Volumén 2
Perspectivas de la Historia Universal
Capítulo I
Orígen y Paisaje
Cosmos y Microcosmos
1[1]
Contemplad las flores en el atardecer, cuando al sol
poniente se van cerrando unas tras otras. Una desazón, un sentimiento de misteriosa
angustia invade el ánimo ante esa existencia ciega, somnolienta, adherida a la tierra. La
selva muda, los prados silenciosos, aquel matorral y esta rama no pueden erguirse por sí
solos. El viento es quien juguetea con ellos. En cambio la mosca es libre; danza en la luz
del ocaso; se mueve y vuela a donde quiere.
Una planta no es por sí
misma nada. Constituye un fragmento del paisaje en donde el acaso la obligó a arraigar.
El crepúsculo, la fresca brisa, la oclusión de las flores, nada de esto es causa y
efecto, ni peligro que se advierte, ni resolución que se toma, sino un proceso uniforme
de la naturaleza, un proceso que se verifica junto a la planta, con la planta y en la
planta. Por si, la planta no es libre de esperar, de querer o de elegir.
En cambio el animal
puede elegir. El animal vive desprendido del resto del mundo. Ese enjambre de mosquitos,
que siguen danzando sobre el camino, aquella ave solitaria que hiende el cielo
crepuscular, la zorra que espía un nidotodos estos son pequeños mundos por sí,
inclusos en otro mundo mayor. El infusorio invisible para los ojos humanos, el
infusorio que vive en una gota de agua la breve vida de un segundo, en un minúsculo
pliegue del líquido, el infusorio es libre e independiente frente al conjunto
cósmico. El roble gigantesco, en una de cuyas hojas se estremece esa gota de agua, no
lo es.
¡Sujeción y
libertad! He aquí los rasgos últimos y más profundos que distinguen la vida vegetal
de la vida animal. Sin embargo, sólo la planta es íntegramente lo que es. En la
esencia del animal hay un elemento dualista. La planta es sólo planta; el animal, empero,
es planta y además otra cosa. Un rebaño que al presentir el peligro se apiña
tembloroso, un niño que se abraza llorando a su madre, un hombre desesperado que busca
refugio en el seno de su Diostodos estos seres en este instante reniegan de su
libertad y aspiran a revivir aquella existencia sujeta, vegetativa, de donde salieron para
ser libres y solitarios.
La semilla de una flor,
vista a! microscopio, presenta dos hojas germinativas que forman y protegen el brote,
orientado hacia la luz, con sus órganos de circulación y de reproducción; y un tercer
elemento, el germen de la raíz, que representa el sino irremediable de la planta, la
necesidad de que la planta constituya una parte de un paisaje. En los animales superiores
vemos cómo el germen fructificado, en las primeras horas de la existencia, cuando ésta
comienza a hacerse independiente, forma una membrana germinativa externa que envuelve las
membranas media e interna, bases de los órganos futuros de circulación y reproducción,
esto es, del elemento vegetal en el cuerpo animal y las separa del cuerpo materno y, por
tanto, del mundo restante. Esa membrana externa es el símbolo de la existencia
propiamente anima!; distingue las dos clases de vivientes que han aparecido en la historia
de la tierra.
Hay, para expresar esto,
nombres viejos y bellos: la planta es algo cósmico, el animal es además un
microcosmos que está en relación con un macrocosmos. Cuando un ser vivo se separa
del cosmos de tal manera que puede determinar su posición con respecto a él, entonces
ese ser vivo queda convertido en microcosmos. Los planetas mismos giran sujetos en
su curso a los grandes ciclos astronómicos. Pero aquellos pequeños mundos son los
únicos que se mueven libremente con relación al mundo mayor, del que tienen conciencia
como de su mundo circundante. Y sólo cuando asi sucede adquieren las cosas para nosotros
el sentido de cuerpos vivos. Hay en nosotros algo que se resiste a atribuir a las
plantas un cuerpo, en el sentido propio de esta palabra.
Todo lo cósmico lleva
impreso el signo de la periodicidad.
Todo lo cósmico tiene
un ritmo. En cambio, lo microcósmico tiene polaridad. La palabra «contra» expresa
íntegramente su esencia. Lo microcósmico se manifiesta como oposición. Hablamos
del esfuerzo de la atención, del esfuerzo del pensamiento. Pero todos los estados de la
conciencia vigilante son, por esencia, esfuerzos, oposiciones entre dos polos; los
sentidos y los objetos, el yo y el tu, la causa y el efecto, la cosa y la propiedad, todo
es tensión, dilatación, oposición. Y cuando aparece la relajación, esto es, la que con
término profundamente significativo llamamos también distensión, sobreviene en seguida
el cansancio en la parte microcósmica de la vida y, finalmente, el sueño. El durmiente,
el hombre libre de toda tensión y oposición, vive en realidad una existencia puramente
vegetativa.
El ritmo cósmico es ese
elemento que sólo puede describirse por medio de perífrasis, como dirección, tiempo,
compás, sino, anhelo: desde el braceo de un caballo de raza y el galope tonante de un
rebaño enloquecido, hasta la muda comprensión de dos amantes, el acompasado tono de una
sociedad distinguida y la mirada penetrante del conocedor de hombres, esa mirada que he
llamado anteriormente tacto fisiognómico.
Ese ritmo de los ciclos
cósmicos vive y vibra siempre en todo movimiento por libre que sea-que los microcosmos
verifican en el espacio. Y a veces diluye la oposición de los seres despiertos en una
harmonía sensitiva, de estilo grandioso.
Contemplad una bandada
de pájaros volando en el éter; ved cómo asciende siempre en la misma forma, cómo
torna, cómo planea y baja, cómo va a perderse en la lejanía; y sentiréis la exactitud
vegetativa, el tono objetivo, el carácter colectivo de ese movimiento complejo, que no
necesita el puente de la intelección para unir el yo con el tú. Tal es el sentido de las
danzas guerreras y eróticas en los animales y los hombres; asi se forja la unidad
profunda de un regimiento, cuando se precipita como una tromba contra el fuego del
enemigo; así la muchedumbre, ante un caso que la conmueve, se convierte de súbito en un
solo cuerpo, que bruscamente, ciegamente, misteriosamente piensa y obra, y al cabo de unos
instantes puede tornar de nuevo a descomponerse en mil individuos aislados. Quedan
anulados aquí los limites del microcosmos. Ese cuerpo colectivo es el que ruge y amenaza,
el que empuja y anhela, el que vuela, torna y vibra. Los miembros se entrecruzan, el pie
truena, un clamor sale de todas las bocas, un sino se cierne sobre todas las
cabezas. La suma de mil pequeños mundos se ha convertido de pronto en una totalidad.
Sentir es darse
cuenta del ritmo cósmico. Percibir es darse cuenta de las oposiciones
microcósmicas. La doble significación de la palabra sensibilidad ha borrado la clara
distinción entre la parte general vegetativa y la parte animal de la vida.
Si a la primera la
llamamos vida sexual y a la segunda vida sensible, estas denominaciones nos revelan una
profunda conexión. La vida sexual tiene siempre el carácter de periodicidad, de ritmo,
en su concordancia con los grandes ciclos astrales, en la relación de la naturaleza
femenina con la Luna, y de la vida en general con la noche, la primavera y el calor. La
vida sensible consiste empero en oposiciones: de la luz a lo iluminado, del conocer a lo
conocido, del dolor al arma que lo produce. Las dos clases de vida, en las especies más
evolucionadas, han llegado a proveerse de órganos especiales; y estos órganos, cuanto
más perfectas son sus formas, tanto más claramente aluden a la importancia de los dos
aspectos vitales.
Poseemos dos órganos
cíclicos de la existencia cósmica: la circulación de la sangre y el órgano sexual.
Poseemos igualmente dos órganos diferenciales de la movilidad, microcósmica: los
sentidos y los nervios. Debemos admitir que primitivamente todo el cuerpo era
al mismo tiempo órgano del ciclo cósmico y órgano del tacto.
La sangre es para
nosotros el símbolo de la vida. Circula sin cesar por el cuerpo, desde la concepción
hasta la muerte; pasa del cuerpo de la madre al del niño; bate las arterias en la vigilia
como en el sueño; nunca interrumpe su curso. La sangre de los antepasados fluye a través
de las generaciones, uniéndolas en un ingente conjunto, sometido al sino, al ritmo, al
tiempo. Al principio, sucedía esto por divisiones repetidas de los ciclos, hasta que
apareció un órgano propio de la generación sexual, que hizo de un solo instante
el símbolo de la duración. Esa creación y concepción de los seres, esa tendencia del
elemento vegetativo a reproducirse, a perpetuar en otros el eterno ciclo de la vida, esa
influencia trascendente de la magna pulsación única, que se manifiesta a través de las
almas lejanas por atracción, impulso y repulsión, todo eso constituye el más profundo
arcano de la vida, el arcano que los misterios religiosos y los grandes poemas han
intentado penetrar, el arcano trágico que Goethe ha tocado en la poesía «Santo afán»
y en las «Afinidades electivas», en donde el niño tiene que morir, porque ha venido a
la existencia por apartados cruces de la sangre y, por decirlo asi, mediante un pecado
cósmico.
Para el microcosmos, que
se mueve libremente dentro del macrocosmos, hay que añadir además el órgano de la
diferenciación, el «sentido», que originariamente es tacto y nada más.
Lo que nosotros, hoy,
habiendo llegado a un alto grado de evolución, llamamos en general tocartocar con
la vista, con el oído, con el entendimientoes la denominación más sencilla que
aplicamos a la movilidad ce los seres y, por tanto, a la necesidad de determinar
incesantemente la relación del ser con el ambiente. La palabra determinar significa,
empero, definir el lugar. Por eso, todos los sentidos, por muy desarrollados que
estén, por mucho que se hayan alejado de su origen primario, son propiamente sentidos
topográficos: no hay otros. La percepción, sea cual fuere su índole, distingue lo
propio de lo extraño; y para determinar la posición de lo extraño con respecto a la
propio, sirve el olfato del perro lo mismo que el oído del ciervo y los ojos del águila.
El calor, la claridad, el sonido, el olor, todas las especies posibles de percepción,
significan distancia, lejanía, extensión.
Originariamente, la
actividad diferenciativa del sentido constituye una unidad, como unidad es también la
circulación cósmica de la sangre. Un sentido activo es siempre al mismo tiempo un
sentido inteligente; dentro de estas relaciones sencillas, buscar y encontrar son una
misma cosa; son eso que llamamos tocar o palpar, empleando un término muy acertado.
Más tarde, cuando los
sentidos ya formados son el objeto de más elevadas exigencias, la percepción no es al
mismo tiempo intelección de lo percibido; poco a poco la inteligencia va destacándose
cada vez más clara sobre la simple percepción. En la membrana germinativa externa, el
órgano crítico se separa del sensibleel cual a su vez se ramifica pronto en
diferentes órganos sensoriales bien distintoscomo el órgano sexual se separa de la
circulación de la sangre. Es notorio que toda forma inteligente la concebimos como
derivada de la percepción, y que ambas, en su actividad diferenciativa, actúan todavía
en el hombre por modo homogéneo, como lo prueban las expresiones: inteligencia penetrante
y sutil, compenetración, olfato científico, sentido práctico; y no hablemos de los
términos lógicos como concepto y conclusión, que proceden todos del mundo óptico.
Ved a un perro, cuya
atención dormita. De pronto el can entra en tensión, escucha, olfatea; sobre la simple
percepción está buscando la intelección. Mas ese perro puede estar también
reflexionando; y entonces la inteligencia actúa casi por sí sola y juega con
percepciones apagadizas y sin brillo. Los idiomas antiguos expresaban muy claramente esa
escala ascendente, distinguiendo cada nuevo grado, considerándolo como actividad de
índole especial, y designándolo con un nombre adecuado: oír, escuchar, atender, oler,
husmear, olfatear; ver, mirar acechar, observar. En estas series, la intelección es cada
vez más enérgica, con relación a la percepción.
Por último, entre los
sentidos hay uno que se desarrolla con supremo carácter. En el universo hay un elemento
incógnito algo que permanecerá por siempre inaccesible a nuestro afán de comprenderlo
todo, algo que se crea su órgano corporal. Surgen los ojos. En los ojos y con los ojos
aparece la luz como el otro polo de la visión. Y por más que el pensamiento abstracto
que medita sobre la luz se empeñe en eliminarla y anularla, substituyéndola por un
cuadro de ondas y rayos, la vida, la realidad de la vida queda desde ahora circunscrita y
envuelta en el mundo lumínico de los ojos. He aquí el milagro bajo el cual se
cobija la humanidad entera. En el mundo espectacular de la luz es donde hay lejanías, que
son colores y claridades; en ese universo es donde existen la noche y el día, las cosas
visibles y los movimientos perceptibles en un amplio espacio luminoso, un mundo de astros
infinitamente lejanos, que giran sobre la Tierra, un horizonte iluminado que envuelve la
vida individual, y que trasciende lejos de las proximidades del cuerpo. En ese universo
luminoso, que la ciencia no consigue reducir a una «teoría» sino valiéndose de
representaciones ópticas mediatas e internas; en ese mundo luminoso existe un pequeño
astro, la Tierra, sobre el cual vagan enjambres humanos que perciben la luz; y en la
Tierra, la vida toda cambia de dirección según que los raudales de la luz meridional
bañen la cultura egipcia y mejicana o las tenuidades de la luz septentrional desenvuelvan
sus fríos resplandores en las comarcas del Norte. Para solaz de sus ojos evoca el hombre
los edificios y transforma en relaciones luminosas la percepción táctil y corpórea de
la tectónica. Religión, arte, pensamiento han nacido para servir a la luminosidad; y las
únicas diferencias consisten en que unas formas se ofrecen a los ojos del cuerpo y otras
a los «ojos del espíritu».
Con esto queda
manifiesta y en plena claridad una distinción que suele obscurecerse en confusiones y
obscuridades, por culpa de una palabra equívoca, la palabra conciencia. Yo distingo por
una parte la existencia y por la otra, la vigilia. La existencia posee ritmo
y dirección; la vigilia es oposición y extensión. En la existencia reside un sino; la
vigilia separa les causas y los efectos. A la existencia pertenecen las preguntas
primarias de: ¿cuándo?, ¿por qué? A la vigilia, las de: ¿dónde?, ¿cómo?
La planta tiene
existencia, pero no vigilia. En el sueño todos los seres son plantas, porque se ha
anulado en ellos la oposición al mundo circundante, aunque el pulso, el ritmo de la vida
sigue latiendo. La planta no conoce más relación que la del cuándo y el porqué. El
empuje de los primeros brotes verdes, que asoman en el manto invernal, la hinchazón de
las yemas, la fuerza toda del florecer, la fragancia, el brillo, la madurez, todo eso no
es mas que el deseo de que se cumpla un destino; todo eso no es mas que una continua y
anhelante pregunta: ¿cuándo?
En cambio, para una
existencia puramente vegeta!, el dónde no puede tener ningún sentido. ¿Dónde?
Esta es la pregunta que el hombre, al despertar, se hace cada día, cuando piensa en el
mundo que le rodea. Porque la pulsación de la existencia perdura a través de las
generaciones; pero la vigilia siempre comienza de nuevo en cada microcosmos. He
aquí la diferencia entre engendrar y nacer. Engendrar es garantir la duración; pero el
nacimiento es un comienzo. Por eso la planta es engendrada, pero no nace. La planta
existe; mas no hay para ella un despertar, un primer día en que descubre en derredor el
mundo sensible.
2
Ahora, frente a
nosotros, aparece el hombre. En su vigilia sensible nada hay que perturbe la pura
dominación de su mirada. Las resonancias de la noche, el viento, el aliento de los
anímales, la fragancia de las flores evocan en el mundo luminoso las preguntas:
¿adonde?, ¿de dónde? No tenemos la menor idea de cómo es ese mundo de olores en donde
el perroel más próximo compañero del hombre- ordena sus impresiones visuales.
Nada sabemos acerca del mundo de las mariposas, cuyos ojos cristalinos no dibujan
imágenes de las cosas. Nada sabemos del mundo que rodea a los animales sin ojos, aunque
provistos de otros órganos sensibles. Para nosotros no hay ya mas que el espacio
visual. Y los residuos de esos otros mundos sensibles, mundos de sonidos, de olores,
de calores y fríos, han hallado acomodo en el espacio visual, como «propiedades» y
«efectos» de las cosas iluminadas. El calor se desprende del fuego «que vemos»; la
rosa que contemplamos en el espacio luminoso despide su fragancia y a nuestros oídos
llega el sonido de un violín. Y por lo que se refiere a los astros, nuestras relaciones
con ellos se limitan a verlos. Brillan sobre nuestras cabezas y recorren sus
trayectorias visibles. Los animales, empero, y aun los hombres primitivos, tienen, sin
duda, de los astros otras percepciones claras, percepciones de muy distinta índole;
algunas de ellas podemos concebirlas indirectamente valiéndonos de representaciones
científicas: otras permanecen en absoluto inaccesibles para nosotros.
Pero este
empobrecimiento de la percepción sensible significa, por otra parte, que ésta ha
adquirido en nosotros una insondable profundidad. La humana vigilia no es ya la simple
oposición entre el cuerpo y el mundo circundante. Ahora significa la vida en un mundo
luminoso, que se cierra como un ruedo en derredor nuestro. El cuerpo se mueve en el
espacio visual. La experiencia íntima de la profundidad es un potente disparo que parte
de un centro luminoso y hiende el espacio hacia las lejanías visibles. Ese
centro es el punto que llamamos yo. El «yo» es un concepto visual. Desde este instante,
la vida del yo es una vida al sol. La noche adquiere cierta afinidad con la muerte. Y así
se forma un nuevo sentimiento de terror, que absorbe todos los demás: el terror a lo
invisible, a lo que sólo podemos oír, sentir, adivinar; a las cosas cuya actuación
percibimos sin poderlas, empero, ver. Los anímales conocen otras termas del terror que,
para el hombre, permanecen arcanas; pues ese miedo al silencio-que los niños y los
hombres de tipo infantil intentan ahuyentar hablando alto o haciendo ruido está ya
en trance de desaparecer entre los hombres superiores.
Pero el miedo a lo
invisible caracteriza la índole propia de toda religiosidad humana. Las deidades son
realidades luminosas, que adivinamos, que nos representarnos, que intuimos. «Dios
invisible»; he aquí la expresión suprema de la transcendencia humana. El «más
allá» empieza en el punto en donde terminan los limites del mundo luminoso. La
«salvación» consiste en libertarse del conjuro de la luz y de sus hechos.
En esto justamente
reside el indecible encanto que la música produce en los hombres, y la fuerza realmente
redentora que en ese arte se manifiesta. La música, en efecto, es el único arte cuyos
medios se hallan fuera del mundo luminoso, mundo que para nosotros se ha identificado
desde hace mucho tiempo con el mundo en general; de manera que la música es la única que
puede sacarnos, por decirlo asi, del mundo, quebrar el acerado conjuro de la luminosidad
imperante e insinuar en nuestro ánimo la dulce ilusión de estar en contacto con el
postrer secreto del alma, ilusión que proviene de que el hombre despierto vive de
continuo bajo la dominación de uno de sus sentidos, hasta el punto de que con las
impresiones del oído ya no puede construir un mundo auditivo y se ve forzado a
integrarlas en su mundo visual.
Por eso el pensamiento
humano es pensamiento de los ojos, y nuestros conceptos son abstraídos de la visión, y
la lógica entera es un mundo imaginario de luz.
El mismo encauzamiento
y, por lo tanto, ahondamiento, que consiste en subordinar toda percepción a la visión,
se ha verificado en el lenguaje. Las innúmeras maneras de comunicación sensible, que el
animal conoce y que nosotros comprendemos bajo el nombre de lenguaje, han sido
substituidas todas por un lenguaje único, el lenguaje verbal, que sirve como de puente
sobre el espacio luminoso, para que se entiendan dos hombres que se ven uno a otro
hablando o que se representan uno a otro oyendo ante la visión interior. Las demás
especies del lenguajede las cuales se han conservado algunos restos han sido
incorporadas hace tiempo al lenguaje verbal en forma de gestos, ademanes, acentos. La
diferencia entre el lenguaje general de los animales-que se compone de sonidos -y el
lenguaje puramente humano- que se compone de palabras- consiste en que las palabras y los
enlaces entre palabras forman un mundo de representaciones luminosas internas, que se ha
desarrollado bajo la dominación del sentido visual. Cada significación verbal tiene un
valor lumínico, aun cuando se trate de palabras como melodía, gusto, frío, o de
términos completamente abstractos.
Ya en los animales
superiores, a consecuencia de la costumbre de entenderse unos a otros por un lenguaje de
los sentidos, se establece una diferencia clara entre la simple percepción y la
percepción intelectiva. A estas dos clases de actividad microcósmica podemos
darles el nombre de impresión de los sentidos y juicio de los sentidos; por
ejemplo, juicio del olfato, juicio del gusto o juicio del oído. Y entonces observamos que
en las hormigas y las abejas, en las aves de rapiña, en los caballos y en los perros, el
centro de gravedad en la vigilia cae muchas veces, claramente, del lado del juicio. Pero,
en el hombre, bajo la acción del lenguaje verbal, prodúcese en la vigilia activa una oposición
abierta entre la percepción y la intelección, una tirantez que resulta inconcebible en
los animales y que aun en el hombre sólo puede admitirse como una posibilidad que,
primitivamente, se realizaba raras veces. La evolución del lenguaje verbal trae consigo
algo decisivo: la intelección se emancipa Se la percepción.
En lugar de la
percepción intelectiva uniforme y completa, aparece muchas veces y cada vez con más
frecuencia una intelección de lo que significan ciertas impresiones sensibles apenas
advertidas. Y estas impresiones quedan al fin anuladas por las significaciones de los
sonidos verbales a que estamos acostumbrados. La palabra, que al principio era el nombre
de una cosa vista, se transforma insensiblemente en el signo de una cosa pensada, del
«concepto». Nunca aprehendemos exactamente, ni mucho menos, el sentido de esos nombres
-esto no ocurre mas que en los nombres totalmente nuevos, ni usamos nunca dos veces
una misma palabra con la misma significación, ni nadie entiende una palabra como la
entiende otra persona. Y, sin embargo, conseguimos comprendernos unos a otros, porque los
hombres de un mismo idioma se han formado por el uso una común intuición del mundo, en
la que viven tan inmersos,
que bastan los sonidos
verbales para evocar en ellos representaciones afines. Existe, pues, una concepción abs-tracta,
abstraída, extraída de la visión por medio de los sonidos verbales; y esta concepción,
aunque primitivamente no aparezca en el hombre con la independencia y substantividad que
luego adquiere, traza, sin embargo, un límite riguroso entre la vigilia animal y otra
manera típica de vigilia, la vigilia puramente humana. De igual modo, en un grado
inferior, la vigilia en general constituye el límite entre la existencia vegetativa y la
existencia puramente animal.
La intelección
separada de la percepción se llama pensamiento. El pensamiento ha introducido para
siempre una división en la vigilia humana. Desde muy antiguo ha trazado una separación
entre el entendimiento y la sensibilidad, valorando al primero como facultad superior y al
segundo como facultad inferior. Ha creado la oposición fatal entre el mundo luminoso de
los ojos, caracterizado como mundo de apariencia, engaño de los sentidos, y otro mundo
literalmente re-presentado, en el cual se mueven los conceptos, con su imborrable estela
de tenue luminosidad. Y este segundo mundo es para el hombre -en tanto que
«piensa»el mundo verdadero, el mundo en sí.
Al principio, el yo era
la vigilia en general, el hombre despierto contemplando desde su centro el mundo de la
luminosidad; pero ahora el yo se ha convertido en «espíritu», esto es, en intelección
pura, en intelección que se «conoce» a sí misma como tal y que ve no sólo el mundo
extraño en su derredor, sino muy pronto también los demás elementos de la vida,
el «cuerpo», dándoles una valoración de inferioridad con respecto a sí misma.
Un signo que revela este proceso es no sólo la actitud erguida del hombre, sino también
la forma perespiritualizada de su cabeza, en la cual la mirada, la conformación de la
frente y de las sienes constituyen los elementos preponderantes de la expresión [2].
Se advierte con claridad que el pensamiento,
habiéndose hecho independiente, ha descubierto para sí mismo una nueva actuación. Al
pensamiento práctico, enderezado a conocer la constitución de las cosas luminosas con
respecto a tal o cual fin o propósito, se añade ahora el pensamiento teorético, que
quiere perforar las cosas, la meditación, que aspira a sondear las propiedades de las
cosas en si mismas, la «esencia de las cosas». La luz es separada de los objetos
vistos; la experiencia íntima de la profundidad en los órganos visuales se potencia con
gigantesca evolución y se convierte evidentemente en la experiencia de la profundidad en
el reino de las significaciones verbales, nimbadas de luz. Y creemos que nos va a ser
posible, con la mirada interior, penetrar en lo recóndito de las cosas reales. Formamos
representaciones sobre representaciones y llegamos, en fin, a establecer una arquitectura
ideológica de gran estilo, cuyos edificios se ofrecen con plena claridad en una luz, por
decirlo asi, interior.
Con el pensamiento
teorético aparece en la vigilia humana una especie de actividad que hace irremediable,
indispensable la lucha entre la existencia y la vigilia. El microcosmos animal, en el cual
la existencia y la vigilia están enlazadas formando la unidad substantiva de la vida, no
conoce más vigilia que la que está al servicio de la existencia. El animal
«vive» simplemente, sin reflexionar sobre la vida. Pero la dominación absoluta del
órgano visual hace que la vida aparezca como vida de un ser visible a la luz; y la
inteligencia, adherida al lenguaje, forma bien pronto un concepto del pensamiento
y, como contraconcepto, otro de la vida, distinguiendo finalmente entre la vida tal
como es y la vida tal como debiera ser. En lugar de la vida despreocupada aparece la
oposición entre «pensar y hacer».
Esta oposición es
posible en el hombreno en el animal; y no sólo posible, sino que bien pronto
se convierte en un hecho y, por último, en una alternativa para cada hombre. Esta
oposición es la que da forma a toda la historia de la humanidad superior con todas sus
manifestaciones; y cuanto más elevadas son las formas que adopta una cultura, tanto más
absoluto es el dominio de esa oposición sobre los momentos significativos de su vigilia.
El elemento vegetal y
cósmico, la existencia sumisa al sino, la sangre, la raza, poseen el predominio
originario y lo conservan. Son la vida. Lo otro está sólo para servir a la vida.
Pero este otro elemento se subleva y se niega a servir. Quiere dominar y cree que domina.
Una de las más decididas pretensiones del espíritu humano es tener al cuerpo, a la
«naturaleza» bajo su mando. La cuestión es, empero, saber si esa creencia no es ella
misma algo que sirve y aprovecha a la vida. ¿Por qué nuestro pensamiento piensa asi?
¿No será acaso porque asi lo quiere el elemento cósmico, el impersonal «ello»? El
pensamiento demuestra su poderío decretando que el cuerpo es una representación,
conociendo su condición miserable y reduciendo al silencio la voz de la sangre. Pero en
realidad es la sangre la que domina, dando principio o fin, silenciosamente, a la
actividad del pensamiento. He aquí otra diferencia entre hablar y vivir. La existencia
puede pasarse sin la vigilia; la vida puede vivir sin la inteligencia; pero no
recíprocamente. A pesar de todo, el pensamiento domina solamente en el «reino de los
pensamientos».
3
¿Es el pensamiento una
creación del hombre o el hombre superior una creación del pensamiento? Estas dos
actitudes difieren sólo en las palabras. Pero el pensamiento mismo, al determinar su
rango dentro de la vida, fallará siempre erróneamente, estimándose en demasía, porque
no advierte o no reconoce junto a sí otros modos de referirse a las cosas, y, por lo
tanto renuncia desde luego a una visión imparcial de la realidad.
De hecho todos los
pensadores profesionales-los únicos casi en todas las culturas que en esto llevan la voz
cantante-han considerado siempre la reflexión fría, abstracta, como la única actividad
que, evidentemente, conduce al conocimiento de las «cosas últimas». Y abrigan asimismo
la convicción de que la «verdad», que por ese camino llegan a descubrir, es la misma
que, como verdad, aspiraban a conocer, y no acaso una imagen representada, substituto de
los arcanos incomprensibles.
Pero si el hombre es, en
efecto, un ente pensante, está en cambio muy lejos de ser un ente cuya existencia consista
en pensar. Esta distinción no la han visto los meditadores. El término del pensamiento
se llama verdad. Las verdades son, empero, determinadas por nuestra actividad pensante, es
decir, abstraídas de la viviente confusión del mundo luminoso, en forma de conceptos,
para ocupar un puesto perdurable en un sistema, en una especie de espacio espiritual. Las
verdades son absolutas y eternas. Esto quiere decir que las verdades no tienen ya nada que
ver con la vida.
Mas para el animal no
hay verdades, sino solamente hechos.
Esta es la diferencia
entre la intelección práctica y la intelección teorética. Los hechos se distinguen de
las verdades como el tiempo se distingue del espacio y el sino, de la causalidad.
Un hecho está presente
ante la vigilia entera, ante la vigilia al servicio de la existencia y no sólo ante una
parte de la vigilia, con exclusiónal parecerde la existencia. La vida
verdadera, la historia, sólo conoce hechos. La experiencia de la vida, el conocimiento de
los hombres se refiere a hechos solamente.
El hombre activo, el
hombre de acción, de voluntad, de lucha, el hombre que tiene que afirmarse a diario
frente al poder de los hechos y sojuzgarlos o perecer, ese hombre considera las simples
verdades como algo insignificante y las mira como de arriba a abajo. Para el genuino
estadista no hay verdades políticas; solo hay hechos políticos. La famosa pregunta de
Pilatos es la típica de todo hombre de acción.
Uno de los más grandes
aciertos de Nietzsche fue poner en tela de juicio el valor de la verdad, del saber,
de la ciencia.
Para todo pensador y
sabio nativo, semejante idea es una frívola calumnia, porque todo espíritu científico
cree que poner en duda el valor de la ciencia es poner en duda el sentido de su propia
vida como científico y pensador. Cuando Descartes quería dudar de todo, a buen seguro
que no dudaba del valor de su problema.
Pero una cosa es
plantear problemas y otra creer en las soluciones. La planta vive sin saber que vive. El
animal vive y lo sabe. El hombre se admira de vivir y pregunta. Pero el hombre no
puede dar una respuesta a su pregunta; sólo puede creer en la exactitud de su
respuesta y en esto no existe la menor diferencia entre Aristóteles y el más mísero
salvaje Y ¿por qué han de ser descifrados los enigmas, contestadas las preguntas? ¿No
alienta en este afán el terror, ese terror que hace brillar los ojos del niño, ese
trágico patrimonio de la humana vigilia cuya inteligencia, desligada de los sentidos,
vive de si misma, aspira a penetrar en las honduras del mundo circundante y sólo en las
respuestas y soluciones encuentra su descanso, su salvación?. La fe desesperada en
el saber, en la ciencia, ¿puede librarnos de la pesadilla de los grandes problemas?
«Estremecerse es lo
más grande que puede hacer la humanidad.» Y aquel a quien el sino le haya negado este
estremecimiento debe intentar descubrir los misterios; debe lanzarse sobre las cosas que
imponen respeto, para despedazarlas, destruirlas y sacar de las ruinas su botín de
ciencia. El afán de sistema es afán de matar lo viviente. En el sistema, las cosas vivas
quedan fijadas, anquilosadas, atadas a la cadena de la lógica.
El espíritu ha vencido
cuando ha logrado llevar a buen término su empresa de petrificación.
Con las palabras razón
y entendimiento o intelecto suele distinguirse por una parte el sentir, el vislumbrar
vegetativo, para quien el lenguaje de los ojos y de las palabras es sólo un medio de
expresión; y por otra parte, la intelección animal, dirigida por el lenguaje. La
razón evoca ideas; el intelecto encuentra verdades Las verdades son inánimes y pueden
comunicarse las ideas, empero, pertenecen a la personalidad viviente de su creador y sólo
pueden ser sentidas. La esencia del intelecto es la critica; la esencia de la razón es la
creación. La razón crea el objeto de que se trata; el intelecto lo presupone. Tal es el
sentido de las profundas palabras de Bayle, cuando dice que el intelecto sólo consigue
descubrir errores, pero no encontrar verdades. Y en realidad, la critica intelectiva
actúa y se desarrolla primeramente sobre la percepción sensible a que está adherida la
intelección. En ella, en el juicio de los sentidos es donde el niño aprende a concebir y
distinguir. Pero cuando la intelección se ha separado, abstraído, de la percepción;
cuando la intelección se ocupa sólo de si misma, entonces la crítica necesita para
ejercitarse algo que substituya a la percepción sensible que antes le servía de objeto.
Y ese algo no puede ser otra cosa que un pensamiento ya dado, sobre el cual la
critica abstracta se ceba ahora. No hay otra manera de pensar; no existe un pensamiento
que se alce libremente, construido sobre la nada.
En efecto, mucho antes
de que el hombre primitivo llegase a pensar en abstracto, ya había creado una imagen
religiosa del mundo. Esta es el objeto sobre el cual trabaja el intelecto critico. Toda
ciencia arraiga sobre el suelo de una religión, envuelta en las condiciones espirituales
de una religión; y no significa otra cosa que la corrección abstracta de esa doctrina
religiosa, considerada como falsa, como menos abstracta. Y toda ciencia lleva en si misma,
en su arsenal de conceptos, de problemas, de métodos, el núcleo residual de una
religión.
Toda verdad nueva que el
intelecto descubre no es mas que un juicio critico sobre otra verdad que existía antes.
La polaridad entre el saber nuevo y el saber antiguo implica que, en el mundo del
intelecto, la exactitud es relativa; esto es, que no hay en él sino juicios de mayor o
menor fuerza suasoria. El saber critico descansa sobre la creencia de que la intelección
hoy es superior a la intelección de ayer. La vida es la que nos impone esta creencia.
¿Puede, por tanto, la
critica resolver los grandes problemas o tan sólo establecer que son insolubles? AI
comienzo del conocer, creemos lo primero. Pero cuanto más vamos sabiendo, tanto más
propendemos a lo segundo. Y mientras dura la esperanza, llamarnos problemas a los
misterios.
Para el hombre
despierto, vigilante, hay, pues, un doble problema; el problema de la vigilia y el de la
existencia, o sea el del espacio y el del tiempo, o el del mundo como naturaleza y el del
mundo como historia, o el de la oposición y el del ritmo: la vigilia intenta comprenderse
a sí misma y además quiere comprender también algo que le es ajeno. Y aunque una voz
interior le diga que en este punto se traspasan todas las posibilidades de conocimiento,
sin embargo, el terror persuade a todos los seres de que deben seguir buscando y de que es
preferible contentarse con una apariencia de solución, a hundir la mirada en el vacío.
4
La vigilia se compone de
percepciones e intelecciones, cuya común esencia consiste en orientarse de continuo en la
relación con el macrocosmos. En este sentido, la vigilia resulta idéntica a la
«determinación», ya se trate del tacto de un infusorio, ya del pensamiento humano en su
grado superior. La vigilia, pues, al palparse a sí misma, llega en primer término al
problema del conocimiento. ¿Qué es conocer? ¿Qué es conocimiento del
conocimiento? ¿Qué relación media entre lo que al principio se entendía por
conocimiento y lo que después ha quedado preso en las mallas verbales del idioma? La
vigilia y el sueño alternan como el día y la noche, a compás del curso estelar.
El conocimiento alterna
igualmente con el ensueño. ¿Cómo distinguirlos?
La vigiliano sólo
la vigilia percipiente, sino también la inteligentees, empero, idéntica a la
polaridad de las oposicionescomo la que existe entre el conocer y lo conocido, entre
la cosa y la propiedad, entre el objeto y el acontecimiento. ¿En qué consiste la
esencia de estas oposiciones? Aquí aparece, es segundo término el problema de la
causalidad. Dos elementos sensibles son considerados como causa el uno y efecto el
otro; dos elementos espirituales son denominados el uno fundamento y el otro consecuencia;
con todo lo cual queda determinada una relación de potencia y de rango. Si uno de los dos
elementos existe, el otro tiene que existir también. El tiempo permanece ajeno a todo
esto. No se trata de hechos del sino; se trata de verdades causales. No de un: cuando,
sino de una dependencia legal. Esta es, sin duda, la actividad del espíritu que más
esperanzas enciende en nosotros. El hombre debe a tales hallazgos, acaso, sus más felices
momentos. Y asi, partiendo de las oposiciones que se le ofrecen en proximidad y presencia
inmediatas, diarias, el hombre camina en ambas direcciones por encadenamientos infinitos
hasta llegar a la primera y ultima causas en la trama de la naturaleza, esto es, a lo que
él llama Dios y sentido del universo. El hombre colecciona, ordena y contempla su
sistema, su dogma de conexiones legales y halla en éste un refugio frente a lo
imprevisto. El que puede demostrar, nada ha de temer. Mas, ¿en qué consiste la esencia
de la causalidad? ¿Reside en el conocer o en lo conocido, o en la unidad de ambos?
El mundo de las
oposiciones debería ser en si mismo un mundo muerto, rígido, mundo de la «eterna
verdad», sito allende todo tiempo; en suma, un estado. El mundo real de la vigilia es,
empero, un mundo lleno de cambios. El animal no se extraña de estos cambios. Pero el
pensamiento del pensador queda, ante ellos, sumido en honda perplejidad. La quietud y el
movimiento, la duración y la mutación, lo producido y el producirse, ¿no designan todas
estas oposiciones algo que no podemos comprender, algo que, por lo tanto, debe
ocultar un absurdo? ¿Son acaso hechos últimos, imposibles de reducir a la forma de
verdades y de abstraer del mundo sensible? Aquí vemos que algo temporal palpita en el
mundo intemporal del conocimiento; las oposiciones; aparecen como ritmo; a la extensión
se añade la dirección. Todo lo que hay de problemático en la vigilia intelectiva se
condensa en un foco último y más colmado que ningún otro de dificultades, en el problema
del movimiento cuya indagación es el fracaso del pensamiento libre. Aquí se ve al
fin con toda claridad que lo microcósmico, hoy y siempre, depende de lo cósmico, como en
los orígenes de cada nuevo ser lo demuestra ya la membrana germinativa externa, que es
simple envoltura de un cuerpo. La vida puede vivir sin pensamiento; pero el pensamiento es
sólo un modo de la vida. Por muy poderosos fines que el pensamiento se proponga a sí
mismo, en realidad la vida se sirve del pensamiento para su fin y propone al
pensamiento un fin vital, completamente independiente de la resolución de los problemas
abstractos. Para el pensamiento las soluciones de los problemas son exactas o falsas; para
la vida tienen o no tienen valor. El afán de conocer fracasa en el problema del
movimiento; mas quizás este fracaso haya realizado justamente el propósito de la vida.
A pesar de eso y por eso
precisamente, este problema sigue siendo el centro del pensamiento superior. Toda
mitología y toda física han nacido de la admiración que nos produce el misterio del
movimiento.
El problema del
movimiento toca a los arcanos de la existencia, arcanos que son extraños a la vigilia,
aunque ésta no puede substraerse a su imperio. El problema del movimiento significa el
empeño de comprender lo que excede a toda posibilidad de intelección, el cuándo, el
porqué, el sino, la sangre, lo que nosotros sentimos y vislumbramos en lo profundo, lo
que nosotros, nacidos para ver, quisiéramos percibir fuera, ante nuestros ojos, a plena
luz, para concebirlo en el sentido propio etimológico de la palabra, para captarlo y
asegurarnos de ello por el tacto.
He aquí, pues, el hecho
decisivo, que el contemplador no acaba de comprender con plena conciencia: toda
investigación se propone no la vida, sino ver la vida, y no la muerte, sino ver la
muerte. Queremos concebir lo cósmico al modo como le aparece al microcosmos en el
macrocosmos; esto es, como vida de un cuerpo en el espacio luminoso, entre el
nacimiento y la muerte entre la gestación y la corrupción, y con esa distinción entre
el cuerpo y el alma que, por interior necesidad, se produce en nosotros cuando percibimos
y experimentamos en algo sensible y extraño las mismas propiedades que sentimos en
nuestra intimidad.
Si nosotros no solamente
vivimos, sino que también sabemos de «la vida», es porque podemos contemplar
nuestra substancia corporal en el espacio luminoso. Pero el animal conoce solamente la
vida; no la muerte. SÍ nosotros fuéramos unos seres puramente vegetales, moriríamos sin
advertirlo, porque sentir la muerte y morir seria una misma cosa. Mas también los
animales oyen el aullido de la muerte y perciben el cadáver y olfatean la corrupción;
ven la muerte, pero no la comprenden. Sólo cuando aparece la intelección pura, separada
de la vigilia visual por el lenguaje, sólo entonces se presenta al hombre la muerte en
derredor, en el mundo luminoso; la muerte, el gran enigma.
Y a partir de este
instante, ya la vida es el breve espacio de tiempo que media entre el nacer y el morir.
Sólo por su relación con la muerte ofrécese a nosotros la generación como el otro misterio.
El terror cósmico del animal se convierte ahora en el terror humano a la muerte. Y este
terror es el que engendra el amor entre el varón y la hembra, la relación de la
madre con el niño, la serie de los antepasados hasta los nietos y biznietos, y, sobre
esta base, la familia, el pueblo y, por último, la historia humana en general como
problemas y hechos del sino, llenos de insondables profundidades. Con la muerte, que es el
destino común de todos los hombres nacidos a la luz del Sol, con la muerte se relacionan
las ideas de culpa y castigo, de la existencia como penitencia, de una nueva vida allende
el mundo luminoso y de una salvación o redención que pone fin al terror de la muerte. El
conocimiento de la muerte es el origen de eso que los hombres, a diferencia de los
animales, poseemos y llamamos «intuición del universo»
5
Hay hombres que por
nativa disposición propenden a verlo todo bajo la especie del sino; otros, en cambio, lo
consideran todo bajo la especie de la causalidad. El hombre que propiamente vive: el
aldeano y el guerrero, el político, el caudillo, el mundano, el negociante, el que quiere
ser rico, mandar, dominar, luchar, el organizador, el empresario, el aventurero, el
combatiente, el jugador, vive una vida que se halla separada por un abismo de la vida que
vive el hombre «espiritual», el santo, el sacerdote, el científico, el idealista e
ideólogo, ya sea la fuerza del pensamiento o la pobreza de la sangre la que determine en
este último su vocación. La existencia y la vigilia, el ritmo y la oposición, el
impulso y el concepto, los órganos circulatorios y los órganos táctiles, raro es el
hombre de valía en quien uno de esos dos aspectos no supera en importancia al otro. Todo
lo que significa impulsión y dirección, la certera apreciación de los hombres y de las
situaciones, la fe en una estrellaque todo hombre de vocación activa posee y que es
cosa completamente distinta de la convicción que el meditador puede tener de estar
situado en el punto de vista exacto, la voz de la sangre, que toma decisiones, y la
conciencia invariablemente limpia, que justifica todo propósito y todo medio; estas son
cosas que le están vedadas al puro contemplador. Las pisadas del hombre de acción suenan
distintas, más radicales que las del pensador y soñador, en quien lo puramente
microcósmico no llega a poseer una relación firme y fija con la tierra.
El sino empuja a los
individuos hacia uno u otro tipo, los hace meditativos y temerosos de la acción o activos
y despreciadores del pensamiento. Pero el activo es un hombre entero; en cambio el
meditativo podría actuar por uno solo de sus órganos, podría seguir pensando sin el
cuerpo y aun contra el cuerpo. Tanto peor, pues, si aspira a dominar la realidad; porque
entonces construye esos planes de perfeccionamiento ético-político-social, planes que
demuestran todos irrefutablemente corno debe ser la sociedad y cómo debe acometerse su
reforma, teorías que, sin excepción, se basan en la hipótesis de que todos los hombres
son como el autor, esto es, ricos en ocurrencias y pobres en apetenciassuponiendo
que el autor se conozca a si mismo. Pero ni una de esas teorías, aun las que han
aparecido balo la égida de una religión o de un nombre famoso, ha logrado nunca alterar
la vida en lo más mínimo. Lo único que han hecho ha sido inducirnos a pensar de
distinta manera sobre la vida. Justamente la fatalidad de las culturas posteriores, que
leen y escriben mucho, es ésta: que la oposición entre la vida y el pensamiento se
confunde una y otra vez con la oposición entre el pensamiento sobre la vida y el
pensamiento sobre el pensamiento. Todos los que aspiran a mejorar el mundo, los sacerdotes
y los filósofos, convienen en la opinión de que la vida es tema de la meditación más
rigorosa. La vida del mundo, empero, sigue su propio curso, sin preocuparse de lo que los
hombres piensan acerca de ella. Y aun en el caso de que una comunidad humana llegue a
vivir «conforme a la doctrina», ¿qué consigue con esto? Consigue a lo sumo que, en la
historia universal futura, se hable de ello en una nota, después de haber tratado en el
texto los temas verdaderamente importantes de esa comunidad.
Porque sólo el hombre
activo, el hombre del sino vive en última instancia la vida del mundo real, mundo de las
decisiones políticas, militares y económicas, mundo en el cual ni los conceptos ni los
sistemas tienen cabida. En este mundo, un buen porrazo vale más que un buen razonamiento;
y hay un fondo de razón en el desprecio con que el soldado y el político de todos los
tiempos han considerado a los meditativos que emborronan papel y se extenúan sobre los
libros, creyendo que la historia del mundo está al servicio del espíritu, de la ciencia
o aun del arte. Digámoslo sin ambages: la intelección separada de la percepción es
sólo un aspectoy no el más importante de la vida. En la historia del
pensamiento occidental puede faltar el nombre de Napoleón; pero en la verdadera historia,
en la historia real, la figura de Arquímedes, con todos sus descubrimientos científicos,
ha sido menos activa e importante que la de aquel soldado que le dio muerte en la toma de
Siracusa.
Los hombres de tipo
teorético cometen un grave error al creerse colocados en la cúspide y no a la
retaguardia de los grandes acontecimientos. Esto significa desconocer por completo el
papel que representaron en Atenas los sofistas o en Francia Voltaire y Rousseau. Muchas
veces el hombre de Estado «no sabe» lo que hace; lo cual no impide que haga con
seguridad lo necesario para conseguir el éxito. El doctrinario político sabe siempre lo
que tiene que hacerse; sin embargo, su actividadcuando no se limita a
escribires la menos eficaz y valiosa de todas en la historia. En las épocas de
inseguridad, como la de la ilustración ateniense o la revolución francesa y alemana, se
da con harta frecuencia el caso de que el ideólogo, escritor u orador, pretenda actuar no
ya en los sistemas, sino en la historia real de los pueblos. Pero es porque desconoce su
verdadera posición. El ideólogo, con sus principios y sus programas, pertenece a la
historia de la literatura; no a otra. La historia real pronuncia su juicio; y este juicio
no refuta al ideólogo, sino que lo deja abandonado a sí mismo, con todos sus
pensamientos. Ya pueden Platón y Rousseaupara no citar sino a los grandes
espíritusdesenvolver sus teorías abstractas del Estado; éstas no significan nada
para Alejandro, Escipión, César, Napoleón, con sus planes, batallas y disposiciones.
Hablen los teóricos sobre el sino. A los hombres de acción les basta con ser ellos
mismos un sino.
Entre los seres
microcósmicos fórmanse una y otra vez unidades de masas, provistas de un alma,
seres de orden superior que lentamente crecen o súbitamente aparecen, con todos los
sentimientos y las pasiones del individuo, misteriosos en su interioridad, inaccesibles al
intelecto, si bien el clarividente conocedor puede penetrar y prever sus alientos.
También en estas formaciones podemos distinguir por una parte unidades animales basadas
en un común sentir, arraigadas en la más profunda dependencia de la existencia y del
sino, como aquel vuelo de pájaros por el aire y aquel ejército atacante; y por otra
parte comunidades puramente humanas, establecidas conforme al intelecto, basadas en
opiniones iguales, en iguales fines e igual ciencia. La unidad del ritmo cósmico se posee
sin querer a la unidad de los motivos nos incorporamos cuando queremos. Una comunidad
espiritual puede ser por nosotros aceptada o abandonada; porque sólo nuestra vigilia toma
parte en ella. Pero una unidad cósmica es algo en que nos encontramos y a que
pertenecemos con todo nuestro ser. Estas multitudes se encienden en entusiasmo tan
rápidamente como sucumben al pánico general. Enloquecidas y arrebatadas en Eleusis y en
Lourdes, son presa a veces de un varonil aliento, como los espartanos en las Termópilas y
los últimos godos en el Vesubio.
Fórmanse al conjuro de
la música de los corales, de las marchas y las danzas; responden, como todos los hombres
y animales de raza, a los efectos de los colores relucientes, de los adornos, trajes y
uniformes.
Esas multitudes animadas
nacen y mueren. Las comunidades espirituales, meras sumas en sentido matemático, se
reúnen, se agrandan o se achican, hasta que, a veces, lo que es simple coincidencia llega
a arraigar en la sangre misma, merced a la fuerza de su impresión y de súbito la suma se
convierte en un verdadero ser. En las épocas de cambios políticos hay palabras que se
transforman en sinos y opiniones públicas que se tornan pasiones. Una multitud formada al
azar re reúne en medio de la calle; tiene una conciencia, un sentimiento, un
lenguaje, hasta que su alma efímera se extingue y cada cual sigue su camino. En
París, a partir de 1789, ocurría esto a diario tan pronto como se oía la voz de: «al
farol».
Estas almas tienen su
psicología particular; y hay que entenderla bien para manejarse en la vida pública.
Todas las clases y estados verdaderos tienen un alma: las órdenes de caballería en las
Cruzadas, el Senado romano, el club de los jacobinos, la sociedad distinguida bajo Luís
XIV, la nobleza prusiana, la clase campesina, el proletariado, la plebe urbana, la
población de un valle aislado, los pueblos y tribus de la época de las migraciones, los
sectarios de Mahoma, toda religión o secta recién fundada, los franceses de la
Revolución, los alemanes de la guerra de liberación. Y los seres más poderosos que
conocemos de este tipo son las grandes culturas, que nacen de una profunda conmoción
espiritual y que reúnen en una unidad de existencia milenaria las demás multitudes de
inferior cuantía, naciones, clases, ciudades, generaciones.
Todos los grandes acontecimientos de la historia se producen en esos seres de índole cósmica: pueblos, partidos, ejércitos, clases. En cambio, la historia del espíritu transcurre en comunidades y círculos independientes, escuelas, capas de educación, direcciones, y en suma: ismos. Pero aquí vuelven a plantearse una vez más las cuestiones que se refieren al sino. Esas masas, en el momento decisivo de su máxima actuación, ¿encuentran un jefe y director o van empujadas adelante por un impulso ciego? ¿Son los que dirigen el azar hombres de alto rango o personalidades insignificantes, encumbradas por la marea de los sucesos, como Pompeyo o Robespierre? El hombre de Estado se caracteriza por la facultad de percibir con perfecta certidumbre la fuerza y duración, la dirección y fines de todas esas almas colectivas, que se forman y extinguen en el torrente del tiempo. Sin embargo, es también cuestión del sino el decidir si el político puede dominarlas o si se deja arrastrar por ellas.
EL GRUPO DE LAS
GRANDES CULTURAS
6
Pero el hombre, ya tenga
la vocación de la vida o la vocación del pensamiento, está siempre despierto, en
vigilia, cuando obra o contempla. Y como despierto, vigilante, encuéntrase siempre
«en la imagen», es decir, acomodado a un sentido que el mundo luminoso circundante tiene
para él, justamente en ese momento. Ya hemos dicho antes que las innumerables actitudes,
que alternan en la vigilia del hombre, se dividen manifiestamente en dos grupos: mundos
del sino y del ritmo, mundos de las causas y oposiciones. ¿Quién no recuerda la
transición casi dolorosa que verificamos cuando hallándonos observando un experimento
físico nos vemos de pronto obligados a meditar sobre un acontecimiento de la vida
corriente?
En los anteriores
capítulos designé esas dos imágenes con los nombres de «el mundo como historia» y
«el mundo como naturaleza». En aquella primera, la vida se sirve del intelecto crítico;
tiene la visión a su mandato; el ritmo sensible se transforma en la intuición intima de
una línea ondulada y las conmociones vividas hacen época en el cuadro histórico. En
ésta, en cambio, domina el pensamiento mismo; la crítica causal convierte la vida en
proceso rígido, el contenido vivo de un hecho en verdad abstracta y la oposición en
fórmula.
¿Cómo es esto posible?
Ambas imágenes son cuadros ópticos; pero al contemplar el primero, nos entregamos a los
hechos irrevocables, y al estudiar el segundo queremos ordenar las verdades en un sistema
invariable. En la imagen histórica para la cual el saber, la ciencia, es un mero
puntallo cósmico hace uso de lo microcósmico. En eso que llamamos memoria y
recuerdo yacen las cosas como en una luz interior, mecidas por el ritmo de nuestra
existencia. El elemento cronológico, en su más amplio sentido, fechas, nombres,
números, revela que la historia, desde el momento en que es tensada, no puede
sustraerse a las condiciones fundamentales de toda vigilia. En el cuadro de la naturaleza,
el elemento subjetivosiempre presenteconstituye lo extraño y falaz. En el
mundo como historia, el elemento objetivo, el númeroinevitable también es el
que nos engaña.
Las actitudes
naturalistas deben y pueden, hasta cierto punto, ser impersonales. El que las adopta sé
olvida de sí mismo. Pero la imagen histórica se desarrolla en cada hombre, clase,
nación o familia, con referencia al sujeto que la percibe.
La naturaleza presenta
el carácter de la extensión, que envuelve a todos. Pero la historia es lo que
brota del obscuro pasado y viene al encuentro del espectador, con la tendencia a proseguir
tras él, en dirección hacia el futuro. El espectador, como situado en el presente, es
siempre el centro del cuadro histórico y resulta de todo punto imposible concebir la
ordenación sensata de los hechos, sin el elemento de la dirección, que pertenece
a la vida, no al pensamiento. Cada tiempo, cada país, cada muchedumbre viviente tienen su
propio horizonte histórico y el verdadero espíritu histórico se revela y demuestra en
el hecho de dibujar el historiador realmente el cuadro histórico que su tiempo exige.
Por eso la naturaleza y
la historia se diferencian una de otra como la crítica verdadera y la critica
aparenteentendiendo la palabra crítica en el sentido de oposición a la experiencia
vital. La física es critica y nada más. Pero, en la historia, la critica no puede
hacer otra cosa que proporcionar el caudal de conocimientos que sirve de base para que la
visión histórica desenvuelva su horizonte propio. La historia es esa visión sea
cual fuere el punto a que se dirige. Quien posea esa visión podrá comprender
«históricamente» todos los hechos y todas las situaciones. La naturaleza, en cambio, es
un sistema; y los sistemas se aprenden.
La actitud histórica
comienza para todos con las primeras impresiones de la niñez. Los ojos infantiles ven
bien; y los hechos del ambiente inmediato, la vida de la familia, de la casa, de la calle,
son sentidos, adivinados por el niño hasta en los últimos fundamentos, mucho antes de
que en su campo visual penetre la ciudad con sus habitantes y cuando aún las palabras
pueblo, tierra, Estado no poseen contenido tangible.
Asimismo el hombre
primitivo es un profundo conocedor de todo cuanto aparece vivo ante sus ojos,
históricamente, en el círculo estrecho en que se mueve. Sobre todo la vida, el
espectáculo del nacer y del morir, de la enfermedad y la vejez; y luego la historia de
las pasiones guerreras y amorosas que él mismo ha sentido o que ha observado en otros,
los destinos de sus allegados, de la tribu, de la aldea, sus actos y sus propósitos
recónditos, las narraciones de largas enemistades, luchas, victorias y venganzas.
Dilátanse los horizontes de la vida; y entonces no una vida, sino la vida nace y
muere; ante los ojos aparecen no aldeas y familias, sino lejanas tribus y pueblos, no
años, sino siglos. La historia con la cual realmente se convive, la historia cuyo ritmo
se siente de verdad, no llega nunca más allá de las generaciones del abuelo; ni para los
antiguos germanos o los actuales negros, ni para Perícles o Wallenstein.
Ahí termina un
horizonte de la vida y comienza una nueva capa, cuya imagen se sustenta por la tradición
histórica, la cual incorpora la sensación inmediata a un cuadro histórico claramente
percibido y fijado por un largo ejercicio, cuadro que los hombres de culturas diferentes
desarrollan de muy diferentes modos. Para nosotros comienza con ese cuadro la historia
propiamente dicha, en la cual vivimos sub specie aeternitatis; para los griegos y
los romanos cesa precisamente aquí. Tucídides piensa que los sucesos de las guerras
médicas no tienen ya en su tiempo la menor importancia viva [3] y César cree lo mismo de
las guerras púnicas.
Pero allende ese cuadro
fórmanse otras nuevas imágenes históricas particulares, que se refieren a los sinos del
mundo vegetal y animal, del paisaje y de los astros, imágenes que se confunden con las
últimas representaciones de la naturaleza en cuadros míticos del comienzo y del fin del
mundo.
La imagen naturalista que forman el niño y el hombre primitivo se desenvuelve partiendo de la pequeña técnica diaria.
Esta obliga continuamente al hombre y al niño a apartar la vista de la angustiosa contemplación de la naturaleza, dilatada en torno, para dirigirla con sentido critico hacia las realidades de la inmediata proximidad. Como los animales jóvenes, el niño descubre en el juego sus primeras verdades. Examinar el juguete, romper el muñeco, dar vuelta al espejo para ver lo que hay detrás, sentir el triunfo de haber determinado la exactitud de algo, que en adelante ha de permanecer fijohe aquí el fondo último, nunca superado, de toda investigación naturalista. El hombre primitivo adquiere esta experiencia critica por medio de sus armas y herramientas, por los materiales de su vestido, de su alimento, de su habitación, esto es,
por las cosas, en
cuanto que son cosas muertas. Y lo mismo le sucede con los animales; ahora ya, de
súbito, deja de comprenderlos como seres vivos, cuyo movimiento él calcula y observa al
perseguirlos o al huir de ellos; ahora ya le aparecen como un compuesto de carne y de
huesos, que él considera con un sentido puramente mecánico, en relación a un fin
determinado y prescindiendo de las propiedades vitales. No de otro modo un acontecimiento
se le presenta todavía como el acto de un demonio y al punto también como eslabón en
una cadena de causas y efectos. Es la misma transposición que el hombre culto y ya maduro
verifica todos los días y a toda hora. En derredor de ese horizonte natural acumúlase,
empero, otra capa compuesta de las impresiones que proceden de la lluvia, del rayo y la
tormenta del día y la noche, del verano y el invierno, del cambio de las lunas y el curso
de los astros. Los temblores religiosos, llenos de angustias y de respetos, obligan al
hombre a ejercer aquí una critica de muy distinto rango. Así como en aquella imagen
histórica pretendía sondear los últimos hechos de la vida así ahora quiere determinar
las últimas verdades de la naturaleza. Todo cuanto trasciende los límites de la
intelección llámalo divinidad; y lo demás intenta conocerlo interpretándolo en sentido
causal, como efecto, creación, revelación de la divinidad.
Asi, pues, toda
colección de determinaciones naturales obedece a una doble tendencia que desde los más
antiguos tiempos ha permanecido inalterada. Por una parte aspira a constituir un sistema
de conocimientos técnicos, lo más completo posible, puesto al servicio de fines
prácticos, económicos y bélicos; un sistema que muchas especies animales han llegado a
formar con notable perfección y que, partiendo de estos comienzos, llega al conocimiento
del fuego y de los metales, en el hombre primitivo, para progresar en línea recta hasta
la técnica de las máquinas en la cultura fáustica de nuestros días.
Por otra parte, cuando
el puro pensar humano se separa de la visión, por medio del lenguaje verbal, brota otra
tendencia que aspira igualmente a un conocimiento teorético integral, que en su
forma originaria llamamos religioso y en su forma derivada, propia de las culturas
posteriores, físico. El fuego es para el guerrero un arma, para el artesano una
parte de su herramienta, para el sacerdote un signo de la divinidad, para el Sabio un
problema. Pero todo esto pertenece a la actitud naturalista de la vigilia. En el mundo
como historia no se presenta nunca el fuego en general, sino el incendio de Cartago y
Moscú y las lamas de las hogueras que consumieron los cuerpos de Huss y de Giordano
Bruno.
7
Repito: todo ser vive
la vida y el sino de los demás seres con referencia a sí mismo. He aquí una
bandada de pájaros que se posa en un campo; el propietario del campo la sigue con muy
distintos ojos que el naturalista desde el camino o que el buitre en el aire. El labrador
contempla en su hijo al descendiente heredero; el vecino ve en él al labrador, el oficial
al soldado, y el extranjero al indígena. Napoleón emperador ha vivido los hombres y las
cosas de muy distinto modo que Napoleón teniente de artillería. Cambióse la posición
de un hombre; conviértase un revolucionario en ministro, un soldado en general y al punto
la historia con sus sujetos se tornará para él algo totalmente distinto. Talleyrand
conocía a los hombres de su tiempo porque era uno de ellos. Pero supongámosle de pronto
sumergido en la sociedad romana; no hubiera comprendido o hubiera comprendido mal a
Crasso, a César, a Catilina, a Cicerón, en todas las medidas y propósitos que estos
hombres calcularon, No hay historia en sí. La historia de una familia es distinta
para cada uno de sus miembros, la historia de un país aparece diferente a cada partido;
la historia universal presenta una faz que varia para cada país. El alemán ve la guerra
mundial de distinta manera que el inglés; el trabajador contempla en la historia de la
economía algo distinto de lo que percibe el empresario; el historiador occidental tiene
ante los ojos una historia universal bien diferente de la de los grandes historiógrafos
árabes y chinos. Sólo a muy largas distancias y sin participación íntima podría
exponerse objetivamente la historia de una época; pero los mejores historiadores de
nuestros días demuestran que no pueden juzgar ni narrar siquiera la guerra del Peloponeso
y la batalla de Actium sin referirla a los intereses actuales.
El más profundo
conocimiento de los hombres no sólo no excluye, sino que exige que quien lo tiene lo
tiña con los colores de su propia personalidad. Justamente la falta de
conocimiento de los hombres, la falta de experiencia de la vida se revela en esas amplias
generalizaciones que eliminan todo lo significativo, esto es, lo singular de la historia o
por lo menos que la pasan por alto. Y en este sentido es típicamente pésima esa
concepción materialista de la historia que podríamos caracterizar casi perfectamente
como la total carencia de dotes fisiognómicas. Pero, sin embargo, o más bien justamente
por eso hay para cada hombre puesto que pertenece a una clase, a una época,
a una nación, a una culturae igualmente para cada época, clase y cultura en
conjunto una imagen típica de la historia tal como debiera existir con respecto a
ellos. El conjunto de cada cultura posee, como suprema posibilidad, una imagen
primaria simbólica de su mundo como historia; y todas las actitudes particulares de los
individuos y de las multitudes, actuando como seres vivos, son copias o reproducciones de
esa imagen simbólica primaria. Cuando un individuo califica de importante o de mezquina,
de original o de trivial, de fallida o de anticuada la visión histórica de otro, es
siempreaun sin darse cuentapor comparación con la imagen histórica que el
momento exige como función constante del tiempo y del hombre.
Se comprende bien que
cada hombre de la cultura fáustica ha de tener su propia imagen de la historia; y no una
sola, sino innumerables imágenes que, desde su juventud, vacilan y cambian sin cesar
según los acontecimientos del día y de los años.
¡Cuán distinta es
también la imagen típica de la historia humana en las diferentes épocas y situaciones!
¡Cuan distinto el mundo de Otón el Grande del de Gregorio VII, el de un dux veneciano
del de un pobre peregrino! ¡Cuan diferentes los mundos vividos por Lorenzo de Médicis,
Wallenstein, Cromwell, Marat, Bismarck, un hombre del gótico, un sabio de la época
barroca, un oficial de la guerra de los Treinta años, de los Siete años, de la
liberación! ¡Y en nuestros días, cuan distintos los mundos el labrador frisio, que vive
realmente solo con su paisaje y sus vecinos, del comerciante hamburgués y del profesor de
física!.
Y sin embargo,
independientemente de la edad, de la posición y época de cada individuo, hay en todos
esos mundos un rasgo fundamental común, que pertenece al conjunto de todas esas
imágenes, a la imagen primaria, y la distingue de las otras imágenes que puedan haber
formado otras culturas.
La imagen histórica que
tuvieron los antiguos y los indios se distingue totalmente por la angostura de sus
horizontes de la que tuvieron los chinos y los árabes y aún mas los occidentales.
Lo que los griegos
podían y debían saber de la historia antigua de Egipto no lo incorporaron nunca a su
imagen histórica, que, para la mayoría, terminaba en los acontecimientos conocidos y
referidos aún por los últimos supervivientes. Todavía para los espíritus selectos la
guerra de Troya constituía un límite, allende el cual no debía ya haber vida
histórica ninguna.
La cultura
árabeen la idea que de la historia elaboraron no sólo los judíos, sino también
los persas desde Ciro aproximadamentefue la primera que se atrevió a realizar la
obra extraordinaria de reunir la leyenda de la creación del mundo con el tiempo presente,
por medio de una cronología auténtica.
Los persas llegaron
incluso a fijar cronológicamente la época del juicio final y la aparición del Mesías.
Esa delimitación precisa y harto estrecha de la historia humanala persa comprende
en conjunto doce milenios y la judía, hasta ahora, unos seises una expresión
necesaria del sentimiento cósmico que alienta en la humanidad mágica; por ella la
leyenda Judeo-persa de la creación, en su sentido profundo, se distingue de las
representaciones de la cultura babilónica, a lo cual tomó muchos rasgos exteriores. En
cambio, entre los chinos y los egipcios, animados de muy distintos sentimientos, la idea
de la historia se alarga en una amplia perspectiva sin fin, encadenándose las dinastías
por series cronológicas exactas, que van a perderse, milenio tras milenio, en las
obscuras lontananzas del pasado.
La imagen fáustica de
la historia universal, preparada por el establecimiento de la era cristiana [4], empieza
con una enorme amplificación y profundización de la imagen mágica, recibida por la
Iglesia occidental. Joaquín de Floris, hacia 1200, la tomó por base de una honda y
significativa interpretación de todos los sinos cósmicos, como secuencia de las tres
edades del Padre el Hijo y el Espíritu Santo. Añádase a esto la creciente ampliación
del horizonte geográfico que ya en la época gótica, por obra de los Wikingos y de los
Cruzados, se extendía desde Islandia hasta las más remotas partes del Asia [5]. Al
hombre del barroco, desde 1500, le aparece por vez primeraa diferencia de todas las
demás culturasla faz del orbe entero como escenario de la historia humana. Por
primera vez la brújula y el telescopio, entre las manos de los hombres cultos de esta
época posterior, convierten la hipótesis teórica de la redondez terrestre en el
sentimiento real de vivir sobre una esfera, en medio del espacio cósmico. El horizonte de
los países retrocede al infinito y lo mismo le sucede al horizonte del tiempo, por la
doble infinitud de la cronología, antes y después de Jesucristo.
Y la impresión de esta
imagen planetaria que, en última instancia, comprende todas las culturas superiores,
anula hoy la división gótica de Antigüedad, Edad media y Edad moderna, la vieja
división que desde hace tiempo nos viene apareciendo ya como harto mezquina y vacía.
En todas las demás
culturas, la historia del mundo coincide con la historia del hombre; el principio del
universo es el principio del hombre, y el fin de la humanidad es igualmente el fin del
mundo. Pero, durante la época del barroco, la tendencia fáustica hacia el infinito
separó por vez primera esos dos conceptos, y aunque la historia del hombre recibió
entonces una amplitud desconocida, hubo de convertirse, sin embargo, en un simple
episodio de la historia del mundo. La tierra, de la cual las demás culturas sólo
percibieron un trozo superficial, que consideraron como «el universo», la tierra quedó
reducida a una pequeña estrella entre millones de sistemas solares.
Esta dilatación de la
imagen histórica trae consigo la necesidadmayor en la cultura actual que en
cualquier otra culturade distinguir cuidadosamente entre la actitud habitual del
hombre común y la actitud ejemplar y máxima que sólo los espíritus superiores pueden
adoptar; y aun éstos solamente por breves instantes. La diferencia entre el horizonte
histórico de Temístocles y el de un aldeano ático es quizá de poca monta; pero ya es
enorme la diferencia entre la imagen histórica que percibía el emperador Enrique VI y la
de un hombre cualquiera de su mismo tiempo. El crecimiento de la cultura fáustica ha
amplificado y profundizado tanto las posibles actitudes superiores, que éstas ya no son
accesibles sino a círculos selectos, cada día más reducidos. Fórmase, pues, por
decirlo asi, una pirámide de posibilidades en la cual cada individuo, según sus
circunstancias, ocupa un plano más o menos elevado, definido por la actitud máxima que
le es dado alcanzar. Así resulta que entre los occidentales la mutua comprensión en los
temas vitales históricos tiene un límite, que ninguna otra cultura ha conocido, al menos
con tan fatal precisión como nosotros.
¿Puede hoy un obrero
comprender realmente a un aldeano? ¿Entiende el diplomático al trabajador manual? El
horizonte histórico-geográfico, en el cual ambos formulan sus más importantes
problemas, es tan diferente que todo intento de comunicación entre ellos falla y
extravaga. Un verdadero conocedor de hombres comprende todavía la posición de otro
hombre y a ella acomoda sus manifestacionescomo hacemos todos al hablar con los
niños. Pero el arte de sumergirse en la imagen histórica de una personalidad
pretérita, como Enrique el León o el Dante, para comprender la evidencia de sus ideas,
de sus sentimientos, de sus resoluciones es dificilísimo, dada la enorme distancia que
nos separa de aquellos estados de conciencia vigilante. Tan difícil y raro es ese arte
que en 1700 todavía nadie lo sospechaba y sólo desde 1800 aparece como una exigencia,
rara vez cumplida, de la historiografía.
La separación
típicamente fáustica entre la historia humana propiamente dicha y la historia cósmica,
mucho más amplia tiene por consecuencia el hecho de que, desde la caida del barroco
nuestra imagen del universo se haya descompuesto en varios horizontes sucesivos, a modo de
distintas capas o telones cuyo estudio ha exigido la formación de varias ciencias
particulares más o menos imbuidas de carácter histórico. La astronomía, la geología,
la biología, la antropología persiguen los destinos del universo estelar, del globo
terráqueo, de los seres vivos del hombre; y con éste comienza la que todavía hoy
llamamos «historia universal» de las grandes culturas, que se ramifica a su vez en la
historia de ciertos elementos culturales, en la historia de las familias, y, por último,
en las biografías personales tan desarrolladas justamente en nuestro mundo occidental.
Cada una de estas capas
exige una actitud determinada; mas en el momento mismo en que tomamos esta actitud, las
otras capas cesan al punto de representar un producirse vivo y quedan reducidas a simples
hechos. Al estudiar la batalla de la selva de Teutoburgo presuponemos todo el proceso de
formación de esta selva dentro del mundo vegetal de la Alemania del Norte. Al inquirir la
historia de las selvas germánicas, presuponemos el proceso de la formación geológica,
considerándolo como un hecho que no necesitamos estudiar en sus destinos particulares. Al
indagar el origen de la formación cretácea, es para nosotros un hecho y no un problema
la presencia de la Tierra misma como planeta en el sistema solar. Considerando esto mismo
de otra manera podemos decir: la existencia de una Tierra en el mundo estelar; la
existencia del fenómeno «vida» sobre la Tierra; la existencia de la forma «hombre»
entre los seres vivos; la existencia de la forma orgánica «culturas» en la historia
humana; cada una de esas existencias es siempre un accidente casual en la imagen de la
capa inmediatamente superior. Goethe, en la época que va desde su estancia en Estrasburgo
hasta su primer período de Weimar, sintió una atracción poderosa hacia la historia
universalcomo lo demuestran los bosquejos de César, Mahoma, Sócrates, el Judío
errante, Egmont, pero después de su dolorosa renuncia a la gran actuación
políticarenuncia de que nos habla el Tasso, aun en su forma definitiva,
cuidadosamente resignadahubo de desviar su interés también de la historia
universal para reducirlo en adelante y casi con violencia, por una parte, al cuadro de la
historia vegetal, animal y geológica, su «naturaleza viviente» y, por otra parte, a la
biografía.
Todas esas imágenes, si
se desarrollan en el mismo hombre, tienen idéntica estructura. La historia de las plantas
y los animales, la historia de la Tierra y de las estrellas es «fable convenue» y
refleja en la realidad externa las tendencias de la vida propia. Contemplar los animales o
las capas geológicas sin que en esa contemplación influyan el punto de vista subjetivo
del contemplador, su tiempo, su pueblo y hasta su posición social, es tan imposible como
considerar la Revolución y la guerra mundial independientemente de dichas condiciones
personales. Las famosas teorías de Kant y Laplace, de Cuvier, de Lyell, de Lamark, de
Darwin tienen un colorido político-económico; y la poderosa impresión que hubieron de
producir, en los circuios más distantes de la ciencia, demuestra que la concepción de
todas esas capas históricas arraiga en un origen común. Hoy, empero, está en trance de
brotar el último retoño que aún puede producir el pensamiento fáustico de la historia:
el enlace orgánico de todas esas capas diferentes y su incorporación a una única y
formidable historia del universo, con uniforme sentido fisiognómico, una historia en la
cual la mirada, partiendo de la vida del individuo humano, llegará sin interrupción a
los primeros y últimos destinos del universo. El siglo XIX ha planteado el
problemaen forma mecánica, esto es, ahistórica. Al siglo XX le está
reservada la solución.
8
La imagen que tenemos de
la historia de la Tierra y de los seres vivos hállase todavía dominada por nociones que
el pensamiento inglés civilizado ha desenvuelto, desde la época de las luces (siglo
XVIII), extrayéndolas de las costumbres de la vida inglesa. La teoría geológica de
Lyell sobre la formación de las capas geológicasteoría «flegmática», la
teoría biológica de Darwin sobre el origen de las especies no son sino reproducciones de
la evolución inglesa. En vez de catástrofes y metamorfosis incalculables, como las que
admitían el gran Leopoldo von Buch y Cuvier, establecen una evolución metódica con
larguísimos espacios de tiempo y no reconocen como causas nada mas que las causas finales
científicamente accesibles y de tipo mecanicista.
Esta índole «inglesa»
de las causas no es solamente mezquina, sino también harto estrecha. En primer término,
limita las conexiones posibles a procesos que se verifican íntegramente en la
superficie de la Tierra; con lo cual quedan excluidas todas las grandes relaciones
cósmicas entre los fenómenos vitales de la Tierra y los sucesos del sistema solar o del
mundo estelar y asentada la imposible afirmación de que la superficie externa de la
Tierra es un territorio donde los sucesos naturales transcurren en completo aislamiento.
En segundo término se supone que no existen otras conexiones que las accesibles a los
medios de la actual vigilia humanala percepción y el pensamiento con los
refinamientos conseguidos en ella por los aparatos y las teorías.
El pensamiento del siglo
XX en la historia natural se distinguirá del del siglo XIX por su aversión a ese sistema
de causas superficiales, que tiene sus raíces en el racionalismo de la época
barroquista. En su lugar pondrá un sentido puramente fisiognómico. Somos escépticos
ante todos los modos del pensamiento que pretenden suministrar explicaciones causales.
Dejamos que las cosas hablen y nos contentamos con sentir su sino y escrutar sus formas;
la inteligencia humana no alcanza a más.
El máximo resultado a
que podemos llegar es el descubrimiento de las formas sin causa, sin fin, puramente
existentes, que constituyen la base del cuadro cambiante de la naturaleza. El siglo XIX ha
entendido por «evolución» un progreso en el sentido de un creciente finalismo de la
vida. Leibnitz, en su muy significativo trabajo sobre la Tierra primitiva (1691)que,
basado en estudios sobre las minas de plata del Harz, bosqueja una prehistoria de la
Tierra en el sentido de Goethey Goethe mismo entendían por evolución la
perfección, en el sentido de un creciente acopio de formas. El concepto goethiano de la
perfección formal y el concepto darwiniano de la evolución son tan opuestos como los de
sino y causalidad; y también como los del pensamiento alemán y el pensamiento inglés y,
en último término, como los de la historia inglesa y la historia alemana.
No hay refutación más
concluyente de Darwin que los resultados de la paleontología. Los hallazgos
fosilizados no son, según la más sencilla probabilidad, sino ejemplos típicos. Cada
ejemplar debería, pues, representar distinta fase de la evolución. No debería haber mas
que «tránsitos»; la ausencia de límites significa ausencia de especies. Pero en vez de
eso, lo que encontramos son formas perfectamente fijas que permanecen inmutables durante
largos períodos, formas que no se han ido haciendo, en el sentido finalista, sino que de
pronto aparecen y al -punto tienen ya su figura definitiva, formas que no van
convirtiéndose en otras mejor acomodadas a ciertos fines, sino que empiezan a escasear y
acaban por desaparecer, mientras surgen otras inéditas. Las que se desenvuelven con
creciente riqueza de formas, son las grandes clases y géneros de los seres vivos, que
existen desde un principio y sin transiciones en la misma agrupación actual. Vemos
entre los peces a los selacios con sus sencillas formas aparecer en numerosos géneros en
el primer periodo de la historia, para ir luego lentamente retrocediendo, mientras que los
teleosteos imponen poco a poco una forma más perfecta del tipo pez. Otro tanto sucede,
entre las formas vegetales, a los helechos y asperillas, que hoy casi desaparecen con sus
últimas especies en el reino plenamente desenvuelto de las plantas. Pero no hay motivo ni
ocasión ninguna real para admitir causas finales y en general causas visibles de ello
[6]. Es un sino el que trae al mundo la vida la creciente oposición entre la planta y el
animal, cada tipo particular, cada género y cada especie. Y con la existencia de estas
formas se da al mismo tiempo determinada energía, que las mantiene en el curso de
su perfeccionamiento o que, tornándose turbia y obscura, las diluye y extingue en mil
variedades. Y con dicha energía se da, por último, también cierta duración vital
que, salvo algún accidente que pueda abreviarla, determina el tiempo de vida y la muerte
natural de cada forma.
Por lo que al hombre se
refiere, los hallazgos diluviales demuestran con claridad creciente que todas las formas
entonces existentes corresponden a las de hoy. No se advierte el más mínimo rastro de
evolución hacia razas construidas en sentido más finalista. La falta de descubrimientos
de la época terciaria indica también que la forma vital del hombre es debida, como todas
las demás formas, a una conversión subitánea. ¿De dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? Este es
y seguirá siendo un impenetrable arcano. En realidad, si hubiese una evolución en el
sentido inglés no podrían existir ni capas geológicas distintas, ni clases anímales,
sino una sola masa geológica y un caos de formas vivientes individuales, resultado de la
lucha por la vida. Pero todo cuanto vemos nos fuerza a creer que en la esencia de la
planta y del animal se verifican una y otra vez profundas y subitáneas mutaciones de
índole cósmica, que no se limitan nunca a la superficie de la tierra y que se sustraen,
en sus causas o en su totalidad, a la percepción e intelección del hombre [7].
Igualmente vemos en la historia de las grandes culturas producirse esas rápidas y
profundas transformaciones, sin que podamos en manera alguna hablar de causas, influencias
y fines visibles. El estilo gótico y el estilo de las pirámides se produjeron con la
misma subitaneidad que el del imperialismo chino bajo Chi-vang-ti o el del romano bajo
Augusto y que el helenismo, el budismo, el islamismo. Y otro tanto sucede con los
acontecimientos de las vidas individuales significativas. El que ignora estos cambios
bruscos no sabe lo que son hombres y sobre todo no sabe lo que son niños. Toda
existencia, ya sea activa, ya sea contemplativa, camina por épocas hacia su
perfeccionamiento. En la historia del sistema solar y del mundo estelar debemos admitir la
existencia de épocas semejantes. El origen de la Tierra, el origen de la vida. el origen
de la libre movilidad animal son épocas de esas y, por tanto, misterios que
debemos aceptar como tales misterios.
9
Todo lo que sabemos del
hombre se agrupa claramente en dos grandes edades. Los límites entre los cuales vemos
encerrada la primera edad son, de una parte, ese gran recodo del sino planetario, que
llamamos hoy principios de la época glacialy que, en la imagen de la historia
terrestre, nos aparece tan sólo como el hecho de haberse verificado una mutación
cósmica, y de otra parte, el comienzo de las grandes culturas a orillas del Nilo y
del Eufrates, que señala un cambio súbito de sentido en la existencia humana. Por
doquiera encontramos las fronteras del terciario y del diluvial. Y de aquí en adelante
hallamos al hombre como tipo ya formado, familiarizado con costumbres, mitos, artes,
adornos y provisto de una estructura corporal que, desde entonces, no ha variado
sensiblemente.
La primera edad es la de
la cultura primitiva. Existe una región tan sólo en donde esta cultura primitiva se ha
conservado viva y bastante intacta, durante toda la segunda edad y subsiste aún hoy, bien
que en una forma ya muy posterior. Dicha región es el noroeste de África. El gran
mérito de L. Frobenius consiste en haber dado a conocer este hecho [8]. La
hipótesis fue que aquí pervivía un mundo entero de vida primitiva y no sólo
cierto número de tribus primitivas, sin haber recibido impresión alguna de las culturas
superiores. En cambio, lo que los etnopsicólogos buscan en las cinco partes del mundo son
fragmentos de pueblos que no tienen de común sino el hecho puramente negativo de vivir en
medio de las grandes culturas sin participar interiormente en ellas. Son, pues, tribus en
parte retrasadas, en parte incapaces, en parte también degeneradas; y sus manifestaciones
son además reunidas sin discernimiento alguno.
La cultura primitiva
era, empero, algo fuerte y conjunto, algo lleno de vida y eficacia, pero tan
diferente de las posibilidades psíquicas que atesoramos nosotros, hombres de una cultura
superior, que cabe dudar sea lícito valerse de los pueblos que prolongan la primera edad
en la segunda, para inferir de su actual modo de ser y de pensar conclusiones acerca de lo
que eran aquellas remotas épocas.
La conciencia humana
vigilante se halla desde varios milenios bajo la impresión del contacto continuo entre
pueblos y tribus. Considera este contacto como algo evidente y de todos los días. Pero
tratándose de la primera edad debemos tener en cuenta que el hombre entonces vivía en
muy escaso número de pequeños grupos, perdidos completamente en las interminables
extensiones del territorio, dominadas por poderosas masas de grandes rebaños animales. La
rareza de los hallazgos humanos lo demuestra con plena seguridad. En los tiempos del homo
aurignacensis andaban por el suelo de Francia acaso una docena de hordas, compuestas
de unos centenares de cabezas.
Para estos hombres, la
presencia de otros hombres semejantes debía de ser un acontecimiento misterioso, que les
produciría una impresión profundísima. Y ¿podemos siquiera imaginar como fuese la vida
en un mundo casi desprovisto de hombres, nosotros, para quienes hace ya muchísimo tiempo
que la naturaleza entera es el fondo sobre que se destaca la gran masa de la humanidad?
¡Cuan grandes mutaciones debieron verificarse en la consciencia cósmica de aquellos
primitivos cuando en el paisaje, además de selvas y rebaños, fueron viendo cada día con
más frecuencia otros hombres «iguales a ellos»! Por otra parte, esos «otros hombres»
fueron sin duda aumentando en número con gran rapidez, casi con subitaneidad, de manera
que su presencia se transformó en suceso constante, habitual y vino a substituir la
impresión de asombro por sentimientos de alegría u hostilidad, despertando asi un mundo
nuevo de experiencias y relaciones involuntarias e inevitables. Este hecho es en la
historia del alma humana acaso el acontecimiento más profundo y preñado de
consecuencias. Las ajenas formas de vida despertaron la conciencia de las propias y, al
mismo tiempo, sobre la organización interna de la horda vinieron a superponerse las
variadas formas de relación entre las hordas que, desde entonces, dominan por completo la
vida y el pensamiento primitivos. Entonces fue cuando, sobre los primeros y más sencillos
modos de comunicación, aparecieron los gérmenes iniciales del lenguaje habladoy al
mismo tiempo del pensar abstractoy entre ellos algunas felices concepciones de cuya
estructura no podemos tener la menor idea, pero que debieron constituir el punto de
partida roas remoto de los posteriores grupos lingüísticos indogermánico y semítico.
Esta cultura primitiva de una humanidad unida toda por las relaciones de tribu a tribu constituye el fondo de donde súbitamente, hacia 3000, nacen la cultura egipcia y la babilónica, no sin que, quizás, durante todo un milenio se hubiese preparado en ambos territorios algo que por la índole y propósito de la evolución, por la unidad interna de todas las formas expresivas, por la dirección de la vida entera orientada hacia determinado fin, se distingue perfectamente de toda cultura primitiva. Es, en mi opinión, muy verosímil que por aquella época se haya verificado un cambio en la
superficie terrestre en
general o, por lo menos, en la esencia intima del hombre.
Y entonces todo lo que
posteriormente se conservara de la cultura primitiva, en medio de las culturas superiores,
desapareciendo luego poco a poco, seria algo distinto de la cultura de la primera edad. Lo
que yo llamo precultura, estadio inicial, situado al comienzo de toda gran cultura, con un
transcurso uniforme, es algo distinto de toda especie de cultura primitiva, algo
completamente nuevo.
En toda existencia
primitiva actúa lo impersonal, lo cósmico, con tan inmediato poder que todas las
manifestaciones del microcosmos en mitos, costumbres, técnicas y ornamentaciones obedecen
exclusivamente al impulso momentáneo. No podemos descubrir regla alguna para la
duración, el ritmo, el curso de la evolución de esas manifestaciones. Vemos, por
ejemplo, cierto idioma de las formas ornamentalesque no debiera nadie llamar
estilodominar en las poblaciones de amplios distritos, extenderse, alterarse y
finalmente extinguirse. A su lado, y acaso propagándose por muy distintos territorios, la
índole y empleo de las armas, la organización de las tribus, los usos religiosos siguen
su propia evolución con épocas independientes y con un comienzo y término no
condicionado por otra forma coetánea. Cuando en una capa prehistórica hemos logrado
determinar la presencia de una especie de cerámica bien conocida, esto no nos autoriza
para inferir nada sobre las costumbres y la religión del pueblo correspondiente. Y si por
casualidad encontramos que cierta forma de matrimonio se practica en el mismo circulo
territorial que, por ejemplo, cierta clase de tatuaje, esta coincidencia no obedece nunca
a una idea fundamental, como la que liga la invención de la pólvora a la perspectiva
pictórica. No se encuentran aquí relaciones necesarias entre el ornamento y la
organización por clases y edades o entre el culto de una deidad y la especie de
agricultura. Desarrollanse aquí siempre aspectos y rasgos aislados de cultura primitiva,
pero no esta cultura misma. Esto es lo que yo he calificado de caótico; la cultura
primitiva no es ni un organismo ni una suma de organismos.
Con el tipo de la gran
cultura aparece en lugar de ese elemento impersonal una temiendo, fuerte y
uniforme. En la cultura primitiva no hay más seres animados que los hombres y las tribus
y estirpes. Pero aquí la cultura misma es un ser animado. Lo primitivo es siempre
suma; suma de formas que expresan primitivos ligámenes. La gran cultura, en cambio, es la
conciencia vigilante de un único organismo enorme que convierte las costumbres, los
mitos, la técnica y el arte, y no sólo éstos, sino también los pueblos y las clases
sociales en formas varias de un mismo idioma, con una misma historia. La historia
primitiva del lenguaje pertenece a la cultura primitiva y tiene sus propios destinos
anárquicos, que no pueden derivarse de los de la ornamentación o de la historia del
matrimonio, por ejemplo.
En cambio, la historia
de la escritura pertenece a la historia de las expresiones en que se manifiestan las
culturas superiores. En el umbral de su desarrollo las culturas egipcia, china,
babilónica y mejicana formaron cada una su propio tipo de escritura; y si la cultura
india y la cultura antigua adoptaron muy tarde las grafías perfectamente desarrolladas de
otras culturas vecinas, y si en la cultura árabe cada nueva religión y secta inventaba
en seguida una escritura propia, estos son hechos que guardan una relación profunda con
la historia y significación íntima de las formas en estas dos culturas.
A esas dos edades se
limita nuestro saber acerca del hombre. Ello no es suficiente para sacar conclusiones
sobre otras edades posibles o ciertas y menos aún sobre su época y su modo, sin contar
con que a nuestros cómputos se sustraen por completo las conexiones cósmicas que dominan
el sino de la especie humana.
Mi manera de pensar y de
observar se limita a la fisonomía de la realidad. Donde cesa la experiencia del conocedor
de hombres respecto del mundo que le rodea; donde cesa la experiencia vital de un hombre,
acostumbrado a los hechos, ahí encuentra también sus limites esa visión. La existencia
de esas dos edades es un hecho de la experiencia histórica, y además de este
hecho nuestra experiencia de la cultura primitiva consiste en que podemos contemplar aquí
en sus restos algo concluso y cerrado algo cuya profunda significación puede ser sentida
por nosotros, si partimos de cierta interior afinidad. Pero la segunda edad nos permite
una experiencia de muy otra índole.
La aparición súbita
del tipo de la gran cultura, dentro de la historia humana, es un accidente casual, cuyo
sentido no podemos comprobar. No sabemos tampoco si en la existencia del orbe sobrevendrá
de pronto un acontecimiento que produzca una forma completamente nueva. Pero el hecho de
que ante nosotros se ofrece el espectáculo de ocho grandes culturas, todas de igual tipo
constructivo y de evolución y duración homogénea, nos permite hacer un estudio
comparativo y nos da un conocimiento que se extiende hacia atrás sobre épocas
desaparecidas y hacia adelante sobre períodos por venir, siempre en la hipótesis de que
un sino de orden superior no venga a substituir este mundo de formas por otro
completamente nuevo. Autorízanos a ello nuestra experiencia general de la
existencia orgánica. En la historia de las aves de rapiña o de las coníferas no podemos
prever si aparecerá y cuándo aparecerá una nueva especie; de igual manera, en la
historia de las culturas es imposible prever la aparición en el futuro de una cultura
nueva. Pero desde el momento en que el seno materno ha recibido los gérmenes de un nuevo
ser, desde el momento en que una semilla ha sido enterrada, ya sabemos cuál ha de ser la forma
interna del nuevo ciclo vital, que podrán perturbar fuerzas exteriores en el curso
pacifico de su desenvolvimiento, pero cuya esencia misma no puede ser alterada.
La experiencia,
nos enseña también que la civilización, extendida hoy sobre toda la faz del orbe, no
constituye una tercera edad, sino un período necesario de la cultura occidental
exclusivamente, período que se diferencia del período correspondiente en las demás
culturas sólo por su grandísima extensión. Y aquí termina la experiencia. Cavilar
sobre las formas nuevas en que el hombre futuro ha de vivir; o aun sólo pensar en si han
de venir o no nuevos hombres; bosquejar en el papel majestruosos planes con la fórmula:
«Así ha de ser, así debe ser» todo eso me parece un juego insubstancial, indigno de
que en él se empleen vanamente las energías de una vida, por insignificante que ésta
sea.
El grupo de las grandes
culturas no constituye una unidad orgánica. Para la mirada del hombre, la aparición de
las culturas en tal número, en tales lugares y en tales épocas es un azar sin sentido
profundo. En cambio, se ofrece tan clara y notoria la articulación orgánica de cada
cultura en particular, que la historiografía china, árabe y occidental y muchas veces
también el sentimiento concordante de las personas educadas ha forjado una serie de
términos inmejorables [9].
El pensamiento
histórico se encuentra, pues, ante un doble problema. Primero: estudiar comparativamente
los ciclos vitales, estudio que, aunque claramente exigido, nunca, empero, ha sido
hecho hasta hoy; y segundo: comprobar el sentido que puedan tener las accidentales e
irregulares relaciones entre las culturas. Hasta ahora estos problemas han sido
tratados en forma cómoda y superficial, canalizando la riqueza enorme de los hechos en el
«curso» de una historia universal, con explicaciones causales, mecánicas. Mas este
método anula la difícil pero fecundísima psicología de dichas relaciones, como anula
igualmente la de la vida interior de las culturas. El segundo problema supone el primero
resuelto. Las relaciones son variadísimas, aunque no fuera mas que por las distancias de
espacio y de tiempo. En las Cruzadas se colocan frente a frente un periodo primitivo y una
vieja y ya madura civilización. En el mundo cretense-miceniano del mar Egeo, una
precultura entra en contacto con un floreciente período posterior. Una civilización
puede lanzar desde lejos sus destellos, como la civilización india del Oriente sobre el
mundo árabe, o puede pesar con su ancianidad asfixiante sobre una juventud, como la
antigüedad sobre el Occidente. Pero las relaciones pueden ser también muy varias por su
distinta índole y fuerza: la cultura occidental busca entronques, la egipcia los evita;
el Occidente se entrega una y otra vez a los influjos ajenos, en conmociones trágicas; en
cambio la antigüedad aprovecha lo extraño, sin sufrimiento ni congoja. Mas todo esto
obedece también a las condiciones típicas que se dan en el alma de cada cultura y nos da
a conocer este alma a veces mejor que las manifestaciones directas del peculiar idioma de
formas que, con frecuencia, más sirven para encubrir que para comunicar la verdadera
esencia.
10
Paseando la mirada sobre
el grupo de las culturas, descúbrense problemas y más problemas. El siglo XIX, influido
en sus investigaciones históricas por el modelo de la física y en su pensamiento
histórico por las ideas del barroco, nos ha conducido a una alta cumbre, desde la cual a
nuestros pies contemplamos el mundo nuevo. ¿Podremos tomar posesión de él?.
La enorme dificultad con
que tropieza aún hoy el estudio de esos grandes ciclos vitales consiste en la falta
absoluta de trabajos serios sobre las comarcas remotas. Muéstrase en esto una vez más la
visión dominadora del europeo occidental que sólo quiere posarse sobre lo que,
procedente de una antigüedad cualquiera, viene a su encuentro, pasando por una Edad
media.
Lo demás, todo aquello
que camina por vías propias e independientes, no es nunca estudiado en serio. En la
historia de China y de la India hay algunos temas: arte, religión y filosofía, cuyo
estudio acaba de emprenderse. La historia política o no se refiere o se refiere en estilo
de charla amena. A nadie se le ha ocurrido estudiar los grandes problemas de derecho
político que llenan la historia de la China, el sino de Li-Wang (842), que parece un
Hohenstaufen oriental, el primer congreso de los príncipes en 659, la lucha entre los
principios del imperialismo (Lienheng) representado por el Estado Tsin, tan parecido al
romano, y la idea de una liga de los pueblos (Hohtsung) por los años de 500 a 300, el
encumbramiento de Hoang-ti, el Augusto chino (221). Nadie ha pensado en estudiar eso con
el detenimiento y profundidad con que Mommsen ha estudiado el principado de Augusto.
Aunque la historia de los Estados indios ha sido radicalmente olvidada por los indios
mismos, existen, sin embargo, del tiempo de Buda más materiales que los que han servido
para escribir la historia de la Antigüedad en los siglos IX y VIII. Pero todavía hoy nos
figuramos que «el» indio vivía sumergido en su filosofía, como los atenienses que,
según piensan nuestros clasicistas, se pasaban la vida filosofando a orillas del Ilissos,
en pura contemplación de la belleza.
La política egipcia no
ha sido apenas estudiada. Bajo el nombre de Hycsos han ocultado los historiadores egipcios
de la época posterior la misma crisis que los chinos llaman «tiempo de los Estados en
lucha». Nadie ha investigado esto todavía.
Y en el mundo árabe, el
interés de nuestros historiadores no franquea los límites a que llegan las lenguas de la
antigüedad.
¡Qué no se ha escrito
sobre la creación política de Diocleciano! Asombra la cantidad de materiales que se han
reunido, por ejemplo, sobre la indiferente historia de la administración de las
provincias del Asia Menorsolo porque están escritos en griego. En cambio, el
Estado sassanida, que es el modelo de Diocleciano en todo y por todo, no ha entrado en el
círculo de la consideración sino por cuanto estuvo en guerra con Roma.
Y lo mismo pasa en la
historia de la administración y del derecho. Los materiales reunidos sobre el derecho y
la economía en Egipto, India y China no pueden compararse con los estudios sobre el
derecho en la Antigüedad [10].
Después de un largo
«período merovingio», que en Egipto es bien visible, comienzan hacia 3000 [11]
las dos culturas más viejas en territorios muy reducidos, en el bajo Nilo y en el
Eufrates. Los períodos primitivo y posterior hállanse aquí distinguidos hace mucho
tiempo bajo los nombres de Imperio antiguo e Imperio medio, Sumer y Akad. El final del
feudalismo egipcio, con el nacimiento de una nobleza hereditaria y la consiguiente ruina
de la monarquía primitiva, desde la sexta dinastía ofrece una semejanza tan notable con
el curso de los acontecimientos en el período primitivo de China, desde I-Wang (934-909)
y en el de la cultura occidental, desde el emperador Enrique IV, que debiera alguien
atreverse a hacer una investigación comparativa de estos periodos. A principios del
«barroco» babilónico aparece el gran Sargón (2500) que penetra hasta el Mediterráneo,
conquista Chipre y con el mismo estilo que Justiniano I y Carlos V, se llama a si mismo
«Señor de las cuatro partes del mundo». En el Nilo, hacia 1800 y en «Akad y Sumen»
algo antes, comienzan las primeras civilizaciones, entre las
cuales la asiática
muestra una poderosa fuerza expansiva. Las «conquistas de la civilización
babilónica», multitud de conocimientos que se refieren a medidas, cuentas, cálculos, se
propagaron entonces quizá hasta el mar del Norte y al mar Amarillo. Acaso algunas marcas
de fábrica babilónicas, impresas sobre las herramientas, hayan sido veneradas como
signos mágicos por los salvajes germanos y dado origen a una ornamentación
«pregermánica». Mas entre tanto, el mundo babilónico pasaba de una mano a otra.
Cóseos, asirios, caldeos, medas, persas, macedonios, pequeños ejércitos [12] mandados
por enérgicos jefes cayeron sobre la capital, sin que la población opusiera una seria
resistencia. He aquí el primer ejemplo de una «época imperial romana». En Egipto las
cosas no siguieron distinto curso. Bajo los cóseos, los pretorianos ponen y quitan al
tirano, los asirios conservan las viejas formas políticas, como los soldados imperiales
desde Cómodo; el persa Ciro y el ostrogodo Teodorico se sienten administradores del
Imperio; los medas y los lombardos se consideran como pueblos dominadores en país ajeno.
Pero estas diferencias son políticas, no efectivas. Las legiones del africano Séptimo
Severo querían exactamente lo mismo que los visigodos de Alarico, y en la batalla de
Andrianópolis casi era imposible distinguir a los «romanos» de los «bárbaros».
Después de 1500, nacen
tres nuevas culturas; primero la india en el Pendjab superior, luegohacia
1400la china, en el Hoangho medio yhacia 1100la antigua, en el mar Egeo.
Sin duda, los
historiadores chinos hablan de tres grandes dinastías Sia, Chang,
Chou;esto corresponde, poco más o menos, a la opinión de Napoleón cuando se
consideraba fundador de la cuarta dinastía, sucesora de los merovingios, los carolingios
y los capetos. Pero en realidad la tercera dinastía es siempre la que asiste al
desenvolvimiento integral de la cultura. así, cuando en 441 el emperador titular de la
dinastía Chou pasa a ser un pensionista del «duque de Oriente», y cuando en 1792,
«Luis Capeto» es ejecutado, en ambos casos este hecho coincide con el paso de la cultura
a civilización. Se han conservado algunos antiquísimos bronces de la última época de
la dinastía Chang; ahora bien, esos bronces guardan con el arte chino posterior la misma
relación que la cerámica de Micenas con la cerámica antigua primitiva y que el arte
carolingio con el románico. El periodo primitivo védico. homérico y chino, con sus
castillos y fortalezas, con sus caballeros y señores feudales, ofrece la misma imagen que
el periodo gótico; y «la época de los grandes protectores»Ming-chu,
685-591corresponde exactamente al tiempo de Cromwell, Wallenstein, Richelieu y la
primera tiranía de los antiguos.
Entre 480 y 230 sitúan
los historiadores chinos el «periodo de los Estados en lucha», período que desemboca en
un siglo completo de guerras, con grandes ejércitos y tremendas convulsiones sociales, y
al fin termina con la fundación del Imperio chino por el Estado Tsin, la Roma de esta
cultura. Estos mismos acontecimientos los presenció Egipto entre 1780 y 1580 en
1680 comienza la «época de los Hycsos», y otro tanto sucedió en la antigüedad a
partir de Queronea y en forma más terrible desde los Gracos hasta Actium (133-31). Este
mismo, en fin, es el sino del mundo europeo americano durante el siglo XIX y XX.
El centro de gravedad
trasladóse mientras tanto. Asi como el Ática pasó al Lacio, asi también en China pasa
del Hoan-gho- hacia el Ho-nan-fu- a Jantse hoy provincia Hupei.
El Sikiang era entonces
tan obscuro y remoto para los sabios chinos como el Elba para los alejandrinos; y estos
sabios no tenían la menor sospecha de que existiese la India.
Lo que en la otra parte
del orbe representan los emperadores de la casa Julia-Claudia, eso mismo representa aquí
el poderoso Wang-cheng, que en las luchas decisivas asienta el dominio absoluto de Tsin y
en 221 adopta el título de Augusto que tal es la exacta significación de
Chiy el nombre cesáreo de Hoang-ti. Es asimismo el fundador de la «paz china»;
realiza en el agotado Imperio su gran reforma social y comienza, con inspiración
netamente romana, la construcción de la gran barrera, la famosa muralla, para la cual
conquista en 214 una parte de la Mongolia. (Entre los romanos empieza a formarse desde la
batalla de Varo la idea de una frontera fortificada contra los bárbaros; las
fortificaciones se estaban formando todavía en el siglo 1.) Es también el primero que
somete las tribus bárbaras al sur del Jangtse por medio de grandes expediciones militares
y afirma la seguridad del Imperio construyendo rutas militares, castillos y guarniciones.
La historia de su familia no es menos romana que la de sus hechos.
Sus descendientes
acabaron muy pronto sumiéndose en las abominaciones neronianas, en las que representaron
un papel el canciller Lui-chi, primer marido de la emperatriz madre, y el gran político
Li-Sé, el Agrippa de su tiempo y fundador de la escritura unificada. Siguen luego las dos
dinastías Han la occidental de 206 antes de Jesucristo a 23 de Jesucristo, y la
oriental de 25 a 220bajo las cuales las fronteras del Imperio se extendieron
considerablemente, mientras que en la capital los ministros eunucos, los generales y los
soldados ponían y quitaban emperadores a su antojo. En algunos momentos, bajo los
emperadores Wu-ti( 140-86) y Ming-ti (58-76), los poderes chinoconfuciano, indo budista y
antiguo estoico se aproximan tanto al mar Caspio, que fácilmente hubieran podido entrar
en comunicación [13].
Dispuso el acaso que los
terribles ataques de los Hunos fracasaran entonces contra la muralla de China, defendida
precisamente en esos momentos por emperadores fuertes y enérgicos. La derrota decisiva de
los Hunos tuvo lugar entre 124 y 119. Los Hunos fueron vencidos por el Trajano chino Wu-ti
que anexionó definitivamente la China del Sur para abrirse camino hacia la India. Wu-ti
construyó una carretera militar enorme, flanqueada de fortificaciones, hacia el Tarim.
Los Hunos entonces se
volvieron hacia el Occidente, y más tarde, precedidos de un enjambre de tribus
germánicas, aparecieron ante la fronteras del Imperio romano. Aquí consiguieron su
objeto. El Imperio romano sucumbió y la consecuencia fue que sólo subsistan hoy el
Imperio chino y el Imperio indio, como objeto predilecto de poderes varios y cambiantes.
Hoy son sus dueños los
«bárbaros occidentales de cabellos rojos» que, a los ojos de los civilizadísimos
bramanes y mandarines, no representan otro papel ni mejor función que los mongoles y los
mandchús, y que, como éstos, habrán de tener sus sucesores. En cambio, sobre los
territorios coloniales del destruido Imperio romano preparábase en el Noroeste la
precultura de Occidente. Entretanto, en Oriente habíase ya desarrollado el periodo
primitivo de la cultura árabe.
Esta cultura árabe es
un descubrimiento [14].Su unidad fue vislumbrada por algunos árabes posteriores; pero tan
desconocida por los historiadores occidentales, que ni siquiera se encuentra una buena
denominación que la designe. Siguiendo el idioma dominante, podría decirse que la
precultura y el periodo primitivo son arameos y que el periodo posterior es árabe. No
existe un verdadero nombre. Aquí las culturas hallábanse muy próximas, y por eso las
civilizaciones han ido superponiéndose unas a otras. La época previa, la época de la
precultura árabe, que puede rastrearse entre los persas y los judíos hállase
íntegramente en los dominios del viejo mundo Babilónico; en cambio, el período
primitivo, que procede de occidente, vive bajo el encanto y la influencia de la
civilización antigua, que acababa entonces de madurar. La civilización egipcia y la
india dejan sentir también sus efectos. Pero más tarde el espíritu árabe, encubierto
las más veces bajo el manto de la antigüedad posterior, ha vertido sus encantos sobre la
incipiente cultura occidental. La civilización árabe influyó notablemente sobre el alma
del pueblo en el sur de España, en la Provenza, en Sicilia, y se superpuso a la
civilización antigua, no extinguida todavía. La civilización árabe fue el modelo en
cuya contemplación se educó el espíritu gótico. El paisaje correspondiente a esta
cultura arábiga es grandemente extenso y quebrado. Situémonos en Palmira o Ctésifon, y
desde este punto contemplemos el teatro de los hechos. Al Norte, Osrhoene; Edessa fue la
Florencia del período primitivo del mundo árabe.
Al Oeste, Siria y Palestina, donde nacieron el Nuevo
Testamento y la Mischna judaica, con Alejandría como avanzada.
Al Este, el mazdeísmo
sufrió una poderosa renovación, correspondiente a la venida del Mesías en el judaísmo;
pero, a juzgar por las ruinas de la literatura del Avesta, sólo podemos decir de ella que
efectivamente hubo de tener lugar. También aquí se produjeron el Talmud y la religión
de Mani. Al Sur, en la cuna futura del Islam, pudo desenvolverse un periodo caballeresco,
como en el imperio sassanida. Todavía hoy hay allí ruinas de inexploradas fortalezas y
castillos, de donde partieron las guerras decisivas entre el Estado cristiano de Axum, en
la costa africana, y el Estado judaico de los Himiaritas en la costa árabe, guerras
atizadas por los diplomáticos desde Roma y Persia. En el extremo norte está Bizancio,
con su extraña mezcla de formas civilizadas decadentes y formas caballerescas primitivas,
contusión que se manifiesta sobre todo en la historia del ejército bizantino. El Islam
fue quien, al fin y harto tarde, despertó la conciencia de la unidad de todo este mundo.
A ello se debe la evidencia de su victoria, que hizo que se le entregaran, casi sin
voluntad, cristianos, judíos y persas. Del Islam salió luego la civilización árabe,
que se hallaba en su máxima perfección espiritual, cuando los bárbaros de Occidente, en
efímera expedición, penetraron hasta
Jerusalem. ¿Qué
impresión produciría este espectáculo en él ánimo de los árabes distinguidos?
¿Acaso una impresión algo bolchevista? La política del mundo árabe consideraba de
arriba a abajo, con cierto desdén, los negocios del «Frankistán».
Cuando, durante la
guerra de los treinta añosque vista desde aquí parecía transcurrir allá en el
«remoto Occidente», el embajador inglés en Constantinopla intentó soliviantar a
la Turquía contra la Casa de Habsburgo, seguramente pensaban los turcos que todos esos
pequeños Estados, allá en el horizonte del mundo árabe, no tenían importancia alguna
para los grandes problemas políticos que se agitaban en su mundo, desde Marruecos hasta
la India. Incluso cuando Napoleón desembarcó en Egipto debió haber amplios círculos
sociales que no sospecharon siquiera lo que el porvenir les preparaba.
Entretanto, en Méjico
había nacido una cultura nueva, tan remota, tan alejada de todas las demás, que no pudo
haber noticia de ella en éstas, ni de éstas en ella. Tanto más admirable resulta, pues,
la semejanza de su evolución con la evolución de la cultura antigua. Se llenarán de
espanto los filógogos cuando ante estas Teokallis piensen en sus templos dóricos.
Y, sin embargo, precisamente un rasgo antiguo, la falta de voluntad de potencia en la técnica, es el que determinó aquí la índole del armamento y, por consiguiente, hizo posible la catástrofe.
Porque esta cultura es el único ejemplo de una muerte violenta. No falleció por decaimiento, no fue ni estorbada ni reprimida en su desarrollo. Murió asesinada, en la plenitud de su evolución, destruida como una flor que un transeúnte decapita con su vara (a). Todos aquellos Estados, entre los cuales había una gran potencia y varias ligas políticas, cuya grandeza y recursos superaban con mucho los de los Estados grecorromanos de la época de Aníbal; aquellos pueblos con su política elevada, su hacienda en buen orden y su legislación altamente progresiva (b), con ideas administrativas y hábitos económicos que los ministros de Carlos V no hubieran comprendido jamás, con ricas Literaturas en varios idiomas, con una sociedad perespiritualizada y distinguida en las grandes ciudades, tal que el Occidente de entonces no hubiera podido igualar (c), todo eso sucumbió y no por resultas de una guerra desesperada, sino por obra de un puñado de bandidos que en pocos años aniquilaron todo de tal suerte que los restos de la población muy pronto habían perdido el recuerdo del pasado. De la gigantesca (d) ciudad de Tenochtitlán no quedó ni una piedra. En las selvas antiquísimas de Yucatán yacen las grandes urbes del imperio Maya, comidas por la flora exuberante. No sabemos ni el nombre de una sola. De la literatura se han conservado tres libros, que nadie puede leer.
Lo más terrible de este
espectáculo es que ni siquiera fue tal destrucción una necesidad para la cultura de
Occidente(e).
Realizáronla
privadamente unos cuantos aventureros sin que nadie en Alemania, Inglaterra y Francia
sospechase lo que en América sucedía. Esta es la mejor prueba de que la historia
humana carece de sentido. Sólo en los ciclos vitales de las culturas particulares hay
una significación profunda. Pero las relaciones entre unas y otras no tienen
significación; son puramente accidentales. Y en el caso de esta cultura mejicana fue el
azar tan cruelmente trivial, tan ridículo, que no seria admisible ni en la más mezquina
farsa. Un par de cañones malos, unos centenares de arcabuces bastaron para dar remate a
la tragedia.
Se hizo imposible para
siempre un conocimiento cierto del mundo mejicano, aun en los más generales rasgos de su
historia. Sucesos del tamaño de las Cruzadas y de la Reforma han caído en el olvido, sin
dejar rastro. Hasta estos últimos años, la investigación no ha logrado definir sino las
grandes líneas de la evolución posterior. Basada en esos datos, la morfología
comparativa puede ampliar y ahondar el cuadro, trayendo a relación la historia de las
demás culturas [15]. Según ello las épocas de esta cultura caen unos doscientos años
después de la arábiga y unos setecientos antes de la occidental.
Sin duda existió una
precultura que, como en Egipto y China, desenvolvió la escritura y el calendario; pero es
para nosotros enteramente desconocida. La cronología comenzaba por una fecha inicial, muy
anterior al nacimiento de Cristo; pero no puede precisarse su relación con el principio
de nuestra era.
De todas suertes, esto
demuestra que el mejicano tenia un sentido histórico extraordinariamente desarrollado.
La época primitiva de
los Estados maya«helénicos»- está testimoniada por los pilares en relieve,
fechados, de las viejas ciudades de Copan [16]al Sur, Tikal y algo después
Chichen Itzaal Norte, Naranjo, Seibalentre 160 y 450.
Al final de este
periodo, Chichen Itza, con sus edificios, es durante siglos el modelo preferido; hay que
citar junto a ella el florecimiento suntuoso de Palenque y Piedras Negras al
Oeste- Esto correspondería al gótico posterior y al Renacimiento (450-600, o en la
cultura occidental 1250-1400 (?).
En el período
posteriornuestro barrocoaparece Champutun como centro de la formación del
estilo. Ahora comienza la evolución en los pueblos«italianos»de Nahua,
sobre la altiplanicie de Anahuac. Estos pueblos fueron puramente receptivos en lo que al
arte y al espíritu se refiere; pero muy superiores a los maya en instinto
políticohacia 600-960, que en la cultura antigua es 750-400 y en la occidental
1400- 1750(?). Principia entonces el «helenismo» de los maya.
Hacia 960 es fundada
Uxmal, que pronto llega a ser una urbe mundial de primer orden, como Alejandría y Bagdad,
fundadas también en los umbrales de la civilización. Hallamos además una serie de
brillantes ciudades como Labna, Mayapan, Chacmultun y de nuevo Chichen Itza. Estas
ciudades señalan a cúspide de una grandiosa arquitectura, que no crea un estilo nuevo,
pero que emplea los viejos motivos con un gusto selecto y en poderosas masas. La política
se halla dominada por la famosa Liga de Mayapan (960-1195), que comprendía tres Estados
directores y que mantuvo su posición algo artificial y violentamente al parecer, a pesar
de grandes guerras y repetidas revolucionesen la cultura antigua 350-150, en la
occidental 1800-2000.
El final de este
período está caracterizado por una gran revolución, y en relación con ella las
potencias«romanas» Nahua entran de lleno en los asuntos de los Maya. Con
ayuda de éstos, provoca Hunac Ceel un trastorno general y destruye Mayapanhacia
1190, que en la cultura antigua corresponde a 150. Lo que sigue después es la historia
típica de una civilización ya madura. Los pueblos luchan por el predominio militar. Las
grandes ciudades Maya se sumergen en la ventura contemplativa de la Atenas romana y de
Alejandría. Entretanto, en el horizonte remoto del territorio Nahua, se desarrolla el
último de esos pueblos, los aztecas, con su temple bárbaro y su insaciable voluntad de
poderío. En 1325 fundan Tenochtitlán -en la antigüedad corresponde a la época de
Augusto, que pronto se encumbra a capital del mundo mejicano. Hacia 1400 comienza la
expansión militar de gran estilo. Los territorios conquistados quedan sujetos por
colonias militares y una red de rutas militares. Los Estados tributarios son reducidos a
obediencia y separados unos de otros por la superior diplomacia de los dominadores. La
ciudad imperial de Tenochtitlán crece y se hace gigantesca, con una población
internacional entre la cual no faltaba ninguno de los idiomas hablados en el Imperio. Las
provincias Nahua estaban ya aseguradas en sentido político y militar; rápidamente se
dirige la expansión política hacia el Sur y se prepara a poner mano sobre los Estados
Maya. No es posible predecir el curso que hubieran seguido las cosas en el siglo
siguiente, cuando llegó el final.
La cultura occidental se
encontraba entonces aproximadamente en el mismo periodo que los Maya habían ya franqueado
en el año 700. Hasta la época de Federico el Grande no se hubiera podido
comprender en Europa la política de la Liga de Mayapan. La organización de los aztecas
en 1500 es, para nosotros todavía un futuro remoto. Pero, en cambio, ya entonces
distinguía el hombre fáustico de cualquier otro tipo cultural por su insaciable afán de
lejanía que, en última instancia, es el que ocasiona la destrucción de la cultura
mejicana y peruana.
Ese afán sin ejemplo en
la historia, se manifiesta en todas las esferas. Sin duda, el estilo jónico era imitado
en Cartago y Persépolis, el gusto helénico encontró admiradores en el arte indio de
Gándara, y las futuras investigaciones aquilatarán hasta qué punto la China ha influido
sobre la edificación de madera que se empleaba en el norte germánico. Sin duda, también
el estilo de la mezquita dominó en toda la comarca que va de la India superior hasta la
Rusia del Norte, el África occidental y España. Pero todo esto es nada en comparación
con la fuerza expansiva del alma occidental. Es claro que la historia misma del estilo se
desarrolla y perfecciona en el suelo de la madre patria; pero sus resultados caminan por
doquiera, sin conocer límites ningunos. En el suelo mismo donde estuvo Tenochtitlán
levantaron los españoles una catedral de estilo barroco, con obras maestras de la pintura
y la plástica españolas. Los portugueses trabajaron en la India; los arquitectos
italianos y franceses del barroco posterior llegaron al corazón de Rusia y de Polonia. El
rococó inglés y, sobre todo, el estilo imperio, tuvo una florescencia grande en las
ciudades de los plantadores norteamericanos, cuyos muebles y cuyas decoraciones,
preciosísimas, son en Alemania harto poco conocidas.
El clasicismo dio frutos
en el Canadá y en el Cabo. Desde entonces, ya no conoce limites la expansión occidental.
En cualquier aspecto, la relación entre esta joven civilización y las antiguas
civilizaciones existentes aún consiste en verter sobre ellas por una espesa capa de
formas vitales europeo americanas, bajo la cual las formas viejas y propias van poco a
poco desapareciendo. (sobre este capítulo véase las notas (a), (b), (c), (d), (e)
al final, N. del corrector)
11
Esta imagen del mundo
humano está destinada a deshacer el esquema: Edad antigua, Edad media, Edad moderna,
esquema que todavía perdura en los mejores espíritus. Y ante ella resulta posible dar
una contestación nuevay a mi parecer definitiva - a la vieja pregunta: ¿Qué es
historia? Ranke - en el prólogo a su Historia Universaldice: «La
historia comienza allí donde los monumentos comienzan a ser inteligibles, allí donde se
nos ofrecen datos escritos dignos de confianza.» He aquí una respuesta de coleccionador
y ordenador de datos. Se advierte claramente que Ranke confunde lo que ha sucedido en
general con lo que ha sucedido dentro del campo visual de la investigación histórica de
su tiempo. Mardonio fue vencido en Platea. ¿Acaso deja de ser historia este hecho, si dos
mil años más tarde resulta desconocido para un sabio? ¿Es que la vida no es un hecho
mas que cuando los libros hablan de ella?
Eduardo Meyerel
historiador más considerable desde Ranke -dice [17]: «Histórico es todo aquello que
ejerce o ha ejercido influencia... La consideración histórica es la que convierte un
proceso aislado en un acontecimiento histórico, destacándolo sobre la masa infinita de
los demás procesos contemporáneos suyos». Esto está dicho enteramente en el gusto y
espíritu de Hegel. Primeramente: los hechos son los que importan y no nuestro accidental
conocimiento de ellos. Justamente la nueva imagen de la historia nos obliga a admitir la
existencia de hechos muy considerables, en grandes series, aunque no podamos nunca
conocerlos en el sentido científico de esta palabra. Debemos acostumbrarnos a contar
ampliamente con lo desconocido. Segundo; las verdades existen para el espíritu; los
hechos sólo existen con referencia a la vida. La consideración histórica o, según mi
terminología, el ritmo fisiognómico, es decisión de la sangre,
conocimiento de los hombres extendido al pasado y al futuro, percepción nativa de las
personas y de las situaciones, estimación de lo que fue acontecimiento, de lo que fue
necesario, de lo que tiene que existir, y no una simple crítica científica
y acopio de datos. La experiencia científica para un verdadero historiador es cosa
adjetiva o secundaria- el historiador emplea los recursos de la intelección y de
la comunicación para
demostrar minuciosamente, una vez más, a la conciencia vigilante aquello que en un
momento de iluminación estaba ya demostrado a la existencia.
La energía de la
existencia fáustica actual ha elaborado todo un círculo de experiencias internas, que
ningún otro hombre ni otro tiempo ha podido alcanzar nunca; de manera que los más
remotos acontecimientos van adquiriendo para nosotros cada día un sentido más hondo y
una relación más íntima con nuestro ser, sentido y relación que no podían
existir para los demás hombres, ni siquiera los que vivieron próximos a dichos
acontecimientos. Así resulta que para nosotros hay muchas cosas que se han tornado
historiaes decir, vida armónica con nuestra viday que no lo eran hace cien
años. Para Tácito la revolución de Ti. Gracocuyas fechas «sabia» quizá
el historiador romanono tenía ya verdadera importancia. Para nosotros la tiene
notable. Para los adictos al Islam, la historia de los monofisitas y sus relaciones con el
círculo de Mahoma no significan nada. Nosotros, en cambio, reconocemos en ella
bajo otras condicionesla evolución del puritanismo inglés.
Finalmente, para una
civilización cuyo teatro es ya la tierra entera, todo acaba por ser histórico. El
esquema de la Antigüedad, la Edad media y la Edad moderna, tal como el siglo XIX lo ha
comprendido, contenía tan sólo una selección de relaciones palpables. Pero la
acción que ya hoy empiezan a ejercer sobre nosotros las historias primitivas de China y
de Méjico, es una acción de Índole más sutil y espiritual. En esas historias hallamos
experiencias de las últimas necesidades que residen en toda vida. El espectáculo de
otros ciclos vitales nos adoctrina sobre nosotros mismos, nos enseña lo que somos, lo que
tenemos que ser, lo que hemos de ser. Tal es la gran escuela de nuestro futuro. Nosotros,
que aún poseemos historia y hacemos historia, comprendemos lo que es la historia,
cuando llegamos a los extremos limites de la humanidad histórica.
Una batalla entre dos
tribus del Sudán, o entre los queruscos y los catos, en tiempos de César o, lo que en
esencia es lo mismo, entre dos ejércitos de hormigas, constituye simplemente un
espectáculo de la naturaleza viviente. Pero una victoria de los queruscos sobre los
romanos en el año 9 ó de los aztecas sobre los tlaskalanos forma parte de la historia.
Aquí tiene importancia el «cuándo»; aquí cada decenio pesa, y aun cada año pesa.
Se trata del progreso de un gran ciclo vital, en donde cada resolución ocupa el rango de
una época. Hay aquí un fin hacia el cual va empujado el acontecer todo; hay aquí una
existencia que quiere cumplir su destino; hay aquí un ritmo, una duración orgánica, y
no esa anárquica fluctuación de escitas, galos, caribes, cuyos incidentes son tan
anodinos como puedan serlo los que acontecen en una colonia de castores o en una estepa
llena de gacelas. Este último acontecer es puramente zoológico, y tiene su lugar
en un cuadro muy diferente. No se trata en él del sino que sufren ciertos pueblos y
ciertos rebaños, sino del que sufre el hombre, la gacela o la hormiga como especie.
El hombre primitivo no tiene historia mas que en sentido biológico. Por descubrirla se
afana la investigación prehistórica.
La creciente
familiaridad con el fuego, con las herramientas de piedra, con los metales y con las leyes
mecánicas de la acción de las armas, caracteriza solamente la evolución del tipo y de
las posibilidades inclusas en él. En el marco de esta clase de historia resulta
indiferente el propósito que tuvieran las dos tribus al venir a las manos. La edad de
piedra y el barroco son dos estadios que señalan: la primera, un período de desarrollo
en la existencia de una especie, y el segundo, un período de desarrollo en la existencia
de una cultura. La especie y la cultura son, empero, dos organismos que pertenecen a
esferas completamente distintas. Formulo aquí mi protesta contra dos opiniones que
continuamente han menoscabado el pensar histórico: contra la opinión de que hay un fin
de la humanidad en conjunto y contra la negación de todos los fines en general.
La vida tiene un fin,
que es el cumplimiento de lo que quedó establecido en el acto de la generación. Pero el
individuo humano pertenece por su nacimiento o bien a una de las grandes culturas o
solamente al tipo humano general. No hay para el hombre una tercera unidad vital. Por eso
el sino del hombre encaja o en la historia zoológica o en la «historia universal».
El «hombre
histórico»tal como yo lo entiendo y como lo han entendido siempre los grandes
historiadoreses el hombre que pertenece a una cultura en trance de realización y
cumplimiento. El que vive antes, después o fuera de una cultura es hombre inhistórico
[18]. Y entonces los destinos del pueblo a que pertenece son tan indiferentes como los
destinos de la tierra cuando no la consideramos en el cuadro de la geología, sino de la
astronomía.
De aquí se sigue un
hecho decisivo, que por primera vez ahora queda manifiesto: el hombre no sólo es
inhistórico en los tiempos que anteceden a una cultura, sino que se torna también
inhistórico tan pronto como una civilización, llegada a su plena y definitiva forma,
pone fin y remate a la evolución viva de una cultura, agotando las últimas posibilidades
de una existencia significativa. La civilización egipcia, desde Sethi 1 (1300) y las
civilizaciones china, india y árabe actuales nos ofrecen de nuevo el espectáculo de las
fluctuaciones zoológicas en la edad primitiva, aunque se encubran bajo las formas
perespiritualizadas de la religión, de la filosofía y, sobre todo, de la política. Que
en Babilonia acampan las salvajes hordas de soldados cosenos o se establecen los refinados
persas; que unos u otros permanecen allí más o menos tiempo y asientan su dominio con
mayor o menor éxito, nada de esto tiene importancia desde el punto de vista de Babilonia.
Sin duda estos acontecimientos no son indiferentes por lo que se refiere a la bienandanza
de la población; pero ninguno de ellos altera en lo más mínimo el hecho de que el alma
de ese mundo babilónico estaba ya extinguida. Por lo tanto, los acontecimientos carecían
de todo sentido profundo. Una nueva dinastía, nacional o extranjera, en Egipto; una
revolución o una conquista en China, un nuevo pueblo germánico en el imperio
romanoestos son hechos que pertenecen a la historia del paisaje, como, v. gr., un
cambio en la fauna o el desfile de una bandada de pájaros. Pero en la verdadera historia
de la humanidad superior hay siempre algo que constituye la base de todo problema animal
de fuerza, y ese algoaunque los actores o comparsas de la historia no tengan la más
mínima conciencia del simbolismo de sus actos, de sus fines y destinoses siempre la
realización de cierto elemento anímico, la traducción de una idea en forma histórica
viviente. Y esto vale también para las luchas entre dos grandes tendencias estilísticas
del artegótico y Renacimientoentre filosofíasestoicos y
epicúreos, entre ideales políticosla oligarquía y la tiranía, entre
formas económicascapitalismo y socialismo.
Ya no se trata de esto.
Lo que resta es tan sólo la lucha por la mera potencia, por el provecho animal en sí. Y
si en los periodos anteriores la potencia aparentemente menos ideal sirve todavía en
alguna manera a la idea, en cambio en las civilizaciones postrimeras hasta la más
persuasiva apariencia de idea es una máscara que encubre puras cuestiones zoológicas de
fuerza.
La filosofía india
anterior a Buda se diferencia de la posterior en que aquélla es el gran movimiento hacia
un fin del pensamiento indio, fin planteado en el alma india y propuesto por el alma
india; mientras que ésta es la continua remoción de un contenido intelectual que no por
eso cambia en lo más mínimo. Las soluciones están ya dadas y sólo varía el gusto del
aderezo. Otro tanto puede decirse de la pintura china anterior y posterior a la dinastía
Hanconozcámosla o noy de la arquitectura egipcia anterior y posterior al
comienzo del Imperio nuevo. Y lo mismo sucede con la técnica. Los inventos occidentales,
la máquina de vapor, la electricidad, son recibidos hoy por los chinos del mismo
modoy con igual veneración religiosaque hace cuatro mil años el bronce y el
arado y mucho antes aún el fuego. Y unos y otros se distinguen perfectamente de los
inventos que descubrieron los chinos mismos en la época Chu, inventos que hicieron época
para su historia interna [19]. Antes y después de la cultura, los siglos ya no
desempeñan, ni mucho menos, el papel que durante la cultura desempeñan los decenios y,
muchas veces, incluso los años; porque las edades de la biología recobran poco a poco
su validez. Así adquieren esos estados posteriorestan evidentes para los que en
ellos vivenese carácter de duración solemne, que los hombres verdaderamente cultos
perciben con asombro, al compararlos con el ritmo rápido de su propia evolución.
Herodoto en Egipto y los europeos occidentales en China, desde Marco Polo, percibieron con
extrañeza esa duración y lentitud, que no es sino la falta de historia.
La historia antigua ¿no
llega a su término con la batalla de Actium y la pax romana? A partir de entonces
ya no se verifican esos grandes acontecimientos que compendian el sentido interior de toda
una cultura. Comienza el imperio del absurdo, de la zoología. Resulta ya
indiferentepara el mundo, no para los particulares que actúanel que un suceso
se verifique de un modo o de otro. Todas las grandes cuestiones de la política hallan la
misma solución que encuentran en todas las civilizaciones; solución que consiste en que
nadie ya siente los problemas como tales problemas, en que nadie se plantea problemas. Y
muy pronto llega un momento en que nadie comprende los problemas que propiamente fueron
causa de las anteriores catástrofes. Cuando el hombre no siente su propia vida tampoco
siente la vida ajena. Cuando los egipcios posteriores hablan de la época de los Hycsos o
cuando los chinos posteriores hablan del periodo correspondiente de su historia, «la
época de los Estados de lucha», juzgan la imagen externa del pasado según su propia
vida, vida que desconoce todo enigma, todo problema. Ven allá simples luchas por el
predominio; no ven que esas guerras desesperadas exteriores e interiores, en las cuales se
pedía auxilio a los extranjeros contra los propios conciudadanos, fueron dirigidas por
una idea. Hoy comprendemos bien lo que significaban aquellas terribles excitaciones y
explosiones que acompañaron a los asesinatos de Tiberio Graco y de Clodio. En 1700 no
podíamos aún comprenderlo. En 2200 no podremos ya comprenderlo tampoco. Lo mismo ocurre
con aquel Chian, fenómeno de tipo napoleónico, para el cual los historiadores egipcios
posteriores no encontraron otro calificativo que el de «rey hycso». Si los germanos no
hubieran invadido el Imperio, la historiografía romana, un siglo después, hubiera quizá
hecho de Graco, Mario, Sylla y Cicerón una dinastía, derribada luego por César.
Compárese la muerte de
Tiberio Graco con la de Nerón, cuando llegó a Roma la noticia del levantamiento de
Galba, o la victoria de Sylla sobre los Marianos, con la de Séptimo Severo sobre
Pescennio Niger. Si en los casos de Nerón y de Severo hubiese sucedido lo contrario de lo
que sucedió, ¿hubiera variado en algo el curso de la época imperial? Van demasiado
lejos Mommsen y Eduardo Meyer [20] cuando establecen una diferencia cuidadosa entre la
«monarquía» de César y el «principado» de Pompeyo o Augusto. Estas son ya para
nosotros fórmulas de Derecho político que carecen de todo contenido; hace cincuenta
años hubieran significado aún la oposición entre dos ideas. Cuando en el año 68 Vindex
y Galba quisieron restaurar «la República», manejaron un concepto en una época en que
ya no existían conceptos de verdadero y auténtico simbolismo. Lo único que entonces
importaba era saber en qué manos vendría a parar el poder. Las luchas por la obtención
del título de César fueron cada vez más tomando el aspecto de peleas entre tribus
negras; y hubieran podido proseguir durante siglos y siglos, en formas cada día más
primitivas y, por tanto, más «eternas».
Estos pueblos ya no
tienen alma. No pueden, por lo tanto, tener historia. A lo sumo consiguen conservar la
significación de un objeto, en la historia de una cultura extraña, y esta vida ajena es
la que, exclusivamente, define por si el sentido de esa relación. Sobre el solar de las
civilizaciones viejas ya no representa papel histórico el curso de los acontecimientos
provocados por sus habitantes, sino el de los acontecimientos verificados por otros
hombres de otro paraje. Pero en este punto el complejo de la «historia universal»
reaparece escindido en sus dos elementos: los ciclos vitales de las grandes culturas y las
relaciones entre ellos.
C
LAS RELACIONES ENTRE
LAS CULTURAS
12
Las culturas son lo
primero; luego vienen las relaciones.
El pensamiento
histórico moderno juzga, empero, lo contrario.
Y por eso, cuanto más
desconoce los verdaderos ciclos vitales de que se compone la aparente unidad del suceder
universal, tanto más celo pone en inquirir la vida escudriñando la red de las
relaciones. Pero por lo mismo que busca en primer término las relaciones, resulta que no
alcanza a comprenderlas.
¡Cuánta riqueza
atesora la psicología de esas atracciones, repulsiones, preferencias, transformaciones,
seducciones, ingerencias y entregas, que tienen lugar no sólo entre culturas que se
tocan, se admiran o se combaten, sino también a veces entre una cultura viva y el mundo
de formas de una cultura muerta, cuyos restos permanecen aún visibles en el paisaje!
Y, en cambio, ¡qué
estrechez, qué pobreza revelan las representaciones encerradas por los historiadores en
las palabras influencia, prosecución, actuación!
Todo esto es muy siglo
XIX. Por doquiera cadenas de causas y efectos. Todo «se sigue de». Nada es originario,
primigenio. Cuando los elementos formales que pertenecen a la costra superficial de las
culturas viejas son de nuevo descubiertos en otras culturas más jóvenes, dice el
historiador que esos elementos «han seguido actuando». Y cuando un historiador logra
reunir una seria de prosecuciones semejantes, descansa, satisfecho de haber
realizado una obra valiosa.
El fundamento sobre que
se basa esta manera de ver es aquella imagen de la historia humana, como unidad
significativa, que bosquejaron antaño los grandes góticos. Sobre la faz de la Tierra
veíanse pasar los hombres y los pueblos y permanecer las ideas. La impresión de esa
imagen fue poderosa y todavía no se ha borrado. Significó al principio el plan trazado
por Dios al género humano. Más tarde las cosas pudieron seguir contemplándose de
idéntica manera, merced a la permanencia del esquema: Antigüedad, Edad media, Edad
moderna; y la atención se fijó no en lo que realmente variaba, sino en lo que
aparentemente se conservaba inmutable. Pero ya nuestra visión es otra, más fría, más
lejana. Nuestro saber ha franqueado los límites del esquema rectilíneo; y quien siga hoy
viendo la historia por el ángulo de dicho esquema, está situado en el lado falso. No es
el elemento creado el que «actúa», sino el elemento creador el que «recoge». Se
confunde la existencia con la vigilia, se confunde la vida con los medios por los cuales
la vida se expresa y manifiesta. El pensamiento teóricoque es mera vigilia
encuentra por doquiera unidades teóricas en movimiento- Esta manera de pensar es
típicamente fáustica, dinámica. En ninguna otra cultura se han representado los hombres
así la historia. Un griego, con su intelección
somática del mundo, no
hubiera perseguido nunca en sus «efectos» esas meras unidades de expresión que llamamos
«el drama ático» o «el arte egipcio».
Se empieza por designar
con un nombre un sistema de formas expresivas. Asi queda destacado un complejo de
relaciones. En seguida se piensa bajo ese nombre un ente y bajo la relación una acción.
El que habla hoy de la filosofía griega, del budismo, de la escolástica, entiende por
tal una cosa viva, una unidad de fuerza que crece, se hace poderosa, toma posesión del
hombre, se impone a la conciencia y hasta a la existencia del hombre y le obliga al fin a
seguir actuando en la dirección vital de su propio ser. Esta es una mitología perfecta.
Y lo característico es
que sólo los hombres del Occidentecuyo mito conoce otros demonios de la misma
especie, como «la» electricidad, «la» energía de posiciónviven en esa
imagen y con esa imagen.
En realidad, esos
sistemas existen sólo en la conciencia del hombre despierto; y viven en ella como
modos de la actividad.
La religión, la
ciencia, el arte, son actividades de la conciencia vigilante, sobre la base de una
existencia. Creer, meditar, producir, toda actividad visible exigida por esas otras
invisibles: el sacrificio, la oración, el experimento físico, la labor de escultura, la
condensación de una experiencia en palabras comunicables, son actividades de la
conciencia despierta, y nada más. Los otros hombres ven en ellas lo visible y oyen sólo
las palabras. Al ver y al oír, los hombres viven en sí mismos algo cuya relación con lo
vivido por el creador no pueden explicarse.
Vemos una forma, pero no
sabemos qué sea lo que en el alma del otro la ha producido. Podemos tan sólo tener una
creencia acerca de ello, y formamos tal creencia proyectando nuestra alma en la cosa. Por
muy claras que sean las palabras con que una religión se anuncia, siempre son palabras, y
el que las oye
les inyecta su propio
sentir. Por muy expresivo que sea un artista en sus sonidos y sus colores, el espectador
se oye y se ve a si mismo en ellos. Y si no, es que la obra, para él, carece de
significación. La facultadrarísima y muy modernade algunos hombres dotados
de extremada sensibilidad histórica, que pueden «sumirse en el otro», está fuera de
cuestión aquí. Un germano, convertido por Bonifacio, no se identifica con el espíritu
del misionero. Aquel estremecimiento primaveral que cundió entonces por el mundo Joven
del Norte no significaba otra cosa sino que cada cual encontró de pronto en la
conversión el idioma adecuado de su propia religiosidad. Los ojos del niño centellean
cuando alguien dice el nombre del objeto que el niño tiene en las manos. Lo mismo
sucedió aquí.
No transmigran, pues, las unidades microcósmicas,
sino que las unidades cósmicas las eligen y se las apropian. Si fuera de otro modo, si
esos sistemas fueran verdaderos entes capaces de ejercer una actividadpues el
«influjo» es una actividad orgánica, el cuadro de la historia sería
perfectamente distinto. Convendría considerar atentamente que todo hombre vivo y toda
cultura viva están continuamente rodeados de innumerables influencias posibles. Muy pocas
de ellas son aceptadas como tales influencias; la mayor parte se quedan en mera
potencia. Ahora bien: ¿quién verifica la selección? ¿Las obras o los hombres?
El historiador, afanoso de series mecánicas, no cuenta mas que los influjos efectivos. Falta empero la otra cuenta. A la psicología de las influencias positivas debiera corresponder la de las «negativas». Este seria precisamente un problema fecundísimo que decidiría toda la cuestión. Pero nadie se ha atrevido aún a plantearlo. Y si lo soslayamos, entonces resulta la imagen radicalmente falsa de un acontecer progresivo de la historia universal, en que nada se pierde. Dos culturas pueden tocarse de hombre a hombre, o el hombre de una cultura contemplar el mundo de formas muertas de otra, en sus rectos comunicables. En todo caso, el activo es el hombre solo. El acto ya producido del uno no puede ser vivificado por el otro, sino infundiéndole éste su propia existencia. De esta suerte conviértese en su propiedad interior, en su obra, en una parte de sí mismo. «El budismo» no se traslado de India a China, sino que, del tesoro de representaciones acumulado por los budistas indios, una parte fue
recogida por los chinos
de cierta orientación sentimental, y luego transformada en una nueva especie de
expresión religiosa, que sólo para los budistas chinos significaba algo. No se trata
nunca del sentido que primariamente tuviera tal o cual forma; se trata de la forma misma,
en que la sensibilidad activa y la inteligencia del contemplador descubren la posibilidad
de verter una creación propia. Las significaciones no pueden emigrar. Nada mitiga
la profunda soledad que separa la existencia de dos hombres de diferente tipo. Es posible
que los indios y los chinos se sintiesen entonces budistas en común; no por eso sus almas
se hallaban más próximas. Con las mismas palabras, con idénticos usos, con iguales
signos, dos almas diferentes seguían sus propios caminos.
Investigando todas las
culturas se echa de ver por doquiera no esa aparente continuidad de la creación anterior
en las posteriores, sino que siempre el ente más joven fue el que estableció con
el ente más viejo un pequeñísimo número de relaciones, sin tener en cuenta la
significación primaria de los elementos que se apropiaba. ¿Qué es eso de las «eternas
conquistas» en el campo de la filosofía y de la ciencia? Una y otra vez oímos hablar de
lo mucho que sigue viviendo todavía entre nosotros la filosofía griega. Pero esta
afirmación carece de valor, mientras no se haga el inventario exacto de todo lo que el
hombre mágico primero y el hombre fáustico después, con la profunda sapiencia de
inflexibles instintos, han rechazado, o no han percibido, o, conservando las mismas
fórmulas, han interpretado de distinto modo. La ingenua creencia del entusiasmo
científico se engaña en esto mucho. La lista sería muy larga y la otra lista quedaría
reducida casi a cero. Solemos esquivar, calificándolas de errores inesenciales, cosas
como la teoría de las figurillas de Demócrito, el mundomuy corpóreode las
ideas platónicas, las cincuenta y dos esferas del mundo de Aristóteles. Pero esto es
querer conocer la opinión de los muertos mejor que ellos mismos. Esas representaciones
son verdades esencialesaunque no lo sean para nosotros.
De la filosofía griega
lo que poseemos realmenteaun sólo de lo externoes poco más que nada. Seamos
leales y aceptemos a los pensadores antiguos en sus propios términos; no hay una sola
frase de Heráclito, de Demócrito, de Platón, que sea para nosotros verdadera, si nos
abstenemos de aderezarla a nuestro modo. ¿Qué hemos acogido nosotros de los métodos,
del concepto, del propósito y de los recursos de la ciencia griega? Y no hablemos de los
términos fundamentales, que son para nosotros absolutamente incomprensibles. El
Renacimiento, ¿ha sentido «la influencia» del arte antiguo? Pues ¿qué sucede con la
forma del templo dórico, con la columna jónica, con la relación de la columna y el
entablamento, con la selección de los colores, con el fondo y perspectiva de las
pinturas, los principios de la agrupación de las figuras, con las figuras de los vasos,
con el mosaico, con la tectónica de la estatua, con las proporciones de Lisipo? ¿Por
qué nada de esto ejerció influencia?
Porque de antemano
estaba ya decidido lo que se quería expresar. Por lo tanto, en el surtido de formas
muertas que se ofrecían a la vista percibíase realmente solo aquellopoco que
se deseaba; y se percibía tal y como se deseaba, esto es, en la dirección del propio fin
y no en el sentido de su creador, sentido que ningún arte vivo se ha preocupado nunca de
desentrañar. Cuando se persigue la «influencia» de la plástica egipcia sobre la
griega, rasgo por rasgo, se advierte pronto que no existe en realidad tal influencia, sino
que la voluntad griega de forma tomó de aquellas viejas artes algunos caracteres que, de
no haberlos encontrado allí, hubiera descubierto ella misma de una manera o de otra.
Alrededor del territorio «antiguo» habían trabajado los egipcios, los cretenses, los
babilónicos, los asirios, los hetitas, los persas, los fenicios; y en Grecia sus obras
eran conocidas en gran número: edificios, ornamentos, artes, cultos, formas políticas,
escrituras, ciencias. ¿Qué tomó de todo esto el alma antigua como medio para su propia
expresión? Repito: las únicas relaciones percibidas por el historiador son las que en
efecto fueron aceptadas. Pero ¿y las que no lo fueron? ¿Por qué los antiguos no
admitieron, por ejemplo, las pirámides egipcias, los pílonos, los obeliscos, los
jeroglíficos y la escritura cuneiforme? Piénsese en la cantidad de cosas que el arte
gótico, el pensamiento gótico no tomó en Bizancio, en el Oriente moro, en
España, en Sicilia.
Nunca se valorará
demasiado alta la sabiduría inconsciente de la selección y de la decidida
transformación. Toda relación admitida constituye no sólo una excepción, sino también
un error de interpretación; y en ninguna parte acaso se revela mas claramente el vigor
interno de una existencia que en ese arte de las equivocaciones metódicas. Cuanto
más alto se encomian los principios de un pensar ajeno, más radicalmente se altera de
seguro su sentido. ¡Sígase la historia de los elogios a Platón en Occidente, desde
Bernardo de Chartres y Marsilio Ficino hasta Goethe y Schelling!. Una religión ajena que
es aceptada humildemente ha adoptado de seguro a la perfección la forma del alma nueva
que tan bien la acoge. Debería escribirse la historia de los «tres Aristóteles»; el
griego, el árabe y el gótico, que no tienen ni un concepto, ni un pensamiento común. O
la historia de la transformación del cristianismo mágico en cristianismo fáustico.
Hemos oído, hemos aprendido que esta religión se ha propagado inmutable en su esencia
desde la Iglesia antigua y ha echado sus raíces en el mundo occidental. En realidad, el
hombre mágico extrajo de las profundidades de su alma dualista un idioma en que expresó
su conciencia religiosa. A ese idioma religioso hemos dado el nombre de «el»
cristianismo. La parte comunicable de esa experiencia íntima, las palabras, las
fórmulas, los usos, fueron aceptados por el hombre de la civilización antigua posterior
como un medio para dar salida a sus necesidades religiosas.
De hombre a hombre,
llegó este idioma de formas hasta los germanos de la precultura occidental,
conservándose inalterado en su vocabulario, pero transformándose continuamente en las
significaciones. Nunca se hubiera atrevido nadie a perfeccionar la significación
primaria de las palabras santas. Pero nadie conocía esa primaria significación. Quien lo
dude, considere «la» idea de la gracia, que en San Agustín se refiere en sentido
dualista, a una substancia residente en el hombre, mientras que en Calvino se refiere,
en sentido dinámico, a la voluntad humana. O también la representación mágica
del «consensus» [21], casi ininteligible, que presupone en cada hombre un pneuma
como emanación del pneuma divino, y, por consiguiente, encuentra la verdad divina
inmediata en la opinión coincidente de los llamados. Sobre esa certidumbre se funda la
dignidad de los acuerdos en los concilios cristianos primitivos, como igualmente el
método científico todavía predominante en el mundo del Islam. El hombre occidental, no
comprendiendo esa idea, consideró los concilios de la época gótica posterior como una
especie de parlamento, destinado a refrenar la libertad espiritual de movimientos de que
gozaba el papado. Así era entendida la idea conciliar todavía en el siglo
XVrecuérdese Constancia, Basilea, Savonarola y Lutero, y hubo al fin de
desaparecer como frívola y absurda ante la concepción de la infalibilidad pontificia. Lo
mismo sucede con el pensamiento de la resurrección de la carne, tan extendido en la
cultura arábiga primitiva; este pensamiento presupone igualmente la representación del pneuma
divino y del pneuma humano. El hombre antiguo pensaba que el alma como forma y
sentido del cuerpo, nace con éste, en alguna manera. La filosofía griega apenas habla de
esto. Tal silencio puede obedecer a dos motivos: o no se conoce dicho pensamiento, o
aparece tan evidente que no se presenta ante la conciencia en forma de problema. Esto
último es lo que sucede aquí. Pero, para el hombre árabe, es igualmente evidente que su
pneuma, emanación de la divinidad, elige domicilio en su cuerpo. De donde se
infiere que algo deberá existir cuando, en el día del Juicio, el espíritu humano tenga
que resucitar; y esta es la resurrección ¤k nekrÇn, de los cadáveres.
Mas esta concepción es ininteligible, en su profundidad, para el sentimiento cósmico de
los occidentales. Nunca se puso en duda el tenor literal de la doctrina sagrada; pero
inconscientemente los católicos de alto vuelo intelectual, y notoriamente Lutero,
inyectaron en ella otro sentido que se caracteriza hoy con la palabra inmortalidad, es
decir, perduración del alma, como puro centro de fuerza, para toda la infinidad. Si San
Pablo o San Agustín pudieran conocer y comprender nuestras representaciones del
Cristianismo, rechazarían todos los libros, todos los dogmas, todos los conceptos, por
totalmente erróneos y heréticos.
Como ejemplo máximo de
un sistema que en apariencia se ha transmitido inalterado en sus rasgos fundamentales a
través de dos mil años, pero que en realidad ha sufrido tres transformaciones completas
en tres culturas diferentes y cada vez con un sentido nuevo, seguiré aquí la historia
del derecho romano.
13
El derecho antiguo es
un derecho creado por los ciudadanos para los ciudadanos. Presupone como evidente
forma política la Polis. Esta forma fundamental de la existencia pública tiene por
consecuenciaevidente tambiénel concepto de persona en el sentido del hombre,
que en su totalidad se identifica con el cuerpo (sÇma) [22] del Estado. Sobre este
hecho formal del sentimiento cósmico antiguo se desarrolla el derecho antiguo.
La persona es, pues,
un concepto típico de la antigüedad, un concepto que sólo en la cultura antigua tiene
sentido y validez.
La persona singular es
un cuerpo (sÇma) que pertenece al contenido de la Polis. El derecho de la Polis se
refiere a él sólo. Ese derecho se convierte, hacia abajo, en el derecho de las
cosasel limite está formado por la relación jurídica del esclavo, que es cuerpo,
pero no persona, y hacia arriba, en el derecho de los diosesel límite está
formado por el héroe que, habiéndose tornado de hombre en deidad, posee la pretensión
de derecho a un culto, como en las ciudades griegas Lisandro y Alejandro y más tarde en
Roma los emperadores ascendidos a divi El pensamiento jurídico de los antiguos,
desarrollándose en esa dirección con creciente rigor, explica algunos conceptos, como la
capitis diminutio media, que le resultan muy extraños al hombre occidental. En
efecto, nosotros podemos imaginar que una persona, en nuestro sentido, sea privada de
algunos o de todos los derechos; pero el hombre antiguo, cuando sufre aquella pena, cesa
de ser persona, aunque sigue viviendo la vida del cuerpo. Por oposición a este
concepto de la persona, es como hay que concebir el concepto antiguo de la cosa, res,
el objeto de la persona.
La religión antigua es
en todo y por todo una religión de Estado. Por eso en la producción del derecho no hay
diferencia alguna: el derecho de las cosas y el derecho divino son por igual creaciones de
los ciudadanos. Las cosas y los dioses se hallan en una relación jurídica exactamente
regulada con las personas. Ahora bien, para el derecho antiguo tiene importancia decisiva
el comprender que el derecho es producido por la experiencia pública inmediata, no por la
experiencia profesional del Juez, sino por la experiencia general práctica del varón,
que en la vida politicoeconómica ocupaba una posición preeminente. El que en Roma
ingresaba en la carrera pública llegaba a ser, por necesidad, jurista, general de
ejército, jefe administrativo, empleado de hacienda. Definía el derecho como pretor,
después de haberse asimilado una dilatada experiencia en otras esferas. La antigüedad
desconoce por completo el juez profesional, educado especialmente, instruido directamente
para esta única actividad. Este profesionalismo es el que ha determinado el espíritu de
toda la posterior ciencia del derecho.
Pero los romanos no eran
ni sistemáticos, ni historiadores, ni teóricos del derecho, sino exclusivamente
prácticos, unos excelentes prácticos. Su jurisprudencia es una ciencia empírica de
casos particulares, una técnica perespiritualizada, no un edificio de abstracciones
[23].
Cuando se
contraponen el derecho romano y el derecho griego como dos cantidades del mismo orden, se
comete un error que falsea el cuadro de la cultura antigua. El derecho romano, en todo el
curso de su evolución, es el derecho particular de una ciudad entre otras cien. Y en
cuanto al derecho griego, no ha existido nunca como unidad. Que las ciudades de lengua
griega hayan elaborado a veces derechos muy semejantes es cosa que no altera en lo más
mínimo el hecho de que cada ciudad tenía su derecho propio. Nunca surgió la idea de una
legislación general dórica, y menos de una legislación helénica. Semejantes
representaciones son extrañas al pensamiento antiguo. El jus civile de los romanos
valía sólo para los quintes.
Los extranjeros, los
esclavos, el mundo entero allende la ciudad no era tenido en cuenta; en cambio, el código
sajón siente ya hondamente la idea de que, en puridad, no hay mas que un derecho. Hasta
la época posterior del Imperio se mantuvo en Roma la rigurosa distinción entre el jus
civile para los ciudadanos y el jus gentiumque es algo enteramente
distinto de nuestro derecho de gentespara «los demás», para los que vivían en la
esfera de los dominios romanos como objetos de la declaración del derecho. Roma
consiguió, como ciudad particular, el imperio del orbe antiguoen otra evolución de
las cosas, ese imperio hubiera podido recaer igualmente en Alejandría; por esta
razón el derecho romano obtuvo la preeminencia. Pero tal preeminencia débela el derecho
romano no a su interior superioridad, sino en primer término a los éxitos políticos, y
luego a la posesión incontestada de una experiencia práctica de gran estilo. La
formación de un derecho antiguo general de estilo helénicosi es lícito dar este
nombre a cierta afinidad espiritual entre muchos derechos particulares sucede
en una época en que Roma era aún una potencia política de tercer orden. Y cuando el
derecho romano comenzó a adoptar formas grandiosas, ya el espíritu romano había
sojuzgado al helenismo. Llegado el momento en que fue posible constituir el derecho de la
antigüedad posterior, el helenismo traspasó a Roma esta tarea, porque la muchedumbre de
las pequeñas Ciudades-Estados sentía muy bien que ya ninguna tenia fuerza verdadera, y
Roma, en cambio, era la única cuya actividad toda consistía en último término en el
ejercicio de la prepotencia. Por eso no se ha constituido una ciencia del derecho en
lengua griega. Cuando la antigüedad alcanzó en su desarrollo la madurez necesaria para
esa ciencia, la última de todas, ya no había en el orbe antiguo mas que una
ciudad capaz de imponer su derecho.
No se advierte, pues,
suficientemente que en la relación entre el derecho griego y el derecho romano no
hay contigüidad sino sucesión. El derecho romano es el más joven; presupone los
otros, con sus dilatadas experiencias [24] y fue edificado después, y muy de prisa, bajo
la impresión paradigmática de los derechos anteriores. Es importante observar que el
apogeo de la filosofía estoicaque tanto ha influido en el pensamiento
jurídicosigue al apogeo del derecho griego, pero precede al romano.
14
El derecho romano fue
elaborado en la mentalidad de unos hombres que carecían del sentido histórico. Por eso
el derecho antiguo es un derecho del día y aun del momento. Es creado, en su idea,
para cada caso y en cada caso particular. Resuelto éste, cesa de ser derecho. Concederle
validez para casos ulteriores, hubiera sido contradictorio con el sentido antiguo del puro
presente.
El pretor romano, al
comenzar su año de magistratura, publica un edicto en donde comunica las normas de
derecho a que piensa ajustarse. Pero su sucesor no está en modo alguno obligado por
ellas. Y aun esta limitación a un año del derecho vigente no corresponde a su duración
efectiva. El pretor, en cada caso particular, entrega a los jurados la fórmula concreta
de la norma jurídica -expresamente desde la lex Aebutia según la cual esta
sentencia y sólo ésta ha de ser pronunciada.
Asi crea un derecho sin
duración, un «derecho presente», en el sentido estricto de la palabra [25].
En el derecho inglés
existe un rasgo, al parecer semejante, pero de sentido harto diferente y, por lo mismo,
muy propio para patentizar el profundo abismo que separa el derecho antiguo del derecho
occidental. Se trata de un rasgo genial, netamente germánico: la facultad que tiene el
juez de crear el derecho. El juez debe aplicar un derecho que, idealmente, posee una
validez eterna. Por medio de sus «rules» o preceptos de ejecución (que no tienen nada
de común con la citada fórmula escrita del pretor), puede el juez inglés regular a su
arbitrio la aplicación de las leyes vigentes en el procedimiento, en cuya ordenación se
manifiesta el fin propio de tales leyes. Pero si llega a la conclusión de que en algún
caso particular hay materias de hecho para las cuales el derecho vigente no tiene
solución, puede llenar ese vacío inmediatamente, esto es, crear un derecho nuevo
en mitad del proceso. Este nuevo derecho adquiere para en adelante consistencia
permanentesuponiendo que sea aprobado en forma por la corporación de los
jueces.
Pero esto justamente es
lo más contrario posible al espíritu del derecho antiguo. Siendo el curso de la vida
pública dentro de una época, en lo esencial invariable, y repitiéndose iguales una y
otra vez las situaciones jurídicas más importantes, fórmase poco a poco un cuerpo de
preceptos que empíricamentey no porque se les haya conferido poder para el
futuroson aplicados de nuevo, y en cierto modo creados nuevamente cada vez.
La suma de tales
preceptos, no un sistema, sino una colección, forma ahora «el derecho», tal como
aparece en la posterior legislación edictal de los pretores, legislación cuyos elementos
esenciales cada pretor, por razones de acomodamiento, tomó de sus antecesores.
En el pensar jurídico
de los antiguos la palabra experiencia significa, pues, algo distinto que entre nosotros.
No es el dominio de una masa compacta de leyes que prevén todos los casos posibles, no es
el ejercicio continuado de la aplicación de las leyes; es el conocimiento de que ciertas
situaciones jurídicas se repiten una y otra vez, de suerte que no es necesario volver a
formar el derecho de nuevo cada vez para ellas.
La forma típicamente
antigua, en que fue juntándose poco a poco la materia jurídica, es, pues, una adición
casi espontánea de nomoi, leges, edicta particulares, como en la época del
derecho pretorio en Roma. Esas que llamamos legislaciones de Solón, de Carondas, de las
XII tablas, no son mas que colecciones ocasionales de semejantes edictos, que habían
patentizado su aplicabilidad. El derecho de Gortyn, próximamente contemporáneo de las
XII, representa un grupo de novelas que se añade a una colección más antigua. Las
ciudades recién fundadas se apropiaban en seguida una de esas colecciones, en las que sin
duda se deslizaba no poco dilettantismo. Asi, Aristófanes en las Aves se burla de
los fabricantes de leyes. De sistema, ni una palabra. Menos aún se le ocurrió a nadie la
idea de fijar el derecho para largo tiempo.
En Occidente, por el
contrario, se manifiesta la tendencia a reducir desde luego todo el material jurídico
viviente a una obra de conjunto exhaustiva y sistematizada para siempre, a una obra
definitiva en donde cada caso pensable del futuro queda decidido de antemano. El derecho
occidental se orienta hacia el futuro. El derecho antiguo es forjado para el presente.
15
A esto que llevamos
dicho parece oponerse el hecho de que en realidad existieron obras antiguas de derecho
compuestas por profesionales y destinadas a una aplicación perdurable. Es cierto que del
derecho antiguo primitivo (1100-700) no sabemos nada, y es seguro que los derechos
consuetudinarios de los labradores y los habitantes de las ciudades primitivas no fueron
consagrados por escrito, lo que contrasta con las tempranas legislaciones de la época
gótica y prearábiga -Código sajón, Código sirio. Los monumentos más antiguos
que conocemos son las colecciones que desde el año 700 se atribuyen a personalidades
míticas o semimíticas. Licurgo, Zaleuco, Carondas, Dracon [26] y algunos reyes de Roma
[27].
La forma de la leyenda
prueba que tales colecciones existían; pero ni su verdadero autor, ni los antecedentes
reales de la codificación, ni el verdadero contenido eran ya conocidos por los griegos de
las guerras médicas.
Una segunda capa, que
corresponde al Código de Justiniano y a la recepción en Alemania del derecho romano, va
unida a los nombres de Solón (600), de Pittacos (550) y otros.
Trátase ya de derechos
plenamente formados, con espíritu ciudadano. Llevaban los nombres de politeia, nomos,
frente a las viejas denominaciones de thesmoi o rhetrai [28]. Asi, pues, en
realidad, no conocemos mas que la historia del derecho antiguo posterior. ¿A qué
obedecen estas repentinas codificaciones? Una mirada lanzada sobre esos nombres nos
enseña que en tales procesos no se trata, en último término, de un derecho que precisa
establecer como resultado de experiencias puras, sino de decidir cuestiones políticas
de fuerza.
Gran error es el
creer que pueda existir un derecho en general, flotando, por decirlo asi, sobre las cosas,
independiente de los intereses político económicos. Cabe representarse un derecho
semejante; y los hombres que toman por actividad política la que consiste en imaginar
posibilidades políticas, se han representado asi siempre el derecho. Pero esto no altera
en nada la realidad; y la realidad es que un derecho semejante, un derecho de origen
abstracto, no se presenta nunca en la realidad histórica. Todo derecho encierra en forma
reducida la imagen de su creador, y toda imagen histórica contiene una tendencia
politicoeconómica, que no depende de tales o cuales ideas teóricas, sino de la voluntad
práctica de la clase que tiene en sus manos el poder efectivo y, por lo tanto, que crea
el derecho. Todo derecho ha sido creado siempre por una sola clase social en nombre de la
generalidad. Anatole France ha dicho una vez que nuestro derecho, con igualitarismo
mayestático, prohíbe a los ricos como a los pobres robar pan y mendigar en la calle. No
cabe duda que esta justicia es la justicia de una sola parte. Las «otras partes»,
empero, intentarán siempre imponer un derecho que, desde su perspectiva vital, les
aparece como el único justo. Todas esas legislaciones son, pues, actos políticos; más
aún, actos de partido. Unas, como la legislación democrática de Solón, contienen una
constitución politeia unida a un derecho privado nomoi
de idéntico espíritu.
Otras, como la
legislación oligárquica de Dracon y los decemviros [29], presuponen una politeia
que el derecho privado tiende a robustecer. Pero los historiadores occidentales,
habituados al derecho perdurable, han menoscabado esa relación. El hombre antiguo sabía
muy bien lo que en todo esto había. La creación de los decemviros fue en Roma el último
derecho imbuido de puro espíritu patricio. Tácito lo califica de fin del derecho
justo finis aequi juris, Ann. III, 27. Pues así como, después de la
caída de los decemviros, aparecen con claro simbolismo los diez tribunos, asi también
contra el jus de las XII tablas y la constitución que éste supone, dirígese la
labor lenta, subterránea, de la lex rogata, del derecho popular, que con tenacidad
romana tiende a realizar lo que Solón había realizado en un solo acto, aboliendo la obra
de Dracon: la politeÝa p?triow, el ideal jurídico de la oligarquía ateniense. En
Atenas, desde este momento los nombres de Dracon y Solón fueron los gritos de guerra
típicos en la larga lucha entre la oligarquía y el demos. En Roma, fueron las
instituciones del Senado y del Tribunado. La constitución
espartana«Licurgo»no sólo representó, sino que conservó el ideal de
Dracon y de las XII tablas. Los dos reyessi comparamos con Esparta las instituciones
romanas, bastante afinespasan poco a poco de la posición que ocupaban los tiranos
tarquinos a la que ocupan los tribunos del tipo de los Gracos: el derrumbamiento de los
últimos Tarquinos o la implantación de los decemviros- que de un modo o de otro fue un
golpe de Estado contra el tribunado y sus tendenciascorresponde poco más o menos a
la caída de Cleómenes (488) y Pausanias (470) y la revolución de Agis III y Cleómenes
IIIhacia 240 corresponde a la actividad de C. Flaminio, iniciada algunos años
después; pero los reyes espartanos no consiguieron nunca un éxito definitivo sobre los
eforos, que corresponden, en Esparta, al partido senatorial en Roma.
Entretanto Roma se
había hecho una gran ciudad, en el sentido de las postrimerías antiguas. Los instintos
aldeanos fueron poco a poco retrocediendo ante los avances de la inteligencia urbana [30].
En la creación del derecho aparece, pues, desde 350 aproximadamente, la Iex data,
el derecho pretorio, junto a la lex rogata, el derecho popular. Pasa a segundo
término la lucha entre el espíritu de las XII tablas y la lex rogata.
Y la legislación
edictal de los pretores se convierte en la pelota con que juegan los partidos.
Bien pronto el pretor
llega a ser el centro absoluto de la vida jurídica, tanto de la legislación como de la
práctica. Y a consecuencia de la expansión política de la potencia romana resultó que
el jus civile del pretor urbano pasó a segundo término, por lo que se refiere a
la amplitud de su esfera de aplicación, y fue superado por el jus gentium del pretor
peregrino, esto es, por el derecho de «los otros». Y cuando al fin todos los
habitantes del mundo antiguo que no poseían la ciudadanía romana pasaron a ser «los
otros», el jus peregrinum de la ciudad de Roma se convirtió efectivamente en un
derecho imperial. Las demás ciudadesy téngase en cuenta que hasta los pueblos
alpinos y las tribus de beduinos nómadas fueron administrativamente organizadas como
«ciudades», civitates no conservaron su propio derecho, sino en cuanto el
derecho romano de los extranjeros no contenía disposiciones para el caso.
El edictum perpetuum
constituye el final de la creación del derecho antiguo. Entre los preceptos
jurídicos publicados anualmente por los pretores, hacia ya tiempo que se había formado
un núcleo permanente. Por iniciativa de Adrianohacia 130- fueron esos preceptos
reducidos a una forma definitiva y el edicto perpetuo prohibió que se introdujeran
ulteriores modificaciones en ellos. El pretor seguía, como antes, obligado a publicar el
«derecho de su año», porque el derecho regía no como ley del Imperio, sino por la
facultad pretoriana. Pero el pretor tenia que ceñirse al texto fijado [31]. Esta es la
famosa petrificación del «derecho pretorio», símbolo auténtico de una civilización
de las postrimerías [32].
Con el
helenismo, la ciencia antigua del derecho comienza a concebir sistemáticamente el derecho
aplicado en la práctica. Como el pensar jurídico presupone la substancia de las
relaciones políticas y económicasno de otro modo que el pensar matemático supone
conocimientos físicos y técnicos [33]- fue Roma muy pronto la ciudad de la
jurisprudencia antigua.
De igual manera, en el
mundo mejicano fueron los victoriosos aztecas los que cultivaron ante todo el derecho en
sus escuelas superiores, como la de Tezcuco. La jurisprudencia antigua es una ciencia
romana, la única ciencia que Roma ha producido. Justamente en el momento en que, con
Arquímedes, llega a su término la creación matemática, comienza la literatura
jurídica con la Tripertita de Aelio [34] (198, comentario a las XII tablas).
Hacía el año 100 escribió M. Scaevola el primer tratado sistemático de derecho
privado. Entre 200 y 0 transcurre la época de clasicismo en la ciencia del
derechoaunque hoy se aplica extrañamente la denominación de clásico a un periodo
de la ciencia jurídica que pertenece al derecho arábigo primitivo . Por los restos
de esa literatura puede medirse la distancia que separa los pensamientos de dos culturas.
Los romanos tratan casos y los clasifican, pero nunca acometen el análisis de un concepto
fundamental, como, por ejemplo, el de error jurídico. Distinguen cuidadosamente las
clases de contratos; pero no conocen el concepto de contrato, ni tienen una teoría, por
ejemplo, sobre la nulidad o impugnabilidad. «Por todo esto, es bien claro que los romanos
no pueden ser, para nosotros, modelos de método científico» [35].
El final está formado
por las escuelas de los sabinianos y Proculeyanos, desde Augusto hasta el año 100.
Son escuelas científicas, como las escuelas filosóficas de Atenas. Es posible que en
ellas se haya presentado por última vez la oposición entre la concepción senatorial y
la concepción tribuniciacesáreadel derecho. Entre los mejores sabinianos se
cuentan dos descendientes de los asesinos de César. Un proculeyano fue por Trajano
escogido para sucesor. Agotada en lo esencial la metódica del derecho, produjese la
mezcla práctica del viejo jus civile con el jus honorarium pretoriano.
El último monumento,
visible para nosotros, del derecho antiguo son las Instituciones de Gayohacia
161.
El derecho antiguo es
un derecho de los cuerpos. En el contenido del mundo distingue el derecho antiguo
entre las personas corpóreas y las cosas corpóreas, y cual matemática euclidiana de la
vida pública, determina las relaciones entre ellas.
El pensar jurídico se
revela próximo pariente del pensar matemático. Ambos métodos aspiran a discernir, en
los casos ópticos dados, el elemento sensible-accidental, para definir el elemento
intelectual, el principio, la forma pura del objeto, el tipo puro de la
situación, la relación pura de causa y efecto.
La vida antigua aparece,
ante la conciencia critica de los antiguos colmada de rasgos euclidianos. Nace, pues, en
la mente de los pensadores antiguos una imagen compuesta de cuerpos, de relaciones de
posición entre los cuerpos y de mutuas y recíprocas actuaciones por choque y
contrachoque, como en los átomos de Demócrito. La ciencia antigua del derecho es una
estática jurídica[36].
16
La primera creación del
derecho árabe fue el concepto de la persona no corpórea.
Para apreciar como es
debido esta noción tan significativa del nuevo sentimiento cósmico, noción que falta en
el derecho verdaderamente «antiguo» y que aparece de pronto en los juristas llamados
clásicostodos eran arameoses preciso ante todo conocer la verdadera
extensión del derecho árabe.
El paisaje nuevo
comprende la Siria y la Mesopotamia septentrional, con la Arabia del Sur y Bizancio. Aquí
por doquiera se revela el advenimiento paulatino de un nuevo derecho, derecho
consuetudinario oral o escrito, derecho de estilo juvenil, como el que nos da a conocer el
Código sajón. Y resulta este caso extraordinario: el derecha particular de las
ciudades-Estados, tal como se desarrollaba con natural evidencia en el solar de la
Antigüedad, se ha convertido silenciosamente en el derecho de las comuniones
religiosas. He aquí un rasgo típico de la cultura mágica. Un pneuma, un
mismo espíritu, una sapiencia e inteligencia idéntica de la verdad única, reúne
a los fieles de la misma religión en unidad de voluntad y de acción, haciendo de ellos una
persona jurídica. Una persona jurídica es, pues, un ser colectivo que, como conjunto
total, tiene propósitos, toma resoluciones y acepta responsabilidades. Si consideramos el
cristianismo, puede decirse que este concepto es ya válido y aplicable a la comunidad
primitiva de Jerusalén [37] y se extiende hasta la trinidad de las personas divinas [38].
Ya el derecho antiguo posterior, el derecho de los decretos imperiales antes de
Constantino (constituciones, placita), aunque conservando estrictamente la forma
romana del derecho urbano, vale en realidad para los fieles de la «Iglesia
sincretística» [39], para esa masa de cultos, penetrados todos de idéntica
religiosidad. En la Roma de entonces una gran parte de la población sentía seguramente
el derecho aún como derecho de una ciudad-Estado. Pero cada paso dado hacia Oriente iba
borrando más y más ese sentimiento. La reunión de los fieles en comunidad jurídica
adquirió plena forma por el culto del emperador, que era enteramente un derecho divino.
Con relación a este culto, puede decirse que los judíos y los cristianos la
iglesia persa apareció en el solar «antiguo» en la forma «antigua» del culto a Mithra
y, por lo tanto, dentro del marco del sincretismoviven en un territorio jurídico
extranjero, como infieles. Cuando el arameo Caracalla en 212 dio el derecho de ciudadanía
por la constitutio Antonina [40] a todos los habitantes del Imperio, salvo a los dediticii,
fue netamente antigua la forma de este acto y sin duda hubo muchos hombres que así lo
comprendieron. La ciudad de Roma se «incorporaba» literalmente los ciudadanos de todas
las demás. Pero el emperador lo entendía de otro modo. Pensaba haber transformado a
todos los habitantes en subditos del «dominador de los creyentes» del supremo jefe del
culto religioso, honrado por todos como divus. Constantino llevó a cabo la gran
transformación, substituyendo la comunidad sincretística por la comunidad cristiana como
objeto del derecho imperial, del derecho del Califa. De esta suerte, Constantino constituye
la nación cristiana. Las denominaciones de piadoso e infiel cambian de sitio.
Desde Constantino el
derecho romano se convierte insensiblemente en el derecho de los fieles cristianos,
y como tal fue concebido y aceptado por los convertidos asiáticos y germanos. De esta
suerte nace un derecho nuevo en forma vieja. Según el derecho matrimonial antiguo, era
imposible que un ciudadano romano, por ejemplo, contrajera matrimonio con la hija de un
ciudadano de Capua, si entre las dos ciudades no existía comunidad de derecho, conubium
[41]. Ahora la cuestión varía; ahora se trata de saber, según qué derecho un
cristiano o un judío, bien sea por nacimiento romano, bien sirio o moro, puede casarse
con una infiel. Pues en el mundo mágico del derecho no cabe conubium entre
individuos de distinta fe. No hay dificultad alguna para que un iranio contraiga
matrimonio en Bizancio con una negra, si ambos son cristianos. Pero ¿cómo es posible que
en la misma aldea siria un cristiano monofisita se case con una nestoriana? Acaso los dos
procedan de un mismo tronco. Pero pertenecen a dos «naciones» de distinto derecho.
Este concepto arábigo
de la nación es un hecho nuevo y decisivo. El límite entre la patria y el extranjero
separaba en la cultura apolínea dos ciudades. En la cultura mágica separa dos comunidades
religiosas. Para el romano era el peregrinus, el hostis, lo mismo que para el
cristiano es el pagano y para el judío el «amhaarez.» Lo que para los galos o los
griegos de la época de César significaba la adquisición de la ciudadanía romana, eso
mismo significa ahora el bautismo cristiano, que da entrada en la nación directora
de la cultura preeminente [42].
Los persas de la época
sassánidaen oposición a los de la época aquemenídicano reconocen ya en el
pueblo persa una unidad de extracción y lengua, sino la unidad de los creyentes en Mazda,
que se contraponen a los infieles, aunque éstos sean, como la mayor parte de los
nestorianos, de puro origen persa.
De igual modo, los
judíos, y más tarde los mandeos y maniqueos, y todavía más tarde las iglesias
cristianas de los nestorianos y monofisitas, se consideraban como naciones, como
comunidades de derecho, como personas jurídicas en el nuevo sentido.
Asi surge un grupo de
derechos arábigos primitivos, dividido en religiones, con la misma precisión con que el
grupo de los derechos «antiguos» se dividía en ciudades-Estados. En el Imperio
sassánida se desenvuelven escuelas jurídicas del derecho zoroástrico. Los judíos, que
forman una parte importante de la población, desde Armenia hasta Saba, se crean un
derecho en el Talmud y lo concluyen algunos años antes que el Corpus juris. Cada
una de estas iglesias tiene un propio derecho, independiente de las fronteras políticas,
como todavía sucede hoy en Oriente. Y sólo cuando se plantea un disentimiento entre
fieles de dos religiones distintas interviene el juez perteneciente a la religión
dominante en el país. Nadie en el Imperio romano disputó a los judíos su jurisdicción
propia. Pero asimismo los nestorianos y monofisitas comenzaron a constituir su propio
derecho poco después de haberse separado de los demás cristianos. Y asi fue como, por
vía «negativa», es decir, por separación paulatina de los heterodoxos, acabó el
derecho romano imperial por ser el derecho de los cristianos que se convirtieron a la fe
del emperador. Esto es lo que confiere su sentido típico al Código romano-siriaco
conservado en muchos idiomas. Se trata probablemente [43] de una obra
preconstantiniana compuesta en la cancillería del patriarca de Antioquía es un derecho
consuetudinario de carácter netamente prearábigo, en forma torpemente «antigua». Y las
traducciones demuestran que su difusión fue debida a la oposición contra la iglesia
ortodoxa imperial. Este derecho fue sin duda alguna la base del derecho de los monofisitas
y dominó hasta el nacimiento del islamismo en una comarca mucho más extensa que la que
reconocía la validez del Corpus juris.
Y ahora surge un
problema nuevo: ¿qué valor práctico poseía realmente en este mundo de derechos la
parte escrita en latín? Con la parcialidad filológica del especialista, los
historiadores del derecho han estudiado hasta ahora solamente esa parte, sin advertir
siquiera el problema que plantea. Los textos latinos han sido para ellos el derecho en
absoluto, el derecho que Roma nos legara. Para ellos se trataba únicamente de estudiar la
historia de esos textos, no la historia de su efectiva significación en la vida de los
pueblos orientales. Mas lo que aquí sucede es que el derecho civilizadísimo de una
cultura decrépita es impuesto a la época primaveral de una cultura joven.
Llegó hasta aquí en
forma de literatura erudita, a consecuencia de la evolución política, que hubiera sido
muy diferente si Alejandro o César hubieran vivido más tiempo o si Antonio hubiese
vencido en Actium. La historia del primitivo derecho árabe debe ser considerada desde
Ctesifon y no desde Roma.
El derecho del remoto
Occidente, ¿fue allá en Ctesifon algo mas que literatura? ¿Qué participación tuvo en
el verdadero pensar jurídico, en la creación y práctica jurídica de las comarcas
orientales? Y ¿cuántos elementos romanosy aun en general «antiguos»se
conservaron en su propio seno? [44].
La historia de este
derecho escrito en latín pertenece desde 160 al Oriente árabe. Y es bien significativo
el hecho de que dicha historia corre paralela con la de la literatura judía, cristiana y
persa [45]. Los juristas clásicos (160-220) Papiniano, Ulpiano, Paulo eran arameos;
Ulpiano se nombraba, con orgullo, fenicio de Tiro. Proceden, pues, de las mismas
poblaciones que los Tannaim, que concluyeron la Mischna poco después de 200, y que la
mayor parte de Íos apologistas cristianosTertuliano, 160-223. Al mismo tiempo
los sabios cristianos fijaron el canon y texto del Nuevo Testamento, los judíos el del
Antiguo Testamento hebreodestruyendo todos los demás manuscritosy los persas
el del Avesta. Esta es la alta escolástica del período árabe primitivo. Los
digestos y comentarios de estos juristas mantienen con la materia jurídica anquilosada de
los antiguos la misma relación que la Mischna con la Tora de Moisés y mucho más tarde
la Hadith con el Corán.
Son «halacha»[46],
nuevo derecho consuetudinario, concebido en la forma de una interpretación de la masa de
las leyes, transmitidas por la autoridad tradicional. El método casuístico es por
doquiera el mismo. Los judíos de Babilonia poseían un derecho civil, que era enseñado
en las escuelas superiores de Sura y Pumbadita. Fórmase en todas partes una clase
especial de peritos en Derecho, los prudentes de la nación cristiana, los rabinos
de la judía y más tarde los ulemasen persa: mollasde la islámica. Evacuan
consultas, responso; en árabe fetwa. Si el ulema es reconocido por el
Estado, se llama entonces muftío en bizantino «ex auctoritate principis».
Las formas son por doquiera las mismas.
Hacia 200 los
apologistas se convierten en los padres de la Iglesia, los Tannaim en los amorreos, los
grandes casuistas del derecho de los juristas«jus»en los explicadores y
coleccionadores del derecho de las constituciones «lex». Las constituciones
imperiales, que desde 200 forman la única fuente del nuevo derecho «romano», son a su
vez una nueva «halacha» de las que estaban estampadas en los escritos de los juristas.
Corresponden, pues, exactamente a la Gemara, que se desarrolla en seguida como comentario
de la Mischna. Y las dos direcciones llegan simultáneamente a su término en el Corpus
Juris y en el Talmud.
La oposición entre jus
y lex, en el uso arábigo-latino del idioma se manifiesta muy clara en la creación
de Justiniano. Las Instituciones y Digestos son jus; tienen el significado de
textos canónicos. Las Constituciones y las Novelas son legas, derecho nuevo bajo
la forma de explicaciones. La misma relación guardan los escritos canónicos del Nuevo
Testamento con la tradición de los padres de la Iglesia.
Ya hoy nadie pone en
duda el carácter oriental de los millares de constituciones. Es un derecho
consuetudinario del mundo, árabe que hubo de inyectarse en los textos eruditos bajo la
presión de la evolución viva [47]. Idéntico sentido tienen los innumerables edictos del
dominador cristiano en Bizancio, del persa en Ctésifon, del judío, del Resch Galuta en
Babilonia; finalmente, del Califa islámico.
¿Qué sentido, empero,
tenia el otro trozo de esta aparente antigüedad, el viejo derecho de los juristas?
No basta explicar textos. Hay que saber la relación en que el texto se hallaba con el
pensar jurídico, con la declaración del derecho. Puede suceder que uno y el mismo libro,
en la conciencia de dos grupos de pueblos, tenga el valor de dos obras radicalmente
diferentes.
Bien pronto se formó la
costumbre de no aplicar ya las viejas leyes de Roma al material de los casos particulares,
sino de citar los textos de los juristas como quien cita la Biblia [48] ¿Qué significa
esto? Para nuestros romanistas significa la decadencia más profunda. Pero desde el punto
de vista del mundo árabe, significa lo contrario y prueba que por fin han conseguido
estos hombres apropiarse una literatura extraña, impuesta desde fuera, e incorporársela
en la única forma que significaba algo para su sentimiento cósmico. Aquí se manifiesta
la oposición entre el sentimiento cósmico del mundo antiguo y del mundo árabe,
17
El derecho antiguo es
una creación de los ciudadanos sobre la base de las experiencias prácticas. El derecho
arábigo procede de Dios, que lo anuncia por el espíritu de los elegidos e iluminados. La
distinción romana entre jus y fascuyo contenido además surge siempre
de la reflexión humanaqueda, pues, anulada aquí. Todo derecho, sea profano, sea
divino, nace deo auctore, como dicen las primeras palabras del Digesto de
Justiniano. El crédito de que gozaban los derechos antiguos tenia su fundamento en el
éxito. El crédito de que goza el derecho arábigo se fundaba, en cambio, sobre la
autoridad del nombre que llevaba [49]. Mas hay una gran diferencia entre el sentimiento de
un hombre que acepta una ley como expresión de la voluntad de otro hombre y el
sentimiento del que la acepta como parte del orden divino. En un caso el hombre percibe lo
justo y exacto o se inclina ante la fuerza; en el otro demuestra su
sumisión«Islam». El oriental no pregunta ni por el fin práctico de la ley
que se le aplicó ni por el fundamento lógico del Juicio. Las relaciones entre el cadi y
el pueblo no pueden compararse con las que el pretor mantiene con el pueblo. Este funda
sus resoluciones en un conocimiento amplio, probado en cargos elevados; aquél, en un
espíritu que de un modo o de otro actúa en él y habla por él. De aquí se deduce,
empero, una relación totalmente distinta entre el juez y el derecho escrito -el pretor y
su edicto, el cadi y los textos de los juristas. El edicto pretorio es la
quintaesencia de las experiencias vividas por el pretor. Los textos de los juristas son
como un oráculo misteriosamente consultado. El cadi no tiene en cuenta la intención
práctica, la ocasión originaria del texto. Examina las palabras y hasta las letras; mas
no según su significación usual, sino según la relación mágica que han de
mantener con el caso presente. Esta relación entre el espíritu y el libro nos es
conocida por la gnosis, por la apocalíptica y la mística cristiana, judía, persa; por
la filosofía neopitagórica, por la cábala; y no cabe duda de que los códices latinos
eran usados así en la práctica inferior del derecho arameo. La convicción de que el
espíritu de Dios palpita en el sentido misterioso de las letras halla su expresión
simbólica en el hecho ya referido de que todas las religiones del mundo arábigo
inventaron propios caracteres gráficos para escribir con ellos los libros sagrados. Y es
extraordinaria la tenacidad con que esos caracteres se mantuvieron invariables como signos
típicos de las «naciones», aun cuando éstas cambiaran de idioma.
Pero, ante una
pluralidad de textos, la verdad se obtiene también en el derecho por el consensus
de los espiritualmente elegidos, por el idjma [50]. Esta teoría ha sido
desarrollada consecuentemente por la ciencia islámica. Nosotros buscamos la verdad, cada
cual por si mismo, mediante la reflexión propia.
El científico árabe
examina y descubre en cada caso la convicción universa! de los iniciados, convicción que
no puede ser falsa, porque el espíritu de Dios y el espíritu de la comunidad son uno
mismo. ¿Consíguese un consensus? Pues entonces la verdad queda fijada. «Idjma»
es el sentido de todos los concilios cristianos primitivos, judíos y persas. Pero es
también el sentido de la famosa ley de citas de Valentiniano III (426), ley que ha sido
objeto del general menosprecio por parte de los investigadores del derecho, porque no
supieron entender sus fundamentos espirituales. La ley limita a cinco el número de los
grandes juristas, cuyos textos podían citarse; con lo cual crea un Canon, en el sentido
del Nuevo y Antiguo Testamento, los cuales igualmente contienen la suma de los textos que
pueden ser citados como canónicos. En caso de opiniones diferentes, decide la mayoría de
opiniones acordes; y sí las opiniones acordes se equilibran en número, decide Papiniano
[51]. Idéntica concepción sirve de base al método de las interpolaciones que Triboniano
aplicó en gran estilo al Digesto de Justiniano.
Todo texto canónico
contiene en idea la verdad intemporal.
Por consiguiente, no
admite perfeccionamiento. Pero las necesidades efectivas del espíritu varían. Surge de
aquí una técnica de alteraciones ocultas que mantiene hacia afuera la ficción de la
invariabilidad. Esta técnica ha sido empleada profusamente en todos tos escritos
religiosos del mundo árabe, incluso en la Biblia.
Después de Marco
Antonio, la personalidad más fatal de la historia árabe ha sido Justiniano. Como su
«correspondiente», el emperador Carlos V, Justiniano, lejos de realizar aquello a que
era llamado, desvió el curso de las cosas. Así como en Occidente el sueño fáustico de
una resurrección del sacro Imperio romano pasó por todo el romanticismo político y,
más allá de Napoleón, más allá todavía de los príncipes locos de 1848, ensombreció
el sentido de los hechos, asi también Justiniano fue presa del quijotismo y quiso
reconquistar la totalidad del Imperio. En vez de dirigir la mirada a su mundo, al
Oriente, puso sus afanes siempre en la lejana Roma. Ya antes de subir al trono negoció
con el Papa romano, quien, en aquella época, no era todavía reconocido por todos ni
siquiera como primus inter pares de los grandes patriarcas cristianos. Por
responder a los deseos del Papa, introdujo el símbolo diofisita de Calcedoniacon lo
cual perdió para siempre las comarcas monofisitas . La consecuencia de Actium fue
que en los dos primeros siglos, en los siglos decisivos, la formación del Cristianismo
quedó trasladada al Occidente, al solar «antiguo», en donde las capas superiores de la
espiritualidad permanecieron ajenas a la idea cristiana. Mas luego el espíritu cristiano
primitivo se restableció entre los monofisitas y nestorianos. Justiniano, empero, lo
rechazó, y asi dio lugar a que naciera el Islam como religión nueva y no como
corriente puritana dentro del cristianismo oriental. Lo mismo hizo con el derecho. En el
momento en que los derechos consuetudinarios de Oriente se hallaban ya en condiciones de
ser codificados, compuso un código latino que de antemano estaba condenado a ser mera
literatura. Oriente lo rechazó por motivo del idioma y Occidente por razones políticas.
La obra misma, como las
«correspondientes» de Dracon y Solón, aparece en el momento en que se inicia ya la
época posterior, y nace con una intención política. En Occidente, donde la ficción de
la permanencia del Imperium romamum ocasionó las campañas absurdas de Belisario y
de Narsés, habían formado hacia el año 500 los Visigodos, los Burgundos y los
Ostrogodos códigos latinos para los «romanos» sometidos.
Pensóse en Bizancio que
era necesario oponerles un verdadero código romano. En Oriente la nación Judía acababa
de terminar su código, el Talmud. En el Imperio bizantino había un enorme número de
personas que seguían la nación del emperador y su derecho, el derecho cristiano. Era,
pues, necesario componer para ellas el código adecuado.
Porque, a pesar de todo,
el Corpus juris de composición precipitada y técnicamente defectuosa, es
una creación árabe y, por tanto, religiosa. Demuéstranlo la tendencia cristiana
de muchas interpolaciones, [52] las constituciones referentes al derecho de la
Iglesiaque en el código de Teodosio están todavía al final y aquí se encuentran
al principioy muy insistentemente los prólogos de muchas novelas. Sin embargo, el
libro no constituye un comienzo, sino un final. El latín, ya sin valor, desaparece ahora
rápidamente de la vida jurídicalas novelas están en su mayoría escritas en
griegoy con él la obra tontamente redactada en esa lengua. Pero la historia del
derecho sigue el curso que le había señalado el código romano-siriaco, y produce en el
siglo VIII obras por el estilo del derecho alemán rural del siglo XVIII, obras como las Ekloga
del emperador León [53] y el Corpus del arzobispo persa Jesubocht, un gran jurista
[54]. Ya entonces vivía el mejor jurista del Islam, Abu Hanifa,
18
La historia del derecho
en Occidente comienza con entera independencia de la creación de Justiniano, que por
entonces se hallaba completamente anulada. Su total insignificancia queda demostrada por
el hecho de que su parte principal, las Pandectas, se ha conservado en un
manuscrito único, casualmente descubierto¡por desgracia!hacia 1050.
La precultura produjo
hacía 500 una serie de derechos de los pueblos germánicosvisigodo, ostrogodo,
borgoñón, franco, lombardo. Estos derechos corresponden a los de la precultura
arábiga, de los cuales sólo los derechos judíos [55] se han conservado hasta hoy: el
Deuteronomio hacia 621, hoy aproximadamente Moisés V, 12-26y el código de
los Sacerdoteshacia 450, hoy aproximadamente Moisés II-IV, Ambos derechos
tratan de los valores fundamentales de una existencia primitiva: familia y propiedad.
Ambos utilizan con primitivo vigor, pero no sin prudencia, un viejo derecho
civilizadolos Judíos, y de seguro también los persas y otros, se sirven del
derecho babilónico posterior [56]; los germanos utilizan algunos restos de la literatura
romana.
La vida política de la
época primitiva gótica, con sus derechos aldeanos, feudales, muy sencillos, conduce muy
pronto a una evolución separada en tres grandes esferas jurídicas que todavía perduran
en igual estricta separación. Carecemos aún de una historia comparada del derecho
occidental, de una historia que persiga hasta sus más hondas raíces el sentido de esta
evolución.
El más importante de
todos, por sus destinos políticos, fue el derecho normando, tomado del derecho franco.
Después de la conquista de Inglaterra en 1066 el derecho normando venció al sajón de
los indígenas, y desde entonces en Inglaterra «el derecho de los grandes es el derecho
del pueblo entero».
Este derecho ha ido
desenvolviendo sin conmociones su puro espíritu germánico, desde una concepción
estrictamente feudal hasta la que hoy rige. Ha llegado a ser el derecho dominante en el
Canadá, en la India, en Australia, en África del Sur y en los Estados Unidos.
Prescindiendo de esta fuerza, es también el derecho más instructivo de la Europa
occidental.
A diferencia de los
demás derechos, su desenvolvimiento no ha sido obra de los maestros teóricos. El
estudio del derecho romano en Oxford permanece apartado de la práctica. La alta nobleza
lo rechaza en Merton en 1236. Los jueces mismos van desenvolviendo el viejo derecho por
medio de sentencias creadoras, y estas decisiones prácticas reporta
son la fuente de
donde se alimentan los
libros de derecho como el de Bracton (1259). Desde entonces, y hoy todavía, caminan
paralelos el derecho estatutario, que se mantiene vivo por los reports, y el
derecho consuetudinario, que se da a conocer continuamente en la práctica de los
Tribunales. No hacen falta actos legislativos singulares de la representación popular.
En el Sur dominaban los
códigos germanorrománicos ya citados. En el sur de Francia rige el visigodo como droit
écrit., por oposición al droit coutumier franco, que rige en el norte.
En Italia, hasta muy
entrado el Renacimiento está en vigor el más importante de todos esos derechos; el de
los lombardos, puramente germánico. En Pavía formóse una escuela de derecho germánico,
de donde salió hacía 1070 la producción científica más valiosa de esta época, la Expositio.
Poco después fue redactado un código, la Lombarda [57]. La evolución jurídica del Sur
fue interrumpida y substituida por el Code civil de Napoleón. Este libro ha sido
en los países románicos, y aun en otros varios, la base de ulteriores formaciones
jurídicas. Por eso resulta, después del derecho inglés, el más importante de todos.
En Alemania se inicia un
movimiento jurídico poderoso con los derechos de los pueblos góticosCódigo sajón
de 1230, Código suavo de 1274. Pero ese movimiento decayó bien pronto. Formóse
una confusa masa de derechos pertenecientes a las múltiples ciudades y territorios, hasta
que el romanticismo político, ayuno de todo sentido de la vida, el romanticismo de los
soñadores entusiastas como el emperador Maximiliano, floreció sobre la miseria de la
realidad e hizo presa también en el derecho. La Dieta de Worms creó en 1495,
inspirándose en el modelo italiano, la ordenación del Tribunal cameral del Imperio. En
el Sacro romano Imperio fue introducido el derecho romano imperial como derecho común
alemán. Trocóse el viejo procedimiento alemán por el italiano.
Los jueces tuvieron que
estudiar allende los Alpes, y recibieron la experiencia, no de la vida que les rodeaba,
sino de una filología peritísima en el arte de dividir conceptos. Sólo en este país
existen desde entonces ideólogos del derecho romano que defienden el Corpus juris
como un santuario contra los ataques de la realidad.
¿Qué era lo que, bajo
ese nombre, pasó a ser propiedad espiritual de un escaso número de individuos de mente
gótica?
Hacia 1100, en Bolonia,
un alemán, Irnerio, había hecho del único manuscrito de las Pandectas el objeto
de una verdadera escolástica jurídica. Transportó el método lombardo al nuevo texto,
«en cuya verdad, como ratio scripta, se creía, del mismo modo que se creía en la
Biblia y en Aristóteles» [58]. Pero la inteligencia gótica, adherida al sentido vital
del goticismo, estaba bien lejos de vislumbrar siquiera el espíritu de aquellas
proposiciones, que encerraban en su seno los principios de una vida civilizada,
cosmopolita. La escuela de los glosadores, como toda la escolástica, vivía bajo la
influencia del realismo conceptualsegún el cual, lo propiamente real, la substancia
del mundo, no son las cosas, sino los conceptos universalesy consideraba que el
derecho verdadero se encuentra en la aplicación de los conceptos abstractos y no en el
uso y la costumbre, como la «mísera y sucia» Lombarda [59]. Los glosadores sentían por
el libro un interés puramente dialéctico [60] y no pensaban en aplicar su sabiduría a
la vida. Hasta después de 1300 no empiezan sus glosas y sumas a herir los derechos
lombardos de las ciudades del Renacimiento, Los juristas de la época gótica posterior,
sobre todo Bartolo, han fundido el derecho canónico y el derecho germánico en un
conjunto definido para la aplicación práctica. Introdujeron pensamientos reales, los
pensamientos de una época que comienza a ser posterior, los pensamientos que corresponden
próximamente a la legislación de Dracon y a los edictos de los emperadores, desde
Diocleciano hasta Teodosio. La creación de Bartolo valió en España y en Alemania
como «derecho romano». En Francia, por el contrario, la jurisprudencia del barroco,
desde Cujacio y Donelo, dejó el texto escolástico por el texto bizantino.
Pero junto a la obra
abstracta de Irnerio tuvo lugar en la misma Bolonia un hecho decisivo. Hacia 1140
escribió el monje Graciano su famoso decreto. Creó de esta suerte la ciencia
occidental del derecho espiritual, reduciendo [61] el antiguo derecho
católicomágicode la Iglesia a un sistema, desde el sacramento primario del
bautismo, sacramento que pertenece a la época primera de la cultura árabe [62]. Ahora
bien: el cristianismo católico moderno-el cristianismo fáusticohabía encontrado
ya una forma en la que daba expresión jurídica a su existencia. Partía esta forma del
sacramento gótico primario del altary su fundamento, que es la ordenación
sacerdotal. En 1234 está ya compuesta en el Líber extra la parte esencial
del Corpus juris canonici. El Pontificado realizó lo que el Imperio no había
conseguido: la creación de un Corpus juris germanici universal para Occidente,
formado con todos los ricos elementos de los derechos populares. La materia jurídica del
goticismo sacro y profano dio de sí con método germánico un derecho privado completo,
con su derecho penal y su procedimiento. Es el derecho «romano», cuyo espíritu desde
Bartolo había penetrado en el estudio de la obra justinianea. Asi se revela también en
el derecho la gran disensión fáustica que provocó la lucha gigantesca entre el Imperio
y el Pontificado. En el mundo árabe era imposible la contradicción entre jus y fas.
En el mundo occidental es inevitable. Ambos son la expresión de una voluntad de
predominio sobre el infinito. La voluntad jurídica profana arraiga en la costumbre y
extiende su mano sobre las generaciones del futuro. La voluntad jurídica sagrada arraiga
en una certidumbre mística y proclama una ley eternamente intemporal [63]. Esta lucha
entre dos adversarios iguales no ha terminado, y aun hoy la presenciamos en el derecho
matrimonial, con la oposición del matrimonio civil y el matrimonio canónico.
Al despuntar el barroco,
la vida que ha adoptado formas urbanas y económicas, impone la exigencia de un derecho
como el que dieron las antiguas ciudades-Estados desde Solón. Ahora se comprende el fin
del derecho vigente; pero nadie pudo modificar la herencia fatal de la época gótica,
según la cual una clase de sabios y eruditos considera como su privilegio propio el crear
«el derecho, nacido con nosotros».
El racionalismo urbano
se orienta hacia el derecho natural, como sucedió en la filosofía sofística y estoica.
El derecho natural fue fundado por OIdendorp y Bodino y fue destruido por Hegel. En
Inglaterra, el mejor jurista, Coke, defendió el derecho germánico, continuado en la
práctica, contra el último ensayo que hicieron los Tudores para introducir el derecho de
las Pandectas. En el continente, los sistemas científicos se desenvolvieron en formas romanas
hasta los derechos territoriales alemanes y los bosquejos del ancien régime que
sirvieron de base a Napoleón. Y así resulta que el Comentario de Backstone a las Laws
of England (1765) es el único código puramente germánico en el umbral de la
civilización occidental.
19
Llegados al término de este estudio, conviene que
lancemos una mirada en torno. Tres historias del derecho se aparecen ante nuestros ojos.
Estas tres historias están enlazadas entre si sólo por los elementos de la forma
idiomática y sintáctica que una tomóo tuvo que tomarde la otra; pero sin
que, al usarlos, vislumbrara siquiera la distinta existencia que allí se encerraba. Dos
de esas historias se hallan conclusas. Vivimos ahora en la tercera, y nos hallamos en el
punto decisivo en que comienza la labor constructiva de gran estilo, esa labor que, en las
otras dos, correspondió exclusivamente a los romanos y al Islam.
¿Qué ha sido para
nosotros hasta ahora el derecho romano? ¿Que daños ha causado? ¿Qué puede ser para
nosotros en el futuro?
En la historia de
nuestro, derecho constituye el motivo fundamental la lucha entre los libros y la vida. El
libro occidental no es un oráculo, no es un texto arcano con secretos mágicos sino un
pedazo de historia conservada. Es el pasado comprimido que quiere ser futuro; y quiere
serlo por medio de nosotros, los lectores, en quienes revive su contenido. El hombre
fáustico no quiere, como el antiguo, rematar su vida al modo de una figura cerrada y
conclusa; quiere proseguir una vida que se inició mucho antes que él y camina hacia su
fin más allá de él. Para el hombre gótico, entregado a la meditación de si mismo, no
era problema el saber si debía o no injertar su existencia en la historia, sino dónde
debía hacer ese injerto. Necesitaba un pasado para dar al presente sentido y profundidad.
Ante la mirada religiosa aparecía el viejo Israel; ante la mirada profana se alzaba la
antigua Roma, cuyas ruinas eran por doquiera visibles. Aquellos hombres sentían por Roma
una respetuosa admiración, no porque fuese grande, sino porque era vetusta y remota. Si
hubieran conocido Egipto no habrían visto apenas a Roma. Y el idioma de nuestra cultura
habría sido otro.
Era ésta una cultura de
libros y de lectores. Por eso dondequiera que quedaron libros «antiguos» verificóse una
especie de recepción y el desarrollo tomó la forma de una liberación lenta y
penosa. La recepción de Aristóteles, de Euclides, del Corpus juris,
significa el descubrimiento harto temprano de un vaso ya preparadoen el Oriente
mágico fue otro su sentido para contener los pensamientos propios. Mas esto vale
tanto como condenar al hombre de temple histórico a la esclavitud de los conceptos. No
porque se vierta en su pensamiento un sentimiento de la vida extraño a su serque
tal transfusión no sucede nunca, sino porque entorpece la expresión de su propio
sentir y le impide desarrollar un idioma espontáneo y libre de prejuicios.
El pensamiento Jurídico
necesita referirse a algo palpable.
Los conceptos jurídicos
han de ser abstraídos de algo. Pero la fatalidad fue que en vez de abstraer los conceptos
de las fuertes y precisas costumbres de la existencia social y económica, aquellos
hombres los tomaron de los libros latinos precipitadamente y antes de tiempo. El jurista
occidental se hace filólogo y substituye la experiencia práctica de la vida por una
experiencia erudita, fundada en el puro análisis y enlace de los conceptos jurídicos,
los cuales a su vez descansan sobre si mismos.
Esta ha sido la causa de
que hayamos olvidado por completo que el derecho privado debe representar el espíritu
de la existencia, social y económica. Ni el Code civil ni el derecho
territorial prusiano, ni Grocio ni Mommsen se han dado clara cuenta de este hecho. La
formación de nuestros juristas y la literatura jurídica de nuestro tiempo cierran el
camino a todo vislumbre de esa «fuente» del derecho vigente, que es en verdad su origen
propio.
Así resulta que nuestro
derecho privado se funda sobre una sombra, pues tiene su base en la economía del mundo
«antiguo» posterior. La profunda animosidad con que, al comienzo de la
vida económica civilizada en Occidente, se oponen los términos de capitalismo y
socialismo, obedece en gran parte a que el pensamiento científico del derecho y, bajo la
influencia de éste, el pensamiento de las personas educadas refiere los conceptos
esenciales de persona, cosa y propiedad a las situaciones y divisiones de la vida
«antigua». El libro se interpone entre las cosas y las concepciones de las cosas. El
hombre educado es decir, el que se ha educado en los librosvalora hoy las
cosas en lo esencial según el módulo «antiguo». El hombre de acción, el que no se ha
educado para emitir juicios, se siente incomprendido. Advierte la contradicción entre la
vida del tiempo y la concepción jurídica, indaga quién sea el causante de esta
contradicción y la atribuye al egoísmo.
Reaparece el problema:
¿Quién crea el derecho occidental y para quién? El pretor romano era propietario rural,
oficial, hombre perito en cuestiones de administración y hacienda.
Esto le capacitaba para
su actividad de juez y al mismo tiempo de productor del derecho. El praetor peregrinus
desenvolvía el derecho de los extranjeros como un derecho de tráfico económico en una
ciudad mundial de las postrimerías; y lo desarrollaba sin plan ni tendencia, sólo por
los casos realmente Presentes.
Pero la voluntad
fáustica de duración pide un libro que valga «de hoy en adelante para siempre» [64] y
quiere un sistema que prevea todos los casos posibles. Un libro semejante es un trabajo
científico, y requiere necesariamente una clase de hombres sabios, creadores del derecho,
administradores del derecho: los doctores de las Facultades, las viejas familias de
juristas en Alemania, la noblesse de robe en Francia. Los judges ingleses,
poco más de un centenar, proceden sin duda de la elevada clase de los defensores -los barristers,
pero en rango son superiores incluso a los ministros.
Una casta de sabios es
por fuerza ajena al mundo. Desprecia la experiencia, que no procede del pensamiento. Y se
produce así una lucha inevitable entre la costumbre fluyente de la vida práctica y la
«casta de los sabios». Aquel manuscrito de las Pandectas ha sido durante siglos «el
mundo» en que vivía el jurista. Incluso en Inglaterra, donde no hay Facultades de
Derecho, la corporación de los juristas se apoderó de la educación de sus sucesores, y
de esta manera interpuso un valladar entre la evolución de los conceptos jurídicos y la
evolución general.
Lo que hasta hoy
llamamos ciencia del derecho es, pues, o filología del idioma jurídico o una
escolástica de los conceptos jurídicos. Es la única ciencia que todavía hoy deriva de
conceptos «eternos» fundamentales el sentido de la vida. «La actual ciencia del derecho
en Alemania representa en gran medida una herencia del escolasticismo medieval [65].
Todavía no se ha iniciado una reflexión teórica de carácter jurídico sobre los
valores fundamentales de nuestra vida real. Desconocemos por completo esos
valores.»
Este problema queda
reservado al futuro pensamiento alemán. Se trata de extraer de la vida práctica actual
los principios más profundos, desenvolverlos y elevarlos a la categoría de conceptos
jurídicos fundamentales. Las artes mayores ya han pasado. La ciencia del derecho queda
por hacer.
Porque la labor del
siglo XIXaunque este siglo se precia de creadores labor meramente
preparatoria. Nos ha libertado del libro justinianeo, pero no de sus conceptos. Los
ideólogos del derecho romano ya no gozan de consideración entre los sabios, pero la
ciencia y erudición de estilo rancio siguen en pie. Otra especie de ciencia del derecho
es necesaria para libertarnos también del esquema de esos conceptos. La experiencia
filológica debe ser substituida por una experiencia social y económica.
Para descubrir el estado
de las cosas basta lanzar una mirada sobre el derecho privado y el derecho penal en
Alemania.
Son sistemas rodeados de
una corona de leyes adjetivas cuya materia era imposible incorporar a la ley principal.
Aquí se separan en concepto y sintaxis los elementos que son reductibles al esquema
antiguo y los que no lo son.
¿Por qué hubo de
hacerse en 1900 una ley especial castigando el robo de energía eléctrica, tras una
discusión grotesca sobre si tal energía es una cosa o no? ¿Por qué no es posible
elaborar el contenido de la ley de patentes en el derecho real?
¿Por qué el derecho de
propiedad intelectual resulta incapaz de distinguir por conceptos la creación espiritual,
cuya forma comunicable es el manuscrito y la obra impresa, la obra objetiva? ¿Por qué ha
habido que diferenciaren total oposición al derecho realla propiedad
artística de un cuadro y su propiedad material, distinguiendo entre la adquisición del
original y la adquisición del derecho de reproducción? ¿Por qué permanece impune el
robo de una idea mercantil o de un plan de organización, y en cambio se castiga el robo
del trozo de papel en que se halla estampado el proyecto? Porque estamos todavía hoy
obsesionados por el concepto antiguo de la cosa corpórea [66]. Pero la vida es
otra. Nuestra experiencia instintiva se orienta hacia los conceptos funcionales de
fuerza productiva, de espíritu inventivo, de talento emprendedor, de energía espiritual,
corporal, artística, organizadora. Nuestra física, cuya teoría más adelantada es una
reproducción exacta de nuestra vida actual, no conoce ya el viejo concepto de cuerpo.
Demuéstralo bien
claramente la teoría de la energía eléctrica.
¿Por qué es nuestro
derecho incapaz de reducir a conceptos los grandes hechos de la economía actual? Pues
porque conoce a la persona sólo como cuerpo.
Cuando el pensamiento
jurídico occidental se apropió los términos antiguos, quedaba en ellos tan sólo la
parte más superficial de su significación. El nexo de los textos revela únicamente el
uso lógico de las palabras, pero no la vida que en éstas se desenvolvía. La metafísica
muda contenida en los antiguos conceptos jurídicos no puede ser en modo alguno resucitada
en el pensamiento de otros hombres. No hay en el mundo ningún derecho que exprese el
fondo último, la raíz más profunda, porque este fondo y raíz son evidentes para los
hombres que construyen el derecho. Todo derecho supone tácitamente lo esencial, sin
manifestarlo, porque se dirige a hombres que comprenden íntimamente y saben aplicar lo
inexpresable, implícito en los preceptos literales. Todo derecho es derecho
consuetudinario en una gran parte. Aunque la ley define las palabras, es la vida la que
las interpreta.
Y cuando un idioma
jurídico ajeno es recibido y aceptado por los sabios, que con su esquema conceptual
sojuzgan el propio derecho vital, entonces sucede que los conceptos permanecen vacíos y
la vida enmudece. El derecho ya no es un arma, un instrumento, sino que se convierte en
pesada carga; y la realidad prosigue su camino, no con el derecho, sino junto al derecho.
Por eso la materia
jurídica que exigen los hechos de nuestra civilización permanece extraña al esquema
antiguo de los libros jurídicos y a veces se resiste completamente a ser incorporada en
él. Por eso resulta informe y por tanto inexistente para el pensamiento jurídico y aun
para el pensamiento general de los hombres ilustrados.
¿Son realmente las
personas y las cosas conceptos jurídicos en el sentido de nuestra legislación
actual? No. Representan tan sólo un límite trivial trazado entre el hombre y lo demás.
Manifiestan una
distinción, por decirlo así, física. Pero en el concepto romano de persona
estaba incluida antaño toda la metafísica de la realidad antigua. La diferencia entre el
hombre y la deidad, la esencia de la polis, del héroe, del esclavo, del cosmos con
materia y forma, el ideal vital de la ataraxia constituyen los supuestos evidentes de
aquel concepto, supuestos que para nosotros no existen ya. La palabra propiedad conserva
en nuestro pensamiento todavía la definición estática antigua, y por eso falsea
en todas sus aplicaciones el carácter dinámico de nuestra vida. Dejemos esas
definiciones a los éticos abstractos, vueltos de espaldas a la vida; a los juristas, a
los filósofos, a las disputas absurdas de los doctrinarios políticos. Y sin embargo, la
inteligencia toda de la historia económica de estos días descansa en la metafísica
de ese único concepto.
Por eso hay que decirlo
con toda precisión: el derecho antiguo era un derecho de cuerpos; nuestro derecho
es un derecho de funciones. Los romanos crearon una estática jurídica; nuestro problema
de hoy es crear una dinámica jurídica. Para nosotros las personas no son cuerpos, sino
unidades de fuerza y de voluntad; y las cosas no son cuerpos, sino fines, medios y
creaciones de dichas unidades. La relación antigua entre los cuerpos era la posición.
Pero la relación entre fuerzas se llama acción. Para un romano el esclavo era una cosa
que producía otras cosas. Nunca se le ocurrió a un escritor como Cicerón el concepto de
la propiedad intelectual, y no hablemos de la propiedad de una gran idea o de las
posibilidades de un gran talento. Pero para nosotros el organizador, el descubridor y
empresario es una fuerza creadora que actúa sobre otras fuerzas productoras,
señalándoles la dirección, la tarea y los medios para una actividad propia. Ambas
fuerzas pertenecen a la vida económica no como posesoras de cosas, sino como
condensadores de energías.
Es necesario que el
futuro realice en el pensamiento jurídico una revolución análoga a la física y
matemática superior.
La vida social,
económica, técnica, espera ser al fin comprendida en este sentido. Necesitamos más de
un siglo de pensamiento agudo y profundo para alcanzar ese fin. Para ello hace falta que
la educación de los juristas se rija por nuevos módulos. A saber:
1.° Una amplia
experiencia práctica inmediata de la vida económica actual.
2.° Un conocimiento
exacto de la historia jurídica de Occidente, comparando continuamente la evolución
alemana, la inglesa y la románica.
3. ° El conocimiento
del derecho antiguo, pero no como modelo de los conceptos actuales, sino como brillante
ejemplo de cómo un derecho se desenvuelve pura y simplemente al hilo de la vida practica.
El derecho romano ha
dejado de ser para nosotros el origen de los conceptos fundamentales, de los conceptos
eternamente válidos. Pero nos lo hace valioso la relación entre la existencia romana y
los conceptos jurídicos romanos. Por el derecho romano podemos aprender a producir
nosotros nuestro propio derecho, con nuestra propia experiencia.
Notas:
[1] Lo que indico en las páginas siguientes está tomado de un libro sobre
metafísica que me propongo publicar en breve.
[2] De aquí ese aspecto animalya en sentido orgulloso o ya groseroque
hay en el rostro de los hombres que no tienen la costumbre de pensar.
[3] Hacia ¡400! escribe Tucídides en la página primera de su historia,
que ha comprobado que nada importante ha sucedido antes de su época.
[4] Que se formó en 522 en Roma, en la época del dominio ostrogodo. En
tiempos de Carlomagno se propagó rápidamente por todo el Occidente germánico.
[5] En la conciencia de los hombres del Renacimiento, si piensan como
verdaderos renacentistas, se produce un característico empobrecimiento de la imagen
histórica realmente vivida.
[6] El primero que demostró que las formas fundamentales del mundo vegetal
y del mundo animal no evolucionan sino que existen de pronto fue H. De Vries, desde 1886,
en su teoría de las mutaciones. En el lenguaje de Goethe diríamos: vemos las formas
hechas desenvolverse en los ejemplares particulares. Pero no hacerse para todo el
género.
[7] Esto conduce a considerar innecesaria la hipótesis de inmensos
períodos de tiempo para los acontecimientos de la prehistoria humana. Cabe imaginar entre
los hombres mas antiguos conocidos y los comienzos de la cultura egipcia un espacio de
tiempo que no sea tan sumamente grande como para reducir a la insignificación los cinco
mil años de cultura histórica.
[8] Und Afrika Sprach [y África habló], 1912. Paideuma, Umrisse einer
Kultur und Seelenlehre [ Paideuma, Bosquejo de una teoría de la cultura y del alma] 1920.
Frobenius distingue tres edades.
[9] En su pequeño artículo sobre «Épocas del espíritu», Goethe ha
dado una característica de los cuatro períodos de cada culturaperiodo previo,
período primitivo, periodo posterior y civilizacióncon tal profundidad, que aun
hoy no cabe añadirle nada. Véanse los cuadros sinópticos del tomo. I.
[10] Falta igualmente la historia del paisajeesto es, del
suelo, de la flora, del clima, en donde ha transcurrido la historia humana desde
hace cinco mil años. Pero la historia del hombre representa una tan dura pelea con la
historia del paisaje, y permanece tan unida a ésta por mil raíces, que sin la historia
del paisaje no se comprenden bien la vida, el alma, el pensamiento. Por lo que se refiere
al territorio del sur de Europa, desde fines de la época glacial, la marcha del mundo
vegetal ha consistido en pasar de una excesiva superabundancia, poco a poco, a una notoria
escasez. En el curso de las culturas egipcia, antigua, arábiga y occidental, se ha
verificado alrededor del Mediterráneo una mutación de clima que ha cambiado la posición
del agricultor; éste antes tenía que actuar contra el exceso de vegetales y ahora
tiene que actuar en pro, favoreciendo su crecimiento; antes se afirmaba frente a la
selva, ahora frente al desierto. El Sahara, en tiempos de Aníbal, empezaba muy al sur de
Cartago; hoy penetra ya en España y en Italia. ¿Cómo era el clima y la flora egipcia en
la época de los constructores de las pirámides, con las escenas de selva y caza que se
ven en sus relieves? Cuando los españoles expulsaron a los moriscos, el paisaje de
bosques y campos sembrados desapareció, porque se había mantenido artificialmente. Las
ciudades se convirtieron en oasis rodeados de desiertos. En la época romana no hubiera
podido ocurrir esto.
[11] El nuevo método de la morfología comparativa permite hacer
una estimación segura de las fechas en que se inician las culturas pretéritas, fechas
obtenidas hasta hoy por medios muy diferentes. Los mismos motivos que nos vedarían
colocar el nacimiento de Goethe suponiendo perdidos todos los demás datos-cien
años antes del primer Fausto, o suponer que la carrera de Alejandro Magno es la de un
hombre viejo, nos permiten demostrar, por los rasgos de la vida política, por el
espíritu del arte, del pensamiento, de la religión, que la cultura egipcia se inicia
hacia 3000 y la china hacia 1400. Los cómputos de algunos investigadores franceses, y
recientemente los de Borchardt Die Annalen und die zeitliche Festlegung des Alten
Reiches [Los anales y la cronología del antiguo imperio] , son desde
luego tan erróneos como los que hacen los historiadores chinos sobre la duración de las
dinastías fabulosas Sia y Chang. También es absolutamente imposible que la introducción
del calendario egipcio date de 4241. Hay que admitir aquí como en toda cronología, una
evolución, con profundas reformas del calendario, por lo cual el concepto de fecha
inicial carece totalmente de sentido.
[12] Ed. Meyer ha calculadoGeschichte des Altertum [Historia de la
antigüedad], III, 97el pueblo persa, acaso exageradamente, en
Una proporción del mismo orden es la que existe entre los pueblos
germanos, las legiones de los soldados imperiales, en el siglo III, y la población
romana; e igualmente entre las tropas de los Ptolomeos, los romanos y la población
egipcia.
[13] En esta época la India misma estaba desarrollando tendencias
imperialistas en las dinastías Maurya y Sunga. Pero estas tendencias, en el conjunto del
mundo indio, habían de ser por fuerza confusas e infecundas.
[14] Véase el c. III de esta segunda parte.
(a) Nuevos y pormenorizados estudios han señalado que las culturas
precolombinas se encontraban en un estado de feroz decadencia, ahogadas en enormes ritos
sanguinarios que duraban días enteros con ríos de sangre, con equipos de verdugos que
trabajaban día y noche, además de la práctica generalizada del canibalismo y la guerra
tribal sin fin asi como la hambruna generalizada; evidentemente Spengler se deja llevar
por la terrible enfermedad presente en todo el Occidente, que magnifica e idealiza hasta
el colmo cualquier muestra extraeuropea: el buensalvajismo.
Es de resaltar que Spengler basa su conocimiento de las culturas
precolombinas en trabajos no de historiadores, en decir: de hombres que buscan la verdad
sino de fantaseadores profesionales, idealizadores de culturas foráneas que, desde sus
mastodónticas universidades propias de urbes decadentes se ponen a soñar con maravillas
que extraen de su cabeza, un mal endémico de nuestra cultura decadente, que han
idealizado, exagerado, inventado, aquí en extremo la condición de los Aztecas... mucho
de aquello que ahora conocemos como historia precolombina no es mas que mera
fantasía. Sugerimos consultar otras fuentes a fin de constatar que las culturas
precolombinas se encontraban en un estado tal de degeneración sin casi parangón en la
historia. Las culturas precolombinas se derrumbaron bajo el peso de su propia debilidad
interna, un capítulo que merece la pena resaltarse es el de que los Españoles cuentan
con el apoyo de muchos pueblos sojuzgados, y asimismo que los indígenas renuncian
rápidamente a sus culturas y adoptan rápidamente la técnica Europea, una de las razones
principales es poderse salvar del hambre, y de la barbarie sanguinaria a que estaban
sometidos... nada entonces hubo de ese paraíso que pinta Spengler, una
idealización digna de un Rousseau o Montaigne.
En todo caso tales datos no modifican la genialidad y profundidad de las ideas del pensador Alemán y en su defensa hay que reconocer y resaltar que para la época en que Spengler redacta su genial obra, los estudios sobre las civilizaciones foráneas se hallan en muchas veces en sus inicios, en pañales, y por ej. las obras de los cronistas españoles que son el principal documento referente a la realidad de los pueblos precolombinos- son casi totalmente desconocidos en Europa y con lo único que se cuenta es con los panfletos anti españoles, y con las obras derivadas del iluminismo buensalvajista- que pintan siempre un relato idealizado y onírico de las cosas sin preocuparse por averiguar su realidad o mentira, y es mas: tratando siempre de resaltar el sentido de culpa, de castigo y de vergüenza en los Europeos frente a los salvajes idealizados.
En cierta forma nuestra época esta igual: la misma cantidad de falsedad,
idealización y mentira respecto de lo foráneo y mucho mas extendido el sentido de culpa
y la vergüenza en los Europoides de todas partes, la única diferencia es que en nuestra
época ya contamos con valiosísimos estudios y obras exhaustivas que refieren la
verdadera situación de los pueblos precolombinos, el problema de hoy es que tales
estudios son sistemáticamente encubiertos por los falseadores. (nota del corrector)
(b) Sobre la real situación de los aztecas nos remitimos al estudio
promenorizado de la revista Cruz de Hierro nº 8, del Círculo de estudios
Indoeuropeos, en la cual se da una verdadera relación de la barbarie casi inimaginable en
la que se encontraban los aztecas a la llegada de Cortés, nueva exageración del autor
que no puede dejar de ser señalada, aunque con los atenuantes de la nota (a).
(nota del corrector)
(c) Nuevamente Spengler cae en el error -no bien visible desde su
época, pero tremendamente obvio desde la nuestra- de magnificar lo extraño, cosa que por
lo demás es su criterio -sin embargo de lo cual creemos necesario exponer aquí la otra
versión del asunto- minimizando la riquísima Cultura española -y europea- de la época,
a favor de una cultura barbárica y carente de instrumentos, técnicas, y valores
básicos.
Un triste defecto de los Europeos es este de querer encontrar en pueblos
foráneos muestras de esplendor que muchas veces no son mas que espejismos, en esto
podría jugar mucho el enorme prejuicio antiespañol presente en la educación alemana,
derivado de una base protestante, que a su vez se deriva de la enorme campaña
Hispanófoba lanzada en el siglo XV y XVI por los protestantes, una de cuyas bases en la
acusación terriblemente exagerada de la crueldad española -minimizando la crueldad de
otros pueblos europeos- la llamada "leyenda negra", y que ha llevado desde
siempre a los norte europeos a minimizar el aporte de los pueblos mediterráneos a la
cultura Occidental, prejuicio que se halla presente también en Hegel y otros pensadores.
(nota del corrector)
(d) Exageración del autor acerca de
la extensión de las ciudades precolombinas, que evidentemente obedece a que en su época
Spengler no contaba con estudios pormenorizados del asunto, teniendo que basarse entonces
en obras de fantasiosos y en meras especulaciones.
Pero la ciencia avanza: nuevos
estudios mucho mas pormenorizados dan cuenta de la real situación. A este respecto el
escritor Venezolano Carlos Rangel escribe: "Las estimaciones más verosímiles
indican, por ejemplo, que el imperio Azteca no alcanzaba un millón de súbditos, la
capital, Tenochtitlán tenía un área de menos de cinco kilómetros cuadrados, lo cual es
indicio concluyente de una reducida población. (...) En el imperio inca, Cuzco era la
única ciudad de alguna importancia; y cómputos muy cuidadosos, realizados cobre la base
de un uso óptimo de la tierra cultivable con los métodos disponibles antes de la
conquista y colonización españolas, llevan a la conclusión de que el área que ocupa
Perú moderno no puede haber sostenido a mas de un millón de habitantes.(...).
Los más severos jueces de la colonización española imaginan una muy
numerosa población aborigen diezmada casi hasta la extinción (...).
En realidad, es dudoso que la población pre-colombina de Hispanoamérica
haya sido numerosa."
Carlos Rangel
cita el demógrafo Bailey W. Diffie:
Diffie
hace la observación elemental de que siendo la extensión máxima de Tenochtitlán (la
ciudad mas grande de América precolombina) de unas tres y media millas cuadradas,
inclusive lagunas y canales, y que teniendo Londres en el siglo XX unos 12.000 habitantes
por milla cuadrada, es altamente improbable que la capital Azteca haya tenido en 1520 una
población numerosa. Encima de esto, el mismo autor hace una pregunta tan sencilla como
demoledora: si suponemos una población superior a unas pocas decenas de miles en
Tenochtitlán ¿cómo imaginar el abastecimiento y la disposición de desperdicios de una
ciudad sin río navegable, sin animales de carga o tiro, y desconocedora de la rueda?.
[Tomado del libro "del Buen Salvaje al Buen Revolucionario"
Carlos Rangel. Pág 211, pág 244; Monte Ávila editores.]
Con lo que
creemos dejar desvirtuado el mito sobre el paraíso precolombino totalmente
inexistente, pero que se desgraciadamente halla presente con mucha fuerza en el
repertorio de conceptos que los Europeos manejan y que en nuestros días sigue pesando
como un lastre.
La falsificación demográfica sobre la población precolombina americana
ha llegado a afirmar que América contaba con mas de ¡120 millones de habitantes! antes
de la conquista Española, una mentira que ha quedado desvirtuada totalmente.
(En todo caso Spengler corrige un tanto sus aseveraciones en el capítulo 5
del tomo tres. Ver.) (nota del corrector)
(e) Nueva muestra de prejuicio anti Español, su criterio desde
luego, pero no esta por demás recomendar analizar esta aseveración tan radical a ojos
del contexto educacional en el que el autor escribe y asimismo a ojos de la importancia
indudable mas alla de todo lo bueno o malo- de la conquista de América por los
Españoles para Europa. (nota del corrector)
[15] El ensayo que sigue se funda en los datos de dos Obras americanas: L.
Spence, The civilization of ancient México, Cambr., 1912, y H. J. Spinden, A.
study of Maya art, its subject, matter and historical divelopment, Cambr., 1913. Estos
dos autores, independientemente uno de otro, intentan la cronología y llagan a cierta
coincidencia.
[16] Estos nombres son los de las aldeas actuales más próximas a
las ruinas. Los verdaderos nombres han desaparecido
[17] Zur Theorie und Methodik der Geschichte. Kleine
Schriften, 1910 [Sobre la teoría y el método Se la historia. Breves escritos].
Este artículo es el mejor trozo de filosofía de la historia que ha escrito un enemigo de
toda filosofía.
[18] En otras ocasiones emplea el autor la palabra ahistórico para
designar al hombre que viviendo en la historia, esto es, en una cultura, carece del
sentido de la historia. Tal acontece con el antiguo, que es hombre histórico y, sin
embargo, su temple espiritual es ahistórico; no comprende, no siente la vida mas que en
el presente.N. del T.
[19] El japonés perteneció antes a la civilización china; hoy pertenece todavía
a la civilización occidental. No hay cultura Japonesa, en el sentido propio de la palabra
cultura. El americanismo japonés debe pues, juzgarse de otra manera.
[20] Cäsars Monarchie und das Principal des Pompejus [La monarquía de
César y el principado de Pompeyo], 1918, p. 501 y ss.
[21] En árabe, idjma. Véase c. III, A.
[22] R. Hirzel, Die Person, 1914, p. 17,
[23] L. Wenger, Das Recht der Griechen und Römer [El derecho de los
griegos y de los romanos.]. 1914, p. 170. R. v. Mayr, Römische Rechtsgeschichte
[Historia del derecho romano], II, I, p. 87.
[24] Por casualidad puede aún determinarse la relación de
«dependencia» entre el derecho antiguo y el egipcio: el gran negociante Solón en su
relación del derecho ateniense tomó de la legislación egipcia diferentes preceptos
sobre servidumbre de los deudores, derecho de obligaciones, holgazanería e incapacidad de
adquirir. Diodoro I, 77, 79, 94.
[25] Wenger, Recht der Griechen und Römer [Derecho de los griegos y
romanos], p. 166 y s.
[26] Beloch, Griech. Gesch. [Historia de
Grecia], I, I, p. 350.
[27] Tras los cuales se halla el derecho etrusco, forma primitiva del viejo
derecho romano. Roma era una ciudad etrusca.
[28] Busolt, Griech. Staastskunde [La ciencia política Se los griegos],
P. 528.
[29] En el derecho de las XII tablas, lo que para nosotros tiene
importancia histórica no es el contenido que se le atribuye, contenido el que en época
de Cicerón no se conservaba ya quizá ni un solo precepto auténtico, sino el acto
politice de la codificación misma, cuya tendencia corresponde al derrocamiento de la
tiranía tarquiniana por la oligarquía senatorial, y que, sin duda alguna, estaba
destinada a afianzar para el futuro este éxito. El texto que en la época de César
aprendían los niños de memoria había corrido, sin duda, la misma suerte que la lista de
los antiguos cónsules, en la cual fueron introduciéndose los nombres de las familias
encumbradas más tarde al poder y la riqueza. Los que recientemente niegan toda esa
legislación, como Pais y Lambert, tienen, pues, razón por lo que se refiere al contenido
posterior, pero no por lo que se refiere al proceso político hacia 450.
[30] Véase c. II, A.
[31] Sohm, Institutiones. 14, p. 101.
[32] Lenel, Das edictum perpetuum, 1907. L. Wenger, p. 168.
[33] La tabla de multiplicar de los niños supone la familiaridad con los
elementos del mecanismo de los movimientos de contar.
[34] V. Mayr, II, I, p. 85. Sohm, p. 105.
[35] Lenel, en la Enciclopedia de las ciencias del derecho. I, s.,
357.
[36] El derecho egipcio de la época de los Hycsos y el derecho chino de
«La época de los estados en lucha» deben haberse fundadopor oposición al derecho
antiguo y al indio de los Darmasutrasen otros conceptos harto distintos del de
personas y cosas corpóreas. Si la investigación alemana lograra definir esos
conceptos, conseguiría librarnos del pesa con que oprimen las «antigüedades» romanas.
[37] Hechos de los Apóstoles, XV. Aquí está la raíz del concepto
de un derecho eclesiástico.
[38] El Islam como persona jurídica: M. Horten, Die religiöse
Gedankenwelt des Volkes im heutigen Islam [El mundo de tos pensamientos religiosos en el
Islam actual], 1917, p. 24.
[39] Véase c. III, A. Podemos atrevernos a usar esta expresión, porque
los fieles de todos los cultos antiguos posteriores comulgaban en un mismo sentimiento
piadoso, con la misma unión con que lo hacían las comunidades cristianas.
[40] V, Mayr, III, p. 38. Wenger, p. 1193.
[41] Las XII tablas habían prohibido el conubium incluso entre
Patricios y plebeyos.
[42] Véase c. II, C.
[43] Lenel, I, p. 380.
[44] Mitteis, Reichsrecht und Volksrecht [Derecho imperial y
derecho popular] p 13, hizo ya notar en 1891 el carácter oriental de la legislación
constantiniana. Collinet, Eludes historiques sur le droit de Justinien I (1912)
Apoyándose principalmente en investigaciones alemanas, reduce gran parte de este derecho
al derecho helenístico. Pero cabe preguntar: ese derecho helenístico, ¿era realmente
griego o solamente estaba escrito en griego? Los resultados de las investigaciones sobre
las interpolaciones concluyen borrando realmente el espíritu «antiguo» en los Digestos
de Justiniano.
[45] Véase c. III, A.
[46] Fromer, Der Talmud, 1930, p. 100.
[47] Mitteis, Röm. Privatrecht bis auf die Zeit Diocletians
[Derecho privado romano hasta Diocleciano], 1908, prólogo, advierte que
«bajo las formas tradicionales del antiguo derecho fue formándose un derecho nuevo»
[48] V. May, IV, p. 45 y ss.
[49] De aquí los nombres ficticios de autor en innumerables libros de
todas las literaturas árabes: Dionisio Areopagita, Pitágoras, Hermes, Hipócrates,
Henoch, Baruch, Daniel, Salomón, los nombres de apóstoles de los múltiples Evangelios y
Apocalipsis.
[50] M. Horten, D. rel. Gedankenwelt d. Volkes im heut. Islam. [El mundo de las ideas religiosas en el Islam actual], p. XVI.
Véase c. III, A.
[51] V. Mayr, IV, 45 y s.
[52] Wenger, p. 180.
[53] Krumbacher, Bysantinische Litteratur-Geschichte [Historia de la
literatura Bizantina], p. 606.
[54] Sachau, Syr. Rechtsbücher [Libros de derecho sirios], t. III.
[55] Bertholet, Kulturgeschichte Israels [Historia de la cultura
israelita], p. 200 y ss.
[56] Un vislumbre de éste nos proporciona la famosa ley de Hammurabi,
aunque no podemos saber cómo esta obra única se relacionaba por su rango interior con el
derecho a que había llegado el mundo babilónico.
[57] Sohm, Inst., p. 156.
[58] Lenel, I, p. 395.
[59] El juego de palabras entre la faex (hez) lombarda y la lex
(ley) romana es de Huguccio (1200).
[60] W. Goetz, Arch. f. Kulturgesch [Archivos de historia de la
cultura»], 10, 28 y ss.
[61] Según el último trabajo de Sohm: Das altkatholische Kirchen-
1-recht und das Dekret Gratians [El viejo derecho católico de la Iglesia y el decreto de
Graciano].
[62] Véase c. III, A.
[63] Véase c. IV, A.
[64] Lo que en Inglaterra vale para siempre es la forma constante de la
prosecución del derecho, que se va formando en la práctica.
[65] Sohm, Inst., p. 170.
[66] Código civil alemán, § 90.