Capítulo II
Ciudades y Pueblos
A
EL
ALMA DE LA CIUDAD
1
En el mar Egeo, hacia la mitad del segundo milenio
antes de Jesucristo, dos mundos se hallan frente a frente. El uno, lleno de obscuros
presentimientos, cargado de esperanzas, ebrio de pasión y de actividad, progresa,
lentamente hacia el futuro; es el mundo miceniano. El otro, alegre y colmado, descansa
entre los tesoros de una cultura vieja, y con fina destreza ve tras de si, ya resueltos y
superados, todos los grandes problemas; es el mundo minoico de Creta.
Este
fenómeno, que ocupa hoy el centro de la investigación, resulta para nosotros
incomprensible, si no medimos el abismo que separa esas dos almas. Los hombres de
entonces tuvieron que «sentirlo», aunque no lo «conocieran». Yo lo percibo ante mí:
los habitantes de los castillos de Tirinto y Micenas levantan la vista con veneración
respetuosa hacia la inaccesible espiritualidad de las costumbres de Knossos; los pulidos
habitantes de Knossos miran con desprecio a esos Jefecillos y sus secuaces; y sin embargo,
en el pecho de esos robustos bárbaros alienta un sordo sentimiento de superioridad, como
el que los soldados germánicos sentían ante los viejos romanos cargados de honores.
¿Que
cómo podemos saberlo? Más de una vez ha sucedido que los hombres de dos culturas
diferentes se han encontrado cara a cara. Conocemos varios casos de esos en que la vida se
halla aún «entre las culturas». Y entonces aparecen sentimientos que cuentan entre los
más fecundos del alma humana.
Lo
que sin duda ocurrió entre Knossos y Micenas ocurrió también entre la corte bizantina y
los grandes alemanes que, como Otón II, tomaron esposa en dicha corte. Por una parte la
clara admiración de los caballeros y los condes y, como respuesta de la otra parte, la
despreciativa extrañeza con que una civilización refinada, algo marchita ya y cansada,
contempla el frescor pesadote, el amanecer de la comarca germana, tal como lo descubre el Ekkehard
de Scheffel.
En
Carlomagno se manifiesta claramente esa mezcla de un alma primitiva, pronta a despertar, y
una pegadiza espiritualidad postrimera. Algunos rasgos de su reinado nos autorizan a
calificarlo de Califa del Frankistán. Y por otra parte es todavía el jefecillo de una
tribu germánica. La mezcla de ambos elementos confiere al fenómeno su carácter
simbólico, como en las formas de la capilla de Aquisgrán, que ya no es una mezquita, ni
es todavía una catedral. La precultura germánica occidental se arrastra entre tanto,
lenta y subterránea.
Pero
ese súbito fulgor que, con notorio desacierto, llamamos renacimiento carolingio, vino
traído por un rayo de Bagdad.
No
olvidemos que la época de Carlomagno constituye un episodio superficial. Con ella
transcurre algo accidental que no tiene consecuencias. Después de 900, después de una
profunda caída, comienza algo nuevo, algo que actúa con la gravedad de un sino y con esa
profundidad fecunda que inicia la duración. Pero en el año 800 la civilización árabe
de las cosmópolis orientales alumbraba como un sol. No de otro modo, antaño la
civilización helenística, sin necesidad de Alejandro y aun antes de Alejandro, lanzó
sus destellos hasta las regiones del Indo. Ni Alejandro la despertó, ni siquiera la
extendió. Limitóse a seguirlano a precederlaen su curso hacia Oriente.
En
los cerros de Tirinto y Micenas encontramos castillos y fortalezas al modo
primitivo germánico. Los palacios cretensesque no son moradas regias, sino enormes
edificios destinados a albergue de una numerosa comunidad de sacerdotes y
sacerdotisasestán adornados con un lujo de gran urbe, propio de la Roma posterior.
Al pie de las colinas de Tirinto y Micenas se agrupan las chozas de los labriegos y
secuaces.
En
Creta desenterramos hoy Gurnia y Hagia Triadaciudades y casas que revelan
refinadísimas necesidades y una técnica arquitectónica conseguida a fuerza de largas
experiencias anteriores, familiarizada con las más delicadas pretensiones en punto a
mobiliario y decoración mural, acostumbrada a dosificar la luz, a establecer redes de
canalización, a resolver problemas de escaleras y otros por el estilo. Allí, en Tirinto
y Micenas, la planta de la casa es un símbolo riguroso de la vida. Aquí, en Creta, es la
expresión de una «finalidad» refinada. Comparad los vasos cretenses de Kamares y los
frescos cretenses de estuco pulimentado con los productos auténticos de Micenas. Todo es arte
industrial, arte fino y vario, no arte grande, profundo, de simbolismo grave y
torpón, como el que en Micenas se ve madurar hacia el estilo geométrico. No es estilo,
sino gusto [67]. En Micenas mora una raza originaria, que ha elegido su solar por lo que
el suelo produce y la facilidad de defensa que en el terreno encuentra. La población
minoica, en cambio, se establece aquí o allá según su criterio económico, como se
advierte muy bien en la ciudad de Filakopis, en Melos, hecha para la exportación. Un
castillo miceniano es una promesa. Un castillo minoico es algo postrero.
Como
los castillos micenianos, asi eran hacia el año 800 las cortes y residencias francas y
visigodas entre el Loira y el Ebro. Y al Sur, los palacios moros, las casas y las
mezquitas de Córdoba y Granada.
Sin
duda no es un azar que el florecimiento del lujo cretense coincida con la época de la
gran revolución egipcia, la época de los Hyksos (1780-1580) [68]. Es posible que por
entonces los artífices egipcios buscasen refugio en las islas pacificas y hasta en los
castillos del continente, como los sabios bizantinos pasaron a Italia muchos siglos
después. Porque para entender bien esta época hay que afirmar la hipótesis de que la
cultura minoica es una parte de la cultura egipcia.
Este
hecho se comprendería mucho mejor si la parte más importante de las creaciones
artísticas del Egipto, las del delta occidental, no se hubieran perdido por la humedad
del suelo. Conocemos la cultura egipcia por cuanto floreció en el suelo seco del Sur.
Pero no hay duda de que no fue en este punto en donde estuvo el centro de la evolución.
No
es posible trazar un límite preciso entre la vieja cultura minoica y la joven cultura
miceniana. En todo el mundo egipciocretense se advierte una aficiónmuy
modernapor las cosas extrañas y primitivas; y recíprocamente, los caudillos del
continente, cuando podían, robaban, compraban, y en todo caso admiraban e imitaban las
obras cretenses. Igualmente el estilo de las migraciones, tan encomiado antes por
germánico primitivo, tiene en realidad origen oriental en todo el idioma de sus formas
[69]. Los germanos hacíanse fabricar y adornar sus castillos y sepulcros por prisioneros
o por artistas traídos del Sur. La «sepultura de Atreo» en Micenas se empareja
perfectamente con la tumba de Teodorico en Rávena.
Bizancio
es un milagro de este género. Aquí hay que ir separando las distintas capas una tras
otra cuidadosamente.
Primero
Constantino reconstruyó en 326 la ciudad, que había sido destruida por Séptimo Severo.
Al reconstruirla hizo de ella una, urbe antigua, de primer orden, en la que fueron
a unirse la senectud apolínea de Occidente y la juventud mágica de Oriente. Después, en
1096, cuando la ciudad era ya una capital del mundo arábigo posterior, aparecieron
ante sus muros los cruzados, con Godofredo de Bouillon a la cabezade ellos hace la
ingeniosa Ana Commena, en su obra histórica, una descripción implacablemente
despreciativa [70], trayendo un soplo de primavera en los últimos días otoñales
de esta civilización. La ciudad ejerció sobre los godos y los rusos su encanto
irresistible. A los godos los atrajo como la ciudad más oriental de la civilización
antigua. A los rusos, un milenio después, como la más septentrional de la civilización
árabe.
La
poderosa catedral de San Basilio en Moscú, de 1554, inicia la precultura rusa y se halla
«entre los estilos», como el templo de Salomón, durante dos mil años, se halla entre
la ciudad mundial de Babilonia y el cristianismo primitivo.
2
El
hombre primitivo es un animal errante, una existencia cuya vigilia anda a tientas
por la vida; es todo microcosmos, sin patria, sin solar, provisto de agudísimos y
medrosos sentidos, siempre pendiente de arrebatar alguna ventaja a la naturaleza hostil.
Un cambio profundo comienza al iniciarse la agriculturaactividad artificial
completamente ajena a los cazadores y los pastores. El que cava y cultiva la tierra
no pretende saquear la naturaleza, sino cambiarla. Plantar no significa tomar algo,
sino producir algo. Pero al hacer esto, el hombre mismo se torna planta, es
decir, aldeano, arraigando en el suelo cultivado. El alma del hombre descubre un alma en
el paisaje que le rodea. Anunciase entonces un nuevo ligamen de la existencia, una
sensibilidad nueva. La hostil naturaleza se convierte en amiga. La tierra es ahora ya la madre
tierra. Anúdase una relación profunda entre la siembra y la concepción, entre la
cosecha y la muerte, entre el niño y el grano. Una nueva religiosidad se aplicaen
los cultos chtónicosa la tierra fructífera que crece con el hombre. Y como
expresión perfecta de este sentimiento vital surge por doquiera la figura simbólica
de la casa labradora, que en la disposición de sus estancias y en los rasgos de su
forma exterior nos habla de la sangre que corre por las venas de sus habitantes. La casa
aldeana es el gran símbolo del sedentarismo. Es una planta. Empuja sus raíces hondamente
en el suelo «propio». Es propiedad en el sentido más sagrado. Los buenos
espíritus del hogar y de la puerta, del solar y de las estancias, Vesta, Janus, los Lares
y Penates, tienen su domicilio fijo, como el hombre mismo.
Este
es el supuesto de toda cultura. La cultura misma es siempre vegetal; crece sobre su
territorio materno y afirma una vez más el ligamen psíquico que une al hombre con el
suelo. Lo que para el labriego significa su casa, eso mismo significa la ciudad para el
hombre culto. Lo que para la casa son los espíritus buenos, eso mismo es para toda
ciudad el dios protector o el santo patrón. También la ciudad es un vegetal. Los
elementos nómadas, los elementos puramente microcósmicos, le son tan ajenos como a la
clase labradora. Por eso toda evolución de un idioma de las formas superiores está
siempre adherida al paisaje. Ningún arte, ninguna religión pueden cambiar nunca el lugar
de su crecimiento. La civilización, con sus ciudades gigantescas, es la que por fin
desprecia esas raíces del alma y las arranca. El hombre civilizado, el nómada
intelectual, vuelve a ser todo microcosmos, sin patria, libre de espíritu, como los
cazadores y los pastores eran libres de sentido. Ubi bene, ibi patriael dicho
vale para antes y para después de toda cultura. En la época de las
migraciones, que precede a la primavera de la cultura fáustica, el sentimiento virginal,
y sin embargo ya maternal de los germanos, buscó hacia el Sur una patria para construir
el nido de su cultura por venir. Hoy, llegado al término de esta cultura, el espíritu
desarraigado recorre todas las posibilidades territoriales e intelectuales. Entre las dos
épocas, empero, se extiende un tiempo en el que los hombres mueren por un pedazo
de tierra.
Hay
un hecho decisivo; nunca, sin embargo, apreciado en toda su significación. Y es que todas
las grandes culturas son culturas urbanas. El hombre superior de la segunda era es un animal
constructor de ciudades. Aquí encontramos el criterio propio de la «historia
universal»que se distingue muy precisamente de la historia humana. La
historia universal es la historia del hombre urbano. Los pueblos, los Estados, la
política, la religión, todas las artes, todas las ciencias se fundan en un único
protofenómeno de la existencia humana: en la ciudad. Pero todos los pensadores de todas
las culturas viven en ciudadesaunque su cuerpo se encuentre en el campo; por
eso no saben cuan extraña cosa es la ciudad. Debemos sumergirnos en la estupefacción de
un hombre primitivo que por vez primera contemplase en medio del paisaje esa masa de
piedra y madera, con sus calles envueltas en piedra, con sus plazas cubiertas de piedra,
con sus construcciones de extraña forma, en donde pululan los hombres.
Pero
el verdadero milagro es cuando nace el alma de una ciudad. Súbitamente, sobre la
espiritualidad general de su cultura, destácase el alma de la ciudad como un alma
colectiva de nueva especie, cuyos últimos fundamentos han de permanecer para nosotros en
eterno misterio. Y una vez despierta, se forma un cuerpo visible. La aldeana colección de
casas, cada una de las cuales tiene su propia historia, se convierte en un todo
conjunto. Y este conjunto vive, respira, crece, adquiere un rostro peculiar y
una forma e historia interna. A partir de este momento, además de la casa particular, del
templo, de la catedral y del palacio, constituye la imagen urbana en su unidad el objeto
de un idioma de formas y de una historia estilística, que acompaña en su curso todo el
ciclo vital de una cultura.
Bien
se comprende que lo que distingue la ciudad de la aldea no es la extensión, no es el
tamaño, sino la presencia de un alma ciudadana. Hay aglomeraciones humanas muy
considerables que no constituyen ciudades; las hay no sólo en las comarcas mas
primitivas, como el interior del África actual, sino también en la China posterior, en
la India y en todas las regiones industriales de la Europa y de la América modernas.
Son
centros de una comarca; pero no forman interiormente mundos completos. No tienen alma.
Toda población primitiva vive en la aldea y en el campo. No existe para ella la esencia
denominada «ciudad». Exteriormente habrá, sin duda, agrupaciones que se distingan de la
aldea; pero esas agrupaciones no son ciudades, sino mercados, puntos de reunión para los
intereses rurales, centros en donde no puede decirse que se viva una vida peculiar y
propia. Los habitantes de un mercado, aun cuando sean artesanos o mercaderes, siguen
viviendo y pensando como aldeanos. Hay que penetrarse bien del sentimiento especial que
significa el que una aldea egipcia primitiva, china primitiva o germánica
primitivabreve punto en medio del campo inmensose convierta en ciudad. Esta
ciudad no se distingue acaso por nada exteriormente; pero espiritualmente es el lugar
desde donde el hombre contempla ahora el campo como un «alrededor», como
algo distinto y subordinado. A partir de este instante, hay dos vidas: la vida dentro y la
vida fuera de la ciudad, y el aldeano lo siente con la misma claridad que el ciudadano. El
herrero de la aldea y el herrero de la ciudad, el alcalde de la aldea y el burgomaestre de
la ciudad viven en dos mundos diferentes. El aldeano y el ciudadano son distintos seres.
Primero sienten la diferencia que los separa; luego son dominados por ella; al fin acaban
por no comprenderse uno a otro. Un aldeano de la Marca y un aldeano de Sicilia están hoy
más próximos entre sí que el aldeano de la Marca y el berlinés. Desde este punto de
vista existen verdaderas ciudades. Y este punto de vista es el que con máxima evidencia
sirve de fundamento a la conciencia despierta de todas las culturas.
Toda
época primera de una cultura es al mismo tiempo la primavera de una organización
ciudadana. Ante las ciudades, el hombre de la precultura se siente presa de profunda
timidez, porque no ve entre si y esas formas ciudadanas ninguna relación intima. A
orillas del Rin y del Danubio ocurrió muchas vecespor ejemplo en
Estrasburgoque los germanos acamparon delante de las puertas de las ciudades
romanas, que permanecían inhabitadas [71]. En Creta los conquistadores establecieron una
aldea sobre las ruinas de las ciudades incendiadas como Gurnia y Knossos. Las órdenes
religiosas de la precultura occidental, los benedictinos y sobre todo los cluniacenses y
premonstratenses, se establecieron, como los caballeros andantes, en pleno campo. Los
franciscanos y dominicos son los primeros que se construyen conventos en las
ciudades góticas; la nueva alma ciudadana acaba de despertar. Pero aun en estos edificios
y en todo el arte franciscano se advierte que el individuo siente una tierna melancolía,
una casi mística aprensión o temor de la novedad, de lo claro, de lo despierto, de todo
eso que la totalidad acoge todavía con obscuro sentimiento. Nadie se atreve apenas a no
ser ya aldeano. Los jesuitas son los primeros que viven con la conciencia madura y
superior del hombre verdaderamente ciudadano de una gran ciudad. En todas las épocas
primitivas los dominadores ponen su corte en fortalezas que van cambiando de un sitio a
otro.
Este
es un símbolo del predominio absoluto del campo, que todavía no reconoce a la ciudad. En
el antiguo imperio de Egipto, el asiento de la administraciónlugar bien poblado
se halla junto al «muro blanco», en el templo de Ptah, más tarde Memfis; pero
los Faraones cambian continuamente de residencia, como los reyes de la Babilonia sumérica
y los del imperio carolingio [72]. Los monarcas chinos primitivos de la dinastía Chu
tienen desde 1109 generalmente su castillo en Loh-yanghoy Ho-nanfu, Pero hasta
770que corresponde a nuestro siglo XVI no es elevado el lugar a la categoría de
corte y residencia permanente.
Nunca
ha recibido el sentimiento del ligamen con la tierra, de la adhesión vegetal y cósmica,
tan poderosa expresión como en la arquitectura de esas diminutas ciudades primitivas, que
casi se reducen a un par de calles en torno a un mercado, un castillo o un santuario.
Aquí es donde con mayor claridad se comprende que todo gran estilo es una planta. La
columna dórica, la pirámide egipcia, la catedral gótica surgen y crecen
literalmente de la tierra, con el rigor y la necesidad del sino; son una existencia
sin conciencia despierta. En cambio, la columna jónica y los edificios del Imperio medio
y del barroco se apoyan sobre el suelo, son obras plenamente despiertas,
conscientes de sí mismas, libres, seguras. La existencia aquí, separada ya de las
potencias entunicas, y como aislada de la tierra por el empedrado de las calles, es más
desteñida, al paso que la sensibilidad y la inteligencia han ido creciendo en poderío y
soltura. El hombre se torna «espíritu», se hace «libre» y vuelve otra vez al
nomadismo; pero con más estrechez y frialdad. El «espíritu» es la
forma específicamente urbana de la vigilia inteligente. El arte, la religión, la
ciencia se van llenando poco a poco de inteligencia, se van haciendo extrañas a la
tierra, incomprensibles para el labrador arraigado al terruño. La civilización trae
consigo la crisis de la fecundidad.
Las
raíces antiquísimas de la existencia se secan en los adoquines de las ciudades. El libre
pensamiento¡fatales palabras!aparece como una llama, que asciende magnifica y
se consume al punto en el aire.
3
La nueva alma de la ciudad habla un idioma nuevo, que
muy pronto se identifica con el idioma de toda la cultura. El campo, con sus hombres
aldeanos, está herido de muerte; ya no comprende ese idioma. El aldeano se azora y
enmudece.
Todo
estilo genuino se desenvuelve en las ciudades. El sino de la ciudad y las emociones de los
hombres ciudadanos son exclusivamente los que constituyen el fondo que se revela en la
lógica de las formas visibles. Todavía el gótico más primitivo nació del paisaje
mismo, abrazando la casa aldeana con sus habitantes y sus utensilios. Pero el estilo
Renacimiento aparece en la ciudad del Renacimiento y el estilo barroco en la ciudad
barroca; y no hablemos de la columna corintia, no hablemos del rococó, estilos
propios de la gran urbe. Acaso todavía trascienda un leve soplo de la ciudad al campo.
Pero el campo mismo es ya incapaz de llevar a cabo la creación más mínima. El campo
calla y se desvía. El aldeano y la casa aldeana permanecen, en lo esencial, góticos y
siguen siéndolo aún hoy. El campo helénico ha conservado el estilo geométrico;
la aldea egipcia, el estilo del Imperio antiguo.
El
«rostro» de la ciudad, sobre todo, posee en su expresión una historia. Los gestos de la
ciudad representan casi la historia psíquica de la cultura. Primero aparecen las
pequeñas ciudades primitivas del gótico y de todas las demás culturas incipientes.
Estas ciudades casi se funden con el paisaje; son todavía casas aldeanas que se apretujan
a la sombra de un castillo o de un santuario y que, sin alterar su forma interior, se
convierten en casas ciudadanas por el solo hecho de no alzarse ya sobre un ambiente de
campos y praderas, sino sobre el círculo de otras casas vecinas. Los pueblos de la
cultura primitiva se transforman poco a poco en pueblos ciudadanos.
Existe,
pues, un cuadro específico de ciudad china, india, apolínea, fáustica. Y dentro de este
cuadro existe una fisonomía típica de ciudad armenia o siria, jónica o etrusca,
alemana, francesa o inglesa. Hay una ciudad de Fidias, una ciudad de Rembrandt, una ciudad
de Lutero. Estas denominaciones y los meros nombres de Granada, Venecia, Nuremberga evocan
al punto una imagen precisa; porque todo cuanto una cultura produce en religión, arte,
ciencia, ha sido creado en ciudades semejantes. Las cruzadas se originan todavía en el
espíritu de los castillos caballerescos y de los claustros agrestes. Pero ya la Reforma
es ciudadana, y se fragua en estrechas callejuelas y altas casas. La gran epopeya, cantar
de la sangre, pertenece al castillo y a la fortaleza. Pero el drama, en que la vida
despierta, atenta y vigilante, se prueba a si misma; el drama es poesía ciudadana. Y la
gran novela, donde el espíritu libertado contempla el conjunto de lo humano,
supone la urbe cosmopolita. No hay más lírica que la lírica ciudadanasi se
exceptúa la genuina canción popular. Y si prescindimos del arte aldeano, arte,
«eterno», toda poesía, toda arquitectura también es ciudadana y tiene una historia
rápida y breve.
Consideremos
ahora ese claro y alto lenguaje de formas que nos hablan las grandes aglomeraciones de
piedra. La humanidad urbana, toda espíritu, toda ojos, lo ha introducido ella misma en su
mundo luminoso, por oposición al idioma suave del campo. Contemplemos la silueta de la
gran ciudad, les tejados con sus chimeneas, las torres, las cúpulas recortándose sobre
el horizonte. Escuchemos lo que nos dice una sola mirada sobre Nuremberga y
Florencia, sobre Damasco y Moscú, sobre Pekín y Benarés. ¿Qué sabemos del espíritu
de las ciudades antiguas, si ya no podemos contemplar sus perfiles en el cielo meridional,
a la luz del sol, entre las nubes, por la mañana o en la noche estrellada? Esas calles
rectas o torcidas, anchas o estrechas; esas casas bajas, altas, claras, obscuras, cuyas
fachadas, cuyos rastros, en todas las ciudades occidentales, miran a la calle y en
todas las ciudades orientales le vuelven la espalda, sin ventanas; el espíritu de las
plazas y encrucijadas, de las revueltas y perspectivas, de las fuentes y monumentos, de
las iglesias, templos y mezquitas, de los anfiteatros y estaciones, de los bazares y
edificios públicos; luego las barriadas suburbanas, las villas con jardín, las
aglomeraciones de esos cuarteles de alquiler entre inmundicias y campos labrados, los
barrios distinguidos y los barrios pobres, la Suburra de la antigua Roma y el Faubourg
Saint-Germain de París, la antigua Baias y la actual Niza, los breves cuadriles urbanos
de Ratisbona y Brujas, el océano de casas de Babilonia, Tenochtitlán, Roma y Londres.
Todo eso tiene historia, es historia. Suceda un gran acontecimiento político, y el rostro
de una ciudad tomará nuevas arrugas. Napoleón dio un nuevo aspecto al París borbónico,
Bismarck imprimió un sello nuevo en la pequeña ciudad de Berlín. Pero la aldea entre
tanto permanece inmóvil, ceñuda y colérica.
En
los tiempos primitivos, sólo el paisaje domina sobre la mirada del hombre. El
paisaje campesino imprime su forma en el alma del hombre, vibra a compás del alma humana.
La sensibilidad del hombre y el rumor de las selvas cantan en un mismo ritmo. El porte, la
marcha, el traje inclusive se amoldan a los prados y a los bosques. La aldea, con sus
tejados pacíficos, como suaves colinas, con el humo de la tarde, con sus pozos, sus
setos, sus bestias, está toda como sumergida, tendida en el paisaje. La aldea confirma
el campo; es una exaltación de la imagen campestre. La ciudad posterior desafía el
campo.
Su
silueta contradice las líneas de la naturaleza. La ciudad niega toda naturaleza.
Quiere ser otra cosa, una cosa más elevada. Esos agudos tejados, esas cúpulas barrocas,
esas torres y pináculos no encuentran en la naturaleza nada que pueda emparejárseles. Ni
quieren tampoco encontrarlo, Al fin se inicia la urbe, la urbe gigantesca, la ciudad
como un mundo, la ciudad que debe ser sola y única. Y comienza también la
labor destructiva a aniquilar el paisaje. Antaño la ciudad se entregó a la imagen del
campo. Ahora la ciudad quiere reconstruir el campo a su propia semejanza. Y los senderos
se convierten en vías militares, los bosques y los prados en parques, las montañas en
puntos de vista panorámicos. La ciudad inventa una naturaleza artificial, pone fuentes en
lugar de manantiales, cuadros de flores, estanques, tallos recortados, en lugar de
praderas, charcas y matorrales. En la aldea, los tejados de paja parecen cerros y las
callejas senderos. Pero en la ciudad ábrense amplios los pasos de las calles empedradas,
llenas de polvo coloreado y de ruidos extraños. Aquí viven hombres, como ningún ser
natural podría nunca sospecharlos. Los trajes y basta los rostros armonizan con un fondo
de adoquines. Durante el día se desenvuelve por las calles un tráfico de extraños
colores y sonidos. De noche brilla una luz nueva que apaga la luz de la luna. Y el pobre
aldeano, atónito, de pie sobre el asfalto, hace la más ridicula figura. No comprende
nada y nadie le comprende a él Sirve, a lo sumo, para un paso de comedia y para producir
el pan que ese mundo urbano necesita.
De
aquí se sigue una consecuencia esencial: para comprender la historia política, la
historia económica, es necesario ante todo reconocer que la ciudad, separándose cada
día más del campo y desvalorando al fin por completo el campo, es el elemento que
determina el curso y sentido de la historia superior.
La
historia universal es historia ciudadana.
Si
dejamos aparte el hecho de que el hombre antiguo, fundándose en su sentimiento euclidiano
de la existencia, enlaza el concepto de ciudad con la propensión hacia un mínimo de
extensión e identifica por lo tanto la ciudad con el cuerpo pétreo de la polis
individual, veremos que en toda cultura aparece bien pronto el tipo de la capital.
Como el nombre indica, es la capital aquella ciudad cuyo espíritu, con sus métodos, sus
fines y sus resoluciones políticas y económicas, domina todo el territorio. El campo
todo, con sus habitantes, se convierte en medio y objeto de ese espíritu director. El
campo no comprende lo que aquí sucede. Nadie tampoco le pregunta nada. Los grandes
partidos, en todas las comarcas de las culturas posteriores, las resoluciones, el
cesarismo, la democracia, el parlamento constituyen la forma en que el espíritu de la
capital comunica al campo lo que éste ha de querer y, en ocasiones, la causa por la que
debe morir. El foro antiguo, la prensa occidental no son ni más ni menos que las armas
espirituales de la ciudad dominante. El que viviendo en el campo comprende bien lo que en
estos tiempos es la política y se siente a la altura de ella, pasa a formar en las filas
de los hombres ciudadanos, quizá no en cuerpo, pero si desde luego en espíritu. La
orientación, la opinión pública del campo labradorcuando existees siempre
dirigida, prescrita por la ciudad mediante la prensa o el discurso. Tebas es Egipto. Roma
es el orbis terrarum, Bagdad es el Islam. París es Francia. En cambio la historia
de las épocas primitivas se desarrolla en múltiples pequeños centros de los diversos
territorios. Los distritos egipcios, los diferentes pueblos de la Grecia homérica, los
condados y ciudades libres de la época gótica hicieron antaño la historia. Pero poco a
poco la política se concentra en pocas capitales, no quedando a las demás sino una
sombra de vida política. Esta situación no ha sido alterada ni siquiera por la
atomización del mundo antiguo en ciudades-Estados. Ya en la guerra del Peloponeso
limitóse la política propiamente a Atenas y Esparta. Las demás ciudades del mar Egeo
formaban en la estera de una u otra política. Ya no se puede hablar en ellas de una
política verdaderamente propia. Por último, toda la historia antigua se
representa en el foro de Roma, aunque César esté combatiendo en las Galias, los asesinos
de César en Macedonia o Antonio en Egipto; porque todo lo que sucede en el mundo recibe
su sentido por relación y referencia a Roma.
4
La
historia propiamente tal comienza con la formación de las dos clases primarias,
nobleza y sacerdocio, que se elevan sobre la clase aldeana. La forma fundamental de toda
política primitivahomérica, china, góticaconsiste en la oposición entre la
gran nobleza y la pequeña nobleza, entre el rey y los vasallos, entre el poder temporal y
el espiritual. Más tarde el estilo de la historia se convierte en el de la ciudad, en el
de la burguesía o tercer estado. Y todo el sentido de la historia se concentra
exclusivamente en estas tres clases, en la conciencia de estas tres clases. El aldeano
carece de historia. La aldea queda fuera de la historia universal, y toda la
evolución desde la «guerra de Troya» hasta la guerra de Mitrídates, o desde los
emperadores sajones hasta la guerra mundial, pasa por encima de esos breves puntos del
paisaje, aniquilándolos a veces, derramando su sangre, pero dejando intacta su intima
esencia.
El
aldeano es el hombre eterno. Vive independiente de toda cultura. La cultura anida en las
ciudades. El aldeano precede a la cultura y sobrevive a la cultura. Ensimismados,
perpetúanse los aldeanos de generación en generación, circunscritos a los oficios y
actividades de la tierra, almas místicas, entendimientos secos, atados a lo práctico.
Son la fuente siempre viva de la sangre que en las ciudades hace la historia universal.
Las
invenciones de la cultura en las ciudades, las formas políticas las costumbres
económicas, las Herramientas, la sabiduría y el arte son acogidas al fin por el labrador
con desconfianza y vacilación, pero sin que por ello varié su índole íntima.
El
aldeano occidental aceptó exteriormente las teorías de los grandes concilios, desde el
gran lateranense hasta si tridentino, como también los resultados de la técnica
mecánica y de la revolución francesa. Pero siguió siendo lo que era, lo que había sido
ya antes de Carlomagno. La piedad del aldeano actual es más antigua que el cristianismo.
Sus dioses son anteriores a toda religión elevada. Eliminad la presión que sobre él
ejercen las grandes ciudades y le veréis, sin echar nada de menos, tornar al estado
natural primario. Su ética verdadera, su metafísica verdaderaque ningún sabio de
la ciudad ha juzgado digna de estudioresiden allende la historia de la religión y
del espíritu. En verdad puede decirse que no tienen historia.
La
ciudad es espíritu. La gran ciudad es el «pensamiento libre». La burguesía, la clase
social del espíritu, comienza a darse cuenta de su existencia propia al oponerse a las
potencias«feudales»-de la sangre y de la tradición. Derriba tronos y limita todos
los derechos en nombre dé la razón, y sobre todo en nombre del pueblo, entendiendo por
tal exclusivamente el pueblo de las ciudades. La democracia es la forma política en que
se le exige al labrador la concepción cósmica del hombre ciudadano. El espíritu de la
ciudad reforma la gran religión de los tiempos primitivos y coloca junto a la antigua
religión de clases una religión burguesa; la ciencia libre. La ciudad asume la
dirección de la historia económica, substituyendo los valores primarios del
campoinseparables de la vida y pensamiento aldeanospor el concepto de limero,
concepto separado ya del de bienes raíces. El término primario con que el campo
designa el tráfico de los bienes es la palabra trueque. Aun en el caso del trueque
de una cosa por metal noble, este cambio para el aldeano no se basa en el «pensamiento
monetario», el cual distingue entre la cosa y el valor y enlaza la idea de valor con una
cantidad ficticia o metálica, cuyo fin desde este momento consiste en medir lo
«otro», la «mercancía». Las caravanas y los viajes de los Wikingos en la época
primitiva son procesos que se verifican entre establecimientos campesinos y significan
trueque y botín. En épocas posteriores verifícanse entre ciudades y significan
«dinero». Esta es la diferencia que separa a los normandos de antes y a los hanseáticos
y venecianos de después de las Cruzadas, o a los navegantes antiguos en la época
miceniana y a los navegantes posteriores en la época de las grandes colonizaciones. La
ciudad significa no sólo espíritu, sino también dinero [73].
Llega
una época en que la ciudad se ha desarrollado tan vigorosamente que ya no necesita
afirmar su oposición al campo, a la aldea, a la nobleza rural. Ahora es el campo con sus
clases sociales primarias el que se defiende sin esperanza contra la supremacía
irresistible de la ciudad. Esta defensa se dirige espiritualmente contra el racionalismo,
políticamente contra la democracia y económicamente contra el dinero. En esta época ya
se han reducido a corto número las ciudades que llevan la dirección de la historia.
Aparece la profunda distinción que es sobre todo psíquicaentre la gran
ciudad y la pequeña ciudad; y esta cultura bajo el nombre significativo de
ciudad rural se convierte en una parte del campo, privado ya de toda actividad importante.
La diferencia entre el hombre del campo y el hombre de la ciudad llega a ser bastante
considerable en esas pequeñas ciudades; pero al fin desaparece ante la enorme distancia
entre ambos y el habitante de la gran ciudad. La astucia del labriego y pequeño ciudadano
y la inteligencia de los habitantes de la gran ciudad son dos formas de vigilia
inteligente entre las cuales casi no es posible conciliación. Claro está que aquí no se
trata del número de habitantes, sino del espíritu.
También
es claro que todas las grandes ciudades conservan algunos rincones en donde viven
fragmentos de humanidad poco menos que campesina aún y en donde los habitantes mantienen
en las callejas relaciones casi aldeanas. Hay como una pirámide de seres cada vez más
intensamente ciudadanos, desde esos hombres, casi labriegos aún, hasta las capas más
estrechas de los pocos verdaderos hombres de la gran ciudad. Estos se sienten en su centro
dondequiera que ven cumplidas las bases fundamentales de su psicología.
Así
el concepto de dinero llega a adquirir un carácter plenamente abstracto. Ya no sirve
para la inteligencia del tráfico económico, sino que somete la circulación de las
mercancías a su propio desarrollo. Valora las cosas no por comparación entre ellas, sino
por relación a sí mismo. Su relación con el suelo y con los hombres del campo ha
desaparecido tan completamente, que ya no tiene importancia alguna para el pensamiento
económico de las ciudades directoras«mercados de dinero».
Ahora
el dinero es una potencia, potencia puramente espiritual, representada por el metal, en la
conciencia de la capa superior de la población económicamente activa. Y esa potencia
sojuzga al hombre de la ciudad como la tierra antaño tenia sujeto al labriego. Existe un
«pensamiento monetario» como existe el pensamiento matemático o el jurídico.
Pero
el suelo, la tierra, es algo real, natural, mientras que el dinero es algo abstracto y
artificial, una simple categoría como «la virtud» en el pensamiento de los
«ilustrados». De aquí se sigue que toda economía primaria, es decir, toda economía
sin ciudad depende de las potencias cósmicas, del suelo, del clima, de las invasiones
humanas; lo cual la mantiene dentro de ciertos limites. En cambio, el dinero, como pura
forma de tráfico, ocupa dentro de la conciencia vigilante una esfera de posibilidades que
la realidad es impotente para limitar. No de otro modo son las magnitudes del mundo
matemático y lógico. Podemos construir cuantas geometrías no euclidianas se nos antoje,
sin que nos detenga, la consideración de los hechos reales. Igualmente la economía de la
gran ciudad no encuentra obstáculo para aumentar el «dinero», o, dicho de otro modo,
para pensar en otras dimensiones monetarias, lo cual no tiene nada que ver con un aumento
del oro o en general de los valores reales. No hay ni medida ni bienes de ninguna clase
con que poder medir o comparar el valor de un talento en ]a época, de las guerras
médicas y en el botín egipcio de Pompeyo. Para el hombre considerado como animal
económico es el dinero una forma de la conciencia activa que ya no tiene raíces en la
existencia. Por eso el dinero tiene una fuerza enorme sobre toda civilización incipiente,
que siempre es la dictadura absoluta de ese «dinero», en formas distintas según las
distintas culturas. Pero también así se explica su falta de consistencia, que le hace al
fin perder fuerza y sentido, hasta el punto de desaparecer del pensamiento de una
civilización envejecida como sucede en tiempos de Dioclecianopara dejar el
puesto a los valores primarios fundados en el suelo.
Surge,
por último, el formidable símbolo y recipiente del espíritu totalmente libertado, la
ciudad mundial, centro en donde finalmente se concentra por completo el curso de la
historia universal. Me refiero a esas pocas gigantescas ciudades de toda civilización
madura, a esas urbes que descalifican y desvaloran todo el paisaje materno de su cultura,
aplicándole el concepto de provincia. Ahora ya todo es provincia; el campo, la pequeña y
la gran ciudad son provincia. Sólo quedan exceptuados de este apelativo esos dos o tres
puntos centrales. Ya no hay nobles y burgueses; ya no hay libres y esclavos; ya no hay
helenos y bárbaros; ya no hay fieles e infieles. Ya sólo existen los provincianos y
los habitantes de la urbe mundial. Las restantes oposiciones palidecen ante esta
oposición única, que domina los acontecimientos, las costumbres vitales y las
concepciones del universo.
Las
más viejas de esas ciudades mundiales fueron Babilonia y la Tebas del imperio
nuevoel mundo minoico de Creta pertenece, pese a su esplendor, a la provincia
egipcia. En la antigüedad es Alejandría el primer ejemplo de urbe cosmopolita; la
vieja Hélade se convierte de golpe en provincia. Ni Roma ni la repoblada Cartago, ni
tampoco Bizancio lograron anularla. En la India, las ciudades gigantescas de Udjein,
Kanaudi y sobre todo Pataliputra eran famosas hasta en China y Java. Bien conocido es el
renombre fabuloso de Bagdad y Granada en Occidente. En el mundo mejicano fue al parecer
Uxmalfundada en 950la primera ciudad mundial de los imperios mayas, que, con
el florecimiento de las ciudades toltecas Tezcuco y Tenochtitlán, quedaron reducidos a la
categoría de provincia.
No
debe olvidarse la ocasión en que aparece por vez primera la palabra provincia.
Provincia es la denominación política que los romanos aplicaron a la Sicilia, cuya
sumisión significa que por primera vez un territorio culto y director decae hasta
convertirse en objeto sometido. Siracusa había sido la primera gran ciudad del mundo
antiguo, cuando Roma era aún una comarca sin importancia. Pero desde su incorporación,
Siracusa es, frente a Roma, una ciudad provinciana. Y en el mismo sentido puede decirse
que el Madrid de los Habsburgos y la Roma pontifical, grandes ciudades directoras en el
siglo XVII, decayeron al final del XVIII a la categoría de provincia, suplantadas por
Londres y París. El ascenso de New York al campo de ciudad mundial, tras la guerra de
Secesión de 1861-65, es acaso el acontecimiento más fecundo en consecuencias del pasado
siglo.
5
El
coloso pétreo de la ciudad mundial señala el término del ciclo vital de toda gran
cultura. El hombre culto, cuya alma plasmó antaño el campo, cae prisionero de su propia
creación, la ciudad, y se convierte entonces en su criatura, en su órgano ejecutor y
finalmente en su víctima. Esa masa de piedra es la ciudad absoluta. Su imagen, tal
como se dibuja con grandiosa belleza en el mundo luminoso de los ojos humanos, su imagen
contiene todo el simbolismo sublime de la muerte, de lo definitivamente «pretérito». La
piedra perespiritualizada de los edificios góticos ha llegado a convertirse, en el curso
de una historia estilística de mil años, en el material inánime de este demoníaco
desierto de adoquines.
Estas
últimas ciudades son todo espíritu. Las casas no son yacomo eran todavía
las casas jónicas y barrocaslas descendientes de la vieja casa aldeana, célula
primaria de la cultura. Ya ni siquiera son casas en donde Vesta y Jano, los Penates y los
Lares tengan santuarios; son viviendas que ha creado no la sangre, sino la finalidad, no
el sentimiento, sino el espíritu del negocio. Mientras el hogar, en sentido piadoso,
constituye el verdadero centro de una familia, es que aun sigue viva la última relación
con el campo. Pero cuando esta relación se rompe, cuando la masa de los inquilinos y
huéspedes surcan ese mar de casas errando de refugio en refugio, como los cazadores y
pastores de las épocas primitivas, entonces ya está perfectamente formado el tipo del
nómada intelectual. La ciudad es un mundo, es el mundo. Sólo como conjunto
le sobreviene el sentido de habitación humana. Las casas son los átomos que componen ese
cosmos.
Ahora las viejas ciudades
adultas, con su núcleo gótico compuesto de la catedral, el ayuntamiento y las callejas
de empinados tejadillos, alrededor de cuyas torres y puertas pusiera el barroco un
cerquillo de espirituales y claras casas patricias, palacios e iglesias espaciosas; ahora
las viejas ciudades comienzan a prolongarse en todas las direcciones con masas informes,
cuarteles de alquiler y construcciones útiles que van invadiendo el campo desierto.
Ábrense calles, derríbanse edificios, destruyese en suma el rostro noble y digno de los
antiguos tiempos. El que desde lo alto de una torre contempla ese mar de casas reconocerá
al punto en esa historia petrificada el instante en que, acabado el crecimiento orgánico,
comienza el amontonamiento inorgánico que, sin sujetarse a límites, rebasa todo
horizonte. Ahora surgen los productos artificiales matemáticos, ajenos por completo a la
vida del campo; esos engendros, hijos de un finalismo intelectual; esas ciudades de los
arquitectos municipales, que en todas las civilizaciones reproducen la forma del
tablero de ajedrez, símbolo típico de la falta de alma. Herodoto contempla admirado en
Babilonia esos cuadrados regulares. Los españoles los ven también en Tenochtitlán. En
el mundo antiguo comienza la serie de las ciudades «abstractas» con Thurioi, que
«diseñó» en 441 Hippodamos de Mileto. Siguen a ésta Priene, donde el tipo cuadrático
ignora la movilidad de la superficie; Rodas, Alejandría.
Y
estas ciudades sirven de modelo a infinidad de ciudades provincianas en la época
imperial. Los arquitectos del Islam edificaron según planos regulares la ciudad de Bagdad
desde 762, y un siglo después la ciudad gigantesca de Samarra a orillas del Tigris [74].
En el mundo europeo americano, el primer gran ejemplo es la planta de Washington (1791).
No cabe duda de que las ciudades mundiales de la época Han en China y las de la dinastía
Maurya en la India tuvieron iguales formas geométricas. Las urbes cosmopolitas de la
civilización europeo-americana no han llegado aún, ni mucho menos, a la cúspide de su
evolución. Preveo para mucho después del año 2000 ciudades de diez o veinte millones de
habitantes, extendidas sobre amplios territorios, con edificios junto a los cuales los
mayores de hoy parecerán enanos y con medios de tráfico que hoy nos parecerían locura.
Pero
aun en esta última forma de existencia, el ideal del hombre antiguo siguió siendo el
punto corpóreo. Mientras que las ciudades gigantescas del presente manifiestan nuestra
tendencia al infinitolanzando en torno al campo barriadas y colonias de hoteles,
tendiendo poderosas redes de medios de comunicación, estableciendo dentro de las partes
más pobladas líneas de tráfico rápido en las calles, sobre las calles y bajo las
calles-, la ciudad antigua, en cambio, no aspira a extenderse, sino a espesarse; sus
calles estrechas imposibilitan todo tráfico rápido, que sin embargo era bien conocido en
las vías militares romanas; no existe la tendencia a habitar junto a la ciudad ni
siquiera a crear los supuestos necesarios para tal costumbre. La ciudad ha de ser un
cuerpo, una masa espesa y redonda, un soma en el sentido más riguroso de esta
palabra. El «sinequismo » [75] que en los primeros tiempos de la antigüedad empujó
hacia las ciudades a la población campesina y creó asi el primer tipo de polis, se
repite al final en forma absurda. Todas esas ciudades son exclusivamente City, ciudad
interior. Este nuevo sinequismo crea el mundo de los pisos superiores, que es como
nuestras actuales zonas de extrarradio. Roma, por el año 74, a pesar de los inmensos
edificios imperiales, tenia la extensión ridicula de 19 1/2 kilómetros [76]. Por
consiguiente, estos cuerpos urbanos no crecieron en anchura, sino en altura. Los grandes
cuarteles de alquiler, en Roma, como la famosa «ínsula feliculae», alcanzaban para un
ancho de calle de tres a cinco metros [77] alturas que nunca han sido realizadas en el
Occidente europeo y pocas veces en América.
Junto
al Capitolio, los tejados en la época de Vespasiano llegaban a la altura de la cima
montañosa [78]. Una miseria espantosa, con embrutecimiento de todas las formas de la
vida, se desarrolla en esas soberbias ciudades mundiales, creando entre los tejados y las
buhardillas, en los sótanos y patios interiores, un nuevo tipo de hombre primitivo. Ello
ocurrió en Bagdad y Babilonia, como en Tenochtitlán y como hoy en Londres y Berlín.
Cuenta Diodoro que un rey egipcio destronado tenía que vivir en Roma en un miserable
tabuco de alquiler, colgado en el piso más alto de la casa.
Pero
ni la miseria, ni la fuerza, ni la clara percepción de la locura que lleva consigo este
desarrollo son capaces de contener la fuerza atractiva de esos centros demoníacos. La
rueda del destino ha de seguir corriendo hasta el término de la carrera. El nacimiento de
la ciudad trae consigo su muerte. El principio y el fin, la casa aldeana y el bloque de
viviendas son uno a otro como el alma a la inteligencia, como la sangre a la piedra. Mas
la palabra «tiempo» no en vano designa el hecho de la irreversibilidad. Siempre
adelante. Nunca puede volverse atrás. Los aldeanos antaño dieron vida al mercado, a la
ciudad rural y la alimentaron con su mejor sangre. Pero ahora la ciudad gigantesca chupa
la sangre de la aldea, insaciablemente, pidiendo hombres y más hombres, tragándoselos,
hasta que al fin muera en medio de los campos despoblados. Quien cae en las redes de la
belleza pecadora de este último prodigio de la historia, no recobra nunca más su
libertad. Los pueblos primitivos pueden desprenderse del suelo y emigrar a remotos
países. El nómada intelectual no puede hacerlo ya. La patria para él es la ciudad. En
la aldea más próxima siéntese como en el extranjero. Prefiere morir sobre el asfalto de
las calles que regresar al campo. Y no lo liberta ni siquiera el asco de esa
magnificencia, el hastío de tanta luz y tanto color, el taedium vitae que de
muchos se apodera al fin. El hombre de la gran urbe lleva eternamente consigo la ciudad;
la lleva cuando sale al mar; la lleva cuando sube a la montaña. Ha perdido el campo en su
interior y ya no puede encontrarlo fuera.
La
causa por la cual el hombre de la gran urbe no puede vivir mas que sobre ese suelo
artificial es que el ritmo cósmico en su existencia retrocede al propio tiempo que las
tensiones de su vigilia se hacen más peligrosas. No se olvide que en todo microcosmos la
parte animal, esto es, la vigilia, subsigue a la parte vegetal, esto es, a la
existencia, y no al revés. El ritmo y la tensión, la sangre y la inteligencia, el sino y
la causalidad están entre si en la misma relación que el campo florido con la ciudad
petrificada, que lo existente por si con lo dependiente.
La
tensión, sin el ritmo cósmico animador y vivificante, es el tránsito a la nada. Ahora
bien: civilización no es otra cosa que tensión. Las cabezas de todos los hombres
civilizados, que cuentan por algo, poseen la expresión dominante de una tensión
extraordinaria. La inteligencia no es sino la capacidad de poner en tensión el
entendimiento. Estas cabezas son, en toda cultura el tipo de sus «últimos
hombres». Comparad con ellas los tipos aldeanos que a veces surgen en el tumulto
callejero de una gran ciudad. La vía que desde la prudencia aldeana astucia, buen
sentido, instinto, que, como en todos los animales prudentes, se funda en la sensación
del ritmo , pasando por el espíritu ciudadano, conduce hasta la inteligencia
urbanaya este término indica por su colorido peculiar el descenso de la base
cósmica, puede caracterizarse en el sentido de una continua disminución del
sentimiento del sino y un incoercible aumento de la necesidad de causalidad. La
inteligencia substituye la experiencia inconsciente de la vida por un ejercicio magistral
del pensamiento, esto es, por algo más reseco y menos jugoso. Los rostros inteligentes de
todas las razas se parecen entre si. El elemento racial se borra en todos ellos. Cuanto
menos se siente la necesidad y evidencia de la vida; cuanto más cunde la costumbre de
«explicar todo claramente», tanto más robusta se hace la tendencia a aplacar con causas
la angustia de la conciencia vigilante, despierta. De aquí la identificación entre el
saber y la demostrabilidad; de aquí la substitución del mito religioso por el mito
causal, por la teoría científica; de aquí la implantación del dinero abstracto como
causalidad pura de la vida económica en oposición al cambio rural de los bienes, que es
ritmo y no un sistema de tensiones.
La
tensión intelectual no conoce mas que una sola forma forma urbanade recreo: la
distensión, la distracción. El auténtico juego, la alegría vital, el
placer, el arrebato, nacen del ritmo cósmico y ya no hallan en la urbe quien sea capaz de
comprender su esencia. Pero la anulación del intenso trabajo mental práctico por su
contrario, el footing, practicado consecuentemente; la anulación de la tensión
espiritual por la corpórea del deporte; la anulación de la tensión corpórea por la
sensual del «placer» y por la espiritual de la «excitación» que producen el juego y
la apuesta; la substitución de la lógica pura del trabajo diario por la mística
conscientemente saboreada, todo esto reaparece en todas las urbes mundiales de todas las
civilizaciones. El cine, el expresionismo, la teosofía, el boxeo, los bailes negros, el
poker y las apuestas: todo ello se encuentra en Roma. Seria interesante que un erudito
ampliase la investigación hasta las grandes urbes indias, chinas y árabes. Para no citar
sino un ejemplo: léase el Kamasutra y se comprenderá qué clase de gente era
aquella que encontraba igualmente gusto en el budismo. Las escenas de toreo en los
palacios cretenses aparecen ahora bajo una luz nueva. Sin duda en el fondo hay en ellas un
culto religioso; pero es como un perfume adjetivo, semejante al que se cernía sobre el
culto «fashionable» de la Isis romana, en las proximidades del Circo máximo.
Así,
pues, la existencia pierde sus raíces y la vigilia se hace cada día más tensa. De este
hecho, empero, se deriva un fenómeno que viene desde hace tiempo iniciándose en silencio
y que ahora de pronto entra en la luz cruda de la historia, para preparar el desenlace de
todo el drama. Me refiero a la infecundidad del hombre civilizado. No se trata de
algo que la causalidad diariala fisiología, por ejemplopuede explicar, como
naturalmente ha intentado explicarlo la ciencia moderna. Trátase ni más ni menos que de
una propensión metafísica a la muerte. El último hombre de la gran urbe no
quiere ya vivir, se aparta de la vida - no como individuo, pero sí corno tipo, como
masa En la esencia de este conjunto humano se extingue el terror a la muerte.
El aldeano auténtico se siente presa de una profunda e inexplicable angustia cuando
piensa en la muerte, en la desaparición de la familia y del nombre.
Esta
emoción, empero, ha perdido todo sentido para el hombre de la ciudad. El urbano no
percibe ya como un deber de las sangre la necesidad de transfundirse en otros cuerpos a
través del mundo visible; no siente ya como una fatalidad horrenda el destino del que se
queda el último, sin sucesión. No nacen niños; y la causa de ello no es solamente que
los niños se han hecho imposibles, sino, sobre todo, que la inteligencia en tensión no
encuentra motivos que justifiquen su existencia. Sumergíos en el alma de un aldeano que
de tiempo inmemorial vive en su campo o que ha tomado posesión de un trozo de tierra para
establecer en ella su sangre. Este aldeano arraiga como descendiente de sus abuelos o como
abuelo de sus futuros descendientes. Tiene su casa y su propiedad, y esta
relación no significa aquí una compenetración laxa de cuerpo y bienes para pocos años,
sino un lazo intimo y perdurable entre la tierra eterna y la sangre eterna.
La sedentariedad en sentido místico es la que confiere a las grandes épocas del ciclo
vitalgeneración, nacimiento y muerteese encanto metafísico que encuentra su
repercusión simbólica en las costumbres y la religión de todas las poblaciones
campesinas. Pero nada de esto existe para «el último hombre». Inteligencia e
infecundidad van unidas en las familias viejas, en los pueblos viejos y en las culturas
viejas. No sólo porque dentro de cada microcosmos la desmedida tensión de la parte
animal vigilante se acostumbra a imponer a la existencia la regla de la causalidad. Lo que
el hombre de la razón llama con expresión bien significativa «instinto natural» es
conocido por él según la ley de causalidad; más aún, es valorado por él según ley de
causalidad y no halla lugar adecuado en el circulo de sus restantes necesidades.
El
gran cambio sucede cuando, en el pensamiento consuetudinario de una población muy culta,
aparecen «motivos» para la presencia de los niños. Pero la naturaleza no conoce
motivos. Dondequiera que existe realmente vida, domina una lógica intensa, orgánica,
impersonal, un instinto, algo que es totalmente independiente de la vigilia y los enlaces
causales, algo que la vigilia no advierte siquiera. La abundancia de nacimientos en las
poblaciones primitivas es un fenómeno natural, sobre cuya existencia nadie
meditay menos aún sobre la utilidad o perjuicio que pueda causar, Pero cuando
en la conciencia aparecen motivos que plantean problemas vitales es que la vida misma se
ha hecho ya problemática. Entonces comienza a notarse una leve limitación de la
natalidad ya Polibio la lamenta y la llama la fatalidad de Grecia; pero existía sin
duda antes en las grandes ciudades y había adquirido en la época romana una extensión
tremenda. Este descenso de la natalidad se funda primero en la necesidad material.
Pero más tarde ya no se le puede encontrar fundamento ninguno. En la India budista como
en Babilonia, en Roma como en las actuales ciudades, la elección de la «compañera de la
vida» -nótese que el aldeano y todo hombre primitivo elige la madre de sus hijos
comienza a ser ya un problema espiritual. El matrimonio ibseniano aparece
entonces, la «superior comunión espiritual» en donde ambas partes son «libres», es
decir, libres como inteligencia, libres del impulso vegetal de la sangre, que quiere
reproducirse. Y Shaw puede decir: «que la mujer no se emancipa si no arroja lejos de si
su feminidad, su deber para con su marido, para con sus hijos, para con la sociedad, para
con la ley y para con todo lo que no sea ella misma» [79]. La mujer primaria, la mujer
aldeana es madre.
Todo
su destino, desde la niñez anhelado, se encierra en esa palabra. Pero ahora surge la
mujer ibseniana, la compañera, la heroína de una literatura urbana, desde el drama
nórdico hasta la novela parisiense. Tienen, en vez de hijos, conflictos anímicos. El
matrimonio es un problema de arte aplicado, y lo que importa es «comprenderse
mutuamente». ¿Qué más da que la infecundidad sea debida a que la dama americana no
quiera perder una season, o a que la parisiense tema la ruptura con su amante, o a
que la heroína ibseniana «se pertenezca a sí misma»? Todas se pertenecen a si mismas y
todas son infecundas. Y el mismo hecho, relacionado con iguales «motivos», lo
encontramos en la sociedad civilizada de Alejandría y de Roma, y, naturalmente, en
cualquier sociedad civilizada; y, sobre todo, también en la sociedad que vio nacer y
crecer a Buda. En el helenismo, como en el siglo XIX, en la época de Laotsé y en la
teoría de Tscharvaka, siempre y por doquiera hallamos una ética para las inteligencias
de los hombres sin hijos y una literatura sobre los conflictos internos de Nora y Naná.
La
abundancia de niñoscuyo cuadro venerable pudo aún pintar Goethe en su Wertherpasa
por algo provinciano. El padre de numerosa prole es en las grandes ciudades una
caricatura. (Ibsen no la ha olvidado; está en su Comedia del amor.)
En
este estadio comienza para todas las civilizaciones un periodo varias veces secular de
horrorosa despoblación. Desaparece la pirámide de la humanidad capaz de cultura. El
desmonte comienza por la cúspide; primero las ciudades mundiales, luego las provincianas
y por último el campo, que contiene durante algún tiempo la despoblación de las
ciudades enviando a ellas su propia población. Sólo queda, al fin, la sangre primitiva,
pero ya privada de sus elementos vigorosos y preñados de futuro. Y aparece el tipo del
felah.
La conocidísima «decadencia de la antigüedad»cumplida mucho antes de las invasiones germánicasdemuestra bien a las claras que la causalidad no tiene nada que hacer en la historia [80]. El Imperio goza de completa paz; es rico, posee las más altas formas de civilidad; está bien organizado; tiene, de Nerva a Marco Aurelio, una serie de jefes como no puede ostentarlos el cesarismo de ninguna otra civilización. Y, sin embargo, la población desaparece rápidamente, en masa, a pesar de la desesperada legislación augustana sobre matrimonios y nacimientosla ley de maritandis ordinibus produjo en la sociedad romana una consternación mayor aún que la derrota de Varo, a pesar de las innumerables adopciones, a pesar de los continuos establecimientos de soldados bárbaros, hechos con el objeto de llevar hombres a los territorios desérticos, a pesar de las inmensas fundaciones de Nerva y Trajano para alimentar y criar los niños pobres. Italia primero, África y Galia después y finalmente Españaque en tiempos de los primeros emperadores era la parte más poblada del Imperio quedan desiertas y abandonadas. La famosa frase de Plinio, repetida muy significativamente en la moderna economía: latifundio perdidere Italiam, jam vero et provincias, confunde el principio y el fin del proceso; los latifundios, en efecto, no hubieran llegado a tener la enorme extensión que alcanzaron, si primeramente no hubiese el aldeano emigrado a las ciudades, abandonando el campoal menos interiormente. El edicto de Pertinax en 193 descubre al fin la terrible situación: en Italia y en las provincias autoriza a quienquiera a tomar posesión del campo abandonado. El que lo labra adquiere sobre él el derecho de propiedad. Si los historiadores estudiaran seriamente las demás civilizaciones, encontrarían por doquiera el mismo fenómeno. En el fondo de los acontecimientos que se desarrollan durante el Imperio nuevosobre todo desde la Dinastía 19se rastrea claramente un considerable descenso de la población. Una planta de ciudad como la que Amenofis IV construyó en Tell el Amarna, con calles de 45 metros de anchura, hubiera sido inimaginable en una población compacta como la anterior. La disminución de la gente explica asimismo la penosa defensa de Egipto contra los «pueblos marítimos», cuyas perspectivas de poder ocupar el Imperio no eran entonces más desfavorables que las de los germanos desde el siglo IV. Finalmente, así también se comprende la inmigración de los libios en el Delta, en donde hacia 945 un jefe libio exactamente como Odoacro en 476 de Jesucristose apropió el gobierno del Imperio. El mismo fenómeno de despoblamiento se percibe en la historia del budismo político, desde el César Asoka [81]. La población maya desapareció poco después de la conquista española y las grandes ciudades vacías se cubrieron de bosques. Este hecho no demuestra solamente la brutalidad de los conquistadoresque hubiera sido ineficaz de haberse encontrado con una humanidad culta en toda su juvenilidad y fecundidad, sino una extinción interior que sin duda alguna había comenzado mucho tiempo antes. Y si dirigimos la mirada a nuestra propia civilización, veremos cómo las viejas familias de la nobleza francesa, en su gran mayoría, no se acabaron por causa de la
Revolución,
sino que han ido extinguiéndose desde 1815. La infecundidad se transmitió luego a la
burguesía y más tardedesde 1870a los aldeanos, que la Revolución había
casi creado de nuevo. En Inglaterra y más aún en los Estados Unidos, precisamente en la
población más vieja y valiosa del Este, ha empezado hace tiempo ese «suicidio de la
raza» que inspiró a Roosevelt su conocido libro.
Asi,
por doquiera, en esas civilizaciones se encuentran muy pronto las ciudades provincianas
desiertas y, al término de la evolución, las ciudades mundiales vacías. En las masas de
piedra anida una pequeña población de felahs al modo como los hombres primitivos de la
edad de piedra en las cuevas y cabañas lacustres. Samarra fue abandonada en el siglo X.
Pataliputra,
la residencia de Asoka, era en 635, cuando la visitó el viajero chino Siuen-Siang, un
inmenso desierto de casas.
Muchas
de las ciudades mayas debían estar ya abandonadas en la época de Cortés. Poseemos desde
Polibio una larga serie de descripciones «antiguas» [82]; en ellas vemos las famosas
ciudades de antaño con sus calles ruinosas, sus casas vacías, mientras en el foro y en
el gimnasio pace el ganado y en el anfiteatro crece el trigo sobre cuyas espigas
sobresalen aún las estatuas y los hermes. En el siglo V, Roma tenía la población de una
aldea; pero los palacios imperiales eran todavía habitables.
Asi,
la historia de la ciudad llega a su término. El mercado primitivo crece hasta convertirse
en ciudad culta y finalmente en urbe mundial. La sangre y el alma de sus creadores cae
victima de esa evolución grandiosa y de su último retoño, el espíritu de
civilización. La ciudad acaba aniquilándose a si misma.
6
Si
la época primitiva significa el nacimiento de la ciudad y la época posterior la lucha
entre la ciudad y el campo, en cambio la civilización representa la victoria de la
ciudad. La civilización se liberta del solar campesino y corre a su propia destrucción.
Desarraigada, desasida del elemento cósmico, entregada irremisiblemente al imperio de la
piedra y del espíritu, la civilización desenvuelve un idioma de formas que representa
todos los rasgos de su ser íntimo: los rasgos no de un producirse, sino de un producto,
de algo concluso, que puede cambiar, pero no desarrollarse. Por eso hay sólo causalidad y
no sino; sólo extensión y no dirección viviente. De aquí se sigue que todo idioma de
formas de una cultura, inclusa la historia de su evolución, permanece adherido al solar
originario, mientras que toda forma civilizada se acomoda en cualquier parte y es presa de
un afán de expansión ilimitada. Sin duda los hanseáticos construyeron edificios
góticos en sus factorías de la Rusia septentrional; sin duda los españoles edificaron
monumentos de estilo barroco en América del Sur; pero es imposible que una parte, por
pequeña que sea, de la historia del gótico haya transcurrido fuera del Occidente
europeo, como es imposible que el estilo del drama ático o del drama inglés o el arte de
la fuga o la religión de Lutero y de los órficos sea no ya continuado, pero ni siquiera
comprendido íntimamente por hombres de otras culturas. En cambio, lo que aparece con el
alejandrinismo y con nuestro romanticismo es cosa que pertenece a todos los hombres
urbanos, sin distinción. El romanticismo inicia lo que Goethecon lejana
previsiónllamó literatura mundial; es la literatura de la urbe mundial, literatura
directora, frente a la cual se afirma sólo con gran esfuerzo una literatura provinciana,
localista e insignificante. La ciudad de Venecia o la de Federico el Grande o el
parlamento ingléstal como es y trabaja en realidadson cosas imposibles de
repetir. Pero las «Constituciones modernas» se pueden «introducir» cualquier país
africano o asiático, como las antiguas «poleis» entre los númidas y los britanos. La
escritura Jeroglífica no llegó a ser de uso general. En cambio si llegó a serlo la
escritura literal, que sin duda es invención técnica de la civilización egipcia [83].
Igualmente los auténticos idiomas cultos como el ático de Sófocles y el alemán de
Lutero, no se aprenden por doquiera. En cambio sí se aprenden los idiomas mundiales como
el común helenístico, el árabe, el babilónico, el inglés, nacidos todos de la
práctica diaria en las urbes cosmopolitas.
En
todas las civilizaciones las ciudades modernas adquieren un sello uniforme. Dondequiera
que se vaya se encontrará siempre a Berlín, Londres y New York. Y el viajero romano
encontraba en Palmira, Tréveris, Tungad y en las ciudades helenísticas, hasta el Indo y
el mar de Aral, sus columnatas, sus plazas y templos adornados de estatuas. Pero esto que
se difunde así por todas partes no es un estilo, sino un gusto; no es una costumbre
auténtica, sino maneras; no es el traje peculiar de un pueblo, sino la moda. Así resulta
posible que las poblaciones apartadas no sólo acepten las «eternas conquistas de la
civilización», sino que las sigan difundiendo en forma propia. Como ejemplos de
semejante «civilización a la luz de la luna» tenemos la China meridional y, sobre todo,
el Japón, que se «achinó» al final de la época Han (220); Java, que difundió la
civilización brahmánica, y Cartago, que recibió sus formas de Babilonia.
Todas
estas formas son propias de una conciencia clara, vigilante, no cohibida por potencia
cósmica alguna, puro espíritu, puro afán extensivo, tan enérgicamente capaz de
difusión que las últimas y más lejanas irradiaciones llegan casi a los confines del
globo y se superponen unas sobre otras. La edificación de madera de Escandinavia
reproduce quizá fragmentos de formas procedentes de la civilización china; en el
mar del sur se encuentran quizá masas babilónicas; en el África del Sur se
descubren monedas antiguas; y la influencia egipcia e india es quizá apreciable en
la tierra de los incas.
Y
mientras que esta expansión franquea todos los límites, verificase en grandiosas
proporciones la elaboración de una forma interior en tres estadios claramente separables:
superación de la cultura, cultivo puro de la forma civilizada, anquilosamiento. Esta
evolución ha comenzado ya para nosotros, y en el coronamiento del ingente edificio veo yo
la misión propia de los alemanes, última nación del Occidente. En este estadio todos
los problemas de la vidaquiero decir de la vida apolínea, mágica,
fáusticahan sido pensados íntegramente y reducidos a un último estadio de saber o
no saber. Ya no se lucha por ideas. La última idea, la idea de la civilización misma
está formulada en sus grandes líneas. De igual modo la técnica y la economía están
agotadas en el sentido de los problemas. Luego comienza la labor enorme de llevar a
cabo esas exigencias y aplicar esas formas a la existencia toda de la tierra. Terminada
esta labor, definida la civilización, no sólo en su figura, sino también en su masa,
comienza el anquilosamiento de la forma. En las culturas, el estilo es el pulso de la
vida que se siente segura. Ahora surgesi se quiere emplear esta palabra el
estilo civilizado como expresión de lo ya acabado. Este estilo llega, sobre todo
en Egipto y en China, a una perfección suntuosa que llena todas las manifestaciones de
una vida, inmutable ya en su interior, desde el ceremonial y la expresión de los rostros
hasta las finísimas y perespiritualizadas formas del arte. No cabe hablar de historia, en
el sentido de una marcha ascendente hacia un ideal de forma; pero en la superficie reina
continuamente una leve movilidad que en el idioma, definitivamente fijado ya, descubre una
y otra vez pequeños problemas y soluciones de Índole artística. En esto consiste toda
la «historia» que conocemos de la pintura chino-japonesa y de la arquitectura india. Y
asi como esta pseudohistoria se distingue de la verdadera historia del estilo
gótico, asi también se diferencia el caballero de las cruzadas del mandarín chino.
Aquél es algo que se está produciendo; éste es una clase social producida y
anquilosada. Aquél es historia. Este ha superado la historia hace mucho tiempo. Pues,
como ya hemos dicho, la historia de esa civilización es una pseudohistoria.
Igualmente las grandes urbes cambian continuamente de aspecto, sin cambiar de esencia. No
tienen esas ciudades un espíritu propio.
Son
campo en forma pétrea.
¿Qué
es lo que desaparece aquí? ¿Qué lo que perdura? Meramente accidental es el hecho de que
los pueblos germánicos, bajo la presión de los hunos, hayan ocupado el territorio
románico interrumpiendo asi el desarrollo del estadio final, del estadio «chino» de la
antigüedad. Los pueblos marítimos, que desde 1400 inician contra el mundo egipcio una
invasión, semejante hasta en sus detalles, a la germánica, no lograron su objeto mas que
en el territorio insular de Creta. Sus violentos ataques a las costas libias y fenicias,
con acompañamiento de escuadras wikingas, fueron tan desgraciados como los ataques de los
hunos contra China. Asi resulta que la «antigüedad» ofrece el ejemplo único de una
civilización destruida en el momento de su plena madurez. Sin embargo, los germanos
destruyeron tan sólo la capa superior de formas, substituyéndola por la vida de su
propia precultura. La capa «eterna», la capa inferior no llegó a ser tocada por ellos.
Perdura, oculta y recubierta por un nuevo lenguaje de formas, y sigue existiendo en el
fondo de toda la historia subsiguiente y aún hoy hay de ella restos Sensibles en Francia
del Sur, Italia del Sur y España del Norte.
En
estas regiones el catolicismo popular tiene un matiz «antiguo» que lo separa claramente
del catolicismo eclesiástico de la capa superior europea occidental. En las fiestas
religiosas de la Italia meridional se encuentran hoy cultos «antiguos» y
«preantiguos», y por doquiera hay deidades (santos) cuya veneración deja entrever,
allende los nombres católicos, un resto de concepción «antigua».
Pero
aquí surge un elemento nuevo, que posee una significación propia. Nos hallamos ante el problema
de la raza.
Notas:
[67]
Ya lo reconoce la investigación sobre arte: v. Salis, Die Kunst der Griechen [El arte
de los griegos], 1919, p. 3 y ss.; H. Th. Bossert, Alt-Kreta [La antigua Creía],
1921, introducción.
[68]
D. Fimmen, Die kretisch-mykenische Kultur [La cultura cretense-miceniana], 1921, p.
210.
[69]
Dehio, Gesch. d. deutsch. Kunst. [Historia del arte alemán], 1919, P. 16, ss.
[70]
Dieterich, Byz. Characterköpje. [Figuras bizantinas],
p. 156, s.
[71]
Dehio, Gesch. d. deutsch. Kunst [Historia del arte
alemán],
1929.
P. 13.
[72]
Ed. Meyer, Geschichte des Altertums [Historia de la antigüedad] I, p. 188.
[73]
Véase cap. V, A.
[74]
Samarra ostenta proporciones realmente americanas, como los foros imperiales de Roma y las
ruinas de Luxor y Karnack. La ciudad se extiende en una longitud de 33 kilómetros junto
al río. El palacio Balkuwara, que el califa Mutawakkil mandó edificar para uno de sus
hijos, forma un cuadrado de 1.250 metros de lado. Una de las mezquitas gigantescas mide 260
por 180 metros. Véase Schwarz, Die Abbasidenresidenz Samarra. 1910; Herzfeld, Ausgrabungen
von Samarra [Excavaciones de Samarra], 1912.
[75]
Tendencia a vivir Juntos.N. del T.
[76]
Friedländer, Sitt. Gesch. Roms [Historia de las costumbres
en Roma], 1. p. 5. Compárese con Samarra, que no estaba ni mucho menos tan poblada.
Las grandes ciudades «antiguas» situadas en suelo árabe no son en este sentido
«antiguas». Los arrabales de jardines en Antioquía eran famosos en todo el Oriente.
[77]
La ciudad que Amenofis IVel Juliano apóstata egipciose construyó en Tell el
Amarna tenía calles de 45 metros de anchura. Borchardt, Ztschr. f. Bauwesen [Revista
de arquitectura], LXVI, 524.
[78]
Pöhlmann, Aus Altertum und Gegenwart [De la antigüedad y de la actualidad], 1910,
p. 211 y ss.
[79]
B. Shaw, Breviario de Ibsen, p. 57.
[80]
Sobre lo que sigue, véase la exposición de Ed. Meyer Kl. Schriften [Pequeños
tratados], 1910, p. 145 y ss.
[81]
Conocemos en la China del siglo III antes de Jesucristoes decir, en la época
augustana de Chinamedidas administrativas para elevar la población, Véase Rosthorn
Das sociale Leben der Chinesen [La vida social de los chinos], 1919, p. 6,
[82]
Estrabon, Pausanias, Dion Crisóstomo, Avieno, etc..... Eduardo Meyer, Kl. Schriften
[Pequeños tratados], p. 164 y ss.
[83]
Descubrimiento de Sethe. Véase Rob. Eisler, Die kenitischen Weihinschriften der
Hyksoszeit [Las inscripciones votivas keníticas en la época de los Hycsos].
1919.
[84]
Se comprende que algunos hechos totémicos, advertidos por la conciencia vigilante,
reciban también una significación tabúica; esto sucede a menudo en la vida sexual,
muchos de cuyos aspectos llenan al hombre de profundo terror, porque se substraen a su
voluntad de intelección.
[85]
Guillermo de Humboldt (Über die Verschiedenheit des menschlichen Sprachbaues [Sobre la
diversidad de la estructura en los idiomas humanos])fue el primero en observar
que un idioma no es una cosa, sino una actividad. «Si tomamos la expresión en
todo su rigor, puede decirse que no hay idioma, como no hay espíritu: pero
el hombre habla y el hombre actúa espiritualmente.»
[86]
Véase p. 47.
[87]
Geschichte der deutschen Kunst [Historia del arte alemán], 1919. p. 14 y ss.
[88]
W. Altmann, Die italienische Rundbauten. [Los edificios
circulares italianos], 1906.
[89]
Bulle, Orchomenos, p. 26 y ss.; Noack, Ovalhaus und Palast in Kreta [Casa
ovalada y Palacio de Creta], p. 53 y ss. Las trazas de casas que pueden determinarse
en época posterior en la región del mar Egeo y del Asia menor, permiten quizá
introducir algo de orden en nuestros conocimientos sobre el estado de población en la
época preantigua. Los restos lingüísticos son incapaces de ello.
[90]
Mediaeval Rhodesia, London, 1906.
[91]
Véase c. IV, A.
[92]
Alguien debiera hacer investigaciones fisiognómicas sobre los bustos romanos, que
ostentan en gran parte caras aldeanas, los retratos de la época gótica primitiva y los
del Renacimiento, que presentan un tipo ya marcadamente urbano; y más todavía los
retratos de ingleses distinguidos desde fines del siglo XVIII. Las galerías de
antepasados ofrecen para este estudio materiales incontables.
[93]
J. Ranke, Der Mensch [El hombre], 1912, II, p. 305.
[94]
El arte está perfectamente formado entre los animales. Hasta donde el hombre puede
comprenderlo por analogía, consiste el arte animal en movimientos rítmicos (danza) y en
producción de sonidos
(canto).
Pero esto no agota ni mucho menos la impresión artística que produce sobre los animales
mismos.
[95]
En el Evangelio de San Lucas (10, 4) dice Jesús a los setenta que envía a la ciudad: «Y
a nadie saludéis en el camino.» El ceremonial del saludo al aire libre es tan extenso,
que los que tenían prisa habían de renunciar a cumplirlo. A. Bertholet, Kulturgeschichte
Israels [La historia de la cultura israelita], 1919, p. 162.
[96]
«Toda forma, aun la más sentida, tiene algo de falso» (Goethe). En la filosofía
sistemática el propósito del pensador no coincide ni con las palabras escritas, ni con
la intelección del lector, ni consigo mismo, durante el curso de la exposición; en
efecto, el pensamiento se basa en las significaciones de las palabras.
[97]
Jespersen deriva el idioma de la poesía, de la danza y sobre todo del requerimiento
amoroso. Progress in language, 1894, p. 357.
[98]
El perro conoce complejos de sonidos en forma de frase. El dingo australiano al retroceder
de la domesticidad a la fiereza ha convertido el ladrido en aullido; lo cual puede
interpretarse como tránsito a un signo sonoro mucho más sencillo, pero que no
tiene nada que ver con la «palabra».
[99]
Los actuales idiomas de gestosvéase Delbrück, Grundfragen
der
Sprachforschung [Problemas de la lingüística], p. 49 y ss., que se refiere a
la obra de Jorio sobre los gestos de los napolitanossuponen todos el idioma verbal y
dependen todos del sistema mental que rige en los idiomas verbales. Así sucede, por
ejemplo, en el idioma formado por los indios norteamericanos para poderse entender de
tribu a tribu, a pesar de la gran diferencia y variabilidad de los idiomas verbales véase
Wundt, Völkerpsychologie [Psicología, de los pueblos]. I, p. 212.
Con
ese idioma es posible expresar la siguiente frase complicada: «Unos soldados blancos,
mandados por un oficial de alta graduación pero escasa inteligencia, han hecho
prisioneros a los Indios Mescaleros» Igual acontece con la mímica del comediante.
[100]
Die Haupttypen des Sprachbaus [Los tipos fundamentales de
la
estructura del lenguaje], 1910.
[101]
Lo único plenamente verdadero es la técnica; porque en ella las palabras no son
sino claves de la realidad y las frases pueden alterarse cuanto sea necesario, hasta
llegar a ser no «verdaderas», sino eficaces. Las hipótesis, en la técnica, no aspiran
a ser exactas, sino útiles.
[102]
Véase p. 47 y ss.
[103]
Véase p. 47 y ss.
[104]
Paul Jensen, Sits. Preuss. Akad, [Actas de la Academia de Prusia], 1919, p. 367 y
ss.
[105]
L. Hahn, Rom und Romanismus im griech-röm Osten [Roma y el romanismo en el Oriente
grecorromano], 1906.
[106]
Ed. Meyer, Geschichte d. Alt. [Historia de la antigüedad].
1, § 455, 465.
[107]
Véase la próxima sección.
[108]
LidzbarskÍ, Sitz. Berl. Akad. [Actas de la Academia de Berlín], 1916, p. 1.218.
Se encuentran muchos datos en M. Mieses, Die Gesetze der Schriftengeschichte [Leyes de
la historia de la escritura], 1919
[109]
Lengua común.(N. del T.)
[110]
P. Kretschmer, en Gercke-Norden. Ein!. in d. Altertumswissenschaft [Introducción a la,
arqueología], I, p. 551.
[111]
Véase p. 175.
[112]
Por estas razones creo yo que el etrusco tuvo hasta muy tarde una función importante en
los colegios sacerdotales de Roma.
[113]
Hay que tener en cuenta, por lo tanto, que los cantos, no habiéndose fijado por la
escritura hasta la época colonial, han de estar compuestos en un idioma literario urbano
y no en el idioma cortesano en que fueron recitados primitivamente.
[114]
Tanto es así, que el proletariado de las grandes ciudades se llama a sí mismo «el
pueblo», excluyendo de este concepto a la burguesía con la que no le une ningún
sentimiento común. Pero en 1789 la burguesía hizo lo mismo.
[115]
Ed. Meyer, Ursprung und Geschichte der Mormonen [Origen e
historia
de los mormones], 1912, p. 128 y ss.
[116]
En Macedonia, los serbios, los búlgaros y los griegos fundaron
en
el siglo XIX escuelas cristianas para la población antiturca. En las aldeas en donde por
casualidad la instrucción se daba en serbio, las generaciones siguientes fueron serbias
fanáticas. La fuerza actual de las «naciones» es consecuencia exclusivamente de la
anterior política escolar.
[117]
Beloch es escéptico respecto de la supuesta invasión dórica. Véase su Historia de
Grecia, 1, 2, sec. VIII.
[118]
C. Mehlis, Die Berberfrage [La cuestión berebere]Archiv f. Antropololgie,
39, p. 249 y ss., insiste también sobre la afinidad entre la cerámica germánica
septentrional y la cerámica mauritana, y entre muchos nombres de ríos y de montañas.
Los viejos edificios piramidales del África occidental son muy afines de una parte con
las tumbas nórdicas y de otra parte con los sepulcros regios del Imperio antiguo. (Pueden
versa grabados en L. Frobenius, Der Kleinafrikanische Grabbau [los sepulcros en África
menor], 1916.)
[119]
Die Bevölkerung der griechisch-römischen Welt [La población
del
mundo grecorromano], 1886.
[120]
Geschichte der Kriegskunst [Historia del arte de la guerra], 1ª ed.,
1900.
[121]
Ramsés III, que les venció, ha reproducido la marcha de los filisteos en
sus relieves de Medinet Habu, W. M. Müller, Asien und Europa. 366.
[122]
Justamente por eso han inventado el absurdo concepto de «nobleza del espíritu».
[123]
Aun cuando justamente en Roma los libertos, que, por lo general, eran hombres de
extraña sangre, obtenían la ciudadanía. l censor Appio Claudio (310) dio entrada
en el Senado a hijos de antiguos esclavos. Uno de ellos, Flavio, llegó ya entonces a ser
edil curul.
[124]
Die ältesten datierten Zeugnisse der iranischen Sprachen [los testimonios fechados
más antiguos del idioma iránico], en Zeitschr. F. Vgl
Sprachf. [Revista, de lingüísima comparada], 42, p. 26.
[125]
Véase más arriba, p. 211 y 212.
[126]
Ed. Meyer, loc. cit., p. 1 y ss.
<