Continuación del Capítulo V
El Estado
C
FILOSOFÍA
DE LA POLÍTICA
15
Sobre
el concepto de la política hemos meditado más de lo que para nosotros era conveniente.
Por eso hemos sido menos capaces de observar la política real. Los grandes estadistas
suelen obrar inmediatamente, con un sentido seguro de los hechos. Es esto para ellos tan
evidente, que la posibilidad de meditar sobre conceptos generales de esa acción no les
viene a las mientes, aun suponiendo que tales conceptos existan.
Saben
desde luego lo que tienen que hacer. Una teoría sobre esto no corresponde ni a su talento
ni a su gusto. Pero los pensadores de profesión, que dirigen su mirada a los hechos
creados por los hombres, son tan ajenos a esa acción, que van a perderse en
abstracciones, sobre todo en figuras místicas, como la justicia, la virtud, la libertad,
y por ellas aprecian el suceder histórico del pasado y principalmente del futuro.
Olvidan, al fin, el rango de los meros conceptos y llegan a la convicción de que la
política existe para configurar el curso del mundo según una receta idealista. Mas como
esto no ha ocurrido ni ocurre nunca, la actividad política les parece tan nimia frente al
pensamiento abstracto, que llegan en sus libros a discutir si existe en general un «genio
de la acción».
Frente
a esto inténtase dar aquí, en vez de un sistema ideológico, una fisiognómica de
la política, tal como ha sido realmente hecha en el transcurso de la historia y no tal
como hubiera debido hacerse. El problema es, pues, penetrar en el último sentido de los
grandes hechos, verlos, sentir y describir lo que tienen de importancia simbólica. Los
bosquejos de quienes aspiran a mejorar el mundo no tienen nada que ver con la realidad
histórica [234].
Las
corrientes de la existencia humana llamárnoslas historia cuando las percibimos como
movimiento. Las llamamos generación, estirpe, clase, pueblo, nación, cuando las
percibimos como algo movido [235]. Política es el modo y manera cómo esa existencia
fluyente se afirma, crece, triunfa sobre otras corrientes de vida. Toda la vida
es política, en el menor asgo instintivo, como en la médula interna [236]. Lo que
solemos llamar hoy energía vital, vitalidad, ese «quid» en nosotros que a toda costa
quiere ir arriba y adelante, el impulso cósmico y añorante hacia la preeminencia y la
prepotencia, impulso vegetativo y racial que va unido a la tierra, a la «patria»,
orientación, dirección, necesidad de acción, eso es lo que entre los hombres superiores
busca, como vida política, las grandes decisiones, para resolver sí ha de serse sino o
si ha de sufrirse el sino. Pues o se crece o se muere. No hay una tercera
posibilidad.
Por
eso la nobleza, como expresión de una raza fuerte, es la clase propiamente política; y
la crianza, no la enseñanza, es el modo de hacer políticos. Todo gran político, centro
de fuerzas en el torrente del suceder, tiene algo de nobleza en su vocación y en sus
vínculos internos. En cambio, todo lo microcósmico, todo «espíritu», es impolítico;
por eso la política y la ideología programáticas tienen algo de sacerdotal. Los mejores
diplomáticos son los niños cuando Juegan o quieren obtener algo. Ábrese camino
inmediatamente, y con seguridad somnambúlica, ese elemento cósmico vinculado en el ser
individual.
Esa
maestría de los primeros años va desapareciendo con la creciente conciencia vigilante de
la juventud. Por eso es entre los hombres el hombre de Estado tan raro.
Esas
corrientes de existencia en la esfera de una cultura superior son sólo posibles en
plural; en ellas y entre ellas existe la gran política. Un pueblo existe realmente sólo
con relación a otros pueblos [237]. Pero por eso la relación natural, racial entre ellos
es la guerra. Es éste un hecho que las verdades no pueden alterar. La guerra es la
política primordial de todo viviente, hasta el grado de que en lo profundo lucha y
vida son una misma cosa y el ser se extingue cuando se extingue la voluntad de lucha.
Viejos vocablos germánicos, para indicarlo, como orrusta y orlog,
significan seriedad y sino, en oposición a broma y juego; es más bien una sublimación
que una diferencia esencial. Y si es cierto que toda alta política quiere substituir la
espada por otras armas más espirituales y la ambición del hombre de Estado en la
cúspide de todas las culturas consiste en no necesitar ya casi de la guerra, queda
siempre la primordial afinidad entre la diplomacia y el arte militar: el carácter
de la lucha, igual táctica, igual astucia guerrera, la necesidad de fuerzas materiales en
retaguardia, para dar peso a las operaciones. También es el fin idéntico: el crecimiento
de la propia unidad vitalclase o nacióna costa de las demás.
Y
todo intento de eliminar ese elemento racial conduce tan sólo a desviarlo hacia otra
esfera; en vez de actuar entre Estados actuará entre partidos, entre comarcas, y si
también aquí se extingue la voluntad de crecimiento, actuará entre los séquitos de
aventureros a quienes voluntariamente se somete el resto de la población.
En
toda guerra entre potencias vitales se trata de saber quién gobernará el conjunto.
Siempre es una vida, nunca un sistema, una ley o un programa, quien lleva el compás en el
curso del suceder [238]. Ser el centro de acción, el elemento actuante de una multitud
[239], elevar la forma interna de la propia persona a forma de pueblos enteros y de
épocas enteras, tener el mando de la historia para colocar el propio pueblo o la estirpe
propia, con sus fines propios, a la cabeza de los acontecimientos, éste es el instinto
apenas consciente e irresistible que actúa en todo individuo de vocación histórica. No
hay más que historia personal y, por tanto, política personal. La lucha,
no de principios, sino de hombres, no de ideales, sino de rasgos raciales por el poder, es
lo primero y lo último; y las revoluciones no constituyen en esto excepción ninguna,
pues la «soberanía del pueblo» no es más que una palabra que expresa que el poder
soberano adopta el nombre de «jefe popular» en vez del nombre de rey. El método de
gobierno casi no varia, y desde luego no varía la situación de los gobernados. Y aun la
paz universal, siempre que ha existido, no ha sido otra cosa que la esclavitud de toda una
humanidad bajo el mando de un escaso número de tipos fuertes, decididos a mandar.
AI
concepto del poder efectivo le es esencial el estar dividida una unidad
vital-incluso entre los animalesen sujetos y objetos del gobierno. Es esto tan
evidente, que ni en las más difíciles crisiscomo la de 1789se pierde ni un
momento siquiera esta estructura interna de toda unidad de masas. Desaparece el titular,
pero no el cargo, y cuando realmente pierde un pueblo toda dirección en el torrente de
los acontecimientos y camina sin regla ni rumbo, esto quiere decir que su dirección se ha
trasladado afuera, que se ha convertido, como conjunto, en un objeto.
No
hay pueblos dotados de talento político. Sólo hay pueblos que están firmemente en la
mano de una minoría gobernante y que, por tanto, se sienten bien «en forma». Los
ingleses, considerados como pueblo, son tan imprudentes, tan estrechos y poco prácticos
en cosas políticas como cualquier otra nación. Pero poseen una tradición de
confianza, pese a su gusto por los debates y controversias públicos. La diferencia
está en que el inglés es objeto de un gobierno con antiquísimos y triunfantes hábitos,
gobierno al que el inglés se acomoda gustoso porque por experiencia conoce su utilidad.
Esa conformidad, que, vista desde fuera, parece comprensión, se convierte fácilmente en
la convicción de que el gobierno depende de su voluntad, aunque en realidad es al revés:
el gobierno es quien, por motivos técnicos, impone esa creencia al pueblo. La clase
gobernante en Inglaterra ha desarrollado sus fines y sus métodos con entera independencia
del «pueblo», y trabaja con y en una constitución no escrita, cuyas finezas,
completamente ateórcas, nacidas del uso, son tan imperceptibles como incomprensibles para
el no iniciado. Pero el valor de una tropa depende de su confianza en la dirección, y
confianza significa involuntaria renuncia a toda crítica. El oficial es quien convierte
el cobarde en héroe o el héroe en cobarde. Y esto es cierto para los ejércitos, los
pueblos, las clases, como para los partidos. El talento político de una, masa, no es
sino confianza en la dirección. Pero esta confianza precisa ser conquistada; madura
lentamente, se confirma en los éxitos y se solidifica con la tradición. Cuando en la
capa dominante faltan capacidades directivas, en los dominados falta el sentimiento de
seguridad, y ello se revela en toda suerte de crítica, sin instinto ni prudencia,
crítica que por su sola existencia hace que el pueblo «pierda su forma».
16
¿Cómo
se hace política? El verdadero hombre de Estado es ante todo un conocedor,
conocedor de hombres, situaciones, cosas. Tiene una «visión» que sin vacilar,
inmediatamente, abarca el circulo de las posibilidades. El conocedor de caballos examina
de un golpe de vista la actitud del animal y sabe qué probabilidades tiene en la carrera.
El jugador lanza una mirada al adversario y sabe la jugada inmediata. Hacer lo conveniente
sin «saberlo», tener la mano segura, la mano que acorta o alarga insensiblemente las
riendas; esto es justamente lo contrario del talento propio del hombre teórico. El
compás secreto de todo devenir es en el político y en las cosas históricas uno y el
mismo. Se adivinan, se acoplan perfectamente. Nunca el hombre de los hechos corre el
peligro de construir política de sentimientos y programas. No cree en las palabras
sonoras.
Continuamente
tiene en la boca la pregunta de Pilatos. El verdadero hombre de Estado está allende lo
verdadero y lo falso. No confunde la lógica de los acontecimientos con la lógica de los
sistemas. Las verdadeso los errores, que aquí es lo mismo no significan para
él sino corrientes espirituales que computa por sus efectos y cuya fuerza,
duración y dirección estima e introduce en sus cálculos, para el sino del poder
dirigido por él. Posee, sin duda, convicciones que le son muy caras; pero las posee como
hombre privado. Ningún político de alto rango se ha sentido al actuar vinculado por sus
convicciones. «El que obra no tiene conciencia; sólo el que contempla tiene conciencia»
(Goethe). Esto puede decirse de Sila y de Robespierre, como de Bismarck y de Pitt. Los
grandes papas y los jefes de los partidos ingleses, cuando tenían que dominar las cosas,
no han seguido otros principios que los que siguieron los conquistadores y caudillos de
todos los tiempos. Si de los actos de Inocencio III, que llevó a la Iglesia
Por
eso hace falta comprender el tiempo, para el cual se ha nacido. Quien no vislumbre
y comprenda las potencias más íntimas de la época; quien no sienta en si mismo algo
afín a ellas, algo que le empuja por vías indescriptibles en conceptos; quien crea en lo
superficial, en la opinión pública, en las palabras sonoras y en los ideales del día,
ese no está a la altura de los acontecimientos. Los acontecimientos le tienen a él, no
él a ¡os acontecimientos. ¡N0 mirar hacia atrás ni buscar el criterio en el pasado!
¡Menos aún mirar de lado hacia un sistema! En épocas como la actual o la de los Gracos,
hay dos clases de idealismo, ambas fatales: el reaccionario y el democrático. El primero
cree en la reversibilidad de la historia; el segundo, en un fin de la historia. Pero para
el inevitable fracaso que ambos vierten sobre la nación, en cuyo sino tienen poder, es
indiferente que haya sido sacrificado el país a un recuerdo o a un concepto. El verdadero
hombre de Estado es la historia en persona, es su dirección como voluntad individual, es
su lógica orgánica como carácter.
El
político de alto bordo debe, empero, ser educador en un sentido superior, no representar
una moral o doctrina, sino ofrecer un ejemplo en su acción [240]. Es bien conocido el
hecho de que ninguna nueva religión ha cambiado nunca el estilo de la existencia. Ha
penetrado la conciencia, ha impregnado el hombre espiritual, ha lanzado nueva luz
sobre un mundo allende este mundo, ha creado inmensurable beatitud por la fuerza de la
limitación, de la renuncia, de la paciencia, hasta la muerte. Pero no ha tenido nunca el
menor poder sobre las fuerzas de la vida. Sólo la gran personalidad, sólo el elemento
racial en ella, sólo la fuerza cósmica vinculada en la persona pueden realizar
creaciones en lo viviente, no por enseñanza, sino por crianza, transformando el tipo de
clases y pueblos enteros. No la verdad, el bien, lo sublime, sino el
romano, el puritano, el prusiano son hechos. El sentido del honor, el
sentimiento del deber, la disciplina, la decisiónnada de esto se aprende en libros,
sino que se despierta en el curso vital, por medio de
Pero
lo supremo no es obrar, sino poder mandar. Con el mando crece el individuo sobre si
mismo y se convierte en centro de un mundo activo. Hay una manera de mandar que
hace de la obediencia un hábito libre, orgulloso y distinguido.
Napoleón
no poseía esta manera. Un resto de sentido subalterno le impidió educar hombres y
no instrumentos registradores. No dominó por medio de personalidades, sino por órdenes.
Y habiéndole faltado este refinado tacto del mando, tuvo que hacer siempre por sí mismo
lo realmente decisivo y hubo de perecer lentamente en la desproporción entre los
problemas de su posición y los límites de la capacidad humana. Pero quien posee este
último y supremo don de humanidad perfecta, como César o Federico el Grande, ese siente
sin duda, en la noche de una batalla, cuando las operaciones llegan al término deseado y
con la victoria se decide la campaña, o al poner la firma última que cierra una época
de la historia, un maravilloso sentimiento de poder, que el hombre de las verdades nunca
conocerá. Hay momentos, y ellos señalan las cumbres de las corrientes cósmicas, en que
un individuo se sabe idéntico con el sino y centro del universo y siente su personalidad
casi como la cáscara en que la historia del futuro está formándose.
Lo
primero es hacer uno mismo algo; lo segundomenos aparente, pero más difícil y de
efecto lejano más profundo es crear una tradición, empujar en ella a los
demás, para que prosigan la propia obra, su ritmo y su espíritu, desencadenar un
torrente de actividades uniformes que ya no necesiten del primer jefe para mantenerse «en
forma». Así, el hombre de Estado se eleva a un rango que los antiguos hubieran
calificado de divino. Tómase creador de una nueva vida, fundador «espiritual» de una
raza joven. El mismo, como ser, desaparecerá a los pocos años. Pero una minoría por él
creadaotro
Fue
una gran debilidad de Bismarck, en comparación con Federico Guillermo I, el que, sabiendo
actuar, no supiera crear una tradición. No pudo producir junto al cuerpo de oficiales de
Moltke una raza correspondiente de políticos que se sintiese idéntica con su Estado y
los nuevos problemas de éste y que acogiese de continuo los hombres importantes de abajo,
infundiéndoles para siempre su ritmo de acción. Cuando no sucede esto, queda, en lugar
de una capa gobernante, una colección de cabezas que no pueden valerse ante lo
imprevisto.
Pero
si se realiza, entonces surge un pueblo «soberano», en el único sentido
digno de un pueblo y posible en el mundo de los hechos: una minoría perfectamente criada
y que se completa y renueva a si misma; una minoría con tradición segura, probada en
larga experiencia; una minoría que incluye en su esfera todos los talentos y los emplea,
y, por tanto, se encuentra en armonía con el resto del país gobernado. Semejante
minoría se convierte lentamente en una verdadera raza, incluso si una vez ha sido un
partido, y decide con la seguridad de la sangre y no del intelecto. Pero precisamente por
eso sucede en ella todo «por si mismo», sin necesidad del genio. Esto significa, por
decirlo asi, la substitución del gran político por la gran política.
Mas
¿qué es política?Es el arte de lo posible; este viejo vocablo casi lo dice
todo. El jardinero puede extraer una planta de la semilla o ennoblecer su tallo. Puede
desenvolver o destruir en ella disposiciones ocultas, el tronco y el aspecto, las flores y
los frutos. De la percepción que el hortelano tenga de lo posible y, por lo tanto,
necesario, depende la perfección, la fuerza, el sino todo de la planta. Pero la figura
fundamental y la dirección de su existencia, los periodos, la rapidez y duración de su
desarrollo, la «ley según la cual se suceden», no están en poder del hortelano. Tiene
que cumplirlos ella misma o perecer. Y otro tanto sucede a esas plantas enormes llamadas
«culturas» y a los torrentes de generaciones humanas inclusos en su mundo de formas
políticas. El gran hombre de Estado es el hortelano de un pueblo.
Todo
individuo activo ha nacido en un tiempo y para un tiempo. Con esto queda definido el
circulo de lo asequible para él. Para sus abuelos y sus nietos, otras fueron las
condiciones dadas y, por lo tanto, otros los fines y los problemas. El círculo de lo
asequible estréchase, además, por los limites de su personalidad y por las propiedades
del pueblo, situación y hombres con quienes ha de trabajar. El político de alto rango se
caracteriza porque rara vez ha de sacrificar algo que crea posible, ilusionándose sobre
esos limites, ni tampoco es frecuente que deje de ver lo que realmente puede realizarse. A
esta cualidad pertenecey ello debe repetirse una y otra vez para enseñanza
precisamente de los alemanesel no confundir lo que debe ser con lo que tiene que
ser. Las formas fundamentales del Estado y de la vida política, la dirección y estado de
su evolución están vinculados a una época y son inalterables. Todos los éxitos
políticos se consiguen con ellos, no contra ellos. Los adoradores de ideales políticos
crean de la nada. Son en su espíritu libres; pero sus construcciones ideológicas,
basadas en los conceptos aéreos de sabiduría, justicia, libertad, igualdad, son al cabo
siempre las mismas y reaparecen una y otra vez. Al que domina los hechos le basta empujar
imperceptiblemente lo que para él existe absolutamente. Esto parece poco, y, sin embargo,
aquí es donde comienza la libertad en sentido superior. Lo que aquí importa son los pequeños
rasgos, la última presión providente sobre el timón, el fino sentido de las más
delicadas oscilaciones en los pueblos y las almas particulares, El arte político es la
visión clara de las grandes líneas, trazadas inmutables, y la mano segura para lo singular,
lo personal, que dentro de esas líneas puede convertir una inminente fatalidad en un
éxito decisivo. El secreto de todas las victorias está en la organización de lo
imperceptible. Quien sabe desenvolverse de esta manera puede, como representante del
vencido, dominar al vencedor. así, Talleyrand en Viena. César, cuando su situación era
casi desesperada, puso en Luca el poder de Pompeyo insensiblemente al servicio de sus
fines, con lo que logró enterrarlo. Pero existe un limite peligroso de la posibilidad,
límite con el que casi nunca ha chocado el perfecto tacto de los diplomáticos barrocos,
siendo, en cambio, privilegio de ideólogos el tropezar de continuo con él. Hay giros en
la historia por los que el entendido se deja llevar durante buen tiempo para no perder la
dominación.
Cada
situación tiene determinada elasticidad, que conviene apreciar con la mayor exactitud. El
estallido de una revolución demuestra siempre falta de tacto político en los gobernantes
y en sus adversarios.
Lo
necesario debe hacerse a tiempo, cuando es aún una merced o regalo con que la
fuerza gobernante se afirma en la confianza de los gobernados. No debe realizarse como un
sacrificio que revela debilidad y provoca menosprecio. Las formas políticas son formas
vivientes que inevitablemente cambian en determinado sentido. Y cesa de estar «en forma»
quien pretenda obstaculizar ese curso o desviarlo en el sentido de un ideal. La nobleza
romana tuvo buen tacto en esto; la espartana, no. En el periodo de la democracia creciente
se ha alcanzado una y otra vez el momento fatal (en Francia 17891 en Alemania 1918) en que
ya era demasiado tarde para ofrecer la necesaria reforma como un libre obsequio; y
entonces hubiera sido mejor negarla con energía decidida, porque ya lo que significaba
era un sacrificio y, por tanto, la disolución. Pero quien no sabe ver la primera
necesidad a tiempo, desconocerá más seguramente la segunda. La marcha hacia Canossa
puede comenzar o demasiado pronto o demasiado tarde. Esta precisión es lo que decide que
los pueblos en lo futuro sean un sino para los demás o padezcan el sino de los demás.
Ahora bien; la democracia ascendente repite el mismo error y se empeña en conservar lo
que era el ideal de ayer. Este es el peligro del siglo XX. En todos los senderos del
cesarismo se encuentra
La
influencia que un hombre de Estado, incluso el de posición excepcionalmente fuerte,
ejerce sobre los métodos políticos es muy escasa. El politice de rango no se
engaña tampoco sobre este punto. Es su problema el laborar con la forma y en la forma
histórica dada. Sólo el teórico se entusiasma inventando formas mas ideales. Mas para
«estar en forma» política hace falta dominar en absoluto los recursos y medios más
modernos. En esto no hay elección posible. Los medios y los métodos están dados con
el tiempo y pertenecen a la forma interna del tiempo. Quien se equivoque en esto, quien
deje que sus gustos y sentimientos tengan más fuerza que su tacto, abandonará los
hechos, que se le irán de la mano. El peligro de una aristocracia consiste en ser
conservadora en los medios; el peligro de la democracia es confundir la fórmula con la
forma. Los medios del presente son todavía por muchos años los parlamentarios;
elecciones y prensa. Podrá pensarse acerca de ellos lo que se quiera, podrá
admirárseles o despreciarlos; pero hay que dominarlos. Bach y Mozart dominaban
los medios musicales de su época. Tal es el signo de toda maestría. No de otra suerte
sucede en el arte del Estado. Pero lo que importa no es la forma exterior visible para
todos; ésta es simplemente la vestidura de la otra. Por eso puede cambiar sin que nada
cambie en la esencia del suceder; puede reducirse a conceptos y textos constitucionales
sin tocar siquiera a la realidad, y la ambición de todos los revolucionarios y
doctrinarios se limita a mezclarse en ese juego de derechos, principios y libertades sobre
la superficie histórica. El hombre de Estado sabe que la extensión de un derecho
electoral es inesencial, comparada con la técnica de hacer elecciones, técnica
diferente entre atenienses o romanos, entre jacobinos, americanos y aun alemanes. ¿Qué
importa el texto de la Constitución inglesa ante el hecho de que su aplicación
está dominada por un pequeño número de familias distinguidas, de suerte que Eduardo VII
era un ministro de su Ministerio? Y por lo que se refiere a la prensa moderna, podrá el
místico descansar en la idea de que es constitucionalmente una prensa «libre»; el
entendido, en cambio, pregunta tan sólo: ¿A la disposición de quién está?.
La
política es, por último, la forma en que se cumple la historia de una nación dentro de
una pluralidad de naciones.
El
gran arte consiste en mantener la nación propia «en forma» interiormente, para afrontar
los acontecimientos exteriores.
Esta
es, no sólo para los pueblos, los Estados y las clases sociales, sino para toda unidad
viva, hasta los más sencillos enjambres animales y aun hasta el cuerpo singular, la
relación natural entre política interior y política exterior, la primera de las
cuales existe exclusivamente para la segunda y no al revés. El genuino
demócrata suele considerar la política interior como un fin en si; el diplomático de
término medio no piensa más que en la política exterior. Por esta razón los
éxitos de uno y de otro están todos en el aire. El maestro político se muestra sin duda
del modo más visible en la táctica de reformas interiores, en su actividad económica y
social, en la habilidad para mantener la forma pública del conjunto, los «derechos y
libertades» armónicos con el gusto de la época y al mismo tiempo dotados
de capacidad de ejercicio, en la educación de los sentimientos, sin los que es imposible
que un pueblo permanezca «en forma»: confianza, respeto a la dirección, conciencia de
la fuerza, contento y, si es necesario, entusiasmo. Pero todo eso recibe su valor cuando
se refiere al hecho fundamental de la historia superior: que un pueblo no está solo en el
mundo y que sobre su futuro decide la proporción de sus fuerzas respecto de los demás
pueblos y no la mera ordenación interna.
Y
como la visión del hombre corriente no llega tan lejos, ha de poseer esa visión aguda la
minoría regente, esa minoría en donde el hombre de Estado encuentra el instrumento para
realizar sus propósitos [242].
17
Para
la política primitiva de todas las culturas están fijamente dadas las potencias
directivas. Toda la existencia está estrictamente en forma patriarcal y simbólica; los
vínculos de la madre tierra son tan fuertes, la relación feudal y también el Estado de
clase son tan evidentes para la vida, que la política de los tiempos homéricos y
góticos se limita a actuar en el marco de la forma absolutamente dada. Estas formas
varían en cierto modo por si mismas. A nadie se le ocurre clara la idea de que esa sea
una tarea de la política, incluso cuando una monarquía es derrocada o una nobleza
sojuzgada. No hay más que política de clase, política imperial, papal, de los vasallos.
La sangre, la raza habla en empresas instintivas, semi conscientes; pues también el
sacerdote, por cuanto hace política, obra como hombre de raza. Todavía no han aparecido
los «problemas» del Estado. La soberanía y las clases primordiales, todo el mundo de
las formas primitivas, está establecido por Dios y dentro de su supuesto es como
combaten las minorías orgánicas, las facciones.
Pertenece
a la esencia de la facción la imposibilidad en que se halla de concebir que sea posible
cambiar el plan de las cosas. Lo que la facción quiere es conquistar un rango dentro del
orden dado; quiere fuerza y riqueza, como todo cuanto crece en un mundo creciente. Las
facciones son grupos en los que la afinidad de las casas, el honor, la fidelidad, las
alianzas de una intimidad casi mística, representan un papel y las ideas abstractas
quedan por completo excluidas.
Así
son las facciones en la época homérica y gótica, Telémaco y los pretendientes en
Itaca, los azules y los verdes bajo Justiniano, los güelfos y los gibelinos, las casas de
Lancaster y de York, los protestantes [243], los hugonotes y también las fuerzas
impulsivas de la fronda y de la primera tiranía. El libro de Maquiavelo alienta todo él
en este espíritu.
El
cambio aparece cuando, con la gran ciudad, toma la dirección la burguesía, la tercera
clase o la no-clase [244]. Ahora, por el contrario, es la forma política la que se
convierte en objeto de la lucha, en problema. Hasta entonces había sido producida por
maduramiento; ahora debe ser creada. Despierta la política; no es sólo que ahora es
entendida, sino que es, además, reducida a conceptos. Frente a la sangre y a la
tradición álzanse los poderes del espíritu y del dinero. En lugar de lo orgánico
aparece lo organizado; en lugar de la clase, el partido. Un partido no es un
producto de la raza, sino una colección de individuos. Por eso es tan superior a las
viejas clases en espíritu, como les es inferior en instinto. El partido es enemigo mortal
de toda articulación espontánea de las clases, cuya mera existencia contradice a la
esencia del partido. Justamente por eso el concepto de partido va unido siempre al
concepto negativo, destructivo, nivelador, de la igualdad. Ya no son
reconocidos los ideales de clase, sino los intereses de profesión [245].
Pero
lo mismo ocurre con el concepto de la libertad, que también es negativo [246]: los partidos
son un fenómeno puramente urbano. Con la completa liberación de la ciudad respecto
del campo, la política de clase cede el paso a la política de partido, ya tengamos de
ello conocimiento o no; en Egipto al final del Imperio medio, en China con los Estados en
lucha, en Bagdad y Bizancio con la época de los Abbassidas. En las grandes ciudades de
Occidente fórmanse los partidos de estilo parlamentario; en las ciudades-Estados de la
Antigüedad, los partidos del foro; y en los mavalí y en los frailes de Teodoro de
Studion [247] reconocemos partidos de estilo mágico.
Pero
siempre es la clase tercera, la no-clase, la unidad de la protesta contra la esencia misma
de la clase, la que en su minoría directiva«educación y posesión»se
presenta como un partido, con un programa, con un fin no sentido, sino definido y la
negación de todo cuanto no concibe el entendimiento.
Por
eso, en el fondo, no hay más que un solo partido, el de la burguesía, el liberal,
que tiene perfecta conciencia de ese rango.
Se
equipara al «pueblo». Sus enemigos, los que forman verdaderas clases, los
«aristócratas y los curas», son enemigos del «pueblo» y traidores al «pueblo». Su
opinión es la «voz del pueblo», que es inyectada en éste por todos los medios de la
propaganda políticala oración del foro, la prensa de Occidentepara luego ser
representada.
Las
clases primordiales son la nobleza y la clase sacerdotal.
El partido
primordial es el del dinero y el espíritu, el liberal, el de la gran ciudad. Aquí
está la profunda justificación de los conceptos de democracia y aristocracia, para todas
las culturas.
Es
aristocrático el desprecio del espíritu urbano; es democrático el desprecio dei
aldeano, el odio a la tierra [248]. Es la diferencia entre la política de clase y la
política de partido, entre la conciencia de clase y la opinión de partido,
entre la raza y el espíritu, entre el crecimiento espontáneo y la construcción. Es
aristocrática la cultura plena; es democrática la incipiente civilización de las
ciudades mundiales; hasta que la oposición queda anulada por el cesarismo. Asi como la
nobleza es la clase y el «tiers» resulta siempre incapaz de estar
realmente «en forma» de ese modo. asi también la nobleza no puede nunca, no diré
organizarse, pero ni sentirse como partido.
Pero
no es libre de renunciar a ello. Todas las constituciones modernas niegan las clases y se
fundan sobre los partidos, como forma fundamental evidente de la política. El siglo XIX
y, por tanto, también el siglo ni antes de Jesucristoes la época más
brillante de la política de partido. Su rasgo democrático obliga a la formación de contrapartidos,
y si antaño aun en el siglo XVIII el tiers se constituyó según el
modelo de la nobleza, como clase, ahora se forma según el modelo del partido liberal, un
partido conservador como arma defensiva [249], partido dominado enteramente por las
formas del liberal, partido aburguesado sin ser burgués y atenido a una táctica cuyos
modos y métodos están exclusivamente determinados por el liberalismo. Sólo les queda la
elección: o manejar estos métodos mejor que sus adversarios [250], o perecer. Pero uno
de los más profundos rasgos de la clase consiste en no comprender esta situación y
combatir no al enemigo, sino la forma, apelando a los extremos recursos, cosa que al
comienzo ,de toda civilización devasta la política interior de Estados enteros y los
entrega inermes al enemigo exterior. La necesidad para todo partido de aparecer en forma
burguesa se convierte en caricatura, cuando bajo las capas urbanas cultas y ricas se
organiza el resto en partido. El marxismo, que en teoría es una negación de la
burguesía, es hasta la médula burgués en su actitud y conducta como partido. Existe un
conflicto permanente entre la voluntad, por una parte, que necesariamente se sale del
marco de toda política de partido y, por ende, de toda constituciónambas cosas son
exclusivamente liberales, y que honradamente sólo podría denominarse guerra civil,
y, por otra parte, la actitud, que se cree obligatoria y que desde luego hay que adoptar
para conseguir en esta época algún éxito duradero. Pero la actitud de un partido de la
nobleza en un Parlamento es íntimamente tan falsa como la del proletariado. Sólo la
burguesía está aquí en su elemento.
En
Roma, los patricios y los plebeyos lucharon esencialmente como clases desde la
institución de los tribunos (471) hasta el reconocimiento de su poder legislativo en la
revolución de 287. A partir de este instante, su hostilidad no tiene ya mas que un
sentido genealógico. Nacen partidos que muy bien pueden llamarse liberal y conservador,
el populus [251], que da el tono en el foro, y la nobilitas, que se apoya en
el Senado. Hacia 287 se convierte éste, de un consejo familiar de las viejas estirpes, en
un consejo político de la aristocracia administrativa.
Próximos
al populus se hallan los comicios centuriados, escalonados según la fortuna, y los
equites, grupo de los grandes ricachos. Próxima a la nobilitas se halla la
clase aldeana muy influyente en los comicios tribunos. Recuérdese, en el primer caso, a
los Gracos y a Mario; en el segundo, a C. Flaminio; y basta con mirar detenidamente para
ver cambiada la posición de los cónsules y tribunos. Estos ya no son los hombres de
con-fianza, nombrados, respectivamente, por la primera y la tercera clase y cuya actitud
está definida por ello; ahora representan los partidos y cambian con estos. Hay cónsules
«liberales», como Catón el Antiguo, y tribunos «conservadores», como Octavio, el
enemigo de Ti. Graco. Ambos partidos designan sus candidatos para las elecciones e
intentan sacarlos por todos los medios de la propaganda demagógica; y si el dinero no ha
tenido éxito en las elecciones, lo tieney cada día másen los elegidos.
En Inglaterra,
los torys y los whigs se han constituido como partidos a principios del
siglo XVIII. En la forma ambos se han aburguesado, ambos han aceptado la letra del
programa liberal, con lo que la opinión públicacomo siemprese ha quedado
perfectamente convencida y satisfecha [252]. Este habilísimo y oportunísimo giro ha
hecho que no se formara un partido hostil a la clase, como en la Francia de 1789. Los
miembros de la Cámara baja convirtiéronse de delegados de la clase dominante en
representantes del pueblo, siguiendo, empero, en dependencia económica de aquella clase;
la dirección siguió en las mismas manos, y la oposición entre los partidos, para los
que desde 1830 se introdujo espontánea la denominación de liberal y conservador,
consistió en un más o menos, pero no en un esto o aquello. Son los mismos años en que
el sentimiento liberal literario de la «Joven Alemania» se convirtió en un credo de
partido; y los mismos también en que en América, bajo el presidente Jackson, se
organizó el partido republicano frente al democrático, y se reconoció en toda forma el
principio de que las elecciones son un negocio y que todos los funcionarios del Estado son
el botín del vencedor [253].
Pero
la forma de la minoría gobernante sigue un desenvolvimiento que de la clase pasa al
partido y de éste, inevitablemente, al séquito de un individuo. El final de la
democracia y su conversión en cesarismo se manifiesta, pues, no en que desaparezca el
partido de la tercera clase, sino en que desaparece el partido como forma en general. La
convicción, el fin popular, los ideales abstractos de toda auténtica política de
partido dejan de existir y en su lugar aparece la política privada, la irreprimida
voluntad de poder, que manifiestan unos pocos hombres de raza. Una clase posee instintos,
un partido tiene un programa; pero un séquito tiene un señor: este es el camino que del
patriciado y la plebe pasa por los optimates y populares para llegar a los pompeyanos y
cesarianos. La época de la auténtica dominación de los partidos comprende apenas dos
siglos, y para nosotros hállase ya desde la guerra mundial en plena decadencia. El hecho
de que toda la masa electoral, movida por un común impulso, envié hombres para que
gestionen sus ideales, como creen ingenuamente todas las constituciones, no es posible mas
que en los comienzos, en el primer ímpetu, y supone que no existen ni los indicios de una
organización de determinados grupos. Así era en la Francia de 1789; así en la Alemania
de 1848. Pero con la existencia de una asamblea va unida en seguida la formación de
unidades tácticas, cuya cohesión obedece a la voluntad de afirmar la posición
dominante conquistada, y que no se consideran, ni mucho menos, como los altavoces por
donde hablan sus electores, sino al revés, se esfuerzan por todos los medios de la
propaganda en captar el ánimo de los votantes, para utilizarlos en pro de sus propios
fines. Una dirección popular, cuando se ha organizado, se convierte en el instrumento
de la organización, y avanza incesantemente por ese camino, hasta que la organización
misma se convierte en instrumento de su jefe. La voluntad de poderío es más fuerte que
toda teoría. Al principio surge la dirección y el aparato para servir al programa; luego
son éstos defendidos por sus posesores para conservar el poderío y el provecho, como es
hoy muy general el caso de que en todos los países miles de personas viven del partido y
de los cargos y negocios que el partido da. Por último, el programa desaparece del
recuerdo y la organización labora por sí sola.
Todavía
con Escipión el viejo y Qu. Flaminino puede hablarse de amigos que los acompañan en la
guerra; pero Escipión el joven se ha formado ya una cohors amicorum primer ejemplo
de un séquito organizado, que trabaja también en los tribunales de justicia y en las
elecciones [254]. Igualmente la relación de fidelidad entre el patrón y el cliente,
relación que primordialmente era toda patriarcal y aristocrática, se desarrolla en forma
de una comunidad de intereses con bases materiales; y ya antes de César existen acuerdos
escritos entre candidatos y electores, con exacta determinación del pago y de la
contraprestación.
Por
otra parte se forman, exactamente como hoy en América, clubs y sociedades electorales,
que dominan la masa de los electores del distrito, para tratar sobre el negocio electoral,
de potencia a potencia, con los grandes Jefes, precursores de los Césares [255]. Esto no
es un fracaso de la democracia, sino su sentido y su necesario resultado final, y las
quejas de los idealistas soñadores sobre esta destrucción de sus esperanzas caracteriza
tan sólo la ceguera que padecen para la inflexible dualidad de las verdades y los hechos,
y el vinculo interior del espíritu y el dinero.
La teoría
político-social es sólo una baseaunque necesariade la política de partido.
La orgullosa serie que va de Rousseau a Marx tiene su «pendant» en los antiguos, desde
los sofistas hasta Platón y Zenón. En China, los rasgos fundamentales de las doctrinas
correspondientes pueden reconocerse en la literatura confuciana y taoística. Basta citar
el nombre del socialista Moh-Ti. En la literatura bizantina y arábiga de la época
abbassida, donde el radicalismo aparece siempre en forma severamente ortodoxa, ocupan un
amplio espacio y actúan como fuerzas impulsoras en todas las crisis del siglo IX. En
Egipto y en la India su existencia se demuestra por el espíritu de los acontecimientos en
las épocas de los Hycsos y de Buda. No necesitan expresión literaria. No menos eficaz es
la propaganda oral, la predicación en sectas y hermandades, tan corrientes en las
direcciones puritanas, esto es, en el Islam y en el Cristianismo anglo americano.
¿Son
esas doctrinas «verdaderas» o «falsas»? Esta pregunta carece de sentido para el mundo
de la historia política. Hay que repetirlo constantemente. La «refutación», por
ejemplo, del marxismo pertenece a la esfera de las disertaciones académicas o debates
públicos, donde siempre tiene cada cual razón y los demás nunca. Lo que importa es si
son eficaces, desde cuándo y para cuánto tiempo es la creencia en la posibilidad de
mejorar el mundo, según un sistema ideológico, una potencia con la cual haya de contar
la política. Nos encontramos en un tiempo de ilimitada confianza en la omnipotencia de la
razón.
Los
grandes conceptos universales, libertad, derecho, humanidad, progreso, son sagrados. Las
grandes teorías son evangelios. Su fuerza de persuasión no descansa en razones, pues la
masa de un partido no tiene ni la energía crítica ni la distancia suficiente para
examinarlas en serio, sino en la consagración sacramental de sus grandes lemas. Sin duda
este encanto se limita a la población de las grandes urbes y a la época del
racionalismo, «religión de los educados» [256]. No tiene influjo sobre el aldeano, y
sí lo tiene sobre la masa ciudadana es por cierto tiempo; pero lo tiene con la energía
de una nueva revelación.
Hay
conversiones; las gentes se adhieren con devoción a las palabras y a sus profetas; hay
mártires en las barricadas, en los campos de batalla, en los cadalsos; ante las miradas
febriles se abre un paraíso futuro político y social, y la crítica sobria parece
mezquina y profana y digna de la muerte.
Por
eso libros como el Contrato social y el Manifiesto comunista son poderes de
primer orden, en la mano de hombres de voluntad que han sabido encumbrarse en la vida de
partido y formar y utilizar la convicción de las masas dominadas [257].
Pero
la fuerza de estas ideas abstractas no se extiende más de los dos siglos que dura la
política de partido. Al fin ya no son refutadas, sino tediosas. Hace ya tiempo que
Rousseau es aburrido. Marx lo será en breve. Por último, no es ya esta o aquella teoría
lo que se abandona, sino la fe misma en toda teoría, y con ella el optimismo del siglo
XVIII, que creyó poder mejorar los hechos insuficientes merced a la aplicación de
conceptos. Cuando Platón, Aristóteles y sus contemporáneos definieron y mezclaron las
formas antiguas de constitución para obtener la más sabia y la más bella, todo el mundo
escuchó atento, y precisamente Platón, en su intento de transformar a Siracusa, según
receta ideológica, arruinó esta ciudad [258].
Creo
también seguro que los Estados meridionales de China fueron estropeados por experimentos
filosóficos de la misma especie, cayendo inermes en manos del imperialismo de Tsin [259].
Los jacobinos, fanáticos de la libertad e igualdad, han entregado a Francia, desde el
directorio, para siempre, al dominio alternativo del ejército y de la bolsa, y toda
revuelta socialista abre nuevas vías al capitalismo. Pero cuando Cicerón escribió su
libro del Estado para Pompeyo, y Salustio escribió sus dos libros de advertencias para
César, nadie ya hizo caso. En Ti. Graco quizá pueda reconocerse aún una influencia de
aquel entusiasta estoico Blossio, que se suicidó después, habiendo causado la ruina de
Aristoneikos de Pergamo [260]. Pero en el último siglo anterior a Cristo ya las teorías
son un tema manido de la escuela y ya de lo que se trata es de la fuerza nada más.
Nadie
debe engañarse: para nosotros termina ahora la época de la teoría. Los grandes sistemas
del liberalismo y el socialismo han nacido todos entre 1750 y 1850. El de Marx tiene ya
casi un siglo y es el último que ha quedado. Interiormente significa, con su concepción
materialista de la historia, la consecuencia extrema del racionalismo y, por lo tanto, un
punto final. Pero así como la fe en los derechos del hombre (Rousseau) perdió su
energía hacia 1848, así la fe en Marx pierde su fuerza con la guerra mundial. El que
compare la devoción hasta la muerte que las ideas de Rousseau hallaron en la Revolución
francesa, con la actitud de los socialistas en 1918, que hubieron de mantener ante sus
partidarios y en éstos mismos una convicción que ya no poseían, y no por la idea, sino
por el poder que de ello dependía; quien haga esa comparación verá prefijado el camino
por donde ha de ir al fin todo programa, pues que ya sólo representa un obstáculo en la
pugna por el poder. La fe en los programas caracteriza al abuelo; para el nieto esa fe es
prueba de provincialismo. En su lugar empieza a germinar ya hoy una nueva devoción
resignada, que arraiga en la miseria del alma y la tortura de la conciencia, una devoción
que ya no pretende reformar este mundo y que en lugar de los conceptos crudos busca el
misterio, y ha de encontrarlo en las profundidades de la segunda religiosidad [261].
18
Este
es un aspecto, el aspecto verbal del gran hecho democracia. Réstanos considerar el
otrodecisivo, el de la raza [262].
La
democracia hubiera permanecido en las cabezas y en el papel, si no hubiese habido entre
sus defensores algunas naturalezas señoriales para quienes el pueblo no era sino objeto y
los ideales sino medios, bien que esos hombres no se hayan dado siempre cuenta de ello.
Todos los métodos, incluso los más inocentes, de la demagogiaque es por dentro lo
mismo que la diplomacia del antiguo régimen, sólo que aplicada a las masas en vez de a
los príncipes y embajadores, enderezada a opiniones violentas y explosiones de voluntad
en vez de dirigida a refinados espíritus, una orquesta de instrumentos de cobre en vez de
la vieja música de cámara, han sido elaborados por demócratas honrados, pero
prácticos, y los partidos de la tradición los han aprendido de éstos.
Pero,
desde luego, lo que caracteriza la vía de la democracia es que los creadores de
constituciones populares no han adivinado jamás los efectos reales de sus bosquejos; ni
el creador de la constitución «serviana» en Roma, ni la Asamblea nacional de París.
Estas formas no han crecido espontáneamente, como el feudalismo, sino que han sido obra
de reflexión, y no sobre la base de un profundo conocimiento de hombres y cosas, sino
sobre representaciones abstractas del derecho y la justicia; por eso se abre un abismo
entre el espíritu de las leyes y las costumbres prácticas, que se forman en silencio
bajo la presión de las leyes, para adaptarlas al ritmo de la vida real o mantenerlas
alejadas de ésta. Sólo la experiencia ha mostrado, al cabo de la evolución, que los
derechos del pueblo y la influencia del pueblo son cosas distintas. Cuanto más general es
el sufragio, tanto menor es el poder de los electores.
En
los comienzos de una democracia todo el campo pertenece al espíritu. Nada hay más noble
y puro que la sesión de la noche del 4 de agosto de 1789 y el juramento del juego de
Pelota o los entusiasmos en la iglesia de San Pablo, de Francfort, donde con el poder en
las manos se discutió sobre verdades universales, tanto tiempo, que los poderes de la
realidad pudieron reunirse y eliminar a los soñadores. Pero bien pronto se presenta la
otra magnitud de toda democracia, haciendo patente el hecho de que para hacer uso de los
derechos constitucionales hay que tener dinero [263]. Para que un derecho electoral
realice aproximadamente lo que el idealista imagina, hace falta que no haya jefatura
organizada que influya sobre los electores en su propio interés y en la medida del dinero
disponible. Pero cuando dicha jefatura existe, ya la elección sólo significa una como
censura que la masa ejerce sobre las organizaciones particulares, en cuya formación no
tiene, al fin, la menor influencia.
Igualmente
el derecho fundamental, ideal, de las constituciones occidentales, el derecho de la masa a
escoger libremente sus representantes, es mera teoría, pues toda organización
desarrollada se completa, en realidad, a sí misma [264]. Por último, despunta el
sentimiento de que el sufragio universal no contiene ningún derecho real, ni siquiera el
de elegir entre los partidos; porque los poderes, alimentados por el sufragio, dominan
merced al dinero todos los medios espirituales de la palabra y la prensa, y de esta suerte
desvían la opinión del individuo sobre los partidos, a su gusto, mientras que, por otra
parte, disponiendo de los cargos, la influencia y las leyes, educan un plantel de
partidarios incondicionales, justamente el «Caucus», que elimina a los restantes y los
reduce a un cansancio electoral que ni en las grandes crisis puede ya ser superado.
Al
parecer, existe una poderosa diferencia entre la democracia occidental parlamentaría y
las democracias de la civilización egipcia, china, árabe, que no conocen la idea de
elecciones populares. Pero para nosotros, en esta época, la masa, como cuerpo
electoral, está «en forma», en el mismo sentido exactamente en que lo estaba antes,
cuando era cuerpo de subditos, esto es, que sigue siendo un objeto para un sujeto, como
lo era en Bagdad y Bizancio en figura de secta o clero regular, y en otros lugares en
figura de ejército dominante, o asociación secreta o Estado particular dentro del
Estado. La libertad es, como siempre, puramente negativa [265]. Consiste en la repulsa de
la tradición, de la dinastía, de la oligarquía, del califato. Pero el poder efectivo
pasa en seguida de estas formas a otras potencias nuevas, jefes de partido, dictadores,
pretendientes, profetas y su séquito. Y ante éstos sigue siendo la masa objete sin
condiciones [266]. El «derecho del pueblo a regirse a sí mismo» es una frase
cortés; en realidad, todo sufragio universalinorgánico. nula bien pronto el
sentido primordial de la elección. Cuanto más a fondo quedan eliminadas las espontáneas
articulaciones de clases y profesiones, tanto más amorfa se toma la masa electoral y
tanto más indefensa queda entregada a los nueves poderes, a los jefes de partido que
dictan a la masa su voluntad, con todos los medios de la coacción espiritual, que luchan
entre si la lucha por el poder con métodos ignorados e incomprendidos por la masa y que
esgrimen la opinión pública como arma para atacarse unos a otros. Así, la democracia va
empujada por un impulso irresistible que la conduce a anularse a si misma [267].
Los
derechos fundamentales de un pueblo antiguo (demos, populus] se extienden a la
ocupación de las altas magistraturas políticas y a la justicia [268]. Para ello estaba
«en forma» en el foro. Estaba allí en sentido euclidiano, masa corporalmente presente,
reunida en un punto, en donde era objeto de una preparación típicamente antigua, con
medios próximos, corpóreos, sensibles; con una retórica que actuaba inmediatamente
sobre todos los oídos y los ojos, retórica que, con sus recursos, para nosotros
repugnantes e insoportableslágrimas fingidas, vestiduras rasgadas [269],
desvergonzado encomio de los presentes, extravagantes mentiras sobre los adversarios,
copioso arsenal de brillantes giros y sonoras cadencias, nació exclusivamente en
ese punto y para ese fin. También actuaban sobre aquella masa los juegos, los regalos,
las amenazas, los golpes, pero sobre todo el dinero. Conocemos los comienzos de esto por
la Atenas de 400 [270] y el! final, en proporciones horrorosas, por la Roma de César y
Cicerón. Ocurre lo de siempre: el nombramiento de los representantes de la clase se
convierte en pugna entre candidatos de partido. Con lo cual queda preparado el campo para
la actuación del dinero, actuación que desde Zaina crece en dimensiones de un modo
tremendo.
«Cuanta
mayor fue la riqueza que se encontraba en las manos de algunos individuos, tanto más se
convertía la lucha política en cuestión de dinero» [271]. Con esto está dicho todo.
Sin embargo, en un sentido profundo sería falso hablar de corrupción.
No
se trata de una degeneración de la práctica; es la práctica misma, la práctica de la
democracia madura, la que toma estas formas con necesidad fatal. El censor Appio Claudio
(310), que sin duda era un auténtico helenista, un ideólogo de la
Constitucióncomo cualquier personaje del circulo de madame Roland, pensó
seguramente siempre, al hacer su reforma, en derechos electorales y no en el arte de hacer
elecciones; pero aquellos derechos preparan este arte. En este arte es donde se revela la
raza, que pronto se impone por completo. Dentro de una dictadura del dinero no puede
considerarse la labor del dinero como una corrupción.
La
carrera romana de las magistraturas, desde que se verificaba en forma de elecciones,
requería un capital que hacia del político incipiente el deudor de los que le rodeaban.
Sobre todo el cargo de edil, en el que había que sobrepujar a los antecesores mediante
juegos públicos, para obtener en adelante los votos de los espectadores. Sila perdió su
primera elección de pretor porque no había sido antes edil. Añádase a esto el
brillante séquito con que habla que presentarse en el foro para adular a la masa ociosa.
Había una ley que prohibía el pago de los acompañantes; pero todavía era más caro
obligar a personas distinguidas con préstamos, recomendaciones para cargos y negocios y
defensas ante los tribunales, que imponían a los defendidos el deber de acompañar y
visitar por las mañanas al defensor. Pompeyo era patrón de medio mundo, desde los
aldeanos de Picenum hasta los reyes de Oriente; representaba y protegía a todos; éste
era su capital político, capital que pudo oponer a los préstamos sin interés de Craso y
a los «dorados» [272], que el conquistador de Galia confería a todos los ambiciosos. A
los electores se les servían comidas por distritos [273], se les señalaban entradas para
los juegos de gladiadores o, como Milón hacia, se les remitía el dinero a casa.
Cicerón llama a esto respetar las costumbres de los padres. El capital electoral llegó a
adquirir dimensiones americanas y a veces alcanzó a centenares de millones de sestercios.
Durante las elecciones del 54 el interés del dinero subió de 4 a 8 por 100, porque la
mayor parte de las enormes masas metálicas que había en Roma fue dedicada a la
propaganda. César, siendo edil, gastó tanto, que Craso hubo de garantizarlo por veinte
millones para que los acreedores le dejasen marchar a la provincia; y en las elecciones de
pontífice máximo volvió a abusar de su crédito hasta tal punto, que su adversario
Cátulo pudo ofrecerle dinero si se retiraba, pues de no vencer estaba perdido. Pero la
conquista y explotación de Galiaque por eso mismo acometióhizo de él el
hombre más rico del mundo.
En
este momento ya propiamente estaba ganada la batalla de Farsalia [274]. Pues César
conquistó esos millares de millones para tener poder, como Cecil Rhodes, y no por
afición a la riqueza, como Verres, y, en el fondo, como Craso, gran financiero con
aficiones políticas. Comprendió César que sobre el suelo de una gran democracia los
derechos constitucionales no son nada sin dinero y lo son todo con dinero. Cuando Pompeyo
soñaba con poder sacar legiones de la tierra, ya César las había obtenido merced a su
dinero. César se encontró con estos métodos; los aplicó con maestría, pero no se
identificó con ellos.
Hay
que comprender claramente que hacia 150 los partidos que se habían formado en torno a
ciertos principios, comienzan a convertirse en los séquitos personales de ciertos
hombres, que tenían fines políticos personales y dominaban el manejo de las armas de su
tiempo.
Además
del dinero era necesario tener influencia en los tribunales. Como las asambleas populares
antiguas se limitaban a votar, y no deliberaban, el proceso ante los Rostra era una
forma de la lucha partidista, y propiamente constituía la escuela de la elocuencia política.
El joven político comenzaba su carrera acusando y si le era posible aniquilando alguna
gran personalidad [275], como Craso, a los diecinueve años, acusó y venció al famoso
Papirio Carbon, amigo de los Gracos, que más tarde se pasó a los optimates. Catón fue,
por el mismo motivo, acusado cuarenta y cuatro veces y siempre absuelto.
La
cuestión de derecho no era en esto lo importante [276]. La posición política de los
jueces, el número de los patronos, la extensión y cuantía del séquito constituyen los
elementos decisivos; y el número de los testigos sirve sólo propiamente para poner de
manifiesto el poder político y financiero del acusador.
Toda
la elocuencia de Cicerón contra Verres tiende, bajo la máscara de un suntuoso pathos
moral, a convencer a los jueces de que su interés de clase les manda condenar al
acusador.
Según
la concepción antigua general, es evidente que el que tiene asiento en el tribunal ha de
servir a los intereses privados y a los intereses de partido. Los acusadores democráticos
en Atenas solían, al término de sus discursos, advertir a los jurados del pueblo que sí
absolvían al acusado rico perderían sus devengos procesales [277]. La gran fuerza del
Senado descansa en gran parte en el hecho de que, ocupando todos los tribunales, tenía en
sus manos el destino de todo ciudadano. Puede, pues, comprenderse la trascendencia de la
ley de 122, presentada por C. Graco, transfiriendo los tribunales a la clase de los equites
(caballeros), lo cual equivalía a entregar la nobleza, esto
es,
los altos magistrados, al mundo financiero [278]. Sila, en el año 83, además de las
proscripciones de los grandes ricachos, decretó también la devolución al Senado de los
tribunales, como arma política, naturalmente, y la lucha final de los poderosos
halla también su expresión en el constante cambio en el modo de nombrar a los jueces.
Así,
pues, la antigüedady el foro romano el primero reunía la masa popular en un
cuerpo sólido y visible, para obligarla a hacer de sus derechos el uso que los dirigentes
querían. En época «correspondiente», la política europeo- americana ha creado por
la prensa un campo de fuerza, con tensiones espirituales y monetarias, que se extiende
sobre la tierra entera y en el que todo individuo está incluso, sin darse cuenta,
de modo que ha de pensar, querer y obrar como tiene por conveniente cierta dominante
personalidad en lejano punto del globo. Es esto dinamismo en vez de estática; es
sentimiento fáustico en vez del apolíneo y pathos de la tercera dimensión en vez de
presente puro y sensible. No se habla de hombre a hombre; la prensa, y con ella el
servicio de noticias radiotelefónicas y telegráficas, mantienen la conciencia de pueblos
y continentes enteros bajo el fuego graneado de frases, lemas, puntos de vista, escenas,
sentimientos, y ello día por día, año por año, de modo que el individuo se convierte
en mera función de una «realidad» espiritual enorme. El dinero hace su camino
político, bien que no como metal que pasa de una mano a otra. No se transforma tampoco en
juegos y en vino. Se transforma en energía y determina por su cuantía la intensidad de
la propaganda.
La
pólvora y la imprenta guardan una relación íntima.
Ambas
han sido inventadas en el alto gótico; ambas proceden del pensamiento germánico de la
técnica; ambas son los grandes medios de la táctica fáustica a larga distancia.
La Reforma, a principios de la época posterior, vio las primeras hojas volantes y las
primeras piezas de campaña. La Revolución francesa, a principios de. la civilización,
vio el primer gran ataque de folletos, en otoño de 1788 y en Valmy el primer fuego en
masa de la artillería. Con esto la palabra impresa, preparada en enormes masas y
extendida sobre infinitos planos, se convierte en arma terrible en las manos de quien sepa
manejarla. En Francia tratábase en 1788 de una expresión espontánea de
convicciones privadas; pero en Inglaterra ya se había llegado al punto de producir
metódicamente cierta impresión en los lectores. El primer gran ejemplo de esta táctica
es la guerra de artículos, hojas volantes, memorias apócrifas que desde Londres se
lanzaban contra Napoleón, incluso en territorio francés. Las hojas sueltas del siglo
XVIII se convierten en «la prensa», como se dice con significativa anonimidad [279]. La
campaña de prensa surge como continuacióno preparación de la guerra con
otros medios; y su estrategia, combates de vanguardia, maniobras aparentes, sorpresas,
ataques en masa, se ha ido perfeccionando durante el siglo XIX, hasta el punto de que una
guerra puede estar perdida antes de disparar el primer tiro, porque la prensa, entretanto,
la ha ganado.
Hoy
vivimos tan entregados sin resistencia a la acción de esa artillería espiritual, que
pocos son los que conservan la distancia interior suficiente para ver con claridad lo
monstruoso de este espectáculo. La voluntad de poderío, revestida en forma puramente
democrática, ha llegado a su obra maestra, ya que el sentimiento de libertad se siente
acariciado y halagado por la misma técnica que le impone la más completa servidumbre que
ha existido Jamás. El sentido liberal burgués está orgulloso de haber suprimido
la censura, la última barrera; mientras tanto el dictador de la
prensaNorthcliffemantiene a sus rebaños de esclavos lectores bajo el látigo
de sus artículos, telegramas e ilustraciones. La democracia ha substituido en la vida
espiritual Se las masas populares el libro por el diario. El mundo de los libros, con
su abundancia de puntos de vista, que obligaba el pensamiento a crítica y selección, ya
sólo existe en realidad para círculos pequeños. El pueblo lee un diario, «su»
diario, que en millones de ejemplares entra todos los días en todas las casas, mantiene a
los espíritus bajo su encanto, hace que se olviden los libros y, si uno u otro de éstos
se insinúa alguna vez en el circulo visual, elimina su efecto mediante una critica
parcial,
¿Qué
es la verdad? Para la masa, es la que a diario lee y oye. Ya puede un pobre tonto
recluirse y reunir razones para establecer «la verdad»seguirá siendo simplemente su
verdad.
La
otra, la verdad pública del momento, la única que importa en el mundo efectivo de las
acciones y de los éxitos, es hoy un producto de la prensa. Lo que ésta quiere es la
verdad. Sus jefes producen, transforman, truecan verdades. Tres meses de labor
periodística, y todo el mundo ha reconocido la verdad [280].
Sus
fundamentos son irrefutables mientras haya dinero para repetirlos sin cesar. La antigua
retórica también procuraba más impresionar que razonarShakespeare, en el discurso
de Antonio, ha mostrado brillantemente que éralo importante; pero se limitaba a los
presentes y al instante. El dinamismo de la prensa quiere efectos permanentes. Ha
de tener a los espíritus permanentemente bajo presión. Sus argumentos quedan
refutados tan pronto como una potencia económica mayor tiene interés en los contra
argumentos y los ofrece con más frecuencia a los oídos y a los ojos. En el instante
mismo, la aguja magnética de la opinión pública se vuelve hacia el polo más fuerte.
Todo el mundo se convence en seguida de la nueva verdad. Es como si de pronto se
despertase de un error.
Con
la prensa política se relaciona la necesidad de educación escolar, educación que la
antigüedad desconocía por completo. Hay en esto un afán inconsciente de reducir las
masas, como objeto de la política de partido, a la violencia del diario.
Para
el idealista de la democracia primera esto era «ilustración»; y aun hoy existen acá y
allá algunas cabezas débiles que se entusiasman con la idea de la libertad de la prensa.
Pero
eso precisamente es lo que da vía libre a los futuros cesares de la prensa mundial. El
que sepa leer cae bajo su imperio; y la ensoñada autonomía se convierte, para la
democracia posterior, en una radical servidumbre de los pueblos bajo los poderes que
disponen de la palabra impresa.
La
lucha hoy gira alrededor de esas armas. En los ingenuos primeros tiempos, el poderío
periodístico era menoscabado por la censura, que servía de arma defensiva a los
representantes de la tradición. Entonces la burguesía puso el grito en el cielo,
proclamando en peligro la libertad del espíritu. Hoy la masa sigue tranquilamente su
camino; ha conquistado definitivamente esa libertad; pero entre bastidores se combaten
invisibles los nuevos poderes, comprando la prensa. Sin que el lector lo note, cambia el
periódico y, por tanto, el amo [281]. También aquí triunfa el dinero y obliga a su
servicio a los espíritus libres. No hay domador de fieras que tenga mejor domesticada a
su jauría. Cuando se le da suelta al pueblomasa de lectoresprecipitase por
las calles, lánzase sobre el objetivo señalado, amenaza, ruge, rompe. Basta un gesto al
estado mayor de la prensa para que todo se apacigüe y serene. La prensa es hoy un
ejército, con armas distintas, cuidadosamente organizadas; los periodistas son los
oficiales; los lectores son los soldados. Pero sucede aquí lo que en todo ejército: el
soldado obedece ciegamente y los cambios de objetivo y de plan de operaciones se verifican
sin su conocimiento. El lector no sabe nada de lo que sucede y no ha de saber tampoco el
papel que él representa.
No
hay más tremenda sátira contra la libertad de pensamiento.
Antaño
no era licito pensar libremente; ahora es licito hacerlo, pero ya no puede hacerse.
Piénsase tan sólo qué sea lo que debe quererse; y esto es lo que se llama hoy libertad.
Otro
aspecto de esta libertad es que, siéndole licito a todo el mundo decir lo que quiera, la
prensa es también libre de tomarlo en cuenta y conocimiento o no. Puede la prensa
condenar a muerte una «verdad»; bástale con no comunicarla al mundo. Es esta una
formidable censura del silencio, tanto más poderosa cuanto que la masa servil de los
lectores de periódicos no nota su existencia [282]. Resurge aquí, como siempre sucede en
los alumbramientos del cesarismo, un trozo de la época primitiva desaparecida [283]. El
circulo del acontecer está a punto de cerrarse. Así como en los edificios de cemento y
acero resurge de nuevo la voluntad expresiva del primer goticismo, pero fría, dominada,
civilizada, así también anunciase aquí la férrea potencia de la iglesia gótica sobre
los espíritus en forma de «libertad democrática». La época del «libro» queda
encuadrada entre el sermón y el periódico. Los libros son expresión personal;
pero el sermón y el periódico obedecen a un fin impersonal. Los años de la
escolástica ofrecen en la historia universal el único ejemplo de una crianza espiritual
que no permite en ningún país libro, discurso, pensamiento alguno que contradiga a la
unidad querida. Es este un dinamismo espiritual. Los antiguos, los indios, los
chinos hubieran visto con horror este espectáculo. Pero Justamente resurge esto como
resultado necesario del liberalismo europeo-americano; como decía Robespierre, es:
«el despotismo de la libertad contra los tiranos». En lugar de la hoguera aparece ahora
el gran silencio. La dictadura de los Jefes de partido se apoya sobre la dictadura de la
prensa. Por medio del dinero se pretende arrebatar a la esfera enemiga enjambres de
lectores y pueblos enteros, para reducirlos al propio alimento intelectual. El lector se
entera de lo que debe saber y una voluntad superior informa la imagen de su mundo.
Ya no hace falta obligar a los subditos al servicio de las armas, como hacían los
príncipes de la época barroca. Ahora se fustigan sus espíritus con artículos,
telegramas, ilustraciones¡Northcliffe!hasta que ellos mismos exigen
las armas y obligan a sus jefes a una guerra a la que estos jefes querían ser
obligados.
Este
es el final de la democracia. Si en el mundo de las verdades la prueba lo decide todo, en
el mundo de los hechos es el éxito lo decisivo. El éxito significa el triunfo de
una corriente vital sobre otras. La vida se ha impuesto; los ensueños de místicos
filántropos se han convertido en instrumentos que manejan las naturalezas dominadoras. En
la democracia posterior resurge la raza y esclaviza los ideales o los tira con
sarcasmo al arroyo. Asi sucedió en la Tebas egipcia, en Roma, en China; pero en ninguna
civilización adoptó la voluntad de poderío una forma tan implacable. El pensamiento, y
con él la acción de la masa, queda sujeto bajo una presión de hierro. Por eso, y sólo
por eso, se es lector y elector, esto es, dos veces esclavo. Mientras tanto los partidos
se convierten en obedientes séquitos de unos pocos, sobre los cuales el cesarismo ya
empieza alanzar sus sombras. Así como la monarquía inglesa en el siglo XIX, asi los
Parlamentos en el XX serán poco a poco un espectáculo solemne y vano. Como allí el
cetro y la corona, asi aquí los derechos populares serán expuestos a la masa con gran
ceremonia y reverenciados con tanto más cuidado cuanto menos signifiquen. Esta es la
razón de por qué el prudente Augusto no desperdició ocasión de acentuar los
usos sagrados de la libertad romana. Pero ya hoy el poder se muda de casa y de los
Parlamentos se traslada a círculos privados; igualmente las elecciones se convierten en
una comedía. lo mismo para nosotros que en la antigua Roma. El dinero organiza la cosa en
interés de los que lo tienen [284] y las elecciones se tornan un juego preparado que se
pone en escena como si fuera la autonomía del pueblo. Y si primordialmente toda elección
era una revolución en formas legales, esta forma ya se ha agotado y no queda más
que «elegir» uno mismo su sino con los medios primitivos de la fuerza sangrienta, cuando
la política del dinero resulta intolerable.
Por
el dinero la democracia se anula a sí misma, después que el dinero ha anulado el
espíritu. Mas justamente porque todos los ensueños han volado, aquellos ensueños
de que la realidad pudiera cambiarse por las ideas de un Zenón o de un Marx; Justamente
por haber aprendido que, en el reino de la realidad, una voluntad de poderío sólo puede
ser derribada por otra voluntad de poderíoesta es la gran experiencia en la
época de los Estados en lucha; justamente por eso despierta al fin un anhelo
profundo de todo cuanto vive de viejas y nobles tradiciones. La economía monetaria
hastía hasta producir asco.
Espérase
una salvación; escúchase atento por si llegara un sonido claro de honor y
caballerosidad, de nobleza interior, de renuncia, de deber. Y despunta entonces de nuevo
una época en la que despiertan en lo hondo los poderes formales de la sangre, que habían
sido reprimidos por el racionalismo de las grandes urbes. Todo lo que se ha conservado de
tradición dinástica, de vieja nobleza, de distinguidos hábitos superiores al dinero;
todo lo que es en si bastante fuerte para ser, según la frase de Federico el Grande, servidor
del Estado en labor
Notas:
[58] Véase t. III, pág. II, y
nota a la pág. II.
[59]
Sólo la mujer sin raza, la que no puede o no quiere tener hijos, la que ya no es
historia, podría hacer la historia de los hombres, imitarla. Por otra parte, hay
un profundo sentido en la designación de «viejas mujeres» con que se califican a veces,
por sus convicciones antipolíticas, los pensadores, doctrinarios y místicos del
humanitarismo.
Quieren
imitar la otra política, la de las mujeres, aunque no pueden.
[60]
Véase t. III, pág. 171 y ss.
[61]
Mitteis, Reichsrecht und Volksrecht [Derecho imperial y derecho popular], 1891,
pág. 63.
[62]
Sohm, Institutionen, 1911, pág. 614.
[63]
Sobre este principio descansa el concepto de dinastía en el mundo árabeOmegas,
Comnenos, Sassanidas, concepto difícil para nosotros. Cuando un usurpador ha
conquistado el trono despósase con algún miembro femenino de la comunidad consanguínea,
y continúa de este modo la dinastía. No hay, en principio, la menor idea de una
sucesión regular. Véase J. Wellhausen. Ein Gemeinwesen ohne Obrigkeit [Comunidad sin superioridad], 1900.
[64]
R. Fick, Die soziale Gliederung im nordöstlichen Indien zu Buddhas Zeit [La división
social en la India del nordeste en la Época
de
Buda], 1897. pág. 301; K. Hillebrandt, Alt-Indien [La India antigua]. 1899,
pág. 82.
[65]
La facilidad con que en Rusia ha extinguido el bolchevismo las cuatro llamadas clases
sociales de la época petrínicanobles, comerciantes, pequeños burgueses,
labradoresdemuestra que estas clases eran simple imitación y práctica
administrativa, pero sin simbolismo.
Pues
el simbolismo no se ahoga por la fuerza. Corresponden a las diferencias exteriores de
rango y de fortuna en el reino franco y visigodo y en el periodo miceniano, como aún las
entrevemos por las partes más viejas de la Ilíada. En lo futuro han de
constituirse las auténticas nobleza y sacerdocio rusos.
[66]
Según el cual es un contrato sobre la mutua posesión de dos personas, contrato que se
cumplimenta en el mutuo uso de las peculiaridades sexuales.
[67]
Oldenberg, Die Lehre der Upanishaden [La doctrina de los Upanishads], 1915, pág. 5
[68]
Véase t. III, pág. 178.
[69]
Véase t. III, pág. 13.
[70]
Véase pág. 112 y s.
[71]
Allende el bien y el mal, § 260.
[72]
Al contrario, es posible refutar la propiedad, como tantas veces ha ocurrido en la
filosofía china, antigua, india y occidental.
Pero
refutarla no es suprimirla.
[73]
Más joven y de menor fuerza simbólica es la posesión de muebles, como alimentos,
utensilios, armas, posesión extendida en el reino animal. En cambio, el nido de un
pájaro es propiedad vegetativa.
[74]
Propiedad, en este importante sentido, como algo que crece con uno mismo, no se refiere
tanto a la posesión individual como a la serie de generaciones en que la persona se halla
inclusa. Esto se manifiesta con gran fuerza en toda lucha entre familias aldeanas como
entre casas principescas; el señor posee el terreno en nombre de la estirpe.
Así
se explica el miedo a la muerte sin sucesor. La propiedad es también un símbolo del
tiempo; por eso está en profunda conexión con el matrimonio. El matrimonio es una
convivencia y mutua posesión, honda, vegetativa, entre dos seres humanos; acaba por
reflejarse incluso en la creciente semejanza de los rasgos individuales.
[75]
Véase t. III, pág. 351.
[76]
Después de la muerte, los heterodoxos quedan excluidos de la
[77]
Negros judíos, que se dedican todos a la profesión de herreros.
[78]
El mir primitivo no nace hasta 1600 y no desaparece hasta 1861 contrariamente a lo
que afirman los entusiastas socialistas y paneslavos. La tierra es comunal, y los
habitantes de la aldea son mantenidos en ella para poder sacarles, con su trabajo, el
importe del impuesto.
[79]
Brentano, Byzant. Volkswirtschaft, [Economía popular bizantina], 1917, pág. 15.
[80]
El esclavo antiguo desaparece, en estos siglos, por sí mismo. Es éste uno de los más
claros indicios que revelan la extinción del sentimiento antiguo del mundo y de la
economía.
[81]
Belisario entregó 7.000 jinetes para la guerra contra los godos; ese contingente era el
que correspondía a sus dominios particulares. Pocos príncipes alemanes hubieran podido
hacer eso bajo Carlos V.
[82]
Poehlmann, Röm Kaiserzeit [La época del Imperio romano], en la Historia
universal de Pflugk-Harttung, I, págs. 600 y ss.
[83] Véase pág. 42.
[84]
A pesar de ED. Meyer, Gesch. d. Altertums [Historia de la Antigüedad], 1,
§ 343.
[85]
Véanse las jerarquías chinas en Schindler, Das Priestertum im alten China [El
sacerdocio en la antigua China], págs. 61 y ss.; las egipcias correspondientes, en
ED. Mater, Gesch. d. Altertums [Historia de la Antigüedad], 1, § 222; las
bizantinas, en la Notitia dignitatum, que en parte proceden de la corte sassánida.
En las ciudades antiguas hay viejos títulos que aluden a cargos
cortesanoskolakretes, pritanes, cónsules, Véase más adelante,
[86]
Hardy, Indische Religionsgeschichte [Historia de la religión en la India], pág.
36.
[87]
M. Granet, Coutumes matrimoniales de la Chine antigüe, Toung-pao, 1912 págs. 517
y ss.
[88]
Ejemplo de ello es la vida de San Juan Crisóstomo,
[89]
Las Memorias del duque de Saint-Simon muestran a las claras este proceso.
[90]
Véase t. III, pág. 110.
[91]
Corresponde a nuestro siglo XVII.
[92]
K. J. Neumann, Die Grundherrschaft der römischen Republik [EÍ señorío del suelo en
la República romana], 1905; ED. MEYER, Kl. Schriften [Escritos breves].
[93]
A. Rosenberg, Studien zur Entstehung der Plebs [Estudios sobre el origen de la plebe],
Hermes, XLVIII, 1913, págs. 359 y ss.
[94] Tomo III, pág. 148.
[95]
Véase t. III, pág. 224 y ss.
[96]
Véase t. III, págs. 241 y ss.
[97]
Por eso rechazan los derechos de la nobleza y el sacerdocio, y defienden los del dinero y
el espíritu, con expresa parcialidad en favor de la propiedad mueble sobre la inmueble.
[98]
Véase t. III, pág. 112. El intento correspondiente de los Estuardosespíritus
absolutistaspor introducir en Inglaterra el derecho romano fue desbaratado
principalmente por el jurista puritano Coke (+ 1634), lo que prueba una vez más que el
espíritu de un derecho es siempre espíritu partidista.
[99]
Véase t. III, pág. 95.
[100]
Sobre todo en la esfera del divorcio, para la cual rigen, yuxtapuestas y sin unión, la
concepción civil y la canónica.
[101]
Tales son las formas del «Estado policía» y del «Estado cuartel», como los
adversarios recíprocos se adjetivan en son de burla y con incomprensión absoluta.
Denominaciones semejantes, con el mismo sentido, se encuentran en las teorías políticas
de los chinos y los griegos; O. Franke, Studien zur Geschichte des Confusianischen
Dogmas [Estudios sobre la historia, del dogma confuciano], 1920, págs. 211 y
siguientes; R. v. Poehlmann, Geschichte der socialen Frage un des Sozialismus in der
antiken Welt [Historia de la cuestión social y del socialismo en el mundo antiguo],
1912. En cambio, el gusto político, por ejemplo, de Guillermo de Humboldt, que, como
clásico, opone el individuo al Estado, no pertenece a la historia política, sino a la
literaria. Pues aquí no es considerada la capacidad vital del Estado dentro del mundo
real de los Estados, sino la vida privada por sí, sin tener en cuenta si semejante ideal
puede subsistir un momento, habiendo menospreciado la situación exterior. Error
fundamental de los ideólogos ha sido el prescindir por completo de la posición exterior
y fuerza exterior de un Estado, para no fijarse sino en la vida privada y en la estructura
interior del Estado, referida a la vida privada. Pero, en realidad, la libertad de la
forma interior depende enteramente de la fuerza y posición exterior. La diferencia entre
la revolución francesa y la alemana» por ejemplo, consiste en que aquélla dominó desde
el principio la situación exterior y, por lo tanto, la interior, mientras que
ésta no. Por eso ésta ha sido desde el principio una farsa.
[102]
Que no es idéntica a la historia económica, en el sentido del materialismo histórico.
Sobre esto, véase el capítulo siguiente.
[103]
Las grandes dignidades eclesiásticas han sido ocupadas, en los siglos, exclusivamente por
la nobleza de Europa, que puso al servicio de la Iglesia las cualidades políticas de su
sangre. De esa escuela salieron hombres de Estado como Richelieu, Mazarino y Talleyrand.
[104]
Véase pág. 133.
[105]
Ed. Meyer, Gesch. d. Alt. [Historia
de la Antigüedad], 1, § 244.
[106]
Incluso por la crítica china. Enfrente, en cambio, Schindler, Das Priestertum im alten
China [El sacerdocio en la vieja China], 1, Páginas 61 y ss.; Conrady, China,
pág. 533.
[107]
Véase pág. 131.
[108]
Véase pág. 32 y s.
[109]
Para el soberano del medio no hay «extranjero» (Kung-Yang) «El cielo no habla; hace que
un hombre anuncie sus pensamientos»
(Tung
Chung-chu). Sus equivocaciones influyen en todo el cosmos y
conducen a conmociones en la naturaleza (O. Franke, Zur Geschichte des confuzianischen
Dogmas [Historia del dogma confuciano], 1920, páginas 212 y ss. y 244 y ss.). Este
rasgo místico universal es totalmente ajeno a las ideas de los antiguos y de los indios
sobre el Estado.
[110]
No debe olvidarse que las enormes propiedades de la Iglesia se habían convertido en
feudos hereditarios de los obispos y arzobispos, los cuales no pensaban en permitir al
papa, como señor feudal, la menor intromisión.
[111]
Tras la caída de la tiranía, hacia 500, los dos gobernantes del patriciado romano llevan
los títulos de pretor o de judex; pero justamente por eso me parece verosímil que
procedan de época anterior a la tiranía, del tiempo de la oligarquía antecedente y aun
de la auténtica monarquía. Como cargos cortesanos, tendrían entonces el mismo origen
que el duque (praeitor, conductor de ejércitos, en Atenas, polemarco) y el conde.
La denominación de cónsul (desde 366) es idiomáticamente arcaica; no significa, pues,
una creación nueva, sino la resurrección de un título (¿consejero del rey?) que acaso
por los sentimientos oligárquicos fuese durante mucho tiempo mal visto.