Capítulo V
El
Estado.
A
EL
PROBLEMA DE LAS CLASES: NOBLEZA Y CLASE
SACERDOTAL.
1
[58]
Inescrutable
arcano de esas fluctuaciones cósmicas, que llamamos vida, es su separación en dos sexos.
Ya en las corrientes de la existencia del mundo vegetal, adheridas al suelo, hay una
tendencia a la separación, como muestra el símbolo del florecimiento: algo que es
la existencia misma y algo que la conserva. Los animales son libres, pequeños mundos
dentro del mundo mayor; son elementos cósmicos que, cerrados en forma de microcosmos,
quedan contrapuestos al macrocosmos. Y aquí se exalta la dualidad de las direcciones
hacia dos seres, el masculino y el femenino, con mayor resolución conforme se adelanta en
el transcurso de la historia animal.
Lo
femenino está más próximo al elemento cósmico, más hondamente adherido a la tierra,
más inmediatamente incorporado a los grandes ciclos de la naturaleza. Lo masculino es
más libre, más animal, más movedizo, y en el percibir y comprender, más despierto,
más tenso.
El
hombre vive el sino y concibe la causalidad, la lógica de 'o producido
según causa y efecto. Pero la mujer es sino, es tiempo, es la
lógica orgánica del devenir mismo. Por eso eternamente le permanece ajeno el principio
causal. Siempre que el hombre ha intentado hacer palpable el sino, siempre ha recibido la
impresión de algo femenino: moiré, las parcas, las nornas. El Dios máximo no es
el sino mismo, sino un dios que representa o domina el sino como el hombrea la
mujer. La mujer en las épocas primitivas es también la vidente, no porque conozca el
futuro, sino porque es futuro. El sacerdote interpreta tan sólo. La mujer es el
oráculo. El tiempo mismo habla en ella.
El
hombre hace la historia; la mujer es la historia. De manera misteriosa descúbrese
aquí un doble sentido del acontecer viviente: es una corriente cósmica y es también la
sucesión de los microcosmos mismos que aquella corriente acoge en si, protege y conserva.
Esta «segunda» historia es la propiamente masculina, la historia política y social,
historia más consciente, más libre, más movida. Arraiga profundamente en los comienzos
del mundo animal y recibe su máxima forma, simbólica y universal-histórica, en los
ciclos vitales de las culturas superiores. Femenina es aquella «primera» historia, la
historia eterna, materna, vegetalla planta misma tiene siempre algo de femenino
, la historia sin cultura de las generaciones sucesivas, que no cambia, que
fluye uniforme y suavemente por la existencia de todas las especies animales y humanas,
por todas las culturas particulares, de breve vida. Si miramos hacia atrás, nos aparece
idéntica con la vida misma. También esa historia tiene sus luchas y sus tragedias. La
mujer gana su victoria en el lecho de la parturienta. Entre los aztecas, los romanos de la
cultura mejicana, la parturienta era saludada como valiente guerrero, y la que moría
dando a luz era sepultada con las mismas fórmulas que el héroe caído en la batalla. La
eterna política de la, mujer es la conquista del hombre, mediante la cual puede ser madre
de hijos, puede ser historia, puede ser sino y futuro. La profunda prudencia, la astucia
guerrera de la mujer se endereza siempre al padre de su hijo. Pero el padre, que con la
gravedad de su esencia pertenece a la otra historia, quiere tener a su hijo como
heredero, como sujeto y sustento de su sangre y de su tradición histórica.
En
el hombre y la mujer pelean las dos clases de historia por alcanzar el predominio.
La mujer es enteramente lo que es, y su experiencia del hombre y de los hijos la refiere
siempre sólo a sí misma, a su propia determinación. Pero en la esencia del varón hay
siempre cierto dualismo. Es esto, y también aquello otro, cosa que la mujer no comprende
ni admite, y percibe este dualismo como violencia y robo de lo que para ella es lo más
sagrado. He aquí la secreta guerra de los sexos, guerra eterna, que existe desde que hay
sexos, guerra silenciosa, amarga, sin cuartel, sin merced. Hay en ella política,
batallas, ligas, contratos y traiciones. Los sentimientos raciales de odio y amor, que se
originan ambos en los hontanares del anhelo cósmico, en el sentimiento primordial de la
dirección, dominan entre los sexos con más dureza aún que en la otra historia, entre
hombre y hombre. Hay una lírica amorosa y una lírica guerrera, danzas amorosas y danzas
de armas, y hay dos clases de tragedia: Otelo y Macbeth. Pero no hay nada en el mundo
político que llegue a los abismos de la venganza de Clitemnestra y de Krimhilda.
Por
eso la mujer desprecia la otra historia, la política del hombre, que ella no comprende, y
de la que sólo sabe que le roba los hijos. ¿Qué significa para ella una victoria que
anula mil partos? La historia del hombre sacrifica la de la mujer, y existe el héroe
femenino que lleva orgulloso los hijos al sacrificioCatalina Sforza, en Imola.
Sin embargo, la eterna política recóndita de la mujer, política que se retrotrae hasta
los principios del mundo animal, consiste en apartar de aquélla al hombre para sumergirlo
en su propia política vegetal de la Perpetuación sexual, esto es, para sumergirlo en si
misma.
Y
sin embargo, todo en la otra historia sucede en el fondo para proteger y conservar esta
historia eterna del engendrar y del y del morir, Las expresiones para decir esto son muy
varias: luchar por los hogares, por la mujer y los hijos, por la prole, la raza, el
pueblo, el futuro. La lucha entre hombre y hombre acontece siempre por la sangre, por la
mujer. Por la mujer, que es el Tiempo, es por lo que existe la historia de los
Estados.
La
mujer de raza lo siente, aunque no lo sepa. Ella es el sino; ella representa el sino.
Comienza todo con la lucha entre los hombres que quieren poseerla Helena, la
tragedia de Carmen, Catalina II, Napoleón y Desirée CIary que Bernadotte al fin
arrastró al lado enemigo , lucha que llena ya la historia de especies enteras
animales. Termina con el poderío supremo de la mujer, como madre, esposa, amada, sobre el
destino de imperios Halgerda en la leyenda del Nial; Brunilda, la reina de los
francos; Marozia, que da la sede pontificia a los hombres de su elección -. El
hombre asciende en su historia hasta tener en su mano el futuro de un país
pero entonces llega una mujer y le obliga a arrodillarse. Ya pueden entonces arruinarse
los pueblos y los Estados; ella, la mujer, ha vencido en su historia. La ambición
política que alienta en una mujer de raza no tiene, en el fondo, otro propósito [59].
La
palabra historia posee, pues, un sentido doble y sagrado.
Es
historia cósmica o historia política. Es la existencia o protege la
existencia. Hay dos clases de sino, dos clases de guerras, dos clases de tragedias: las públicas
y las privadas. Nada, nadie es capaz de eliminar del mundo esta oposición. Desde un
principio está fundada en la esencia misma del microcosmos animal, que es a la vez algo
cósmico. Aparece en todas las situaciones importantes, en la figura de un conflicto entre
deberes, conflicto que sólo existe para el hombre, no para la mujer; y en el transcurso
de las culturas superiores, lejos de ser vencida, es continuamente profundizada. Existe
una vida pública y una vida privada, un derecho público y un derecho privado, un culto
común y un culto doméstico. La existencia como clase social es la existencia «en
forma» para la historia pública; pero como tribu, la existencia fluye y
constituye la historia privada. Es la vieja diferencia que hacían los germanos entre el
«lado de la espada» y el «lado del huso». Este doble sentido del tiempo encuentra su
expresión suprema en las dos ideas del Estado y de la familia.
La
articulación de la familia es, en materia viva, lo mismo que la figura de la casa es en
materia muerta [60]. Cuando se transforma la estructura y sentido de la existencia
familiar el plano de la casa varia. A la «antigua» manera de vivir corresponde la
familia agnada de estilo antiguo, que en los derechos varios de las ciudades helénicas
está aún más vigorosamente expresada que en el derecho romano, más joven [61]. La
familia se halla establecida sobre el hecho presente, sobre el aquí y ahora euclidianos,
lo mismo que la polis es concebida como la suma de los cuerpos presentes. Por lo
tanto, el parentesco de sangre no es para ella ni necesario ni suficiente; el parentesco
de sangre termina donde acaban los límites de la patria potestas, de la «casa».
La madre, con sus hijos carnales, no es parienta agnada, si se la considera en si
misma; sólo por cuanto se somete a la patria potestas del marido es la madre
hermana agnada de sus hijos [62]. En cambio, al consensus corresponde la familia
mágica, la familia cognada en hebreo, mischpacha, que está
representada por la consanguinidad paterna y materna y que posee un «espíritu», es un
«consensus» en pequeño, pero sin determinado jefe [63]. Caracteriza muy bien la
extinción del alma antigua y el desarrollo del alma mágica el hecho de que el derecho
«romano» de la época imperial pase poco a poco de la agnación a la cognación. Algunas
Novelas de Justiniano (118, 127) establecen nuevas reglas para el derecho de herencia, a
consecuencia de la victoria de la idea mágica de la familia.
Por
la otra parte, contemplamos masas de individuos que pasan y perecen, haciendo la
historia. Cuanto más puro, más hondo, más fuerte, más evidente es el ritmo común de
esas generaciones sucesivas, tanto más sangre y raza atesoran.
Sobre
la infinidad de todas ellas, destácanse unidades animadas, enjambres que se sienten
conjuntos en idéntica pulsación de la existencia; no son comunidades espirituales como
las órdenes, los gremios, las escuelas científicas, unidas en iguales verdades, sino
lazos de sangre en medio del combate de la vida.
Son
corrientes de vida quepara emplear un término deportivo muy profundose hallan
«en forma». En forma está una cuadra de caballos de carrera cuando, seguros en sus
articulaciones, saltan los potros con fino empuje las vallas y se mueven en igual ritmo
sobre la llanura. En forma están los luchadores, los esgrimidores, los futbolistas cuando
obran las mayores audacias con naturalidad y ligereza. En forma está una época del arte
cuando ha convertido la tradición en naturaleza, como el contrapunto para Bach. En forma
se halla un ejército como el de Napoleón en Austerliz o como el de Moltke en Sedán.
Todo
cuanto se ha llevado a cabo en la historia universal, no sólo en las guerras, sino
también en esa continuación de la guerra con medios espirituales, que llamamos
política; toda diplomacia triunfante, toda táctica y estrategia, no sólo de los
Estados, sino también de las clases y partidos, todo proviene de unidades vivientes que
se hallaban «en forma».
La
palabra que expresa, la educación racial es la palabra crianza, a diferencia de la
instrucción, que sirve de fundamento a las comunidades conscientes por identidad de lo
aprendido o creído. Para la instrucción hay libros; para la crianza, hace falta el ritmo
constante y armonía del contorno en que el sujeto vive, sintiéndolo, compenetrándose
con él; he aquí la educación del claustro y la educación de los pajes en el gótico.
Todas
las buenas formas de una sociedad, todo ceremonial, es el ritmo sensible, visible de una
especie de existencia. Para dominarlo hay que tener ese ritmo y tacto. Por eso las
mujeres, más instintivas y próximas al elemento cósmico, se acostumbran más pronto que
los hombres a las formas de un nuevo ambiente. Mujeres nacidas en esferas bajas se mueven
al cabo de un par de años con perfecta seguridad en un mundo distinguido. Pero igualmente
descienden con la misma rapidez. El hombre cambia menos, porque está más despierto. El
proletario nunca llega a ser perfecto aristócrata; el aristócrata nunca se convierte del
todo en proletario. Los hijos son los que ya poseen el ritmo del nuevo ambiente.
Cuanto
más profunda es la forma, tanto más rigurosa y distante. Al que no pertenece a ella !e
parecerá esclavitud. Pero el que la posee, la domina con perfecta libertad y ligereza. El
principe de Ligne era, como Mozart, señor y no esclavo de la forma. Otro tanto puede
decirse de todo aristócrata nativo, de todo político y general.
Por
eso hay en todas las culturas superiores una clase aldeana, que es raza pura y en
cierto modo naturaleza, y una sociedad que pretende estar «en forma», grupos de
clase, sin duda, más artificiales y efímeros. Pero la historia de esas clases es
historia universal en potencia superior. Comparada con ellas, la clase aldeana
aparece sin historia. Teda la historia de gran estilo, con sus seis milenios, se ha
realizado en los ciclos vitales de las culturas superiores, porque estas culturas mismas
tienen su centro creador en clases, que se someten a una crianza, en clases que han
sido criadas hasta la perfección. Una cultura es Un alma que se expresa en formas
simbólicas; pero estas formas son vivientes y evolucionan, incluso las del arte, cuya
conciencia adquirimos abstrayéndolas de la historia artística; estas formas
residen en la existencia potenciada de individuos y círculos, en eso que acabamos de
llamar «estar en forma» y que representa la cultura precisamente por esa altitud de la
forma misma.
Es
esto un rasgo grandioso y único dentro del mundo orgánico. Es el único punto en donde
el hombre se alza sobre los poderes de la naturaleza y se torna creador. El hombre,
considerado como raza, es aun creación de la naturaleza, es criado por la
naturaleza. Pero considerado como clase, el hombre se cría a si misma, lo mismo que cría
las nobles razas de plantas y anímales en su derredor. Esto, precisamente, es cultura en
el último y supremo sentido. Cultura y clase son conceptos equivalentes; nacen y perecen
como unidad. La crianza de vinos selectos, de flores y frutas selectas, la crianza de
caballos pura sangre, es cultura, y en el mismo sentido exactamente surge la cultura
humana selecta, como expresión de una existencia que se ha puesto a sí misma «en
forma».
Precisamente
por eso existe en cada cultura un fuerte sentimiento para discernir quién pertenece a
ella y quién no. El concepto antiguo del bárbaro, el concepto arábigo del
infielel amhaarez o giaur, el concepto índico del sudra, por muy
diferentemente que sean pensados, no expresan, ante todo, odio ni desprecio, sino que
establecen una diferenciación en el ritmo de la existencia, diferenciación que traza un
límite infranqueable en todas las cosas profundas. Este hecho claro e inequívoco ha sido
obscurecido por el concepto indico de la «cuarta ciase», que, en realidad, como hoy
sabemos, no ha existido nunca [64].
El código de Manu, con sus famosos preceptos sobre el trato del sudra, procede del estado felah, ya desenvuelto en India, y sin referirse a fa realidad jurídica existente, ni aun siquiera a la posible, diseña con su oposición el ideal orgulloso de los bramanes; no muy distinto hubo de ser, sin duda, el concepto del vulgar trabajador en la filosofía antigua posterior. Esto nos ha inducido a malentender la casta, como fenómeno específicamente indio, y a adoptar una opinión errónea sobre la actitud del hombre antiguo frente al trabajo.
Trátase,
en todo caso, del resto o residuo que no entra en línea de cuenta para la vida íntima de
la cultura y su simbolismo; trátase de los elementos de que prescinde, desde luego, toda
clasificación significativa, algo asi como lo que en la actual Asia oriental se llama outcast.
En el concepto gótico del corpus christianum queda expresamente dicho que el consensus
judío no pertenece a él. Dentro de la cultura arábiga, en el circulo de la nación
judía, persa, cristiana y, sobre todo, islámica, el infiel es solamente tolerado y, por
lo demás, queda despreciativamente atenido a su propia administración y justicia. En la
Antigüedad son «outcast» no sólo los bárbaros, sino en cierto sentido también
los esclavos; pero, sobre todo, los restos de la población aborigen, como los penestes en
Tesalia y los ilotas en Esparta, cuyo trato por sus señores nos hace recordar la actitud
de los normandos en la Inglaterra anglosajona y la de los caballeros germánicos en el
Oriente eslavo. En el código de Manu aparecen como nombres de la clase sudra, viejos
nombres de pueblos que pertenecen al «distrito colonial» del Ganges inferior, entre
ellos Magadhasegún lo cual podrían haber sido sudras Buda y el César Asoka, cuyo
abuelo, Chandragupta, procedía de origen humildísimo; otros son nombres de
oficios, lo que nos recuerda que también en Occidente y en otros sitios ciertos oficios
eran «outcast», como los mendigos¡que en Homero forman una clase!,
los herreros, los cantores y los sin fortuna, que en época gótica eran sustentados en
masa por la caridad de la Iglesia y la beneficencia de piadosos seglares.
Finalmente,
la casta es una palabra de la que se ha hecho mas abuso que uso. En Egipto, durante el
Imperio antiguo y medio no hubo castas, corno no las hubo tampoco en la India prebudista
ni en China antes de la época Han. Sólo en períodos muy posteriores aparecen las
castas; pero aparecen en todas las culturas. A partir de la 21 dinastía (hacia 1100),
Egipto cae en manos de la casta sacerdotal tebana y de la casta guerrera libia, y el
anquilosamiento va desde entonces progresando hasta la época de Herodoto, que consideró
la situación de su tiempo falsamente como especifica de Egipto. Nosotros cometemos el
mismo error respecto a la India. La clase y la casta se diferencian como la cultura
primera se diferencia de la civilización posterior. En la formación de las clases
primordiales, nobleza y sacerdocio, desenvuélvese la cultura. En las castas se expresa el
estado felah definitivo. La clase es lo más vivo que existe; es la cultura en marcha, es
«forma acuñada que se desenvuelve viviendo». La casta, en cambio, es lo definitivamente
concluso; es el tiempo del acabamiento como absoluto pretérito.
Las
grandes clases son cosa completamente distinta de los grupos profesionales, como
obreros, empleados, artistas; estos grupos se mantienen por tradición técnica y por el
espíritu de su trabajo. Pero las grandes clases son símbolos en carne y
sangre; su ser, su apariencia, su actitud, su modo de pensar tienen un sentido
simbólico. En toda cultura la clase aldeana es un puro trozo de naturaleza y de
crecimiento; por tanto, una expresión impersonal. En cambio, la nobleza y la clase
sacerdotal son el resultado de una crianza e instrucción superior; son, pues, expresión
de una cultura personal que por la altitud de su forma excluye no sólo al
bárbaro, al sudra, sino a todos los que no pertenecen a la clase, considerándolos como restos;
la nobleza los llama «pueblo» y el sacerdote «legos». Y ese estilo de la
personalidad es el que se petrifica en el felaquismo y se convierte en tipo de una
casta que, inalterable, perdura por los siglos. Si dentro de la cultura viviente la raza y
la clase se contraponen como lo impersonal y lo personal, así en las épocas felahs la masa
y la casta, el coolee y el braman o mandarín se contraponen como lo informe
a lo formulario. La forma viviente se ha convertido en fórmula, con estilo, sin
duda, pero con la rigidez estilizada, con el estilo petrificado de la casta; es algo de
una finura suprema, penetrada de espíritu y dignidad, algo que contempla a los hombres
vivientes y cambiantes de una cultura desde una altitud infinitamente superiorno
tenemos idea de la altura desde la cual un mandarín o un braman miran el pensar y el
hacer europeo, ni podemos imaginar cuan profundamente debían despreciar los sacerdotes
egipcios a sus visitantes, como Pitágoras y Platón; pero es también algo que
camina inmóvil a través del tiempo, con la sublimidad bizantina de un alma que, desde
hace tiempo, dejó tras de si resueltos todos los misterios y problemas.
2
En
la época carolingia distinguíanse los siervos, los libres y los nobles. Es ésta una
jerarquía primitiva fundada en los meros hechos de la vida exterior. En la época primera
del goticismo dicen las ordenanzas de Freidank: «Dios ha creado tres vidas: los
dependientes, los caballeros y los sacerdotes.» He aquí verdaderas diferencias de clase,
en una cultura que acaba de despertar. La «espada y la estola» se oponen al arado.
Aquéllas constituyen las clases, en el sentido más pretencioso, y se contraponen a todo
lo demás, a lo que no es clase, a lo que, siendo un hecho, carece de sentido profundo. La
distancia interior, sentida por todos, es tan fatal y poderosa que no hay intelección que
no la comprenda. Asciende de las aldeas el odio; desciende de los castillos el desprecio.
Ni la posesión, ni la fuerza, ni la profesión han abierto este abismo entre las
«vidas».
No
tiene esta división fundamento lógico alguno. Es de naturaleza metafísica.
Más
tarde, después de haberse formado las ciudades, aparece la burguesía, el «tercer
estado o tercera clase». También el burgués mira ahora despreciativo hacia el campo
que, en su derredor yace, romo, inmutable, soportando la historia. Frente al campesino, el
burgués se siente más despierto, más libre y, por tanto, más progresivo en la vía de
la cultura. También desprecia a las dos clases primarias, «hidalgos y curas», como algo
que espiritualmente se halla debajo e históricamente detrás de él. Pero frente a esas
dos clases humanas, el burgués, como el aldeano, es un resto, no es una clase. El
labrador casi no existe en el pensamiento de los «privilegiados». El burgués existe,
sí; pero como lo contrario, como el fondo sobre el cual se destacan los
«privilegiados». La burguesía es aquello por contraste con lo cual las dos clases
primordiales se dan cuenta de su sentido trascendente, ajeno a todo lo práctico. Y si
Es
una idea la que sirve de base a las dos clases primordiales y sólo a ellas.
Esta idea les proporciona el poderoso sentimiento de un rango, concedido por Dios, y, por
tanto, substraído a toda critica, rango que les impone el deber de respetarse a sí
mismas, de tener conciencia de sí mismas y también de someterse a la más dura crianza
y, en ocasiones, de afrontar la muerte. Ese rango confiere a las clases primordiales la
superioridad histórica, el encanto del alma, que no presupone fuerza, pero que la crea.
Los hombres que pertenecen a dichas clases íntimamente y no sólo por el nombre, son
verdaderamente algo distinto del resto; su vida, en oposición a la vida aldeana y
burguesa, va sustentada en una dignidad simbólica. Su vida no es vida para ser vivida,
sino para tener un sentido. En las dos clases primordiales exprésanse los dos aspectos de
toda vida libre en movimiento: en una, la existencia; en otra, la conciencia.
Toda
nobleza es símbolo viviente del tiempo. Todo sacerdocio es símbolo del espacio.
El sino y la santa causalidad, la historia y la naturaleza, el cuando y el donde, la raza
y el idioma, la vida sexual y la vida sensual, todo esto alcanza aquí su máxima
expresión posible. El noble vive en un mundo de hechos; el sacerdote vive en un mundo de
verdades. Aquél entiende de las cosas, éste las conoce; aquél actúa, éste piensa. El
sentimiento cósmico del aristócrata es todo ritmo; el del sacerdote es todo tensión.
Entre los días de Carlomagno y de Conrado II se ha formado, en la corriente de la
existencia, algo que no puede explicarse, algo que es preciso sentir para comprender el
nacimiento de una cultura nueva. Hacía muchísimo tiempo que había nobles y sacerdotes;
pero sólo ahora, y no por mucho tiempo, existe una nobleza y una clase sacerdotal en
máximo sentido y con la gravedad plena de una significación simbólica [65]. El poder de
este simbolismo es tan grande, que ante él retrocede cualquier otra diferencia de
comarcas, pueblos e idiomas. Los sacerdotes góticos forman una gran comunidad sobre todos
los países, desde Irlanda hasta Calabria. La aristocracia antigua primitiva ante Troya, y
la aristocracia gótica primitiva ante Jerusalén, actúan como una sola gran
familia. Los distritos del viejo Egipto y los Estados feudales de la primer época Chu
aparecen como formas mezquinas frente a las clases, como igualmente la Borgoña y la
Lorena en la época de los Staufen. El cosmopolitismo surge al comienzo y al final de cada
cultura: al principio, porque la fuerza simbólica de las formas sociales es superior aun
a la de las formas nacionales, y al final, porque la masa informe se sumerge bajo ellas.
Las
dos clases se excluyen desde el punto de vista de la idea.
La
contraposición primordial de lo cósmico y lo microcósmico, contraposición que pasa por
todos los seres libres con movimiento en el espacio, es la base de su doble
significación. Cada una de las clases es posible y necesaria por la otra. En el mundo
homérico domina un hostil silencio sobre el mundo órfico; y para éste
aquéldemuéstranlo los pensadores presocráticos es un objeto de ira y de
desprecio. En la época gótica los espíritus reformadores se opusieron en entusiasmo
sagrado a las naturalezas renacentistas; el Estado y la Iglesia no llegan nunca a un
arreglo, y esta oposición culmina en la lucha entre el Imperio y el Pontificado, cumbre
que sólo para el hombre fáustico era posible.
La
nobleza es la clase propiamente dicha, conjunto de sangre y raza, corriente de
existencia en la forma más perfecta imaginable. La nobleza es, precisamente por eso, una
clase labradora superior. Todavía hacia 1250 era válida por todo Occidente la frase de
que «quien labra de mañana, cabalga por la tarde al torneo», y era corriente la
costumbre de que los caballeros se desposaran con hijas de aldeanos. El castillo,
contrariamente a lo que le sucede a la iglesia, nace de la casa aldeana, pasando por la
residencia campesina de los nobles, por ejemplo, en la época de los Francos. En las sagas
de Islandia los cortijos son sitiados y defendidos como castillos. La nobleza y la clase
labradora son vegetativas, instintivas, profundamente arraigadas en la tierra madre.
Propáganse, críanse en el cuido del árbol genealógico. Comparada con éstas, la clase
sacerdotal es propiamente la anti-clase, la clase de la negación, la no-raza, la
independencia con respecto al suelo, la conciencia libre, intemporal, sin historia. En
cada aldea, desde la Edad de piedra hasta las cumbres de la cultura, en cada estirpe
aldeana se representa en pequeño ¡a historia universal. En vez de pueblos, son familias;
en vez de naciones, son cortijos; pero el sentido último de la lucha allí y aquí es el
mismo: la perpetuación de la sangre, la serie de las generaciones, lo cósmico, la mujer,
la fuerza. Macbeth y el rey Lear hubieran podido concebirse en forma de tragedias
aldeanas; ésta es la prueba de que son tragedias auténticas. En todas las culturas
aparecen la nobleza y la clase labradora en forma de generaciones, voz que en todos
los idiomas confina con la designación de los dos sexos o géneros en que la vida se
propaga, tiene historia y hace historia. Y como la mujer es historia, el rango interior de
las estirpes aldeanas y nobiliarias se determina según el grado de raza que sus mujeres
poseen, según el grado de sino que sus mujeres representan. Por eso hay un sentido
profundo en el hecho de que la historia universal, cuanto más genuina y social, tanto
más incluye el torrente de la vida pública en la vida privada de algunas grandes
estirpes, incorporándoselas. En esto se funda el principio dinástico; pero también el
principio de la personalidad histórica. Los sinos de los Estados resultan dependientes de
los sinos privados, por que pasan unas pocas personalidades, sinos que adquieren entonces
dimensiones extraordinarias. La historia de Atenas en el siglo V es, en gran parte, la
historia de los Alcmeónidas; la historia de Roma es la de algunas estirpes, como los
Fabios o los Claudios. La historia de los Estados barrocos es, en su bosquejo, idéntica a
las actuaciones de la política de los Habsburgos y de los Borbones, y sus crisis tienen
la forma de matrimonios y guerras de sucesión. La historia del segundo matrimonio de
Napoleón comprende el incendio de Moscú y la batalla de Leipzig. La historia del
pontificado es, hasta muy entrado el siglo XVIII, la historia de algunas estirpes nobles
que aspiran a la tiara para fundar un principado familiar. Y lo mismo puede decirse de los
dignatarios bizantinos y de los primeros ministros ingleses, como demuestra la historia
familiar de los Cecil. Y aun cabe afirmar lo propio de muchos jefes de grandes
revoluciones.
Todo
esto lo niega el sacerdote. Y lo niega también la filosofía, por cuanto es sacerdocio.
La clase de la pura conciencia y de las eternas verdades va contra el tiempo, la raza, la
generación, en cualquier sentido. El hombre, como labrador o caballero, tiende hacia la
mujer, que es el sino. El hombre, como sacerdote, se aparta de la mujer. La nobleza se
halla siempre en peligro de convertir la vida pública en vida privada, recluyendo la
amplia corriente de la existencia al lecho de la breve corriente de sus antepasados y
nietos. El sacerdote genuino no conoceen ideala vida privada, la estirpe, la
«casa». Para el hombre de raza, la muerte sin herederos es la verdadera y terrible
muerte, como vemos en las sagas de Islandia, y en el culto chino de los antepasados. El
que vive en los hijos y los nietos lo muere del todo. Mas para el verdadero sacerdote vale
siempre el media vita in morte sumus. Su herencia es espiritual y rechaza el
sentido de la mujer. Las formas, siempre repetidas, de esta segunda clase son el celibato,
el claustro, la lucha contra la sexualidad hasta la autocastración, el desprecio de la
maternidad, que se expresa en el orgiasmo y en la prostitución sagrada y en el
rebajamiento conceptual de la vida sexual, hasta la definición grosera del matrimonio por
Kant [66]. En toda la Antigüedad rige la ley de que en el recinto sagrado del templo, en
el temenos, nadie puede nacer ni morir. Lo intemporal no
El
noble es el hombre como historia. El sacerdote es el hombre como naturaleza.
La historia de gran estilo ha sido siempre expresión y resonancia de la vida de una
comunidad nobiliaria, y el rango interior de los acontecimientos se determina por el ritmo
en esa corriente de la existencia. Esta es la razón por la cual la batalla de Cannas
significa mucho y las batallas de la época imperial romana no significan nada. El
despuntar de un período primero se caracteriza regularmente por el nacimiento de una
nobleza primitivael principe es considerado como primus Ínter pares y visto
con desconfianza, porque una raza fuerte no necesita de un gran individuo, y este
individuo incluso pondría en cuestión el valor de aquella raza, por lo cual las guerras
de vasallos son la forma eminente de verificarse toda historia primitiva, y esa
nobleza primaria tiene en adelante en sus manos el sino de la cultura. Aquí la existencia
llega a estar «en forma», con una fuerza morfogenética silenciosa y por ende tanto más
enérgica; aquí el ritmo se introduce en la sangre y se afirma para todo el porvenir.
Pues lo que para toda época primitiva significa esa ascensión creadora hacia la forma
viviente, eso mismo significa para toda época posterior la fuerza de la tradición,
esto es, la vieja y dura crianza, el ritmo seguro, de tanta energía que sobrevive a las
viejas estirpes e incansablemente trae a su conjuro nuevos hombres y nuevas corrientes de
existencia. No puede dudarse de que la historia toda de las épocas posteriores está ya
irrevocablemente implícita en las primeras generaciones, según su forma, su ritmo y su
compás. Sus éxitos son exactamente equivalentes a la fuerza de la tradición inclusa en
la sangre. Sucede en la política lo que en todo arte grande y llegado a madurez: los
éxitos presuponen que la existencia se halla perfectamente «en forma», que el gran
tesoro de las experiencias remotas se ha convertido en instinto, en un instinto tan
inconsciente como evidente. No hay otra clase de maestría. El individuo considerable
sólo es dueño del futuro y significa algo más que un caso, cuando actúa en esa forma y
por esa forma o es resultado de ella; cuando es sino o tiene sino. Esto es lo que
diferencia el arte necesario del arte superfluo, e igualmente la política
históricamente necesaria de la política superflua. Por muchos que sean los hombres
del pueblocomo conjunto de los sin tradiciónque lleguen a la capa directora,
y aun cuando sólo ellos quedaran como directores, siempre estarán sin saberlo, poseídos
por el aliento inmenso de la tradición, que da forma a sus actitudes espirituales y
prácticas, regula sus métodos, y no es sino el ritmo de remotísimas generaciones
pretéritas.
Pero
la civilizaciónverdadero retorno a la naturaleza es la extinción de la
nobleza, no como estirpe, que esto fuera de escasa importancia, sino como tradición
viviente; es la substitución del sino rítmico por la inteligencia causal. La nobleza
redúcese entonces a ser un adjetivo. Pero la historia civilizada se convierte por ello
precisamente en historia superficial, orientada hacia fines dispersos y próximos,
historia informe diluida en el cosmos, dependiente del azar de los grandes individuos,
historia sin certidumbre interna, sin línea, sin sentido. Con el cesarismo la historia
torna aun estado ahistórico, retrocede al ritmo primitivo de la época primaria, a las
luchas tan interminables como insignificantes por el poder material, a esas peleas que
casi identifican a los emperadores militares del siglo IIIy sus «correspondientes»
los 16 Estados chinos entre 265 y 420con los sucesos que acontecen entre las fieras
de un bosque.
3
De
aquí se sigue que la historia auténtica no es «historia de la cultura» en el
sentido antipolítico que tanto aman los filósofos y doctrinarios de toda civilización
incipientey, por lo tanto, de hoy, sino todo lo contrario, historia de razas,
historia de guerras, historia diplomática, el sino de las corrientes vitales en figura de
hombre y mujer, de estirpes, pueblos, clases, Estados, que en el oleaje de los grandes
hechos se defienden y se atacan unos a otros. La política, en su sentido máximo, es
vida y la vida es política. Todo hombre, quiéralo o no, es miembro de ese acontecer
militante, ya como sujeto, ya como objeto; no cabe una tercera actitud. El reino del
espíritu no es de este mundo, sin duda; pero lo supone, como la conciencia supone
la existencia. Sólo es posible como continua negación de la realidad, la cual
precisamente por ser negada existe.
La
raza puede prescindir del idioma; pero ya el modo de hablar el idioma es expresión racial
[68]. E igualmente todo lo que acontece en la historia del espírituque
existe tal historia demuéstralo la potencia de la sangre sobre la sensación y la
intelección, todas las religiones, todas las artes, todos los pensamientos, puesto
que son conciencia activa en forma, son también, con todas sus evoluciones, con todo su
simbolismo, con toda su pasión, expresiones de la sangre que circula por esas formas de
la conciencia en generaciones sucesivas. El héroe no necesita saber nada de ese otro
mundo. El héroe es vida pura.
Pero
el santo no puede vencer en si la vida para estar sólo consigo mismosino por
medio de un riguroso ascetismo. Y la fuerza para ello necesaria es, a su vez, la vida
misma. El héroe desprecia la muerte y el santo desprecia la vida. Pero frente al
heroísmo de los grandes ascetas y mártires, la piedad de la mayoría es como esa de la
que dice la Biblia: «Porque tú no eres ni frío ni caliente, quiero arrojarte de mi
boca.»
Por
eso descubrimos que aun la grandeza religiosa supone raza, supone una vida fuerte, una
vida en que hay algo que domar. Lo demás es mera filosofía.
Por
eso la nobleza, en sentido histórico universal, es infinitamente más de lo que las
cómodas épocas postrimeras quieren que sea. No es una suma de títulos, derechos y
ceremonias, sino una posesión íntima, difícil de adquirir, difícil de conservar y que,
si se entiende bien, parece digna de que se le sacrifique una vida. Una vieja estirpe no
significa simplemente una serie de antepasadostodos tenemos abuelos, sino de
antepasados que, en largas series de generaciones, vivieron en las cumbres de la historia,
y no sólo tuvieron, sino que fueron sino, y en cuya sangre, merced a una experiencia
secular, fue criada hasta la perfección la forma dei acontecer. La historia, en sentido
máximo, comienza con una cultura. Por eso es capricho superficial el de los Colonna, por
ejemplo, que pretendían retraer su estirpe hasta la época romana. En cambio, sí tiene
sentido la opinión de los bizantinos distinguidos, que pretendían descender de
Constantino, y la de los americanos actuales, que consideran nobleza el contar entre sus
antepasados alguno de los emigrantes que llegaron en 1620 en el Mayflower. En
realidad, la nobleza antigua comienza en la época de Troya, no en la de Micenas, y la
nobleza occidental en la gótica, no con los francos y los godos, y la nobleza inglesa con
los normandos y no con los sajones. Sólo a partir de estos momentos hay historia, y, por
lo tanto, sólo a partir de ellos existe una nobleza primitiva de rango simbólico. En esa
nobleza adquiere su plenitud y perfección lo que al principio fue llamado por nosotros
ritmo cósmico [69]. Pues todo eso que, en tiempos de madurez, llamamos tacto diplomático
y socialy hay que incluir en ello la visión estratégica y comercial, la pericia
del coleccionador de cosas raras, la sensación refinada del buen conocedor de hombres y,
en general, todo lo que no se aprende, sino que se tiene, y que en los demás
despierta la envidia impotente del incapaz; todo lo que es forma concomitante al
curso de los acontecimientos es caso particular de aquella certidumbre cósmica y como
ensoñada, que se expresa visible en los giros de una bandada de pájaros y en los
movimientos victoriosos de los nobles potros.
El
mundo como naturaleza rodea al sacerdote. Y éste profundiza la imagen de la
naturaleza al meditar sobre ella. Pero la nobleza vive en el mundo como historia y lo
profundiza, cambiando su imagen. Las dos imágenes se desenvuelven en tradición
magna; pero aquélla es el resultado de la instrucción ésta, de la crianza.
He aquí una diferencia fundamental entre ambas clases; de donde resulta que sólo una de
ellas es verdadera clase, mientras que la otra aparece como clase por su
contraposición extrema a la primera. La crianza se extiende hasta la sangre misma y de
los padres pasa a los hijos. Pero la instrucción presupone disposiciones; por eso una
clase sacerdotal fuerte y auténtica es siempre una colección de talentos
particularesuna comunidad de concienciasque no tiene en cuenta el origen en el
sentido racial y que, por lo tanto, niega el tiempo y la historia. ¡Afinidad intelectual
y parentesco de sangre! Pensad en la diferencia que existe entre estas palabras. El
sacerdocio hereditario es una contradicción. En la India védica fúndase en el hecho de
que existe una segunda nobleza que confiere los derechos sacerdotales a los talentos de su
seno. Pero el celibato pone en todas partes un término a esa transgresión de fronteras.
El «sacerdote en el hombre» sea éste noble o nosignifica un centro de la
causalidad sagrada en el espacio cósmico. La fuerza sacerdotal misma es de naturaleza
causal, efecto de causas superiores y actuantes a su vez como causa. El sacerdote es el medianero
en la extensión sin tiempo, tendida entre la conciencia del lego y los secretos más
profundos. Por eso en todas las culturas el sacerdocio está determinado, en su
significación, por el símbolo primario de cada cultura. El alma antigua niega el
espacio; no necesita, pues, del medianero, por lo cual la clase sacerdotal antigua
desapareció ya en los comienzos. El hombre fáustico se enfronta ante el infinito y nada
le protege del poder apremiante que en el infinito se encubre; por eso el sacerdocio
gótico se potenció hasta culminar en la idea del Pontificado.
Son
dos intuiciones del mundo, dos maneras de circular la sangre por las venas y de entretejer
el pensamiento en la realidad y en la acción diaria. Y en cada cultura surgen dos
morales. Cada una de ellas mira desdeñosa a la otra; son la costumbre noble y el
ascetismo espiritual que se rechazan una a otra, calificándose de profana o de esclava.
Ya hemos mostrado [70] cómo aquélla brota en el castillo y ésta en el claustro y la
catedral; aquélla en la existencia plena, en medio del torrente de la historia, y ésta
allende la vida, en pura conciencia, en medio de la naturaleza colmada de Dios, Las
épocas posteriores no pueden hacerse una idea del poderío que encierran esas impresiones
primarias. El sentimiento profano y el sentimiento espiritual de la clase se hallan en
momentos ascendentes y se fabrican un ideal moral de clase, sólo accesible al
miembro de la clase por medio de una escuela larga y rigurosa.
La gran
corriente de existencia se siente como unidad frente al resto, en donde la sangre
corre perezosa y sin ritmo. La gran comunidad de conciencia se sabe unida
frente al resto de los no iniciados. Aquélla es el batallón de los héroes; ésta es la
comunión de los santos.
Siempre
será el gran mérito de Nietzsche haber reconocido antes que nadie la doble esencia de
toda moral [71]. Sin duda, sus conceptos de moral de los señores y moral de los esclavos
no expresan los hechos con entera exactitud, y el «cristianismo» queda, en su teoría,
demasiado exclusivamente recluido en un solo lado. Pero en el fondo de todas sus
consideraciones está clara y fuertemente impresa la idea de que bueno y malo son
distinciones de la nobleza, mientras que bueno y perverso son distinciones del sacerdocio.
Bueno y malo, conceptos totémicos de las primitivas estirpes y asociaciones varoniles, no
designan modos de pensar o sentir, sino hombres en la totalidad de su ser viviente. Los
buenos son los poderosos, los ricos, los felices. Bueno quiere decir fuerte, valiente, de
noble raza, en todos los idiomas de las primeras épocas. Malos, venales, míseros,
ordinarios son los impotentes, los desheredados, los infelices, los cobardes, los nimios,
los hijos de nadie, como se decía en el antiguo Egipto. Bueno y perverso, en cambio, son
conceptos tabú que valoran al hombre con relación a su sentir y a su entender, esto es,
a sus modos de vigilia y de conciencia, a sus acciones conscientes.
Infringir la costumbre de amor en el sentido racial es ordinariez. Infringir el
mandamiento de la caridad es perversidad. La costumbre distinguida es el resultado
inconsciente de una crianza continuada.
Se
aprende en el trato y no en los libros. Es ritmo sentido y no concepto. Pero la otra moral
es tesis; está articulada según principio y consecuencia; es aprendible y constituye la
expresión de una convicción.
La
moral nobiliaria es enteramente histórica y reconoce como efectivas y dadas todas las
diferencias de tango, todos los privilegios. El honor es siempre honor de clase. No existe
honor de la humanidad entera. El duelo no le es permitido al siervo. Cada hombre, ya sea
beduino, samurai o corso, aldeano, trabajador, juez o bandido, tiene su propio concepto
del honor, de la fidelidad, de la valentía, de la venganza, concepto que no tiene
aplicación a ninguna otra especie de vida.
Toda
vida tiene costumbres; no cabe pensar la vida de otra forma. Ya los niños las
tienen en sus juegos; saben al punto y espontáneamente lo que conviene. Nadie ha dado
esas reglas, y, sin embargo, esas reglas existen. Surgen inconscientemente del
«nosotros», que ha ido formándose por la uniformidad del ritmo en cada círculo.
También en este sentido hállase la existencia «en forma». Toda multitud que por
cualquier motivo se reúne en la calle, tiene al momento su costumbre; quien no la posee
como algo evidenteno digamos le «obedece», porque es expresión harto
intelectualistaes malo, ordinario y no pertenece al grupo. Las gentes incultas y los
niños disponen de una finísima sensibilidad para percibir esas discordancias, Pero los
niños tienen que aprenderse también el catecismo, en donde se instruyen sobre el bien y
el mal establecidos y no espontáneos ni evidentes. La costumbre no es lo que es verdad,
sino lo que existe. La costumbre se desenvuelve de un germen nativo; es
sentimiento, es lógica orgánica. La moral, por lo contrarío, no es nunca
realidadque si no el mundo entero fuera santo-, sino eterna exigencia que
pende sobre la conciencia y, en idea, sobre la conciencia de todos los hombres, sin tener
en cuenta las diferencias de vida real y de historia. Por eso toda moral niega y toda
costumbre afirma. En la costumbre, lo peor es estar sin honra. En la moral, lo
mejor es estar sin pecado.
El
concepto fundamental de toda costumbre viva es la honra. Todo lo demás, fidelidad,
humildad, valentía, caballerosidad, dominio de si mismo, resolución, está comprendido
en el honor. Y el honor es cuestión de sangre, no de intelecto.
No
hay que reflexionarpues al punto se cae en la deshonra. Perder la honra significa
quedar aniquilado para la vida, para el tiempo, para la historia. La honra de la clase, de
la familia, del hombre, de la mujer, del pueblo y de la patria; la honra del labrador, del
soldado y aun del bandido: toda honra significa que la vida en una persona es algo
valioso, posee rango histórico, distancia, nobleza. Pertenece al tiempo dirigido, así
como el pecado pertenece al espacio intemporal. Tener honra en el cuerpo significa casi
exactamente lo mismo que tener raza. Lo contrario son las naturalezas a lo Tersites, almas
hechas de heces, plebeyismo que dice: «Pisotéame, pero déjame en vida.» Aceptar una
ofensa, olvidar una derrota, gemir ante el enemigotodos éstos son signos de vida
inválida y superfina, y, por tanto, algo completamente distinto de la moral sacerdotal,
que no se agarra a cualquier vida, por despreciable que sea, sino que prescinde de toda
vida y, por lo tanto, del honor en general. Ya lo hemos dicho: todo acto moral es en el
fondo un trozo de ascetismo, un matar la existencia.
Por
eso la moral cae fuera de la vida y del mundo histórico.
4
Aquí
hemos de anticipar algo que confiere a la historia universal, en las épocas postreras, en
las grandes culturas y en la civilización incipiente, su riqueza de colorido y la hondura
simbólica de los acontecimientos. Las clases primordialesnobleza y
sacerdocioson, sin duda, la expresión más pura de los dos aspectos vitales;
pero no la única. Ya muy temprano, y aun preformadas en la época primitiva,
despuntan otras corrientes de existencia y otros enlaces de conciencia, en los que el
simbolismo del tiempo y el espacio alcanza expresión viviente y que junto con aquellas
clases primariasnobleza y sacerdocioconstituyen la gran plenitud de eso que
llamamos división social o sociedad.
La
clase sacerdotal es microcósmica y animal; la nobleza es cósmica y vegetativa; de aquí
su profundo nexo con la tierra. Es la nobleza una planta, hondamente arraigada en la
tierra; en esto se ve una vez más su carácter de aldeanismo sublimado. Esta especie de
nexo cósmico es la que produce la idea de la propiedad, idea completamente ajena
al libre microcosmos móvil en el espacio. Propiedad es un sentimiento humano, no un
concepto, y pertenece al tiempo, a la historia, al sino y no al espacio y a la causalidad.
No cabe dalle fundamentos lógicos, pero existe [72]. El «tener» comienza con la planta
y se prolonga en la historia del hombre superior, por cuanto tiene algo de vegetativo,
de raza. Por eso la propiedad es, en su sentido eminente, siempre propiedad del suelo
y la tendencia a convertir las ganancias en fincas y tierras es siempre señal de buen
temple en el hombre. La planta posee el suelo en que arraiga. El suelo es su
propiedad [73]; la planta lo defiende durante toda su vida con ardimiento desesperado,
contra ajenos gérmenes, contra poderosas plantas vecinas, contra la naturaleza entera.
Asi, el pájaro defiende su nido en donde está empollando. Las más duras luchas por la
propiedad no se desenvuelven en los tiempos posteriores de las grandes culturas y entre
ricos y pobres, por bienes muebles, sino aquí, en los comienzos del mundo vegetal. Quien
en medio de la selva siente cómo la lucha silenciosa por el suelo hierve en torno, día y
noche, sin merced, ha de temblar ante la hondura insondable de este instinto, que casi se
confunde con la vida.
Hay
aquí peleas que duran años, guerras tenaces y duras, resistencias desesperadas del
débil contra el fuerte, que duran acaso hasta que el mismo vencedor cae deshecho; hay
tragedias como no se repiten sino en las humanidades primitivas, cuando una vieja estirpe
de aldeanos es expulsada de la tierra, del nido, o cuando una familia de noble
tronco queda desarraigadaen la significación exacta de la palabrapor el
dinero [74]. Las luchas visibles en las ciudades posteriores tienen un sentido harto
distinto; porque aquí, en el comunismo de cualquier índole que sea, se trata no de la
vida, sino del concepto de la propiedad como medio puramente material. La negación de la
propiedad no es nunca un instinto racial, sino todo lo contrario, la protesta doctrinaria
de la conciencia puramente espiritual, urbana, desarraigada, negadora del elemento
vegetativo; la protesta, en suma, de los santos, de los filósofos, de los idealistas. El
monje solitario y el socialista científico, llámese Moh Ti, Zenón o Marx, rechazan la
propiedad por iguales motivos. Los hombres de raza la defienden por los mismos
sentimientos. También aquí se contraponen hechos y verdades. La propiedad es un robo: he
aquí, expresado en la
forma
más materialista posible, el viejo pensamiento: ¿qué le importa al hombre ganar el
mundo si pierde el alma? El sacerdote renuncia a la propiedad como algo peligroso y
extraño.
Pero
la nobleza, si renuncia a la propiedad, se anula a sí misma.
Partiendo
de aquí se desenvuelve un doble sentimiento de la propiedad: la posesión como
poderío y la posesión como botín.
Ambos
sentidos coexisten en el hombre originario, de raza.
Todo
beduino, todo wikingo quiere ambas cosas. El héroe del mar es siempre pirata; todo
guerrero aspira a poseer y, sobre todo, a poseer tierra. Un paso más, y el caballero se
torna bandido y el aventurero se convierte en conquistador y rey, como el normando Rurik
en Rusia y muchos piritas aqueos y etruscos en la época homérica. En toda poesía
heroica encontramos, junto al fuerte y natural placer de la lucha, de la potencia, de la
mujer, y junto a los estallidos desenfrenados de felicidad, de dolor, de ira y de amor, la
alegría poderosa de la «posesión».
Cuando
Ulises desembarca en su tierra, cuenta ante todo los tesoros en el barco; y cuando en la
saga de Islandia los labradores Hialmar y Elvarod ven que el otro no tiene bienes en el
barco prescinden de contender: loco es quien pelea por coraje y por el honor. En la
epopeya india, afanoso de lucha significa tanto como anheloso de ganado; y los griegos
colonizadores del siglo X fueron ante todo piratas, como los normandos. En el mar, todo
barco extranjero es, sin vacilar, buena presa. Las campañas de los caballeros de Arabia
meridional y de Persia hacia 200 de Jesucristo, y las «guerres privées» de los
barones provenzales de 1200que no eran casi otra cosa que robos de ganado, se
desenvuelven a fines de la época feudal en la forma de grandes guerras, con el fin de
conquistar tierras y hombres. Todo esto es lo que, al fin, cría la alta nobleza y la pone
«en forma». Pero los sacerdotes y los filósofos lo desprecian.
Estos
instintos primarios se disgregan unos de otros a medida que la cultura crece, y acaban por
entrar en pugna. La historia de estos instintos es casi toda la Historia universal.
El sentimiento del poderío da por resultado la conquista, la política y el
derecho. El sentimiento del botín produce el comercio, la economía
y el dinero. Derecho es la propiedad del fuerte. Su derecho es el derecho de todos.
El dinero es el arma más fuerte del que adquiere. Con ella se somete el mundo. La
economía quiere un Estado débil y sumiso. La política exige la incorporación de la
vida económica bajo la esfera del Estado: Adam Smith y Federico List, el capitalismo y el
socialismo. En todas las culturas existe al principio una nobleza de guerreros y
comerciantes; luego una nobleza de la tierra y del dinero, y, por último, una guerra
militar y económica y una lucha ininterrumpida del dinero con el derecho.
En
el otro aspecto se separan el sacerdocio y la erudición.
Uno y otra no
se refieren a los hechos, sino a las verdades; uno y otra pertenecen al aspecto tabú de
la vida, al espacio. El miedo a la muerte no es solamente el origen de todas las
religiones, sino también el de toda filosofía y toda ciencia de la naturaleza. Pero a la
causalidad santa opónese la causalidad profana. Profano es el nuevo concepto que
se contrapone a religioso; lo religioso no aceptaba la erudición, la ciencia, sino como
sirvienta a su mandado. Profana es toda la crítica posterior, por su espíritu, su
método, su fin. Tampoco cabe exceptuar a la teología posterior. Sin embargo, en todas
las culturas la erudición se mueve dentro de las formas del sacerdocio antecedente y
demuestra con ello que ha nacido de la contradicción y sigue dependiendo, en todo y por
todo, del modelo primitivo.
La
ciencia «antigua» vive, pues, en comunidades culturales de estilo órfico, como la
escuela de Mileto, la liga pitagórica, las escuelas médicas de Cretona y Cos, las
escuelas áticas de la Academia, del Peripatos y de la Stoa, cuyos jefes pertenecen al
tipo del sacerdote y vidente, hasta en las escuelas jurídicas de los Sabinianos y
Proculeyanos. En el mundo arábigo también sucede lo mismo; a la ciencia pertenecen el
libro sagrado, el canon, como el canon físico de Ptolomeo (Almagesto) y el médico de Ibu
Sina, el corpus filosófico de Aristóteles con muchos pasajes apócrifos y las leyes y
métodos de las citas [75] -leyes y métodos casi siempre no escritos, y el
comentario como forma del progreso intelectual, y las grandes escuelas como claustros
(Medressen) que proporcionaban a maestros y oyentes una celda, alimento y vestido, y las
orientaciones científicas como cofradías. El mundo científico de Occidente tiene toda
la forma de la Iglesia católica, sobre todo en las comarcas protestantes. Entre las
órdenes sabias, de la época gótica y las escuelas casi monásticas del siglo
XIXcomo la hegeliana, la kantiana, la escuela histórica del derecho, o también
algunos Colleges inglesesforman la transición los maurinos y bolandistas de
Francia, quienes desde 1650 dominaron y en parte fundaron las ciencias auxiliares de la
historia. Existe en todas las ciencias especializadas, en la medicina, en la filosofía de
cátedra, una jerarquía con sus papas, sus grados, sus dignidadesel doctorado
equivale a la consagración sacerdotal, sus sacramentos y sus concilios. El concepto
de «lego» es severamente conservado; y es combatido con pasión el sacerdocio universal
de los fieles, en forma de ciencia popular, como la darwinista. El idioma sabio fue al
principio el latín; hoy se han formado innumerables idiomas especiales, por ejemplo, en
lo que se refiere a la radioactividad o al derecho de obligaciones, idiomas que sólo
comprenden los que han logrado la última iniciación. Hay fundadores de sectas, como
algunos discípulos de Kant y Hegel; hay misiones para infieles, como las de los monistas;
hay herejes, como Schopenhauer y Nietzsche; hay el destierro y el
índiceconspiración del silencio.
Hay
eternas verdades, como la división de los objetos jurídicos en personas y cosas; hay
dogmas, como los de la energía y la masa, y la teoría de la herencia; hay un rito para
citar los escritos fidedignos y una especie de beatificación científica [76].
Añádase
a esto que el tipo del científico occidental llega a su máxima altura a mediados del
siglo XIXal mismo tiempo que el tipo del sacerdote llega a su máximo
descensoy considera el cuarto de trabajo como la celda de un monaquismo profano,
llevando a suprema plenitud los inconscientes votos de esta orden: pobreza, en la
forma de un honrado menosprecio de la abundancia y vida amplia, unido al sincero desprecio
del oficio comercial y de todo aprovechamiento de los descubrimientos científicos para
los fines utilitarios de ganar dinero; castidad, que llega hasta el desarrollo de
un celibato científico, cuyo modo y cumbre es Kant; obediencia, que llega al
sacrificio, en pro del punto de vista sustentado por la escuela. Hay que añadir a esto
una especie de apartamiento del mundo, epígono profano del monaquismo gótico,
menosprecio de casi toda la vida pública y de todas las formas de la buena sociedad; poca
crianza y harta instrucción. Lo que para la nobleza, aun en sus posteriores
ramificaciones, para el juez, para el terrateniente, para el oficial, es alegría natural
en la propagación del tronco, en la propiedad y en el honor, todo eso es para el
científico mezquindad, si se compara con la posesión de una pura conciencia científica,
o la propagación de tal método o de tal conocimiento, lejos de todo comercio en el
mundo. Si en los momentos actuales el sabio ha cesado de vivir ajeno al mundo; si la
ciencia muchas veces se pone con gran inteligencia al servicio de la técnica y de la
ganancia, ello denota que el tipo puro empieza a decaer y que la época grande del
optimismo intelectualcuya expresión viviente era aquel tipopertenece ya al
pasado.
Síguese
de todo esto una estructura natural de las clases, estructura que en su evolución y en su
actuación constituye el esqueleto fundamental en el ciclo de toda cultura. No ha sido
creada por resolución, ni puede ser cambiada a voluntad.
Las
revoluciones no la alteran, sino cuando son formas del desarrollo y no resultados de una
voluntad privada. El hombre activo y pensante no se da cuenta del último sentido cósmico
que reside en dicha estructura, porque, arraigada harto hondo en la existencia humana,
parece siempre evidente. La parte superficial es la que proporciona los lemas y los
motivos por los cuales se lucha, en ese aspecto de la historia que suele distinguirse y
separarse de la teoría, aunque en la realidad no puede separarse. La nobleza y el sacerdocio
crecen primero en el campo libre, y representan el puro simbolismo de la existencia y la
conciencia, del tiempo y el espacio. Los dos aspectos del botín y de la meditación dan
de si luego dos tipos de menor simbolismo, que, en las postrimerías, en la época urbana,
se convierten en potencias bajo la forma de economía y ciencia.
En
estas dos corrientes de existencia son pensadas sin escrúpulos, y con hostilidad a la
tradición, las ideas de sino y causalidad, y pensadas hasta sus limites extremos; surgen
entonces poderes que en implacable hostilidad se desvían y apartan de aquellos ideales de
clase, sustentados por los héroes y los santos; esos poderes son el dinero y el espíritu.
El dinero y el espíritu mantienen con el heroísmo y la santidad la misma relación que
la ciudad con el campo. La propiedad se llama desde entonces riqueza, y la concepción del
mundo, ciencia: sino profanado, causalidad profana. Mas también la ciencia y la nobleza
se contradicen. La nobleza no demuestra, no inquiere, sino que es. El «de ómnibus
dubitandum» es burgués, ordinario; pero, por otra parte, contradice también al
sentir fundamental del sacerdocio, que reduce la critica a un papel auxiliar. Además, la
pura economía tropieza aquí con una moral ascética, que rechaza la ganancia, como
igualmente la rechaza y desprecia la nobleza genuina, establecida en sus dominios. Hasta
la vieja nobleza comercial viene a tierra, por ejemplo, en las ciudades Hanseáticas, en
Venecia, en Génova, por no haber podido o lo haber querido abandonar su tradición y
adoptar las formas del negocio en la gran urbe. Y, finalmente, la economía y la ciencia
mismas se miran con hostilidad; en las luchas entre ganancia y conocimiento, entre el escritorio
y el cuarto de trabajo, entre el liberalismo negociante y el liberalismo
doctrinario renuévase la vieja gran hostilidad de la acción y la contemplación, del
castillo y la catedral. En una u otra forma, repítese esta estructuración en toda
cultura, lo que hace posible una morfología comparada, incluso en el aspecto social.
Los
grupos profesionales de los obreros, funcionarios, artífices y trabajadores se
hallan fuera de la auténtica organización de clase. Las corporaciones de los
herreros (China), escribas (Egipto) y cantores (Antigüedad) se remontan a los tiempos
más primitivos, y a veces, a consecuencia de la separación profesional, que llega hasta
suprimir el conubium, se convierten en verdaderas tribus, como los falascha,
de Abisinia [77], y algunas de las clases sudras enumeradas en el código de Manu.
Los
grupos profesionales se fundan en capacidades técnicas y no en el simbolismo del tiempo y
del espacio. Su tradición se limita igualmente a la técnica y no comprende moral ni
costumbres propias, como las que aparecen en la economía y la ciencia. Los
oficiales y los jueces forman una clase, porque se derivan de la nobleza; no así los
funcionarios, que constituyen una profesión. Los sabios forman una clase, porque se
derivan de los sacerdotes; pero los artistas constituyen una profesión.
En
los primeros, el sentimiento del honor y la conciencia se adhieren a la clase misma; en
los segundos se refieren al resultado o producto de la actividad. Hay algo de simbolismo,
bien que escaso y débil, en la totalidad de los primeros. Ese simbolismo, en cambio,
falta por completo a los últimos. Por eso hay en éstos algo extraño, algo irregular y a
veces algo despreciable; piénsese en el verdugo, el comediante, el cantor ambulante o en
la estimación del escultor antiguo. Sus grupos y comparaciones se separar de la sociedad
o buscan la protección de las otras clases o de patronos o Mecenas individuales
; pero no pueden acomodarse en la organización general, y esto encuentra su
expresión en las guerras corporativas de las viejas ciudades y en los instintos y
hábitos sociales de los artistas.
5
La
historia de las clases que debe prescindir de los grupos profesionales por
completo es, pues, una exposición del elemento metafísico en la humanidad
superior, por cuanto se eleva a un simbolismo máximo en ciertos ámbitos vitales, entre
los cuales se cumple la historia de las culturas.
Ya
el tipo marcado del aldeano, al principio, es algo nuevo.
En
la época de los Carolingios y en la Rusia zarista del «mir» [78] existían los hombres
libres, y los siervos que cultivaban la tierra; pero no existía la clase aldeana.
El sentimiento de una profunda heterogeneidad frente a las dos «vidas» simbólicas
recordemos la expresión del Freidank es el que convierte esa vida en clase,
en la clase productora, tomada la palabra en su sentido pleno, esto es, en la raíz
de la gran planta llamada cultura, que hunde sus fibras en lo hondo del suelo materno y
aspira todos los jugos y las savias para enviarlos arriba, a la copa del árbol, donde la
cima penetra en la luz de la historia.
La
clase productora sirve a la vida inmensa, no sólo alimentándola con los productos de la
tierra, sino también dándole su sangre, que, durante siglos y siglos, mana de las aldeas
para verterse en las clases superiores, adoptando sus formas y conservando su vida. La
expresión característica de esta relación es dependencia o servidumbre
sean las que fueren las ocasiones que en el curso superficial de la historia han venido a
producirla . La servidumbre se desarrolla entre 1000 y 1400 en la cultura
occidental. Y en las demás culturas ocupa épocas «correspondientes». Los ilotas de
Esparta son dependientes o siervos, como los clientes en la antigua Roma. De la clientela
romana surge, a partir de 471, la plebe rural, esto es, una clase de aldeanos
libres. En la pseudomorfosis del Oriente «romano», esa tendencia hacia una forma
simbólica adquiere una fuerza extraordinaria; en el Oriente romano el orden de las
castas, fundado por Augusto, con su distinción entre funcionarios senadores y
funcionarios caballeros, se desarrolla en sentido retroactivo, hasta que por el año 300,
y en todos los lugares donde predomina el sentir mágico, llega a las clases del goticismo
primitivo (1300) y a las del imperio sassánida [79]. Los funcionarios de una
administración ultracivilizada dan de sí una pequeña nobleza: los decuriones, hidalgos
aldeanos y patricios ciudadanos, que son responsables en cuerpo y bienes ante el señor
por todos los impuestos una especie de feudalismo por acción retrógrada ; y
la posición de estos nobles se hace poco a poco hereditaria, como en la V dinastía
egipcia, como en los primeros siglos de Chucuando ya I-Wang (934-909) tuvo que
abandonar las conquistas a los vasallos que establecían condes y jefes de su elección
y como en las Cruzadas. Igualmente se hace hereditario el empleo de oficial y de
soldado deber feudal de las armas , todo lo cual Diocleciano fijó luego en la
ley. El individuo es fuertemente incorporado a la clase (corpori adnexus), y el
principio de la corporación obligatoria se extiende a todos los oficios, como en la
época gótica y en la época egipcia primitiva. Pero, sobre todo, el cultivo de los
latifundios con esclavos [80], en la época de la antigüedad decadente, se convierte por
necesidad interna en el colonado hereditario de los pequeños arrendatarios, mientras que
las tierras dominicatas se transforman en distritos administrativos y el señor recauda
los impuestos y entrega el contingente militar [81]. Entre 250 y 300, el colono queda
legalmente atado a la tierraglebae adscriptus; y así queda establecida la
distinción de clases entre el señor feudal y el siervo [82].
La nobleza y la
clase sacerdotal son posibilidades que se dan en toda nueva cultura. Las excepciones
aparentes obedecen a falta de tradición palpable. Sabemos hoy que en China existió una
verdadera clase sacerdotal [83]. Y en los comienzos de la religiosidad órfica, hacia el
siglo II a. de J. C., es evidentemente necesario admitir la existencia de un sacerdocio
organizado en clase; las figuras épicas de Tiresias y Calcas lo indican bien a las
claras. También la evolución del Estado feudal egipcio supone una nobleza primitiva ya
en la dinastía III [84]. Pero ¿en qué forma y con qué fuerza se realizan estas clases
e intervienen en la historia posterior, creándola, sustentándola y aun representándola
por sus destinos propios? Esto depende del símbolo primario que constituye el núcleo de
cada cultura y la base de todo su idioma formal.
La
nobleza, que es como una planta, surge siempre de la tierra, con la propiedad, a la que
está fuertemente adherida.
Dondequiera
toma la forma de la estirpe, en la cual se expresa también la «otra» historia,
la historia de la mujer, y por la voluntad de duración, o sea de sangre, se revela como
gran símbolo del tiempo y de la historia. Hemos de ver cómo la primitiva burocracia del
Estado, la alta burocracia fundada en la confianza personal del rey en algunos vasallos,
produce dondequiera, en China y en Egipto lo mismo que en la Antigüedad y en Occidente,
en primer término cargos y dignidades cortesanas, y de tipo feudal, desde el mariscal (en
chino, sse-ma), el camarero mayor (chen), el maestre de la cocina (ta-tsai),
hasta el preboste (nan) y el conde (peh [85] y luego busca la fijeza
hereditaria y relación con la tierra, siendo así, finalmente, el origen de las estirpes
nobles.
La
voluntad fáustica de infinito se expresa en el principio genealógico. Este
principio, aunque parezca extraño, es exclusivo de esta cultura; pero en ella penetra y
configura todas las concreciones históricas, sobre todo los Estados, hasta su más honda
medula. El sentido histórico que por siglos enteros nos hace conocer el sino de la propia
sangre y atestiguar con documentos el punto y origen de los antepasados; la cuidadosa
ramificación del árbol genealógico que puede hacer depender la posesión actual, y su
sucesión, del destino de un matrimonio celebrado acaso hace quinientos años; los
conceptos de sangre pura, de pairia, de «mésalliance»; todo esto es voluntad de
dirección al futuro remoto, voluntad que acaso no se ha manifestado nunca en otra
cultura, si no es la nobleza egipcia, y aun aquí en formas mucho menos enérgicas.
En
cambio, la nobleza «antigua» se orienta totalmente en el sentido momentáneo de la
estirpe agnaticia y forma un árbol genealógico de carácter mítico, sin el menor
sentido histórico, buscando tan sólo una satisfacción que no se cuida lo más mínimo
de la verosimilitud histórica, y que sólo aspira a poner un fondo brillante e ilustre a
la actual situación de los vivientes.
De
aquí la ingenuidadque de otro modo fuera inexplicablecon que el individuo
vislumbra a Teseo o a Hércules inmediatamente detrás de sus abuelos y se fabrica un
árbol genealógico fantástico, y si es posible, varios, como Alejandro.
Así
también se explica la facilidad con que las familias romanas pudieron introducir sus
nombres en las listas falsificadas de los viejos cónsules. En los entierros de la nobleza
romana iban procesionalmente los bustos en cera de los grandes antepasados; pero lo que
más importaba era el número y brillo de los famosos nombres, no el efectivo nexo
genealógico con el presente. Este rasgo aparece en toda la nobleza antigua, que, como la
nobleza gótica, forma una unidad de estructura y espíritu interior, desde la Etruria
hasta el Asia Menor. En él se funda la potencia que poseían, aun al comienzo de la
época posterior, las alianzas familiares a través de todas las ciudades, aquellas phylai,
fratrías y tribus que en forma sacra cultivaban una relación y una realidad
totalmente actual, como las tres phylai dóricas y las cuatro phylai
jónicas, como las tres tribus etruscas que en la Roma primitiva aparecen bajo los nombres
de Ticios, Ramnes y Luceres, En los Vedas las almas de los padres y «madres» tienen
derecho al culto para tres generaciones próximas y tres remotas [86], pasadas las cuales
caen en el pretérito. Nunca tampoco llegó más allá el culto de los antiguos a las
almas. He aquí la diferencia extrema entre este culto y el culto de los antepasados en
China y Egipto; éste, en idea, no termina nunca, conservándose así la estirpe misma
más allá de la muerte, en ciertas ordenaciones. En China vive hoy todavía un duque
Kung, descendiente de Confucio, e igualmente existe un descendiente de Lao-tsé y otro de
Chang-Lu.
No
se trata de un árbol genealógico con muchas ramas; la línea, el tao del ser se
continúa evidentemente también por adopción o por otros medios. La adopción incorpora
espiritualmente al adoptado a la estirpe del adoptante, obligándole al culto de los
antepasados.
Un
indomable placer de vivir corre por los siglos florecientes de esta clase noble, la clase
propiamente dicha, que es toda ella dirección, sino y raza. En el centro de su
pensamiento y de su acción hállanse la mujer que es historia y la
luchaque hace la historia. A la poesía nórdica de los escaldas y a la
poesía amorosa del Sur corresponden los viejos cantos de amor en el Chi-King de la época
caballeresca china [87], cantos que eran recitados en el Pi-yung, lugar de la crianza y
educación noble, del Hiao, De igual manera, los juegos solemnes y públicos de lanzar las
flechas, en el sentido agonal de los antiguos, y los torneos góticos, como los
bizantinos, pertenecen a este aspecto homérico de la vida china.
Frente
a este se encuentra el aspecto órfico, que expresa la experiencia íntima del
espacio, en el estilo de la clase sacerdotal. La índole euclidiana de la extensión
antigua, que no necesita intermediarios para comerciar con los dioses, en relación
corpórea y próxima, lleva consigo el hecho de que la clase sacerdotal comience siendo en
efecto una clase, para reducirse bien pronto a una suma de magistraturas ciudadanas. Y el tao
de los chinos implica que los sacerdocios, hereditarios al principio, se conviertan
luego en clases profesionales de orantes, escribas y lectores de oráculos, que acompañan
con ritos prefijados el culto practicado por las autoridades y los cabezas de familia. El
sentimiento cósmico del indio va a perderse en lejanías inmensas; y por eso la clase
sacerdotal, en la India, llega a ser una segunda nobleza, que con enorme poder hace presa
en la vida entera y ocupa un lugar intermedio entre el pueblo y el amplio mundo de los
dioses. Por último, el sentimiento de la cueva se expresa en el hecho de que, propiamente
hablando, el sacerdote de estilo mágico es el monje, el ermitaño que va adquiriendo
mayor importancia, al paso que el sacerdocio mundano pierde cada vez más sentido
simbólico.
En
cambio, la clase sacerdotal fáustica, que hacia 900 carecía aún de toda importancia y
dignidad, va encumbrándose en rauda ascensión hasta ocupar el puesto de medianera entre
la humanidad y la inmensidad del macrocosmos, concebido en la tensión patética de la
tercera dimensión. El sacerdocio occidental queda, por el celibato, excluido de la
historia y, por el character indelebilis, substraído al tiempo; culmina en el
Pontificado, que representa el máximo símbolo imaginable del sagrado espacio dinámico y
que no ha sido anulado por
La
contradicción, que palpita en todo microcosmos entre la existencia y la conciencia, hace
que se contrapongan, por íntima necesidad, una a otra las dos clases fundamentales. El
tiempo quiere sojuzgar al espacio; el espacio aspira a dominar sobre el tiempo. El poder
espiritual y el poder temporal son magnitudes de tan diverso orden y tendencia, que parece
imposible una reconciliación o aun sólo un arreglo entre ellas.
Pero
en las demás culturas no llega nunca esta lucha a explosiones históricas de gran
cuantía. En China la nobleza tenía asegurada la preeminencia, a causa del tao. En
la India el sacerdocio había de conservar la supremacía, a causa del espacio con sus
infinitas ondas. En la cultura arábiga, la incorporación del nexo visible, mundano, de
los fieles al gran consensus espiritual está inmediatamente dada con el
sentimiento mágico mismo; así queda afirmada la unidad del Estado mundano y del Estado
espiritual, la unidad del derecho y de la soberanía. Aunque no ha sido ello bastante a
impedir los roces entre ambas clases; en el imperio sassánida hubo choques sangrientos
entre la nobleza de los Dinkane y el partido de los magos, llegándose hasta el asesinato
de algunos reyes. En Bizancio, durante todo el siglo V se suceden las luchas entre el
poder imperial y el poderío sacerdotal, sirviendo de fondo siempre a las luchas y
disputas entre los monofisitas y los nestorianos [88]. Pero la relación fundamental no
fue nunca puesta en cuestión.
En
la cultura antigua, que rechazó lo infinito por doquiera y como quiera, el tiempo quedaba
reducido al presente, y el espacio al cuerpo particular tangible; por eso las clases
impregnadas de alto simbolismo llegan a ser insignificantes frente a la ciudad-Estado, que
da la expresión más enérgica posible al símbolo primario de la cultura antigua. En
cambio, la historia de la humanidad egipcia revela constantemente, hasta en la época del
felah, la lucha de ambas clases y de ambos simbolismos; y es porque la cultura egipcia
aspira, con poderoso afán de profundidad y con igual fuerza, a la lontananza del tiempo y
a la lontananza del espacio. El tránsito de la cuarta a la quinta dinastía va unido a un
triunfo evidente del sentimiento sacerdotal sobre el caballeresco; el Faraón, que era
cuerpo y sujeto de la suprema deidad, conviértese en su servidor, y el santuario de Re
supera en gravedad arquitectónica y simbólica al templo-sepulcro del monarca. El imperio
nuevo presencia, tras los primeros grandes Césares, el encumbramiento político de los
sacerdotes de Amon de Tebas y luego otra vez la calda del rey-hereje Amenofis IV, que
tiene un notorio aspecto político, por otra parte; hasta que la historia del mundo
egipcio llega a su fin con la dominación extranjera, tras las luchas interminables entre
la casta guerrera y la casta sacerdotal.
Esta
lucha entre dos símbolos igualmente poderosos ha sido llevada en la cultura fáustica con
un sentido parecido, pero con mucha más pasión. Entre el Estado y la Iglesia, desde los
primeros tiempos góticos, la paz es sólo tregua. En esta lucha se expresa la
condicionalidad de la conciencia, que quisiera hacerse independiente de la existencia,
pero que no puede conseguirlo. Los sentidos necesitan de la sangre; pero la sangre no
necesita de los sentidos. La guerra pertenece al mundo del tiempo y de la historia. Sólo
la disputa con razones, la discusión, es espiritual. Una Iglesia que lucha es una
Iglesia que se traslada del reino de las verdades al reino de los hechos; del reino de
Jesús al reino de Pilatos. Conviértese en un elemento dentro de la historia racial y
sucumbe a la fuerza plasmante de la parte política de la vida; lucha con la espada
y el escudo, con la ponzoña y el puñal, con el soborno y la traición, con todos los
medios utilizados por las peleas partidistas, en cada época, desde el feudalismo hasta la
democracia moderna, sacrifica dogmas en pro de ventajas mundanas y se alfa con herejes y
paganos contra potencias fieles. El pontificado como idea posee una historia
propia; pero, independientemente de esto, los papas de los siglos VI y VII fueron
gobernadores bizantinos de origen sirio y griego, luego poderosos propietarios rurales con
enjambres de siervos, y finalmente, el patrimonium Petri, al principio de la época
gótica, fue una especie de ducado en manos de las grandes estirpes nobles de la Campania,
que alternativamente iban dando papas, sobre todo los Colonna, los Orsini, los Savelli,
los Frangipani, hasta que también aquí acabó por dominar el feudalismo general y la
Silla de San Pedro llegó a estar vinculada entre las familias de los barones romanos, de
suerte que el nuevo Papa, como cualquier rey alemán o francés, había de sancionar los
derechos de sus vasallos. Los condes de Tusculum nombraron, en 1032, Papa a un niño de
doce años. Ochocientos castillos se alzaban entonces en el territorio de la ciudad, entre
las ruinas y sobre las ruinas de la antigüedad. En 1045 tres papas se encerraron y se
hicieron fuertes en el Vaticano, en el Laterano y en Santa María Maggiore, y cada uno de
ellos era defendido por su séquito.
Añádase
a esto la ciudad, con su alma propia, que empieza separándose del alma rural, para luego
equipararse a ésta, y, por fin, intenta sojuzgarla y anularla. Pero esta evolución se
verifica en los modos de la vida y pertenece, por tanto, a la historia de las
clases. Tan pronto como aparece la vida urbana, tan pronto como entre los
habitantes de esos pequeños establecimientos se forma un espíritu común, que siente la
propia vida como algo distinto de la vida fuera de la ciudad, comienza a actuar el encanto
de la libertad personal, atrayendo hacia las calles urbanas nuevas corrientes de
existencia. Hay una como pasión por ser urbano, burgués y extender la vida de la ciudad.
Esa
pasión, y no las ocasiones materiales, explica la fiebre de los antiguos por fundar
ciudades, fiebre que vemos y reconocemos en sus últimos epígonos, en la época llamada
de colonización con término no del todo exacto. El entusiasmo creador del
hombre urbano, que, a partir del siglo X en la Antigüedad y en épocas correspondientes
de las demás culturas, incluye generación tras generación en el cerco de una vida
nueva, evoca por vez primera en la historia humana la idea de la libertad. Esta
idea no procede de un origen político, ni menos aún abstracto; expresa tan sólo el
hecho de que dentro de los muros de la ciudad se acaba la adherencia vegetativa al suelo y
se rompen los lazos que atan y constriñen la vida campesina. En esencia, la libertad
tiene siempre algo de negativo.
Desata,
liberta, defiende; ser libre es siempre quedar libre de algo. La ciudad es la expresión de
eso libertad; el espíritu ciudadano es la intelección que se ha hecho libre, y todo
lo que en épocas posteriores despunta en los movimientos espirituales, sociales y
nacionales, bajo el nombre de libertad, tiene su origen en ese hecho primario de la
liberación, el hecho de que el hombre logra libertarse del campo.
Pero
la ciudad es más antigua que el ciudadano o burgués.
Atrae
primero a las clases profesionales, que se hallan fuera de la división simbólica en
clases. Estas clases profesionales reciben en la ciudad la forma de corporaciones. Luego
vienen las clases primordiales mismas; la pequeña nobleza construye sus castillos en el
arrabal y los franciscanos sitúan sus conventos en las proximidades de la ciudad, sin que
este suceso cambie interiormente nada. No sólo la Roma pontificia, sino todas las
ciudades italianas de esta época están llenas de castillos y fortalezas que pertenecen a
las estirpes nobles y en los cuales se inician las luchas callejeras. En una famosa
pintura de Siena siglo XIVse ven sus torres circundando la plaza del mercado.
El palacio florentino del Renacimiento no sólo desciende de las nobles cortes provenzales
por la suntuosa vida que alberga, sino que también su fachada lo hace heredero del
castillo gótico que los caballeros alemanes y franceses construyen en las alturas. Poco a
poco se forma una vida separada. Entre 1250 y 1450 las estirpes nobles, que se han
incorporado a la ciudad, forman en ella el patriciado, por oposición a las corporaciones
y gremios; con lo cual se separan de la nobleza rural. El caso se da idéntico en la China
primitiva, en Egipto y en el Imperio bizantino, y así se comprenden las más viejas
confederaciones de ciudades, como la etrusca, acaso la latina, y la relación sacra entre
las colonias y la metrópoli. No es la ciudad, la polis, la que dirige los
acontecimientos, sino el patriciado de las philae y phratriae en las
ciudades. La ciudad, la POLIS primitiva, es idéntica a la nobleza,
como sucede en Roma hasta 471 y en Egipto y en las ciudades etruscas siempre. De la
nobleza arranca el sinequismo (tendencia a vivir juntos) y la formación de la
ciudad-Estado; y en todas las demás ciudades la diferencia entre la nobleza rural y la
nobleza ciudadana no tiene al principio importancia, siendo, en cambio, muy vigorosa la
diferencia entre la nobleza en general y el resto de la población.
Nace
la burguesía por la fundamental contradicción entre la ciudad y el campo. Por muy duras
luchas que tengan entre si las «estirpes» y las «corporaciones», siempre resulta que
la oposición al campo las reúne en un común sentir frente a la nobleza primitiva y al
Estado feudal y también frente al feudalismo de la Iglesia. El concepto del tercer estado
(le tiers, según la famosa palabra de la Revolución francesa) es unidad de contradicción:
no puede, pues, encontrar determinación en su contenido, pues carece de propios hábitos
y de simbolismo propio, ya que la sociedad burguesa distinguida copia a la nobleza, y la
religiosidad ciudadana sigue la pauta del sacerdocio primitivo. El pensamiento de que la
vida no ha de servir a fines prácticos, sino que ha de sujetarse en toda su actitud a
expresar el simbolismo del espacio y del tiempo, siendo esto lo único que la capacita
para aspirar a una jerarquía superior, es una idea que provoca la más amarga
contradicción por parte de la inteligencia urbana. Esta inteligencia, a cuya esfera
pertenece toda la literatura política de las épocas posteriores, dispone una nueva
agrupación de las clases, partiendo de la ciudad; empieza por ser teoría, pero pronto,
merced a la omnipotencia del racionalismo, se realiza en la práctica y aun en la
sangrienta realidad de las revoluciones. La nobleza y el clero, si aun existen, aparecen
entonces como clases privilegiadas, acentuándose harto este privilegio; con lo que,
tácitamente, se expresa que su pretensión a disfrutar de privilegios reconocidos, por su
jerarquía histórica, resulta anticuada y absurda a los ojos del derecho racional o
natural. Ahora tienen su centro en las capitalesconcepto importantísimo de
las épocas postrimerasy desenvuelven las formas aristocráticas, llegando a esa
distinción que impone el respeto, tal como la percibimos en los cuadros de Reynolds y
Lawrence. Frente a la nobleza y al clero se presentan los poderes espirituales de la
ciudad triunfante, la economía y la ciencia, que, juntos con la masa de los
trabajadores, funcionarios y artesanos, forman un partido sin unidad propia, pero siempre
unido y cerrado cuando comienza la lucha de la libertad, esto es, de la independencia
ciudadana, contra los grandes símbolos del tiempo viejo y contra los derechos derivados
de estos símbolos. Todos estos son elementos del tercer estado, que no cuenta por
jerarquías, sino por cabezas y que en las postrimerías de todas las culturas es siempre
«liberal», esto es, libre de los poderes íntimos de la vida no ciudadana. La economía
es libre para toda adquisición de dinero, la ciencia es libre en la critica; con lo cual,
en todas las grandes resoluciones, es el espíritu quien lleva la palabra en libros y
reunionesdemocraciay el dinero quien saca el provechoplutocracia,
y al final vence siempre no la idea, sino el capital. Pero aquí reaparece la oposición
entre las verdades y los hechos, oposición que se desarrolla en la vida de la ciudad.
Como
protesta contra los viejos símbolos de la vida rural, la ciudad contrapone a la nobleza
de sangre los conceptos de nobleza económica y de nobleza espiritual. Aquélla es una
pretensión no del todo pura; mas, por lo mismo, un hecho eficaz.
Y
ésta es una verdad, pero nada más, y a los ojos ofrece un espectáculo dudoso. En todas
las épocas finales la nobleza primitivanobleza de las Cruzadas, dice una expresión
significativa, que ha convertido en forma y ritmo un trozo de poderosa historia, se
aniquila interiormente en las grandes cortes. Pero entonces un retoño nuevo se encumbra
hasta ella. Asi, en el siglo IV, la entrada de grandes familias plebeyas (conscripti)
en el Senado romano de los patres da lugar a la «nobilitas», nobleza de
latifundios dentro del orden senatorial.
En
la Roma pontificia se constituye de igual manera la nobleza de los «nepotes»; hacia 1650
no había más de cincuenta familias cuyo árbol genealógico tuviese trescientos años.
En los Estados meridionales de la Unión se desenvuelve, desde la época del barroco, esa
aristocracia de plantadores que fue vencida en la guerra de Secesión (1861-65) por las
fuerzas económicas del norte. La vieja nobleza mercantil, por el estilo de los Fugger, de
los Welser, de los Mediéis y de las grandes casas de Venecia y Génova entre las
que hay que poner casi todo el patriciado de las colonias griegas desde 800ha tenido
siempre un rasgo aristocrático, raza, tradición, buenas maneras y la tendencia natural a
restablecer el enlace con el suelo, mediante adquisición de fincas (aun cuando la vieja
casa solariega en la ciudad no era mal sucedáneo). Pero la nobleza moderna de los
negociantes y especuladores, con su gusto improvisado por las formas distinguidas, se
introduce, al fin, en la nobleza de sangreen Roma los equites (caballeros)
desde la primera guerra púnica, en Francia bajo Luis XIV [89]y la conmueve y la
pervierte, mientras por otra parte la nobleza del talento, en la época de la
ilustración, vierte sobre la otra nobleza sus peores sarcasmos. Los confucianos rebajaron
el viejo concepto chino del shi, y de costumbre noble lo convirtieron en virtud
espiritual; el Pi-yung, que fuera antaño palestra de caballeros, conviértese en
«escuela del espíritu», en gimnasio docente, como lo pensara nuestro siglo XVIII.
Al
terminarse la época final de toda cultura, llega también a su término, más o menos
violentamente, la historia de las clases. Vence la mera voluntad de vivir, en libertad y
desarraigo, sobre los grandes símbolos de la cultura que la humanidad, toda urbanizada,
ya ni comprende ni tolera. El dinero borra todo sentido de los valores inmuebles,
adheridos al suelo.
La
critica científica elimina todo resto de piedad. La liberación de los campesinos es, en
parte, una victoria sobre los ordenamientos simbólicos; el campesino queda substraído a
la presión de la dependencia, pero entregado a la potencia del dinero, que convierte el
suelo en mercancía mueble. Este paso se verifica entre nosotros en el siglo XVIII;
en Bizancio hacia 74, por la ley geórgica del legislador León III [90], con la cual
desaparece lentamente el colonado; en Roma, a la fundación de la plebe en el año 471.
Pausanias, por entonces, intentó vanamente en Esparta libertar a los ilotas.
La
plebe es el tercer estado, reconocido por la constitución como unidad, y
representado por tribunos inviolables, no magistrados, sino hombres de confianza. El acto
de 471 [91], que substituyó las tres tribus etruscas, las tribus de las antiguas estirpes
nobles, por cuatro tribus (distritos) urbanaslo que nos permite sospechar otras
muchas cosas, ha sido considerado como una liberación de los aldeanos [92] o
también como organización del gremio de los comerciantes [93]. Pero la plebe, como
tercer estado, como resto, no puede definirse sino negativamente: todos los que no
pertenezcan a la nobleza señorial o no ocupen altos cargos en el sacerdocio son plebeyos.
El conjunto de la plebe es tan abigarrado como el del tiers en 1789 y se mantiene
unido tan sólo por la protesta.
Había comerciantes, obreros, artesanos, escribientes. La estirpe de los Claudios tenia patricios y plebeyos, esto es, familias de señores terratenientes y de aldeanos acomodados (como los Claudii Marcelli). En la Ciudad-Estado es la plebe lo que