Capítulo V
El
Estado.
A
EL
PROBLEMA DE LAS CLASES: NOBLEZA Y CLASE
SACERDOTAL.
1
[58]
Inescrutable
arcano de esas fluctuaciones cósmicas, que llamamos vida, es su separación en dos sexos.
Ya en las corrientes de la existencia del mundo vegetal, adheridas al suelo, hay una
tendencia a la separación, como muestra el símbolo del florecimiento: algo que es
la existencia misma y algo que la conserva. Los animales son libres, pequeños mundos
dentro del mundo mayor; son elementos cósmicos que, cerrados en forma de microcosmos,
quedan contrapuestos al macrocosmos. Y aquí se exalta la dualidad de las direcciones
hacia dos seres, el masculino y el femenino, con mayor resolución conforme se adelanta en
el transcurso de la historia animal.
Lo
femenino está más próximo al elemento cósmico, más hondamente adherido a la tierra,
más inmediatamente incorporado a los grandes ciclos de la naturaleza. Lo masculino es
más libre, más animal, más movedizo, y en el percibir y comprender, más despierto,
más tenso.
El
hombre vive el sino y concibe la causalidad, la lógica de 'o producido
según causa y efecto. Pero la mujer es sino, es tiempo, es la
lógica orgánica del devenir mismo. Por eso eternamente le permanece ajeno el principio
causal. Siempre que el hombre ha intentado hacer palpable el sino, siempre ha recibido la
impresión de algo femenino: moiré, las parcas, las nornas. El Dios máximo no es
el sino mismo, sino un dios que representa o domina el sino como el hombrea la
mujer. La mujer en las épocas primitivas es también la vidente, no porque conozca el
futuro, sino porque es futuro. El sacerdote interpreta tan sólo. La mujer es el
oráculo. El tiempo mismo habla en ella.
El
hombre hace la historia; la mujer es la historia. De manera misteriosa descúbrese
aquí un doble sentido del acontecer viviente: es una corriente cósmica y es también la
sucesión de los microcosmos mismos que aquella corriente acoge en si, protege y conserva.
Esta «segunda» historia es la propiamente masculina, la historia política y social,
historia más consciente, más libre, más movida. Arraiga profundamente en los comienzos
del mundo animal y recibe su máxima forma, simbólica y universal-histórica, en los
ciclos vitales de las culturas superiores. Femenina es aquella «primera» historia, la
historia eterna, materna, vegetalla planta misma tiene siempre algo de femenino
, la historia sin cultura de las generaciones sucesivas, que no cambia, que
fluye uniforme y suavemente por la existencia de todas las especies animales y humanas,
por todas las culturas particulares, de breve vida. Si miramos hacia atrás, nos aparece
idéntica con la vida misma. También esa historia tiene sus luchas y sus tragedias. La
mujer gana su victoria en el lecho de la parturienta. Entre los aztecas, los romanos de la
cultura mejicana, la parturienta era saludada como valiente guerrero, y la que moría
dando a luz era sepultada con las mismas fórmulas que el héroe caído en la batalla. La
eterna política de la, mujer es la conquista del hombre, mediante la cual puede ser madre
de hijos, puede ser historia, puede ser sino y futuro. La profunda prudencia, la astucia
guerrera de la mujer se endereza siempre al padre de su hijo. Pero el padre, que con la
gravedad de su esencia pertenece a la otra historia, quiere tener a su hijo como
heredero, como sujeto y sustento de su sangre y de su tradición histórica.
En
el hombre y la mujer pelean las dos clases de historia por alcanzar el predominio.
La mujer es enteramente lo que es, y su experiencia del hombre y de los hijos la refiere
siempre sólo a sí misma, a su propia determinación. Pero en la esencia del varón hay
siempre cierto dualismo. Es esto, y también aquello otro, cosa que la mujer no comprende
ni admite, y percibe este dualismo como violencia y robo de lo que para ella es lo más
sagrado. He aquí la secreta guerra de los sexos, guerra eterna, que existe desde que hay
sexos, guerra silenciosa, amarga, sin cuartel, sin merced. Hay en ella política,
batallas, ligas, contratos y traiciones. Los sentimientos raciales de odio y amor, que se
originan ambos en los hontanares del anhelo cósmico, en el sentimiento primordial de la
dirección, dominan entre los sexos con más dureza aún que en la otra historia, entre
hombre y hombre. Hay una lírica amorosa y una lírica guerrera, danzas amorosas y danzas
de armas, y hay dos clases de tragedia: Otelo y Macbeth. Pero no hay nada en el mundo
político que llegue a los abismos de la venganza de Clitemnestra y de Krimhilda.
Por
eso la mujer desprecia la otra historia, la política del hombre, que ella no comprende, y
de la que sólo sabe que le roba los hijos. ¿Qué significa para ella una victoria que
anula mil partos? La historia del hombre sacrifica la de la mujer, y existe el héroe
femenino que lleva orgulloso los hijos al sacrificioCatalina Sforza, en Imola.
Sin embargo, la eterna política recóndita de la mujer, política que se retrotrae hasta
los principios del mundo animal, consiste en apartar de aquélla al hombre para sumergirlo
en su propia política vegetal de la Perpetuación sexual, esto es, para sumergirlo en si
misma.
Y
sin embargo, todo en la otra historia sucede en el fondo para proteger y conservar esta
historia eterna del engendrar y del y del morir, Las expresiones para decir esto son muy
varias: luchar por los hogares, por la mujer y los hijos, por la prole, la raza, el
pueblo, el futuro. La lucha entre hombre y hombre acontece siempre por la sangre, por la
mujer. Por la mujer, que es el Tiempo, es por lo que existe la historia de los
Estados.
La
mujer de raza lo siente, aunque no lo sepa. Ella es el sino; ella representa el sino.
Comienza todo con la lucha entre los hombres que quieren poseerla Helena, la
tragedia de Carmen, Catalina II, Napoleón y Desirée CIary que Bernadotte al fin
arrastró al lado enemigo , lucha que llena ya la historia de especies enteras
animales. Termina con el poderío supremo de la mujer, como madre, esposa, amada, sobre el
destino de imperios Halgerda en la leyenda del Nial; Brunilda, la reina de los
francos; Marozia, que da la sede pontificia a los hombres de su elección -. El
hombre asciende en su historia hasta tener en su mano el futuro de un país
pero entonces llega una mujer y le obliga a arrodillarse. Ya pueden entonces arruinarse
los pueblos y los Estados; ella, la mujer, ha vencido en su historia. La ambición
política que alienta en una mujer de raza no tiene, en el fondo, otro propósito [59].
La
palabra historia posee, pues, un sentido doble y sagrado.
Es
historia cósmica o historia política. Es la existencia o protege la
existencia. Hay dos clases de sino, dos clases de guerras, dos clases de tragedias: las públicas
y las privadas. Nada, nadie es capaz de eliminar del mundo esta oposición. Desde un
principio está fundada en la esencia misma del microcosmos animal, que es a la vez algo
cósmico. Aparece en todas las situaciones importantes, en la figura de un conflicto entre
deberes, conflicto que sólo existe para el hombre, no para la mujer; y en el transcurso
de las culturas superiores, lejos de ser vencida, es continuamente profundizada. Existe
una vida pública y una vida privada, un derecho público y un derecho privado, un culto
común y un culto doméstico. La existencia como clase social es la existencia «en
forma» para la historia pública; pero como tribu, la existencia fluye y
constituye la historia privada. Es la vieja diferencia que hacían los germanos entre el
«lado de la espada» y el «lado del huso». Este doble sentido del tiempo encuentra su
expresión suprema en las dos ideas del Estado y de la familia.
La
articulación de la familia es, en materia viva, lo mismo que la figura de la casa es en
materia muerta [60]. Cuando se transforma la estructura y sentido de la existencia
familiar el plano de la casa varia. A la «antigua» manera de vivir corresponde la
familia agnada de estilo antiguo, que en los derechos varios de las ciudades helénicas
está aún más vigorosamente expresada que en el derecho romano, más joven [61]. La
familia se halla establecida sobre el hecho presente, sobre el aquí y ahora euclidianos,
lo mismo que la polis es concebida como la suma de los cuerpos presentes. Por lo
tanto, el parentesco de sangre no es para ella ni necesario ni suficiente; el parentesco
de sangre termina donde acaban los límites de la patria potestas, de la «casa».
La madre, con sus hijos carnales, no es parienta agnada, si se la considera en si
misma; sólo por cuanto se somete a la patria potestas del marido es la madre
hermana agnada de sus hijos [62]. En cambio, al consensus corresponde la familia
mágica, la familia cognada en hebreo, mischpacha, que está
representada por la consanguinidad paterna y materna y que posee un «espíritu», es un
«consensus» en pequeño, pero sin determinado jefe [63]. Caracteriza muy bien la
extinción del alma antigua y el desarrollo del alma mágica el hecho de que el derecho
«romano» de la época imperial pase poco a poco de la agnación a la cognación. Algunas
Novelas de Justiniano (118, 127) establecen nuevas reglas para el derecho de herencia, a
consecuencia de la victoria de la idea mágica de la familia.
Por
la otra parte, contemplamos masas de individuos que pasan y perecen, haciendo la
historia. Cuanto más puro, más hondo, más fuerte, más evidente es el ritmo común de
esas generaciones sucesivas, tanto más sangre y raza atesoran.
Sobre
la infinidad de todas ellas, destácanse unidades animadas, enjambres que se sienten
conjuntos en idéntica pulsación de la existencia; no son comunidades espirituales como
las órdenes, los gremios, las escuelas científicas, unidas en iguales verdades, sino
lazos de sangre en medio del combate de la vida.
Son
corrientes de vida quepara emplear un término deportivo muy profundose hallan
«en forma». En forma está una cuadra de caballos de carrera cuando, seguros en sus
articulaciones, saltan los potros con fino empuje las vallas y se mueven en igual ritmo
sobre la llanura. En forma están los luchadores, los esgrimidores, los futbolistas cuando
obran las mayores audacias con naturalidad y ligereza. En forma está una época del arte
cuando ha convertido la tradición en naturaleza, como el contrapunto para Bach. En forma
se halla un ejército como el de Napoleón en Austerliz o como el de Moltke en Sedán.
Todo
cuanto se ha llevado a cabo en la historia universal, no sólo en las guerras, sino
también en esa continuación de la guerra con medios espirituales, que llamamos
política; toda diplomacia triunfante, toda táctica y estrategia, no sólo de los
Estados, sino también de las clases y partidos, todo proviene de unidades vivientes que
se hallaban «en forma».
La
palabra que expresa, la educación racial es la palabra crianza, a diferencia de la
instrucción, que sirve de fundamento a las comunidades conscientes por identidad de lo
aprendido o creído. Para la instrucción hay libros; para la crianza, hace falta el ritmo
constante y armonía del contorno en que el sujeto vive, sintiéndolo, compenetrándose
con él; he aquí la educación del claustro y la educación de los pajes en el gótico.
Todas
las buenas formas de una sociedad, todo ceremonial, es el ritmo sensible, visible de una
especie de existencia. Para dominarlo hay que tener ese ritmo y tacto. Por eso las
mujeres, más instintivas y próximas al elemento cósmico, se acostumbran más pronto que
los hombres a las formas de un nuevo ambiente. Mujeres nacidas en esferas bajas se mueven
al cabo de un par de años con perfecta seguridad en un mundo distinguido. Pero igualmente
descienden con la misma rapidez. El hombre cambia menos, porque está más despierto. El
proletario nunca llega a ser perfecto aristócrata; el aristócrata nunca se convierte del
todo en proletario. Los hijos son los que ya poseen el ritmo del nuevo ambiente.
Cuanto
más profunda es la forma, tanto más rigurosa y distante. Al que no pertenece a ella !e
parecerá esclavitud. Pero el que la posee, la domina con perfecta libertad y ligereza. El
principe de Ligne era, como Mozart, señor y no esclavo de la forma. Otro tanto puede
decirse de todo aristócrata nativo, de todo político y general.
Por
eso hay en todas las culturas superiores una clase aldeana, que es raza pura y en
cierto modo naturaleza, y una sociedad que pretende estar «en forma», grupos de
clase, sin duda, más artificiales y efímeros. Pero la historia de esas clases es
historia universal en potencia superior. Comparada con ellas, la clase aldeana
aparece sin historia. Teda la historia de gran estilo, con sus seis milenios, se ha
realizado en los ciclos vitales de las culturas superiores, porque estas culturas mismas
tienen su centro creador en clases, que se someten a una crianza, en clases que han
sido criadas hasta la perfección. Una cultura es Un alma que se expresa en formas
simbólicas; pero estas formas son vivientes y evolucionan, incluso las del arte, cuya
conciencia adquirimos abstrayéndolas de la historia artística; estas formas
residen en la existencia potenciada de individuos y círculos, en eso que acabamos de
llamar «estar en forma» y que representa la cultura precisamente por esa altitud de la
forma misma.
Es
esto un rasgo grandioso y único dentro del mundo orgánico. Es el único punto en donde
el hombre se alza sobre los poderes de la naturaleza y se torna creador. El hombre,
considerado como raza, es aun creación de la naturaleza, es criado por la
naturaleza. Pero considerado como clase, el hombre se cría a si misma, lo mismo que cría
las nobles razas de plantas y anímales en su derredor. Esto, precisamente, es cultura en
el último y supremo sentido. Cultura y clase son conceptos equivalentes; nacen y perecen
como unidad. La crianza de vinos selectos, de flores y frutas selectas, la crianza de
caballos pura sangre, es cultura, y en el mismo sentido exactamente surge la cultura
humana selecta, como expresión de una existencia que se ha puesto a sí misma «en
forma».
Precisamente
por eso existe en cada cultura un fuerte sentimiento para discernir quién pertenece a
ella y quién no. El concepto antiguo del bárbaro, el concepto arábigo del
infielel amhaarez o giaur, el concepto índico del sudra, por muy
diferentemente que sean pensados, no expresan, ante todo, odio ni desprecio, sino que
establecen una diferenciación en el ritmo de la existencia, diferenciación que traza un
límite infranqueable en todas las cosas profundas. Este hecho claro e inequívoco ha sido
obscurecido por el concepto indico de la «cuarta ciase», que, en realidad, como hoy
sabemos, no ha existido nunca [64].
El código de Manu, con sus famosos preceptos sobre el trato del sudra, procede del estado felah, ya desenvuelto en India, y sin referirse a fa realidad jurídica existente, ni aun siquiera a la posible, diseña con su oposición el ideal orgulloso de los bramanes; no muy distinto hubo de ser, sin duda, el concepto del vulgar trabajador en la filosofía antigua posterior. Esto nos ha inducido a malentender la casta, como fenómeno específicamente indio, y a adoptar una opinión errónea sobre la actitud del hombre antiguo frente al trabajo.
Trátase,
en todo caso, del resto o residuo que no entra en línea de cuenta para la vida íntima de
la cultura y su simbolismo; trátase de los elementos de que prescinde, desde luego, toda
clasificación significativa, algo asi como lo que en la actual Asia oriental se llama outcast.
En el concepto gótico del corpus christianum queda expresamente dicho que el consensus
judío no pertenece a él. Dentro de la cultura arábiga, en el circulo de la nación
judía, persa, cristiana y, sobre todo, islámica, el infiel es solamente tolerado y, por
lo demás, queda despreciativamente atenido a su propia administración y justicia. En la
Antigüedad son «outcast» no sólo los bárbaros, sino en cierto sentido también
los esclavos; pero, sobre todo, los restos de la población aborigen, como los penestes en
Tesalia y los ilotas en Esparta, cuyo trato por sus señores nos hace recordar la actitud
de los normandos en la Inglaterra anglosajona y la de los caballeros germánicos en el
Oriente eslavo. En el código de Manu aparecen como nombres de la clase sudra, viejos
nombres de pueblos que pertenecen al «distrito colonial» del Ganges inferior, entre
ellos Magadhasegún lo cual podrían haber sido sudras Buda y el César Asoka, cuyo
abuelo, Chandragupta, procedía de origen humildísimo; otros son nombres de
oficios, lo que nos recuerda que también en Occidente y en otros sitios ciertos oficios
eran «outcast», como los mendigos¡que en Homero forman una clase!,
los herreros, los cantores y los sin fortuna, que en época gótica eran sustentados en
masa por la caridad de la Iglesia y la beneficencia de piadosos seglares.
Finalmente,
la casta es una palabra de la que se ha hecho mas abuso que uso. En Egipto, durante el
Imperio antiguo y medio no hubo castas, corno no las hubo tampoco en la India prebudista
ni en China antes de la época Han. Sólo en períodos muy posteriores aparecen las
castas; pero aparecen en todas las culturas. A partir de la 21 dinastía (hacia 1100),
Egipto cae en manos de la casta sacerdotal tebana y de la casta guerrera libia, y el
anquilosamiento va desde entonces progresando hasta la época de Herodoto, que consideró
la situación de su tiempo falsamente como especifica de Egipto. Nosotros cometemos el
mismo error respecto a la India. La clase y la casta se diferencian como la cultura
primera se diferencia de la civilización posterior. En la formación de las clases
primordiales, nobleza y sacerdocio, desenvuélvese la cultura. En las castas se expresa el
estado felah definitivo. La clase es lo más vivo que existe; es la cultura en marcha, es
«forma acuñada que se desenvuelve viviendo». La casta, en cambio, es lo definitivamente
concluso; es el tiempo del acabamiento como absoluto pretérito.
Las
grandes clases son cosa completamente distinta de los grupos profesionales, como
obreros, empleados, artistas; estos grupos se mantienen por tradición técnica y por el
espíritu de su trabajo. Pero las grandes clases son símbolos en carne y
sangre; su ser, su apariencia, su actitud, su modo de pensar tienen un sentido
simbólico. En toda cultura la clase aldeana es un puro trozo de naturaleza y de
crecimiento; por tanto, una expresión impersonal. En cambio, la nobleza y la clase
sacerdotal son el resultado de una crianza e instrucción superior; son, pues, expresión
de una cultura personal que por la altitud de su forma excluye no sólo al
bárbaro, al sudra, sino a todos los que no pertenecen a la clase, considerándolos como restos;
la nobleza los llama «pueblo» y el sacerdote «legos». Y ese estilo de la
personalidad es el que se petrifica en el felaquismo y se convierte en tipo de una
casta que, inalterable, perdura por los siglos. Si dentro de la cultura viviente la raza y
la clase se contraponen como lo impersonal y lo personal, así en las épocas felahs la masa
y la casta, el coolee y el braman o mandarín se contraponen como lo informe
a lo formulario. La forma viviente se ha convertido en fórmula, con estilo, sin
duda, pero con la rigidez estilizada, con el estilo petrificado de la casta; es algo de
una finura suprema, penetrada de espíritu y dignidad, algo que contempla a los hombres
vivientes y cambiantes de una cultura desde una altitud infinitamente superiorno
tenemos idea de la altura desde la cual un mandarín o un braman miran el pensar y el
hacer europeo, ni podemos imaginar cuan profundamente debían despreciar los sacerdotes
egipcios a sus visitantes, como Pitágoras y Platón; pero es también algo que
camina inmóvil a través del tiempo, con la sublimidad bizantina de un alma que, desde
hace tiempo, dejó tras de si resueltos todos los misterios y problemas.
2
En
la época carolingia distinguíanse los siervos, los libres y los nobles. Es ésta una
jerarquía primitiva fundada en los meros hechos de la vida exterior. En la época primera
del goticismo dicen las ordenanzas de Freidank: «Dios ha creado tres vidas: los
dependientes, los caballeros y los sacerdotes.» He aquí verdaderas diferencias de clase,
en una cultura que acaba de despertar. La «espada y la estola» se oponen al arado.
Aquéllas constituyen las clases, en el sentido más pretencioso, y se contraponen a todo
lo demás, a lo que no es clase, a lo que, siendo un hecho, carece de sentido profundo. La
distancia interior, sentida por todos, es tan fatal y poderosa que no hay intelección que
no la comprenda. Asciende de las aldeas el odio; desciende de los castillos el desprecio.
Ni la posesión, ni la fuerza, ni la profesión han abierto este abismo entre las
«vidas».
No
tiene esta división fundamento lógico alguno. Es de naturaleza metafísica.
Más
tarde, después de haberse formado las ciudades, aparece la burguesía, el «tercer
estado o tercera clase». También el burgués mira ahora despreciativo hacia el campo
que, en su derredor yace, romo, inmutable, soportando la historia. Frente al campesino, el
burgués se siente más despierto, más libre y, por tanto, más progresivo en la vía de
la cultura. También desprecia a las dos clases primarias, «hidalgos y curas», como algo
que espiritualmente se halla debajo e históricamente detrás de él. Pero frente a esas
dos clases humanas, el burgués, como el aldeano, es un resto, no es una clase. El
labrador casi no existe en el pensamiento de los «privilegiados». El burgués existe,
sí; pero como lo contrario, como el fondo sobre el cual se destacan los
«privilegiados». La burguesía es aquello por contraste con lo cual las dos clases
primordiales se dan cuenta de su sentido trascendente, ajeno a todo lo práctico. Y si
Es
una idea la que sirve de base a las dos clases primordiales y sólo a ellas.
Esta idea les proporciona el poderoso sentimiento de un rango, concedido por Dios, y, por
tanto, substraído a toda critica, rango que les impone el deber de respetarse a sí
mismas, de tener conciencia de sí mismas y también de someterse a la más dura crianza
y, en ocasiones, de afrontar la muerte. Ese rango confiere a las clases primordiales la
superioridad histórica, el encanto del alma, que no presupone fuerza, pero que la crea.
Los hombres que pertenecen a dichas clases íntimamente y no sólo por el nombre, son
verdaderamente algo distinto del resto; su vida, en oposición a la vida aldeana y
burguesa, va sustentada en una dignidad simbólica. Su vida no es vida para ser vivida,
sino para tener un sentido. En las dos clases primordiales exprésanse los dos aspectos de
toda vida libre en movimiento: en una, la existencia; en otra, la conciencia.
Toda
nobleza es símbolo viviente del tiempo. Todo sacerdocio es símbolo del espacio.
El sino y la santa causalidad, la historia y la naturaleza, el cuando y el donde, la raza
y el idioma, la vida sexual y la vida sensual, todo esto alcanza aquí su máxima
expresión posible. El noble vive en un mundo de hechos; el sacerdote vive en un mundo de
verdades. Aquél entiende de las cosas, éste las conoce; aquél actúa, éste piensa. El
sentimiento cósmico del aristócrata es todo ritmo; el del sacerdote es todo tensión.
Entre los días de Carlomagno y de Conrado II se ha formado, en la corriente de la
existencia, algo que no puede explicarse, algo que es preciso sentir para comprender el
nacimiento de una cultura nueva. Hacía muchísimo tiempo que había nobles y sacerdotes;
pero sólo ahora, y no por mucho tiempo, existe una nobleza y una clase sacerdotal en
máximo sentido y con la gravedad plena de una significación simbólica [65]. El poder de
este simbolismo es tan grande, que ante él retrocede cualquier otra diferencia de
comarcas, pueblos e idiomas. Los sacerdotes góticos forman una gran comunidad sobre todos
los países, desde Irlanda hasta Calabria. La aristocracia antigua primitiva ante Troya, y
la aristocracia gótica primitiva ante Jerusalén, actúan como una sola gran
familia. Los distritos del viejo Egipto y los Estados feudales de la primer época Chu
aparecen como formas mezquinas frente a las clases, como igualmente la Borgoña y la
Lorena en la época de los Staufen. El cosmopolitismo surge al comienzo y al final de cada
cultura: al principio, porque la fuerza simbólica de las formas sociales es superior aun
a la de las formas nacionales, y al final, porque la masa informe se sumerge bajo ellas.
Las
dos clases se excluyen desde el punto de vista de la idea.
La
contraposición primordial de lo cósmico y lo microcósmico, contraposición que pasa por
todos los seres libres con movimiento en el espacio, es la base de su doble
significación. Cada una de las clases es posible y necesaria por la otra. En el mundo
homérico domina un hostil silencio sobre el mundo órfico; y para éste
aquéldemuéstranlo los pensadores presocráticos es un objeto de ira y de
desprecio. En la época gótica los espíritus reformadores se opusieron en entusiasmo
sagrado a las naturalezas renacentistas; el Estado y la Iglesia no llegan nunca a un
arreglo, y esta oposición culmina en la lucha entre el Imperio y el Pontificado, cumbre
que sólo para el hombre fáustico era posible.
La
nobleza es la clase propiamente dicha, conjunto de sangre y raza, corriente de
existencia en la forma más perfecta imaginable. La nobleza es, precisamente por eso, una
clase labradora superior. Todavía hacia 1250 era válida por todo Occidente la frase de
que «quien labra de mañana, cabalga por la tarde al torneo», y era corriente la
costumbre de que los caballeros se desposaran con hijas de aldeanos. El castillo,
contrariamente a lo que le sucede a la iglesia, nace de la casa aldeana, pasando por la
residencia campesina de los nobles, por ejemplo, en la época de los Francos. En las sagas
de Islandia los cortijos son sitiados y defendidos como castillos. La nobleza y la clase
labradora son vegetativas, instintivas, profundamente arraigadas en la tierra madre.
Propáganse, críanse en el cuido del árbol genealógico. Comparada con éstas, la clase
sacerdotal es propiamente la anti-clase, la clase de la negación, la no-raza, la
independencia con respecto al suelo, la conciencia libre, intemporal, sin historia. En
cada aldea, desde la Edad de piedra hasta las cumbres de la cultura, en cada estirpe
aldeana se representa en pequeño ¡a historia universal. En vez de pueblos, son familias;
en vez de naciones, son cortijos; pero el sentido último de la lucha allí y aquí es el
mismo: la perpetuación de la sangre, la serie de las generaciones, lo cósmico, la mujer,
la fuerza. Macbeth y el rey Lear hubieran podido concebirse en forma de tragedias
aldeanas; ésta es la prueba de que son tragedias auténticas. En todas las culturas
aparecen la nobleza y la clase labradora en forma de generaciones, voz que en todos
los idiomas confina con la designación de los dos sexos o géneros en que la vida se
propaga, tiene historia y hace historia. Y como la mujer es historia, el rango interior de
las estirpes aldeanas y nobiliarias se determina según el grado de raza que sus mujeres
poseen, según el grado de sino que sus mujeres representan. Por eso hay un sentido
profundo en el hecho de que la historia universal, cuanto más genuina y social, tanto
más incluye el torrente de la vida pública en la vida privada de algunas grandes
estirpes, incorporándoselas. En esto se funda el principio dinástico; pero también el
principio de la personalidad histórica. Los sinos de los Estados resultan dependientes de
los sinos privados, por que pasan unas pocas personalidades, sinos que adquieren entonces
dimensiones extraordinarias. La historia de Atenas en el siglo V es, en gran parte, la
historia de los Alcmeónidas; la historia de Roma es la de algunas estirpes, como los
Fabios o los Claudios. La historia de los Estados barrocos es, en su bosquejo, idéntica a
las actuaciones de la política de los Habsburgos y de los Borbones, y sus crisis tienen
la forma de matrimonios y guerras de sucesión. La historia del segundo matrimonio de
Napoleón comprende el incendio de Moscú y la batalla de Leipzig. La historia del
pontificado es, hasta muy entrado el siglo XVIII, la historia de algunas estirpes nobles
que aspiran a la tiara para fundar un principado familiar. Y lo mismo puede decirse de los
dignatarios bizantinos y de los primeros ministros ingleses, como demuestra la historia
familiar de los Cecil. Y aun cabe afirmar lo propio de muchos jefes de grandes
revoluciones.
Todo
esto lo niega el sacerdote. Y lo niega también la filosofía, por cuanto es sacerdocio.
La clase de la pura conciencia y de las eternas verdades va contra el tiempo, la raza, la
generación, en cualquier sentido. El hombre, como labrador o caballero, tiende hacia la
mujer, que es el sino. El hombre, como sacerdote, se aparta de la mujer. La nobleza se
halla siempre en peligro de convertir la vida pública en vida privada, recluyendo la
amplia corriente de la existencia al lecho de la breve corriente de sus antepasados y
nietos. El sacerdote genuino no conoceen ideala vida privada, la estirpe, la
«casa». Para el hombre de raza, la muerte sin herederos es la verdadera y terrible
muerte, como vemos en las sagas de Islandia, y en el culto chino de los antepasados. El
que vive en los hijos y los nietos lo muere del todo. Mas para el verdadero sacerdote vale
siempre el media vita in morte sumus. Su herencia es espiritual y rechaza el
sentido de la mujer. Las formas, siempre repetidas, de esta segunda clase son el celibato,
el claustro, la lucha contra la sexualidad hasta la autocastración, el desprecio de la
maternidad, que se expresa en el orgiasmo y en la prostitución sagrada y en el
rebajamiento conceptual de la vida sexual, hasta la definición grosera del matrimonio por
Kant [66]. En toda la Antigüedad rige la ley de que en el recinto sagrado del templo, en
el temenos, nadie puede nacer ni morir. Lo intemporal no
El
noble es el hombre como historia. El sacerdote es el hombre como naturaleza.
La historia de gran estilo ha sido siempre expresión y resonancia de la vida de una
comunidad nobiliaria, y el rango interior de los acontecimientos se determina por el ritmo
en esa corriente de la existencia. Esta es la razón por la cual la batalla de Cannas
significa mucho y las batallas de la época imperial romana no significan nada. El
despuntar de un período primero se caracteriza regularmente por el nacimiento de una
nobleza primitivael principe es considerado como primus Ínter pares y visto
con desconfianza, porque una raza fuerte no necesita de un gran individuo, y este
individuo incluso pondría en cuestión el valor de aquella raza, por lo cual las guerras
de vasallos son la forma eminente de verificarse toda historia primitiva, y esa
nobleza primaria tiene en adelante en sus manos el sino de la cultura. Aquí la existencia
llega a estar «en forma», con una fuerza morfogenética silenciosa y por ende tanto más
enérgica; aquí el ritmo se introduce en la sangre y se afirma para todo el porvenir.
Pues lo que para toda época primitiva significa esa ascensión creadora hacia la forma
viviente, eso mismo significa para toda época posterior la fuerza de la tradición,
esto es, la vieja y dura crianza, el ritmo seguro, de tanta energía que sobrevive a las
viejas estirpes e incansablemente trae a su conjuro nuevos hombres y nuevas corrientes de
existencia. No puede dudarse de que la historia toda de las épocas posteriores está ya
irrevocablemente implícita en las primeras generaciones, según su forma, su ritmo y su
compás. Sus éxitos son exactamente equivalentes a la fuerza de la tradición inclusa en
la sangre. Sucede en la política lo que en todo arte grande y llegado a madurez: los
éxitos presuponen que la existencia se halla perfectamente «en forma», que el gran
tesoro de las experiencias remotas se ha convertido en instinto, en un instinto tan
inconsciente como evidente. No hay otra clase de maestría. El individuo considerable
sólo es dueño del futuro y significa algo más que un caso, cuando actúa en esa forma y
por esa forma o es resultado de ella; cuando es sino o tiene sino. Esto es lo que
diferencia el arte necesario del arte superfluo, e igualmente la política
históricamente necesaria de la política superflua. Por muchos que sean los hombres
del pueblocomo conjunto de los sin tradiciónque lleguen a la capa directora,
y aun cuando sólo ellos quedaran como directores, siempre estarán sin saberlo, poseídos
por el aliento inmenso de la tradición, que da forma a sus actitudes espirituales y
prácticas, regula sus métodos, y no es sino el ritmo de remotísimas generaciones
pretéritas.
Pero
la civilizaciónverdadero retorno a la naturaleza es la extinción de la
nobleza, no como estirpe, que esto fuera de escasa importancia, sino como tradición
viviente; es la substitución del sino rítmico por la inteligencia causal. La nobleza
redúcese entonces a ser un adjetivo. Pero la historia civilizada se convierte por ello
precisamente en historia superficial, orientada hacia fines dispersos y próximos,
historia informe diluida en el cosmos, dependiente del azar de los grandes individuos,
historia sin certidumbre interna, sin línea, sin sentido. Con el cesarismo la historia
torna aun estado ahistórico, retrocede al ritmo primitivo de la época primaria, a las
luchas tan interminables como insignificantes por el poder material, a esas peleas que
casi identifican a los emperadores militares del siglo IIIy sus «correspondientes»
los 16 Estados chinos entre 265 y 420con los sucesos que acontecen entre las fieras
de un bosque.
3
De
aquí se sigue que la historia auténtica no es «historia de la cultura» en el
sentido antipolítico que tanto aman los filósofos y doctrinarios de toda civilización
incipientey, por lo tanto, de hoy, sino todo lo contrario, historia de razas,
historia de guerras, historia diplomática, el sino de las corrientes vitales en figura de
hombre y mujer, de estirpes, pueblos, clases, Estados, que en el oleaje de los grandes
hechos se defienden y se atacan unos a otros. La política, en su sentido máximo, es
vida y la vida es política. Todo hombre, quiéralo o no, es miembro de ese acontecer
militante, ya como sujeto, ya como objeto; no cabe una tercera actitud. El reino del
espíritu no es de este mundo, sin duda; pero lo supone, como la conciencia supone
la existencia. Sólo es posible como continua negación de la realidad, la cual
precisamente por ser negada existe.
La
raza puede prescindir del idioma; pero ya el modo de hablar el idioma es expresión racial
[68]. E igualmente todo lo que acontece en la historia del espírituque
existe tal historia demuéstralo la potencia de la sangre sobre la sensación y la
intelección, todas las religiones, todas las artes, todos los pensamientos, puesto
que son conciencia activa en forma, son también, con todas sus evoluciones, con todo su
simbolismo, con toda su pasión, expresiones de la sangre que circula por esas formas de
la conciencia en generaciones sucesivas. El héroe no necesita saber nada de ese otro
mundo. El héroe es vida pura.
Pero
el santo no puede vencer en si la vida para estar sólo consigo mismosino por
medio de un riguroso ascetismo. Y la fuerza para ello necesaria es, a su vez, la vida
misma. El héroe desprecia la muerte y el santo desprecia la vida. Pero frente al
heroísmo de los grandes ascetas y mártires, la piedad de la mayoría es como esa de la
que dice la Biblia: «Porque tú no eres ni frío ni caliente, quiero arrojarte de mi
boca.»
Por
eso descubrimos que aun la grandeza religiosa supone raza, supone una vida fuerte, una
vida en que hay algo que domar. Lo demás es mera filosofía.
Por
eso la nobleza, en sentido histórico universal, es infinitamente más de lo que las
cómodas épocas postrimeras quieren que sea. No es una suma de títulos, derechos y
ceremonias, sino una posesión íntima, difícil de adquirir, difícil de conservar y que,
si se entiende bien, parece digna de que se le sacrifique una vida. Una vieja estirpe no
significa simplemente una serie de antepasadostodos tenemos abuelos, sino de
antepasados que, en largas series de generaciones, vivieron en las cumbres de la historia,
y no sólo tuvieron, sino que fueron sino, y en cuya sangre, merced a una experiencia
secular, fue criada hasta la perfección la forma dei acontecer. La historia, en sentido
máximo, comienza con una cultura. Por eso es capricho superficial el de los Colonna, por
ejemplo, que pretendían retraer su estirpe hasta la época romana. En cambio, sí tiene
sentido la opinión de los bizantinos distinguidos, que pretendían descender de
Constantino, y la de los americanos actuales, que consideran nobleza el contar entre sus
antepasados alguno de los emigrantes que llegaron en 1620 en el Mayflower. En
realidad, la nobleza antigua comienza en la época de Troya, no en la de Micenas, y la
nobleza occidental en la gótica, no con los francos y los godos, y la nobleza inglesa con
los normandos y no con los sajones. Sólo a partir de estos momentos hay historia, y, por
lo tanto, sólo a partir de ellos existe una nobleza primitiva de rango simbólico. En esa
nobleza adquiere su plenitud y perfección lo que al principio fue llamado por nosotros
ritmo cósmico [69]. Pues todo eso que, en tiempos de madurez, llamamos tacto diplomático
y socialy hay que incluir en ello la visión estratégica y comercial, la pericia
del coleccionador de cosas raras, la sensación refinada del buen conocedor de hombres y,
en general, todo lo que no se aprende, sino que se tiene, y que en los demás
despierta la envidia impotente del incapaz; todo lo que es forma concomitante al
curso de los acontecimientos es caso particular de aquella certidumbre cósmica y como
ensoñada, que se expresa visible en los giros de una bandada de pájaros y en los
movimientos victoriosos de los nobles potros.
El
mundo como naturaleza rodea al sacerdote. Y éste profundiza la imagen de la
naturaleza al meditar sobre ella. Pero la nobleza vive en el mundo como historia y lo
profundiza, cambiando su imagen. Las dos imágenes se desenvuelven en tradición
magna; pero aquélla es el resultado de la instrucción ésta, de la crianza.
He aquí una diferencia fundamental entre ambas clases; de donde resulta que sólo una de
ellas es verdadera clase, mientras que la otra aparece como clase por su
contraposición extrema a la primera. La crianza se extiende hasta la sangre misma y de
los padres pasa a los hijos. Pero la instrucción presupone disposiciones; por eso una
clase sacerdotal fuerte y auténtica es siempre una colección de talentos
particularesuna comunidad de concienciasque no tiene en cuenta el origen en el
sentido racial y que, por lo tanto, niega el tiempo y la historia. ¡Afinidad intelectual
y parentesco de sangre! Pensad en la diferencia que existe entre estas palabras. El
sacerdocio hereditario es una contradicción. En la India védica fúndase en el hecho de
que existe una segunda nobleza que confiere los derechos sacerdotales a los talentos de su
seno. Pero el celibato pone en todas partes un término a esa transgresión de fronteras.
El «sacerdote en el hombre» sea éste noble o nosignifica un centro de la
causalidad sagrada en el espacio cósmico. La fuerza sacerdotal misma es de naturaleza
causal, efecto de causas superiores y actuantes a su vez como causa. El sacerdote es el medianero
en la extensión sin tiempo, tendida entre la conciencia del lego y los secretos más
profundos. Por eso en todas las culturas el sacerdocio está determinado, en su
significación, por el símbolo primario de cada cultura. El alma antigua niega el
espacio; no necesita, pues, del medianero, por lo cual la clase sacerdotal antigua
desapareció ya en los comienzos. El hombre fáustico se enfronta ante el infinito y nada
le protege del poder apremiante que en el infinito se encubre; por eso el sacerdocio
gótico se potenció hasta culminar en la idea del Pontificado.
Son
dos intuiciones del mundo, dos maneras de circular la sangre por las venas y de entretejer
el pensamiento en la realidad y en la acción diaria. Y en cada cultura surgen dos
morales. Cada una de ellas mira desdeñosa a la otra; son la costumbre noble y el
ascetismo espiritual que se rechazan una a otra, calificándose de profana o de esclava.
Ya hemos mostrado [70] cómo aquélla brota en el castillo y ésta en el claustro y la
catedral; aquélla en la existencia plena, en medio del torrente de la historia, y ésta
allende la vida, en pura conciencia, en medio de la naturaleza colmada de Dios, Las
épocas posteriores no pueden hacerse una idea del poderío que encierran esas impresiones
primarias. El sentimiento profano y el sentimiento espiritual de la clase se hallan en
momentos ascendentes y se fabrican un ideal moral de clase, sólo accesible al
miembro de la clase por medio de una escuela larga y rigurosa.
La gran
corriente de existencia se siente como unidad frente al resto, en donde la sangre
corre perezosa y sin ritmo. La gran comunidad de conciencia se sabe unida
frente al resto de los no iniciados. Aquélla es el batallón de los héroes; ésta es la
comunión de los santos.
Siempre
será el gran mérito de Nietzsche haber reconocido antes que nadie la doble esencia de
toda moral [71]. Sin duda, sus conceptos de moral de los señores y moral de los esclavos
no expresan los hechos con entera exactitud, y el «cristianismo» queda, en su teoría,
demasiado exclusivamente recluido en un solo lado. Pero en el fondo de todas sus
consideraciones está clara y fuertemente impresa la idea de que bueno y malo son
distinciones de la nobleza, mientras que bueno y perverso son distinciones del sacerdocio.
Bueno y malo, conceptos totémicos de las primitivas estirpes y asociaciones varoniles, no
designan modos de pensar o sentir, sino hombres en la totalidad de su ser viviente. Los
buenos son los poderosos, los ricos, los felices. Bueno quiere decir fuerte, valiente, de
noble raza, en todos los idiomas de las primeras épocas. Malos, venales, míseros,
ordinarios son los impotentes, los desheredados, los infelices, los cobardes, los nimios,
los hijos de nadie, como se decía en el antiguo Egipto. Bueno y perverso, en cambio, son
conceptos tabú que valoran al hombre con relación a su sentir y a su entender, esto es,
a sus modos de vigilia y de conciencia, a sus acciones conscientes.
Infringir la costumbre de amor en el sentido racial es ordinariez. Infringir el
mandamiento de la caridad es perversidad. La costumbre distinguida es el resultado
inconsciente de una crianza continuada.
Se
aprende en el trato y no en los libros. Es ritmo sentido y no concepto. Pero la otra moral
es tesis; está articulada según principio y consecuencia; es aprendible y constituye la
expresión de una convicción.
La
moral nobiliaria es enteramente histórica y reconoce como efectivas y dadas todas las
diferencias de tango, todos los privilegios. El honor es siempre honor de clase. No existe
honor de la humanidad entera. El duelo no le es permitido al siervo. Cada hombre, ya sea
beduino, samurai o corso, aldeano, trabajador, juez o bandido, tiene su propio concepto
del honor, de la fidelidad, de la valentía, de la venganza, concepto que no tiene
aplicación a ninguna otra especie de vida.
Toda
vida tiene costumbres; no cabe pensar la vida de otra forma. Ya los niños las
tienen en sus juegos; saben al punto y espontáneamente lo que conviene. Nadie ha dado
esas reglas, y, sin embargo, esas reglas existen. Surgen inconscientemente del
«nosotros», que ha ido formándose por la uniformidad del ritmo en cada círculo.
También en este sentido hállase la existencia «en forma». Toda multitud que por
cualquier motivo se reúne en la calle, tiene al momento su costumbre; quien no la posee
como algo evidenteno digamos le «obedece», porque es expresión harto
intelectualistaes malo, ordinario y no pertenece al grupo. Las gentes incultas y los
niños disponen de una finísima sensibilidad para percibir esas discordancias, Pero los
niños tienen que aprenderse también el catecismo, en donde se instruyen sobre el bien y
el mal establecidos y no espontáneos ni evidentes. La costumbre no es lo que es verdad,
sino lo que existe. La costumbre se desenvuelve de un germen nativo; es
sentimiento, es lógica orgánica. La moral, por lo contrarío, no es nunca
realidadque si no el mundo entero fuera santo-, sino eterna exigencia que
pende sobre la conciencia y, en idea, sobre la conciencia de todos los hombres, sin tener
en cuenta las diferencias de vida real y de historia. Por eso toda moral niega y toda
costumbre afirma. En la costumbre, lo peor es estar sin honra. En la moral, lo
mejor es estar sin pecado.
El
concepto fundamental de toda costumbre viva es la honra. Todo lo demás, fidelidad,
humildad, valentía, caballerosidad, dominio de si mismo, resolución, está comprendido
en el honor. Y el honor es cuestión de sangre, no de intelecto.
No
hay que reflexionarpues al punto se cae en la deshonra. Perder la honra significa
quedar aniquilado para la vida, para el tiempo, para la historia. La honra de la clase, de
la familia, del hombre, de la mujer, del pueblo y de la patria; la honra del labrador, del
soldado y aun del bandido: toda honra significa que la vida en una persona es algo
valioso, posee rango histórico, distancia, nobleza. Pertenece al tiempo dirigido, así
como el pecado pertenece al espacio intemporal. Tener honra en el cuerpo significa casi
exactamente lo mismo que tener raza. Lo contrario son las naturalezas a lo Tersites, almas
hechas de heces, plebeyismo que dice: «Pisotéame, pero déjame en vida.» Aceptar una
ofensa, olvidar una derrota, gemir ante el enemigotodos éstos son signos de vida
inválida y superfina, y, por tanto, algo completamente distinto de la moral sacerdotal,
que no se agarra a cualquier vida, por despreciable que sea, sino que prescinde de toda
vida y, por lo tanto, del honor en general. Ya lo hemos dicho: todo acto moral es en el
fondo un trozo de ascetismo, un matar la existencia.
Por
eso la moral cae fuera de la vida y del mundo histórico.
4
Aquí
hemos de anticipar algo que confiere a la historia universal, en las épocas postreras, en
las grandes culturas y en la civilización incipiente, su riqueza de colorido y la hondura
simbólica de los acontecimientos. Las clases primordialesnobleza y
sacerdocioson, sin duda, la expresión más pura de los dos aspectos vitales;
pero no la única. Ya muy temprano, y aun preformadas en la época primitiva,
despuntan otras corrientes de existencia y otros enlaces de conciencia, en los que el
simbolismo del tiempo y el espacio alcanza expresión viviente y que junto con aquellas
clases primariasnobleza y sacerdocioconstituyen la gran plenitud de eso que
llamamos división social o sociedad.
La
clase sacerdotal es microcósmica y animal; la nobleza es cósmica y vegetativa; de aquí
su profundo nexo con la tierra. Es la nobleza una planta, hondamente arraigada en la
tierra; en esto se ve una vez más su carácter de aldeanismo sublimado. Esta especie de
nexo cósmico es la que produce la idea de la propiedad, idea completamente ajena
al libre microcosmos móvil en el espacio. Propiedad es un sentimiento humano, no un
concepto, y pertenece al tiempo, a la historia, al sino y no al espacio y a la causalidad.
No cabe dalle fundamentos lógicos, pero existe [72]. El «tener» comienza con la planta
y se prolonga en la historia del hombre superior, por cuanto tiene algo de vegetativo,
de raza. Por eso la propiedad es, en su sentido eminente, siempre propiedad del suelo
y la tendencia a convertir las ganancias en fincas y tierras es siempre señal de buen
temple en el hombre. La planta posee el suelo en que arraiga. El suelo es su
propiedad [73]; la planta lo defiende durante toda su vida con ardimiento desesperado,
contra ajenos gérmenes, contra poderosas plantas vecinas, contra la naturaleza entera.
Asi, el pájaro defiende su nido en donde está empollando. Las más duras luchas por la
propiedad no se desenvuelven en los tiempos posteriores de las grandes culturas y entre
ricos y pobres, por bienes muebles, sino aquí, en los comienzos del mundo vegetal. Quien
en medio de la selva siente cómo la lucha silenciosa por el suelo hierve en torno, día y
noche, sin merced, ha de temblar ante la hondura insondable de este instinto, que casi se
confunde con la vida.
Hay
aquí peleas que duran años, guerras tenaces y duras, resistencias desesperadas del
débil contra el fuerte, que duran acaso hasta que el mismo vencedor cae deshecho; hay
tragedias como no se repiten sino en las humanidades primitivas, cuando una vieja estirpe
de aldeanos es expulsada de la tierra, del nido, o cuando una familia de noble
tronco queda desarraigadaen la significación exacta de la palabrapor el
dinero [74]. Las luchas visibles en las ciudades posteriores tienen un sentido harto
distinto; porque aquí, en el comunismo de cualquier índole que sea, se trata no de la
vida, sino del concepto de la propiedad como medio puramente material. La negación de la
propiedad no es nunca un instinto racial, sino todo lo contrario, la protesta doctrinaria
de la conciencia puramente espiritual, urbana, desarraigada, negadora del elemento
vegetativo; la protesta, en suma, de los santos, de los filósofos, de los idealistas. El
monje solitario y el socialista científico, llámese Moh Ti, Zenón o Marx, rechazan la
propiedad por iguales motivos. Los hombres de raza la defienden por los mismos
sentimientos. También aquí se contraponen hechos y verdades. La propiedad es un robo: he
aquí, expresado en la
forma
más materialista posible, el viejo pensamiento: ¿qué le importa al hombre ganar el
mundo si pierde el alma? El sacerdote renuncia a la propiedad como algo peligroso y
extraño.
Pero
la nobleza, si renuncia a la propiedad, se anula a sí misma.
Partiendo
de aquí se desenvuelve un doble sentimiento de la propiedad: la posesión como
poderío y la posesión como botín.
Ambos
sentidos coexisten en el hombre originario, de raza.
Todo
beduino, todo wikingo quiere ambas cosas. El héroe del mar es siempre pirata; todo
guerrero aspira a poseer y, sobre todo, a poseer tierra. Un paso más, y el caballero se
torna bandido y el aventurero se convierte en conquistador y rey, como el normando Rurik
en Rusia y muchos piritas aqueos y etruscos en la época homérica. En toda poesía
heroica encontramos, junto al fuerte y natural placer de la lucha, de la potencia, de la
mujer, y junto a los estallidos desenfrenados de felicidad, de dolor, de ira y de amor, la
alegría poderosa de la «posesión».
Cuando
Ulises desembarca en su tierra, cuenta ante todo los tesoros en el barco; y cuando en la
saga de Islandia los labradores Hialmar y Elvarod ven que el otro no tiene bienes en el
barco prescinden de contender: loco es quien pelea por coraje y por el honor. En la
epopeya india, afanoso de lucha significa tanto como anheloso de ganado; y los griegos
colonizadores del siglo X fueron ante todo piratas, como los normandos. En el mar, todo
barco extranjero es, sin vacilar, buena presa. Las campañas de los caballeros de Arabia
meridional y de Persia hacia 200 de Jesucristo, y las «guerres privées» de los
barones provenzales de 1200que no eran casi otra cosa que robos de ganado, se
desenvuelven a fines de la época feudal en la forma de grandes guerras, con el fin de
conquistar tierras y hombres. Todo esto es lo que, al fin, cría la alta nobleza y la pone
«en forma». Pero los sacerdotes y los filósofos lo desprecian.
Estos
instintos primarios se disgregan unos de otros a medida que la cultura crece, y acaban por
entrar en pugna. La historia de estos instintos es casi toda la Historia universal.
El sentimiento del poderío da por resultado la conquista, la política y el
derecho. El sentimiento del botín produce el comercio, la economía
y el dinero. Derecho es la propiedad del fuerte. Su derecho es el derecho de todos.
El dinero es el arma más fuerte del que adquiere. Con ella se somete el mundo. La
economía quiere un Estado débil y sumiso. La política exige la incorporación de la
vida económica bajo la esfera del Estado: Adam Smith y Federico List, el capitalismo y el
socialismo. En todas las culturas existe al principio una nobleza de guerreros y
comerciantes; luego una nobleza de la tierra y del dinero, y, por último, una guerra
militar y económica y una lucha ininterrumpida del dinero con el derecho.
En
el otro aspecto se separan el sacerdocio y la erudición.
Uno y otra no
se refieren a los hechos, sino a las verdades; uno y otra pertenecen al aspecto tabú de
la vida, al espacio. El miedo a la muerte no es solamente el origen de todas las
religiones, sino también el de toda filosofía y toda ciencia de la naturaleza. Pero a la
causalidad santa opónese la causalidad profana. Profano es el nuevo concepto que
se contrapone a religioso; lo religioso no aceptaba la erudición, la ciencia, sino como
sirvienta a su mandado. Profana es toda la crítica posterior, por su espíritu, su
método, su fin. Tampoco cabe exceptuar a la teología posterior. Sin embargo, en todas
las culturas la erudición se mueve dentro de las formas del sacerdocio antecedente y
demuestra con ello que ha nacido de la contradicción y sigue dependiendo, en todo y por
todo, del modelo primitivo.
La
ciencia «antigua» vive, pues, en comunidades culturales de estilo órfico, como la
escuela de Mileto, la liga pitagórica, las escuelas médicas de Cretona y Cos, las
escuelas áticas de la Academia, del Peripatos y de la Stoa, cuyos jefes pertenecen al
tipo del sacerdote y vidente, hasta en las escuelas jurídicas de los Sabinianos y
Proculeyanos. En el mundo arábigo también sucede lo mismo; a la ciencia pertenecen el
libro sagrado, el canon, como el canon físico de Ptolomeo (Almagesto) y el médico de Ibu
Sina, el corpus filosófico de Aristóteles con muchos pasajes apócrifos y las leyes y
métodos de las citas [75] -leyes y métodos casi siempre no escritos, y el
comentario como forma del progreso intelectual, y las grandes escuelas como claustros
(Medressen) que proporcionaban a maestros y oyentes una celda, alimento y vestido, y las
orientaciones científicas como cofradías. El mundo científico de Occidente tiene toda
la forma de la Iglesia católica, sobre todo en las comarcas protestantes. Entre las
órdenes sabias, de la época gótica y las escuelas casi monásticas del siglo
XIXcomo la hegeliana, la kantiana, la escuela histórica del derecho, o también
algunos Colleges inglesesforman la transición los maurinos y bolandistas de
Francia, quienes desde 1650 dominaron y en parte fundaron las ciencias auxiliares de la
historia. Existe en todas las ciencias especializadas, en la medicina, en la filosofía de
cátedra, una jerarquía con sus papas, sus grados, sus dignidadesel doctorado
equivale a la consagración sacerdotal, sus sacramentos y sus concilios. El concepto
de «lego» es severamente conservado; y es combatido con pasión el sacerdocio universal
de los fieles, en forma de ciencia popular, como la darwinista. El idioma sabio fue al
principio el latín; hoy se han formado innumerables idiomas especiales, por ejemplo, en
lo que se refiere a la radioactividad o al derecho de obligaciones, idiomas que sólo
comprenden los que han logrado la última iniciación. Hay fundadores de sectas, como
algunos discípulos de Kant y Hegel; hay misiones para infieles, como las de los monistas;
hay herejes, como Schopenhauer y Nietzsche; hay el destierro y el
índiceconspiración del silencio.
Hay
eternas verdades, como la división de los objetos jurídicos en personas y cosas; hay
dogmas, como los de la energía y la masa, y la teoría de la herencia; hay un rito para
citar los escritos fidedignos y una especie de beatificación científica [76].
Añádase
a esto que el tipo del científico occidental llega a su máxima altura a mediados del
siglo XIXal mismo tiempo que el tipo del sacerdote llega a su máximo
descensoy considera el cuarto de trabajo como la celda de un monaquismo profano,
llevando a suprema plenitud los inconscientes votos de esta orden: pobreza, en la
forma de un honrado menosprecio de la abundancia y vida amplia, unido al sincero desprecio
del oficio comercial y de todo aprovechamiento de los descubrimientos científicos para
los fines utilitarios de ganar dinero; castidad, que llega hasta el desarrollo de
un celibato científico, cuyo modo y cumbre es Kant; obediencia, que llega al
sacrificio, en pro del punto de vista sustentado por la escuela. Hay que añadir a esto
una especie de apartamiento del mundo, epígono profano del monaquismo gótico,
menosprecio de casi toda la vida pública y de todas las formas de la buena sociedad; poca
crianza y harta instrucción. Lo que para la nobleza, aun en sus posteriores
ramificaciones, para el juez, para el terrateniente, para el oficial, es alegría natural
en la propagación del tronco, en la propiedad y en el honor, todo eso es para el
científico mezquindad, si se compara con la posesión de una pura conciencia científica,
o la propagación de tal método o de tal conocimiento, lejos de todo comercio en el
mundo. Si en los momentos actuales el sabio ha cesado de vivir ajeno al mundo; si la
ciencia muchas veces se pone con gran inteligencia al servicio de la técnica y de la
ganancia, ello denota que el tipo puro empieza a decaer y que la época grande del
optimismo intelectualcuya expresión viviente era aquel tipopertenece ya al
pasado.
Síguese
de todo esto una estructura natural de las clases, estructura que en su evolución y en su
actuación constituye el esqueleto fundamental en el ciclo de toda cultura. No ha sido
creada por resolución, ni puede ser cambiada a voluntad.
Las
revoluciones no la alteran, sino cuando son formas del desarrollo y no resultados de una
voluntad privada. El hombre activo y pensante no se da cuenta del último sentido cósmico
que reside en dicha estructura, porque, arraigada harto hondo en la existencia humana,
parece siempre evidente. La parte superficial es la que proporciona los lemas y los
motivos por los cuales se lucha, en ese aspecto de la historia que suele distinguirse y
separarse de la teoría, aunque en la realidad no puede separarse. La nobleza y el sacerdocio
crecen primero en el campo libre, y representan el puro simbolismo de la existencia y la
conciencia, del tiempo y el espacio. Los dos aspectos del botín y de la meditación dan
de si luego dos tipos de menor simbolismo, que, en las postrimerías, en la época urbana,
se convierten en potencias bajo la forma de economía y ciencia.
En
estas dos corrientes de existencia son pensadas sin escrúpulos, y con hostilidad a la
tradición, las ideas de sino y causalidad, y pensadas hasta sus limites extremos; surgen
entonces poderes que en implacable hostilidad se desvían y apartan de aquellos ideales de
clase, sustentados por los héroes y los santos; esos poderes son el dinero y el espíritu.
El dinero y el espíritu mantienen con el heroísmo y la santidad la misma relación que
la ciudad con el campo. La propiedad se llama desde entonces riqueza, y la concepción del
mundo, ciencia: sino profanado, causalidad profana. Mas también la ciencia y la nobleza
se contradicen. La nobleza no demuestra, no inquiere, sino que es. El «de ómnibus
dubitandum» es burgués, ordinario; pero, por otra parte, contradice también al
sentir fundamental del sacerdocio, que reduce la critica a un papel auxiliar. Además, la
pura economía tropieza aquí con una moral ascética, que rechaza la ganancia, como
igualmente la rechaza y desprecia la nobleza genuina, establecida en sus dominios. Hasta
la vieja nobleza comercial viene a tierra, por ejemplo, en las ciudades Hanseáticas, en
Venecia, en Génova, por no haber podido o lo haber querido abandonar su tradición y
adoptar las formas del negocio en la gran urbe. Y, finalmente, la economía y la ciencia
mismas se miran con hostilidad; en las luchas entre ganancia y conocimiento, entre el escritorio
y el cuarto de trabajo, entre el liberalismo negociante y el liberalismo
doctrinario renuévase la vieja gran hostilidad de la acción y la contemplación, del
castillo y la catedral. En una u otra forma, repítese esta estructuración en toda
cultura, lo que hace posible una morfología comparada, incluso en el aspecto social.
Los
grupos profesionales de los obreros, funcionarios, artífices y trabajadores se
hallan fuera de la auténtica organización de clase. Las corporaciones de los
herreros (China), escribas (Egipto) y cantores (Antigüedad) se remontan a los tiempos
más primitivos, y a veces, a consecuencia de la separación profesional, que llega hasta
suprimir el conubium, se convierten en verdaderas tribus, como los falascha,
de Abisinia [77], y algunas de las clases sudras enumeradas en el código de Manu.
Los
grupos profesionales se fundan en capacidades técnicas y no en el simbolismo del tiempo y
del espacio. Su tradición se limita igualmente a la técnica y no comprende moral ni
costumbres propias, como las que aparecen en la economía y la ciencia. Los
oficiales y los jueces forman una clase, porque se derivan de la nobleza; no así los
funcionarios, que constituyen una profesión. Los sabios forman una clase, porque se
derivan de los sacerdotes; pero los artistas constituyen una profesión.
En
los primeros, el sentimiento del honor y la conciencia se adhieren a la clase misma; en
los segundos se refieren al resultado o producto de la actividad. Hay algo de simbolismo,
bien que escaso y débil, en la totalidad de los primeros. Ese simbolismo, en cambio,
falta por completo a los últimos. Por eso hay en éstos algo extraño, algo irregular y a
veces algo despreciable; piénsese en el verdugo, el comediante, el cantor ambulante o en
la estimación del escultor antiguo. Sus grupos y comparaciones se separar de la sociedad
o buscan la protección de las otras clases o de patronos o Mecenas individuales
; pero no pueden acomodarse en la organización general, y esto encuentra su
expresión en las guerras corporativas de las viejas ciudades y en los instintos y
hábitos sociales de los artistas.
5
La
historia de las clases que debe prescindir de los grupos profesionales por
completo es, pues, una exposición del elemento metafísico en la humanidad
superior, por cuanto se eleva a un simbolismo máximo en ciertos ámbitos vitales, entre
los cuales se cumple la historia de las culturas.
Ya
el tipo marcado del aldeano, al principio, es algo nuevo.
En
la época de los Carolingios y en la Rusia zarista del «mir» [78] existían los hombres
libres, y los siervos que cultivaban la tierra; pero no existía la clase aldeana.
El sentimiento de una profunda heterogeneidad frente a las dos «vidas» simbólicas
recordemos la expresión del Freidank es el que convierte esa vida en clase,
en la clase productora, tomada la palabra en su sentido pleno, esto es, en la raíz
de la gran planta llamada cultura, que hunde sus fibras en lo hondo del suelo materno y
aspira todos los jugos y las savias para enviarlos arriba, a la copa del árbol, donde la
cima penetra en la luz de la historia.
La
clase productora sirve a la vida inmensa, no sólo alimentándola con los productos de la
tierra, sino también dándole su sangre, que, durante siglos y siglos, mana de las aldeas
para verterse en las clases superiores, adoptando sus formas y conservando su vida. La
expresión característica de esta relación es dependencia o servidumbre
sean las que fueren las ocasiones que en el curso superficial de la historia han venido a
producirla . La servidumbre se desarrolla entre 1000 y 1400 en la cultura
occidental. Y en las demás culturas ocupa épocas «correspondientes». Los ilotas de
Esparta son dependientes o siervos, como los clientes en la antigua Roma. De la clientela
romana surge, a partir de 471, la plebe rural, esto es, una clase de aldeanos
libres. En la pseudomorfosis del Oriente «romano», esa tendencia hacia una forma
simbólica adquiere una fuerza extraordinaria; en el Oriente romano el orden de las
castas, fundado por Augusto, con su distinción entre funcionarios senadores y
funcionarios caballeros, se desarrolla en sentido retroactivo, hasta que por el año 300,
y en todos los lugares donde predomina el sentir mágico, llega a las clases del goticismo
primitivo (1300) y a las del imperio sassánida [79]. Los funcionarios de una
administración ultracivilizada dan de sí una pequeña nobleza: los decuriones, hidalgos
aldeanos y patricios ciudadanos, que son responsables en cuerpo y bienes ante el señor
por todos los impuestos una especie de feudalismo por acción retrógrada ; y
la posición de estos nobles se hace poco a poco hereditaria, como en la V dinastía
egipcia, como en los primeros siglos de Chucuando ya I-Wang (934-909) tuvo que
abandonar las conquistas a los vasallos que establecían condes y jefes de su elección
y como en las Cruzadas. Igualmente se hace hereditario el empleo de oficial y de
soldado deber feudal de las armas , todo lo cual Diocleciano fijó luego en la
ley. El individuo es fuertemente incorporado a la clase (corpori adnexus), y el
principio de la corporación obligatoria se extiende a todos los oficios, como en la
época gótica y en la época egipcia primitiva. Pero, sobre todo, el cultivo de los
latifundios con esclavos [80], en la época de la antigüedad decadente, se convierte por
necesidad interna en el colonado hereditario de los pequeños arrendatarios, mientras que
las tierras dominicatas se transforman en distritos administrativos y el señor recauda
los impuestos y entrega el contingente militar [81]. Entre 250 y 300, el colono queda
legalmente atado a la tierraglebae adscriptus; y así queda establecida la
distinción de clases entre el señor feudal y el siervo [82].
La nobleza y la
clase sacerdotal son posibilidades que se dan en toda nueva cultura. Las excepciones
aparentes obedecen a falta de tradición palpable. Sabemos hoy que en China existió una
verdadera clase sacerdotal [83]. Y en los comienzos de la religiosidad órfica, hacia el
siglo II a. de J. C., es evidentemente necesario admitir la existencia de un sacerdocio
organizado en clase; las figuras épicas de Tiresias y Calcas lo indican bien a las
claras. También la evolución del Estado feudal egipcio supone una nobleza primitiva ya
en la dinastía III [84]. Pero ¿en qué forma y con qué fuerza se realizan estas clases
e intervienen en la historia posterior, creándola, sustentándola y aun representándola
por sus destinos propios? Esto depende del símbolo primario que constituye el núcleo de
cada cultura y la base de todo su idioma formal.
La
nobleza, que es como una planta, surge siempre de la tierra, con la propiedad, a la que
está fuertemente adherida.
Dondequiera
toma la forma de la estirpe, en la cual se expresa también la «otra» historia,
la historia de la mujer, y por la voluntad de duración, o sea de sangre, se revela como
gran símbolo del tiempo y de la historia. Hemos de ver cómo la primitiva burocracia del
Estado, la alta burocracia fundada en la confianza personal del rey en algunos vasallos,
produce dondequiera, en China y en Egipto lo mismo que en la Antigüedad y en Occidente,
en primer término cargos y dignidades cortesanas, y de tipo feudal, desde el mariscal (en
chino, sse-ma), el camarero mayor (chen), el maestre de la cocina (ta-tsai),
hasta el preboste (nan) y el conde (peh [85] y luego busca la fijeza
hereditaria y relación con la tierra, siendo así, finalmente, el origen de las estirpes
nobles.
La
voluntad fáustica de infinito se expresa en el principio genealógico. Este
principio, aunque parezca extraño, es exclusivo de esta cultura; pero en ella penetra y
configura todas las concreciones históricas, sobre todo los Estados, hasta su más honda
medula. El sentido histórico que por siglos enteros nos hace conocer el sino de la propia
sangre y atestiguar con documentos el punto y origen de los antepasados; la cuidadosa
ramificación del árbol genealógico que puede hacer depender la posesión actual, y su
sucesión, del destino de un matrimonio celebrado acaso hace quinientos años; los
conceptos de sangre pura, de pairia, de «mésalliance»; todo esto es voluntad de
dirección al futuro remoto, voluntad que acaso no se ha manifestado nunca en otra
cultura, si no es la nobleza egipcia, y aun aquí en formas mucho menos enérgicas.
En
cambio, la nobleza «antigua» se orienta totalmente en el sentido momentáneo de la
estirpe agnaticia y forma un árbol genealógico de carácter mítico, sin el menor
sentido histórico, buscando tan sólo una satisfacción que no se cuida lo más mínimo
de la verosimilitud histórica, y que sólo aspira a poner un fondo brillante e ilustre a
la actual situación de los vivientes.
De
aquí la ingenuidadque de otro modo fuera inexplicablecon que el individuo
vislumbra a Teseo o a Hércules inmediatamente detrás de sus abuelos y se fabrica un
árbol genealógico fantástico, y si es posible, varios, como Alejandro.
Así
también se explica la facilidad con que las familias romanas pudieron introducir sus
nombres en las listas falsificadas de los viejos cónsules. En los entierros de la nobleza
romana iban procesionalmente los bustos en cera de los grandes antepasados; pero lo que
más importaba era el número y brillo de los famosos nombres, no el efectivo nexo
genealógico con el presente. Este rasgo aparece en toda la nobleza antigua, que, como la
nobleza gótica, forma una unidad de estructura y espíritu interior, desde la Etruria
hasta el Asia Menor. En él se funda la potencia que poseían, aun al comienzo de la
época posterior, las alianzas familiares a través de todas las ciudades, aquellas phylai,
fratrías y tribus que en forma sacra cultivaban una relación y una realidad
totalmente actual, como las tres phylai dóricas y las cuatro phylai
jónicas, como las tres tribus etruscas que en la Roma primitiva aparecen bajo los nombres
de Ticios, Ramnes y Luceres, En los Vedas las almas de los padres y «madres» tienen
derecho al culto para tres generaciones próximas y tres remotas [86], pasadas las cuales
caen en el pretérito. Nunca tampoco llegó más allá el culto de los antiguos a las
almas. He aquí la diferencia extrema entre este culto y el culto de los antepasados en
China y Egipto; éste, en idea, no termina nunca, conservándose así la estirpe misma
más allá de la muerte, en ciertas ordenaciones. En China vive hoy todavía un duque
Kung, descendiente de Confucio, e igualmente existe un descendiente de Lao-tsé y otro de
Chang-Lu.
No
se trata de un árbol genealógico con muchas ramas; la línea, el tao del ser se
continúa evidentemente también por adopción o por otros medios. La adopción incorpora
espiritualmente al adoptado a la estirpe del adoptante, obligándole al culto de los
antepasados.
Un
indomable placer de vivir corre por los siglos florecientes de esta clase noble, la clase
propiamente dicha, que es toda ella dirección, sino y raza. En el centro de su
pensamiento y de su acción hállanse la mujer que es historia y la
luchaque hace la historia. A la poesía nórdica de los escaldas y a la
poesía amorosa del Sur corresponden los viejos cantos de amor en el Chi-King de la época
caballeresca china [87], cantos que eran recitados en el Pi-yung, lugar de la crianza y
educación noble, del Hiao, De igual manera, los juegos solemnes y públicos de lanzar las
flechas, en el sentido agonal de los antiguos, y los torneos góticos, como los
bizantinos, pertenecen a este aspecto homérico de la vida china.
Frente
a este se encuentra el aspecto órfico, que expresa la experiencia íntima del
espacio, en el estilo de la clase sacerdotal. La índole euclidiana de la extensión
antigua, que no necesita intermediarios para comerciar con los dioses, en relación
corpórea y próxima, lleva consigo el hecho de que la clase sacerdotal comience siendo en
efecto una clase, para reducirse bien pronto a una suma de magistraturas ciudadanas. Y el tao
de los chinos implica que los sacerdocios, hereditarios al principio, se conviertan
luego en clases profesionales de orantes, escribas y lectores de oráculos, que acompañan
con ritos prefijados el culto practicado por las autoridades y los cabezas de familia. El
sentimiento cósmico del indio va a perderse en lejanías inmensas; y por eso la clase
sacerdotal, en la India, llega a ser una segunda nobleza, que con enorme poder hace presa
en la vida entera y ocupa un lugar intermedio entre el pueblo y el amplio mundo de los
dioses. Por último, el sentimiento de la cueva se expresa en el hecho de que, propiamente
hablando, el sacerdote de estilo mágico es el monje, el ermitaño que va adquiriendo
mayor importancia, al paso que el sacerdocio mundano pierde cada vez más sentido
simbólico.
En
cambio, la clase sacerdotal fáustica, que hacia 900 carecía aún de toda importancia y
dignidad, va encumbrándose en rauda ascensión hasta ocupar el puesto de medianera entre
la humanidad y la inmensidad del macrocosmos, concebido en la tensión patética de la
tercera dimensión. El sacerdocio occidental queda, por el celibato, excluido de la
historia y, por el character indelebilis, substraído al tiempo; culmina en el
Pontificado, que representa el máximo símbolo imaginable del sagrado espacio dinámico y
que no ha sido anulado por
La
contradicción, que palpita en todo microcosmos entre la existencia y la conciencia, hace
que se contrapongan, por íntima necesidad, una a otra las dos clases fundamentales. El
tiempo quiere sojuzgar al espacio; el espacio aspira a dominar sobre el tiempo. El poder
espiritual y el poder temporal son magnitudes de tan diverso orden y tendencia, que parece
imposible una reconciliación o aun sólo un arreglo entre ellas.
Pero
en las demás culturas no llega nunca esta lucha a explosiones históricas de gran
cuantía. En China la nobleza tenía asegurada la preeminencia, a causa del tao. En
la India el sacerdocio había de conservar la supremacía, a causa del espacio con sus
infinitas ondas. En la cultura arábiga, la incorporación del nexo visible, mundano, de
los fieles al gran consensus espiritual está inmediatamente dada con el
sentimiento mágico mismo; así queda afirmada la unidad del Estado mundano y del Estado
espiritual, la unidad del derecho y de la soberanía. Aunque no ha sido ello bastante a
impedir los roces entre ambas clases; en el imperio sassánida hubo choques sangrientos
entre la nobleza de los Dinkane y el partido de los magos, llegándose hasta el asesinato
de algunos reyes. En Bizancio, durante todo el siglo V se suceden las luchas entre el
poder imperial y el poderío sacerdotal, sirviendo de fondo siempre a las luchas y
disputas entre los monofisitas y los nestorianos [88]. Pero la relación fundamental no
fue nunca puesta en cuestión.
En
la cultura antigua, que rechazó lo infinito por doquiera y como quiera, el tiempo quedaba
reducido al presente, y el espacio al cuerpo particular tangible; por eso las clases
impregnadas de alto simbolismo llegan a ser insignificantes frente a la ciudad-Estado, que
da la expresión más enérgica posible al símbolo primario de la cultura antigua. En
cambio, la historia de la humanidad egipcia revela constantemente, hasta en la época del
felah, la lucha de ambas clases y de ambos simbolismos; y es porque la cultura egipcia
aspira, con poderoso afán de profundidad y con igual fuerza, a la lontananza del tiempo y
a la lontananza del espacio. El tránsito de la cuarta a la quinta dinastía va unido a un
triunfo evidente del sentimiento sacerdotal sobre el caballeresco; el Faraón, que era
cuerpo y sujeto de la suprema deidad, conviértese en su servidor, y el santuario de Re
supera en gravedad arquitectónica y simbólica al templo-sepulcro del monarca. El imperio
nuevo presencia, tras los primeros grandes Césares, el encumbramiento político de los
sacerdotes de Amon de Tebas y luego otra vez la calda del rey-hereje Amenofis IV, que
tiene un notorio aspecto político, por otra parte; hasta que la historia del mundo
egipcio llega a su fin con la dominación extranjera, tras las luchas interminables entre
la casta guerrera y la casta sacerdotal.
Esta
lucha entre dos símbolos igualmente poderosos ha sido llevada en la cultura fáustica con
un sentido parecido, pero con mucha más pasión. Entre el Estado y la Iglesia, desde los
primeros tiempos góticos, la paz es sólo tregua. En esta lucha se expresa la
condicionalidad de la conciencia, que quisiera hacerse independiente de la existencia,
pero que no puede conseguirlo. Los sentidos necesitan de la sangre; pero la sangre no
necesita de los sentidos. La guerra pertenece al mundo del tiempo y de la historia. Sólo
la disputa con razones, la discusión, es espiritual. Una Iglesia que lucha es una
Iglesia que se traslada del reino de las verdades al reino de los hechos; del reino de
Jesús al reino de Pilatos. Conviértese en un elemento dentro de la historia racial y
sucumbe a la fuerza plasmante de la parte política de la vida; lucha con la espada
y el escudo, con la ponzoña y el puñal, con el soborno y la traición, con todos los
medios utilizados por las peleas partidistas, en cada época, desde el feudalismo hasta la
democracia moderna, sacrifica dogmas en pro de ventajas mundanas y se alfa con herejes y
paganos contra potencias fieles. El pontificado como idea posee una historia
propia; pero, independientemente de esto, los papas de los siglos VI y VII fueron
gobernadores bizantinos de origen sirio y griego, luego poderosos propietarios rurales con
enjambres de siervos, y finalmente, el patrimonium Petri, al principio de la época
gótica, fue una especie de ducado en manos de las grandes estirpes nobles de la Campania,
que alternativamente iban dando papas, sobre todo los Colonna, los Orsini, los Savelli,
los Frangipani, hasta que también aquí acabó por dominar el feudalismo general y la
Silla de San Pedro llegó a estar vinculada entre las familias de los barones romanos, de
suerte que el nuevo Papa, como cualquier rey alemán o francés, había de sancionar los
derechos de sus vasallos. Los condes de Tusculum nombraron, en 1032, Papa a un niño de
doce años. Ochocientos castillos se alzaban entonces en el territorio de la ciudad, entre
las ruinas y sobre las ruinas de la antigüedad. En 1045 tres papas se encerraron y se
hicieron fuertes en el Vaticano, en el Laterano y en Santa María Maggiore, y cada uno de
ellos era defendido por su séquito.
Añádase
a esto la ciudad, con su alma propia, que empieza separándose del alma rural, para luego
equipararse a ésta, y, por fin, intenta sojuzgarla y anularla. Pero esta evolución se
verifica en los modos de la vida y pertenece, por tanto, a la historia de las
clases. Tan pronto como aparece la vida urbana, tan pronto como entre los
habitantes de esos pequeños establecimientos se forma un espíritu común, que siente la
propia vida como algo distinto de la vida fuera de la ciudad, comienza a actuar el encanto
de la libertad personal, atrayendo hacia las calles urbanas nuevas corrientes de
existencia. Hay una como pasión por ser urbano, burgués y extender la vida de la ciudad.
Esa
pasión, y no las ocasiones materiales, explica la fiebre de los antiguos por fundar
ciudades, fiebre que vemos y reconocemos en sus últimos epígonos, en la época llamada
de colonización con término no del todo exacto. El entusiasmo creador del
hombre urbano, que, a partir del siglo X en la Antigüedad y en épocas correspondientes
de las demás culturas, incluye generación tras generación en el cerco de una vida
nueva, evoca por vez primera en la historia humana la idea de la libertad. Esta
idea no procede de un origen político, ni menos aún abstracto; expresa tan sólo el
hecho de que dentro de los muros de la ciudad se acaba la adherencia vegetativa al suelo y
se rompen los lazos que atan y constriñen la vida campesina. En esencia, la libertad
tiene siempre algo de negativo.
Desata,
liberta, defiende; ser libre es siempre quedar libre de algo. La ciudad es la expresión de
eso libertad; el espíritu ciudadano es la intelección que se ha hecho libre, y todo
lo que en épocas posteriores despunta en los movimientos espirituales, sociales y
nacionales, bajo el nombre de libertad, tiene su origen en ese hecho primario de la
liberación, el hecho de que el hombre logra libertarse del campo.
Pero
la ciudad es más antigua que el ciudadano o burgués.
Atrae
primero a las clases profesionales, que se hallan fuera de la división simbólica en
clases. Estas clases profesionales reciben en la ciudad la forma de corporaciones. Luego
vienen las clases primordiales mismas; la pequeña nobleza construye sus castillos en el
arrabal y los franciscanos sitúan sus conventos en las proximidades de la ciudad, sin que
este suceso cambie interiormente nada. No sólo la Roma pontificia, sino todas las
ciudades italianas de esta época están llenas de castillos y fortalezas que pertenecen a
las estirpes nobles y en los cuales se inician las luchas callejeras. En una famosa
pintura de Siena siglo XIVse ven sus torres circundando la plaza del mercado.
El palacio florentino del Renacimiento no sólo desciende de las nobles cortes provenzales
por la suntuosa vida que alberga, sino que también su fachada lo hace heredero del
castillo gótico que los caballeros alemanes y franceses construyen en las alturas. Poco a
poco se forma una vida separada. Entre 1250 y 1450 las estirpes nobles, que se han
incorporado a la ciudad, forman en ella el patriciado, por oposición a las corporaciones
y gremios; con lo cual se separan de la nobleza rural. El caso se da idéntico en la China
primitiva, en Egipto y en el Imperio bizantino, y así se comprenden las más viejas
confederaciones de ciudades, como la etrusca, acaso la latina, y la relación sacra entre
las colonias y la metrópoli. No es la ciudad, la polis, la que dirige los
acontecimientos, sino el patriciado de las philae y phratriae en las
ciudades. La ciudad, la POLIS primitiva, es idéntica a la nobleza,
como sucede en Roma hasta 471 y en Egipto y en las ciudades etruscas siempre. De la
nobleza arranca el sinequismo (tendencia a vivir juntos) y la formación de la
ciudad-Estado; y en todas las demás ciudades la diferencia entre la nobleza rural y la
nobleza ciudadana no tiene al principio importancia, siendo, en cambio, muy vigorosa la
diferencia entre la nobleza en general y el resto de la población.
Nace
la burguesía por la fundamental contradicción entre la ciudad y el campo. Por muy duras
luchas que tengan entre si las «estirpes» y las «corporaciones», siempre resulta que
la oposición al campo las reúne en un común sentir frente a la nobleza primitiva y al
Estado feudal y también frente al feudalismo de la Iglesia. El concepto del tercer estado
(le tiers, según la famosa palabra de la Revolución francesa) es unidad de contradicción:
no puede, pues, encontrar determinación en su contenido, pues carece de propios hábitos
y de simbolismo propio, ya que la sociedad burguesa distinguida copia a la nobleza, y la
religiosidad ciudadana sigue la pauta del sacerdocio primitivo. El pensamiento de que la
vida no ha de servir a fines prácticos, sino que ha de sujetarse en toda su actitud a
expresar el simbolismo del espacio y del tiempo, siendo esto lo único que la capacita
para aspirar a una jerarquía superior, es una idea que provoca la más amarga
contradicción por parte de la inteligencia urbana. Esta inteligencia, a cuya esfera
pertenece toda la literatura política de las épocas posteriores, dispone una nueva
agrupación de las clases, partiendo de la ciudad; empieza por ser teoría, pero pronto,
merced a la omnipotencia del racionalismo, se realiza en la práctica y aun en la
sangrienta realidad de las revoluciones. La nobleza y el clero, si aun existen, aparecen
entonces como clases privilegiadas, acentuándose harto este privilegio; con lo que,
tácitamente, se expresa que su pretensión a disfrutar de privilegios reconocidos, por su
jerarquía histórica, resulta anticuada y absurda a los ojos del derecho racional o
natural. Ahora tienen su centro en las capitalesconcepto importantísimo de
las épocas postrimerasy desenvuelven las formas aristocráticas, llegando a esa
distinción que impone el respeto, tal como la percibimos en los cuadros de Reynolds y
Lawrence. Frente a la nobleza y al clero se presentan los poderes espirituales de la
ciudad triunfante, la economía y la ciencia, que, juntos con la masa de los
trabajadores, funcionarios y artesanos, forman un partido sin unidad propia, pero siempre
unido y cerrado cuando comienza la lucha de la libertad, esto es, de la independencia
ciudadana, contra los grandes símbolos del tiempo viejo y contra los derechos derivados
de estos símbolos. Todos estos son elementos del tercer estado, que no cuenta por
jerarquías, sino por cabezas y que en las postrimerías de todas las culturas es siempre
«liberal», esto es, libre de los poderes íntimos de la vida no ciudadana. La economía
es libre para toda adquisición de dinero, la ciencia es libre en la critica; con lo cual,
en todas las grandes resoluciones, es el espíritu quien lleva la palabra en libros y
reunionesdemocraciay el dinero quien saca el provechoplutocracia,
y al final vence siempre no la idea, sino el capital. Pero aquí reaparece la oposición
entre las verdades y los hechos, oposición que se desarrolla en la vida de la ciudad.
Como
protesta contra los viejos símbolos de la vida rural, la ciudad contrapone a la nobleza
de sangre los conceptos de nobleza económica y de nobleza espiritual. Aquélla es una
pretensión no del todo pura; mas, por lo mismo, un hecho eficaz.
Y
ésta es una verdad, pero nada más, y a los ojos ofrece un espectáculo dudoso. En todas
las épocas finales la nobleza primitivanobleza de las Cruzadas, dice una expresión
significativa, que ha convertido en forma y ritmo un trozo de poderosa historia, se
aniquila interiormente en las grandes cortes. Pero entonces un retoño nuevo se encumbra
hasta ella. Asi, en el siglo IV, la entrada de grandes familias plebeyas (conscripti)
en el Senado romano de los patres da lugar a la «nobilitas», nobleza de
latifundios dentro del orden senatorial.
En
la Roma pontificia se constituye de igual manera la nobleza de los «nepotes»; hacia 1650
no había más de cincuenta familias cuyo árbol genealógico tuviese trescientos años.
En los Estados meridionales de la Unión se desenvuelve, desde la época del barroco, esa
aristocracia de plantadores que fue vencida en la guerra de Secesión (1861-65) por las
fuerzas económicas del norte. La vieja nobleza mercantil, por el estilo de los Fugger, de
los Welser, de los Mediéis y de las grandes casas de Venecia y Génova entre las
que hay que poner casi todo el patriciado de las colonias griegas desde 800ha tenido
siempre un rasgo aristocrático, raza, tradición, buenas maneras y la tendencia natural a
restablecer el enlace con el suelo, mediante adquisición de fincas (aun cuando la vieja
casa solariega en la ciudad no era mal sucedáneo). Pero la nobleza moderna de los
negociantes y especuladores, con su gusto improvisado por las formas distinguidas, se
introduce, al fin, en la nobleza de sangreen Roma los equites (caballeros)
desde la primera guerra púnica, en Francia bajo Luis XIV [89]y la conmueve y la
pervierte, mientras por otra parte la nobleza del talento, en la época de la
ilustración, vierte sobre la otra nobleza sus peores sarcasmos. Los confucianos rebajaron
el viejo concepto chino del shi, y de costumbre noble lo convirtieron en virtud
espiritual; el Pi-yung, que fuera antaño palestra de caballeros, conviértese en
«escuela del espíritu», en gimnasio docente, como lo pensara nuestro siglo XVIII.
Al
terminarse la época final de toda cultura, llega también a su término, más o menos
violentamente, la historia de las clases. Vence la mera voluntad de vivir, en libertad y
desarraigo, sobre los grandes símbolos de la cultura que la humanidad, toda urbanizada,
ya ni comprende ni tolera. El dinero borra todo sentido de los valores inmuebles,
adheridos al suelo.
La
critica científica elimina todo resto de piedad. La liberación de los campesinos es, en
parte, una victoria sobre los ordenamientos simbólicos; el campesino queda substraído a
la presión de la dependencia, pero entregado a la potencia del dinero, que convierte el
suelo en mercancía mueble. Este paso se verifica entre nosotros en el siglo XVIII;
en Bizancio hacia 74, por la ley geórgica del legislador León III [90], con la cual
desaparece lentamente el colonado; en Roma, a la fundación de la plebe en el año 471.
Pausanias, por entonces, intentó vanamente en Esparta libertar a los ilotas.
La
plebe es el tercer estado, reconocido por la constitución como unidad, y
representado por tribunos inviolables, no magistrados, sino hombres de confianza. El acto
de 471 [91], que substituyó las tres tribus etruscas, las tribus de las antiguas estirpes
nobles, por cuatro tribus (distritos) urbanaslo que nos permite sospechar otras
muchas cosas, ha sido considerado como una liberación de los aldeanos [92] o
también como organización del gremio de los comerciantes [93]. Pero la plebe, como
tercer estado, como resto, no puede definirse sino negativamente: todos los que no
pertenezcan a la nobleza señorial o no ocupen altos cargos en el sacerdocio son plebeyos.
El conjunto de la plebe es tan abigarrado como el del tiers en 1789 y se mantiene
unido tan sólo por la protesta.
Había
comerciantes, obreros, artesanos, escribientes. La estirpe de los Claudios tenia patricios
y plebeyos, esto es, familias de señores terratenientes y de aldeanos acomodados (como
los Claudii Marcelli). En la Ciudad-Estado es la plebe lo que en una ciudad barroca de
Occidente son los aldeanos y los burgueses juntos, cuando protestan en reunión de
clase contra la omnipotencia del principe. Fuera de la política, es decir, en la
sociedad, la plebe no existe; esto precisamente la diferencia de la nobleza y de la clase
sacerdotal. La plebe se divide al punto en los oficios y profesiones particulares, que
persiguen cada uno intereses muy varios. La plebe es un partido, y, como tal,
defiende la libertad, en el sentido urbano de la palabra. Esto se ve claramente por el
éxito que poco después alcanzó la nobleza territorial, añadiendo dieciséis tribus
rurales, con nombres de estirpes (tribus en las que conservaba el predominio absoluto), a
las cuatro tribus urbanas, representantes de la burguesía auténtica, del dinero y del
espíritu. Hasta la gran lucha de clases, que tuvo lugar durante la guerra samnita, en
tiempos de Alejandro, época correspondiente a la Revolución francesa, y que terminó en
287 con la lex Hortensia; hasta entonces no quedó jurídicamente anulado el
concepto de clase y no llegó a su conclusión la historia del simbolismo de las clases. La
plebe se convierte en el populus romanus en el mismo sentido en que, en 1780, el tiers
se constituye en nación. Todo lo que, en todas las culturas, sigue a este periodo bajo la
forma de luchas sociales, es ya algo fundamentalmente distinto.
La
nobleza de todas las épocas primeras fue la clase, en el sentido originario de la
palabra; la historia hecha carne, la raza elevada a la máxima potencia. Frente a la
nobleza aparece dondequiera la clase sacerdotal, la contra-clase, que niega todo cuanto la
nobleza afirma, y que, de este modo, se manifiesta como el símbolo magno del otro aspecto
de la vida.
Pero
la tercera clase; como hemos visto, carece íntimamente de unidad; ha sido la no-clase, la
protesta contra la división en clases y no contra esta o aquella clase, sino en general
contra la forma simbólica de la vida. La tercera clase rechaza toda diferenciación que
no justifique ni la razón ni la utilidad; y, sin embargo, significa algo, y lo significa
con plena claridad: es la vida urbana hecha clase y opuesta a la vida rural; es la
libertad, hecha clase y opuesta a la sujeción. Mas, considerada en su propio ser, la
clase tercera no es en modo alguno un resto, un residuo, como parece cuando se la mira
desde las otras dos clases. La burguesía tiene limites; pertenece a la cultura;
comprende, en el mejor sentido, todos los adherentes a la cultura, bajo la denominación
de pueblo, populus, demos, al que se subordinan la nobleza y la clase sacerdotal,
el dinero y el espíritu, el oficio y el trabajo a jornal, como partes integrantes del
conjunto.
La
civilización se encuentra con ese concepto de pueblo y lo aniquila bajo el concepto de la
cuarta clase, de la masa, que rechaza la cultura en sus formas desarrolladas. La
masa es lo absolutamente informe; persigue con su odio toda especie de forma, toda
distinción de rangos, la posesión ordenada, el saber ordenado. Es el nomadismo moderno
de las grandes cosmópolis [94], para quien los esclavos y los bárbaros en la
antigüedad, los sudras en la India y todo cuanto es hombre significa por igual un flujo
inconstante, totalmente desarraigado, ignorante y desdeñoso de su pretérito y sin
relación con el futuro. De este modo la cuarta clase viene a ser la expresión de la
historia cuando se transforma en lo ahistórico. La masa es el término, es la nada
radical,
B
EL
ESTADO Y LA HISTORIA
6
Dentro
del mundo como historiaen el que vivimos entretejidos de manera que nuestra
percepción y nuestra intelección obedecen constantemente al sentimientoaparecen
las fluctuaciones cósmicas bajo la forma de eso que llamamos realidad, vida real,
corrientes de existencia en figura corpórea.
Estas
llevan la nota de la dirección y podemos concebirlas de diferentes maneras: con relación
al movimiento o con relación a lo que se mueve. En el primer caso llámanse
historia; en el segundo, estirpe, tribu, clase, pueblo; pero lo uno no es posible ni
existe más que por lo otro. No hay historia sino de algo. Si nos referimos a la historia
de las grandes culturas, entonces lo que se mueve es la nación. El Estado, status,
significa la posición.
Recibimos
la impresión de Estado cuando, ante una existencia que fluye en forma movediza, nos
fijamos sólo en la forma, como algo extenso en la perduración intemporal y hacemos caso
omiso de la dirección, del sino. El Estado es la historia considerada sin movimiento; la
historia es el Estado pensado en movimiento de fluencia. El Estado real es la fisonomía
de una unidad de existencia histórica; sólo el Estado abstracto de los teóricos es un
sistema.
Todo
movimiento tiene forma; pero lo movido está «en forma» opara emplear una vez más
una expresión de sport, bien significativalo movido perfectamente se halla en
perfecto entrenamiento. Y lo mismo es que se trate de un caballo o de un boxeador que de
un ejército o de un pueblo. La forma abstraída, sacada de la corriente vital en que vive
un pueblo, es el estado en que se encuentra dicho pueblo con respecto a su lucha en y con
la historia. Mas esa forma no puede abstraerse intelectual mente sino en mínima parte.
Ninguna constitución considerada en si y formulada en el papel es nunca completa. Lo no
escrito, lo indescriptible, lo habitual, lo sentido, lo evidente predomina en tal
maneracosa que los teóricos no comprenderán nunca, que la descripción de un
Estado, los datos constitucionales no dan siquiera una sombra de lo que constituye la
forma esencial en la realidad viviente de un Estado; de suerte que una unidad de
existencia, cuyo movimiento es sometido en serio a una constitución escrita, queda
dañada para la historia.
La
estirpe es la unidad mínima en el torrente de la historia; el pueblo es la unidad máxima
[95]. Los pueblos primitivos son presa de un movimiento que, en supremo sentido, es
ahistórico, de largo aliento unas veces, otras de tormentosa violencia; pero sin rasgo
orgánico, sin sentido profundo. De todas maneras, los pueblos primitivos están siempre
en movimiento, hasta el punto de parecer informes al observador ligero; en cambio, los
pueblos felahs son objetos rígidos de un movimiento externo, que les empuja sin sentido
en golpes accidentales, casuales. Entre los primeros podemos contar el status de la
época miceniana, de los tinitas, de la dinastía Chang en China hasta su establecimiento
en Yin (1400), el reino franco de Carlomagno, el reino visigodo de Eurico y la Rusia de
Pedro el Grande, formas políticas que a veces tienen una grandiosa capacidad de acción,
pero que aun carecen de simbolismo, de necesidad. Entre los segundos podemos contar el
imperio romano, el imperio chino y los demás imperios cuya forma no tiene ya contenido
expresivo.
Entre
esos dos extremos se encuentra la historia de las culturas superiores. Un pueblo que tiene
el estilo de una cultura, un pueblo histórico, se llama nación [96]. Una nación que
vive y lucha, posee un Estado, no sólo como estado de movimiento, sino sobre todo como idea.
Sin duda, en su sentido más elemental, el Estado puede ser tan viejo como la vida misma,
moviéndose en el espacio, y los enjambres y los rebaños aun de especies animales muy
sencillas viven en cierta «constitución» que puede llegar a admirables perfecciones en
las abejas, las hormigas, algunos peces, algunos pájaros migradores y los castores. Pero
el Estado de estilo grandioso no se remonta más allá de las dos clases primordiales:
nobleza y clase sacerdotal. Estas clases nacen con una cultura y perecen con ella; sus
sinos son en gran medida idénticos. Cultura es la existencia de naciones en forma
política.
Un
pueblo está «en forma» cuando constituye un Estado.
Una
estirpe está «en forma» cuando constituye una familia.
Esta
es, como hemos visto, la diferencia entre la historia política y la historia cósmica,
entre la vida pública y la privada, res publica y res privata. Y ambas
son símbolos de la preocupación. La mujer es historia universal; concibiendo y
alumbrando cuida de la duración de la sangre. La madre, con el hijo colgado del pecho, es
el símbolo máximo de la vida cósmica. Desde este punto de vista la vida del varón y de
la mujer llega a estar «en forma» en el matrimonio. Pero el hombre hace la
historia, que es una interminable lucha para la conservación de aquella otra vida. A los
cuidados maternales agréganse los cuidados paternales. El hombre, con el arma en la mano,
es el otro gran símbolo de la voluntad de duración. Un pueblo «en forma» es,
originariamente, una mesnada de guerreros, la comunidad, profunda e íntimamente sentida,
de los armados. El Estado es cosa de varones; es la preocupación por el mantenimiento del
todo, incluso por el mantenimiento de esa personalidad espiritual que se llama honor y
estimación propia; es la reacción frente a los ataques, la previsión de los peligros y,
sobre todo, el ataque propio que es natural y obvio en toda vida ascendente.
Si
toda vida fuera un mismo torrente uniforme de existencia, ignoraríamos las
palabras pueblo, Estado, guerra, política, constitución. Pero la eterna y poderosa diferenciación
de la vida, diferenciación exaltada hasta el máximo por la energía morfogenética de
las culturas, es un hecho absolutamente dado, en la historia, con todas sus consecuencias.
La vida vegetal no existe sino por referencia a la animal; las dos clases primarias se
condicionan mutuamente. De igual manera un pueblo no existe sino por referencia a
oíros pueblos, y esta realidad consiste en oposiciones naturales e inconciliables, en
ataque y defensa, en hostilidad y guerra. La guerra es la creadora de todas las cosas
grandes. Todo lo importante y significativo en el torrente de la vida nació de la
victoria y de la derrota.
Un
pueblo da figura a la historia, en cuanto que él mismo se halla en forma. Vive una
historia interna que lo sume en ese estado; sólo en esa historia se hace el pueblo
creador. Vive una historia extensa que consiste en creación.
Los
pueblos, como Estados, son, pues, las fuerzas propiamente dichas de todo acontecer humano.
En el mundo como historia no hay nada por encima de ellos. Ellos son el sino.
Res
publica, la vida pública, el «lado de la espada», en los torrentes de vida humana,
es en realidad invisible. El extranjero sólo ve los hombres, no su nexo interior. Este
nexo reside en lo profundo del torrente vital y más bien es sentido que comprendido. De
igual manera no vemos en realidad la familia, sino sólo hombres cuya unión conocemos y
comprendemos, en un sentido muy determinado, por experiencia intensa. Pero para cada una
de esas formaciones existe un círculo de participantes que están unidos en unidad de
vida por igual constitución de su ser interno y externo. Esa forma en que fluye la vida
se llama costumbre cuando surge involuntaria del ritmo y curso vital para luego
hacerse consciente; y se llama derecha cuando es establecida con intención
y propuesta al reconocimiento.
El
derecho es la forma voluntaria de la existencia, sin que importe que haya sido
reconocida por instinto y sentimiento derecho no escrito, derecho consuetudinario, equityo
abstraída por meditación, profundizada y reducida a un sistema ley.
Son estos dos hechos jurídicos de simbolismo temporal; son dos especies de preocupación,
cuidado, previsión. Pero ya por la diferencia de grado en la consciencia que de ellos
tenemos, resulta que en el curso todo de la historia real dos derechos han de enfrontarse
hostiles: por una parte el derecho de los padres, de la tradición, el derecho sellado,
heredado, probado, el derecho sagrado, por que existió siempre, procede de la experiencia
de la sangre y garantiza el éxito; y por otra parte el derecho pensado, bosquejado por la
mente, el derecho de la razón, de la naturaleza, de la humanidad, engendrado en la
meditación y, por tanto, afín a la matemática, derecho que acaso no sea tan eficaz,
pero que es «justo». En esta dualidad arraiga la oposición entre la vida rural y la
vida ciudadana, entre la experiencia de la vida y la experiencia erudita, hasta llegar a
esa altitud revolucionaria de la hostilidad, en que se afirma un derecho que no es dado y
se arruina un derecho que no quiere ceder.
Un
derecho establecido por una comunidad significa un deber para todos los participantes,
pero ello no es prueba de su fuerza. Cuestión de sino es el saber quién lo
establece y para quién. Hay sujetos y objetos en el establecimiento del derecho,
aun cuando todos son objetos en la validez del derecho; y asi ocurre siempre, sin
distinción, en el derecho interno de las familias, corporaciones, clases y Estados. Pero
para el Estado, sujeto máximo del derecho en la realidad histórica, hay, además, un
derecho externo que impone a los extranjeros. Al primero pertenece el derecho de
ciudadanía; a este segundo, el tratado de paz. En lodo caso, empero, el derecho del más
fuerte es también el del más débil. Tener derecho es expresión de poder.
Es
éste un hecho histórico, comprobado a cada momento. Pero en el reino de la
verdadque no es de este mundoese hecho no es reconocido. También en la
concepción del derecho se oponen, inconciliadas, la existencia y la conciencia, el sino y
la causalidad. A la moral sacerdotal e ideológica del bueno y del perverso pertenece la distinción
moral entre derecho y contrario a derecho. A la moral racial del bueno y el malo
pertenece la diferencia jerárquica entre el que da y el que recibe el derecho.
Un ideal abstracto de justicia pasa por las cabezas y los escritos de todos los hombres cuyo espíritu es noble y fuerte, pero cuya sangre es débil; pasa por todas las religiones, por todas las filosofías. Pero
el
mundo de los hechos en la historia sólo conoce el éxito, que hace que el derecho del
más fuerte sea el derecho de todos. El mundo de los hechos, sin piedad, salta por encima
de los ideales; y cuando ha acontecido que un hombre o un pueblo han renunciado al poder
de la hora, para ser justos, es cierto, sin duda, que se han asegurado una fama teórica,
en ese segundo mundo de los pensamientos y las verdades, pero han sucumbido a otra fuerza
vital que entendía de realidades mejor.
Mientras
un poder histórico posee sobre las unidades subordinadas la superioridad que el Estado y
la clase poseen muchas veces sobre las familias y las profesiones, o que el jefe de la
familia posee sobre los niños, es posible un derecho legal entre los débiles,
derecho otorgado por la mano omnipotente del superior. Pero es raro que las clases sientan
sobre si un poder de ese rango, y los Estados no lo sienten casi nunca. Entre ellos rige,
pues, con poderío inmediato, el derecho del más fuerte, como se demuestra en los
tratados impuestos y más aún en la interpretación y cumplimiento de los tratados por
parte del vencedor. Esto distingue los derechos internos y externos en las unidades
históricas de vida. En los derechos internos se manifiesta la voluntad de un juez, que
quiere ser imparcial y justo aunque mucho solemos engañarnos acerca del grado de
imparcialidad que campea aun en los mejores códigos de la historia, incluso en aquellos
que se llaman civiles (para ciudadanos), y que ya por ello indican que una clase,
apoyada en su prepotencia, los ha creado para todos [97]. Los derechos internos son el
resultado de un pensamiento estrictamente lógico, causal, orientado hacia la verdad; pero
por eso mismo su validez depende siempre de la fuerza material de su autor, ya sea una
clase o un Estado. Una revolución que aniquile ese poder aniquila al punto el poder de
las leyes. Las leyes siguen siendo verdaderas; pero ya no son reales. En cuanto a los
derechos externoscomo todos los tratados de pazno son nunca verdaderos en
esencia; son siempre realesa veces con una realidad espantosay no sustentan la
pretensión de ser justos. Basta con que sean eficaces. En ellos habla la vida, que
no se somete a lógica causal y moral, sino a una lógica orgánica llena de consecuencia.
La vida misma quiere adquirir validez; siente con certidumbre intima lo que para
ello necesita, y con respecto a esto que necesita sabe lo que para ella es justo y,
por tanto, lo que tiene que ser Justo para los demás. Esta lógica aparece en toda
familia, principalmente en las viejas estirpes aldeanas, de auténtica raza, tan pronto
como la autoridad sufre conmociones, y otro que no sea el jefe ha de determinar «lo que
es». Aparece en un Estado tan pronto como un partido único domina la situación. Toda
época feudal presencia la lucha entre los señores y los vasallos por el «derecho al
derecho». Esta lucha termina en la Antigüedad, casi en todas partes, con la victoria
absoluta de la primera clase, que arrebata la legislación a la realeza y la hace objeto
de la propia definición jurídica, como lo demuestran con seguridad el origen y sentido
de los arcontas en Atenas y de los eforos en Esparta. En el territorio de Occidente vence
transitoriamente la clase primera; en Francia, con el establecimiento de los Estados
generales (1302), y definitivamente en Inglaterra, donde los barones normandos y el alto
clero obtienen la Charta Magna en 1215, origen de la soberanía efectiva del Parlamento.
Por esta razón es por la que el viejo derecho normando de clases ha permanecido en vigor.
En cambio, en Alemania, la defensa del débil poder imperial frente a las pretensiones de
los grandes señores feudales fue la que llamó en su auxilio al derecho romano
justinianeo, como derecho de un poder absoluto contra los derechos locales antiguos
germánicos [98].
La
constitución de Dracon, la p?triow politeÛa de los oligarcas, fue dada por la
nobleza, como asimismo el derecho patricio de las doce tablas [99]. Desarrollóse en la
Antigüedad posterior, con los poderes del Estado y del dinero, pero en contra de ellos, y
por eso fue pronto expulsado por un derecho de la tercera «clase», de «dos
otros»el derecho de Solón y de los tribunos, que no dejaba también de ser
un derecho de clase. La lucha éntrelas dos clases primordiales por el derecho a la
legislación ha llenado la historia toda de Occidente, desde la lucha pregótica por la
preeminencia del derecho profano o del derecho canónico, hasta la lucha por el matrimonio
civil, lucha que aún no ha terminado [100]. Las luchas constitucionales desde fines del
siglo XVIII significan también que el tercer estado, que según la famosa frase de
Sieyés en 1789 «no era nada y debe serlo todo», se hace cargo de la legislación, en
nombre de todos, y crea una legislación burguesa, lo mismo que la legislación gótica
fue una legislación nobiliaria. Pero, como hemos dicho, donde más claro y sin velos
aparece el derecho como expresión de la fuerza es en los pactos jurídicos entre los
Estados, en los tratados de paz y en aquel derecho de gentes, del que ya Mirabeau decía
que es el derecho de los poderosos, cuyo cumplimiento se le impone al impotente. En
derechos de esta clase queda fijada una gran parte de las decisiones históricas. Son la
forma en que la historia militante progresa, mientras no recurre a la forma primaria de la
lucha, con las armas en la mano, lucha cuya continuación espiritual se consuma en todo
tratado válido, con sus efectos premeditados. Si la política es una guerra sin armas,
«el derecho al derecho» es el botín del partido victorioso.
7
Es,
pues, claro que en las cumbres de la historia dos grandes formas vitales luchan por la
preeminencia: la clase y el Estado, ambos torrentes de existencia con gran forma interior
y fuerza simbólica, ambos decididos a hacer de su sino propio el sino de todos. Tal es el
sentido de la oposición entre la dirección social y la dirección política de la,
historiasi lo entendemos en su profundidad y si prescindimos de la manera
corriente de concebir el pueblo, la economía, la sociedad y la política. Las ideas
sociales y las políticas no se separan hasta el momento en que despunta el albor de una
gran cultura; y esto sucede en el fenómeno del Estado feudal, en donde señor y vasallo
representan el aspecto social, y soberano y nación el aspecto politice. Pero tanto los
poderes sociales primitivos, nobleza y sacerdocio, como los posteriores, dinero y
espíritu, y los grupos profesionales de los artesanos, funcionarios y
trabajadoresque en las ciudades progresivas van siendo cada día una fuerza más
imponente, quieren cada uno por si subordinar la idea del Estado al propio ideal de
clase o, con más frecuencia aún, al interés de clase. Y así se traba una lucha que
empieza en la totalidad nacional y llega a la conciencia de todo individuo, una lucha por
los límites y pretensiones de cada parte, cuyo término, en el caso extremo, hace de una
de las partes el instrumento de la otra. [101]
Pero,
en todo caso, el Estado es la forma que determina la situación exterior, de manera
que las relaciones históricas entre los pueblos son siempre de naturaleza política,
nunca social.
Pero
en la política interior la situación está dominada por oposiciones de clase, de tal
modo que aquí la táctica social y política parecen a primera vista inseparables y que
los dos conceptos llegan a identificarse en el pensamiento de aquellos hombres, que
equiparan su propio ideal de clasepor ejemplo, el ideal burguéscon la
realidad histórica y, por tanto, no pueden pensar fuera de lo político. En la lucha
exterior, un Estado busca alianzas con otros Estados; en la lucha interior siempre va el
Estado unido a una u otra clase, de manera que la tiranía antigua del siglo vi obedeció
a la coincidencia de la idea del Estado con los intereses de la tercera clase
frente a la oligarquía aristocráticosacerdotal, y la Revolución francesa se hizo
inevitable en el momento en que el tiers, esto es, el espíritu y el dinero dejó
empantanada a la corona y se pasó a las otras dos clases (desde la primera reunión de
notables en 1787). Por eso es muy exacto el sentimiento que nos hace distinguir entre la
historia de los Estados y la historia de las clases [102], entre la historia política
(horizontal) y la historia social (vertical), entre la guerra y la revolución; pero es un
grave error de los doctrinarios modernos el tomar el espíritu de la historia interna por
espíritu de la historia toda, en general. La historia universal es la historia de los
Estados y lo será siempre. La constitución interna de una nación tiene siempre y
dondequiera el fin de mantener la nación «en forma» para la guerra exterior, ya sea
militar, ya diplomática o económica. Quien considere y trate la constitución como fin
en sí o ideal en si, arruina con su actividad el cuerpo de la nación. Pero, por otra
parte, el tacto de una capa dominante en la política interior, ya sea de la clase primera
o de la cuarta, exige que las opiniones de clase sean tratadas de tal modo que las fuerzas
y pensamientos de la nación no queden determinadas en la lucha de los partidos y que la
traición a la patria no resulte la última ratio.
Y
entonces es claro que el Estado y la primera clase, como formas vitales, tienen una
afinidad radical, no sólo por su simbolismo del tiempo y de la preocupación, no sólo
por su común referencia a la raza, a los hechos de las generaciones sucesivas, a
la familia y, por tanto, también a los impulsos primarios de todo aldeanismosobre
el cual, en último término, se asientan el Estado y la nobleza duradera, no sólo
por su referencia al solar, al patrimonio, a la «patria», cuyo sentido se esfuma en las
naciones de estilo mágico, porque para éstas la fe religiosa es el mas eficaz vínculo
de unión, sino, sobre todo, por la práctica grandiosa en los hechos todos del mundo
histórico, por la unidad completa del tacto y del impulso, por la diplomacia, el
conocimiento de los hombres, el arte del mando, la voluntad viril de conservar y extender
el poderío, que en tiempos primitivos crea, en una misma reunión militar, la separación
entre nobleza y pueblo, y, finalmente, por el sentido del honor y del valor, de manera que
hasta en los últimos tiempos permanece mas firme el Estado cuya nobleza o cuya
tradición, creada por la nobleza, se pone toda al servicio del procomún, como ocurrió
en Esparta frente a Atenas, en Roma frente a Cartago, en el Estado Tsin de los chinos
frente al Estado Tsu, de temple taoísta.
La
diferencia está en que la nobleza, formando un conjunto, una clase cerrada, considera,
como toda clase, al resto de la nación en relación a ella misma, y sólo en tal sentido
quiere ejercitar su poderío, mientras que el Estado, en idea, existe para todos y, sólo
en este sentido, también para la nobleza.
Pero
una nobleza vieja y auténtica se considera igual al Estado y cuida de todos como
de una propiedad. Es éste uno de sus más altos deberes, uno de los deberes que más
hondo arraigan en su conciencia. La nobleza siente, incluso, que tiene el privilegio
nativo de sentirse obligada a tal deber, y considera su servicio en el ejército y en la
administración como su vocación y destino propios.
Muy
distinta, en cambio, es la diferencia entre la idea del Estado y la idea de las otras
clases, todas las cuales se hallan íntimamente apartadas del Estado como tal y, desde su
vida propia, forjan un ideal de Estado que no nace del espíritu de la historia efectiva y
sus poderes políticos, por lo cual precisamente recibe la caracterización de «social».
La lucha en los primeros tiempos se desenvuelve en la situación siguiente: frente al
Estado, como hecho histórico absoluto, se opone la comunidad eclesiástica para la
realización de ideales religiosos; en cambio, en las épocas posteriores vienen a
añadirse el ideal negociante de la libre vida económica y los ideales utópicos
de los soñadores y místicos, en los cuales se trata de realizar una u otra abstracción.
Pero
en la realidad histórica no existen ideales, sino sólo hechos. No existen verdades, sino
sólo hechos. No existen razones, no existe justicia, no existe armonía, no existe
finalidad última, sino sólo hechos. Quien no comprenda esto, que escriba libros de
política, pero no haga política. En el mundo real no hay Estados construidos
según ideales, sino Estados que han crecido y que no son otra cosa que pueblos
vivos «en forma».
Sin
duda trátase de formas acuñadas, que se desenvuelven en vida; pero están acuñadas por
la sangre y el ritmo de una existencia, son impulsadas y no voluntariamente planeadas; y
se desenvuelven o merced a las capacidades políticas de ciertos hombres de Estado, en la
dirección que la sangre señala, o merced al influjo de idealistas en la dirección de
las convicciones de éstos, es decir, hacia la nada.
El
sino de los Estados realmente existentesno de los Estados que existen sólo en las
cabezasno es el planteado por sus problemas y organizaciones ideales, sino el de su autoridad
intima, que a la larga no se mantiene de fuerza material sino de
confianzaincluso del enemigo, en su capacidad de acción. Los problemas
decisivos no consisten en la elaboración de constituciones, sino en la organización de
un gobierno que trabaje bien; no consisten en la distribución de derechos políticos
según principios «justos»que por lo general no son sino la representación que
una clase se hace de sus pretensiones justificadas, sino en el ritmo del trabajo
conjunto, tomando la palabra trabajo en un sentido deportivo, en el sentido del trabajo de
los músculos y tendones al galopar un caballo que se acerca a la meta; consiste en ese
ritmo que dirige por si mismo a su carril propio las fuertes vocaciones. Por último, no
consiste en una moral ajena al mundo, sino en la constancia, la seguridad, la superioridad
de la dirección política. Cuanto más evidente sea todo esto, cuanto menos se hable de
ello o se discuta de ello, tanto más perfecto será un Estado, tanto más alto será el
rango, la capacidad histórica directiva y, por tanto, el sino de una nación. La altitud
del Estado, la soberanía, es un símbolo vital de primer orden. Distingue a los sujetos
de los objetos, los cuales sufren los acontecimientos históricos, y no sólo en la
historia interna, sino en la externa, cosa mucho más importante todavía. La fuerza de la
dirección, que se expresa en la clara distinción de ambos factores, es la inequívoca
característica de la fuerza vital que anima a una unidad política, hasta el punto de que
la conmoción de la autoridad existente, por ejemplo, por los partidarios de un ideal
contrario de constitución, no consigue casi nunca transformar este partido en sujeto de
la política interior, y si, en cambio, casi siempre hace de la nación un objeto de la
política exterior y muchas veces para
Por
este motivo en todo Estado sano la letra de la constitución escrita tiene poca
importancia comparada con el uso de la constitución viviente, de la «forma» en el
sentido deportivo, del temple nacional, que se ha desarrollado por si mismo, sin que nadie
lo note, merced a las experiencias de los tiempos, de las situaciones y, sobre todo,
merced a las cualidades raciales.
Cuanto
más enérgica sea esa «forma» natural del cuerpo político, tanto más certera
trabajará en cualquier situación imprevista, siendo para ello, en último término,
indiferente que el director efectivo lleve titulo de rey o de ministro o sea un jefe de
partido o no tenga incluso relación definible con el Estado, como Cecil Rhodes en el
África del Sur. La nobilitas romana, que dominó la política en la época de las
tres guerras púnicas, no existía desde el punto de vista del derecho político. Pero en
todo caso hay que contar siempre con una minoría que posea instinto político y que
represente al resto de la nación en la lucha de la historia.
Por
eso debemos expresar inequívocamente el hecho: no hay más que Estados de clases,
Estados en los que gobierna una única clase. No debe confundirse esto con el
Estado-clase, con el Estado al que no pertenece el individuo que no pertenezca a
una determinada clase. Este último caso se da en la antigua polis, en los Estados
normandos de Inglaterra y Sicilia; pero también en la Francia de la constitución de 1701
y en la Rusia soviética. El primer tipo de Estado es el que expresa la experiencia
histórica universal, de que siempre es una capa social única la que, constitucionalmente
o no, lleva la dirección política. Es siempre una minoría decidida la que representa la
tendencia histórica universal de un Estado; y dentro de ella otra minoría, más o menos
cerrada, la que asume efectivamente la dirección por virtud de sus capacidades y muchas
veces en contradicción con el espíritu de la Constitución. Y si prescindimos de tiempos
revolucionarios y de situaciones cesáreasexcepciones que confirman la reglaen
los cuales individuos o grupos accidentales detentan el poder exclusivamente por medios
materiales y a veces sin el menor talento, siempre es una minoría dentro de una clase
la que gobierna por tradición, y esta minoría suele pertenecer las más veces a la
nobleza, que en la forma de gentry ha creado el estilo parlamentario de Inglaterra,
o en la forma de nobilitas ha dirigido la política romana en la época de las
guerras púnicas, o en la forma de una aristocracia mercantil ha organizado la diplomacia
veneciana. o, convertida en nobleza barroca de educación jesuítica [103], ha dirigido la
diplomacia de la curia romana. Junto a ella aparece también el talento político de una
minoría cerrada en la clase sacerdotal, en la Iglesia romana precisamente; pero
igualmente en Egipto, en la India y mucho más aún en Bizancio y en el Imperio
sassánida. Raro es, en cambio, ese talento director en la tercera clase, que no
constituye una unidad vital; aparece, por ejemplo, en la capa de los mercaderes romanos
pertenecientes a la plebe del siglo III, o entre los abogados franceses desde 1789, y en
este y otros casos, siempre afianzado en un círculo cerrado de vocación homogénea que,
completándose de continuo, conserva en su seno la suma de las tradiciones y experiencias
políticas no escritas.
Tal
es la organización de los Estados reales, a diferencia de la que sobre el papel bosquejan
los ingenios académicos. No existe un Estado «mejor, verdadero y justo» que haya sido
primero pensado y luego realizado. Los Estados que aparecen en la historia existen de
pronto y varían insensiblemente, a cada instante, aunque estén envueltos en el ropaje de
una constitución legal rígida. Por eso, términos como república, absolutismo,
democracia, significan cosa distinta en cada caso, y se convierten en mera fraseología,
si se emplean como conceptos fijos, como suelen hacerlo los filósofos e ideólogos. Toda
historia de Estados es fisiognómica, no sistemática. No es su misión mostrar el camino
por donde la humanidad, paulatinamente, ha conquistado sus derechos eternos, su libertad e
igualdad, progresando la evolución hada el Estado más sabio y más justo, sino que ha de
describir las unidades políticas que existen realmente en el mundo de los hechos; ha de
referir cómo prosperan y florecen, cómo maduran, cómo se marchitan, sin ser nunca otra
cosa que vida real «en forma». Intentémoslo aquí, en este sentido.
8
La
historia de gran estilo comienza en toda cultura con el Estado feudal, que no es Estado en
el sentido futuro, sino ordenación de la vida toda cor referencia a una clase. El
más noble retoño del solar, la raza en su sentido más orgulloso, se construye una
jerarquía, desde el simple caballero hasta el primus inter pares, el señor feudal
entre sus iguales. Esto sucede al mismo tiempo en que se eleva la arquitectura de las
grandes catedrales y de las pirámides; por una parte la piedra, por otra parte la sangre,
se encumbran a la dignidad de símbolos; es la significación junto a la realidad.
La idea del feudalismo, dominante en todas las épocas primitivas, es el tránsito de la
relación primaria, puramente práctica y efectiva, entre el poderoso y los
sumisoshayan éstos elegido a aquél o aquél sometido a éstos, a la
relación jurídica privada, y por ende hondamente simbólica, entre el señor y los
vasallos. Esta descansa por completo en la costumbre nobiliaria, en el honor y la
fidelidad, y provoca a veces los más duros conflictos entre la adhesión al señor y la
adhesión a la propia estirpe. La caída de Enrique el León nos ofrece un trágico
ejemplo de ello.
El
«Estado» no existe sino merced a los limites de la relación feudal y extiende su esfera
por la entrada en éstos de vasallos extraños. El servicio y comisión del señor, que
originariamente es personal y limitado en el tiempo, se convierte muy pronto en vasallaje
permanente que, cuando la tierra pasa a otras manos, ha de ser instituido de nuevoya
hacia el año 1000 impera en Occidente el principio de que «no hay tierra sin
señor», y, por último, se convierte en vasallaje hereditario; en Alemania lo
instituye la ley feudal de Conrado II, en 28 de mayo de 1037. Con lo cual los subditos
inmediatos del soberano quedan mediatizadosson sus subditos porque son subditos de
un vasallo. Pero la fuerte conexión social de la
Los
conceptos de poder y de botín aparecen aquí en enlace clásico. Cuando en 1066 los
caballeros normandos conquistaron Inglaterra bajo el duque Guillermo, todo el territorio
fue propiedad del rey, fue señorío, y nominalmente sigue siéndolo hoy. Esta es la
alegría del Wikingo, que goza poseyendo. Es la preocupación de Ulises, a su retorno,
cuando empieza a contar sus tesoros. Este sentido del botín, en los precavidos
conquistadores, da lugar de pronto al maravilloso y admirado sistema de cuentas y
funcionarios de hacienda en las culturas primitivas. Estos funcionarios deben distinguirse
muy exactamente de los grandes tenedores de funciones de confianza, los cuales son
producto de nombramiento personal [104]. Los clerici, escribas no son ministros ni
ministeriales, aunque estas denominaciones también significan servidores, bien que
grandes y orgullosos servidores del señor mismo. Los funcionarios de escrituras y cuentas
son expresión de la preocupación y se desarrollan en correspondencia con el principio
dinástico. En Egipto, a principios del Imperio viejo, tienen ya una formación y
estructura notable [105]. El Estado de los funcionarios, en China, descrito en el Chu-Li,
es tan extenso y complicado que ha sido causa de que se ponga en duda la autenticidad del
libro [106]; pero por su espíritu y su definición corresponde perfectamente a la obra de
Diocleciano, que hizo surgir un orden feudal de ciases, por la organización de un enorme
sistema fiscal [107]. En la Antigüedad primitiva se nota su ausencia. Carpe Diem
es el lema de la hacienda antigua hasta sus últimos días. La despreocupación; la
autarquía de los estoicos fue elevada a principio fundamental también en esto. Y los
mejores financieros no hacen excepción a la regla, como Eubulos, que hacia 350
administró la hacienda de Atenas con superávit, para distribuirlo entre los ciudadanos.
En
cambio, el extremo contraste con esta manera de pensar está constituido por los
financieros Wikingos del Occidente primitivo, quienes en la administración de sus Estados
normandos, asentaron los fundamentos de la economía fáustica del dinero, hoy extendida
por todo el mundo. La mesa con tablero de ajedrez, en la cámara de cuentas de Roberto el
Diablo de Normandía (1028-35), es el origen del nombre que aún lleva hoy la tesorería
inglesa (Exchequer) y de la palabra cheque.
Aquí
también aparecieron las palabras cuenta, control, etcétera (compotus, contrarotulus,
o sea rollo conservado para la comprobación, quittancia, recordatum). En 1066
Inglaterra fué organizada como botín a explotar en implacable servidumbre de los
anglosajones, y lo propio sucede con el Estado normando de Sicilia, que Federico II de
Hohenstaufen halló organizado, y en las constituciones de Melfi (1231), obra personal
suya, no lo creó, sino que lo perfeccionó hasta la maestría, con métodos de economía
arábiga, esto es, de una economía altamente civilizada. De aquí penetraron los métodos
de técnica financiera y las denominaciones en la corporación de mercaderes lombardos y
luego en todas las ciudades comerciales y administraciones de Occidente.
El
desarrollo y la estructuración del feudalismo van íntimamente unidos. En plena fuerza y
florecimiento de las clases primordiales despuntan las naciones futuras y con ellas la
idea del Estado propiamente dicho. La oposición entre poder noble y poder espiritual y
entre la corona y sus vasallos es una y otra vez interrumpida por la oposición entre el
pueblo francés y el pueblo alemán (ya bajo Otón el Grande), o entre el pueblo alemán y
tí pueblo italianooposición que separó las clases en güelfos y gibelinos y
aniquiló el Imperio alemán, o entre el pueblo inglés y el pueblo francés,
oposición que condujo al dominio de Inglaterra sobre la Francia occidental. Sin embargo,
estas oposiciones retroceden tras las grandes decisiones dentro del Estado feudal mismo,
que no conoce el concepto de nación.
Inglaterra
se hallaba dividida en 60215 feudos, que estaban marcados en el Domesday Book de 1084,
libro que de vez en cuando es hoy aún objeto de consulta; el poder central, muy bien
organizado, exigía el juramento de fidelidad incluso a tos vasallos de los pares; sin
embargo, en 1215 se impuso la Charta Magna, que, traslada el poder efectivo del rey al
Parlamento de los vasalloslos grandes y la Iglesia en la Cámara alta y los
representantes de la gentry y de los patricios en la Cámara baja, que, en
adelante, fue la base de la evolución nacional. En Francia consiguieron los
barones, en unión con el clero y las ciudades, en 1302, la convocación de los Estados
Generales. Por el fuero de Zaragoza, en 1283, fue Aragón casi una república de nobles,
gobernada por las Cortes; y en Alemania, pocos decenios antes, un grupo de grandes
vasallos hicieron la realeza dependiente de su elecciónpríncipes electores.
La
expresión más poderosa que, no sólo en la cultura occidental, sino en todas las
culturas, ha tenido la idea feudal ha sido la lucha entre el Imperio y el Pontificado, que
en último término soñaba con transformar el mundo entero en un enorme vínculo feudal.
Y ambos poderes se compenetran tan hondamente con el ideal, que al venirse abajo el
feudalismo hubieron de caer también de las alturas en que se cernían.
La
idea de un soberano, cuyo poder se extendiese sobre todo el mundo histórico, cuyo sino
fuera el sino de la humanidad toda, ha aparecido hasta ahora tres veces: primero en la
concepción del Faraón como Horus [108], luego en la representación china del soberano
del medio, cuyo Imperio es tien-hia, esto es, todo cuanto yace bajo el cielo [109],
y, por último, en la época pregótica, cuando Otón el Grande, en 962, se siente
abrasado por la emoción y anhelo místico de infinitud histórica y espacial, que
entonces estremecía al mundo, y concibe la idea de un imperio sacro romano de la nación
alemana. Pero ya antes el papa Nicolás I (en 860), preso aún en pensamientos
agustinianos, esto es, mágicos, soñó con un Estado papal que había de estar por encima
de los príncipes de la Tierra; y desde 1059 Gregorio VII, con el Ímpetu primario de su
naturaleza fáustica, se esforzó por realizar el dominio universal del Papa en la forma
de una relación feudal con los reyes por vasallos. El Pontificado mismo
constituyóhacia dentroel pequeño Estado feudal de la Campaña, cuyas
estirpes nobles dominaban la elección y muy pronto convirtieron en una especie de
oligarquía nobiliaria el Colegio de cardenales, que en 1059 tuvo a su cargo la elección
de papa. Pero hacia afuera, Gregorio VII consiguió la soberanía feudal sobre los
Estados normandos en Inglaterra y Sicilia, fundados ambos con su apoyo, y realmente
confirió la corona imperial, como anteriormente Otón el Grande había conferido la
tiara. Pero el Staufen Enrique VI cambió la situación y recibió de Ricardo Corazón de
León el juramento de vasallaje por Inglaterra; estaba a punto de realizarla idea del
imperio universal cuando el papa Inocencio III (1198-1216), el más grande de los
pontífices, convirtió en hecho, aunque por poco tiempo, la idea de la soberanía feudal
del papa sobre el mundo. Inglaterra fue en 1213 feudo pontificio; siguieron luego Aragón,
León, Portugal, Dinamarca, Polonia, Hungría, Armenia, el Imperio latino de Bizancio,
recién fundado. Pero a su muerte empezó la disolución dentro de la Iglesia misma, con
la aspiración de los grandes dignatarios eclesiásticos a limitar por una representación
de su clase al papa mismo, que por la investidura se había convertido también en su
señor feudal [110].
La
idea de que el Concilio general es superior al papa no tiene un origen religioso, sino que
procede en primer término del principio feudal. Su tendencia corresponde exactamente a lo
que los grandes ingleses consiguieron en la Charta Magna, En los concilios de Constanza
(desde 1414) y de Basilea (1431) se ha intentado por última vez convertir la
Iglesiadesde el punto de vista mundanoen una relación feudal, donde la
oligarquía cardenalicia hubiera sido la representante de todo el clero occidental, en
lugar de la nobleza romana. Pero la idea feudal había retrocedido ya por entonces ante la
idea del Estado; y así, los barones romanos, que limitaban la lucha electoral al circulo
estrecho de Roma y sus cercanías, asegurando asi al elegido el ilimitado poder hacia
fuera, en el organismo de la Iglesia, resultaron vencedores. Ya el Imperio habíase
reducido a una sombra venerable, lo mismo que aconteció en Egipto y en China.
Comparado
con el enorme dinamismo de estas decisiones, el feudalismo antiguo se constituye
lentamente, estáticamente, sin ruido, de manera que casi sólo las huellas se conocen de
este tránsito. En la epopeya de Homero, tal como hoy la conocemos, cada localidad tiene
su basileus (rey. Jefe), el cual de seguro fue antaño señor feudal, pues en la
figura de Agamemnon se revela un estado de cosas en el que un soberano de amplios
territorios sale en campaña con el séquito de sus pares. Pero aquí la disolución del
poder feudal acontece en conexión con la formación del Estado-ciudad, del punto
político. Esto tiene por consecuencia que los cargos hereditarios de la corte, las archai
y timai, como pritanos, arcontas y acaso el pretor romano primitivo [111], son
todos de naturaleza urbana; y las grandes estirpes no se desarrollan aisladas en sus
condados, como en Egipto, China y Occidente, sino que viven en intimo contacto dentro de
la ciudad, donde van poco a poco apoderándose de los derechos de la realeza, hasta que la
casa reinante sólo conserva ya lo que no se le puede quitar, por consideración a los
dioses: el titulo que lleva al ejecutar los actos del sacrificio. Asi apareció el rex
sacrorum,. En las partes más jóvenes de la epopeya (desde 800) son los nobles los
que invitan al rey a sesión y hasta le deponen. La Odisea conoce la monarquía
propiamente como algo que pertenece a la leyenda. En la acción real, Itaca es una ciudad
dominada por oligarcas [112]. Los espartanos, como los patricios romanos reunidos en Comitia
curiata, proceden de una relación feudal [113].
En
las fiditias aparece todavía un resto de la antiquísima mesa redonda, abierta en la
corte. Pero el poder de los reyes ha descendido hasta no ser sino una sombra de dignidad,
en los reyes de sacrificiosRoma y Atenasy en los reyes espartanos, a quienes
los eforos podían encarcelar y deponer. La homogeneidad de estas situaciones impulsa a
creer que, en Roma, hubo una época de predominio oligárquico anterior a la tiranía de
Tarquino (500); y esto halla confirmación en la tradición, sin duda alguna auténtica,
del interrex, que el consejo nobiliario del Senado nombraba de su seno, hasta que
le conviniera elegir de nuevo un verdadero rey.
Hubo
aquí, como en todas partes, una época en que el feudalismo ya caminaba a su ruina, sin
que el Estado futuro estuviera todavía perfectamente establecido, sin que todavía la
nación estuviera «en forma». Esta es la terrible crisis que aparece en todas partes
como interregnum y que forma el límite entre el vinculo feudal y el Estado de
clase. En Egipto, hacia la mitad de la quinta dinastía, ya el feudalismo había
logrado su pleno desarrollo. Justamente el Faraón Asosi fue dando trozo a trozo su
patrimonio a los vasallos; y a esto hay que añadir los ricos feudos eclesiásticos que,
como en la época gótica, no pagaban impuestos y fueron poco a poco convirtiéndose en
propiedad permanente de los grandes templos [114]. Al término de la quinta dinastía
(hacia 2530) acaba la «época de los Staufen». Bajo la sombra de gobierno que
desarrolló la sexta dinastía, de breve vida, hácense independientes los príncipes (rpati)
y los condes (hetio). Los altos cargos son ya todos hereditarios y en las
inscripciones sepulcrales se manifiesta cada vez más el orgullo de las viejas noblezas.
Lo que los historiadores egipcios posteriores han ocultado bajo las supuestas dinastías
séptima y octava [115] es, en realidad, medio siglo de total anarquía y de luchas
irregulares de los príncipes por tierras o por el título de Faraón. En China ya I-Vang
(934-909) fue obligado por sus vasallos a dar en feudo toda la tierra conquistada y a
darla a vasallos inferiores, de su elección. En 842 fue obligado Li-Vang a huir con el
príncipe heredero, tras de lo cual la administración del Imperio corrió a cargo
de dos príncipes.
A
partir de este interregno desciende la casa de los Chu, y el nombre de emperador se reduce
a un titulo honroso, pero insignificante. Es lo que corresponde a la época de la Alemania
sin emperador, época que comienza en 1254 y que en 1400 llega, con Wenzel, al punto más
bajo del poder imperial, al mismo tiempo que el estilo Renacimiento de los condotieri
y tiranuelos locales y la plena decadencia del poder pontifical.
Muerto
Bonifacio VIII, quien en 1302, en la bula Unam sanctam, había defendido una vez
más el poder feudal del papa, y habla sido preso por los representantes de
Francia, el papado vivió un siglo de destierro, anarquía e impotencia. En el siglo
siguiente, la nobleza normanda de Inglaterra fue a su ruina en las luchas de los York y
los Lancaster por el trono,
9
Esta
conmoción significa la victoria del Estado sobre la clase. El feudalismo sentía,
en el fondo, que todos existían para una sola «vida», la vida que era vivida
significativamente.
La historia se
agotaba en el sino de la sangre noble. Pero ahora despunta el sentimiento de que existe algo
más, algo que a la nobleza ha de someterse, en unión con todas las demás clases y
profesiones, algo inaprehensible, una idea. La concepción ilimitadamente privada de los
acontecimientos se transforma en pública. El Estado podrá ser todo lo noble que se
quiera y lo es casi sin excepción; podrá no alterarse nada o casi nada al
pasar del feudalismo al Estado de clase; podrá ser aún desconocida la idea de que fuera
de las dos clases primarias hay no sólo deberes, sino derechos; pero el caso es que el
sentimiento ha variado y la conciencia de que la vida en las cumbres de la historia existe
para ser vivida, ha cedido ante esta otra idea: que la vida contiene una misión.
La diferencia se advierte claramente cuando se compara la política de Reinaldo de Dassel
(+ 1167), uno de los más grandes estadistas alemanes de todos los tiempos, con la del
emperador Carlos IV (+ 1378), y se trae a colación el tránsito correspondiente de la Themis
antigua de la época caballeresca con la Dike de la ciudad naciente [116]. La Themis
contiene sólo una pretensión de derecho; la Dike contiene también una misión.
La
idea primera del Estado va siempre unida con el concepto del soberano único, y ello con
una evidencia que llega hasta el mundo animal mismo. La monarquía es una situación que
se establece por sí misma, para toda multitud animada, en todas las coyunturas
importantes, como lo demuestran las conmociones públicas, los momentos de súbito peligro
[117]. Estas multitudes son unidades de sentimiento, pero ciegas. No se hallan «en
forma» para afrontar los inminentes sucesos, sino cuando están en manos de un jefe que,
súbitamente, surge de ellas mismas y que por la compenetración de la sensibilidad total
es su cabeza directora, ciegamente obedecida. Esto se verifica en la formación de las
grandes unidades vitales, que llamamos pueblos y ciudades, aunque más lenta y
significativamente. En las culturas superiores esta manera de estar en forma es
substituida por otra, en obediencia a un gran símbolo y a veces artificialmente; pero de
manera tal, que, bajo la máscara, sigue de hecho manteniéndose la soberanía individual,
ya sea la de un consejero real, ya la de un jefe de partido; y en toda conmoción
revolucionaria vuelve siempre a presentarse el estado primitivo.
Con
este hecho cósmico va unido uno de los rasgos más íntimos de toda vida dirigida, la voluntad
hereditaria, que se afirma con energía natural en toda raza fuerte y que a veces
obliga inconscientemente al jefe momentáneo a mantener su preeminencia, por toda su
existencia personal, y aún más allá para la sangre de sus hijos y nietos. El mismo
rasgo profundo, vegetativo, anima todo verdadero espíritu de séquito, que ve garantizada
y simbólicamente representada la duración propia en la duración de la sangre directora.
Justamente en los períodos revolucionarios aparece este sentimiento primario con plenitud
y energía y en contradicción con todos los principios.
Por
eso en 1800 vio Francia en Napoleón y la herencia de su posición el remate propio de la
obra revolucionaria. Los teóricos que, como Rousseau y Marx, parten de ideales y no de
hechos de la sangre, no han notado esta fuerza enorme en la historia, y por eso han
calificado sus efectos de reprobables y reaccionarios. Pero existen, y existen con tan
poderosa energía, que aun el simbolismo de las culturas superiores no puede superarlos
sino artificiosa y transitoriamente, como lo demuestran el vinculamiento de los cargos
electivos en determinadas familiasen la Antigüedady el nepotismo de los papas
barrocos. Tras el hecho de que la dirección muchas veces es libremente otorgada; tras el
dicho de que el primer puesto le corresponde al mejor, ocúltase casi siempre la rivalidad
de los poderosos, quienes no impiden en principio, pero si de hecho, la sucesión
hereditaria, porque cada uno, en sus adentros, la apetece para su estirpe. Sobre este
estado de emulación creadora descansan las formas de gobierno en la oligarquía antigua.
Ambos
reunidos dan por resultado el concepto de dinastía, concepto tan hondamente
arraigado en lo cósmico, tan íntimamente unido a los hechos de la vida histórica, que
las ideas políticas de todas las culturas particulares son variaciones de este
principio único, desde la apasionada afirmación del alma fáustica hasta la decidida
negación del alma antigua. El desarrollo de la idea del Estado en una cultura va unido ya
a la ciudad naciente. Las naciones, los pueblos históricos, son pueblos constructores de
ciudades [118]. La residencia real sustituye al castillo y se torna el centro de la
historia; en ella, el sentimiento del ejercicio de la fuerzade la Themisse
convierte en el sentimiento del gobiernode la Dike. El lazo
feudal es interiormente superado por la nación, incluso en la conciencia de la clase
noble. El mero hecho de la prepotencia se convierte ahora en símbolo de la soberanía.
Así
sucede que, al desaparecer el feudalismo, la historia fáustica se hace historia
dinástica. Desde los pequeños centros en donde viven las estirpes regiasdonde
están «arraigadas», como dice la expresión terrícola, evocadora de la planta y la
propiedadirradia una fuerza plástica de la realidad nacional, realidad organizada
en clases, desde luego, pero de tal suerte que el Estado condiciona la existencia de las
clases. El principio genealógico, que alienta en la nobleza feudal y en las estirpes
aldeanas; la expresión del sentimiento de la lejanía y de la voluntad de la historia se
ha hecho tan fuerte, que el nacimiento de las naciones depende ya, no de los poderosos
lazos de idioma y paisaje, sino del destino de las casas reinantes. Disposiciones sobre
herencia, como la ley sálica; documentos en donde se lee la historia de una sangre;
matrimonios y defunciones separan o reúnen la sangre de poblaciones enteras [119].
No
llegó a formarse una dinastía lorenesa y borgoñona; por eso estas dos naciones
germinantes no lograron pleno, desenvolvimiento. La fatalidad que pesó sobre la estirpe
de Hohenstaufen, en Italia y en Alemania, transformó durante siglos la corona
imperialy con ella la unidad nacional alemana e italianaen un puro
anhelo; en cambio, la casa de Habsburgo pudo hacer surgir no una nación alemana, pero sí
una nación austríaca.
En
el sentimiento de la cueva, propio del mundo árabe, el principio dinástico adopta formas
distintas. El «princeps» antiguo, el sucesor legítimo de los tiranos y de los tribunos,
es la encarnación del Demos. Como Jano es la puerta y Vesta el hogar, asi César es el
pueblo. He aquí la última creación de la religiosidad órfica. Frente a esta
concepción, la concepción mágica es la del dominus et deus, la del chá,
participante en el fuego celeste (la del hvareno en el Imperio mazdaíta de los
Sassánidas, y asi se explica la corona rutilante, la aureola en la Bizancio pagana y
cristiana) que le envuelve y le hace pius, felix e invictus, títulos
oficiales desde Cómodo [120]. En el siglo III, en Bizancio, el tipo del soberano sufrió
la misma transformación que cuando el Estado augustiano de funcionarios se retrotrajo al
Estado feudal de Diocleclano, «La nueva creación comenzada por Aureliano y Probo y
realizada por Diocleciano y Constantino sobre ruinas, está tan lejos de la Antigüedad y
del principado como el Imperio de Carlomagno» [121]. El soberano mágico gobierna la
parte visible del consensus universal de los fieles, que es a la vez Iglesia,
Estado y nación [122], como lo ha descrito San Agustín en su Ciudad de Dios. El
soberano occidental es monarca por la, gracia de Dios dentro del mundo histórico;
su pueblo le está sujeto, porque Dios se lo ha concedido. Pero en las cuestiones de fe
él es también súbdito, esto es, súbdito del representante de Dios en la tierra o
súbdito de su conciencia. Esta es la separación entre el poder del Estado y el poder de
la Iglesia, el gran conflicto fáustico entre el tiempo y el espacio. Cuando en el año
800 el papa coronó al emperador, buscóse un nuevo señor, para prosperar él
mismo. El emperador de Bizancio era, según el sentimiento mágico, su señor también en
lo espiritual; el de Franquilandia era en cosas religiosas su servidor y en las
profanasacaso su brazo. El pontificado como idea no podía surgir sino por
separación del califato, pues en el califa está contenido el papa.
La
elección del soberano mágico no puede, por lo mismo, estar determinada por una ley
genealógica de sucesión hereditaria. Surge del consensus de la comunidad
dominante, en la cual el Espíritu Santo habla y determina al elegido. Cuando murió
Teodosio, en 550, una parienta, la monja Pulcheria, dio la mano al viejo senador Marciano
como fórmula con la cual la admisión de este hombre de Estado en el lazo familiar le
aseguraba el trono y, por ende, afirmaba la perduración de la «dinastía» [123] ; y
esto fue considerado como un signo de arriba, lo mismo que otros muchos actos semejantes
en la casa de los sassánidas y los abassidas.
En
China, la idea del emperador, fuertemente asociada al feudalismo de la época Chu, se
convirtió rápidamente en un sueño, en el que pronto, con creciente claridad, se
reflejó todo el mundo anterior en la figura de tres dinastías y una serie de emperadores
legendarios, todavía más antiguos [124]. Pero para las dinastías del sistema de Estados
que después se forma, y en el que el título de Wang, rey, llega a ser general,
constituyéronse severos preceptos de sucesión a la corona, y la idea de legitimidad, que
era ajena a la época primitiva, se convierte ahora en una potencia [125] que, en la
extinción de las líneas, en las adopciones y malos matrimonios, da ocasióncomo
sucede en la época barroca de Occidentea innumerables guerras de sucesión [126].
Seguramente hay algún principio de legitimidad oculto en el hecho extraño de que los
soberanos de la XII dinastía egipcia (término de la época posterior) hicieran coronar a
sus hijos en vida de ellos mismos [127]; la intima afinidad de esas tres ideas dinásticas
es una prueba más de la afinidad de la existencia, en esas culturas.
Hace
falta penetrar hondamente en el idioma de las formas políticas de la alta Antigüedad
para reconocer que la evolución fue allí la misma y que contiene no sólo el tránsito
de la relación feudal al Estado de clase, sino incluso el principio dinástico. Pero la
existencia antigua opuso una negativa rotunda a todo lo que fuese prolongación en las
lejanías del tiempo y del espacio; y también en el mundo de los hechos, en la historia,
se rodeó de creaciones en las que hay algo de defensiva.
Pero
todas esas estrecheces y brevedades suponen precisamente aquello de que quieren
defenderse. El despilfarro dionisíaco y la negación órfica de la vida antigua están
contenidos bajo la forma de protesta, en el ideal apolíneo de la existencia
perfectamente corpórea.
Sin
duda alguna existían en la monarquía primitiva la soberanía individual y la voluntad de
herencia [128]. Pero ya hacia 800 se hacen problemáticas, como lo revela el papel de
Telémaco en las más antiguas partes de la Odisea. El titulo de rey es llevado a
veces por grandes vasallos y por los más distinguidos de entre los nobles. En Esparta y
en Licia son dos; en la ciudad de los Feacios y en muchas ciudades reales son más
todavía. Viene luego la división de los cargos y dignidades. Por último, la realeza
misma se convierte en un cargo que la nobleza confiere, primero quizá dentro de la vieja
familia real, como en Esparta, donde los eforos, representantes de la primera clase, no
están atenidos a ningún precepto electivo, y también en Corinto, donde la estirpe regia
de los Baquiades deroga la sucesión hereditaria en 750 y designa de su seno un pritano
con jerarquía real. Los grandes cargos, que al principio eran también hereditarios, se
convierten en vitalicios, luego en temporales, por último en anuales; de manera que,
siendo varios los investidos, hay un cambio de mando, lo que, como es sabido, ocasionó la
pérdida de la batalla de Cannas. Estos cargos anuales, desde la dictadura anual etrusca
[129] hasta el eforado dórico, que también existe en Heraclea y en Messenia, están
íntimamente ligados a la esencia de la ciudad y llegan a su máximo desarrollo hacia 650;
justamente cuando, en el Estado de clases, en Occidente, hacia fines de] siglo XV, el
poder dinástico hereditario se encuentra asegurado por el emperador Maximiliano y su
política matrimonialfrente a las pretensiones electorales de los príncipes
electorespor Fernando de Aragón, por Enrique VII Tudor y por Luis XI de Francia
[130].
Pero
la creciente limitación al ahora y al aquí hizo también que el sacerdocio, que empezaba
a constituirse en clase, quedara reducido a una mera suma de cargos políticos. La
residencia del monarca homérico no forma el centro de un Estado irradiante, sino que se
concentra hacia dentro, hasta que el Estado y la ciudad llegan a ser idénticos. Con lo
cual se identifican también la nobleza y el patriciado; y como la representación de las
ciudades primitivas incluso en la época gótica, en la cámara baja de Inglaterra
como en los Estados generales franceses es propia de los patricios, asi el poderoso
Estado de clase, entre los antiguos, se ofrece a nosotros, no en la idea
Esta
forma estrictamente apolínea de la polis en formación se llama oligarquía.
Y
asi, al término de las dos épocas primeras de las dos culturas, encontramos el principio
fáustico-genealógico y el principio apolíneo-oligárquico, dos especies de derecho
político, dos especies de dike. La una, sustentada en un sentimiento inmenso de la
lejanía, con una tradición documentada, que arraiga en remoto pasado y que aspira al
futuro más lejano con idéntica voluntad de duración, practica en el presente la
política de acciones a larga distancia, merced a meditados matrimonios dinásticos y con
ayuda de esa política netamente fáustica, dinámica, contrapuntística, que llamamos diplomacia.
La
otra es corpórea, estatuaria, limitada al presente y a la proximidad por la política de
la autarquía, negando severamente todo lo que la existencia occidental afirmaría.
El
Estado dinástico, como el Estado-ciudad, suponen, empero, la ciudad misma. Pero mientras
que los asientos del gobierno occidental no están muchas veces en las mayores localidades
del país, sino que constituyen centros en un campo dé fuerzas y de tensiones políticas,
en donde todo acontecimiento, por lejano que sea el lugar de su origen, hace estremecerse
al conjunto, en cambio en la Antigüedad la vida se concentra cada vez más estrechamente,
llegando al fenómeno grotesco del sinequismo. La voluntad euclidiana de forma culmina
aquí dentro del mundo político. No puede el antiguo pensar el Estado, Si la nación no
se amontona, no forma un cuerpo único; quiere ver ese cuerpo, contemplar su
conjunto.
Mientras
que la tendencia fáustica aspira a disminuir cada vez más el número de los centros, de
manera que ya Maximiliano I vislumbraba en el futuro una monarquía universal de su casa,
genealógicamente asegurada, en cambio el mundo antiguo se descompone en innumerables
puntos diminutos, los cuales, tan pronto como existen, entran en la relación
lógicamente casi necesaria para el hombre antiguodel aniquilamiento
reciproco, como la más pura expresión de la autarquía [131].
El
sinequismo, y por tanto la fundación de la polis propiamente dicha, fue exclusivamente
obra de la nobleza, que por sí sola representaba el Estado antiguo de clase y le dio
forma, reuniendo en un solo conjunto la nobleza rural y el patriciado.
Las
clases trabajadoras seguían viviendo en la localidad, y el aldeano no contaba, en el
sentido de formar una clase. La concentración de la potencia de los nobles en un solo
punto fue la que aniquiló la monarquía de la época feudal.
Sobre
la base de estas consideraciones podemos arriesgar el intento de bosquejar la historia
primitiva de Roma, con toda clase de restricciones, naturalmente. El sinequismo romano,
conjunción local de extensas estirpes nobles, es idéntico a la «fundación» de Roma,
empresa etrusca, probablemente de principios del siglo VII [132], cuando ya mucho antes
existían dos establecimientos en el Palatino y en el Quirinal frente al castillo real del
Capitolio. Al primero pertenece la antiquísima diosa Diva Rumina [133] y la
estirpe etrusca de los Ruma [134]; al segundo, el dios Quirinus pater. De
aquí proceden los dos nombres de romanos y quirites y los dos sacerdocios de los Salios y
los Lupercos, situados en ambas colinas.
Como
las tres tribus de los Ramnes, Tities, Luceres se extendían seguramente por todas
las localidades etruscas [135], debieron existir aquí como allí, y así se explica, una
vez realizado el sinequismo, el número de seis centurias de caballeros, seis tribunos
militares y seis vestales; pero también los dos pretores o cónsules, que bien pronto
fueron adjuntos al rey como representantes de la nobleza y que acabaron por quitar al
monarca todo poder. Ya hacia el año 600 debió ser la constitución de Roma una fuerte
oligarquía de paires, con una sombra de rey [136];
Esta
polis es estrictamente noble, como el Estado occidental de clase (incluyendo al
alto clero y a los representantes de las ciudades). El resto de los individuos es pura y
simplemente objeto... de la preocupación política, es deciren la
Antigüedad, de la despreocupación. Porque el «carpe diem» es el
lema de esta oligarquía, como lo manifiestan las canciones de Teognis y del cretense
Hybrias; lo es en la finanza, que, hasta los tiempos últimos de la Antigüedad, fue más
o menos un robo organizado, para procurarse los subsidios necesarios en el momento, desde
la piratería organizada por Polícrates contra sus propios subditos, hasta las
proscripciones de los triunviros romanos; lo es en la legislación edictal del pretor
romano anual, legislación convenientemente orientada hacia el momento [137]; lo es, por
último, en la costumbre cada vez más extendida de atribuir por sorteo los cargos más
importantes del ejército, de la justicia y de la administración especie de
reverencia a Tyjé, diosa del momento.
No
hay excepciones a esta manera de estar políticamente en forma y a esta manera de pensar y
de sentir. Los etruscos están tan dominados por ella como los dorios y los macedonios
[138]. Cuando Alejandro y sus sucesores cubrieron el Oriente de ciudades griegas, ello
sucedió impensadamente, por la rayón de que no podían imaginar otra forma de
organización política.
Antioquía
debía ser Siria y Alejandría, Egipto, Y en realidad el Egipto de los Ptolomeos, como
más tarde el de los Césares, fué de hecho bien que no de derecho una polis
de enormes proporciones. El campo, que se había hecho felah y había eliminado de nuevo
las ciudades, yacía ante las puertas con su vieja técnica administrativa [139]. El
Imperio romano no es sino el último y máximo Estado-ciudad de la Antigüedad, fundado en
un gigantesco sinequismo. El orador Arístides podía decir con razón bajo Marco
Aurelio en su discurso a Roma: «Roma ha condensado ese mundo en el nombre de una
ciudad. Dondequiera que uno haya nacido, vive en su centro.» Mas, también la
población sometida, las tribus salvajes nómadas, los habitantes de los pequeños valles
alpinos, todos son constituidos en forma de civitates. Livio piensa dentro de las
formas del Estado-ciudad, y para Tácito la historia provinciana no existe. Pompeyo se
perdió en el año 49, cuando retrocedió ante César y entregó la ciudad de Roma -de
importancia militar nula, para establecer en Oriente su base de operaciones. A los
ojos de la sociedad predominante, este hecho equivalía a entregar el Estado a César.
Para los romanos Roma lo era todo [140].
Estos
Estados-ciudades no son, en idea, susceptibles de expansión. Su número puede aumentar,
pero no su extensión.
No
es justa la opinión que considera el ingreso de la clientela romana en la plebe electoral
y la creación de las tribus rurales, como atentados a la idea de la polis. Aquí
sucede lo que en Ática: la vida toda del Estado, de la res publica, permanece
antes y después limitada a un punto, y este punto es el ágora, el foro romano.
Puede suceder que el derecho de ciudadanía sea conferido a individuos que habiten lejos
de la ciudaden la época de Aníbal, en toda Italia, y más tarde, en todo el mundo
; sin embargo, para el ejercicio del aspecto político de tal derecho es necesaria
la presencia personal en el foro. ,
Con
lo cual sucede que la gran mayoría de los ciudadanos carecen de todo influjo de hecho
bien que no de derecho sobre los negocios políticos [141]. El derecho de
ciudadanía no significa, pues, para ellos sino el deber militar y el goce del derecho
privado ciudadano [142]. Pero aun los ciudadanos que venían a Roma encontraban su poder
político limitado por un segundo sinequismo artificial, que no llegó a
desarrollarse hasta después de la liberación de los aldeanos, y que de seguro fue
inconsciente, respondiendo en el fondo tan sólo al afán de mantener incólume la idea de
la polis: los nuevos ciudadanos, sin tener en cuenta su número, fueron inscritos
en muy pocas tribus, en ocho, según la ley Julia, y claro está que constituían siempre
una minoría frente a los antiguos ciudadanos.
El
cuerpo de los ciudadanos es concebido, en efecto, como un cuerpo, un soma.
Quien no pertenece a él, carece de derechos; es hostis (enemigo). Por encima
están los dioses y los héroes; por debajo de esa totalidad de personas [143] está el
esclavo, quien, según Aristóteles, casi no puede llamarse hombre. El individuo, empero,
es zÙon politkñn (animal político), en un sentido que a nosotros, acostumbrados
a pensar y a vivir en sentimiento de lejanía, nos parecería la cifra y compendio de toda
esclavitud; el individuo no existe sino merced a su pertenencia a una polis. A
consecuencia de este sentimiento euclidiano, la nobleza, como cuerpo cerrado, fue al
principio idéntica a la polis, hasta el punto de que aun en el derecho de
Al
término de las épocas primitivas, estas dos formas de Estado, con sus estilos
correspondientes de política, quedan afianzadas. La idea del Estado ha vencido a la
relación feudal; pero hállase representada por las clases, y la nación no existe
políticamente, sino como suma de éstas.
10
Un
giro nuevo se verifica al principio de la época posterior, cuando la ciudad y el campo se
hallan en equilibrio y los poderes propios de la ciudad, el dinero y el espíritu, han
adquirido tal fuerza que, representando la no-clase, se sienten, sin embargo, bastante
fuertes para habérselas con las clases primordiales. Es el momento en que la idea del
Estado se encumbra definitivamente sobre las clases, para substituirlas por el
concepto de nación.
El
Estado conquistó su derecho por la vía que va de la relación feudal al Estado de clase.
En este último, las clases existen sólo mediante el Estado; no al revés. Pero la
situación era aún tal que el gobierno se enfrontaba ante la nación gobernada en cuanto
que ésta se hallaba dividida en clases. A la nación pertenecían todos; a las clases
sólo una selección, y ésta era la única que contaba en la política.
Pero
cuanto más se aproxima el Estado a su forma pura, cuanto más absoluto se hace,
cuanto más se desentiende de cualquier otro ideal formal, tanto más peso adquiere el
concepto de nación frente al de clase; y llega el momento en que la nación es gobernada como
tal nación, y las clases ya no representan sino diferencias sociales. Contra esta
evolución, que es una de las necesidades de la cultura, sublévanse una vez más las
anteriores fuerzas, nobleza y sacerdocio. Para éstas está en juego todo: el heroísmo,
la santidad, el viejo derecho, la jerarquía, la sangre. Y, desde su punto de vista,
¿contra qué? Esta lucha de las clases primordiales contra el poder del Estado toma en
Occidente la forma de la fronda. En la Antigüedad, donde no hay dinastía que
represente el futuro y donde la nobleza está políticamente aislada, se forma un
elemento dinástico que encarna la idea del Estado y, sostenido por las partes no nobles
de la nación, eleva éstas a la categoría de una fuerza. Tal es la misión de la tiranía.
En
este tránsito del Estado de clase al Estado absoluto, que todo lo refiere a si
mismo, las dinastías occidentales, como las de Egipto y de China, pidieron auxilio a la
clase de los que no forman clase, y, por lo tanto, la reconocieron como una magnitud
política. Tal es el sentido de la lucha contra la fronda, y los poderes de la gran
ciudad no pudieron ver en ella, para si, ante todo, sino un provecho. El soberano
representa el Estado, el cuidado y atención en pro de todos; y lucha contra la nobleza
porque ésta quiere conservar la clase, como una magnitud política. Pero para la polis
el Estado consistía simplemente en la forma y no había cabeza, no había elemento
hereditario en que el Estado estuviese como representado. Por eso la necesidad de
introducir a la clase de los sin clase en la idea del Estado hizo surgir la tiranía, en
la que una familia o una facción de la nobleza misma asumió la función dinástica, sin
la cual una acción de la tercera clase hubiera sido imposible. Los historiadores de la
Antigüedad posterior no han reconocido el sentido de este proceso y se han atenido a
superficialidades de la vida privada. Pero en realidad la tiranía representa al Estado
y es combatida por la oligarquía en nombre de la clase. Por eso la tiranía se apoya en
los aldeanos y los burgueses. Estos eran en Atenas, hacia 580, los partidos de los
diacrios y paralios.
Por
eso la tiranía sostuvo los cultos dionisíacos y órficos en perjuicio de los apolíneos.
En Ática, Pisistrato fomentó el culto de Dionysos entre los aldeanos [144]. En Sicione,
hacía la misma época, Clístenes prohibió la recitación de los poemas homéricos
[145]. En Roma, la trinidad divina de Demeter (Ceres), Dionysos y Kore [146] fue
introducida seguramente bajo los Tarquines. Su templo fue consagrado en 483 por Sp.
Cassio, quien poco después pereció al intentar restablecer la tiranía. Ese templo de
Ceres era el santuario de la plebe; y sus sacerdotes, los ediles, eran los hombres de
confianza de la plebe, antes de la creación de los tribunos [147]. Los tiranos, como los
príncipes del barroco occidental, eran liberales en un gran sentido, que ya no es posible
luego bajo el dominio de la tercera clase. Pero ya entonces, en la Antigüedad, comenzó a
circular el dicho de que el dinero hace al hombre (kr¯mat??n®r) [148]. La
tiranía del siglo VI desarrolló hasta su término la idea de la polis, y creó el
concepto político del ciudadano, del polites, del civis, cuya suma,
sin tener en cuenta la clase, constituye el cuerpo del Estado-ciudad. Cuando la
oligarquía después volvió a obtener la victoria, a consecuencia de la propensión
antigua hacia el presente y por temor y odio a la tendencia hacia la duración, manifiesta
en la tiranía, ya el concepto del ciudadano estaba hecho, y el no patricio había
aprendido a sentirse como clase frente a los demás; se había convertido ya en partido
político la voz democracia en su sentido especifico antiguo recibe ahora un
contenido grave de significacionesy se disponía, no ya a ayudar al Estado, sino,
como antes la nobleza, a ser el Estado. Comienza a contar y cuenta no sólo el
dinero, sino las cabezas, pues tanto el censo monetario como el derecho electoral son
armas políticas. La nobleza no cuenta, sino que valora; vota por clases. Así como el
Estado absoluto nace de la fronda y de la primera tiranía, asi también perece con la
Revolución francesa y la segunda tiranía. En esta segunda lucha, que es ya defensa, la
dinastía se une a las clases primordiales para defender la idea del Estado frente a una
nueva clase soberana: la burguesía.
Entre
la fronda y la revolución se extiende también la historia toda del Imperio medio en
Egipto. La dinastía XII (2000-1788), con Amenemhet I y Sesostris I, funda, en dura lucha
contra los barones, el Estado absoluto. El primer soberano según refiere un famoso
poema de esta épocaescapó a duras penas de una conjura palaciega. Después de su
muerte, que empezó manteniéndose secreta, fue inminente un levantamiento, como demuestra
la historia de Sinué [149]. El tercero fue asesinado por oficiales de la corte. Las
inscripciones en la sepultura familiar del conde Chnemhotep [150] nos hacen saber que las
ciudades se habían tornado ricas y casi independientes, y que se hacían la guerra unas a
otras. De seguro que no eran entonces más pequeñas que las ciudades antiguas en tiempos
de las guerras médicas. Sobre ellas y sobre los grandes que permanecieran fieles se
apoyó la dinastía [151]. Sesostris III (1887-1850) pudo, en fin, anular por completo la
nobleza feudal. A partir de este momento ya no hubo más que la nobleza de corte y un
Estado de funcionarios [152], uniforme, ejemplarmente organizado. Pero ya se oyen quejas
de que los distinguidos caen en la miseria y, en cambio, los «hijos de nadie» llegan a
altos puestos y autoridad [153]. Comienza la democracia y se prepara la gran revolución
social de la época de los Hycsos.
A
esto corresponde en China la época de los Ming-chu (o Pa, 685-391), protectores de origen
principesco, que ejercen un poder no fundado en derecho, pero si efectivo, sobre todo ese
mundo de Estados sumido en la anarquía; convocan congresos de príncipes para restablecer
el orden y reconocer ciertos principios políticos, y aun invitan a los insignificantes
«Soberanos del Medio», de la casa Chu. El primero fue Hoang-Tsi (+ 645), que convocó la
dieta de príncipes de 659, y de quien escribió Confucio que había salvado a China de un
retorno a la barbarie. El nombre de Ming-chu se convirtió más tarde, como la voz tirano
entre nosotros, en un insulto; porque no se quiso ver en ellos sino la fuerza sin derecho.
Pero
estos grandes diplomáticos fueron, sin duda alguna, un elemento que, lleno de
preocupación por el Estado y el futuro histórico, se alzaron contra las viejas clases,
apoyándose en las nuevas, en la inteligencia y en el dinero. Una gran cultura se revela
en lo poco que, hasta ahora, se sabe de ellos por fuentes chinas. Algunos de ellos fueron
escritores, otros nombraron ministros a filósofos. Lo mismo da que pensemos en Richelieu
o en Wallenstein o en Periandro; en todo caso, con ellos aparece por vez primera «el
pueblo» como magnitud política [154].
Este
es el verdadero sentimiento barroco y la diplomacia de alto bordo. El Estado absoluto se
ha impuesto, en idea, frente al Estado de clase.
En
esto precisamente reside la estrecha afinidad con la época occidental de la fronda. En
Francia, la corona no convocó desde 1614 Estados generales, habiéndose éstos mostrado
superiores a los poderes unidos del Estado y de la burguesía. En Inglaterra intenta
Carlos I, desde 1628, igualmente gobernar sin Parlamento. En Alemania sobreviene la guerra
de treinta años, que, independientemente de su sentido religioso, había de decidir entre
el poder imperial y la gran fronda de los príncipes electores, por una parte, y entre los
príncipes y la pequeña fronda de sus subditos, de otra parte. Y sobreviene porque en
1618 los Estados de Bohemia, habiendo depuesto la casa de Habsburgo, vieron su fuerza
aniquilada en 1630 por un terrible castigo. Pero el punto central de la política mundial
hallábase entonces en España, donde con la cultura social nació el estilo
diplomático del barroco, en el gabinete de Felipe II, y donde el principio dinástico, en
que el Estado absoluto se encarnaba frente a las Cortes, experimenta su elaboración mas
poderosa, en lucha contra la casa de Borbón. El intento de incorporar genealógicamente
Inglaterra al sistema español, falló bajo Felipe II, porque el heredero, ya anunciado,
de su matrimonio con María de Inglaterra, no llegó. Ahora, bajo Felipe IV, vuelve a
aparecer el pensamiento de una monarquía universal que domine todos los Océanos; pero ya
no es ese imperio místico del goticismo anterior, ese imperio sacro romano de la nación
alemana, sino el ideal tangible del dominio universal de la casa Habsburgo, desde Madrid,
sobre la posesión real de las Indias y de América y apoyado en el poder ya notable del
dinero. Por entonces intentaron los Estuardos afirmar su posición amenazada, por medio
del matrimonio del sucesor al trono con una infanta española. Pero en Madrid se
prefirió, al fin, la unión con la propia línea colateral en Viena, y asi Jacobo I hubo
de dirigirse en vano también al partido contrario de los Borbones,
proponiendo un enlace matrimonial. El mal éxito de esta política familiar contribuyó
más que nada a unir el movimiento puritano con la fronda en una gran revolución.
En
estas grandes decisiones sucede lo mismo que en las correspondientes «sincrónicas» de
la China, y es que los ocupantes de los tronos pasan a segundo término ante los grandes
estadistas, en cuyas manos durante decenios enteros, está el sino del mundo occidental.
El conde-duque de Olivares en Madrid y el embajador de España en Viena, Oñate, fueron
por entonces las personalidades más poderosas de Europa. Frente a ellos se hallaban
Wallenstein, defensor de la idea imperial, y, en Francia, Richelieu, defensor de la idea
del Estado absoluto. Más tarde les siguieron: en Francia, Mazarino; en Inglaterra,
Cromwell; en Holanda, Oidenbarneveldt; y en Suecia, Oxenstierna. Hasta el gran príncipe
elector no aparece un monarca de importancia política.
Wallenstein
empieza, inconscientemente, en el punto en que los Hohenstaufen terminaron. A la muerte de
Federico II (1250) el poder de las Cortes imperiales era absoluto. Contra ellas actuó
Wallenstein, en pro de un Estado imperial absoluto, durante su primer mando. Si hubiera
sido un gran diplomático, claro y decididotemía las decisiones; si, como
Richelieu, hubiese reconocido la necesidad de mantener ante todo bajo su influencia la
persona del monarca, quizá hubiera acabado con los príncipes del Imperio. Consideraba
estos príncipes como rebeldes que debían ser depuestos y privados de sus tierras; y en
la cumbre de su poderío, a fines de 1629, cuando tenía sujeta militarmente a toda
Alemania, dijo en conversación que el emperador debía ser el señor en el Imperio, como
los reyes de Francia y de España. Su ejército, que «se alimentaba a sí mismo», y que,
por su fuerza, permaneció independiente de las clases, fue el primer ejército imperial
de importancia europea, que hubo en Alemania. El ejército de la frondaque no otra
cosa era la liga, mandado por Tilly, no puede ni comparársele siquiera. Cuando
Wallenstein, en 1628, se hallaba ante Stralsund, para realizar la idea de una potencia
marítima habsburguesa en el Báltico, desde donde podía atacar por la espalda el sistema
borbónicomientras que al mismo tiempo Richelieu, con mejor éxito, sitiaba La
Rochelle, eran ya casi inevitables las hostilidades entre la liga y él. De la Dieta
imperial de Ratisbona, en 1630, estuvo ausente, porque, como decía, sus cuarteles iban
pronto a establecerse en París. Esta fue la peor falta política de su vida, pues aquí
venció la fronda de los príncipes electores sobre el emperador, por la amenaza de poner
en su lugar a Luis XIII, y consiguió que el general fuese despedido. Con esto el poder
central de Alemania, ignorando la importancia de la decisión, abandonaba su ejército. A
partir de entonces Richelieu fomentó y sostuvo la gran fronda de Alemania, para hacer
vacilar la posición de España, mientras que, por su parte, el conde-duque de Olivares y
Wallensteinrestablecido en el mandose aliaban en Francia con el partido de los
nobles, que por entonces empezaba a actuar bajo la reina madre y Gastón de Orleáns. Pero
el poder imperial había desperdiciado el gran momento. En los dos casos el cardenal
conservó la ventaja. En 1632 mandó ejecutar al último Montmorency y formó una alianza
abierta con los electores católicos de Alemania. A partir de entonces, Wallenstein, que
en sus objetivos últimos era inseguro, fue poco a poco entrando en las ideas
españolas, que creía poder separar de las imperiales, y se aproximó (como en Francia el
mariscal Turenne) por si mismo a los grandes príncipes. Es éste el giro decisivo en
la historia de Alemania. Esto hizo imposible el Estado imperial absoluto. La muerte de
Wallenstein, en 1634, no cambió en nada la situación, pues no se le encontró
substituto.
Y
justo entonces hubieran sido de nuevo favorables las circunstancias. En 1640 se produce en
España, en Francia y en Inglaterra la lucha decisiva entre las clases y el poder del
Estado. Contra Olivares se alzan las Cortes en casi todas las provincias. Portugal, y con
ella la India y África, se perdieron para siempre; Nápoles y Cataluña no pudieron ser
sometidas sino al cabo de años. En Inglaterra sucede lo que en la guerra de los treinta
años: precisa distinguir cuidadosamente entre la lucha constitucional del rey con la gentry
de los Comunes y el aspecto religioso de la revolución, aunque las dos tendencias se
entrecruzan. Pero la creciente resistencia que CromweII halló precisamente en la clase
inferior, y que le obligó, contra su voluntad, a establecer una dictadura militar, asi
como luego la popularidad de la monarquía restaurada, demuestran hasta qué punto la
caída de la dinastíapasando por encima de las diferencias en cosas
religiosasfue obra de los intereses de clase.
Cuando
Carlos I fue ejecutado, también en París hubo levantamientos y sublevaciones que
obligaron a huir a la familia real. Se construyeron barricadas y se vitoreó la
república.
Si
el cardenal de Retz hubiera sido semejante a CromweII, bien pudiera haber sucedido que el
partido de las clases triunfara sobre Mazarino. Pero el curso de esta gran crisis
occidental vino determinado por el peso y el destino de pocas personalidades, y por eso
tomó una forma tal, que solo en Inglaterra triunfó la fronda, representada en el
Parlamento, y sometió el Estado y la realeza a su dirección y asentó esta situación
perdurablemente en la «revolución gloriosa» de 1688, de manera que aun hoy persisten
partes esenciales del antiguo derecho normando. En Francia y en España venció sin
reservas el rey.
En
Alemania, la paz de Westfalia estableció, para la gran fronda de los príncipes
imperiales contra el emperador, el sistema inglés, y para la pequeña fronda, contra los
príncipes territoriales, el sistema francés. En el Imperio mandan las clases; en los
distritos de los príncipes, las dinastías. A partir de este momento el Imperio fue un
mero nombre, como la monarquía inglesa, aunque envuelto en las pompas españolas del
barroco primitivo. Los príncipes particularese igualmente las familias principales
de la aristocracia inglesasiguieron el ejemplo de París; y su absolutismo de menor
cuantía ha sido el propagador del estilo versallesco en lo político como en lo social.
Con lo cual quedaba decidida la victoria de la casa de Borbón sobre la casa de Habsburgo,
lo que fue claramente manifiesto ante el mundo en la paz de los Pirineos, 1659.
Esta
época realiza el Estado que, en cada cultura, viene predispuesto como germen y
posibilidad. En esta época llegan las culturas a una altitud de forma política que luego
ya no superan. Pero tampoco pueden conservarla durante mucho tiempo. Cuando Federico el
Grande banqueteaba en Sans-Souci, ya una leve brisa otoñal se sentía correr por Europa.
Son éstos los años en que las grandes artes particulares producen sus frutos postreros,
los más sazonados, los más delicados, los más espirituales; junto a los oradores del
Ágora ateniense, Zeuxis y Praxiteles; junto a las filigranas de los gabinetes
diplomáticos, la música de Bach y de Mozart.
Esta
política de gabinete se convierte en un arte mayor, en un deleite artístico para los que
andan en ella, arte maravilloso de finura y elegancia, cortesano, refinado, actuando en la
lejanía, en donde aparecen ahora ya Rusia, las colonias norteamericanas y aun los Estados
de la India, produciendo decisiones en los remotos puntos del planeta por el simple peso
de una sorprendente combinación. Es éste un juego sometido a estrictas reglas, con
cartas abiertas y confidentes secretos, con alianzas y congresos, dentro de un sistema de
gobiernos
En
el mundo occidental, cuya esfera de influencia ya casi coincide con la superficie del
globo, el periodo del Estado absoluto comprende apenas siglo y medio, desde 1660, cuando
en la paz de los Pirineos la casa Borbón triunfa sobre la de Habsburgo y los Estuardos
retoman a Inglaterra, hasta las guerras de coalición contra la Revolución francesa, en
las cuales Londres vence a París, o hasta el Congreso de Viena, en donde la vieja
diplomacia de la sangre, no del dinero, da al mundo por última vez un gran espectáculo.
Esto corresponde a la época de Perícles, en el centro entre la primera y la segunda
tiranía, y a la época del Chun-Tsin, «primavera y verano», como los chinos llaman al
tiempo que transcurre entre los protectores y los «Estados en lucha».
En
este último periodo de política distinguida, en las formas de una tradición que posee
distancia, caracterizan se las cumbres por el hecho de que pronto se extinguen las dos
líneas de Habsburgo y de que los acontecimientos diplomáticos, como los guerreros, se
agrupan en 1710 en torno a la sucesión de España y en 1760 en tomo a la de Austria
[155]. Llega también a su cumbre el principio genealógico. Bella gerant alii, tu
felix Austria nube era, en realidad, la prosecución de la guerra con otros medios. El
dicho fue forjado con relación a Maximiliano I, pero ahora es cuando el principio
consigue su máxima eficacia. Las guerras de la fronda se convierten en guerras de
sucesión, decididas en los gabinetes y realizadas con pequeños ejércitos,
caballerescamente, según reglas estrictas. Se trata de la herencia de medio mundo, que la
política matrimonial de los Habsburgos logró reunir al principio del barroco.
El
Estado está aún en forma. La nobleza es leal y se ha convertido en una nobleza de
servicio y de corte, dirigiendo las guerras y organizando la administración. Junto a la
Francia de Luis XIV surge, en Prusia, un modelo de organización política. El camino que
va desde la lucha de Gran Elector con sus Estados (1660) hasta la muerte de Federico el
Grande, quien recibió a Mirabeau en 1786, tres años antes de la toma de la Bastilla, es
exactamente el mismo y condujo a la creación de un Estado que, como el francés,
representa en todo punto lo contrario de la manera inglesa.
Porque
muy distintos son el Imperio e Inglaterra. En Inglaterra venció la fronda y la nación
fue regida no por rey absoluto, sino por las clases. Pero hay la diferencia enorme de que
la existencia insular inspiró la mayor parte de las preocupaciones y que la clase
dominante, los pares en la Cámara alta y la gentry, pusieron como fin de sus esfuerzos,
en modo evidente y natural, la grandeza de Inglaterra. En cambio, en el Imperio la capa
superior de los príncipes territorialescon la Dieta imperial en Ratisbona a modo de
Cámara altase esforzaba por convertir en «pueblos» los fragmentos de la nación
gobernados por cada principe y pretendieron delimitar tan estrictamente como fuera posible
unas frente a otras las patrias particulares. En lugar del horizonte mundial que existía
en la época del goticismo, aparece ahora un horizonte provinciano en la acción y en el
pensamiento. La idea misma de nación pasó al reino de los sueños, al otro mundo,
al mundo no de la raza, sino del idioma, no del sino, sino de la causalidad. Surgió la
idea y, por último, el hecho de un pueblo de poetas y pensadores, que fundó una
república para su uso, en el reino nebuloso de los versos y los conceptos y, por último,
se llegó a creer que la política consiste en el ideal escribir, leer y hablar y no en el
acto y la decisión; de manera que aun hoy se confunde la política con la expresión de
los sentimientos y opiniones.
En
Inglaterra la victoria de la gentry y la declaración de derechos de 1689 anuló realmente
el Estado. El Parlamento estableció entonces como rey a Guillermo de Orange y luego
impidió la abdicación de Jorge I y II, ambas cosas en interés de la clase. La palabra state,
que aun era corriente bajo los Tudores, queda fuera de uso, de manera que la sentencia de
Luis XIV; «El Estado soy yo» y la de Federico el Grande: «Yo soy el primer servidor de
mi Estado» no pueden ya traducirse al inglés. En cambio, se acuña la palabra society
como expresión de que la nación está en forma; pero como sistema de clases, no como
Estado. Esta palabra fue luego tomada por Rousseau y los racionalistas del
continentecon característica mala inteligencia de su sentidopara servir el
odio de la tercera clase contra la autoridad [156]. Pero en Inglaterra la
autoridad, como government, está perfectamente estructurada y es comprendida.
Su
centro consiste, desde Jorge I, en el gabinete, que no tiene existencia constitucional y
que es la junta gobernadora de la facción dominante. El absolutismo existe, pero es el de
una representación de clase. El concepto de lesa majestad se traslada al Parlamento, como
la inviolabilidad de los reyes romanos se trasladó a los tribunos. También existe el
principio genealógico; pero se expresa en las relaciones de familia, dentro de la alta
nobleza, que actúan sobre la situación parlamentaria. En interés de la familia de los
Cecils propuso en 1902 Salisbury, como sucesor, a su sobrino Balfour, en lugar de
Chamberlain. Las facciones nobiliarias de los tories y de los whigs se distinguen
claramente y muchas veces dentro de la misma familia, según la preeminencia del punto de
vista de la fuerza o del botín, según la más alta estimación de la propiedad o del
dinero [157], lo que en el siglo XVIII hace surgir dentro de la burguesía superior los
conceptos de respectable y fashionable, como dos concepciones opuestas del
gentleman, La preocupación del Estado en pro de todos queda substituida absolutamente por
el interés de clase, para el cual el individuo requiere libertadésta es la
libertad inglesa; pero la vida insular y la estructura de la society crearon
relaciones en las cuales, en último término, todo el que a ella pertenececoncepto
importante en una dictadura de claseencuentra representado su interés en uno de los
dos partidos nobles.
Esta
constancia de la forma última, más profunda y sazonada, surge del sentimiento histórico
que anima al hombre occidental. Pero a la Antigüedad le fue siempre vedada. Desaparece la
tiranía. Desaparece la estricta oligarquía. El demos, creado por la política del siglo
VI, como suma de todos los hombres pertenecientes a una ciudad, se quiebra en nobles y no
nobles y se agota en luchas irregulares; y comienza una guerra dentro y entre
los Estados, en la cual ambos partidos tratan de aniquilar al contrario para no ser
aniquilados. Cuando Sybaris, todavía en la época de la tiranía (511), fue aniquilada
por los pitagóricos, el primer suceso de esta clase produjo una gran emoción en el mundo
antiguo. Aun en la remota Mileto se vistieron los ciudadanos de luto. Pero luego la
destrucción de una ciudad o de un partido se convirtió en cosa tan corriente, que
llegaron a constituirse sobre ese punto costumbres fijas y métodos consagrados, que
corresponden al esquema de los tratados de paz occidentales en el barroco posterior: si se
mata o no a los habitantes, si se les vende o no como esclavos, si se arrasan o no las
casas, si se distribuyen o no los bienes entre los vencedores. Existe la voluntad de
absolutismo. Desde las guerras médicas existe por doquiera, en Roma y en Esparta, lo
mismo que en Atenas. Pero también se quiere la estructura de la polis, del
punto político; también se quiere la breve duración de los cargos y propósitos,
y esta otra voluntad hace imposible resolver de un modo estable el problema: ¿Quién ha
de ser el Estado? [158]. Frente a la maestría de los gabinetes diplomáticos
occidentales, saturados de tradición, aparece aquí un diletantismo que no está fundado
en accidental falta de personalidadeséstas existían, sino exclusivamente en
la forma política. El camino de esta forma, entre la primera y la segunda tiranía, no
puede desconocerse, y corresponde por completo a la evolución en todas las épocas
posteriores; pero el estilo antiguo específico es el desorden, el azar; no podía ser de
otra manera en aquella vida adherida al momento.
El ejemplo más
importante de ello es la evolución de Roma durante el siglo V, que tan discutida viene
siendo hasta ahora, porque se ha buscado en ella una continuidad que no puede darse aquí
ni en ningún Estado antiguo. Añádase a esto el error de tratar esa evolución como algo
muy primitivo, cuando, en realidad, el Estado de los Tarquines debió de poseer ya
situaciones muy progresivas y la Roma primitiva queda mucho más lejos de lo que suele
creerse. La situación en el siglo V es mezquina, reducida, si se compara con el tiempo de
César; pero no es primitiva. Ahora bien, como la tradición escrita era
defectuosacomo en todas partes, salvo en Atenas, resulta que el gusto
literario, desde las guerras púnicas, ha llenado los huecos con Invenciones y
precisamente con invenciones de carácter idílico y primitivo, como no podía ser menos
en la época helenística; recordad a Cincinato. La investigación moderna ya no cree en
esas historias, pero sigue bajo la impresión del gusto que las ha creado y la confunde
con las circunstancias del tiempo; tanto más, cuanto que la historia griega y la romana
son tratadas como dos mundos separados, y, siguiendo una pésima costumbre, suele
confundirse el principio de la historia con el principio de los datos seguros acerca de
ella. Ahora bien: la situación del año 500 antes de Jesucristo no tiene nada de
homérica. Bajo los Tarquines era Roma, con Capua, la ciudad mayor de Italia, como lo
prueba la extensión de sus murallas; era mayor que la Atenas de Temístocles [159]. Una
ciudad con la que Cartago concluye tratados comerciales no era una comunidad de aldeanos.
Pero de aquí se sigue que la población de las cuatro tribus urbanas en 471 era crecida y
acaso mayor que la de las dieciséis tribus rurales, cuya extensión territorial era
insignificante.
El
gran éxito de la nobleza territorial, la victoria sobre la tiraníaseguramente muy
populary el establecimiento de un gobierno senatorial absoluto fue, a su vez,
anulado por una serie de acontecimientos violentos hacia 471: substitución de las tribus
gentilicias por los cuatro grandes distritos urbanos, representación de los tribunos
sacrosantos, esto es, investidos de un derecho regio, que no corresponde a ninguna de las
magistraturas nobles, y, por último, liberación de los pequeños aldeanos, que son
substraídos a la clientela de los nobles.
El
tribunado es la más feliz creación de esta época y de la antigua polis en
general. Es la tiranía elevada a parte integrante de la constitución, junto a las
magistraturas oligárquicas, que siguen existiendo todas. Con lo cual la revolución
social queda encauzada en formas regulares, legales. Y mientras que en las demás
ciudades hubo de correr en galopes fieros, conviértese en Roma en lucha de foro que, por
lo general, se mantiene en los límites de la oratoria y la votación. No había necesidad
de llamar a ningún tirano, pues el tirano estaba allí. El tribuno poseía derechos de
alteza, no derechos de magistratura, y, merced a su inviolabilidad, podía realizar actos
revolucionarios que en cualquier otra ciudad hubieran traído por necesaria consecuencia
motines y guerras callejeras. Esta creación es un azar; pero ningún otro ha fomentado
tanto la ascensión de Roma. Sólo en Roma se realizó sin catástrofesbien que no
sin conmocionesel tránsito de la primera a la segunda tiranía y la ulterior
evolución, allende Zama. El tribuno enlaza los Tarquines a los Césares, Con la ley
Hortensia de 287 llega a ser omnipotente. Esta es la segunda tiranía en forma
constitucional. En el siglo II los tribunos han mandado prender a los cónsules y
censores. Los Gracos eran tribunos; César asumió el tribunado perpetuo, y en el
principado de Augusto la dignidad tribunicia es el elemento esencial, el único que le
confiere derechos de alteza soberana.
La
crisis de 471 fue general en la Antigüedad y se orientó contra las oligarquías que
querían seguir predominando aún en el Demos creado por la tiranía, en la
totalidad de los ciudadanos. Pero ya no es la oligarquía de clase frente a los que no
forman clase, como en tiempos de Hesiodo, sino que es la oligarquía como partido
frente a otro partido, dentro del Estado absoluto, absolutamente dado. En Atenas los
Arcontes fueron derrocados en 487 y sus derechos pasaron al colegio de estrategas [160].
En 461 fue derrocado el Areópago, que correspondía al Senado romano. En
Siciliaíntimamente relacionada con Romavenció la democracia, en 471, en
Akragas, en 405 en Siracusa, en 461 en Rhegion y Messana. En Esparta los reyes Cleómenes
(488) y Pausanias (470) intentaron en vano libertar a los ilotas (la clientela en
términos romanos), con lo cual hubieran dado a los reyes, aun frente a los eforos
oligárquicos, el sentido de los tribunos romanos. Aquí en Esparta es donde realmente
falta eso que la investigación histórica pasa por alto en Roma, una población en una
ciudad comercial, una población que imprima a estos movimientos dirección y fuerza; por
eso el gran levantamiento de los ilotas en 464 hubo de fracasar y acaso haya servido de
modelo a la invención romana de una retirada de la plebe al Monte Sacro.
En
una polis, la nobleza territorial y el patriciado urbano se confunden tal
es, como vemos, el fin del sinequismo ; pero no los burgueses y los aldeanos. Estos,
cuando luchan contra la oligarquía, forman un solo partido, el partido
democrático, prescindiendo de que son dos elementos distintos. Esto se expresa en la
próxima crisis, en la que el patriciado romano, hacia 450, intentó restablecer su poder como
partido. Pues asi ha de entenderse el establecimiento de los decenviros, con el cual
cayó el tribunado; asi ha de entenderse el derecho de las XII tablas, en el cual le
fueron negados a la plebe, recién ascendida a realidad política, el conubiun y el
comercium; y sobre todo la creación de las pequeñas tribus rurales, en donde la
influencia de las familias antiguas predominaba de hecho, si no de derecho, y que en los comitia
tributa, que aparecen ahora junto a los anteriores comitia centuriata, tenían
absoluta mayoría: 16 contra 4. De esta suerte, cuidaban los burgueses privados de sus
derechos por el predominio de los aldeanos, y esto fue de seguro una jugada del partido
patricio, que de un solo golpe hizo efectivo el odio del campo a la economía monetaria de
la ciudad.
Pronto
vino la contrarreacción; reconócese en el número decimal de los tribunos, que aparecen
tras la retirada de los decenviros [161]. Pero de este suceso no pueden separarse el
intento de tiranía de Sp. Maelio (439), el establecimiento de los tribunos consulares por
el ejército, en vez de los funcionarios civiles (438) y la lex Canuleia (445), que anuló
la prohibición del conubium entre patricios y plebeyos.
No
puede caber duda de que hubo entonces en Roma facciones entre los patricios, como entre
los plebeyos, las cuales quisieron anular el rasgo esencial de la polis romana, la
oposición entre el Senado y el tribunado, eliminando una u otra institución. Pero esta
forma era tan feliz y útil, que nunca en serio fue puesta en peligro. Cuando el ejército
impuso la accesión de la plebe a la magistratura política suprema (399), la lucha tomó
otra dirección. Podemos designar la política interior del siglo V como una lucha por la
tiranía legal; a partir de entonces, queda reconocida esa constitución bipolar y los
partidos no luchan ya por suprimirla, sino por ocupar los altos cargos. Este es el
contenido de la revolución en la época de la guerra samnita. En el año 287, la plebe ha
conseguido el ingreso en todos los cargos, y las proposiciones de los tribunos, aceptadas
por ella, obtienen fuerza de ley; por otra parte, siempre tiene el Senado la posibilidad
práctica de inducir acaso por soborno- a un tribuno a la interposición del veto y asi
anular el poder de la institución tribunicia. En la lucha de dos competencias, se
ha desarrollado el fino sentido jurídico de los romanos. En otros lugares fue corriente
que las decisiones se tomaran a golpes y a palosla expresión técnica para ello es jeirocracia
(gobierno de las manos); en el siglo IV, siglo clásico del derecho público romano,
acostumbráronse los ciudadanos a la lucha de conceptos e interpretaciones, en la cual la
más leve distinción en el texto legal podía ser decisiva.
Pero
este equilibrio entre el Senado y el tribunado sitúa a Roma en una posición única,
dentro del mundo antiguo. En las demás ciudades no había un más y un menos, sino una
alternativa tajante entre oligarquía y ojlocracia [mando del populacho]. Estaban dadas la
polis absoluta y la nación, idéntica a ella; pero no había formas interiores
fijas. La victoria de un partido traía consigo la anulación de todas las instituciones
del otro; y fue costumbre no considerar nada como tan digno de respeto o tan adecuado, que
mereciese cernerse sobre la lucha del momento. Esparta se hallaba, por decirlo así, en
forma senatorial; Atenas en forma tribunicia, y a principios de la guerra del Peloponeso
(431), la alternativa se había transformado de tal modo en opinión corriente, que ya no
cabían otras soluciones que las radicales.
Con
esto quedaba asegurado el porvenir de Roma. Roma fue el único Estado en donde la pasión
política se desató contra las personas, pero no contra las instituciones; fue el único
que se hallaba «en forma»senatus populusque romanus significa Senado y
Tribunado, y es la forma férrea que ningún partido atacó nunca más . Todos los
demás Estados, por los límites de su expansión en el sistema de los Estados antiguos,
demuestran a las claras que la política interior sólo existe para hacer posible la
política exterior,
11
En
este momento, cuando la cultura comienza a convertirse en civilización, los que no
constituyen una clase intervienen decididamente en los acontecimientos por vez primera,
como fuerza propia e independiente. Durante la tiranía y la fronda, el Estado los llamó
en su auxilio contra las clases propiamente dichas, con lo cual empezaron a sentirse
unidos como un poder único. Consciente ya de su fuerza, la tercera clase quiere ahora
emplear esa fuerza para si misma, como clase de la libertad, frente al resto; ve en el
Estado absoluto, en la Corona, en las instituciones fuertes los aliados naturales de las
dos clases primordiales y los propios y últimos representantes de la tradición
simbólica. Esta es la diferencia entre la primera y la segunda tiranía, entre la fronda
y la revolución burguesa, entre Cromwell y Robespierre.
El
Estado, con sus grandes exigencias al individuo, empieza a sentirse como una carga pesada
para la razón urbana; exactamente como en las grandes formas del arte barroco comienza a
sentirse una pesada carga, y la sensibilidad se torna clásica o romántica, es decir,
floja de forma o informe. La literatura alemana, desde 1770 es una revolución de fuertes
personalidades individuales contra la poesía severa y estricta. No es ya posible soportar
ese «estar en forma» de la nación, porque el individuo, por dentro, ya no está en
forma. Esto es cierto en las costumbres como en las artes y la ideología; es cierto sobre
todo en la política. El signo característico de toda revolución burguesa, cuyo lugar
está exclusivamente en la gran ciudad, es la falta de comprensión para los viejos
símbolos, substituidos ya por intereses palpables, aunque sólo sean los deseos de
pensadores y reformadores entusiastas, que anhelan ver realizados sus conceptos. Ya no
tiene valor sino tan sólo lo que la razón justifica. Pero privada de una forma
íntegramente simbólica, y por tanto eficaz en modo metafísico, pierde la vida nacional
la fuerza de afirmarse en medio de las corrientes de la existencia histórica. Considerad
los desesperados esfuerzos que el gobierno francés hizo para mantener al país en forma,
bajo el espíritu limitado de Luis XVI, esfuerzos dirigidos por un pequeño número de
hombres capaces y previsores, después que la situación exterior se hubo puesto muy seria
por el fallecimiento de Vergennes (1787). La muerte de este diplomático excluye para
varios años a Francia de las combinaciones de Europa. Al mismo tiempo, la gran reforma
que la corona realizó, a pesar de todas las resistencias, sobre todo la gran reforma
administrativa de aquel mismo año, basada en la más libre autonomía, permaneció por
completo ineficaz, porque para las clases, vista la debilidad del Estado, ocupó de pronto
el primer término la cuestión de la fuerza [162]. Aproximábase una guerra europea, con
implacable necesidad, como un siglo antes y como un siglo después, y, en efecto,
aconteció dicha guerra en la forma de las guerras de la Revolución. Pero nadie observaba
la situación exterior. La nobleza como clase ha pensado rara vez en forma de política
exterior y de historia universal; y la burguesía, nunca. Nadie se pregunta si el Estado,
transformado, puede mantenerse entre los demás Estados. Toda la cuestión es si asegura o
no los «derechos».
Pero
la burguesía, la clase de la «libertad» urbana, aunque su sentimiento de clase
permaneció firme durante varias generaciones en la Europa occidental, hasta
después de la revolución de marzo , no era, sin embargo, siempre dueña de sus
actos. En primer término, resultaba en toda situación crítica que esa unidad era
puramente negativa y sólo existía en realidad en los momentos de repulsa contra algo
ajeno tercera clase y oposición son conceptos casi idénticos ; pero
dondequiera se tratase de edificar algo propio, en seguida divergían los intereses de los
grupos particulares. Todos querían librarse de algo; el intelecto quería hacer un Estado
que fuese la realización de la «justicia» frente al poder de los hechos históricos, o
la realización de los derechos del hombre o de la libertad crítica frente a la religión
dominante; en cambio, el dinero quería libre campo para el éxito de los negocios. Muchos
había que anhelaban paz y renuncia a grandezas históricas o respeto hacia algunas
tradiciones y sus representantes, de las cuales vivían en cuerpo o en alma. Pero debe
añadirse ahora un elemento, que aparece por primera vez y que en las luchas de la fronda,
de la revolución inglesa, de la primera tiranía, no había existido, pero que ahora
representaba una fuerza: ese elemento que en todas las civilizaciones recibe el
inequívoco nombre de hez, populacho, plebe. En las grandes ciudadesque ahora lo
deciden todo, siendo el campo a lo sumo capaz de tomar actitudes ante los hechos
consumados, como demuestra todo el siglo XIX [163] reúnese una masa de población
desarraigada, que no pertenece a ningún circulo social. Esos hombres no se sienten unidos
a una clase, ni pertenecientes a un grupo profesionaly en el fondo de su corazón ni
siquiera a la clase trabajadora, aunque están obligados a trabajar. Por instinto
pertenecen a esta hez gentes de todas las clases y grupos, aldeanos desarraigados,
literatos, hombres de negocios arruinados, y, sobre todo, nobles decaídos y desviados,
como nos lo muestra con tremenda claridad la época de Catilina. Su poder es mucho mayor
que su número, pues siempre están situados en la proximidad de las grandes decisiones,
siempre dispuestos a todo, sin el menor respeto al orden, incluso al orden indispensable
en un partido revolucionario. Estos hombres son los que dan a los acontecimientos el poder
aniquilador que distingue la revolución francesa de la inglesa y la segunda de la primera
tiranía. La burguesía se aparta, con verdadero terror, de esta masa, de la que ansia
distinguirsea uno de estos actos de repulsa, al 13 de Vendimiario, debe Napoleón su
subida; pero los limites no se pueden trazar en el bullicio de los hechos y
dondequiera que la burguesía moviliza contra las viejas instituciones su fuerza de
choque, harto escasa con relación al número (digo escasa porque en cada momento resulta
problemática la unidad interna), siempre esa masa se infiltra en sus filas y se coloca
delante y decide el éxito en su mayor parte, sabiendo luego utilizar la posición ganada
para su provecho propio, muchas veces con el apoyo ideal de las personas cultas, que se
sienten fascinadas por los conceptos y por el apoyo material del dinero, los cuales saben
desviar el peligro sobre la nobleza y la clase sacerdotal.
Pero
esta época tiene también el sentido de que por vez primera las verdades abstractas
intentan penetrar en la esfera de los hechos. Las grandes ciudades se han hecho tan
grandes y el hombre urbano tan superior en su influencia sobre la vigilia de toda la
cultura esta influencia se llama opinión pública , que los poderes
de la sangre y de la tradición arraigada en la sangre quedan conmovidos y pierden su
posición hasta entonces inatacable. Piénsese, en efecto, que justamente el Estado
barroco y la polis absoluta, en la última perfección de su forma, son la
expresión integral de una raza, y la historia transcurriendo en esa forma posee el
ritmo perfecto de dicha raza. Si aquí hay alguna teoría del Estado, es, desde luego, una
teoría extraída de los hechos, y que se inclina ante la grandeza de los hechos. La idea
del Estado predominó luego sobre la sangre de las clases primordiales, poniéndola toda a
su servicio. Absolutismo esto significa que el gran torrente de existencia está en
forma, como unidad, y posee una especie de tacto e instinto, ya aparezca en forma
de tacto diplomático o estratégico, o como costumbres distinguidas, o como gusto
refinado por las artes y las ideas.
Pero
ahora, en contradicción con todos estos grandes hechos, el racionalismo se propaga, esa comunidad
de vigilia entre los hombres educados [164], cuya religión es la critica y cuyos numina
no son deidades, sino conceptos. Ahora alcanzan influjo político los libros y las
teorías generales, en la China de Laotsé como en la Atenas de los sofistas y en la
época de Montesquieu. Y la opinión pública, aderezada por las ideologías, viene a
constituir una fuerza política de nueva especie, que se interpone en el camino de la
diplomacia. Hipótesis absurda fuera la de que Pisistrato o Richelieu, o aun Cromwell,
tomasen sus decisiones bajo la influencia de sistemas abstractos.
Pero
tal sucede efectivamente, desde que vence la llamada «ilustración».
Desde
luego, el papel histórico que desempeñan los grandes conceptos civilizados es harto
diferente de su naturaleza y sentido en el nexo de las ideologías mismas. La influencia
que una verdad ejerce es siempre distinta de la tendencia que en ella puso el pensamiento
abstracto. En el mundo de los hechos, las verdades son simplemente medios para
dominar sobre los espíritus y determinar acciones. Lo que decide del rango histórico de
una verdad no es su profundidad, su exactitud, su lógica contextura, sino su eficacia
real. Nada importa que una verdad sea mal entendida o no obtenga verdadera inteligencia
por parte de nadie. Una verdad eficaz es una bandera. Lo que para las grandes religiones
primitivas fueron algunos símbolos, que se transformaron en sentimientos, como el Santo
Sepulcro para los cruzados y la substancia de Cristo para la época del Concilio de Nicea,
eso mismo son dos o tres frases entusiastas para toda revolución civilizada. Sólo los
lemas son hechos; el texto de los sistemas filosóficos o éticosociales no tiene
importancia para la historia. Pero como tales lemas y banderas, poseen durante unos dos
siglos un poder de primer orden y se revelan más fuertes que el ritmo de la sangre, que
comienza a decaer en el mundo pétreo de las grandes ciudades.
Pero
el espíritu critico no es sino una de las dos tendencias que se destacan sobre la
masa desordenada de los que no constituyen clase. Junto a los conceptos abstractos aparece
el dinero abstracto, el dinero desligado de los valores primarios del campo; junto al
gabinete del pensador aparece como fuerza política la oficina del banquero. Ambas fuerzas
son íntimamente afines e inseparables. Es la oposición primitiva del sacerdocio y la
nobleza, que perdura en forma urbana y con no menor fuerza dentro de la burguesía [165].
Y el dinero se revela como puro hecho, superior absolutamente a las verdades ideales, las
cuales sólo existen como lemas, como medios para el mundo de los hechos. Si se
entiende por democracia la forma que la tercera clase, como tal, desea imprimir a toda la
vida publica, entonces hay que añadir que democracia y plutocracia significan lo mismo.
Son una con respecto a la otra lo que el deseo con respecto a la realidad, lo que la
teoría con respecto a la práctica, lo que el conocimiento con respecto al éxito. Hay un
elemento tragicómico en la desesperada lucha que los reformadores y maestros de la
libertad dirigen contra el efecto del dinero, y es que ellos mismos sostienen esa lucha
con dinero. Entre los ideales de la clase formada por los que no pertenecen a ninguna
clase está no solamente el respeto al gran número respeto que se expresa en los
conceptos de igualdad, de derecho innato y también en el principio del sufragio universal
, sino también la libertad de la opinión pública, sobre todo la libertad de
prensa. Estos son ideales. Pero en realidad, la libertad de la opinión pública requiere
la elaboración de dicha opinión, y esto cuesta dinero; la libertad de la prensa requiere
la posesión de la prensa, que es cuestión de dinero, y el sufragio universal requiere la
propaganda electoral, que permanece en la dependencia de los deseos de quien la
Sus
conceptos se han tornado sagrados para la civilización incipiente. Pero el dinero vence
en su reino, que precisamente pertenece a este mundo y sólo a éste.
Dentro
del mundo de los Estados occidentales, es en Inglaterra donde los dos aspectos de la
política burguesa, el ideal como el real, han hecho su magno aprendizaje. Ha sido
Inglaterra el único sitio donde no ha necesitado la tercera clase derribar un Estado
absoluto para levantar sobre sus ruinas el predominio burgués, sino que pudo crecer en la
forma enérgica de la primera clase, en donde encontró constituida ya una política de
intereses y una táctica metódica de vieja tradición, como no podía desearla mejor para
sus propios fines. Aquí es donde el auténtico e inimitable parlamentarismo se encuentra
en su propia casa, un parlamentarismo que supone una existencia insular en vez de Estado y
los hábitos de la primera clase en vez de la tercera, y además la circunstancia de
haberse desarrollado esa forma durante el barroco floreciente, por lo que tenia música
dentro de su ser. El estilo parlamentario es idéntico totalmente a la diplomacia de
gabinete [169].
Este
origen antidemocrático es el secreto de sus éxitos.
Pero
de igual manera los lemas racionalistas han nacido todos en tierra inglesa y en intimo
contacto con los principios de la doctrina manchesteriana: Hume fue el maestro de Adam
Smith. Liberty significa con toda evidencia libertad espiritual y también
comercial. En Inglaterra la oposición entre la política de hechos y el misticismo de
verdades abstractas es tan imposible como fue inevitable en la Francia de Luis XVI. Más
tarde pudo Edmundo Burke afirmar, frente a Mirabeau: «Nosotros no pedimos nuestras
libertades como derechos del hombre, sino como derechos de los ingleses.» Francia
recibió integras de Inglaterra sus ideas revolucionarias, como recibió de España el
estilo de la monarquía absoluta; a ambas cosas les imprimió una forma brillante e
irresistible, que resultó ejemplar para el continente y aun más allá. Pero no supo
aplicarlas prácticamente. El empleo de los grandes lemas burgueses, para el éxito
político [170], supone la visión sagaz de una clase distinguida que conoce bien la
condición espiritual de las capas sociales que aspiraban a gobernar, sin poder gobernar;
por eso se ha formado en Inglaterra. Pero supone también la aplicación decidida del
dinero a la política, no aquellos sobornos de personalidades aisladas preeminentes, como
los practicaba el estilo español y veneciano, sino la elaboración de los poderes
democráticos. En Inglaterra, durante el siglo XVIII, fueron dirigidas por el dinero
primeramente las elecciones parlamentarias y
Ambas
cosas juntas son «liberalismo», esto es, son libres de las constricciones de la vida,
adherida a la tierra, ya sean derechos, formas o sentimientos. El espíritu es libre para
toda especie de critica y el dinero es libre para toda clase de negocio.
Pero
ambas también se orientan, sin contemplaciones, hacia el predominio de una clase que no
reconoce sobre sí la superioridad del Estado. El espíritu y el dinero, puesto que son
inorgánicos, no quieren el Estado, como forma orgánica de alto simbolismo, que impone
respeto, sino como mecanismo que sirve para determinada finalidad. He aquí la diferencia
con los poderes de la fronda, que defendían tan sólo el modo gótico de vivir «en
forma» contra los poderes del barroco y que ahora, empujados a la defensiva, casi no se
distinguen de éstos. Sólo en Inglaterraesto debemos acentuarlo una vez
másdesarmó la fronda al Estado en lucha abierta, y también a la tercera clase,
por su superioridad interna, alcanzando de este modo la única manera democrática de
«estar en forma», que no fue planeada ni imitada, sino que germinó y surgió
orgánicamente como expresión de una vieja raza y de un tacto seguro e inquebrantable que
sabe manejar todos los medios nuevos aportados por los tiempos. Por eso el Parlamento
inglés colaboró en todas las guerras de sucesión de los Estados absolutos, pero
considerándolas como guerras económicas con fines comerciales.
La
desconfianza contra la forma elevada es tan grande en la tercera clase, en la clase sin
forma intima, que siempre y dondequiera ha preferido salvar su libertadsu falta de
formamerced a una dictadura irregular y, por tanto, enemiga de todo lo orgánico;
pero, en cambio, favorable, por su actuación mecánica, al gusto del espíritu y del
dinero. Recordad la estructura de la máquina política francesa, iniciada por Robespierre
y terminada por Napoleón, La dictadura en interés de un ideal de clase fue deseada por
Rousseau, Saint-Simon, Rodbertus y Lassalle no menos que por los ideólogos antiguos del
siglo IV: Jenofonte, en la Ciropedia, e Isócrates, en el Nicocles [172].
En
la conocida frase de Robespierre «el gobierno de la Revolución es el despotismo de la
libertad contra la tiranía», se expresa el profundo terror que acomete a las masas
cuando ante los acontecimientos graves no se sienten seguras y «en forma».
Una
tropa donde la disciplina está relajada concede a los Jefes de azar y de momento, un
poder que no podría obtener el jefe legitimo ni en igual extensión ni en igual
naturaleza y que, como jefe legitimo, tampoco admitiría. Esto mismo, traducido a
términos más amplios, sucede al comienzo de toda civilización. Nada caracteriza tanto
la liquidación de la forma política corno el surgimiento de poderes informes, que
podemos denominar «napoleonismo» por el caso más famoso. La existencia de
Richelieu y de Wallenstein estaba totalmente enlazada con una tradición inconmovible. La
revolución inglesa tiene una forma perfecta bajo el manto de los desórdenes externos.
Aquí justamente la fronda combate por la forma; el Estado absoluto combate en
la forma. Pero la burguesía combate contra la forma. La destrucción de un orden
caduco no es cosa nueva; es lo que ya hicieron Cromwell y los jefes de la primera
tiranía. Pero en la revolución burguesa no hay forma invisible que actúe tras las
ruinas de la forma visible; Robespierre y Napoleón no encuentran ni en torno suyo ni en
si mismos nada que permanezca como evidente base de toda transformación; en vez de
un gobierno de tradición grande y experiencia, resulta inevitable un régimen de azar,
cuyo porvenir no está asegurado ya por las cualidades de una minoría lentamente educada,
sino que depende de que se encuentre un sucesor de importancia. Todo esto es lo que
caracteriza esta época transitoria y lo queda a los Estados, que saben mantenerse más
tiempo que los otros en una tradición, una superioridad enorme en el curso de las
generaciones.
La
primera tiranía terminó y perfeccionó la polis con ayuda de los no nobles. Estos
no nobles destruyeron la ciudad con ayuda de la segunda tiranía. Con la revolución
burguesa del siglo IV la polis queda aniquilada como idea, aunque siga existiendo
como mecanismo, como costumbre, como instrumento del poder. El hombre antiguo no ha cesado
nunca de pensar y vivir políticamente en la forma de ciudad; pero ya la ciudad no fue
para la masa un símbolo respetado con sacro temor, como tampoco lo fue ya la monarquía
occidental «por gracia de
En
esa revolución, como en todos los fenómenos antiguos, las soluciones fueron locales y
momentáneas. No hubo nada parecido al magnifico arco de la Revolución francesa, que
comienza con la toma de la Bastilla y termina en Waterloo. Y las escenas en la Antigüedad
son tanto más crueles cuanto que el sentimiento euclidiano de esta cultura no admite mas
que los choques corpóreos de los partidos, y en vez de una subordinación funcional de
los vencidos a los vencedores, sólo tolera la total anulación de los vencidos. En
Corcira (427) y en Argos (370) fueron los propietarios sacrificados en masa. En Leontini
(422) los propietarios echaron de la ciudad a los ciudadanos de la clase inferior y se las
arreglaron con esclavos hasta que, temerosos de verlos regresar, abandonaron la ciudad y
emigraron a Siracusa. Los fugitivos de centenares de revoluciones semejantes llenaban las
ciudades antiguas, ingresaban en los ejércitos mercenarios de la segunda tiranía y
hacían inseguros los caminos de tierra y de mar. Entre las cláusulas de paz de los
diadocos, y más tarde de los romanos, aparece constantemente la repatriación de los
ciudadanos expulsados.
Pero
la segunda tiranía se fundaba igualmente en actos de esta naturaleza. Dionisio I
(405-367) se afianzó en el gobierno de Siracusa, cuya sociedad distinguida constituía
antes, y junto a la de Atenas, el centro de la cultura helénica florecienteen
Siracusa representó Esquilo hacia 470 su trilogía de los Persas, merced a
ejecuciones en masa de los más cultos y confiscación de los patrimonios. Luego organizó
de nuevo la población, concediendo arriba, la gran propiedad a sus partidarios e
incorporando abajo a la ciudadanía grandes masas de esclavos, entre los cuales se
hallaban distribuidas las mujeres e hijos de la anterior clase distinguida [173].
También
es característico de la Antigüedad el hecho de que el tipo de estas revoluciones no
permita sino multiplicación de su número, no extensión de su esfera. Aparecen en masa;
pero cada una se desenvuelve por sí sola en un solo punto, y sólo la simultaneidad de
todas ellas les confiere e] carácter de un fenómeno conjunto que hace época. Otro tanto
puede decirse del napoleonismo, con el cual, por vez primera, un gobierno sin forma se
establece sobre la contextura del Estado-ciudad, sin poderse libertar íntimamente de
ella. Se apoya sobre el ejército quien frente a la nación, que ya no se encuentra en
forma, comienza a sentirse como fuerza política propia e independiente. Este es el breve
camino que media entre Robespierre y
Bonaparte.
A la caída de los jacobinos, el centro de gravedad pasa de la administración civil a los
generales ambiciosos. Este nuevo espíritu había penetrado muy profundamente en todos los
Estados occidentales, como lo demuestran las vidas de Bernadotte y de Wellington y el
famoso llamamiento «A mi país» de 1813; aquí la continuación de la dinastía fue
puesta en cuestión por los militares, en el caso de que el rey no se decidiera a romper
con Napoleón.
La
segunda tiranía se anuncia ya con la posicióndisolvente de la ciudadque
Alcibíades y Lisandro adoptan a fines de la guerra del Peloponeso en el ejército de sus
ciudades respectivas. El primero ejerció desde 411, a pesar de estar proscrito y, por
tanto, de no desempeñar cargo alguno, el mando efectivo sobre la escuadra ateniense. El
segundo, que ni siquiera era espartano, sintióse totalmente independiente en el mando de
un ejército que le era personalmente adicto. En el año de 408 la lucha entre las dos
potencias se convirtió en la lucha de dos hombres por el dominio sobre el mundo de los
Estados sitos en el mar Egeo [174]. Poco después Dionisio de Siracusa formó el primer
gran ejército de mercenariostambién introdujo el uso de las máquinas de guerra
[175], dando asi a la guerra antigua una forma nueva que fue ejemplar para los
diadocos y para los romanos. A partir de ahora el espíritu del ejército se convierte en
una fuerza política por si misma y se plantea seriamente la cuestión de hasta qué punto
es el Estado señor o instrumento de los soldados. Entre 390 y 367 [176] el gobierno de
Roma fue dirigido exclusivamente por un directorio militar [177], lo que revela claramente
una política propia del ejército. Bien sabido es que Alejandro, el romántico de la
segunda tiranía, fue cayendo poco a poco bajo la dependencia de sus soldados y generales,
que no sólo le obligaron a regresar de la India, sino que dispusieron con la mayor
naturalidad de su herencia.
Todo
esto es de esencia en el napoleonismo, como lo es igualmente la extensión de la
soberanía personal sobre territorios cuya unidad no es ni de naturaleza nacional
ni jurídica, sino simplemente militar y administrativa. Ahora bien: Justamente esta
extensión es incompatible con la esencia de la polis.
El
Estado antiguo es el único que no admite expansión orgánica.
Las conquistas
de la segunda tiranía conducen, pues, a la yuxtaposición de dos unidades
políticas, la polis y los territorios sometidos, nexo éste que siempre resulta
accidental y constantemente amenazado. Asi se produce el cuadro notable, y no bien
conocido aún en su profunda significación, que ofrece el mundo helenístico romano: un
circule de territorios fronterizos y en medio el enjambre de los minúsculos
Estados-ciudades, a los cuales tan sólo es aplicable el concepto del Estado propiamente
dicho, de la res pública. En ese centro, más aún, en un único puntopara
cada una de esas soberanías, reside el teatro de toda verdadera política. El orbis
terrarumexpresión bien típicano es sino medio u objeto. Los conceptos
romanos del imperium o poder dictatorial allende el cerco de la ciudad (poder que
cesa tan pronto como su titular franquea el pomerium) y de la provincia, como
opuesta a la res pública, corresponden a un sentir antiguo universal, al
sentimiento, que sólo reconoce como Estado y sujeto político al cuerpo de la ciudad, y
lo de «fuera» lo considera como objeto. Dionisio «rodeó de ruinas de Estados» la
ciudad de Siracusa, construida a modo de fortaleza, y su área de dominio se extendía
sobre la Italia meridional y la costa de Dalmacia hasta el Adria septentrional, donde
poseía Ancona y Hatria en la desembocadura del Po. En cambio, Filipo de Macedonia,
siguiendo el ejemplo de su maestro Jason de Pherae (asesinado en 370), siguió el plan
contrario: puso el centro de gravedad en el territorio fronterizo, es decir,
prácticamente en el ejército, para ejercer desde aquí un predominio sobre los Estados
de Grecia. Así Macedonia se extendió hasta el Danubio, y después de la muerte de
Alejandro añadiéronsele el imperio de los Seleucidas y de los Ptolomeos, cada uno de los
cuales era gobernado por una polis Antioquía y Alejandría, con la
administración indígena tradicional en el país, administración que, después de todo,
era mejor que cualquiera de las de territorio antiguo. La misma Roma, en esta época
(320-361;), organizó su imperio centro italiano en la forma de un Estado fronterizo,
afianzándolo con un sistema de colonias, aliados y comunidades de derecho latino.
Más
tarde, desde 337, Hamílcar Barca conquistó España para Cartago, que vivía desde hacía
tiempo en la forma antigua;
C.
Flaminio, desde 225, conquistó para Roma la llanura del Po, y, finalmente, César, el
mundo de las Galias. Sobre esta base descansan, en primer término, las guerras
napoleónicas de los diadocos en Oriente; luego las guerras occidentales de Escipión y
Aníbal, ambos igualmente superiores a las limitaciones de la polis, y, por
último, las guerras cesáreas de los triunviros, que se apoyaban en la suma de todos
los territorios fronterizos y sus recursos, para ser cada uno «el primero en Roma».
12
En
Roma, la forma fuerte y feliz del Estado, conseguida hacia 340, mantuvo la revolución
social en los limites constitucionales, Una figura napoleónica como la del censor de 310,
Appio Claudio, el que construyó la primera traída de aguas y la via Appia, el que
gobernó en Roma casi como un tirano, fracasó bien pronto, cuando intentó excluir a los
aldeanos por medio de la población urbana y dar a la política una dirección ateniense.
Tal era, en efecto, la finalidad de aquella admisión de los hijos de esclavos en el
Senado, de aquella reorganización de las centurias según el dinero, en vez de la
propiedad territorial [178], y de aquella distribución de los libertos y pobres en todas
las tribus, donde podrían siempre superar con sus votos a los aldeanos, que rara vez
venían a la ciudad. Los censores posteriores volvieron a inscribir esas gentes sin
patrimonio en las cuatro grandes tribus urbanas. La clase de los no nobles, que estaba
bien dirigida por una minoría de familias notables, vio que la finalidad a perseguir
debía sercomo ya hemos dicho, no la destrucción, sino la conquista del
organismo administrativo senatorial. Por último, conquistó el ingreso en todos los
cargos, y por medio de la ley Ogulnia (300) adquirió incluso el derecho a revestir los
altos sacerdocios del pontificado y augurado. La sublevación de 287 concedió al
plebiscito vigor jurídico, aun sin el consentimiento del Senado.
El
resultado práctico de este movimiento de libertad fue justamente el contrario del que los
ideólogosen Roma no los habíahubieran esperado. El gran éxito privó de su
finalidad a la protesta de los no nobles y, por consiguiente, quitó su fuerza impulsora a
esta clase que, fuera de la oposición, no era nada políticamente. Desde 287 ya la forma
del Estado existía plena; con ella se podía trabajar, justamente en un mundo en donde ya
no contaban mas que los grandes Estados fronterizos; Roma, Cartago, Macedonia,
Siria, Egipto. La forma política del Estado ya no corría peligro de zozobrar bajo la
presión de los «derechos populares». Y por eso justamente se encumbró sobre todos los
demás el único pueblo que había permanecido «en forma».
Por
una parte, habíase constituido dentro de la plebeinforme y enturbiada desde hacia
tiempo en sus tendencias raciales por la admisión en masa de los libertos [179] una
capa superior que se distinguía por sus grandes capacidades prácticas, por su rango y su
riqueza. Esta capa superior se unió a otro sector correspondiente del patriciado, y asi
se formó en el estrecho circulo una fuerte raza con hábitos de vida distinguidos, con
amplios horizontes políticos, y en su centro se condensó y transmitió el tesoro de las
experiencias políticas (gobierno, mando militar y diplomacia), Esa raza superior
consideró entonces como su vocación y como su privilegio tradicional la dirección del
Estado, y educó a sus hijos en el arte del mando y en el mantenimiento de una tradición
desmedidamente altiva. En el Senado encontró su instrumento constitucional esta nobleza,
que en derecho político no tenia existencia legal. El Senado fue primitivamente la
representación de los intereses patricios, esto es, de la nobleza «homérica»; pero
desde mediados del siglo IV los ex cónsulesgobernantes y generales a la
vezconstituyen, como miembros vitalicios del Senado, un circulo de grandes
capacidades que dominan la asamblea y por ella el Estado.
Ya
el embajador de Pirro, Cineas, creyó ver en el Senado un consejo de reyes (279).
Finalmente, los títulos de princeps y clarissimus corresponden a un
pequeño grupo de jefes que en nada les ceden, por su rango, su poder y su autoridad, a
los soberanos de los reinos de los diadocos [180]. Surge un gobierno como no lo ha tenido
ningún gran Estado en ninguna cultura. Se impone una tradición que a lo sumo encuentra
su igual, con muy otras condiciones, en Venecia y en la curia pontificia durante el
barroco. En Roma no hay ni las teorías, que arruinaron a Atenas, ni el provincialismo,
que acabó por desprestigiar a Esparta; sólo hay una práctica de estilo supremo. Si Roma
resulta un fenómeno único y maravilloso dentro de la historia universal, no lo debe al
«pueblo romano», que en sí mismo fue como cualquier otro pueblo, una materia prima sin
forma; lo debe a esa clase gobernante que puso al pueblo «en forma» y lo mantuvo en esta
situación con o contra su voluntad, de manera que esa corriente de existencia, que hacia
350 tenía apenas importancia en el centro de Italia, llegó poco a poco a incluir en su
lecho toda la historia antigua, consiguiendo romanizar todo el último periodo de
esta cultura.
Este
pequeño círculo, que no poseía ningún derecho público especial, demostró la
perfección de su tacto político en el manejo de las formas democráticas, creadas por la
revolución, formas que, como siempre sucede, valían lo que valiera el uso que de ellas
se hiciera. Justamente lo que podía ser en ellas peligroso, la yuxtaposición de dos
poderes incompatibles, fue tratado con perfecta maestría y tácitamente, de manera
que siempre dio la pauta la experiencia superior y el pueblo estuvo convencido de haber
tomado él mismo la decisión y en el sentido de sus deseos. Gobernar con el pueblo y,
sin embargo, con el máximo éxito histórico, tal fue el secreto de esta política y
la nueva posibilidad de la política, en general, en tales tiempos. En este arte nadie
nunca ha superado al gobierno romano.
Mas,
por otra parte, el resultado de la revolución fue, sin embargo, la emancipación del
dinero, que, desde entonces, imperó en los comicios centuriados. El llamado populus
fue siendo cada día más el instrumento de las grandes fortunas, y fue necesaria toda la
superioridad táctica de los círculos dirigentes para conservar en la plebe un
contrapeso y tener siempre dispuesta en las treinta y una tribus rurales una
representación de la propiedad territorial bajo la dirección de las familias nobles, con
exclusión de la masa urbana. Así se explica la forma enérgica con que fueron anuladas
las disposiciones de Appio Claudio. Para muchas generaciones resultó, pues, imposible la
alianza natural entre la alta finanza y la masa, tal como se realizó más tarde bajo los
Gracos y luego con Mario, para destrozar la tradición de la sangre, alianza que también
ha preparado, entre otras cosas, la revolución alemana de 1918.
La
burguesía y los aldeanos, el dinero y la propiedad territorial, se hicieron contrapeso en
órganos separados, siendo coordinados y fecundados por la idea del Estado, encarnada en
la nobleza, hasta que, rotas las formas interiores, las dos tendencias se enfrontaron. La
primera guerra púnica fue una guerra comercial dirigida contra los intereses de la
agricultura, por lo cual el cónsul Appio Claudio, descendiente del gran censor, propuso
la decisión en 264 a tos comicios centuriados. La conquista de la llanura del Po, desde
225, correspondía, en cambio, a los intereses de los labradores y fue defendida en los
comicios de tribus por el tribuno C. Flaminio, la primer figura cesárea de Roma, el
constructor de la Vía Flaminia y del Circo Flaminio. Pero Justamente, persiguiendo esa
misma política, prohibió en 220, siendo censor, que los senadores hiciesen negocios de
dinero y simultáneamente hizo accesibles a la plebe las centurias de los caballeros, cosa
que, en realidad, fue conveniente para la nueva nobleza financiera, nacida de la primera
guerra púnica; y así resultó, sin quererlo, el creador de una alta finanza organizada
en forma de clase, la clase de los equites (caballeros), que, un siglo después,
pusieron fin a la gran época de la nobleza. A partir de entoncesdesde la victoria
sobre Aníbal, contra el cual cayó Flaminioel dinero es, incluso para el gobierno,
el medio último de seguir su política, la última verdadera política de Estado que
existió en la Antigüedad.
Cuando
los Escipiones y su círculo dejaron de ser el poder dirigente, no hubo ya más que una
política privada, política de individuos que seguían sin contemplaciones su propio
interés y para quienes el orbis terrarum era un botín. Cuando Polibio, que
pertenecía a aquel circulo, ve en Flaminio un demagogo y el causante de todas las
desventuras de la época de los Gracos, se equivoca en cuanto a los propósitos de
Flaminio, pero acierta en cuanto a los efectos de la política practicada por éste.
Flaminio consiguió justamente lo contrario de lo que quería, como le sucedió también a
Catón el viejo, quien, con el celo ciego del Jefe aldeano, derribó al gran Escipión por
hostilidad a su política mundial. En lugar de la sangre directora apareció el dinero, y
el dinero, en menos de tres generaciones, aniquiló la clase aldeana.
En
los destinos dé los pueblos antiguos fue un feliz e inverosímil azar el que hizo de Rema
el único Estado-ciudad que pudo encauzar la revolución social en una firme
constitución.
En
Occidente, con sus formas genealógicas fundadas para toda la eternidad, significa casi un
milagro el hecho de que en un punto, en París, se produjese una revolución violenta. No
la fuerza, sino la debilidad del absolutismo francés fue la que reunió aquí las ideas
inglesas con el dinamismo del dinero, en una mezcla explosiva que dio figura viviente a
los lemas de la «ilustración», que enlazó la virtud con el terror, la libertad con el
despotismo y que siguió actuando en los pequeños incendios de 1830 y de 1848 y aun en el
afán catastrófico del socialismo [181]. En la misma Inglaterra, donde la nobleza
gobernaba con más absolutismo que cualquiera de los poderes franceses, formóse un
pequeño circulo en torno a Fox y a Sheridan, que saludaron las ideas de la Revolución
francesatodas de origen inglés. Hablóse de sufragio universal y de reforma
parlamentaria [182]. Pero ello bastó para que los dos partidos, reunidos y dirigidos por
un whig, Pitt el joven, adoptaran las medidas más severas, inutilizando todos los
intentos enderezados a menoscabar el gobierno de la nobleza en favor de la tercera clase.
La nobleza inglesa desencadenó la guerra de veinte años contra Francia y puso en
movimiento a todos los monarcas de Europa, para poner término, en Waterloo, no al
Imperio, sino a la revolución, que se había atrevido con notable ingenuidad a introducir
en la política práctica las opiniones privadas de pensadores ingleses, dando asi al
informe «tiers» una posición cuyas consecuencias no preveían los salones parisienses,
pero si muy bien la Cámara baja inglesa [183].
Lo que en Inglaterra se llamaba oposición era la actitud de uno de los dos partidos de la nobleza, mientras el otro llevaba el gobierno. No significaba, como en el continente, una critica profesional a una labor que otros, por su profesión, habían de realizar, sino el ensayo práctico de compeler la actividad del gobierno en una forma que uno mismo, en cualquier momento, estaba dispuesto y capacitado para recoger y proseguir. Pero esta clase de oposición fue en seguida, y sin conocimiento alguno de sus supuestos sociales, adoptada como modelo para lo que se proponían los hombres cultos en Francia y en los demás países continentales: el dominio del «tiers» bajo la dinastía, sobre cuya posición alejada no había desde luego una idea bien clara. Las instituciones inglesas fueron desde Montesquieu encomiadas con entusiástico desconocimiento de ellas; sin embargo, los Estados continentales no eran islas y no poseían, por lo tanto, las condiciones esenciales de la evolución inglesa. Sólo en un punto era Inglaterra realmente modelo. Cuando la burguesía empezó a convertir el Estado absoluto en un Estado de clase, halló en Inglaterra una política que nunca había sido otra cosa. Sin duda era la nobleza sola la que gobernaba; pero por lo menos no era la corona.
El resultado de la época, la forma fundamental de los Estados continentales, a principios de la civilización, es la «monarquía constitucional», cuya extrema posibilidad se realiza en la República, tal como hoy entendemos esta palabra.
Pues conviene libertarse, al fin, de la fraseología doctrinaria que piensa en conceptos intemporales, esto es, ajenos a la realidad, y cree que «la república» es una forma en sí. Ni Inglaterra tiene una constitución en el sentido continental, ni el ideal republicano del siglo XIX tiene nada que ver con la res publica antigua, ni aun con Venecia o los Cantones Suizos.
Lo que llamamos así es una negación que supone, con íntima necesidad, constantemente posible lo que niega. Es la no monarquía, en formas tomadas de la monarquía. El sentido genealógico es tan enormemente fuerte en el hombre occidental y engaña su conciencia hasta tal punto, que la dinastía determina toda su actitud política, aun cuando ya no exista. En ella se encarna lo histórico, y no podemos vivir sin el sentido histórico. Hay una gran diferencia entre el hombre antiguo, que desconoce, por su fundamental sensibilidad, el principio dinástico, y el hombre occidental ilustrado, que, desde el siglo XVIII, y para otros dos siglos más, intenta anular en sí por motivos abstractos el sentimiento dinástico. Este sentimiento es el enemigo oculto de todas las constituciones que se han producido no espontánea, sino reflexivamente, constituciones que en última instancia no son sino medidas de precaución y productos del medio y la desconfianza. El concepto de la libertad en la ciudadser libre de algose estrecha hasta un sentido exclusivamente antidinástico; el entusiasmo republicano vive sólo de este sentimiento.
Es
de esencia en esta negación inevitablemente la preponderancia de la teoría. Mientras que
la dinastía y la diplomacia, a ella próxima y afín, conservan la vieja tradición, el
ritmo, tienen en las constituciones los sistemas, los libros y los conceptos una
supremacía que en Inglaterra es inconcebible, porque en este país la forma de gobierno
no posee nada de negativo ni defensivo. No en vano es la cultura fáustica una cultura de
lectores y escritores. El libro impreso es símbolo de la infinidad temporal; la prensa es
símbolo de la infinidad espacia!. Frente a la enorme fuerza y tiranía de estos símbolos
la civilización china misma aparece casi como sin escritura. En las constituciones la
literatura argumenta contra el conocimiento de hombres y cosas, el idioma contra la raza,
el derecho abstracto contra la tradición victoriosa, sin tener en cuenta si la nación,
en el torrente de les sucesos, permanece aún capaz de trabajo y se mantiene en forma.
Mirabeau sólo combatió en vano contra una asamblea que «confundía la política con una
novela». No sólo las tres constituciones más doctrinarias de la épocala francesa
de 1791, las des alemanas de 1848 y 1919, sino punto menos que todas, quieren
ignorar el gran sino del mundo de los hechos, y creen que con eso lo han refutado. En vez
de lo imprevisto, en vez del azar en las grandes personalidades y coyunturas, ha de regir
la causalidad, intemporal, justa, siempre igual, nexo inteligible de causa y efecto. Es
característico que ningún texto constitucional conoce el dinero como magnitud política.
Todas las constituciones contienen pura teoría.
Este
dualismo en la esencia de la monarquía constitucional no puede eliminarse. Aquí la
realidad y el pensamiento, el trabajo y la crítica, se encuentran frente a frente; y el
choque y mutuo frotamiento de estas dos cosas es lo que aparece como política interior a
los medios ilustrados. Sólo en Inglaterrasi prescindimos de Alemania, Prusia y
Austria, donde al principio hubo una constitución, pero poco influyente frente a la
tradición políticase conservaron enteras las costumbres de gobierno. Aquí la raza
se afirmó frente al principio. Se vislumbró que la verdadera política, esto es,
la política enderezada exclusivamente al éxito histórico, descansa en la crianza y no
en la ilustración. No fue éste un prejuicio aristocrático, sino un hecho cósmico, que
en las experiencias de les criadores ingleses se manifiesta mucho más claramente que en
todos los sistemas filosóficos del mundo. La ilustración puede refinar la crianza, pero
no substituirla. Y así, la alta sociedad inglesa, la escuela de Eton, el Balliol College
de Oxford son les establecimientos donde se crían los políticos, con una consecuencia
sólo comparable a la crianza de la oficialidad alemana; críanse, pues, ahí unos peritos
y conocedores que dominan el ritmo recóndito de las cosas y la pacífica marcha de las
opiniones y de los ideales y que, por eso mismo, desde 1832 han podido ver pasar el
torrente de los principios burgueses y constitucionales sobre la existencia por ellos
dirigida, sin correr peligro de perder las riendas de la mano. Poseen esos hombres el training,
la flexibilidad y el dominio de un cuerpo humano que, sobre el caballo cazador, olfatea
la victoria. Dejaron que los grandes principios conmovieran las masas, porque sabían que
el dinero es el que puede mover los grandes principios, y en vez de les métodos brutales
del siglo XVIII encontraron otros procedimientos más puros, pero no menos eficaces, entre
los cuales es el más sencillo la amenaza con los gastos de una nueva elección. Las
constituciones doctrinarias del continente vieron sólo un aspecto del hecho democracia.
Pero aquí, donde no hay constitución, sino que se vive en forma, se vio todo el hecho.
Un
obscuro sentimiento de ello ha existido siempre en el continente. Para el Estado barroco,
absoluto, había una forma clara. Para la monarquía constitucional sólo hay vacilantes
arreglos, y el partido conservador y el liberal no se distinguen como en
Inglaterradesde Canningpor métodos de gobierno probados en luengas
experiencias y que alternativamente entran en aplicación, sino por el sentido en que
pretenden reformar la Constitución, esto es, unos en el sentido de la tradición y otros
en el de la teoría. ¿Ha de servir la dinastía al parlamento, o al revés? Tal fue la
controversia que hizo olvidar el fin último de la política exterior. La parte
«española» y la parte «inglesa»mal entendidade la constitución no
crecieron juntas; de modo que durante el siglo XIX el servicio exterior diplomático y la
actividad parlamentaria se desenvolvieron en dos sentidos diferentes, se hicieron
extraños uno a otro en el sentimiento fundamental y en el método, y se despreciaron
mutuamente. La vida se produjo un daño que ella misma por si sola no se hubiera causado.
Francia, desde Thermidor, cayó bajo el dominio de la bolsa, mitigado por alguna que otra
dictadura militar: 1800, 1851, 1871, 1918. En la creación de Bismarck, que era dinástica
en sus rasgos fundamentales, con un elemento parlamentario resueltamente subordinado, la
interior contraposición se hizo tan fuerte que consumió toda la energía política
y, desde 1916, el organismo mismo. El ejército tenía su propia historia y una gran
tradición a partir de Federico Guillermo 1º, e igualmente la administración. Aquí
está el origen del socialismo como una manera de hallarse políticamente en forma, que se
contrapone estrictamente a la inglesa [184], pero que, como ésta, es la expresión
perfecta de una raza fuerte. El oficial y el funcionario fueron perfectamente criados.
Pero el problema de criar el tipo correspondiente del político no fue conocido. La alta
política fue «administrada»; la baja política fue una disputa sin esperanza. Así, el
ejército y la administración llegaron a convertirse en fines por sí mismos, desde que
la muerte de Bismarck se llevó al hombre que sabia utilizarlos como medios, y no quedó
un plantel de políticos, que sólo la tradición crea. Cuando al terminar la guerra
mundial desapareció la superestructura, quedaron sólo los partidos, educados en la
oposición, y rebajaron de pronto la actividad gubernamental a un nivel que hasta ahora
era desconocido en los Estados civilizados.
Pero
el parlamentarismo hoy se halla en plena decadencia. Fué la prosecución de la
revolución burguesa con otros medios: fue la revolución de la tercera clase, en
1789, reducida a forma legal y vinculada a su enemiga, la dictadura, en una unidad de
gobierno. En realidad, la lucha electoral moderna es una guerra civil llevada con las
armas de los votos y todos los recursos excitantes de la palabra y la prensa; cada Jefe de
partido es una especie de Napoleón burgués. Esta forma calculada para perdurar y que
pertenece exclusivamente a la cultura occidental, siendo en cualquier otra absurda e
imposible, revela una vez más la propensión a lo infinito, la preocupación y la
previsión [185] histórica, la voluntad de ordenar el futuro y aun de ordenarlo
según los principios burgueses del presente.
Sin
embargo, el parlamentarismo no es una cumbre, como la polis absoluta y el Estado
barroco. Es un breve tránsito entre la época de la cultura posterior, con sus formas
bien estructuradas, y la época de los grandes individuos en un mundo sin forma. Todavía
conserva un resto de buen estilo barroco, como las casas y los muebles de la primera mitad
del siglo XIX.
La
costumbre parlamentaria es rococó inglés; pero ya no evidente, ya no anclada en la
sangre, sino imitada superficialmente y asunto de buena voluntad. Sólo en los breves
tiempos del entusiasmo inicial posee una apariencia de profundidad y duración; y ello es
porque, habiendo salido vencedora, el respeto a la propia clase impuso como un deber las
buenas maneras del vencido. Guardar la forma, aun cuando contradiga al provecho; he aquí
la convención sobre que descansa la posibilidad del parlamentarismo. Por el
hecho mismo de ser conseguido, queda propiamente superado. La clase tercera se divide,
a su vez, en grupos de intereses; el pathos de la resistencia pasiva y victoriosa
ha llegado a su término. Y tan pronto como la forma ya no posee la fuerza atractiva de un
ideal joven, por el cual se lucha en las barricadas, surgen los medios extraparlamentarios
para conseguir el propósito, a pesar de la votación y contra ella; el dinero, la
presión económica, sobre todo la huelga. Ni la masa de las grandes ciudades, ni las
individualidades enérgicas sienten verdadero respeto por esa forma sin profundidad y sin
pasado, y tan pronto como se descubre que es sólo forma, queda convertida en
máscara y sombra. Con el comienzo del siglo XX el parlamentarismo, incluso el inglés, se
acerca a grandes pasos al papel que él mismo dejó a la realeza. Se convierte en un
espectáculo impresionante para la masa de los fieles, mientras que el centro de
gravitación de la gran política, habiendo pasado jurídicamente de la corona a la
representación popular, pasa ahora efectivamente de ésta a los círculos privados y a la
voluntad de determinadas personas.
La
guerra mundial casi ha rematado ya esta evolución. De la soberanía de Lloyd George no
retrocede ya ningún camino hacia el viejo parlamentarismo, y otro tanto sucede con el
napoleonismo del partido militar francés, Y en cuanto a América, que hasta ahora vivía
aparte y más era una comarca que un Estado, su entrada en la política mundial ha hecho
insostenible la coexistencia del Presidente y el Congresotomada de una teoría de
Montesquieu; en épocas de verdadero peligro surgirán poderes informes, como los
conocen desde hace tiempo ya Méjico y Sudamérica.
13
Queda,
pues, así realizado el ingreso en la época de las luchas gigantescas, en la que nos
hallamos. Es el tránsito del napoleonismo al cesarismo, estadio universal
de la evolución, que comprende por lo menos dos siglos, y que en todas las culturas puede
señalarse. Los chinos le llaman Tschankuo, tiempo de los Estados en lucha (480-230; en la
Antigüedad, de 300 a 50) [186]. Al principio se cuentan siete grandes potencias, que,
primero sin plan y luego cada vez con visión más clara del inevitable resultado final,
entran en la serie espesa de enormes guerras y revoluciones. Un siglo después quedan aún
cinco. En 441, el soberano de la dinastía Chu se convierte en pensionista político del
«duque oriental», y asi desaparece de la historia el resto de tierra que poseía. Al
mismo tiempo comienza el rápido crecimiento del Estado romano Tsin, en el noroeste
afilosófico [187], extendiendo su influencia por el Oeste y el Sur sobre el Tibet y
Yunnan y atenazando en un amplio círculo los demás Estados. El centro del grupo
contrario está formado por el reino Tsu en el Sur taoísta [188], desde donde la
civilización china penetra lentamente en los países allende el gran río, países por
entonces aún poco conocidos. Es esta una contraposición en realidad semejante a la del
romanismo y el helenismo; por una parte, la clara y dura voluntad de potencia; por otra,
la propensión al ensueño y al mejoramiento del universo. Entre 368-320 (próximamente
«Los
aliados, cuyos países eran diez veces más extensos que los de Tsin, pusieron en pie un
millón de hombres. En vano; Tsin tenía siempre preparadas reservas. Desde el principio
hasta el final cayó un millón de hombres», escribe Se-ma-tsien. Su-tsin, que primero
fue canciller de Tsin y luego como partidario de la liga de los pueblos (hotsung),
se pasó a los enemigos, formó dos grandes coaliciones (333 y 321) que se deshicieron a
las primeras batallas por disensiones intestinas. Su gran adversario, el canciller Tschang
I, decidido imperialista, estaba a punto en 311 de reducir todo el mundo de los Estados
chinos a voluntaria sumisión, cuando un cambio de monarca deshizo su combinación. En 294
comienzan las campañas de Pe-ki [189]. Bajo la impresión de sus victorias, el rey de
Tsin toma en 288 el título místico de emperador, de la época legendaria [190], lo que
lleva consigo la pretensión al dominio del mundo. Fue inmediatamente imitado por el
soberano de Tsi en Oriente [191]. Con esto se inicia un nuevo momento de intensidad en las
luchas decisivas. El número de los Estados independientes se reduce. En 255 desaparece la
patria de Confucio, Lu, y en 249 termina la dinastía Chu. En 246 es proclamado emperador
de Tsin el poderoso Wang Cheng, a los trece años de edad; apoyado por su canciller
Lui-Chi, el Mecenas chino [192] dirige la lucha final, en la cual el último enemigo, el
imperio de Tsu, osa en 241 el último ataque. En 221 es ya el único soberano y adopta el
título de Schi (Augusto). Empieza la época imperial de China,
No
hay época que muestre tan claramente como la época de los Estados en lucha la
alternativa histórica universal: gran forma o grandes poderes particulares. En la
misma proporción en que las naciones van cesando de estar políticamente en forma,
crecen, en cambio, las posibilidades para el individuo enérgico que quiere ser en
política creador, que quiere poseer fuerza a toda costa y que por el ímpetu de su
presencia se convierte en el sino de pueblos y culturas enteras. Los acontecimientos
carecen de supuestos, en cuanto a la forma. En lugar de la tradición fija, que puede
prescindir del genio, porque ella misma es fuerza cósmica potenciada, aparece ahora el
azar de los grandes hombres de acción. El azar de su aparición pone de pronto un pueblo
débil, como el macedónico, a la cabeza de los sucesos, y el azar de su muerte puede
precipitar en el caos el mundo que se sostenía sobre un orden personal. Demuéstralo el
asesinato de César.
Esto
ya se vio antes, en las épocas criticas de transición.
La
época de la fronda, de Mingchu, de la primera tiranía, cuando no estaban los pueblos en
forma, sino que luchaban por la forma, ha provocado siempre una serie de grandes figuras
que rebasaban los límites de un cargo público. El recodo de la cultura a la
civilización repite el mismo hecho en el napoleonismo. Con éste, empero, que inaugura la
época de la absoluta falta de forma histórica, despunta el tiempo en que propiamente
florecen los individuos magnos. Este tiempo, entre nosotros, llega con la guerra mundial
casi a su más alta cumbre. En la Antigüedad sucedió ello con Aníbal, quien, en nombre
del helenismo, al que en su interior pertenecía, comienza la lucha con Roma. Pero Aníbal
sucumbió porque el Oriente helenístico, de espíritu completamente antiguo, no
comprendió o comprendió demasiado tarde el sentido de la hora. Con la caída de Aníbal
comienza esa orgullosa serie que se inicia con los dos Escipiones y a través de Pablo
Emilio, Flaminino, los Catones, los Gracos, Mario y Sila, conduce a Pompeyo, César y
Augusto. Correspóndele en la China de los Estados en lucha, esa serie de políticos y
generales que se agrupa aquí en torno a Tsin, como en la Antigüedad en torno a Roma. Con
la falta de sentido que caracteriza el modo habitual de tratar el aspecto político de la
historia china, han sido esos hombres llamados sofistas [193]. Y lo fueron en efecto, pero
en el sentido en que los distinguidos romanos de la época correspondiente eran estoicos,
después de haber recibido enseñanza filosófica y retórica en el Oriente griego. Todos
eran oradores avezados y todos en ocasiones escribieron de filosofía, César y Bruto no
menos que Catón y Cicerón; pero no como filósofos profesionales, sino por obedecer a
una costumbre distinguida y realizar el otium cum dignitate. Prescindiendo de esto
fueron maestros de realidades, en el campo de batalla como en la alta política; y otro
tanto exactamente puede decirse de los cancilleres Tschang I y Su-tsin [194], del temido
diplomático Fan Sui, que derribó al general Pe-ki, del legislador de Tsin, Wei-yang, del
Mecenas del primer emperador, Lui-Chi, y de otros.
La
cultura había vinculado todas las fuerzas en forma estricta. Ahora las fuerzas se sueltan
y la «naturaleza», es decir, lo cósmico sale a la superficie. El tránsito del Estado
absoluto a las comunidades de pueblos en lucha , propio de toda civilización
incipiente, podrá significar para idealistas e ideólogos lo que quiera; en el mundo de
los hechos significa el paso de un gobierno que sigue el estilo y ritmo de una tradición
fija, al sic volo, sic jubeo del régimen personal. El máximum de forma
simbólica, suprapersonal, coincide con la culminación de las épocas posteriores: en
China, hacia 600; en la Antigüedad, hacia 45; en Occidente, hacia 1700. El mínimum cae
en la Antigüedad en las épocas de Sila y de Pompeyo, y será alcanzado por nosotros en
el siglo próximo y acaso ya superado.
Las
grandes luchas entre Estados se entrecruzan dondequiera con luchas interiores y
revoluciones de tipo tremendo; pero, sépanlo y quiéranlo o no, sirven todas, sin
excepción, para resolver problemas extrapolíticos y, en último término, puramente
personales. Lo que por si mismas aspiran a realizar teóricamente es, históricamente,
insignificante y no necesitamos saber cuáles eran los lemas con que se hicieron las
revoluciones chinas y árabes de esa época, ni si se hicieron con algún lema. Ninguna de
las numerosas revoluciones de esa época, que son cada día más explosiones ciegas de
masas urbanas desarraigadas, ha conseguido un fin; ni siquiera ha podido conseguirlo. El hecho
histórico es la destrucción acelerada de las formas primordiales, destrucción que
deja via libre a los poderes cesáreos.
Pero
lo mismo acontece con las guerras, en las cuales el ejército y su táctica van siendo,
cada vez más, creaciones no de la época, sino de jefes absolutos, que muchas veces han
descubierto tarde y por casualidad su genio. En el año 300 existe el ejército romano.
Desde 100 existen los ejércitos de Mario, de Sila, de César; y Octavio fue más bien
dirigido por su ejército, el ejército de los veteranos de César, que no director de
él.
Pero
con esto, los métodos de la guerra, sus medios y sus fines adoptan otras formas, formas
naturalistas y terribles.
Ya
no son, como en el siglo XVIII duelos en forma caballeresca, semejantes a un desafío en
el parque de Trianón, encuentros con reglas fijas acerca del momento en que deben
declararse exhaustas las fuerzas, acerca de la cantidad máxima de elementos guerreros que
pueden desenvolverse, acerca de las condiciones que el vencedor, caballero, puede imponer.
Son luchas tremendas de hombres rabiosos que pelean con todos los recursos imaginables y
que llegan hasta la caída corporal del uno y al desenfrenado aprovechamiento de la
victoria del otro.
El primer gran
ejemplo de esa vuelta a la naturaleza lo dan los ejércitos de la Revolución y de
Napoleón, que, en vez del artístico maniobrar con pequeños cuerpos de tropas, emplean
el ataque en masas, sin temor a las pérdidas, deshaciendo así la fina estrategia del
rococó. Poner sobre el campo de batalla toda la fuerza muscular de un pueblo, como sucede
con la aplicación del servicio obligatorio, es una idea completamente ajena a la época
de Federico el Grande.
E
igualmente, en todas las culturas, la técnica de la guerra ha ido siempre a la zaga de la
del oficio manual, hasta que a principios de la civilización, de pronto, toma la
dirección, reduce sin contemplaciones a su servicio todas las posibilidades mecánicas y
descubre nuevas esferas, acuciada por las necesidades militares. Pero con esto excluye en
amplia proporción el heroísmo personal del hombre de raza, el ethos de la nobleza y el
espíritu refinado del periodo posterior. En la Antigüedad, donde la esencia de la ciudad
hacia imposible los grandes ejércitos de masas en relación con la pequeñez de
todas las formas antiguas, incluso las tácticas, son enormes los números de Cannas,
Filippi y Actium , la segunda tiranía introdujo la técnica mecánica, merced a
Dionisio de Siracusa, en grandes proporciones [195]. Ahora ya son posibles asedios como
los de Rodas (305), Siracusa (213), Cartago (140) y Alesia (52), en donde la importancia
creciente de la rapidez se deja ver, incluso para la estrategia antigua. Por las mismas
razones, una legión romana cuya estructura es una creación de la civilización
helenística produce el efecto de una máquina, comparada con los ejércitos
atenienses y espartanos del siglo V. A todo esto corresponde el hecho de que en la época
«correspondiente» de China, desde 474, se trabaje el hierro para las armas de percusión
y de incisión, sea el pesado carro guerrero substituido desde 450 por la caballería
ligera de tipo mongólico, y adquiera de pronto un incremento enorme la guerra de asedio y
fortificación [196].
La
tendencia fundamental del hombre civilizado a la rapidez, movilidad y acción de masas se
ha reunido, finalmente, en el mundo europeo-americano con la voluntad fáustica de dominio
sobre la naturaleza y ha conducido a métodos dinámicos que aun Federico el Grande
hubiera declarado locuras, pero que hermanados con nuestra técnica de los transportes y
nuestra industria resultan muy naturales. Napoleón montó la artillería a caballo,
haciéndola así rápida de movimientos, y dividió el ejército macizo de la Revolución
en un sistema de cuerpos singulares, fáciles de mover de un lado para otro. Ya en Wagram
y en la Moskowa potenció su acción puramente física hasta un verdadero fuego rápido y
graneado. El segundo periodo está representado cosa harto característica
por la guerra Civil americana de 1861-65, que incluso en punto a efectivos fue la
primera que superó con mucho los números de la época napoleónica [197]. En ella se
emplearon por vez primera el ferrocarril para el movimiento de tropas, el teléfono
eléctrico para el servicio de informes, una armada de grandes vapores en alta mar,
durante meses, para los bloqueos. En ella fueron inventados el acorazado, el torpedero,
las armas de repetición y los grandes cañones de extraordinario alcance [198]. El tercer
período tras el preludio de la guerra ruso japonesa [199] está
caracterizado por la guerra mundial, que puso a su servicio las armas aéreas y
submarinas, que elevó a la categoría de un arma nueva la rapidez de las invenciones y
que alcanzó el punto máximo en la amplitudaunque no en la intensidadde los
medios empleados. Pero al gasto de fuerzas corresponde siempre en estas épocas la dureza
de las decisiones. Al comienzo del periodo chino Tschan-kuo se encuentra el total
aniquilamiento del Estado Wu (472), aniquilamiento que fuera imposible bajo las costumbres
caballerescas del período antecedente Tschun-tsin. Napoleón derribó ya en la paz de
Campo Formio todas las conveniencias del siglo XVIII, y desde Austerlitz estableció la
costumbre de explotar los éxitos guerreros de manera que nada sino los obstáculos
materiales podía detenerle. El último paso aún posible lo ha dado el tipo de la paz de
Versalles, que ya no contiene un término definitivo, sino que deja abierta la posibilidad
de poner nuevas condiciones cuando la situación adopte nuevas formas. Igual evolución
presenta la serie de las tres guerras púnicas. Al vencedor de Zama no se le ocurrió la
idea de eliminar de la faz de la tierra una de las potencias directoras, idea que después
se hizo corriente y vulgar, como lo revela el famoso dicho de Catón: Carthaginem
esse delendam.
Y
pese a las salvajes costumbres de las antiguas ciudades, esa idea le hubiera parecido
sacrilega a Lisandro cuando tomó Atenas.
La
época de los Estados en lucha comienza para la Antigüedad con la batalla de Ipso (301),
que determinó en Oriente la trinidad de las grandes potencias, y con la victoria romana
de Sentinum (295) sobre los etruscos y samnitas, que creó en Occidente junto a Cartago
una nueva potencia centro-italiana.
La
adhesión antigua a lo próximo y presente fue causa de que Roma, sin que nadie lo notara,
se apoderase del Sur de Italia en la aventura con Pirro, y del mar en la primera guerra
con Cartago, y del Norte céltico en la campaña de C. Flaminino.
Fue
también causa de que el mismo Aníbal fuese incomprendido, siendo, sin embargo, este
general cartaginés el único hombre de su tiempo sin exceptuar a los romanos
que previo claramente la marcha de los acontecimientos. Ya en Zama, sin
necesidad de esperar a Magnesia y Pydna, fueron vencidas las potencias helenísticas
orientales. En vano intentó el gran Escipión presa de verdadero miedo ante el sino
que se imponía a la ciudad, cargada con los problemas del dominio universal evitar
en adelante toda conquista. En vano los amigos de Escipión, contra la voluntad de todos
los círculos, impusieron la guerra macedónica sólo para poder sin peligro abandonar el
Oriente a sí mismo. El imperialismo es un resultado tan necesario de toda civilización,
que acomete por la espalda a un pueblo y le obliga a hacer el papel de señor y soberano,
aunque se niegue a desempeñarlo. El Imperio romano no fue obra de conquista. El orbis
terrarum se reunió en esa forma y obligó a los romanos a darle su nombre. Esto es
perfectamente característico de la Antigüedad. Mientras que los Estados chinos
defendieron hasta el último instante los restos de su independencia, en duras guerras,
Roma, en cambio, desde 146 hubo de ir convirtiendo en provincias las comarcas orientales,
porque ya no había otro medio de evitar la anarquía, Y aun esto tuvo por consecuencia
que la forma interna de Roma, la última que había quedado en pie, vino a deshacerse bajo
este peso, en los disturbios de los Gracos. No hay otro ejemplo en donde la lucha final
por el Imperio haya sido llevada a cabo no por Estados, sino por los partidos de una
ciudad; pero la forma de la polis no de jaba otra salida. Lo que antaño fueran
Esparta y Atenas son hoy los partidos de los optimates y de los populares.
En
la revolución de los Gracos, a la que en 134 precedió la primera guerra de los esclavos,
fue el joven Escipión secretamente asesinado, y C Graco públicamente ejecutado: son
éstos el primer princeps y el primer tribuno, centros políticos de un mundo que
se ha tornado informe. Cuando la masa urbana de Roma, en 104, por vez primera confirió a
un particular a Mario tumultuaria e ilegalmente un Imperium, puede
compararse la honda significación de este espectáculo con la adopción por Tsin del
título místico de emperador, en 288.
El
inevitable término de la época, el cesarismo, se dibuja de pronto en el horizonte.
El
heredero del tribuno es Mario, que, como aquél, une al populacho con la finanza, y en 87
ejecuta en masa la vieja nobleza. El heredero del principe fue Sila, que en 82 aniquiló
la clase de los ricos, mediante sus proscripciones. A partir de este momento, las últimas
resoluciones vienen rápidamente, como en China desde la aparición de Wang-Cheng. El
principe Pompeyo y el tribuno Césartribuno no por su cargo, sino por su actitud
representan aún partidos; pero se repartieron el mundo con Craso en Lucca por vez
primera. Cuando los herederos combatían en Filippi contra los asesinos de César, ya no
eran más que grupos. En Actium sólo había individuos.
El
cesarismo se ha realizado.
La
evolución correspondiente, en el mundo arábigo, se basa no sobre la polis
corpórea, sino sobre el consensus mágico, como la forma en la cual y por ta cual
los hechos se verifican y que excluye la posibilidad de una separación de las tendencias
políticas y religiosas, hasta el punto de que incluso el ímpetu urbano y burgués hacia
la libertadcon cuyas explosiones se inicia aquí la época de los Estados en
luchaaparece en ropaje ortodoxo y por eso ha pasado casi inadvertido hasta ahora
[200].
Es
la voluntad de separarse del Kalifato, que fue fundado, primero, por los Sassánidas y,
siguiendo el modelo de éstos, por Diocleciano en las formas del Estado feudal. Desde
Justiniano y Chosru Nuschirwan hubo de sufrir el ataque de la fronda, en la cual son los
primeros, con los jefes de la iglesia griega y mazdaita, la nobleza persa y mazdaita,
sobre todo del Irak, la nobleza griega, sobre todo del Asia Menor, y la nobleza armenia,
dividida en las dos religiones. El absolutismo, casi conseguido en el siglo VII, fue de
pronto derrocado por el empuje del Islam, que en sus comienzos políticos es
totalmente aristocrático. Pues consideradas desde este punto de vista, las escasas
estirpes árabes [201] que por doquiera conservan la dirección, forman en los
países conquistados muy pronto una nueva alta nobleza de fuerte raza y orgullo enorme,
nobleza que rebaja la dinastía islámica a la categoría de la inglesa
«correspondiente». La guerra civil entre Otmán y AIí (656-61) es la expresión de una
verdadera fronda, y se mueve exclusivamente en interés de dos estirpes y sus secuaces.
Los torys y los whigs islámicos del siglo VIII hacen solos la gran
política, como los ingleses del siglo XVIII; y sus enemistades familiares son para la
historia de la época más importantes que todos los acontecimientos que suceden en la
casa reinante de los Omeyas (661-750).
Pero
con la caída de esta alegre e ilustrada dinastía, que había residido en Damasco, esto
es, en la Siria aramea occidentaly monofisita, vuelve a hacerse notar bien el
centro natural de la cultura arábiga, el territorio arameo oriental, antaño apoyo de los
Sassánidas, ahora de los Abbassidas, y que ya con educación pérsica o árabe, ya con
religión mazdaita, nestoriana o islámica, representa siempre la misma línea de
evolución y ha sido siempre ejemplar modelo para Siria como para Bizancio. De Kufa parte
el movimiento que conduce a la calda de los Omeyas y de su «ancien régime»,
y este movimiento tiene cosa que hasta ahora no ha sido reconocida en toda su
importancia el carácter de una revolución social dirigida contra las clases
superiores y la tradición distinguida en general [202]. Comienza bajo los Mavali, los
pequeños burgueses de Oriente, y se vuelve con hostilidad contra los árabes, no por
defensores del Islam, sino por constituir una nueva nobleza.
Los
Mavali, recién convertidoscasi todos eran antes mazdaitas , tomaron el Islam
con más seriedad que los árabes mismos, quienes representaban, además, un ideal de
clase.
Ya
en el ejército de Alí habían formado un grupo aparte los Carischitas, puritanos y
demócratas. En sus círculos aparece ahora por primera vez la reunión del sectarismo
fanático y el jacobinismo. Aquí surgieron entonces no sólo la dirección chiita,
sino también el primer indicio de la Churramiya comunista, que puede retraerse a Mazdak
[203] y que más tarde produjo los inauditos levantamientos bajo Babak. Los Abbassidas no
eran muy bienquistos entre los sublevados de Kufa. A su gran habilidad diplomática
debieron el ser admitidos como oficiales y, finalmentecasi como Napoleón,
pudieron hacerse con la herencia de la revolución, extendida por todo el Oriente.
Después de la victoria edificaron Bagdad, nueva Ctesifon y monumento de la derrota del
feudalismo árabe.
Y
esta primera ciudad mundial de la joven civilización fue entre 800 y 1050 el teatro de
aquellos sucesos que conducen del napoleonismo al cesarismo, del Califato al Sultanato,
pues tal es en Bagdad como en Bizancio el tipo mágico de los poderes informes que, en
último término, son también aquí los únicos posibles.
Debemos,
pues, ver claramente que la democracia es también en el mundo arábigo un ideal de clase,
un ideal de hombres urbanos, la expresión del deseo de libertarse de los viejos vínculos
que les sujetan a la tierra, ya sea desierto, ya tierra laborable. La negativa frente a la
tradición de los califas adopta formas muy variadas, y puede muy bien prescindir del
libre pensamiento y del constitucionalismo en nuestro sentido. El espíritu mágico
y el difiero mágico tienen otro modo muy distinto de ser «libres». Los frailes
bizantinos son liberales hasta la sublevación no sólo contra la corte y la nobleza, sino
también contra los altos poderes sacerdotales, que, «correspondiendo» a la jerarquía
gótica, se habían formado ya antes del concilio de Nicea. El consensus de los
fieles, el pueblo en el sentido más pleno, es por Dios Rousseau habría dicho por
la Naturalezaquerido por igual y libre de todos los poderes de la sangre. La
famosa escena en que el abad Teodoro de Studion negó la obediencia al emperador León V
(813) tiene la importancia de una toma de la Bastilla en formas mágicas [204]. No mucho
después comienza la sublevación de los pauliquianos [205], que eran muy piadosos y muy
radicales en cuestiones sociales; fundaron una ciudad propia allende el Tauro, pusieron a
contribución toda el Asia Menor, derrotaron uno tras otro los ejércitos imperiales y
hasta 874 no pudieron ser reducidos. Corresponde este movimiento por completo al
movimiento comunista religioso de los churramiyas, al este del Tigris, hasta Merw, cuyo
Jefe, Babak, cayó después de una lucha de veinte años (817-837) [206], y al movimiento
de los carmatas,
Así
fue lentamente socavada la forma del Estado sasanídico-bizantino, y las tradiciones
antiquísimas de la alta burocracia y de la nobleza cortesana fueron substituidas por el
poder personal, sin tradición, de talentos accidentales: el sultanato.
Esta
es, en efecto, la forma específicamente árabe, que aparece simultáneamente en Bizancio
y Bagdad, y progresa desde los comienzos napoleónicos, en 800, hasta el cesarismo
perfecto de los turcos a partir de 1050. Esta forma es puramente mágica; pertenece
únicamente a esta cultura y no puede ser comprendida si no se tienen en cuenta los
supuestos profundos del alma mágica. El califato, conjunto de tacto y estilo político,
por no decir cósmico, no queda suprimido, pues el califa es sagrado como representante de
Dios, reconocido por el consensus de los elegidos; pero se le quita todo el poder,
que va unido al concepto de cesarismo, como Pompeyo y Augusto, de hecho, y Sila y César
también nominalmente tomaron ese poder de las antiguas formas constitucionales romanas.
Al califa le queda, al fin, de su antiguo poderío lo mismo que podía quedarle al Senado
y a los comicios bajo Tiberio, por ejemplo. Multitud de formas supremas en el derecho, en
el traje, en las costumbres, fueron antaño símbolos. Ahora se han convertido en simples
máscaras que encubren un gobierno informe y puramente efectivo.
Asi,
junto a Miguel III (846-67) está Bardas; junto a Constantino VII (912-59), Romanos,
nombrado coemperador [208]. En el año de 867, Basileios, que fue primero mozo de cuadra y
que representa un tipo napoleónico, derriba a Bardas y funda la dinastía militar de los
armenios (hasta 1081), en la que los generales gobiernan en vez del emperador, con hombres
de acción como Romanos, Nicéforo y Bardas Focas, El más grande de todos es Juan
Tzimiskes (969-76), en armenio Kiur Zan. En Bagdad son los turcos los que
representan el papel de los armenios. A uno de sus jefes confiere el califa Al Watik, por
vez primera, el titulo de Sultán. Desde 862 los pretorianos turcos ejercen la tutela
sobre el soberano, y en 945 el califa abbassida queda, en debida forma, reducido a
dignidad eclesiástica por Achmed, fundador de la dinastía de los sultanes Buyidas. A
partir de este momento, se desencadena en las dos ciudades mundiales una lucha
desenfrenada de las poderosas familias provincianas por el poder supremo. Si, por el lado
cristiano, Basileios II, sobre todo, procede contra los grandes propietarios de
latifundios, ello no tiene ni mucho menos el sentido de una legislación social. Es
simplemente la defensa del actual soberano contra sus herederos posibles; a lo que más se
parece, pues, es a las proscripciones de Sila y los triunviros. Media Asia Menor
pertenecía a Dukas, Focas y Skleros. Hace tiempo que ha sido comparado con Craso el
canciller Basileios, que con su poderosa fortuna podía pagar un ejército [209]. Pero la
época imperial, propiamente dicha, no comienza hasta los turcos seldyukidas [210]. Su
Jefe, Togrulbek, tomó en 1043 el Irak, en 1049 Armenia, y obligó en 1055 al califa a
conferirle el sultanato hereditario. Su hijo Alp Arslan conquistó Siria y, con la batalla
de Mantzikert (1071), el Asia Menor oriental. Los restos de Bizancio carecen desde
entonces de toda importancia para el sino ulterior del Imperio turco-árabe.
Esta
misma época es también la que se esconde en Egipto bajo el nombre de época de los
Hycsos. Entre la dinastía 12 y la dinastía 18 transcurren dos siglos [211], que
comienzan con la caída del «ancien régime», cuya cumbre es Sesostris III [212],
y terminan cuando se instaura el imperialismo del Imperio nuevo.
Ya
la cuenta de las dinastías revela una catástrofe. En las listas de reyes aparecen los
nombres pegados unos a otros; y unos junto a otros, usurpadores de obscuro origen,
generales, gentes con títulos extraños que a veces gobiernan sólo unos días.
Egipto
se divide en un gran número de pueblos y soberanías efímeras. Con el primer rey de la
13 dinastía se interrumpen las indicaciones de la altura del Nilo en Semne; con su
sucesor cesan los documentos en Kahun. Es ésta la época que el papiro de Leyden describe
al hacer la imagen de la gran revolución social [213]. A la caída del gobierno y a la
victoria de las masas siguen las rebeliones en el ejército y la sublevación de soldados
ambiciosos. Aparece aquí desde 1680 el nombre de los «infames», de los hycsos [214],
con que los historiadores del Imperio nuevoque no comprendían ya o no querían
comprender el sentido de la épocaescribieron la vergüenza de aquellos años. Esos
hycsos han representado, sin duda alguna, el papel de los armenios en Bizancio; y no otro
hubiera sido el sino de los cimbrios y teutones, de haber vencido a Mario y sus legiones,
completadas con la hez de la ciudad; habrían entonces llenado con sus masas, siempre
renovadas, los ejércitos de los triunviros y acaso, en último término, hubieran puesto
sus Jefes en lugar de ellos. El ejemplo de Yugurtha demuestra bien de lo que eran capaces
por entonces los extranjeros. Es completamente indiferente el origen y composición de los
hycsos, y si eran guardias de corps, esclavos sublevados, Jacobinos o tribus extranjeras
por completo. Lo importante es el papel que representaron durante un siglo en el mundo
egipcio. En el Delta oriental fundaron, al fin, un Estado y construyeron una residencia,
Auaris [215]. Uno de sus jefes, Chian, que en lugar del título de Faraón tomó los
nombres revolucionarios de «abrazo de las tierras» y «principe de los
jóvenes»tan revolucionarios como «consul sine collega» y «dictator
perpetuus», hombre probablemente semejante a Juan Tzimiskes, mandó en todo
Egipto y propagó su nombre hasta Creta y el Eufrates. Después de él comenzó la lucha
de todos los distritos por el Imperio, lucha de donde salió, con Amosis, la dinastía de
Tebas vencedora.
Para
nosotros, la época de los Estados en lucha ha comenzado con Napoleón y la violencia de
sus resoluciones. En su cabeza empieza a hacerse efectiva la idea de una dominación
universal, a un mismo tiempo militar y popular, algo muy distinto del Imperio de Carlos
Quinto y del Imperio colonial inglés.
Si
el siglo XIX ha sido pobre en grandes guerras y revoluciones, superando en congresos
diplomáticos las crisis más difíciles, es porque la constante y tremenda preparación
para la guerra ha hecho que el temor a las consecuencias conduzca a última hora a aplazar
la decisión definitiva y a substituir la guerra por golpes de ajedrez políticos. Este
siglo es el de los ejércitos gigantescos permanentes y el servicio obligatorio. Estamos
demasiado cerca de él para sentir lo horrible de esa visión y su singularidad en toda la
historia universal. Desde Napoleón, centenares de miles y aun millones de hombres están
constantemente prestos para la marcha, y poderosas escuadrasrenovadas cada diez
añosestán surtas en los puertos. Es una guerra sin guerra, una guerra de
competencia en armamentos y eficacia, una guerra de números, de tempo, de
técnica, y los diplomáticos no negocian entre cortes, sino entre cuarteles generales.
Cuanto más se retrasa la solución, más intolerable aumenta la tensión, más inauditos
se intensifican los recursos. Esta es la forma fáustica, dinámica, de los Estados en
lucha, durante su primer siglo. Ha llegado a su término con la exoneración de la guerra
mundial. Pues las levas de estos cuatro años han superado el principio del servicio
obligatorio que, oriundo de la Revolución francesa, es en esa forma un principio
totalmente revolucionario, y han superado con él los medios tácticos que de él han
surgido [216]. En lugar de los ejércitos permanentes aparecerán, poco a poco, ejércitos
profesionales de voluntarios, amantes de la guerra; en lugar de efectivos de millones de
hombres, volverán los efectivos de algunos cientos de mil. Pero justamente por eso, este
segundo siglo será realmente el de los Estados en lucha. La mera existencia de esos
ejércitos no será ya un substitutivo de la guerra. Existiendo para la guerra, querrán
guerra. En dos generaciones serán ellos los que manden, pues su voluntad es más fuerte
que la de todos los amantes de la paz. En estas guerras por la herencia del mundo entero
entrarán los continentes. India, China, África del Sur, Rusia, el Islam, serán
cooperadores en ellas. Nuevas técnicas y tácticas entrarán en juego. Los grandes
centros mundiales dispondrán a capricho de los Estados pequeños, de sus territorios, de
su economía, de sus hombres; todo esto es ya sólo provincia, objeto, medio; su sino
carece ya de importancia para la marcha de las cosas. En pocos años hemos aprendido a no
hacer caso de sucesos que, antes de la guerra, hubieran conmovido al mundo. ¿Quién
piensa hoy en serio en los millones que perecen en Rusia?
Entre estas
catástrofes, llenas de sangre y de horror, resonará una y otra vez la voz que clama por
reconciliación y paz entre los pueblos. Ello es necesario, como fondo y eco de un suceder
grandioso; tanto, que debemos suponer esas voces pacifistas aun en los periodos
«correspondientes», en donde no hay tradición que las asevere, como en el Egipto de los
Hycsos, en Bagdad y en Bizancio. Podrá estimarse el deseo como se quiera, pero hay que
tener el valor de ver las cosas como son. Esto es lo que caracteriza a los hombres de
raza, a los que hacen la historia. La vida es dura, si ha de ser grande. Sólo admite
elección entre victoria y derrota, no entre paz y guerra. Toda victoria hace victimas.
Sólo es literaturaliteratura escrita o pensada o vividala que, lamentándose,
acompaña los acontecimientos; meras verdades que se pierden en el apresuramiento de los
hechos. La historia no ha dejado de tomar conocimiento de estas proposiciones pacifistas.
En el mundo chino intentó Hiang-sui ya en 535 fundar una Liga de paz. En la época de los
Estados en lucha, el imperialismo (lienheng;) encuentra frente a si, sobre todo en
el Sur, junto al Yangtsé, la idea de una Liga de pueblos (hohtsung) [217], idea
que desde el principió estaba condenada a muerte, como todo término medio que intenta
oponerse al extremo, y desapareció ya antes de la victoria definitiva del Norte. Pero
ambos se volvieron contra el gusto antipolítico de los taoístas, que en aquellos
terribles siglos emprendieron un desarme espiritual y quedaron por ello reducidos a simple
materia que fue usada por otros y para otros en las grandes decisiones. Incluso la
política romanaaunque toda previsión es ajena al pensamiento antiguointentó
una vez reducir el mundo a un sistema de potencias coordinadas, sistema que había de
hacer inútil toda guerra futura; fue cuando, vencedora de Aníbal, renunció a anexionar
el Oriente. El resultado fue que el partido de Escipión el menor se pasó al imperialismo
decidido, para poner término al caos, aun cuando su jefe previo con clara vista el sino
de su ciudad, que poseía en sumo grado la incapacidad antigua de organizar la menor cosa.
Pero el camino que conduce de Alejandro a César es univoco e inevitable; la nación más
fuerte de cada cultura ha tenido que recorrerlo, queriéndolo y sabiéndolo, o no.
No
hay modo de eludir la dureza de estos hechos. La Conferencia de la Paz en la Haya, en
1907, fue el preludio de la guerra mundial. La Conferencia de Washington, en 1921, es el
preludio de nuevas guerras. La historia de esta época ya no es un juego ingenioso en
buenas formas, con el fin de obtener más o menos, y del que cabe retirarse siempre.
Resistir o morirno hay otro término. La única moral que la lógica de las cosas
nos permite hoy es la de un alpinista en la cresta empinada. Un instante de debilidad y
todo perece. La «filosofía)» no es hoy mas que un interno abandono y la esperanza
cobarde de eludir los hechos merced al misticismo. No otra cosa era en la época romana.
Tácito refiere [218] cómo el famoso Musonio Rufo intentó conmover a las legiones, que
en el año 70 acampaban a las puertas de Roma, dándoles conferencias sobre los bienes de
la paz y los horrores de la guerra. Poco faltó que muriese aporreado. El general Avidio
Cassio llamaba al emperador Marco Aurelio la vieja filosófica.
El
resto de gran tradición que les queda a las naciones del siglo XX, el resto de «forma»
histórica, de experiencia vertida en la sangre, elévase, pues, a un poder sin igual. La
piedad creadora o, para concebirlo más hondamente, un remotísimo ritmo de las
épocas primitivas, que actúa configurando la voluntad, no subsiste para nosotros sino en
formas anteriores a Napoleón y la Revolución [219], en formas espontáneamente
producidas y no reflexivamente planeadas. El más pequeño resto de dichas formas que se
conserve en la existencia de alguna minoría cerrada, crecerá pronto hasta convertirse en
inmensurable valor y producirá efectos históricos que en este momento nadie considera
posibles. Las tradiciones de una vieja monarquía, de una vieja nobleza, si son aún
bastante sanas para alejar de si la política como negocio o como abstracción, si poseen
honra, renuncia, disciplina, auténtico sentido de una gran misión, cualidades de
raza, crianza, sentido de los deberes y sacrificios, pueden llegar a ser el centro que
contenga el curso vital de un pueblo y le ayude a trasponer estos tiempos y abordar a las
costas del futuro. Todo estriba en estar «en forma».
Trátase
de la época más difícil que conoce la historia de una gran cultura. La última raza
«en forma», la última tradición viva, el último jefe que tenga ambas cosas tras de
si, pasará vencedor y llegará a la meta.
14
Llamo cesarismo a la forma de
gobierno que, pese a toda fórmula de derecho público, es en su esencia completamente
informe. Nada importa que Augusto en Roma, Hoangti en China, Amosis en Egipto, Alp Arslan
en Bagdad, envuelvan su posición en los nombres de viejos cargos. El espíritu de estas
viejas formas está muerto [220]. Por eso todas las instituciones, aunque trabajosamente
sean conservadas, carecen ya de sentido y peso. Lo único que significa algo es el poder
personal que ejercen por sus capacidades el César o, en su lugar, un hombre apto. El
mundo, colmado de forman perfectas, reingresa en lo primitivo, en lo cósmico ahistórico.
Los periodos biológicos substituyen a las épocas históricas [221].
Al
principio, cuando la civilización se desenvuelve en plena florescenciahoy,
ofrécese el milagro de la ciudad mundial, magno símbolo pétreo de lo informe y enorme,
suntuosa, dilatada en orgullo acaparador. Aspira las corrientes vitales del impotente
campo, chupa las masas humanas que caen sobre ella como capas de arena empujadas por el
viento y se introducen entre las piedras. En la ciudad mundial celebran el espíritu y el
dinero su última y suprema victoria. Es la ciudad mundial lo más artificioso y refinado
que se ofrece bajo la luz del mundo a los humanos ojos; algo inquietante e inverosímil
que casi se encuentra ya allende las posibilidades de la forma cósmica.
Poco
después desaparecen, desnudos y gigantes cos, los hechos puros, sin ideas. El ritmo
eterno del cosmos ha superado definitivamente las tensiones espirituales de pocos siglos.
El dinero triunfó bajo la forma de la democracia. Hubo un tiempo en que él soloo
casi solohacía la política. Pero tan pronto como hubo destruido los viejos
órdenes de la cultura, surge sobre el caos una magnitud nueva, prepotente, que ahonda sus
raíces hasta el fondo de todo suceder; los hombres de cuño cesáreo. Estos son los que
aniquilan la omnipotencia del dinero.
El
Imperio significa, en toda cultura, el término de la política de espíritu y de dinero.
Los poderes de la sangre, los impulsos primordiales de toda vida, la inquebrantable fuerza
corporal, recobran su viejo señorío. Despunta pura e irresistible la raza.
El
éxito para el fuerte y el resto, botín. Apodérase del gobierno del mundo y el imperio
de los libros y de los problemas se anquilosa o se sumerge en el olvido. A partir de este
instante, vuelven a ser posibles sinos heroicos, como los de los tiempos primitivos, sinos
que no se velan para la conciencia tras un sistema de causalidades. Ya no existe ninguna
diferencia interior entre la vida de Séptimo Severo y Galieno o la de Alarico y Odoacro.
Ramsés, Trajano, Wu-ti, pertenecen al uniforme fluctuar de los periodos inhistóricos
[222].
Desde que despunta la
época imperial ya no hay problemas políticos. Las naciones se las arreglan con las
situaciones y los poderes que encuentran. Torrentes de sangre habían enrojecido en la
época de los Estados en lucha las calles de las ciudades mundiales para realizar las
grandes verdades de la democracia y conquistar derechos, sin los cuales la vida no
parecía valiosa y digna de ser vivida, Pero ahora estos derechos ya están conquistados
y, sin embargo, los nietos no se deciden a emplearlos, ni aun bajo la amenaza de castigos.
Cien años más, y ya ni los historiadores comprenden las viejas controversias. Ya en la
época de César la población distinguida casi no tomaba parte en las elecciones [223].
Al gran Tiberio le amargó la vida el hecho de que los hombres más capaces de su tiempo
se retrayesen de toda política. Nerón no pudo obligar, ni siquiera por la amenaza, a los
caballeros a que vinieran a Roma a ejercitar sus derechos. Es el fin de la gran política,
que antaño fuera un substitutivo de la guerra por sus recursos espirituales, y que ahora
abandona el puesto a la guerra en la forma más primitiva.
Por
eso desconoce por completo Mommsen el sentido de la época [224], cuando emprende un
profundo análisis de la «monarquía» creada por Augusto con su división de poderes
entre el príncipe y el Senado. Un siglo antes, esta constitución hubiera sido algo real;
pero, por lo mismo, no se le habría ocurrido a ninguno de los hombres fuertes de
entonces. Pero ahora ya no significa nada más que el intento de una personalidad débil
para engañarse con meras formas acerca de los hechos irreparables. César vio las cosas
como eran y orientó su soberanía, sin sentimentalismo, según puntos de vista
prácticos. La legislación de sus últimos meses se ocupó exclusivamente en
prescripciones transitorias, ninguna de las cuales estaba pensada en duración. Esto es lo
que no se ha tenido nunca en cuenta.
Era
harto profundo conocedor de las cosas para querer, en aquel momento, ante la inminencia de
la campaña contra los Partos, prever la evolución e imponerle formas definitivas. Pero
Augusto, como antes Pompeyo, no era el dueño de sus partidarios, sino que dependía de
éstos y de sus opiniones. La forma del principado no es invención suya, sino la
realización doctrinaria de un vetusto ideal partidista, que otro
débilCicerónhabía bosquejado [225]. Cuando Augusto, en el 13 de enero de
27, en una escena sincera, pero por lo mismo tanto más absurda, devolvió «al Senado y
al pueblo romano» el poder político, conservó para si el tribunado, y éste fue, en
verdad, el único trozo de realidad política que se manifestó entonces.
El
tribuno era el legitimo sucesor del tirano [226], y ya C. Graco había dado en 122 al
título un contenido que no reconocía los limites legales de una función, sino sólo los
del talento personal que poseyese el titular. De él conduce una línea recta por Mario y
César, hasta Nerón joven, cuando se opuso a los propósitos políticos de su madre
Agripina. En cambio, el princeps [227] fue desde entonces un traje, un rango y
acaso un hecho social, pero desde luego no un hecho político. Justamente este concepto
iba ya en la teoría de Cicerón envuelto en un resplandor y unido al de divo [228]. En
cambio, la colaboración del Senado y el pueblo es una ceremonia tradicional, en la cual
no había más contenido de vida que en los usosrestablecidos también por
Augustode los hermanos Arvales. Los grandes partidos de la época de los Gracos se
habían convertido hacía tiempo en séquitos, Cesarianos y Pompeyanos. Finalmente, quedó
por una parte la omnipotencia informe, el «hecho», en el sentido más brutal, el
«César» o quien consiguiera reducirlo a su influencia, y, por otra parte, el manojo de
limitados ideólogos que ocultaban su descontento tras la filosofía e intentaban realizar
su ideal por medio de conjuraciones.
En
Roma fueron éstos los estoicos; en China, los confucianos.
Ahora ya se
comprende bien la famosa «gran quema de libros» que mandó hacer el Augusto chino en 212
antes de Cristo y que en las cabezas de literatos posteriores ha tomado el cariz de una
inaudita barbarie. Pero César cayó, sacrificado por los entusiastas estoicos en pro de
un ideal que ya era imposible [229]; al culto al divo opusieron los círculos estoicos un
culto de Catón y de Bruto; los filósofos en el Senado (que por entonces era tan sólo
una especie de club de los nobles) no se cansaron de lamentar la caída de la libertad y
de organizar conjuras, como la de Pisón en 65, cosa que, a la muerte de Nerón, casi
resucitó los tiempos de Sila. Por eso Nerón mandó matar al estoico Paeto Thrasea
y Vespasiano a Helvidio Prisco; por eso fue recogida y quemada la obra histórica de
Cremutio Cordo, que ensalzaba a Bruto como el último romano. Fue un acto defensivo del
Estado frente a una ideología ciega. Conocemos muchos semejantes de Cromwell y
Robespierre. En situación idéntica se encontraban los Césares chinos frente a la
escuela de Confucio, que antaño había elaborado su ideal de un orden político y no
sabia ahora soportar la realidad. La gran quema de libros no fue sino la destrucción de
una parte de la literatura político-filosófica y la supresión de la enseñanza y de las
organizaciones secretas [230]. Esta actitud defensiva duró en ambos Imperios un siglo.
Después desapareció hasta el recuerdo de las pasiones políticas partidistas, y las dos
filosofías se convirtieron en la concepción dominante, cuando llegó el Imperio a su
madurez [231]. El mundo se ha transformado ahora en el teatro donde se desarrollan las historias
trágicas de algunas familias, que deshacen la historia de los Estados, como la ruina
de la casa Julia-Claudia y de la casa de Schi Hoang-ti (ya en 206 antes de Jesucristo), o
como los destinos de la soberana egipcia Hatschepsut y sus hermanos (1501-1447). Es el
último paso hacia lo definitivo. Con la paz mundialla paz de la alta política
retrocede «el lado de la espada» en la existencia y recobra su dominio el «lado
del huso» [232]. Ya no hay más que historia privada, sinos privados, ambiciones
privadas, desde las míseras necesidades del felah hasta las tremendas peleas de los
Césares por la posesión privada del mundo. Las guerras en la época de la paz
mundial son guerras privadas; mucho más terribles que las guerras entre Estados, porque
son informes.
Pues
la paz mundialque ha existido muchas veces significa la renuncia privada de la
enorme mayoría a la guerra; por lo cual esta mayoría, aunque no lo declare, está
dispuesta a ser el botín de los otros, de los que no renuncian. Comienza con el
deseomortífero para los Estadosde una reconciliación universal y termina no
moviendo nadie el dedo cuando la desgracia cae sobre el vecino. Ya bajo Marco Aurelio no
pensaba cada ciudad ni cada comarca más que en si misma, y la actividad del soberano era
una actividad privada, junto a otras. Para los remotos habitantes eran él, sus tropas y
sus fines, tan indiferentes como los propósitos de las mesnadas germánicas. Sobre esta
base psíquica, sobre esta disposición de los ánimos desarróllase un segundo
período de «Wikingos». Ya no son las naciones las que están «en forma», sino las
banderías y séquitos de aventureros, llámense Césares, generales rebeldes o reyes
bárbaros, para quienes la población, en último término, no es sino un elemento del
país mismo. Existe una profunda afinidad entre los héroes de los tiempos micenianos y
los emperadores-soldados, entre Menes acaso y Ramsés II.
En
el mundo germánico resucitarán los espíritus de Alarico y Teodorico, de los que la
aparición de Cecil Rhodes nos da como un vislumbre; y los exóticos directores de la
época primitiva rusa, desde Gengis Kan hasta Trotzki, no son demasiado distintos de
muchos pretendientes de las repúblicas románicas de Centro América, cuyas luchas
privadas hace tiempo que han anulado la época formalista del barroco español.
Con
el Estado en forma, échase a dormir también la alta historia. El hombre torna de nuevo a
ser planta, siervo de la gleba, obtuso y permanente. La aldea «fuera del tiempo», el
eterno aldeano reaparece, engendrando niños y metiendo trigo en la madre tierra,
laborioso enjambre sobre el que pasa con viento de tormenta el torrente de los soldados
imperiales.
En
medio del campo yacen las viejas ciudades mundiales, vacíos habitáculos de un alma
extinta, en los que lentamente anida la humanidad sin historia. Se vive al día, con una
felicidad mezquina y una gran paciencia. Los conquistadores que buscan botín y fuerza en
ese mundo pisotean las masas; pero los supervivientes llenan pronto los vacíos con
fecundidad primitiva y siguen aguantando, Y mientras en tas alturas alternan victoriosos y
vencidos en eterno cambio, abajo los pequeños rezan, con esa poderosa devoción de la
segunda religiosidad que ha superado para siempre toda duda [233]. En las almas la paz
universal se ha hecho realidad, la paz de Dios, la beatitud de frailes ancianos y de
anacoretas; pero sólo en las almas. Se ha desarrollado en ellas esa profundidad en la
aceptación del dolor, profundidad que el hombre histórico desconoce en el milenio de su
desenvolvimiento. Con el término de la gran historia reaparece la gran conciencia sacra y
tranquila. Es un espectáculo que, en su falta de finalidad, resulta sublime, un
espectáculo sin objetivo y lleno de grandeza, como el curso de los astros, la rotación
de la tierra, la alternancia de tierra y mar, de hielos y bosques. Podremos llorar o
admirar; pero la realidad es esa.