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El relevo de la guardia: Croacia después de Tudjman

[Tomislav Sunic]

 

Un chascarrillo que circula de punta a punta de Croacia afirma que el político que merece una gran estatua en el centro de la barroca capital del país, Zagreb, no es otro que el actual presidente serbio Slobodan Milosevic. Lo que no coincide con el respeto debido a quien fuera primer presidente de la Croacia independiente, Franjo Tudjman, fallecido en diciembre de 1999. A modo de homenaje, éste ha sido objeto unos funerales atropellados. En los próximos años, los estudiantes, eruditos y políticos ávidos de comprender los misterios que presidieron la creación de los nuevos Estados balcánicos, llegarán a la conclusión que la independencia de Croacia alcanzada en 1992 se debe, en gran medida, al imprevisible Milosevic y a los apetitos territoriales, tanto reales como imaginarios, de Serbia. Los manuales de historia, los libros de los estudiantes y los CDs didácticos ponen el acento en las relaciones causa-efecto que han existido entre ambos dirigentes que, de una manera u otra, son considerados ora como criminales de guerra ora como héroes nacionales.
Otra de las causas de la independencia de Croacia ha sido la economía. La mayoría de los croatas, en los últimos estertores de la antigua Yugoslavia, estaban convencidos de que la independencia les aportaría una prosperidad de dimensiones inimaginables.

 

1991: la hora de la gloria

En 1991, Serbia, y su prolongación legal conocida con el nombre de «Yugoslavia», trató de salvar la unidad forjada en el pasado por Tito y la fraternidad interyugoslava existente entre los miembros de la federación. Pero, al tratar de salvar los muebles, los serbios laboraron de forma involuntaria en la destrucción del Estado yugoslavo, favoreciendo el renacimiento del nacionalismo croata y popularizando a su portaestandarte, Franjo Tudjman. Después de diez años de gobierno de Franjo Tudjman y su gobierno de centro-derecha, hace poco derrotado en las últimas elecciones, quedarán sus huellas en la memoria como la encarnación de un «nacionalismo reactivo» de naturaleza cristalina. Dicho nacionalismo tuvo su momento de gloria en 1991 y ha conseguido arrastrar a los croatas del país y de la diáspora en la medida en que Serbia constituía una amenaza militar real. En el momento en el que la amenaza se disipaba, allá por 1995, el nacionalismo croata perdió su aliento. Si no hubiese existido una minoría serbia, si el ejército federal comunista yugoslavo no se hubiera lanzado sobre una Croacia desarmada, «confederalista» y «vaticanizada», es muy probable que Tudjman hubiera seguido siendo un gris profesor de historia o un disidente extramuros. Muy probablemente Yugoslavia hubiera continuado su existencia como una débil confederación a medio camino entre Rusia y la Unión Europea.
Tras la toma del poder por la coalición liberal-izquierdista el pasado enero de 2000, dicho gobierno ha procedido a golpearse el pecho al tiempo que anunciaba su vocación «políticamente correcta» y su decisión de «abandonar definitivamente el pasado nacionalista de Tudjman». Los mismos personajes que, más o menos, deben su promoción política a Tudjman han acabado por obnubilarse ante los cantos de sirena de la Unión Europea y se entregan a los brazos de la americanofilia. Se afirma en pasado: la idea de la «Croacia profunda» dirigida por nacionalistas inveterados o por paleofascistas reconvertidos en demócratas, ya no es de recibo. El deseo de seguir la estela de la Unión Europea triunfa en Croacia, reside en todas las cabezas, incluso pagando el peaje de la mutilación de la soberanía croata. Con la nueva guardia, con la nueva izquierda vertebrada a toda prisa que ahora tiene las riendas del poder, la realidad estatal croata está siendo cuestionada. Salvo la emergencia de otros nacionalismos en la región o si, más allá de los Alpes, asistiésemos a un nuevo sueño germánico, los croatas se disponen a guardar el nacionalismo y su conciencia de sí mismos en el frigorífico.
Tudjman ha sido, sin duda alguna, un gran estadista europeo. Captó a la perfección los factores que dividían a los miembros de la Unión Europea, por un lado y, por otro, sabía de la agonía terminal del mesianismo ruso y paneslavo. La falta de consenso en la política exterior de la Unión Europea es patente, incluso después de la firma del histórico tratado de Mastrique [Maastricht] en febrero de 1992, que coincidió con la desvertebración de Yugoslavia y el reconocimiento de la soberanía croata por la comunidad internacional. La agresión militar emprendida por el ejército federal yugoslavo contra Croacia constituyó, por una ironía de la historia, un auténtico regalo para la unidad croata, en la medida en que las consecuencias de la embestida proyectó a Croacia, a través de los mass media globalizadores, como país mártir. El ejército federal yugoslavo, dirigido fundamentalmente por oficiales serbios, sirvió de catalizador de la unidad croata en un frente común que englobaba tanto a los antiguos «apparatchiks» comunistas como a los nacionalistas, unidos codo con codo por la conquista de la independencia. La incapacidad de un buen número de políticos europeos para provocar medidas legales que favorecieran la reconciliación, fue superada paradójicamente por el ejército yugoslavo que lo consiguió en dos años.

 

Nepotismo balcánico

Pero, por encima de estas cuestiones, Tudjman se atrevió a denunciar algunos mitos modernos, que la mayor parte de políticos europeos callan por miedo. Tudjman sometió a una crítica científica la mitología yugoslavo-comunista y cuestionó la «victimología» antifascista en sus justos parámetros históricos, desbaratando medio siglo de mentiras sobre los croatas, a los que por lo común se los estigmatizaba como un pueblo de fascistas o pronazis impenitentes. El hecho de atacar la herencia de Versalles y de Yalta, le valió a Tudjman los ataques de los «fabricantes de opinión» de la izquierda y, sobre todo, por los histriones que se pretenden historiadores y hacen una carrera académica coleccionando víctimas de fascistas y acólitos.
El mayor error de Tudjman, sin embargo, ha sido su cerrazón provinciana y el hecho de haber adoptado un estilo de vida típicamente balcánico, manejos turbios y nepóticos incluidos. Como todo campesino que llega a la gran ciudad y que súbitamente debe asumir una importante responsabilidad funcionarial e incluso ministerial, Tudjman adoraba las paradas suntuosas y extravagantes que han costado enormes sumas a una Croacia empobrecida por la guerra. Para decirlo en la lengua llana de Zagreb, diremos que Tudjman se había convertido súbitamente en una fotocopia de reyezuelo africano, de presidente una república bananera marcada por una profunda fosa existente entre un puñado de nuevos ricos y un creciente número de pobres obligados a trabajar duro. Rodeado de arribistas y aduladores, Tudjman acabó por encerrarse en su torre de marfil y, pese a sus frecuentes homilías televisivas, su fachada y su metalenguaje no podían ocultar al homo sovieticus balcanicusque que en realidad era. Además, quienes le rodeaban eran una burda copia de aquella fauna humana descrita por aquel gran literato francés del siglo XVII, La Bruyère, en su famosa obra Les Caractères. Croacia se había convertido en el país glauco y sombrío que Francia conoció con la corte de Luis XIV, con criaturas absolutamente surrealistas: intrigantes corrompidos, pelotas, figurones desvergonzados, una auténtica banda de antiguos comunistas reconvertidos en defensores de los derechos humanos, un puñado de nacionalistas iletrados que se autocondecoraban con toda suerte de medallas parafascistas de la época de la segunda guerra mundial, y un menguante número de auténticos idealistas que, poco a poco, fueron arrinconados en los márgenes de la política real.

 

Televisión y guerra de «looks»

Tudjman también ignoraba el significado y el poder que tiene la televisión. No daba bien en las pantallas. Despreciaba el moderno reino de la imagen y no prestaba atención alguna a la postmoderna dictadura del «look», necesidad primordial para hacer una buena carrera política en la actualidad. Su forma de hablar y de moverse recordaba mucho a la de un viejo comisario bolchevique y estaba muy lejos del joven primer ministro de la «izquierda caviar», brillante a la hora de manipular a los mediocres realizadores de televisión. Hacia la mitad de los años 90, el nacionalismo romántico croata comenzó su curva descendente. Las magras hazañas del país en materia económica torpedeaban la independencia croata conquistada por Tudjman tras rudo combate.
En enero de 2000, la coalición de la izquierda liberal llegó al poder al socaire de un programa globalista, antinacionalista y de acelerada integración en la Unión Europea. La tarea de este nuevo gobierno no será, ciertamente, fácil. La nueva clase política ha heredado diez mil millones de dólares de deuda externa, una tasa de paro que llega al 20% de la población activa, una tasa de crecimiento congelada después de diez años, y una rápida caída del nivel de vida. En la antigua Yugoslavia comunista, los croatas podían pavonearse de poseer las rentas más altas por habitante de todo el orbe comunista gracias, entre otras cosas, a la diáspora del pueblo croata repartido por todo el mundo. En la actualidad, la economía croata está tras la de Hungría, Polonia y la vecina Eslovenia, a pesar de la explosión en materia de libros de investigación histórica, que intelectual occidental alguno jamás podría soñar... El croata medio, como cualquier mortal, ya está imbuido del mundo de la political correctness de las universidades occidentales. Quiere vivir bien, a la manera de los modelos virtuales que cada día contempla en las series anglosajonas tipo Melrose Place.

 

Bosnia-Herzegovina: una identidad compleja y un porvenir sombrío

El nuevo gobierno deberá asimismo hacer frente a un entorno geopolítico precario, representado fundamentalmente por un micro Estado en efervescencia, Bosnia-Herzegovina, que comparte con Croacia una porosa frontera. Al contrario de lo que sucede con la Inglaterra insular o incluso Francia, los croatas, como otros muchos pueblos de la Europa central, no pueden abstraerse de su corsé geográfico. Para estos pueblos, la geografía ha sido y será siempre un destino inesquivable. Mientras que las relaciones de Croacia en su frontera norte «católica», con Eslovenia, Hungría y, por extensión, Austria, son favorables, son buenas, en su flanco sudeste, en la frontera con el Estado creado ex nihilo de Bosnia-Herzegovina, la situación es preocupante. Bosnia-Herzegovina reúne a tres pueblos diferentes e irreconciliables, fruto de tres procesos históricos diferentes, que cuentan tres versiones diferentes de cualesquiera hechos o ficciones: croatas, serbios y musulmanes. Además, Bosnia-Herzegovina es en la actualidad escenario de la presencia de 30.000 soldados de la ONU y de los países a los que deben su independencia. Cuando esas tropas extranjeras evacuen el territorio nadie podrá asegurar que los Balcanes se conviertan en una carnicería, con repercusiones en Kosovo, Estambul e incluso en los minaretes construidos en Marsella y Francfort. La tasa de paro en Bosnia-Herzegovina alcanza al 70% de la población en edad de trabajar, las infraestructuras fueron destruidas durante la guerra, y los odios interétnicos hacen de este país candidato a detonante de una nueva desestabilización de la región. Mientras que los serbios y los croatas de Bosnia-Herzegovina pueden volver su mirada al alma mater representado Belgrado o Zagreb, a los musulmanes no les queda más salida que la huída hacia adelante, en realidad un juguete en manos de clérigos que odian a los cristianos, a los que juzgan como decadentes y perjuros.
Los musulmanes de Bosnia-Herzegovina hacen frente a un problema de identidad específico. Desde el Congreso de Berlín de 1878, han jugado el papel de peones de brega de poderes extranjeros —turcos o austríacos—. De ahí que no por casualidad los musulmanes bosnios se sintieran cómodos, hasta el final, en la Yugoslavia titista, a la que fueron fieles pagando un precio que incluyó incluso vidas humanas.
El hecho de que la actual elite croata haya rechazado desalojar completamente al partido de Tudjman de las prebendas, hace que se plantee un problema serio que afecta a las relaciones personales y políticas en el seno de la militancia de la coalición gobernante. Lo único que une al nuevo equipo de gobierno son los beneficios postelectorales, la fatuidad ministerial y un profundo resentimiento hacia el recuerdo de Tudjman. Al margen de todo ello, la coalición no puede proponer otra política que abrir Croacia a la influencia occidental, con los efectos colaterales que ello comporta: pedofilia, toxicomanía y prostitución.

 

¿La apertura a Occidente será económicamente posible?

Como sus predecesores, los hombres de la nueva elite política croata representan, desde un punto de vista sociológico y antropológico, los residuos del antiguo sistema comunista a pesar de la verborrea ultraliberal de la que hacen gala. Al menos retóricamente están obligados a abrirse a Occidente con objeto de obtener un certificado de buena conducta postudjmaniana y para poder llamar a la puerta al club de los ricos. Sin embargo, no parecen haberse apercibido de que la Unión Europea no distribuye riqueza gratuitamente. Desde luego, para preparar la Croacia postudjmaniana, Occidente inyectará dinero, se prodigará en gestos y buena voluntad, y regará con palabras en favor de los derechos humanos que Croacia deberá garantizar. Pero, ¿cuál será el precio que Croacia tendrá pagar? ¿Durante cuánto tiempo vendrá el maná en forma de dinero? Este, y no otro, es el dilema al que tiene que hacer frente la nueva elite croata. ¿Cómo se las ingeniará para crear empleo y lograr una nueva era de prosperidad, al mismo tiempo que disminuye el peso del agobiante burocratismo del Estado y las empresas heredadas del antiguo sistema comunista yugoslavo? El tiempo que tiene la nueva elite semiliberal y semisocialista es muy reducido. Absolutamente nadie puede prever qué es lo que hará la diáspora croata, tradicionalmente bien organizada y conservadora, ni los partidos de la derecha «dura» en Croacia, en la que están sólidamente implantados. Esta derecha es muy crítica con el más mínimo error del nuevo gobierno.

 

Persistencia de la mentalidad comunista

El problema más grande con el que Croacia se enfrenta —como todos los países de la región— es el de cómo desembarazarse de la omnipresente mentalidad comunista, instalada incluso en los croatas que de buena voluntad creen poseer sentimientos anticomunistas. Los intelectuales y políticos occidentales ignoran esta mentalidad esquizoide, prefiriendo preconizar medidas legalistas e institucionales con el objeto de acelerar los procesos democráticos en los países postcomunistas. La ONU y la Unión Europea no pueden introducir, sin embargo, la tolerancia y el imperio de la sociedad civil por decreto. La abrumadora mayoría de los ciudadanos, habituados al comunismo, se ven incapacitados para «aprender» la democracia liberal en un día. Un conservador alemán o americano podrá jactarse de haber leído El libro negro del comunismo de Stéphane Courtois y poder así describir todos y cada uno de los codos y recodos de la topografía del «gulag». Pero, salvo si ha vivido en sus propias carnes el comunismo, el conservador occidental nunca será capaz de comprender las estructuras mentales de las masas. Medio siglo de pereza comunista facilita la transvaloración de todos los significados, la pérdida del patrimonio genético del este de Europa, la ruina de toda esperanza de renacimiento de la sociedad civil, al menos durante los próximos cien años. En los próximos años, los intelectuales occidentales acabarán por admitir, volens nolens, que la herencia comunista ha provocado una auténtica antiselección sociobiológica y que, independientemente del partido en el poder, en Croacia o en cualquier otro país de la Europa del este, las masas «comunistizadas» continuarán reclamando seguridad económica y rechazarán toda noción de iniciativa personal y de responsabilidad individual. Un ciudadano de la Europa postcomunista no puede desprenderse de golpe de una mentalidad instalada en el paleocórtex; es decir, en su «cerebro reptiliano», a pesar de que se reclame ardiente partidario de la democracia liberal.
Todos los países postcomunistas, comprendida Croacia y sus cinco millones de habitantes, cometieron el mayor error en 1991: no abordaron seriamente el proceso de descomunistización y de reeducación, y jamás han tratado de examinar de manera crítica la esencia de la única alternativa que quedaba bajo sus pies: la democracia liberal. Por otro lado, ¿ha deseado verdaderamente el liberalismo ayudar a los pueblos martirizados? La tragedia croata reside en la búsqueda de una identidad y se resume perfectamente en las palabras del último héroe americano, Sanke Plissken, quien, en su pequeño brulote, el Escape from LA, y a la manera de Nietzsche, llegó a decir: «¡Las cosas cambian, pero todo continúa de modo parecido!».

[Sinergias Europeas]