CAPITULO V
La Idea del alma y el sentimiento de la vida.
I
DE LA FORMA DEL ALMA
1
Todo filósofo de profesión está obligado a creer, sin
serio examen, en la realidad de algún objeto al que puedan aplicarse los métodos
intelectualistas. En efecto, la existencia espiritual del filosofo depende toda de esa
posibilidad. Asi, pues, para todo lógico y psicólogo, por escéptico que sea, hay un
punto en donde la critica enmudece y la fe comienza, un punto en donde el más severo
analítico cesa de aplicar su análisis; y este punto es precisamente su propia existencia
personal como lógico y psicólogo, esto es, la posibilidad de resolver su problema, la
realidad misma del problema que le ocupa. La proposición siguiente: es posible determinar
mediante el pensamiento las formas del pensamiento, no ha sido nunca puesta en duda por
Kant, aunque al no filósofo le pueda parecer harto dudosa. La proposición siguiente: hay
un alma, cuya estructura es científicamente investigable, o la siguiente: lo que yo por
observación critica de mis actos conscientes consigo aislar en forma de «elementos»
psíquicos, «funciones» psíquicas, «complejos» psíquicos, esa es mi almaestas
proposiciones no han sido jamás puestas en duda por ningún psicólogo. Y, sin embargo,
hubieran debido surgir aquí las más fuertes dudas. ¿Es posible, en general, una ciencia
abstracta del alma? ¿Es lo que por este camino se encuentra idéntico a lo que se busca?
¿Por qué toda psicología, entendida no como conocimiento de los hombres, no como
experiencia de la vida, sino como ciencia, ha sido siempre y sigue siendo la más
superficial e inválida de las disciplinas filosóficas, coto de caza lamentablemente
vacío, para uso exclusivo de los ingenios medianos y los sistemáticos infecundos? El
motivo es fácil de descubrir. La psicología «empírica» tiene la desgracia de no
poseer siquiera un objeto, en el sentido de la técnica científica. Su incesante busca y
resolución de problemas es una lucha contra sombras y fantasmas. ¿Qué es el alma? Si el
mero entendimiento pudiese dar la respuesta, sería superflua la ciencia.
Ni uno solo de los miles de psicólogos de nuestros días ha logrado hacer un
verdadero análisis o definición de «la» voluntad, del arrepentimiento, del
terror, de los celos, del capricho, de la intuición artística. Y es natural, porque
sólo lo sistemático es analizable; sólo los conceptos son definibles por otros
conceptos. Y las finezas del espíritu en su juego de distinciones intelectuales, las
supuestas observaciones de una relación entre los estados corporales-sensibles y los
«procesos interiores» no tocan para nada al problema que aquí se plantea. La voluntad
no es un concepto; es un nombre, un término primario, como Dios, un signo que designa
algo de que tenemos inmediatamente certeza interior, sin poderlo describir Jamás.
Aquello a que aludimos aquí permanece por siempre inaccesible a la
investigación científica. No en vano todas las lenguas con sus innumerables e
inextricables denominaciones nos advierten cuan absurdo seria dividir teóricamente,
ordenar sistemáticamente lo psíquico. Aquí no hay nada que ordenar. Los métodos
críticosanalíticosson aplicables solamente al mundo como naturaleza. Más
fácil sería disecar un tema de Beethoven con el bisturí o disolverlo en un ácido que
analizar el alma con los medios del pensamiento abstracto.
El conocimiento de la naturaleza y el conocimiento de los hombres no tienen nada
de común, ni en el propósito ni en el método. El hombre primitivo vive «el alma»
primeramente en los otros hombres y luego en si mismo, como numen, semejante a los numina
que conoce en el mundo exterior, e interpreta sus impresiones en forma mítica. Las
palabras que usa para ello son símbolos, sones que sugieren al ser inteligente algo
indescriptible, que evocan imágenes, metáforas. Todavía no hemos aprendido a
manifestar nuestra intimidad psíquica en otro idioma. Rembrandt puede comunicar algo de
su alma, por medio de un autorretrato o de un paisaje, a los que tengan con él cierta
afinidad interna. Un Dios confirió a Goethe el don de expresar lo que sufría su alma.
Podemos comunicar a otros cierto sentimiento de algunas emociones, inefables por medio de
una mirada, de una melodía, de un movimiento casi imperceptible. Este es el verdadero
lenguaje de las almas, lenguaje incomprensible para el extraño. La palabra, como sonido,
como elemento poético, puede establecer esa relación; pero la palabra, como concepto,
como elemento de la prosa científica, no.
Cuando el hombre no se limita a vivir y a sentir, sino que además atiende y
observa, el alma es para él una representación,, una idea que se origina en
experiencias primigenias de la vida y de la muerte; y esa idea es tan vieja como la
reflexión, que por medio de los idiomas verbales se separa de la visión, a la cual
sigue. Vemos el mundo circundante; y como todo ser que se mueve libremente tiene que
comprender ese mundo para no perecer, asi resulta que de la pequeña, técnica, táctil
experiencia diaria se deriva un conjunto de notas permanentes que se compendian, para el
hombre habituado a la palabra, en una imagen de todo lo comprendido, el mundo
como naturaleza [60]. Lo que no es mundo exterior, no lo vemos; pero rastreamos
su presencia en otros y en nosotros mismos. Por el modo de su manifestación
fisiognómica, despierta en nosotros terror o afán de conocimiento; y así se produce la
imagen reflexiva de un contramundo, en la cual nos representamos y, por
decirlo así, proyectamos ante nosotros lo que eternamente permanece extraño a la
visión. La idea del alma es mítica, es objeto de cultos psíquicos, cuando la idea de la
naturaleza permanece en el terreno de la contemplación religiosa; pero se convierte en
una representación científica y en objeto de la critica erudita tan pronto como la
«naturaleza» cae bajo el poder de la observación crítica. Asi como el tiempo es un
contraconcepto [61] del espacio, asi también «el alma» es un contramundo de la
«naturaleza» y se halla en todo momento codeterminada por la concepción de la
naturaleza. Ya hemos explicado cómo la noción del tiempo surge del sentimiento de la
dirección, que empuja a la vida en su eterno movimiento, de la certidumbre íntima de un
sino; ya hemos dicho cómo el tiempo se constituye en pensamiento negativo de una
magnitud positiva, en encarnación de todo cuanto no sea lo extenso; ya hemos visto
que todas las «propiedades» del tiempo, en cuyo análisis abstracto creen los filósofos
hallar la solución del problema, han ido formándose y ordenándose poco a poco en el
espíritu por inversión de las propiedades del espacio. Pues por el mismo camino
exactamente nace la representación del alma, como inversión y negación de la
representación del mundo, merced a la polaridad espacial, que señalan las palabras
«dentro y fuera», y por una traducción subsiguiente de los caracteres. Toda
psicología es una contrafísica.
Es absurda la pretensión de fijar una «ciencia exacta» del alma, arcano
eterno. Pero el instinto posterior de las grandes urbes, que empuja el hombre al
pensamiento abstracto, obliga al «físico del mundo interior» a explicar un mundo
aparente de representaciones por otras representaciones y cada concepto por otros
conceptos. Al pensar lo no externo lo transforma en extensión; y para determinar la causa
de lo que sólo se manifiesta por modo fisiognómico construye un sistema en el cual cree
hallar la estructura del «alma». Pero las palabras mismas que en todas las culturas se
emplean para comunicar esos resultados de la labor científica delatan el engaño.
Se habla de funciones, de complejos sentimentales, de motivaciones, de umbrales de la
conciencia, de transcurso, de anchura de intensidad, de paralelismo en los procesos
psíquicos.
Pero todos estos términos proceden del círculo de representaciones en que se mueve la ciencia de la naturaleza. «La voluntad se refiere a objetos.» Esta proposición es realmente una imagen en el espacio. La oposición entre lo consciente y lo inconsciente reproduce evidentemente el esquema de la oposición entre lo supra terrestre y lo infra terrestre. En las teorías modernas de la voluntad se puede reconocer todo el lenguaje de formas de la electrodinámica. Hablamos de las funciones de la voluntad y de las funciones de la inteligencia exactamente en el mismo sentido en que hablamos de la función de un sistema dinámico. Analizar un sentimiento significa substituir a ese sentimiento una sombra espacial y someter ésta luego a un tratamiento matemático, limitándola, dividiéndola, midiéndola. Toda investigación psicológica de este estilo, por mucho que se ufane de superar a la anatomía cerebral, está llena siempre de localizaciones mecánicas y, sin darse cuenta, emplea un sistema imaginario de coordenadas en un espacio psíquico imaginario. El psicólogo «puro» no advierte que está copiando al físico. No es maravilla, pues, que su método coincida tan horriblemente bien con los más necios procedimientos de la psicología experimental. Las circunvoluciones cerebrales y los filamentos asociativos corresponden exactamente, por la índole de sus representaciones, al esquema óptico del «curso de la voluntad» o «el curso del sentimiento», y, en efecto, ambos métodos estudian fantasmas afines, esto es, espaciales. No hay en principio una gran diferencia entre deslindar por conceptos una facultad psíquica o delimitar gráficamente una región correspondiente de la corteza cerebral. La psicología científica ha elaborado un sistema cerrado de representaciones, en el cual se mueve con perfecta evidencia. Examínense uno por uno los enunciados de cualquier psicólogo y no se hallará otra cosa que variaciones de ese sistema, en el estilo del mundo exterior entonces conocido.
El pensamiento claro, abstraído de la visión, presupone el espíritu de un
idioma culto como medio que, creado por el alma de una cultura para ser parte y fundamento
de su expresión [62], viene a constituir como una «naturaleza» de significaciones
verbales, un cosmos del idioma en el cual los conceptos, los juicios, los raciocinios
abstractoscopias de la causalidad, del número y del movimientoposeen una
existencia determinada mecánicamente. La imagen que el hombre se forja del alma depende,
pues, en cada momento del uso del idioma y su profundo simbolismo. Los idiomas
cultos de Occidentecon su espíritu fáusticotienen todos el concepto de
«voluntad», magnitud mítica que aparece simbolizada al mismo tiempo por la
transformación del verbo, que establece una decisiva oposición al uso antiguo y, por
lo tanto, también a la antigua idea del alma- Cuando feci se convierte en ego
habeo factum [63], surge un numen del mundo interior. Por consiguiente, en la
idea científica del alma, que exponen todas las psicologías occidentales, aparece,
determinada por el idioma, la figura de la voluntad como una facultad bien delimitada que
cada escuela define, sin duda, a su manera, pero cuya existencia misma no es objeto de la
más leve crítica.
2
Yo sostengo, pues, que la psicología científica, lejos de descubrir y ni aun
siquiera vislumbrar la esencia del almahay que añadir que cada uno de nosotros, sin
saberlo, hace psicología de esa clase cuando intenta «representarse» las emociones del
alma, ya propias, ya ajenas, es un símbolo más que se añade a todos los símbolos
que constituyen el macrocosmos del hombre culto. Como todo lo ya realizado que se
substituye a lo que se está realizando, esa idea del alma representa un mecanismo
en lugar de un organismo. Falta en ella lo que llena nuestro sentimiento de la
vida, lo que debiera ser precisamente el «alma»»; falta el sino, la espontánea
dirección de la existencia, la posibilidad que la vida realiza en su curso.
No creo que la palabra «sino» aparezca en ningún sistema de psicología; y es
bien sabido que no hay nada en el mundo más extraño a la verdadera experiencia de la
vida y conocimiento de los hombres que esos sistemas de psicología. Asociaciones,
apercepciones, emociones, motivos, pensamientos, sentimientos, voluntad, todos éstos son
mecanismos muertos, cuya topografía constituye el insignificante contenido de la ciencia
del alma. Buscando la vida, han tropezado los psicólogos con una ornamentación de
conceptos. El alma sigue siendo lo que era, lo que no puede ni pensarse ni representarse,
el misterio, el eterno devenir, la pura experiencia intima.
Ese imaginario cuerpo psíquicosea dicho aquí por vez primerano
es nunca otra cosa que el fiel reflejo de la forma en que el hombre culto, llegado a la
madurez, contempla su mundo exterior. La experiencia intima de la profundidad es en ambos
casos la que realiza el mundo extenso [64] El misterio, a que alude el término primario
tiempo, crea el espacio tanto en la sensación de lo externo como en la
representación de lo interno. También la imagen del alma tiene su dirección en
profundidad, su horizonte, su limitación o su infinitad. Una «mirada interior» ve; un
oído interior oye. Existe una representación clara de un orden interno que, como el
externo, ofrece el carácter de necesidad causal.
Así, después de lo que llevamos dicho en este libro sobre el fenómeno de las
grandes culturas, resulta enormemente amplificada y enriquecida la investigación sobre el
alma.
Todo cuanto dicen y escriben hoy los psicólogosy no se trata sólo de la
ciencia sistemática, sino también del conocimiento fisiognómico de los hombres, en el
más amplio sentido de la palabrase refiere al estado actual del alma occidental;
la opinión, hasta ahora evidente, de que esas experiencias valen para «el alma humana»
en general, no está fundada.
La idea del alma es siempre la idea de un alma determinada. Ningún
observador puede escapar a las condiciones de su círculo y de su tiempo, y sea cual fuere
el objeto que conozca, cada uno de esos conocimientos es una expresión de su propia alma,
por la elección, la dirección y la forma interior. El hombre primitivo se forja una idea
del alma con los hechos de su propia vida, y en la elaboración de esa idea actúan
las experiencias primigenias de la conciencia vigilantedistinción entre el yo y el
mundo, entre el yo y el túy de la existenciadistinción entre cuerpo y alma,
entre vida sensible y reflexión, entre vida sexual y percepción. Ahora bien: los
que meditan sobre estas cosas son hombres reflexivos, y por eso siempre establecen una
oposición entre un numen interiorespíritu, logos, Ka, Ruachy todo lo
demás.
Pero la división y distribución de las partes, la manera de representarse los
elementos psíquicos, ya en capas sucesivas, ya como fuerzas, ya como substancias, ya en
unidad, o en polaridad o en pluralidad, esto precisamente es lo que caracteriza a la
persona del meditador y la clasifica entre los miembros de una cultura determinada. Y los
que se figuran conocer el elemento psíquico de culturas extrañas por sus efectos, es
porque insinúan en él su propia idea del alma; asimilan las nuevas experiencias a un
sistema actual y no es maravilla que así crean al fin haber descubierto sus formas
eternas.
Pero en realidad cada cultura tiene su propia psicología sistemática, como
tiene su propio estilo en el conocimiento de los hombres y experiencia de la vida. Y asi
como cada estadio de una cultura, la época de la escolástica, de la sofística, de la
ilustración, compone su idea del número, del pensamiento, de la naturaleza, idea que
sólo es adecuada para él, así finalmente cada siglo se refleja en su propia idea del
alma. El más penetrante conocedor de hombres en Europa se equivoca cuando intenta
comprender a un japonés o a un árabe, y viceversa. Y lo mismo se equivoca el sabio al
traducir a su propio idioma los términos fundamentales de los sistemas árabes o griegos.
Nephesch no significa animus; âtmân no es alma. Eso que nosotros llamamos
voluntad y descubrimos por doquiera, no lo hallaba el «antiguo» en su idea del
alma.
Después de lo dicho, nadie dudará de la alta significación que poseen las
distintas ideas del alma en la historia universal.
El hombre antiguo, apolíneo, entregado a la realidad euclidiana, punctiforme,
contemplaba su alma como un cosmos ordenado en grupo de bellas partes. Platón las llamaba
noèw, yumñw, ¤piymÛa [65], y las comparaba con el hombre, el animal y la planta
y una vez las comparó incluso con el hombre del Sur, del Norte y de la Helade. Esta
imagen reproduce la naturaleza tal como se desenvolvía ante los ojos del hombre antiguo:
ordenada suma de cosas palpables, frente a las cuales el espacio era sentido como el no
ser. ¿Dónde, en esta imagen, se encuentra la voluntad? ¿Dónde la representación de
conexiones funcionales? ¿Dónde las demás creaciones de nuestra psicología? O
¿es que se cree que Platón y Aristóteles no entendían de análisis y no veían lo que
ve cualquiera hoy? ¿No será más bien que falta aquí la voluntad como en la matemática
antigua falta el espacio y en la física la fuerza?
En cambio tomemos una cualquiera de las psicologías occidentales. Siempre
encontraremos un orden funcional, nunca corpóreo.
Y = F(x): tal es la protoforma de todas las impresiones que recibimos de
nuestra intimidad, porque tal es el fundamento de nuestro mundo exterior. Pensar,
sentir, quererde esta tríade no sale ningún psicólogo occidental por mucho que se
afane. Y la disputa de los pensadores góticos sobre el primado de la voluntad o el
de la razón demuestra que el alma era ya entonces considerada como una relación entre fuerzas.
(Lo mismo da que estas doctrinas aparezcan como propias o como interpretaciones
de San Agustín y Aristóteles.) Asociaciones, apercepciones, procesos volitivos o como
quiera que se llamen los elementos de la idea del alma, todos sin excepción reproducen el
tipo de las funciones matematicofísicas y son, por lo tanto, de forma totalmente opuesta
a la «antigua». Como no se trata de interpretar el sentido fisiognómico de ciertos
rasgos vitales, sino de considerar «el alma» como un objeto, por eso la vacilación de
los psicólogos comienza justamente en el problema del movimiento. Para los antiguos hubo
un problema eleático también en el mundo interior; y en la disputa escolástica
sobre el primado funcional de la razón o de la voluntad anunciase ya la peligrosa
debilidad de la física barroca, que no puede encontrar una relación indudable entre la
fuerza y el movimiento. La idea del alma que compusieron los antiguos y los indios niega
la energía de direcciónen esa idea todo está ordenado y redondeado; la de
los egipcios y occidentales la afirmaaquí hay complejos de efectuación y medios de
fuerza; pero justamente porque el tiempo queda incluido en esta imagen del alma, el
pensamiento, que es extraño al tiempo, entra en contradicción consigo mismo.
La idea fáustica y la idea apolínea del alma son radicalmente contrarias.
Vuelven a surgir aquí todas las oposiciones que antes hemos estudiado. La unidad
imaginaria puede caracterizarse en la cultura antigua con el nombre de «cuerpo
psíquico»; en la nuestra, con el de «espacio psíquico». El cuerpo tiene
partes; en el espacio se verifican procesos. El hombre antiguo siente su mundo interior
plásticamente. Ello se ve muy bien en el lenguaje de Homero, que quizá refleja
antiquísimas teorías religiosas, como la de las almas en el Hades, que son una
reproducción fácilmente recognoscible del cuerpo.
La filosofía presocrática ve las almas de esta misma
manera. Sus tres partes bien ordenadas- logistikñn, ¤piyumhtikñn, yumoeid¡w,
[66] recuerdan el grupo de Laocoonte. Nosotros, en cambio, tenemos del alma
una impresión musical; la sonata de la vida interior tiene por tema principal la
voluntad; el pensamiento y el sentimiento son temas secundarios; la frase se acomoda a las
reglas estrictas de un contrapunto psíquico y el problema de la psicología consiste en
descubrir esas reglas.
Los elementos más simples se diferencian como tos
números antiguos se diferencian de los occidentales: allí son magnitudes, aquí
relaciones. La estática psíquica de la existencia apolíneaideal
estereométrico de la svfrosænh y de la tarajÛa se
opone a la dinámica, psíquica de la vida fáustica.
La idea apolínea del almael tronco de caballos que Platón describe con el
noèw [67] cocherose evapora en seguida al acercarse al alma mágica de la
cultura árabe. Pierde color en los estoicos posteriores, cuyos jefes eran en su mayoría
oriundos del oriente arameo. Y en la primera época imperial aparece ya en la literatura
romana como simple reminiscencia.
La idea mágica del alma tiene el carácter de un estricto dualismo de dos
substancias enigmáticas, el espíritu y el alma [68].
No mantienen entre sí estas substancias ni la relación
estática, antigua, ni la relación funcional, occidental, sino otra de muy distinta
índole, que sólo cabe caracterizar con el nombre de mágica. Piénsese, por oposición a
la física de Demócrito y de Galileo, en la alquimia y en la piedra filosofal. Esta idea
del alma, específicamente oriental, constituye necesariamente la base de todas las
consideraciones psicológicas y sobre todo teológicas, que llenan la época primitiva, la
época «gótica» de la cultura árabe (del año 0 al año 300). El Evangelio de San Juan
forma parte de esa literatura, no menos que los escritos de los gnósticos, de los padres
de la Iglesia, de los neoplatónicos y maniqueos, los textos dogmáticos del Talmud y el
Avesta y el sentimiento senil de tinte religioso con que se manifiesta el Imperio romano
que tomó del Oriente joven, Siria y Persia lo poco vivo que hay en su filosofía. Ya el
gran Poseidonio, que a pesar del cariz «antiguo» de su inmenso saber era un verdadero
semita, lleno del espíritu árabe, sintió como verdadera esa estructura mágica del
alma, en íntima oposición al sentimiento apolíneo de la vida. Una substancia que
penetra el cuerpo se opone, por clara diferencia de valor, a otra substancia que
desciende sobre la humanidad en la cueva del mundo, substancia abstracta y divina en la
cual descansa el consenso de todos los que de ella participan [69]. Este «espíritu» es
el que produce el mundo superior, por cuya creación triunfa sobre la mera vida, sobre la
«carne», sobre la naturaleza. Tal es el modelo que, en sentido religioso, filosófico o
artísticorecuérdense los retratos de la época constantiniana, con los ojos fijos
en el infinito, con esa mirada que representa el- pneèma [70] , sirve de
base a todo sentimiento del yo. Asi sintieron Plotino y Orígenes. San Pablo distingueI.
Corin. 15, 44 entre el sÇma cuxikñn y el sÇma yneumatikñn [71]. Era
corriente entre los gnósticos la representación de un doble éxtasis, el corporal y el
espiritual, y la división de los hombres en superiores e inferiores, psíquicos y
neumáticos. Plutarco ha tomado de modelos orientales la psicología corriente en la
literatura de la antigüedad posterior, el dualismo de noès y cux®. Ese dualismo entró
pronto en relación con la oposición entre cristiano y pagano, entre espíritu y
naturaleza; y asi establecieron los gnósticos, los cristianos, los persas y los judíos
el esquema, aun no superado, de la historia universal como un drama
de la humanidad entre la creación y el Juicio final, con una intervención
divina en el centro.
La idea mágica del alma se perfecciona científicamente en las escuelas de
Bagdad y Basra. Alfarabi y Aikindi [72] han tratado a fondo los complicados problemas de
esa psicología mágica, poco accesible para nosotros. Su influencia sobre las primeras
teorías abstractas del almano sobre el sentimiento del yoque se
elaboran en Occidente fue mayor de lo que se cree. Los psicólogos escolásticos y
místicos han recibido de España, Sicilia y Oriente los mismos elementos formales que el
arte gótico. No olvidemos que el arabismo es la cultura de las religiones reveladas, que
suponen todas una idea dualista del alma. Recordemos la Kabbala; pensemos en la parte que
toman los filósofos Judíos en la llamada filosofía de la Edad Media, es decir, en la
filosofía del arabismo posterior y luego del gótico primitivo. Citaré solo un ejemplo
muy notable, que casi nadie ha advertido; Spinoza [73]. Procedente del Ghetto, es Spinoza,
con su contemporáneo Schirazi, un retrasado, el último representante del sentimiento
mágico, un extraño en el mundo de formas de nuestro sentimiento fáustico. Prudente
discípulo de la época barroca, supo dar a su sistema los colores del pensamiento
occidental; pero en lo profundo sigue manifestando el dualismo arábigo de las dos
substancias psíquicas. Este es el verdadero y hondo motivo por el cual falta en él el
concepto de fuerza de Galilea y Descartes. Este concepto es el centro de gravedad de
un universo dinámico y, por lo tanto, resulta extraño al sentimiento mágico del mundo.
Entre la idea de la piedra filosofalque yace oculta en la idea espinozista de la
divinidad como causa suiy la de necesidad causal, que pertenece a nuestra
imagen de la naturaleza, no existe punto de relación. Por eso el determinismo de la
voluntad en Spinoza es exactamente el mismo que defendía la ortodoxia en Bagdad, es el
«Kismet». Aquí es donde hay que buscar la patria del método «more geométrico» que
es común al Talmud, al Avesta y al Kalaam arábigo [74], pero que, en la Ética de
Spinoza forma dentro de nuestra filosofía una excepción grotesca.
El romanticismo alemán reavivó con efímera vitalidad esta idea mágica del
alma. Encontró en la magia y en los pensamientos retorcidos de los filósofos góticos el
mismo gusto que en los ideales de las Cruzadas, claustros y castillos y sobre todo que en
el arte y la poesía sarracenos, sin entender en realidad gran cosa de tan lejanos
objetos. ScheIIing, Oken, Baader, Görres y sus amigos se complacían en especulaciones
infructuosas de estilo arábigo judaico, que ellos tranquilamente consideraban como
obscuras y por lo tanto «profundas», cosa que no habían sido para los
orientales; ellos mismos no las comprendían en parte y esperaban confiadamente que los
oyentes tampoco las comprenderían. Lo notable de este episodio es solo el encanto de la
obscuridad que se desprendía de esos pensamientos. Se puede arriesgar la conclusión de
que las más claras y fáciles exposiciones de los pensamientos fáusticos, como la de
Descartes o los Prolegómenos de Kant, hubieran producido en un metafísico árabe igual
impresión de nebulosidad abstrusa. Lo que para nosotros es verdadero es para ellos falso
y viceversa; y lo mismo puede decirse tratándose de la idea del alma que se forja cada
cultura que de cualquier otro resultado de la meditación científica.
3
El futuro tendrá que afrontar el problema difícil de distinguir y analizar los
últimos elementos en la concepción del mundo y filosofía de estilo gótico, como en la
ornamentación de las catedrales y en la pintura primitiva de entonces, que vacila
indecisa entre el fondo plano dorado y los amplios fondos de paisajes entre el modo
mágico y el modo fáustico de ver a Dios en la naturaleza. En la primitiva idea del alma,
que esta filosofía revela, los rasgos de la metafísica cristianoárabe el dualismo de
espíritu y alma, se mezclan indecisos, vacilantes con atisbos septentrionales de las
facultades funcionales psíquicas, que aun no aparecen reconocidas claramente.
Esta duplicidad de elementos es la base de la disputa sobre el primado de la
voluntad o de la razón, problema central de la filosofía gótica, que ésta
intenta resolver ora en el viejo sentido árabe, ora en el nuevo occidental. Es el mismo
mito intelectual que, en formas constantemente varias, ha determinado el curso de toda
nuestra filosofía, distinguiéndola de cualquier otra. El racionalismo del barroco
posterior, con el orgullo del espíritu urbano y seguro de sí mismo, se decidió por la
mayor potencia de la diosa RazónKant y los jacobinos. Pero ya el siglo XIX,
sobre todo Nietzsche, ha elegido la fórmula más fuerte; voluntas superior intellectu,
que todos
llevarnos en la sangre [75]. Schopenhauer, el último gran sistemático, lo ha
reducido a esta otra fórmula: «El mundo como voluntad y representación»; y es su ética,
no su metafísica, la que decide en contra de la voluntad.
Aquí se ve inmediatamente cuál es el motivo misterioso, el sentido de todo
filosofar, dentro de una cultura. El alma fáustica, en esfuerzos centenarios, ha
intentado dibujar de sí misma un retrato, una imagen que armoniza profundamente
con la imagen del mundo. La filosofía gótica, con su lucha entre razón y voluntad, es
en realidad una expresión del sentimiento vital de aquellos hombres de las
Cruzadas, de los Staufen, de las grandes catedrales. Veían el alma así, porque ellos
eran así.
El querer y el pensar son en la idea del alma lo que la dirección y la
extensión, la historia y la naturaleza, el sino y la causalidad en la imagen del mundo
exterior. Estos rasgos fundamentales de ambos aspectos revelan que nuestro símbolo
primario es la extensión infinita. La voluntad enlaza el futuro con el presente; el
pensamiento enlaza lo ilimitado con el aquí. El futuro histórico es la lejanía
produciéndose; el horizonte infinito del mundo es la lejanía producida. Tal es el
sentido de la experiencia intima de la profundidad en el hombre fáustico.
El sentimiento de la dirección es representado como esencia, casi como realidad
mítica en la «voluntad»; el sentimiento del espacio, en el «entendimiento»; y asi
nace la imagen que nuestros psicólogos necesariamente abstraen de la vida interior.
La cultura fáustica es cultura de la voluntad. Esto quiere decir que el
alma fáustica posee una disposición eminentemente histórica. El «yo» en el lenguaje
usual ego habeo factum, la construcción dinámica de la frase,
reproduce perfectamente el estilo de la acción que se deriva de aquella disposición
interna y que con su energía de dirección domina no sólo la imagen del «mundo como
historia», sino nuestra historia misma. Ese «yo» se yergue en la arquitectura gótica;
las flechas de las torres y los contrafuertes son «yo»; por eso toda la ética
fáustica es una ascensión perfeccionamiento del yo, mejoramiento moral del yo,
justificación del yo por la fe y las buenas obras, respeto al tú del prójimo por causa
del propio yo y su bienaventuranza, desde Santo Tomás de Aquino hasta Kant. Y por
último, la noción suprema: la inmortalidad del yo.
Esto precisamente es lo que el auténtico ruso considera vano y despreciable. El
alma rusa, sin voluntad, alma cuyo símbolo primario es la planicie infinita [76], aspira
a deshacerse y perderse, sierva anónima, en el mundo de los hermanos, en el mundo
horizontal. Pensar en el prójimo partiendo de si mismo, elevarse moralmente por el
amor al prójimo, hacer penitencia de si mismo, es síntoma de vanidad occidental,
es un crimen, como el disparo hacia el cielo de nuestras catedrales tan contrario a los
tejados planos, cubiertos de cúpulas, de las iglesias rusas. El héroe de Tolstoi,
Nekludow, cuida su yo moral como sus uñas; por eso es por lo que Tolstoi pertenece a la
seudomórfosís del petrinismo. Raskolnikow es simplemente un algo que forma parte de un
«nosotros». Su culpa es culpa, de todos [77]. El que considere su pecado como propio
demuestra en ello su arrogancia y su vanidad. Algo de esto hay también en la idea mágica
del alma. «Si alguno viene a midice Jesús en San Lucas, 14, 26y no aborrece
a su padre y madre y mujer e hijos y hermanos y hermanas, y aun también su propio yo (t®n
¤autoè cux®n), no puede ser mi discípulo.»
Este sentimiento es el que le empuja a denominarse vástago humano [78], El
consenso de los fieles es igualmente impersonal y condena el «yo» como pecado; lo mismo
sucede en el concepto típicamente ruso de la verdad, como anónima coincidencia de los
elegidos.
El hombre antiguo, todo presente, carece también de esa energía de la
dirección que domina nuestra imagen del mundo y del alma, que compendia todas las
impresiones sensibles en un disparo hacia la lejanía, todas las experiencias intimas en
el sentido del futuro. El hombre antiguo no tiene voluntad.
Lo confirma la idea antigua del sino, y mejor aún el símbolo de la columna
dórica. La lucha entre el pensar y el querer constituye el tema oculto de todos los
retratos significativos, desde Jan van Eyck hasta Marées; en cambio el retrato antiguo no
puede contener nada de eso, porque en la idea antigua del alma hállanse junto al noèw,
junto al Zeus interior, las unidades ahistóricas de los instintos vegetativos y animales
(yumñw y ¤piymÛa), en forma somática, sin dirección consciente y
tendencia hacia un fin.
Es indiferente el nombre que demos a nuestro principio fáustico, que sólo a
nosotros pertenece. El nombre es ruido y humo. Espacio es también una palabra que, con
mil matices diferentes, expresa en boca del matemático, del pensador, del poeta, del
pintor, una y la misma cosa indescriptible que, al parecer, pertenece a la humanidad
entera, pero que en realidad sólo en la cultura occidental tiene esa
significación trascendente y metafísica que nosotros le damos con interior necesidad. No
el concepto de «voluntad», pero si la circunstancia de que para nosotros exista ese
concepto, mientras que los griegos no lo conocían, tiene la significación de un gran
símbolo. En último término, no hay diferencia alguna entre el espacio profundo y la
voluntad. En los idiomas «antiguos» falta la denominación de aquél y, por tanto,
también la de ésta [79].
El espacio puro del mundo fáustico no es la mera dilatación, sino la extensión
en la lejanía como eficiencia, como superación de lo meramente sensible, como oposición
y tendencia, como voluntad espiritual de potencia. Bien sé lo insuficientes que son estas
perífrasis. Es enteramente imposible indicar por medio de conceptos exactos la diferencia
que existe entre lo que nosotros pensamos, sentimos y nos representamos bajo el nombre de
espacio y lo que como tal sentían los hombres de la cultura árabe o india. Pero no cabe
duda de que son cosas totalmente distintas; demuéstralo la diferencia entre las
intuiciones fundamentales de las respectivas matemáticas y artes plásticas, y, sobre
todo, de las inmediatas manifestaciones de la vida. Veremos cómo la identidad del
espacio y la voluntad se manifiesta en las hazañas de Copérnico y de Colón, en las de
los Hohenstaufen y de Napoleóndominio del espacio cósmico; pero esa
identidad también está implícita bajo otra forma en ciertos conceptos físicos como
campo de fuerza y potencial, que nadie hubiera podido hacer comprender a un griego. El
espacio, como forma a priori de la intuiciónfórmula en que Kant expresa
definitivamente el pensamiento que la filosofía barroca había buscado sin cesar,
significa una pretensión de dominio que el alma enuncia sobre todo lo que no es
ella. El yo rige al mundo por la forma [80].
Esto es lo que expresa la perspectiva en profundidad de la pintura al
óleo, poniendo el espacio infinito del cuadro en la dependencia del espectador, que lo domina
literalmente, desde la lejanía conveniente. Ese disparo hacia la lejanía, que conduce al
tipo del paisaje heroico de sentido histórico, tanto en el cuadro como en el
parque de la época barroca, es el mismo que se manifiesta en el concepto
matemático-físico de vector.
Durante siglos ha perseguido la pintura, con pasión, ese gran símbolo que
encierra en sí todo lo que expresan las palabras espacio, voluntad, fuerza. La tendencia
metafísica correspondiente es ese constante afán por formular la dependencia funcional
entre el espíritu y las cosas mediante parejas de conceptos, como fenómeno y cosa en
sí, voluntad y representación, yo y no yo, que tienen un contenido puramente dinámico,
opuesto en absoluto a la teoría de Protágoras, que llamaba al hombre medida, esto
es, no creador de todas las cosas. Para la metafísica «antigua» es el hombre un
cuerpo entre cuerpos y el conocer una especie de contacto que va de lo conocido al
cognoscente, y no viceversa. Las teorías ópticas de Anaxágoras y Demócrito están bien
lejos de conceder al hombre una actividad en la percepción sensible. Platón no siente
nunca el yo como centro de una esfera de actividad trascendente; en cambio para Kant esta
concepción es una necesidad interior.
Los presos de la famosa cueva platónica son verdaderos presos, esclavos
de las externas impresiones y no señores; perciben iluminados por el sol universal, no
son soles que alumbren el universo.
El concepto físico de la energía espacial, representación totalmente contraria
al espíritu «antiguo», representación que hace de la distancia una forma de la
energía y hasta la protoforma de toda energíapues tal es el fundamento de los
conceptos de capacidad e intensidad, aclara también la relación entre la voluntad
y el espacio psíquico imaginario. Sentimos que las dos imágenes, la imagen dinámica del
mundo, trazada por Galileo y Newton, y la imagen dinámica del alma, con la voluntad como
centro de gravedad y de relación, significan una y la misma cosa. Ambas son formas
barrocas, símbolos de la cultura fáustica, al llegar a su plena madurez.
No es justo, aunque sí frecuente, considerar el culto de «la voluntad» como universal mente humano, o al menos como universalmente cristiano y derivarlo de las religiones pre arábigas. Esta conexión pertenece exclusivamente a la superficie histórica; hay ciertas palabras, como voluntas, que sufren un cambio de sentido profundamente simbólico, aun que inadvertido por lo general, y es corriente confundir los sinos de esas palabras con la historia de las ideas y de las significaciones verbales. Cuando los psicólogos árabes, Murtada, por ejemplo, hablan de la posibilidad de varias «voluntades», una «voluntad» que está en conexión con
el hacer, otra que le precede independiente, otra que no tiene la menor relación
con el acto y que es la que crea el «querer», se refieren en todo esto al sentido
profundo de la palabra árabe, y nos presentan evidentemente una imagen del alma cuya
estructura difiere por completo ce la fáustica.
Los elementos del alma son para todo hombre, sea cual fuere la cultura a que
pertenece, deidades de una mitología interior. Lo que Zeus en el
Olimpo externo, eso mismo es para un griego el noèw en el mundo interior presente
a su vista con perfecta claridad; el noèw; preside a todas las demás partes del
alma. Lo que para nosotros es «Dios», Dios como universal aliento, como fuerza
omnipotente, como eficiencia y providencia omnipresentes, eso mismo es la «voluntad»,
trasladada del espacio cósmico al espacio imaginario del alma y sentida necesariamente
como una realidad actual. En el dualismo microcósmico de la cultura mágica, con su
ruach y su nephesch, su pneèma y su cux®, va
implícita necesariamente la oposición macrocósmica de Dios y el diablo, de Ormuz
y Ariman en Persia, de Jahve y Belcebú en Judea, de AIlah e Iblis en el Islam, del bien
absoluto y del mal absoluto. Pero debe advertirse que en el sentimiento occidental del
mundo esas dos oposiciones palidecen y declinan al mismo tiempo. De la disputa
gótica por el primado del Íntellectus o de la voluntas sale la voluntad
afirmada como centro de un monoteísmo psíquico,
y al mismo tiempo desaparece del mundo real la figura del diablo. El
panteísmo del mundo exterior en la época barroca tiene por consecuencia inmediata un
panteísmo interior, y la oposición de Dios y el mundo en cualquier sentido
que se tomesignifica lo mismo que la de la voluntad y el alma, significa la fuerza
que todo lo mueve en su imperio [81]. Y cuando el pensamiento religioso se convierte en un
pensamiento rigurosamente científico, la física y la psicología siguen manteniendo un
doble mito intelectual. El origen de los conceptos fuerza, masa, voluntad, pasión, no
está en la experiencia absoluta, sino en el sentimiento vital. El darwinismo no es mas
que una acepción superficial de este sentimiento. Ningún griego hubiera empleado la
palabra naturaleza en el sentido de una actividad absoluta y ordenada, como lo hace la
biología moderna. «Voluntad de Dios» es para nosotros un pleonasmo.
Dioso «la naturaleza»no es mas que voluntad. El concepto de Dios,
desde el Renacimiento, ha ido insensiblemente identificándose con el concepto del espacio
cósmico infinito y perdiendo sus rasgos sensibles, personalesla omnipresencia y la
omnipotencia se han convertido casi en conceptos matemáticos; pues del mismo modo
Dios se ha transformado en la voluntad universal, que ninguna intuición puede darnos a
conocer. Por eso es por lo que la música instrumental pura vence a la pintura en
1700; la música, en efecto, es el único y último medio de expresar claramente ese
sentimiento de lo divino. Recordemos, en cambio, los dioses homéricos. Zeus no posee en
absoluto poder pleno sobre el mundo; incluso en el Olimpo esasi lo exige el
sentimiento apolíneoprimus Inter -pares, cuerpo entre cuerpos. La ciega
necesidad, la nxk®, que el pensamiento antiguo encuentra en el cosmos,
no depende de Zeus en manera alguna. Al contrario: los dioses se inclinan ante ella.
Esquilo lo dice claro en un pasaje fortísimo del Prometeo, y en Homero percibimos
el mismo sentimiento cuando habla de la lucha entre los dioses y en aquel pasaje
decisivo en que Zeus levanta la balanza del sino, no para estatuir, sino para conocer el
destino de Héctor. Asi, pues, los antiguos se representan el alma con sus partes y
potencias como un Olimpo de pequeñas deidades; y el ideal de la vida helénica consistía
en mantener en paz y concordia esa divina tropa. Tal es el sentido de la svfrosænh y
tarajÛa. Y el hecho de que algunos filósofos hayan dado el nombre de Zeus a la
parte más elevada del alma, al noèw, demuestra la realidad de esa
relación entre la idea del alma y la idea religiosa. Aristóteles, al pensar la
divinidad, le atribuye por única función , la yevrÛa, la contemplación; es el
ideal de Diógenes: una estática perfecta de la vida, que se contrapone a la no menos
perfecta dinámica del ideal vital en el siglo XVIII.
Ese misterioso elemento que en nuestra idea del alma designa la palabra voluntad,
esa pasión de la tercera dimensión, es, pues, propiamente una creación del
barroco, como la perspectiva de la pintura al óleo, como el concepto de fuerza en la
física moderna, como el mundo sonoro de la música instrumental pura. En todos los casos
había presentido el gótico eso mismo que estos siglos de saturación espiritual llevan a
su madurez. Y ya que nos referimos aquí al estilo de la vida fáustica, por oposición a
otra cualquiera, hemos de afirmar una vez más que los términos primarios de voluntad,
fuerza, espacio, Dios, sustentados y animados por el sentimiento fáustico, son
símbolos, principios estructuradores de grandes mundos formales muy afines entre sí y en
los cuales esa realidad se expresa y manifiesta. Hasta ahora se ha creído que éstos eran
hechos eternos, hechos que existían en sí mismos, y que por los métodos de la
investigación crítica podían ser afirmados, «conocidos», demostrados de una vez para
siempre.
Esta ilusión de la ciencia física ha sido igualmente la ilusión de la
psicología. Pero en verdad esas realidades «universalmente válidas» pertenecen
solamente al estilo barroco de la contemplación y de la intelección, como formas
expresivas de significación transitoria que son «verdaderas» sólo para el espíritu
occidental; concebidas así varía totalmente el sentido de aquellas ciencias, que ya no
son sólo sujetos de un conocimiento sistemático, sino también y en más alto grado objetos
de una, consideración fisiognómica.
La arquitectura barroca comenzó, como ya sabemos, cuando Miguel Ángel
substituyó los elementos tectónicos del Renacimiento: peso y sostén, por los dinámicos
de masa y fuerza.
La capilla Pazzi, de Brunellesco, expresa un sentimiento de alegre abandono; la
fachada de II Gesú, de Vignola, es voluntad hecha piedra, A este nuevo estilo, en
su aspecto eclesiástico se le ha dado el nombre de estilo Jesuita, sobre todo después de
su perfeccionamiento por Vignola y Della Porta; y en realidad hay un íntimo nexo entre la
creación de San Ignacio de Loyola y las formas artísticas de la época. En efecto, la
orden fundada por Loyola representa la voluntad pura, abstracta de la Iglesia [82]; y su
actividad oculta, expandiéndose por el infinito, puede parangonarse con el análisis y
con el arte de la fuga.
Desde ahora ya no parecerá paradójico hablar del estilo barroco y hasta
del estilo jesuíta en la psicología, en la matemática y en la física teórica. El
lenguaje de las formas dinámicas, que a la oposición entre materia y formaoposición
somática y sin voluntadsubstituye la enérgica oposición entre capacidad e
intensidad, es común a todas las creaciones espirituales de estos siglos.
4
Veamos ahora hasta qué punto el hombre de esta cultura realiza lo que su idea
del alma nos hace esperar. Si es licito caracterizar el tema de la física occidental, en
su generalidad, como el espacio activo, este mismo término habrá de determinar también
la índole, el contenido de la existencia del hombre contemporáneo. Nosotros,
naturalezas de temple fáustico, estamos acostumbrados a incluir en el conjunto de
nuestras experiencias vitales los individuos considerados en su manifestación activa,
no en su apariencia plástica y estática. Medimos a los hombres por su actividad,
que puede dirigirse igualmente hacia dentro o hacia fuera; y en esa dirección valoramos
los propósitos, los motivos, los esfuerzos, las convicciones, los hábitos. El término
en que resumimos este modo de ver la vida es la palabra carácter. Hablamos de
cabezas que tienen carácter, de paisajes que tienen carácter. Continuamente empleamos
locuciones que se refieren al carácter de los ornamentos, de las pinceladas, de la letra
manuscrita; y aun de artes enteras, de épocas y de culturas. La música del barroco
es el arte propio de lo característico, tanto en la melodía como en la instrumentación.
La palabra carácter designa también algo indescriptible, algo que separa la cultura
fáustica de todas las demás. Y es indudable su profunda afinidad con la palabra
«voluntad». Lo que la voluntad es en la imagen del alma, eso mismo es el carácter en la
imagen de la vida, que nosotros los europeos occidentales, y sólo nosotros,
construimos con entera evidencia.
El empeño fundamental de todos nuestros sistemas éticospor diferentes que
sean sus fórmulas metafísicas o prácticases que el hombre tenga carácter. El
carácterque se forma en el curso del mundo, la personalidad, la
relación de la vida con la acción, es la impresión que el hombre produce en el ánimo
fáustico. Entre el carácter y la imagen física del universo existe una importante
semejanza. El concepto vectorial de la tuerza, con su dirección, no ha podido aislarse
del de movimiento, a pesar de las más finas investigaciones teóricas; del mismo modo es
imposible separar estrictamente la voluntad del alma, el carácter de la vida. En la
cumbre de esta cultura, desde el siglo XVII, sentimos con seguridad una equivalencia de
significación entre la palabra vida y la palabra voluntad. Los términos de fuerza vital,
voluntad de vivir, energía activa, llenan nuestra literatura moral, como algo evidente;
en cambio esas expresiones no son ni siquiera traducibles al griego de la época de
Perícles.
Todas las morales han manifestado siempre la pretensión de valer para todos los
tiempos y todas las latitudes. Esta pretensión es la que ha mantenido oculto el hecho de
que, siendo las culturas individualidades de orden superior, cada una de ellas posee su
propia, concepción moral. Hay tantas morales como culturas. Nietzsche ha sido el
primero en vislumbrarlo. Y, sin embargo, no ha llegado, ni con mucho, a la noción de una
morfología de la moral, verdaderamente objetivamás allá de todo bien y de todo
mal. Ha valorado la moral antigua, la moral india, la moral cristiana, la moral del
Renacimiento, por comparación con sus propios valores personales, en lugar de comprender
el carácter simbólico de esos estilos diferentes. Justamente nuestra penetración
histórica hubiera debido concebir el protofenómeno de la moral en su sentido
propio. Ya hoy estamos, al parecer, maduros para ello. Tan necesaria se ha hecho para
nosotros, desde Joaquín de Floris y las Cruzadas, la idea de la humanidad como conjunto
activo, combatiente, progresivo, que nos cuesta trabajo comprender que esta manera de
considerar el hombre sea exclusivamente occidental y tenga una validez y duración
transitorias. Para el espíritu antiguo, la humanidad es una masa invariable; por eso la
antigüedad concibe una moral muy distinta de la nuestra, que se extiende desde los
tiempos primitivos de Homero hasta la época imperial. Y en general puede decirse que al
sentimiento vital, altamente activo, de la cultura fáustica, se acerca bastante el de las
culturas china y egipcia; mientras que al sentimiento pasivo de la antigüedad se asemeja
más el de la cultura india.
Si ha habido en el mundo un grupo de naciones que haya vivido en continua lucha
por la existencia, es sin duda alguna el de la cultura antigua, en donde todas las
ciudades, grandes y pequeñas, se combatían hasta aniquilarse, luchando sin plan, sin
sentido, sin cuartel, cuerpos contra cuerpos, por instinto antihistórico. Sin embargo, la
ética griega, a pesar de Heráclito, dista mucho de haber considerado la lucha como
principio ético. Los estoicos, como los epicúreos, enseñaban un ideal de
renuncia a la lucha. En cambio el afán típico del alma occidental consiste en superar y
vencer los obstáculos.
Actividad, decisión, afirmación de sí mismo, éstas son exigencias
occidentales. La lucha contra los aspectos cómodos de la vida, impresiones de lo
momentáneo, próximo, palpable y fácil; la realización de lo que tiene universalidad y
permanencia, de lo que sirve de enlace espiritual entre el pasado y el futuro, tal es el
contenido de todos los imperativos fáusticos desde los albores del gótico hasta Kant y
Fichte, y más acá todavía, hasta el ethos de esas inauditas manifestaciones de fuerza y
voluntad que caracterizan hoy nuestros Estados, nuestras potencias económicas y nuestra
técnica. El carpe diem, la plenitud momentánea del punto de vista antiguo,
constituye la más perfecta contradicción de todo cuanto Goethe, Kant, Pascal, la Iglesia
y el pensamiento libre consideran valioso, a saber: una realidad activar combatiente,
victoriosa [83].
Asi como todas las formas del dinamismopictórico, musical, físico, social, políticoestablecen conexiones infinitas y no consideran (como la física antigua) el caso particular y la suma de éstos, sino el curso típico y la regla funcional, así también hemos de entender por carácter le que fundamentalmente permanece idéntico en el ejercicio de la vida. En el caso contrario decimos que hay falta de carácter. Carácter es la forma de una existencia en movimiento, que
a la mayor variabilidad en los casos particulares une la mayor constancia en el
principio. El carácter es lo que hace posible una biografía significativa, como Poesía
y Realidad, de Goethe.
Las biografías de Plutarco, que son típicamente antiguas, constituyen,
comparadas con la de Goethe, una colección de anécdotas en orden cronológico y no una
evolución histórica. Y Alcibíades, Perícles, y en general cualquier hombre de pura
estirpe apolínea, será susceptible de una biografía plutarquiana, pero no de una
biografía a lo Goethe. No porque a su vida le fa le masa de hechos, sino porque le falta
relación entre ellos; los sucesos aquí se siguen como átomos. Refiriéndonos a la
imagen física del mundo, podemos decir: no es que el griego se haya olvidado de
buscar leyes generales en la suma de sus experiencias, es que no podía encontrar
tales leyes en su cosmos.
De aquí se sigue que las ciencias que estudian el carácter, sobre todo la
fisiognómica y la grafología, hubieran padecido de miseria en la cultura antigua. No
conocemos la escritura antigua; pero la ornamentación, si se compara con la gótica, es
de una sencillez y mezquindad increíbles, por lo que toca a la expresión característicarecordemos
los meandros y las hojas de acanto, y en cambio ofrece una uniformidad en sentido
intemporal que no ha sido alcanzada jamás. Se comprende naturalmente que, si examinamos
el sentimiento antiguo de la vida, habremos de encontrar en él un elemento fundamental de
la valoración ética, contrapuesto al carácter, como la estatua se contrapone a la fuga,
la geometría euclidiana al análisis y el cuerpo al espacio. Ese elemento es el gesto.
El gesto es el principio fundamental de una estática psíquica, y las palabras que
en los idiomas clásicos substituyen a nuestra «personalidad» son prñsvpon
y persona, que significan personaje, carátula. En la lengua griega
posterior, en la lengua de la época romana, el término designa propiamente el modo de
la manifestación pública, los gestos y ademanes, y por lo tanto el núcleo
auténtico, la esencia del hombre antiguo. Decíase de un orador, que hablaba como prñsvpon
sacerdotal, como prñsvpon militar. El esclavo era prñsvpon,
pero no sÅmatow; es decir, que no tenia una actitud importante como
elemento de la vida pública, pero si un alma.
Cuando el destino le deparaba a alguien el papel de rey o de general, los romanos
expresaban este hecho con los términos persona regis, imperatoris [84]. En esto se
revela el estilo apolíneo de la vida. No se trata de desenvolver posibilidades internas
mediante un esfuerzo activo, sino de mantener una actitud cerrada, de
acomodarse rigurosamente a un ideal de realidad, por decirlo asi, plástica. La ética
antigua es la única en que actúa cierto concepto de la belleza. Llámese el ideal svfrosænh,
kalolgaÛa o tarajÛa [85], siempre es un armonioso grupo de
rasgos sensibles, palpables, manifiestos al público, determinados para los demás
y no para el propio sujeto. El hombre antiguo era objeto, no sujeto de la vida externa. El
presente puro, el instante actual, el primer plano de la vida no era nunca superado, sino
constantemente pulido y perfeccionado. La vida interior, en este caso, resulta un concepto
imposible.
El zÒon politilñn [86] de Aristótelestérmino intraducible que de
continuo ha sido mal entendido, porque se le ha interpretado en nuestro sentido europeo
occidentalse refiere a los hombres que solitarios, aislados, no son nada y que sólo
en pluralidad significan algo. ¡Qué grotesca representación la de un ateniense en el
papel de Robinsón! El hombre antiguo vive en e ágora, en el foro, donde cada cual se ve
reflejado en los demás, que son propiamente los que le dan realidad. Todo esto está
contenido en la expresión sÅmata pñlevw; los cuerpos de la ciudad, los
ciudadanos. Se comprende bien que el retrato, piedra de toque del arte barroco, sea la
representación del hombre como un carácter; en cambio, en la época floreciente
de Atenas, la representación del hombre como actitud, como «persona», había de
culminar en el ideal de la estatua desnuda.
5
Esta diferencia ha dado por resultado dos formas de tragedia profundamente
opuestas en todos los sentidos. La forma fáustica es el drama de carácter; la apolínea,
el drama del gesto sublime. No tienen de común, en realidad, mas que el nombre [87].
Es harto significativo el hecho de que el drama barroco haya buscado su
inspiración no en Esquilo y Sófocles, sino en Séneca [88]lo que corresponde
exactamente a la arquitectura, inspirada no en el templo de Paestum, sino en los edificios
imperiales. El drama barroco, con decisión cada vez más firme, sitúa su centro de
gravedad no en el acontecimiento, sino en el carácter, formando asi una especie de
sistema de coordinadas psicológicas, que es el que determina la posición, el sentido y
el valor de todos los hechos escénicos. Surge de este modo una tragedia, de la voluntad,
de las fuerzas activas, de la movilidad inferior, no traducida necesariamente en elementos
visibles. En cambio Sófocles saca fuera de la escena el mínimum indispensable de
acontecimientos, empleando el recurso de los mensajeros. La tragedia antigua se refiere a
situaciones generales, no a personalidades particulares; Aristóteles, expresivamente, la
llama mimhsiw oæk nyrÅtvn ll prjevw kaÛ bÛou [89]; y lo
que este filósofo en su Poética que es sin duda alguna el libro que ha
ejercido más fatal influencia, sobre nuestra poesíadesigna con el nombre de ¸yow,
a saber, la actitud ideal de un griego ideal en una situación dolorosa, no tiene nada que
ver con nuestro concepto del carácter como disposición del yo que determina los
acontecimientos; de igual manera que el plano, en la geometría de Euclides, no tiene nada
que ver con el concepto del mismo nombre, que aparece, por ejemplo, en la teoría de
Riemann sobre las ecuaciones algebraicas. El haber traducido ¸yow; por carácter,
en lugar de acudir a perífrasis como actitud, gesto, ademán, personaje, para dar idea de
este concepto casi intraducible; el haber traducido igualmente la palabra mèyowque
en realidad significa acontecimiento intemporal por la voz acción, ha perjudicado
notablemente durante siglos a la poesía occidental, como le ha perjudicado asimismo el
derivar la palabra drma. del verbo hacer. Otello, Don Quijote, el
Misántropo, Wérther, Hedda Gabler son caracteres.
Lo trágico consiste en la simple existencia de tales seres en medio de su mundo.
Unas veces en lucha contra ese mundo, otras contra sí mismo, otras contra otros, siempre
es el carácter, nunca un elemento exterior, el que lleva el combate.
Es el destino, el destino de un alma enredada en una maraña de relaciones
contradictorias, que no admite solución pura.
Mas las figuras del teatro antiguo son todas personajes, no caracteres. Por la
escena pasan siempre los mismos: el anciano, el héroe, el asesino, el enamorado; cuerpos
idénticos, de movimientos pausados, sobre el alto coturno. Por eso en el drama antiguo,
aun en la época posterior, era la máscara una necesidad interna de profundo sentido
simbólico; en cambio nuestro teatro no puede «representarse» sin el juego de
ademanes y gestos que desarrolla el comediante. Y no se oponga a esto, como objeción, la
grandeza peculiar del teatro griego; porque máscara usaban también los mimos y cómicos
de ocasión y máscaras son las estatuas retratos [90]. Si los antiguos hubiesen sentido
profundamente la necesidad de los espacios interiores, hubieran encontrado sin dificultad
la forma arquitectónica adecuada.
Los acontecimientos trágicos, que son trágicos por su relación con un carácter, son la consecuencia de una larga evolución interior. Pero en los casos trágicos de Ayax, de Filoctetes, de Antígona, de Electra, los antecedentes íntimossi pudieran existir en un hombre de tipo «antiguo»son indiferentes para las consecuencias. El suceso decisivo sobreviene sin transición; es un accidente casual y externo, que hubiera podido ocurrirle con iguales efectos a cualquier otro, incluso a un hombre de otra raza y de otro pueblo.
La oposición entre la tragedia antigua y la tragedia occidental no queda
suficientemente manifiesta si empleamos para designarla los términos de acción o suceso.
La tragedia fáustica es biográfica; la apolínea es anecdótica. Esto
significa que aquélla abarca la dirección de toda una vida, mientras que ésta se atiene
al instante aislado. ¿Qué relación existe entre el pasado interior de Edipo o de
Orestes y el acontecimiento destructor que de pronto se aparece en su camino? [91].
Contrapuesto a la anécdota de estilo antiguo, conocemos nosotros el tipo de la
anécdota característica, personal, antimítica; es la novela corla, cuyos
maestros se llaman Cervantes, Kleist, Hoffmann, Storm. ¡Cuan significativa es la novela
corta si se siente que su motivo, su tema sólo es posible una vez, en tal
tiempo determinado y en tal determinado hombre!
En cambio el valor de la anécdota míticala fábulaesta definido
por la pureza de las propiedades contrapuestas. Aquí tenemos un sino que hiere como el
rayo, sin importarle a quién; allá un sino que, como hilo invisible, entrama una vida y
la destaca y distingue de todas las demás. En el pasado de Oteloobra maestra de
análisis psicológicoel menor rasgo guarda relación con la catástrofe. El odio de
razas, el aislamiento del encumbrado entre los patricios, el moro soldado, casi salvaje,
el hombre viejo y solitario, ninguno de estos aspectos carece de significación. Intentad
desarrollar la exposición de Hamlet o de Lear, comparándola con las tragedias de
Sófocles. Hallaréis pura psicología y no una suma de datos externos. Los griegos no
tenían la más leve idea de lo que nosotros hoy llamamos un psicólogo, es decir, uno que
conoce y sabe dar forma a las épocas internas y que para nosotros casi se identifica con
el concepto de poeta. Los griegos no eran analíticos en la matemática ni en el estudio
del espíritu; y no podían serlo, tratándose de almas «antiguas». «Psicología», he
aquí propiamente el término que define la forma de la humanidad occidental.
Conviene a un retrato de Rembrandt como a la música de Tristán, al Julián Sorel
de Stendhal como a la Vita nuova de Dante. Ninguna otra cultura conoce esto.
Y esto justamente se halla severamente proscrito del conjunto de las artes «antiguas».
«Psicología» es la forma en que la voluntad, el hombre como encarnación de la
voluntad, no el hombre como sÇma, se capacita para el arte. Quien en este punto
cite a Eurípides, no sabe lo que es psicología. Ved la riqueza de rasgos
característicos que atesora ya la mitología nórdica, con sus astutos enanos, sus romos
gigantes, sus burlones elfos, con Loki, Baldr y demás figuras. En cambio el Olimpo de
Homero es una colección de formas típicas. Zeus, Apolo, Poseidón, Ares, son «hombres»
y nada más; Hermes es «el muchacho»; Atene, una Afrodita entrada en años. Y en cuanto
a los dioses menores, la plástica posterior demuestra que sólo se distinguían por el
nombre. Otro tanto puede decirse de las figuras que desfilaban por la escena ática. En
Wolfram de Eschenbach, en Cervantes, Shakespeare, Goethe, desarróllase la tragedia de una
vida personal, interior, dinámica, funcional, y los ciclos vitales no son a su vez
inteligibles si no se proyectan sobre el fondo histórico del siglo. En los tres grandes
dramaturgos de Atenas, la tragedia viene de fuera; es estática y euclidiana. Repitiendo
aquí un término, que hemos aplicado ya a la historia universal, diremos que el
acontecimiento destructor allá hace época y acá constituye un episodio.
Incluso el desenlace mortal es un episodio, el último de una existencia compuesta de
simples casualidades.
Una tragedia barroca no es otra cosa que el carácter directivo que se manifiesta
y desenvuelve a la luz del mundo, como curva en vez de ecuación, como energía cinética
en vez de potencial. La persona visible es el carácter posible; la acción es el
carácter en trance de realización. Tal es el sentido integro de nuestra teoría de la
tragedia, que hoy aun padece de «antiguas» reminiscencias y confusiones. El hombre
trágico de la antigüedad es un cuerpo euclidiano en una posición que ni él ha elegido
ni puede cambiar; ese cuerpo, herido por la eimarmené [92], muéstrase inmutable en la
iluminación de sus planos por los sucesos exteriores. En este sentido se habla, en las Coéforas,
de Agamenón, como «cuerpo regio conductor de armadas» y dice Edipo en Colonos que el
oráculo se refiere a «su cuerpo» [93]. Todos los hombres significativos de la historia
griega, hasta Alejandro, manifiestan una notable inflexibilidad. No conozco ninguno que
haya desarrollado una evolución interna en las luchas de la vida, como Lutero y Loyola.
Eso que, con harta superficialidad, se llama en los griegos manifestaciones de carácter,
no es mas que el reflejo de los sucesos sobre el ·yow del héroe, pero nunca el
reflejo de una personalidad sobre los sucesos.
Asi comprendemos el drama, con Íntima necesidad, nosotros los hombres de
Occidente. El drama es para nosotros un máximum de actividad. En cambio, para los griegos
era, necesariamente, un máximum de pasividad [94]. La tragedia ática no contiene
«acción». Los misterios antiguosy Esquilo, que era de Eleusis, creó el drama
elevado sobre el tipo de los misterios con su peripeciaeran todos dr?mata o drÅmena,
celebraciones litúrgicas. Aristóteles define la tragedia como imitación de un
acontecimiento. Eso justamente, la imitación se identifica con la tan nombrada profanación
de los misterios; y es bien sabido que Esquilo, que introdujo para siempre en la
escena ática el traje sacro de los sacerdotes eleusinos, fue acusado por ello [95]. Pues
el drma propiamente dicho, con su peripecia del quejido al júbilo, no
residía en la fábula que se narraba, sino en la acción del culto, acción simbólica
que el espectador comprendía y sentía en el sentido más profundo de la palabra. A este
elemento de la religión antigua primitiva, que no se halla representada por Homero [96],
vino a unirse después el elemento campesino, las escenas burlescas fálicas,
ditirámbicasde las fiestas primaverales en honor de Demeter y de Dionysos. En las
danzas de animales [97] y el canto de acompañamiento tuvo su origen el coro trágico, que
se contrapone al representante, al «respondedor» de Thespis (534).
La tragedia propiamente dicha se desarrolló partiendo de la lamentación mortuoria, del treno (naenia). En cierto momento sucedió que el Juego alegre de las fiestas dionisiacasque eran también fiestas de las almasse convirtió en un coro quejumbroso de hombres; y el drama satírico quedó para el final. En 492 representó Phrynichos La toma de Mileto, que no era un drama histórico, sino las lamentaciones de las milesias, y fue severamente castigado por haber rememorado la desgracia de la ciudad. La introducción del segundo representante, por Esquilo, perfeccionó la esencia de la tragedia antigua; la lamentación, como tema dado, se destaca ahora sobre la figura visible de un gran dolor humano, como motivo actual. La fábula (mèyow) no es «acción», sino la ocasión para los cantos del coro, que siguen siendo, ahora como antes, la tragoidia propiamente dicha. El acontecimiento puede ser narrado o representado, no importa; esto no es lo esencial. El espectador, que no ignoraba el significado del momento, sentíase aludido él y su sino en las palabras patéticas. En el espectador se verifica la peripecia, que es el propio fin de las escenas sagradas. La lamentación litúrgica sobre la miseria de la raza humana ha sido siempre más o menos envuelta en referencias y relatos, el centro de
todo. Claramente si ve en Prometeo, Agamenón y Edipo Rey. Pero por encima
de la lamentación se eleva ahora [98] la grandeza del héroe paciente, su actitud
sublime, su ·yow, que se desarrolla en poderosas escenas entre dos entradas
del coro. El tema no es el héroe activo, cuya voluntad crece e irrumpe en lucha contra la
resistencia de las potencias extrañas o de los demonios en su propio pecho; el tema es el
paciente sin voluntad, cuya existencia somática es aniquiladasin fundamento
profundo, puede añadirse, La trilogía de Prometeo, por Esquilo, comienza
justo en el punto en que Goethe la hubiera probablemente terminado. La locura del rey Lear
es el resultado de la acción trágica. En cambio el Ayax de Sófocles enloquece
por mandato de Athéné, antes de que comience el drama. Tal es la
diferencia entre un carácter y una figura en movimiento. En realidad, el terror, la
piedad son, como los describe Aristóteles, los efectos necesarios de las tragedias
antiguas sobre los espectado-res antiguos y sólo sobre éstos. Bien claro se ve,
cuando se consideran las escenas que él señala como las más impresionantes, a saber:
las que traen cambios súbitos de fortuna o reconocimientos inesperados. Las primeras son
las que producen la impresión del fñbow (terror) y las segundas las de ¥leñw;
(conmoción). La catarsis que la tragedia aspira a verificar no puede sentirse sino
partiendo del ideal de la ataraxia. El «alma» antigua es puro presente, puro sÇma,
realidad inmóvil y punctiforme. Lo más terrible para ella es ver esa realidad puesta en
cuestión por la envidia de los dioses, por el azar ciego, que puede caer imprevisto, como
un rayo, sobre hombre cualquiera. Esto llega a las raíces mismas de la existencia
antigua; y en cambio anima y vivifica al hombre fáustico que lo osa todo y a todo se
atreve. Y el ver desvanecerse esa terrible calamidad, cual nube tormentosa en el
negro horizonte que el sol de pronto atraviesa; el sentimiento profundo de alegría al
contemplar el gran gesto predilecto; el suspiro del alma mítica torturada, el goce de la
recobrada armonía, esto es la catarsis. Pero esto supone un sentimiento vital que nos es
perfectamente extraño. Casi nos es imposible traducir la palabra a nuestro modo de hablar
y de sentir. Ha sido necesaria toda la pesadumbre estética, toda la caprichosidad del
barroco y del clasicismo, sobre el fondo de respeto inconmovible que nos inspiran los
libros antiguos para ilusionamos y hacernos creer que también nuestra tragedia se basa en
ese fundamento psíquico; siendo así que, en realidad, la tragedia produce sobre nosotros
un efecto diametralmente opuesto. La tragedia no es para nosotros la liberación de
emociones pasivas y estáticas, sino que provoca, excita y enciende emociones activas y
dinámicas, despierta los sentimientos primarios de una humanidad enérgica: la crueldad,
la alegría del esfuerzo, del peligro, de la hazaña violenta, de la victoria, del crimen,
la emoción beatifica del que supera y aniquila, sentimientos que dormitan en el fondo de
las almas nórdicas desde los tiempos de los Wikings, de los Hohenstaufen y de las
Cruzadas. Este es el efecto que produce Shakespeare. Un griego no hubiera podido
soportar Mácbeth, y sobre todo no hubiera comprendido lo que significa ese poderoso arte
biográfico, con su tendencia de dirección. Figuras como la de Ricardo III, Don Juan,
Fausto, Miguel Kohlhaus, Golo, que son punto por punto opuestas a los tipos antiguos,
producen en nosotros no compasión, sino una profunda y extraña envidia, no terror, sino
una misteriosa delectación en los sufrimientos, un devorador anhelo de muy diferente
com-pasión.
Y que ello es asi lo demuestran aún hoymuerta ya la tragedia fáustica
incluso en su última forma, la forma alemanalos motivos constantes de la literatura
en las grandes urbes de Europa occidental, que puede compararse con la literatura
alejandrina correspondiente. Las historias de aventureros y detectives, que tanto
excitan los nervios de nuestros contemporáneos, y por último el drama cinematográfico,
que representa exactamente lo que el «mimo» de los antiguos, en la época de decadencia,
contienen un resto bien sensible de aquel anhelo indomable que empuja el hombre fáustico
a los descubrimientos y las superaciones.
A todo lo que llevamos dicho corresponde igualmente la diferencia entre el cuadro
escénico del drama apolíneo y el del drama fáustico, cuadro que completa la obra de
arte tal como el poeta la pensara. El drama antiguo es una obra plástica, un grupo de
escenas patéticas con carácter de relieve, una visión de gigantescas marionetas sobre
el fondo liso del muro que cierra el teatro [99]. Es un gesto magnífico y nada más; los
escasos acontecimientos de la fábula más bien son referidos solemnemente que
representados. En cambio la técnica del drama occidental exige todo lo contrario:
ininterrumpida movilidad y radical exclusión de los momentos estáticos o pobres de
acción. Las famosas tres unidades de lugar, de tiempo y de acción, que si bien no
formuladas fueron elaboradas inconscientemente en Atenas, circunscriben el tipo de la
«antigua» estatua marmórea. E insensiblemente definen asi el ideal vital del
hombre antiguo, que se atiene a la Polis, al puro presente, al gesto. Las unidades tienen
todas el sentido de negaciones: negación del espacio, negación del pasado y del
futuro, negación de las relaciones psíquicas en la lejanía.
Podrían compendiarse en la palabra ataraxia. Y estas exigencias no deben
contundirse con otras superficialmente semejantes en el drama de los pueblos románicos.
El teatro español del siglo XVI se sometió al yugo de las reglas «antiguas»; pero se
comprende que la dignidad castellana de la época de Felipe II se sintiese atraída por
esta contención sin conocer, sin querer conocer siquiera, el espíritu originarlo de las
reglas.
Los grandes españoles, sobre todo Tirso de Molina, crearon las «tres
unidades» del barroco, pero no como negaciones metafísicas, sino exclusivamente como
expresión de costumbres distinguidas y cortesanas; y Corneille, dócil discípulo de la
grandeza española, las tomó con la misma significación. Aquí comienza la fatalidad. La
imitación florentina de la plástica antigua, que todo el mundo admiraba desmedidamente,
pero que nadie entendía en sus últimas condiciones, no pudo ser dañosa, porque no
había ya entonces plástica occidental que pudiese padecer por ello. Mas existía la
posibilidad de una poderosa tragedia, netamente fáustica, con insospechadas formas y
audacias. Y esta tragedia no surgió. El drama germánico, por grande que
Shakespeare sea, no ha superado nunca por completo el obstáculo de una convención mal
entendida. La culpa la tiene la fe ciega en la autoridad de Aristóteles. ¡Qué no
hubiera podido ser el drama barroco, bajo la influencia de la epopeya caballeresca, de los
misterios y autos góticos, y en inmediato contacto con los oratorios y las pasiones de la
Iglesia, si nadie hubiese sabido nada del teatro griego!
¡Una tragedia inspirada en la música contrapuntística, sin las trabas de un
ligamen plástico, que para ella no tenia sentido!
¡Una poesía escénica que se habría desarrollado a partir de Orlando Lasso y de Palestrina y junto a Heinrich Schütz, Bach, Händel, Gluck, Beethoven, en plena libertad de formas puras y propias! Todo esto era posible y no se ha realizado.
A la feliz circunstancia de haberse perdido toda la pintura al fresco de los
griegos debemos la interior libertad de nuestra pintura al óleo.
6
Pero no eran bastantes las tres unidades. El drama ático exigía en lugar del juego del rostro la máscara inmóvil, excluyendo así la caracterización psíquica, como se excluyeron en la plástica las estatuas icónicas. Exigía también el coturno y construía las figuras en tamaño mayor que el natural, forrándolas hasta inmovilizarlas y vistiéndolas de largos paños que arrastraban por el suelo; así quedaba excluida la individualidad del personaje. Por último, una especie de canuto en la boca imprimía a la recitación del actor el son de un canturreo monótono.
El simple texto, tal como lo leemos hoyno sin infundir en él
inadvertidamente el espíritu de Goethe y Shakespeare y toda la fuerza de nuestra visión
en perspectiva, nos descubre harto poco del sentido profundo que tenia aquel drama.
Las obras antiguas están hechas para los ojos antiguos, para los ojos del
cuerpo. La forma sensible de la representación es la que desentraña propiamente los
secretos últimos. Y si atendemos a la representación, habremos de advertir un detalle
que seria insoportable en toda tragedia verdadera de estilo fáustico: la continua
presencia del coro. El coro es la tragedia primaría, pues sin él fuera imposible el ·yow..
Todo hombre por sí tiene carácter, pero la actitud se toma con relación a otro que
está presente.
Ese coro, esa muchedumbre, oposición ideal al solitario, al hombre interior, al
monólogo de la escena occidental; ese coro que siempre está presente, que oye todas las
conversaciones del héroe consigo mismo, que excluye también del cuadro escénico el
terror a lo ilimitado y vacío, es un rasgo netamente apolíneo. La introspección como
una actividad pública; la pomposa lamentación a la faz de todos, en lugar del
dolor en la alcoba solitaria («el que no haya pasado las noches tristes, sentado,
llorando, en la cama»); los gritos quejumbrosos con abundantes lágrimas, que llenan una
serie de dramas como el Filoctetes y Las Traquinianas: la imposibilidad de estar
solo, el sentido de la Polis, el elemento femenino de esta cultura, que se revela en el
tipo ideal del Apolo del Belvedere, todo esto se manifiesta en el símbolo del
coro. Comparado con éste, el drama de Shakespeare es un puro monólogo. Incluso los
diálogos y las escenas de grupos dejan sentir la enorme distancia interior entre
estos hombres, cada uno de los cuales, en realidad, habla sólo consigo mismo. Nada puede
atravesar esta lejanía psíquica que sentimos en Hamlet como en Tasso, en Don Quijote
como en Wérther, y que ha tomado forma ya, con toda su infinitud, en el Parzeval de
Wolfram von Eschenbach. En esto se diferencia toda la poesía occidental de toda la
poesía antigua. Nuestra lírica, (Desde Walter von der Vogelweide hasta Goethe, hasta la
lírica de las moribundas urbes actuales, es monológica; la lírica antigua, en cambio,
es una lírica coral, lírica ante testigos. Aquélla es recibida en la intimidad
personal, en la lectura muda, como música imperceptible; ésta es recitada en público.
Aquélla es lírica del espacio silenciosocomo libro que dondequiera tiene su puesto,
ésta posee un lugar fijo, el lugar en donde resuenan sus cadencias.
El arte de Thespisaun cuando los misterios de Eleusis y las fiestas tracias
de la Epifanía de Dionysos eran nocturnasse desenvuelve por necesidad interna en
representaciones matutinas, a plena luz del sol. En cambio los juegos populares y las
«pasiones» de Occidente, que tuvieron su origen en los sermones predicados en forma de
personajes diferentes y que fueron representadas primero por clérigos en la iglesia,
luego por legos en la plaza, ante la iglesia, en las mañanas de las grandes fiestas
eclesiásticas (Kirmessen), dieron nacimiento poco a poco a un arte de la tarde y
de la noche. Ya en tiempos de Shakespeare las representaciones teatrales tenían lugar al
atardecer, y este rasgo místico que tiende a colocar la obra de arte en la claridad
apropiada había alcanzado su término en la época de Goethe. Todo arte, toda
cultura en general tiene su hora significativa. La música del siglo XVIII es un arte de
la obscuridad, de la hora en que se abren los ojos del espíritu; la plástica ateniense
es el arte de la luminosidad sin nubes.
Lo profundo de estas relaciones se demuestra en la plástica gótica, envuelta en
un eterno crepúsculo y en la flauta Jónica, instrumento de la siesta soleada. La bujía
afirma, la luz del sol niega el espacio frente a las cosas. De noche, el espacio cósmico
vence a la materia; a mediodía, las cosas próximas aniquilan el espacio lejano. Asi se
distinguen el fresco ático y la pintura al óleo del Norte. Así son Helios y Pan
símbolos antiguos; el cielo estrellado y los crepúsculos rojizos, símbolos fáusticos.
También las almas de los muertos salen a media noche, sobre todo en las doce largas
noches que siguen a la Navidad. Las almas antiguas en cambio son diurnas. La Iglesia vieja
hablaba aún del dvdeka®meron, los doce días sagrados; al despertar la cultura
occidental, transformáronse en las «doce noches».
La pintura antigua al fresco y sobre vasos no tiene hora nadie ha advertido
aún esta circunstancia. No hay en ella sombras que indiquen la altura del sol; no
hay cielo que muestre la posición de las estrellas; no hay mañana ni tarde; no hay
primavera ni otoño; reina allí una claridad pura, intemporal [100]. El pardo de
taller, usado en la pintura clásica, se convirtió, con idéntica necesidad, en lo
contrario, en una obscuridad imaginaria, independiente de la hora, atmósfera
característica del espacio psíquico del alma fáustica. Y esto es tanto más
significativo, cuanto que los cuadros desde un principio pretendieron reproducir el
paisaje a la luz de una estación y de una hora determinada, esto es, con un sentido
histórico. Sin embargo, todos esos amaneceres, esas nubes en el rosa de la tarde, esas
últimas claridades sobre el perfil de la sierra lejana, esas habitaciones alumbradas por
bujías, esos prados en primavera, esos bosques en otoño, esas sombras largas y cortas de
los matorrales y de los surcos, todo eso estaba impregnado de una obscuridad tamizada, que
no procede del estado atmosférico. En realidad la pintura antigua y la pintura
occidental, como la escena antigua y la escena occidental, se distinguen por la constante
claridad que en aquéllas reina y la constante luz crepuscular que domina en éstas. Puede
decirse más aún: que la geometría de Euclides es una matemática diurna y el análisis
una matemática nocturna.
El cambio de escena, que para los griegos hubiera sido seguramente una especie de
profanación criminal, es para nosotros casi una necesidad religiosa, una exigencia de
nuestro sentimiento cósmico. La unidad escénica del Tasso tiene algo de
paganismo. Nosotros sentimos la íntima necesidad de un drama lleno de perspectivas
y amplios fondos, una escena que suprima todas las limitaciones sensibles y recoja en si
la totalidad del universo. Shakespeare, que nació cuando moría Miguel Ángel y que cesó
de escribir cuando Rembrandt vino al mundo, ha llegado al máximum de infinitud, de
apasionada superación de todo ligamen estático. Sus bosques, sus mares, sus callejuelas,
sus Jardines, sus campos de batalla están situados en la lejanía, en lo ilimitado. Los
años transcurren en minutos. El rey Lear, loco, entre el bufón y el pordiosero, en medio
de la tormenta, sobre la llanura envuelta en las sombras de la noche, el yo perdido en la
profunda soledad del espacio; he aquí un sentimiento vital del alma fáustica. La música
veneciana de 1600 conoce ya los paisajes imaginados, que ve, que siente la visión
interna, y el antecedente de estos paisajes está en el hecho de que la escena de la
época isabelina no tenga decoraciones, sino que indique simplemente todo eso,
pudiendo asi
componer para los ojos del espíritu, con escasas indicaciones, un cuadro del
mundo en el que se suceden escenas que se refieren siempre a acontecimientos lejanos y que
un teatro antiguo no hubiera podido representar. La escena griega no es nunca Paisaje; en
realidad, no es nada. A lo sumo puede calificarse de base o pedestal de estatuas
deambulantes. Las figuras lo son todo, en el teatro como en el fresco. Cuando a los
hombres antiguos les negamos todo sentimiento de la naturaleza, habla en nosotros el
sentir fáustico, enamorado del espacio y por lo tanto del paisaje, en tanto que es
espacio. Mas para los antiguos la naturaleza es el cuerpo, y quien sepa sumergirse
en este modo de sentir comprenderá al punto con qué ojos miraría un griego el relieve
muscular de un cuerpo desnudo en movimiento. Esta era su naturaleza viva, no las
nubes, las estrellas y el horizonte.
7
Todo lo próximo y sensible es de fácil y general comprensión. Por eso, de
todas las culturas que han existido la antigua es la más popular en todas las
manifestaciones de su sentimiento vital, y, en cambio, la occidental es la menos popular.
Fácil y generalmente comprensible es el carácter de una creación que se ofrece con
todos sus misterios a cualquier espectador a la primera mirada; de una creación cuyo
sentido encarnan las partes y superficies externas. En toda cultura es de fácil y general
comprensión todo aquello que procede intacto de los estados y formas de la humanidad
primitiva, lo que el hombre viene comprendiendo continuamente desde los primeros días de
su niñez sin necesidad de conquistar para aprehenderlo un nuevo modo
contemplativo, lo que en general se obtiene sin lucha, lo que se entrega por sí mismo, lo
que se ofrece inmediatamente en la sensación, lo que no hay que
descubrir expresamente tras un esfuerzo que pocos, y a veces sólo algunas
personalidades aisladas, pueden llevar a cabo.
Hay opiniones, obras, hombres, paisajes, que son populares.
Toda cultura tiene su grado determinadísimo de esoterismo o popularidad, que
encierran sus producciones en cuanto que poseen una significación simbólica. Lo fácil y
generalmente comprensible anula la diferencia entre los hombres, tanto por lo que se
refiere a la extensión como a la profundidad de sus almas. El esoterismo, en cambio,
acentúa y refuerza esa diferencia. Finalmente, si nos referimos a la experiencia íntima
primaria de la profundidad, cuando el hombre despierta a la conciencia de sí mismo, esto
es, si nos referimos al símbolo primario de su existencia y al estilo de su mundo
circundante, diremos que el símbolo primario de lo corpóreo da lugar a una relación
popular «ingenua», y el símbolo del espacio infinito a una relación netamente
impopular entre las creaciones de una cultura y los hombres correspondientes
de esa cultura.
La geometría antigua es la geometría del niño y del lego. Los Elementos
de Euclides se usan todavía en Inglaterra como libro de escuela. El entendimiento
corriente considerará siempre la geometría euclidiana como la única exacta y verdadera.
Todas las demás especies de geometría natural, que son posibles y quepor penosa
superación de la apariencia popular hemos encontrado nosotros, resultan
inteligibles sólo para un circulo selecto de matemáticos profesionales. Los famosos
cuatro elementos de Empédocles constituyen la «física innata» del hombre ingenuo. La
representación de los elementos isótopos, representación elaborada por las
investigaciones sobre radiactividad, es casi incomprensible ya para los científicos de
las ciencias vecinas.
Lo antiguo se abarca todo de una sola mirada: el templo dórico, la
estatua, la Polis, el culto divino. No hay dobles fondos, no hay arcanos. Mas comparad la
fachada de una catedral gótica con los Propileos, un aguafuerte con una pintura
cerámica, la política del pueblo ateniense con la política de los gobiernos modernos.
Ved cómo toda obra moderna que hace época en la poesía, en la política, en la ciencia,
va seguida de una abundante literatura de explicaciones y comentos, que además obtienen
un éxito muy dudoso. Las esculturas del Partenón están hechas para todos los griegos;
la música de Bach y sus contemporáneos es música para músicos. Tenemos el tipo del
entendido en Rembrandt, del entendido en Dante, del entendido en música
contrapuntística. Ycon razónse ha criticado a Wagner por la amplitud que el
gremio de los wagnerianos ha podido alcanzar, por lo poco que hay en su música de
accesible sólo al músico avezado. Pero ¿se concibe un grupo de entendidos en
Fidias, de peritos en Homero? Ahora ya resultan inteligibles una serie de fenómenos que
son síntomas del sentimiento vital de nuestra cultura, fenómenos que hasta ahora salían
considerarse desde un punto de vista filosófico-moral o, más exactamente,
melodramático, como desdichadas flaquezas de la humana prole. El «artista
incomprendido», el «poeta hambriento», el «inventor menospreciado», el pensador «que
será entendido dentro de siglos», todos éstos son tipos de una cultura esotérica.
Estos sinos se fundan en el pathos de la distancia, que oculta en su seno la tendencia a
lo infinito y, por tanto, la voluntad de potencia. Son tan necesarios en el circulo de la
humanidad fáustica, desde la época gótica hasta el presente, como inconcebibles en la
humanidad apolínea.
Los grandes creadores del Occidente, desde el primero hasta el último, no han
sido comprendidos en sus verdaderos propósitos mas que por un pequeño círculo de
espíritus selectos. Miguel Ángel decía que su estilo era bueno para castigo de los
necios. Gauss mantuvo oculto durante treinta años su descubrimiento de la geometría no
euclidiana por temor a «la gritería de los beocios». Empezamos ahora a discernir de
entre las medianías a los grandes maestros de la plástica gótica. Otro tanto, empero,
puede decirse de los pintores, de los políticos, de los filósofos. Comparad pensadores
de las dos culturas, Anaximandro, Heráclito, Protágoras, con Giordano Bruno, Leibnitz o
Kant. Considerad que no hay un poeta alemán de verdadero mérito que pueda ser
comprendido por el término medio de los hombres, y que en los idiomas occidentales no
existe una obra del valor y al mismo tiempo de la sencillez de Homero. Los Nibelungos
son un poema rudo y misterioso, y entender a Dante es, por lo menos en Alemania, en
general, algo así como una vanidosa actitud literaria. Lo que nunca se dio en la
antigüedad se da siempre en Occidente: la forma exclusiva.
Hay épocas enteras, como la de la cultura provenzal y la del rococó, que son en
máximo grado selectas y distantes. Sus ideas, su lenguaje de formas, existen
exclusivamente para un escaso número de altas personalidades. Y si el Renacimiento, esa
supuesta resurrección de la antigüedadla antigüedad no era, en modo alguno,
exclusiva y no seleccionaba su público, no hace excepción a la regla; si el
Renacimiento es todo él creación de un círculo de espíritus selectos, un gusto
que la muchedumbre desde luego rechazó y que el pueblo de Florencia presenció
indiferente, extrañado o molesto, llegando en ocasiones, como en el caso de Savonarola, a
destruir y quemar alegremente las obras maestras, ello demuestra cuan profundas raíces
tiene entre nosotros ese alejamiento de las almas.
La cultura ática era patrimonio de todos los ciudadanos. Nadie quedaba
excluido de ella, y por eso no se conocía allí la distinción entre profundidad y
superficialidad, que para nosotros tiene una importancia decisiva. Para nosotros las
palabras popular y superficial tienen idéntico sentido en el arte como en la ciencia.
Para los antiguos no es así. Nietzsche ha dicho una vez de los griegos que son
«superficiales, de puro profundos».
Todas nuestras ciencias, sin excepción, tienen, junto al grupo de los principios
elementales, una parte «superior» que permanece ininteligible para el lego. He aquí
otro símbolo del infinito y de la energía dirigida. A lo sumo habrá mil hombres en el
mundo capaces de comprender los últimos capítulos de la física teórica. Algunos
problemas de la matemática moderna son accesibles a menor número todavía. Todas las
ciencias populares son hoy, desde luego, ciencias inválidas, falsas, apócrifas. No sólo
tenemos un arte para artistas, sino también una matemática para matemáticos, una
política para políticosde la que no sospecha lo más mínimo el profanum vulgus
de los lectores de periódicos [101], mientras que la política antigua no rebasó jamás
el horizonte espiritual del ágora, una religión para «el genio religioso» y una
poesía para filósofos. La ruina incipiente de la ciencia occidental, que claramente se
deja sentir hoy, puede medirse sólo por la necesidad que experimenta de actuar en amplios
círculos; y si el esoterismo rígido de la época barroca produce hoy la impresión de
algo intolerable, ello revela que la fuerza decae y que declina el sentimiento de la
distancia, sentimiento que admite y reconoce respetuoso esas limitaciones. Las
pocas ciencias que aun conservan toda su finura, profundidad y energía de razonamiento y
consecuencias, sin mácula de folletonismo-pocas son ya: la física teórica, la
matemática, la dogmática católica, acaso también la jurisprudencia, se dirigen a
un pequeñísimo circulo de técnicos selectos. Justamente el técnico, con su término
opuesto, el lego, es lo que falta en la antigüedad, donde todos lo saben todo.
Esa polaridad de técnico y lego tiene para nosotros el valor de un gran
símbolo, y donde empieza a ceder la tensión de esa polaridad es que comienza a
extinguirse el sentimiento fáustico de la vida.
Esta conexión nos autoriza a formular la conclusión siguiente respecto a los
últimos progresos de la investigación occidentales decir, para los próximos dos
siglos y acaso ni dos siquiera: Cuanto más crezca la vacuidad y trivialidad urbana
de las artes y de las ciencias, transformadas en manifestaciones «prácticas» y
públicas, tanto más irá recluyéndose el espíritu póstumo de la cultura en estrechos
círculos, actuando sin relación con la publicidad, en pensamientos y formas que sólo
tendrán sentido para un escasísimo número de hombres selectos.
8
La obra de arte antigua no se pone nunca en relación con el espectador. Ello
significaría, en efecto, afirmar con su lenguaje de formas el espacio infinito,
incorporar al efecto estético el espacio infinito, en el cual la obra aislada se pierde.
La estatua ática es un perfecto cuerpo euclidiano, intemporal, sin relación con nada,
encerrado en sí mismo. La estatua ática no habla, no tiene mirada, no sabe nada del
espectador que la contempla. Vive por si sola y no se incorpora a un ordenamiento
arquitectónico superiorlo cual se opone a las creaciones plásticas de todas las
demás culturas, e igualmente existe por sí sola, independiente, junto al
hombre antiguo, como un cuerpo junto a otros cuerpos. El antiguo siente su proximidad y
nada más porque de la estatua no dimana fuerza alguna apremiante ningún efecto que
trascienda al espacio. Así es como se manifiesta el sentimiento apolíneo de la vida.
El arte mágico, al despertar, hubo de transformar al punto el sentido de estas
formas. Los grandes ojos de las estatuas y retratos de estilo constantiniano miran muy
abiertos y fijos al espectador, representando la más elevada de las dos substancias
psíquicas, el pneuma. Los antiguos habían modelado ojos ciegos. Ahora el taladro abre la
pupila; y los ojos, desmesuradamente agrandados, se vuelven hacia el espacio al que el
arte ático negara realidad. En las pinturas al fresco de la antigüedad las cabezas
estaban vueltas una hacia otras; ahora, en los mosaicos de Rávena y en los relieves de
los sarcófagos cristianos primitivos y romanos posteriores, todas se vuelven, hacia el
espectador y clavan en él la mirada. Una penetrante y misteriosa lejanía, totalmente
extraña al sentir antiguo, viene del mundo en donde vive la obra de arte y entra en la
esfera del espectador. Todavía se advierte algo de esa magia en los cuadros florentinos y
romanos primitivos, con su fondo dorado.
Mas considerad luego la pintura occidental a partir de Leonardo, esto es, a
partir del momento en que llega a la plena conciencia de su misión. Ved cómo logra
recoger el espacio único infinito, en el cual la obra y el espectador son dos puntos de
la dinámica universal. El sentimiento fáustico de la vida en toda su plenitud, el
apasionamiento de la tercera dimensión, hace presa en la forma del cuadro, superficie
coloreada, y la transfigura por modo inaudito. La pintura no existe por si misma ni
tampoco se dirige al espectador, sino que lo arrebata e incluye en su esfera propia.
El recorte encerrado en los limites del marcola imagen de la cámara obscura, exacto
parangón del cuadro escénicorepresenta el espacio cósmico. El primer plano y el
fondo pierden su tendencia a la proximidad material, y en lugar de límites tienen
términos. Los horizontes lejanos profundizan el cuadro en el infinito; el colorido de los
objetos próximos está tratado de manera que anula y suprime el plano ideal que, a modo
de cortina, pudiera separar al espectador del cuadro, y amplifica el espacio de éste,
tanto que el espectador se siente incluso en él. No es el espectador quien elige el punto
de vista desde el cual la obra produce su mejor efecto; es el cuadro mismo el que impone
al espectador el lugar y la distancia necesarios. Los recortes por medio del marco, que a
partir de 1500 se hacen cada vez más numerosos y audaces, descalifican asimismo todo
límite lateral. El espectador griego de un fresco de Polignotos se hallaba ante el
cuadro. Nosotros, en cambio, nos «sumergimos» en el cuadro, es decir, que la fuerza del
espacio plástico nos arrebata y nos incluye en el cuadro. Asi queda afirmada la unidad
del espacio cósmico. En esa infinitud que el cuadro extiende en todas las direcciones
reina la perspectiva occidental [102], de donde arranca el camino que nos conduce a la
inteligencia de nuestra visión astronómica, con su apasionada compenetración de
lejanías infinitas.
Pero el hombre apolíneo no quiso nunca percibir el amplio espacio
cósmico; ninguno de sus sistemas filosóficos habla de él. Los filósofos antiguos
conocen exclusivamente los problemas de las cosas reales palpables, y en eso que está
«entre las cosas» no ven nada positivo, nada significativo. El globo terráqueo en que
viven, y que aun en Hipparco está envuelto por una esfera celeste rígida, es para ellos
el mundo entero, absolutamente dado; y nada produce mayor extrañeza en quien logra ver
aquí los fundamentos más recónditos y secretos, que los repetidos intentos de coordenar
teóricamente esa bóveda celeste con la tierra, de manera que ésta no sufra en su
prerrogativa simbólica [103].
Recuérdese, en cambio, la vehemencia conmovedora con que el descubrimiento de
Copérnicoque «corresponde» en la cultura occidental a Pitágoraspenetró en
el alma de Occidente y la profunda veneración con que Keplero formuló las leyes de las
trayectorias planetarias, que le parecían una revelación inmediata de Dios; bien sabido
es que no se atrevió a dudar de su forma circular, porque otra cualquiera le parecía
símbolo de harto inferior dignidad. Manifiéstase aquí el sentimiento nórdico de la
vida, el anhelo (a lo Wiking) hacia lo ilimitado. Esto es lo que da un sentido profundo a
la invención del telescopio, invención netamente fáustica. Penetrando en espacios que
permanecen cerrados a la simple vista y que la voluntad de potencia sobre el espacio
cósmico percibe como limites, el telescopio amplifica el universo que «poseemos». El
sentimiento verdaderamente religioso que embarga al hombre actual cuando por primera vez
consigue lanzar su mirada en esos espacios estelares, ese sentimiento de fuerza, el mismo
que provocan las grandes tragedias de Shakespeare, le hubiera parecido a Sófocles el más
vesánico de los crímenes.
Sépase, pues, que la negación de la «bóveda celeste» no es una experiencia sensible, sino una decisión. Las ideas modernas sobre la esencia del espacio estelar odicho con más precauciónde una extensión indicada por signos luminosos, no descansan sobre un conocimiento cierto proporcionado por la visión en el telescopio. El telescopio sólo nos muestra pequeños discos claros de diferente tamaño. La placa fotográfica nos ofrece por su parte una imagen muy distinta, no mas viva, sino distinta verdaderamente, y hay que someter ambas imágenes a muchas y muy aventuradas hipótesis, esto es, elementos de propia creación, como distancia, magnitud y movimiento, para formar con ellas la representación cósmica unitaria, que para nosotros es una necesidad. El estilo de esta representación corresponde al estilo de nuestra alma. En realidad,
no sabemos cuan diferente sea la fuerza luminosa de las estrellas ni si varía en
las distintas direcciones; no sabemos si la luz, en los inmensos espacios, cambia,
disminuye o se apaga; no sabemos si nuestras ideas terrestres sobre la esencia de la luz
con las teorías y leyes que de ellas se derivan, siguen valiendo más allá de las
proximidades de la tierra. Lo que «vemos» son meros signos luminosos; lo que
«comprendemos» son símbolos de nuestro propio ser.
El pathos de la conciencia cósmica copernicana es propiedad exclusiva de nuestra
cultura yme atrevo a hacer una afirmación que parecerá todavía paradójicase
transformaría, se transformará en un ingente olvido de aquel descubrimiento, tan
pronto como aparezca peligroso y amenazador al alma de una cultura venidera. Ese pathos
está fundado en la certidumbre de que ahora el elemento estático corpóreo ya ha sido
eliminado del cosmos, de que ahora ya ha quedado anulada la preponderancia simbólica del cuerpo
plástico terrestre.
Hasta entonces manteníase un equilibrio polar entre la tierra y el cielo, que
era concebido, o por lo menos sentido, también como una magnitud substancial. Pero ahora
el espacio es el que lo domina todo; «universo» vale tanto como espacio, y los
astros son poco más que puntos matemáticos, imperceptibles esferas en lo ilimitado, cuya
materialidad no entra para nada en la composición de nuestro sentimiento cósmico.
Demócrito, que en nombre de la cultura apolínea quiso establecer y, por necesidad, hubo
de establecer un límite de las cosas corpóreas, había imaginado una capa de átomos
ganchudos que envolvía el cosmos como una piel. Frente a esta concepción, nuestra
insaciable sed de infinito busca siempre nuevas lejanías cósmicas. El sistema de
Copérnico ha recibido en los siglos del barroco una amplificación incalculable por obra
de Giordano Bruno, que veía miles de sistemas semejantes flotando en el espacio sin
límites. Hoy «sabemos» que la suma de todos los sistemas solaresunos treinta y
cinco millonesforma un sistema estelar cerrado, quesegún se demuestraes
finito [104] y posee la forma de un elipsoide de rotación, cuyo ecuador coincide
aproximadamente con la Vía Láctea. Enjambres de sistemas solares, como bandadas de
pájaros migradores, atraviesan ese espacio en la misma dirección y con la misma
velocidad.
Un enjambre de esos, cuyo ápice se halla en la constelación de Hércules, está
formado por nuestro Sol con las brillantes estrellas Capella, Vega, Altair y Betelgeuse.
El eje del enorme sistema, cuyo centro cae en la actualidad no lejos de nuestro Sol se
calcula en 470 millones de veces la distancia del Sol a la Tierra. En el cielo estrellado
vemos simultáneamente luces cuyo origen en el tiempo está separado por unos tres mil
setecientos años: que eso tarda la luz en llegar desde las más remotas estrellas hasta
la tierra. En el cuadro de la historia que se despliega ante nuestros ojos, corresponde
ese tiempo a toda la cultura mágica y antigua y llega hasta el punto culminante de la
egipcia, en la época de la XII dinastía. Esta visiónuna imagen, no una
experiencia, repitoes sublime [105] para el espíritu fáustico; para el
apolíneo hubiera sido un suplicio, la anulación total de las más hondas condiciones de
su existencia. El hecho de que se establezca un limite definitivo en lo que para nosotros
es producto y realidad presente, límite situado en el borde del cuerpo estelar, le
hubiera parecido al espíritu antiguo algo asi como una salvación. Nosotros, empero,
proponemos con intima necesidad un nuevo problema indeclinable: ¿hay algo más allá de
ese sistema? ¿Hay multitudes de esos sistemas en lejanías tales, que junto a
ellas resultan extraordinariamente pequeñas las dimensiones antes dichas? La experiencia
sensible parece haber hallado un limite absoluto; por esos espacios vacíos que para
nosotros son simplemente una exigencia intelectual, ni la luz ni la gravitación
pueden darnos señales de otras existencias. Mas la pasión de nuestra alma, que siente de
continuo la necesidad de realizar íntegramente en símbolos nuestra idea de la
existencia, sufre por ese limite de nuestras sensaciones.
9
Por eso las tribus nórdicas, en cuya alma primitiva comenzaba a alentar el
espíritu fáustico, descubrieron en épocas remotísimas, nebulosas, la navegación a
la vela que las libertaba de la tierra firme [106]. Los egipcios conocían la vela,
pero la empleaban solamente como un medio de ahorrarse trabajo. Navegaban con sus barcos
de remo a lo largo de la costa, hacia el Ponto y la Siria; pero no tenían la idea de la
navegación en alta mar, no sentían su simbolismo libertador.
En efecto, la navegación a la vela supera el concepto euclidiano de la tierra firme. A principios del siglo XIV, casi simultáneamentey en el tiempo mismo en que empiezan a desarrollarse la pintura al óleo y el contrapuntosobreviene el descubrimiento de la pólvora y de la brújula, esto es, de las armas de largo alcance y del tráfico lejano. (Ambas cosas fueron también descubiertas por la cultura china, que obedeció, al hacerlo, a una necesidad profunda.) Manifiéstase en ello el espíritu de los Wikings, del Hansa, el espíritu de aquellos pueblos primitivos que se construían tumbas
gigantescas de tierra amontonada, hitos de las almas solitarias en la llanura
infinitaen vez de la urna cineraria de los griegos; que depositaban a sus
reyes muertos en barcos ardiendo y los lanzaban a alta mar, signo conmovedor de ese
obscuro anhelo de infinito que empujó sus frágiles barcos hasta las costas de América
por el año 900, cuando empezaba a anunciarse la cultura occidental. En cambio la
circunnavegación del África, hazaña que realizaron los egipcios y los cartagineses,
dejó completamente indiferente a la humanidad antigua.
Hay un hecho que revela el carácter escultórico de la existencia antigua
también en lo que se refiere a las comunicaciones: la noticia de la primera guerra
púnica, uno de ]os más grandes hechos de la historia antigua, llegó a Atenas como un
rumor confuso procedente de Sicilia. Las almas de los griegos reuníanse en el Hades,
inmóviles, apacibles, como sombras (eàdvla), sin energías, sin deseos,
sin sensaciones. Las almas de los hombres nórdicos juntábanse en el «furioso tropel»,
que sin descanso vaga por los aires.
La gran colonización griega del siglo VIII antes de Jesucristo tuvo lugar en el mismo período de desarrollo cultural que los descubrimientos de los españoles y portugueses. Pero éstos iban poseídos de un aventurero afán de lejanías incalculables, anhelo de tierras incógnitas y de peligros inauditos, mientras que los griegos fueron siguiendo con precaución punto por punto los rastros conocidos de fenicios, cartagineses y etruscos, y su curiosidad no traspasó los limites de las columnas de Hércules o del istmo de Suez, que bien fácilmente hubieran podido franquear. En Atenas se habló seguramente del camino hacia el mar del Norte, hacia el Congo, Zanzíbar y la India; en la época de Heron era conocida la situación de la India meridional y de las islas de la Sonda. Pero a todo esto, como a la ciencia astronómica de Oriente, los antiguos se tapaban los oídos. Cuando Portugal y el actual territorio marroquí fueron convertidos en provincias romanas, no se restablecieron las comunicaciones por el Atlántico y las islas Canarias quedaron sepultadas en el olvido. El anhelo colombino es tan extraño al alma apolínea como el anhelo copernicano. Aquellos mercaderes helenos, tan acuciosos de ganancias, sentían un terror metafísico ante la idea de ensanchar su horizonte geográfico. También en esto los antiguos se mantuvieron en lo próximo e inmediato. La existencia de la Polis extraño ideal de un Estado-estatua, no era otra cosa que el refugio en que los griegos se recluían ante el «amplio mundo» de aquellos pueblos marítimos. Y es de notar que la cultura antigua es la única de todas las aparecidas hasta hoy,
cuya comarca madre no radica en un continente, sino en torno a las costas de un archipiélago; la cultura antigua se desarrolla alrededor de un mar, que es como su centro de gravedad.
Sin embargo, ni siquiera el helenismo, con su afición a los juegos técnicos
[107], supo libertarse del uso de los remos, que mantienen a los barcos en la proximidad
de las costas. En Alejandría se construyeron naves gigantescas de 80 metros de largo y se
había descubierto en principio el barco de vapor.
Pero hay descubrimientos que tienen el pathos de un gran símbolo necesario,
que manifiestan algo muy íntimo, y otros que son simples juegos del ingenio. El barco de
vapor fue esto último para el hombre apolíneo; es aquéllo para el fáustico.
Un invento, y sus aplicaciones, es profundo o superficial según el rango que
ocupa en el conjunto del macrocosmos.
Los descubrimientos de Colón y Vasco de Gama dilataron infinitamente el
horizonte geográfico. Entre el mundo marino y la tierra firme se estableció la
misma relación que entre el espacio cósmico y el globo terráqueo. Y en este momento
descargó la tensión política de la conciencia fáustica. Para los griegos, la Hélade
fue siempre el trozo esencial de la superficie terrestre; en cambio, con el descubrimiento
de América, el Occidente europeo se transforma en provincia de un conjunto gigantesco. A
partir de este instante, la historia de la cultura occidental adquiere un carácter planetario.
Cada cultura tiene su propio concepto del país natal y de la patria,
concepto difícil de aprehender, casi inefable, lleno de obscuras relaciones metafísicas
y, sin embargo, de tendencia inequívoca. El sentimiento antiguo de la patria, que
sujetaba al individuo con fuerza corpórea y euclidiana a la Polis a la ciudad [108], se
contrapone a la misteriosa nostalgia o morriña del septentrional, que tiene algo de
musical, algo de errabundo y supraterrestre. El hombre antiguo siente por patria lo que su
vista abarca desde el castillo de la ciudad natal. Allí donde termina el horizonte de
Atenas comienza lo extraño, lo hostil, la «patria» de los otros. El romano, incluso el
romano de los últimos tiempos de la República, no entendió por patria nunca
Italia, ni siquiera el Lacio, sino la urbs Roma. El mundo antiguo, cuanto más
avanza hacia su madurez más se descompone en innumerables patrias punctiformes, entre las
cuales existe un sentimiento de odio en que se expresa la necesidad de la separación
entre los cuerpos; y tan profundo es ese odio, que nunca frente a los bárbaros se
manifiesta con igual energía. En este sentido, no hay nada que revele mejor la definitiva
extinción del sentir antiguo y la victoria del sentir mágico que la concesión por
Caracalla (en 212) del derecho de ciudadanía romana a todos los habitantes de las
provincias [109]. Esta medida anulaba, en efecto, el concepto antiguo, estatuario del
ciudadano. Ahora existe un «Imperio» y, por consiguiente, una nueva especie de
dependencia. Es también muy característico el concepto correspondiente del ejército
entre los romanos. En la época verdaderamente antigua no había un «ejército romano»,
como hoy decimos, v. g., el ejército prusiano; había ejércitos, es decir,
agrupaciones militares («cuerpos de tropa») definidas por el nombre de un legado, como
tales cuerpos limitados, visibles y presentes: exercitus Scipionis, Crassi, pero no
exercitus romanus. Caracalla, que con su edicto citado anuló en realidad el
concepto del civis romanus y deshizo la religión romana equiparando a las deidades
de la ciudad las de los demás pueblos, fue también el que creó el conceptoextraño
al alma antigua y propio en cambio del alma mágicadel ejército imperial,
cuyas son manifestaciones las distintas legiones. Los viejos ejércitos
romanos, empero, no significan, no manifiestan, sino que son. A partir de
este momento, cambia el tenor de las inscripciones; ya no dicen fides exercituum, sino
fides exercitus; en lugar de las deidades aisladas, que eran sentidas como algo
corpóreo (la fidelidad, la fortuna de la legión), y a las cuales sacrificaba el legado,
aparece ahora el principio de un espíritu universal. Idéntica transformación semántica
se verifica en el sentimiento patriótico de los orientales no sólo de los
cristianosen la época imperial. La patria, para el hombre apolíneo, mientras
sigue alentando en su pecho un resto de su cósmico sentir, es, en sentido propio,
corpóreo, el suelo sobre que está edificada su ciudad natal. Recordad la «unidad de
lugar» en las tragedias y las estatuas áticas. Mas para el hombre mágico, para el
cristiano, el persa, el judío, el «griego» [110], el maniqueo, el nestoriano, el
islamita, la patria no tiene relación alguna con realidades geográficas. Para nosotros
la patria es una inaprensible síntesis de la naturaleza, el idioma, el clima, las
costumbres, la historia; no es la tierra, sino el país; no es una realidad punctiforme,
sino el pasado y el futuro histórico; no es una unidad de hombres, dioses y casas, sino
una idea que se compadece perfectamente con una peregrinación sin fin, con la más
profunda soledad y con ese anhelo germánico hacia el Sur, que ha sido la ruina de los
mejores alemanes, desde los emperadores sajones hasta Hölderlin y Nietzsche.
La cultura fáustica se orienta, pues, en el sentido de la expansión, ya
sea política, económica o espiritual. Los occidentales han franqueado todos los límites
materiales y geográficos; han aspirado, sin fines prácticos y sólo por el símbolo, a
juntar el Sur con el Norte; han convertido al fin la faz de la tierra en una sola colonia,
en un solo sistema económico. Lo que todos los pensadores, desde el maestro Eckart hasta
Kant, han querido: la sumisión del mundo «como fenómeno» a las pretensiones y
exigencias del yo cognoscitivo, eso mismo realizaron todos los grandes conductores de
pueblos, desde Otón el Grande hasta Napoleón. El verdadero fin de su ambición
fue siempre lo ilimitado, la monarquía universal de los grandes Salios y Staufen, los
planes de Gregorio VII y de Inocencio III, aquel imperio de los Habsburgos españoles, «en
donde no se ponía el sol» y el imperialismo, aspiración intima de hoy, harto manifiesta
en la guerra mundial que no está terminada ni
mucho menos. El hombre antiguo, por razones profundas, no podía ser
conquistador; la expedición de Alejandro es una excepción romántica y confirma la
regla, sobre todo si se piensa en la intima resistencia de sus acompañantes. El alma
nórdica ha creado en los enanos, nixos y coboldos unos seres que con inextinguible anhelo
quieren verse libres de toda contención, con un afán de lejanía y libertad desconocido
por completo de las dríades y oréades griegas. Los griegos fundaron centenares de
factorías en las riberas del mar; nunca, empero, hicieron el menor esfuerzo por penetrar
en el continente y conquistarlo. Establecerse lejos de la costa hubiera sido para ellos
como perder de vista la patria. Acampar solitario, como era el ideal de los
tramperos en las praderas americanas, y antes aún de los héroes en las sagas irlandesas,
es cosa que yace fuera de las posibilidades del hombre antiguo.
El espectáculo de las emigraciones a Américaen donde el hombre se vale
por sí mismo y siente la necesidad profunda de estar solo, los conquistadores
españoles, el torrente de los buscadores de oro en California, el indomable afán de
libertad, de soledad, de independencia absoluta, la gigantesca negación de todo
sentimiento limitado de la patria, he aquí emociones típicamente fáusticas. Ninguna
otra cultura las conoce ni siquiera la china.
El emigrante griego es como el niño que camina agarrado a la falda de su madre. Pasar de la ciudad vieja a otra nueva que es la reproducción exacta de aquélla, con sus mismos ciudadanos, sus mismos dioses, sus mismos usos; no perder nunca de vista el mar conocido y surcado por todos; llevar allá la misma vida de zÇon politikñn en el ágora, tal es el máximo cambio de escenario que permite la existencia apolínea. Para nosotros, que consideramos la libertad de movimientos como un derecho humano y un idealpor lo menos, este confinamiento significaría la peor de las esclavitudes. Desde este punto de vista es como hay que
concebir la expansión romana, que fácilmente se interpreta mal. La expansión
romana no significa, ni mucho menos, una amplificación de la patria. Mantúvose
estrictamente dentro de los limites que los hombres cultos habían ocupado antes y que
ahora saquean como botín de guerra. Nunca se han concebido en Roma planes dinámicos
mundiales por el estilo de los que ensayaron los Hohenstaufen o los Habsburgos. El
imperialismo romano no puede compararse con el actual. Los romanos no hicieron el menor
intento por penetrar en el interior de África. Las guerras posteriores de Roma tuvieron
por objetivo exclusivamente la seguridad y conservación de las posesiones romanas; eran
guerras sin ambición, sin afán simbólico de expansión.
Roma abandonó la Germania y la Mesopotamia sin manifestar por ello el menor
sentimiento.
Si recapitulamos todo lo dicho; si contemplamos el aspecto de los firmamentos que
abarca la visión copernicana del universo; si consideramos el dominio de la superficie
terrestre por el hombre occidental, siguiendo las huellas de los descubrimientos
colombinos; si recordamos la perspectiva de la pintura al óleo y de la escena trágica,
juntamente con el sentimiento perespiritualizado de la patria; si a todo esto añadimos la
pasión civilizada del tráfico a gran velocidad, el dominio del aire, los viajes al polo,
la ascensión a las altas cumbres montañosas, despréndese de todo ello el símbolo
primario del alma fáustica, el espacio ilimitado. Como derivaciones de este símbolo
supremo debemos comprender las formas puramente occidentales del mito psíquico: la
«voluntad», la «fuerza», la «acción».
II
BUDISMO, ESTOICISMO, SOCIALISMO
10
Ahora ya podemos comprender el fenómeno de la moral [111] como una
interpretación espiritual de la vida por sí misma.
Desde la altitud a que hemos llegado podemos libremente contemplar esta
provincia, la más amplia, la más escabrosa de la reflexión humana. Pero justamente
aquí es donde más falta hace cierta especie de objetividad que hasta hoy nadie ha sabido
seriamente practicar. Sea la moral, en primer término, lo que fuere, es ilícito
convertir su análisis en una parte de la moral misma. Para nuestro problema no es
lo importante estatuir lo que debemos hacer, perseguir y valorar, sino comprender
que esta posición del problema es ya por si el síntoma de un sentimiento cósmico
exclusivamente occidental.
Todos los occidentales, sin excepción, se hallan en esto bajo la influencia de
una inmensa ilusión óptica. Todos exigen algo a los demás. Todos pronuncian un
imperativo«tú debes»en la convicción de que realmente hay algo que puede y
debe ser cambiado en sentido uniforme, algo que debe ser formado, ordenado de cierta
manera. Inconmovible es la fe en ello y el derecho a ello. Se manda y se demanda
obediencia a lo mandado. Tal es para nosotros la moral. En la ética de Occidente todo es
dirección, pretensión de fuerza, actuación deliberada en la lejanía. Sobre este punto
Lutero y Nietzsche, los Papas y los darwinistas, los socialistas y los jesuitas, están de
perfecto acuerdo. Su moral aparece con pretensión de validez universal y perdurable. Ello
pertenece a las necesidades de la realidad fáustica. El que se aparta de este
pensamiento, de esta enseñanza, de esta voluntad, es un pecador, un infiel, un enemigo,
a quien hay que combatir sin cuartel. El hombre debe. El Estado debe. La sociedad debe.
Esta forma de la moral es para nosotros evidente y representa para nosotros el
sentido propio y único de toda moral. Pero ni en la India, ni en la China, ni en el mundo
antiguo ha sido así. Buda ofrecía un libre ejemplo; Epicuro daba un buen consejo.
También éstas son formas de morales elevadas, morales de la voluntad libre.
No hemos advertido lo típico y singular de nuestro dinamismo moral.
Supongamos que el socialismoentendido en sentido ético, no económicosea el
sentimiento cósmico que persigue la opinión propia en nombre de todos; entonces hay que
decir que todos, sin excepción, somos socialistas, sepámoslo o no, querámoslo o no.
Incluso el apasionado enemigo de toda «moral de rebaño», Nietzsche, es incapaz de
limitar su celo a sí mismo, en el sentido «antiguo». Nietzsche piensa en «la
humanidad». Ataca a quien opina de otro modo. Mas a Epicuro le era de verdad indiferente
lo que opinasen e hiciesen los demás. Epicuro no pierde un solo momento en imaginar una
transformación de la humanidad. El y sus amigos se contentaban con ser como eran. El
ideal de la vida antigua consistía en la falta de interés (?p?yeia) por el curso
del mundo. En cambio el afán de dominar el curso del mundo es justamente lo que
constituye el contenido de la vida en la humanidad fáustica. Aquí tiene su lugar el
importante concepto de la (di?fora) [112]. También existe en la Hélade un
politeísmo moral; demuéstrase en la pacífica convivencia de epicúreos,
cínicos, estoicos. Pero Zaratustraaunque se precia de estar allende el bien y el
malpadece el dolor de ver a los hombres como no quisiera verlos y siente un profundo
afán totalmente extraño al espíritu «antiguo», de emplear su vida en cambiarlos,
naturalmente, en el sentido que él considera mejor. Y esto justamente, esta
transvaloración universal es monoteísmo ético y tomando la
palabra en un sentido nuevo y más profundo socialismo. Todos los que aspiran a
mejorar el mundo son socialistas. No existió ningún antiguo, pues, que aspirase a
mejorar el mundo.
El imperativo moral, como forma de la moral, es fáustico y sólo
fáustico. ¿Qué importa que Schopenhauer haya querido ver negada la voluntad de vida y
Nietzsche en cambio haya querido verla afirmada? Estas diferencias son superficiales;
revelan un gusto personal, un temperamento. Lo esencial es que también Schopenhauer siente
el mundo entero como voluntad, como movimiento, fuerza, dirección; por ello es el
precursor de toda la modernidad ética. Este sentimiento fundamental constituye
toda nuestra ética. Las demás son variedades de esa especie única. Lo que nosotros
llamamos hazaña, acción, no sólo actividad [113], es un concepto completamente
histórico, repleto de energía directiva. Es la confirmación de la existencia, la
consagración de la existencia en un tipo de hombre cuyo «yo» posee la tendencia hacia
lo futuro y siente el presente no como realidad plena, sino como época en la
inmensa conexión del devenir; y tanto en la vida personal como en la vida de la historia
toda. La fuerza y claridad de esta conciencia determinan el rango de un hombre fáustico;
pero hasta el más insignificante tiene algún destello de ella, y esa conciencia
distingue sus más mínimos actos vitales, por el modo y contenido, de los actos de cualquier
«antiguo». Es la diferencia entre el carácter y la actitud, entre el devenir consciente
y la realidad estatuaria aceptada simplemente, entre el querer trágico y el padecer
trágico.
A los ojos del hombre fáustico todo es en el mundo movimiento hacia un fin. El
hombre mismo vive bajo esa condición, Vivir significa para él luchar, superar,
imponerse. La lucha por la existencia, como forma de la existencia, pertenece ya a la
época gótica y claramente se expresa en su arquitectura. El siglo XIX le ha dado una
forma mecánico utilitaria. En el mundo del hombre apolíneo, en cambio, no «hay
movimiento» hacía un finel fluir de Heráclito, que es un juego sin propósito,
sin objetivo, ² õdòw nv k?tv [114], no entra en cuenta, no hay
«protestantismo», no hay «afanes tempestuosos», no hay «revoluciones» éticas,
espirituales, artísticas, que luchen por aniquilar lo existente. El estilo jónico y el
corintio aparecen junto al dórico, sin pretender eliminarlo y dominar solos. En
cambio el Renacimiento rechaza el gótico; el clasicismo rechaza el barroco y todas las
historias literarias de Occidente están llenas de furiosas luchas sobre los problemas de
la forma. El mundo mismo de los monjesórdenes de Caballería, franciscanos,
dominicosaparece en la forma del movimiento de una orden, en lo cual se opone
a la forma cristiana primitiva del ascetismo anacorético.
Es imposible para el hombre fáustico negar esa forma
fundamental de su existencia, y mucho menos aún cambiarla. Toda oposición a ella la
supone. El que combate «el progreso» considera su actuación como un progreso. El que
propaga y defiende una «reacción» entiende por ello una evolución posterior.
«Inmoralismo» es una nueva especie de moral, con la misma pretensión de prevalencia. La
voluntad de potencia es intolerante. Todo lo que es fáustico aspira a predominio. Para el
sentimiento apolíneo yuxtaposición de muchas cosas singularesla tolerancia
es algo evidente; pertenece al estilo de la ataraxia, de la falta de voluntad. Para el
mundo occidentalespacio psíquico único e ilimitado, espacio como tensiónla
tolerancia es o un engaño de si mismo o un signo de decadencia. La época de la
ilustración, el siglo XVIII, era tolerante, es decir, indiferente a las distinciones
entre las profesiones de fe cristianas; pero por sí misma, en relación con la Iglesia y
con las iglesias, dejó de serlo tan pronto como llegó al poderío. El instinto
fáustico, activo, de voluntad robusta, enderezado hacia el futuro y la lejanía, con la
tendencia vertical de las catedrales góticas y esa significativa conversión del feci
en ego habeo factum, exige tolerancia, esto es, espacio para su propia
actuación; pero sólo para ésta. Considerad la cantidad de tolerancia que la
democracia urbana consiente aplicar a la Iglesia en el empleo que ésta hace de coacciones
religiosas, mientras que para sí misma exige una ilimitada aplicación de sus propias
coacciones y cuando puede acomoda a ellas la legislación «universal». Todo
«movimiento» aspira a vencer; en cambio la «actitud» antigua sólo quiere existir y se
interesa muy poco por el ethos de los demás. Luchar en pro o en contra de las corrientes
del día; propagar, establecer, desacreditar o destruir reformas o reacciones, he aquí lo
Es un error poner «el» cristianismo en relación con el imperativo moral. No es el cristianismo el que ha creado al hombre fáustico; es
éste el que ha transformado el cristianismo, no sólo convirtiéndolo en una
religión nueva, sino orientándolo en el sentido de una nueva moral. Lo que indica el
neutro «elIo», tórnase yo personalísimo, con todo el pathos de un centro cósmico,
como el que constituye la base del sacramento de la confesión personal. La
voluntad de potencia manifestándose incluso en lo ético; el afán apasionado de elevar
cada uno su moral a la categoría de verdad eterna, e imponerla a los hombres todos,
transformando, venciendo o destruyendo a los que se muestren disconformes, todo eso es
propiedad de nuestra alma occidental. En este sentido fue transformada interiormente la
moral de Jesús, en la época primera del góticohondo proceso que nadie ha
comprendido aún; y aquella moral, aquella conducta estático espiritual,
recomendada como salvadora por el sentimiento mágico del mundo, aquella doctrina cuyo
conocimiento era como una gracia [115] especialmente concedida, convirtióse durante el
gótico en una moral imperativa [116].
Todo sistema ético, sea de origen religioso o filosófico, tiene, por lo tanto,
su lugar en la proximidad de las artes mayores, sobre todo de la arquitectura. Es un
edificio de proposiciones en que está estampada la causalidad mecánica. Toda verdad
destinada a tener una aplicación práctica se enuncia con un «porque» o un «pues».
Hay en ella una lógica matemática; la hay en las cuatro verdades de Buda, en la Critica
de la razón práctica, de Kant, en todo catecismo popular. Nada más extraño a esas
teorías, reconocidas por verdaderas, que la lógica de la sangre, lógica no crítica,
que en cada costumbre establecida y conocida conscientemente sólo por las infracciones
contra ella, nos habla de clases sociales y hombres reales; por ejemplo, la educación del
caballero en los tiempos de las Cruzadas. Una moral sistemática es como un ornamento, y
se revela no sólo en proposiciones, sino también en el estilo de la tragedia y aun en
los motivos artísticos. El meandro por ejemplo, es un motivo estoico; la columna dórica
encarna realmente el ideal «antiguo» de la vida. Por eso es ésta la única forma
de las columnas antiguas, que el estilo barroco hubo de excluir en absoluto. En el
Renacimiento mismo se nota una tendencia a evitarla por motivos espirituales profundos.
La conversión de la cúpula mágica en cúpula rusa, con el símbolo del tejado
plano (véase tomo I, pág. 304); la arquitectura del paisaje chino con sus intrincados
senderos; la torre gótica de las catedrales, son otros tantos símbolos de la moral que
ha surgido en la conciencia vigilante de una sola cultura.
11
Y ahora encuentran su solución antiquísimos enigmas y perplejidades. Hay tantas
morales como culturas, ni más ni menos. Nadie tiene en esto libre elección. Asi como
para todo pintor y todo músico existe algo que, por sustentarse en el fundamento de una
necesidad interna, no llega a su conciencia; algo que de antemano domina sobre el lenguaje
formal de sus obras y lo distingue de las producciones artísticas de todas las
demás culturas, asi también cada concepción de la vida de un hombre culto posee de
antemano, a priori, en el riguroso sentido de Kant, una propiedad más honda
que todo momentáneo juicio y afán, una propiedad en que se manifiesta el estilo de una
determinada cultura. El individuo puede obrar moral o inmoralmente, «bien» o «mal»
para el sentimiento primario de su cultura; la teoría, empero, de su acción está
absolutamente dada. Cada cultura tiene su propio criterio, cuya validez con ella empieza y
con ella termina. No existe una moral universal humana.
Tampoco, pues, existe en el más hondo sentido una verdadera conversión, ni
puede existir. Toda conducta consciente basada en convicciones es un protofenómeno, es la
dirección fundamental de una existencia, transformada en «verdad intemporal». Poco
importan los términos e imágenes en que se exprese: mandamientos de una deidad,
resultados de la reflexión filosófica, proposiciones, símbolos, anunciación de una
verdad nueva o refutación de una idea extraña: basta con que exista. Es posible
despertarla y envolverla en una teoría; es posible asimismo modificar y aclarar su
expresión espiritual. Pero es imposible crearla. Ni podemos cambiar nuestro sentimiento
cósmicocomo que el ensayo mismo de alterarlo se produce en el estilo suyo
característico y más lo confirma que lo superani tenemos poder sobre la forma
ética fundamental de nuestra conciencia vigilante. Se ha introducido cierta distinción
en las palabras, considerando la ética como una ciencia y la moral como un problema; pero
no hay, en este sentido, problema alguno. Asi como el Renacimiento fue en realidad incapaz
de resucitar la antigüedad y en cada motivo antiguo expresó justamente lo contrario del
sentimiento cósmico apolíneo, creando así un gótico meridionalizado, un «gótico
antigótico», del mismo modo es imposible que un hombre se convierta a una moral extraña
a su esencia. Hoy se habla de transvalorar los valores; los modernos habitantes de las
grandes urbes piensan en «retornos» al budismo, al paganismo o a un catolicismo
romántico; el anarquista aspira a una ética individual; el socialista sueña con una
ética social. En última instancia, todos hacen, quieren y sienten lo mismo. Las
conversiones a la teosofía o al libre pensamiento, que son los tránsitos actuales de un
supuesto cristianismo a un supuesto ateísmo o viceversa, constituyen una simple mutación
de palabras y conceptos, un cambio de la superficie religiosa o intelectual, y nada más.
Ninguno de nuestros «movimientos» ha modificado al hombre.
Una rigurosa morfología de todas las morales es problema reservado para el
futuro. Nietzsche ha dicho sobre esto también lo esencial, y ha dado el primer paso
decisivo que conduce a la nueva visión. Pero no ha sabido cumplir él mismo con la
exigencia que impone al pensador de situarse por encima del bien y del mal. Ha querido ser
a la vez escéptico y profeta, crítico de la moral y heraldo de una moral. Son
cosas incompatibles. No se puede ser psicólogo de primer orden cuando se sigue enredado
en las mallas del romanticismo. Por eso Nietzsche en esto, como en todos sus decisivos
atisbos, llega hasta el umbral, pero no lo franquea. Mas nadie hasta ahora lo ha hecho
mejor. Hasta ahora hemos sido ciegos para la inmensa riqueza que ostentan los idiomas de
las formas morales.
No hemos sabido verla ni comprenderla. El mismo escéptico no ha entendido su
problema; ha elevado a norma definitiva en último término su propia concepción moral,
determinada por disposiciones personales, por el gusto privado, y por ella ha medido todas
las demás. Los más modernos revolucionarios, Stirner, Ibsen, Strindberg, Shaw, no han
hecho tampoco otra cosa. Sólo han sabido ocultarse este hecho bajo nuevas fórmulas y
tópicos.
Pero una moral escomo una plástica, una música o una pinturaun
mundo cerrado de formas, la expresión de un sentimiento vital que está absolutamente
dado, que es inmutable en lo profundo y que se afirma con intima necesidad.
Toda moral es siempre verdadera dentro de su circulo histórico; es siempre falsa
fuera de este círculo histórico. Ya hemos dicho [117] que asi como para cada poeta, cada
pintor, cada músico hay obras que hacen época en su vida y desempeñan el papel de
grandes símbolos de su existencia, asi también para esos ingentes individuos, que
llamamos culturas, las especies artísticas, unidades orgánicas, como la pintura
al óleo en su conjunto, la plástica del desnudo en su conjunto, la música
contrapuntística, la lírica rimada. En los dos casos, en la historia de una cultura como
en la vida individual, trátase de la realización de posibilidades. El espíritu interior
se convierte en el estilo de un mundo. Junto a esas grandes unidades de forma cuyo
transcurso, cuya plenitud y cuyo término abarcan una serie prefijada de generaciones
humanas y que tras, pocos siglos de duración irrevocablemente fenecen, hállase el grupo
de las morales fáusticas, la suma de las morales apolíneas, constituyendo igualmente una
unidad de orden superior. Su presencia es un sino que es necesario aceptar; sólo su
concepción consciente es el resultado de una revelación o de una noción científica.
Hay un elemento, difícilmente expresable, que reúne en un haz todas las
doctrinas «antiguas», desde Hesíodo y Sófocles hasta Platón y los estoicos, para
contraponerlas a cuanto se ha profesado en Occidente, desde San Francisco de Asís y
Abelardo hasta Ibsen y Nietzsche. Y la moral de Jesús es sólo la más noble expresión
de una moral general cuyas distintas concepciones se hallan en Marción y Mani, Filón y
Plotino, Epicteto, San Agustín y Proclo. Toda ética antigua es siempre una ética de la
actitud; toda ética occidental es una ética de la acción. Y, por último, la suma de
todos los sistemas indios, como la de todos los sistemas chinos, forma también un mundo
en sí.
12
Todas las éticas antiguas imaginables se refieren al individuo estático,
considerándolo como un cuerpo entre cuerpos.
Todas las valoraciones de Occidente se refieren al hombre, en tanto que es centro
dinámico de una infinita universalidad.
Socialismo ético: he aquí la disposición moral activa, que actúa por el
espacio en la lejanía; he aquí el pathos moral de la tercera dimensión, cuyo signo, el
sentimiento primario de la solicitud, tanto hacia los convivientes como hacia los
venideros, se cierne sobre toda. nuestra cultura. Por eso al considerar la cultura egipcia
advertimos en ella algo de socialismo. Por otra parte, la tendencia a la actitud inmóvil,
a la apatía, a la cerrazón estática del individuo en si, recuerda la ética india y el
hombre formado por ella. A las estatuas sedentes de Buda, «contemplándose el ombligo»,
no les es del todo extraña la ataraxia de Zenón. El ideal ético del hombre antiguo es
ese que la tragedia tiene a la vista. La catharsis, la expulsión fuera del alma
apolínea de todo lo que no sea apolíneo, de todo lo que no esté libre de
«lejanía» y dirección, revela aquí su más profundo sentido, que se comprende bien
cuando se ha reconocido el estoicismo como su forma madura. Lo que el drama llevaba a cabo
en una hora solemne, eso mismo querían los estoicos extender sobre toda la vida: una paz
estatuaria, un ethos sin voluntad. Por otra parte, el ideal budista del Nirvana, fórmula
muy posterior, pero completamente india y latente ya en los tiempos védicos, ¿no es muy
afín a la catharsis griega?. Ante este concepto, ¿no se juntan estrechamente el hombre
antiguo ideal y el hombre indio ideal, cuando los comparamos con el hombre fáustico, cuya
ética se comprende con no menor claridad por la tragedia de Shakespeare y su dinámica
evolución y catástrofe? En realidad, podríamos muy bien representarnos a Sócrates, a
Epicuro y sobre todo a Diógenes a orillas del Ganges. En una de nuestras ciudades de
Europa Diógenes seria un loco insignificante. Por otra parte, Federico Guillermo I,
modelo de socialistas en sentido elevado, es representable muy bien en el Estado egipcio;
no empero en la Atenas de Perícles.
Si Nietzsche hubiera observado su tiempo con mas libertad, menos influido por un
entusiasmo romántico a favor de ciertas creaciones éticas, habría advertido que no
existe en la Europa occidental esa supuesta moral cristiana especifica de la compasión,
en el sentido en que él la combate. El texto literal de ciertas fórmulas humanas
no debe ilusionarnos sobre su significado real. Entre la moral que se tiene y la que se
cree tener hay una relación difícil de encontrar y muy vacilante. Aquí precisamente
estaría en su punto una psicología sincera y profunda. Compasión es palabra peligrosa.
A pesar de la maestría de Nietzsche no tenemos todavía una investigación sobre lo que
por compasión se ha entendido y vivida en las diferentes épocas. La moral
cristiana en tiempos de Orígenes es algo completamente distinto de la moral cristiana en
la época de San Francisco de Asís. No es éste lugar para inquirir lo que sea la
compasión fáustica, entendida como sacrificio o entrega y también como
sentimiento racial de una sociedad caballeresca [118], a diferencia de la compasión
mágico-cristiana, fatalista; ni tampoco para investigar hasta qué punto debe concebirse
como acción en la lejanía, como dinamismo practico y, por otra parte, como
dominio de si, practicado por un alma orgullosa o también como manifestación de un
sentimiento de la distancia en que se afirma la superioridad. El tesoro inmutable de
matices éticos que guarda el Occidente a partir del Renacimiento ha de encubrir una
inmensa riqueza de sentimientos distintos, de muy vario contenido. El sentido superficial,
al que la fe se adhiere, el mero conocimiento de los ideales es, en hombres de tan
históricas y retrospectivas disposiciones como nosotros, la expresión del respeto a lo
pretérito, y en este caso a la tradición religiosa.
Pero las palabras textuales de las convicciones no son nunca criterio de una
verdadera convicción. Raro es que un hombre sepa lo que cree. Las teorías y los lemas
son siempre algo popular; la realidad espiritual reside en capas mucho más profundas. La
devoción teórica por los preceptos del Nuevo Testamento está a la misma altura que la
admiración teórica del arte antiguo en el Renacimiento y el clasicismo. Ni aquélla ha
transformado al hombre, ni ésta el espíritu de las obras.
Los repetidos ejemplos de las órdenes mendicantes, de los hermanos Moravos y del
Ejército de Salvación demuestran por su escaso número y más aún por su escasa
importancia que representan una excepción de algo muy diferente, a saber: la moral propiamente
fáustico-cristiana. En vano buscaremos su fórmula en Lutero y en el Tridentino; pero
todos los grandes cristianos, Inocencio III y Calvino, Loyola y Savonarola, Pascal y Santa
Teresa, la llevaban en sí, contradiciendo sus opiniones doctrinales, sin darse cuenta de
ello.
Basta tomar el concepto puramente occidental de esa virtud viril, que se expresa
en la virtú «sin moral» de Nietzsche, la grandeza, del barroco español y
francés, y compararlo con la tan femenina ?ret® [119] del ideal helénico, cuya
práctica siempre se manifiesta en la capacidad de goce (²don®), en
la paz del espíritu (gal®nh, ?p?yeia), en la falta de necesidades, y sobre todo
en la ?trajaÛa. Eso que Nietzsche llamó «la bestia rubia» y que veía encarnado
en el tipo del hombre del Renacimiento, supervalorándolo (porque éste no es mas que un
epígono felino de los grandes teutones de la época de los Staufen), es el extremo
opuesto del tipo que, sin excepción, todas las éticas antiguas han querido y todos los
hombres significativos de la antigüedad han encarnado. A aquel tipo pertenecen los
hombres de granito, que la cultura fáustica ofrece en abundante serie y que faltan por
completo en la antigua. Perícles y Temístocles eran naturalezas blandas, en el sentido
de la kalokagayÛa ática; Alejandro, un soñador que nunca despertó de sus
ensueños; César, un prudente calculador; Aníbal, el extranjero, fue el único
«hombre» entre ellos. Los hombres de las épocas primitivas, según podemos conjeturar
por Homero, aquel UIìses y aquel Ayax hubieran representado entre los caballeros de las
Cruzadas un papel bien extraño. En las naturalezas femeninas hay también reacciones de
rara brutalidad; tal es la crueldad de los griegos. En el Norte, en cambio, en el umbral
mismo de los primeros tiempos, aparecen los grandes emperadores sajones, franconios y
Staufen rodeados de un ejército de hombres gigantescos como Enrique el León y Gregorio
VII. Vienen luego los hombres del Renacimiento, de las luchas entre la rosa blanca y la
rosa roja, de las guerras religiosas; vienen los conquistadores españoles, los príncipes
y reyes prusianos, Napoleón, Bismarck, Cecil Rhodes. ¿Dónde está otra cultura que
pueda ostentar nada semejante? ¿Dónde, en toda la historia de Grecia, una escena tan
grande como aquella de Legnano, cuando irrumpe la lucha entre los Güelfos y los Staufen?
Los héroes de las migraciones, los caballeros españoles, la disciplina prusiana, la
energía napoleónica, todo esto es harto contrario al espíritu antiguo. ¿Dóndesi
ascendemos a las alturas de la humanidad fáustica y la consideramos desde las Cruzadas
hasta la guerra mundial, dónde está esa «moral de esclavos», esa blanda
renuncia, esas caritas en el sentido de las viejas devotas? En las palabras, ante
las
cuales nos inclinamos; no en otra parte. Pensemos en los tipos del sacerdocio
fáustico, aquellos magníficos obispos del imperio germánico, que erguidos en sus
cabalgaduras llevaban sus gentes a la pelea; aquellos Papas que sometieron a Enrique IV y
a Federico II; aquellos caballeros de las Ordenes germánicas en las marcas del Este;
aquel orgullo de Lutero, paganismo nórdico frente a paganismo romano; aquellos grandes
cardenales, Richelieu, Mazarino, Fleury, que edificaron la Francia. Esta es la moral
fáustica. Ciego hay que estar para no ver en el cuadro de la historia europea, por
doquiera, esa misma fuerza vital indomable. Y partiendo de estos grandes casos de pasión
profana, en que se manifiesta la conciencia de una misión, es como se comprenden
los casos de pasión divina, de caridad sublime, a la que nada resiste y que en su
dinamismo presentan cariz harto distinto de la «antigua» mesura y de la precristiana
dulzura. Dura es la Índole propia de esa com-pasión que los místicos
alemanes, los caballeros de las Ordenes alemanas y españolas, los calvinistas franceses e
ingleses han cultivado. La compasión rusa de un Raskolnikow es la fusión de un espíritu
en la masa de los hermanos. La compasión fáustica, empero, destaca a un espíritu de la
masa.
Ego habeo factum: he aquí la fórmula de esta caridad personal que
justifica al individuo ante Dios.
Este es el motivo por el cual la «moral de la compasión», en su sentido
consuetudinario, atacada por algunos pensadores y deseada por otros, no ha sido nunca
realizada y puesta en práctica entre nosotros. Kant la rechazó resueltamente; en
realidad se halla en contradicción interna con el imperativo categórico que encuentra el
sentido de la vida en la acción, no en el abandono a las emociones tiernas. La «moral de
esclavos» a que Nietzsche se refiere es un fantasma. Su «moral de señores» es la
realidad. No necesitaba Nietzsche descubrírnosla, pues existe entre nosotros desde
hace mucho tiempo. Arranquémosle a Nietzsche la máscara romántica de Borgia;
prescindamos de sus nebulosas visiones de superhombría y quedará el hombre fáustico
solo, tal como hoy existe, tal como ya existía en tiempos de las sagas irlandesas
esto es, como tipo de una cultura enérgica, imperativa, dinámica. Haya sucedido
en la antigüedad lo que quiera que sea, para nosotros los grandes bienhechores son
los grandes adores, los grandes activos, cuya previsión y solicitud abarca a
millones de seres; los grandes estadistas y organizadores. «Una especie de hombres
superiores que, merced a su predominio en voluntad, saber, riqueza e influencia, se sirvan
de la Europa democrática como de un instrumento dócil y manejable, para tener en sus
manos los destinos de la tierra, para labrar el hombre como «artistas». Basta; llega un
tiempo en que habrá que aprender una nueva política.» Así dice Nietzsche en una de sus
notas póstumas, mucho más concretas que las obras terminadas. «O cultivamos las
capacidades políticas o nos destruye la democracia que nos han impuesto las viejas y
desgraciadas alternativas», dice Shaw en Hombre y superhombre. Shaw, que tiene
sobre Nietzsche la superioridad de una educación práctica y de una menor ideología,
aunque parezca limitado su horizonte filosófico, ha vertido el ideal del superhombreexpuesto
en su obra Major Barbara bajo la figura del millonario Undershaften el idioma
arromántico del tiempo moderno, que es de donde realmente Nietzsche lo ha tomado
también, dando un rodeo por Malthus y Darwin. Esos hombres de la acción superior son los
que hoy representan la voluntad de potencia sobre el destino de los demás, esto es, la
ética fáustica. Los hombres de esta clase derraman sus millones no para satisfacción de
una caridad sin limites, no para los soñadores, los «artistas», los débiles y los
maltrechos, sino para aquellos que constituyen la materia del futuro. Con éstos de
consuno persiguen un fin. Crean para la existencia de las generaciones un centro de fuerza
que rebasa los límites de la existencia personal. También el dinero puede desenvolver
ideas y hacer historia. Asi Rhodes, en quien se anuncia un tipo muy significativo del
siglo XXI, dispuso su testamento. Mezquino e incapaz de concebir la historia es el que no
sabe distinguir entre la gritería literaria de los éticos sociales populares, apóstoles
humanitarios, y los profundos instintos morales que laten en la civilización europea.
El socialismoen su sentido superior, no en el sentido de la plaza públicaes,
como todo lo fáustico, un ideal exclusivo.
Y si ha adquirido popularidad es sólo por un completo error incluso de sus directores, que se creen que socialismo es un conjunto de derechos y no de deberes, una negación y no una agudización del imperativo kantiano, un aflojamiento y no una tensión mayor de la energía directiva. Esa trivial y superficial tendencia a la bienandanza, la «libertad», la humanidad, la «felicidad del mayor número» representa sólo la parte negativa de la ética fáustica; muy en oposición al epicureismo antiguo, para quien el estado de ventura era núcleo verdadero y suma de todo lo ético. Justamente aquí vemos dos emociones muy afines en lo externo, que en un caso no significan nada y en el otro todo. Desde este punto de vista podemos dar al contenido de la ética antigua también el nombre de filantropía, una filantropía que el individuo dirige a sí mismo, a su propio soma. Y en este caso tenemos a nuestro lado la autoridad de
Aristóteles, que emplea en este sentido exactamente la palabra fil?nyrvpow,
palabra que intentaron descifrar en vano los mejores ingenios de la época clasicista,
sobre todo Lessing.
Aristóteles dice que el efecto que la tragedia ática produce sobre el
espectador ático es filantrópico. Su peripecia le libra de la compasión consigo mismo.
En el alto helenismo, en CaIlicles, por ejemplo, hubo también una especie de teoría
sobre la moral de señores y la moral de esclavos; se comprende que en sentido
rigurosamente euclidiano y corpóreo. El ideal de aquélla es Alcibíades, que hizo
exactamente lo que en cada momento le parecía más conveniente para su persona.
Alcibíades fue sentido y admirado como tipo de la antigua kalokgayÛa. Más
claro es aún Protágoras en su famoso dicho, de sentido totalmente ético, que el hombrecada
cual por síes la medida de todas las cosas. Esta es la moral de señores, propia de
un alma estatuaria.
13
Cuando Nietzsche escribió por vez primera las palabras «transvaloración de
todos los valores», el movimiento espiritual de estos siglos en cuyo centro vivimos
había encontrado al fin su fórmula. «Transvaloración de todos los valores»; he aquí
el más intimo carácter de toda civilización. La civilización comienza
invirtiendo todas las formas de la cultura antecedente, alterando su inteligencia y su
manejo. Ya no crea nada; se limita a cambiar la interpretación. He aquí la parte
negativa de todas estas épocas. Presuponen el acto propiamente creador. Entran en
posesión de una herencia de grandes realidades. Si consideramos la antigüedad posterior
y buscamos dónde reside en ella el acontecimiento correspondiente, hallaremos que se ha
verificado dentro del estoicismo helenístico-romano, durante la lenta agonía del alma
apolínea. Entre Epicteto y Marco Aurelio por una parte, y por la otra Sócrates, padre
espiritual de los estoicos y primero en manifestar el empobrecimiento interno de la
vida antigua, ahora ya urbanizada e intelectualizada, entre esos dos limites se sitúa la
transvaloración de los ideales antiguos. Veamos en la India. En vida del rey Asoka, hacia
250 años antes de J. C., estaba ya realizada la transvaloración de la vida bramánica;
compárense las partes del Vedanta anteriores y posteriores a Buda.
¿Y nosotros? El socialismo ético, en el sentido que aquí le damos, como emoción fundamental del alma fáustica, enclaustrada entre las masas pétreas de las grandes urbes, es el que ahora está realizando esa transvaloración. Rousseau es el progenitor de ese socialismo. Rousseau se sitúa junto a Sócrates y Buda, los dos portavoces de dos grandes civilizaciones. Su negación de las grandes formas cultas, de las convenciones significativas, su famoso «retorno a la naturaleza», su racionalismo práctico, no permiten duda alguna sobre este punto. Cada uno de esos hombres ha enterrado una intimidad de mil años. Predican el evangelio de la humanidad; pero es la humanidad del hombre inteligente de la urbe, del hombre que está ya harto de la ciudad postrimera y de la cultura, y cuyo intelecto «puro», es decir, inánime, aspira a libertarse de ella y de su forma imperativa, de su dureza, de su simbolismo, que ya no es vivido, y que, por lo tanto, es ahora odiado. La dialéctica destruye la cultura. Repasemos los grandes nombres del siglo XIX, que son los nudos para nosotros de ese gran espectáculo: Schopenhauer, Hebbel, Wagner, Nietzsche, Ibsen, Strindberg, y veremos eso que Nietzsche, en el prólogo fragmentario de su obra fundamental, inacabada, llamó por su nombre: la invasión del nihilismo. A ninguna de las grandes culturas le es extraña. Por íntima necesidad pertenece a la agonía de esos poderosos organismos. Sócrates fue un nihilista; Buda también. Hay en la cultura egipcia, en la árabe, en la china, lo mismo que en la nuestra occidental, un momento en que lo humano pierde su alma. No se trata de transformaciones políticas y económicas; ni siquiera de mutaciones religiosas o artísticas. No se trata de nada palpable, no son hechos; es la esencia de un alma que ya ha realizado Íntegras todas sus posibilidades. Y no cabe oponer a esto las grandes producciones del helenismo y de la modernidad europea. La economía de los esclavos y la industria de la maquinaria, el «progreso» y la ataraxia, el alejandrinismo y la ciencia moderna, Pérgamo y Bayreuth, los estados sociales que presuponen la Política de Aristóteles y el Capital de Marx, son meros síntomas en el cuadro superficial de la historia. No se trata de la vida externa, de la conducta, de las instituciones, de las costumbres, sino de lo más hondo y último; es el agotamiento interior del cosmopolita y del
provinciano [120]. En la «antigüedad» sucede esto hacia la época romana; para
nosotros, en la que sigue al año 2000.
¡Cultura y civilización, esto es, el cuerpo vivo y la momia de un ser animado!
Así se distinguen las dos fases de la existencia occidental, antes y después de
1800. Antes es la vida en toda su plenitud y evidencia, vida cuya forma brota de dentro,
en un único y poderoso trazo, desde los días infantiles del goticismo hasta
Goethe y Napoleón. Después es la vida rezagada, artificial, desarraigada de nuestras
grandes urbes, cuyas formas dibuja el intelecto. ¡Cultura y civilización, esto es, un
organismo nacido del paisaje y un mecanismo producto del anquilosamiento! El hombre culto
vive hacia dentro; el civilizado, hacia fuera, en el espacio, entre cuerpos y «hechos».
Lo que aquél siente como un sino, compréndelo éste como una conexión de causas y
efectos. Ahora son los hombres materialistas en un sentido que sólo vale para los
períodos de civilización. Lo son quiéranlo o no y preséntense o no en formas
religiosas las doctrinas budistas, estoicas, socialistas.
Para el hombre gótico y dórico, para el hombre del jónico y del barroco, el
mundo inmenso de las formas, en arte, religión, costumbres, política, ciencia, sociedad,
es fácil y espontáneo. Lo lleva todo en si; lo realiza sin «conocerlo». Frente al
simbolismo de la cultura muestra la misma maestría, sin esfuerzo, que Mozart en su arte.
La cultura es lo evidente. Aparecen, empero, los primeros síntomas de un alma declinante
cuando despunta un sentimiento de extrañeza ante esas formas, el sentimiento de un peso
que anula la libertad creadora, la obligación de examinar y criticar con el intelecto la
realidad actual, para aplicarla conscientemente, la tiranía de una reflexión fatal para
todo elemento misteriosamente creador. El que siente sus miembros es porque está enfermo.
Construir una religión ametafísica y rebelarse contra los cultos y los dogmas; oponer un
derecho natural a los derechos históricos; «inventar» estilos artísticos por no poder
ya soportar y dominar el estilo; concebir el Estado como «orden social» que puede
cambiarse, que debe cambiarsey Junto al Contrato social, de Rousseau, hay
producciones de idéntico sentido en la época de Aristóteles, todo esto demuestra
que algo se ha deshecho para siempre. La urbe mundial, colmo de lo inorgánico, se
extiende en medio del paisaje culto, desarraigando a sus hombres, aspirándolos,
agotándolos.
Los mundos científicos son mundos superficiales, mundos prácticos, inánimes,
puramente extensivos. Estos mundos sirven de base a las intuiciones del budismo, del
estoicismo, del socialismo [121]. Vivir la vida no con evidencia indeliberada y apenas
consciente, cual un sino providencial, sino considerándola como problemática,
poniéndola en escena sobre una base de nociones intelectuales, haciéndola «finalista»
«intelectualista», he aquí el fondo común a los tres casos. Rige el cerebro, porque el
alma se ha despedido. Los hombres cultos viven inconscientes; los civilizados,
conscientemente. El aldeano, arraigado en la tierra, ante las puertas de las grandes
ciudades, que ahoraescépticas, prácticas, artificialesrepresentan solas
la civilización, no cuenta ya para nada. El «pueblo» es ahora el pueblo de las
urbes, masa inorgánica y fluctuante. El aldeano no es demócratatambién
este concepto pertenece a la existencia mecánica y ciudadana [122] ; por lo tanto
es desatendido, ridiculizado, menospreciado, odiado.
Es el único hombre orgánico que queda, desaparecidas las viejas clases
nobiliarias y sacerdotales; es un residuo de la anterior cultura. No encuentra lugar ni en
el pensamiento estoico ni el socialista.
Asi, al Fausto de la primera parte de la tragedia, al investigador apasionado en
las noches solitarias, sigue consecuentemente el Fausto de la segunda parte, el Fausto del
nuevo siglo, el tipo de una actividad puramente práctica, de amplio horizonte y orientada
hacia fuera. Goethe, psicólogo, ha previsto el futuro de Europa occidental. He aquí la
civilización ocupando el puesto de la cultura, el mecanismo externo en lugar del
organismo interno, el intelecto, petrificación del alma, substituyendo al alma extinta.
Como Fausto al principio y al final del poema, así se oponen en la antigüedad el heleno
de la época de Perícles y el romano de la época de César.
14
Mientras el hombre vive simplemente, naturalmente, evidentemente, una cultura en
plenitud, su vida tiene una actitud indeliberada. Su moral es instintiva; podrá
revestir mil formas discutibles, pero en si misma no es discutida, porque es hondamente poseída.
Pero cuando la vida declina; cuandosobre el suelo de las grandes urbes, que son
ahora por sí mismas mundos espiritualesse hace necesaria una teoría para poner la
vida en escena y ordenarla; cuando la vida se torna objeto de la contemplación, entonces
la moral se convierte en problema. La moral culta es la moral que se posee; la
moral civilizada es la moral que se busca. Aquélla es demasiado profunda para poderse
extraer con los instrumentos de la lógica; ésta en cambio es función de la
lógica. Todavía en Kant y en Platón la ética es simple dialéctica, juego de
conceptos, redondeamiento de un sistema metafísico. En último término, hubiérase
podido prescindir de ella. El imperativo categórico no es mas que la concepción
abstracta de algo que para Kant no era problema. Ya esto no puede decirse a partir de
Zenón y de Schopenhauer. Ahora hay que buscar, hay que inventar, hay que extraer, para
servir de regla a la realidad, algo que el instinto ya no garantiza. Ahora comienza la
ética civilizada, que no es el reflejo de la vida sobre el conocimiento, sino el reflejo
del conocimiento sobre la vida. En todos estos sistemas inventados, que llenan los
primeros siglos de todas las civilizaciones, se siente no sé qué de artificioso,
inánime y verdadero a medias. No son ya aquellas creaciones íntimas, casi supra
terrestres, que pueden codearse con las artes mayores.
Ahora desaparece toda metafísica de estilo grandioso, toda intuición pura, ante
la urgencia actual de establecer una moral práctica que sirva de regla para la
vida, porque la vida no puede ya regularse por si misma. La filosofía hasta Kant,
Aristóteles y las doctrinas Yoga y Vedanta, ha sido una serie de poderosos sistemas
cósmicos en que la ética formal ocupaba un lugar modesto. Pero ahora la
filosofía se convierte en filosofía moral, con un fondo de metafísica. La pasión
gnoseológica abandona la hegemonía a la necesidad práctica; el socialismo, el
estoicismo, el budismo, son filosofías de este estilo.
Contemplar el mundo no desde la altitud de un Esquilo, de un Platón, de un
Dante, de un Goethe, sino desde el punto de vista de la necesidad diaria y la realidad
apremiante, es lo que yo llamo cambiar en orden a la vida la perspectiva del pájaro
por la perspectiva de la rana. Justamente éste es el descenso de una cultura a una
civilización. Toda ética formula la visión que el alma tiene de su sino: heroica o
práctica, grande o vulgar, viril o senil. Y por eso distingo yo una moral trágica
y una moral plebeya. La moral trágica de una cultura conoce y comprende el peso de
la realidad; pero de este conocimiento extrae el sentimiento del orgullo, para
sobrellevarla.
Así sentían Esquilo, Shakespeare y los pensadores de la filosofía bramánica;
asi también Dante y el catolicismo germánico.
Ello se expresa en el rudo coral bélico del luteranismo: «Firme castillo es
nuestro Dios»; y aun en la Marsellesa resuena algo de ese sentimiento. La moral
plebeya, en cambio, la moral de Epicuro y de los estoicos, la moral de las sectas en
tiempos de Buda, la moral del siglo XIX, combina un plan de batalla para eludir el sino.
Lo que Esquilo hacia grande, los estoicos lo hacían pequeño. No es ya la abundancia, es
la pobreza, la frialdad y el vacío de la vida; los romanos han llevado hasta un punto
grandioso esa frialdad y vacío intelectuales. Y la misma relación existe entre el pathos
ético de los grandes maestros del barroco, Shakespeare, Bach, Kant, Goetheque
tenían la voluntad viril de dominar interiormente las cosas naturales porque se
sabían superiores a ellas, y los afanes de la modernidad europea, que aspira a
quitarlas de en mediobajo la forma de solicitud, humanidad, paz universal, felicidad
del mayor númeroporque se siente en el mismo plano que ellas.
También es esto una manifestación de la voluntad de potencia opuesta, por
tanto, a la sumisión «antigua» ante lo inevitable; también se manifiesta aquí la
pasión y propensión al infinito; pero hay una diferencia entre la grandeza metafísica y
la grandeza material de la superación. Falta la profundidad; falta lo que nuestros
antepasados llamaban Dios. El sentimiento cósmico de la acción, que actuó en
todo gran hombre, desde los güelfos y gibelinos hasta Federico el Grande, Goethe y
Napoleón, ha decaído hasta convertirse en una filosofía del trabajo; y es
indiferente para el rango interior de la persona que ésta condene o defienda dicha
filosofía. El concepto culto de la acción es al concepto civilizado del trabajo como la
actitud del Prometeo de Esquito a la de Diógenes. Aquél es un hombre padeciendo y
aguantando; éste es un holgazán. Galileo, Keplero, Newton llevaron a cabo hazañas
científicas; el físico moderno produce trabajo erudito. Y a pesar de las grandes
palabras que se pronuncian desde Schopenhauer hasta Shaw, es moral plebeya, moral de la
existencia consuetudinaria y de la «sana razón» la que sirve de base a toda reflexión
sobre la vida.
15
Cada cultura tiene, pues, su propia manera de extinguirse espiritualmente: y
esa manera de extinguirse no puede ser más que una: la que necesariamente se
derive de toda su vida anterior. Por eso el budismo, el estoicismo, el socialismo son
manifestaciones finales que se equivalen morfológicamente.
El último sentido del budismo ha sido siempre hasta hoy mal interpretado. El budismo no es un movimiento puritano, como el Islam o el jansenismo; no es una reforma, como la corriente dionisíaca que se opuso al apolinismo; no es una nueva religión, como la de los Vedas y del apóstol San Pablo [123]; es una emoción final, puramente práctica, emoción de los hombres urbanos, cansados, que tiene detrás de sí una cultura completa y carecen de futuro interior; es el sentimiento fundamental de la civilización india, y por eso «corresponde» y equivale al estoicismo y al socialismo. La quintaesencia de este pensar profano, nada metafísico, se encuentra en el famoso sermón de Benares, en las
«cuatro verdades sagradas del padecimiento», por medio de las cuales el
príncipe filósofo ganó sus primeros partidarios. Las raíces de esta concepción se
hallan en la filosofía racionalista y atea de Sankhya, cuya intuición del mundo es
tácitamente presupuesta; no de otro modo que la ética social del siglo XIX se origina en
el sensualismo y materialismo del siglo XVIII y la doctrina estoica procede de Protágoras
y los sofistas, a pesar de su superficial apología de Heráclito. En todos estos casos,
el punto de partida de la reflexión moral es la omnipotencia de la razón. No se menciona
para nada la religión, en tanto que por religión se entiende la fe en ciertas
proposiciones de carácter metafísico.
No hay nada más extraño a la religión que estos sistemas, en su forma
originaria. Aquí no nos referimos a las transformaciones que hayan sufrido en los
estadios posteriores de la civilización.
El budismo rechaza toda reflexión sobre Dios y los problemas cósmicos. Para él
lo único importante es el yo, el arreglo de la vida real. Tampoco reconoce el alma. Así
como el psicólogo europeo actualy con éste el «socialista»resuelve el
hombre interior en un haz de sensaciones, en un conjunto de energías
químico-eléctricas, asi también el indio de la época de Buda. El maestro Nagasena
demuestra al rey Milinda que las partes del coche en que viaja no son el coche mismo y que
«coche» es una mera palabra; otro tanto, empero, sucede con el alma. Los elementos
psíquicos son llamados skandhas, montones, que tienen el carácter de efímeros.
Esto corresponde perfectamente a las representaciones de la psicología asociacionista.
Hay mucho materialismo en la teoría de Buda [124].
Así como el estoico recoge en Heráclito el concepto del logos, para
descalificarlo en el sentido material; así como el socialismo, en sus fundamentos
darwinistas, toma en sentido externo el profundo concepto goethiano de evolución (a
través de Hegel), así también el budismo se apropiad concepto bramánico del carman
representación casi incomprensible para nosotros de una realidad que en la actividad se
perfecciona, tratándolo muchas veces en sentido materialista, como una materia
cósmica en constante transformación.
He aquí, pues, tres formas de nihilismo, usando el término en el sentido de
Nietzsche. Los ideales de ayer, las formas religiosas, artísticas, políticas, fruto de
los siglos, han terminado; pero este último acto de la cultura, su autonegación,
manifiesta una vez más el símbolo primario de su existencia toda. El nihilista fáusticoIbsen
como Nietzsche, Marx como Wagner destruye los ideales; el nihilista apolíneoEpicuro
como Antístenes y Zenónlos contempla caer; el nihilista indio, ante ellos, se
recoge en sí mismo. El estoicismo endereza su afán hacia la conducta del individuo,
hacia una realidad estatuaria puramente actual, sin referencia al futuro ni al pasado ni a
los demás. El socialismo es la elaboración del mismo tema, solo que en sentido
dinámico: la misma defensa, referida, no a la actitud, sino a la actuación de la vida,
pero con un poderoso rasgo de alcance lejano, apuntando al futuro todo y a la masa integra
de los hombres, que deben someterse a un método único. El budismoque sólo
un diletante de la investigación religiosa puede comparar con el cristianismo
[125]casi es indefinible con las palabras de los idiomas occidentales. Pero puede
hablarse de un nirvana estoico y recordar la figura de Diógenes; y también seria
justificado el término de nirvana socialista, refiriéndonos a esa huida ante la lucha
por la vida que el cansancio europeo encubre con los lemas de paz universal, humanidad y
fraternidad de todos los hombres. Pero nada de esto llega al concepto budista del nirvana,
cuya profundidad desazona. Dijérase que el alma de las viejas culturas, al morir y pulir
sus postreros refinamientos, defiende celosamente su propiedad más propia, su contenido
formal más íntimo, el símbolo primario que con ella nació. No hay nada en el budismo
que pueda ser «cristiano»; no hay nada en el estoicismo que reaparezca en el Islam del
año 1000 de J. C.; no tiene Confucio nada de común con el socialismo. La frase si duo
faciunt idem, non est idemesta, frase debiera servir de divisa a toda
consideración histórica, que se refiere al devenir viviente, nunca repetido, y no a los
productos muertos reductibles a lógica, causalidad y númerovale muy especialmente
para estas manifestaciones que rematan el movimiento de una cultura. En todas las
civilizaciones una realidad impregnada de alma es aniquilada por otra realidad
impregnada de espíritu; pero este espíritu es en cada caso de estructura
diferente y se halla sometido en cada caso a un lenguaje formal de diferente simbolismo.
Justamente, a pesar de ser única la realidad que actuando en lo inconsciente crea cada
una de esas formas de la superficie histórica, tiene decisiva significación el
parentesco de todas ellas, situadas en un mismo período histórico. Distinto es lo
que cada una manifiesta; pero el hecho de manifestarlo así las caracteriza a todas como
«correspondientes». La renuncia de Buda produce una sensación de estoicismo; la
renuncia estoica a la vida plena y resuelta, una sensación de budismo. Ya anteriormente
hemos hecho notar la relación entre la catharsis del drama ático y la idea del nirvana.
El socialismo éticoaunque un siglo entero ha estado elaborándolo da la
impresión de no poseer aún la forma clara, dura y resignada que ha de ser su concepción
definitiva. Quizá los próximos decenios le impriman una fórmula perfecta, corno Crisipo
a las teorías de los estoicos. Sin embargo, esa su tendencia a la disciplina personal y a
la renuncia, arraigada en la conciencia de un gran destino; sus elementos romanoprusianos
e impopulares producen ya hoy en los círculos más elevados y selectos una impresión de
estoicismo; y su menosprecio del momentáneo placer, del «carpe diem», recuerdan
el budismo. El ideal popular, a quien el socialismo exclusivamente debe su eficacia hacia
abajo y su extensión; el culto de la ²don® [126], no del individuo por si, sino
de los individuos en nombre de la totalidad, aparecen seguramente con un marcado acento
epicúreo.
Toda alma tiene religión. Religión no es mas que otra palabra para expresar la
existencia de un alma. Todas las formas vivas en que el alma se manifiesta, todas las
artes, las doctrinas, los usos, todos los mundos de formas metafísicas y matemáticas,
todo ornamento, toda columna, todo verso, toda idea es, en lo profundo, religioso y tiene
que serlo. Pero desde ahora ya no puede serlo. La esencia de toda cultura es
religión; por consiguiente, la esencia de toda civilización es irreligión.
También estas dos palabras designan una y la misma cosa. El que no sienta la irreligión
en las creaciones de Manet, comparadas con las de Velázquez; en las de Wagner, comparadas
con las de Haydn; en las de Lisipo, comparadas con las de Fidias; en las de Teócrito,
comparadas con las de Píndaro, es que no sabe discernir las excelencias del arte.
Religiosa es todavía la arquitectura del rococó, incluso en sus creaciones más
profanas. Irreligiosos son los edificios romanos, incluso los templos de los dioses. El
único trozo de arquitectura realmente religioso que hay en Roma es el Panteón, la
mezquita primitiva, cuyo espacio interior está lleno de un sentimiento mágico de la
divinidad. Las urbes cosmopolitas, si se comparan con las viejas ciudades cultasAlejandría
comparada con Atenas, París con Brujas, Berlín con Nuremberg, son todas
irreligiosaslo cual no debe confundirse con antirreligiosasen todos sus
detalles; en el panorama callejero, en la lengua, en la expresión seca e inteligente de
los rostros [127]. Irreligiosas, inánimes, son, pues, también esas emociones éticas
universales, que pertenecen integras al idioma de formas de las grandes urbes. El
socialismo es el sentimiento vital fáustico, pero sin religiosidad; otro tanto puede
decirse de ese supuesto («verdadero») cristianismo que el socialista inglés tanto gusta
de exhibir, concibiéndolo como una especie de «moral sin dogmas». Irreligiosos son el
estoicismo y el budismo si los comparamos con la religión órfica y védica; y nada
significa el hecho de que el estoico romano acepte y practique el culto imperial, o de que
el budista posterior niegue, convencido, su ateísmo, o de que el socialista se declare
adherido a un pensamiento religioso libre y diga que «cree en Dios».
Esta extinción de la religiosidad interior viviente, que va cundiendo poco a
poco por todas las partes de la realidad, aun las más insignificantes, es lo que en el
panorama histórico caracteriza el tránsito de la cultura a la civilización, el climacterium
[128] de la cultura, como en otro lugar lo he llamado, el recodo en que se agota
para siempre la productividad anímica de un tipo humano y en que la construcción
substituye a la creación. Si se toma la palabra improductividad en su pleno sentido
primitivo, es éste Justamente el término que designa el sino integro del hombre
occidental, todo cerebro; y entre los símbolos más significativos de la historia hay que
poner el hecho de que este cambio se manifiesta no sólo en la extinción de las artes
mayores, de las formas sociales, de los grandes sistemas intelectuales y, en general, del
gran estilo, sino también en sentido corporal, en la disminución de los nacimientos, en
la muerte de las razas civilizadas, separadas del campo; fenómeno que en el Imperio
romano y en el chino fue advertido y lamentado, pero que no pudo remediarse, como se
comprende fácilmente [129].
16
Ante estas formas nuevas, puramente espirituales, no caben dudas sobre el sujeto
viviente que las sustenta. Es el «hombre moderno», el hombre que todas las épocas de
decadencia han concebido como un compendio de ricas esperanzas; es la plebe informe que se
desparrama por las grandes ciudades, substituyendo al pueblo; es la masa humana
desarraigada, oß polloÛ [130]. como decían en Atenas, que substituye a la
humanidad de los paisajes cultos, humanidad que crece con la naturaleza misma y sigue
siendo aldeana sobre el suelo de las ciudades; es el ocioso del ágora alejandrina y
romana y su «correspondiente», el moderno lector de periódicos; es el «hombre
educado», que practica el culto de la medianía espiritual en el tabernáculo de la
publicidad, antaño como hoy; es el hombre de teatros y de placer, de deportes y de modas
literarias, tanto en la antigüedad como en Occidente. El objeto de la propaganda estoica
y socialista es esa masa que se manifiesta tardíamente, y no «la humanidad».
Iguales fenómenos podrían indicarse en el Imperio nuevo de Egipto, en la India budista,
en la China de Confucio.
A este tipo de hombre corresponde una forma característica de la actuación
pública: la diatriba [131], Observada primeramente como fenómeno del helenismo,
la diatriba pertenece, en realidad, a las formas de actuación que aparecen en toda época
civilizada. Es dialéctica, práctica, plebeya; substituye las figuras significativas,
ampliamente influyentes, de los grandes hombres por la agitación ilimitada de los
pequeños, pero sagaces; convierte las ideas en fines, los símbolos en programas.
La diatriba contiene también el elemento expansivo de toda civilización,
sucedáneo imperialista de las riquezas interiores del alma, substituidas ahora por el
espacio externo. La cantidad suplanta a la calidad, la propagación a la hondura. Esta
actividad superficial y precipitada no debe confundirse con la voluntad fáustica de
potencia. Revela simplemente que ha terminado la vida interior creadora y que ahora sólo
se conserva una existencia espiritual externa, material, en el espacio de las grandes
urbes. La diatriba pertenece por necesidad a la «religión de los irreligiosos»; es su cura
de almas. Aparece en la forma del sermón indio, de la retórica antigua, del
periodismo occidental. Se dirige a los más, no a los mejores. Valora sus medios según el
número de los éxitos. En lugar del grupo grave de pensadores que florecen en los
tiempos pasados, se nos presenta ahora una prostitución intelectual en los
escritos y los discursos, en las salas y plazas de las grandes urbes. Toda la filosofía
del helenismo es retórica; y el sistema social-ético, como la novela de Zola y el drama
de Ibsen, es periodismo. No debe confundirse esta prostitución espiritual con la
primitiva aparición del cristianismo. La misión cristiana ha sido casi siempre mal
entendida en su núcleo esencial [132]. Pero el cristianismo primitivo, la religión
mágica del fundador, cuya alma era incapaz de tan brutales actividades, sin ritmo ni
hondura, fue inducida por la práctica helenística de San Pablo [133]quien, como es
sabido, hubo de vencer una oposición terminante de la primitiva comunidada actuar
en la ruidosa publicidad urbana y demagógica del Imperio romano. Por leve que haya sido
la educación helenística de San Pablo, ella bastó para hacer del apóstol un miembro de
la civilización antigua. Jesús hablaba a pescadores y aldeanos; San Pablo sale a la
plaza pública, al ágora de las grandes urbes, y emplea, por lo tanto, la forma urbana de
la propaganda. La palabra pagano revela quiénes fueron los últimos a
quienes alcanzó esa propaganda.
¡Qué diferencia entre San Pablo y San Bonifacio! Este, con su pasión
fáustica, en bosques y valles solitarios, significa exactamente lo contrario que San
Pablo. Y lo mismo los alegres cistercienses con su agricultura, y los caballeros de las
Ordenes alemanas en el Oriente eslavo. Aquí otra vez se respira la juventud, el
florecimiento, el anhelo, en medio de un paisaje aldeano. Hasta el siglo XIX no aparece en
este suele, ya envejecido, la diatriba con todos sus elementos esenciales: la gran urbe
como base y la masa como público. El aldeano auténtico queda excluido de la
consideración socialista, como de la estoica y de la budista. El tipo de San Pablo no
encuentra parejo hasta que llegamos al estadio de las grandes urbes occidentales, ya se
trate de corrientes cristianas o antieclesiásticas, de intereses sociales o teosóficos,
de librepensamiento o de fundaciones del arte industrial religioso.
Para esta decisiva conversión hacia la vida externa
(único resto que hoy queda), hacia el hecho biológico que frente al sino aparece en la
forma de relaciones causales, nada es tan característico como el pathos ético con que se
proclama una filosofía de la digestión, de la nutrición, de la higiene. Los temas del
vegetarianismo y del alcoholismo son tratados con seriedad religiosa. Estos son, a ojos
vistas, los más importantes problemas a que la «humanidad moderna» puede encumbrarse.
Tal es la perspectiva batracia de estas generaciones. En cambio, las religiones
que nacen en el umbral de las grandes culturas, la religión órfica, védica, el
cristianismo de Jesús y el cristianismo fáustico de los germanos caballeros, hubieran
considerado indigno el descender, siquiera momentáneamente, a cuestiones de esa índole.
Ahora el estudiarlas es una elevación. El budismo es inimaginable sin una dieta corpórea
unida a la dieta psíquica. En el circulo de los sofistas, de Antístenes, de los estoicos
y escépticos, estos temas adquieren cada día más importancia. Aristóteles ha escrito
sobre el alcohol; hay toda una serie de filósofos que se han ocupado del vegetarianismo;
y entre el método fáustico y el apolíneo sólo existe esta diferencia: que el cínico
se interesa por su propia digestión y Shaw se interesa por la digestión «de todos los
hombres». Aquél, renuncia; éste, prohíbe. Es sabido que el mismo Nietzsche, en su Ecce
homo, ha tocado con complacencia a esta clase de temas.
17
Consideremos una vez más el socialismo, independientemente del movimiento
económico que lleva el mismo nombre.
El socialismo es el ejemplo fáustico de una ética civilizada. Lo que dicen de
él sus amigos y sus enemigos, a saber: que es la forma del futuro o que es un signo de
decadencia, es por igual exacto. Todos somos socialistas, sepámoslo o no, querámoslo o
no. Aun la oposición al socialismo es socialista.
Todos los antiguos de la época postrimera fueron estoicos con la misma
forzosidad interna, sin saberlo. El pueblo romano, como cuerpo, tiene un alma estoica. El
remano auténtico, justamente el que lo hubiera negado con mayor decisión, es estoico en
grado más eminente que ningún griego hubiera podido serlo. El idioma latino de los
últimos siglos precristianos es la creación más poderosa del estoicismo.
El socialismo ético representa el máximum posible de un sentimiento vital
desde el punto de vista de los fines [134]. Pues la dirección dinámica de la
existencia, que se revela en las palabras tiempo y sino, transfórmase en el mecanismo
espiritual de los medios y los fines tan pronto como se torna rígida, consciente y
conocida. La dirección es lo viviente; el fin es lo muerto. La pasión del avance es en
general fáustica; el residuo mecánico, el «progreso», es socialista. Son una a otro
como el cuerpo al esqueleto. Y aquí se expresa al mismo tiempo la diferencia del
socialismo con el budismo y el estoicismo, cuyos ideales de nirvana y ataraxia son
también mecánicos, pero ignoran la pasión dinámica del espacio, la voluntad de
infinito el pathos de la tercera dimensión.
El socialismo éticoa pesar de sus ilusiones superficialesno es
un sistema de la compasión, de la humanidad, de la paz y de la solicitud, sino un sistema
de la voluntad de potencia. Lo demás es ilusión engañosa. El propósito es por completo
imperialista: bienandanza, sí, pero en sentido expansivo, no de los enfermos, sino de los
fuertes, a quienes se quiere dar la libertad de acción, aunque sea por la violencia, una
libertad no estorbada por los obstáculos de la propiedad, del nacimiento y de la
tradición. Entre nosotros la moral sentimental, la moral orientada hacia la «felicidad»
y el provecho no es nunca el último instinto, por mucho que se ilusionen los
sujetos de esos instintos. En la cúspide de la modernidad moral habrá que poner siempre
a Kant, que es en este caso el discípulo de Rousseau. La ética de Kant rechaza el motivo
de la compasión y acuna la fórmula siguiente: «Obra de manera que...» Toda
ética de este estilo quiere ser la expresión de la voluntad de infinito; esta voluntad,
empero, exige la superación del instante, de la actualidad, de los planos primeros de la
vida. En lugar de la fórmula socrática «Virtud es saber», puso ya Bacon el aforismo
«Saber es poder». El estoico toma el mundo como es. El socialista quiere reorganizarlo,
cambiar su forma y su contenido, henchirlo de su propio espíritu. El estoico se
adapta. El socialista manda. El mundo entero debe llevar la forma de su intuición;
asi puede traducirse a lo ético la idea de la Critica de la razón pura. Este es
el sentido último del imperativo categórico aplicado a lo político, a lo social, a lo
económico: obra como si la máxima de tu acción debiera convertirse en ley universal
por medio de tu voluntad. Esta tendencia tiránica reaparece incluso en las más
mezquinas manifestaciones del tiempo.
No la actitud y los ademanes, sino la actividad es lo que hay que plasmar. Entre
nosotros, como en China y en Egipto, la vida cuenta sólo en tanto que es acción. Y así
resulta que, habiéndose el cuadro orgánico de la acción transformado en un mecanismo,
surge el trabajo, en el sentido actual, como forma civilizada de la actuación
fáustica. Esta moral, el afán de dar a la vida la forma más activa imaginable, es
más fuerte que la razón, cuyos programas morales, por muy santa, muy fervorosa que sea
la fe en ellos y muy apasionada su defensa, son sólo eficaces cuando están orientados en
la dirección de ese afán o cuando son traducidos en el sentido de esa tendencia.
Todo lo demás son palabras vanas. Hay que distinguir en todo lo moderno, por una
parte, el aspecto popular, el dolce far niente, el cuidado de la salud, de la
felicidad, la despreocupación, la paz universal, en suma, el aspecto llamado cristiano; y
por otra parte, el ethos superior, que sólo estima la acción y que para las masascomo
todo lo fáusticono es ni inteligible ni deseable, la idealización grandiosa del
fin y -por lo tanto del trabajo. SÍ frente al «panem et circenses», postrer
símbolo vital epicúreo-estoico y, en última instancia, indio también, queremos
contraponer el símbolo correspondiente del Septentrión e igualmente de la vieja China y
de Egipto, habrá de ser éste el derecho al trabajo, que sirve ya de fundamento al
socialismo de Estado, concebido por Fichte en sentido enteramente prusiano, hoy europeo, y
que en los próximos y fecundos estadios de esta evolución habrá de encumbrarse hasta el
deber del trabajo.
Por último, el rasgo napoleónico, el aere perennius, la voluntad de
duración. El hombre apolíneo volvía la mirada hacia una edad de ore; esto le
dispensaba de tener que pensar en lo futuro. El socialistaFausto moribundo en la
segunda parte- es el hombre de la solicitud histórica, de lo venidero, el hombre que
siente el futuro como un problema y un propósito frente al cual la felicidad del momento
resulta despreciable. El espíritu antiguo, con sus oráculos y sus augures quería saber
el futuro; el espíritu occidental quiere crear el futuro. El tercer reino es el
ideal germánico, un eterno amanecer al cual han sacrificado su vida todos los grandes
hombres desde Joaquín de Floris hasta Nietzsche e Ibsensaetas del anhele lanzadas
la otra orilla, como dice en Zaratustra. La vida de Alejandro fue una maravillosa
borrachera, un ensueño que evoca la edad de Homero. La vida de Napoleón fue un trabajo
ingente, no para sí, no para Francia, sino para el futuro.
En este punto es preciso retroceder y recordar cuan distintas representaciones de
la historia universal han forjado las diferentes culturas. El hombre antiguo sólo
veía su propia existencia, su historia, como inmóvil proximidad, sin preguntar nunca:
¿de dónde?, ¿a dónde?. La historia universal era para él un concepto imposible. Su
concepción de la historia era estática. El hombre mágico percibe en la historia el gran
drama cósmico entre la creación y la destrucción, la lucha entre el alma y el
espíritu, el bien y el mal, Dios y el diablo, un suceso rigurosamente circunscrito con
una -peripecia singular a modo de cumbre: la aparición del Salvador. El hombre
fáustico ve en la historia una evolución tensa, orientada hacia un fin. La serie:
Antigüedad, Edad Media, Edad Moderna es para él una imagen dinámica. No puede
representarse la historia de otro modo. Sin duda, ésta no es la historia universal en sí
misma y en su generalidad, sino simplemente la imagen de una historia universal de estilo
fáustico, que comienza a ser verdadera y real cuando despierta la conciencia fáustica y
que cesará de serlo cuando se extinga. Pero el socialismo, en su elevado sentido, es
remate lógico y práctico de esta representación. En el socialismo recibe la imagen la
conclusión que venía preparándose desde la época gótica.
Y aquí surge la tragedia del socialismo, tragedia que no conocieron ni el
estoicismo ni el budismo. Nietzsche es perfectamente claro y certero¡qué profunda
significación tiene este hecho!cuando trata de lo que debe ser destruido,
transvalorado; en cambio, se pierde en nebulosas generalidades en cuanto se ocupa de la
orientación futura, del fin. Su crítica de la decadencia es irrefutable; su teoría del
Superhombre es una nube inconsistente. Y lo mismo puede decirse de Visen -Brand y
Rosmersholm, Juliano el Apóstata y el arquitecto Solness, de Hebbel, de Wagner, de
todos. En esto se manifiesta una profunda necesidad, pues a partir de Rousseau no le queda
esperanza al hombre fáustico, por lo que se refiere al gran estilo de la vida. Algo se
acaba. El alma nórdica ha agotado sus posibilidades internas; no le queda ya mas
que el tormentoso afán de dinamismo, tal como se manifiesta en las visiones
histórico-universales del futuro, que se tienden sobre milenios; no le queda ya mas que
el mero impulso, la pasión añorando la creación, una forma sin contenido. El alma
fáustica fue voluntad y nada más; necesitaba un propósito al que orientar sus anhelos
colombinos; tenia que fingir, al menos, un sentido y fin de su actividad, y asi el
observador fino encuentra un rasgo de Hialmar Ekdal en toda modernidad, aun en sus más
elevadas manifestaciones. Ibsen lo ha llamado la mentira de la vida. Ahora bien: algo de
esta mentira vital hay en toda la espiritualidad de la civilización europea, en tanto que
se orienta hacia un futuro religioso, artístico, filosófico, hacia un fin ético-social,
hacia un tercer reino; pero en el fondo de todo hay un obscuro sentimiento que no quiere
enmudecer, el sentimiento de que todo ese celo infatigable es simplemente la ilusión
desesperada de un alma que ni puede ni debe inmovilizarse. De esta situación trágicainversión
del motivo de Hamletha nacido la poderosa concepción nietzscheana del eterno
retorno, concepción en la que Nietzsche no ha creído nunca con la conciencia tranquila,
pero que hubo de mantener para salvar en su pecho el sentimiento de una misión. Esa
mentira vital es también la base en que se sostiene Bayreuth, que quiso ser algo,
por oposición a Pérgamo, que fué algo. Y un rastro de esa mentira lleva en si
también todo socialismo, el político, el económico, el ético, que guarda un silencio
violento sobre la gravedad aniquiladora de sus últimas nociones, para salvar la ilusión
de la necesidad histórica de su existencia.
18
Dos palabras aún sobre la morfología de la historia de la filosofía.
No hay filosofía en general. Cada cultura tiene su propia filosofía, que es una
parte de su expresión simbólica. La filosofía, con sus problemas y sus métodos
intelectuales, constituye una ornamentación espiritual que guarda estrecho parentesco con
la de la arquitectura y la del arte plástico. Consideradas desde la altura y la lejanía,
resultan accidentales y de poca importancia las «verdades» expresadas en palabras por
tal o cual pensador en el seno de su escuelapues escuela, convención y tesoro de
formas son aquí, como en las artes mayores, el elemento fundamental. Las preguntas
son infinitamente más importantes que las respuestas, y lo son por el sentido con que se
verifica su selección y se plasma su forma interna; pues la especial manera como un
macrocosmos se ofrece a la pupila inteligente del hombre de determinada cultura es la que
de antemano informa la necesidad y la índole de toda pregunta.
La cultura antigua y la cultura fáustica, y no menos la india y la china, tienen
su propia manera de plantear sus grandes cuestiones y las plantean todas al
principio de su vida.
No hay problema moderno que el gótico no haya visto y reducido a forma. No hay
problema helenístico que no haya surgido ya antes en las doctrinas de la religión
órfíca.
Y lo mismo da que esta costumbre de cavilar nociones intelectuales se manifieste
por tradición oral o en libros; lo mismo da que los escritos sean creaciones personales
de un yo, como sucede en nuestra literatura, o formen una masa anónima de textos,
continuamente vacilante, como en la India; lo mismo da que surja una serie de sistemas
conceptuales o que las últimas nociones se expresen en las formas del arte y de la
religión, como en Egipto. El curso de esos ciclos de Pensamientos es por doquiera el
mismo. Al principio, en toda época primitiva, la filosofía se da la mano con la gran
arquitectura y la religión; la filosofía, entonces, es el eco espiritual de una
experiencia íntima, profundamente metafísica, y su
fin es confirmar por manera crítica la sagrada causalidad del cuadro cósmico,
tal como lo contemplan los ojos de los fieles [135]. Las distinciones fundamentales, no
sólo de la ciencia natural, sino aun de la filosófica, dependen de los elementos
religiosos; se han desprendido de la religión correspondiente. En este período primitivo
los pensadores son sacerdotes, no sólo por el espíritu, sino por la clase y
profesión misma a que pertenecen. Así sucede en la escolástica y la mística de los
siglos góticos y védicos, como de los homéricos [136] y arábigos primeros [137]. Al
irrumpir el período posterior, la filosofía se hace ciudadana y profana. Se liberta de
la servidumbre religiosa y se atreve a convertir la religión misma en objeto de los
métodos gnoseológicos. El gran tema de la filosofía brahmánica, jónica y barroca es
el problema del conocimiento. El espíritu ciudadano se vuelve hacia su propia imagen para
dejar bien sentado que él es la última instancia del saber. Por eso el pensar aparece
ahora en la proximidad de la alta matemática, y en vez de sacerdotes encontramos ahora
hombres de mundo, estadistas, comerciantes, descubridores, hombres probados en los altos
cargos y las grandes empresas. Y estos hombres fundan sobre una profunda experiencia vital
su «pensamiento del pensamiento». Es ésta la serie de las grandes figuras, desde Thales
hasta Protágoras, desde Bacon hasta Hume, la serie de los pensadores preconfucianos y
prebudistas, de los cuales no sabemos apenas otra cosa sino que han existido.
Al término de esa serie hállanse Kant y Aristóteles [138].
Lo que comienza después de ellos es filosofía de época civilizada. En toda
gran cultura hay un pensar ascendente que plantea los problemas primarios y los va
agotando con la potencia creciente de su expresión espiritual, en respuestas siempre
nuevasrespuestas que, como hemos dicho, tienen un sentido ornamental; y
hay otro pensar descendente, para el cual los problemas del conocimiento están ya
resueltos, pasados, y se han tornado insignificantes. Existe un período metafísico, de
acepción primero religiosa y luego racionalista, en que el pensamiento y la vida son aún
caóticos y de su propia exuberancia extraen formas cósmicas. Sigue a éste un periodo
eticista, en que la vida de las grandes urbes se aparece a si misma como problemática y
aplica a su mantenimiento y conservación el último resto de potencia creadora
filosófica.
En el período metafísico se manifiesta la vida; el período eticista
toma la vida como objeto. Aquél es teorético, contemplativo en el sentido más
elevado de esta palabra; éste, por necesidad, es práctico. Todavía el sistema de Kant
es intuitivo en sus grandes líneas y solo posteriormente recibe una
ordenación y fórmula de carácter lógico, sistemático.
Una prueba de esto es la relación de Kant con las matemáticas. El que no haya
penetrado en el mundo de las formas numéricas, el que no haya vivido los números como
símbolos no puede ser un auténtico metafísico. En realidad, los grandes pensadores del
barroco fueron los que crearon el análisis; y otro tanto mutatis mutandis
puede decirse de los presocráticos y Platón. Descartes y Leibnitz, con Newton y Gauss;
Pitágoras y Platón, con Archytas y Arquímedes, son las cumbres del pensamiento
matemático. Pero ya Kant es, como matemático, insignificante. Ni penetró en las
últimas finezas del cálculo infinitesimal de entonces, ni se apropió la axiomática
leibnitziana. En esto se parece a su «correspondiente», a Aristóteles. A partir de
ahora ningún filósofo cuenta ya en la ciencia matemática. Fichte, Hegel, Schelling y
los románticos son completamente amatemáticos; lo mismo que Zenón y Epicuro.
Schopenhauer, en este terreno, es tan insuficiente que llega a la incapacidad; y de
Nietzsche no hablemos. Con el mundo de las formas numéricas piérdese una gran
convención. Desde entonces no sólo no hay ya tectonismo en los sistemas, sino que falta
eso que pudiéramos llamar el gran estilo del pensamiento. Schopenhauer se ha
calificado a sí mismo de pensador de ocasión.
La ética se ha desarrollado, rompiendo los límites de su esfera, que consistía
en ser parte de una teoría abstracta. Ahora ya la ética constituye la filosofía;
ella es la que incorpora a su sistema los demás territorios; la vida práctica se sitúa
en el centro de la consideración. Declina la pasión del pensamiento puro. La
metafísica, señora ayer, es hoy esclava. Su misión se reduce a proporcionar el
fundamento de un sentir práctico. Y ese fundamento mismo se hace cada día más
superfluo. Se olvida, se ridiculiza lo metafísico, lo impráctico, las «piedras en vez
del pan». En Schopenhauer, los tres primeros libros sirven como de introducción al
cuarto. Kant creía que lo mismo sucedía en su sistema. Pero en realidad para Kant
la razón pura, no la práctica, es todavía el centro de la creación filosófica. De la
misma manera se divide la filosofía antigua antes y después de Aristóteles. Antes es
una grandiosa concepción del cosmos, apenas enriquecida por una ética formal; después
es la ética misma, tomada en el sentido de un programa, de una necesidad, y asentada
sobre la base de una metafísica vacilante e insegura. Y cuando vemos la falta de
conciencia lógica con que Nietzsche, por ejemplo, construye rápido tales teorías,
sentimos la impresión de que ello no es motivo suficiente para rebajar el valor de su
filosofía propiamente dicha.
Es sabido que Schopenhauer [139] no pasó de la metafísica al pesimismo, sino
que fue el pesimismoque le acometió a los diez y siete añosel que le llevó
al desarrollo de su sistema. Shawextraño testimoniohace notar en su Breviario
de Ibsen que leyendo a Schopenhauer se puede muy bien como él diceadmitir
su filosofía, aun rechazando su metafísica. Esta expresión separa muy exactamente el
elemento que hace de Schopenhauer el primer pensador del tiempo nuevo y el otro elemento
que, según una tradición anticuada, debía haber en toda filosofía completa. Nadie en
Kant percibiría tal distinción. Nadie podría consumarla. En Nietzsche, en cambio, es
fácil demostrar que su «filosofía» fue enteramente una experiencia íntima, muy pronto
sentida, mientras que para satisfacer sus necesidades metafísicas se sirvió de rápidas
lecturas, defectuosas a veces, y ni siquiera consiguió exponer con exactitud su teoría
ética. En Epicuro y en los estoicos es también fácil distinguir dos capas superpuestas
de pensamientos: una viva, ética, adecuada a la época, y otra impuesta por la costumbre,
innecesaria, metafísica. Este fenómeno no deja duda alguna sobre la esencia de toda
filosofía civilizada.
La metafísica rigurosa ha agotado sus posibilidades. La urbe mundial ha
vencido definitivamente al campo; y su espíritu se construye ahora una teoría propia,
orientada necesariamente hacia fuera, una teoría mecanicista, inánime.
Con cierto derecho cabe hablar ahora de cerebro en vez de alma. Y como en el
«cerebro» occidental la voluntad de potencia, la orientación tiránica hacia el futuro,
hacia la organización de la totalidad, exige una expresión práctica, por eso la ética,
cuanto más va perdiendo de vista su pasado metafísico más adquiere un carácter éticosocial
y económico. La filosofía del presente, nacida de Hegel y Schopenhauer, es crítica
social cuando representa bien el espíritu del tiempo; en cambio Lotze y Herbart, por
ejemplo, permanecen fuera de esa caracterización.
La misma atención que el estoico concede a su cuerpo, concede el pensador
occidental al cuerpo social. No es fortuito el hecho de que la escuela, hegeliana haya
producido el socialismoMarx, Engels, el anarquismo Stirner y el
problematismo del drama socialHebbel. El socialismo es la economía nacional
disfrazada de ética, de ética imperativa.
Mientras hubo metafísica de gran estilo, es decir, hasta Kant, la economía
nacional fue sólo una ciencia; pero tan pronto como la «filosofía» significó
ética práctica, la economía vino a ocupar el puesto de la matemática y a ser la base
del pensamiento cósmico. Esta es la significación de Cousin, Bentham, Comte, Mill y
Spencer.
No es libre el filósofo de elegir su materia, ni la filosofía tiene siempre y
dondequiera la misma materia. No existen problemas eternos; los problemas son sentidos y
planteados por un determinado tipo de existencia. «Todo lo transitorio es un mero
símbolo»; esto mismo puede decirse de toda filosofía auténtica, que es la expresión
espiritual de una existencia, la realización de posibilidades psíquicas en un mundo de
formas conceptuales, de juicios, de razones, unidas en la viva realidad de un autor. Cada
una de ellas, desde la primera hasta la última palabra, desde el tema más abstracto
hasta el rasgo de carácter más personal, es un producto, un reflejo del alma en el
mundo, del reino de la libertad en el reino de la necesidad, de la vida inmediata en la
lógica espacial; y por lo tanto es algo transitorio, con un ritmo y duración
determinados. Por eso hay en la elección de tema una rigurosa necesidad.
Cada época tiene el suyo, que es significativo para ella y no para otra alguna.
No equivocarse en esto es lo que caracteriza al filósofo nativo. Lo demás de la
producción filosófica es insignificante, mera ciencia especializada, tedioso montón de
sutilezas sistemáticas y conceptuales.
Por eso la filosofía característica del siglo XIX: es sólo ética,
sólo crítica social en el sentido productivo, y nada más. Por eso sus representantes
más eminentes, si prescindimos de los prácticos, son los dramaturgos-y esto
concuerda con la actividad fáustica, junto a los cuales ningún filósofo de
cátedra significa nada con su lógica, su psicología o su sistemática.
Estos insignificantes, estos simples sabios son, empero, los que han escrito una
y otra vez la historia de la filosofíay ¡que historia! ¡Mera colección de datos
y «resultados»!; a ello justamente se debe el que nadie sepa hoy lo que es
historia de la filosofía y lo que debiera ser.
La profunda unidad orgánica en el pensamiento de esta época no ha sido
vislumbrada por nadie todavía. Su núcleo filosófico puede, sin embargo, reducirse a una
fórmula. Preguntémonos hasta qué punto es Shaw el discípulo que continúa y
perfecciona a Nietzsche. Y advierto que esta relación no tiene en mi pensamiento la menor
ironía. Shaw es el único pensador de altura que ha proseguido consecuente en la
dirección del verdadero Nietzsche, esto es, como critico productivo de la moral
occidental; y, por otra parte, ha sacado como poeta las últimas consecuencias de Ibsen.
En sus obras de teatro ha prescindido del resto que aun quedaba de forma artística,
convirtiéndolas en discusiones prácticas.
Nietzsche ha sido en todocuando el romántico rezagado que había en él no
determina el estilo, el tono y la actitud de su filosofíaun discípulo de los
decenios materialistas.
Lo que tan apasionadamente le atraía en Schopenhauer, sin darse él cuenta y sin
que nadie se haya dado cuenta, era aquel elemento de la doctrina schopenhauerniana que
destruye la metafísica de gran estilo y parodia involuntariamente al maestro Kant; me
refiero a la conversión de los profundos conceptos barrocos en nociones palpables y
mecánicas. Kant habla, en términos insuficientestras los cuales se oculta una
intuición poderosa, difícilmente accesible, del mundo como apariencia;
Schopenhauer dice en cambio; el mundo como fenómeno cerebral. Aquí se verifica la
transformación de la filosofía trágica en plebeyismo filosófico. Bastará citar un
pasaje. En El mundo como voluntad, y representación (II, cap. 19), dice: «La
voluntad, como cosa en sí, constituye la esencia interior, verdadera, indestructible del
hombre; pero en sí misma es, sin embargo, inconsciente. Porque la consciencia está
condicionada por el intelecto y éste es un mero accidente de nuestro ser, porque es una
función del cerebro, el cual, con los nervios adyacentes y la medula espinal, es un
simple fruto, un producto y hasta un parásito del organismo restante, por cuanto no
actúa directamente en los engranajes interiores, sino que sirve a los fines de la
conservación, regulando las relaciones del organismo con el mundo exterior.» Esta es
exactamente la concepción fundamental del materialismo más mezquino. No en vano
Schopenhauer, como antes Rousseau, habla aprendido la teoría en los sensualistas
ingleses. En ellos se acostumbró a mal interpretar a Kant, en el espíritu de la
modernidad urbana, enderezada al finalismo. El intelecto como instrumento de la voluntad
de vivir [140], como arma en la lucha por la existencia; eso que Shaw ha llevado a la
escena en forma grotesca [141], ese aspecto de Schopenhauer es el que, al aparecer la obra
capital de Darwin (1859), hizo de él al punto el filósofo de moda. Al contrario de
Schelling, Hegel, Fichte, fue Schopenhauer el único, cuyas fórmulas metafísicas
penetraron sin dificultad en la clase media espiritual. Su claridad, que tanto le
enorgullecía, linda en cada instante con la trivialidad. Le fue posible entonces, sin
renunciar a esas fórmulas envueltas en una atmósfera de profundidad y exclusivismo,
apropiarse toda la concepción civilizada del mundo. Su sistema es un darwinismo
anticipado, que se disfraza con el idioma kantiano y los conceptos indios. En su libro
La voluntad en la naturaleza (1835) encontramos ya la lucha por prevalecer en la
naturaleza, vemos ya al intelecto humano considerado como el arma más eficaz en esa
lucha, hallamos ya el amor sexual concebido como selección inconsciente [142], por
intereses biológicos.
Esta es la opinión que Darwin, pasando por Malthus, ha introducido con éxito
irresistible en su interpretación del mundo animal. Hay un hecho que demuestra el origen
económico del darwinismo, y es que este sistema, ideado en vista de la semejanza
entre los animales superiores y el hombre, no se acomoda al mundo vegetal y degenera en
verdaderas tonterías cuando, con su tendencia voluntarista (selección, mimicry),
se aplica seriamente a las formas orgánicas primitivas [143]. El darwinista entiende por
demostración un ordenamiento de los hechos, una explicación metafórica de los hechos,
que corresponde a su sentimiento fundamental histórico- dinámico de «evolución». El
«darwinismo», es decir, ese conjunto de opiniones tan diferentes y a veces
contradictorias, que sólo tienen de común la aplicación del principio causal a lo
viviente, esto es, un método y no un resultado, era ya conocido con todo detalle
en el siglo XVIII. Rousseau defiende en 1754 la teoría del hombre mono. Lo que Darwin ha
hecho es solamente construir el sistema manchesteriano, cuya popularidad se explica por
su contenido político latente.
Y aquí se revela la unidad espiritual del siglo. Desde Schopenhauer hasta Shaw, todos, sin sospecharlo, han dado forma al mismo principio. Todos van guiados por ideas evolucionistas, incluso los que, como Hebbel, ignoran a Darwin. Pero esas ideas evolucionistas no las toman en su profunda acepción goethiana, sino en su mezquina acepción civilizada, unas veces con el cuño biológico, otras con el económico. La conversión de la cultura en civilización hubo también de verificarse en la idea evolucionista, que es íntegramente fáustica.
Y que, en oposición a la entelequia aristotélica, concepto intemporal,
revela un afán apasionado de futuro infinito, una voluntad, un fin que
representa a priori la forma de nuestra intuición naturalista y no necesita
ser antes descubierta como principio, porque es inmanente al espíritu fáustico y sólo a
este. En Goethe la idea de evolución es sublime; en Darwin, mezquina. En Goethe es
orgánica; en Darwin, mecánica. En Goethe es una experiencia íntima, un símbolo; en
Darwin es conocimiento y ley. En Goethe se llama realización interna; en Darwin,
«progreso». La lucha por la existencia, que Darwin no percibió, sino que introdujo en
la naturaleza, es la acepción plebeya de ese sentimiento primario que en las tragedias de
Shakespeare mueve unas junto a otras las grandes realidades. Lo que en Shakespeare es
intuido íntimamente,
sentido como el sino y realizado en figuras, eso mismo es por Darwin
concebido como nexo casual y reducido a un sistema superficial de finalidades. Y este
sistema, no aquel sentimiento primario, es el que sirve de base a los discursos de
Zaratustra, a la tragedia de Los aparecidos, al problematismo del Anillo del
Nibelungo. Sólo que Schopenhauer, al que Wagner se mantuvo fiel, fue el primero de la
serie y percibió espantado su propio conocimientohe aquí la raíz de su pesimismo,
cuya suprema expresión es la música del Tristán, mientras que los
siguientes, Nietzsche sobre todo, se entusiasmaron con él, a veces no sin violencia.
La ruptura de Nietzsche con Wagnerúltimo acontecimiento grandioso
del espíritu alemánsignifica su cambio de maestro, su tránsito inconsciente de
Schopenhauer a Darwin; de la fórmula metafísica a la fórmula fisiológica para uno y el
mismo sentimiento cósmico; de la negación a la afirmación. Ambos reconocen un
mismo aspecto, a saber: la voluntad de vivir, que es idéntica a la lucha por la
existencia. Pero Schopenhauer la niega y Nietzsche la afirma. En «Schopenhauer como
educador» la evolución significa todavía una madurez interna; pero el superhombre es ya
producto de una evolución mecánica. Zaratustra nace éticamente por oposición
inconsciente a Parsifal; pero su origen artístico está determinado por Parsifal y
se debe a la rivalidad de los dos Mesías.
Mas Nietzsche fue también socialista sin saberlo. No sus fórmulas, pero
si sus instintos eran socialistas, prácticos; iban dirigidos a la «salud fisiológica de
la humanidad», en la que Goethe y Kant nunca pensaron. El materialismo, el socialismo, el
darwinismo son inseparables; sólo en la superficie y artificialmente pueden distinguirse.
Por eso Shaw, para obtener en el tercer acto de Hombre y superhombreuna, de
las obras más importantes y significativas al término de la época la fórmula
propia de su socialismo, sólo necesita introducir una pequeña modificación, bien
consecuente por cierto, en las tendencias de la moral de los señores y de la selección
del superhombre. Shaw, en esta obra, ha expresadosin rodeos, claramente, con la
plena conciencia de una trivialidadlo que las partes no desarrolladas de Zaratustra
debieron haber dicho primitivamente con el teatralismo de Wagner y la nebulosidad
romántica. Basta con discernir las necesarias condiciones y consecuencias practicas
del pensamiento nietzscheano, implícitas en la estructura de la vida pública actual.
Nietzsche se mueve entre fórmulas indeterminadas como «nuevos valores»,
«superhombre», «sentido de la tierra», y evita o teme apretar y precisar la
concepción. Shaw, en cambio, lo hace. Nietzsche advierte que la idea darwinista del
superhombre evoca el concepto de crianza; pero se queda en palabras sonoras. Shaw sigue
preguntandopues no tiene sentido el hablar de ello, si no se quiere llevar a cabocómo
ha de hacerse esta crianza y llega a la conclusión de que hay que convertir la humanidad
en una yeguada. Esta, empero, es la consecuencia de Zaratustra; sólo que Nietzsche no
tuvo el valor de sacarla, aunque fuera el valor del mal gusto. Cuando se habla de una
crianza intencionadaconcepto perfectamente materialista y utilitariohay que
contestar a estas preguntas: ¿Quién cría? ¿A quién cría? ¿Dónde y cómo se cría?
Pero la aversión romántica de Nietzsche a sacar las consecuencias sociales prosaicas; su
miedo a exponer los pensamientos poéticos a una comprobación violenta de los hechos
fríos, le indujeron a no decir que toda su teoría, oriunda del darwinismo, supone
también la
coacción socialista como medio; que a toda crianza o
educación sistemática de una clase de hombres superiores debe preceder un orden social
rigurosamente socialista; y que esta idea «dionisíaca»- puesto que se trata de
una acción común y no de un asunto privado, ajeno a los pensadores vivoses
una idea democrática, sea cual fuere la forma en que se exprese. Con esto llega a su
cúspide la ética dinámica del «tu debes». Para imponer al mundo la forma de su
voluntad, el hombre fáustico se sacrifica a sí mismo.
La crianza o educación del superhombre es la consecuencia del concepto de
selección. Desde que Nietzsche escribió los Aforismos, fue discípulo
inconsciente de Darwin. Pero Darwin mismo había transformado la idea evolutiva del siglo
XVIII fundiéndola con las tendencias económicas que tomó de su maestro Malthus y que
proyectó en el mundo de los animales superiores. Malthus había estudiado la industria
fabril de Lancaster. Todo este sistema, aplicado a los hombres en vez de a los animales,
se encuentra ya en la Historia de ¡a civilización inglesa, por Buckle (1857).
Y asi resulta que la «moral de los señores», la moral de ese último
romántico, viene por extrañas vías, muy características, empero, para el sentido de la
época y nace en el manantial de toda la modernidad espiritual, en la atmósfera de la
industria inglesa. El maquiavelismo, que Nietzsche preciaba como manifestación del
Renacimiento y cuyo parentesco con el concepto darwinista de la mimicry no se debe
olvidar, es de hecho el tema del Capital de Marxotro discípulo famoso de
Malthus. La primera forma de esta obra fundamental del socialismo político (no del
ético), empezada a publicarse en 1867, está en la Crítica de la economía política,
que aparece al mismo tiempo que el libro de Darwin. Tal es la genealogía de la «moral de
los señores». La «voluntad de potencial», vertida al idioma de la realidad, de la
política y de la economía, encuentra su expresión más fuerte en Major Barbara,
de Shaw.
Sin duda Nietzsche es como personalidad la cumbre de esta serie de éticos;
pero como pensador le alcanza Shaw, el político de partido. La voluntad de potencia está
hoy representada por los dos polos de la vida pública, la clase obrera y las grandes
personalidades financieras y cerebrales, mucho mejor que lo fuera antaño por un Borgia.
El millonario Underschaft, en esa excelente comedia de Shaw, es el superhombre.
Pero Nietzsche, romántico, no hubiera reconocido en él su ideal.
Nietzsche habla sin cesar de una transvaloración de todos los valores, de una filosofía
del futuro, es decir, ante todo del futuro europeo, no del futuro chino o africano; pero
cuando alguna vez sus pensamientos, perdidos en lejanías dionisíacas, se condensan en
formas palpables, la voluntad de potencia se le presenta en la imagen del puñal y
del veneno, no en la de una huelga o en la de la energía del dinero. Sin embargo, ha
dicho una vez que la idea se le ocurrió en la guerra de 1870, viendo pasar los
regimientos prusianos que marchaban al combate.
El drama de esta época ya no es poesía, en el viejo sentido, en el sentido de la cultura. Ahora es una forma de la propaganda, un debate y una demostración; la escena se considera como «un instituto moral». Nietzsche mismo propende a dar a sus pensamientos una forma dramática. Ricardo Wagner ha expuesto sus ideas sociales revolucionarias en su poema de los Nibelungos, sobre todo en la primera concepción de 1850. Sigfredo, pasando por numerosas influencias artísticas y extra-artísticas, es todavía en la redacción definitiva del Anillo un símbolo de la cuarta clase; el tesoro de Fafner simboliza el capitalismo; Brunilda, la «mujer libre». La música de la selección sexual, cuya teoría, el Origen de las especies, apareció en 1859, se encuentra justamente en el tercer acto de Sigfredo y en Tristán. Y no es fortuito el hecho de que Wagner, Hebbel e Ibsen hayan emprendido casi al mismo tiempo la tarea de dramatizar el tema de los Nibelungos. Hebbel, al conocer en París los escritos de F. Engels, expresa su admiración (carta del 2 de abril de 1844) por haber concebido el principio social de la épocaque quería exponer entonces en un drama intitulado En un tiempo cualquieradel mismo modo que el autor del manifiesto comunista; y cuando conoce por primera vez a Schopenhauer (carta de 29 de marzo de 1857) le sorprende el parentesco de El mundo como voluntad y representación con algunas tendencias importantes que él había expresado en su Holofernes y en Herodes y Mariene. El Diario de Hebbel, cuya parte capital fue escrita entre 1835 y 1845, es una de las mas profundas producciones filosóficas del siglo, sin que su autor se haya dado cuenta de ello. A nadie le extrañaría encontrar frases enteras suyas, textualmente, en Nietzsche, que no lo conoció nunca y no lo alcanzó siempre.
Doy seguidamente un cuadro de la filosofía real del siglo XIX, cuyo
tema único y más característico es la voluntad de potencia en forma civilizada,
intelectual, ética o social, como voluntad de vida, como fuerza vital, como principio
dinámico práctico, como concepto o en forma dramática. Este periodo, que cierra
Shaw, corresponde al «antiguo» de 350 a 250. Lo demás es, como dice Schopenhauer,
filosofía de profesores por profesores de filosofía:
1819. Schopenhauer: «El mundo como voluntad y
representación». La voluntad de vivir puesta por primera vez en el centro de todo, como
realidad única («fuerza primaria»); pero todavía, bajo la impresión del idealismo
precedente, se recomienda su negación.
1836. Schopenhauer: «Sobre la
voluntad en la naturaleza».
Anticipación del darwinismo, pero en lenguaje metafísico,
1840. Proudhon: «¿Qué es la propiedad?»
Fundamento del anarquismo.
A. Comte: «Curso de filosofía positiva». La fórmula de orden y
progreso.
1841. Hebbel: «Judith». Primera
concepción dramática de la «mujer moderna» y del superhombre (Holofernes).
Feuerbach: «La esencia del cristianismo».
1844. Engels: «Bosquejo de una crítica de la economía
nacional». Base de la concepción materialista de la historia.
Hebbel: «María Magdalena». Primer drama social.
1847. Marx: «Miseria de la filosofía».
(Síntesis de Hegel y Malthus.) Estos años constituyen la época decisiva, en la cual
comienzan a predominar la economía, la ética social y la biología.
1848. Wagner: «La muerte de Sigfredo». Sigfredo como
revolucionario éticosocial; el tesoro de Fafner, símbolo de capitalismo.
1850. Wagner: «Arte y clima».
El problema sexual.
1850-1858. Wagner, Hebbel e Ibsen componen sus
«Nibelungos».
1859. Una coincidencia simbólica. Darwin
publica su «Origen de las especies por selección natural» (aplicación de la economía
a la biología), y Wagner, «Tristán e Isolda».
Marx: «Critica de la economía política».
1863. J. St. Mill:
«Utilitarismo».
1865. Dühring: «El valor de la
vida». Rara vez citado, pero de gran influjo sobre la generación inmediata.
1867. Ibsen: «Brand».
Marx: «El capital».
1878. Wagner: «Parsifal». Primera
conversión del materialismo en misticismo.
1879. Ibsen: «Nora».
1881. Nietzsche: «Aurora».
Tránsito de Schopenhauer a
Darwin.
La moral como fenómeno biológico.
1883. Nietzsche: «Asi habló Zaratustra». La voluntad
de potencia, pero en traje romántico.
1886. Ibsen; «Rosmersholm».
(Los hombres nobles.)
Nietzsche: «Más allá del bien y del mal».
1887-1888. Strindberg: «Padre» y «Señorita Julia».
1890. Se acerca la conclusión de la
época. Obras religiosas
de Strindberg; obras simbolistas de Ibsen.
1896. Ibsen: «Juan Gabriel
Borkmann». El superhombre.
1898. Strindberg: «Hacia
Damasco».
A partir de 1900, las últimas producciones.
1903. Weininger: «Sexo y carácter».
El único ensayo serio de resucitar a Kant, dentro de esta época, poniéndolo en
relación con Wagner e Ibsen.
1903 Shaw: «Hombre y superhombre». Ultima
síntesis de Darwin y Nietzsche.
1905. Shaw: «Major Barbara». El
tipo del superhombre retrotraído a su origen económicopolitico.
Asi, tras el período metafísico, queda agotado igualmente el periodo
ético. El socialismo ético, preparado por Fichte, Hegel, Humboldt, llegó a su grandeza
pasional hacia la mitad del siglo XIX. Al término de este siglo había pasado ya el
estadio de las repeticiones. El siglo XX conserva la palabra socialismo; pero en
lugar de una filosofía ética que sólo a los epígonos les parece incompleta, pone una
práctica de problemas económicos actuales. La emoción ética del Occidente seguirá
siendo «socialista»; pero su teoría ha dejado de ser problema. Resta la posibilidad de
un tercero y último periodo en la filosofía occidental: el de un escepticismo
fisiognómico.
El secreto del universo aparece sucesivamente como problema de
conocimiento, problema de valor, problema de forma. Kant veía la ética como objeto de
conocimiento; el siglo XIX veía el conocimiento como objeto de valoración; el escéptico
considera ambas cosas simplemente como expresión histórica de una cultura.
[60]
Véase parte I, tomo I, págs. 151 y siguiente.
[61]
Véase parte I, tomo I, pág. 195.
[62]
Los idiomas primitivos no constituyen una base para los procesos abstractos del
pensamiento. Al comienzo de cada cultura verifícase una transformación interna del
cuerpo lingüístico vigente, que le capacita para los más elevados problemas simbólicos
del desarrollo cultural. Así, al mismo tiempo que el estilo románico nacen
en Europa el alemán y el inglés, derivados de los idiomas germánicos y el francés, el
italiano, el español, derivados de la lingua rustica que se hablaba en las
provincias romanas; y estos idiomas, a pesar de tener tan diferente origen, encierran
todos un mismo contenido metafísico.
[63]
Véase pág. 70.
[64]
Véase parte I, tomo I, pág. 261.
[65]
Pensamiento, coraje, apetito. N. del T.
[66]
El entendimiento, el apetito, el coraje. N. del T.
[67]
La razón. N. del T.
[68]
Véase parte II, cap. III, núm. 8.
[69]
Véase parte II, cap. III, núm. 10.
[70]
Soplo, espíritu. N. del T.
[71]
Cuerpo psíquico y cuerpo neumático. N. del T.
[72]
Véase De Boer: Geschichte der Philosophie im Islam [Historia de la filosofía en
el Islam], 1901, págs. 93 y 108.
[73]
Windelband: Geschichte der neueren Philosophie [Historia de la
filosofía
moderna], 1910,1, pág. 208, y en el libro Kultur der Gegenwart [Cultura del
presente], editado por Hinneberg, I, V (1914), pág. 484.
[74]
Véase parte II, cap. III, núm. 10.
[75]
Si, pues, en este litro, el tiempo, la dirección y el sino afirman su primacía sobre el
espacio y la causalidad, no es porque haya pruebas lógicas que lo demuestren, sino porque
las tendenciasinconscientesdel sentimiento vital se procuran pruebas en
su favor. El origen de los pensamientos filosóficos no es nunca otro.
[76]
Véase parte I, tomo I, pág. 304.
[77]
Véase parte II, cap. III, num. 18.
[78]
«Hijo del hombre» es una traducción falsa y engañosa de barnasha. Lo que se
quiere expresar aquí no es la relación filial, sino la compenetración con la planicie
humana.
[79]
¤y¡lv y boælomai
significan tener el propósito de, el deseo de, estar inclinado a; boæl® significa consejo, plan; no
hay substantivo derivado de ¤y¡lv. Voluntas no
es un concepto psicológico; tiene el sentido práctico romano de la potestas y la virtus;
es una denominación que indica una disposición práctica, externa y visible, la gravedad
de una realidad humana. Nosotros empleamos en tales casos la palabra energía. La
voluntad de Napoleón y la energía de Napoleón son cosas muy diferentescomo, por
ejemplo, la fuerza ascensional y el peso. No debe confundirse la inteligencia
dirigida hacia afueraque distingue a los romanos, hombres civilizados, de los
griegos, hombres cultoscon lo que aquí llamamos voluntad. César no es un
hombre de voluntad, en el sentido de Napoleón. Característico es el lenguaje del derecho
romano, que mejor que la poesía revela con espontaneidad el sentimiento fundamental del
alma romana. El propósito se dice animus (animus occidendi), el deseo que se
endereza a lo punible, dolus, por oposición a la involuntaria lesión del derecho (culpa).
Voluntas no aparece como expresión técnica.
[80]
El alma china «peregrina por el mundo»: tal es el sentido de la perspectiva pictórica
en el Asia oriental; su punto de convergencia es el centro del cuadro, no el fondo.
La perspectiva somete las cosas al yo, que las concibe ordenándolas. La negación del
fondo en perspectiva por los antiguos significa la falta de «voluntad», de pretensión
de dominio sobre el mundo. A la perspectiva china, como también a la técnica china, le
falta la energía de dirección (parte II, cap. V, núm. 6). Por eso, a la poderosa
tendencia a la profundidad, que caracteriza nuestra pintura de paisaje, opongo yo
la perspectiva asiática del tao, que expresa claramente en el cuadro un cierto sentimiento
cósmico.
[81]
Es claro que el ateísmo no constituye una excepción. Cuando el materialista o darwinista
habla de «la naturaleza», que ordena las
cosas
con finalidad, que selecciona, que produce o aniquila algo, no
hace
mas que seguir el deísmo del siglo XVIII, cambiando de palabra, pero conservando intacto
el mismo sentimiento cósmico.
[82]
La considerable participación que han tenido los sabios jesuitas
en
el desarrollo de la física teórica no debe olvidarse. El P. Boscovich fue el primero
que, superando a Newton, creó un sistema de las fuerzas centrales (1759). En el
jesuitismo, la identificación de Dios con el espacio puro es más sensible aún que en el
jansenismo de Port-Royal, con el que estuvieron en estrecha relación los matemáticos
Pascal y Descartes.
[83]
Lutero colocó en el centro de la moral la actividad prácticalo que Goethe llamaba
las «exigencias de cada día», Y ésta es la razón fundamental que explica por
qué el protestantismo impresiona tan fuertemente las naturalezas profundas. Las «obras
piadosas», a las que falta esta energía de dirección, que aquí hemos definido, pasan
necesariamente al segundo término. Su valoración preeminente revela, como el
Renacimiento, un resto de sentimiento meridional. He aquí la razón moral profunda
que explica el creciente menosprecio de la vida monástica. En la época gótica, la
entrada en el claustro, la renuncia a toda solicitud, a toda actividad, a toda voluntad
era un acto de máxima valía moral, era el sacrificio más grande que podía
imaginarse, el sacrificio de la vida. Pero en la época barroca los mismos
católicos ya no sienten así. Lugar no de renuncias, sino de inactivo goce, el claustro
ha caído, víctima del espíritu que se manifiesta en la época de la ilustración.
[84]
Prñsvpon; significa, en el griego antiguo, rostro, y
más tarde, en Atenas, careta. Aristóteles no conoce aun la significación de
«persona», que acaba por tener esta palabra. La expresión jurídica de «persona», que
primitivamente designa la máscara teatral, es la que en la época imperial transmite al prñsvpon griego el sentido preciso romano. Véase R. Hirzel: Die person 1914.
págs. 40 y siguiente.
[85]
Templanza armoniosa, bondad y belleza, ecuanimidad.Nota
del
traductor.
[86]
Animal político.N. del T.
[87]
Véase parte I, tomo I, pág. 199.
[88]
Véase W. Creizenach: Geschichte des neueren Dramas [Historia del drama moderno] 11(1918),
págs. 346 y siguientes.
[89]
Remedo no de los hombres, sino de la práctica y de la vida. N. del T.
[90]
Véase págs. 73, 74 y 80, 81.
[91]
Véase parte I, volumen I, págs. 219 y siguientes.
[92]
Fatalidad.N. del T.
[93]
Véase parte I, tomo I, pág. 198.
[94]
Corresponde esto al cambio de significación sufrido por los términos «antiguos» pathos
y passio. Este último se formó en la época imperial, según el modelo del primero,
y ha conservado su sentido original en la Pasión de Cristo. En la época primitiva
del gótico es cuando se verifica el cambio en el sentimiento de la significación; ello
acontece en la orden franciscana y en los discípulos de Joaquín de Floris. Finalmente,
la voz passio, como expresión de conmociones profundas que tienden a descargar,
designa el dinamismo psíquico en general, con el sentido de energía de la voluntad y de
la dirección, la palabra passio fue vertida al alemán («Leidenschaft») en 1647,
por Zesen.
[95]
Los misterios de Eleusis no eran un secreto. Todo el mundo sabía lo que pasaba en ellos.
Pero producían en los fieles una misteriosa emoción y se consideraba que el reproducir
fuera del templo sus formas sagradas era profanarlas, «delatarlas». Véase sobre esto y
lo que sigue A Dieterich, Kleine Schriften [Pequeños tratados], 1911, págs. 414 y
siguientes.
[96]
Véase parte II, cap. III, núm. 17.
[97]
Los sátiros eran machos cabrios; Sileno, el primer bailarín, llevaba una cola de
caballo. Pero los pájaros, las avispas, las ranas de Aristófanes, aluden quizá a otros
disfraces.
[98]
Esto sucede en la misma época en que Policleto da a la plástica la victoria sobre la
pintura al fresco. Véase pág. 101.
[99]
El cuadro escénico imaginado por los tres grandes trágicos podría quizá compararse con
la evolución estilística de los frontones de Egina, Olimpia y el Partenón.
[100]
Repetimos una vez más que la «pintura de sombras» entre los
griegos
Zeuxis, Apolodorosirve para modelar los cuerpos de manera que produzcan a la vista
un efecto plástico. De ningún modo se propone con las sombras reproducir un espacio
iluminado. El cuerpo está «sombreado», pero no lanza sombra, ninguna.
[101]
La gran masa de los socialistas cesaría inmediatamente de serlo si pudiera
comprender, aunque fuese de lejos, el socialismo de los nueve o diez hombres que lo
conciben hoy en sus últimas consecuencias históricas.
[102]
Véase págs. 38 y siguientes.
[103]
Véase volumen I, pág, 110 y siguientes.
[104]
El número de las estrellas que aparecen en el telescopio, cuando se aumenta
progresivamente la fuerza de éste, disminuye rápidamente en los bordes.
[105]
La embriaguez de las grandes cifras es una emoción característica que sólo conoce el
hombre de Occidente. En la civilización actual desempeña una función preeminente ese
símbolo, la pasión por sumas gigantescas, por medidas infinitamente pequeñas e
infinitamente grandes, por record y estadísticas de todo género.
[106]
En el segundo milenio antes de Jesucristo navegaban desde Islandia y el mar del
Norte por el cabo Finisterre hasta Canarias y el
África
occidental. Las leyendas griegas acerca de la Atlántida conservan un recuerdo de estas
comarcas. El imperio de Tartessos, en la desembocadura del Guadalquivir, parece haber sido
el centro de estos tráficos. Véase L. Frobenius: -Das unbekannte África [El
África desconocida], pág. 139. Alguna relación con estos pueblos debieron sin duda
mantener los «pueblos del mar», enjambres de Wikings que, tras larga peregrinación por
tierra, en dirección hacia el Sur, se construyeron naves en el mar Egeo y en el Negro y
desde la época de Ramsés II (1292-1225) aparecieron frente a Egipto. La forma de sus
barcos, que conocemos por los relieves egipcios, es totalmente diferente de los egipcios y
fenicios; acaso se parecía a las naves que César vio usar a los Venetas de Bretaña. Un
ejemplo posterior de estos avances nos los dan los Waregos en Rusia y Constantinopla. Es
de esperar que pronto obtengamos un conocimiento más preciso de estas corrientes
migratorias.
[107]
Véase parte II, cap. V, núm. 6.
[108]
Véase parte II, cap. II, núm. 18, y cap. IV, núm. 6.
[109]
Véase parte II, cap. I, núm. 16.
[110]
«Griego» significa aquí el adicto a los cultos sincretísticos.
[111]
Nos referimos aquí exclusivamente a la mora! consciente, religioso-filosófica, a la
moral conocida, enseñada, practicada, no al ritmo racial de la vida, la,
«costumbre», que es inconsciente. Aquélla se mueve entre los conceptos espirituales
de virtud y pecado, bueno y malo; ésta entre los ideales de la sangre, honor,
fidelidad, valentía y las decisiones del sentimiento rítmico de lo distinguido y
lo ordinario. Véase sobre Esto parte II, cap. IV, núm. 3.
[112]
Indiferencia.-N. del T.
[113]
Después de lo que hemos dicho sobre la falta de palabras bien significativas para
traducir a los idiomas antiguos «voluntad» y «espacio» y sobre la significación de
tal laguna, no será de extrañar que ni en griego ni en latín pueda reproducirse con
exactitud la distancia entre acto y actividad.
[114]
El camino hacía arriba y hacia abajo. N. del T.
[115]
Véase parte II, cap. II, núm. 9.
[116]
«El que tenga oídos, que oiga.» Este no es un imperativo. No es asi como ha
comprendido su misión la Iglesia de Occidente. La «buena nueva» de Jesús, de
Zaratustra, de Mani, de Mahoma, de los neoplatónicos y de todas las religiones mágicas
vecinas, son beneficios misteriosos que se conceden, pero no se imponen. El
cristianismo primitivo, habiendo ingresado en el mundo antiguo, se limitó a imitar la
misión de los estoicos posteriores que hacía tiempo se habían transformado en el
sentido mágico. Es posible que San Pablo dé la impresión de importuno e insistente,
como la daban a veces los predicadores estoicos, a juzgar por la literatura de la época;
pero nunca se produce en forma imperativa. A esto puede añadirse un ejemplo algo
heterogéneo, pero pertinente; los médicos de estilo mágico ponderan sus arcanos
misteriosos; en cambio los médicos occidentales confieren a su ciencia vigor de ley
(ley de vacunación, inspección de carnes, etc.).
[117]
Véase tomo I, pág. 310. Y en este tomo, pág. 11 y siguientes.
[118]
Véase parte II, cap. III, núm. 15.
[119]
Virtud.-N. del T.
[120]
Véase parte II, cap. II, núm. 4.
[121]
El primero se funda en el sistema ateísta de Sankhya; el segundo, en la sofística, por
intermedio de Sócrates; el tercero, en el sensualismo inglés.
[122]
Véase parte II, cap, IV, núm. 5.
[123]
sólo algunos siglos después produjo la concepción budista de la vidaque no
reconoce ni Dios ni metafísicauna religión de FeIlahs, volviendo a la teología
bramánica, fosilizada, y a los viejos cultos populares. Véase parte II, cap. III, núms.
19 y 20.
[124]
Claro está que cada cultura tiene su propia especie de materialismo, condicionada en
todas sus partes por su sentimiento cósmico.
[125]
Habría que decir, además, con qué cristianismo, si con el de los Padres de la Iglesia o
con el de las Cruzadas, pues son dos religiones diferentes bajo el mismo manto
dogmático-cultural. Igual incapacidad para la fina psicología revela la comparación,
hoy tan frecuente, entre el socialismo actual y el cristianismo primitivo.
[126]
Placer.-N. del T.
[127]
Adviértase la notable semejanza de muchos bustos romanos con las caras de los americanos
actuales, hombres de acción, o también aunque no tan claramentecon algunos
retratos egipcios del imperio nuevo. Véase parte II, cap. II, núm. 5.
[128]
Edad u hora crítica.N. del T.
[129]
Véase parte II, cap. II, núm. 5.
[130]
Los muchos.N. del T.
[131]
P. Wendland: Die hellenistische-römische Kultur [La cultura helenístico-romana],
1912, pág. 75.
[132]
Véase parte II, cap. III, núm. 14.
[133]
Véase parte II, cap. III, núm. 7.
[134]
Sobre todo lo que sigue véase mi obra Preussentum und Socialismus [Prusianismo y
socialismo], pág. 23.
[135]
Véase parte II, cap. III, núms. 15 y 19.
[136]
Quizá el estilo extraño de Heráclito oriundo de una familia sacerdotal del templo
de Efesosea un ejemplo de la forma en que se transmitía oralmente la vieja
sabiduría órfica.
[137]
Véase parte II, cap. III, núm. 12.
[138]
Este es el aspecto escolástico del período posterior. El aspecto místico,
que no está muy lejos de Pitágoras y de Leibnitz, llega a su cumbre con Platón y
Goethe, y desde Goethe se vierte sobre los románticos, Hegel y Nietzsche. El aspecto
escolástico, que había agotado sus problemas, decae después de Kant- y de Aristótelesen
una filosofía de cátedra, elaborada en el sentido de una ciencia especializada.
[139]
Nuevos Paralipomena, § 656.
[140]
También se encuentra en él el moderno pensamiento de que los actos vitales
inconscientes, instintivos, cumplen sus fines a la perfección, mientras que el intelecto
vacila, tantea, y sólo por casualidad acierta. Tomo II, cap. XXX.
[141]
En Hombre y superhombre.
[143]
En el capitulo «Sobre la metafísica del amor sexual» (II, 44) se
anticipa
en toda su amplitud la idea de la selección como medio para conservar la especie.
[144]
Véase parte II, cap. I, núm. 8.
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