El Mundo de las formas económicas
A
El Dinero
1
El punto de vista para
comprender la historia económica de las culturas superiores no debe buscarse en el
terreno mismo de la economía. El pensamiento y la acción económicos son un aspecto de
la vida, aspecto que recibe una falsa luz, si se le considera como una especie
substantiva de la vida. Y mucho menos podrá encontrarse dicho punto de vista en el
terreno de la economía mundial de hoy, que desde hace ciento cincuenta años ha tomado un
vuelo fantástico, peligroso y a la postre casi desesperado, vuelo que es exclusivamente
occidental y dinámico y en modo alguno universal humano.
Lo que hoy llamamos economía nacional (economía política) está asentado sobre supuestos específicamente ingleses, La industria maquinista, desconocida de todas las demás culturas, ocupa su centro, como si esto fuera evidente, y domina por completo la conceptuación y la deducción de llamadas leyes, sin que los economistas se den cuenta de ello. El crédito, en la figura especial que resulta de la relación inglesa entre el comercio mundial y la industria de exportación, en un país sin aldeanos, sirve de base para definir las palabras capital, valor, precio, fortuna, las cuales son, sin más ni más, aplicadas a otros estadios de cultura y a otros círculos de vida. La insularidad de Inglaterra ha determinado en todas las teorías económicas la concepción de la política y de su relación con la economía. Los creadores de la visión económica fueron David Hume [286] y Adam Smith [287]. Todo lo que después se ha escrito por encima de ellos y contra ellos supone siempre inconscientemente la disposición critica y el método de sus sistemas. Y esto vale para Carey y List, como para Fourier y Lassalle. Y por lo que se refiere a Marx, el gran enemigo de Adam Smith, ¿qué importa que se proteste contra el capitalismo, si se está
de lleno en el mundo de
las representaciones del capitalismo inglés? Es reconocerlo implícitamente y el intento
se limita a cambiar el orden de las cuentas para que los objetos de éstas reciban el
provecho de sujetos.
Desde Smith hasta Marx
todos han practicado el análisis del pensamiento económico de una sola cultura y en un
solo período de su desarrollo. Es un análisis totalmente racionalista y parte, por lo
tanto, de la materia y sus condiciones, de las necesidades y de los estímulos, en
vez de partir del alma de las generaciones, clases, pueblos y de su fuerza
morfogenética.
Considera al hombre como
un elemento más de la situación e ignora la gran personalidad y la voluntad histórica
de individuos y grupos enteros, que en los hechos económicos ven medios y no fines.
Considera la vide económica como algo que puede explicarse sin residuo, por causas y
efectos visibles, algo que está dispuesto mecánicamente y encerrado en sí mismo,
manteniendo cierta relación causal con los círculos de la política y de la religiónque
también son pensados en si mismos. Esta manera de consideración es sistemática,
no histórica; por eso cree en la validez intemporal de sus conceptos y reglas y tiene la
ambición de establecer la única regla justa de «la» economía. Por eso dondequiera que
sus verdades han entrado en contacto con los hechos han tenido que sufrir un perfecto
fracaso, como ha sucedido igualmente con las profecías sobre el estallido de la guerra
por teóricos burgueses [288] y con la institución de la Rusia soviética por los
teóricos proletarios.
No existe, pues,
economía, si por economía se entiende una morfología del aspecto económico de
la vida, esto es, de la vida de las grandes culturas con su evolución de cierto estilo
económico, evolución homogénea en sus períodos, en su tiempo y en su duración. La
economía, en efecto, no posee sistema, sino fisonomía. Para descubrir el secreto de su
forma interior, de su alma, hace falta tacto fisiognómico. Para tener éxito en
ella hay que ser conocedor, como se es entendido en hombres o entendido en caballos; no se
necesita «saber», como tampoco el jinete necesita saber zoología. Pero ese conocimiento
del conocedor o entendido puede ser estimulado en el caso de la economía por una visión
lanzada sobre la historia.
La mirada histórica
puede rastrear impulsos raciales obscuros que actúan en los seres económicos para dar a
la actuación exteriora la «materia» económicauna figura que corresponda
simbólicamente a la propia forma interior. Toda vida económica es la expresión de
una vida psíquica.
Es ésta una concepción
nueva, una concepción alemana de la economía, que está situada allende el capitalismo y
el socialismo. Estos dos sistemas, nacidos de la inteligencia sobria, burguesa, del siglo
XVIII, no querían ser otra cosa que análisis materialy sobre éste una
construcciónde la superficie económica. Lo que hasta ahora se ha enseñado es mera
preparación. El pensamiento económico, como el jurídico, aguarda todavía su
desenvolvimiento propiamente dicho [289], que hoy, como en la época helenístico-romana,
no puede iniciarse hasta que el arte y la filosofía hayan ingresado definitivamente en el
pretérito.
El ensayo siguiente no
pretende ser sino una visión rápida de las posibilidades que aquí existen.
La economía y la
política son aspectos de la existencia una, viviente y fluyente; no, pues, de la
conciencia vigilante, no del espíritu [290]. En la economía, como en la política, se
manifiesta el ritmo de las oleadas cósmicas que están presas en la sucesión generadora
de los seres individuales. Ni la economía, ni la política tienen historia, sino
que ellas mismas son historia. Rige en ellas el tiempo irreversible, el cuando.
Ambas pertenecen a la raza y no al idioma, con sus tensiones espaciales y causales, como
la religión y la ciencia. Ambas se rigen por los hechos, no por las verdades. Existen
sinos políticos y económicos, así como, en todas las doctrinas religiosas y
científicas, existe un nexo intemporal de causa y efecto.
La vida tiene, pues, una
manera política y una manera económica de estar «en forma» para la historia. Esas dos
maneras, la política y la económica, podrán superponerse, o apoyarse una en otra, o
combatirse una a otra; pero la política es siempre absolutamente la primera. La vida
quiere conservarse e imponerse, o, mejor dicho, quiere hacerse más fuerte para imponerse,
«En forma» económica se encuentran los torrentes de existencia para sí mismos; pero
«en forma» política se encuentran para su relación con los demás. Lo mismo sucede en
la más sencilla planta monocelular que en los enjambres y pueblos de los seres más
libres y móviles en el espacio. ¡Alimentarse y combatirse! La diferencia de rango entre
ambos aspectos vitales se reconoce fácilmente en su relación con la muerte. No hay
contradicción más honda que la que media entre la muerte de inanición y la
muerte heroica. Económicamente la vida es amenazada, indignificada, rebajada por
el hambreen el sentido más amplio de la palabra-; a esto mismo se refiere la
imposibilidad de desenvolver plenamente las fuerzas, la estrechez del espacio vital, la
obscuridad, la presión, no sólo el peligro inmediato. Pueblos enteros hay que han
perdido la energía racial, por la mezquindad de su vida.
En estos casos el hombre muere de algo, no por algo. La política sacrifica los hombres a un fin; caen los hombres por una idea. Pero la economía los hace periclitar. La guerra es la creadora, el hambre es la aniquiladora de todas las grandes cosas.
En la guerra la vida es realzada por la muerte, a veces hasta llegar a esa fuerza invencible que por si sola es ya la victoria.
El hambre provoca esa
especie de miedo vital, índole fea, ordinaria e inmetafísica en que el mundo de las
formas superiores de una cultura se sumerge, para dar comienzo a la desnuda lucha por la
existencia entre bestias humanas.
Ya hemos hablado del
doble sentido que hay en toca historia y hemos visto cómo se revela en la oposición
entre el varón y la mujer [291]. Existe una historia privada que representa la
«vida en el espacio» como sucesión de las generaciones, y existe una historia pública
que la defiende y asegura mediante el «estar en forma» política. Estos dos
aspectosel huso y la espadade la existencia hallan su expresión en las ideas
de la familia y del Estado; pero también en la figura primordial de la casa [292], en
donde los buenos espíritus del lecho conyugalel Genio y la Juno de los domicilios
romanosson protegidos por la puerta, por Jano. Pues bien: junto a la historia privada
de la generación camina la historia económica. Su fuerza es inseparable de la duración
asignada a una vida floreciente; la alimentación va estrechamente unida al misterio de la
generación y de la concepción. Este nexo aparece en toda su pureza en la existencia de
las fuertes estirpes aldeanas, que radican sanas y fecundas en el seno de la tierra. Y
así como en la imagen del cuerpo el órgano sexual está enlazado con el de la
circulación de la sangre [293], así el hogar sagrado, Vesta, constituye en el otro
sentido el centro de la casa.
Precisamente por eso la
historia económica significa algo muy distinto de la historia política. En ésta ocupan
el primer plano los grandes sinos singulares, que aunque se realizan en las formas
necesarias de la época, son, sin embargo, cada uno por si estrictamente personales. En
aquélla, como en la historia de la familia, trátase del curso evolutivo que sigue el
idioma de las formas, y lo singular y personal constituye el sino privado, poco
importante. Sólo la forma fundamental de millares de casos entra en consideración. Pero
la economía no es, sin embargo, más que la base de toda vida significativa. No es lo
importante, propiamente, el estar bien nutrido, bien dispuesto y capaz de fecundación,
como individuo o como pueblo, sino el para qué de esa buena disposición. Cuanto más
alto se encumbra el hombre en la historia, tanto más excede su voluntad política y
religiosa en intimidad de simbolismo y en poder de expresión a todas las formas y
profundidades que pueda poseer la vida económica. Sólo cuando, al despuntar la
civilización, se inicia el reflujo de todas las formas, sólo entonces es cuando los
contornos del mero vivir aparecen desnudos e imperiosos. Esta es la época en que la
mezquina frase del «hambre y el amor», como fuerzas impulsivas de la existencia, cesa de
ser un dicho desvergonzado; esta es la época en que el sentido de la vida ya no es el ser
más fuerte, sino la felicidad del mayor número, la bienandanza y la comodidad, «panem
et circenses», y en lugar de la gran política aparece la política económica como un
fin en si.
Perteneciendo la
economía al aspecto racial de la vida tiene, como la política, una costumbre y no una
moral [294]que tal es la diferencia entre la nobleza y el sacerdocio, entre los
hechos y las verdades. Toda clase profesional posee, como toda clase primordial, un
sentido evidente no para el bien y el mal, sino para lo bueno y lo malo.
Quien no tiene ese sentido carece de honor y de distinción. Porque el honor está aquí
también en el centro y traza la separación entre el sentido fino de lo conveniente,
entre el tacto económico del hombre activo y la consideración religiosa del mundo, con
su concepto fundamental del pecado. Existe un honor profesional bien definido entre
comerciantes, obreros, aldeanos, con gradaciones finas, bien que no menos precisas, para
el detallista, el exportador, el banquero, el contratista, el minero, el marinero, el
ingeniero e incluso, como es sabido, para los ladrones y mendigos cuando se sienten
compañeros de profesión. Nadie ha establecido ni escrito esas costumbres; pero existen.
Como todos los hábitos de clase, son costumbres diferentes en diferentes tiempos, y sólo
son obligatorias dentro del círculo de los participantes. Junte a las virtudes nobles de
la fidelidad, valentía, caballerosidad, camaradería, virtudes que ninguna comunidad
profesional ignora, aparecen opiniones muy precisas sobre el valor moral del celo, del
éxito, del trabajo, y un sentimiento extraordinario de la distancia. Estos preceptos se
tienen sin saberlosla infracción es la que nos da conciencia de la reglapor
oposición a los mandamientos religiosos, que son intemporales y universalmente válidos,
pero que, como ideales nunca realizados, hay que aprenderlos para conocerlos y poderlos
seguir.
Los conceptos
fundamentales ascéticos y religiosos carecen de sentido en la vida económica. Para el
verdadero santo toda la economía es pecado [295], y no sólo el préstamo a rédito y la
alegría de ser rico o la envidia del pobre al rico. El dicho de los linos en el campo es
absolutamente verdadero para las naturalezas profundamente religiosasy filosóficas.
Estas naturalezas están, con todo el peso de su ser, fuera de la economía y de la
política, fuera de todos los hechos «de este mundo». Enséñalo la época de Jesús,
como la de San Bernardo, como el sentir fundamental del ruso actual, y no menos la vida de
un Diógenes o un Kant. Por eso eligen algunos libremente la pobreza y la peregrinación y
se recluyen en celdas y en bibliotecas. Una religión o filosofía no actúa jamás
económicamente; esta actuación queda reservada al organismo político de las iglesias
o al organismo social de una comunidad teórica. La actuación económica es siempre
una transacción con este mundo y un signo de voluntad de potencia [296].
2
Lo que pudiéramos
llamar vida económica de una planta se verifica en la planta misma sin que ésta sea otra
cosa que el teatro y el objeto pasivo de un proceso natural [297]. Este elemento
vegetativo persiste inalterado en el fondo de la «economía», incluso de la del cuerpo
humano, llevando su existencia extraña y sin voluntad bajo la forma de los órganos de
circulación. Pero con el cuerpo de los animales, cuerpo libremente móvil en el espacio,
añádese a la existencia la vigilia, la percepción intelectiva y, con ella, la necesidad
de procurarse uno mismo la conservación de la vida. Aquí comienza el terror
de la vida, que impulsa a tantear, ventear, acechar, espiar con sentidos cada día más
agudos, y sobre esto incita a movimientos en el espacio, a buscar, atesorar, perseguir,
engañar, robar, acciones que en muchas especies, como los castores, hormigas, abejas, y
en muchos pájaros y fieras, se encumbran hasta los comienzos de una técnica económica
que supone reflexión, es decir, cierta separación entre la intelección y la sensación.
El hombre es propiamente hombre según el grado en que su intelección se ha separado de
la sensación, y, constituida en pensamiento, interviene creadora en las relaciones entre
el microcosmos y el macrocosmos. Animales todavía la astucia femenina frente al varón y
esa «gramática parda» que los aldeanos emplean para obtener pequeñas ventajas. En nada
se diferencian de la astucia del zorro; con ma sola mirada inteligente penetran el
secreto de su víctima. Por encima de esto hállase, empero, el pensamiento
económico, que labra el campo, cría el ganado, transforma, ennoblece, cambia las cosas e
inventa mil medios y métodos para elevar la vida y convertir en soberanía la dependencia
del hombre respecto del mundo circundante. Esta es la base de todas las culturas. La raza
se sirve de un pensamiento económico que puede llegar a ser tan poderoso que se desprenda
de sus fines, construyendo teorías abstractas y perdiéndose en utopías lejanas.
Toda vida económica
superior se desarrolla sobre la base de una clase aldeana. Sólo el aldeano no presupone
nada [298].
Constituye, en cierto
modo, la raza en si, vegetativa e inhistórica [299], creando y consumiendo para si, con
la vista puesta en el mundo, ante el cual todos los demás valores económicos le parecen
incidentes despreciables. Frente a esta economía productora aparece una nueva
especie de economía conquistadora, que hace uso de la primera como de un objeto,
alimentándose de ella, reduciéndola a tributo o robándola. La política y el tráfico
son, en los principios, inseparables por completo; ambos se conducen en modos dominadores,
personales, guerreros, con un hambre de poder y de botín que supone una manera totalmente
distinta de ver el mundono desde un rincón, sino desde la altura, como se
revela claramente en la elección del león, el oso, el buitre, el halcón, como animales
heráldicos. La guerra primordial es siempre rapiña; el comercio primordial va siempre
unido a saqueo y piratería. Las sagas islandesas cuentan cómo los Wikingos conciertan a
veces con la población una paz comercial de dos semanas, pasada la cual las armas
refulgen y comienza el botín.
La política y el
comercio en forma desarrolladaarte de obtener sobre el contrario éxitos positivos
mediante superioridad espiritualson substitutivos de la guerra con otros medios.
Toda diplomacia es
negocio; todo negocio es diplomacia, y ambos se fundan en un conocimiento penetrante de
los hombres y en tacto fisiognómico. El espíritu emprendedor de los grandes navegantes
(como los hubo entre los fenicios, los etruscos, los normandos, los venecianos, los
hanseáticos); de los grandes banqueros (como los Fugger y los Médicis); de los grandes
financieros (como Craso, los magnates mineros y los trustmen de nuestros días), exige
dotes estratégicas de general, si las operaciones han de resultar afortunadas. El
orgullo de la estirpe, la herencia paterna, la tradición familiar, se forman en esto del
mismo modo; las «grandes fortunas» son como reinos y tienen su historia [300]; y
Polícrates, Solón, Lorenzo de Médicis, Jürgen Wullenweber no son los únicos ejemplos
de ambición política desarrollada sobre el tronco de la ambición mercantil.
Pero el principe y el
hombre de Estado auténticos quieren dominar. El auténtico negociante sólo quiere ser
rico. Aquí se diferencia la economía conquistadora en medio y en fin [301].
Se puede buscar el
botín por el poder o el poder por el botín.
El gran soberano, un
Hoang-Ti, un Tiberio, un Federico II, quiere también ser rico en tierras y hombres, pero
les acompaña el sentido de una superior obligación. Con la conciencia tranquila y como
quien realiza una evidente función puede alguien hacer uso de los tesoros del mundo,
llevar una vida de brillo, esplendor y aun derroche, si tiene la sensación de ser el
órgano de una misión histórica, como Napoleón, Cecil Rodees y el Senado romano del
siglo ni. Estos hombres casi no conocen, con respecto a si mismos, el concepto de la
propiedad privada.
Quien aspira a meros
provechos económicoscomo en la época romana los cartagineses y hoy, en mayor grado
aún, los americanos, no está capacitado para el pensamiento político puro;
será siempre explotado y engañado en las decisiones de la alta política, como demuestra
el ejemplo de Wilson, y más aún cuando la falta de instinto político es suplida por
sentimientos morales. Por eso los grandes núcleos económicos del presente, tanto los
empresarios como los trabajadores, van en lo político de fracaso en fracaso, a no ser que
encuentren para dirigirlos un auténtico político, el cual entonces se sirve de ello. El
pensar político y el pensar económico, a pesar de su coincidencia en la forma, son
fundamentalmente distintos en la dirección y, por lo tanto, en todas las singularidades
tácticas. Los grandes éxitos económicos [302] despiertan un sentimiento ilimitado de
poderío público. En la palabra «capital» se percibe claramente este matiz. Pero
en algunos individuos experimenta entonces un cambio el colorido y dirección de su
voluntad y el criterio aplicado a las situaciones y las cosas.
Sólo cuando se ha
dejado realmente de sentir la empresa como un asunto privado; sólo cuando el fin de la
empresa ya no es la simple adquisición de riqueza; sólo entonces existe la posibilidad
de que un empresario se convierta en hombre de Estado. Este fue el caso de Cecil Rhodes.
En cambio, existe para los hombres del mundo político el peligro de que su voluntad y su
pensamiento se rebajen, apartándose de los problemas históricos para ocuparse de la vida
privada. Entonces la nobleza se convierte en bandidaje; entonces aparecen los conocidos
príncipes, ministros, jefes populares y héroes revolucionarios, cuyo celo se agota en
una vida de holganza y en la acumulación de riquezasentre Versalles y el club de
los jacobinos, entre empresarios y jefes de los trabajadores, entre gobernadores rusos y
bolcheviques no existe diferencia, y en la democracia ya madura la política de los
«arrivistas» no sólo es idéntica al negocio, sino idéntica a las más sucias especies
de negocios y especulaciones.
Mas precisamente en eso
se manifiesta la marcha misteriosa de una cultura superior. Al principio aparecen las
clases primordiales, nobleza y sacerdocio, con su simbolismo del espacio y el tiempo.
Asilen una sociedad bien organizada [303], tienen la vida, política y la emoción
religiosa su lugar fijo, sus sujetos propios y sus fines absolutamente propuestos, para
los hechos como para las verdades, y en lo hondo se mueve la vida económica en una
trayectoria inconscientemente segura.
El torrente de la
existencia, empero, comienza a verterse entre las casas pétreas de la ciudad, y entonces
el dinero y el espíritu asumen la dirección histórica. Hácense cada día más raros el
heroísmo y la santidad con el ímpetu simbólico de su anterior existencia, y se recluyen
en circuios cada día más estrechos. En su lugar aparece la fría claridad burguesa. En
el fondo, la conclusión de un sistema y el balance de un negocio exigen la misma especie
de inteligencia especializada. La vida política y la vida económica, que casi ya no
separan diferencias de rango, tócanse y mézclanse, como igualmente el conocimiento
religioso y el conocimiento científico. El curso de la existencia pierde sus formas
severas y ricas en el comercio de las grandes ciudades. Rasgos económicos elementales
aparecen en la superficie y se mezclan con los restos de la política clásica. Al mismo
tiempo la ciencia soberana incorpora la religión entre sus objetos. Sobre una vida
exclusivamente politicoeconómica dilátase una emoción crítico-edificativa. De aquí,
al fin, resulta que las viejas clases decaídas abren paso a ciclos vitales individuales,
de potencia genuinamente política y religiosa, ciclos que llegan a ser el sino del
conjunto.
Asi surge la morfología
de la historia económica. Existe una economía primordial «del» hombre que, como
la de la planta y la del animal, cambia de forma en los periodos biológicos [304].
Domina por completo en
la época primitiva y se mueve entre las culturas superiores, y dentro de ellas, sin regla
fija, con infinita lentitud y confusión. Los animales y las plantas son incorporados a
esa economía y transformados mediante doma, cría, afinamiento, recolección; el fuego y
los metales son explotados; las propiedades de la naturaleza no viviente son sometidas al
servicio de la vida, por medio de procedimientos técnicos.
Todo esto está
compenetrado con costumbres y sentidos político-religiosos, sin que pueda establecerse
una separación clara entre tótem y tabú, hambre, angustia del alma, amor
sexual, arte, guerra, sacrificios, creencias y experiencia.
Muy distinta, en
concepto y evolución, es la historia económica de las culturas superiores. Esta
historia tiene su forma fija, su tempo y su duración determinadas. Cada cultura tiene su
propia economía. Al feudalismo pertenece la economía del campo sin ciudades. Con et
Estado, gobernada desde ciudades, aparece la economía urbana del dinero, que al despuntar
la civilización se eleva a dictadura del dinero, al mismo tiempo que vence la democracia
de las urbes mundiales. Cada cultura tiene su mundo de formas, desarrollado con
independencia. El dinero corpóreo de estilo apolíneola moneda acuñadaes tan
distinto del dinero occidentaldinero de relación fáustico-dinámico constituido
por unidades de créditocomo la ciudad-Estado difiere del Estado de Carlos Quinto.
Pero la vida económica, como la social, toma la forma de una pirámide [305]. En la base
rural mantiénese una situación completamente primitiva, casi intacta, de cultura. La
economía urbana posterior, que ya es obra de una minoría decidida, mira constantemente
con menosprecio la economía rural, que en torno sigue existiendo, y que considera llena
de suspicacia y de odio el estilo perespiritualizado de la urbe. Al fin la ciudad mundial
produce una economía mundialcivilizadaque irradia de muy escasos centros,
sometiendo al resto provinciano, mientras que en lejanas comarcas domina a veces todavía
la costumbre primitivapatriarcal. Con el crecimiento de las ciudades, la vida
se hace cada día más artificial, más refinada, más complicada. El trabajador de la
gran ciudad, en la Roma cesárea, o en el Bagdad de Harun al Raschid, o en el Berlín
actual, considera como evidentes muchas cosas que el aldeano rico, en el campo, considera
como lujo superfluo. Pero esa evidencia es difícil de conseguir y difícil de mantener.
La cantidad de trabajo de todas las culturas crece en medida enorme, y asi, al principio
de toda civilización, se desarrolla una intensidad de vida económica que, en su
tensión, resulta exagerada y siempre en peligro, sin poder nunca conservarse por mucho
tiempo. Al fin se forma una situación rígida y duradera, con una mezcla extraña de
rasgos refinados y perespiritualizados con otros primitivísimos, como pudieron observarla
los griegos en Egipto y nosotros en las actuales India y China, a no ser que desaparezca
al empuje subterráneo de una cultura joven, como le sucede a la Antigüedad en la época
de Diocleciano.
Ante este movimiento
económico, los hombres están «en forma» constituyendo clases económicas, como
ante la historia universal constituyen clases políticas. Cada individuo tiene una
posición económica dentro de la contextura económica, como tiene algún rango
dentro de la sociedad. Ambos complejos determinan, cada uno a su modo, el sentir,
el pensar, el conducirse del hombre. La vida quiere ser y además significar algo, y la
confusión de nuestros conceptos ha sido, finalmente, aumentada por el hecho de que
ciertos partidos políticos hoy, como en la época helenística, han ennoblecido en cierto
modo algunos grupos económicos, cuya vida querían favorecer, y los han ennoblecido,
elevándolos a la categoría de clase política.
Asi Marx con el grupo de
los trabajadores de fábrica.
La primera clase, la
clase auténtica, es la nobleza. De la nobleza se deriva el oficial y el juez y todo lo
que pertenece a las altas categorías del gobierno y de la administración. Estas son
formas de clase, que significan algo. También pertenecen la erudición y la
ciencia [306] a la clase sacerdotal, con una típica índole de exclusivismo. Pero el
simbolismo grande se acaba con el castillo y la catedral. El «tiers» es ya la
no-clase, la clase que se forma con el resto, una colección abigarrada y múltiple que,
como tal, no significa nada, salvo la protesta política, y que se da. a si misma
significación, tomando partido. El burgués no se siente burgués, sino que es
«liberal», y no puede decirse que su persona représenle una gran causa, sino que
pertenece a ella por su convicción. La debilidad de esta forma social es causa de
que la económica destaque más en las «profesiones», asociaciones y gremios. En las
ciudades, por lo menos, se designa a los hombres por la profesión de que viven.
Económicamente, lo
primero, lo primordial y casi lo único es el aldeano [307]. La vida rural es la
absolutamente productiva, la que hace posible las demás vidas. Las clases
primordiales de la sociedad fundan su vida, en los tiempos primitivos, sobre la caza, la
ganadería, la posesión de tierras, y aun para la nobleza y el sacerdocio de las épocas
posteriores es ésa la única posibilidad distinguida de tener «bienes». Frente a ella
está la vida del comercio [308], que es medianería y botín; esta vida con
relación al pequeño número, es de gran potencia y desde muy pronto se hace
indispensable; constituye un refinado parasitismo, completamente improductivo, y por eso
ajeno al campo, errante, «libre», sin la carga anímica de las costumbres y usos de la
tierra, una vida que se nutre de las demás vidas. Entre ellas crece, empero, una tercera
especie de economía, la economía elaborativa, la economía de la técnica, en
innumerables oficios y profesiones, que reducen a aplicación creadora la meditación
sobre la naturaleza y cuyo honor y conciencia van vinculados a la realización [309]. Su
más vieja corporación, que se retrotrae hasta los tiempos primitivos, es la de los
herreros, los cuales constituyen el modelo para los otros oficios con un gran número de
leyendas obscuras, usos y creencias varias. Los herreros, que con orgullo propio se
separan de los aldeanos, imponen en torno suyo una especie de temor que oscila entre el
respeto y la repulsa; han llegado a veces a formar tribus populares de raza propia, como
los falascha en Abisinia [310].
En la economía
productiva, en la elaborativa y en la medianera existen, como en todo lo que pertenece a
la política y en general a la vida, sujetos y objetos de la dirección, esto es,
grupos que disponen, deciden, organizan, inventan, y otros que se encargan sólo de la
ejecución. La diferencia de rango puede ser enorme o apenas sensible [311]; el ascenso
puede ser imposible o evidente; la dignidad de la función puede ser casi la misma, con
lentas transiciones, o totalmente distinta. La tradición y la ley, el talento y la
riqueza, la población, el grado de cultura, la situación económica, dominan la
oposición; pero existe, y está dado con la vida misma, y es inmutable. A pesar de
todo, no existe económicamente una, «clase trabajadora»; es esta una
invención de tos teóricos, que tenían ante los ojos la situación de los obreros de las
fábricas en Inglaterra, país industrial casi sin aldeanos, y en una época de
transición, y que extendieron el esquema a todas las culturas y todos los tiempos, hasta
que los políticos lo convirtieron en base para la formación de partidos. En realidad hay
un número inmenso de actividades de índole puramente servil en el taller y en la
oficina, en el despacho y en el buque, en las carreteras, en las minas, en el prado y
en el campo. A ese calcular, llevar, correr, martillear, coser, atalayar, le falta con
frecuencia eso que da a la vida dignidad y encanto, allende su propia conservación, como
sucede en las tareas propias de una clase, en los menesteres del oficial y del científico
o en el éxito personal del ingeniero, administrador y comerciante. Pero todo eso es
incomparable entre sí.
La espiritualidad o la
dureza del trabajo, su localización en la aldea o en la gran ciudad, la extensión y la
tensión del trabajo, hacen que el jornalero del campo, el empleado de banco, el
metalúrgico y el oficial de sastre vivan en mundos económicos muy distintos; y sólorepitola
política partidista de estadios muy posteriores es la que los ha unido en vínculo de
protesta para servirse de sus masas. En cambio, el esclavo antiguo es un simple concepto
del derecho público; es decir, que para el cuerpo de la polis antigua no
existe, mientras que económicamente puede ser aldeano, obrero, incluso director, y
gran comerciante con gran fortuna (peculium), con palacios y villas y un enjambre
de subordinados, incluso «libres». Más adelante veremos lo que, prescindiendo de esto,
es además en el período romano posterior.
3
Al despuntar todo periodo primitivo comienza una vida económica en forma fija [312]. La población vive del campo, en el campo. No existe para ella la experiencia de la ciudad. Lo que se separa y distingue de la aldea, del castillo, del claustro, del templo, no puede llamarse ciudad, sino mercado, mero punto de cita para los intereses aldeanos, punto que, al mismo tiempo, posee, naturalmente, cierta importancia religiosa y política, sin que pueda hablarse de una vida separada. Los habitantes, aun cuando sean obreros o comerciantes, tienen la sensibilidad del aldeano y se manifiestan como tales aldeanos.
Una vida en que todos
producen y consumen da de sí «bienes», y la palabra que expresa el tráfico
primitivo es la de circulación de bienes, ya venga el individuo de lejana comarca, ya
viva en la aldea o en el cortijo. Un bien es algo que se adhiere a la vida por finos hilos
de su esencia, de su alma, algo que él ha producido o está usando. Un aldeano
lleva «su» vaca al mercado; una mujer guarda «su» adorno en el cofre. Beneficiar es
producir un bien, y la palabra poseer (possidere), con su raíz sedere, nos
retrotrae al origen vegetativo de la propiedad, al cual esta existencia está radicalmente
vinculada [313]. El trueque es en esta época un proceso por medio del cual ciertos bienes
pasan de un circulo a otro. Estos bienes son valorados por la vida, según un
criterio del momento, según un criterio de la sensibilidad. No existe un concepto
del valor, ni un bien que sirva de medida universal. El dinero y las monedas no son sino
bienes cuya índole rara e indestructible los hace valiosos [314].
En el ritmo y marcha de
esta circulación de bienes interviene el negociante como intermediario [315]. En el
mercado encuéntranse la economía conquistadora con la productora; pero aun allí donde
atracan barcos y acampan caravanas desenvuélvese el comercio como órgano del
tráfico campesino [316].
Es la forma «eterna»
de la economía, que se conserva aún hoy con el modo primitivo del vendedor ambulante, en
las comarcas rurales sin ciudades, incluso en barrios apartados de las urbes, donde se
forman pequeños círculos de tráfico, y en la economía privada de científicos,
empleados y, en general, de los hombres que no están incorporados activamente a la vida
de la gran urbe.
Pero al formarse el alma
de la ciudad despierta una nueva manera de vida. Cuando el mercado se ha convertido en
ciudad desaparecen aquellas simples concentraciones de la circulación rural y se forma en
la urbe un segundo mundo dentro de las murallas, un mundo para el cual la vida
absolutamente productora «allá fuera» no es sino medio y objeto; otra corriente
comienza a circular. Esto es lo decisivo: el urbano auténtico no es productor en
el sentido primordial de la tierra.
Le falta la intima
vinculación al suelo, como asimismo al bien que pasa por sus manos. No vive con él, sino
que lo considera desde fuera y sólo en relación con sus medios de vida.
Asi, el bien se
convierte en mercancía, el trueque en transacción y en vez del pensamiento -por
bienes aparece el pensamiento en dinero.
Asi resulta un algo
puramente extenso, una forma, de la pura limitación, abstraída de las visibles cosas
económicas, lo mismo que el pensar matemático abstrae la forma del mundo mecánico; la
abstracción dinero corresponde a la abstracción número [317]. El dinero, como el
número, es perfectamente inorgánico.
La imagen económica
queda reducida exclusivamente a cantidades, prescindiendo de la cualidad, que constituye
justamente la nota esencial del bien. Para el aldeano primitivo «su» vaca es, en primer
término, ese ser bien determinado, y sólo en segundo término un bien trocable por otro.
Para la visión económica de un urbano auténtico no existe más que un valor abstracto
de dinero en la figura accidental de una vaca, valor que siempre puede transformarse en la
figura de un billete de Banco.
De igual modo, el
técnico auténtico ve en una famosa cascada no un espectáculo singular de la naturaleza,
sino un puro cuanto de energía inempleada.
El error de todas las
teorías modernas sobre el dinero es que parten del signo de valor o incluso de la materia
con que se hacen los medios de pago, en vez de partir de la forma del pensar económico
[318]. Pero el dinero es, como el número y no son como el derecho, una categoría del
pensamiento. Existe un pensar en dinero, como hay un pensamiento jurídico,
matemático, técnico, del mundo circundante. La percepción sensible de una cosa produce
muy distintas abstracciones, según se la considere como comerciante, como Juez o como
ingeniero, y según se la relacione con un balance, con un pleito o con un peligro de
ruma. Pero lo que más se acerca al pensar en dinero es la matemática. Pensar en negocio
significa calcular. El valor dinero es un valor número, que se mide por una unidad de
cálculo [319]. Ese «valor exacto en si», como también el número en si, es un producto
del pensamiento urbano, del hombre desarraigado. Para el aldeano no hay sino valores
transitorios, valores sentidos con relación a su yo, valores que se le imponen en el
trueque, de vez en vez. Lo que él no usa o no quiere poseer no tiene para él «ningún
valor». Sólo en el cuadro económico del auténtico urbano existen valores objetivos que
subsisten, como elementos del pensar, independientemente de la necesidad privada y que en
idea son universales; aun cuando, en realidad, cada individuo tiene su sistema de valores
y su múltiple cuadro de valores desde el cual estima como caros o baratos los vigentes
precios del mercado [320].
Si el hombre primitivo compara
bienesy no sólo con el entendimiento, en cambio el hombre posterior calcula
el valor de la mercancía según una medida rígida, sin cualidad.
Ahora ya no es el oro el
que es medido por la vaca, sino la vaca la que es estimada en dinero, y el resultado queda
expresado en un número abstracto, el precio. El estilo económico de cada cultura, que
produce cada una una especie distinta de dinero, es el que decide en cada cultura si esa
medida del valor encuentra expresión simbólica y cómo la encuentra en un signo del
valorde igual manera que el signo numérico escrito, hablado, representado es el
símbolo de cierta especie numérica. Esa especie de dinero existe por virtud de la
existencia de una población urbana que piensa en ella económicamente; esa idea del
dinero es también la que determina si el signo de valor sirve al mismo tiempo de medio de
pago, como la moneda antigua de metal noble y quizá el peso babilónico de plata.
En cambio, el deben egipcio, cobre bruto pesado en libras, es una medida de cambio,
pero no es ni signo ni medio de pago; el billete de Banco occidental y el billete de Banco
chino de época «correspondiente» [321] es un medio, pero no una medida, y solemos estar
muy engañados acerca de la función que en nuestra especie de economía
desempeñan las monedas de metal noble; éstas constituyen una mercancía producida a
imitación de las costumbres antiguas y por eso, medidas según el valor de crédito,
poseen una cotización.
Esta manera de pensar
hace que la propiedad, vinculada a la vida y al suelo, se convierta en fortuna,
la cual, por esencia, es indeterminada en cualidad y además móvil; no consiste en
bienes, sino que «es invertida» en bienes. Considerada en si, es un puro cuanto
numérico de dinero [322].
Como asiento de este
pensar económico, la ciudad se convierte en mercado de dinero y centro de valor y un
torrente de valores monetarios comienza a invadir el torrente de los bienes,
espiritualizándolo y dominándolo. Con lo cual el negociante deja de ser un órgano y
se transforma en soberano de la vida económica. Pensar en dinero es siempre, de un
modo o de otro, pensar como comerciante, como negociante. Supone la economía productiva
del campo y pertenece, por lo tanto, a ta economía conquistadora, pues no hay un tercer
término.
Las palabras ganancia,
beneficio, especulación, aluden a un provecho que se extrae de las cosas, mientras éstas
caminan del productor al consumidor; aluden a un botín intelectual y, por lo
tanto, no son aplicables al aldeano primitivo. Conviene sumirse en el espíritu y modo de
ver económico que es propio del urbano auténtico. Este no trabaja para el consumo, sino
para la venta, para obtener «dinero». La concepción del negociante va poco a poco
invadiendo toda especie de actividad. El hombre campesino, íntimamente vinculado al
cambio de bienes, era a la vez dador y receptor; incluso el comerciante, en los mercados
primitivos, casi no hace excepción.
Pero con el tráfico en
dinero aparecen entre el productor y el consumidordos mundos separadosun
«tercero» cuyo pensamiento domina bien pronto toda la vida de los negocios. Obliga al
primero a la oferta y al segundo a la demanda; eleva la mediación a la categoría de
monopolio y luego a la de punto esencial en la vida económica, y obliga a los otros dos,
en su interés, a estar constantemente «en forma», a producir la mercancía
según sus cálculos y a tomarla bajo la presión de su oferta y precio.
Quien sabe dominar este
pensamiento es dueño del dinero [323]. La evolución sigue este mismo camino en todas las
culturas. Lysias, en su discurso contra los traficantes en granos, comprueba que los
especuladores del Pireo propagaban a veces el rumor de que había naufragado una flota de
trigo o de que había estallado una guerra, para producir pánico. En la época
helenística-romana era costumbre extendida confabularse para limitar las explotaciones o
suspender los cargamentos y elevar asi los precios. En Egipto, la institución del giro
durante el Imperio nuevo, institución perfectamente a la altura de muchos Bancos
occidentales [324], hacia posible la especulación de granos al estilo de América.
Cleómenes. el administrador de la hacienda de Alejandro Magno en Egipto, pudo reunir en
sus manos toda la provisión de trigo, lo que produjo hambre en Grecia y le valió enormes
beneficios. El que se rige por otro pensamiento económico decae y se convierte en objeto
de las actuaciones económicas de la gran urbe. Este estilo se apodera bien pronto de toda
la población urbana y, por lo tanto, de todos los que tienen influencia en la marcha de
la historia económica. El aldeano y el ciudadano no representan sólo la diferencia entre
el campo y la urbe, sino la diferencia entre bienes y dinero. La cultura suntuosa de las
cortes homéricas y provenzales es algo que nace y crece con el hombre, como aún hoy la
vida de las viejas familias en residencias campesinas.
Pero la refinada cultura
de la burguesía, del «confort», es algo que viene de fuera y que hay que pagar
[325]. Toda economía altamente desenvuelta es economía urbana. La economía mundial,
propia de todas las civilizaciones, debería llamarse economía de la ciudad mundial. Los
sinos de la economía total se deciden en pocos centros, en los mercados monetarios [326]
de Babilonia, Tebas, Roma, en Bizancio y Bagdad, en Londres, Nueva York, París y Berlín.
Todo lo demás es economía provinciana, que traza sus círculos en pequeña escala, sin
darse cuenta de hasta qué punto depende de la otra El dinero es, en último término, la
forma de energía espiritual en que se reconcentra la voluntad de dominio, la fuerza
morfogenética política, técnica, intelectual, el afán de una vida de gran diámetro
Bernard Shaw tiene perfecta razón cuando dice: «El respeto universal por el dinero es,
en nuestra civilización, el único hecho que tiene esperanzas... El dinero y la vida son
inseparables... El dinero es la vida» [327]. La civilización caracteriza, pues, un
período de una cultura, período en el cual la tradición y la personalidad han perdido
ya su validez inmediata y toda idea ha de ser transformada en dinero para poderse
realizar. Al principio tenia bienes el que tenía poder. Ahora tiene poder el que tiene
dinero. El dinero es el que pone al espíritu en el trono. La democracia es la perfecta
identificación del dinero con la fuerza política.
Una lucha desesperada atraviesa la historia económica de toda cultura, lucha que la tradición, arraigada en el suelo, y el alma de una raza llevan contra el espíritu del dinero. Las guerras de aldeanos al comienzo de toda época posterior en la Antigüedad 700-500, entre nosotros 1450-1650 y en Egipto al final del Imperio antiguoson las primeras rebeliones de la sangre contra el dinero, que, desde las ciudades ya poderosas, alarga la mano hacia el campo [328]. La advertencia del barón de Stein: «Quien moviliza el suelo lo deshace en polvo», alude a un peligro de toda cultura. Si el dinero no puede atacar la propiedad misma, insinúase en el pensamiento del noble y del aldeano. Entonces los bienes heredados, formados con la estirpe misma, aparecen como «fortuna» que está invertida en fincas, pero que por sí misma es mueble [329]. El dinero aspira a la movilización de todas las cosas. La economía mundial es la realización de la economía en valores abstractos, separados del suelo, liquidados [330]. El pensamiento antiguo ha transformado, desde los días de Aníbal, ciudades enteras en monedas, poblaciones enteras en esclavos y, por tanto, en dinero, que se precipita hacia Roma para actuar allí como potencia. El pensamiento fáustico «abre al tráfico» continentes enteros, descubre potencias hidráulicas de gigantescos ríos, aprovecha la fuerza muscular de poblaciones enteras, establece depósitos de carbón, explota bosques vírgenes, desvía leyes naturales y convierte todo esto en energía financiera, que se invierte luego en forma de prensa, elecciones, presupuestos, ejército, para realizar planes de dominio. Cada día se extraen nuevos valores de
la parte del mundo que
aun queda indiferente al negocio, «espíritus durmientes del oro», como dice Juan
Gabriel Borkman. A la economía no le importa nada lo que sean las cosas
independientemente de su valor económico.
4
Cada cultura posee,
además de su modo peculiar de pensar en dinero, su símbolo peculiar de dinero, con el
cual da expresión visible a su principio de valoración en el cuadro económico. Esta
materialización de lo pensado no le cede en significación a las cifras habladas,
escritas, dibujadas para el oído y la vista; a las cifras, figuras y otros símbolos de
la matemática. Constituye una amplia y rica esfera, casi por completo inexplorada aún.
Ni siquiera los problemas fundamentales han sido planteados con exactitud. Por eso es hoy
totalmente imposible definir la idea del dinero que sirve de base al tráfico egipcio de
especies y de giros, a la banca babilónica, a la teneduría de libros china y al
capitalismo de los judíos, los parsis, los griegos, los árabes desde Harun-al-Raschid.
Sólo es posible una confrontación del dinero apolíneo y del dinero fáustico, del dinero
como magnitud y del dinero como función [331].
Para el hombre antiguo
el mundo circundante es económicamente una suma de cueros que cambian de sitio, van y
vienen, tropiezan, se aniquilan, como Demócrito describe la naturaleza. El hombre es un
cuerpo entre otros cuerpos. La polis, como suma de cuerpos, es un cuerpo de orden
superior.
Todas las necesidades de
la vida consisten en magnitudes corpóreas. Asi, pues, un cuerpo representa el dinero,
como una estatua de Apolo representa la deidad. Hacia 650, al tiempo que surge el cuerpo
pétreo del templo dórico y la estatua de bulto, aparece la moneda, peso metálico
de forma bellamente acuñada. El valor como magnitud existía desde hacia mucho tiempo y
es, pues, tan antiguo como esta cultura. En Homero el talento es una pequeña masa de
utensilios y joyas de oro, con un peso total determinado. Sobre e1 escudo de Aquiles
están reproducidos «dos talentos» y todavía en la época romana era general la
indicación del peso en los vasos de plata y de oro [332].
Pero la invención del
cuerpo de dinero en forma clásica es tan extraordinaria, que no hemos comprendido
todavía su sentido profundo y puramente antiguo. La consideramos como una de las famosas
«conquistas de la humanidad». Por doquiera desde entonces se acuña moneda, como desde
entonces por doquiera, en calles y plazas, se ponen estatuas. Hasta aquí llega nuestro
poder. Podemos imitar la figura, pero no podemos darle la misma significación económica.
La moneda, considerada como dinero, es un fenómeno puramente antiguo y sólo es
posible en un mundo pensado en el sentido euclidiano.
En este mundo,
efectivamente, ha dominado y dado forma a la vida económica toda. Conceptos como los de
ingreso, fortuna, deuda, capital, significan en las ciudades antiguas algo muy distinto
que entre nosotros; porque no se refieren a energías económica;-, irradiantes de un
punto, sino a una suma de objetos valiosos que se hallan en una mano. Fortuna es siempre
una provisión movediza de dinero contante, provisión que se altera por adición o
substracción de cosas valiosas y que no tiene nada que ver con la propiedad territorial.
Ambas cosas están por completo sopeadas en el pensamiento antiguo. El crédito consiste
en préstamo de dinero contante, con la esperanza de que vuelva en la misma forma.
Catilina era pobre porque, a pesar de sus grandes fincas [333], no encontraba a nadie que
le prestara dinero para sus fines políticos; y las enormes deudas de los políticos
romanos [334] no se basan en una propiedad territorial correspondiente, sino en la fundada
expectativa de un gobierno provincial, en donde es posible el saqueo de los bienes muebles
[335]. Este pensamiento del dinero corpóreo es el que nos explica una serie de
fenómenos antiguos: corro las ejecuciones en masa de los ricos, durante la segunda
tiranía, como las proscripciones romanas con objeto de reunir una gran parte de la masa
de monedas corrientes, como la fundición de los tesoros deíficos por los focios en la
guerra Sacra, la de los tesoros artísticos de Corinto por Mummio, la de las últimas
ofrendas religiosas romanas por César, la de las griegas por Sila, la de las de
Asia Menor por Bruto y
Cassio, sin tener en cuenta el valor artístico, por haber necesidad de procurarse metales
preciosos y marfil [336]. Las estatuas y los vasos que figuraban en los triunfos eran para
el espectador dinero contante; y Mommsen ha intentado determinar el sitio de la batalla de
Varo [337] por los hallazgos de monedas, ya que el veterano romano llevaba sobre sí toda
su fortuna en metales nobles. La riqueza antigua no es una cuenta corriente, sino un
montón de dinero. Un centro monetario antiguo no es un centro de crédito, como las
bolsas de hoy o como la Tebas egipcia, sino una ciudad en donde se ha amontonado una gran
parte del dinero contante que existe en el mundo. Puede estimarse que en la época de
César más de la mitad del oro antiguo se hallaba siempre en Roma.
Pero cuando el mundo
antiguo hubo entrado en la época de la absoluta soberanía del dinero, hacia el tiempo de
Aníbal, ya no bastaron ni mucho menos las limitadas masas de metal noble y de obras de
arte hechas con materiales valiosos, para cubrir las necesidades en dinero contante;
surgió una verdadera hambre de cuerpos capaces de significar dinero. Entonces la mirada
recayó en los esclavos, que eran otra especie de cuerpos, pero no personas, sino cosas
[338], y, por tanto, podían ser pensados como dinero. A partir de entonces es cuando el
esclavo es algo único en toda la historia económica. Las propiedades de la moneda se han
trasladado a objetos vivos, y de esta suerte, junto a las existencias en metales de las
comarcas «descubiertas» por las exacciones de gobernadores y arrendatarios de impuestos,
aparecen ahora las existencias en hombres.
Se desarrolla una
extraña especie de doble divisa monetaria.
El esclavo tiene una
cotización, un precio corriente, cosa que no sucede con la propiedad rural. El esclavo
sirve para amontonamiento de grandes fortunas en dinero contante, y a consecuencia de ello
surgen esas enormes masas de esclavos en la época romana, masas tan grandes que no se
explican por ninguna otra necesidad. Cuando nadie mantenía más esclavos que los
necesarios industrialmente, era su número escaso y fácil de cubrir por botín de guerra
y servidumbre de deudas [339].
En el siglo VI empezó
Quios importando esclavos comprados (argyronetas). Su diferencia de Íos numerosos
trabajadores a jornal fue al principio de naturaleza político-jurídica y no económica.
La economía antigua es estática y no dinámica, desconociendo el metódico
descubrimiento de las fuentes de energía; asi, pues, los esclavos de la época romana no
existían para ser explotados, sino que se les ocupaba lo mejor que se podía para poder
mantenerlos en el mayor número posible. Preferidos eran los esclavos de lujo, que tenían
alguna habilidad especial, porque con idéntico coste representaban un valor superior.
El amo los alquilaba
como quien presta dinero contante; les dejaba hacer negocios por su propia cuenta, de
manera que podían llegar a ser ricos [340]; competía merced a ellos con el trabajo
libre, todo con objeto de cubrir, por lo menos, el coste de conservación de ese capital
[341]. La mayoría de los esclavos no podían estar plenamente ocupados; cumplían su fin
simplemente con existir, como una provisión de dinero que se tiene a mano y cuya
extensión no está vinculada a los limites naturales de la entonces existente masa de
oro. Con lo cual creció la demanda de esclavos enormemente y se emprendieron guerras
sólo para hacer esclavos, y Roma toleró las cacerías de esclavos por empresas privadas
a lo largo de las costas mediterráneas. Hubo una nueva manera de hacerse rico, que
consistió en apoderarse como gobernador de la población toda de comarcas enteras y
venderla como esclavos. En el mercado de Delos se refiere que en un solo día fueron
vendidos diez mil esclavos. Cuando César fue a Britannia compensóse la decepción de
Roma por la pobreza en oro del país con la expectativa de un rico botín de esclavos.
Para el antiguo pensar era
una y la misma
operación fundir y acuñar el bronce de las estatuaspor ejemplo, en la destrucción
de Corintoo llevar a los habitantes al mercado de esclavos. En ambos casos se
habían convertido en dinero objetos corpóreos.
El extremo opuesto
constituye, en cambio, el símbolo del dinero fáustico, del dinero como función, como
fuerza, cuyo valor consiste en su eficacia y no en su mera existencia. El nuevo estilo de
este pensamiento económico aparece ya en la manera cómo los normandos, hacia 1000,
organizaron su botín en tierras y gentes, convirtiéndolo en potencia económica
[342].
Comparad el puro valor
inscripcional en los libros de cuentas de sus duquesde los que proceden las palabras
cheque, conto, control [343]con el talento de oro que aparece en la Ilíada, de
época «correspondiente», y obtendréis desde el principio el concepto del
moderno crédito que surge de la confianza en la fuerza y duración de una dirección
económica y casi se identifica con la idea de nuestro dinero. Este método financiero,
trasladado por Roger II al Imperio normando de Sicilia, fue perfeccionado y convertido en
un gran sistema por el Hohenstaufen Federico II hacia 1230, superando con mucho a su
modelo y convirtiéndose en la «primera fuerza capitalista del mundo» [344]. El
sistema de emparejar el pensamiento matemático con la voluntad regia de poder penetró
también de Normandía en Francia y en 1066 fue aplicado a la conquistada Inglaterra
el suelo inglés es aún hoy nominalmente patrimonio real.
Fue luego imitado por
las repúblicas italianas, cuyos patricios gobernantes lo aplicaron bien pronto no sólo a
la hacienda pública, sino a sus propios libros de comercio, transmitiéndolo asi al
pensamiento y contabilidad comercial de todo el mundo occidental. Poco después la
práctica siciliana fue aceptada también por las órdenes alemanas de caballería y por
la dinastía aragonesa, lo que acaso pueda explicar la hacienda perfecta de Felipe II en
España y de Federico Guillermo I en Prusia.
Decisivo fue, emperoen
época «correspondiente» a la invención antigua de la moneda, hacia 650, la
invención de la partida doble por Fra Luca Pacioli (1494). «Es una de las más bellas
invenciones del espíritu humano», dice Goethe en el Wilhelm Meister. En realidad,
su autor puede sin reparo colocarse junto a sus contemporáneos Colón y Copérnico. A los
normandos debemos el libro de cuentas; a los lombardos, esta contabilidad doble. Las
tribus germánicas son las que han creado las dos obras de Derecho más fecundas de la
primitiva época gótica [345]. Y su afán de lejanos mares ha impulsado a los dos
descubrimientos de América. «La partida doble ha nacido del mismo espíritu que los
sistemas de Galileo y Newton... Con los mismos medios que éstos, ordena los fenómenos en
un sistema artístico y puede decirse que es el primer cosmos edificado sobre el principio
del pensar mecánico. La contabilidad por partida doble nos descubre el cosmos del mundo
económico, según el mismo método con que los investigadores de la naturaleza
descubrieron más tarde el cosmos del mundo estrellado. La partida doble se basa en el
pensamiento fundamental de concebir todos los fenómenos como meras cantidades» [346].
La partida doble es
puro análisis del espacio de los valores, análisis referido a un sistema de coordenadas
cuyo punto inicial es «la firma». La moneda antigua sólo permite un cálculo
aritmético con magnitudes. Una vez más contrapónense Pitágoras y Descartes.
Puede hablarse de la integración de una empresa y la curva gráfica es en la economía,
como en la ciencia, el mismo auxilio óptico. El mundo económico de los antiguos se
divide, como el cosmos de Demócrito, en materia y forma. Una materia en la forma
de moneda es el sujeto del movimiento económico y empuja las cantidades necesarias de
igual valor hacia el punto de su consumo. Pero nuestro mundo económico se divide en fuerza
y masa. Un campo de fuerza, compuesto por tensiones del dinero, ocupa el espacio y
confiere a cada objeto, prescindiendo de su índole particular, un valor positivo o
negativo de acción [347], valor que está representado por una inscripción en el libro.
«Quod non est in libris, non est in mundo.» Pero el símbolo del dinero funcional
aquí pensado, lo único que puede compararse con la moneda antigua no es la nota en
el libro, ni tampoco la letra de cambio, el cheque o el billete de banco, sino el ocio
mediante el cual la función se realiza por escrito, siendo el papel su mero
testimonio histórico.
Pero además el
Occidente, en admiración por la Antigüedad, ha acunado monedas, no sólo como signos de
soberanía, sino en la creencia de que son dinero, verdadero dinero correspondiente
al pensamiento económico. De igual manera, fue en la época gótica el derecho romano
recibido con su identificación de la cosa y la magnitud corpórea, y también la
matemática euclidiana que está construida sobre el concepto del número como cantidad. Y
asi sucedió que la evolución de estos tres mundos de formas espirituales no se
virilicé, como la de la música fáustica, en puro florecimiento y desarrollo, sino en
figura de una progresiva emancipación con respecto al concepto de magnitud. La
matemática llega a su fin al terminar la época barroca [348]. La ciencia del derecho no
ha conocido todavía hasta ahora su problema propio [349]; pero el problema está
planteado a su siglo y exige lo que para el jurista romano era evidente, a saber: la
congruencia entre el pensamiento económico y el jurídico, la familiaridad con ambos. El
concepto del dinero, simbolizado por la moneda, coincide perfectamente con el espíritu
del Derecho antiguo. Pero para nosotros no es éste ni remotamente el caso. Toda nuestra
vida está dispuesta en sentido dinámico, no estático ni estoico; por eso para nosotros
lo esencial son las fuerzas, las producciones, las relaciones, las capacidades talento
de organización, espíritu de inventiva, crédito, ideas, métodos, fuertes de energíay
no la mera existencia de cosas corpóreas. El pensamiento romano de las cosas, que
nuestros juristas hacen suyo, es, pues, hoy tan ajeno a la vida como la teoría del dinero
que, consciente o inconscientemente, parte de la moneda. La poderosa existencia en
monedas, que, a imitación de la Antigüedad, fue en aumento hasta el estallido de la
guerra mundial, se ha creado sin duda una función desviada; pero no tiene nada que ver
con la forma interna de la economía moderna, con sus problemas y fines, y si
desapareciera por completo a consecuencia de la guerra, nada en absoluto cambiaría [350].
Por desgracia, surgió
la ciencia económica moderna en la época del clasicismo, cuando no sólo las estatuas,
los vasos y los dramas encumbrados pasaban por el único arte verdadero, sino también las
monedas bien acuñadas pasaban por el único dinero verdadero. Lo que Wedgwood, desde
1768, aspiraba a realizar con sus finos relieves y tazas, eso mismo, en el fondo, quería
Adam Smith con su teoría del valor: la pura presencia de magnitudes tangibles. A la
confusión entre el dinero y la moneda corresponde perfectamente la medición del valor de
una cosa por la cantidad de trabajo. En esta teoría, el trabajo ya no es un «actuar»
dentro de un mundo de actuaciones, ya no es ese «trabajar» infinitamente vario en rango
interior, intensidad y trascendencia, labor que perdura en círculos cada vez más amplios
y puede ser medida como un campo eléctrico, pero no delimitada; sino que es el resultado
material de dicha labor, lo elaborado, algo tangible en que nada aparece digno de
nota, sino la extensión.
Pero la economía de la
civilización europeo-americana está, por el contrario, fundada en un trabajo que se
caracteriza únicamente por su rango interior, más que en Egipto y en China, y no digamos
en la Antigüedad. No en vano vivimos en un mundo de dinamismo económico: el trabajo de
los individuos no es un sumando euclidiano, sino que se encuentra en relación funcional.
El trabajo de mera ejecuciónúnico que Marx conoceno es más que la
función de un trabajo inventivo, ordenativo, organizador, que da al primero sentido,
valor relativo y, en general, la posibilidad de ser realizado. Toda la economía mundial,
desde la invención de la máquina de vapor, es creación de un pequeñísimo número de
cabezas superiores, sin cuyo trabajo superiormente valioso lo demás no existiría.
Pero este rendimiento es
pensamiento creador, no es un «cuanto» [351], y su precio, por lo tanto, no consiste en
cierto numero de monedas; más bien dijéramos que es dinero, dinero fáustico, que no es
acuñado, sino pensado como centro de acciones, un centro que surge de una vida
cuyo rango interior eleva el pensamiento a la significación de un hecho. El
pensamiento en dinero produce dinero: este es el secreto de la economía mundial.
Cuando un organizador de gran estilo escribe un millón en un papel, el millón existe,
pues su personalidad como centro económico garantiza una correspondiente elevación de la
energía económica de su esfera. Esto y no otra cosa significa para nosotros la palabra
crédito. Pero todas las monedas del mundo no bastarían para dar sentido y, por tanto,
valor de dinero a la actividad del trabajador manual, si con la famosa «expropiación de
los expropiadores» fueran las capacidades superiores desviadas de sus creaciones,
quedando éstas entonces inánimes, sin voluntad, vacuas construcciones. En esto es Marx
un clasicista, como Adam Smith un producto auténtico del pensamiento jurídico romano:
sólo ve la magnitud terminada, no la función. Quisiera arrebatar los instrumentos de
producción a aquellos cuyo espíritupor la invención de métodos, por la
organización del trabajo eficaz, por la conquista de mercadosconvierte en una
fábrica un montón de acero y de ladrillo, aquellos que no aparecen en el mundo si sus
fuerzas no encuentran campo apropiado [352].
Quien quiera dar una
teoría del trabajo moderno debe pensar en ese rasgo fundamental de la vida; existen
sujetos y objetos de toda especie de vida, y la diferencia es tanto mayor, tanto más
significativa, cuanto más formada es la vida misma.
Toda corriente de
existencia consiste en una minoría de conductores y en una enorme mayoría de conducidos;
toda especie de economía consta, pues, de trabajo director y trabajo de ejecución. En la
perspectiva batracia de Marx y los ideólogos ético-sociales sólo el último trabajo, el
trabajo pequeño, de masa, es visible. Pero éste no existe sino por virtud de aquél y el
espíritu de ese mundo de trabajo sólo puede ser concebido partiendo de las supremas
posibilidades. El inventor de la máquina es el que da la pauta, no el maquinista. Lo que
importa es el pensamiento.
También existen objetos
y sujetos en el pensamiento del dinero; existen los que por virtud de su personalidad
producen y dirigen y los que son sustentados por aquéllos. El dinero de estilo fáustico
es la fuerza, abstraída del dinamismo económico; y el sino del individuoel
aspecto económico de su sino vital consiste en representar una parte de esa fuerza
por el rango interior de su personalidad o no ser frente a ella sino masa.
5
La palabra capital
señala el centro de este pensamiento; no el conjunto de los valores, sino lo que mantiene
en movimiento a los valores como tales. No hay capitalismo hasta que la existencia
se ha hecho civilización cosmopolita y el capitalismo se limita al pequeño circulo de
aquellos que representan esa existencia en su persona y en su inteligencia. Lo contrario
de esto es economía provinciana. La absoluta soberanía de la moneda, en la vida antigua,
así como el aspecto político de esta vida, crearon el capital estático, la (?form®),
el «punto de partida» que por su sola existencia atrae a si siempre nuevas masas de
cosas con una especie de magnetismo. Pero la soberanía de los valores inscritos en
libros, valores cuyo sistema abstracto queda, por decirlo asi, desvinculado de la
personalidad por la partida doble y trabaja con propio dinamismo interno, es la que ha
producido el capital moderno, cuyo campo de fuerza envuelve la tierra [353].
Bajo la influencia del
capital antiguo la vida económica toma la forma de un río de oro que corre de las
provincias hacia Roma y de Roma hacia las provincias y que busca siempre nuevos lugares,
cuyas existencias en oro labrado no hayan sido descubiertas. Bruto y Cassio llevaron el
oro de Asia Menor en largas filas de mulos al campo de batalla de Filippise
comprende lo fructuosa que era económicamente la operación de saquear un campamentoy
ya C. Graco indicaba que las ánforas llenas de vino, que iban de Roma a las provincias,
volvían llenas de oro. Este afán por tener el oro de los pueblos extranjeros corresponde
al afán actual por el carbón, que en sentido profundo no es una «cosa», sino un tesoro
de energía.
Corresponde, empero, a
la tendencia antigua hacia lo próximo y presente el hecho de que junto al ideal de la
ciudad aparezca el ideal económico de la autarquía. Al atomismo político del
mundo antiguo había de corresponder el atomismo económico. Cada una de esas minúsculas
unidades vitales quería tener su economía propia, cerrada, independiente de las demás,
girando en un circulo visible. La contraposición a esto está en el concepto de la
«firman occidental, centro impersonal e incorpóreo de fuerzas, cuya acción irradia en
todos sentidos en el infinito y que «el dueño», con su capacidad de pensar en dinero,
no representa, sino tiene y dirige como un pequeño cosmos. Esta dualidad
entre la «firma»la casa, razón social, empresa, etc.y su dueño hubiera
sido incomprensible para el pensamiento antigüe [354].
Por eso la cultura
occidental y la cultura antigua representan un máximum y un mínimum de organización,
que al hombre antiguo le falta por completo, incluso como concepto. La economía
financiera de los antiguos es la provisionalidad convertida en regla: ricos ciudadanos en
Atenas y Roma son cargados con la obligación de equipar buques de guerra; la fuerza
política y las deudas del edil romano obedecen a que no sólo dispone juegos, calles,
vías y edificios, sino que los paga, claro está que para resarcirse luego expoliando su
provincia. Nadie pensaba en las fuentes de ingresos hasta que hada falta dinero, y
entonces eran esas fuentes explotadas según las necesidades momentáneas, sin tener en
cuenta la posibilidad de agotarlas para siempre. Saqueo de los propios templos, piratería
sobre buques de la propia ciudad, confiscación de las fortunas de los propios
conciudadanos, eran los métodos usuales de la hacienda. Sí sobraban dineros públicos
eran éstos repartidos entre los ciudadanos; un hecho de esta clase hizo célebre a
Eubulos en Atenas [355]. No había presupuesto ni política económica. La administración
de las provincias romanas era un saqueo público y privado que llevaban a cabo los
senadores y ricachos, sin tener en cuenta el modo de reponer los valores substraídos.
El hombre antiguo no ha
pensado nunca en una elevación metódica de la vida económica; sólo atiende al suceso
momentáneo, a la cantidad accesible de dinero contante. Sin el viejo Egipto, la Roma
imperial se hubiera perdido; pero, por fortuna, había en Egipto una civilización que
llevaba mil años no pensando en otra cosa sino en su organización económica. El romano
no comprendía ni podía imitar este estilo de vida [356]; pero el azar de que hubiese
aquí una inagotable mina de dinero para el que poseyera el poder político sobre ese
pueblo de felahs, hizo innecesaria la perpetuación de las proscripciones. La
última de estas operaciones financieras, en forma de matanza, fue la del año 43 [357],
poco tiempo antes de la anexión de Egipto. La masa de oro que Bruto y Cassio trajeron
entonces de Asia, y que significaba un ejército, y con él el poderío universal, hizo
necesaria la proscripción de los dos mil más ricos habitantes de Italia, cuyas cabezaspor
el precio señaladofueron arrastradas en sacos por el foro. Ya no había modo de
socorrer ni a los propios parientes, ni a los niños y viejos. Gentes que nunca se
metieron en política eran sacrificados si tenían tesoros en dinero contante. De otra
suerte el resultado de la operación habría sido demasiado escaso.
Pero con la
desaparición del sentir antiguo, en la época imperial, extínguese también esta manera
de pensar el dinero.
Las monedas vuelven a
convertirse en bienes, porque el hombre vuelve a la vida aldeana [358]; y asi se
explica la enorme corriente de oro desde Adriano hacia el Oriente lejano, fenómeno para
el cual no se había encontrado hasta ahora ninguna explicación. La vida económica en
forma de río de oro quedó extinguida al aparecer una cultura joven, y por eso cesó
también el esclavo de ser dinero. A la ausencia del oro corresponden las liberaciones en
masa de los esclavos, que ninguna de las numerosas disposiciones imperiales desde Augusto
logró contener. Bajo Diocleciano, cuya famosa tarifa máxima no se refiere ya a una
economía monetaria, sino que representa una ordenanza sobre trueque de bienes, no
existe el tipo del esclavo antiguo.
B
LA MAQUINA
6
La técnica es tan
antigua como la vida que se mueve libremente en el espacio. Sólo la plantasegún
nosotros vemos la naturalezaes mero teatro de procesos técnicos. El animal, puesto
que se mueve, tiene una técnica del movimiento para conservarse y defenderse.
La relación primordial
entre un microcosmos vigilante y su macrocosmosla «naturaleza»consiste
en un tantear de los sentidos [359] que empieza siendo mera impresión de los
sentidos y se encumbra hasta convertirse en juicio de los sentidos; por lo cual
actúa ya críticamente («separando») o, lo que es lo mismo, distinguiendo causas
[360]. Lo percibido se completa en un sistema lo más integral posible de experiencias
primordialesde «características» [361], método involuntario por medio del
cual se siente el individuo en el mundo como en su casa, y que en muchos animales ha
llegado a un número extraordinario de experiencias, siendo imposible para el saber humano
superarlas. Pero la vigilia primordial es siempre activa, alejada de toda mera
«teoría»; y así, la pequeña técnica diaria es la que sirve de base a esas
experiencias sin propósito, experiencias sobre las cosas, en cuanto están muertas [362].
Es la diferencia entre el culto y el mito [363], pues en este grado no existe diferencia
entre lo religioso y lo profano. Toda vigilia es religión.
El cambio decisivo en la
historia de la vida superior acontece cuando la percepción de la naturalezapara
regirse según ellase convierte en acciónpara transformarla
intencionalmente. Así la técnica se hace en cierta manera soberana y la instintiva
experiencia primordial se convierte en un saber primordial, del que se tiene clara
«conciencia». El pensamiento se ha emancipado de la sensación. El idioma de palabras
es el que introduce esta época. Separados el idioma y el habla [364] fórmase para los
idiomas de comunicación un tesoro de signos, que son algo más que «características»:
los nombres, vinculados a un sentimiento de significación, con los cuales el
hombre tiene en su poder el misterio de los numina, ya sean deidades, ya fuerzas
naturales, y los números (fórmulas, leyes de índole sencilla), en los que la
forma interna de lo real queda abstraída de lo sensible accidental [365].
Asi, del sistema de las
«características» surge una teoría, una imagen, que se desprende de la
técnica diaria no sólo en los principios primitivos, sino en las alturas de la técnica
civilizada; es un trozo de conciencia inactiva que se ha separado, pero que no ha sido
producido por la técnica diana [366] Se «sabe» lo que se quiere, pero han de haber
ocurrido muchas cosas para tener el saber; y no debemos engañarnos sobre el carácter de
dicho «saber» Mediante la experiencia numérica puede el hombre manejar el misterio,
pero no lo ha descubierto. La imagen del mago modernoun cuadro de distribución, con
sus palancas y rúbricas, por el cual el trabajador, oprimiendo un botón, produce efectos
poderosos, sin tener la menor idea de so esenciaes el símbolo de la técnica humana
en general La imagen del mundo luminoso en torno nuestro, tal como la hemos
desenvuelto por critica y disección, como teoría, como imagen, no es sino
un cuadro de distribución en el que ciertas cosas están señaladas de manera que
tocándolas se producen con segundad ciertos efectos. Pero el misterio sigue siendo
igualmente impresionante [367]. Mas por medio de esa técnica la conciencia vigilante
invade violentamente el mundo de los hechos; la vida se sirve del pensamiento como
de una llave mágica, y en la altura de algunas civilizaciones, en las grandes ciudades,
aparece, por último, el momento en que la critica técnica se cansa de servir a la vida y
se rebela contra su tirano. La cultura occidental en nuestros días está precisamente
viviendo una orgía de pensamiento técnico en proporciones verdaderamente trágicas,
Se ha espiado el curso
de la naturaleza y se han anotado ciertos signos. Comiénzase a imitarlos por medios y
métodos que se aprovechan de las leyes del ritmo cósmico. El hombre se atreve a hacer de
deidad y se comprende que los primitivos aderezadores y conocedores de esas cosas
artificialespues el arte o artificio ha nacido de ellas, como contracepto de la
naturaleza, sobre todo los artífices de la forja, hayan sido considerados por
los demás hombres como algo extraño, objeto de veneración o de repulsa. Hubo un tesoro
creciente de inventos que una vez hechos fueron olvidados, rehechos y vueltos a olvidar,
imitados, perfeccionados y que, en fin, formaron para continentes enteros una provisión
de medios evidentes: fuego, metalurgia, herramientas, armas, el arado y la barca, la
construcción de la casa, la cría del ganado, la sementera.
Sobre todo son los
metales, a cuyos yacimientos una tendencia mística atrae al hombre primitivo.
Remotísimas vías comerciales se dirigen hacía secretos yacimientos por entre la vida de
la comarca ocupada y sobre los mares surcados por las naves. Por esas vías pasan luego
cultos y ornamentos. Nombres fabulosos de islas de estaño y montes de oro flotan por las
fantasías. El comercio primitivo es comercio de metales; así en la economía productora
y elaborativa penetra una tercera, ajena y de aventura, que surca mares y tierras
libremente.
Sobre esta base se alza
la técnica de las culturas superiores, en cuyo rango, colorido y pasión se expresa el
alma toda de esos magnos seres. Se comprende fácilmente que el hombre antiguo,
sintiéndole sumido en un mundo euclidiano, fuese hostil al pensamiento de la técnica. Si
por técnica antigua se entiende algo que, poseído de inequívoco afán, supera los
conocimientos prácticos y universalmente extendidos de la época miceniana, entonces
puede decirse que no existe técnica antigua [368]. Esas trieras son botes de remo en
mayor escala; las catapultas y demás artificios guerreros son substitutivos de los puños
y los brazos y no resisten la comparación con las máquinas guerreras de los asirios y de
los chinos; y por lo que se refiere a Heron y a otros de su mismo calibre, ¿quién puede
llamar inventos a las ocurrencias? Falta en todo esto el peso interior, el sino del
momento, la profunda necesidad. Acá y allá se juguetea con conocimientos que proceden de
Oriente; pero nadie medita sobre ellos, nadie piensa seriamente en introducirlos en la
vida.
Muy otra cosa es la
técnica fáustica, que invade la naturaleza con todo el pathos de la tercera dimensión,
y desde los primeros tiempos del goticismo, con el propósito de domeñarla.
Aquí y sólo aquí es
evidente la unión del conocimiento con la aplicación [369]. La teoría es desde un
principio hipótesis de trabajo [370]. El cavilador antiguo «contempla», como la
divinidad de Aristóteles; el árabe busca, como alquimista, los medios mágicos, la
piedra filosofal con que poder obtener sin fatiga los tesoros de la naturaleza
[371]; pero el occidental quiere reducir el mundo a su voluntad.
El inventor y
descubridor fáustico es algo único. La potencia primordial de su voluntad, la fuerza
luminosa de sus visiones, la acerada energía de su meditación práctica tienen que
producir desasosiego e incomprensión a todo aquel que las contemple desde extrañas
culturas. Pero todos nosotros llevamos eso en la sangre. Toda nuestra cultura tiene alma
de inventor.
Descubrir, llevar a la
luz interior del alma lo que no se ve, para apoderarse de ello, tal fue desde el primer
día la pasión del occidental. Todos sus grandes inventos han ido lentamente madurándose
en lo profundo, anunciados por espíritus providentes e intentados hasta producirse, al
fin, con la necesidad de un sino.
Todos andaban ya muy
cerca de la meditación beata de los frailes góticos [372]. Aquí es donde se muestra
mejor el origen religioso de todo pensamiento técnico [373]. Estos fervorosos inventores,
en sus celdas, arrebatan a Dios su secreto entre oraciones y ayunos y consideran
esto como un servicio de Dios. Aquí es donde nace la figura de Fausto, símbolo
magno de una auténtica cultura de inventores. La scientia experimentalis, como
Roger Bacon el primero definió la investigación de la naturaleza, la violenta
interrogación de la naturaleza con palancas y tornillos, comienza ahora. Su resultado se
dilata hoy ante nuestros ojos en las llanuras sembradas de chimeneas y torres de
extracción. Pero para todos aquellos existía el peligro, propiamente fáustico, de que
el diablo interviniera en el juego [374] para llevárselos en espíritu a aquella montaña
donde les prometiera todo el poder de la tierra. Esto significa el sueño de aquel
extraño dominico, Petrus Peregrinus, sobre el perpetuum mobile, con el cual se le
habría arrebatado a Dios su omnipotencia. Una y otra vez sucumbieron a esa ambición;
forzaron los secretos de Dios para ser Dios. Espiaron las leyes del ritmo cósmico para
violentarlas, y crearon asi la idea de la máquina como pequeño cosmos que sólo
obedece a la voluntad del hombre. Pero con esto traspasaron el tenue límite en que, para
la piedad de los demás, comienza el pecado, y fueron a su ruina, desde Bacon a Giordano
Bruno. La máquina es cosa del diablo. Tal ha sido siempre la sensación de la fe
auténtica.
Ya la arquitectura
gótica revela la pasión de inventor. Com-páresela con la pobreza de formas que
voluntariamente ostenta la dórica. Y lo mismo le sucede a nuestra música. Aparecen la
imprenta y las armas de largo alcance [375]. A Colón y Copérnico siguen el telescopio,
el microscopio, los elementos químicos y, por último, la enorme suma de los
procedimientos técnicos del barroco primero.
Al mismo tiempo que el
racionalismo viene la invención de la máquina de vapor, que todo lo revoluciona,
y transforma de pies a cabeza el cuadro económico del mundo. Hasta entonces la naturaleza
había realizado algunos servicios; ahora, esclavizada, se somete al yugo y su
trabajo es medidocomo sarcasmopor caballos de fuerza. De la fuerza muscularlos
negros organizados en talleresse pasó a las reservas orgánicas de la tierra, en
cuyo seno yace conservada la fuerza vital de milenios enteros en forma de carbón, y hoy
se dirige la vista hacia la naturaleza inorgánica, cuyas fuerzas hidráulicas sirven ya
de sustituto al carbón. Con los millones y billones de caballos de fuerza crece el
número de la población en proporciones que ninguna cultura creyera posibles. Este
crecimiento es un producto de la maquina, que quiere ser servida y dirigida, y a
cambio de ello centuplica las fuerzas del individuo. Por la máquina se hace valiosa la
vida humana. Trabajo; he aquí la gran palabra de la reflexión ética. Pierde, a
partir del siglo XVIII, en todos los idiomas su sentido despectivo. La máquina trabaja y
obliga a los hombres al trabajo. Toda la cultura ha entrado en tal actividad de trabajo,
que la tierra tiembla.
Lo que se desenvuelve,
en el curso de un siglo apenas, es un espectáculo de tal grandeza que los hombres de una
cultura venidera, con otra alma y otras pasiones, han de sentirse sobrecogidos por el
sentimiento de que entonces la naturaleza vaciló
En otras ocasiones
también la política invadió ciudades y pueblos, y la economía humana hizo hondas
mellas en los destinos del mundo animal y vegetal. Pero se trataba sólo de un menoscabo
en la vida, y la vida borra pronto las huellas de estas pérdidas. Mas nuestra técnica ha
de dejar el rastro de sus días, aunque todo lo demás se sumerja y desaparezca. La
pasión fáustica ha cambiado la faz de la superficie terráquea.
Es el sentimiento vital,
que aspira a la lejanía y a la altura, y por eso íntimamente afín al goticismo; es el
sentimiento vital, como lo ha expresado el monólogo del Fausto goethiano, en la infancia
de la máquina de vapor. El alma, ebria, quiere volar por el espacio y el tiempo. Un
indecible afán nos empuja hacía lejanías ilimitadas. Quisiéramos desvincularnos de la
tierra, deshacernos en infinitud, abandonar los ligámenes del cuerpo y girar en el
espacio cósmico entre los astros. Lo que al principio buscaba el fervor ardiente de San
Bernardo; lo que imaginaban Grünewald y Rembrandt en sus fondos; lo que vislumbraba
Beethoven en los lejanos sones de sus últimos cuartetos, eso mismo es lo que reaparece en
la embriaguez perespiritualizada de esa serie de descubrimientos. Así surge ese tráfico
fantástico que en pocos días atraviesa continentes, surca océanos en ciudades
flotantes, horada montañas, construye laberintos subterráneos, convierte las máquinas
de vapor, agotadas en sus posibilidades, en máquinas de esencia, y, cansado de caminar
por carreteras y rieles, alza su vuelo por el aire. La palabra
hablada irradia en un
instante sobre los mares. Por doquiera se manifiesta la ambición de batir «records» y
aumentar dimensiones, construir gigantescas salas para gigantescas máquinas, enormes
naves, altísimos puentes y rascacielos, reunir fabulosas fuerzas en una llavecita que un
niño puede manejar, alzar vibrantes edificios de acero y vidrio en donde el hombre,
minúsculo, se mueve como señor omnipotente, sintiendo bajo sus pies, vencida, la
naturaleza.
Y esas máquinas van
tomando cada día formas menos humanas; van siendo cada día más ascéticas, místicas,
esotéricas. Envuelven la tierra en una red infinita de finas fuerzas, corrientes y
tensiones. Su cuerpo se hace cada día más espiritual, más taciturno. Esas ruedas,
cilindros y palancas ya no hablan. Todo lo que es decisivo se recluye en lo interior. Con
razón ha sido la máquina considerada como diabólica. Para un creyente significa el
destronamiento de Dios. Entrega al hombre la sagrada causalidad, y el hombre la pone en
movimiento silenciosamente, irresistiblemente, con una especie de providente omnisciencia.
7
Nunca se ha sentido un
microcosmos tan superior al macrocosmos. Hay aquí pequeños seres vivos que por su fuerza
espiritual han puesto en su dependencia la materia no viva. Nada parece equivaler a ese
triunfo, que sólo una cultura ha logrado y acaso sólo por pocos siglos.
Pero justamente por eso
el hombre fáustico se ha convertido en esclavo de su creación Su número y la
disposición de su vida quedan incluidos por la máquina en una trayectoria donde no hay
descanso ni posibilidad de retroceso. El aldeano, el artífice, incluso el comerciante,
aparecen de pronto inesenciales si se comparan con las tres figuras que la máquina ha
educado durante su desarrollo; el empresario, el ingeniero, el obrero de fábrica. Una
pequeña rama del trabajo manual, de la economía elaborativa, ha producido en esta
cultura, y sólo en ella, el árbol poderoso que cubre con su sombra todos los demás
oficios y profesiones: el mundo económico de la industria maquinista [376]. Obliga
a la obediencia tanto al empresario como al obrero de fábrica. Los dos son
esclavos, no señores de la máquina, que desenvuelve ahora su fuerza secreta más
diabólica.
Pero aunque la teoría
socialista del presente sólo ha querido ver la labor del obrero, empleando para ella sola
la palabra trabajo, sin embargo, este trabajo del obrero no es posible sin la labor
soberana y decisiva del empresario. La famosa frase del brazo fuerte que inmoviliza todas
las ruedas, está mal pensada.
Detener el movimiento,
sí; pero para eso no hace falta ser trabajador. Mantener en movimiento, no. El
organizador y administrador constituye el centro en ese reino complicado y artificial de
la máquina. El pensamiento, no la mano, es quien mantiene la cohesión. Pero justamente
por eso existe una fisura todavía más importarte para conservar ese edificio,
siempre amenazado, una figura más importante que la energía de esos empresarios, que
hacen surgir ciudades de la tierra y cambian la forma del paisaje; es una figura que suele
olvidarse en la controversia política: el ingeniero, el sabio sacerdote de la
máquina. No sólo la altitud, sino la existencia misma de la industria, depende de
la existencia de cien mil cabezas talentudas y educadas, que dominan la técnica y la
desarrollan continuamente. El ingeniero es, en toda calma, dueño de la técnica y le
marca su sino. El pensamiento del ingeniero es, como posibilidad, lo que la máquina como
realidad. Se ha temido, con sentido harto materialista, el agotamiento de las minas de
carbón. Pero mientras existan descubridores técnicos de alto vuelo, no hay peligros de
esa clase que temer. Sólo cuando cese de reclutarse ese ejército de ingenieros, cuyo
trabajo técnico constituye una intima unidad con el trabajo de la máquina, sólo
entonces se extinguirá la industria, a pesar de los empresarios y de los trabajadores.
Supuesto el caso de que la salud del alma importe a los talentudos de las generaciones
próximas más que todo poder en este mundo; supuesto el caso de que, bajo la impresión
de la metafísica y la místicaque hoy destilan racionalismo, el sentimiento
del satanismo de la máquina acometa a los espíritus más selectos, que son los
que importanes el paso de Rogerio Bacon a Bernardo de Claraval, no tardará
entonces en llegar a su término ese espectáculo grandioso, que es juego del espíritu,
en el que las manos no hacen sino un papel secundario.
La industria occidental
ha cambiado las viejas vías comerciales de las demás culturas. Los torrentes de la vida
económica se mueven según los lugares en que reside el «monarca carbón» y los grandes
países productores de materias primas. La naturaleza se agota; el globo terráqueo se
sacrifica al pensamiento fáustico de la energía. La tierra, trabajando; he aquí
el cuadro fáustico. A su vista muere el Fausto de la segunda parte, en quien llega a su
máxima clarificación el espíritu de empresa. Nada se opone más completamente a la
realidad quieta de la época imperial antigua. El ingeniero es quien más alejado está
del pensamiento jurídico romano. El conseguirá, sin duda, que su economía
obtenga el derecho que le corresponde, un derecho en donde las fuerzas y los
rendimientos ocupen el puesto de las personas y las cosas.
8
No menos titánica es,
empero, la acometida del dinero a la fuerza espiritual. La industria está adherida a la
tierra como la vida aldeana; tiene su sitio señalado, y las fuentes de materia prima
surgen del suelo en determinados puntos. Sólo la alta finanza es libre por
completo, inaprehensible. Los bancos, y con ellos las bolsas, desde 1789 han ido
respondiendo a las necesidades de crédito que siente en proporción creciente la
industria; con lo cual se han constituido en fuerzas substantivas y pretenden ser, como
siempre el dinero en toda civilización, la única fuerza. La vieja lucha
entre la economía productora y la economía conquistadora se eleva hasta convertirse
ahora en una silenciosa y gigantesca lucha de los espíritus en el suelo de las urbes
cosmopolitas. Es la lucha desesperada entre el pensamiento técnico, que quiere ser libre,
y el pensamiento financiero [377].
La dictadura del dinero
progresa y se acerca a un punto máximo natural, en la civilización fáustica como en
cualquier otra. Y ahora sucede algo que sólo puede comprender quien haya penetrado en la
esencia del dinero. Si éste fuese algo tangible, su existencia seria eterna. Pero como es
una forma del pensamiento, ha de extinguirse tan pronto como haya sido pensado hasta
sus últimos confines el mundo económico, y ha de extinguirse por faltarle materia.
Invadió la vida del campo y movilizó el suelo; ha transformado en negocio toda especie
de oficio; invade hoy, victorioso, la industria para convertir en su presa y botín el
trabajo productivo de empresarios, ingenieros y obreros. La máquina, con su séquito
humano, la soberana del siglo, está en peligro de sucumbir a un poder más fuerte.
Pero, llegado a este
punto, el dinero se halla al término de sus éxitos, y comienza la última lucha, en que
la civilización recibe su forma definitiva: la lucha entre el dinero y la sangre.
El advenimiento del cesarismo quiebra la dictadura del dinero y de su arma política, la democracia. Tras un largo triunfo de la economía urbana y sus intereses, sobre la fuerza morfogenética política, revélase al cabo más fuerte el aspecto político de la vida. La espada vence sobre el dinero; la voluntad de dominio vence a la voluntad de botín. Si llamamos capitalismo a esos poderes del dinero [378] y socialismo a la voluntad de dar vida a una poderosa organización político-económica, por encima de todos los intereses de clase, a la voluntad de construir