el sincretismo de la época Han con la religión china [18].
Sabemos
ya que, contra lo que supone la opinión general, hubo en China una vieja y poderosa clase
sacerdotal [19]. Sabemos que en el texto de Chuking se han conservado restos de los viejos
cantares heroicos y mitos divinos, sometidos a una reelaboración racionalista.
Igualmente el Chouli, Ngili y Chiking nos revelarían muchas ideas viejísimas, si se
examinaran partiendo de la convicción de que tiene que haber cosas más hondas que las
que Confucio y sus semejantes pudieran percibir.
Sabemos
de cultos cthónicos y fálicos en el periodo Chu primitivo; sabemos de un sagrado
orgiasmo donde el servicio divino era acompañado de danzas extáticas; sabemos de
representaciones mímicas y diálogos entre el dios y la sacerdotisa, acaso origen en
China, como en Grecia, del drama [20]. Finalmente, sospechamos por qué la riqueza de
figuras divinas y de mitos en la China primitiva hubo de ser absorbida por una mitología
imperial. Pues no sólo todos los emperadores legendarios, sino la mayoría de las figuras
de las dinastías Hia y Chang, anteriores a 1400, son, pese a las fechas y a las
crónicas, pura naturaleza transformada en historia. Las raíces de este hecho entran
profundamente en las posibilidades de toda cultura joven. El culto de los antepasados
intenta siempre apoderarse de los demonios naturales. Todos los héroes homéricos, como
igualmente Minos, Teseo, Rómulo, son dioses transformados en reyes. En el Heliand estuvo
Cristo a punto de convertirse en rey. María es la reina coronada del cielo. Es esta la
manera suprema, inconsciente, con que los hombres de raza pueden venerar algo: lo que es
grande ha de ser de raza, ha de ser poderoso, dominador, antepasado de nuestras
generaciones.
Un
sacerdocio enérgico sabe bien pronto aniquilar esta mitología del tiempo. Pero en la
Antigüedad consigue a medias conservarse, y en China se conserva integra, en relación
exacta con la desaparición del elemento sacerdotal. Los viejos dioses ahora son
emperadores, príncipes, ministros, cortesanos. Hechos naturales se convierten en hazañas
de los regentes e invasiones de pueblos se tornan empresas sociales. Nada podía ser más
grato a los confucianos; ahí tenían el mito que podía admitir en su seno tendencias
éticosociales en gran número, bastándoles, pues, con borrar las huellas del mito
primitivo natural.
Para
la conciencia china, cielo y tierra eran mitades del macrocosmos, sin que entre ellas
exista oposición. Cada una refleja a la otra. En esta imagen falta el dualismo mágico,
como igualmente falta la unidad fáustica de la fuerza activa. El transcurso de las cosas
aparece en la mutua acción libre de dos principios: el yang y el yin, que
los chinos piensan más bien en sentido periódico que en sentido polar. En
correspondencia con ellos, existen dos almas en el hombre: la kwei corresponde
al yin, a lo terrestre, obscuro, frió, y se corrompe con el cuerpo; el sen
es el alma superior, luminosa y permanente [21]. Pero fuera del hombre hay también
innumerables masas de las dos clases de almas. Enjambres de espíritus llenan el aire, el
agua la tierra; todo está poblado y molido por kweis y sens La vida y la
naturaleza y la vida humana consisten en el juego de estas unidades. Prudencia, felicidad,
fuerza y virtud dependen de sus relaciones. El ascetismo y el orgiasmo, la costumbre
caballeresca del hiao, que obliga al hombre distinguido a vengar el crimen de un
antepasado, aun siglos después de cometido, en su descendiente, y a no sobrevivir a una
derrota [22], la moral racional del yen que, según el juicio del racionalismo, se
deriva del conocimiento, todo eso procede de la representación de las fuerzas y
posibilidades del kwei y del sen.
Todo
ello queda compendiado en la palabra tao. La lucha en el hombre entre el yang
y el yin es el tao de su vida. El tejer de los espíritus en el universo es
el tao de la naturaleza. El mundo tiene tao, por cuanto tiene compás,
ritmo, periodicidad.
El
mundo tiene li (tensión), por cuanto lo conocemos y extraemos de él relaciones
fijas para aplicación remota. Tiempo, sino, dirección, raza, historia, todo esto
contemplado con la gran imagen cósmica de la primer época Chu, todo eso está
contenido en esa única palabra. Hay aquí cierta afinidad con el camino del Faraón hacia
su santuario, con el pathos fáustico de la tercera dimensión; pero el tao
hállase bien lejos de la idea de la superación técnica de la naturaleza. El porqué
chino evita la perspectiva enérgica. Pone horizontes tras horizontes e invita a andar
errabundo, en vez de proponer una meta fija. La «catedral» china de la época primitiva,
el Pi-yung, con sus senderos que pasan por puertas, enramadas, escaleras, puentes y
plazas, carece del rasgo inflexible de Egipto y de la tendencia a la profundidad del
gótico.
Cuando
Alejandro se presentó a orillas del Indo, ya la religiosidad de estas tres culturas
había decaído en las formas ahistóricas de un amplio taoísmo, budismo y estoicismo.
Mas poco después se encumbra el grupo de las religiones mágicas, en el territorio
situado entre el mundo antiguo y la Judea.
Hacia
la misma época, debió comenzar la historia religiosa de los Inca y de los Maya,
definitivamente perdida para nosotros.
Un
milenio después, cuando todo esto estaba ya también exhausto interiormente, surge en el
suelo del imperio franco tan poco prometedor, el cristianismo germano católico, con
sorprendente fuerza y ascensionalidad. Y aquí sucede como en todo: si bien el tesoro y
provisión de nombres y usos procede de Oriente, si bien miles de detalles singulares
provienen de remotísimas sensibilidades germánicas y célticas, sin embargo, la
religión gótica es algo nuevo, inaudito, algo en su fondo último incomprensible para
los no pertenecientes a ella, tanto que el establecimiento de nexos en la superficie
histórica resulta un juego sin sentido.
El
mundo místico que envuelve ese alma joven, conjunto de fuerza, voluntad y dirección,
visto bajo el símbolo primarlo de la infinitud, una gigantesca acción a distancia,
abismos de horror y de beatitud que de pronto se abren, todo esto constituía algo muy
natural para tos elegidos de esa primera religiosidad; de suerte que no necesitaban
ponerse a distancia para «conocerlo» como unidad. Vivían en ella. Pero para nosotros,
separados de esos nuestros abuelos por treinta generaciones, ese mundo es tan extraño y
prepotente, que sólo nos acercamos a la inteligencia de algunas partes aisladas, con lo
cual malentendemos el todo indivisible.
La
deidad paternal era sentida como la fuerza misma, la acción eterna, inmensa y ubicua, la
sagrada causalidad que para los ojos terrenales apenas si podía adoptar formas tangibles.
Pero todo el anhelo de la raza joven, todo el afán de esa sangre poderosa y enérgica que
ansia inclinarse humilde ante el sentido de la sangre misma, halló su expresión
en la figura de la virgen y madre María, cuya coronación en el cielo fue uno de los
primeros temas del arte gótico. María es una figura luminosa en blanco, azul y oro,
entre los celestes escuadrones.
Inclinase
sobre el recién nacido, siente la espada en el corazón, yace al pie de la cruz y
sostiene el cadáver del hijo muerto. Al recodo del milenio, estructuraron su culto
Pedro Damián y Bernardo de Claraval; el Ave María y el saludo inglés nacieron entonces;
y después, entre los Dominicos, el rosario. Innumerables leyendas envuelven a María y su
figura. La Virgen guarda el tesoro de la Gracia en la Iglesia; ella es la gran
Intercesora.
En
el círculo de los franciscanos se creó la fiesta de su Visitación; entre los
benedictinos ingleses, antes de 1100, surgió la de su Inmaculada Concepción, que distrae
a María de la humanidad mortal y la lanza en el mundo luminoso.
Pero
ese mundo de pureza, de luz y de espiritual belleza fuera impensable sin la contrafigura
inseparable, que pertenece a las cimas del goticismo y constituye una de sus más
inescrutables creaciones, hoy empero olvidada, voluntariamente olvidada. Mientras
María reina allá arriba, sonriente en su belleza y dulzura, otro mundo ocupa el plano
inferior, un mundo que dondequiera, en la naturaleza y en la humanidad, se estremece,
siembra el mal y el dolor, taladra, rompe, engaña, seduce: el reino del diablo. El diablo
atraviesa la creación toda, siempre en acecho. Una muchedumbre de coboldos, fantasmas,
brujas, trasgos nos envuelve en figura humana. Nadie sabe si este individuo que nos habla
no habrá firmado un pacto con el diablo. Nadie sabe si este niño recién logrado no es
un ente diabólico. Un terror angustioso, como acaso sólo el primer período de la
cultura egipcia lo haya conocido, pesa sobre los hombres, que, a cada instante, pueden
desaparecer tragados por el abismo. Había una magia negra, misas diabólicas y
aquelarres, fiestas nocturnas en las cimas, bebedizos hechizados y palabras mágicas. El
príncipe de las tinieblas con sus parientes madre y abuela, pues como su existencia
misma burla el sacramento del matrimonio no puede tener mujer ni hijos , con los
ángeles caídos y los demás compañeros, constituye una de las más grandiosas
concepciones de la historia religiosa, esbozada apenas en el Loki germánico. Ya en los
autos y misterios del siglo XI estaban acabadas sus figuras grotescas, con sus cuernos,
sus garras y sus cascos. Estas figuras llenan la fantasía artística y aparecen en la
pintura gótica hasta Durero y Grünewald. El diablo es astuto, perverso, cruel y, sin
embargo, al fin resulta vencido por las potencias de la luz. El y su ralea son
caprichosos, entrometidos, capciosos y de una fantasía inaudita; son la encarnación de
la carcajada infernal, frente a la sonrisa esclarecida de la reina celeste. También,
empero, encarnan el humor mundano fáustico, frente a la quejumbre del pecador contrito.
Nunca
nos representaremos con suficiente gravedad e inminencia ese cuadro del diablo. Nunca nos
figuraremos bastante profunda la fe de aquellos tiempos del demonio. El mito de María y
el mito del diablo se han formado juntos, y no es posible el uno sin el otro. Dudar de los
dos es pecado mortal.
Existe
un culto a María en las oraciones y un culto al diablo en los conjuros y exorcismos. El
hombre camina de continuo sobre un abismo oculto bajo una fina cubierta. La vida en este
mundo es una lucha continua y desesperada con el diablo, frente al cual todo miembro de la
iglesia militante ha de defenderse y pelear, probando sus fuerzas como buen caballero.
Desde
arriba contemplan la pelea los miembros de la Iglesia triunfante, ángeles y santos, en su
gloria. Y en esa lucha la gracia divina actúa como un escudo. María es la protectora, a
cuyo seno se acoge el hombre; y es también el juez de liza que otorga el premio del
torneo. Ambos mundos tienen su leyenda, su arte, su escolástica y su mística. También
el diablo puede hacer milagros. Y hay aquí algo que en ninguna otra religión primitiva
aparece: el color simbólico. El blanco y el azul simbolizan la madonna. El negro, el
amarillo azufre y el rojo pertenecen al mundo diabólico. Los santos y los ángeles flotan
en el éter. Pero los demonios saltan y cojean, y las brujas silban en la noche. Ambos
aspectos, la luz y la noche, el amor y el terror, llenan el arte gótico con su
indescriptible interioridad.
Nada
de esto es «fantasía artística». Todos estaban convencidos de que el mundo alberga
enjambres de ángeles y de demonios.
Los
ángeles luminosos de Fra Angélico y de los primitivos maestros del Rin, las figuras
grotescas en los portales de las grandes catedrales, llenan realmente el aire. Eran
vistos; su presencia era sentida por todo el mundo. Ya no tenemos idea hoy de lo que es un
mito. Un mito no es una representación estética cómoda, sino un pedazo de la más
corpórea realidad, que penetra toda la conciencia y conmueve la existencia en sus más
íntimas raíces. Esos seres andan en torso del hombre continuamente. Aquellos hombres los
miraban, sin verlos.
Creían en ellos con esa fe que considera pecaminosa la idea misma de una prueba. Lo que hoy llamamos mito, nuestro entusiasmo saturado de literatura por el gótico pintoresco, no es sino
alejandrinismo.
Entonces no se «paladeaba» el gótico; la muerte estaba oculta detrás de todas esas
representaciones [23].
Porque
el diablo podía adueñarse de un alma y seducirla a herejía, lascivia y hechicería. La
lucha contra el diablo era llevada sobre la tierra a fuego y sangre y dirigida contra los
hombres que se habían entregado a los poderes tenebrosos. Es muy cómodo prescindir de
estos rasgos, al pensar en aquellos siglos; pero sin esa realidad tremebunda, el gótico
todo quedaría reducido a romanticismo. Con los fervorosos y amantes himnos a María
ascendía al cielo el humo de innumerables hogueras.
Junto
a la catedral erguíanse el patíbulo y la rueda. En aquella época vivían los hombres
estremecidos de terror; y no al verdugo, sino al infierno. Miles de brujas estaban
convencidas de que en efecto eran brujas. Denunciábanse ellas mismas; rogaban por su
absolución, confesaban por puro amor a la verdad sus correrías nocturnas y sus pactos
con el diablo. Vertiendo lágrimas de conmiseración ordenaban los inquisidores la tortura
para salvar sus almas, Tal es el mito gótico de donde han salido las cruzadas, las
catedrales, la pintura íntima, la mística.
A
su sombra floreció aquel sentimiento gótico de la beatitud, cuya profundidad somos hoy
incapaces de representarnos.
Nada
de esto existía aún en la época de los Carolingios.
Carlomagno
castiga en la primera capitular sajona (787) la creencia germánica en trasgos y fantasmas
(strigae), y todavía en 1020 esa creencia es reprobada en el decreto de Burkard de
Worms, decreto que en forma muy mitigada pasa a incorporarse hacia 1140 en el decretum
Gratiani [24]. Cesario de Heisterbach conocía ya muy bien la leyenda del diablo. En la leyenda
Áurea aparece con tanta realidad y eficacia como la historia de María. A 1233,
cuando se remataban las bóvedas de la catedral de Maguncia y de Spira, apareció la bula Vox
in Roma, que hizo canónica la creencia en el diablo y en las brujas. Fue poco
después del «Canto al sol» de San Francisco, y mientras los franciscanos arrodillados
alzaban sus fervorosas plegarias a María, aprestábanse los dominicos a luchar contra el
diablo por medio de la Inquisición. Justamente porque en la figura de María había
hallado su centro el amor celestial, quedó el terrenal emparentado con el demonio. La
mujer es el pecado. Tal fue el sentimiento de los grandes ascetas, como igualmente lo
fuera en la Antigüedad, en la China y en la India.
El
diablo domina por medio de la mujer; la bruja es la propagadora del pecado mortal. Santo
Tomás de Aquino ha desarrollado la siniestra teoría del incubo y el súcubo. Místicos
como San Buenaventura, Alberto Magno, Duns Scoto han perfeccionado la metafísica del
diablo.
La
robusta fe del gótico es el supuesto constante del sentir renacentista. Cuando Vasari
encomia a Cimabue y a Giotto por haber sido los primeros en seguir a la naturaleza por
maestra, refiérese justamente a esa naturaleza gótica, llena de espíritus angélicos y
demoníacos, eterna amenaza de la luz ambiente. Imitar la naturaleza significa imitar su
alma, no su superficie. Acabemos de una vez con el cuento de una «renovación» de la
Antigüedad. Renacimiento, rinascita, significaba por entonces el ascenso gótico,
iniciado en el año 1000 [25], el nuevo sentimiento fáustico del cosmos, la nueva
conciencia del yo en lo infinito. Pudieron sin duda algunos espíritus
entusiasmarse por la Antigüedad que ellos se representaban. Pero esto fue un gusto, nada
más. El mito antiguo era materia de entretenimiento, un juego alegórico; a través del
fino velo transparéntase el mito verdadero, el gótico, con gran precisión. Cuando
Savonarola se presenta, desaparece al punto la broma antigua, de la vida florentina. Todos
han trabajado para la Iglesia, y con entera convicción: Rafael ha sido el más profundo
pintor de madonnas. Una firme creencia en el demonio y en la victoria sobre él, con ayuda
de los santos, constituye la base de todo este arte y de toda esta literatura. Todos
ellos, sin excepción, pintores, arquitectos, humanistas, aunque tengan continuamente en
los labios los nombres de Cicerón, Virgilio, Venus, Apolo, consideraban como muy natural
la quema de las brujas y llevaban amuletos para preservarse del diablo. Las obras de
Marsilio Ficino están llenas de sabias consideraciones sobre las brujas y el demonio.
Francesco de la Mirándola escribió en latín elegante el diálogo «Las Brujas» para
prevenir del peligro a los finos ingenios que le rodeaban [26]. Cuando Leonardo trabajaba
en Santa Ana, durante la época culminante del Renacimiento, escribíase en Roma el Martillo
de las brujas en el más exquisito latín humanista (1487). El gran mito del
Renacimiento era éste, y sin él no se comprende la fuerza enorme, típicamente
gótica, de ese movimiento antigótico. Hombres que no hubieran rastreado el demonio a su
alrededor, no hubieran podido crear ni la Divina Comedia, ni los frescos de
Orvieto, ni los techos de la Sixtina.
Sobre
el fondo poderoso de ese mito elevóse en el alma fáustica el sentimiento de lo que
realmente era: un yo perdido en el infinito, gran fuerza, pero una fuerza impotente en una
infinidad de otras fuerzas; gran voluntad, pero una voluntad llena de temor por su
libertad. Nunca ha sido el problema de la libertad de la voluntad pensado más honda y
más angustiosamente. Otras culturas no lo han conocido, Pero justamente porque la entrega
mágica era aquí imposible; justamente porque no existe aquí el yo como parte de un
espíritu universal pensante sino que el yo está solo y lucha por si solo para afirmarse
justamente por eso, todo limite de la libertad hubo de aparecer como una cadena que el yo
arrastra por la vida, y esta misma vida como una muerte viva. Mas siendo ello así, ¿por
qué?, ¿para qué?.
Esta
idea tiene por resultado una profunda sensación de culpa que, como quejumbre desesperada,
atraviesa todos estos siglos. Las catedrales elevan sus oraciones y ruegos al cielo; las
bóvedas góticas se alzan como manos cruzadas en signo de piedad; en los altos ventanales
apenas brilla una luz consoladora en la noche de las largas naves catedralicias. Las
secuencias paralelas del canto eclesiástico cortan el aliento; los himnos latinos hablan
de rodillas heridas y de disciplinazos en la celda nocturna. Para el hombre mágico la
cueva cósmica era angosta y el cielo estaba cerca. Para estos hombres del gótico, en
cambio, el cielo está infinitamente lejos. Ninguna mano parece tenderse desde esos
espacios. En torno al yo perdido se dilata el mundo del diablo. Por eso la gran
aspiración del misticismo es dejar de ser criatura, como decía Seuse, desembarazarse de
sí mismo y de toda cosa (Maestro Eckart), abandonar la reclusión del yo. Y junto al
misticismo, una meditación interminable, un análisis de conceptos cada vez más fino
para descubrir el porqué. Y, por último, el grito universal pidiendo la gracia; no la
gracia mágica que desciende como substancia, sino la gracia fáustica que desata la
voluntad.
Poder
querer libremente: he aquí en el fondo más profundo la única merced que el alma
fáustica implora del cielo. Los siete sacramentos del goticismo sentidos como
unidad por Pedro Lombardo, elevados a dogma en el concilio lateranense de 1215,
fundamentados por Santo Tomás de Aquino en el aspecto místico no tienen otro
sentido. Acompañan al alma individual desde el nacimiento hasta la muerte, y la protegen
de las potencias demoníacas que intentan encastillarse en la voluntad. Pues entregarse al
demonio significa entregarle la voluntad. La iglesia militante sobre la tierra es
la comunidad visible de los que están agradados por el goce y participaron de los
Sacramentos, para poder querer. Esta certidumbre de ser libre aparece garantida en el
Sacramento del altar, que a partir de este momento cambia por completo de sentido. El
milagro de la transubstanciación que diariamente se verifica entre los dedos del
sacerdote, la hostia consagrada en el altar mayor de la catedral, la presencia real de
quien se sacrificó por dar a los suyos la libertad de la voluntad, todo esto
producía un respiro, una embriaguez que hoy no podemos ya representarnos. Para
conmemorarlo, fue fundada en 1264 la fiesta principal de la Iglesia católica, la fiesta
del Cuerpo de Nuestro Señor, el Corpus Christi.
Pero
aún es mayor el alcance del Sacramento propiamente fáustico: la penitencia. Con
el mito de María y el mito del diablo constituye la penitencia la tercera gran creación
del goticismo y da a las otras dos una profundidad y significación peculiares.
Por
el Sacramento mágico del bautismo, el hombre era incorporado al gran consensus; el
gran espíritu divino entraba a morar en él, y para todo cuanto sucedía desprendíase de
aquí el deber de sumisión. Pero en la penitencia fáustica está inclusa la idea de
la personalidad. No es justo decir que sea el Renacimiento quien ha descubierto la
personalidad [27]. Lo que ha hecho el Renacimiento ha sido dar de la personalidad un
concepto brillante y superficial, que cualquiera pudo en seguida comprender. La
personalidad nace con el goticismo, pertenece íntimamente al goticismo, es uno y lo mismo
con el espíritu gótico. La penitencia es obra personal de cada uno. Cada uno ha de
inquirir su conciencia; cada hombre se coloca arrepentido ante el infinito; cada uno,
solitario, ha de comprender en la confesión su personal pretérito y concebirlo en
palabras; la absolución, la liberación del yo para nuevos actos responsables, se
verifica sobre un solo hombre. El bautismo es impersonal.
Lo
recibe el hombre, no este determinado hombre. Pero la idea de la penitencia
supone que cada acción adquiere su valor singular por quien la verifica. Esto es lo que
distingue la tragedia occidental de la antigua, china e india; esto es lo que ha orientado
nuestro Derecho penal siempre hacia el actor y no hacia el acto; esto es lo que, en
Occidente, ha hecho que los conceptos fundamentales de la ética se deriven del hacer
individual y no de la actitud típica. La responsabilidad fáustica, en lugar de la
sumisión mágica, la voluntad individual en lugar del consensus, la descarga en
vez de la resignación; tal es la diferencia entre el más activo y el más pasivo de los
sacramentos. Y asi llegamos de nuevo a la distinción entre la cueva cósmica y el
dinamismo de lo infinito. El bautismo se recibe; la penitencia la realiza cada cual en si
mismo. Pero justamente esa concienzuda inquisición en el propio pasado es al mismo tiempo
el testimonio más remoto y la gran escuela del sentido histórico en el hombre
fáustico. No hay otra cultura en que la vida propia sea para el viviente, rasgo por rasgo
y obligatoriamente, tan importante; pues ha de dar cuenta de ella en palabras. Si la
investigación histórica y biográfica caracterizan desde un principio el espíritu
occidental; si ambas en el fondo son examen de conciencia y confesión; si ambas
retrotraen la existencia a un fondo histórico, con plena conciencia y referencia
consciente, de un modo que en otra cultura parecería imposible e intolerable; si nosotros
nos hemos habituado a considerar la historia en aspectos milenarios y no de manera
rapsódica y decorativa, corno los antiguos y los chinos, sino con sentido de orientación
con la fórmula casi sacramental que le sirve de base: tout comprendre, c´est tout
pardonner , la causa de ello se encuentra en ese sacramento de la iglesia
gótica, en esa continua exoneración de l yo mediante exámen y justificación históricos.
Cada confesión es una autobiografía. Esa liberación de la voluntad es para nosotros
tan necesaria, que negarnos la absolución nos conduce a la desesperación, al
aniquilamiento.
Sólo
quien vislumbre la beatitud de semejante absolución interior comprenderá el viejo nombre
de Sacramentum resurgentium «sacramento de los resucitados» [28].
Si
el alma en esta difícil decisión, permanece atenida a si sola, queda siempre algo de
irresuelto, como una nube, sobre ella. No hay institución religiosa que tanta dicha haya
proporcionado al mundo. Todo el fervor y amor celestial del goticismo descansaba en la
certidumbre de la plena salvación por la virtud concedida al sacerdote. La incertidumbre
que sobrevino al decaer el sacramento de la penitencia fue causa de que se obscureciese no
sólo la alegría vital del goticismo, sino también el mundo luminoso de María. Y sólo
quedó el mundo del diablo con su dura ubicuidad. En lugar de esa beatitud, ya
irrecobrable, vino a ponerse el heroísmo protestante, y sobre todo puritano, que
sigue combatiendo, aun perdida la esperanza. «No hubiera debido quitársele al hombre la
confesión auricular», ha observado Goethe. Una pesada seriedad se extendió sobre las
comarcas donde la confesión dejó de practicarse. Las costumbres, el traje, el arte, el
pensamiento, tomaron el color nocturno del único mito restante. Nada hay más pobre de
sol que la teoría de Kant. «Cada cual sea su propio sacerdote»; a esta convicción hubo
que asirse, por cuanto contenía deberes, no por cuanto contenía derechos. Nadie se
confiesa a sí mismo con la certidumbre interna de la absolución. Por eso la eterna
necesidad de aligerar el alma, de desgravar el alma de su pasado, ha transformado
hondamente todas las formas superiores de la comunicación, y en los países protestantes
ha transformado la música, la pintura, la poesía, la carta, el libro de los
pensadores, en medios no de exposición, sino de autoacusación y confesión ilimitada. Y
aun en los países católicos, sobre todo en París, coincide la duda en la penitencia con
el nacimiento del arte psicológico. La contemplación del mundo desapareció ante la
infinita rebusca en el interior del yo. En vez del infinito, tomóse por sacerdote y juez
al conjunto de los contemporáneos y la posteridad. El arte personal, el arte en el
sentido que distingue a Goethe de Dante, a Rembrandt de Miguel Ángel, viene a ser un
sucedáneo de la penitencia. Pero con esto ya la cultura occidental se halla en la
cúspide de su época posterior [29].
18
La reforma significa en todas
las culturas lo mismo: reducción de la religión a la pureza de su idea originaria, tal
como apareció al principio, en los grandes siglos primeros. Este movimiento reformador no
falta en ninguna cultura, ya lo conozcamoscomo en Egiptoo lo
ignoremoscomo en China.
Significa también que la ciudad
y el espíritu burgués se libertan poco a poco del alma rural, se oponen a la
omnipotencia del alma rural y examinan el sentir y el pensar de las clases rurales con
relación a si, a la ciudad, al espíritu ciudadano. Si este movimiento de reforma ha
conducido en la cultura mágica y en la cultura fáustica a una disgregación y fundación
de nuevas religiones, ello es el resultado del azar y no está incluido en el concepto
mismo de reforma. Bien sabido es cuan poco faltó, bajo Carlos Quinto, para que Lutero
fuese reformador de toda la Iglesia.
Pues Lutero, como todos los reformadores en todas las culturas, fue el último, no el primero, de una serie poderosa que desde los grandes ascetas del campo llega a los sacerdotes de las ciudades. La reforma es goticismo, es la perfección y el testamento del goticismo. El coral de Lutero: «Firme castillo...» no pertenece a la lírica del barroco. En él resuena todavía el soberbio latín del Dies irae. Es el último gran cantar contra el diablo, compuesto por la iglesia militante («y aun cuando el mundo estuviera lleno de diablos»). Lutero, como todos los reformadores que aparecen desde el ano 1000, no combatió a la Iglesia por demasiado exigente, sin