La hegemonía intelectual de la izquierda progresista
Alberto Buela
Una tipología elemental de lo
que se entiende por izquierda progresista se apoya en cuatro o cinco rasgos fundamentales.
1. - La creencia de una
existencia en sí de la igualdad humana, cuando los seres humanos sólo somos iguales en
dignidad, pero en sí mismos diferentes unos de otros.
2. - La igualdad humana
acompañada del rechazo a toda distinción de clase, género o raza.
3. - Hostilidad a todo lo que
confiere poder desde el mundo económico, llámese empresas, negocios o mercado.
4. - Desprecio a los
sentimientos patrióticos y a todo aquello que huela a militarismo u orden cerrado.
5. - Buena disposición a creer
en la buena fe de todos aquellos que hablan de lucha y de liberación.
6. - Sentimiento de
culpabilidad por el pasado de su país si ha intervenido en guerras de conquista o
colonización.
En definitiva, el intelectual
de izquierda progresista tiende a repudiar el mismo orden social que le permite tiempo
libre para estudiar, pensar, enseñar e incitar al cambio.
La paradoja de nuestros días
es que por primera vez en la historia existe una hegemonía cultural del progresismo a
escala completa, en las universidades, academias, colegios, iglesias, prensa y
televisión. Pero al mismo tiempo el proletariado industrial ha desaparecido, dejando de
formar parte del imaginario colectivo y la opinión popular se aleja más y más de las
ideas denominadas "progresistas".
El fracaso mundial de la
socialdemocracia en el poder ha hecho que este pase a manos de los ejecutores de
políticas liberales en casi todo el mundo.
La hegemonía intelectual de la
izquierda progresista se da en todo el ámbito de la cultura y en la creación de la
opinión pública, pero el manejo de los hechos políticos y económicos está en manos de
los ejecutores liberales.
El intelectual progresista a
través de una hermenéutica de la sospecha siente la persecución obsesiva del poder y de
la opresión del discurso tradicional, pues éste se maneja a través de la balanza
equilibrada entre orden y libertad o autoridad y espontaneidad popular.
Pero, ¿cómo funciona esta
hegemonía? Como un grupo de interés unido por la ideología dominante de la igualdad,
que se asegura un cargo rentado en una actividad de servicios respaldada por el Estado.
El intelectual progresista de
izquierda adquiere de por vida una renta estable como garantía contra el desastre social.
El obtener una renta por
actividades cuyos riesgos no caen sobre sus hombros, hace que su principal preocupación
sea conseguir nuevos fondos para alimentar el grupo de interés para asegurar a cada uno
de sus miembros la permanencia en el cargo.
¿Cómo reacciona ante la
crítica o la disidencia interna? Con el complot del silencio, sostenía Arturo Jaureche.
A lo que habría que agregar: Con la demonización y la denuncia de incompetencia
intelectual de aquel que piensa distinto.
La crítica a lo políticamente
correcto encarnado por el progresismo paga un precio costoso. Criticarlo, sea al
enquistado en las universidades como al de las Iglesias, la prensa o la televisión es
perder prestigio intelectual por carecer del reconocimiento de los pares que en su
mayoría guardan silencio ante el disidente.
La ideología igualitaria es
tranquilizadora, se instala y se extiende suavemente en los ámbitos comentados, pero
tiene un grave inconveniente la amenaza que representa el talento y la excelencia humana.
El músico Salieri al no poder ser más que Mozart, le reclama al crucifijo antes de
echarlo al fuego: "Tu me distes la vocación pero no los talentos". Este es el
gran drama de la izquierda progresista, la esterilidad en la producción de sentido y en
el orden de la investigación. La Universidad de Buenos Aires bajo el rectorado del
judeo-argentino Oscar Schuberoff en estos últimos 16 años es el más claro ejemplo de lo
que queremos decir: Raleó a los pocos profesores talentosos y no permitió el acceso a
ningún sapiente. Hoy el descrédito internacional de la UBA está generalizado.
En el fondo es un ataque
sostenido al concepto de mérito y aunque postula apoyar los estándares generales de
educación y cultura, lentamente los socava. Porque no cree en la importancia de ningún
criterio universal, salvo el de la igualdad de los hombres, es por ello que rechaza
viceralmente la larga tradición del pensamiento tradicional que hunde sus raíces en la
filosofía griega, la religión católica y el derecho romano.
Este pensamiento tradicional
tan íntimamente vinculado a la vida de los pueblos occidentales y especialmente a los
iberoamericanos se le torna incomprensible al intelectual progresista de izquierda, porque
en las elecciones no cuenta nunca con los votos y jamás sintió el placer de participar
de sus fiestas.
La ideología igualitaria lo
lleva, irremediablemente, al resentimiento en la moral que tan magistralmente
caracterizara el filósofo Max Scheler(1875-1928) "Propio del resentimiento es la
falsificación de los valores pues como no puede ver con alegría valores superiores,(los
talentos en el genio, las virtudes en el santo y las proezas en el héroe) oculta su
verdadera naturaleza bajo la exigencia de igualdad. En realidad lo que quiere es la
decapitación de los que poseen esos valores superiores que le indignan". (op.cit.p.188).