CAPITULO III.
MACROCOSMOS
1
EL SIMBOLISMO DE LA IMAGEN
CÓSMICA Y EL PROBLEMA DEL ESPACIO.
De
esta suerte, la noción de una historia universal, de carácter fisiognómico, se
amplifica y se convierte en la idea de un simbolismo universal. La investigación
histórica, en el sentido que reclamamos aquÍ, se limita a estudiar el cuadro de lo que
fue vivo y ahora es pretérito y a fijar su forma y su lógica internas. La idea del sino
es la última a que puede llegar. Pero esta investigación, por nueva y amplia que sea, en
la dirección que hemos indicado, no puede, sin embargo, constituir mas que un fragmento,
base de otra consideración todavía más amplia. Junto a la investigación histórica
existe una investigación física que es igualmente fragmentaria y se limita al circulo de
las relaciones causales. Pero ni el «movimiento» trágico ni el «movimiento» técnicosi
es lícito emplear estos términos para distinguir los fundamentos de lo que es vivido y
de lo que es conocidoagotan la realidad del ser viviente.
Nosotros
sentimos y conocemos mientras estamos en estado de vigilia; pero también vivimos cuando
el espíritu y los sentidos duermen. Aunque las tinieblas de la noche cierren nuestros
ojos, la sangre no duerme. Somos mobiles in mobile sirvan estos términos de
la ciencia natural para expresar por medio de una imagen lo inexplicable, que en las horas
profundas se afirma en nosotros con íntima certidumbre. Pero la irreductible
dualidad del aquí y del allí es dualidad solo para el ser que vive vigilante. Todo
movimiento propio tiene expresión, todo movimiento ajeno produce impresión; de suerte
que todo cuanto se da en nuestra conciencia, sea cual fuere su forma: alma y mundo, vida y
realidad, historia y naturaleza, ley, sentimiento, sino, Dios, futuro y pasado, presente y
eternidad, todo, para nosotros, encierra otro sentido, que es el más profundo. Y el
único medio, el medio supremo para hacer comprensible lo incomprensible, consiste en una
especie de metafísica, para lo cual todo, sea lo que fuere, tiene la
significación de un símbolo.
Los
símbolos son signos sensibles, impresiones últimas, indivisibles y sobre todo
involuntarias, que poseen una significación determinada. Un símbolo es un rasgo de la
realidad que, para un hombre con sus sentidos alerta, designa inmediata y evidentemente
algo que no puede comunicarse por medio del intelecto. Un ornamento dórico, preárabe o
prerrománico; la forma de la casa, de la familia, del trato; los trajes y los cultos; el
rostro, el porte, la actitud de un hombre y de toda una clase social o de todo un pueblo;
la manera cómo los hombres y los animales hablan y se preparan los alimentos; más aún,
el lenguaje mudo de la naturaleza con sus selvas, sus prados, sus rebaños, sus nubes, sus
estrellas; las noches de luna, las tormentas, las primaveras, los otoños, las
proximidades y las lejanías, todo es impresión simbólica que el universo produce en
nosotros cuando estamos despiertos. Y nosotros percibimos ese lenguaje en las horas de
recogimiento. Por otra parte, el sentimiento de una comprensión homogénea es el que,
sobre la humanidad universal, reúne y destaca ciertos grupos, familias, clases, tribus y
finalmente todas las culturas.
No
trataremos, pues, de lo que «sea» un mundo, sino de lo que signifique para quien vive en
medio de él. Cuando despertamos a la vida consciente, algo se nos aparece dilatado entre
un aquí y un allí. Sentimos el aquí, percibimos el allí. El aquí es para nosotros lo
propio, el allí lo extraño. Es la disyunción del alma y del mundo, los dos polos de la
realidad. En la realidad no sólo hay resistencias, que concebimos por modo mecánico como
cosas y propiedades; no sólo hay movimientos, en los cuales sentimos la actividad de
otros seres, de unos numina, que son «como nosotros mismos», sino que hay
también algo que, por decirlo así, anula aquel dualismo. La realidad el mundo con
respecto a un almaes para cada individuo la dirección proyectada sobre el reino
de la extensión; es lo propio que se refleja en lo extraño. La realidad significa el
hombre
mismo.
Un acto tan creador como inconscienteno soy «yo» el que realiza la posibilidad,
sino la posibilidad la que se realiza por medio de miecha el puente del símbolo
entre el aquí y el allí vivientes. Súbitamente y con plena necesidad surge del conjunto
que forman los elementos sensibles y memorativos, «el» mundo, el mundo que concebimos
y que es un mundo único para cada individuo.
Por
eso hay tantos mundos como seres despiertos y como grupos de seres viviendo en armonía de
sentimientos. En la existencia individual, el mundo, que suponemos único, independiente y
eternocada uno cree tener el mismo mundo que los demás, es una experiencia
intima, siempre nueva, única, que no se repite jamás.
Hay
una escala de conciencia ascendente que comienza en los primeros atisbos de una visión
obscura e infantilen los cuales ni existe un mundo claro para un alma, ni un alma
cierta de sí misma en un mundoy llega hasta los grados supremos de esos estados
perespiritualizados que sólo conocen los hombres de las civilizaciones llegados a su
plena madurez.
En
esa escala ascendente va desarrollándose al mismo tiempo el simbolismo, desde el
contenido significativo de todas las cosas, hasta la aparición de signos aislados
y precisos. No sólo en los momentos de abandono, en que me entrego al mundo lleno de
obscuras significaciones, como hacen los niños, los sonadores, los artistas; no sólo
cuando estoy despierto, bien que sin concebir el mundo con la atención tirante del
pensador o del hombre de acciónatención que aun en la conciencia del verdadero
pensador o del hombre de acción es más rara de lo que se cree, sino siempre,
continuamente, mientras quepa hablar de vida despierta en general, voy entregando a lo que
está fuera de mí el contenido de todo mí mismo, desde los momentos en que
recibía las primeras impresiones de una vaga realidad ambiente, que era casi como un
sueño, hasta después de haber construido la noción rígida del universo mecánico, que
con sus leyes y sus números clasifica y enlaza ordenadamente aquellas impresiones. Aun en
el reino puro de los números hay simbolismo; y justamente del mundo numérico proceden
esos signos que el pensamiento tortuoso llena de significaciones inefables: el
triángulo, el círculo, el siete, el doce.
Tal
es la idea del macrocosmos, de la realidad como conjunto de todos los símbolos de un
alma. Nada puede eximirse de esta propiedad de ser significativo. Todo lo que existe
es símbolo.
Desde
la apariencia corporal: rostro, estatura, gesto, porte de los individuos, de las clases
sociales, de los pueblosen donde siempre se ha reconocido el simbolismohasta
las formas del conocimiento, matemática y física, que se suponen eternas y universales,
todo es símbolo, todo manifiesta la esencia de un alma determinada, con exclusión de
cualquier otra.
La
mayor o menor afinidad entre los mundos particulares que viven los hombres de una misma
cultura o de una misma comunidad espiritual es la que les permite comunicarse, mejor o
peor, lo que ven, lo que sienten, lo que conocen, es decir, lo que ellos han plasmado en
el estilo propio de su realidad personal, mediante los recursos expresivos del lenguaje,
del arte, de la religión, por las palabras, las fórmulas, los signos, que, a su vez, son
también símbolos. Este es el obstáculo infranqueable que se opone a que dos seres
puedan realmente comunicarse algo o comprender realmente las manifestaciones de su vida.
El grado de congruencia que haya entre sus dos mundos de formas será, en efecto, el que
determine el punto en donde la comprensión acaba y se convierte en ilusión y engaño.
Sólo muy imperfectamente podemos comprender las almas india y egipciaque se
manifiestan en sus hombres, costumbres, deidades, palabras, ideas, edificios, actos.
Los griegos, que carecen de sentido histórico, no podían tener el menor vislumbre de las
otras almas. Véase con qué ingenuidad creían hallar sus propios dioses y su propia
cultura en los dioses y culturas de los otros pueblos. Pero nosotros mismos, cuando en
algún filósofo extraño traducimos las palabras rx®, atman, tao, por voces corrientes de nuestro idioma, ¿qué hacemos
sino inyectar en la expresión ajena nuestro propio sentimiento cósmico, de donde
emana el sentido que nosotros damos a las palabras? Y cuando interpretamos los rasgos de
un retrato egipcio o chino ¿no acudimos sin vacilar a nuestra experiencia occidental de
la vida? En ambos casos somos victimas de una ilusión. El hecho de que las grandes obras
artísticas de las culturas pretéritas sigan siendo vivas «inmortales» para
nosotros, es una de esas ilusiones que sólo se mantienen por la unanimidad con que
equivocamos su sentido. Asi se explica, por ejemplo, la influencia que tuvo el Laocoonte
sobre el arte del Renacimiento y Séneca sobre el drama clásico de los franceses.
2
Los
símbolos, puesto que son cosas ya realizadas, pertenecen al reino de la extensión.
Todos, aun los que designan un producirse, son algo producido y no algo produciéndose.
Por lo tanto, tienen limites rígidos y obedecen a las leyes del espacio. Todos los
símbolos son sensibles y extensos. La palabra «forma» indica algo que se extiende en la
extensión, sin exceptuarcomo veremoslas formas interiores de la música. La
extensión, empero, es la nota que caracteriza el hecho de «estar despierto», hecho que
constituye sólo un aspecto de la existencia individual y está íntimamente unido a los
destinos de ésta.
Por
eso los rasgos de la conciencia despierta activacuando sentimos o cuando
comprendemosson ya pretéritos en el momento mismo en que los percibimos.
Sobre impresiones sólo podemos re-flexionar, como decimos con giro significativo.
Pero lo que para la vida sensible de los animales es sólo pasado, para la inteligencia
del hombre, sujeta a palabras, es pasajero. Pasajero o transitorio no es solamente
lo que aconteceen efecto, no es posible revocar un acontecimiento, sino
también toda especie de significación. Estudiemos el sino de la columna: en el
templo-sepulcro de los egipcios las columnas forman una hilera que acompaña al caminante;
en el períptero dórico rodean el cuerpo del edificio, apresándolo como en una garra; en
la basílica preárabe sostienen el espacio interior; en la fachadas del Renacimiento dan
expresión al impulso dinámico. La significación que fue, no vuelve nunca a ser. Lo que
penetra en el reino de la extensión encuentra al mismo tiempo su principio y su fin. Entre
el espacio y la muerte existe una profunda conexión que ha sido sentida desde
muy pronto. El hombre es el único ser que conoce la muerte. Todos los demás seres se
hacen viejos, pero con una conciencia circunscrita al presente, con una conciencia que
debe parecerles eterna. Viven sin saber nada de la vida, como los niños, en los primeros
años, cuando la concepción cristiana los considera aun «inocentes». Mueren, y ven la
muerte, pero no saben de ella. El hombre despierto, el hombre propiamente dicho, cuya
inteligencia funciona independientemente de la vistapor la costumbre de hablares
el que tiene, además de la sensación, un concepto de la transición, esto es, una
memoria para el pasado y una experiencia de lo irrevocable. Nosotros somos el
tiempo [58]; pero también poseemos una imagen de la historia, y en esta imagen el
nacimiento aparece como el otro enigma, parejo al de la muerte.
Todos
los demás seres viven la vida sin vislumbrar sus límites, esto es, sin conocer su
problema, su sentido, su duración y su fin. Muchas veces el despertar de la vida interior
de un niño se verifica en relación de identidad profunda y muy significativa con la
muerte de algún pariente. El niño comprende súbitamente el cadáver sin vida,
que se ha convertido en materia y espacio, y al mismo tiempo se siente a sí mismo
como ente aislado en un mundo extraño y extenso. Tolstoi ha dicho una vez: «Del
niño de cinco años a mí no hay más que un paso; del recién nacido al niño de cinco
años hay una distancia aterradora.» En ese momento decisivo de la existencia, cuando el
hombre se hace hombre y conoce su inmensa soledad en el universo, es cuando despunta en su
corazón el terror cósmico, bajo la forma puramente humana de terror a la muerte,
al limite del mundo luminoso, al espacio rígido. He aquí el origen del
pensamiento elevado que, en sus principios, no es sino una meditación de la muerte. Toda
religión, toda ciencia natural, toda filosofía tiene aquí su punto de partida. El
lenguaje de todo gran simbolismo va unido al culto de los muertos, a la forma del
enterramiento, al adorno de la tumba. El estilo egipcio se inicia en los templos-sepulcros
de los Faraones; el antiguo, en la decoración geométrica de los vasos funerarios; el
árabe, en las catacumbas y los sarcófagos; el occidental, en las catedrales, donde a
diario se repite el sacrificio de Cristo entre las manos del sacerdote. El terror
primigenio es el origen de todo sentimiento histórico: en la antigüedad, por la
adhesión al presente henchido de vida; en el mundo árabe, por el bautismo, que
reconquista la vida y supera la muerte; en el mundo fáustico, por la penitencia que nos
hace dignos de recibir el cuerpo de Jesús y con él la inmortalidad. La solicitud
vigilante por la vida, que aun no ha pasado, es la que inspira la solicitud por el
pasado. Un animal tiene futuro solamente; el hombre conoce también el pasado. Toda
nueva cultura despierta con una nueva «intuición del mundo»; esto es, con una súbita
visión de la muerte, como el misterio del universo que contemplamos. Cuando hacia el año
1000 se extendió por Occidente la idea del fin del mundo, era que acababa de nacer el
alma fáustica de este paisaje.
El
hombre primitivo, atónito ante la muerte, quiso conjurar y penetrar, con todas sus
fuerzas de su espíritu, ese mundo de la extensión, esas reglas indeclinables y siempre
presentes de la causalidad, esa omnipotencia obscura que de continuo le amenazaba con
aniquilarle. Esta defensa instintiva yace en las profundidades de lo inconsciente; pero
siendo ella la que propiamente crea, separa y opone una o otro el alma y el mundo, es
también la que señala el comienzo de la vida personal. Empiezan a actuar el
sentimiento del yo y el sentimiento del mundo, y toda cultura, la interna como ]a externa,
la actitud como la producción, no es sino la sublimación de este «ser hombre» en
general. A partir de este momento, lo que resiste a nuestras sensaciones ya no es
simplemente una «resistencia», una cosa, una impresión, como creen los niños y los
animales, sino también una expresión. Las cosas no son realmente reales en el
mundo; tienen también un sentido, que depende de cómo nos «aparecen» en nuestra
intuición del mundo. AI principio, no tenían mas que una referencia al hombre;
ahora el hombre posee también una referencia a ellas. Ahora se han convertido en
símbolos de su existencia. La esencia de todo simbolismo auténtico inconsciente
e íntimamente necesariotiene su origen en el conocimiento de la muerte, que nos
descubre el misterio del espacio. Todo simbolismo significa una defensa. Es la expresión
de un profundo temor, en el doble sentido de la palabra; en efecto, su lenguaje de formas
nos habla a un tiempo mismo de hostilidad y de respeto.
Todo
producto es transitorio. Transitorios son los pueblos, las lenguas, las razas, las
culturas. Dentro de pocos siglos no habrá cultura occidental, no habrá alemanes, ni
ingleses, ni franceses, como en tiempo de Justiniano no había ya romanos; y no porque la
serie de las generaciones humanas se hubiese acabado, sino porque no existía ya la forma
interior de un pueblo, la que había reunido a un gran número de generaciones en un gesto
común. El civis romanus, uno de los más vigorosos símbolos de la existencia
antigua, no duró, como forma, mas que unos siglos. El mismo Protofenómeno de las
grandes culturas habrá desaparecido algún día, y con él, el espectáculo de la
historia universal, y el hombre mismo, y la vida animal y vegetal en la superficie de la
tierra, y la tierra y el sol y el universo de los sistemas solares. Todo arte es mortal, y
mortales son no sólo las obras, sino las artes mismas. Llegará un día en que habrán
cesado de existir el último retrato de Rembrandt y el último compás de Mozart, aun
cuando siga habiendo todavía lienzos pintados y partituras grabadas; será justamente el
día en que hayan desaparecido los últimos ojos y los últimos oídos capaces de entender
el lenguaje de esas formas. Transitorio es todo pensamiento, todo dogma, toda ciencia, que
dejan de existir tan pronto como se extinguen las almas y los espíritus en cuyos mundos
sus «eternas verdades» parecieron necesariamente verdaderas. Transitorios han sido los
mundos estelares, que contemplaban los astrónomos del Nilo y del Eufrates; en efecto,
eran mundos para aquellos ojos, y los ojos nuestrostambién transitoriosson
harto diferentes. Sabemos eso. Un animal no lo sabe, y lo que no sabe no
existe en la intuición de su mundo circundante. Pero cuando desaparece la imagen del
pasado, desaparece asimismo el anhelo de dar a lo transitorio un sentido más profundo. Y
así puede expresarse la idea del macrocosmos humano con las palabras a que toda nuestra
exposición ulterior ha de estar dedicada: Todo lo transitorio es un símbolo.
Esta noción nos conduce insensiblemente al problema
del espacio, pero dándole un sentido nuevo y sorprendente. Su solucióno, más
modestamente, su interpretaciónsólo es posible cuando se ha llegado a este punto;
como el problema del tiempo no se puede comprender hasta que se ha llegado a la idea del
sino. Tan pronto como despertamos, la vida dirigida por el sino se nos aparece en la vida
sensible como la sensación de la profundidad. Todo se dilata en torno nuestro;
pero todavía no es el «espacio»; todavía no es algo que esté firme y fijo, sino un
continuo dilatarse desde el fugaz aquí hasta el fugaz allí. La experiencia íntima del
mundo se refiere exclusivamente a la esencia de la profundidad de la lejanía
o alejamientocuya, dirección designamos en el sistema abstracto de la
matemática con el nombre de «tercera dimensión», junto a la longitud y
la latitud. Esta trinidad de elementos coordenados es desde luego engañosa. No hay duda
de que en la impresión de espaciosidad, que nos produce el mundo, esos elementos no
son equivalentes y mucho menos homogéneos. La «longitud» y la «latitud», que sentimos
y vivimos seguramente como unidad y no como suma, constituyen dicho sea con
precauciónla mera forma de la sensación.
Representan
la impresión puramente sensible. La profundidad, en cambio, representa la expresión,
la naturaleza; con ella empieza «el mundo». Esta diferente manera de valorar la
tercera dimensión, que consiste en contraponerla a las otras dos y que evidentemente es
extraña a la matemática, se manifiesta también en la oposición de los conceptos
sensación e intuición. La dilatación en la profundidad convierte la sensación en
intuición. La profundidad es la dimensión propiamente dicha, en el sentido
literal; ella es la que extiende las cosas [59]. En ella, la conciencia vigilante
es activa; en cambio en las otras dos es estrictamente pasiva. Este elemento primario, que
no es susceptible de más minucioso análisis, manifiesta el contenido simbólico de
una ordenación, en el sentido típico de una cultura única. La experiencia íntima
de la profundidady de esta noción depende todo lo demás es un acto tan
perfectamente espontáneo y necesario, como perfectamente creador; por medio de él recibe
el yo su mundo como, por decirlo así, al dictado. El convierte el torrente de las
sensaciones en una unidad de forma, en una imagen movida que, desde este instante, cae
bajo el dominio de la inteligencia, obedece a leyes, se somete al principio de causalidad
y, por lo tanto, como copia de un espíritu personal, es también transitoria.
Aun
cuando el entendimiento lo niegue, no cabe duda de que esa dilatación puede presentar
infinitas variantes y ser distinta no sólo en el niño y en el hombre, en el salvaje y en
el urbano, en el chino y en el romano, sino, aun dentro del mismo individuo, según que
viva su mundo con atención o con abandono, en actividad o en la quietud. Todos los
artistas han reproducido «la» naturaleza en líneas y colores. Todos los físicos,
griegos, árabes, alemanes, han analizado «la» naturaleza en sus últimos elementos.
¿Por qué no han encontrado todos lo mismo? Porque cada cual tiene su naturaleza
propia, aun cuando cada cual creecon una ingenuidad que salva su intuición vital,
que le salva a si mismoque es idéntica a la de los demás. La «naturaleza»,
empero, es una posesión saturada de esencia personalísima. La naturaleza es una
función de
la
cultura correspondiente.
3
Kant
creyó haber resuelto el grave problema de si ese elemento es a priori o adquirido
por experiencia, mediante su famosa fórmula que dice que el espacio es la forma de la
intuición, la base de todas las impresiones del mundo. Pero el «mundo» del niño
despreocupado y del soñador posee esa forma sin duda por modo harto vacilante e indeciso
[60], y solamente cuando se considera el mundo con mirada atenta, práctica, técnicapues
los seres que se mueven han de buscarse la vida, que sólo los lirios en el campo
no necesitan hacerloes cuando la dilatación sensible cuaja en tridimensión
inteligible. El habitante de las ciudades, en las culturas superiores, es el único que vive
realmente en esa vigilancia cruda, y para su pensamiento es para el que existe un espacio,
abstraído por completo de la vida sensitiva, un espacio («absoluto») muerto,
extraño al tiempo, un espacio que ya no es la forma de la intuición, sino la forma de la
intelección. No hay duda de que el espacio, tal como lo veía Kant con absoluta
certidumbre, al meditar su doctrina, no existía para sus predecesores de la época
carolingia en esa forma rigurosa, ni mucho menos. La grandeza de Kant consiste en haber
inventado el concepto de forma a priori, pero no en la aplicación que le diera. Ya
hemos visto que el tiempo no es una forma de la intuición; que el tiempo no es ni
siquiera «forma» -- pues sólo hay formas extensivasy que ha sido dormido como
contra concepto del espacio. Mas no se trata sólo de saber si la palabra espacio coincide
exactamente con el elemento formal de la intuición; también es un hecho que la forma de
la intuición varía según el grado de la lejanía. Vemos las montañas lejanas
como puras superficies-telones. Nadie se atreverá a sostener que percibe el
disco de la luna con la consistencia de un cuerpo. La luna es, a la vista, una pura
superficie, y sólo cuando el telescopio la agranda considerablementeesto es, cuando
nos acerca a ella artificialmenteadquiere poco a poco las propiedades del espacio.
Evidentemente, pues, la forma de la intuición es también función de la distancia.
Añádase a esto que, cuando reflexionamos, no recordamos exactamente las impresiones
pretéritas, sino que «tenemos a la vista» la imagen del espacio abstracto. Y esta
representación nos engaña acerca de la realidad viviente. Kant se dejó engañar. No
hubiera debido separar las formas de la intuición de las del entendimiento, pues su
concepto del espacio las comprende ambas [61].
Kant
planteó mal el problema del tiempo, porque lo puso en relación con la aritmética, cuya
esencia no había comprendido; y asi, resulta que el tiempo de que nos habla es un tiempo
fantasma, sin dirección viva, un esquema espacial. Otro tanto le sucedió con el problema
del espacio, que puso en relación con la geometría popular. Y quiso el azar que, pocos
años después de terminada su obra capital, descubriese Gauss la primera de las
geometrías no euclidianas. Y estas geometrías, perfectamente coherentes, demuestran, por
su existencia misma, que hay varias estructuras matemáticas de la extensión
tridimensional, todas «a priori ciertas», sin que sea posible destacar una
como la «forma propia de la intuición».
Fue
un error grave, imperdonable en un contemporáneo de Euler y Lagrange, el querer hallar
reproducida en las formas de la naturaleza que nos rodea la geometría escolar antiguaque
en ésta pensó siempre Kant. Cuando se examina atentamente la naturaleza, se
encuentra sin duda que, en la proximidad inmediata del observador y en proporciones
suficientemente pequeñas, existe una coincidencia aproximada entre la impresión óptica
y los principios de la geometría euclidiana habitual. Pero esa coincidencia exacta
que la filosofía afirma no puede demostrarse ni por la visión ni por los instrumentos de
medida. Ni la visión ni los instrumentos pasan de cierto limite de exactitud, que no
basta, ni mucho menos, para decidir prácticamente la cuestión, v. gr., de a cuál de las
geometrías no euclidianas pertenece el espacio empírico [62]. Para grandes dimensiones y
lejanías, en cuyas imágenes predominó la experiencia íntima de la profundidad por
ejemplo, ante un amplio paisaje lejano y no ante un dibujo, la forma de la
intuición contradice por completo la matemática. En una larga avenida de árboles vemos
las paralelas tocarse en el horizonte. Sobre este hecho se funda la perspectiva de la
pintura occidental y la muy diferente de la pintura china, cuya profunda conexión con los
problemas fundamentales de la matemática se ve bien clara. La experiencia íntima de la
profundidad, con la riqueza de sus innumerables variantes, elude toda determinación
numérica. Toda la poesía lírica y la música, toda la pintura egipcia, china y
occidental contradicen a gritos la hipótesis de una estructura rigurosamente matemática
del espacio que vemos y vivimos. Y si ningún filósofo moderno ha dado acogida a esta
refutación es porque ninguno ha entendido nada de pintura.
El «horizonte»,
por ejemplo, en el cual y por el cual toda imagen óptica va poco a poco reduciéndose
hasta terminar en una línea, límite de la superficie, resulta imposible de
concebir por ninguna especie de matemática. La menor pincelada de un paisajista
contradice las afirmaciones de la teoría del conocimiento.
Las
«tres dimensiones», siendo como son magnitudes matemáticas abstractas, abstraídas de
la vida, carecen de limites naturales; pero suelen confundirse con la superficie y la
profundidad de la impresión vivida, y así se propaga de continuo el error gnoseológico,
que consiste en creer que la extensión que vemos en la intuición es también algo
ilimitado; y, sin embargo, nuestra mirada no abarca mas que las partes iluminadas del
espacio, cuyo límite es precisamente el limite de la luz, ya sea el cielo de las
estrellas fijas, ya la claridad atmosférica. El «mundo que vemos» es, en realidad, la
suma de las resistencias luminosas; porque la visión implica la presencia de luz
directa o reflejada. Los griegos se atuvieron a este
mundo
de las cosas vistas; pero el sentimiento cósmico del occidental creó la idea de
un espacio cósmico sin límites, con infinitos sistemas estelares y lejanías que exceden
a toda posibilidad ópticacreación de la mirada interior, que elude toda
realización ocular y que, aun como idea, es extraña e impensable para hombres de otras
culturas y otros sentimientos.
4
El
descubrimiento de Gauss, que cambió por completo la orientación de la matemática
moderna [63], vino a demostrar que hay varias estructuras igualmente exactas de la
extensión tridimensional. Preguntar cuál de ellas es la que corresponde a la intuición
real, revela que no se ha comprendido el problema. La matemática, recurra o no al
uso de imágenes y representaciones intuitivas, tiene siempre por objeto sistemas
puramente intelectuales, abstraídos de la vida, del tiempo y del sino, mundos de
formas numéricas, cuya exactitudno su aparición de hechoes intemporal
y obedece a la lógica mecánica, como todo lo que es conocido y no vivido.
Con
esto queda patente la diferencia entre la intuición viva y el idioma de las formas
matemáticas; y descubrimos el misterio de cómo se produce el espacio.
Ya
sabemos que el producirse es el fundamento del producto, que la historia sin cesar viva es
la base de la naturaleza muerta y realizada, que lo orgánico sustenta a lo mecánico y
que el sino es el nervio de las leyes causales objetivas.
Pues
igualmente podemos decir que la dirección es el origen de la extensión. El misterio
de la vida que camina hacia su realización, misterio al que alude la voz tiempo,
constituye el fundamento de lo que designa la palabra espacio como cosa ya realizada,
aunque sin hacérnoslo inteligible, y más bien sugiriéndonos de ello un sentimiento
intimo. Toda espacialidad real es creada por la experiencia intima de la profundidad.
Y justamente esa dilatación en la profundidad y lejaníaprimero para la
sensibilidad, sobre todo para la vista, y luego para el pensamiento; ese paso
de la impresión sin profundidad a la imagen del mundo, ordenada en forma de macrocosmos,
con la movilidad que, misteriosa, se manifiesta en ella, eso justamente es lo que la
palabra tiempo ante todo designa. El hombre se siente-y éste es el estado de la
verdadera vigilia, de la vigilia atenta«en» una espacialidad que le rodea. Basta
con perseguir esta impresión primaria de lo cósmico para ver que efectivamente no existe
mas que una verdadera dimensión del espacio, a saber: la dirección, que va
del yo a la lejanía, al allí, al futuro, y que el sistema abstracto de las tres
dimensiones es una representación mecánica, no un hecho de la vida. La experiencia
íntima de la profundidad dilata la sensación y la
convierte
en mundo. El carácter de dirección que tiene la vida lo hemos calificado
significativamente de irreversibilidad y un resto de este carácter decisivo del
tiempo perdura en la necesidad imperiosa en que nos vemos de sentir la profundidad del
mundo no desde el horizonte hacia el yo, sino desde el yo hacia el horizonte. El cuerpo
móvil de todos los animales y del hombre está dispuesto en esa dirección. Se anda hacia
«adelante»hacia el futuro, acercándose a cada paso al fin y no sólo al fin, sino
a la vejez. En cambio la mirada la sentimos como retrospectiva, como dirigida
hacía algo pasado, hacia algo que se ha convertido en historia [64].
Si
la forma fundamental del intelecto, la causalidad, la calificamos de sino solidificado,
será lícito decir que la profundidad del espacio es el tiempo solidificado. No
sólo el hombre, el animal también siente el sino, que lo gobierna todo; lo siente
como movimiento por el tacto, por la vista, por el oído, por el olfato; pero ese
movimiento, ante la atención tirante, se convierte en causa rígida. Sentimos que
llega la primavera; sentimos de antemano cómo el paisaje primaveral va a dilatarse en
nuestro derredor. En cambio sabemos que la tierra gira sobre si misma en el espacio
y que la duración de la primavera es de noventa revoluciones terrestres. El tiempo
engendra el espacio, pero el espacio mata al tiempo.
Si
Kant hubiese concentrado más agudamente su pensamiento, en vez de hablar de «dos formas
de la intuición», hubiera llamado al tiempo forma del intuir y al espacio forma
de lo intuído, y acaso entonces hubiera comprendido la relación que existe entre
ambos. El lógico, el matemático, el físico, cuando pone en juego la reflexión atenta,
sólo conoce el espacio producido, abstraído del acontecer singular por la reflexión
misma, el espacio verdadero, sistemático, en el que todo tiene la «propiedad» de una
«duración», que puede determinarse por medios matemáticos. Pero aquí hemos indicado
cómo el espacio se produce incesantemente. Cuando sumidos en el ensueño miramos
con la vista perdida hacia la lejanía, el espacio flota en torno nuestro; pero si de
pronto un susto nos despierta, entonces ante nuestros ojos atentos se atiranta un espacio
firme y duro. Este espacio existe, y porque existe se halla fuera del tiempo, está
abstraído del tiempo y, por lo tanto, de la vida.
En
ese espacio domina la duración, que es un pedazo de tiempo muerto, la duración, como
propiedad conocida de las cosas. Y puesto que nosotros mismos nos conocemos como
existentes en ese espacio, sabemos cuál es nuestra duración y cuáles sus límites; las
agujas del reloj nos la recuerdan de continuo. Pero el espacio rígidoque también
es transitorio y que, cuando afloja la tensión de nuestro espíritu, desaparece de la
dilatación abigarrada que nos rodea, el espacio rígido es signo y expresión de la
vida, el símbolo mas originario y poderoso de la vida.
La
indeliberada interpretación de la profundidad, que domina en la conciencia vigilante, con
la fuerza de un suceso elemental, caracteriza el despertar de la vida interior y al
mismo tiempo marca el limite que separa al niño del hombre. La experiencia intima de
la profundidad, con su significación simbólica, le falta al niño, que quiere coger la
luna, que no encuentra todavía sentido al mundo exterior y que, como el alma del
hombre primitivo, vive en una especie de ensueño adherido a todo lo sensible. Y no es que
el niño carezca de cierta elemental experiencia de la extensión; lo que no tiene aún es
una intuición del mundo. Siente la lejanía; pero la lejanía no habla a su alma.
Sólo cuando el alma despierta por completo es cuando la dirección asciende a la
categoría de expresión viviente. Para los antiguos es el descanso en el presente
inmediato, cerrado a toda lejanía, a todo futuro; para nuestra cultura fáustica es la
energía de dirección, que sólo mira a los horizontes más lejanos; para los chinos es
la marcha adelante, que algún día llegará a la meta; para los egipcios es el decidido
caminar por la senda comenzada. Asi se manifiesta la idea del sino en cada ciclo vital.
Asi es como cada individuo pertenece a una cultura única, cuyos miembros están unidos
por un sentimiento cósmico común, del que se desprende una forma común del
universo. Hay una relación de profunda identidad entre el despertar del alma,
naciendo a la existencia clara, en nombre de una cultura, y la súbita comprensión de la
lejanía y del tiempo, nacimiento del mundo exterior, por medio del símbolo de la
extensión, que será en adelante el símbolo primario de esa vida y le imprimirá
su estilo y la forma de su historia, como progresiva realización de sus posibilidades
interiores. Según como se sienta la dirección, así será el símbolo primario de la
extensión. Para la visión antigua es el cuerpo próximo, bien delimitado, encerrado en
sí mismo; para la visión occidental es el espacio infinito, la aspiración hacia la
profundidad de la tercera dimensión; para la visión arábiga es el mundo como cueva.
Aquí
vemos un viejo problema filosófico volatilizarse, por decirlo así; en efecto, esa
protoforma del mundo es innata, en cuanto que pertenece originariamente al alma de
esa cultura, que se expresa en nuestra vida entera; pero también es adquirida, en
cuanto que cada alma repite por sí ese mismo acto creador, y como la mariposa abre sus
alas, al salir de la crisálida, despliega, en la niñez, el símbolo de la profundidad
que estaba prefijado a su existencia. La primera comprensión de la profundidad es
como un nacimiento, nacimiento espiritual junto al corporal, las culturas nacen
así de su paisaje materno. Y ese nacimiento lo repite luego en su circulo cada alma
individual. Platón llamó a esto la anamnesis, relacionándolo con una creencia
primitiva de los griegos. Así explicó, por el devenir mismo, el carácter preciso y
determinado de la forma cósmica, que existe súbitamente para toda alma
primigenia.
En
cambio Kant, el sistemático, interpretó ese mismo misterio por su concepto de la
forma a priori, es decir, partiendo del resultado muerto, no del proceso viviente.
Llamaremos
en adelante símbolo primario de una cultura a su modo de sentir la extensión. El
símbolo primario es la base de donde hay que derivar todo el lenguaje de formas que nos
habla la realidad de cada cultura; él da a cada cultura una fisonomía que la distingue
de las demás, y sobre todo del mundo que circunda al hombre primitivo, mundo que casi no
tiene fisonomía. En efecto, la interpretación de la profundidad se exalta y se convierte
en un acto, en una expresión que produce obras y transforma la realidad, la cual
ya no sirve, como entre los animales, para satisfacer las necesidades, sino para construir
símbolos vitales, con el auxilio de todos los elementos de la extensión: materia,
línea, color, sonido, movimiento, Y esos símbolos a veces se presentan muchos siglos
después en la imagen cósmica de otros seres, y, ejerciendo sobre ellos su encanto
propio, dan testimonio de la manera cómo sus creadores comprendieron el universo.
Pero
el símbolo primario mismo no puede realizarse. Actúa en el sentimiento de la forma que
tiene cada hombre, cada agrupación, cada tiempo, cada época, y les dicta el estilo de
todas sus exteriorizaciones vitales; está latente en la forma del Estado, en los mitos y
cultos religiosos, en los ideales de la ética, en las formas de la pintura, de la
música, de la poesía, en los conceptos fundamentales de toda ciencia. Pero ninguna de
estas realidades lo representa. El símbolo primario no puede, pues, manifestarse por
conceptos vertidos en palabras, porque la lengua y las formas del conocimiento son ellas
mismas símbolos derivados. Todo símbolo particular habla del símbolo primario;
pero dirigiéndose no al entendimiento, sino al sentimiento íntimo. Si en adelante
definimos el símbolo primario del alma antigua diciendo que es el cuerpo particular
material y el del alma occidental diciendo que es el espacio puro, infinito, no
deberá olvidarse nunca que los conceptos no pueden representar lo inconcebible y que el
sonido de las palabras evoca tan sólo un sentimiento de significación.
El
espacio, puro, sin limites, es el ideal que el alma occidental ha buscado de
continuo en su contorno cósmico. Ha querido verlo realizado inmediatamente en ese
contorno, y por eso las innumerables teorías del espacio, construidas en los pasados
siglos, poseen un sentido profundo que trasciende de sus supuestos resultados y convierte
esas teorías mismas en síntomas de un sentimiento cósmico. ¿Hasta qué punto es la
extensión ilimitada el fundamento de toda objetividad?.
Quizá
no haya habido otro problema más profundamente estudiado que éste, y casi era cosa de
creer que todas las demás cuestiones del mundo dependen de esta cuestión sobre la
esencia del espacio. Y en realidad, para nosotros, así es. Mas, ¿cómo es que
nadie ha notado que la antigüedad en cambio no dedicó ni un instante a la meditación de
ese problema?.
Es
más, que ni siquiera poseía vocablo para circunscribir exactamente este problema [65].
¿Por qué guardan silencio los grandes presocráticos? ¿Es acaso por descuido, por lo
que no vieron en su mundo eso que, para nosotros, es justamente el enigma de los enigmas?
Pero ¿no hubiéramos debido comprender hace mucho tiempo que en ese mismo silencio
se halla la solución? Para nuestro sentimiento más profundo, «el universo» no
es otra cosa que ese espacio cósmico, que nace propiamente de nuestra experiencia
intima de la profundidad y cuya sublime teoría se halla corroborada por los sistemas de
las estrellas fijas navegando en el infinito. Pero ¿hubiera sido posible hacer concebir este
sentimiento del universo a un pensador antiguo? Ahora descubrimos, súbitamente, que ese
«eterno problema», que Kant trató en nombre de la humanidad, poniendo en él la pasión
de un acto simbólico, es un problema puramente occidental, que no existe para el
espíritu de
las demás culturas.
¿Cuál era, pues, el problema
primario de la realidad para el hombre antiguo, quien, de seguro, veía su mundo
circundante con no menor claridad que nosotros el nuestro? Era el problema de la rx®, del origen material de las
cosas sensibles y tangibles. El que comprenda esto estará muy próximo a comprender el
hecho, no del espacio, sino de por qué el problema del espacio había de ser fatalmente
el problema del alma occidental y no de otra [66].
Justamente esa omnipotente espacialidad, que absorbe la substancia de todas las cosas, que crea todas las cosas y que es lo más característico, lo más alto de nuestra visión del universo, fue unánimemente rechazada por la humanidad antigua, que la consideraba como tò m¯ ùn, lo que no existe. Los antiguos no conocieron la palabra, ni por tanto el concepto del espacio. Nunca
podremos concebir con
bastante profundidad el pathos que hay en esta negación. La pasión del alma antigua
negó justamente lo que no quería sentir como realidad, lo que no podía ser
expresión de su existencia. Es éste un mundo de distinto matiz, que surge
súbitamente ante nuestros ojos. La estatua ática que, en su magnífica corporeidad, es
toda estructura, toda superficie expresiva, sin la menor intención incorpórea, encerraba
para los antiguos la totalidad de lo que ellos llamaban realidad. La materia, el limite
visible, el cuerpo palpable, la presencia inmediata, tales son los caracteres propios de
este modo de comprender la extensión. El universo antiguo, el cosmos, la ordenada
muchedumbre de todas las cosas próximas y visibles, está encerrado en la bóveda
material del cielo, Y no existe nada más. La necesidad que nosotros sentimos de seguir
imaginando «espacio», allende esa envoltura, faltaba por completo al sentimiento
cósmico de los antiguos. Los estoicos llegaron a considerar las propiedades y las
relaciones de las cosas como verdaderos cuerpos. Para Crisipo, el pneuma divino es
un cuerpo; para Demócrito, la visión consiste en la recepción por los ojos de ciertas
partículas materiales que emanan de las cosas. El Estado mismo es un cuerpo, formado por
la suma de los cuerpos de todos los ciudadanos. El derecho no conoce
sino personas corpóreas y cosas corpóreas. Finalmente, este sentimiento halla su
expresión suprema en el cuerpo pétreo del templo antiguo. El espacio interior del
templo, sin ventanas, permanece cuidadosamente disimulado tras la columnata, y fuera no
hay ni una sola línea recta. Los escalones tienen todos una leve curvatura hacia el
exterior que es distinta en cada uno. El frontón, el tejado, los laterales están
también levemente curvados. Las columnas tienen todas un grueso desigual y ninguna cae
perpendicularmente y a iguales distancias de sus vecinas inmediatas. Todas estas
curvaturas, inclinaciones y distancias varían, desde las esquinas hasta el centro de cada
lado, en una proporción hábilmente matizada; de manera que el cuerpo entero parece
girar, por arte misterioso, en tomo a un centro único. Las curvas están concebidas con
tal delicadeza que, en cierto modo, no son los ojos, sino el sentimiento el que las
percibe. Por eso precisamente queda aquí anulada la dirección hacia la profundidad. El
estilo gótico anhela; el estilo dórico vibra. El espacio interior de las
catedrales nos arrebata con violencia primitiva hacia la altura y la lejanía; el templo
descansa en mayestática quietud. Pero otro tanto puede decirse de la divinidad fáustica
y de la apolínea, y también, por lo tanto, de los conceptos fundamentales de la física,
construidos a imagen de la divinidad.
Frente
a los principios estáticos de materia y forma, hemos puesto nosotros los
dinámicos de fuerza y masa, y hemos definido la masa como la relación constante
entre la fuerza y la aceleración, para acabar descomponiendo ambas nociones en los
elementos puramente espaciales de capacidad e intensidad. Esta manera de concebir
la realidad tenía que producir, como arte predominante, la música instrumental de los
grandes maestros del siglo XVIII, que es el único arte cuyo mundo de formas guarda un
íntimo parentesco con la intuición del espacio puro. Hay en la músicaal contrario
de las estatuas en los templos y plazas antiguasincorpóreos reinos de sonidos,
espacios rumorosos, mares de sonoridad; la orquesta sube y baja como las mareas, se
encrespa como las olas, describe lejanías, pinta luces, sombras, tormentas, nubes
galopantes, rayos, colores, que existen allende toda realidad sensible. Recuérdense los
paisajes instrumentados por Glück y Beethoven. En estricta «correspondencia» al canon
de Policleto, libro en donde el gran escultor redujo la estructura del cuerpo humano a
preceptos rigurosos, que rigieron hasta Lisipo, aparece, hacia 1740, formulado ya por
Stamitz, el canon riguroso de la sonata en cuatro partes. Sólo después de los últimos
cuartetos y sinfonías de Beethoven empezó a relajarse este canon, hasta llegar al mundo
solitario y perfectamente «infinitesimal» de la música de Tristán, donde queda
anulada toda realidad terrestre. Ese sentimiento primario que evocan los momentos supremos
de nuestra música, ese sentimiento en que el alma parece desasirse del cuerpo,
para correr a fundirse con el infinito, librándose de todo peso material, es el que
palpita en el afán de profundidad, tan característico del alma fáustica. En cambio, las
obras de arte antiguas nos producen siempre el efecto de un ligamen, de una limitación
que afirma el sentimiento corpóreo y constriñe la vista a permanecer en la proximidad,
llena de quietud y de belleza.
5
Toda
gran cultura ha llegado asi a construirse un lenguaje secreto del sentimiento cósmico,
que sólo entienden plenamente las almas que pertenecen a ella. No nos engañemos.
Podremos
quizá, por casualidad, leer algo en el alma antigua, porque su lenguaje de formas es
aproximadamente la inversión del occidental, y toda critica del Renacimiento deberá
empezar siempre por determinardifícil problemahasta qué punto es posible y
se ha logrado esa lectura del alma antigua.
Pero
cuando oímos decir que probablementeno se olvide que la interpretación de tan
heterogéneas manifestaciones vitales es siempre un ensayo sumamente dudosolos
indios habían concebido unos números que, para nuestra manera de pensar, no poseían ni
valor ni magnitud, ni propiedades de relación, unos números que según la posición que
ocupasen tomábanse unidades positivas o negativas, grandes o pequeñas, debemos confesar
que no nos es posible revivir exactamente el proceso espiritual en que se funda esa clase
de números.
El
3 es para nosotros siempre algo, positivo o negativo; para los griegos era
absolutamente una magnitud + 3; para los indios, empero, designa una posibilidad sin
esencia, que la palabra «algo» no alcanza a
expresar, una posibilidad situada más allá del ser y del no ser, nociones que para
el alma india son propiedades accidentales. Los números designados por los signos
+ 3, - 3, 1/3 son, pues, realidades emanativas de orden inferior que descansan en la
misteriosa substancia + 3 por modo enteramente desconocido para nosotros. Hace falta tener
un alma bramánica para sentir esos números como evidentes, como representantes
ideales de una forma cósmica perfecta en sí misma. Para nosotros son tan ininteligibles
como el nirvana bramánico, que está allende la vida y la muerte, allende el sueño y la
vigilia, allende el sufrimiento, la compasión y la impasibilidad y que sin embargo es
algo real; aquí nos faltan incluso posibilidades verbales de expresión. Sólo este alma
india pudo forjar la grandiosa concepción de la nada como verdadero número,
la concepción del cero como cero indio, para el cual los términos esencial e
inesencial son designaciones igualmente exteriores [67].
Los
pensadores árabes de la época más maduray había entre ellos talentos de primer
orden como Alfarabi y Alkabi demostraron, en su polémica contra la teoría
aristotélica del ser, que el cuerpo, como tal, no necesita del espacio para existir; y
definieron la esencia del espacioesto es, de la manera árabe de entender la
extensiónderivándola de la nota de «encontrarse en un lugar». Esto no prueba
que, frente a Aristóteles y Kant, estuviesen los árabes en el error, ocomo solemos
llamar a lo que no nos cabe en la cabezaque pensasen confusamente. Demuestra tan
sólo que el espíritu árabe poseía otras categorías del mundo. Los pensadores árabes,
usando de sus conceptos y términos propios, hubieran podido refutar a Kant con el mismo
rigor demostrativo que Kant a ellos; y las dos partes habrían quedado convencidas de la
exactitud de sus puntos de vista.
Cuando
hablamos hoy del espacio, todos pensamos aproximadamente en el mismo estilocomo
todos usamos del mismo idioma y de los mismos signos verbales, ya se trate del
espacio de la matemática, de la física, de la pintura o de la «realidad», aun cuando
toda filosofía, que forzosamente ha de considerar esa afinidad en la manera de entender
los signos como una identidad de las inteligencias, es y será siempre algo muy
problemático. Pero ningún heleno, ningún egipcio, ningún chino sentiría en esto al
unísono con nosotros, y no habría obra de arte ni sistema de pensamientos capaz de
enseñarle exactamente lo que el «espacio» significa para nosotros. Los conceptos
primarios de la antigüedad, como rx®, ìlh, morf®, derivados de una vida
interior muy distinta, agotan el contenido de un mundo también muy diferente, mundo que
permanece para nosotros extraño y lejano. Las palabras «principio», «materia» y
«forma» con que traducimos aquellas voces griegas tienen con ellas una superficial
semejanza; constituyen un mezquino intento de sumergirnos en un mundo sentimental que, en
sus partes más refinadas y profundas, permanece mudo para nosotros; es como sí
quisiéramos substituir un cuarteto de cuerda por las esculturas del Partenón o vaciar en
bronce el dios de Voltaire. Los rasgos fundamentales del pensamiento, de la vida y de la
conciencia cósmica son tan diferentes como los rostros de los hombres. También en ellos
hay «razas» y «pueblos»; pero no lo sabemos, como no sabemos tampoco si el «rojo» o
el «amarillo» es para los demás lo mismo que para nosotros o algo totalmente distinto.
La comunidad de símbolos, sobre todo en el lenguaje, nos produce la ilusión de que todos
tenemos una vida interior idéntica y de que todos percibimos una forma cósmica
idéntica.
Los
grandes pensadores de cada cultura son en esto semejantes a los individuos que padecen de
ceguera para los colores: ignorando su dolencia, todos se ríen de las equivocaciones que
cometen los demás.
Y
ahora saquemos la consecuencia. Hay una pluralidad de símbolos primarios. La experiencia
intima de la profundidad, por medio de la cual se produce el mundo, por medio de la cual
la sensación se dilata en forma de mundo, es significativa para el alma que la
siente y sólo para ella. Es diferente en la vigilia, en el ensueño, en el abandono, en
la atención; es distinta en el niño y en el anciano, en el habitante de la ciudad y en
el campesino, en la mujer y en el varón; realiza, en fin, con profunda necesidad, para
cada cultura superior, la posibilidad formal sobre que descansa toda su existencia. Todos
los términos fundamentales: masa, substancia, materia, cosa, cuerpo, extensión y mil
otros vocablos de índole semejante, que se conservan en las lenguas de otras culturas,
son signos indeliberados, elegidos por el sino, signos que, en nombre de cada cultura,
destacan sobre la infinita riqueza de posibilidades cósmicas, aquellas solamente que son
significativas y por lo tanto necesarias. Ninguno de esos vocablos puede trasladarse
exactamente al conocimiento y a la vida de otra cultura. Ninguno de esos términos
primarios vuelve nunca a presentarse. Todo depende de la elección del símbolo
primario, que se verifica en el instante en que el alma de una cultura despierta y
adquiere consciencia de sí misma en medio de su paisaje, instante que tiene siempre algo
de emocionante para quien sabe considerar así la historia universal.
La
cultura, conjunto de la expresión del alma en gestos y obras, cuerpo del alma,
cuerpo mortal, perecedero, sujeto a ley, a número y a causalidad; la cultura, drama
histórico, imagen en la imagen de la historia universal, conjunto de los grandes
símbolos vitales, sentimentales e intelectuales, es el único idioma por medio del cual
puede un alma decir lo que sufre.
También
el macrocosmos es propiedad de un alma única, y no sabremos nunca lo que les sucede a las
demás almas.
La
significación queallende todas las posibilidades de inteligencia por conceptostiene
para nosotros solos el «espacio infinito», interpretación creadora que nosotros,
hombres de Occidente, le hemos dado a nuestra experiencia intima de la profundidad,
esa especie de extensión que los griegos llamaban Nada y nosotros llamamos Todo,
da a nuestro mundo un colorido que el alma antigua, el alma india, el alma egipcia no
tenían en sus paletas. Un alma vive su intuición del universo en «la bemol mayor»;
otra, en «fa menor»; aquélla siente por modo euclidiano; ésta, por modo
contrapuntístico; la otra, por modo mágico. Desde el más puro espacio analítico y
desde el nirvana, hasta la corporeidad ática más inmediata, hay una serie de símbolos
primarios, cada uno de los cuales es capaz de producir una forma cósmica perfecta. Tan
lejano, extraño y vacilante como es, en su idea, el mundo indio o babilónico para los
hombres de la quinta o sexta cultura siguiente, así de incomprensible será un día el
mundo occidental para los hombres de las culturas que han de venir después de la nuestra.
II
ALMA APOLÍNEA, ALMA FAUSTICA, ALMA MÁGICA
6
En
adelante, daré el calificativo de apolínea al alma de la cultura antigua, que
eligió como tipo ideal de la extensión el cuerpo singular, presente y sensible. Desde
Nietzsche es esta denominación inteligible para todos. Frente a ella coloco el alma fáustica,
cuyo símbolo primario es el espacio puro, sin limites y cuyo «cuerpo» es la cultura
occidental que comienza a florecer en las llanuras nórdicas, entre el Elba y el Tajo, al
despuntar el estilo románico en el siglo X. Apolínea es la estatua del hombre desnudo;
fáustico es el arte de la fuga. Apolíneos son la concepción estática de la mecánica,
los cultos sensualistas de los dioses olímpicos, los Estados griegos, con su aislamiento
político, la fatalidad de Edipo y el símbolo del falo; fáusticos son la dinámica de
Galileo, la dogmática católico-protestante, las grandes dinastías de la época barroca,
con su política de gabinete, el sino del rey Lear y el ideal de la madonna desde
la Beatriz de Dante hasta el final del segundo Fausto. Apolínea es la
pintura que impone a los cuerpos singulares el límite de un contorno; fáustica es la que
crea espacios, con luces y sombras, y así se distinguen una de otra la pintura al fresco
de Polygnoto y la pintura al óleo de Rembrandt. Apolínea es la existencia del griego,
que llama a su yo soma, que no tiene idea de una evolución interna y que carece,
por lo tanto, de una historia verdadera, interior o exterior; fáustica es una existencia
conducida con plena conciencia, una vida que se ve vivir a si misma, una cultura
eminentemente personal de las memorias, de las reflexiones, de las perspectivas y
retrospecciones, de la conciencia moral. Y más lejana, aunque medianera entre las dos,
aparece el alma mágica de la cultura árabe, tomando, interpretando y heredando
formas. La cultura árabe, que despierta en la época de Augusto, en el paisaje
comprendido entre el Tigris y el Nilo, el Mar Negro y la Arabia Meridional, tiene su
álgebra, su astrología y su alquimia, sus mosaicos y arabescos, sus califas y sus
mezquitas, sus sacramentos y sus libros sagrados de la religión persa, judía, cristiana,
«antigua decadente» y maníquea.
Ahora
ya puede decirse que en el idioma fáustico «el espacio» es algo espiritual, separado
rigurosamente del presente sensible momentáneo; algo que no seria lícito
representar en una lengua apolínea, en griego o en latín. Pero también el espacio
plástico, el espacio expresivo es enteramente extraño a todas las artes
apolíneas. La exigua cela de los templos antiguos primitivos es una nada obscura y
secreta, construida al principio con los materiales más efímeros; un envoltorio
momentáneo que se contrapone a las eternas bóvedas de las cúpulas mágicas y de las
naves catedralicias. La columnata cerrada manifiesta expresamente que en este cuerpo no
hay ningún «dentro» para los ojos. En ninguna otra cultura se acentúa tanto la
firmeza, el zócalo. La columna dórica penetra en la tierra; los vasos antiguos están
concebidos de abajo arriba, mientras que los del Renacimiento flotan sobre el
pedestal. El problema básico de las escuelas escultóricas antiguas es la firmeza
interior de la figura. Por eso, en las obras arcaicas las articulaciones están
sobremanera acentuadas, el pie descansa a plano y el reborde inferior de los largos paños
rectos se alza ligeramente para dejar bien ver cómo el pie «pisa» sobre el suelo. El
relieve antiguo es estrictamente estereométrico, superpuesto a una superficie. Hay un
«intermedio» entre las figuras, pero no hay profundidad. En cambio, un paisaje de
Claudio de Lorena es solamente espacio. Todos los detalles sirven a aclarar el
espacio. Todos los cuerpos poseen, como haces de luces y sombras, una significación
atmosférica y de perspectiva. El impresionismo es la excorporación total del mundo, para
servir al espacio. El alma. fáustica, partiendo de este sentimiento cósmico, hubo de
proponerse, en sus primeros tiempos, un problema arquitectónico, cuyo centro de gravedad
reside en el abovedado de poderosas naves catedralicias que van derechamente de la portada
a lo hondo del coro. Asi expresaba su experiencia íntima de la profundidad. Hay
que añadir a esto la tendencia a expandirse en las lejanías del universo, tendencia que
se contrapone al espacio expresivo de la cultura mágica, que es más bien como una cueva
[68]. Las bóvedas mágicas, ya sean cúpulas, ya bóvedas de medio cañón y aun los
entablamentos horizontales de una basílica, están siempre en función de cubrir.
Strzygowski
ha comprendido muy bien la idea constructiva de Santa Sofía, cuando dice que es un
dinamismo gótico, pero vuelto hacia dentro y cubierto por una capucha cerrada [69].
En cambio la cúpula de la catedral de Florencia, en
el proyecto gótico de 1367, está colocada sobre el edificio; tendencia que llega
a transformarse en un verdadero amontonamiento, como se ve en el proyecto de
Diamante para la iglesia de San Pedro, cuyo magnífico «¡Excelsior!» lleva Miguel
Ángel luego a la perfección, de manera que la cúpula parece flotar en la luz sobre las
amplias bóvedas. Frente a este sentimiento del espacio, la antigüedad nos ofrece el
símbolo del perípteros dórico, todo él cuerpo, todo él abarcable en una
mirada.
Por
eso la cultura antigua comienza con una grandiosa renuncia, a un arte riquísimo,
pintoresco, que estaba en plena madurez, un arte que ya existía, pero que no podía
ser la expresión del alma nueva. El arte dórico primitivo, de estilo geométrico,
aparece, desde 1100, opuesto al arte de Creta [70]; es aquel un arte estrecho y áspero,
y, para nuestros ojos, mezquino y, por decirlo así, un retorno a la barbarie. En
los tres siglos de la antigüedad que «corresponden» al florecimiento del gótico no
hallamos el menor indicio de arquitectura. Hasta 650esto es, en una época que
«corresponde» a la época en que Miguel Ángel verifica el tránsito al barrocono
aparece el tipo del templo dórico y etrusco. Todo arte primitivo es religioso, y esa negación
simbólica no lo es menos que la afirmación egipcia y gótica. La idea de la cremación
de los muertos es compatible con un lugar destinado al culto, pero no con un edificio. Por
eso la religión antigua primitiva, de la que no conocemos apenas sino los graves nombres
de Calcas, Tiresias, Orfeo, y acaso también Numa [71], empleaba como templo justamente lo
que queda cuando de la idea de un edificio se quita el edificio mismo: el limite sagrado.
La base primitiva del culto es, pues, el templum etrusco, un recinto sacro,
señalado sobre el suelo por los augures, rodeado de un espacio que estaba prohibido
franquear y provisto de una entrada al Este, para dar la buena suerte [72]. Se crea un templum
allí donde ha de verificarse un acto del culto, o donde se encuentran los personajes
revestidos de autoridad política, el Senado, el ejército.
El templum
dura sólo el breve tiempo que dura su uso, y en seguida se levanta la prohibición de
traspasar los límites sagrados. Quizá hacia el año 700 consiguió ya el alma antigua
superarse hasta el punto de dar realidad sensible a las líneas de esa nada
arquitectónica, construyendo un cuerpo de edificio. El sentimiento Euclidiano fue más
fuerte que la aversión a la duración.
En
cambio, la gran arquitectura fáustica comienza con las primeras manifestaciones de una
nueva religiosidadla reforma cluniacense hacia el año 1000y de una nueva
mentalidadque se advierte en la disputa de la Eucaristía, entre Berengario de Tours
y Lanfranc (1050), y en seguida produce trazas tan gigantescas, que muchas veces las
catedrales no pudieron llenarse, a pesar de acudir a ellas la población entera, como
sucedió en Speier, o no fueron terminadas nunca.
El
lenguaje apasionado que nos habla esa arquitectura se repite en la poesía [73]. Los
himnos latinos del Mediodía cristiano y los Edda del Norte, todavía pagano, aunque muy
distantes unos de otros, son, sin embargo, idénticos por la interior infinidad del
espacio, que se manifiesta en la estructura del verso, en el ritmo de la frase, en la
índole de las metáforas. Compárese el Dies irae con el Voluspa, que es de
fecha no muy anterior; se ve la misma férrea voluntad, que supera y rompe todos los
obstáculos de lo visible. No ha habido ritmo que extienda en su derredor tan inmensos
espacios y lejanías como este viejo ritmo nórdico:
Para
desdichapor mucho tiempo
varones
y hembrasvendrán al mundo.
Pero
nosotrosjuntos quedamos
Yo
y Sigurd.
El
acento de los versos homéricos es el leve temblor de una hoja al sol del Mediodía; es el
ritmo de la materia. Pero la rimacomo la energía potencial en el mundo de la
física modernaproduce una tensión suspensa en el vacío, en lo ilimitado; es como
una lejana tormenta, en la noche negra, sobre las altas cimas. En su ondulante
indeterminación disuélvense las palabras y las cosas; es dinámica verbal, no estática.
Y otro tanto puede decirse de los ritmos sombríos que mecen el «Media vita in morte
sumus». Anúncianse aquí el colorido de Rembrandt y la instrumentación de
Beethoven.
Aquí
se siente la ilimitada soledad como el hogar -propio del alma fáustica. ¿Qué es el
WalhaIIa? El Walhalla era desconocido para los germanos de las invasiones y aun de la
época merovingia. Fue inventado por el alma fáustica, a su despertar, y seguramente bajo
las impresiones de la mitología antigua pagana y de la mitología árabe-cristiana, las
dos viejas culturas del Sur que, con sus libros clásicos o sagrados, sus ruinas, sus
mosaicos y miniaturas, sus cultos, ritos y dogmas, penetraban por doquiera en la nueva
vida. Y, sin embargo, el Walhalla reside, allende las realidades sensibles, en regiones
lejanas, obscuras, fáusticas. El Olimpo se halla situado en la misma tierra griega. El
paraíso de los padres de la Iglesia es un Jardín encantado, que existe en cierto lugar
del universo mágico. El Walhalla no está en ninguna parte. Perdido en lo infinito, con
sus dioses y sus héroes solitarios, aparece como el símbolo inmenso de la soledad.
Sigfredo, Parsifal, Tristán, Hamlet, Fausto, son los héroes más solitarios de todas las
culturas. Léase en el Parzeval de Wolfram la maravillosa narración de cómo
despierta la vida interior. El anhelo de las selvas, la misteriosa compasión, el
indecible abandono: todo esto es fáustico y sólo fáustico. Todos lo conocemos.
En el Fausto de Goethe retorna el mismo motivo, en toda su profundidad:
Un
anhelo de dulzura inconcebible.
me
empujaba por las selvas y los prados,
y
derramando lágrimas ardientes
sentí
que un mundo se entregaba a mí.
Esta
manera de vivir el universo le es completamente desconocida al hombre apolíneo y al
hombre mágico, a Homero y a los Evangelistas. El momento culminante, en el poema de
Wolfram, es esa maravillosa mañana de Viernes Santo, cuando el héroe, separado de Dios y
de sí mismo, descubre al noble Gawan. «¿Y si buscara ayuda en el seno de Dios?» Y se
va, peregrino, en busca de Tevrezent, el ermitaño.
Esta
es la raíz de la religión fáustica. Se comprende aquí el misterio de la
Eucaristía, que reúne a los participantes en una comunidad mística, la Iglesia de los
bienaventurados. El mito del Santo Graal y sus caballeros nos hace comprender la necesidad
interna del catolicismo germánico-nórdico. Frente a los sacrificios antiguos, ofrecidos
a cada deidad, en su templo propio, aparece aquí el sacrificio único, infinito,
repetido a diario y por doquiera. Es ésta una idea fáustica de los siglos IX-XII, de la
época de la Edda. Ya la vislumbraron algunos misioneros anglo-sajones, como Winfried,
pero hasta entonces no llegó a su plena madurez. La catedral, cuyo altar mayor rodea y
encierra el misterio, es su expresión en piedra [74].
La pluralidad de cuerpos en que se manifiesta y
expresa el cosmos antiguo exige un mundo de dioses que le sea parejo; tal es el sentido
del politeísmo antiguo. En cambio el espacio cósmico único, ya sea el universo
como cueva o el universo de amplitudes infinitas, exige un Dios único, el del
Cristianismo mágico o el del fáustico. Athene y Apolo pueden representarse por una
estatua. Pero la divinidad de la Reforma y de la Contrarreforma no puede «manifestarse»hace
tiempo que se ha sentido estosino en la tormenta de una fuga para órgano o en la
solemne ejecución de una cantata o de una misa.
Desde
las ricas y varias figuras que aparecen en la Edda y las leyendas de los Santos, de la
misma época, hasta Goethe, la mitología occidental sigue un proceso inverso al de la
mitología antigua. En la antigüedad, una continua atomización de lo divino, hasta
llegar a la innumerable cohorte de la época imperial; en Occidente, en cambio, una
simplificación, que culmina en el deísmo del siglo XVIII.
La
mágica jerarquía celeste, que la Iglesia en el terreno de la pseudomorfosis occidental
[75] ha mantenido con todo el peso de su autoridad y que, desde los ángeles y los santos,
asciende hasta las personas de la Trinidad, va perdiendo poco a poco consistencia,
colorido. Insensiblemente el diablo, ese otro gran protagonista en el drama gótico del
universo [76], desaparece también de las posibilidades del sentimiento fáustico. El
diablo, a quien todavía Lulero arrojó una vez su tintero, es, hace ya tiempo, el objeto
de un silencio embarazado por parte de los teólogos protestantes. La soledad del
alma fáustica no se compadece con un dualismo de las potencias cósmicas. Dios mismo es
el Todo. A fines del siglo XVII los recursos de la pintura resultan ya
insuficientes para manifestar esta religiosidad, y la música instrumental es entonces el
único y ultimo medio de expresión religiosa. Puede decirse que la fe católica y la fe
protestante están en la misma relación que un cuadro de altar y la música de un
oratorio. Ya en torno de los dioses y héroes germánicos se extienden inmensas lejanías,
misteriosas sombras; sus figuras están inmersas en música; son dioses nocturnos, pues la
luz del día pone límites a la vista, creando así las cosas corpóreas. La noche quita
cuerpo; el día quita alma. Apolo y Athene no tienen «alma». En el Olimpo brilla
inmóvil la luz eterna de un claro día meridional. La hora apolínea es la del mediodía,
la siesta del Gran Pan. En el Walhalla, empero, no hay luz. En la Edda hallamos ya algunos
indicios de esas noches profundas, en que Fausto, solo en su cuarto de estudio, medita
febril; de esas noches que las aguas fuertes de Rembrandt han logrado expresar
incomparablemente; de esas noches surcadas por los relámpagos de Beethoven. Wotan,
Baldur, Freya, no tuvieron nunca una figura «euclidiana». De ellos, como de los dioses
védicos de la India, no puede «hacerse ni un retrato, ni una metáfora». Esta
imposibilidad consagra el espacio eterno como símbolo supremo, por oposición a la copia
corpórea, que rebaja el espacio al mero papel de «ambiente», y así lo profana y lo
niega. Este motivo, hondamente sentido, es el que sirve de fundamento a la destrucción de
las imágenes en el Islam y en Bizancioambas en el siglo VIII, como también
más tarde al movimiento iconoclasta del Norte protestante que interiormente tiene una
profunda afinidad con aquéllos. Y la creación del análisis antieuclidiano por Descartes
¿no fue también como una destrucción de las imágenes? La antigua Geometría inventa un
mundo numérico a toda luz; la teoría de las funciones es propiamente una matemática
nocturna.
7
El
alma occidental ha expresado su sentimiento cósmico con extraordinaria abundancia
de recursos, en palabras, en sonidos, en colores, en perspectivas pictóricas, en sistemas
filosóficos, en leyendas y no menos en los espacios de las catedrales góticas y en las
fórmulas de la teoría de las funciones.
En
cambio el alma egipcia ha expresado el suyo sin la menor ambición teórica y literaria,
casi exclusivamente en el lenguaje inmediato de la piedra. En lugar de perderse en
juegos de palabras sobre la forma de la extensión, sobre el «espacio» y el «tiempo»;
en lugar de forjar hipótesis, sistemas numéricos y dogmas, fue dejando silenciosa sus
grandiosos símbolos en el paisaje del Nilo. La piedra es el gran símbolo de lo que se ha
tornado intemporal. En ella parecen unirse el espacio y la muerte. «Se ha
edificado para los muertos antes que para los vivosdice Bachofen en su
autobiografía. Para el breve tiempo que les es dado a los vivos, bástales frágil
madera.
En
cambio la eternidad, deparada a los muertos, exige que sus edificios sean construidos con
la más dura piedra. El culto más antiguo se aplica a la piedra que señala la tumba; el
templo más antiguo es el edificio mortuorio; el arte y la ornamentación tienen por
origen el adorno de las tumbas.
En
las tumbas se ha formado el símbolo. No hay palabras que puedan expresar lo que se
piensa, lo que se siente, lo que en silencio se ruega Junto a una tumba. Sólo el
símbolo, con su quietud y su gravedad eterna, puede en cierto modo sugerirlo.»
El
muerto ya no desea, no aspira. El muerto ya no es tiempo; es sólo espacio, es algo que
permanece o que ha desaparecido, pero que de ninguna manera se encamina hacia un futuro.
Por
eso, lo que en sentido estricto permanece, la piedra, es la expresión del reflejo que lo
muerto deja en la conciencia vigilante del ser vivo. El alma fáustica aguardaba, después
de la muerte corpórea, una inmortalidad, que era como su enlace con el espacio infinito,
y por eso espiritualizó la piedra en el sistema dinámico de la arquitectura góticacontemporáneo
de las series paralelas en el canto de iglesiahasta transformarla en un fervoroso
afán de profundidad y de ascensión por el espacio. El alma apolínea quiso ver a sus
muertos reducidos a cenizas, aniquilados, y por eso evitó, durante toda su primera edad,
la construcción en piedra. El Alma egipcia se veía caminando por una estrecha senda
de la vida, implacablemente prescrita, al término de la cual había de presentarse
ante el juez de los muertos. (Capítulo 125 del Libro de los muertos.) Tal era su idea del
sino. La existencia egipcia es la de un caminante que marcha en una dirección,
siempre la misma. Todo el lenguaje formal de su cultura está hecho para dar realidad
sensible a este único motivo. Junto al espacio infinito del Norte, junto al cuerpo
de la Antigüedad, su símbolo primario puede designarse con la palabra camino. Es
ésta una manera muy extraña de acentuar, en la esencia de la extensión, tan sólo la
dirección de la profundidad, y el pensamiento occidental puede difícilmente
comprenderla. Los templos-sepulcros del Antiguo Imperio, sobre todo los grandiosos
templos-pirámides de la IV dinastía, no tienen, como la mezquita y la catedral, un
espacio interior distribuido en partes, según un sentido profundo, sino una serie
rítmica de espacios. El camino sagrado arranca de la portada, junto al Nilo, y pasando
por corredores, vestíbulos, patios, arcadas y salas de columnas, estrechándose cada vez
más, llega a la cámara mortuoria [77]. Los templos del Sol en la V dinastía no son
tampoco «edificios» propiamente dichos, sino un camino rodeado de grandes piedras [78].
Los relieves y las pinturas siempre están colocados en serie, obligando al espectador a
seguir en una determinada dirección. A la misma intención obedecen las avenidas de
carneros y de esfinges del Nuevo Imperio.
Para
el egipcio, la experiencia íntima de la profundidad, que determinaba para él la forma
cósmica, acentuaba de tal suerte la dirección, que el espacio en cierto modo permanecía
en trance de continua realización- La lejanía no está aún transformada en cosa
rígida. Cuando el hombre se mueve hacia adelante, convirtiéndose así él mismo en un
símbolo de la vida, entonces es cuando entra en relación con la parte pétrea de este
simbolismo. El «camino» significa al mismo tiempo el sino y la tercera dimensión. Los
grandes muros, los relieves, las columnatas, ante las cuales pasa el camino, son la
«anchura y la altura», esto es, la simple sensación que los sentidos nos proporcionan y
que la vida, en su progresión hacia adelante, dilata y convierte en mundo. De esta
suerte el egipcio, marchando en procesión, vive el espacio en cierto modo como si sus
elementos estuviesen aún desunidos. En cambio el griego, que ofrece su sacrificio delante
del templo, no siente el espacio; y el hombre de los siglos góticos, orando en la
catedral, se percibe como envuelto por la inmóvil infinitud. Por eso el arte egipcio
quiere producir efectos de superficie y nada más, incluso cuando hace uso de
medios corpóreos. Para el egipcio, la pirámide que se alza sobre la tumba regia es un triángulo,
una enorme superficie, que cierra el camino y domina el paisaje, una superficie de
máxima tuerza expresiva que va acercándose; las columnas de los corredores y patios
interiores, sobre fondo obscuro, muy apretadas y cubiertas de adornos, le hacen el efecto
de rayas verticales que acompañan rítmicamente la marcha de los sacerdotes; el relieve
es minucioso ymuy en oposición al relieve antiguoqueda incluido en una
superficie; en su evolución de la III a la V dinastía, pasa del grueso del dedo al de
una hoja de papel y acaba por convertirse en hueco relieve [79]. El predominio de
la horizontal, de la vertical y del ángulo recto, el cuidado por evitar todo escorzo, son
las bases en que se apoya el principio de las dos
dimensiones,
para aislar asi la emoción de la profundidad, que coincide con la dirección del camino y
su términola tumba.
Este
arte no permite ninguna desviación que aligere la tensión del alma.
Y
estoexpresado en el más sublime lenguaje que pueda imaginarse¿no es lo mismo
que todas nuestras teorías del espacio quisieran manifestar? Es ésta una metafísica de
piedra, junto a la cual la metafísica escritala de Kant parece un ingenuo
balbuceo.
Ha
habido, sin embargo, una cultura, cuya alma, a pesar de ser muy distinta, llegó a tener
un símbolo primario muy semejante al egipcio; me refiero al alma china, con su principio
del Tao, sentido como la dirección de la profundidad [80].
Pero mientras que el egipcio recorre hasta el fin la
senda prescrita, con férrea necesidad, el chino camina por el mundo.
No
va su senda por entre espesos muros de lisas piedras a terminar en el templo de Dios o en
la tumba ancestral, sino que corre serpenteando por la amable naturaleza. En ninguna otra
cultura ha sido, como en la China, el paisaje la materia propia de la arquitectura. «Se
ha desarrollado aquí, sobre una base religiosa, una grandiosa regularidad y unidad de
todos los edificios, que ha mantenido por todas partes un esquema homogéneo de portadas,
alas, patios y vestíbulos, todos rigurosamente dispuestos sobre un eje orientado de Norte
a Sur y que llegan a presentar una grandeza tal en las plantas y un dominio tan completo
de las distancias y los espacios, que bien puede decirse que esta arquitectura hace entrar
en sus cálculos el paisaje mismo [81].» El templo no es propiamente un edificio, sino un
conjunto en el que la colina y la cascada, los árboles, las flores y unas piedras de
forma determinada, colocadas en sitios fijos, son tan importantes como las puertas, los
muros, las fuentes y las casas. Esta cultura es la única en donde la jardinería es un
arte religioso de gran estilo. Hay Jardines que reflejan la esencia de ciertas sectas
budistas [82]. Por la arquitectura del paisaje se explica la de los edificios, la poca
altura de éstos y la insistencia en acentuar el tejado, que es propiamente el elemento
expresivo. Y asi como los caminos ondulantes pasan por puertas, puentes, colinas y muros,
para llegar a su término, así también la pintura conduce al espectador de detalle en
detalle.
El
relieve egipcio, en cambio, le prescribe una dirección única. El cuadro chino no debe
abarcarse en una mirada. El transcurso del tiempo supone una serie de partes que la mirada
recorre unas tras otras [83]. La arquitectura egipcia domina el paisaje. La arquitectura
china se amolda al paisaje. Pero en ambos casos, la dirección de la profundidad es la que
mantiene presente la emoción del espacio produciéndose.
8
Todo
arte es un lenguaje expresivo [84]. En sus rudimentos más primitivos, que arrancan
del mundo animal mismo, es él arte el lenguaje de un ser capaz de movimientos; pero un
lenguaje que sólo se dirige al que lo habla. No se piensa en los testigos, y, sin
embargo, si no los hubiere, el instinto expresivo enmudecería por sí solo. En estadios
muy posteriores ocurre todavía a menudo que no hay por una parte artistas y por otra
espectadores, sino sólo una muchedumbre de creadores artísticos. Todos cantan, miman,
bailan; y el «coro» como conjunto de todos los presentes no ha desaparecido nunca por
completo de la historia del arte. Sólo el arte superior es ya decididamente un «arte
ante testigos»; sobre todocomo Nietzsche ha observadoante el testigo supremo:
Dios [85].
La
expresión artística es ornamento o imitación. El ornamento y la imitación son
posibilidades superiores, cuya oposición es apenas sensible en los comienzos. La
imitación es lo absolutamente primitivo; es la más próxima a la raza. La imitación
parte de una percepción fisiognómica del tú, que involuntariamente nos induce a
colaborar en el compás de su ritmo vital. El ornamento, en cambio, manifiesta un yo que
tiene conciencia de su propia índole. Aquélla está muy extendida por el mundo animal;
éste pertenece casi exclusivamente al hombre.
La
imitación se origina en el ritmo secreto de toda realidad cósmica. Para un ente que vive
despierto, la unidad cósmica aparece como dilatación y oposición; es un aquí y un
allí, algo propio y algo extraño, un microcosmos frente a un macrocosmos, los dos polos
de la vida sensitiva. Mas esta dualidad queda superada precisamente por el ritmo de la
imitación.
Toda
religión es un afán del alma vigilante, que aspira a comunicar con las potencias del
mundo, que la rodea. Esto mismo exactamente quiere conseguir la imitación que, en sus
momentos de unción máxima, es profundamente religiosa. En efecto, una misma movilidad
interior es la que hace que el cuerpo y el alma vibren de consuno aquí y el mundo
circundante allá. Asi como el pájaro se mece en la tormenta y el nadador se amolda a la
caricia de las olas, así los miembros de nuestro cuerpo se sienten irresistiblemente
movidos a reproducir el compás de una marcha, o los músculos del rostro a imitar los
gestos de otra persona. Justamente los niños son maestros en el arte del remedo. Y esta
tendencia puede llegar hasta producir ese efecto «arrebatador» de los coros, de las
marchas, de las danzas, que convierte la pluralidad de individuos en una unidad de
sensación y expresión, en un «nosotros». Igualmente un retrato «bien logrado» de un
hombre o de un paisaje se produce por la sensación de la armonía entre el movimiento
dibujante y las vibraciones, las ondulaciones misteriosas del modelo vivo. Aquí el ritmo
fisiognómico se toma activo y supone un sujeto que sabe desentrañar en el juego
de la superficie la idea, el alma de la cosa extraña.
En
ciertos momentos de abandono, todos tenemos ese saber, y entonces, al acompañar la
música o el gesto, con un imperceptible ritmo, descubrimos de pronto arcanos de
insondable profundidad. Toda imitación se propone engañar, esto es, trocar,
cambiar una cosa por otra. Esa inmersión en una cosa extraña, ese trueque de esencia y
de lugar, que hace que uno viva en otro, al remedarlo o describirlo, evoca un sentimiento
de armonía que, desde el silencioso olvido de si mismo, llega hasta la más franca risa y
toca a los últimos fundamentos del erotismo, que es inseparable de la productividad
artística.
De
aquí provienen las danzas en corrohay un baile popular en Baviera, cuyo origen es
la imitación del gallo silvestre solicitando a la hembra. Esto mismo pensaba Vasari
cuando elogiaba a Cimabue y a Giotto por haber sido los primeros en volver a la imitación
de la naturaleza, aquella naturaleza de los hombres primitivos, de la que decía entonces
el maestro Eckhart «Dios se vierte en todas las criaturas, y por eso todo lo creado es
Dios.» Lo que como movimiento contemplamos en el mundo circundante y, por lo tanto,
sentimos en su significación interior, lo reproducimos también en forma de movimiento,
Por eso toda imitación es espectacular, en el más amplio sentido. Espectáculo es el
movimiento de la pincelada o del cincel, la modulación de la voz en el canto, el tono de
la narración, el verso, la representación, la danza. Pero lo que nosotros vivimos
al ver y al oír es siempre un alma extraña, con la cual entramos en comunión. Mucho
después, cuando ya aparece el arte de las grandes urbes, arte falto de alma y sobrado de
análisis intelectual, es cuando se verifica el tránsito al naturalismo, en el sentido
que le damos hoy a esta palabra, esto es, la imitación de los encantos que ofrece la
apariencia de las cosas, el contenido científico de los caracteres sensibles.
Ahora
bien; el ornamento se distingue claramente de la imitación. El ornamento no sigue la
corriente de la vida, sino que se contrapone, rígido, a la vida. En lugar de
recoger los rasgos fisiognómicos de las existencias extrañas, el ornamento imprime en
ellas motivos permanentes, símbolos. El ornamento no pretende engañar, sino
conjurar. El yo se sobrepone al tú.
Imitar
es hablar, hablar por medio de unos signos que el instante mismo proporciona y que
no vuelven a presentarse. El ornamento, en cambio, hace uso de un idioma, de un
tesoro de formas, que tiene duración y que se halla substraído al capricho individual
[86].
Sólo
puede ser imitado lo viviente; y la Imitación ha de hacerse por movimientos, pues
lo viviente se manifiesta a los sentidos de los artistas y de los espectadores en forma de
movimiento. Por eso la imitación pertenece al tiempo y a la dirección. Danzar, dibujar,
describir, representar, para los ojos y los oídos, es hacer movimientos que van en una
dirección irrevocable, y así las posibilidades máximas de la imitación se hallan en la
reproducción de un sino, bien en sonidos, bien en versos, ya en un retrato, ya una escena
[87]. En cambio un ornamento es algo que ha sido arrebatado al tiempo; es extensión pura,
afirmada, perdurable. La imitación es expresión en el momento mismo en que se
verifica. El ornamento, en cambio, es expresivo sólo cuando se ofrece, terminado,
ante los sentidos. El ornamento es la realidad misma, prescindiendo en absoluto de su
origen y producción. No es posible reproducir, imitar, mas que un sino particular, el de
Antígona, el de Desdémona. En cambio el ornamento, el símbolo, designa la idea del sino
en general; por ejemplo, la columna dórica, que designa la idea del sino para los
antiguos. La imitación supone talento, el ornamento supone además un saber que puede
aprenderse.
Hay una gramática y una sintaxis en el lenguaje de formas que emplean todas las artes estructuradas; gramática y sintaxis que tiene sus reglas y sus leyes, su lógica interna y su tradición. La hay no sólo en la arquitectura de los templos dóricos y de las catedrales góticas; no sólo en la escultura de Egipto [88], de Atenas y de las catedrales francesas; no sólo en la pintura de los chinos, de los antiguos, de los holandeses, de los florentinos, sino también en el arte de los escaldas y de los minnesänger, con sus reglas fijas que se aprendían y se aplicaban, como las reglas de un oficio, a la ponderación de las frases, a la estructura de los versos, y hasta a la ejecución de los gestos y a la elección de las metáforas [89]; en la técnica narrativa de la poesía épica de los Vedas, de Homero y de
los
germano-celtas; en la estructura verbal y el ritmo vocal de los sermones góticos,
alemanes o latinos, y por último, en la prosa oratoria [90] de los antiguos y en las
reglas del drama francés.
La
parte ornamental de una obra artística refleja siempre la causalidad sagrada del
macrocosmos, tal como la siente y comprende un cierto tipo de hombres. Ambas cosas tienen
un sistema. Ambas están impregnadas de los dos sentimientos fundamentales que constituyen
la parte religiosa de la vida:
temor
y amor [91]. Un verdadero símbolo puede infundir temor o librar del temor. Lo «exacto»
salva; lo «falso» martiriza y deprime. En cambio, la parte imitativa del arte está más
próxima a los sentimientos propiamente raciales: odio y amor. Aquí surge la
oposición entre lo feo y lo bello, que se refiere a los seres vivos, cuyo
ritmo interior nos repele o nos atrae, aunque se trate de las nubes rosadas por el sol
poniente o de la respiración contenida de una máquina. Una imitación es bella; un
ornamento es significativo. He aquí la diferencia entre la dirección y la
extensión, entre la lógica orgánica y la lógica inorgánica, entre la vida y la
muerte. Lo que juzgamos bello es «digno de ser imitado». Lo bello nos seduce, esto es,
provoca en nosotros una leve vibración concordante que nos empuja a remedarlo, a
repetirlo, a acompañar su canción. Lo bello «hace latir más recio el corazón» y
estremece los músculos; embriaga hasta el entusiasmo delirante. Pero como pertenece al
tiempo, tiene «su tiempo». Un símbolo dura; lo bello, empero, perece en el instante
mismo en que se detiene la pulsación vital de quien lo siente en el ritmo cósmico, ya
sea un individuo, una clase social, un pueblo o una raza. La «belleza» de las estatuas y
de los poemas antiguos era, para los antiguos, totalmente distinta de lo que es para
nosotros, y con el alma antigua ha desaparecido irremediablemente. Lo que nosotros
«encontramos bello» en esas estatuas y poemas es un rasgo que sólo para nosotros
existe. Lo que es bello para cierto tipo de vida, es indiferente o feo para otro, como
nuestra música para los chinos o la plástica mejicana para nosotros. Es más; para una y
la misma vida lo habitual no puede ser nunca bello, porque lo habitual tiene siempre algo
de perdurable.
Ahora
podemos considerar, en toda su profundidad, la oposición que existe entre esos dos
aspectos de todo arte.
La
imitación anima y vivifica; la ornamentación conjura y mata. Aquélla «deviene»; ésta
«es». Aquélla está, por lo tanto, emparentada con el amor y sobre todo con el amor
sexualla canción, la embriaguez, la danza, en el cual la existencia se
orienta hacia el futuro; ésta tiene hondas afinidades con la preocupación por el pasado,
con el recuerdo [93], con el sepelio.
Lo
bello es objeto de anhelante deseo; lo significativo infunde terror. Por eso no hay más
intima oposición que la de la casa de los vivos y la casa de los muertos [94]. La
casa del labrador [95], del noble rural, el castillo y fortaleza del magnate son viviendasmoradas
de la vida, expresiones inconsciente de la Sangre, que ningún arte creó y que
ningún arte puede cambiar.
La
idea de la familia se manifiesta en la planta de la casa solariega; la forma interior de
la tribu está patente en el diseño de las aldeas, que, al cabo de muchos siglos y
después de muchos cambios de habitantes, permite todavía reconocer la raza de sus
fundadores [96]; la vida de una nación y su estructura social se expresan en el planono
en el corte, no en la siluetade la ciudad [97]. Por otra parte, la ornamentación se
desarrolla en los símbolos rígidos de la muerte, la urna funeraria, el sarcófago, la
tumba, el templo a los muertos [98], y luego sigue su evolución en los templos a los
dioses y en las catedrales, que son puros ornamentos, que no son la expresión de
una raza, sino el lenguaje de una intuición del mundo.
Los
templos, las catedrales, son en toda su integridad puro arte; en cambio la casa del
labrador y el castillo del magnate no tienen nada que ver con el arte [99].
Estas
son viviendas, en donde se hace arte, el arte propiamente imitativo: la epopeya
védica, homérica, germánica, el cantar heroico, la danza aldeana y caballeresca, la
copla del Juglar, La catedral, en cambio, no sólo es arte, sino que es el único arte que
no imita nada. Es toda ella tensión de formas perdurables, lógica tridimensional
que se expresa en las aristas, los planos y los espacios. El arte de las aldeas y de los
castillos es hijo del capricho momentáneo, vive entre risas y excesos, entre Juegos y
comilonas; está prendido al tiempo, hasta tal punto que el trovador toma su nombre
del verbo trovar (encontrar, inventar), y la improvisacióncomo toda vía hoy
ocurre en la música de los zínganosno es otra cosa que la raza misma
manifestándose a los sentidos extraños bajo la presión del momento. A esta libre
productividad opone el arte eclesiástico la rigurosa escuela, tanto en el himno
como en el edificio y la imagen. Y en esa escuela, el individuo obedece a la lógica de
ciertas formas intemporales. Por eso en todas las culturas el edificio del culto es,
primitivamente, el centro donde se desarrolla la historia del estilo. En los castillos
tiene estilo la vida, no el edificio. En las ciudades la planta es una copia de los sinos
del pueblo, y sólo las torres y cúpulas, que se yerguen en la silueta, nos dicen cómo
fue la lógica que los arquitectos pensaron en su imagen cósmica y cuáles las
últimas causas y efectos que concibieron en su universo.
La
piedra, en la viviendas, sirve a un fin mundano; pero en el templo, la piedra es un
símbolo [100]. Uno de los errores que más estragos ha causado en la historia de las
grandes arquitecturas ha sido la creencia de que la historia de la arquitectura debía ser
una historia de las técnicas constructivas, cuando en realidad debe ser la historia de
las ideas constructivas, que toman sus recursos técnicos y expresivos donde los
encuentran. Sucede en esto lo mismo que en la historia de los instrumentos musicales
[101], que se han desarrollado igualmente conforme a cierto lenguaje sonoro. El hecho de
que la bóveda en ojiva, el contrafuerte y la cúpula sobre trompas hayan sido inventados
expresamente para un gran estilo arquitectónico o hayan sido tomados de otra comarca más
o menos lejana y aprovechados en sentido propio, es cosa que a la verdadera historia del
arte le es tan indiferente como la cuestión de saber si los instrumentos de cuerda
proceden técnicamente de Arabia o de la Bretaña celta. Es posible que la columna
dórica venga en efecto de los templos egipcios del Imperio nuevo; es posible que la
cúpula romana proceda de los etruscos y el patio florentino de los moros africanos. Pero
el perípteros dórico, el Panteón, el Palacio Farnese pertenecen a otro mundo muy
distinto; son la expresión artística en que se manifiesta el símbolo primario de las
tres culturas.
9
En todo periodo
primitivo hay, pues, dos artes propiamente ornamentales y no imitativas: el arte de
la edificación y el arte del decorado. En el período previo, que antecede al
nacimiento de una cultura; en los siglos de vislumbre y de fermentación, el mundo de la
expresión elemental se manifiesta sólo por medio del arte decorativo, en sentido
estricto. Los tiempos carolingios están representados por la decoración exclusivamente.
Los ensayos de edificación que se hacen en esta época se hallan «entre los estilos».
Les falta la idea. De igual modo, la desaparición de todos los edificios micenianos no
constituye en realidad una pérdida para la historia del arte [102]. Pero de pronto,
cuando despunta la gran cultura, el edificio considerado como ornamento alcanza tal
potencia expresiva, que el simple decorado le cede tímidamente el puesto casi por un
siglo. Ahora hablan solos los espacios, las superficies, las aristas de piedra. El
templo-sepulcro de Chefren llega al máximum de sencillez matemática: por doquiera
ángulos rectos, superficies y pilares cuadrados; no hay decoración, ni inscripción, ni
transición. El relieve, que mitiga la tensión del espíritu, no se atreve a insinuarse,
hasta algunas generaciones después, en la magia sublime de estos espacios. Y lo mismo
sucede con la noble arquitectura románica de Westfalia y Sajonia (Hildesheim, Gernrode,
Paulinzella, Paderborn), de la Francia meridional y de los normandos (Norwich,
Peterborough, en Inglaterra) , que supo, con una gravedad interior y una dignidad
indescriptibles, condensar en una línea, en un capital, en un arco,
el sentido integro del universo.
Cuando el mundo de las
formas primitivas llega a su apogeo, es cuando ya se establece la relación entre el
edificio y el decorado. El edificio es lo primero, lo fundamental, y a su servicio se pone
un decorado riquísimo, que es ornamento en el más alto sentido de la palabra. En efecto,
ornamento no es solamente el modelo decorativo, el motivo aislado de los
antiguos, con su simetría estática o su adición meándrica [103] o el arabesco que
recubre las superficies, o el modelo plano de los mayas, que guarda cierta semejanza
con el arabesco, o el «motivo del trueno» y otros motivos chinos de la época Chu
primitiva, que demuestran que la vieja arquitectura china es en efecto una composición
del paisaje, y que indudablemente adquieren todo su sentido por las líneas del jardín
circundante, en donde los vasos de bronce constituían asimismo un elemento de la
composición. También tienen valor decorativo las figuras de los guerreros que se ven en
los vasos Dipylon, y, en mucho mayor grado todavía, los grupos de estatuas de las
catedrales góticas. «Las figuras se componen, en las portadas, partiendo del espectador
y formando, con relación al espectador, series superpuestas, como rítmicas fugas de una
sinfonía que se eleva hacia el cielo y envía sus notas en todas las direcciones» [104].
Los pliegues del ropaje, las actitudes, los tipos de
las figuras y asimismo la estructura de los himnos, en estrofas, y las series paralelas de
las voces, en el canto de iglesia, son ornamentos al servicio de la idea arquitectónica
predominante [105].
Más tarde, al comenzar las épocas posteriores, se
rompe ya el encanto de los grandes ornamentos. La arquitectura entra a formar parte de un grupo
de artes particulares, urbanas, mundanas, que van dando cada vez más cabida a la
imitación agradable e ingeniosa y exaltando el elemento personal.
Puede decirse de la imitación y del ornamento lo mismo que hemos dicho más arriba del tiempo y del espacio: el tiempo engendra el espacio, pero el espacio mata el tiempo [106]. Al principio el simbolismo rígido hubo de petrificar todo lo viviente. El cuerpo de una estatua gótica no debe vivir; es simplemente un conjunto de líneas en forma humana. Pero ahora el ornamento pierde todo su
rigor
sagrado y se convierte cada vez más en la decoración de los edificios, que sirven de
marco a una vida distinguida y plenamente formada. Sólo en este sentido, es decir,
como elemento propio para embellecer la vida, fue aceptado el gusto del
Renacimiento por el mundo cortesano y patricio del Norte¡y sólo por éste![107].
El ornamento significa, en el Antiguo Imperio, algo muy distinto que en el Medio; en el
estilo geométrico, algo muy distinto que en el helenismo; en 1200, para nosotros, algo
muy distinto que en 1700. Y también la arquitectura pinta y hace música, y sus formas
parecen siempre a punto de remedar algo en la imagen del mundo circundante. Así se
explica el tránsito del capitel jónico al corintio, y de Vignola, por Bernini, al
rococó.
Al
comenzar la civilización se extingue el verdadero ornamento y con él el arte elevado.
Verifican este tránsito el «clasicismo» y el «romanticismo» que, en una u otra forma,
aparecen en todas las culturas. El clasicismo significa el entusiasmo por un
género de ornamentoreglas, leyes, tipos que desde hace ya mucho tiempo se ha
hecho tradicional e inánime. El romanticismo es la imitación entusiasta no de la vida,
sino de otra imitación anterior. En lugar del estilo arquitectónico, aparece un
gusto arquitectónico. Los modos de pintar, las maneras literarias, las formas antiguas y
modernas, castizas y extranjeras, cambian con la moda. Falta la necesidad interior. Ya no
hay «escuelas», porque cada cual busca los motivos donde quiere y como quiere. El
arte se transforma en arte industrial, y esta transformación la sufre todo el arte,
la arquitectura como la música, el verso como el drama. Por último se constituye un
tesoro de formas plásticas y literarias, que pueden manejarse sin profunda
significación con sólo buen gusto. En esta última forma, que ya no tiene ni
historia ni evolución, hállase hoy ante nosotros el arte industrial decorativo en los
modelos de los tapices orientales, de los metales persas e indios, de las porcelanas
chinas. Asi estaba también el ornamento egipcio (y babilónico) cuando los griegos y los
romanos lo conocieron. Arte industrial es el arte de Creta, epígono septentrional del
gusto egipcio, desde la época de los Hycsos. Y el arte «correspondiente» de la época
helenístico-romana, aproximadamente desde Escipión y Aníbal, desempeña la misma
función de costumbre confortable y de juego ingenioso. Desde el pomposo aparato del Foro
de Nerva, en Roma, hasta la cerámica provinciana posterior, en el Oeste, todo va
convirtiéndose en un arte industrial invariable, que podemos asimismo rastrear en Egipto
y en el mundo islámico y que debemos suponer existiera también en la India y en la China
en los siglos que siguen a Buda y Confucio.
10
Ahora
se comprende, Justamente por la diferencia que existe entre la catedral y la pirámide, a
pesar de su profunda afinidad interior, ahora se comprende el fenómeno poderoso del alma
fáustica, cuya ansia de profundidad no pudo acomodarse al símbolo primario del camino y
desde el primer momento se afanó por franquear todos los límites ópticos que cercan la
sensibilidad. ¿Puede haber nada más extraño al sentido del Estado egipcio, cuya
tendencia podríamos definir como una sobriedad sublime, que la ambición política de los
grandes emperadores de las Casas de Sajonia, Franconia y Staufen, que perecieron
por haber querido sobrepujar todas las realidades políticas? Reconocer un limite hubiera
sido para ellos rebajar la idea de su dominación. El símbolo primario del espacio
infinito penetra ahora, con toda su potencia indescriptible, en el círculo de la vida
política activa. A las figuras de los Otones, de Conrado II, de Enrique VI, de Federico
II, podríamos añadir los normandos, conquistadores de Rusia, Groenlandia, Inglaterra,
Sicilia y casi también Constantinopla, y los grandes Papas Gregorio VII e Inocencio III.
Todos
aspiraban a confundir la esfera visible de su poder con el mundo conocido de entonces. He
aquí precisamente la diferencia que separa a los héroes de Homero, con su reducida
perspectiva geográfica, de los héroes de las leyendas occidentales: la del Graal, la del
rey Artus, la de Sigfredo, que van siempre errantes por el infinito. Los guerreros de las
Cruzadas cabalgaban desde las orillas del Elba o del Loira hasta los confines del mundo
conocido; en cambio, los hechos históricos, que constituyen el núcleo de la Ilíada,
tuvieron por teatroesto puede inferirse con certidumbre del estilo propio del alma
antiguauna comarca pequeña que la mirada abarca de una vez.
El
alma dórica realizó el símbolo del objeto individual presente y corpóreo, renunciando
a las grandes creaciones de alto vuelo. El hecho de que el primer período postmiceniano
no haya dejado nada que descubrir a nuestros arqueólogos tiene su fundamento en la
índole de aquellos hombres. El alma dórica logra al fin expresarse en el templo dórico,
que actúa hacia afuera, como un bloque en el paisaje, y niega el espacio interior,
prescindiendo de darle una forma artística y considerándolo como la nada, tò
m¯ ùn, lo que no debiera existir.
Las
columnatas egipcias sostenían la techumbre de una sala. El griego adoptó este motivo,
pero lo acomodó a su sentimiento, dando la vuelta, como a un guante, al tipo
arquitectónico de los egipcios. Las columnatas exteriores son en cierto modo los restos
del espacio interior, rechazado por los griegos [108].
En
cambio el alma mágica y el alma fáustica elevaron al cielo sus ensueños de piedra, esas
enormes bóvedas que envuelven unos espacios interiores altamente significativos, cuya
estructura anticipa el espíritu de dos matemáticas: la del álgebra y la del análisis.
En el tipo de edificio que nace en Borgoña y FIandes y se propaga por todo el Occidente,
las bóvedas de crucería con sus ojivas y sus contrafuertes significan el acto de dar
libertad al espacio [109] en vez de mantenerlo sujeto entre superficies sensibles
limitantes. En el espacio interior de la arquitectura mágica, «las ventanas no son mas
que un momento negativo, una forma utilitaria que no llega en modo alguno a adquirir valor
artístico, o dicho crudamente, simples agujeros en la pared» [110]. Cuando eran
prácticamente imprescindibles, se abrían en todo lo alto, para eliminarlas de la
impresión artística, como sucede en las basílicas orientales. La arquitectura de la
ventana es, en cambio, uno de los símbolos más significativos de la manera cómo el
alma fáustica siente la profundidad, símbolo que sólo se encuentra en la cultura
occidental. Aquí se percibe claramente la voluntad de irradiar en el infinito, esa
voluntad que se afirma más tarde en la música del contrapunto, nacida bajo estas
bóvedas y cuyo mundo incorpóreo sigue siendo el mismo mundo del gótico primitivo. La
música polifónica, aun en las épocas posteriores, en que realiza sus más altas
posibilidades, como la Pasión de San Mateo, la Heroica, el Tristán y el
Parsifal de Wagner, es siempre, por intima necesidad, catedralicia, y vuelve
siempre al hogar materno, al idioma que hablaban las piedras de las catedrales en la
época de las Cruzadas. Era necesaria toda la gravedad de una ornamentación
profundamente significativa, con sus extrañas y terribles transfiguraciones de plantas,
animales y hombresSaint-Pierre, de Moissac--, una ornamentación que anula el efecto
limitante de la piedra y que resuelve las líneas en melodías y figuras musicales, las
fachadas en fugas polifónicas, los cuerpos de las estatuas en música de pliegues y
ropajes, para hacer desaparecer hasta la sombra de la corporeidad «antigua». Así se
comprende el profundo sentido de esas gigantescas vidrieras de las catedrales, con su
pintura de colores translúcidos, pintura, pues, completamente inmaterial. Es éste
un arte que no vuelve a encontrarse nunca en ningún otro sitio y que constituye la más
radical oposición a la pintura al fresco de los antiguos. En la Sainte Chapelle, de
París, es donde quizá se percibe más claramente el sentido de este arte. Aquí casi se
diría que la piedra desaparece ante la luminosidad de los cristales. En contraposición
al fresco, cuadro que, por decirlo asi, forma parte integrante de la pared y cuyos colores
hacen el efecto de la materia, vemos aquí los colores cernerse en el espacio, como los
sonidos del órgano, sin estar adheridos a ninguna superficie, y las figuras flotar
libremente en el infinito. Comparemos con el espíritu fáustico de estas naves
catedraliciasaltas bóvedas, casi sin muros, atravesadas por rayos de mil colores y
dirigidas hacia el altar mayorel efecto que producen las construcciones cupulares de
la arquitectura árabe, es decir, bizantina y Cristiana-primitiva. Aquí también la
cúpula, flotando al parecer libremente sobre la basílica o el octógono, significa la
superación del principio antiguo de la gravedad natural, que se manifiesta en la
relación de la columna con el arquitrabe. Aquí también el edificio niega todo lo que
sea corpóreo. No hay «exterior». Pero en cambio el muro se cierra compacto, formando
una cueva cuyas paredes no atraviesan ni una mirada ni una esperanza.
Formas
esféricas y poligonales, compenetrándose y produciendo efectos de fantasmagoría; una
carga pesando en un Circuito de piedra que flota ingrávido sobre el suelo y clausura
herméticamente el interior; todas las líneas arquitectónicas disimuladas; en la parte
superior de la bóveda, pequeños orificios por donde cae una luz incierta, que acentúa
inexorablemente la cerrazón de las paredes; asi se presentan ante nuestros ojos las obras
maestras de este arte, San VitaIe de Rávena, Santa Sofía de Bizancio y la Cúpula de la
Roca, en Jerusalén, En lugar del relieve egipcio, con su técnica perfectamente plana,
atenta a evitar todo escorzo, que pudiera sugerir la idea de la profundidad lateral; en
lugar de las vidrieras góticas que incorporan al interior el espacio cósmico, son aquí
los arabescos y los mosaicos centelleantes, con el tono dorado que predomina en ellos, los
que cubren todas las paredes y sumergen la cueva en una luminosidad incierta y fabulosa,
que en todo el arte moro ha sido siempre tan seductora para los hombres del Norte.
11
Asi,
pues, todo gran estilo tiene su origen en la esencia del macrocosmos, en el
símbolo primario de una gran cultura.
Si
comprendemos bien el sentido de la palabra estilo, que no significa la existencia de una
forma, sino la historia de una forma, habremos de convenir en que las
manifestaciones artísticas de la humanidad primitiva, harto fragmentarias y caóticas, no
tienen ninguna relación con el estilo asi concebido, con esa forma precisa y a la vez
comprensiva que realiza una evolución varias veces secular. El arte de las grandes
culturas, que actúa como unidad de expresión y significación, es el que tiene estilo;
pero entonces, no sólo el arte tiene ya estilo.
En
la historia orgánica de todo estilo hay que distinguir lo que antecede, lo que
sucede y lo que se halla fuera del estilo. La «tabla del toro»época de la primera
dinastía egipciano es aún «egipcia» [111]. Hasta la III dinastía no tienen las
obras estilo, y cuando lo adquieren es de súbito y en forma muy precisa. Igualmente el
arte carolingio se halla «entre los estilos». Adviértese en él un tanteo, un ensayo de
muy diferentes formas, pero nada que tenga una expresión íntimamente necesaria. El autor
de la catedral de Aquisgrán «es certero en el pensamiento y en la construcción, pero no
en el sentimiento» [112]. La iglesia de Santa María, en la fortaleza de Wurtzburgohacia
700encuentra su pareja en el San Jorge de Salónica, La iglesia de Germigny des
Préshacia 800-, con su cúpula y sus arcos de herradura, es casi una mezquita. Los
años entre 850 y 950 constituyen una laguna en todo el Occidente. Asimismo el arte ruso
se halla aún hoy «entre los estilos». A la primitiva edificación en madera, con
tejados de pabellón picudos y octogonales, que se extiende de Noruega hasta la Manchuria,
vienen luego a añadirse motivos bizantinos que penetran por el Danubio y motivos
armenio-persas que entran por el Cáucaso. Se siente muy bien que hay cierta afinidad
electiva entre el alma rusa y el alma mágica.
Pero
el símbolo primario del alma rusa, la planicie infinita [113], no ha encontrado
todavía ni en lo religioso ni en lo arquitectónico su expresión adecuada. El tejado de
las iglesias, semejante a una colina, apenas se destaca sobre el paisaje. En él descansan
las flechas puntiagudas, con los «kokoschnicks» [114] para ocultar y anular la tendencia
vertical. Ni se encumbran como las torres góticas, ni cubren el conjunto como las
cúpulas de las mezquitas. Más bien diríase que «descansan», acentuando así la
horizontalidad del edificio, que quiere ser visto exclusivamente desde fuera. En
1670 el Sínodo prohibió los tejados de pabellón y prescribió el uso de la cúpula
bulliforme ortodoxa; pero entonces las pesadas cúpulas fueron colocadas sobre finos
cilindros que «descansan» en el plano del tejado y que pueden ser tan numerosos como se
quiera [115]. Esto no es todavía un estilo, pero sí la promesa de un estilo, que
despertará a la vida cuando nazca la religión propiamente rusa.
En el Occidente fáustico surgió el estilo poco antes del año 1000. El románico se formó de golpe. En lugar de la planta insegura y la distribución confusa del interior, aparece súbitamente un severo
dinamismo
del espacio. Desde un principio, el exterior y el interior del edificio mantienen una
relación fija; de manera que las paredes se impregnan de significación como en ninguna
otra cultura. Desde un principio queda precisado el sentido de las ventanas y de las
torres.
La
forma está ya irrevocablemente dada; sólo falta la evolución.
El
estilo egipcio comienza con un acto creador de igual inconsciencia y gravedad simbólica.
El símbolo primario del camino aparece súbitamente al comenzar la IV dinastía 2930
antes de J. C.-. En el alma egipcia, la experiencia Íntima de la profundidad, que da
forma al mundo, recibe su contenido del factor mismo de la dirección. La profundidad del
espacio, como tiempo solidificado, la lejanía, la muerte, el sino, dominan toda la
expresión. Las dimensiones de la longitud y la latitud, elementos de la sensación, se
convierten en superficie concomitante, que estrecha y prescribe la, senda del sino.
También súbitamente aparece, al principio de la V dinastía [116], el bajorrelieve
egipcio, que está hecho para ser visto de cerca y que, por su ordenación en serie,
obliga al espectador a pasar por delante de los muros siguiendo la dirección prescrita.
Luego vienen las calles de esfinges y estatuas, los templos de rocas y terrazas, que
acentúan continuamente la única lejanía conocida por el mundo egipcio, la lejanía de
la tumba, la muerte. Y es de notar que desde los primeros tiempos, las columnatas están
dispuestas de manera que, por el diámetro y la distancia de sus enormes bloques, oculten
toda perspectiva lateral. Este es un fenómeno que no se repite en ninguna otra
arquitectura.
La
grandeza de este estilo nos parece a nosotros rígida e invariable, y en efecto, el arte
egipcio se halla situado más allá de la pasión que busca, que teme, y que da así a
cada elemento subordinado una incesante movilidad personal en el curso de los siglos. Pero
seguramente el estilo fáusticoque forma también una unidad desde el románico
primitivo hasta el rococó y el imperio, con su inquietud, con su continuo buscar
otra cosa, le hubiera parecido al egipcio mucho más uniforme de lo que nos figuramos. No
olvidemos que, según nuestro concepto del estilo, el románico, el gótico, el
renacimiento, el barroco, el rococó, constituyen estadios de uno y el
mismo
estilo. Nosotros, naturalmente, advertimos sobre todo lo que cambia; pero los ojos de
otros hombres, de distinto tipo, advertirán lo que permanece idéntico. Existen
innumerables reconstrucciones de obras románicas en estilo barroco y de obras góticas en
estilo rococó, y no nos chocan por nada. El renacimiento nórdico tiene una profunda
unidad interior, e igualmente la tiene el arte campesino, en donde el gótico y el barroco
se han identificado por completo. En las calles de las viejas ciudades podemos ver
fachadas y tejados que combinan y armonizan todas las variantes del estilo occidental. En
muchos casos resulta imposible distinguir el románico del gótico, el renacimiento del
barroco, el barroco del rococó. Todo esto demuestra que «el aire de familia» entre las
varias fases de un mismo estilo es mucho mayor de lo que creen los
individuos
de las culturas respectivas.
El
estilo egipcio es puramente arquitectónico hasta la total extinción del alma
egipcia. Es el único a quien le falta, junto a la arquitectura, una ornamentación
decorativa. No admite digresión hacia las artes de entretenimiento, ni tablas pintadas,
ni bustos, ni música profana. En la antigüedad, cuando se llega al Jónico, el centro de
gravedad de la creación artística pasa de la arquitectura a una escultura independiente.
En Occidente, cuando se llega al barroco, el predominio artístico lo adquiere la música,
cuyo idioma de formas invade toda la arquitectura del siglo XVIII. En la cultura árabe,
el arabesco, desde Justiniano y el rey persa Chosru Nuschirwan, deshace todas las formas
de la arquitectura, de la pintura, De la plástica, para convertirlas en impresiones de un
estilo que hoy podríamos llamar «arte industrial». En cambio, en Egipto, el predominio
de la arquitectura no sufre menoscabo alguno.
Lo
único que hace el arte arquitectónico es dulcificar su lenguaje. En las salas de los
templos-pirámides de la IV dinastía (pirámide de Chefren), los pilares, de agudas
aristas, carecen de toda decoración. En los edificios de la V dinastía (pirámide de
Sahu-ré) aparece ya la columna de formas vegetales. Sobre el suelo de alabastro
translúcido, que representa el agua, crecen gigantescos haces de lotos y papiros de
piedra, rodeados de paredes purpúreas. El techo está decorado con pájaros y estrellas.
El camino sagrado, imagen de la vida, que va desde la puerta hasta la cámara mortuoria,
es un río, es el Nilo mismo, que se identifica con el símbolo primario de la dirección.
El espíritu del paisaje materno se une con el alma engendrada por él. En China, en lugar
del poderoso pílono, que con su estrecha puerta parece amenazar al que se acerca, aparece
«la tapia de los espíritus» (yin-pi) que oculta la entrada. El chino se desliza
en la vida, y sigue luego, con paso leve,
el tao
de la senda. El valle del Nilo, comparado con las llanuras onduladas de Hoangho, es lo
mismo que el camino del templo, entre bloques de piedra, comparado con las veredas
serpenteantes de los Jardines chinos. De igual manera la existencia euclidiana de la
cultura antigua se halla en una misteriosa relación con las innumerables islas y
promontorios del mar Egeo, como también la pasión del alma occidental, bogando siempre
en el infinito, con las amplías llanuras de Franconia, de Borgoña y de Sajonia.
12
El estilo egipcio es la expresión de un alma valiente. Su rigor y su gravedad no fueron nunca sentidos ni acentuados por los egipcios mismos. El egipcio lo osaba todo, pero sin decirlo. En cambio, en el gótico y en el barroco el motivo consciente del lenguaje de formas es siempre la superación del peso. El drama de Shakespeare habla de las luchas desesperadas que la voluntad riñe con el mundo. El hombre antiguo era débil, frente a las «potencias». Según Aristóteles, el efecto que la tragedia ática se proponía producir era la catharsis de terror y compasión, el aliento del alma apolínea en el momento de la peripecia. Cuando el griego tenía ante los ojos el espectáculo de un personaje, a quien él conocíapues todos conocían el mito y sus héroes, y todos vivían en él--, pisoteado absurdamente por el destino, sin que fuera imaginable una resistencia a las potencias, y sin embargo pereciendo heroico, retador, en magnifica actitud, verificábase en su alma apolínea una maravillosa elevación. Si la vida carecía de valor, en cambio el grandioso ademán con que el héroe la pierde encerraba un valor supremo. El griego no quería, no osaba hacer; pero sentía una fascinadora belleza en el padecer. La figura del paciente Ulises y, en mucho más alto grado aún, el modelo del hombre griego, Aquiles, dan testimonio de ello. La moral de los cínicos, de los estoicos, de Epicuro; el ideal helénico de la sofrosyne y ataraxia; Diógenes en su tinaja rindiendo homenaje a la yevrÛa [117], todo esto es pereza disfrazada, aversión a lo difícil, a las responsabilidades. ¡Cuan distinto el orgullo del alma egipcia! El hombre apolíneo, en realidad, vuelve la espalda a la vida hasta llegar al suicidio, que sólo en esta culturasi por otra parte prescindimos del ideal indio, próximo pariente del antiguoadquiere el valor de una acción altamente moral que se verificaba con la solemnidad de un símbolo sagrado. La embriaguez dionisiaca no deja de ser bastante sospechosa, acaso fuera destinada a ahogar con sus gritos la voz de algo que en el alma egipcia no resonó jamás. Por eso es esta cultura la cultura de lo pequeño, de lo leve, de lo sencillo. Su técnica es, comparada con la egipcia y babilónica, una ingeniosa nada [118]. Su ornamento es escaso de invención como ningún otro. Los distintos tipos de situaciones y actitudes que nos ofrece su plástica pueden contarse con los dedos. El estilo dórico es notablemente pobre de formas,
aunque
al principio de su evolución debió serlo algo menos que después. Por eso todo en él se
reduce a proporciones y masa [119]. Y aun en esto ¡qué habilidad para soslayar! La
arquitectura griega, con su exacto equilibrio entre peso y soporte, con su característica
pequeñez de proporciones, produce la impresión de que continuamente está rehuyendo los
difíciles problemas arquitectónicos que, en el Nilo, y más tarde en el Norte de Europa,
se buscaban en cambio con una especie de obscuro sentido del deber y que el periodo
miceniano conoció y afrontó seguramente. El egipcio amaba la piedra dura de los enormes
edificios; la severidad de su conciencia le hacía buscar siempre los problemas más
difíciles. El griego eludía las dificultades. La arquitectura al principio se propuso
problemas pequeños y luego no avanzó más. Si la comparamos con el conjunto de la
arquitectura egipcia, mejicana, o incluso occidental, es de admirar la insignificancia de
su evolución estilística. Unas pocas variantes del templo dórico bastan para agotarla,
y la invención del capitel corintio (hacia 400) señala el momento de su término. Todo
lo que viene después es combinación de los elementos que ya existían.
Así
se constituyeron ciertos tipos de formas y de estilos que eran fijos y casi corpóreos.
Podía elegirse entre ellos, pero no era licito rebasar sus limites estrictos. Hacerlo
hubiera sido, en cierto modo, reconocer un espacio infinito de posibilidades. Había tres
órdenes de columnas, y, para cada uno, una determinada estructura del arquitrabe. La
sucesión del triglifos y metopas daba lugar a un conflicto en las esquinas, conflicto que
ya estudió Vitruvio. Para remediarlo se achicaron los últimos intercolumnios; pero a
nadie se le ocurrió inventar nuevas formas con el objeto de vencer esta dificultad. Si se
quería aumentar las proporciones, se aumentaba simplemente el número de los
elementos, poniéndolos unos junto a otros, o unos sobre otros, o unos detrás de otros.
El Coliseo consta de tres anillos, el didimeo de Mileto tiene tres columnatas en el
frontispicio, el friso de las gigantes de Pérgamo una serie indefinida de motivos sin
transición de uno a otro. Y lo mismo sucede en los géneros de la prosa y en los tipos de
la poesía lírica, de la narración y de la tragedia. Se reduce al mínimo el esfuerzo
necesario para disponer la forma fundamental; y la fuerza creadora del artista se aplica
casi exclusivamente a las finezas del detalle. Es ésta una pura estática de los
géneros, que constituye la más radical oposición a la dinámica del alma fáustica,
que engendra de continuo nuevos tipos y nuevas formas.
13
Ahora
ya es posible abarcar con la mirada el organismo de los grandes estilos que se
desenvuelven en la historia. El primero que percibió este aspecto fue también Goethe.
Dice en su «Winckelmann», hablando de Velleio Patérculo: «Desde su punto de vista, no
le era dado considerar el arte como un ser vivo (zÇon) que por necesidad ha de tener un origen imperceptible, un lento
crecimiento, un momento brillante de plenitud, una decadencia gradual, como cualquier otro
ser orgánico, aunque esta evolución está representada aquí por diferentes
individuos.»
Esta
frase contiene ya toda la morfología de la historia del arte. Los estilos no se suceden
unos a otros como las olas del mar o las pulsaciones de las arterias. No tienen nada que
ver con la personalidad de los artistas, con su voluntad y su conciencia. Por el
contrario, el estilo es el que crea el tipo del artista. El estilo es, como la
cultura, un protofenómeno, en el sentido de Goethe, ya sea el estilo de las artes, de las
religiones, de los pensamientos o el estilo de la vida misma.
Así
como la «naturaleza» es una experiencia intima del hombre vigilante, su alter ego
y reflejo en el mundo que le rodea, así también el estilo. Por eso en el conjunto
histórico de una cultura no puede haber más que un estilo, el estilo propio de esa
cultura. Ha sido un error el considerar como estilos diferentes las simples fases de
un mismo estiloel románico, el gótico, el barroco, el rococó, el imperioy
equipararlas a unidades de muy distinto valor, como el estilo egipcio, el chino o incluso
un estilo «prehistórico». El gótico y el barroco son la juventud y la vejez de un
mismo plantel de formas. Aquél es el estilo occidental cuando empieza a madurar; éste
cuando ya está maduro. A la historia del arte le ha faltado en este punto la distancia,
la independencia y la buena voluntad para la abstracción. La historia del arte ha salido
cómodamente del paso dando el nombre de «estilos» a todos los grupos de formas, sin
distinción, que tienen un acento común y ordenándolos luego en serie. No es necesario
decir que el esquema: Edad antigua, Edad media, Edad moderna, ha contribuido no poco a
obscurecer el problema. En realidad, una obra maestra del puro Renacimiento, como el patio
de Palazzo Farnese, está infinitamente más cerca del porche de San Patroclo en Soest,
del interior de la catedral de Magdeburgo y de las cajas de escalera de los castillos
alemanes del siglo XVIII que del templo de Poestum o del Erecteion. Y la misma relación
hay entre el dórico y el jónico. Por eso la columna jónica, unida a las formas
arquitectónicas del dórico, produce un conjunto tan perfecto como el gótico posterior
unido al barroco primitivo San Lorenzo de Nurembergo el románico posterior
unido al barroco posteriorla bellísima parte alta del lado oeste del coro de
Maguncia. Por eso nuestros ojos no han aprendido todavía a distinguir
perfectamente, en el estilo egipcio, los elementos del Antiguo Imperio que
«corresponden» a la época juvenil, al período «dórico-gótico», y los elementos del
Imperio Medio que «corresponden» a la época senil, al período «jónico-barroco». En
efecto, desde la XII dinastía ambos grupos de elementos se funden, con perfecta armonía,
en el lenguaje de formas de todas las grandes obras.
A
la historia del arte le incumbe el problema de escribir las biografías comparativas de
los grandes estilos. Todos los estilos, como que son organismos de la misma especie,
tienen una vida de estructura similar.
Al
principio aparece la expresión tímida, humilde, pura, de un alma que acaba de despertar
a la vida, de un alma que todavía busca una relación fija con el mundo, pues el mundo,
aunque creación del alma, es todavía para ella algo extraño. En los edificios del
obispo Bernward, de Hildesheim, en las pinturas cristianas de las catacumbas, en las salas
de pilastras de la IV dinastía se nota aún cierta terror infantil. Sobre el paisaje se
cierne un aura precursora de la primavera artística, un hondo vislumbre de ricas formas
futuras, una poderosa tensión contenida. La tierra, dedicada todavía por completo a la
agricultura, empieza a adornarse con los primeros
castillos
y pequeñas ciudades. Luego viene la jubilosa ascensión al gótico primitivo, al arte
constantiniano, con sus basílicas de columnas y sus iglesias cupulares, al templo de la V
dinastía, con su decoración de relieves. Ahora ya tienen los hombres una concepción de
la realidad. Extiéndese por doquiera el brillo de un lenguaje de formas sagrado,
perfectamente dominado; el estilo llega a la madurez de un simbolismo mayestático, que es
la expresión integra de la dirección en la profundidad y del sino. Pero la embriaguez
juvenil toca a su término. Del alma misma brota la contradicción. El Renacimiento; la
hostilidad dionisiaco-musical contra la plástica apolínea; el estilo de Bizancio, en
430, que busca sus modelos en Alejandría y se opone al arte alegre e indolente de
Antioquía, todos estos movimientos significan un instante de sublevación, el deseologrado
o node destruir todo lo que se había conseguido crear. Pero dejemos para otro lugar
la dificilísima interpretación de estos aspectos.
Empieza
ahora a manifestarse la edad viril en la historia del estilo. La cultura se ha convertido
en el espíritu de las grandes ciudades que ya dominan el paisaje. La cultura
perespiritualiza también el estilo. El simbolismo sublime palidece.
La
impetuosidad de las formas sobrehumanas llega a su término. Otras artes más suaves y
mundanas se substituyen al gran arte de la piedra; aun en Egipto la plástica y el fresco
se atreven a moverse con alguna mayor ligereza. Aparece el artista, que ahora
«bosqueja» lo que hasta entonces había brotado del suelo mismo. Por segunda vez, la
existencia, que ha logrado adquirir consciencia de sí misma y desprenderse de los
elementos rurales, de los ensueños místicos, se toma problemática y lucha por hallar la
expresión de su nuevo destino.
Es
ésta la época del barroco incipiente, en que Miguel Ángel, lleno de salvaje descontento
y luchando por vencer los obstáculos de su arte, levanta al cielo la cúpula de San
Pedro. Es la época de Justiniano I, en que, desde 520, se construyen Santa Sofía y las
basílicas de Rávena, con su decoración de mosaicos. Es la época de la XII dinastía
egipcia, cuyo florecimiento compendiaron los griegos en el nombre de Sesostris. Es la
época del año 600, en Grecia, en donde Esquilo, mucho más tarde, nos indica lo que, en
esa época decisiva, una arquitectura griega hubiera podido y debido expresar.
Llega
luego el luminoso otoño del estilo. Por segunda vez, el estilo revela la dicha de un
alma, consciente de su última perfección. El «retorno a la naturaleza», que los
pensadores y los poetas, Rousseau, Gorgias y los «correspondientes» de las demás
culturas sienten y anuncian como inminente necesidad, se manifiesta, en el mundo de las
formas artísticas, como un anhelo sensitivo y un vislumbre del final. Es ésta una época
de espiritualidad clara, de urbanidad sonriente, no sin la melancolía de una despedida.
De estos últimos decenios de la cultura, tan llenos de color, dijo más tarde Talleyrand:
«Quí n'a, pas vécu avant 1789, ne connait pas la douceur de vivre.» (Quien no
haya vivido antes de 1789 no conoce la dulzura de vivir.) Así es el arte libre, soleado,
refinado de Sesostris III (hacia 1850). Así son esos breves momentos colmados de ventura,
que vieron, bajo Perícles, alzarse la magnificencia abigarrada del Acrópolis y las obras
de Fidias y Zeuxis. Un milenio después volvemos a encontrar momentos semejantes en la
época de los Omeyas, en aquel mundo alegre y fabuloso de los monumentos moros, con sus
frágiles columnas y sus arcos de herradura, que entre los fulgores de arabescos y
estalactitas parecen deshacerse en el aire. Y otra vez resurgen esos instantes felices,
mil años después, en la música de Haydn y de Mozart, en los grupos pastoriles de las
porcelanas de Meissner, en los cuadros de Watteau y de Guardi, en las obras de los
arquitectos alemanes de Dresde, de Potsdam, de Wurtzburgo y de Viena.
Y
por último se extingue el estilo. AI lenguaje de formas que hablan el Erecteion y el
torreón de Dresde, lenguaje hasta tal punto espiritualizado y frágil, que casi llega a
convertirse en la negación de si mismo, sigue un clasicismo senil, sin brillo, tanto en
las grandes ciudades de la época helenística, como en Bizancio, hacia 900, y como en el
Imperio napoleónico.
El
arte muere en un crepúsculo de formas vacuas, heredadas, reanimadas por breves instantes
merced a interpretaciones arcaicas o a combinaciones eclécticas. La seriedad y la
autenticidad de los artistas resulta entonces bastante problemática.
En
esta situación nos hallamos hoy. Nuestro arte actual es un largo juego de formas muertas
en las que querríamos mantener la ilusión de un arte vivo.
14
Sólo
cuando hayamos comprendido cuan falsa y engañosa es esa «máscara de antigüedad», bajo
la cual se oculta el oriente joven, durante la época imperialmáscara formada por
un sinnúmero de actividades artísticas que estaban hacía ya tiempo interiormente
muertas, pero que seguían propagándose en repeticiones arcaizantes o en caprichosas
mezclas de motivos propios y ajenos; sólo cuando hayamos reconocido en el arte
cristiano primitivo y en todas las formas realmente vivas de las postrimerías romanas la
primera edad del estilo árabe; sólo cuando hayamos encontrado en la época de Justiniano
I el correlato exacto del barroco hispano-veneciano tal como dominó en Europa bajo
los grandes Habsburgos, Carlos V y Felipe II; sólo cuando hayamos descubierto en los
palacios de Bizancio con sus formidables cuadros de batallas y sus escenas de pomposa
ostentacióncuya magnificencia pretérita celebran, en versos y discursos ampulosos,
literatos cortesanos como Procopio de Cesáreael correlato de los palacios barrocos
primitivos de Madrid, Venecia y Roma, y de los gigantescos cuadros decorativos de Rubens y
Tintoreto, sólo entonces adquirirá forma el fenómeno del arte árabe, que nunca hasta
ahora ha sido concebido como unidad y que llena todo el siglo I de nuestra era. Mas como
se halla situado en un lugar decisivo, dentro del cuadro de la historia general del arte,
por eso el error, hasta ahora dominante, ha impedido el conocimiento de las conexiones
orgánicas [120].
¡Qué
admirable ypara quien haya aprendido aquí a ver cosas desconocidasqué
conmovedor espectáculo el de ese alma joven que, presa en las cadenas de la civilización
antigua y dominada, sobre todo, por las impresiones de la omnipotencia política romana,
no se atreve a levantar la frente y se somete humilde a viejas y extrañas formas,
intentando acomodarse al idioma griego, a las ideas griegas, a los motivos artísticos de
Grecia! La fervorosa adhesión a las potencias del nuevo sol naciente, que caracteriza la
Juventud de toda cultura; la humildad del hombre gótico bajo sus piadosas
bóvedas, entre sus estatuas, sus pilares y sus lucientes vidrieras de colores; la alta
tensión del alma egipcia en medio de su mundo de pirámides, de columnas, de relieves, de
salas, todo eso se mezcla aquí con una adoración espiritual de formas ya muertas, pero
que eran consideradas como eternas. Sin embargo, no fue posible acogerlas y desenvolverlas
nuevamente. Sin quererlo, sin notarlo, sin el orgullo del gótico, satisfecho de sí
mismo, sino más bien sintiendo y deplorando lo propio como una decadencia, desenvuélvese
en la Siria de la época imperial un mundo nuevo de formas, un conjunto cerrado y completo
quebajo la máscara de costumbres arquitectónicas greco-romanastransfunde su
espíritu a la misma Roma, adonde fueron maestros sirios a edificar el Panteón y
los foros imperiales. Esto revela, mejor que cualquier otro ejemplo, la fuerza primigenia
de un alma Joven que tiene aún que conquistar su propio mundo.
Como
toda época primitiva, ésta también intenta cifrar la expresión de su alma en una nueva
ornamentación y, sobre todo, en lo que constituye la cúspide de toda ornamentación, en
una arquitectura religiosa. Pero de este riquísimo mundo de formas no se ha estudiado,
hasta hace poco, mas que la parte occidental, que ha sido considerada, por lo tanto, como
la cuna y asiento de la historia del estilo mágico. Y, sin embargo, tanto en arte como en
religión, en ciencia y en vida social y política, sólo llegaron a Occidente las
irradiaciones que pudieron atravesar los límites orientales del imperio romano [121].
Riegel [122] y Strzygwoski [123] lo han visto bien. Mas para obtener un cuadro
completo de la evolución del arte árabe es preciso igualmente librarse de los prejuicios
filológicos y religiosos. Por desgracia, la historia del arte, aunque ya no reconoce
límites religiosos, sigue inconscientemente partiendo de ellos. No existe arte antiguo
decadente, ni arte cristiano primitivo, ni arte islamita, en el sentido de que la
comunidad de los fieles haya formado en su seno un estilo propio.
Más
bien podríamos decir que el conjunto de todas esas religiones, desde Armenia hasta Arabia
del Sur y Axum, y desde Persia hasta Bizancio y Alejandría, manifiesta una notable unidad
en la expresión artística, a pesar de las diferencias de detalle [124]. Todas
esas religiones, la cristiana, la judía, la persa, la maniquea, la sincretística [125],
poseían edificios para el culto y, por lo menos, un ornamento de primer orden: la
escritura. Por muy diferentes que sean sus doctrinas, en los pormenores, sin embargo, una
religiosidad muy semejante las anima a todas y encuentra su expresión en una experiencia
íntima de la profundidad, también muy semejante, con el simbolismo del espacio que
de aquí se deriva.
Las
basílicas de los cristianos, de los judíos helenísticos y de los sectarios de Baal, los
santuarios de Mitra, los templos mazdeítas del Fuego y las mezquitas revelan todos un
mismo espíritu que podríamos llamar el sentimiento de la cueva.
La
investigación histórica debe seriamente estudiar la arquitectura de los templos de
Arabia meridional y de Persia, de las sinagogas sirias y mesopotámicas, de los santuarios
del Asia menor oriental e incluso de Abisinia [126]. Hasta hoy esta arquitectura ha sido
totalmente descuidada. El estudio de las iglesias cristianas no debe limitarse a las del
Occidente pauliniano; debe abarcar también las del Oriente nestoriano, desde el Eufrates
hasta China, en donde las viejas relaciones las llamaban muy significativamente «templos
pérsicos». La causa de que todos esos edificios permanezcan hoy casi enteramente
desconocidos puede muy bien consistir en el hecho de que, al penetrar primero el
cristianismo y luego el Islam en aquellas comarcas, los viejos santuarios fueron afectos a
las nuevas religiones, sin que la disposición y el estilo de las construcciones
apareciesen en contradicción con el nuevo culto. Tratándose de templos «antiguos»,
estos cambios se reconocen muy bien. Pero ¿cuántas iglesias armenias no habrán sido
antes templos del Fuego?.
El
centro artístico de esta cultura se halla, como Strzygowsk ha visto bien, en el
triángulo formado por las ciudades de Edessa, Nisibis y Amida. Desde aquí hacia el Oeste
predomina la pseudomórfosis [127] de la «Antigüedad decadente», ésto es, el
cristianismo pauliniano, vencedor en los concilios de Efeso y Calcedón [128] y
establecido en Roma y Bizancio, el judaísmo occidental y el culto del sincretismo. El
tipo arquitectónico de la pseudomórfosis es la basílica, incluso para los judíos y
los paganos [129]. La basílica emplea los recursos arquitectónicos de la Antigüedad; no
puede substraerse a ellos; pero le sirven para expresar lo contrario Justamente. Esta es
la esenciay también la tragediade la pseudomórfosis.
Cuanto
más avanza el sincretismo «antiguo» en su tendencia a separarse del localismo
euclidiano, del culto adherido a un lugar fijo, para convertirse en una comunidad
de fíeles, que profesa [130] el culto, sin necesidad de que éste se verifique en
un lugar determinado, tanta mayor importancia va adquiriendo el interior del templo, a
expensas de la parte exterior, sin que haga falta cambiar notablemente la planta del
edificio, el orden de las columnas y el tejado. El sentimiento del espacio se transforma;
peropor de prontolos medios expresivos siguen siendo los mismos. En la
arquitectura religiosa pagana de la época imperial, se verifica una evolución bien
perceptible, aunque hoy todavía desatendida, que partiendo de la época de Augusto, esto
es, del templo como bloque,
cuya
cela tiene el sentido arquitectónico de la nada, llega a un tipo de templo,
en el cual sólo el interior posee significación. Finalmente, el aspecto exterior
del perípteros dórico se traslada a los cuatro muros interiores. La columnata, delante
del muro, sin ventanas, anula el espacio que queda detrás; pero lo anula allá para el
espectador que está fuera, y acá para los fieles que están dentro. Ante esto, resulta
de escasa importancia el hecho de que el espacio esté cubierto en su totalidad, como
sucede en la basílica propiamente dicha, o sólo en la parte del Sancta Sanctorum, como
sucede en el templo del Sol, de Balbeck, con su grandioso patio delantero [131] que más
tarde habrá de constituir un elemento esencial de la mezquita y que quizá tenga su
origen en la Arabia meridional [132]. La nave central de la basílica tiene el sentido del
patio primitivo con sus pórticos, como lo demuestran no sólo la evolución peculiar del
tipo basilical en la estepa de la Siria oriental, sobre todo en Hauran, sino también la
distribución del edificio en vestíbulo, nave y altar, siendo asi que el altar, que es el
templo propiamente dicho, está más alto y unido al piso por unos escalones, y que las
naves laterales, que representan los primitivos pórticos del patio, terminan en un muro,
y únicamente la nave central remata en el ábside. En San Pablo, de Roma, se ve
claramente este sentido primitivo de la estructura basilical, y, sin embargo, la
pseudomórfosisla inversión del templo «antiguo»es la que ha determinado la
elección de los recursos expresivos: columna y arquitrabe. La reconstrucción cristiana
del templo de Afrodisia, en Caria, es verdaderamente simbólica en este sentido; en
efecto, se suprimió la cela dentro de la columnata, pero en cambio por fuera se levantó
un nuevo muro [133].
Pero en las comarcas no sometidas al influjo de la pseudomórfosis el sentimiento de la cueva pudo desenvolver libremente su propio lenguaje de formas. Aquí se acentúa, pues, la cubierta del edificio,
mientras
que en la región occidental la protesta contra el sentimiento «antiguo» se limita a
subrayar el valor del «interior», ¿Cuándo y dónde tuvo lugar la invención técnica
de las diferentes posibilidades: bóveda, cúpula, plintos redondos, bóvedas por arista?
Ya hemos dicho que esto no tiene importancia. Lo decisivo es que, hacia la época del
nacimiento de Jesucristo, al tomar vuelo el nuevo sentimiento cósmico, debe de haber
comenzado el nuevo simbolismo del espacio a emplear esas formas y a desarrollarlas en el
sentido de la expresión. Quizá pueda demostrarse que los templos del Fuego y las
sinagogas de Mesopotamia fueron cupulares y acaso también los templos de Attar en Arabia
meridional [134].
Seguramente
lo fue el templo pagano de Marnion en Gaza.
Mucho
antes de que, en el reinado de Constantino, el cristianismo pauliniano se hubiese
apoderado de esas formas, hubo ya arquitectos de origen oriental que las propagaron por
todas las regiones del Imperio, en donde producían un encanto singular para el gusto de
las grandes ciudades. Apolodoro de Damasco, en tiempos de Trajano, las empleó en el
abovedado del templo de Venus y Roma. Sirios fueron los arquitectos que edificaron las
cúpulas de las Termas de Caracalla y la Minerva médica, construida en el reinado de
Galeno. Pero la obra maestra, la mas antigua mezquita del mundo, es la
reconstrucción del Panteón por Adriano, quien seguramente, siguiendo su gusto personal,
quiso imitar los santuarios que había visto en Oriente [135].
La
cúpula central, en la cual el sentimiento cósmico del alma mágica alcanza su más pura
expresión, se desarrolló más allá de las fronteras romanas. Fue la única forma que,
desde Armenia hasta China, propagaron los nestorianos, y con estos los maniqueos y los
mazdeítas. Pero con la caída de la pseudomórfosis y la desaparición de los últimos
cultos sincretísticos, la cúpula penetró también en la basílica occidental.
En
el Mediodía francés, en donde había sectas maniqueas aun en la época de las Cruzadas,
la forma oriental vivió una vida próspera. Bajo Justiniano se llevó a cabo en Bizancio
y Rávena la fusión de ambas en el tipo de la basílica cupular. La basílica pura quedó
confinada en el Occidente germánico, donde más tarde la energía del impulso fáustico
la transformó en catedral. La basílica cupular se extendió desde Bizancio y Armenia
hasta Rusia, en donde lentamente fue de nuevo concebida en el sentido de la exterioridad,
concentrándose su simbolismo en la figura del tejado. Pero en el mundo árabe, fue el
Islam, heredero del cristianismo monofisita y nestoriano, sucesor de los judíos y de los
persas, el que llevó a su término la evolución del tipo. Cuando el Islam convirtió
Santa Sofía en mezquita, no hizo otra cosa que recobrar una vieja propiedad- La cúpula
islámica llegó hasta Chantung y la India, siguiendo el mismo camino que antes siguiera
la mazdeíta y la nestoriana. En el occidente lejano, en España y en Sicilia, se
construyeron mezquitas, más semejantes, según parece, al estilo arameo oriental y
pérsico que al arameo occidental y sirio. Y mientras Venecia buscaba su inspiración en
Bizancio y Rávena (San Marcos), Florencia y las ciudades italianas de la costa occidental
comenzaron, desde la época floreciente de la dominación normanda de los Staufen en
Palermo, a admirar y a imitar esos edificios moros. De aquí proceden bastantes motivos
que el Renacimiento creyó «antiguos», como, por ejemplo, el patio con pórticos y la
unión del arco con la columna.
Lo
mismo que tenemos dicho de la arquitectura puede decirse, y aun en más alto grado, del
decorado. El decorado, en el mundo árabe, superó muy pronto y absorbió por completo
toda la plástica. El arte del arabesco ejerció luego un encanto seductor sobre la
voluntad artística del Occidente joven.
El
arte de la pseudomórfosis, que es el arte cristiano naciente, o antiguo decadente,
presenta en la ornamentación y en las figuras la misma mezcla de elementos extraños
heredados y de elementos propios recién nacidos que el arte carolíngio prerrománico,
sobre todo en el Mediodía de Francia y en el Norte de Italia. En el arte pseudomórfíco
se mezcla lo helenístico con elementos mágicos primitivos; en el arte carolingio se
mezcla lo bizantino y moro con elementos fáusticos. El investigador ha de ir estudiando
el sentimiento de la forma línea por línea y ornamento por ornamento, para distinguir
las dos capas. En cada arquitrabe, en cada friso, en cada capitel se descubre una secreta
lucha entre los motivos viejos,
intencionados,
y los nuevos, involuntarios, pero vencedores.
En
todas partes nos desconcierta esa intersección de dos sentimientos de la forma, el
helenístico decadente y el arábigo naciente: en los bustos romanos, en los cuales muchas
veces sólo el modo de tratar la cabellera pertenece a la nueva manera de expresarse; en
las hojas de acanto, a veces de uno y el mismo friso, en donde la labor del cincel y la
del taladro aparecen juntas; en los sarcófagos del siglo ni, en donde una emoción
infantil, a la manera de Giotto y Pisano, se entrecruza con cierto naturalismo, típico de
las grandes urbes, característico de las postrimerías, que hace pensar en David, por
ejemplo, o en Carstens; en los edificios, como la basílica de Maxencio y algunas partes
de las Termas y de los foros imperiales, que revelan todavía un sentido muy típicamente
«antiguo».
A
pesar de todo, el alma árabe no pudo dar todas sus flores y todos sus frutos. Fue como un
árbol joven al que un viejo tronco derribado, en el bosque, impide crecer y robustecerse.
No encontramos aquí una de esas épocas luminosas, que son como tales vívidas y
sentidas, una época semejante a la de las Cruzadas, cuando los tejados de madera que
cubrían las iglesias se convirtieron en bóvedas por arista, realizando en su profundidad
interior la idea de] espacio infinito. La creación política de Dioclecianoprimer
califaperdió gran parte de su belleza por el echo de que, hallándose el Imperio
sobre el suelo «antiguo», no tuvo más remedio que reconocer como dada la masa toda de
las costumbres administrativas romanas, lo cual redujo la obra a una simple reforma de los
viejos sistemas. Y, sin embargo, en Diocleciano se manifiesta claramente la idea del
Estado árabe. La fundación de Diocleciano y la del Imperio sassánida, que es algo
anterior y, en todos los sentidos, el modelo de aquélla, nos permiten vislumbrar el ideal
que hubiera debido desenvolverse entonces. Y lo mismo en todo. Hasta hoy se han admirado,
como últimas creaciones de la Antigüedad, una porción de cosas que en efecto se
consideraban ellas a sí mismas como productos del alma antigua: el pensamiento de Plotino
y Marco Aurelio, los cultos de Isis, de Mithra, del Sol, la matemática de Diofanto y todo
el arte que irradiaba en las fronteras orientales del Imperio romano y del cual Antioquia
y Alejandría eran sólo los puntos de apoyo. Así únicamente se explica la
inaudita vehemencia con que la cultura árabe, manumitida al fin por el Islam, incluso en
lo artístico, se lanzó sobre las comarcas todas que ya interiormente le pertenecían
desde hacía varios siglos. Fue el gesto de un alma que siente que no tiene tiempo que
perder; de un alma que advierte angustiada los primeros síntomas de la vejez antes de
haber tenido juventud. No hay nada comparable con esta liberación de la humanidad
mágica. En 634, conquista la Siria; dijérase más bien que la redime. En 635,
conquista Damasco. En 637, Ctesifon. En 641, llega a Egipto y a la India.
En
647, a Cartago. En 676, a Samarkanda. En 710, a España.
Y
en 732, los árabes están sobre París. En la premura de esos pocos años se condensa
toda la masa de pasiones comprimidas, de esperanzas aplazadas, de hazañas diferidas con
que otras culturas, en lenta ascensión, hubieran llenado varios siglos de historia. Los
cruzados ante Jerusalén, los Hohenstaufen en Sicilia, la Hansa en el Mar Báltico, los
caballeros de la Orden en el Este eslavo, los españoles en América, los portugueses en
la India oriental, el imperio de Carlos V, en el que no se ponía el sol, los comienzos de
la potencia colonial inglesa, bajo Cromwell, todo esto se resume y compendia en un disparo
único, que lanza a los árabes hasta España, Francia, India y el Turquestán.
Es
cierto; todas las culturas, con excepción de la egipcia, de la mejicana y de la china,
han crecido bajo la tutela de las impresiones que recibieron de otras culturas más
viejas; en todos estos mundos de formas se descubren siempre rasgos que pertenecen a otras
culturas. El alma fáustica del gótico, inclinada por el origen árabe del Cristianismo a
venerar el arte mágico, utilizó el rico tesoro del arte árabe posterior. Hay un gótico
netamente meridional y hasta me atrevería a decir un gótico árabe, cuyos
arabescos cubren las fachadas de las catedrales borgoñonas y provenzales y envuelven en
magia de piedra toda la expresión exterior de la catedral de Estrasburgo. Ese gótico
árabe aparece por doquiera en las estatuas y las portadas, los tejidos, las tallas y las
labores de metal, en las figuras mismas, tan retorcidas, del pensamiento escolástico, y
en uno de los más altos símbolos occidentales, la leyenda del santo Grial [136],
sosteniendo una callada lucha con el primitivo sentimiento nórdico de un gótico
Wikinger, que domina en el interior de la catedral de Magdeburgo, en la torre de la de
Friburgo y en la mística del maestro Eckart. El arco gótico amenaza más de una vez con
extender su línea y transformarse en el arco de herradura, característico de las
construcciones morisco-normandas,
El
arte apolíneo de la época dórica primitiva, cuyos primeros ensayos han desaparecido
casi por completo, adoptó sin duda alguna numerosos motivos egipcios para elevarse con
ellos y por ellos a un simbolismo -propio. Sólo el alma mágica de la
pseudomórfosis no se atrevió a apropiarse los medios de la antigüedad sin entregarse
a ellos. Esto es lo que da a la fisonomía del estilo árabe esa infinita riqueza de
matices significativos.
15
Así,
la idea del macrocosmos, que en el tema del estilo se nos presenta más simplificada y
accesible, engendra una multitud de problemas, cuya solución queda reservada para el
futuro. Son innegablemente harto pobres los ensayos hechos hasta hoy para concebir el
mundo de las formas artísticas en un sentido fisiognómico y simbólico, como vías por
donde penetrar en el alma de culturas enteras. No se conoce apenas la psicología de las
formas metafísicas que sirven de base a todas las grandes arquitecturas. No tenemos idea
de las conclusiones que pueden obtenerse, estudiando los cambios de significación que
sufren las formas de la extensión pura, al pasar de una cultura a otra. Nadie ha
escrito todavía la historia de la columna. No hay idea de lo profundo que es el
simbolismo de los medios, de los instrumentos artísticos.
Consideremos los
mosaicos. En la época griega se componían de pedacitos de mármol opaco, verdaderos
cuerpos euclidianos, y servían de adorno para el suelo, como vemos en la famosa batalla
de Alejandro, conservada en Nápoles. Pero al despertar el alma árabe empezaron a hacerse
de cristalitos sobre fondo de esmalte dorado y se colocaron cubriendo las paredes y los
techos de las basílicas. Esta pintura de mosaico, arte arábigo primitivo, procedente de
Siria, «corresponde» exactamente por su estadio a las vidrieras de las catedrales
góticas. He aquí dos artes primitivos, ambos al servicio de la arquitectura religiosa:
el uno amplifica el espacio interior de la iglesia y, por efecto de la luz que deja entrar
a raudales, lo transforma en espacio cósmico; el otro cambia el interior de la basílica
en una esfera mágica cuyos dorados reflejos nos arrebatan a la realidad terrenal y nos
transportan a las visiones de PIotino, de Orígenes, de los maniqueos, de los gnósticos,
de los padres de la Iglesia y de los poemas apocalípticos.
El
suntuoso motivo, que consiste en reunir el arco redondo con la columna, es
igualmente una creación Siria o quizá árabe del siglo III, siglo «correspondiente» al
alto gótico [137]. La significación revolucionaria de este motivo específicamente
mágico aunque considerado por todos como antiguo, y hasta por la mayoría como
representante típico de la antigüedad no ha sido hasta ahora conocida ni
remotamente. El egipcio había usado sus columnas de formas vegetales, sin darles una
profunda relación con el techo; más bien eran para él plantas que crecen, que no
fuerzas que sostienen. Para el antiguo la columna monolítica representaba el símbolo
más tuerte de la existencia euclidiana, toda cuerpo, toda unidad y quietud; por eso hubo
de unirla al arquitrabe en exacto equilibrio de vertical y horizontal, de fuerza y peso.
Pero aquí, en este motivo que el Renacimiento prefirió por considerarlo
característico de la antigüedad¡tragicómico error!aunque la antigüedad ni
lo tuvo ni podía tenerlo, aquí, el arco luminoso emerge de columnas delgadas,
negando el principio material del peso y de la inercia. La idea que se halla aquí
realizada, la idea de la liberación de todo peso terrestre, unida a la oclusión de un
espacio interior, está íntimamente emparentada con )a cúpula, que flota libremente
sobre el suelo, pero que rodea y cubre la cueva, motivo mágico de enorme fuerza
expresiva, que halló su perfección natural en el «rococó» de las mezquitas y
castillos moros, con sus columnas de sobrenatural finura, que surgen muchas veces sin
base, del suelo mismo, y parecen imbuidas de una misteriosa fuerza que las hace capaces de
soportar ese mundo de innumerables arcos labrados, de ornamentos refulgentes, de
estalactitas y bóvedas saturadas de color. Para hacer resaltar mejor toda la importancia
de esta forma fundamental de la arquitectura árabe, podemos decir que el «leitmotiv» de
la arquitectura apolínea es la unión de la columna con el arquitrabe; el de la
arquitectura mágica, la unión de la columna con el arco, y el de la arquitectura
fáustica, la unión del pilar con la ojiva.
Tomemos
otro ejemplo: la historia del acanto como motivo artístico [138]. En la forma en que
aparece, v, gr., en el monumento a Lisikrates, es el acanto uno de los motivos más
característicos de la ornamentación antigua. Tiene cuerpo. Es una cosa particular,
aislada. Puede abarcarse su estructura toda de un solo golpe de vista. Pero ya en
el arte de los foros imperialesel de Nerva, el de Trajano, en el templo de
Marte Ultor, aparece más pesado y más rico. Su distribución orgánica es tan
complicada, que, por lo general, requiere un detenido examen. Ahora se manifiesta la
tendencia a llenar las superficies. En el arte bizantino- de cuyos «rasgos
sarracenos latentes» habla ya A. Riegel, aunque sin ver la conexión que aquí se
descubreel acanto se descompone en una hojarasca
infinita
que, como sucede en Santa Sofía, recubre por modo enteramente inorgánico grandes
superficies. AI motivo antiguo vienen a sumarse otros arameos primitivos, como el pámpano
y la palma, que ya desempeñaban un papel importante en la ornamentación judaica. A
éstos se añaden luego otros,
como
los trenzados que se ven en los pisos de mosaico y en los bordes de los sarcófagos, de la
época romana posterior, y otros varios motivos geométricos. Por último, en el mundo
persa y en las costas del Asia Menor, va aumentando la movilidad y creciendo la confusión
del conjunto, hasta dar nacimiento al arabesco que, siendo eminentemente
antiplástico y enemigo por igual del cuadro y del cuerpo sólido, representa el motivo
propiamente mágico. El arabesco es incorpóreo y descorporaliza el objeto que cubre con
su infinita riqueza. Obra maestra de este tipo, trozo de arquitectura por completo
subordinado a la ornamentación, es la fachada del castillo de M'schattahoy en
Berlínedificado en el desierto por los Ghazánidas. El arte industrial de estilo
bizantino-islamita, que se extendió por todo el Occidente y dominó por completo el
Imperio carolingio, arte que hasta ahora se ha llamado lombardo, franco, celta, o nórdico
primitivo, era en su mayor parte obra de artistas orientales o consistía en modelostejidos,
metales, armasimportados de Oriente [139]. Rávena, Lucca, Venecia, Granada, fueron
los focos de esa forma estética que entonces representaba la más alta civilización y
que predominaba en Italia, hacia el año 1000, cuando ya en el Norte estaban descubiertas
y afianzadas las formas de una cultura nueva.
Por
último, consideremos cómo ha variado la concepción del cuerpo humano. Con la victoria
del sentimiento árabe sufre ella también una completa transformación. Casi en todas las
cabezas romanas de la Colección Vaticana, que fueron hechas entre los años 100 y 250, se
percibe la oposición entre el sentimiento apolíneo y el sentimiento mágico, entre la
tendencia a fundar la expresión en la distribución de los músculos y la tendencia a
fundarla en la «mirada». Se trabajaen la misma Roma, desde Adrianomucho con
el taladro, instrumento que contradice por completo el sentimiento euclidiano en lo que se
refiere a la piedra. La labor del cincel, acentuando las superficies limites, afirma lo
corpóreo, lo material del mármol. El taladro, en cambio, lo niega, rompiendo las
superficies y produciendo efectos de claro-obscuro. Como consecuencia de esto, el sentido
del desnudo se extingue no sólo en los artistas cristianos, sino también en los
«paganos». Basta considerar las estatuas de Antinoo, tan vacuas y pobres, a pesar de
que
hay en ellas la firme voluntad de ser antiguas. Sólo la cabeza es notable, desde el punto
de vista fisiognómico, cosa que nunca sucede en la plástica ateniense. Los paños
adquieren un sentido nuevo, que domina en absoluto la apariencia de la estatua. Buen
ejemplo son las estatuas consulares del Museo Capitolino [140]. Las pupilas taladradas,
mirando a la lejanía, han arrebatado la expresión al cuerpo, para trasladarla a aquel
principio mágico «pneumático» que el neoplatonismo y los acuerdos de los concilios
cristianos, como también la religión de Mithra y el mazdeísmo, ponen en el hombre.
Hacia
el año 300 el pagano Jamblico, que bien podría calificarse de «padre de la Iglesia»
pagana, escribió su libro sobre las estatuas de los dioses [141], sosteniendo que en las
estatuas está substancialmente presente lo divino, que actúa sobre el espectador. Contra
esta idea de las imágenes, idea que pertenece netamente a la pseudomórfosis, alzáronse
desde el Oriente y el Sur hasta el Occidente los iconoclastas, cuyas tesis suponen una
concepción de la creación artística, que apenas es accesible a nuestra inteligencia.
Notas:
[58] Véase pág. 188.
[59]
La palabra dimensión no debiera emplearse mas que en singular. Hay extensión, pero no
hay extensiones. Las tres direcciones constituyen una abstracción; no están contenidas
en el sentimiento inmediato de que el cuerpo se dilata (para el «alma»). La esencia de
la dirección es el origen de la misteriosa distinción animal entre la derecha
y la izquierda, a la que hay que añadir la tendencia de los vegetales a crecer de
abajo a arribatierra y cielo. Este es un hecho que se siente como en
sueño; aquélla es una verdad de la conciencia vigilante, una verdad que hay que aprender
y que por lo tanto puede dar lugar a equívocos y confusiones. Ambos hallan su
expresión en la arquitectura, a saber: en la simetría del plano y en la energía de la
elevación. Por eso, en la «estructura» del espacio que nos rodea sentimos el ángulo de
90° como privilegiado, y no así el de 60°, que hubiera producido otro número de
«dimensiones».
[60]
Los niños no notan en sus dibujos la falta de perspectiva.
[61]
Su idea de que la absoluta certeza intuitiva, que tienen los hechos geométricos simples,
demuestra la aprioridad del espacio está fundada en la referida opinión, harto popular,
de que la matemática es o geometría o aritmética. Pero la matemática occidental había
superado ya entonces ese esquema ingenuotomado de la antigüedad. En lugar del
«espacio», la geometría actual establece primero colecciones numéricas varias veces
infinitas, entre las cuales la tridimensional constituye un caso particular que no goza de
privilegio ninguno; y luego investiga dentro de esos grupos las formaciones funcionales y
su estructura. Asi, pues, la intuición sensible, cualquiera que sea su especie, deja de
tener el menor contacto con los hechos matemáticos, que se dan en la esfera de esas
extensiones, sin que por eso se rebaje en lo más mínimo la evidencia de las mismas. La
matemática es independiente de la forma de la intuición. ¿A qué queda, pues, reducida
esa famosa evidencia de las formas de la intuición, si ya sabemos que la superposición
de ambas (tiempo y espacio) en una supuesta experiencia es un artificio engañoso?
[62]
Sin duda un teorema geométrico puede probarse omás exactamente -demostrarse en un
dibujo; pero el teorema recibe otra forma en cada especie de geometría, y aquí ya no
decide nada el dibujo.
[63]
Es sabido que Gauss mantuvo inéditos sus descubrimientos, casi hasta las postrimerías de
su vida, por temor a «la gritería de los
beodos».
[64]
Partiendo de esta dirección del cuerpo, adquiere sentido la diferencia entre
derecha e izquierda (pág. 256). El concepto de «delante» no tiene
sentido para el cuerpo de una planta.
[65]
Ni en griego ni en latín. La palabra tòpowen
latín locussignifica lugar, comarca y también clase en el sentido de clase
social. La palabra xÅra en latín spatiumsignifica
separación («entre»), distancia, rango y también el suelo, la tierra t
¤k t°w xÅraw; quiere decir los
frutos de la tierra. La palabra tò k¡non en
latín vacuumsignifica, sin equívoco alguno, un cuerpo hueco, acentuando el sentido
de envoltura. En la literatura de la época imperial, que intenta expresar con vocablos «antiguos» el sentimiento mágico del espacio, empléanse
expresiones vagas corno ôratòw tñpow («mundo
sensible») o spatium inane («espacio infinito» pero también superficie
amplia; la raíz de la palabra spatium significa hincharse, engordar). En la
literatura verdaderamente antigua no había necesidad de tales perífrasis, porque faltaba
por completo la representación.
[66]
Esto está implícito, aunque nadie lo ha visto hasta ahora, en el famoso axioma
euclidiano de las paralelas que por un punto no hay mas que una sola paralela a una recta
dada, única proposición de la matemática antigua que permaneció indemostrada y
que, como hoy sabemos, es en efecto indemostrable. Precisamente por eso se convierte en
dogma frente a toda experiencia y, por lo tanto, en centro metafísico y sustentáculo
de todo ese sistema geométrico. Lo demás, los axiomas, como los postulados, son premisas
o consecuencias. Esa única proposición es para el espíritu antiguo necesaria y
universalmente váliday, sin embargo, indemostrable-. ¿Qué significa esto?
Significa que es un símbolo' de primer orden. Contiene la estructura misma de la
corporeidad antigua. Justamente la parte más débil de la geometría antigua, la
proposición contra la cual se levantaron voces de contradicción en la época
helenística, es la que mejor manifiesta el alma griega.
Y justamente esa proposición, tan evidente para la
experiencia diaria, es la que concita sobre sí la duda del pensamiento numérico
occidental, fáustico, oriundo de las lejanías incorpóreas. Uno de los más profundos
síntomas de nuestra existencia es que, frente a la geometría euclidiana, hayamos
puesto no otra, sino otras geometrías, todas las cuales son para nosotros
igualmente verdaderas, igualmente coherentes. La tendencia propia de esas geometrías, que
debemos concebir como un grupo antieuclidiano, consiste en que, por su misma pluralidad,
le quitan a la existencia el sentido corpóreo que Euclides consagró en su
postulado, pues contradicen la intuición que pide corporeidad y niega el espacio puro. La
cuestión de saber cuál de las tres geometrías no euclidianas es la «exacta», la que
sirve de base a la realidadaunque fue estudiada en serio por Gauss, se funda
en un sentimiento totalmente antiguo y no hubiera debido ser planteada por un pensador de
nuestra, esfera. Ella es la que nos impide comprender el verdadero y profundo sentido de
esta noción: que el símbolo típico del Occidente no consiste en la realidad de tal o
cual geometría, sino en la pluralidad de varias geometrías igualmente posibles.
El grupo de estas estructuras del espacio, entre las cuales la concepción antigua
constituye un simple caso límite, elimina definitivamente del sentimiento puro del
espacio el último resto de corporeidad.
[67]
Este ceroque quizá contenga un vislumbre de la idea que los
indios
tenían de la extensión, es decir, de esa espaciosidad del universo, expuesta en los
Upanishads y tan extraña a nuestra conciencia del espaciofaltaba naturalmente en la
antigüedad. Pasando por la matemática árabe, donde sufrió una total transformación,
fue luego introducido entre nosotros por Stifel en 1544; pero lo que alteró
fundamentalmente su esencia fué el considerarlo como el centro entre + 1 y - 1, como un
corte en el continuo numérico lineal; es decir, que el mundo numérico occidental se lo
asimiló en un sentido de relación, enteramente contrario al sentido indio.
[68]
Las palabras «sentimiento de la cueva» son de L. Frobenius: Paideuma, pág. 92.
[69]
Ursprung der christlichen Kirchenkwnsi [El arte de las iglesias cristianas y sus
orígenes], 1920, pág. 80.
[70]
Véase parte II, cap. I, núm. I.
[71]
Véase parte II, cap. III, núm. 17.
[72]
MuIler-Deme: Die Etrusker [Los etruscos]. 1877, parte II, págs. 128 y siguientes.
Wissowa: Religión und Kultus der Römer [Religión y culto de los romanos], 1912,
pág. 527. La más antigua traza de la Roma quadrata, fue un templum. El
contorno de la primitiva ciudad estaba seguramente relacionado no con la construcción,
sino con reglas sacras, como lo demuestra en época posterior la significación del pomerium,
de ese límite. El campamento romano es también un templum, cuyo ángulo recto
es aún bien visible en la traza de muchas ciudades romanas; es el recinto consagrado, en
el cual el ejército se halla bajo la protección de los dioses; no tiene nada que ver, al
principio, con la fortificación, que es de época helenística. La mayor parte de los
templos de piedra romanos no eran templa: en cambio, el temenos griego
primitivo debe haber significado, en la época homérica, algo semejante.
[73]
Véase mi prólogo a los Cantos de Ernesto Droe m, pág. 11.
[74]
Véase parte II, cap. III, núm. 17.
[75]
Véase parte II, cap. III, núm. 4.
[76]
Véase parte II, cap. III, núm. 17.
[77]
Hölscher: Grabdenkmal des Königs Chephren [La tumba del rey
Chefren].
Borchardt; Grabdenkmal des Sahuré [La tumba de Sahuré]. Gurtius: Die antike
Kunst [El arte antiguo], pág, 45.
[78]
Véase parte II, cap. III. núm. 17. Borchardt: Reheiligtum des Newoserré [El
santuario de Newoserré ]. E. Meyer: Geschichte des Altertums [Historia de la
antigüedad]. I, par. 251.
[79] Relief
en creux. Véase H. Schäfer: Von ägyptischer Kunst [El
arte
egipcio], 1919, I, pág. 41.
[80]
Véase parte II, cap. III, núm. 17.
[81]
O. Fischer: Chinesische Landschaftsmalerei [La pintura de paisaje en China], 1921,
pág. 24. La gran dificultad que ofrece el estudio del arte chino, como del arte indio,
estriba en que todas las obras de la época primera, esto es, las del Hoangho, entre 1500
y 800 antes de Jesucristo, como igualmente las de la India prebudista, han desaparecido
sin dejar rastro. Lo que hoy llamamos arte chino corresponde al arte egipcio de la XX
dinastía. Las grandes escuelas de la pintura china hallan su justo paralelo en las
escuelas de la escultura egipcia del tiempo de los Saitas y los Ptolomeos, incluso con sus
alzas y bajas de tendencias refinadas y arcaizantes, sin evolución interna. Por el
ejemplo de Egipto puede verse hasta qué punto son legítimas las conclusiones
retrospectivas que se saquen acerca del arte primero de la época Chu y de la época
Védica.
[82]
C. Glaser: Die Kunst Ostasiens [El arte del Asia Oriental], 1920,
página
181. Véase también M. Gothein: Geschichte der Gartenkunst
[Historia
de la jardinería], 1914, II, págs. 331 y siguientes.
[83]
Glaser, pág. 43.
[84]
Véase parte II, cap. II, núm. 7.
[85]
El arte monológico de los espíritus solitarios es, en realidad, un diálogo consigo
mismo. La espiritualidad de las grandes ciudades es la que permite al instinto
comunicativo vencer al instinto expresivo (véase parte II, cap. II, núm. 7); de aquí
proviene ese arte tendencioso, ese arte que quiere enseñar, convertir, demostrar, ya
proposiciones político-sociales, ya tesis morales, Contra ese arte se rebela la fórmula
de L'art por L'art, que no es tanto un ejercicio como una opinión que, al menos,
se acuerda todavía del sentido primitivo que tiene la expresión artística.
[86]
Véase parte II, cap. II, núm. 7. Véase también Worringer: Abstraction und
Einfühlung [La abstracción y la proyección sentimental]. Págs. 66 y siguientes.
[87]
La imitación es vida; pero en el momento de realizarse, ya ha pasado-baja el telóny
cae en el olvido osi el resultado de ella es una obra duraderaen la historia
del arte. Nada se ha conservado de los cantos y danzas de las viejas culturas y bien poco
de sus cuadros y poemas; y aun ese poco no contiene apenas otra cosa que la parte
ornamental de la imitación primitiva, por ejemplo: el texto de un drama no el
espectáculo y el sonido, las palabras de una poesíano su recitación,
las notas de una músicano el colorido de los instrumentos. Lo esencial ha
pasado irrevocablemente. La «representación» es siempre algo nuevo y distinto.
[88]
Sobre el taller de Thutmés, en Tell-el-Amara, véase Mitteilungen der
deutsch-orientalische Gesellschaft [Comunicaciones de la Sociedad oriental alemana],
núm. 52.
[90]
K. Burdach: Deutsche Renaissance [Renacimiento alemán], página II. Igualmente
toda arte plástica de la época gótica tiene un tipismo y un simbolismo rigurosos.
[91]
E. Norden: Antike Kunstprosa [La prosa artística de los antiguos]. págs. 8 y
siguientes.
[92]
Véase parte II, cap. III, núm. 15.
[93]
Por eso la escritura tiene un carácter ornamental.
[94]
Véase pág. 283.
[95]
Véase parte II, cap. II, núm. 2.
[96]
Así se distinguen, al este del Elba, las aldeas eslavas construidas en forma de anillo, y
las aldeas germánicas, en forma de calles.
Igualmente,
según la abundancia relativa de las chozas redondas o de las casas cuadradas, en la
Italia antigua, pueden colegirse algunos acontecimientos de los tiempos homéricos.
[97]
Véase parte II, cap. II, núm. 3.
[98]
Véase pág. 253.
[99]
Véase parte II, cap. II, núm. 8.
[100]
Véase pág. 196.
[101]
Véase pág. 101.
[102]
Lo mismo puede decirse de los edificios egipcios de la época de los Tinitas y de los
templos seleucidico-persas del Sol y del Fuego, construidos en los siglos precristianos.
[103]
Véase Worringer: Formprobleme der Gotik (traducida al castellano con el título
«La esencia del arte gótico» y publicado por la Revista de Occidente).
[104]
Dvorak: Idealismus und Naturalismus in der gotischen Skulptur und Malerei
[Idealismo y naturalismo en la escultura y en la pintura góticas], Historische
Zeitschrift [Revista histórica], 1918, págs. 44 y
siguientes.
[105]
Ornamento, en el más alto sentido, es, en fin, la escritura, y por tanto el libro,
que es propiamente el correlato del templo y que aparece cuando éste aparece o no
existe si éste no existe. (Véase parte II, cap. II, núm. 13, y cap. 111, núm. II.) En
la escritura no ha adquirido forma la intuición, sino la intelección. Los signos
gráficos no simbolizan esencias, sino conceptos abstractos, es decir, separados de las
esencias. El espíritu humano, habituado al lenguaje, se representa lo que tiene delante
como espacio rígido; por eso la escritura es, después de la arquitectura, la expresión
más perfecta del símbolo primario de una cultura. Es completamente imposible comprender
la historia del arabesco, si se prescinde de los innumerables tipos de escritura árabe.
Y
la historia del estilo egipcio y chino es inseparable de la historia de los signos
gráficos, su disposición y colocación.
[106]
Véase pág. 263.
[107]
Véase parte II, cap. III, núm. 18.
[108]
No cabe duda que los griegos se hallaban bajo la profunda impresión que les hicieran las
columnatas egipcias cuando verificaron el tránsito del templo de antas al perípteros, es
decir, en la misma época en que la plástica de bulto, influida también por modelos
indudablemente egipcios, elimina la tendencia al relieve, que aun se percibe claramente en
las figuras de Apolo. Esto no quiere decir que el motivo de la columna antigua y la
aplicación que los antiguos dieron al principio de la serie no sean cosa perfectamente
propia e independiente.
[109]
Al espacio limitado, no a la piedra. Véase Dvorak: Historische Zeitschrift [Revista
histórica], 1918, págs. 17 y siguientes.
[110]
Dehio: Geschichte der deutschen Kunst [Historia del arte en Alemania], I, pág. l6.
[111]
H. Schäfer: Von ägyptischer Kunst [Del arte egipcio], I, páginas 15 y
siguientes.
[112]
Frankl: Baukunst des Mittelalters [La arquitectura medieval], 1918, págs. 16 y
siguientes.
[113]
Véase parte II, cap. III, núm. 18. El sentimiento vital de los pisos carece, en efecto,
de toda tendencia a la verticalidad. Este carácter se manifiesta también en la figura
legendaria de Ilia de Murom (véase parte II, cap. III, núm. 2). El ruso no tiene la
menor relación con un Dios-Padre. Su ethos no consiste en el amor filial, sino en
el amor fraternal, que irradia por doquiera en la planicie humana. Los rusos sienten a
Cristo como hermano. El afán de perfección en sentido vertical que palpita en el alma
fáustica es, para el auténtico ruso, vano e incomprensible. Las ideas de los rusos sobre
el Estado y la propiedad carecen igualmente de toda tendencia vertical.
[114]
El kokoschnick es propiamente un adorno del tocado femenino, que consiste en un paño
bordado, con brillantes lentejuelas y cortado por delante en forma de diadema.N. del
T.
[115]
En la iglesia del cementerio de Kishi hay 22. Véase J. Grabar: Historia del arte ruso,
1911 (en ruso), I-III. Eliasberg: Russische Baukunst [Arquitectura rusa], 1922,
introducción.
[116]
Las estructuras de la historia egipcia y de la historia occidental son tan claras, que
permiten llevar las comparaciones hasta los detalles. Sería de mucho valor una
investigación histórica y artística de estas comparaciones. La IV dinastía, cuyo
estilo es la pirámide en sentido estricto (2930-2750, Cheops, Chefren), corresponde al
románico (980-1100). La V dinastía (2750-2625, Sahu-ré) corresponde al gótico
primitivo (1100-1230). La VI dinastía, apogeo de la escultura arcaica (2625-2475, Fiops,
I y II), corresponde al gótico (1230.1400).
[117]
Contemplación.N. del T.
[118]
Véase parte II, cap. V, núm. 6.
[119]
Koldewey-Puchstein: Die griechische Tempel in Unteritalien und Sizilien [Los templos
griegos de la Italia meridional y de Sicilia}. I, página 228.
[120]
Véase sobre esto y lo que sigue la parte II, cap. III.
[121]
Véase parte II, cap. III, núm. 3.
[122]
Stilfragen. Grundlagen zu einer Geschichte der Ornamentik, 1893. Spätrömische
Kunstindustrie, 1901. [Problemas del estilo. Bases para una historia de la
ornamentación. El arte industrial en la Roma posterior.]
[123]
Amida (1910): Die bildende Kunst des Ostens [El arte plástico de
Oriente], 1916. Altai-Iran (1917); Die Baukunst der Armenier und
Europa
[La Arquitectura, de los armenios y Europa], 1918.
[124]
Que no son mayores que las que existen entre el arte dórico y el arte etrusco y que son
menores que las que existían hacia 1430 entre el renacimiento florentino, el gótico
francés, el gótico español y gótico oriental alemán (gótico de ladrillos).
[125]
Véase parte II, cap. III, núm. 12.
[126]
Seguramente, las más antiguas fundaciones cristianas en el imperio de Axum coinciden con
las paganas de los sabeos.
[127]
Véase parte II, cap. III, núm. I.
[128]
Véase parte II, cap. III, núm. 13.
[129]
Kohl und Watzinger: Antike. Synagogen in Galilea [Sinagogas
antiguas de Galilea], 1916. Basílicas son los santuarios de Baal en Palmyra, Baalbeck
y muchos otros puntos. A veces son anteriores al cristianismo, aunque luego pasan a servir
de templos cristianos.
[130]
Véase parte II, cap. III, núm. 4.
[131]
Frauberger: Die Akropolis von Baalbeck, grabado núm. 22.
[132]
Diez: Die Kunst der islamischen Vöker [El arte de los pueblos islámicos],
págs. 8 y siguientes. En los templos sabeos primitivos la
capilla
del oráculo (makanat) se halla delante del altar (mahdar).
[133]
Wulff; Altchristliche und bysantinische Kunst [Arte cristiano-primitivo y bizantino],
pág. 227.
[134]
Plinio habla de la abundancia de templos en esta región. De
un
tipo de templo nacido en la Arabia meridional procede, probablemente, la basílica
transversalcon la entrada por el lado más largo que se encuentra en Hauran y
que se manifiesta también en la división transversal del altar de San Pablo, en Roma.
[135]
Este ejemplar, de una arquitectura puramente interior, no tiene
nada
que ver, ni por su técnica ni por su sentimiento del espacio, con los edificios
circulares etruscos. Altmann: Die italischen Rundbauten [Los edificios circulares
italianos], 1906. En cambio concuerda con las cúpulas de la villa de Adriano
en Tíbur.
[136]
La leyenda de Grial tiene fuertes momentos de sentimiento árabe, junto a otros
célticos. La figura de Parsifal, empero, es puramente fáustica en todos los puntos en
que Wolfram von Eschenbach se aparta de su modelo, Chrestien de Troyes.
[137]
La relación de la columna con el arco «corresponde» espiritualmente a la del muro con
la bóveda. Cuando entre e] cuadrilátero y la cúpula viene a situarse el tambor,
entonces también entre el capitel y el pie del arco se interpone la imposta.
[138]
A. Riegel; Stilfragen [Problemas de estilo}, 1893, págs. 348 y
siguientes
y 272 y siguientes.
[139]
Dehio: Geschichte der deutschen Kunst [Historia del arte alemán], I, p. 16 ss.
[140]
Wulf: Altchristliche-byzantinische Kunst [Arte cristiano primitivo y bizantino]
págs. 153 y siguientes.
[141]
Véase parte II, cap. III, núm. 13. Véase Geffken: Der Ausgang des
griechisch-römischen Heidentums [El fin del paganismo greco-romano], 1920, pág.113.