Capítulo II
El problema de la Historia Universal
1
FISIOGNOMICA Y SISTEMÁTICA
Llegamos, por fin, al punto en que nos es posible dar el
paso decisivo y bosquejar un cuadro de la historia, que no dependa de la colocación
accidental del espectador en cierto «presente»el suyoy de su cualidad de
miembro interesado perteneciente a una cultura determinada, cuyas tendencias religiosas,
espirituales, políticas, sociales, le inducen a disponer el material histórico en una
perspectiva temporal y espacialmente condicionada, imponiendo así al proceso histórico
una forma caprichosa y superficial que le es íntimamente extraña.
Lo que ha faltado hasta ahora a los historiadores es la distancia
suficiente de su objeto. En el estudio de la naturaleza hemos llegado ya hace tiempo a
obtener el necesario alejamiento. Verdad es que en este terreno era más fácil de lograr.
El físico construye la imagen mecánico-causal de su mundo
con espontánea evidencia, como si él mismo no formase parte de esa imagen.
Ahora bien; en el mundo de las formas históricas puede
hacerse lo mismo, sólo que hasta ahora no lo hemos sabido.
El orgullo de los modernos historiadores consiste en ser
objetivos; con lo cual demuestran que no se dan cuenta de sus propios prejuicios. Acaso
pueda decirse algún día, y se dirá, que no hemos tenido hasta aquí una verdadera
historiografía de estilo fáustico, con distancia bastante para considerar, en el
panorama completo de la historia universal, el presente que es presente sólo para
una de las innumerables generaciones humanascomo algo infinitamente lejano y
extraño, como una época que no pesa ni más ni menos que las demás épocas, sin
aplicarle el criterio falaz de un ideal, sin referirla a si misma, sin deseos, sin
preocupaciones ni esa participación intima y personal que la vida práctica exige; con
una distancia, en suma, que, usando de las palabras de Nietzscheaunque éste se
hallaba bien lejos de poseerla, nos permita contemplar el hecho humano desde una
gran altitud y mirar hacia las culturas, incluyendo la propia, como quien mira a las
cumbres de la sierra en el horizonte.
Era necesario realizar de nuevo una hazaña como la de
Copérnico, un acto de liberación que negase la apariencia visible en nombre del espacio
infinito, un acto como el que ya el espíritu occidental había llevado a cabo, frente a
la naturaleza, cuando abandonó el sistema ptolomaico para adoptar el actual, excluyendo
así de entre los factores determinantes de la forma la estancia fortuita del espectador
en cierto planeta.
La historia universal puede y debe igualmente hacer caso
omiso de su observatorio accidentalla Edad Moderna. El siglo XIX nos parece
infinitamente más rico e importante que el XIX antes de J. C., por ejemplo; pero también
la Luna nos parece más grande que Júpiter y Saturno. Hace ya mucho tiempo que el físico
está libre del prejuicio de la lejanía relativa, y el historiador sigue padeciéndolo.
Nos permitimos llamar antigüedad a la cultura de los griegos, porque la referimos a
nuestra edad moderna. ¿Era acaso también «antigua» para los refinados egipcios de la
corte del gran Thutmosis, que habían llegado a la cúspide de su evolución histórica
mil años antes de Homero? Para nosotros, los acontecimientos que se han verificado entre
1500 y 1800 en la Europa occidental constituyen el tercio más importante de «la»
Historia Universal; para el historiador chino, que tiende la mirada sobre 4.000 años de
historia china y juzga desde ella, resultan un breve episodio de escasa importancia y, por
supuesto, sin la gravedad de los siglos de la dinastía Han, por ejemplo206 antes de
J. C. a 220 después de J. C., que hacen época en su historia universal.
Me propongo en las siguientes páginas libertar la historia
de los prejuicios personales del espectador, quien, en nuestro caso, la ha convertido
esencialmente en historia de un fragmentó del pasado, asignándole, como término final,
la situación en que casualmente se encuentra hoy Europa y valorando su evolución
pretérita y futura con el criterio de los ideales e intereses públicos del momento
presente.
2
¡Naturaleza e historia! [1]. He aquí, una frente a
otra, las dos extremas posibilidades que tiene cada hombre de ordenar la realidad
circundante como imagen cósmica. Una realidad es naturaleza cuando subordina todo
producirse al producto; es historia cuando subordina todo producto al producirse. Si
contemplamos una realidad en su forma memorativa aparece nuestros ojos el mundo de
Platón, Rembrandt, Goethe, Beethoven. Si concebimos críticamente sus elementos
sensibles actuales aparecen los mundos de Parménides y Descartes, Newton y Kant.
Conocer, en el sentido más enérgico de la palabra, es aquella experiencia íntima cuyo
resultado se llama «naturaleza». Lo conocido y la naturaleza son idénticos. Lo
conocido, como nos lo ha demostrado el símbolo del número matemático, es sinónimo de
lo mecánicamente definido, de lo fijado una vez para siempre, de lo estatuido. La
naturaleza es el conjunto de cuanto es necesario según leyes. No hay más leyes
que las naturales. Ningún físico que tenga conciencia clara de su misión
franqueará jamás esos límites. Su problema consiste en determinar la totalidad, el
sistema bien ordenado de todas las leyes que pueden hallarse en la imagen de su
naturaleza; más aún, que representan íntegramente, sin resto alguno, la imagen
de su naturaleza.
En cambio, intuirrecordemos las palabras de Goethe:
«Intuir debe distinguirse muy bien de mirar»es aquella experiencia íntima que, por
el hecho mismo de verificarse, es historia. Lo que vivimos es lo que acontece, es
historia.
Todo acontecer es singular y no se repite nunca.
Lleva consigo la nota de la direccióndel «tiempo»de la irreversibilidad.
Lo acontecido, que es como el producto, que se opone al producirse, y como el
anquilosamiento, que se opone a la vida, pertenece irrevocablemente al pasado. La emoción
correspondiente es el terror cósmico. En cambio, lo conocido es intemporal; no es
pasado ni futuro; es absolutamente «actual» y, por lo tanto, tiene una validez
perdurable. Así lo exige, en efecto, la constitución íntima de la ley natural. La ley,
lo estatuido, es antihistórico. Excluye el azar. Las leyes naturales son
formas de una necesidad que no admite excepciones, esto es, de una necesidad inorgánica.
Ahora vemos claramente por qué la matemática, que es la ordenación de los productos,
mediante el número, se aplica siempre a las leyes y a las causas y sólo a
éstas.
El devenir «no tiene números». Sólo lo que carece de
vida o lo vivo, si se prescinde de su vidapuede ser contado, medido,
analizado. El puro devenir, la vida, es, en este sentido, ilimitada, y trasciende del nexo
causal, de la ley y de la medida. Una profunda y verdadera investigación histórica no
buscará jamás leyes mecánicas; pues si lo hiciera, fallaría el concepto mismo de su
propia esencia.
Pero la historia que contemplamos no es un devenir puro; es
sólo una imagen, una forma del mundo, que irradia del espectador y en la cual el
producirse predomina sobre el producto. La posibilidad de llegar en la historia a
resultados científicos se basa justamente en lo que la historia contiene aún de
producto, es decir, en un defecto. Y cuanto más importante sea ese contenido, tanto más
mecánica, tanto más intelectualizada, tanto más causal nos aparecerá la historia. La
«naturaleza viviente» de Goethe, imagen perfectamente amatemática del mundo, poseía, a
pesar de todo, tal contenido de cosa muerta y rígida, que Goethe pudo tratarla
científicamente, al menos en su primer plano. Cuando ese contenido se desvanece casi por
completo, cuando la historia se torna casi puro devenir, la intuición se convierte en una
experiencia íntima que ya no admite otros modos manifestativos que los de la forma artística.
El sino de los mundos, que Dante contemplaba con los ojos del espíritu, es algo que no
hubiera podido realizar científicamente; ni Goethe lo que veía en los grandes momentos
de su Fausto, y lo mismo cabe decir de las visiones de Plotino y Giordano Bruno,
que no eran el resultado de una investigación. He aquí la causa principal de todas las
discusiones sobre la estructura de la historia. Ante uno y el mismo objeto, ante una y la
misma colección de hechos, cada espectador, según su índole, recibe una impresión
distinta del con-junto, impresión inaprensible, incomunicable, que determina su
pensamiento, dándole un matiz personal específico. La cantidad de producto contenido en
la visión de dos hombres es siempre distinta; y esto basta para que no puedan entenderse
nunca, ni sobre el tema, ni sobre el método. Pero lo que esta palabra designa es algo
sobre cuya estructura nadie tiene poder; no es que uno sea peor que el otro, sino que los
dos necesariamente son distintos. Otro tanto puede decirse de toda ciencia natural.
Pero atengámonos a esto: querer tratar la historia científicamente
es, en última instancia, una contradicción. La auténtica ciencia llega hasta donde
llegue la validez de los conceptos verdadero y falso. Así, la matemática; así también
la ciencia preparatoria de la historia: colecciones, ordenamiento,
distribución del material. Pero la visión histórica propiamente dicha empieza
donde el material termina y pertenece al reino de las significaciones, donde los criterios
no son ya la verdad o falsedad, sino la hondura o mezquindad. El auténtico físico no es
profundo, sino «sagaz». Sólo cuando abandona el terreno de las hipótesis metódicas y
penetra en las cosas últimas puede ser profundopero entonces ya no es físico, sino
metafísico. La naturaleza debe ser tratada científicamente; la historia,
poéticamente. El viejo Leopoldo de Ranke dijo una vez, según refieren, que el Quintín
Durward, de Walter Scott, representa la verdadera historiografía. Y, en efecto, asi
es; una buena obra histórica tiene la ventaja de que el lector puede ser su propio Walter
Scott.
En la otra esfera, allá donde debieran imperar los
números y el saber exacto, llamó Goethe
«naturaleza viviente» a la intuición inmediata del puro devenir, del puro proceso
plástico; a aquello, por lo tanto, que es historia, en el sentido definido aquí. Su
mundo era, pues, ante todo, un organismo, un ser vivo. Y se comprende que sus
investigaciones, aun cuando tienen una apariencia física, no se proponen hallar números,
ni leyes, ni fórmulas del nexo causal, ni, en general, analizan la realidad; son
morfológicas en el más alto sentido de la palabra, y por lo mismo se advierte en ellas
el propósito de no usar el método típico de la ciencia occidentalmétodo muy
opuestos al pensamiento «antiguo» para descubrir nexos causales: el experimento y
la medición, que en Goethe no se echan nunca de menos. Su estudio de la superficie
terrestre es siempre geología, nunca mineralogíaque él llamaba la ciencia de las
cosas muertas.
Digámoslo una vez más: no existe un límite preciso entre las dos maneras de concebir el mundo. El producirse y el producto se oponen uno a otro; pero los dos están presentes en toda clase de intelección. El que los vea intuitivamente en proceso de devenir, en trance de realizarse, está viviendo la historia; el que los analice como ya producidos y consumados está conociendo la naturaleza.
En todo hombre, en toda cultura y en todo estadio de una cultura existe cierta disposición primaria, cierta tendencia e inclinación originaria a preferir como ideal una de esas dos formas. El hombre de Occidente es de temple sobremanera
histórico [2]; el antiguo no. Nosotros ponemos todo lo dado
en relación con el pasado y con el futuro. La antigüedad no conocía mas realidad que el
presente punctifome. Lo demás se convertía en mito. Cada compás de nuestra música,
desde Palestrina a Wagner, es para nosotros un símbolo del devenir; los griegos,
en cambio, veían en cada estatua una imagen del presente puro. El ritmo de un cuerpo
reside en la relación simultánea de sus partes; el ritmo de una fuga, en el transcurso
del tiempo.
3
Los principios de forma y ley aparecen, pues, como
los dos elementos radicales de toda construcción del universo. Una imagen del mundo es
tanto más matemática y sometida a leyes y números, cuanto más hondamente lleva
impresos los trazos de la naturaleza. En cambio, un mundo intuido puramente como eterno
devenir posee una faz de incalculable riqueza, irreductible a sistemas numéricos. «La
forma es movediza, cambiante, transitoria. La morfología o teoría de las formas es
teoría de las mutaciones. La doctrina de la metamorfosis es la clave que nos permite
descifrar todos los signos de la naturaleza.» Esto dice Goethe en un trozo de sus papeles
póstumos. Así se diferencian, en cuanto al método, la ya citada «fantasía sensible
exacta» de Goethe, que deja intacto lo viviente [3], y los procedimientos exactos, pero
mortíferos, de la física moderna. El residuo que en cada imagen del mundo queda del otro
elemento, y que inevitablemente ha de quedar siempre, se presenta en la física estricta
bajo el aspecto de teorías e hipótesis imprescindibles, cuyo contenido
intuitivo llena y sustenta lo rígido, lo numérico, lo formulario. En la investigación
histórica, ese residuo toma la forma de la cronología, red numérica, que siendo
íntimamente extraña al devenir, no se nos aparece nunca como heterogénea a él,
andamiaje de fechas y estadísticas que envuelve y penetra el mundo de las formas
históricas, aunque sin la menor relación con el carácter de los números matemáticos.
El número cronológico designa la realidad singular; el número matemático, la
posibilidad constante. Aquél circunscribe formas y, para la pupila inteligente, dibuja
los contornos de las edades y de los hechos; está al servicio de la historia. Este
es en sí mismo la ley que ha de determinarse, el fin y término de la investigación.
El número cronológico, como recurso de que se vale una
ciencia preparatoria, está tomado de la ciencia más verdaderamente tal, de la
matemática. Pero, en su aplicación y uso, se prescinde de esa propiedad. Considérese
bien la diferencia entre estos dos símbolos: 12 x 8 = 96 y 18 de octubre de 1813.
Los números están aquí empleados de dos maneras tan
diferentes, como el uso de las palabras en la prosa y en la poesía.
Hay que añadir aquí otra observación [4]. El producirse
es siempre el fundamento del producto. Ahora bien; la historia representa una ordenación
de la imagen cósmica en el sentido del producirse. Luego la historia es la forma primitiva
del mundo, mientras que la naturaleza, en el sentido de un perfecto mecanismo, es una
forma posterior, que sólo el hombre de culturas ya florecientes puede realizar. En
realidad, el mundo obscuro de las almas primigenias, el mundo que rodea a la primitiva
humanidad y del cual nos dan hoy testimonio los viejos usos y mitos religiosos, mundo
orgánico, todo lleno de arbitrariedades, demonios hostiles y potencias caprichosas, es un
conjunto viviente, inaprensible, incalculable, agitado por enigmas y misterios. Llámesele
naturaleza si se quiere; pero desde luego no es nuestra naturaleza, no es el
reflejo rígido de un espíritu científico. Los ecos de ese mundo primitivo resuenan
todavía, a veces, como un pedazo de humanidad pretérita en el alma de los niños y de
los grandes artistas; ese mundo emerge, a veces, en medio de la naturaleza precisa y
definida, que el espíritu urbano de las culturas adultas construye en torno al individuo
con tiránica insistencia. Tal es el fundamento de la oposición tenazque todas las
postrimerías conocenentre la manera científica («moderna») de concebir el mundo
y la manera artística («impráctica»). El hombre de los hechos y el poeta no se
comprenderán nunca. He aquí por qué toda investigación histórica, que debiera siempre
tener algo de infantilismo y de ensoñación, algo de aquella alma de Goethe, corre gran
peligrosi aspira a ser científicade convertirse en una mera física de la
vida pública, en «materialista», como ella misma ingenuamente se ha denominado.
«Naturaleza», en su sentido exacto, es una concepción
más rara de la realidad; es la manera madura, y aun quizá senil, de poseer la realidad;
se presenta a las inteligencias de las grandes urbes en las postrimerías de una cultura.
«Historia», en cambio, es la concepción ingenua, juvenil, la concepción más inconsciente
y propia de toda la humanidad. Asi al menos se oponen la naturaleza numerada, sin
misterios, analizada y analizable de Aristóteles y Kant, de los sofistas y los
darwinistas, de la física y química modernas, y la naturaleza vivida, ilimitada,
emotiva, de Homero y la Edda, de los hombres del gótico y del dórico. Prescindir de esto
es desconocer la esencia de toda reflexión histórica. La historia es la concepción
propiamente natural; la naturaleza exacta, mecánica, ordenada, es, en cambio, la
concepción artificial, que el alma forma de su mundo. A pesar de ello, o acaso por
ello mismo, la física es fácil para el hombre moderno y la historia le resulta difícil.
Gérmenes de un modo mecánico de pensar el mundo, de una
inteligencia orientada hacia la limitación matemática, la distinción lógica, la ley y
la causalidad, aparecen bastante temprano. Los encontramos ya en los primeros siglos de
todas las culturas, si bien aun endebles, fragmentarios y ahogados en la abundancia de la
conciencia religiosa. Cito el nombre de Roger Bacon. Pero pronto esas manifestaciones del
pensamiento abstracto adquieren un carácter más riguroso; se advierte en ellas un tono
dominador y exclusivista, que es común a todas las conquistas del espíritu, cuando viven
bajo la continua amenaza de una ofensiva por parte de la naturaleza humana.
Insensiblemente, el reino de la extensión y de los conceptospues los conceptos son
en su esencia números, estructuras puramente cuantitativasva introduciéndose en el
mundo exterior del individuo, estableciendo entre las sencillas impresiones de la
sensibilidad un nexo mecánico de índole causal y numérica, y sometiendo, al fin, la
conciencia vigilante del hombre culto de las grandes ciudadesTebas de Egipto,
Babilonia, Benarés, Alejandría, las urbes mundiales de la Europa occidentala tan
continuada coacción del pensar naturalista, que apenas hay nadie que se atreva a
contradecir el prejuicio de toda filosofía y de toda ciencia pues es un
verdadero prejuicio, según el cual ese estadio del espíritu es el espíritu
humano mismo, y su alter ego, la imagen mecánica del mundo circundante, es el
mundo mismo. Los lógicos, como Aristóteles y Kant, han hecho predominante esta
concepción; pero Platón y Goethe la refutan.
4
Conocer el mundo es, para el hombre de las culturas
superiores, una verdadera necesidad, algo que se compenetra con su propia existencia, una
ofrenda que cree deberse a sí mismo y a su vida. Y ya se le dé el nombre de ciencia o de
filosofía, ya se admita o se rechace, con íntima certidumbre, su afinidad con la
creación artística y la intuición religiosa, ese problema del conocimiento es sin duda
alguna, en todo caso, siempre el mismo: consiste en exponer en toda su pureza el lenguaje
formal de la imagen cósmica, imagen prefijada a la conciencia vigilante del
individuo, y que éste, mientras no compara, debe considerar como «el» mundo
mismo.
Ante la diferencia que existe entre la naturaleza y la
historia, aparece el problema del conocimiento como un problema doble. Cada uno de los dos
aspectos hablará su propio lenguaje formal, lenguaje bien distinto en todos los sentidos.
Y toda imagen del mundo que tenga un carácter indeciso y
vacilantecomo sucede ordinariamentepodrá contenerlos a los dos en mezcla
confusa, pero nunca en unidad verdadera.
Dirección y extensión. He aquí los dos caracteres
fundamentales que diferencian el aspecto histórico y el naturalista del mundo. El hombre
no es capaz de actualizarlos ambos simultáneamente, en el mismo instante. La palabra
lejanía tiene un doble sentido bien característico. En la historia significa el futuro;
en la naturaleza, la distancia espacial. Debe notarse que el materialista
histórico siente el tiempo casi necesariamente como dimensión. Para el artista, en
cambio, es lo contrario, como lo demuestra la poesía de todas las edades. Las lejanías
panorámicas, las nubes, el horizonte, el sol poniente son impresiones que van
indefectiblemente unidas al sentimiento de algo futuro. El poeta griego niega el futuro,
y, por consiguiente, ni ve ni canta esas cosas. Entregado al presente, no
tiene sentido mas que para lo próximo. El investigador de
la naturaleza, el hombre de entendimiento productivo, en sentido propio, ya sea un
experimentador como Faraday, ya un teórico como Galileo, ya un calculador como Newton,
encuentra en su mundo siempre cantidades, nunca direcciones, y las mide, las
experimenta, las ordena. La cantidad es lo único que se acomoda a la concepción por
números, a la definición por causa y efecto, a la explicación por conceptos, fórmulas
y leyes. Aquí acaban las posibilidades de todo conocimiento naturalista puro. Todas las
leyes son conexiones cuantitativas, o, como el físico dice, todos los procesos físicos transcurren
en el espacio. El físico antiguo hubiera corregido esta expresión, sin alterar el
hecho, pero acomodando las palabras a su sentimiento del mundo, que negaba el espacio, y
hubiera dicho: todos los procesos tienen lugar entre cuerpos.
Pero las impresiones o aspectos históricos son
irreductibles a la cantidad. Su órgano es otro. El mundo como naturaleza y el mundo como
historia tienen sus propios modos de concepción, que conocemos muy bien y
empleamos a diario, aunque hasta ahora no hayamos tenido conciencia de su oposición. En
efecto, hay un conocimiento de la naturaleza y un conocimiento de los hombres.
Hay la experiencia científica y la experiencia de la vida. Apúrese esta
oposición hasta sus últimas consecuencias y se comprenderá lo que quiero decir.
Todas las maneras de concebir el mundo pueden, en última
instancia, designarse con la palabra morfología. La morfología de lo mecánico, de lo
extenso, la ciencia que descubre y ordena las leyes naturales y los nexos causales, se
llama sistemática. La morfología de lo orgánico, de la historia y de la vida, de todo
lo que posee dirección y sino, se llama físiognómica.
5
La concepción sistemática del mundo, en Occidente, ha
llegado a su apogeo en el pasado siglo, y ya ha franqueado esta cumbre. La concepción
físiognómica tiene ante sí un gran porvenir. Dentro de cien años todas las ciencias
que puedan edificarse sobre el solar del Occidente europeo serán los fragmentos de una
fisiognómica única y grandiosa, la físiognómica de la humanidad. Esto es lo que
significa «la morfología de la historia universal». En toda ciencia, tanto
por su finalidad como por su material, el hombre se narra a sí mismo. La experiencia
científica es un reconocimiento espiritual de si mismo. Desde este punto de vista
acabamos de tratar la matemática como un capitulo de la físiognómica.
No nos importa precisar lo que cada matemático se propone.
Quedan excluidos de nuestra consideración el científico como tal y los resultados a
que llega y con que aumenta el caudal de la ciencia. Lo único que ahora nos importa es el
matemático como hombre, cuya actividad constituye una parte de su existencia, cuya
ciencia y cuyas opiniones son otros tantos gestos expresivos, por tanto, como órgano de
una cultura.
Por medio de él, ésta nos habla de sí misma; y él, como
persona, como espíritu, por sus descubrimientos, por sus conocimientos, por sus
creaciones, es un rasgo fisiognómico de esa cultura.
Toda matemática es la confesión de un alma que manifiesta
a todos, por modo visible, la idea de su número, innato en su conciencia vigilante, ya
como sistema científico, yaen el caso de Egiptocomo forma de una
arquitectura. Lo que en la obra hay de propósito deliberado pertenece al aspecto externo
de la historia; pero el fondo inconsciente, el número, el estilo de su desarrollo en un
mundo cerrado de formas, todo eso es expresión de la existencia, de la sangre misma.
La historia de su vida, su florecimiento, su decadencia, su
profunda relación con las artes plásticas, con los mitos y cultos de la misma cultura,
todo eso forma parte de una morfología histórica, que se considera aún casi imposible.
La parte visible, exterior, de toda historia, tiene, pues,
la misma significación que la apariencia externa de un hombre, su estatura, sus gestos,
su porte, su manera de andar, de hablar, de escribir. Todas estas formas expresivas tienen
un gran valor para el buen conocedor de hombres. El cuerpo, con todas sus manifestaciones,
lo limitado, el producto, lo Perecedero, es expresión del alma. Pero conocer a los
hombres es asimismo conocer esos organismos humanos de estilo portentoso que llamo
culturas; es interpretar sus gestos, sus ademanes, su lenguaje, sus acciones, como se
interpretan las de un individuo.
La fisiognómica descriptiva, configurativa, es el arte del
retrato, trasladado a lo espiritual. Don Quijote, Wérther, Julián Sorel, son retratos de
una época. Fausto es el retrato de toda una cultura. Para el físico, cuya ciencia es una
morfología sistemática, el retrato del mundo es un problema de imitación; no de otro
modo que la «fidelidad», «el parecido» para el jornalero de la pintura, que, en
realidad, procede también por modo matemático. En cambio, un verdadero retrato, en el
sentido de Rembrandt, tiene un estilo fisiognómico, esto es, representa toda una historia
condensada en un momento. La serie de los autorretratos de Rembrandt no es otra cosa que
una autobiografía a lo Goethe. Asi es como hay que escribir la biografía de las grandes
culturas. La parte imitativa, la labor profesional, la rebusca de datos, fechas y
números, es un simple medio y no el fin. Todos esos fenómenos, que hasta ahora nadie ha
sabido valorar sin acudir a criterios personales, provecho o perjuicio, bondad o
maldad, agrado o desagrado; todos esas formas políticas y económicas, batallas, artes,
ciencias, dioses, matemáticas, morales, son rasgos del rostro de la historia. Todo lo
acontecido, todo cuanto aparece es símbolo, expresión de un alma, y debemos penetrar su
significación. De esta suerte la investigación se encumbra a su máxima y final certeza:
todo lo transitorio es mero símbolo.
Un hombre puede educarse para la física. El historiador, en
cambio, nace. El historiador comprende y penetra los hombres y las cosas de un solo
golpe, guiado por un sentimiento que no se aprende, que elude toda intervención
premeditada y goza de la plenitud de sí mismo en harto raros instantes.
Descomponer, definir, ordenar, circunscribir efectos y
causas, eso puede hacerse siempre que se quiera. Es trabajo. Lo otro, en cambio, es
creación. La fisonomía y la ley, la metáfora y el concepto, el símbolo y la fórmula
tienen muy distintos órganos. Asi se manifiesta la relación entre la vida y la muerte,
la generación y la destrucción. El intelecto, el sistema, el concepto, matan cuando
«conocen». Hacen de lo conocido un objeto rígido que puede medirse y dividirse. La
intuición, empero, anima y vivifica; incorpora lo singular a una unidad viviente,
íntimamente sentida. La poesía y la investigación histórica tienen entre sí un
parentesco muy próximo, como el cálculo y el conocimiento. Dice una vez Hebbel: «Los
sistemas no se enseñan; las obras de arte no se calculan, o, lo que es lo mismo, no se
piensan.» El artista, el historiador verdadero, contempla cómo las cosas devienen;
revive el devenir en el rostro de la cosa contemplada. El sistemático, ya sea físico,
lógico, darwinista o historiógrafo pragmático, conoce lo que ha sido. El alma de un
artista es, como el alma de una cultura, algo que aspira a realizarse, algo completo y
perfecto, o, dicho en el lenguaje de una vieja filosofía, un microcosmos. El espíritu
sistemático, apartadoabstraídode lo sensible, es una manifestación tardía,
estrecha y efímera que aparece en los estadios más maduros de una cultura. Va unido al
fenómeno de las grandes urbes, en donde la vida se condensa cada día más, y con
las grandes urbes desaparece también. La ciencia antigua dura desde los jonios del siglo
VI hasta la época romana. En cambio hay artistas antiguos mientras dura la antigüedad.
El siguiente esquema aclarará, quizá, lo que decimos:

Si intentamos aclarar el principio de unidad, desde
el cual concebimos cada uno de esos dos mundos, hallaremos que todo conocimiento de forma
matemática se refiere a un presente constante, y tanto más cuanto más puro sea
el conocimiento. La imagen de la naturaleza, que el físico contempla, es el conjunto de
lo que se desenvuelve actualmente ante sus sentidos. Entre las premisas de toda física
hay una casi siempre silenciada, pero tanto más firme; consiste en suponer que «la»
naturaleza es una y la misma para toda conciencia vigilante y en todos los tiempos. Un
experimento resuelve una cuestión «para siempre». En esta concepción no se niega el
tiempo, pero se prescinde de él. En cambio, la verdadera historia descansa sobre el
sentimiento no menos cierto de lo contrario. La historia supone en quien la cultiva un
órgano histórico, esto es, una especie de sensibilidad interna, difícil de describir,
cuyas impresiones están en continua transformación y por lo tanto no pueden ser
sintetizadas en un momento dado.Más tarde hablaremos de eso que los físicos llaman
«tiempo». La imagen históricaya sea de la humanidad, del mundo orgánico,
de la tierra o de los sistemas estelares- es una imagen memorativa. La
memoria se concibe aquí como un estado superior, que no es dado a todas las conciencias
vigilantes y que muchas no poseen sino en mínimo grado, una especie particular de
imaginación que nos hace vivir cada momento sub specie aeternitatis, en constante
referencia a lo pasado y a lo futuro; es el fundamento de toda intuición retrospectiva,
de todo conocimiento de si mismo, de toda confesión. En este sentido el hombre antiguo no
tiene memoria, y, por lo tanto, no tiene historia, ni propia ni ajena («Sobre historia
sólo puede juzgar quien haya vivido la historia en si mismo.» Goethe). En la conciencia
antigua todo el pasado quedaba absorbido por el presente momentáneo. Compárense las
cabezas extraordinariamente «históricas» de las esculturas de la catedral de Naumburgo,
o las de Durero, o las de Rembrandt, con las cabezas de las estatuas griegas, v.
gr., con la famosa de Sófocles. Aquéllas narran la historia de un alma.
Los rasgos de ésta se limitan a la expresión de una
realidad momentánea y no nos dicen nada del curso anterior de la vida, que termina en el
estado presente, si puede hablarse asi, tratándose de un verdadero «antiguo», de un
hombre siempre entero, que siempre es y no se halla nunca en proceso de realización.
6
Ahora ya podemos descubrir los últimos elementos del mundo
de las formas históricas. Innumerables figuras que surgen y desaparecen, que se destacan
un instante para fluir de nuevo sin descanso; un remolino de mil colores y matices,
lanzando por doquiera los más varios destellos, que parecen resultados del capricho y del
azartal es en primer término el cuadro que presenta la historia universal cuando se
abre en su conjunto ante el espíritu que lo contempla. Pero la mirada profunda, que
penetra en lo esencial, extrae de esa contingencia formas puras que, ocultas en lo más
hondo, no se dejan descubrir fácilmente. Estas formas constituyen la base de todo el
devenir humano.
Dejando a un lado la imagen de la evolución universal, con
sus horizontes ingentes, escalonados uno tras otro, tal como los abarca la mirada
fáustica [5]evolución del sistema estelar, de la superficie terrestre, de los
seres vivos, de los hombres, consideremos ahora solamente la brevísima unidad
morfológica de la «historia universal», en su sentido corriente, esa historia de la
humanidad superior, que Goethe en su vejez estimaba tan poco y que abarca actualmente unos
seis mil años; y no entremos por ahora en el profundo problema de la intima homogeneidad
entre todos esos aspectos.
Algo hay que da sentido y contenido a ese mundo fugaz de las
formas históricas, algo que hasta ahora ha permanecido enterrado bajo la masa, mal
entendida, de las «fechas» y de los «hechos» tangibles; es el fenómeno de las
grandes culturas.
Cuando estas protoformas hayan sido vistas, sentidas,
estudiadas en su significación fisiognómica, entonces podrá afirmarse que se ha llegado
a la inteligencia (para nosotros) de la esencia y forma interior de la historia
humanaen contraposición a la esencia de la naturaleza. Sólo desde este punto
de vista podrá hablarse en serio de una filosofía de la historia, y será posible
comprender, en su contenido simbólico, todos los hechos del cuadro histórico, los
pensamientos, las artes, las guerras, las personalidades, las épocas, considerando la
historia misma, no como mera suma de los pasado, sin propia ordenación ni necesidad
interior, sino como un organismo de precisa estructura y membración significativa, en
cuyo desarrollo el presente accidental del espectador no constituye una época
aparte y el futuro no aparece como cosa informe e imprevisible.
Las culturas son organismos [6]. La historia
universal es su biografía. La gran historia de la cultura china o de la cultura antigua
es morfológicamente el correlato exacto de la pequeña historia de un individuo, de un
animal, de un árbol o de una flor. Esto, para la visión fáustica, no es una exigencia,
sino una experiencia. Sí queremos conocer la forma interna que por doquiera se repite,
podemos valernos del método que ha elaborado hace tiempo la morfología comparada de las
plantas y los animales [7]. El contenido de toda historia humana se agota en el sino de
las culturas particulares, que se suceden unas a otras, que crecen unas junto a otras, que
se tocan, se dan sombra y se oprimen unas a otras. Y sí hacemos desfilar ante el
espíritu las formas de esas culturas, que hasta ahora han permanecido escondidas bajo el
manto de una «historia de la humanidad», concebida como trivial sucesión de hechos,
conseguiremos sin duda descubrir en su pureza y esencia la protoforma de toda
cultura, que, como ideal, sirve de fundamento a todas las culturas particulares.
Distingo por una parte la idea de una cultura, esto
es, el conjunto de sus interiores posibilidades, y, por otra parte, la manifestación
sensible de esa cultura en el cuadro de la historia, esto es, su realización cumplida. Es
la misma relación que mantiene el alma con el cuerpo vivo, su expresión en el
mundo luminoso de nuestros ojos. La historia de una cultura es la realización progresiva
de sus posibilidades. El cumplimiento equivale al término. En la misma relación se halla
el alma apolíneaque quizá algunos de nosotros puedan sentir y vivir de
nuevocon su desenvolvimiento en la realidad, es decir, con ese conjunto que se llama
«Antigüedad», cuyos restos, accesibles a la contemplación y al estudio inteligente
investigan el arqueólogo, el filólogo, el estético, el historiador.
La cultura es el protofenómeno de toda la historia
universal, pasada y futura. Esta idea del protofenómeno, tan profunda como mal apreciada;
esta idea que Goethe descubrió en su «naturaleza viviente» y que le sirvió de base
para sus investigaciones morfológicas, debemos aplicarla aquí, en su sentido más
exacto, a todas las formaciones de la historia humana, a las que han llegado a perfecta
madurez como a las fenecidas en flor, a las muertas a medio desarrollo como a las ahogadas
en germen. Es éste un método del sentimiento, no del análisis.
«Lo más alto a que puede llegar el hombre es la
admiración; y cuando el protofenómeno se la provoca, debe darse por satisfecho, que más
arriba no puede subir; y no busque más, que aquí está el límite.» Un protofenómeno
es aquel en que se nos aparece en toda su pureza la idea del devenir. Goethe pudo
contemplar claramente, con los ojos del espíritu, la idea de la protoplanta en la
figura de una planta cualquiera, hija del azar y hasta de una planta posible. Su gran
descubrimiento del os intermaxillare se funda en el protofenómeno del
tipo vertebrado. En otros problemas, su punto de partida fue la disposición
geológica de las capas, o la hoja como protoforma de todos los órganos vegetales,
o la metamorfosis de las plantas como imagen primaria de todo producirse orgánico. «La
misma ley podrá aplicarse a los demás seres vivientes», escribía desde Nápoles a
Herder, al comunicarle su descubrimiento. Era ésta una visión de las cosas que Leibnitz
hubiera entendido. El siglo de Darwin ha permanecido alejado de este punto de vista.
Pero aun falta una concepción de la historia que esté totalmente libre de los métodos darwinistas, es decir, de la física sistemática, de la física edificada sobre el principio de causalidad. Nunca se ha hablado todavía de una fisiognómica rigurosa y clara, perfectamente consciente de sus recursos y de sus limites. Sus métodos estaban aún por descubrir. Este es el gran problema del siglo XX: poner cuidadosamente de manifiesto la estructura de las unidades orgánicas, por las cuales y en las cuales se desenvuelve la historia universal; distinguir lo que morfológicamente en necesario y
esencial de aquello que sólo es contingente; comprender la expresión,
el cariz de los acontecimiento e interpretar su lenguaje.
7
Una masa inabarcable de seres humanos, un torrente sin
orillas, que nace en el pasado sombrío, allá donde nuestro sentimiento del tiempo pierde
su eficacia ordenativa y la fantasía inquietao el terrorevoca la imagen de
los períodos geológicos, para ocultar tras ella un enigma indescifrable; un torrente que
va a perderse en un futuro tan negro e intemporal como el pasado; tal es el fondo Sobre
que se destaca la imagen fáustica de la historia humana. El oleaje uniforme de las
innumerables generaciones estremece la amplía superficie.
Refulgentes destellos surcan los ámbitos. Inciertas luces
se agitan temblorosas, enturbiando el claro espejo; se confunden, brillan y desaparecen.
Las hemos llamado razas, pueblos, tribus. Reúnen una serie de generaciones en un limitado
circulo de la superficie histórica, y cuando se extingue en ellas la fuerza
creadorafuerza muy variable, que prefija a esos fenómenos una duración y
plasticidad también muy variablesextínguense asimismo los caracteres
fisiognómicos, lingüísticos, espirituales, y la Concreción histórica vuelve a
disolverse en el caos de las generaciones. Arios, mongoles, germanos, celtas, partos,
francos, cartagineses, bereberes, bantúes, son nombres que aplicamos a muy distintas
formaciones de este orden.
Sobre esta superficie describen las grandes culturas sus
círculos majestuosos [8]. Emergen de pronto, extienden a lo lejos sus magnificas curvas,
debilítanse luego y desaparecen.
Y el espejo del agua sigue terso, solitario, adormecido.
Una cultura nace cuando un alma grande despierta de su
estado primario y se desprende del eterno infantilismo humano; cuando una forma surge de
lo informe; cuando algo limitado y efímero emerge de lo ilimitado y perdurable.
Florece entonces sobre el suelo de una comarca, a la cual
permanece adherida como una planta. Una cultura muere, cuando ese alma ha realizado la
suma de sus posibilidades, en forma de pueblos, lenguas, dogmas, artes, Estados, ciencias,
y torna a sumergirse en la espiritualidad primitiva. Pero su existencia vivaz, esa serie
de grandes épocas, cuyo riguroso diseño señala el progresivo cumplimiento de su
destino, es una lucha intima, profunda, apasionada, por afirmar la idea contra las
potencias del caos en lo exterior y contra la inconsciencia interior adonde han ido éstas
a refugiarse coléricas.
No sólo el artista lucha contra la resistencia de la
materia y el aniquilamiento de la idea. Toda cultura se halla en una profunda relación
simbólica y casi mística con la extensión, con el espacio, en el cual y por el cual
quiere realizarse. Cuando el término ha sido alcanzado, cuando la idea, la muchedumbre de
las posibilidades interiores se ha cumplido y realizado exteriormente, entonces, de
pronto, la cultura se anquilosa y muere; su sangre se cuaja, sus fuerzas se agotan;
se transforma en civilización. Esto es lo que sentimos y comprendemos en las
palabras Egipticismo, Bizantinismo, Mandarinismo. Y el cadáver gigantesco, tronco reseco
y sin savia, puede permanecer erecto en el bosque siglos y siglos, alzando sus ramas
muertas al cielo. Tal es el caso de China, de la India, del mundo del Islam. La
civilización antigua de la época imperial se erguía gigantesca, con aparente riqueza y
fuerza juvenil; pero en realidad lo que hacía era privar de aire y de luz a la Joven
cultura arábiga de Oriente [9].
Este es el sentido de todas las decadencias en la
historia cumplimiento interior y exterior, acabamiento que inevitablemente
sobreviene a toda cultura viva. La de más limpios contornos se halla ante nuestros
ojos; es la «decadencia de la antigüedad». Y ya hoy podemos rastrear claramente en
nosotros y en torno a nosotros los primeros síntomas de la decadencia propia, de la
«decadencia de Occidente», acontecimiento que por su transcurso y duración coincide
plenamente con la decadencia de la antigüedad y se sitúa en los primeros siglos del
próximo milenio [10].
Toda cultura pasa por los mismos estados que el individuo.
Tiene su niñez, su juventud, su virilidad, su vejez. En el
orto del románico y del gótico se manifiesta un alma joven, tímida, henchida de
presentimientos, que llena el paisaje fáustico, desde la Provenza de los trovadores hasta
la catedral de Hildesheim, bajo el obispo Bernward. Sopla por estas comarcas un viento de
primavera. «Las obras de la vieja arquitectura alemanadice Goetheson la flor
de una situación extraordinaria. Ante el espectáculo inmediato de este florecimiento no
cabe otra actitud que la admiración; pero quien sepa escudriñar en la secreta vida
interior de las plantas en la expansión de las fuerzas, en el desarrollo paulatino de los
gérmenes, ese ve con otros ojos y sabe lo que ve...»
Esta niñez del alma se expresa también, y con muy
parecidos tonos, en el dórico de la época homérica, en el arte cristiano primitivo,
esto es, arábigo-primitivo, y en las obras del Antiguo Imperio egipcio, que comienza con
la cuarta dinastía. Una conciencia mística del universo entra aquí en lucha con todas
las obscuridades, con todos los demonios que habitan en ella misma y en la naturaleza; el
alma pelea contra el pecado y va poco a poco aproximándose a la expresión pura y
luminosa de una existencia al fin lograda y comprendida. Cuando una cultura se acerca al
mediodía de su vida, su lenguaje de formas, al fin conquistado, se hace cada vez más
viril, más áspero, más continente, más saturado, más convencido y lleno del
sentimiento de su propia fuerza, más claro en sus rasgos.
En los comienzos, todo es aún vago, confuso, vacilante,
lleno a un tiempo de anhelo y de terror pueriles. Considérese la ornamentación de las
portadas en las iglesias románico-góticas de Sajonia y del sur de Francia. Piénsese en
las catacumbas cristianas, en los vasos de estilo Dipylon. Pero luego, cuando ya el alma
tiene conciencia de haber llegado a la plenitud de sus fuerzas plásticas, por ejemplo en
la época en que comienza el Imperio Medio, en el tiempo de los Pisistratidas, de
Justiniano I, de la Contrarreforma, entonces todos los detalles de la expresión aparecen
seleccionados, rigurosos, mesurados, llenos de admirable ligereza y como inevitables.
Entonces surgen por doquiera esos momentos de brillante perfección, en que se producen la
cabeza de Amenemhet III (la esfinge del Hycso de Tanis), la bóveda de Santa Sofía, los
cuadros del Tiziano. Luego vienen ya otras obras más tiernas, casi quebradizas,
acariciadas por las suaves melancolías del otoño: la Afrodita de Cnido, las Corés
del Erecteion, los arabescos de los arcos de herradura, el torreón de Dresde, Watteau,
Mozart. Por último, en la senectud de la civilización incipiente extínguese el fuego
del alma. La fuerza, que declina, se atreve aún, con éxito medianoes el clasicismo
que encontramos en toda cultura moribunda, a acometer una creación magna; el alma
piensa otra vezes el romanticismo, con melancólica añoranza, en su niñez
pasada. Al fin, rendida, hastiada y fría, pierde el gozo de vivir y anhelacomo en
la época romana alejarse de la luz milenaria y sumergirse de nuevo en la negrura
mística de los estadios primitivos, en el seno materno, en la tumba. Este es el encanto
de la «segunda religiosidad» [11] que los cultos de Isis, Mithra y el Sol ejercían
sobre los antiguos en su postrimería; esos mismos cultos que un alma nueva, en Oriente,
había inventado como primera manifestación angustiosa y ensoñada de su existencia en
este mundo y había llenado de inédita intimidad.
8
Cuando hablamos del hábito [12] de una planta nos
referimos a su peculiar modo de manifestarse exteriormente, al carácter, al curso y a la
duración de su paso por el mundo luminoso de nuestros ojos; carácter por el cual cada
una de sus partes, y en cada una de sus épocas, se distingue de los ejemplares de las
demás especies. Aplicaré a los grandes organismos de la historia este concepto que es
muy importante para la fisiognómica; hablaré, pues, del hábito de la cultura, de la
historia o de la espiritualidad india, egipcia, antigua.
El concepto de estilo ha querido expresar siempre cierto sentimiento indefinido de esta peculiaridad, y cuando se habla del estilo religioso, espiritual, político, social, económico de una cultura y, en general, del estilo de un alma, no se hace otra cosa que aclararlo y profundizarlo. Ese hábito de la existencia en el espacio, que en el individuo humano se extiende a sus sentimientos, a sus pensamientos, a sus ademanes, a sus acciones, comprende, en la existencia de las culturas, la integridad de cuanto es expresión superior de la vida: preferencia por determinadas artesplástica escultórica, pintura al fresco entre los helenos, contrapunto, pintura al óleo entre los occidentales, la decidida negativa a admitir otrasla plástica rechazada por los árabes, la inclinación al esoterismoindios, o a la popularidadAntiguos, a la oratoriaAntiguos, o a la escrituraChina y Occidente, las formas de comunicación espiritual, los tipos de la indumentaria, las administraciones, las comunicaciones, las fórmulas de cortesía. Todas las grandes personalidades de la antigüedad constituyen un grupo, cuyo hábito anímico es bien diferente del de los grandes hombres del grupo árabe u occidental. Si comparamos a Goethe o a Rafael mismos con los antiguos, tendremos que agrupar en seguida en una misma familia a Heráclito, Sófocles, Platón, Alcibíades, Temístocles, Horacio, Tiberio. Toda gran ciudad antigua, desde la Siracusa de Hieron hasta la Roma imperial, es la encarnación, el símbolo de uno y el mismo sentimiento de la vida; y por su diseño, por sus calles, por la lengua que nos hablan sus edificios públicos y privados, por el tipo de sus plazas, patios, callejuelas y fachadas, por sus colores, sus rumores, su movimiento y el espíritu de sus noches, se distingue estrictamente del grupo de las grandes ciudades indias, árabes u occidentales. En Granada, conquista reciente de los cristianos, quedó flotando durante mucho tiempo el alma de las ciudades árabes, Bagdad, Cairo, cuando ya el Madrid de Felipe II tenia todas las características fisiognómicas de las ciudades modernas, Berlín, Londres y París. Hay un alto simbolismo en todos esos rasgos distintivos; piénsese en la afición de los occidentales a las perspectivas y calles en línea recta, cual se
manifiesta en la traza poderosa de los Campos Elíseos,
desde el Louvre, o en la plaza de San Pedro; en cambio recuérdese la casi premeditada
confusión y estrechez de la Vía Sacra, del Foro romano, del Acrópolis, con su
distribución asimétrica y sin perspectiva.
La estructura de las ciudades, ya sea por un impulso obscuro
como en el gótico, ya conscientemente, como desde Alejandro y Napoleón, reproduce el
principio de la matemática leibnitziana del espacio infinito o el de la euclidiana de los
cuerpos aislados [13].
Entre los elementos que constituyen el hábito de un
grupo de organismos debemos incluir cierta, duración de su vida y cierto compás
en su evolución. Estos conceptos no pueden faltar en una teoría de las estructuras
históricas. El ritmo de la existencia antigua era diferente del de la egipcia o árabe.
Puede decirse que el espíritu helénico-romano ejecuta un
andante y el espíritu fáustico un allegro con brío. El concepto de lo que dura la vida
de un hombre, de una mariposa, de un roble o de una hierba, tiene un valor determinado,
independiente de las contingencias del sino individual. Diez años son en la vida de los
hombres un trecho que significa aproximadamente lo mismo para todos; la metamorfosis de
los insectos en algunos casos se verifica en un número de días exactamente prefijado.
Los romanos asociaban a sus conceptos de pueritia, adolescencia, juventus, virilitas,
senectus, una representación casi matemática. La biología del futuro hallará sin
duda en esta duración prefijada de las especies y los génerosen oposición
al darwinismo y excluyendo radicalmente todos los temas finalistas y causales para
explicar el origen de las especiesla base para una nueva posición del problema
[14]. Lo que dura una generaciónde cualesquiera serestiene una significación
casi mística. Estas relaciones pueden aplicarse también a las culturas, en un sentido
que nadie, hasta ahora, ha sospechado. Toda cultura, toda época primitiva, todo
florecimiento, toda decadencia, y cada una de sus fases y períodos necesarios, posee una
duración fija, siempre la misma y que siempre se repite con la insistencia de un
símbolo. En este libro hemos de renunciar a descubrir ese mundo de misteriosas
conexiones; pero los hechos, que en el transcurso de la exposición aparecerán cada vez
más luminosos, podrán manifestar lo que aquí no digo. ¿Qué significan esos períodos
de cincuenta años que en todas las culturas constituyen el ritmo del acontecer político,
espiritual, artístico? [15] ¿Qué significan esos períodos de trescientos años que
duran el barroco, el jónico, las grandes matemáticas, la plástica ática, el mosaico,
el contrapunto, la mecánica de Galileo? ¿Qué significa esa duración ideal de un
milenio que tiene una cultura, comparada con la del individuo, «cuya vida dura unos
setenta años»?
Así como las hojas, las flores, las ramas, los frutos
expresan por su aspecto, forma y posición una determinada especie vegetal, así también
las formaciones religiosas, científicas, políticas, económicas, expresan una cultura.
Lo que para la individualidad de Goethe significan la serie de sus varias manifestaciones
en el Fausto, en la teoría de los colores, en el zorro Reinecke, en el Tasso, en
el Wérther, en el Viaje a Italia, en el amor a Federica, en el Diván y en
las Elegías romanas, eso mismo significan, para la individualidad de la cultura antigua,
las guerras médicas, la tragedia ática, la Polis, el movimiento dionysíaco, la
tiranía, la columna jónica, la geometría de Euclides, la legión romana, los combates
de gladiadores y el panem et circenses de la época imperial.
En este sentido, la existencia de todo individuo algo
significativo reproduce, con profunda necesidad, todas las épocas de la cultura a que
pertenece. En cada uno de nosotros despierta la vida interiormomento decisivo a
partir del cual sabe uno que tiene un yoen el punto y manera en que antaño
despertó el alma de la cultura toda. Cada uno de nosotros, hombres de Occidente, revive
de niño, en los ensueños despiertos y en los Juegos infantiles, su época gótica, su
catedral, su castillo, su leyenda heroica, el Dieu le veut de las Cruzadas y el
dolor del mozo Parsifal. Todos los muchachos griegos tuvieron su edad homérica y
su Maratón. En el Wérther, de
Goethe, imagen de una juventud que todo hombre fáustico,
pero ningún antiguo, conoce, resurge el tiempo del Petrarca y de los minnesinger. Cuando
Goethe bosquejó su primer Fausto, era Parzival. Cuando terminó la primera parte,
era Hamlet. Sólo en la segunda parte fue ya el hombre de mundo del siglo XIX, que
comprendía a Byron. La senectud misma de la antigüedad, esos caprichosos e infecundos
siglos del helenismo final, esa «segunda niñez» de una inteligencia cansada y
desengañada, puede estudiarse en pequeño en más de uno de los grandes ancianos de la
antigüedad. En Las Bacantes de Eurípides, se anticipa no poco de aquella
vitalidad que luego se manifiesta en la época imperial; en el Timeo, de Platón,
puede vislumbrarse algo de aquel sincretismo religioso que aparece en esa misma época
imperial. Y el segundo Fausto de Goethe, como el Parsifal, de Wagner, nos
indican de antemano la forma que ha de tener nuestra alma en los próximos, últimos,
siglos creadores.
La biología llama homología de los órganos a su
equivalencia morfológica, por oposición a la analogía de los órganos,
con que designa la equivalencia funcional. Goethe ha forjado aquel concepto
importantísimo y tan fecundo, que le condujo a descubrir en el hombre el os intermaxillare;
Owen le ha dado una fórmula estrictamente científica. Introduzco también ese concepto
en el método histórico.
Es sabido que a cada parte del cráneo humano corresponden
exactamente otras partes de los vertebrados, hasta los peces; las aletas pectorales de los
peces y los pies, las alas y las manos de los vertebrados terrestres son órganos
homólogos, aun cuando hayan perdido hasta la más leve sombra de semejanza. Los pulmones
de los vertebrados terrestres y la vejiga natatoria de los peces son homólogos; en
cambio los pulmones y las branquias [16] son análogoscon respecto a su
función. Manifiéstase en estas observaciones un talento morfológico profundo, adquirido
por medio de una severa educación de la mirada y que la historiografía moderna, con sus
comparaciones superficialesCristo con Buda, Arquímedes con Galileo, César con
Wallenstein, las pequeñas ciudades alemanas con las griegas, desconoce por
completo. En el curso de este libro veremos a qué inauditas perspectivas puede llegar la
visión histórica, cuando se comprenda y se afine esta nueva y honda manera de concebir
los fenómenos históricos.
Son formaciones homologas, para no citar otras muchas, la
plástica griega y la música instrumental de Occidente, las pirámides de la cuarta
dinastía y las catedrales góticas, el budismo indio y el estoicismo romano (el budismo y
el cristianismo no son ni siquiera análogos), las épocas de los «Estados
luchando», en China, de los Hycsos y de las guerras púnicas, la de Perícles y la de los
Omeyas, la del Rig-Veda, la de Plotino y la de Dante. Son homólogos el movimiento
dionysíaco y el Renacimiento; en cambio el movimiento dionysíaco y la Reforma son
análogos. Para nosotrosNietzsche lo ha sentido muy bien«Wagner compendia la
modernidad». Por consiguiente, tiene que haber algo correspondiente para la
modernidad «antigua». Es el arte de Pergamo. Los cuadros sinópticos que van al
principio de este libro pueden dar un concepto provisional de la fecundidad que atesora
este punto de vista.
De la homología de los fenómenos históricos se deriva un
concepto completamente nuevo. Llamo correspondientes a dos hechos históricos que,
cada uno en su cultura, se producen en la mismarelativaposición y tienen, por
lo tanto, una significación exactamente pareja. Ya se ha visto cómo el desarrollo de la
matemática antigua y el de la occidental se verifican con entera congruencia. Hubiéramos
podido citar como correspondientes a Pitágoras y Descartes, a Archytas y Laplace,
a Arquímedes y Gauss. Correspóndense el nacimiento del jónico y el del barroco.
Polignoto y Rembrandt, Policleto y Bach son también correspondientes. Con exacta
correspondencia se presenta en todas las culturas su Reforma, su Puritanismo y, sobre
todo, el momento en que la cultura pasa a ser civilización. En la antigüedad ese momento
va unido a los nombres de Filipo y Alejandro; en el Occidente, el suceso correspondiente
aparece bajo la forma de la Revolución y Napoleón. Alejandría, Bagdad y Washington
fueron construidas en épocas correspondientes [17]. Correspóndense la moneda antigua y
nuestra contabilidad por partida doble, la primera tiranía y la Fronda, Augusto y
Chihoangti, Aníbal y la guerra mundial.
Espero demostrar que, sin excepción, todas las grandes
creaciones y formas de la religión, del arte, de la política, de la sociedad, de la
economía, de la ciencia, en todas las culturas, nacen, llegan a su plenitud y se
extinguen en épocas correspondientes; que la estructura interna de cualquiera de
ellas coincide exactamente con la de todas las demás; que no hay en el cuadro histórico
de una cultura un solo fenómeno de honda significación fisiognómica, cuyo
correlato no pueda encontrarse en las demás culturas, en una forma característica y en
un punto determinado. Desde luego, para comprender esa homología de dos fenómenos hace
falta profundizar y no dejarse seducir por el aspecto del primer plano; y esa profundidad,
esa distancia del objeto, es justamente lo que más ha faltado hasta ahora a los
historiadores, que no hubieran podido ni soñar siquiera con que el protestantismo hallase
su correlato en el movimiento dionysíaco y el puritanismo inglés de Occidente
correspondiese al Islam del mundo árabe.
Vistas asi las cosas, se ofrece una posibilidad que supera
todas las ambiciones de nuestra historiografía, la cual se ha limitado, en lo esencial, a
ensartar uno tras otro los hechos conocidos del pasado. Me refiero a la posibilidad de
avanzar más allá del presente, más allá de los limites de la investigación, y
predecir la forma, la duración, el ritmo, el sentido, el resultado de las fases
históricas que aun no han transcurrido; me refiero también a la posibilidad de
reconstruir épocas pretéritas, muy remotas y desconocidas, culturas enteras del pasado,
por medio de las conexiones morfológicas. Este método, en cierto modo, se parece al de
la paleontología, que, por el examen de un pedazo de cráneo, infiere datos seguros sobre
el esqueleto y la especie a que el ejemplar pertenece.
Si suponemos que el historiador sabe compenetrarse con el
ritmo fisiognómico, le será posible, interpretando detalles sueltos de la
ornamentación, de la construcción, de la escritura, o datos aislados de índole
política, económica, religiosa, reconstruir los rasgos orgánicos fundamentales del
cuadro histórico, durante siglos enteros. Ciertas particularidades de las formas
artísticas le permitirán, por ejemplo, inferir la forma política contemporánea, y los
principios matemáticos le darán a conocer acaso el carácter de la economía de la misma
época.
Este método está orientado verdaderamente en el sentido de
Goethe, como que se funda en la idea del protofenómeno; la morfología comparativa
de los animales y las plantas lo emplea habitualmente, aunque en esferas limitadas; pero
puede aplicarse también a la historia, en proporciones que nadie ha vislumbrado aún.
II
LA IDEA DEL SINO Y EL PRINCIPIO DE CAUSALIDAD
9
Estas consideraciones nos descubren, en fin, una oposición
que nos proporciona la clave de uno de los más viejos y más grandes problemas de
la humanidad. Con ella podemos ahora abordar ese problema y aun resolverlosi es que
esta palabra encierra algún sentido. Me refiero a la oposición entre la idea
del sino y el principio de causalidad; oposición que hasta hoy nadie ha
conocido, en su necesidad profunda, en esa necesidad que da al mundo sus formas.
El que comprenda bien el sentido en que se puede decir que
el alma es la idea de una existencia, comprenderá asimismo que en el alma ha de
residir la certidumbre de un sino y que la vida mismaque he llamado la forma
de realizarse la posibilidaddebemos sentirla como orientada en una dirección, como
irrevocable y regida por un sino. Este sentimiento del sino despunta confuso y angustioso
en el hombre primitivo; luego ya aparece claro y reducido a la fórmula de una concepción
del mundo, en el hombre de las culturas superiores, aun cuando sólo es comunicable
por medio del arte y de la religión y nunca por demostraciones y conceptos.
En todo idioma culto hay un cierto número de palabras que
permanecen envueltas en un profundo misterio: hado, fatalidad, azar, predestinación,
destino. No hay hipótesis, no hay ciencia que pueda expresar la emoción que se apodera
de nosotros cuando nos sumergimos en el sonido y significación de dichos vocablos. Son
símbolos y no conceptos. Constituyen el centro de gravedad de esa imagen del mundo que he
llamado el universo como historia, a distinción del universo como naturaleza. La idea del
sino requiere experiencia de la vida, no experiencia científica; vigor intuitivo, no
cálculo; profundidad, no ingenio. Hay una lógica orgánica, una lógica
instintiva de la vida, segura como un ensueño y opuesta a la lógica de lo inorgánico,
de la inteligencia, de lo intelectual. Hay una lógica de la dirección, opuesta a la
lógica de la extensión. Ningún filósofo sistemático, ningún Kant, ningún
Aristóteles ha sabido tratarla. Estos pensadores nos han hablado de Juicio, de
percepción, de atención, de recuerdo; pero nada nos han dicho de lo que hay en las
palabras esperanza, ventura, desesperación, arrepentimiento, devoción, obstinación. El
que busque aquí, en lo viviente, premisas y consecuencias; el que crea que conocer el
íntimo sentido de la vida equivale a fatalismo y predestinación, no sabe lo que esto
significa y contunde la experiencia intima con la rigidez de lo conocido y de lo
cognoscible. Causalidad es lo que el entendimiento concibe, lo legal, lo expresable, la
forma misma de nuestra vigilia inteligente.
La palabra sino alude en cambio a una inefable certidumbre
interna. La esencia de lo mecánico queda expuesta claramente en un sistema físico o
gnoseológico, en un cálculo matemático, en un análisis por conceptos. Pero la idea del
sino no puede comunicarse mas que por medios artísticos, como el retrato, la tragedia, la
música. La causalidad exige una diferenciación, es decir, una destrucción; el
sino es una creación. Por eso el sino se refiere a la vida, y la causalidad a la
muerte.
En la idea del sino se revela el anhelo cósmico que
atormenta a un alma, su ansia de luz, de ascensión, de cumplimiento, su afán de realizar
el propio destino. A ningún hombre le falta por completo la idea del sino. El hombre de
las postrimerías, el desarraigado habitante de las grandes ciudades, con su sentido
práctico de los hechos, con la coacción que su intelecto mecánico ejerce sobre su
visión primitiva, suele perderla de vista, hasta que en una hora profunda resurge ante
sus ojos, con una terrible claridad que aniquila todo el causalismo superficial del
universo. El mundo, considerado como sistema de conexiones causales, aparece tardía y
raramente, sólo en el intelecto enérgico de las culturas superiores, como una
adquisición más firme, pero, en cierto modo, más artificial. Causalidad equivale a ley.
No hay más leyes que las causales. Pero así como el nexo causal es, según Kant, un principio
necesario del pensamiento vigilante, la forma básica de su relación con el mundo,
asi también las palabras sino, predestinación, destino, expresan un principio
necesario de la vida. La historia real tiene un sino y no leyes. Se puede prever el
futuro; la mirada puede penetrar profundamente en los arcanos del futuro; pero no es
posible calcularlo. Hay un ritmo fisiognómico, la facultad de leer toda una vida en un
rostro y la historia de pueblos enteros en el cuadro de una época. Pero esa facultad es
involuntaria, irreductible a un «sistema», alejada infinitamente de toda «causa» y
«efecto».
El que conciba el mundo sensible de manera sistemática y no
físiognómica; el que se lo apropie por medio de experiencias causales creerá
necesariamente que comprende toda vida desde el punto de vista de la causa y el efecto,
esto es, sin dirección interna, sin misterio. Pero el que, como Goethe y como casi todos
los hombres, en casi todos los momentos de su existencia, deja que el mundo circundante
impresione sus sentidos y se asimila la totalidad de esa impresión; el que siente lo
producido como un producirse y le arranca al universo la rígida máscara de la
causalidad; el que no retuerce su mente en reflexiones lógicas, ese comprende al punto el
enigma del tiempo; para él el tiempo ya no es ni un concepto, ni una «forma», ni
una dimensión, sino algo que se siente en la intimidad personal con profunda certidumbre;
para él el tiempo es el mismo sino; y su dirección, su irreversibilidad, su
vitalidad, le aparecen ahora como el sentido del universo en su aspecto histórico.
El sino es a la causalidad como el tiempo al espacio.
En las dos posibles imágenes del mundo, en la historia
y en la naturaleza, en la fisonomía de todo el producirse y en el sistema
de todo lo producido, imperan, pues, el sino o la causalidad.
Existe entre ellos la misma diferencia que entre el
sentimiento vital y el conocimiento. Cada uno es el punto de partida de un mundo perfecto,
concluso, pero que no es el único posible.
Mas el producirse es el fundamento de lo producido, y
consiguientemente la intima y segura sensación de un sino sirve de base al conocimiento
de las causas y los efectos. La causalidad essi se me permite la expresiónel
sino realizado, transformado en cosa inorgánica, petrificado en las formas del
entendimiento, El sinojunto al cual han pasado silenciosos todos los constructores
de sistemas intelectualistas, como Kant, porque les era imposible captar lo viviente con
sus abstracciones privadas de vidael sino reside más allá y fuera de toda
concepción naturalista. Pero siendo lo primario, es él quien da al principio de
causalidad, principio muerto y rígido, la posibilidad histórico-vital de
aparecer como la forma y complexión de un pensamiento tiránico, en las culturas muy
desarrolladas. La existencia del alma antigua es la condición sin la cual no se
hubiera producido el método de Demócrito; la existencia del alma fáustica es la
condición del de Newton.
Y cabe muy bien imaginar que ambas culturas hubiesen
permanecido sin física de estilo propio, pero no que ambos sistemas físicos existan sin
el fundamento de esas culturas.
Se comprende, pues, en qué sentido el producirse y el
producto, la dirección y la extensión se implican y subordinan mutuamente, según que
nuestra imagen del universo sea histórica o naturalista. Si la «historia» es en efecto
aquella manera de concebir el universo que consiste en comprenderlo todo subordinando el
producto al producirse, lo mismo ocurrirá con los resultados de la investigación
física. Y en realidad, ante la mirada del historiador, no hay más que historia de la
física. Quiso el sino que los descubrimientos del oxígeno, de Neptuno, de la
gravitación, del análisis espectral, aconteciesen precisamente en cierto modo y en
cierto momento.
Quiso el sino que la teoría flogística, la teoría
ondulatoria de la luz, la teoría cinética de los gases surgiesen en general como interpretaciones
de ciertos hallazgos, es decir, como convicciones personales de algunos espíritus, aunque
otras teorías «exactas» o «falsas»pudieron muy bien surgir en lugar de
las citadas. Si tal opinión desaparece y tal otra, en cambio, orienta en cierta
dirección el mundo de la física, es ello igualmente debido al sino, es efecto de la
impresión producida por una vigorosa personalidad. Y hasta el naturalista nato habla del
destino de un problema y de la historia de un descubrimiento. Recíprocamente: si la
«naturaleza» es la concepción intelectual que aspira a incorporar el producirse a los
productos, a igualar la dirección viviente con la extensión rígida, entonces la
historia figurará, a lo sumo, en un capítulo de la teoría del conocimiento, y realmente
así la hubiera concebido Kant silo que es aún más significativono la
hubiese del todo olvidado en su sistema. Para Kant, como para todos los sistemáticos, la
naturaleza es el mundo; cuando Kant habla del tiempo, sin notar que el tiempo es dirección,
irreversibilidad, demuestra, por lo que dice, que está hablando de la naturaleza y no
sospecha siquiera la posibilidad del otro mundo, del mundo histórico, que acaso era
realmente imposible para él.
Pero la causalidad no tiene nada que ver con el tiempo.
Esto, dicho ante un mundo de kantianos, que ni siquiera saben hasta qué punto lo son,
parece hoy una enorme paradoja.
Empero, en todas las fórmulas de la física occidental cabe
distinguir esencialmente el ¿cómo? del ¿cuánto tiempo? Si
consideramos profundamente la relación causal, veremos que se limita estrictamente a
estatuir que algo sucede; pero sin decirnos cuándo sucede. El «efecto»
tiene necesariamente que darse con la «causa». Pero la distancia entre ambos
pertenece a otro orden; hállase en el comprender mismo, como momento de la vida, no en lo
comprendido. La esencia de la extensión consiste en superar la dirección. El espacio
contradice al tiempo, aun cuando, en lo mas profundo, éste precede a aquél y le sirve
de fundamento. E igual prioridad recaba para sí el sino.
Primero tenemos la idea del sino, y luego, por contraposición
a ella, naciendo del terror, como ensayo de la conciencia vigilante para conjurar y
vencer, en el mundo sensible, el término inevitable, la muerte, sobreviene el principio
de causalidad, con el cual el terror vital intenta defenderse del sino, fundando
frente a él otro mundo distinto. Tendiendo sobre su haz sensible la red de
causas y efectos, elabora la persuasiva imagen de una duración intemporal y crea
una realidad que vive envuelta en el pathos del pensamiento puro. Esta tendencia se
manifiesta en un sentimiento que conocen muy bien todas las culturas avanzadas: que el
saber da fuerza. Entiéndase: fuerza sobre el sino. El científico abstracto, el
investigador de la naturaleza, el pensador sistemático, cuya existencia espiritual se
funda en el principio de causalidad, es una encarnación tardía del odio
inconsciente a las fuerzas del sino y de lo inconcebible. La «razón pura» niega todas
las posibilidades que no residan en ella misma. Aquí aparece el pensamiento riguroso en
eterna lucha contra el arte. Aquél se subleva; éste se entrega. Un hombre como Kant se
sentirá siempre superior a Beethoven, como el adulto se siente superior al niño; pero no
podrá impedir que Beethoven aparte de si la Crítica de la razón pura,
considerándola como una mísera concepción del universo. El error de toda teleología-la
teleología es el absurdo de los absurdos en la esfera de la ciencia puraconsiste en
querer asimilarse el contenido viviente de todo conocimiento naturalista y con él
la vida misma, por medio de una causalidad invertida, pues el conocer supone un sujeto que
conoce, y si el contenido de ese pensamiento es «naturaleza», en cambio el acto
de pensar es «historia». La teleología es una caricatura de la idea del sino. Lo que
Dante siente como su destino, el científico lo convierte en un fin de la
vida. Tal es la tendencia característica y más profunda del darwinismo, concepción
intelectual propia de las grandes urbes, en la más abstracta de todas las civilizaciones;
tal es también la tendencia de la concepción materialista de la historia, que tiene la
misma raíz que el darwinismo, y, como éste, mata lo orgánico, el sino.
Por eso el elemento morfológico de la causalidad es un principio,
mientras que el del sino es una idea: idea que no puede ser «conocida», descrita,
definida y si sólo sentida y vivida interiormente, idea que, o no se concibe jamás, o
arraiga en el alma con plena certidumbre, como le sucede al hombre primitivo, y, en las
postrimerías, a todos los hombres verdaderamente significativos, a los creyentes, a los
amantes, a los artistas, a los poetas.
Y así aparece el sino como el modo de ser típico del protofenómeno.
En el protofenómeno, la idea viva del devenir se desenvuelve inmediatamente a los ojos
del espíritu. Asi, la idea del sino domina el cuadro cósmico de la historia, mientras
que la causalidad, que caracteriza el modo de ser de los objetos e imprime al mundo
de las sensaciones el carácter de cosas, propiedades, relaciones distintas y
limitadas, constituye, como forma del entendimiento, el alter ego del intelecto, el
mundo como naturaleza.
El problema de saber hasta dónde llega la validez de los
nexos causales, en una imagen natural, o lo que ya para nosotros es lo mismo, el problema
de los sinos a que está sometida esa imagen de la naturaleza, nos aparecerá todavía
más difícil si llegamos a la noción de que, para el hombre primitivo, como para el
niño, no existe un mundo circundante ordenado perfectamente según nexos causales
rigurosos. Nosotros mismos, hombres de las postrimerías, cuya conciencia vigilante sufre
la continua coacción de un pensamiento tiránico, afilado por el idioma; nosotros mismos,
en los momentos de más esforzada atenciónque son los únicos en que realmente
poseemos una imagen física del mundolo más que podemos afirmar es que ese
orden mecánico está contenido en la realidad, incluso en los demás momentos que no son
esos de atención esforzada. Ante la realidad, «vestidura viviente de Dios», nuestra
conciencia vigilante adopta una actitud fisiognómica, y la adopta
involuntariamente, fundándose en una profunda experiencia que asciende desde las fuentes
mismas de la vida.
Los rasgos sistemáticos son, en cambio, la
expresión de un intelecto abstracto, separado de la sensación: son el medio de
que nos valemos para reducir la imagen representativa de todos los tiempos y de todos los
hombres a la imagen momentánea de una naturaleza, que nosotros mismos hemos compuesto.
Pero el modo de componer esa naturaleza tiene una historia en la que nosotros no podemos
influir. No es efecto de una causa; es un sino.
10
Partiendo del sentimiento cósmico del anhelo y su
expresión clara en la idea del sino, podemos plantearnos ahora el problema del tiempo.
Expondremos brevemente su contenido, por lo que toca al tema del presente libro. La palabra
tiempo evoca siempre algo muy personal, aquel elemento que al principio hemos designado
con la voz lo propio, por sentirlo con certidumbre intima opuesto a lo extraño,
que se insinúa en el individuo con las impresiones y por las impresiones de la vida
sensible. Lo propio, el sino, el tiempo, son palabras que se refieren todas a una misma
cosa.
El problema del tiempo, como el del sino, ha sido tratado
con una falta absoluta de comprensión por todos los pensadores, que se han limitado a
sistematizar lo producido. En la famosa teoría de Kant no se menciona la nota de dirección,
tan característica del tiempo. Y nadie ha echado de menos las manifestaciones
pertinentes a este punto. ¿Qué es, empero, el tiempo como simple transcurso? ¿Qué es
el tiempo sin dirección? Todo ser vivo poseeen este punto es forzoso repetirsevida,
dirección, instinto, voluntad, una movilidad íntimamente emparentada con el
anhelo, una movilidad que no tiene la menor relación con el «movimiento» físico. Lo
viviente es indivisible, irreversible, singular; no puede repetirse y no hay nexo
mecánico capaz de determinar su curso; todo lo cual constituye la esencia misma del sino.
Y el «tiempo»lo que sentimos realmente al oír este término, lo que la
música expresa mejor que la palabra y la poesía mejor que la prosatiene, a
diferencia del espacio muerto, ese carácter orgánico. Desaparece, pues, la
posibilidad, admitida por Kant y otros pensadores, de someter el tiempo a una
consideración gnoseológica, paralela a la del espacio. El espacio es un concepto.
Pero la palabra tiempo indica algo inconcebible; es un símbolo sonoro; y quien le
dé el trato científico de un concepto equivoca por completo su sentido. La misma voz
dirección, que no cabe, sin embargo, substituir por ninguna otra, puede inducirnos a
error, por su contenido óptico. El concepto de vector que usa la Física es una buena
prueba de ello.
Para el hombre primitivo, la palabra «tiempo» no
puede significar nada. El hombre primitivo vive sin necesidad de contraponer el término
tiempo a ninguna otra cosa. Posee tiempo, pero nada sabe de él. En estado
de vigilia tenemos todos conciencia del espacio solamente y no del tiempo. El
espacio, en efecto, «existe»; existe en y con nuestro mundo sensible. Cuando vivimos
entregados al sueño, al instinto, a la intuición, a eso que se llama «sabiduría», es
entonces el espacio un extenderse de las cosas, y sólo en los momentos de esforzada
atención es el espacio; espacio, en el sentido estricto de la palabra. «El tiempo», en
cambio, es un descubrimiento que no hacemos hasta que pensamos. Creamos el tiempo
como representación o concepto, y mucho más tarde es cuando entrevemos que nosotros
mismos, viendo, somos el tiempo [17].
Sólo la inteligencia cósmica de las culturas superiores,
sometida a la impresión de la «naturaleza», que todo lo mecaniza, y dominada por la
conciencia de una extensión rigurosamente ordenada, mensurable y concebible, dibuja la
imagen espacial, el fantasma del tiempo [18] para dar satisfacción a su necesidad
de concebirlo todo, de medirlo y ordenarlo todo por causas y efectos. Y ese instinto, que
muy pronto aparece en todas las culturas, como señal de haber perdido la inocencia de la
vida, crea, más allá del sentimiento verdadero de la vida, eso que todos los idiomas
cultos llaman tiempo, eso que para el espíritu urbano se ha transformado en una magnitud inorgánica,
tan errónea como habitual. Pero si los fenómenos idénticos que llamamos extensión,
límites y causalidad, significan un conjuro y encantamiento de las potencias extrañas
por el almaGoethe habla una vez de «el principio de ordenación inteligible, que
llevamos en nosotros y que quisiéramos imprimir, como sello de nuestro poderío, sobre
todo cuanto nos toca»; si toda ley es una cadena, con que el terror cósmico sujeta
las insistentes impresiones del mundo sensible, una profunda defensa de la vida, entonces
la concepción del tiempo consciente, en el sentido de una representación espacial,
aparece como un momento posterior de esa misma actividad defensiva, como un nuevo intento
de conjurar, por la tuerza del concepto, el enigma interior, tanto más
insoportable cuanto mayor es el predominio del intelecto, que se le opone. Siempre hay
algo de odio en el acto espiritual de recluir una cosa en la esfera y mundo formal de la
medida y de la ley. Matamos lo viviente, al incorporarlo al espacio; pues el
espacio, sin vida, deja sin vida a cuanto a él se aproxima. Nacer es ya morir, y la
plenitud es el término. Algo muere en la mujer cuando concibe.
He aquí el fundamento del odio eterno de los sexos, que
tiene su origen en el terror cósmico. El hombre, cuando engendra, aniquila algo, en un
sentido muy profundo; por generación corpórea en el mundo sensible, por conocimiento
en el mundo espiritual. Aun para Lulero tiene la voz «conocer» el sentido
adjetivo de procreación sexual. Con el saber de la vida, que permaneció
inaccesible a los animales, ha ido creciendo en poderío el saber de la muerte, hasta
dominar por completo la conciencia humana vigilante. La imagen del tiempo ha
convertido la realidad en cosa transitoria [19].
La creación del simple nombre del tiempo fue una liberación que no tiene semejanza. Nombrar algo por su nombre significa adquirir
poder sobre ello: esta creencia forma parte esencialísima
de la magia primitiva. Conjúranse las potencias adversas nombrándolas por su nombre. El
enemigo queda quebrantado y aun muerto cuando con su nombre se verifican ciertas
prácticas mágicas [20]. Esta primitiva expresión del terror cósmico se conserva aún
parcialmente en el atan de toda filosofía sistemática por reducir a conceptos o, si otra
cosa no fuere posible, a meros nombres, lo incomprensible, lo que el espíritu no puede
dominar. Basta darle a algo el nombre de «lo absoluto», para sentirse ya superior a
ello. La «filosofía», el amor a la sabiduría, es en realidad la defensa contra
lo inconcebible. Lo que nombramos, concebimos, medimos, queda sometido a nuestro poder y
transformado en cosa rígida, hecho «tabú» [21]. Digámoslo una vez más: «saber es
poder». En esto se funda la distinción entre las concepciones realistas e idealistas del
universo, distinción que corresponde al doble sentido de la palabra «temor». Unas nacen
del temor respetuoso; otras, del temor repulsivo ante lo inaccesible. Aquéllas
contemplan; éstas quieren reducir, mecanizar el mundo y hacerlo inofensivo. Platón y
Goethe acogen humildemente el misterio; Aristóteles y Kant quieren desenmascararlo,
aniquilarlo. El ejemplo más profundo del sentido oculto, que yace en todo realismo, nos
lo ofrece el problema del tiempo. La magia del concepto conjura, aniquila lo que el tiempo
tiene de inquietante, esto es, la vida misma.
Nada de lo que la filosofía, la psicología, la física
«científicas» han dicho sobre el tiempocreyendo contestar a la pregunta; ¿Qué es
el tiempo?, pregunta que no hubiera debido hacerse nuncase refiere al misterio
mismo, y sí sólo a un fantasma de forma espacial, que substituye al tiempo, y en
el cual la dirección viviente, el sino, queda reemplazado por la representación interior
de una distancia, representación que, por muy intima que sea, siempre es la copia
mecánica, mensurable, reversible, divisible, de algo que en realidad no puede ser
copiado; es un tiempo que puede reducirse a fórmulas
matemáticas como
, que no excluyen la hipótesis de un
tiempo cero y aun de tiempos negativos [22]. Sin duda aquí no se tiene en cuenta para
nada la esfera de la vida, del sino, del tiempo vivo, histórico. Se trata de un
sistema de signos puramente intelectuales, que hacen abstracción incluso de la vida
sensible.
Póngase